LA PALMERA DE DÉBORA: ACERCA DE MI MENSAJE DE EVA PERON

Publicado: 13 enero, 2013 en Argentina, Ensayos, Latinoamérica, Libros, Literatura
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(Prólogo de la reedición de Mi Mensaje de Eva Perón, 2012, Editorial Fundación Ross, Rosario, Córdoba 1347, Rosario, silvinaross2003@yahoo.com.ar)

 

MI MENSAJE 1evita formato pequeño“…acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora…y los hijos de Israel
subían  a ella a juicio”(Jueces,4: 4-5)
 
 “Podrán vencernos algún día…en la noche o de sorpresa…pero al día siguiente
 nos largamos a la calle, o nos negamos a trabajar,
 o  saboteamos todo cuanto ellos quieran mandar…
tendrán  que resignarse a devolvernos la libertad y la justicia.”
(Eva Perón, Mi Mensaje)

  1.- Un mensaje del  corazón

 En  La Razón de mi Vida, Eva Perón fija la residencia de la inteligencia, sobre todo la de la mujer, en el corazón. Es un antiguo simbolismo de carácter solar. Como el sol, el corazón es un centro vital. Como él, irradia luz y calor. La luz es una manifestación del intelecto; el calor, es figura del amor. De allí su convicción de que la intuición femenina es una inteligencia del corazón. Con frecuencia hacer notar que la mujer se guía más por el corazón que por la inteligencia entendida como cerebro.

Cabe notar, sin embargo, que la referencia al corazón no es mero sentimentalismo. Es algo más, puesto que se relaciona con el amor. Y amor, en Evita, es una manifestación de heroísmo.

Las mujeres, postula, “todo lo vemos en la vida con los ojos del amor”. Más aún, la mujer-madre “siente y ve con los ojos del alma y del corazón”; “porque la mirada se ha alargado más allá;  la mirada del amor que siente, presiente y ve todo”. Está hablando de un modo de ser no habitual de la inteligencia. “Sentir” es percibir los entresijos de la realidad. “Entender”, es ver más allá de la realidad aparente para adentrarse en sus “reprofundos”. Este afecto intelectivo es, así, “una manera de ser de la inteligencia” que en la mujer se desarrolla a la sombra del corazón. Queda así habilitada para  ampliar su visión a través de los cristales del amor y “el amor, cuyo misterio sí que es infinito, le hace ver a la inteligencia cosas que ella  sola nunca podría conocer por hábil que fuese”[1].

Si “el amor alarga la mirada de la inteligencia”, ¿cómo no iba a autodenominarse vigía eterna de la revolución? Como Débora, la profetisa, estaba destinada a ser conductora espiritual y cultural de su pueblo, advirtiéndole acerca de las tribulaciones que nacen de las traiciones de los dirigentes y de las defecciones de la masa. Profiere su palabra desde su condición de “mujer del pueblo” asumida como tal hasta las últimas consecuencias.  Rescata el derecho del corazón de la mujer a corregir las consecuencias de los errores “cerebrales” del hombre. Su conclusión es muy simple y muy sabia: “Yo no desprecio al hombre ni desprecio su inteligencia, pero si en muchos lugares del mundo hemos creado juntos hogares felices, ¿por qué no podemos hacer juntos una humanidad feliz?”

Mi Mensaje, nacido en horas aciagas de enfermedad, es presentado desde el primer párrafo como un enunciado profundo del corazón. La profundidad es uno de los atributos del corazón en la literatura sapiencial. Más aún, en ella se habla de “los abismos del corazón”. Y etimológicamente, “abismo” significa “sin fondo”.

El texto que a nosotros ha llegado incompleto es sin embargo el resultado de una “plenitud” del tiempo vital de Evita y del tiempo histórico del pueblo argentino.[2] Esa escritura entrecortada y como llorosa viene “a llenar entrelíneas”. Sería lindo, piensa, callarse; que permaneciera como palabra definitiva lo dicho en sus libros y discursos. Pero debe cumplir un deber profético. Ama demasiado a “los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores…., y por extensión, a todos  los pueblos del mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegios de la tierra”. Hay mucha humanidad sin sol, sin cielo. Todavía “quedan sombras y nubes queriendo tapar el cielo y el sol de nuestra tierra, y todavía queda mucho dolor que mitigar y tantas heridas que restañar…”.

