LEOPOLDO MARECHAL: El poeta depuesto y la energía viviente del símbolo

Publicado: 23 noviembre, 2011 en Argentina, Ensayos, Libros, Literatura

por Jorge Torres Roggero

 Leopoldo Marechal (1900-1970) , compañero de convivios  y aventuras juveniles de Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Jacobo Fijman, Xul Solar y toda la brillante generación de artistas argentinos de vanguardia,  en la década de 1920, se erige  como  víctima paradigmática de una crítica que juzga al escritor por su postura  política y no por su producción literaria.

A más de cuarenta años de su muerte, continúa siendo un proscripto de la crítica canónica sea esta tradicional o progresista. Cuando el 17 de octubre de 1945 se mezcló con las multitudes descamisadas, fue abolido de los círculos de la figuración y  el prestigio. El había elegido un destino de lealtad mutua con anónimos compañeros que aún transitan su obra  como un territorio de promisión y de esperanza:

“Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba hacia la Plaza de Mayo. Vi, conocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, aino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina “invisible” que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas mi hice peronista”.

Hacerse peronista sirvió de señal para que sus compañeros de generación, salvo alguna honrosa excepción, le dieran la espalda primero, lo denostaran después y finalmente lo silenciaran junto con millones de argentinos. Basta leer las críticas de González Lanuza y Rodríguez Monegal al Adán Buenosayres, en 1948, para darse cuenta de la inquina del intelectual sedicente progresista y democrático frente a las conquistas sociales del pueblo argentino.  Sólo Julio  Cortázar, con la mirada flamante que los martinfierristas habían olvidado ocupados en aferrarse a su ramito de laurel,  supo valorar la novela de Marechal como un acontecimiento de singular importancia en nuestra historia literaria. Claro está que esta sincera admiración despertó reproches y  disimuladas sanciones en los círculos literarios hegemónicos que el joven escritor fatigaba.

Las  novelas El Banquete de Severo Arcángelo(1965) y Megafón o la guerra (1970), profundizan  el Adán Buenosayres y, al mismo tiempo que se ofrecen como soportes de una contemplación metafísica, organizan  modos  de interpretación del acontecer individual y social, de la “patria terrestre” y “la patria celeste”.

 II

 La obra de Leopoldo Marechal es tan amplia que resulta, sin duda, difícil tratar de definir cuál es el mensaje que nos deja en relación a la patria y su historia, al mundo y su futuro en el milenio. Citaría, para comenzar, una estrofa suya  que nos habla acerca de lo que le secreteó el surubí al camalote:

“No me dejo llevar por la inercia del agua

y remonto el furor de la corriente

para encontrar la infancia de mi río” .

Quizás en este camino del surubí esté diseñado el camino que Marechal nos trazaba para una posible lectura de sus obras y también para rastrear el sentido que daba a la literatura. Pensemos en el surubí: un pez que navega contra la corriente en busca de la infancia del río, es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera.

En una etapa de la civilización que  Marechal consideraba, tomando a Hesíodo, una edad de hierro, una edad en que los hombres han extraviado  las vías de conocimiento, la percepción del sentido profundo y en que pareciera que la luz yace escondida, se erigía como la Gran Voz, Megafón, aquel que venía a anunciar, por un lado, todos los castigos y los desastres que acarrearía al hombre el olvido de los caminos esenciales y, por otro , vaticinaba un tiempo nuevo, el milenio, a través de una lectura muy peculiar de un viejo texto de nuestra cultura judeo cristiana:  el Apocalipsis. Por eso, lo que me interesa destacar ahora es el abordaje del sentido profundo (pienso en Bajtin) y el tratamiento del símbolo por  Marechal. No el símbolo literario, sino el símbolo como una energía viviente, como soporte para el salto metafísico. Marechal lo repite constantemente: consideraba al símbolo en el sentido epifánico del Evangelio. Repetía con frecuencia la frase de la escritura que dice: “La letra mata y el espíritu vivifica”.

Seguía , en consecuencia, una tradición que arranca en lo más profundo de la cultura occidental meditarránea y, en esa búsqueda, estaba pronunciando a sabiendas una epifanía sobre el destino de América. En sentido guenoniano, rastreaba el lado interno del Verbo, sede de la universalización de nuestras esencias. Denunciaba todo lo que había de  profanatorio “en la utilización meramente literal de los mitos y de las literaturas tradicionales”. Cuando eso se da, la consecuencia es terrible: la letra matando al espíritu es un suicidio riguroso. Y las modas que se reducen a una mera literalidad carecen, según Marechal, de todo futuro posible.

