Juan Larrea y César Vallejo: “Voy a hablar de la esperanza”

Publicado: 10 abril, 2011 en Argentina, Ensayos
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Juan LarreaPor Jorge Torres Roggero

 

“Un cojo pasa dando el brazo a un niño

¿Voy, después, a leer a André Bretón?

César Vallejo

 

 Cesar Vallejo1.-

            En 1924 dos jóvenes poetas vanguardistas se encuentran en París. Uno era bilbaíno. Había estudiado letras. Como poeta, estuvo de paso por el ultraísmo  y se había entregado  a prácticas creacionistas con el chileno Vicente Huidobro. El otro era un peruano andino, de Santiago de Chuco. También ha frecuentado los estudios literarios y, sobre todo,  ha militado en los vanguardismos vitales hispanoamericanos junto a sus compañeros Antenor Orrego, José Carlos Mariátegui, Raúl Haya de la Torre y el maestro de todos, Manuel González Prada, poeta y anarco-indigenista. El vizcaíno y el cholo mantendrán una entrañable amistad.

            En 1926  Juan Larrea y César Vallejo fundan la revista Favorables París Poema cuyo primer número contenía un manifiesto de corte surrealista. Larrea había adoptado el francés como lengua poética para, libre de los lazos del idioma natal, alcanzar mayor libertad creadora. Vallejo, por su parte, había  asegurado que sólo volvería  a su patria cuando en Perú no quedara piedra sobre piedra. Los dos lograron, por extraños caminos, trazar la profecía de una nueva humanidad en América.

            En 1930 Larrea viajó a Perú. Dejó de escribir poesía y se dedicó a estudiar las culturas precolombinas. Exiliado republicano (1939-1949), pasó a México donde intervino en la fundación de España Peregrina y Cuadernos Americanos. Entre 1949 y 1956 se estableció en Estados Unidos donde profundizó un método de investigación fundado en la razón poética cualitativa aplicada al estudio de textos desechados por historiadores y críticos. Fatigó el Apocalipsis, las profecías de Joaquín de Fiore, las intuiciones de Cristóbal Colón y de Antonio de León Pinelo, entre otros, para elaborar sus tesis sobre el advenimiento de un Nuevo Mundo y  sobre el alumbramiento de la razón universal  en América Indo-hispánica. Cobra entonces singular importancia su aporte para el desarrollo de una hermenéutica teleológica de la poesía de Ruben Darío y César Vallejo. Sin embargo, sus estudios sobre César Vallejo cobraron especial relevancia desde su llegada a la Universidad Nacional de Córdoba en 1956 donde fundó el Instituto del Nuevo Mundo, conocido como Aula Vallejo, nombre también de la revista a que dio origen.

            En 1967 se realizaron las “Conferencias Vallejianas Internacionales” en la Facultad de Filosofía y Humanidades. Las conferencias estuvieron a cargo de investigadores como André Coyné (Francia), Jorge Puccinelli (Perú), Washington Delgado (Perú), Alejandro Lora Risco (Chile), James Higgins (Inglaterra), Uruguay González Poggi (Uruguay), Ramiro de Casasbellas (Argentina) , Juan Carlos Ghiano (Argentina) y Clayton Eshleman (EE.UU.).

            En este reencuentro de Larrea y Vallejo vamos a revisar, especialmente, las actas y debates publicados en Aula Vallejo, N° 8-9-10, Años 1968-1971, Universidad Nacional de Córdoba.

 2.-  

            1965. Larrea viene de haber sufrido los intentos de exclusión por parte de un grupo de egresados y estudiantes de la Facultad de Filosofía y Humanidades que habían jurado expulsarlo en nombre de la ciencia y el realismo socialista. En el informe titulado “Teleología de la Cultura”,  que resulta una ejemplar apología de sus reflexiones poético-escriturarias, fundamenta sus modos de enfocar correcta y ventajosamente los “fenómenos tocantes al Universo del hombre”. Devenidos semiólogos, sociólogos, filósofos y aún místicos, es casi seguro que aquellos objetores valoran hoy los aportes de Larrea a nuestras disciplinas.

