Para una poética de la revolución: Miércoles 17/10/1945 (Homenaje)

Publicado: 17 octubre, 2009 en Argentina

 

Por Jorge Torres Roggero

“Por eso la revolución por las armas es un juego de chicos

comparada con la revolución cultural”

Rodolfo Kusch

            

 Este es el relato de un hecho extraordinario. Un sujeto histórico nuevo toma de pronto la palabra. Por eso dejaremos de lado cualquier clase de teoría acerca de revolución o de poética. Sí sabemos que una revolución verdadera es un fenómeno que  representa el ascenso y la emergencia de las fuerzas más profundas de la sociedad. En manos del pueblo, la energía revolucionaria permite a una colectividad “realizarse y expresarse”. Es un acto poético y es, a la vez, la palabra hecha poder. La poética deviene así acto, no mera teoría estética. En otras palabras se trata de pensar el acto revolucionario como el punto más alto de la imaginación poética, como poesía colectiva.

Un poder se triza y se desencadena una nueva fuerza histórica que necesita para expresarse formas de representación no dominadas. La energía revolucionaria, al dejar que hable el dinamismo transformador de los excluidos, expande fuerzas latentes mediante el uso de la retórica, la liturgia y la acción.

Recordemos ahora el miércoles de octubre del título. Según Scalabrini Ortiz en todos los pueblos y ciudades del país había ocurrido  lo  que, en Buenos Aires, cobró  dimensiones colosales. El escribió en HECHOS E IDEAS,  febrero de 1946: “Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón campo de cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón. Era el subsuelo de la patria sublevado”.

                        Leopoldo Marechal, por su parte, dejó constancia de cierta mutación ocurrida en la letra de una melodía popular: “…el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí             primero la       música de una canción popular, y enseguida su letra: “Yo te daré,/ te daré, Patria hermosa,/ te daré una cosa,/ una cosa que empieza con P, / Perooón”. Y aquel “Perón”, recuerda, “resonaba periódicamente como un cañonazo”. Fue ese  día cuando el poeta bajó desde el quinto piso a la calle  Rivadavia y se unió a la multitud que avanzaba hacia la Plaza de Mayo. Ese el miércoles 17 de octubre de 1945 Marechal  sintió que algo nuevo se manifestaba: “Vi, reconocí, y amé los miles de rostros  que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder”. Esa muchedumbre, todavía sin nombre, era un subsuelo  sublevado. Salir “a la visibilidad”, brotar del subsuelo, del suburbio (sub urbe) era una actividad de los cimientos, un  sacudón de las estructuras.

            El pueblo estaba tomando la palabra y era un solo grito. Hacía falta una profunda liturgia para desamordazar un lenguaje por mucho tiempo dominado. Vestido con su ropa de trabajo, disfrazado de gaucho, haciendo retumbar los grandes bombos que por primera vez vociferaban, mostrando su irreverencia frente a las instituciones de la opresión, las fuerzas populares tironeaban para arrancarse la máscara del lenguaje impuesto. Lo no comprobado comenzaba a enunciarse como posible. La canción sonaba todavía como un murmullo sordo, como un áspero trabajo de erosión. Es cierto,  la muchedumbre todavía no podía nombrarse ni a sí misma, pero creaba una liturgia, unos símbolos, un talante no solemne, de fiesta desatada. ¿Cómo manifestar la reinvidicación de quien es dominado en el mismo lenguaje de quien lo domina?

            Pensemos un poco en los avatares de la canción popular que hemos recordado. No hace mucho aconteció el campeonato mundial de rugby. El sponsor del equipo argentino lanzó una publicidad en que recurría al famoso “yo te daré”. Los Pumas avanzan en un gran transporte y poco a poco se les va uniendo una multitud en automóviles, camiones, camionetas. Ahora la vieja canción de 1945 se oye así: “Yo te daré,/ te daré una cosa,/una cosa que empieza con P,/ Puma.” En realidad, la P , por la situación de discurso, es y no es Puma pero sí es, seguro, Personal, la transnacional que esponsorea.

