La Invencible Esperanza

Publicado: 13 abril, 2008 en Libros, Literatura

Los pueblos no se la pasan en silencio. Sordos rumores vienen rezongando desde lejos en las tonadas y los cuchicheos de entrecasa. Los geotextos, depósitos de energía cultural y de identidad, hablan cuando hablamos, nos avisan con quien hablamos, impiden que los deseos se ago-ten y que se cierre la complejidad del mundo. Esos depósitos de sentido no cesan de conectar los cuerpos cada vez más estrechamente comunicados de humanidad. Es imposible considerar al lenguaje separado del cuerpo puesto que es un fenómeno físico-fisiológico. Ordenador de todos los sentidos imaginables, el lenguaje se entrelaza con el organismo humano para constituir, en el espacio y en el tiempo, al sujeto histórico. El sujeto histórico, intraestructural y fundado en relaciones de reciprocidad y coexistencia, se concreta, en primera instancia, como anárquico y confuso. Llamado a la armonía y la unificación, manifiesta en el tiempo el incesante trabajo inter-no de transposición de los estratos últimos de la sociedad. En ese lugar subyacente, lindante con los cimientos, han plantado sus tiendas los que vienen de abajo. Es un sólido de desechos que funciona, a la vez, como sustento y amenaza de las estructuras operantes en la superficie material de la historia (prácticas sociales, superestructuras, redes informáticas). Uno de los nombres más perdurables de lo último (latencia del sujeto histórico) porta las marcas imbo-rrables del discurso bíblico: resto o residuo de Israel. Esta figura subsume un mensaje que, a través de las más diversas enunciaciones y en las más extrañas culturas, predica la confiada espera. Es lo que persiste, el semen longoevum, presto siempre a reverdecer. En el corazón profundo de los pueblos, en los en-terramientos de la escoria innominada, «el hombre que está solo y espera» balbucea su palabra que es tiempo pero corporal y situado. En lo más confuso y podrido de la plebe pauperum (ayuna de poder, «cultura» y riquezas) pervive una invencible esperanza. Estos ecos de los adentros nos indujeron a no persistir en las meras ideas o abstracciones porque son un escaso alimento para el cuerpo social e individual. El hombre necesita ejemplos concretos (rituales, marco externo) que sólo la comunidad y el codo con codo pueden ofrendar. Toca a los intelectuales, apegados a la lectura y siempre al borde de la letra muerta, tratar de auscultar los rumores que hablan entre dientes en esa enigmática prolongación de nuestro cuerpo que es la escritura. Tanto la voz como la letra son proyecciones de los cuerpos que padecen y gozan los sistemas dominantes (religiosos, políticos, económicos). La letra amordaza, amortigua, sume en latencia al griterío subyacente. Caído en el anonimato, el pueblo se convierte en un careciente total. Privado de nombre en la racionalidad dominante, desconfigurado como categoría, queda excluído de todo registro. Por eso los documentos escritos, empeñados en transmitir acciones corporales, mentales, emocionales, concluyen por estampar series de imágenes congeladas. La cuestión se resuelve, entonces, poniendo en actividad la más vasta franja de lenguaje desechado para que, movilizando energías íntimas, se haga oir. Y con sus voces, tras ellas y con ellas, una algarabía de gestos, ritos y acciones olvidadas suban al escenario. Al que sospeche hacia qué dereceras estamos rumbeando, lo convidamos a aventurarse en el derrotero de este libro: a lo mejor descubra que la realidad viviente que nos envuelve, nos da el aliento y nos reintegra sin cesar deseos y esperanzas, no es el sistema que pretende hacer pasar por realidad el discurso de poder, ni tampoco su variante disidente que pretende reemplazar un software por otro supuestamente más actualizado con instrucciones de un binarismo rígido, con implacable destino de meros soportes. Más allá de una dialéctica virtual, sin raíces en el corazón y sin lugar para los significantes de la alegría, lo plebeyo desencadena contradicciones fecundas. Por voluntad de la plebe, nacen siempre los avances hacia la realización de seculares y persistentes aspiraciones de justicia y paz destinadas a procurar a los pueblos no sólo el bienestar sino el encanto de la vida. Proponemos, entonces, iniciar un recorrido por las venturas y desventuras de la «confusión de lenguas». Mediante una serie de pantallazos, redimimos un mito perviviente de nuestra cultura, Babel, y rastreamos sus significados dispersos a lo largo de la historia argentina: Tejeda, Alberdi, Sarmiento. Mestizajes y migraciones: confusa patria. En una segunda mirada, contemplamos el rebrote, entre las grietas de la historia del arte, de ciertas pervivencias barrocas que persisten en abrir sus significantes en lo más trivial del desencanto cotidiano: actualización de la cultura popular barroca como territorio textual en que marcan y proyectan sus signos el mestizaje y la fiesta. En el capítulo titulado «1812: la implacable alegría» vivenciamos la irrupción gozosa de las masas populares y las mujeres plebeyas en las guerras de la emancipación y dejamos constancia de la perplejidad de próceres e historiadores canónicos. Si bien el recorrido anterior supone una polémica interna e incita a expandir contradicciones y conflictos en el viaje que va desde el discurso sobre la realidad a lo real que está ahí, los invitamos a desenmascarar zonceras. Para lograrlo, seguimos un camino inverso al de la crítica académica y exploramos el territorio mental de las argumentaciones predominantes en algunos textos ensayísticos de Jorge Luis Borges. Créalo o no, el insigne paradigma de nuestra literatura, en uno de los textos más vapuleados por estudiantes y catedráticos de literatura, polemiza sobre un tema anacrónico, no sólo con Rojas, Marechal y Scala-brini Ortiz, sino con el mismísimo Juan Domingo Perón. Esta excursión «tierra adentro», culminará con la visión de un Lugones que, despojado de brillo retórico y raras búsquedas expresivas, comparece encarnado en la voz y los ademanes de sus paisanos de Río Seco, entregado a una honda consideración del espacio-tiempo einsteniano o empeñado en proponer al Imperio Romano como un movimiento antioligárquico, popular y gestor de la primera «dictadura del proletariado». Se trata de explorar esa terra incognita para sustraerla del vilipendio al que ha sido sometida por cierta crítica siempre lista para hablar de lo no suficientemente leído. Por último, y de yapa, va una hilachita marechaliana: trazamos la semblanza de Robot, pedagogo sin hiel y triste pseudogogo final. ¿Necesario, sin embargo, para que se manifieste, tras la catástrofe inevitable, la presencia del «demócrata del Reino»?.  8 de setiembre de 2007

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