Los “milenarismos” americanos y el naufragio de la razón dominante

Publicado: 22 mayo, 2012 en Argentina, Ensayos, Libros, Literatura
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(Fragmento del libro Poética de la Reforma Universataria  de Jorge Torres Roggero, Córdoba, Editorial Babel, 2009)

 

Las palabras “milenio”, “milenarismo”, “fin de ciclo”, “juicio final” circulan agobiadas por múltiples y divergentes  connotaciones. En la serie semántica así creada nada ni nadie nos veda atravesar con puntillosa levedad desde el terror a la parodia.

En todas las etapas de la humanidad, desde las más remotas edades hasta las ultimísimas  posmodernidades, se ha transitado por el camino de las utopías, de los mundos posibles , de las realidades desastrosas y las transrrealidades precitas o plenas de beatitudes. Recordarlas sería objeto de un tratado infinito, de un biblioteca de Babilonia.

Algunos responden a estos malestares en que la razón parece zozobrar, con la ironía y la burla. En 1809, la secta de Los Malos Consejeros, fundada por el Dr. Ehrmann en Francfort, repartía  diplomas escritos en latín  entre sus miembros, en que acentuaba una vieja espera mítica: un dios nuevo no puede ser otro que el genio del mal. Cuentan los historiadores que el mismo Goethe se dejó atrapar.

 Poco después, hubo en Viena una secta llamada Ludlam’s cave. Los miembros masculinos se hacían llamar  bodies (cuerpos) y las mujeres, shadows (sombras). En sus pruebas  de iniciación daban por sobreentendido que ningún cuerpo podía prescindir de su sombra. Cuando fueron aprehendidos, con una humildad poco común, los jefes de la organización sostuvieron que el examen de iniciación sólo tenía por objeto demostrar la estupidez del candidato. A mayor estupidez, mayor jerarquía[1].

Nuestro Borges cuenta la historia de Melanchton. Tomado  de  Swedenborg, el relato versa sobre la vida y los escritos de un teólogo empeñado en demostrar que se puede ganar el cielo sólo con la fe, prescindiendo de la caridad. Ignoraba que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo.  Seguía escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, todo se afantasmaba y era rodeado por discípulos sin cara o que parecían muertos. Cuando determinó escribir un elogio de la caridad, las páginas de hoy aparecían borradas mañana. Era engañado con “simulacros de esplendor y serenidad”.

Quizás la fábula borgeana ilustre sobre los “monstruos de la razón” en las edades racionalistas en que reinan el extravío y la información. Las palabras que el hombre emplea dejan de significar la realidad que vive. Solamente valen los significados que pueda escoger por sí mismo ; sólo es sensible a las relaciones internas que  las palabras descubren entre ellas y que remiten la atención de una a otra. Si estas relaciones son incompletas y deformadas, dan una visión “alucinada” de “lo real”. Llevadas al límite, predican la investigación científica como reflejo de un mundo parcelado, sin significado exterior a las palabras mismas, “sin afuera”. Desde este punto de vista, un mundo sin hombre (en su origen o en su final) no tendría sentido. Sería llevado como Melanchton por los “hombres sin cara” hacia los médanos, sería “como un sirviente de los demonios”.

Habitantes de un Cono Sur en cuyo geo-tiempo no deja de engendrar el futuro ni de parir la historia (como profesaban nuestros fundadores saintsimonianos y los profetas  positivistas fundadores del  Brasil moderno, como antes lo habían preanunciado los amautas y el Padre Lacunza o como fabulan las novelas futuristas y los teóricos del pensamiento “urdido”), vale recordar algunos movimientos milenaristas y su relación con la revolución independentista.

Desde llegada de los españoles, no faltaron en nuestras tierras quienes se proclamaron cristos y comenzaron a predicar la redención de los oprimidos por el conquistador.