            Tres métodos polemizaban en los estudios literarios de ese momento: el sociológico, el psicoanalítico y el estilístico. En torno a ellos se organizan las intervenciones de los disertantes. Se advierte una coincidencia básica: Vallejo traspasa con su poética los paradigmas marxistas que dice profesar, pero también va más allá de las meras cuestiones estéticas. Ahora bien, la polémica que circula, a veces oculta, a veces manifiesta, a lo largo de la jornada es la que gira en torno al surrealismo. Su protagonistas son el francés A. Coyné y Juan Larrea. Para Coyné Vallejo era surrealista, para Larrea, un héroe y mártir indo-hispano.

 3.-

                        La primera conferencia del Simposio que estamos recordando estuvo a cargo de J. Larrea y se tituló “Voy a hablar de la esperanza”. Se refiere a una de las últimas composiciones de Poemas Humanos (1923-1938), libro póstumo de César Vallejo. Extraño texto cuyo sema central es el dolor. Ya sufra “desde más abajo”, ya “desde más arriba”, la conclusión es: “Hoy sufro solamente”. Este sufrir “suceda lo que suceda” y sin remedio, es el que permitirá, aun cuando muriera de hambre, que brote siempre de la tumba “una brizna de yerba (sic).

            El diálogo que genera la primera conferencia plantea la contradicción entre la visión de Larrea que propugna cierto divinismo en la obra de Vallejo y por otro lado la confesa adhesión del poeta al marxismo.

            Ramiro de Casasbellas se embarca en  una fundamentación psicológica que explica a Vallejo mediante una progresión de fracasos en los intentos de superación  de su angustia personal: primero   la experiencia religiosa; luego, la recurrencia al amor ya familiar, ya erótico; y, por fin, la búsqueda de una solución social y revolucionaria.

            Larrea sostiene, por su parte, que a lo largo de la obra de Vallejo predomina un metalenguaje religioso que abarca todos los niveles de comprensión. Así, por ejemplo, resalta cómo en el personaje Jesús de la novela proletaria El Tungteno la contradicción Dolor/Amor  (que en sus reprofundos son complementarios)  se resuelve en un orden superior: en el uno como guarismo primordial. El mero sufrir es una tristeza abismática, no es personal y se refiere también a Dios: “¡Señor! Estabas tras los cristales/ humano y triste amanecer”… Es un Dios “bueno y triste”: alguien a quien debería “dolerle mucho el corazón”.

            Esa visión trascendental no mengua la figura de Vallejo. Al contrario, se agiganta por la emergencia de una concepción en que es posible un nuevo ser de la humanidad en el seno del Amor. Una unidad superior en que, según Larrea, caben todas las posibilidades. Esta juntura de todas “la yuntas”, esta unio contrariorum, fecunda las contradicciones que, en Vallejo, se manifiestan en múltiples planos. En efecto, su  viva dialéctica existencial invade todos los campos semánticos: desde lo que se refiere a la conciencia de sí mismo hasta lo social. Quizás resulte ilustrativo recordar aquí estos versos de “Despedida recordando un adiós”: “¡Adiós, hermanos san pedros/ heráclitos, erasmos, espinozas! ¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!/ ¡Adios, gobernadores en desorden!/ ¡Adiós vino que está en el agua con vino!/ ¡Adiós, alcohol que está en la lluvia!”.

            Larrea sostiene que la negación de la personalidad, en la forma que lo hace Vallejo, no es una actitud socio-económica sino socio-religiosa. La obra de Vallejo avanza hacia la construcción de un yo trascendental absoluto en que lo psico-somático se  niega por amor al Uno. En el poema “Masa” los hombres de la tierra van amando al Uno que parece estar muerto hasta que todos se re-únen en ese Amor que logra que el cadáver se levante y se ponga de pie. Quizás, sostiene, ese Amor que se distribuye entre todos revela una situación más allá de la lucha de clases propugnada desde su ideología, más allá de toda agonía.  Es un fondo inmemorial que tiene su sede en esas regiones del ser en que el marxismo se queda sin respuestas.

