¿LETRAS MODERNAS O ESTUDIOS CLÁSICOS?

Publicado: 19 septiembre, 2011 en Literatura
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Por Jorge Torres Roggero

Siempre me llamó la atención que la asignatura Literatura Argentina no figurara, de modo explícito, en el plan de estudios de Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Humanidades (U.N.C). Por eso estas elucubraciones que espero no resulten inoportunas.

Afronto, sin embargo, el riesgo de que al oir “mi musa mistonga de extraño lenguaje”, como canta nuestro Celedonio, me querellen con la queja de Ovidio que, desterrado entre los rústicos del Ponto, se lamentaba así en la décima séptima Tristia:   “Barbarus hic ego sum quia non intélligor ulli”. Espero que, disculpando mi habla un tanto extraña, nadie se avergüence de mi sarmático.

En realidad, lo que vengo a sostener, es que no se puede investigar literatura argentina sin contar con estudios clásicos. Recuerdo ahora el cuento “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges. El personaje/narrador, de vacaciones en una estancia uruguaya, había llevado “un volumen impar de Naturalis Historia de Plinio”. La vieja edición latina, confiesa, “excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista”.

Sin embargo, la lectura elegida no era casual. Seleccionar  la obra del estricto moralista e incesante bibliógrafo romano, nos revela el ancho campo de posibles literarios que tal materia ofrecía a Borges. En primer lugar, debemos reconocer el fantástico implícito en una obra que nos anoticia, entre otras maravillas, acerca de hombres sin boca que se sustentaban con el aroma de las flores y de los frutos. En segunda instancia, nos insinúa la posibilidad de que todo estilo literario sea producto de una mala lectura, de cierta traducción disparatada propia de unas “módicas virtudes de latinista”.

Estas posibilidades no me privan de formular al revés la queja inicial: ¿por qué los que pensaron el plan de Letras Modernas nos configuraron como árboles sin raíz y nos privaron del fértil suelo greco-latino de nuestra cultura?

¿Cómo estudiar a nuestro comprovinciano Luis de Tejeda, sin tener en cuenta que poseía el latín, el griego, el hebreo y versificaba en ellos con “la mayor facilidad”, según reza la Genealogía? ¿Qué su principal afición era la lectura de los filósofos y poetas antiguos y las Sagradas Escrituras?

¿Cómo estudiar nuestros románticos que aluden incesamente a la cultura clásica y bautizaron a  Buenos Aires la Atenas del Plata? ¿A Sarmiento que alegoriza sobre “el nudo” que no ha podido cortar  la espada y sobre la Esfinge Argentina que  propone el enigma de la organización de la república a la Tebas del Plata? Cuando Sarmiento visitó a Vélez Sarsfield para ofrecerle un ministerio, el cordobés le preguntó: “¿Viene en busca de los latines?” Se refería así, con cierta ironía,  a la desconfiada crítica sarmientina sobre los estudios realizados en nuestra universidad. En 1888, se publica un libro titulado La Eneida en la República Argentina. Eran las traducciones virgilianas de Juan Cruz Varela y Dalmacio Vélez Sarsfield. La reseña sobre la versión de este último era obra de Sarmiento. ¿Fue, quizás, lo último que escribió?

¿Cómo leer a los modernistas que, junto al mestizo nicaragüense R. Darío, se sentían adelantados de “la latina estirpe que verá la gran alba futura”? ¿Cómo disfrutar los textos de los que deletreaban el rastro del dios antiguo en el cuerpo de Leda y acariciaban la “celeste carne de mujer”( Eva y Cipris) porque ella concentraba “el misterio del corazón del mundo?

Me voy a inhibir de continuar con esta retahila y dejaré sin nombrar las numerosas obras de Lugones, muchos de cuyos textos no solo son desconocidos por los especialistas sino desatendidos por estar  inspirados en los estudios clásicos o dedicados a ellos.

Sólo cabe recordar cómo resolvió su dilema a la hora de formular una estética que era, a la vez, un “arte de vivir”: “No habiendo encontrado en la Filosofía moderna pensamiento más alto que el de Platón, por ejemplo, he decidido quedarme con Platón. Entre el materialismo naturalista de los sabios modernos, aquel me ha parecido más sólido”.

Pero , a modo de simple ejemplo, instalemos a Lugones en una situación de discurso marcada por el apogeo de la Reforma Universitaria. Fervoroso partidario de la rebelión juvenil, les entrega para el primer número del Boletín de la Facultad de Derecho, el Dogma de Obediencia. Capdevila, director de la revista, las cotejó con las Bases alberdianas pero no se animó a publicar el texto completo. Lugones venía a proponer un nuevo modo de leer la historia. Postulaba que el Imperio Romano fue obra de la plebe. Algo así como  la “primera dictadura del proletariado”. Fue una lúcida crítica al iluminismo oligárquico.

 Como ya desarrollé este tema en mi libro Poética de la Reforma Universitaria,  permítaseme  ahora recordar, muy brevemente, el extraño sincretismo entre el perfil griego de maestro y el vitalismo anarquista que profesaban los reformistas. Podríamos señalar numerosos ejemplos, bástenos recordar a los dos más eximios pensadores de esa revolución juvenil en Córdoba.

Deodoro Roca, en busca del maestro ideal de la nueva república universitaria, postulaba: “por eso pienso que necesitamos maestros a la manera socrática: los que mejor comprendieron el sentido profundo de la vida”. Saúl Taborda, por su parte, resuelve la cuestión de esta manera: “los únicos maestros dignos de tal nombre eran Platón y Kropotkin”.

Pensé titular estas breves reflexiones como “El cruce del Aqueronte”. Desistí. No se de qué lado comienza la caliginosa región de las sombras: ¿Estará en los meritorios estudios de los especialistas en lenguas clásicas? ¿ O quizá en nuestro humilde chamuyar que para colmo ostenta dos Homeros: Manzi y Expósito?

 

Cba. 18/08/2011

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comentarios
  1. Alan. dice:

    Soy estudiante de Letras de la UBA y creo que la formación de grado debería ampliarse. Hay mucho desorden en mi facultad. Me parece que la carrera tendría que durar seis años (cuatro materias por cuatrimestre). Lo demás debería pasar a posgrado o especialización. Pero no puede ser que haya un déficit tan marcado en la formación: si uno elige Letras Modernas casi no tiene base de Clásicas y si es al revés se termina egresando sin conocer la literatura contemporánea.
    Creo que se desperdician muchas horas con trabajos monográficos, con la pretensión “científica” de las cátedras y los teóricos interminables. ¿Es bueno cuatro horas de teoría más dos horas de prácticos por semana? Con dos horas teóricas y dos horas prácticas por semana es más que suficiente. Pero los catedráticos hacen de sus espacios feudos para beneficio personal y, por culpa de su ego, perjudican al alumnado.
    Hay que incluir a los jóvenes, no espantarlos con vanas metodologías burguesas…

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