El mensaje va dirigido, entonces, a los pueblos que marchan “en silencio, ya sin lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo la noche de la esclavitud” porque nadie ha tomado en sus manos sus banderas. Nada tiene que explicar de su vida y de sus obras. No busca elogios. Está más allá de “los odios y de las alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores”. Su finalidad es la rebelión de los pueblos, su propósito “incendiarlos” con el fuego de su corazón. Se presenta como la primera mujer del pueblo que pudo sortear los honores de la gloria, de la vanidad y del poder, que fue capaz de “seguir la farsa” para “saber toda la verdad de la mentira”: “Todo lo que quiso brindar el círculo de los hombres en que me toca vivir, como mujer de un presidente extraordinario, lo acepté sonriendo, “prestando mi cara” para guardar mi corazón, pero sonriendo, en medio de la farsa, conocí la verdad de todas sus mentiras”.

Vuelve al pueblo de donde vino trayendo una sabiduría del corazón. Tiene que proclamar ante los pueblos “engañados de la humanidad” “todas las verdades y todas las mentiras del mundo”. En un mundo en sombras, su misión profética es ver dentro de la realidad y advertir a todos, pero principalmente a los peronistas, acerca del peligro permanente de “volverse oligarca”, es decir, “raza maldita”. En las sombras, la traición acecha. Por  eso alerta a todos, “a los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisados de la tierra…¡ a la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón”. Como todo profeta sufrirá la saña y la persecución del propio pueblo cuya salvación final anuncia. Aun muerta, buscarán profanarla.

 2.- Una edad sombría

 Si se lee con atención La Historia del Peronismo[3] se podrá advertir que Evita parte de una concepción cíclica o rítmica de la historia. Más aún, está convencida que el humanismo justicialista representa la única luz al final del túnel tenebroso de la edad capitalista-iluminista. Estamos al final de la una edad sombría, pero todavía las tinieblas se arremolinan a nuestro alrededor.

Evita no concibe un progreso lineal: “La historia del mundo –dice-  no es un camino que llega recto hasta nosotros”. No, la historia es como un camino montañoso, con montes y valles: “los valles son los ciclos vacíos de los grandes pueblos”. Es, decir, las edades sombrías en la historia particular de una patria. Pero también la humanidad sufre entre tinieblas. Y en esas tinieblas ya nace la luz del justicialismo. Los pueblos luchan por conseguir una unidad basada en un principio espiritual como único dique contra el “anarco-capitalismo”: “Porque los pueblos saben solamente que este espíritu y esta unidad podrán salvarnos en los períodos vacíos en que la noche cae sin ninguna estrella, aún sobre los pueblos que creyeron alcanzar el privilegio de la eternidad”. Basta repasar la prensa diaria para darnos cuenta del carácter profético de las enseñanzas de Evita. Las profecías se definen como tales cuando “lo dicho antes” se cumple.

Y dice más. En medio de esta noche del alma de los pueblos, la voz justicialista asusta aun a aquellos que, en nombre de un ultra-progresismo, son apenas la postrera expresión de destrucción y ocultamiento de la fuente de vida en la edad sombría. Por lo contrario,  la transición real a una nueva etapa de la humanidad es obra del peronismo: “En medio de este mundo lleno de sombras , la palabra justicialista asusta a muchos hombres que levantan tribunas como defensores del pueblo, mucho más que el comunismo.”

Su convicción predica que las doctrinas triunfan “en este mundo según la dosis de amor” que infundan. Y el peronismo “empieza afirmando que es una doctrina de amor y termina diciendo que el amor es lo único que construye”.

Es entonces cuando Evita, sumida “en este mundo de sombras y egoísmos”, sin amor, se anima a “plagiar un poco a León Bloy[4]”, otro tremendo profeta, para declarar  que “Perón es el rostro de Dios en la oscuridad”.

