por Jorge Torres Roggero

(Prólogo del libro Las juventudes políticas de Córdoba. Luchamos por una causa de Eduardo Alberto Planas, 2011,Córdoba, Editorial Espartaco).

No hace mucho, Eduardo Alberto Planas, vino  a visitarme. Traía una inquietud. Lamentaba, con razón, la menguada importancia que habitualmente se otorga a la resistencia de la Juventud Peronista de Córdoba durante la última dictadura cívicomilitar. Postulaba, asimismo, que tampoco eran valorados los esfuerzos de las juventudes políticas de nuestra ciudad por organizarse para la reconquista de la democracia. Estaba dispuesto a escribir ese relato y , juntos, celebramos la idea.

Es así como, protagonista y testigo, Eduardo nos ofrece este libro: Las juventudes políticas de Córdoba. Luchamos por una causa. Viene a enriquecer uno de los géneros más ricos de  nuestra literatura: el testimonial. Sus orígenes se confunden con los de la Patria. Ahora bien, un testigo puede organizar un relato sin meterse en el río tumultuoso de la realidad, mirando desde la orilla; o puede ser alguien que se ha jugado el pellejo y desde el medio del remolino de la historia viene a reclamarnos que hagamos memoria, que contemplemos la complejidad de la realidad viviente, que no nos olvidemos de la juventud. Este es el caso de Eduardo.

En efecto, la energía juvenil de las generaciones suele ser fogoneada por las burocracias políticas. Las inducen al  desborde;  y, cuando ellas exigen lealtad  a la causa por la que pusieron el pellejo, son reprimidas. Al final, los jóvenes desaparecen de escena. Algunos se convierten en tránsfugas y piezas útiles de la tecnoburocracias partidarias; otros, desencantados, se entregan a una segura medianía. Están, por último, los “vigías de la revolución” (Evita dixit), los que no desisten de los objetivos del pueblo. Ellos,  generalmente, son vilipendiados y sometidos a toda clase de marginaciones. Vivos o muertos los jóvenes han sido en Latinoamérica el cuerpo viviente, torturado y desaparecido del pueblo.

Por eso la importancia de este libro: viene a yapar el deshilachado hilo de las generaciones que no pudo cortar del todo la saña de la espada genocida. Un texto destinado a soldar el hiato histórico que se pretendió establecer entre los portadores de la causa nacional, popular y democrática. Tarde o temprano, de entre el rescoldo, de desde el no-lugar de las cenizas, renace incesante el fuego de la fe popular que cantó Jauretche en un momento de restauración oligárquica: “ ¡o si está ardiendo la brasa/ y hay que soplar la ceniza!”.

Las nuevas generaciones hallarán en estas páginas las semillas del porvenir que paradójicamente vienen del pasado. De nuevo se han alzado las banderas. La política reinvidica su lugar de conducción de los destinos de la Patria y, como dice nuestra presidenta, los jóvenes sienten otra vez el orgullo de ser militantes y argentinos. La lucha por una causa es la lucha por un sentido de la vida. Es sentir, en algún momento, que nuestro destino individual carece de significación y sustento sólido en una comunidad que no se realiza. Como decía Scalabrini Ortiz: “ el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un grano de sombra que así mismo se sostiene y que  el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos”.

Este libro de Eduardo es testimonio fiel de que, como sujetos individuales, nuestra vida es apenas un suspiro en el seno de la eternidad histórica del pueblo. Y que, en el remolino de la historia, “florecen mil flores”, es decir, el tumulto de las contradicciones que suponen heroismos y traiciones, avances y retrocesos, esplendores de la fama y oscuro anonimato. Es aleccionador ver desfilar en este texto a las juventudes políticas de Córdoba en los tiempos feroces de la dictadura y en la aurora de la democracia recobrada. Muchos de esos jovenes se convirtieron luego en políticos exitosos, se acostumbraron a las roscas y los tejemanejes, olvidaron que una causa, como decía Evita, es “la razón de una vida” entregada a la lucha por la “libertad efectiva” y nunca alcanzada a pesar “del dolor y del esfuerzo de este glorioso pueblo de descamisados”.

