Y LA PALABRA POÉTICA, ¿QUÉ PODER TIENE?

Publicado: 4 agosto, 2012 en Ensayos, Libros, Literatura

(Las líneas que siguen fueron escritas para una recopilación de trabajos presentados en las Jornadas de Literaratura Argentina. Iba a concretar un cuarto volumen. Falló la impresión, no sus propósitos de búsquedas solidarias. El frustrado tomo hubiera llevado por título Animarse a tantear)

 Esta compilación, si bien no puede eludir la vieja resonancia de la palabra antología, está planteando en lo plural de sus enunciados que se trata de una realidad múltiple cuyos  modos de ser conocida, es decir, representada, son objeto de indagación.

Los trabajos  incluidos compendian  sucesivas búsquedas que, profesores y alumnos de la Escuela de Letras de la Facultad de Filosofía y Humanides y de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba, han encarado en jornadas abiertas de creación y conocimiento. Dispuestos a un ejercicio de libertad, alivianan la mochila académica y, por dos días, ensayan accesos a nuevas hipótesis, exploran el “más acá”  de trajinadas teorías,  despabilan   dubitaciones compartidas.

Como esta tarea es emprendida por cátedras de literatura argentina,  de pensamiento hispanoamericano y de movimientos estéticos y culturales, nunca está ausente de los textos aquí recogidos el intento de organizar y enunciar nuevos modos de conocer la realidad, de auscultar los intrínsecos trazados del poder, la disidencia y la diferencia.

Al borde del pedregoso camino de la política y el poder, cuyo  acto de presentación  consiste en  marcar territorios, delimitar hegemonías y adscribir a una parte, andamos y des-andamos los surcos de la escritura.

En la historia argentina, trazar un surco, abrir una zanja, significó siempre el ejercicio de un poder separativo : Alsina separó con una zanja la civilización y la barbarie, los  inmigrantes surcaron la lisura de la pampa que desde entonces llevará inscripto  el nombre de pampa gringa, los ingenieros ingleses trazaron terraplenes por donde el tren  nominaba  estaciones y borraba la memoria de viejos pagos: operaciones todas de separación entre el lado de adentro y el lado de afuera mediante una incisión que viene desde arriba, como la escritura, el papel escrito, lo firmado y sellado. Desde entonces, las gentes del interior fueron  resignadas y comenzaron a ser  lo contrario de lo que eran,  pajueranos, los del lado de afuera. Es que la apropiación de tierras, de regiones, de pagos, de nombres, de discursos, es el efecto de un poder.

En la crisis del 2001, nos formulábamos la siguiente pregunta: ¿ Y la palabra poética, qué poder tiene? Ciertamente adolece de poder político. Desde las épocas de Platón el poeta está del lado de afuera de la “república”: es un pajuerano. Como a Fierro, lo han arrojado  a la frontera. Esa es su morada porque la palabra poética siempre es fronteriza , va y vuelve de la conciencia letrada a la conciencia difusa. Es la cifra secreta de un desgarramiento, y su territorio es una  comarca desconocida para los fines de la comunicación y de la práctica del dominio.

Conlleva, sin embargo,  en la bulla que se oculta en los textos, las contradicciones y esperanzas de todos. Juan Filloy, poniéndose a la orilla del canon, en pugna con el  costado de prestigio y ornato que comporta ser escritor, comete  actos de libertad creadora, de resistencia; pero, asediado por oscuras consignas homofóbicas, por depreciaciones anacrónicas de la mujer,  incita a los autores de estos trabajos a discutir los múltiples enigmas  que plantea la zona roja de su poética.

En el Excursus I, (La cárcel de la mente, 1971) Murena reflexiona sobre la extraña suerte de los nacidos en América:

“Existe -postula- sin duda una geografía mítica (no exclusivamente geográfica) según la cual cada punto de la tierra posee una irradiación única, compleja y de algún modo fatídica. Esas radiaciones se hacen manifiestas – y a la vez se eclipsan- en la particular historia que se constela y se estratifica en torno a cada punto terrestre”.

Ahora bien, habiendo sido designados por Occidente como “nuevo mundo”, “continente de la esperanza”, “sin historia” , en alternancia de  halagos e impugnaciones, América presentaría , según Murena, “su irradiación geográfica sin mitigar”. Mundo sin nominativo, sin sujeto cultural, modificado por predicativos falaces, entregado a una cópula sin estar, somos nominados como criaturas caídas en la precariedad, carecientes de raíces y por lo tanto de la nutrición necesaria.