Aquí es cuando se hace necesario rellenar las “entrelíneas” con la historia de amor individual entre Perón y Evita como un episodio singular del amor de Perón y Evita por el pueblo. El texto carga, como un acumulador,  la energía histórica de una masa cualificada. Es la masa  militante a la que tenía que preparar, con voz de profetisa, para la proscripción, la persecución, el secuestro, la tortura y la muerte. En última instancia, para una resistencia sin término y una certidumbre de la esperanza.

Mi Mensaje se inicia con lo que Evita llama “su día maravilloso”. Su día maravilloso -Evita postula que todos tenemos un día maravilloso- fue el día en que, para siempre, supo quién era. El encuentro y el abrazo con Perón fueron, desde un primer momento, el comienzo de un acto sacramental: quemarse juntos “con su palabra encendida por el fuego de su corazón”. Desde el inicio (“El ya estaba en la lucha”) fueron amantes, esposos, compañeros y amigos. Evita fue la primera compañera en llenar su soledad. La inteligencia del corazón le permitió ver, “desde el primer momento, la sombra de sus enemigos, acechando como buitres desde la altura o como víboras pegajosas, desde la tierra vencida”. Como no andaba tras los honores o los cargos, vio su corazón desde el primer momento. Él,  la soledad de las cumbres; ella, una pequeña “giovinota”. Pero estaba dispuesta a seguirlo dondequiera que fuera, a entrar en sus batallas. Los traidores querían obligarla a seguirlo de lejos pero Eva estaba decidida a ser el escudo de la revolución desenmascarando a los traidores y a los tibios e indiferentes.

Era además su discípula. Aprendió historia, filosofía y, “metida en un rincón de la vida” del Coronel, estaba dispuesta a demostrar que no era “una simple aventurera”. Se impone la tarea de cuidar a Perón de sus enemigos, pero tiene bien en claro que sólo con el pueblo podrá salvarlo de los enemigos “que tienen en las antesalas todos los gobiernos”.

Evita se entrega, por lo tanto, a un minucioso conocimiento de los modos de ser y de actuar de los enemigos del pueblo y de Perón. Para la inmensa tarea: “pelear por los derechos de mi pueblo” y “cuidar las espaldas de Perón” sólo tenía “el corazón enardecido”. Esa era su arma de conocimiento y la certeza de que nunca vio a nadie de “nuestra raza ¡la raza de los pueblos! peleando contra Perón”.

Aquí es donde entra a tallar la ineludible militancia. El militante, según Evita, necesariamente es un fanático. Fanático, en su lenguaje, es lo contrario de frío, indiferente. No se puede servir al pueblo si no se está dispuesto a todo, incluso a morir. La atraen los fanatismos de la historia: los héroes, los santos, los mártires. Por eso es fanática: está dispuesta a dar la vida por Perón y por el pueblo. Y al dar la vida, vivirá en Perón y el pueblo “por toda la eternidad”: “El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas”. Es la fuerza de los pueblos. Los enemigos carecen de ella porque “han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón”. Los que tienen dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas, no tienen corazón. Por lo tanto no pueden ser fanáticos. “Nosotros sí. Por eso venceremos”.

Los mediocres hablan de prudencia pero el mismo Cristo, desde su mansedumbre, anunció que venía a traer fuego a la tierra. Divino fanatismo. Los hombres se dividen en “los tres campos eternos del odio, de la indiferencia y del amor”. Ha llegado la hora de decirle a todos los pueblos del mundo la verdad “cueste lo que cueste y caiga quien caiga”: a) existen en el mundo naciones explotadoras y naciones explotadas; b) en cada nación sometida por el  imperialismo hay pueblos esclavos, hombres y mujeres explotados; c) las mismas naciones imperialistas esconden pueblos sometidos tras grandezas y oropeles; d) los imperialismos son la causa de las grandes desgracias de la humanidad; e) la humanidad se encarna en los pueblos.