El relato de Eduardo Planas amplifica el papel de la juventud ya que da cuenta de los esfuerzos de las juventudes de distintos partidos políticos unidas por objetivos de justicia social, de liberación de todas las opresiones que insectifican al hombre y atentan contra su dignidad. No faltan, por cierto, al decir de nuestros criollos, los “bueyes corneta”. Recomiendo prestar atención a una foto incluida entre el valioso material documental de comunicados y archivos de acciones de protesta. En ella  se destaca nítida la figura juvenil de una reconocida diputada nacional de nuestros días. Hoy opera de figurita repetida en  los programas de los monopolios mediáticos que difaman y mienten. Fue ministra de trabajo de un gobierno que recortó los salarios de docentes y jubilados (entre otra felonías) y convalidó la represión de los trabajadores de prensa del multimedio cómplice de las exacciones, crimenes y traiciones a la Patria de los genocidas. Eduardo, con una imperdible ironía, se limita a nombrarla con su larga carga de apellidos oligárquicos de raigambre unitaria. En su nombre porta la ignominia. Invito, asimismo, a tener en cuenta la actitud vergonzante de las cúpulas partidarias de ese momento e, incluso, como necesaria autocrítica, la ambigüedad de algunos de sus compañeros de generación.

Dejo para el final la mención de cuáles son los vínculos que me unen a Eduardo y por qué puedo dar fe de su militancia, su trabajo, su amor a la causa del pueblo sin haber pedido jamás ningún privilegio a cambio. Yo fui su profesor en el secundario. En su camada había nada más que tres peronistas. Lo supe cierto día, cuando al salir al recreo, uno de ellos se acercó y me dijo: “Profe, somos compañeros”. Fue una gran alegría. Perón decía que “el trato de compañero” es la “fórmula ritual en el contacto entre peronistas”. Los que no lo sienten así, están a un paso del “oligarquismo”. Pedía , además, que los peronistas fueran compañeros y amigos: “Nada puede desarrollar la solidaridad indispensable como la existencia de una verdadera amistad entre los peronistas”. No es casual escuchar, en estos días, cómo algunos se-dicentes peronistas y amigos, se “doctorean” y “contadorean” a destajo.

Luego el Proceso nos desbandó a todos. Expulsados de la universidad, sobreviviendo con algunas horas de cátedra, invisibilizados, aprendimos el arte de sobrevivir exiliados en la propia patria. Cierto atardecer, suena el timbre. Eran mis tres compañeros, ya jóvenes universitarios, que venían a visitarme, a tramar redes de reconocimiento y resistencia. Me traían de regalo un ejemplar de bolsillo de El modelo argentino para el proyecto nacional. Era, a simple vista, una edición clandestina sin pie de impresión, sin señales de identificación. En medio de la desolación, ya empezaban a escribir graffitis anunciando la invencible esperanza del pueblo  con cierto y seguro riesgo de sus personas. Junto a Eduardo, su inseparable hermano José Luis y el otro compañero que no volví a ver, cuyo nombre no sé si estoy autorizado a mencionar.

Nos une, entonces, la cuerda vital del sentimiento que, según Scalabrini Ortiz, es un modo de conocer la realidad tanto de las personas como de la sociedad. La continuación de estos encuentros es este libro que continúa “la lucha por una causa” y es cabal cumplimiento del conocido apotegma de Perón: “El hombre puede desafiar cualquier contingencia y cualquier mudanza, cuando se halla armado de una verdad sólida para toda la vida”.

 

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comentarios
  1. […] Mestizaje y confusión de lenguas: el “más acá” del discurso hegemónico en América A VERDAD SOLIDA PARA TODA LA VIDA […]

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  2. Lily Chavez dice:

    Jorge, realmente es un gusto leer estas palabras y que sea quien realizó el prólogo del libro. Incluso en alguna anécdota que atraviesa el texto he podido detectar a Eduardo Planas y sonreirme. Me refiero a ese “Profe, somos compañeros” y está muy buena esta recuperación de toda una época de militancia que estaba ausente en la literatura de Córdoba.

    Lily Chavez

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  3. Jorge, tus palabras son, como siempre, profundamente conmovedoras. Compartí esta publicación en mi página de Facebook con mis estudiantes. Te mando un abrazo, compañero del alma, compañero (y, a la vez, maestro). Ale Cebrelli

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