            Quizás, postula Larrea, cabría la posibilidad de una sociedad de la que se excluya todo sentido religioso y que  sólo se interese en solucionar los problemas materiales. Tendría, sin embargo, que ser transitoria. Probablemente Vallejo apunte a un estadio superior de síntesis en que se conjuguen lo físico y lo metafísico, cuyo ingrediente básico sea el Amor en que han de negarse todos los yo de estructura física de modo que los problemas materiales  se resuelvan de acuerdo a la justicia hasta adquirir un sentido trascendental. Y es aquí cuando entra el tema fundamental que desarrollará Larrea en su segunda conferencia: el poeta como profeta, como anunciador del fin de un “Dios social” y de una sociedad injusta. El significado final de su existencia sería la institución de una sociedad trascendente donde se hallen resueltos los problemas materiales conjuntamente con las angustias espirituales. Quizás es por este motivo, especula Larrea, que cierta gente no manifiesta mayor entusiasmo por la poesía de Vallejo: “¿A que podría deberse –se pregunta-  que en la Unión Soviética no se traduzcan sus obras en verso? Hay algo en él que está fuera del orden: un fermento que, podríamos decir, hace cuajar la leche…Es el suyo un aglutinante de otra índole”. Por supuesto, el trasfondo religioso al que se refiere Larrea no se inscribe en ninguna religión positiva. La poesía de Vallejo trapasa el pensamiento dogmático marxista y también la visión dogmática de las religiones. Difícil sostener el ateísmo de alguien que poco antes de morir declara: “Cualquiera sea la causa que tenga que defender ante Dios, más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios”. Es una complejidad que, en cierto modo, excluye el ateísmo.

            En el poema “Redoble Fúnebre a los escombros de Durango” de España, aparta de mí este cáliz invoca a Dios en cada una de las estrofas con el tono de las antífonas cristianas: “Padre polvo, sudario del pueblo,/ Dios te salve del mal para siempre,/ padre polvo español, ¡padre nuestro!/ Padre polvo que va al futuro,/ Dios te salve, te guíe y te dé alas,/ padre polvo que vas al futuro”. La impresión es que encomienda el futuro del pueblo a Dios. El humanismo vallejiano se configura más allá del hombre cosificado, de las individualidades corpóreas. Es la individualidad contra la que se rebela y con la que lucha dentro de sí en sus poemas póstumos. Se trata del hombre colectivo en que “está integrada la substancia de la divinidad, el Amor. Estamos ya en otra esfera”.

            Para Larrea, el poeta peruano es el anunciador del advenimiento de la razón universal, de la Logósfera final. Larrea se pregunta si algún poeta socialista hubiera podido escribir estos versos: “Acaba de pasar el que vendrá/ a sentarse en mi triple desarrollo/ …Acaba de pasar sin haber venido”. En cierto sentido, presiente una figura de Cristo en que la humanidad genérica se sienta divinizada. Es el revolucionario que no propone la muerte, sino la resurrección, en este caso la del pueblo español, crucificado por la salvación de la humanidad.

 4.-

                La segunda exposición de Larrea se titula: “Darío y Vallejo, poetas consustanciales”. En ella traza el itinerario de la imaginación discursiva desde Virgilio, pasando por Dante, hasta concluir en Rubén Darío y César Vallejo. Se subleva ante lo que denomina intento de “desvirtuar el vaticinio recluyéndolo en los claustros de la santa madre literatura”. Dicha reclusión se consuma cuando se analizan los cisnes del nicaragüense como simple emblema del modernismo y no como el anunciador, tras la etapa de la razón individual y colectiva, de una razón universal. América es el lugar de la transformación universal, patria de la razón poética. En tal sentido se opone a la razón teórica, cuantitativa, al lenguaje bidimensional. La imaginación discursiva, cenicienta recluida en el campo de concentración del logos europeo , ha sido reprimida por lo que Larrea denomina  conciencia psicosomática. Pero más allá de esta policía epistemológica, la vida se mueve. Es inevitable un paso de lo individual a lo universal colectivo; de un estado de conciencia humana  a otro estado de conciencia intrínseco, divino.