De vez en cuando, junto a la denuncia profética,  intercala la esperanza escatológica, el anuncio de redención con los pueblos como sujetos históricos:

“Esta es la hora de los pueblos.

Que es como decir la hora de la humanidad.

Todos los enemigos de la humanidad tienen las horas contadas. ¡También los imperialismos!”

 3.- Los enemigos de los pueblos

El primer enemigo es el imperialismo. Nos invade desde afuera y desde arriba. Abarca todo. Aunque el título del breve capítulo sea “Los imperialismos” y era el adecuado en el momento de la enunciación, Evita define con precisión de qué imperialismo de trata: “A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista”. Ella “ha visto” sus miserias y sus crímenes. En nombre de la justicia y  de la democracia rapiña los bienes de todos “los pueblos sometidos a su omnipotencia”. So pena de imputarlos como regímenes despóticos, obligan a los pueblos, de buena o mala fe, a aceptar sus exigencias. Esas exigencias son inapelables, obedecen al dilema “sí o sí”.

Existe, sin embargo, algo más abominable que el imperialismo: “son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos”. Evita los conoce bien de cerca. Los  oligarcas, además de la indignación del odio antiimperialista, le suscitan la indignación del desprecio. Son los que siempre dicen: “No podemos hacer nada. Lo dicen en todos los tonos de la mentira, lo dicen todos los gobiernos cobardes; lo dicen, no por convencimiento sino por conveniencias”.

Entonces Evita, desde lo profundo de su fe, anuncia quién es el protagonista del cambio de época y deja irrumpir siempre una luz de esperanza escatológica: “Hay un sola cosa invencible en la tierra: la voluntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no pueda ser justo, libre y soberano.”

Traza por lo tanto la estrategia de los pueblos. Frente al  imperialismo capitalista, no hay pueblo pequeño cuando se ha decidido a ser justo y libre. No importa el sacrificio. Siempre se puede: “con armas o sin armas, de frente o por la espalda, a la luz del día o a la sombra de la noche, con un gesto de rabia o con una sonrisa, llorando o cantando, por los medios legales o por los  medios ilícitos que los mismos imperialismos utilizan contra los pueblos”.

Evita está convencida que ni los acorazados, ni los aviones, ni las bombas atómicas pueden hacer nada cuando un pueblo decide sabotear a sus amos. Frente a la explotación inicua, cualquier cosa vale para vencer.

Un arma poderosa de los imperialismos es el hambre pero nadie le va enseñar a los pueblos a morirse de hambre. Los imperialismos, por otra parte, tienen “su talón de Aquiles”: sus intereses. Donde los intereses se llamen petróleo, basta “con echar una piedra en cada pozo”; donde se llamen cobre o estaño, basta romper las máquinas y que los trabajadores crucen los brazos”. Conducidos por Perón, hemos dado la batalla contra el imperialismo. Nunca podrán ser arrebatadas de la entraña del pueblo “nuestra justicia, nuestra libertad y nuestra soberanía”.

Una lectura atenta, nos permite advertir cómo Evita está preparando al pueblo peronista para la resistencia y cómo, caiga quien caiga, ese pueblo lleva para siempre en su corazón los gérmenes de un mundo futuro de justicia y libertad.

Junto con Perón ella “ve más allá de su vida y de su tiempo” y en sus años de lucha ha conocido de cerca el juego y contra-juego de las “fuerzas políticas nacionales e internacionales, las fuerzas económicas y espirituales”. Sabe, también, cómo “se disfrazan las ambiciones de los hombres.”

Uno de los mayores males es el poderío de la calumnia. El dominio de las informaciones y la representación por el enemigo. Ante tal situación, sólo cabe plantar cara con la verdad. Pero la verdad nace con fuerza cuando uno sabe y declara que “ineludiblemente y para siempre” pertenece a la “ignominiosa raza de los pueblos”. Quien acepta las consecuencias de ser parte del pueblo será para siempre objeto de amor y odio, pero nunca sujeto de la traición: “Nadie niega en mi Patria que para bien o para mal, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle”. Sólo pensando y sintiendo como pueblo, enarbolando la “vieja indignación descamisada dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuando alumbra y cuando quema”, se aprende en carne viva que en estas cuestiones no hay términos medios. Hay una tensión que organiza la vida en el mundo, son dos palabras que Evita considera “predilectas de su corazón”: el odio y el amor. ¿Cuándo se odia y cuándo se ama? Ante la “raza maldita de los explotadores” nunca se sabe cuando se odia y cuando se  ama. En ese “encuentro confuso del odio y del amor” frente a la oligarquía argentina: ¿Cómo “encontrar el equilibrio que reconcilie del todo las fuerzas antagónicas del pueblo y los explotadores?

