“Si la Libertad descendiera al mundo, buscaría como Santuario el corazón de Simón Bolívar”

 (ManuelDorrego)

“Felices aquellos que pagan a la Patria la deuda sagrada que contrajeron desde la cuna…

¡Oh, Patria amada! ¡Escucha los acentos de una voz que no te es desconocida,

 y acepta con agrado estos últimos esfuerzos de una vida que se escapa!…

(Deán Funes)

1.- El deán va al muere

Cuando la revolución americana lo llamó a sus filas era un hombre rico, pero al declararse “americano y argentino” el Virrey Abascal le confiscó sus bienes. Esbozó en escritos memorables los contornos todavía borrosos de una nación continental: fue el primer historiador de la patria. Ese  11 de enero de 1829, el octogenario cura salió de su casa de la calle Florida a dar un paseo. Se encaminó con sus pasos vacilantes hacia hacia un parque de diversiones recién inaugurado. Se llamaba Parque Argentino[1] y era creación del inglés Santiago Wilde: imitaba los jardines europeos. Se importaron plantas y semillas que las sirvientas sacaban bajo sus pañuelos o rebozos. Había un buen hotel francés, magníficos salones de baile, un circo para mil quinientas personas, un pequeño teatro en que había actuado Casacuberta. Por la tarde, una banda de música animaba el ambiente y se exhibían tigres, tapires y antas.

El viejo se sentía olvidado por la patria. Su amigo y compañero de ideales, Manuel Dorrego, el primer coronel del pueblo, había sido asesinado un año atrás. Desde siempre, había esperado el día en que el sentimiento de patria no “fuera un crimen ya que bajo el antiguo régimen el pensamiento era un esclavo y el alma misma del ciudadano no le pertenecía”. Estas palabras le valieron el hostigamiento de la jerarquía eclesiástica. Pero aunque las épocas tenebrosas  del coloniaje se habían hundido en el pasado, las luchas intestinas lo han herido. Los próceres de la “primera patria”, como le hizo decir Bartolomé Hidalgo a su gaucho, sienten el olvido popular y la indiferencia.

El Deán Gregorio Funes, raído el manteo, blanca la cabeza, camina con paso vacilante. Ha sido acusado de traidor a la patria, de tener públicamente una manceba y haber procreado con ella. Sarmiento, que alguna vez denunció a sus adversarios políticos porque se metían entre sus sábanas para perjudicarlo políticamente,  lo supone rodeado de su extraña familia en aquel último paseo. El sanjuanino traza una de sus extraordinarias escenas: el anciano huele una flor y se deja morir.: “rodeado de aquella familia póstuma a su vida pública  y a las virtudes de su estado y aun a la edad ordinaria de las emociones más suaves del corazón al aspirar el perfume de una flor, el Deán se sintió morir, y lo dijo así a los tiernos objetos de sus cariño, sin sorpresa y como de un acontecimiento que agrada[2].

No le fue dado morir en su patria como el llamaba a Córdoba del Tucumán. ¿Qué era la patria para los próceres? Desde el siglo XVIII, era el lugar del nacimiento. Pero cuando llegó la hora de la construcción de las nacionalidades aparecieron los conflictos. El, desde siempre, había tomado como suya una sola causa: la independencia de América. Por lo tanto la causa de Colombia es la de las Provincias Unidas. Como Monteagudo, San Martín, Bolívar y Dorrego, su amigo asesinado un año antes, la patria era toda América. Profeta de un sueño entonces irrealizado, bregó por una Patria Americana, sin fronteras ni gobierno regionales. Sufrió prisiones por parte de Rivadavia. Viejo y pobre, muerto Bolívar, asesinado Sucre (cuya biografía había escrito) y fusilado Dorrego, dolido por la decisión de su discípulo Olañeta de jugarse por la “patria chica” no “entendía este ciudadano de América otra cosa que la ciudadanía americana, no conocía otra nacionalidad que la continental”.