Desde su perspectiva, la literatura tiene un valor  terapéutico. Por eso hablaba de “la energía viviente de los símbolos”. Se trata de un “arte de vivir” no apto para  pseudogogos, es decir, para los profesionales de la letra muerta. Los pseudogogos son aquellos que enseñan desde la letra muerta, los prisioneros de la literalidad mutilante, que conlleva el degüello de la alegría y la belleza.

Toda la obra de Marechal exige una lectura en clave simbólica: simbolismo del viaje en Adan Buenosayres;  simbolismo escatológico de un final de finales en  El Banquete de Severo Arcángelo que es el libro que, a lo mejor, hoy tenemos que leer para desentrañar el misterio del milenio y ese Megafón que fue escrito en horas claves de la patria y que despliega el simbolismo de la guerra. Ya sean sus símbolos, el viaje, la guerra o el tiempo final, la obra de Marechal se refiere siempre a aconteceres del hombre, de la cultura y del cosmos. Es muy importante tener en cuenta esto para entender qué es lo que dice cuando habla de patria celeste o de patria terrestre, de lo contingente y de lo absoluto. Es importante distinguir entre una historia que podríamos llamar profana, que para Marechal es el aspecto inferior del mero acontecer, y la historia sagrada. El simbolismo es, entonces, la vía de conocimiento que Marechal elige en una edad sombría en que predomina el racionalismo reductivista.

Es interesante el uso del simbolismo solar y el simbolismo lunar. El sol, símbolo del corazón, del intelecto amoroso; y la luna, símbolo de la razón refleja. Reflexionar, piensa, especular: son todas palabras que se pueden relacionar con reflejo y con espejo, con la luz lunar, luz penumbrosa de la edad sombría.

Marechal, hablando del descenso y ascenso del alma por la belleza, postula que la razón busca poseer una esencia viva, pero sólo logra un concepto helado; la razón dice, dice, opera como el espejo que sólo toma y devuelve una imagen del objeto enfrentado con él y no el objeto mismo que sólo puede ser aprehendido por el intelecto amoroso.

Es apasionante , también, la aplicación a nuestra realidad nacional de los grandes simbolismos tradicionales. A través de esos símbolos universales, que están en todas las culturas, logra una síntesis, une las mitades dispersas, las de la pertenencia a una tierra, a un destino peculiar, individual, singular, y la participación en una humanidad y un cosmos. Por eso es bueno recordar el simbolismo que despliega en Megafón : el de la figura inmemorial de la víbora, en que la verdad más alegre,  la verdad del pueblo, refulge victoriosa. Como la víbora el pueblo rompe siempre la peladura de los viejos figurones, y deja ver, en el momento exacto, su piel brillante, su verdad incontrastable.

Por último, respecto al tema de los simbolismos, quizás es bueno acordarse de un fragmento de Marechal referido al extraordinario poder del lenguaje simbólico. Nos habla de cómo los símbolos que parecen muertos alguna vez resucitan; de cómo, este camino de la búsqueda, de la construcción de la patria terrestre de acuerdo al plano eterno de la patria celeste, es un camino que implica toda nuestra vida y que la lectura de los símbolos es una lectura que supone un compromiso. Quizás lo más hermoso que se ha escrito sobre los símbolos, sobre su valor y sobre su energía, sea esto:

“ Hay símbolos que ríen y símbolos que lloran, hay símbolos que muerden como perros furiosos y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel; hay símbolos que aguardan como bombas de tiempo junto a las que pasa uno sin desconfiar y que revientan de súbito pero a su hora exacta; hay  símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles para el salto del alma voladora y símbolos que nos atraen con cebo de trampa y que se cierran de pronto si uno los toca y mutilan entonces o encarcelan, y hay símbolos que nos rechazan con su barrera de espinas y que nos rinden al fin su higo maduro, si uno se resuelve a lastimarse la mano”.

Leopoldo Marechal es, entonces, uno que siempre resolvió lastimarse la mano. Alguien que en el momento en que Argenina marchaba por las calles de Buenos Aires hacia una de  sus más grandes y pacíficas epopeyas históricas, bajó con su dolor a cuestas, estuvo con “ellos” y marchó con “ellos” en aquel 17 que, según su conocido soneto, parecía Mayo:

De pronto alzó la frente y se hizo rayo,

(era en Octubre y parecía Mayo),

y conquistó sus nuevas primaveras.

El mismo pueblo fue y otra victoria.

Y como ayer enamoró a la gloria

¡y Juan y Eva Perón fueron bandera!.