En el canto XX de Argentina y Conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera se cuenta cómo “un indio llamado Oberá se intitulaba hijo de Dios y a un hijo suyo, Papa, y a otro emperador” y cómo fue reprimido por Juan de Garay. Sabemos que entre los clérigos de la conquista había algunos, discípulos de Joaquín di Fiore, que a salvo de la inquisición metropolitana y entusiasmados con el “hombre natural”, predicaban el advenimiento de una nueva edad, la del Espíritu Santo, en que los opresores (reyes, nobles, alta jerarquía eclasiástica) serían llevados a juicio y castigo y en que los humildes serían enaltecidos. Centenera echa la culpa a Martín Gonzálvez, “clérigo idiota”, falto de “musas”, por haber adoctrinado a Oberá “misterios altos, bellos,/ que al indio no se sufre tratar de ellos.” Gracias a estos sermones, el Paraguay estuvo mucho tiempo cercado  por “aqueste indio levantado”.

Oberá, cuyo nombre significa resplandor, se proclama hijo de Dios “y concebido de virgen y que virgen lo ha parido”. El arcediano, acusado de ladrón, amancebamiento y otros pecados nada veniales, confiesa que le tiembla la mano cuando escribe esta historia porque  se ve obligado a  contar con precisión lo que decía aquel “que más que diablo en todo parecía”: “los indios comenzaron a seguillo/ por todas las comarcas do venía,/ atrajo mucha gente, así, de guerra/ con que daños hacía por la tierra”. Fue Oberá predicando “la tierra adentro” y , a su paso, no había indio que no siguiera su voz. Tras el “impío pregón” abandonan los “repartimientos” ( encomiendas donde eran explotados):  “la tierra se va toda levantando,/ no acude ya al servicio que solía,/ que libertad a todos prometía”.

Todo milenarismo predica la libertad. La libertad significa negarse al trabajo forzado a que está condenado el oprimido y supone un mundo en que imperan la solidaridad y la fiesta. Según los explotadores, este nuevo tipo de organización trae el hambre y la escasez. ¿ No resuena en nosotros el discurso fallido de los “profetas del odio” de antes y ahora en las jeremíadas de Centenera? ¿No es esta quejosa octava del Siglo XVI el protoentimema de las predicciones que escuchamos todos los días en boca de analistas políticos y económicos cuando pontifican ( pontífices de puentes rotos) por televisión sobre la necesidad de “ahorrar sobre el hambre del pueblo”?: “Mandóles que cantasen y bailasen/ de suerte que otra cosa no hacían,/ y como los pobretos ya dejasen/ de sembrar y coger como solían,/ y sólo en los cantares se ocupasen, / en los bailes de hambre se morían,/ cantándoles loores y alabanzas/ del Oberá maldito y sus pujanzas”.

Por cierto, la siembra y la cosecha “que solían” no eran del indio, sino del encomendero. Se implanta así la idea de que los pueblos deben cumplir las disposiciones del amo porque sólo la explotación garantiza su subsistencia. Pero los pueblos, en los grandes movimientos populares, no sólo se rebelan por una demanda, sino que su lucha es una lucha por el poder. Y su discurso no es el del trabajo forzado, sino el de la solidaridad que se define como fiesta: canto, baile, risa. El mundo cambia, se transforma, todo es un rito de transmutación.        

Lo sagrado irrumpe de otro modo y el nombre de las personas y las cosas cambian porque, en la nueva situación de discurso, son portadores de un nuevo sentido: “Aqueste es el que viene baptizando/ y los nombres a todos trasmutando”. Hasta los mestizos se convierten en seguidores de Oberá, “aquel maldito indio y endiablado”.

Son los mismos mestizos, “gente contenta, alegre, placentera”, que se levantan contra Garay en Santa Fe ya que “solos poseer quieren la tierra/ pues solos la ganaron en la guerra”.  El explotador exhorta y llama con sus viejos códigos, pero la realidad no le responde porque olvidó los viejos nombres. Entonces, por supuesto, el único remedio es la represión y la venganza, la traición y la tortura. Centenera cuenta con alivio la derrota de todas las sublevaciones. Describe la tortura de un mestizo despedazado en el rollo. Sin embargo, queda impresionado por la valentía y la belleza de aquel criollo de buen natural pero malas compañías: “era, cierto, valiente y esforzado/ y bello sin ventura este criollo”.  Oberá, por su parte, a diferencia de los mestizos santafesinos, se hizo guerrillero: “suele traer muchos flecheros/ y sale muchas veces de su tierra,/ por saber ya son arcabuceros/ en los bosques y montes bien se encierra”.