            La canción original en cambio festeja a una mujer, celebra una pasión individual. Este es el estribillo: “Yo te daré,/ te daré, niña hermosa,/ te daré una cosa/ una cosa que yo sólo sé”. La letra y la música  connotan ritmo, fiesta,  picaresca, aire piropeador, presencia de los cuerpos. El “jingle” elimina “niña hermosa” y se refiere a un receptor indefinido, sin cara, sin cuerpo, un consumidor de “cosas”, un cosificado.

La muchedumbre del 17 de octubre reemplazó “niña hermosa” por “patria hermosa” y la adivinanza picaresca “yo sólo sé” encontró una respuesta definitiva: “Perooón”. La patria se corporizaba. Ya no era esa mujer aséptica con aires de diosa solterona que alegorizaba a la república en los pesos moneda nacional de la época. Esa imagen  conducía a un solo significado: el de la clase dominante. Ahora la patria era una mujer hermosa en reclamo de su hombre.

Nadie discute, hoy en día, la presencia de las mujeres el 17 de octubre. El día 16 de octubre trescientas mujeres se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban el nombre de Perón y pronto se sumaron a ella los obreros que iniciaron la marcha hacia La Plata. En un libro de Susana Bianchi y Norma Sanchís se recogen testimonios de  mujeres que marcharon el 17 de octubre. Mediante el recurso de  la oralidad, las historias de vida  no privilegian  cantidad sino sobre todo calidad. Una mujer responde: “Por todas las calles brotaban…por todos los lados habían….impresionante…es una cosa de nunca olvidar…”; y otra, “Todo el mundo se abrazaba, se encontraban en la calle y era un abrazo y era una alegría”. Ese brotar de todos lados indica la epifanía de una presencia  latente u oculta. Un sujeto nuevo se ha apoderado de la calle y la  ha convertido en lugar de encuentro, abrazo y alegría.

En La Plata, cuando pasaron frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la paradoja eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”.

Los diarios de la época resaltan ciertas características  de estas “turbas” que, poco a poco, se ganarán el apelativo de “ hordas”. Prevalecen los  jóvenes. Su vestimenta es la ropa de trabajo. Algunos apedrean los centros sociales y lugares de diversión de la èlite dominante ( Jockey Club). No faltan los gestos obscenos, los pedorreos orales. Aparecen los bombos, las banderas. Pero no se advierten, salvo raras excepciones, ataques individuales. Desatan largas silbatinas frente a las instituciones y símbolos de  opresión social y cultural. Recuérdese que las universidades y todos los diarios,  salvo LA EPOCA, eran antiperonistas. En realidad, se celebra un ritual destinado a abolir los símbolos de las instituciones de dominación, de la desigual distribución del poder material y cultural.

            La práctica militante de la cultura popular, según De Certeau, es una  lucha por la toma de la palabra. Toda lucha por el poder, postula, es una lucha por la palabra. En efecto, si la lengua es una producción de todos, su red de contextos explícitos e implicitos es el lugar por excelencia de las prácticas anónimas de creación y difusión. En ella germina el pensamiento seminal, florece la cultura y , por lo tanto, se expanden los posibles de nuestra libertad.

            Ahora bien, los aparatos políticos, sindicales o universitarios, cuando han perdido su poder de representación,  tienden a defender su representatividad por la fuerza. Es cuando se autoatribuyen la potestad de hablar en nombre de todos. Hasta el 17 de octubre, un pueblo que ya estaba accediendo a conquistas sociales carecía aún de poder para hacer valer sus representaciones, o sea, para constituirse como realidad a tener en cuenta en las estructuras. La presencia de Perón implicaba la necesidad de contar con su palabra como un operador de condensación semántica  en la marcha hacia una expansión de las fuerzas latentes, hacia una conquista del derecho al pan y el derecho a la poesía y el canto. No sólo el problema del comer, diría Rodolfo Kusch, sino de “recobrar la dignidad del comer”.¿Hay señales en aquel miércoles de octubre del quiebre de una continuidad? ¿Hay barruntos, tartamudeos, silabeos de que en ese momento se corta el lazo discursivo entre poder y representación?