            Según Larrea, Rubén Darío y César Vallejo  significan, en América, el paso de una poesía socio-verbal a una experiencia transpoética, desde la razón individual y colectiva a la razón universal. Por eso están lejos de las recetas literarias y cerca de los “azares objetivos” que burlan el tiempo y el espacio. América es el campo de una transformación universal y la razón teórica, o cuantitativa, no está habilitada para dar cuenta de ella. En cambio la razón poética, invoca el absurdo para liberarse del mundo de dos dimensiones. La imaginación funciona como una tercera ala. Esta cualidad privativa instala a los profetas en una especie de manicomio  en que durante siglos la conciencia cristiana sepultó el mundo de los inadaptables, desterrados y huérfanos: “De aquí que la experiencia vallejiana encaje a la perfección y por lo mismo se justifique en el marco de los entramados culturales que dejamos expuestos. Todo en su vida pertenece al género absurdo, del que parece ser encarnación….En la prolongación del trayecto teleológico peninsular, nace el “más allá, más arriba” de Santiago de Chuco….Nace, pues, asociado al Ultra. Es un mestizo perfecto no sólo de sangres sino de culturas (dos abuelas indígenas, dos abuelos españoles y sacerdotes). Nada más absurdo, en apariencia, que ello pueda tener relación con su destino literario de última extremidad, entrañado a la tragedia de la España ulterior. Sin embargo, es así. Pero las conexiones no son bidimensionales, racionales, ni vividas conscientemente, sino imaginarias y fortuitas, absurdas”.

            Esto relaciona a Vallejo con el surrealismo, pero el surrealismo según Larrea “es asimilable a la situación biológica de los anfibios que se mueven con dificultad y no pueden alejarse del elemento de que provienen”. Considera que el surrealismo se empantana en los escarceos literarios que traducen la situación anímica de su espacio-tiempo, pero que no conducen a ninguna parte. El surrealismo, como Occidente, se encuentra encastillado, en la última extremidad, queriendo obligar al subconsciente a que acometa una nueva transformación del mundo. Pero la nueva aurora humana exige una intervención del Ser del universo, de un Advenimiento que desintegre las estructuras del sistema anterior y descubra los horizontes de una nueva presencia: “¡Amor, ven sin carne, de un icor que asombre/ y que yo, a manera de Dios, sea el hombre/ que ama y engendra sin sensual placer!”

            Larrea advierte en Vallejo “un sobrehumanismo jesusino”: “¡Que en cada cifra lata,/recluso en albas frágiles,/ el Jesús aún mejor de otra gran Yema!” El Amor puede desviar “la hebra del destino”, “el eje ultra nervioso”, “la honda plomada”. Tal ley de vida puede ser desviada “hacia la voz del hombre”: “y nos dará la libertad suprema/ en transubstanciación azul, virtuosa,/ con lo ciego y lo fatal”. El misterioso Jesús de “otra gran Yema” tiene que ver con el aliento poético anunciador de un remedio para el mal genérico, todos los hombres laten en un solo corazón: “¡Amor contra el espacio y contra el tiempo!/ Un latido único de corazón,/ un solo ritmo: ¡Dios!” La gran Yema, o brote nuevo del árbol, anuncia el paso, la trasposición del espacio-tiempo de la cultura occidental a una nueva dimensión: “Y después…la otra línea…”. Es la nueva situación resultante de la predicación del Jesús de “otra gran Yema” que se complementa con estos oscuros versos llenos de premoniciones finales: “Un Bautista que aguaita, aguaita, aguaita…/ Y, cabalgando en intangible curva,/ un pie bañado en púrpura.” ¿Es el poeta el precursor, el anunciador agazapado en la espera? Quién es el que viene, el Adviniente: “Tengo fe en que soy/ y en que he sido menos.”