Su entrega a la causa emancipadora le valió problemas con la jerarquía eclesiástica. Consideraba que la elección de los obispos debía volver a la antigua tradición con intervención “del pueblo y del clero”: “No podemos engañarnos: un prelado puesto en los intereses de España, al contemplar nuestro espíritu revolucionario, sería un hombre que con la misma lengua bendijese a Dios y maldijese a su Pueblo”[3].

Cuando estudiaba en España, peroraba en el púlpito “sobre las excelencias del desaparecido rey Carlos III y su divino origen pero, de regreso al hospedaje y hasta que el día apuntase sobre las llanuras de Castilla, devoraba el tesoro de libros condenados acopiados en secreto que venían apareciendo desde cuarenta años atrás”.[4] De regreso a su Córdoba natal “abrió las excelencias de su biblioteca, la mejor de América” a sus alumnos venidos de toda Suramerica. Como los viejos lectores de la Mater Universitas, sentado entre los jóvenes, leía y comentaba libros  novedosos que ni la censura ni la inquisición le habían podido arrebatar. Desfilan ante los ojos y oídos de los jóvenes Cartas a los sordos de Diderot, algunas entradas del Diccionario Filosófico . Se  entretienen con Las Misceláneas de D’Alambert y no vuela una mosca cuando escuchan algunas escenas picantes de La Doncella de Voltaire.

Lo rodean el tucumano Monteagudo, el chuquisaqueño Olañeta, los hijos de Liniers, el sanjuanino Del Carril, el puntano Lafinur y hasta un italiano, Arduz, que luego se dedicará al servicio de Bolivia. En la cálida siesta cordobesa, bajo los emparrados, les cuenta historias “de allá” sobre los tratos del Duque Orleans con  los masones en España. De vez en cuando saca a relucir ciertas hojas volantes traídas de España que revelan la escandalosa conducta de la reina Luisa o denuncian la ambición de poder y los saqueos del valido Godoy.

Desde 1774 se han sucedido los motines de los estudiantes en la Universidad. En 1776 el obispo Moscoso informa sobre alborotos en los claustros. En ese mismo año, la viuda Margarita Echeverría solicitó al Consejo la revisión de  los autos contra su hijo colegial por desobedecer al P. Barrientos. Fue en esos años cuando el Deán culmina sus estudios de teología: además del tumulto vibraban todavía las enseñanzas de uno de los más esclarecidos catedráticos, el P. Morelli, autor de Rudimenti jure naturae et gentibus y de Fasti Novi Orbi.

Tras dura contienda con los franciscanos, el Deán es elegido Rector por el claustro de egresados y se dedica a actualizar el colegio Monserrat. Funda la cátedra de física y la de matemática. Entroniza, en cierto modo, a  la diosa Razón. Ahora la cuestión ya no se centra en la perdición del alma sino en la curiosidad del saber. La ciencia no se rige por el derecho canónico. El razonamiento disputa con la ciega credulidad y no acepta la obediencia a las jerarquías impuestas. En 1819, entregado a la organización del estado, propuso que los diputados fueran representativos de sus pueblos, o sea, elegidos entre “ ciudadanos sin fuero que alegar”. Sostuvo el voto popular y  la libertad de prensa. Desde entonces, quedó para siempre consensuado que el único freno del pensamiento escrito “ha de ser la misma prensa”.

Ciudadano de América, amplió el concepto de patria a todo el continente. Sarmiento lo supone anclado en el siglo de oro de la revolución porque persistió en  un visión continental justo en el momento en que se estaban organizando las naciones.  Ciertamente, Sarmiento es un profundo intérprete de la realidad. Sus análisis, al contrario de sus opciones, suelen ser certeros. En efecto, “la primera patria”, como decía el gaucho Chano de Bartolomé Hidalgo[5], era heroica como luego dirán los románticos, pero era, sobre todo, continentalista.  El gaucho denuncia desunión, corrupción e injusticia. El pobre es explotado, la mujer es degradada: el pueblo es una “tropilla de pobres” que metida en un rincón “canta al son de la miseria”. La relación , cuyo sema central es  el llamado a la unión entre porteños y provincianos, concluye con un ruego: “Americanos, unión,/ os lo pide humildemente/ un gaucho con ronca voz/ que no espera de la patria/ ni premio ni galardón,/ pues desprecea la riqueza/ porque no tiene ambición”.