 4.- Las corporaciones

 Existen dos corporaciones que indignan a Evita “con todo el veneno” de su odio y con “todo el incendio de su amor”. Las designa con nombre propio y “con plena conciencia” de lo que escribe: son “los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales”. Son los que la combatieron y combaten “personalmente”, son los enemigos declarados de sus proyectos. Sin embargo, ella sólo quiere salvarlos porque, al acusarlos, les señalará  el camino del pueblo que es por donde “llega el porvenir de la humanidad”. Ella sabe que la religión “es el alma de los pueblos” y que al pueblo le gusta ver en sus ejércitos “la fuerza pujante de sus muchachos”. Pero también sabe que a los pueblos les repugna la prepotencia militar cuando se atribuye el monopolio de la Patria; y también la “fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión”: “La Patria es del pueblo lo mismo que la Religión”.MI MENSAJE 2

 Rescata a los hombres honrados de las fuerzas armadas y a los sacerdotes del pueblo. Los peligrosos son los enemigos del pueblo metidos de cura o de  militar. Detrás de cada gobierno que explota a su pueblo por intereses propios o extraños, siempre aparece la presencia militar “solapada y encubierta o descarada y prepotente”.

Evita no puede callar su mensaje profético. La más grande sombra que cubre “los horizontes de la humanidad”, persistirá hasta que los pueblos destruyan “los altos círculos de las fuerzas militares”. La Patria no son las fronteras. La Patria es el pueblo. Los ejércitos deben defender a los pueblos sirviendo la causa de la justicia y de la libertad. Eso evitará  que  los pueblos caigan en el odio contra “eso” que antes se llamaba Patria y que era una mentira. Fue un invento de  la oligarquía cuando empezó a vender la dignidad del pueblo que es la verdadera dignidad de la Patria.

Ciertamente, los militares no sólo no escucharon esta profecía de Evita sino, que de acuerdo a la regla bíblica, fue denigrada y perseguida hasta después de muerta. Ahora saben que las palabras surgidas del abismo del corazón de pueblo dicen la verdad, anuncian el tiempo venidero. En un mundo militarizado, aunque las fuerzas armadas fueran “carne y alma  del pueblo”, hay que seguir vigilándolas para que no “se entreguen otra vez”: los generales deberán “servir al gobierno del pueblo” con la plena conciencia de que “nada en la Nación puede sobreponerse  ni oponerse a la voluntad del pueblo”.

Pero, ¿cuál es la traición de la corporación clerical? Evita cataloga a las jerarquías clericales  entre “los hombre fríos” de su tiempo: son indiferentes frente “a la realidad sufriente de los pueblos”. La doctrina de Cristo inspiró la doctrina de Perón, pero, salvo excepciones, la recibieron sin generosidad y amor.  Camuflados en egoístas intereses, carcomidos por una sórdida ambición de privilegio, han combatido sordamente a Perón en conciliábulos con la oligarquía.

El reproche de Evita hacia el alto clero no nace de su ingratitud hacia Perón sino por haber abandonado a los pobres: “Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas”. Han ocultado el nombre y la figura del Cristo tras nubes de incienso. Evita se confiesa católica, pero no comprende que la religión cristiana sea compatible con la oligarquía.