            Larrea recuerda que Vallejo, en una de sus crónicas de 1927, dejó escrito: “Del mango mismo de las rojas banderas empieza a brotar (…) la verdegueante yema de otra bandera (…) y poco a poco el tinte del pendón y el de la bandera (…) vendrán a madurar la esperanza”. La “gran Yema”, la “verde bandera”, indican un comenzar a ver la posibilidad de un advenimiento salvador.

             España, aparta de mí este cáliz, es uno de sus testimonios finales  acerca de una situación de sobrehumanidad. De tal  modo,  su comunismo debería entenderse, según Larrea, como un sistema capaz de realizar “completamente”, en lo “espiritual y en lo material, por negación amorosa de uno mismo, la tendencia hacia el bien común”. El poema “Masa” manifiesta este paso del yo al nosotros como necesidad de vida nueva. Hacia el combatiente muerto, vino un hombre y le pidió que no muriera. Pero “el cadáver ¡ay! siguió muriendo”. Se van acercando dos hombres, veinte, cien, mil, quinientos mil, lo rodearon millones de individuos, pero el cadáver siguió muriendo: “Entonces todos los hombres de la tierra/ le rodearon; les vio el cadáver triste, abandonado:/ incorporóse lentamente,/ abrazó al primer hombre; echóse a andar…” Es clara una significativa distinción entre dos categorías: una individual, otra colectiva, genérica. La primera se autorefiere y modeliza al hombre puramente individual, “psico-somático”, dentro de un círculo radicalmente insignificante (sin sentido) que Larrea adjudica al mundo europeo-occidental. Es un individuo condenado a muerte, a doble muerte, puesto que se le niega la justificación salvadora como razón cualitativa del ser. En consecuencia, se derrumba en un pesimismo total que llega a la abyección cuando no encuentra algo inmeditato a qué aferrarse: eso es lo que sucede, postula Larrea, a los surrealistas y aún los existencialistas. Los occidentales oscilan, en consecuencia, entre dos totalitarismos circunstanciales: el individual y el social. Por lo tanto, nos hallamos, culturalmente hablando, en un momento de crisis transformativa total, en una situación transitiva como salida de un punto muerto, “al borde de que en nuestra mente humana se constituya otro sistema simbólico más complejo y realmente verdadero; en vísperas de otra intervención, pudiéramos decir, del Verbo creador…Pero esto no significa que crea en que de golpe nos vamos a encontrar trasmutados todos y en el Paraíso, idea infantil que no conduce a nada bueno. De lo que dentro de mí estoy seguro es de que estamos a punto de convencernos genéricamente de la existencia de un sistema poético-cultural de símbolos universales, mediante el cual se le permite a la conciencia antropológica que somos, tener un concepto diferente del Ser, de la Vida….Y esa es la salvación, la Cultura nueva que promete nuestra vieja cultura desde la primera de sus afirmaciones mítico-trascendentales, o sea, la del Paraíso perdido…Paraíso que ha de entenderse como curación de la esquizofrenia esencial entre lo divino y lo humano, una vez cumplida la etapa laboriosa y dolorosa que se extiende desde el fondo de la pre-historia hasta nuestros días universales. Y esta sí que es la auténtica Maravilla.”(p.309)

 5.-

            Los dos libros fundamentales de Juan Larrea en que expone su milenarismo americanista son , sin dudas, La Espada de la Paloma y Razón de Ser (Tras el enigma central de la cultura).

            Por un “azar objetivo”, quien esto escribe, accedió a ambos, así como a la revista Aula Vallejo, en un librería de usados. Los dos primeros, llevan una dedicatoria significativa. El destinatario es el Rector de la Universidad Nacional de Córdoba Dr. Jorge A. Núñez. En un caso el libro es entregado con “consideración amistosa”; en otro, “con muy amistosa deferencia”. Existía, sin duda, una amistad social. Larrea se muestra agradecido con quien lo ha nombrado en la universidad y ha creado un Instituto especialmente para él. Fecha del obsequio: 10-XI- 1956.