Desde entonces mantuvo una lealtad que durante toda su vida lo condujo, no a ser obsecuente de nadie, sino a ser la voz de su pueblo; y leal a su Jefe, como él lo llamaba. Esas lealtades lo convierten en el “poeta depuesto”. Esa proscripción creo, no ha terminado. Marechal sigue estando proscripto y es nuestra tarea  reconstruir su mensaje con la misma pasión de esos seguidores de Megafón que se organizaban es busca del falo perdido. Predicadores, realizadores o guerreros, la misión es reconstruir el cuerpo de Megafón para rescatar su voz magna. Esa voz grande que resuena y que no va a dejar de tronar en la historia de nuestra literatura y de la literatura universal porque mientras los argentinos no la estudiamos, sabemos que, en otras partes del mundo, se dedican cada vez más a su obras.

En Marechal  nada hay  inocente; inocente en el sentido originario de la palabra –  el que no sabe –  sino que detrás de la retórica siempre hay una didáctica, siempre hay una enseñanza, un camino. De modo que si uno lee Poema de Robot  – por ejemplo- hay todo un argumento, argumento en el mejor sentido tradicional de la palabra, en el sentido de la tradición del occidente mediterráneo, pero  también en el sentido de Martín Fierro, que se “sentaba en el plan de un bajo/ a cantar un argumento”.

La síntesis de Marechal es la de un criollo que se anima a manejar todo el pensamiento de una tradición milenaria como actualización del Evangelio, actualización en el sentido de poner en acto, de llevar a la práctica. Pensemos en aquel episodio del “Adán Buenosayres” .

Adán  se dispone a bajar a los infiernos, a la oscura ciudad de Cacodelfia , acompañado del astrológo Schultze. ¿ Y cuales son los rituales que realizan para encontrar la entrada a las profundidades, al descenso y a la prueba? Pues bien, es un contrapunto, una payada de adivinanzas tradicionales con la vieja Cleta, bruja folklórica universalizada por el humor y la parodia. Se trata de un contrapunto de saberes que no son de los libros, sino de la cultura popular, transmitidos oralmente. Marechal recorrió, y amó, las provincias. En Santiago del Estero conoció el misterio de las salamancas, y también los secretos de Buenos Aires con sus iniciaciones y sus cultos populares.

A Marechal nada le es ajeno porque considera que  toda la creación, en cierto modo, es un libro; un libro que nos habla y en que el mal, o el pecado, o lo que es considerado dañino, es parte también de ese mundo. Si algo resulta de las metáforas de Marechal es que son siempre un salto a la alegría, son un cruce hacia una nueva dimensión, teniendo siempre presente que según aseguraba, el hombre se balancea siempre entre lo sublime y  lo ridículo. De allí el “humor angélico”, porque Marechal consideraba que todos somos ridículos, o sea, motivo de risa, por cuanto somos criaturas. Y por lo tanto, imperfectos. Hasta los ángeles, en tanto criaturas, tienen su grado de ridiculez. En síntesis, nada de lo humano le es ajeno. Yo diría que para leer a Marechal a lo mejor tenemos que salir de los presupuestos y los canones literarios: comenzar a manejarnos con otros códigos. A lo mejor la lengua perdida, llamada también lengua de los ángeles o lengua de los pájaros, esa que entendía San Franisco de Asís y que muy pocos han podido recobrar.

 

 

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comentarios
  1. Ezequiel dice:

    Magistral, Profe. Magistral.

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  2. Gracia,s compañero José Luis. Como Samuel, filósofo villacrespense, bailemos “la Danza de los Redentos”. Porque todo “está en movimiento y como en agitaciones de parto”. Un abrazo.

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  3. José Luis Caccia dice:

    Me acaba de mandar este blog tuyo un amigo (que no conozco) vía facebook, tal vez, impulsado por el nombre de fantasía que tomé prestado del gran Bardo nuestro.
    Ese nombre 8en el facebook) es Megafón Vive. Creo que con esta declaración, me eximo de dar explicaciones respecto de la dimensión de mi admiración por este comentario tuyo respecto de la obra de Marechal.
    Me atrevo a especular que incluso entre aquellos que lo reivindican por una postura política, quizás coyuntural, pocos son los que se asomaron a la profundidad ontológicamente abismal de su obra. Yo tampoco es que sea un erudito marechaliano, pero el haber leído sus novelas centrales, me bastó para llevar prendido a mi corazón su recuerdo como emblema de la mejor tradición cultural argentina.
    Coincido en un todo en lo expresado en este comentario.
    Permítaseme despedirme con un fuerte abrazo y parodiando algún personaje imaginario suyo, gritar ante su recuerdo un “¡Viva Perón, carajo!”, igual que esos morochos que él supo acompañar en las gloriosas jornadas de Octubre, y, tal vez, como él mismo.

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