Todo hace pensar que  el enfrentamiento más desigual y violento, se produce en el orden del discurso. Hay una palabra balbuciente que choca con la gramática y la retórica del estado, las instituciones de la cultura y los cánones literarios de escritores e intelectuales cuyo discurso, aún en sus expresiones más altas, ha sido naturalizado como una función de un sistema de explotación y dominación, de una totalidad cerrada. Las masas anónimas existían por lo que ellos decían que eran: lumpen, grasas, iletrados, brutos, turbas, hordas. En todos los casos, materia de desprecio y explotación. Más aún, en los círculos de la más “alta cultura” nada se decía de ellos. En consecuencia no existían. Los teóricos suelen hablar despectivamente del “populismo”. Sus mentes colonizadas admiten que a los movimientos populares se los presente como producidos por el hambre, los impuestos, la desocupación pero nunca como una lucha por el poder: ¿Acaso el sueño de las masas se limita a comer bien?, ¿ les está vedado soñar con ejercer el poder?

            Porque quede claro, tener poder es organizar una representación. Los artistas, los intelectuales, suelen erigirse en únicos depositarios de la elocuencia, del hablar, de la poética. Sin embargo, las luchas por el poder han demostrado que los pueblos no necesitan ese saber porque, desde siempre, saben lo que quieren. ¿Cómo tomar el poder sin organizar una representación? Si no se toma el poder y se organiza la representación: ¿cómo sacar a la  visibilidad el lenguaje propio, el modo de nombrar las cosas y la vida? La energía inversa de la “plebe” del 17 de octubre, a la vez que los seduce, se presenta como una energía  inapresable para los teóricos.

            La masa de ese miércoles de octubre andaba buscando poder hablar, liberar la palabra. Esa palabra liberada debía ser defendida para que no fuera recapturada por el sistema de dominación. Eran los desconocidos de siempre que accedían a la visibilidad con sus vestimenta, sus  gestos , sus liturgias, sus cantos y una mezcla de cuerpos desatados que  la clase dominante percibía como una presencia obscena y amenazante.  Ezequiel Martínez Estrada en un texto muy conocido (“¿Qué es esto? Catilinaria) publicado en 1956, con el peronismo en derrota y en el fragor de los fusilamientos de la primera dictadura genocida del S.XX, sostiene que en la multitud del el 17 de octubre se reencarnaba la mazorca, “pues salió de los frigoríficos como la otra salió de los saladeros”. De acuerdo a su criterio, Perón “recogió con prolija minuciosidad, de hurgador de tachos de basura, los residuos de todas actividades nacionales, en los órdenes material y espiritual”[…] “Volcó a las calles céntricas un sedimento social que nadie había conocido. Parecía la invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos […] aparecieron con sus cuchillos de matarifes en la cintura, amenazando con una San Bartolomé del Barrio Norte. Sentimos escalofrío viéndolos desfilar en una verdadera horda silenciosa con carteles que amenazaban tomarse una revancha terrible.

            En pleno cambio de designaciones, los periódicos de izquierda manifestaban el desconcierto y la inadecuación de sus análisis de la realidad. Ellos echaban una mirada sobre los manifestantes, que habían adelantado por su cuenta el día de paro decretado por la CGT, y los  “definían” como “bandas de desharrapados”. Al compás de sus grandes bombos, subían y bajaban las antorchas fabricadas con la edición 5ª de CRITICA repartida por los canillitas. El diario había titulado con grandes letras: “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población”. La fotografía de un grupito de personas que marchaba por Avenida de Mayo con aire distraido, ilustraba la portada.

            Puestos a considerar, la fuerza de esa multitud, si bien intimidaba por el número, residía en la alegría: reían, saltaban, bailaban, se sentían dueños de las calles paquetas de Barrio Norte gritando sin cesar: “¡Aquí están! ¡Estos son! Los muchachos de Perón.” No es casual que, al pasar frente al diario crítica, ocurriera el único episodio sangriento del día. Ante la silbatina,  gente armada que, en el interior, estaba convencida del carácter violento de aquello que llamaban hordas, dispararon y asesinaron a dos manifestantes peronistas.