 Las relaciones de Hidalgo aparecieron en la Lira Argentina. Esta colección de poesías patrióticas fue impresa en París en 1824 y contenía las principales obras en verso publicadas desde 1810. Su compilador, Ramón Díaz, mantuvo modestamente el anonimato hasta que Juan María Gutiérrez lo reveló en una breve nota necrológica de 1860. Su compilación, pensaba, no era una antología puesto que no era un literato, era sólo un acto patriótico[6]. Esos poemas patrióticos, en realidad cantos de guerra, presentan a América como vasto escenario de pueblos unidos, habitantes de un Nuevo Mundo, enfrentado a un viejo mundo decadente, al que designan indistintamente como América o Colombia. Los protagonistas de la epopeya se presentan a sí  mismos como “sudamericanos”, “americanos”, “colombianos” o “indianos”: “mirar los hijos de Colombia clara”, “por vengar a los hijos de Columbia”, “el indo continente”, “el suelo indiano”, “el indiano continente”, “la indiana gente”.Por supuesto, también aparece el gentilicio argentino, pero como en el Himno, generalmente designa “porteño”.

El fraile Castañeda, en “Canción de la gaucha de Luján a Pío VII”, encara al Sumo Pontífice para que no se deje engañar y no apoye la posible venida de una armada rusa a conquistar el Plata. Lo incita a no ceder a las ambiciones ultramarinas. “Libre ya nuestra tierra se presenta”  y, por lo tanto, está en condiciones de defender al Papa de quienes le quisieren atacar: “os librarán del Sur los campeones”. Le advierte que su reino “no es de este mundo” y que su primado espiritual “en Colombia tener debe su fuerte”. Los colombianos no permitirán que los tiranos “de la tiara os roben los diamantes”: “Buenos Aires será sede romana/ la nueva Roma o nuevo Vaticano,/ y los reinos peruano y mejicano/ serán tu gran familia americana”. Los gobiernos de Europa se niegan a aceptar que en América concluyó la era de las monarquías: “Colombia da la norma/ con sus ejemplos y sus documentos”. Separada de España, no de Roma, Colombia “implora ya el diploma/ de sucesor de Pedro”. Sabemos que los papas se declararon contrarios a la independencia. Por eso el fraile lo hace responsable “de la ruina/ que tu olvido ocasione en todo/ cuanto/ pertenece a  la fe y a la doctrina”.

Ese acendrado americanismo es objeto del sarcasmo sarmientino. El autor de Recuerdos de Provincia  ya está empeñado, instalado en la hegemónica línea rivadaviana, en la creación de un estado nacional segregado de la patria continental.

Al Deán Funes, ese  anacronismo le costó prisión, abandono, pobreza. Sarmiento lo supone entregado al desánimo y el resentimiento. Por eso, postula, fue que aceptó ser agente caracterizado de Bolívar en la Argentina. Así fue como en la historia escrita por los historiadores de la patria chica, cargó para siempre con una latente acusación de traidor[7]. Irónicas alusiones, confusa esgrima de documentos, dictaminan contra el deán en la historia argentina. Escrita para cohonestar los “intereses mercantiles” del puerto de Buenos Aires, lo sumió en la sospecha y el olvido.

2.- Historia porteña.

Pasamos ahora a revisar el extraño revisionismo del historiador cordobés J. Francisco V. Silva en el libro titulado El Libertador Bolívar y el Deán Funes en la política argentina (Revisión de la Historia Argentina)8. La obra,  publicada en Madrid, no tiene registro de fecha, pero es parte de una colección dirigida por el poeta modernista y gran bolivariano Rufino Blanco Fombona que falleció en Buenos Aires en 1944.