Ser nominados y no nominar nos hunde o en la fatalidad o en una precariedad  biológica ameboidal,  fecunda pero no asumida. Carencia de un poder que conlleva la necesidad de construir una representación. Somos presencia muda, innominada,  de la diferencia. Occidente practica sus ejercicios de escritura moderna en nuestro cuerpo social e individual. Ensaya su funcionamiento en nosotros; su propia historia, no la nuestra; su representación, no la nuestra.

Cuando sostenemos que  estos trabajos perfilan poéticas,  se está planteando, en cierto modo, un modo de representar el conocimiento de nuestra literatura. La teoría orientando nuestra búsqueda, pero necesitada  de reformulaciones frecuentes.

Ya Cristóbal Colón, una vez llegado a América, advertía el desajuste entre la verdad de “allá” con la verdad de “acá”. Por “argumento”, es decir, teóricamente, el mundo era redondo; pero una vez experimentada, la tierra se presenta como “una pelota muy redonda” ” salvo allí donde tiene el pezón”, como una “teta de mujer allí puesta y que esta parte d’este pezón sea la más alta y más propinca al cielo”. 

Colón está trazando, sin pensarlo, una utopía, es decir, una poética porque no hace “raíz en el hemisferio” desde donde enunciaban  los sabios de la época sino en una “tierra de gracia” todavía no descubierta.

La construcción de esta poética apela a diversos nombres en América, especialmente en Argentina: Murena reclama una “geografía mística”; Scalabrini Ortiz localiza el centro del mundo en la esquina de Corrientes y Esmeralda; Rodolfo Kusch, predica  la intersección de pensamiento y suelo como lugartiempo del arraigo; Saúl Taborda, persigna un punto de corte entre continuum y contiguum; y Marechal anuncia una Cuesta del Agua de difícil localización y primordiales resonancias.

Hay, además, innúmeras poéticas  que estas páginas fatigan: Daniel Moyano, Leónidas Lamborghini, Roberto Arlt, Julio Cortázar, Juan Gelman, Enrique Molina, Ernesto Cardenal, Roberto J. Santoro. O la parábola de vidas anónimas, de cuerpos mudos pero también  de figuras emblemáticas: Juan Manuel de Rosas,  Agustín Tosco.

Poéticas que necesitan organizarse como conocimiento y por lo tanto como representación. Dicha construcción devendrá siempre   aproximación. Y esa aproximación progresará  con los ojos enturbiados  por la nuestra  historia real de sujetos individuales y sociales.

Nos animamos a ser  sujetos culturales empeñados en tomar la palabra para iniciar un uso diferente del lenguaje ya elaborado, para dejar de ser solamente nominados y  cobrar entidad histórica mediante modos de conocer y representar. No hay poder, autonomía, sin representación, sin transformar la “irradiación geográfica” en energía discursiva. Sospechamos que los escritores son, aun sin saberlo ni proponérselo, adelantados del pueblo como sujeto histórico, los exploradores de una nueva historia cuyo poder reside en un uso diferente del lenguaje.

Poseer para poseernos, animarnos a tantear, nombrar lo innombrable, arrojarnos al abismo de lo desconocido con la certeza artliana de que saldremos indemnes, saber dónde estamos parados, ha sido el objeto constante de las Jornadas de Literatura Argentina (Creación y Conocimiento) desde la Cultura Popular a partir de 1989.

Este cuarto volumen selecciona ponencias de tres encuentros.  Su concreción solidaria socorre nuestra indigencia y fortalece nuestra fe en el despliegue  de los más imposibles  posibles.

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comentarios
  1. Mariana dice:

    Hermoso texto, profe. Me viene bárbaro, junto con el de Solidaridad, para un trabajo que estoy haciendo.

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    • Mariana dice:

      Dice Ramiro Pros, poeta cordobés, que la poesía es una forma de verdad, revela y se rebela porque cuestiona la lógica, la norma, el lenguaje del poder y lo hace a través de nuevas formas de contactarse con los objetos o con la “realidad” privilegiando la subjetividad inherente a todo saber situado.

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