            Los socialistas de La Vanguardia y los comunistas de Orientación coinciden en marcar lo sucedido como una anormalidad. Se trataba de algo  tan a contramano de la representación urdida de realidad en que estaban enredados, que no entraba en sus  esquemas de sistematización de grupos sociales. Esas multitudes carecían del tono solemne y la disciplina característica de las izquierdas de la época. ¿Quiénes eran estos que no ostentaban la “blusa obrera” de sus discursos, sino que venían “descamisados” desde las profundidades? Para La Vanguardia del 23 de octubre los manifestantes no eran obreros “tal como siempre se ha definido a nuestros hombres de trabajo, aquellos que desde hace años han sostenido y sostienen sus organizaciones gremiales y sus luchas contra el capital…” ¿Qué eran entonces?  Una horda,  “el espectáculo de una mascarada, de una balumba” degenerado en “murga”. Desde su punto de vista, un obrero argentino no actuaría en una manifestación en demanda de sus derechos como lo haría en un desfile de carnaval.

            Américo Ghioldi sostenía que cuando un cataclismo social moviliza “ las fuerzas latentes del resentimiento se cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, y la parte del pueblo que vive del resentimiento , y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes…” Es sólo una horda “lumpenproletaria” sin contenciones morales.

            ORIENTACIÓN, el periódico del Partido Comunista, realiza la vinculación expresa con las masas federales del S.XIX apoyándose en la interpretación oligárquica de la historia:” “el malevaje peronista que, repitiendo escenas de la época de Rosas y remedando lo ocurrido en los orígenes del fascismo en Italia y Alemania, demostró lo que era arrojándose contra la población indefensa, contra el hogar, contra las casas de comercio, contra el pudor y la honestidad, contra la decencia, contra la cultura…”. Era el peronismo “bárbaro y desatado”.

            El día 24, la Mesa Directiva del radicalismo afirmó en un comunicado que: “el 50% de los manifestantes eran mujeres y menores teniendo informaciones fehacientes de que muchos recibieron dinero para concurrir”. La Federación Universitaria de Buenos Aires, por su parte, lanza una proclama cuyo objeto es desagraviar al Dr. Alfredo Palacios, maestro de la juventud, cuya placa habían arrancado del  estudio y la Federación Universitaria Argentina  proclamaba que la clase obrera no podía progresar asociada a Perón. Jauretche los llamaba “novios asépticos de la revolución”: quieren casarse con ella y “le piden certificado prenupcial”.

            En realidad, según el diario LA CAPITAL (19/10/ 1945),  los manifestantes desfilaban “en mangas de camisa”. Hombres y mujeres vestían “estrafalariamente, portando retratos de Perón, con flores y escarapelas prendidas en sus ropas,  afiches y carteles”. LA NACION (18/10/1945), anota, además, que agitaban las banderas de los numerosos clubes de barrio en un clima especial de bullicio.

            Esa era en realidad la toma de la palabra: basta de las normas tradicionales que regían las manifestaciones obreras. Las nuevas formas transgredían el comportamiento público aceptable para los sindicatos socialistas y comunistas. De acuerdo a sus manuales, eran desclasados y resentidos. Pero el nuevo sujeto histórico, al expropiar la palabra ajena, abolía las imágenes representativas del orden viejo y suprimía  la lealtad a  instituciones de dominación que, sin embargo, siempre quedan montadas como una bomba de tiempo  preparadas para demoler los contrafuertes tomados por el discurso revolucionario.

            Más ingenuos, los radicales se consuelan pensando que la mayoría eran niños y mujeres, es decir, gente privada de voto en esa época, pero instauran también un mito caro a la clase media. Tienen “informaciones fehacientes que muchos recibieron dinero para concurrir”. Sólo faltaron, porque aún no habían sido inventados, el chori,  la coca, el “tetra” y el paco.

            En la prensa oligárquica la primera impresión, ante la repentina aparición, fue borgeano: de conjetural espanto. Por lo tanto, tienden más a destacar el talante de romería y la cuestión estética. El sema predominante es  “indiferencia”. En otras palabras, el no reconocimiento de la diferencia, o sea, del nuevo aporte a la indentidad del conjunto. ¿Cómo explicar a ese chinaje intruso que afea la ciudad?  Son el no-pueblo, los no-ciudadanos, los no- obreros. A esos inexistentes, la indeferencia, el vacío de sentido y de palabra. La diferencia era lo que venía a completar el sentido de lo que, hasta entonces, se había llamado argentinidad. Una palabra nueva era agitada por esas multitudes rientes entregadas a la farsa, la burla y lo carnavalesco. O sea, al ejercicio libre y sin freno de formas literarias aún no proferidas.