La liberación implica la implantación de “otra lengua”, la toma de la palabra. En el caso de Oberá esa  lengua nueva era el descubrimiento del poder de la lengua propia, el guaraní. Recordemos que una de las preocupaciones de todo imperio es imponer su propio idioma. El consquistador confisca desde el lenguaje del amor hasta el lenguaje tecnológico. Centenera rememora uno de  los cantares más celebrados: “Obera, obera, obera paytapa, yandebe, yandebe, yandebe, hiye, hiye, hiye” (“Resplandor, resplandor del padre, también Dios a nosotros; holgúemonos, holguémonos, holguémonos”[2]).

En 1820, un caudillo federal comienza su exilio de treinta años en un lejano y selvático paraje, San Isidro Labrador de Curuguaty. Allí se había refugiado con su tropa de indios, negros, mestizos y gauchos, el protector de “los pueblos libres”, don José Gervasio Artigas. La praxis revolucionaria le había enseñado a compartir con los indios la visión fraternal de una  comunidad de iguales: “Un sentimiento selvático de libertad y un sentimiento fraterno de la relación humana” escribe Carlos Maggi. La tropa multicultural de Artigas peleaba por un lugar en un  mundo (fugazmente alcanzado en 1815)  en que la diversidad hermanaba a los hombres. Su bandera federal, cruzada por la franja colorada, era “la bandera de los pueblos libres”.

En 1950, las Fuerzas Armadas del Uruguay resuelven hacer una peregrinación patriótica y llegar, a pie, por la selva, a Curuguaty, portando un pequeño busto de Artigas. El oficial Olivencia cuenta: “Allí supieron que Artigas era aún recordado con veneración por los indios cuyos bisabuelos en vida del prócer le habían llamado “Overava Karaí”, el Señor que resplandece”. La ortografía guaraní a lo mejor incorrecta del militar, no nos priva de pensar en Obera, en Artigas, en el resplandor desconocido. Los milenarios, siempre anuncian la libertad de los pueblos[3].

Los milenaristas, en nuestra tradición cultural, provienen frecuentemente del orbe letrado. Sus escritos, generalmente exégesis de textos sagrados, suelen ser considerados peligrosos o heréticos tanto por la institución civil como eclesiástica. En todos los casos son saltos al vacío que la imaginación da por encima de las convenciones de la racionalidad hegemónica.

            En nuestro siglo SXVII, vivió en Córdoba del Tucumán  Antonio de León Pinelo. Su nombre es conocido en la ciudad, no por sus escritos, sino porque designa una  calle.  Durante mucho tiempo se lo consideró cordobés nativo. Lo cierto es que nació en Lisboa. Era hijo del Lic. Diego López de Lisboa, cristiano nuevo, que administró con rectitud los bienes temporales de las monjas cordobesas y, ya viudo, se ordenó de sacerdote en Lima y llegó a ser consejero del arzobispo. Sus méritos, sin embargo,  no lo privaron de la persecución de la Inquisición por su condición de judío. Si bien sus hermanos nacieron en Córdoba, Antonio llegó a los dieciocho años y se educó en Perú. Recorrió y amó a Ibérica, como él llamaba a América. Ya en España, fue abogado de la Real Audiencia de los Reyes, Procurador General del Río de la Plata, Cronista de Indias y Oidor de Sevilla.