Silva postula como motor secreto de nuestra historia la política porteña de crear la anarquía y la división para dominar. Para ello hacía falta perder el Alto Perú y la Banda Oriental. Esto generó el odio de las provincias al puerto de Buenos Aires. Desde allí se fragua, no sin cierta lógica, el antibolivarismo de los historiadores canónicos identificados con esa política. Silva señala especialmente a Mitre y a Ramos Mejía.

Ante la desnacionalización fogoneada por los historiadores porteños, se propone bregar por un “contenido justo” y adhiere al “pan-hispanismo” de Rufino Blanco Fombona ante las maniobras de los “llamados intelectuales y la barbarie adinerada de la Argentina para seguir manejando mal la enseñanza”. Esta revisión, aclara, no se dirige a sustituir  el “criterio del puerto de Buenos por el de la ciudad de Córdoba del Tucumán, o de La Rioja”. No se trata de cambiar solo de punto en una circunferencia descentrada. Es preciso coincidir en un  centro común, es imprescindible partir de una “Argentina unida en el espíritu y la tradición”: “aprenderlo todo y donde sea, de vivir su historia, de sentirla con emoción, de enorgullecerse de su origen, de sus indios, y de su civilización española”.[8]

Silva se propone un libro de rectificaciones, de rastreos en pos de una historia verdadera. Reniega por lo tanto de cualquier afinidad con lo publicado por los historiadores del puerto. Artigas[9], el Deán Funes, Alberdi, San Martín, que nunca se prestaron a servir al puerto de Buenos Aires,  son las víctimas de construcciones discursivas que simulan admirarlos. Por eso postula  revisar la historia argentina.

Si nos limitamos al lapso comprendido entre 1825 y 1828 cuando los políticos de Buenos  Aires abandonan el Alto Perú, advertimos que no podían volver porque eran rechazados por esos pueblos a causa de las torpezas y agravios que habían desatado sobre la población. Bolívar pide al Deán Funes que gestione la reunión con las provincias escindidas,   El Deán responde que la empresa “era ardua” en una “república vacilante”. Ante las amenazas e invasiones del Imperio de Brasil los bolivaristas argentinos consideran que sólo el Libertador puede sustituir a San Martín. Eran bolivarianos el Deán Funes, Juan Martín de Pueyrredón, Tomás Guido, Manuel Dorrego, entre otros. Alvear le escribe a Bolívar después de la victoria de Ayacucho:“…padre de cinco naciones que venís desde las bocas del Orinoco de victoria en victoria, conduciendo el Iris de la libertad hasta sellar la total independencia del Nuevo Mundo”[10].

Ante la victoria de Ayacucho (20/01/1825), el pueblo de Buenos Aires celebra el triunfo  como suyo puesto que se lograba la independencia definitiva y terminaban los temores del dominio español en Sudamérica. El pueblo se echó a la calle lleno de gozo, paseó entre antorchas y carros de triunfo el retrato de Bolívar. Las fiestas duraron un mes. Sin embargo, el bando rivadaviano que gobernaba Buenos Aires, no consideraba a Ayacucho como un gran triunfo. Por eso recién acepta celebrarlo de 12 de febrero. La victoria permite que las desunidas provincias se reúnan en un Congreso e Inglaterra reconoce la independencia y soberanía argentina.

El jefe visible del partido bolivariano era, sin dudas, el Deán Funes. De él dijo Dorrego: “es el primer defensor de nuestras libertades y el más entusiasta admirador del incoparable mérito del Libertador”. Sarmiento, en Recuerdos de Provincia, no sólo le atribuye incomprensión hacia la nueva política, sino que le cuelga el estigma de “agente caracterizado de Bolívar” que acepta un deanato de Charcas sustraído de la circunscripción de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Según Silva, en la separación del Alto Perú,  no había animosidad entre las naciones, ni del Libertador a la Argentina “donde un gran partido lo aclamaba” , “ni pretensiones inconsideradas del Libertador”, ni decadencia de Funes: “Lo que había era una funesta política porteña, que aún no quiere confesar su fracaso de un siglo”.