            El diario CRITICA epigrafiaba de este modo la foto arriba mencionada:“He aquí una de las columnas que desde esta mañana se pasean por la ciudad en actividad revolucionaria. Aparte de otros pequeños         desmanes, sólo cometieron atentados contra el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada por su presencia en nuestras calles. El pueblo los vio pasar, primero un poco sorprendido, y luego con glacial indiferencia”.

            En un primer momento, los diarios tradicionales presentaban una multitud pacífica y pintoresca. LA NACION informaba que algunas personas de ambos sexos “han acampado durante el día en la Plaza principal, en la cual, durante la noche, improvisaban antorchas sin ningún objeto, por el mero placer que les causaba ese procedimiento”; “insólito y vergonzoso espectáculo de grupos que se adueñaron durante el día de la Plaza de Mayo”. La queja de los diarios que representan los intereses del grupo dominante se refieren, en general, a que se ha consumado un agravio al “buen gusto y la estética de la ciudad, afeada por su presencia en las calles” (Crítica, 17/10/45).

            Agraviar la personalidad y sentido estético de la ciudad (“nuestras calles”. “se adueñaron de la Plaza de Mayo”), ocupar el espacio que la clase media urbana se atribuía, pisotear los códigos de conducta y burlarse de la noción de decoro, eran la obra “demoníaca” de quienes, según Américo Ghioldi, no eran pueblo. ¿Eran argentinos esos grasas que Scalabrini describe como un gozoso mestizaje?: “Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. El descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de rasgos nórdicos y el trigueño de pelo duro en que la  sangre de un indio lejano sobrevivía aún.”.

            En adelante emergerán palabras hoy comunes pero que en ese momento eran una marca de  abolición, de  discontinuidad. Ahora se habla de trabajadores y compañeros en lugar de camaradas (código militar) y correligionarios (código religioso). Ya no obreros, sino descamisados; ya no ciudadanos, sino muchachos. El 17 Perón dejó de ser coronel y legitimó el nominativo de primer trabajador.

            Así se construye el mito del 17: la realidad ahora es discontinua. La operación se da en el orden del discurso. En adelante, la masa se apropia de las fiestas patrias: el 17/10/45 es otro 25/05/1810; el 9 de julio es el día de la declaración de la independencia política, pero también de la independencia económica. El 1º de Mayo es una fiesta aunque para LA VANGUARDIA sea corso de carnaval,  movilización  contra la cultura y la civilidad.

            Hasta Perón la oratoria política revestía un aire solemne y a tono con el encubrimiento de la entrega del país al capital extranjero. Los discursos y mensajes presidenciales tenían un acento académico que no hallaba eco en el pueblo. Se hablaba y se escribía para un núcleo selecto. Bajo la consigna de “educar al soberano”, un sector minoritario definía qué era cultura y se erigía en el único autorizado para hablar. Lo ofrecido era la solemnidad mediocre o los juegos fuera del tiempo y el espacio. Cuando Perón  comienza a hablar, las ideas dejan de ser jeroglíficos y se revisten de una potencia nueva. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión se abre un camino a la comprensión y a la valoración del pueblo

            Un día dice: “Hay un montón de muchachos que nunca llegan a nada” Un político oligarca hubiera dicho mozos o jóvenes. Para decirles a los empresarios que les falta visión y previsión les advierte que “se han acostumbrado a mirar por el ojo de la cerradura”.

            El lenguaje cotidiano aparece intensificado con la carga crítica que vale tanto para caracterizar a la oposición como para organizar la fuerza propia. La falta de espacio nos prohibe detallar estos rasgos así como la resurrección de la sabiduría sapiencial, bíblica y milenaria, de Martín Fierro. En la década del treinta, Borges había calificado de “dicharachos” a los “dichos” del pobre gaucho. El apotegma pasa a ser, así, un género literario.