            Lo recordamos aquí como autor de El Paraíso en el Nuevo Mundo, comentario apologético, historia natural y peregrina de las Yndias Occidentales, Yslas y Tierra Firme del Mar Océano.  Su amor al nuevo continente lo impulsó a identificar a Sudamérica con el Paraíso Terrenal de Adán y Eva. Topos de  una tradición cultural que sobrevive los milenios, el Paraíso es considerado escenario de la más alta felicidad humana. León Pinelo sostiene su tesis a lo largo de los cinco libros de El Paraíso. Más aún, dibuja  un mapa invertido de Sudamérica. Nuestro continente ( Continens Paradisi) se convierte de este modo en  el norte u objeto principal de los deseos y derroteros del hombre. Desde el círculo central del Jardín de Edén, locus voluptatis, sede del arbor vitae  y del arbor boni et mali, manan los cuatro ríos del Génesis . Uno de ellos es el Fluvius Argentinus o Río de la Plata. En su cuenca, emerge una fuente desde lo más profundo de la tierra: “fons ascendens e terra penetransque tres interiores partes terrae”.

            Defendida con perseverante rigor lógico, a pesar del ocultamiento de que fue objeto por el orgullo positivista, esta tesis poética sigue alimentando el corazón, la inteligencia y la reprimida imaginación secreta de nuestros pueblos.

            Ya en el S.XVIII, en los últimos meses de 1786, circuló por Buenos Aires un manuscrito anónimo que hablaba de la segunda venida, en gloria y majestad, del Mesías. Era una exégesis del Apocalipsis que postulaba la venida de Jesucristo mil años antes del fin del mundo; que el Anticristo no sería un individuo sino un cuerpo moral o sistema; que a la llegada de Jesucristo no estarían resucitados todos los hombres y, sobre todo, que como en la primera venida, el Mesías no sería reconocido por el sacerdocio.

            El escrito fue refutado por Dalmasio Vélez[4]. Este cordobés, valiéndose de algunos libros, había aprendido a leer y a escribir solo. Llegó a poseer el latín y había profundizado el estudio de las Sagradas Escrituras.

            El denunciante del folleto anónimo ignoraba quién era el autor del planfleto; se decía que había venido de Italia, que era obra de un jesuita; que el cura Ortega de la catedral lo propagaba con entusiasmo.

            Para no perturbar la tranquilidad pública, el fiscal prohibió la circulación tanto del folleto como de la refutación. El papel anónimo había llegado a cierto individuo de Buenos Aires que se carteaba con el ex-jesuita y respondía a algunas dudas que éste le había planteado. Lo cierto es que anduvo en manos de varios curas y hasta de las monjas catalinas que habían sido discípulas de los jesuitas[5].

            Se trataba de versiones incompletas, a veces tergiversadas, de un libro al que hemos aludido con frecuencia en nuestros trabajos: La Venida del Mesías en Gloria y Magestad del Padre Manuel Lacunza. El jesuita chileno, tras la expulsión de su orden, fue a parar a Imola, Italia.

            Alejado de toda sociedad, se recluyó en un arrabal, cerca de la muralla de la ciudad. Vivía en una humilde casa de dos habitaciones. Durante veinte años sobrellevó este retiro solitario. Se servía a sí mismo y  nadie transponía la entrada de sus habitaciones. Pasaba toda noche observando los astros puesto que era aficionado a la astronomía y lo apasionaban las matemáticas. Se acostaba al amanecer y se levantaba cerca de  las diez de la mañana. Rezaba misa, salía a comprar alimentos, los traía, se encerraba y los preparaba él mismo. Por la tarde, daba un paseo y de regreso, estudiaba, meditaba y escribía hasta la madrugada. Tal era su régimen invariable.

            La mañana del 17 de junio de 1801, su cadáver apareció en unos bañados de poca profundidad cerca de la orilla del río que lame las murallas de la ciudad. El texto completo de su obra fue publicado en Londres en 1816. La edición de los  cuatro volúmenes por  la Imprenta de Carlos Wood, callejón de Poppin, calle de Flest, fueron costeados por el ministro argentino General Manuel Belgrano[6]. Gorriti, arcediano de la catedral de Salta, recomendaba a los seminaristas el estudio formal de esta obra del “incomparable americano Lacunza, (…) honra de nuestro continente”. Allí encontrarían reglas justas y claras para leer las Sagradas Escrituras; aprenderían a “apreciar” a los intérpretes siguiendo el método de Lacunza: primero “enseñorearse del sentido recto, natural o literal de los textos antes de buscar alegorías o sentidos figurados”. Sólo después de entender la escritura en su sentido natural, sacarán mucho provecho en instruirse en “los sentidos místicos y morales”.