La profecía vuelve a resonar implacable. Si el clero del mundo que viene quiere salvarlo de la destrucción espiritual que se avecina tendrá que descender al pueblo, vivir con el pueblo y sufrir con el pueblo tal como lo hizo Cristo. Desafortunadamente, tienen el corazón cerrado y frío. Por eso no evangelizan a los pobres. Abandonan la masa oprimida. Más aún, se valen de políticos clericales que pretenden ejercer “el dominio y aun la explotación del pueblo por medio de la Iglesia y la Religión”. Para desgracia de la fe, el clero sirve a los enemigos del pueblo “predicando una estúpida resignación”.

Evita rechaza la idea de que la religión es el opio de los pueblos; ella sostiene, por lo contrario, que es la liberación de los pueblos: “cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad.” Sin Dios, el hombre sería “un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad”. Por El somos dignos, por El somos todos iguales, ante El nadie es más que nadie: ¿por qué puede predicarse en su nombre la resignación frente a la injusticia?: “La religión volverá a tener prestigio entre los pueblos si sus predicadores la enseñan así…como fuerza de rebeldía y de igualdad…no como instrumento de opresión”.

Llegado cierto momento de sus reflexiones, eclosiona la escatología evitense. Sin amor, la religión no verá “el día de los pueblos”. Llegó la hora en que habrá que dejar de utilizar el profundo sentido religioso de los pueblos como instrumento de opresión. Por eso los pueblos tienen que defender el sentimiento religioso de las deformaciones. La religión no es una simple colección de fórmulas exteriores ni tampoco una lista de principios de absoluta rigidez. Es necesario que, olvidándose de ritos y complicaciones teológicas, “vuelva a hablar en el lenguaje del corazón”. Pero, si en los predicadores, el pueblo sólo ve el interés, la frialdad y el egoísmo ¿cómo podrán sembrar en las almas el ardor de la fe?

La voz profética de Evita no va dirigida a los sacerdotes humildes sino a la jerarquía que, por cualquier razón indigna, aleja a los pueblos de la verdad y les cierra el camino a Dios. El alto clero será expulsado del corazón del pueblo. Y al final, Dios mismo “les exigirá cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones”. Entonces, piensa Evita, ella recibirá una mirada misericordiosa porque “con menos teología pero con más amor nos decidimos a darlo todo por el pueblo…con toda el alma, ¡con todo el corazón!”

 5.- Los caudillos políticos

 Existe una categoría de traición de tremendas consecuencias, pero imposible de evitar. Es la traición que proviene de la entraña misma del movimiento. Los ambiciosos de adentro también son enemigos del pueblo. Los ha visto frente a frente, de cerca. Llegaban hasta Perón como amigos mansos y leales proclamando una lealtad capaz de engañar a ella misma. Son los ambiciosos. Fríos como culebras, simuladores, se han vuelto enemigos del pueblo porque sirven sus intereses personales.

En el movimiento peronista hay que ser implacables con “los caudillos”. Son almas cerradas que no trabajan para la doctrina. No les interesa. El ideal son ellos. Son los que ponen en las pancartas  de su clientela: “Fulano de tal. Conducción”. De algo está segura: “La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos”.

Perón es el ejemplo a seguir: su única ambición es la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria. En él se encarna la doctrina.

¿Cómo identificar a los caudillos, a los egoístas y ambiciosos sin conducta? Porque trabajan para ellos, sólo para ellos. Buscan su propia vanidad y “enriquecerse pronto”: “El dinero, el poder y los honores son las tres grandes “causas”, los tres “ideales” de todos los ambiciosos.”

La sed de riquezas es lo más fácil de ver. Es lo primero que aparece. Pero también seducen el poder y los honores. Y viene la advertencia: “todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!”.

 6.- Los sindicalistas

 Llama la atención que Evita sea más dura con los sindicalistas traidores que con los políticos. Cuando un político se deja dominar por la ambición “es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo del dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor”.

El mensaje para los dirigentes obreros tiene cierto dejo de confidencialidad. Evita se pone como ejemplo de lo lindo que es “vivir con el pueblo”. Sentirlo cerca, sufrir con sus dolores, gozar la “simple alegría de su corazón”. Pero eso sólo es posible si uno ha decidido definitivamente “encarnarse” en el pueblo. “Eso es lo que yo hice”, declara Evita. Por eso le duele cuando los que tienen obligación de servirlo,  en vez de buscar la felicidad del pueblo, lo traicionan. La admonición a los dirigentes obreros es  una “palabra dura y amarga”:

“Yo los he visto…marearse por las alturas.

Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas.

Yo los denuncio como traidores entre la inmensa masa de los trabajadores de mi pueblo y de todos los pueblos.

Hay que cuidarse de ellos.

Son los peores enemigos del pueblo porque ellos han renegado de nuestra raza.

(…) No volverán jamás…pero si alguna vez volviesen habría que sellarles la frente con el signo infamante de la traición”.

 7.- La gran tarea

 El libro Mi Mensaje incluye el emocionante texto llamado “Mi voluntad suprema”, el testamento de Evita. Nosotros vamos a concluir esta invitación a participar en la militancia de la nueva era con un repaso del último capítulo titulado “Una sola clase”.

Es un llamado a los pueblos a difundir por el mundo la verdad peronista que predica  una sola clase de hombres: los que trabajan. No es cuestión de clases. Sólo es necesario que todos los hombres y mujeres del pueblo “no se entreguen jamás a la oligarquía”.

Considera que los dirigentes sindicales y las mujeres son “pueblo puro”. Por lo tanto, “no deben entregarse jamás a la oligarquía”. La oligarquía siempre explotó y siempre tratará de someter al pueblo. En consecuencia,  con los oligarcas no hay posibilidad de entendimiento porque ellos pretenden lo que no podremos darles jamás: nuestra libertad.

El camino no es matar a todos los oligarcas del mundo. Sería cosa de nunca acabar. Porque una vez desaparecidos los de ahora, habría que empezar “con los nuestros convertidos en oligarquía”. El paradójico camino es convertir a los oligarcas en pueblo. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar, integrándolos a la única clase que reconoce Perón: “la de los hombres que trabajan”.

Evita exhorta a la tarea del “mientras tanto”: es necesario que los hombres del pueblo, los trabajadores, “no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores”: “Todo explotador es enemigo del pueblo”.

 

Hemos expuesto el mensaje del corazón de Evita. Lo dijo para entonces, lo predijo para la resistencia que en lo doloroso de su corazón ya pre-veía,  lo vocifera para nosotros, los que esperamos el alba del gran día en la calle, en medio del remolino de la historia.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26 de Julio de 2012

 


[1] Cfr. La Razón de mi Vida, Ed. Relevo, Bs.As., 1973

[2] PERON, Eva, 1987, Mi Mensaje. El libro desaparecido durante 32 años, Buenos Aires, Ediciones del Mundo. Esta edición está avalada por una minuciosa “Introducción” de Fermín Chávez.  En ella narra los avatares del manuscrito original de Evita que  sobrevivió la furia destructora de la Revolución Libertadora. Chávez  documenta con amplitud la autenticidad de lo que se va a leer. Por otra parte, la  humildad de la edición nos reafirma, una vez más, en la certeza de nuestra fe en el mensaje de Evita. Fermín Chávez, un intelectual proscripto junto al pueblo peronista,  se presenta como el  humilde mediador de un mensaje que va más allá del momento de su enunciación. En efecto,  es una fuente de sabiduría para generaciones y generaciones de militantes del movimiento nacional, popular y democrático.

[3] Cfr.: PERON, Eva, 1971, Historia del Peronismo, Buenos Aires, Ed. Freeland

[4] Cfr.: PERON-BLOY, 1975, El alma de Napoleón, Buenos Aires, Editorial de la Reconstrucción

 

Fuentes bibliográficas:

 JUECES, Cap. IV; 1- 23

PERON-BLOY, 1975, El alma de Napoleón, Buenos Aires, Editorial de la Reconstrucción

PERON, Eva, 1971, Historia del Peronismo, Buenos Aires, Editorial  Freeland

___________, 1973, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Ed. Relevo

___________, 1987, Mi Mensaje. El Libro desaparecido durante 32 años, Buenos Aires, Ediciones      del Mundo.

 

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