            En el lenguaje oral cotidiano, en la radio y los diarios, se agregan nuevas palabras al diccionario de los trabajos y los días: justicialismo, cegetista, descamisado, contra, contrera, grasita, compañero/a. La creación y el diálogo son balbuceos que preludian la promesa de una poética nacida de las profundidades.     Ese miércoles 17, a eso de las diez, comienzan a caer alguna gotas. Los carceleros de Perón alientan la esperanza de que la lluvia disuelva la manifestación. Surge, sin embargo, un coral  repentino. Una especie de payador colectivo, canta: “Aunque caiga el chaparrón/ todos, todos con Perón”. La huelga de los sindicatos había sido decretada para el jueves 18 y entre sus reivindicaciones no figuraba el pedido por Perón. Pero  los camiones incautados por los trabajadores llegaban atronando cánticos y estribillos: “Perón sí/otro no.”; “El pueblo con Perón”. Cuando por fin Perón salió al balcón e instituyó el diálogo de la verticalidad ascendente, el verso popular decreta un día de fiesta: “Mañana es San Perón/ que trabaje el patrón.” Había nacido el día de la lealtad.

            Es una estética tosca en boca de un pueblo que canta e improvisa. De pronto, la música del vals “Sobre las olas” incorpora un estribillo que contiene una refutación y una demanda: “Perón no es comunista/ Perón no es un dictador/ Perón es hijo del pueblo/ y el pueblo quiere a Perón”.

            A ella se oponían los códigos estético-culturales de la oligarquía. El 12 de octubre se realiza la marcha por la libertad y la constitución y el 13 de octubre es detenido Perón. El diario La Prensa del 13/10/45, comenta ese acto opositor: “Era un público selecto formado por señoras y niñas de nuestra sociedad y caballeros de figuración social, política y universitaria, jóvenes estudiantes que lucían escarapelas, trabajadores que querían asociarse a la demostración colectiva a favor del retorno a la normalidad”.

            En tan breve párrafo, es casi imposible separar una palabra que no se refiera al dominio de una clase: el público  es selecto, las  mujeres son las señoras y niñas de nuestra sociedad, los caballeros ostentan el uso de las instituciones que simbolizan el poder de clase: la  política y la  universidad. Los jóvenes estudiantes no militan, lucen escarapelas; y, allá lejos, algunos trabajadores querían asociarse a ese pedido de “retorno a la normalidad”. ¿El  “retorno a la normalidad” era volver a los salarios de hambre, los despidos sin indemnización, los accidentes de trabajo y la enfermedad sin cobertura ni licencia, la prolongación de jornadas sin pago de horas extras, la servidumbre del peón de campo, la anulación de las vacaciones pagas y el aguinaldo? Cuidado con los exigen un país normal.

Ya hemos señalado que en la jornada del 17 fue fundamental el protagonismo de los jóvenes y las mujeres. El diario LA EPOCA (17/10/45)  destaca la presencia de la mujer. No eran niñas ni señoras,  eran las mujeres del pueblo con sus maridos, con sus novios, con sus hermanos, con sus hijos. Las calles parecían ensancharse a su paso porque, desde entonces, hombre y mujer pueden ir del brazo en la política argentina.

            En resumen los códigos de representación hegemónicos (diarios, partidos políticos, asociaciones profesionales, federaciones de estudiantes, Acción Católica, sociedades de beneficiencia, sociedades de escritores, revistas culturales) se han reservado el uso de la moral, la decencia, la familia, el sindicalismo organizado, libre e independiente, de la auténtica clase obrera.  Por eso, el miércoles 17 los trabajadores peronistas cargaron con todas las taras de la sociedad: carecían de buen gusto, atentaban contra la estética, afeaban las calles, eran grupos aislados que no representan al verdadero proletariado, o sea, una turba de resentidos. Al final, los diarios serios convinieron no más en que la ciudad y el pueblo habían sido mancillados por  “malones de forajidos” que “cayeron sobre las ciudades llevados por el odio y el rencor”.

              Al nuevo sujeto histórico le tocará siempre asumir la custodia del más alto punto de intensidad humana, del acto poético fundamental, aun a costa de  proscripciones,  cárceles y de su vida misma. La democracia plebeya –que alguna intelectual famosa dio por fenecida-  no para de edificar, desde la raíz, nuevos sujetos históricos. Lejos de las universidades, estará siempre pronta para tomar la palabra. Las tecnoburocracias la defolian, pero aún no se ha inventado un glifosato que pueda matar su raíz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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