            Esa era la clave de  lectura de Lacunza y esa fue la causa, junto con la denuncia sobre la ignorancia del clero, la apostasía de la Curia Romana   y  el anuncio de la recontrucción del pueblo de Israel, por la que el libro fue puesto en el Index Romano de libros prohibidos por judaizante y porque daba armas a los libre-pensadores.

            Esta cuestión de los milenarios, como era de esperar, llamó la atención de Sarmiento. En Recuerdos de Provincia[7] cuenta que su tío Fray Miguel Albarracín, de quien se decía que tenía ciencia infusa, había ensayado, antes que  Lacunza la interpretación milenarista del Apocalipsis. El infolio de Fray Miguel sobre la materia fue examinado por la Inquisición de Lima, “el autor fue citado ante el santo oficio, acusado de herejía y con ansiedad de sus cofrades, fue a aquella remota corte a responder a tan temible cargo” (p.48).

            Y aquí viene la abservación de Sarmiento que justifica lo que hasta aquí hemos desarrollado:

            “Lo que es digno de notarse, es que pocos años después de producidos los   milenarios , apareció la revolución de la independencia de la América del Sur,   como si aquella comezón teológica hubiese sido sólo barruntos de la próxima   conmoción”.(p.52).

            Los milenarios eran un barrunto, un rumor de otra cosa y la religión erudita, canónica, se defiende de la libertad de lectura, de la amenaza ínsita en los libros prohibidos. El milenarismo puede entonces ser popular o erudito. En un caso, plantea la suspensión de de toda relación con el colonizador. La plebe pauperum, indios, mestizos y gauchos, comienzan a imponer sus reglas, es decir, empiezan a tomar la palabra. En otro, unos anacoretas aislados, desplazados de los sitiales de poder, comienzan a descubrir con nuevos métodos de lectura el mensaje de liberación y esperanza censurado en los textos sagrados.      En ambos casos, son formas históricas en que se manifiesta la conciencia social como esperanza de creación de un orden de justicia y paz cuyas raíces no pudieron talar los agentes de la opresión.


[1] Cfr. PICHON, Jean-Charles, 1971, Historia Universal de las Sectas y Sociedades Secretas, Vol. I,  Barcelona, Bruguera. Cfr. et.  “Etcétera” (en: BORGES, Jorge Luis, 1974, Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, p.335).

[2] Cfr.BARCO CENTENERA, Martín del, 1998, Buenos Aires, Insituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Estudio preliminar, edición y notas a cargo de Silvia Tieffemberg . La ortografía guaraní y la traducción correponden a la transcripción de una nota de Centenera. 

[3]. Cfr. :  ABELLA, Gonzalo, s/f, Artigas . El resplandor desconocido, Montevideo, 2da ed., Ediciones BetumSAN.

[4] Casado en primeras nupcias con doña Catalina Carranza y Cabrera y en segundas con doña Rosa Sarsfield Palaciso, dejó diez hijos. El más famoso, Dalmacio Vélez Sarsfield.

[5] MEDINA, J.T., 1945, El Tribunal  del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes; cfr. et. ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA, 1937. IIº Congreso Internacional de Historia de América, Actas, t. V; cfr. et. URZUA, Miguel Rafael, 1917, Las doctrinas del P. Manuel Lacunza contenidas contenidas en su obra La venida del Mesías en gloria y majestad, Santiago de Chile, Soc. Imprenta y Litografía Universo.

[6] LACUNZA, Manuel, 1816, La Venida del Mesías en Gloria y Magestad. Observaciones de Juan Josaphat Ben- Ezra, hebreo cristiano dirigidas al sacerdote Cristófilo, en cuatro tomos, Londres, en la Imprenta de Carlos Wood.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Obras Completas, t. III, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Buenos Aires, Editorial Lus del Día

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