            En 1955 la Revolución Libertadora había instaurado una feroz dictadura. Los profesores universitarios han sido vejados, encarcelados y cesanteados; miles de obreros peronistas van a dar con sus huesos en la prisión, sufren torturas y muchos son ametrallados. Uno piensa que un republicano español que sufrió persecución y exilio probablemente pensara que el “tirano prófugo” era una versión anacrónica del franquismo. La universidad había sido copada por liberales, socialistas y comunistas. ¿Pensaría Larrea que se había refugiado bajo el ala progre de sus sueños? Sin embargo, fueron los jóvenes de la FJC los que intentaron expulsarlo de los claustros universitarios.

            Lo cierto es que el Rector, presumimos, jamás leyó los libros. Al final, ante algún apuro financiero de los nietos del Dr. Núñez, los obsequios fueron a parar a la librería de mi amigo Samuel. Estaría bueno que el bilbaíno se hubiera enterado de que sus obras fueron a caer en manos de un estudiante que en 1957, cuando ingresó a la Facultad de Filosofía y Humanidades, no podía pronunciar los nombres de Leopoldo Marechal, María Granata, Juan José Hernández Arregui y otros bajo apercibimiento de arresto o, al menos, de dudoso final académico.

            En julio de 1967, cuando se realizan las “Conferencias Vallejianas Internacionales”, en la Facultad se padecía una nueva dictadura que había destruído la universidad y dispersado por el mundo investigadores y profesores.

            En 1980, bajo otra sangrienta dictadura, Larrea espera solitario la muerte en un sanatorio de la calle Independencia. Salvo la presencia ocasional de su nieto, son muy pocos los que se acuerdan del precepto canónico de visitar a los enfermos. Un testigo asegura que no sentía el dolor del cáncer que consumía sus entrañas. Enderezándose sobre su lecho, se entregaba a sus visiones y a la proclamación de un nuevo Advenimiento. En Vallejo había comprendido que el Cristo es, al fin de cuentas, la masa, el pueblo. Las revoluciones se hicieron con sangre pero no fueron los predicadores del Amor los que la derramaron, sino los que los perseguían, los sumían en mazmorras y los torturaban. En España, aparta de mí este cáliz descubrió que el pueblo, negándose a sí mismo, opuso el ofertorio de su cuerpo en merecimiento de algo superior de modo que en él todo se había cumplido para una nueva humanidad: “Toda la sangre de España/ por una gota de luz./ Toda la sangre de España…por el destino del hombre.” Por eso a Pedro Rojas, “padre y hombre, marido y hombre, ferroviario y hombre, padre y más hombre”: “Registrándole, muerto, sorprendiéronle/ en su cuerpo un gran cuerpo, para/ el alma del mundo/ y en la chaqueta una cuchara muerta.(…) Su cadáver estaba lleno de mundo”.

            Juan Larrea ¿habría descubierto, al final de su vida, en la pasión y muerte del pueblo argentino: “Un Uno que se ha traducido en la muerte de alguien como Uno, pueblo e individuo, en el día de la víctima”? Es un misterio que no nos es dado descifrar. A lo mejor, estaba hablando de la esperanza. Sufría solamente, veía nacer las briznas entre tumbas desconocidas  y entreveía entre sombras de muerte el fraguado del destino universal de la América Indo-Hispana como se había acostumbrado a nombrarla.

 Jorge Torres Roggero

Córdoba, 22-11-2010

 

 Fuentes:

 AULA VALLEJO, N° 8-9-10, 1971, Centro de Documentación e Investigación “César Vallejo”, Universidad Nacional de Córdoba, Facultad de Filosofía y Humanidades, Dirección General de Publicaciones, Córdoba, Argentina

LARREA, Juan, 1956, La espada de la paloma, México, Cuadernos Americanos

                         , 1956, Razón de ser (Tras el enigma central de la cultura), México, Cuadernos Americanos

                         ,  1979, Angulos de visión, Barcelona, Marginales, Tusquets editores

VALLEJO, César, 1961, 4 tomos, Los Heraldos Negros, Trilce, España, aparta de mi este cáliz, Poemas Humanos, Lima-Perú

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comentarios
  1. franklin dice:

    es sumamente edificante lo que he descubierto aqui, gracias jorge

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