Bolívar se manifiesta a favor de Argentina en su conflicto con Brasil y los bolivaristas argentinos como Alvear, Necochea, Dorrego, Díaz Vélez, requieren: “La espada del vencedor de Carabobo y brazo fuerte de Ayacucho deben ponerse al frente de la lucha en que la República está empeñada”. Se trataba de contener al agresor imperial.

Silva postula que el bolivarismo nació en la ciudad de Córdoba como expresión del interior y de la Argentina que “quiso sacudir el yugo del monopolio porteño intentando la unión de todos los pueblos del Virreinato”. En ese sentido, es importante la acción del gobernador Juan Bautista Bustos y la reacción ante la Constitución unitaria de de 1826.

 3.- Córdoba y Bolívar

Cuando el 4 de marzo de 1826 el Poder Ejecutivo Nacional, Rivadavia, declara capital de todas las provincias a la ciudad de Buenos Aires, el parlamento cordobés desconoce esa decisión “por considerarla destructora de la asociación que religiosa y fielmente es obligado a observar”. El 15 de abril, Rivadavia sancionó otra ley en que se reservaba el derecho de remover solo él, a los diputados constituyentes. La Sala de Córdoba, ante el peligro de que removieran sus diputados, rechaza la ley del 15 de abril “en obsequio de la justicia, dignidad y libertad de la Provincia de Córdoba; en odio a la anarquía y amor al buen orden” y por lo tanto “queda hábil para elegir y remover sus diputados a su prudente arbitrio”. Como algunos diputados por Córdoba, prescindiendo de las instrucciones y presionados por su estadía en Buenos Aires, votaron la capitalización y el privilegio para remover congresales, la Sala procedió a destituirlos. Los diputados cordobeses que se retiran del Congreso en 1826 quedan varados en Buenos Aires sin recursos y hostigados: “no contaban con más recursos de subsistencia que los que les podíran suministrar sus relaciones y mérito personal”[11]. El 2 de octubre la Sala, que sospechaba  la agresión inminente del gobierno central, dispone el estado de guerra y recurre a la participación y protección de Simón Bolívar. Ratifica su decisión de remover sus diputados y quedar fuera del Congreso. En en art.3° se dispone:  “La Provincia de Córdoba empeñada en sostener su libertad y proteger la oprimida en las demás provincias, ordena al Poder Ejecutivo que levante las tropas que crea necesario”. En el.4° ordena al P.E. que “se ponga de acuerdo con el Libertador Simón Bolívar o la república que trae su nombre, remtiendo al efecto un enviado para hacer el tratado”. En el.5°, ofrece su cooperación “a la guerra contra el Emperador del Brasil, a la defensa, seguridad, integridad e independencia del territorio de la Nación y sobrellevará gustosa cuanto sacrificio demandaren las necesidadesde la Patria y la felicidad pública del Estado”. En el 6°, por fin, la Provincia de Córdoba protesta a “todos los estados nuevos del continente, su más cordial fraternidad, alianza y protección a su recíproco comercio, y AFIANZA A TODOS LOS DERECHOS DEL HOMBRE PUESTO EN SOCIEDAD”.

El antibolivarismo, por su parte, se fundó en dos presupuestos. En primer lugar, dejó instaurado que Bolívar era el único responsable de la retirada de San Martín del Perú con todas sus consecuencias. En realidad , según Silva, San Martín renunció porque el gobierno de Buenos Aires abandonó la línea continentalista por una política anárquica destinada dominar las provincias. En segundo lugar, hicieron a Bolívar único responsable de la separación del Alto Perú y la segregación de la unidad política de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Lo cierto es que todo fue resultado del fracaso militar de las expediciones de 1810. En consecuencia, los realistas siguieron dominando hasta la llegada del ejército de Bolívar. Fue, más bien, el resultado de la ineptitud de los gobiernos de Buenos Aires impopulares en el Alto Perú y porque desencadenaban descontento y anarquía en el resto de las Provincias. Silva aclara que la designación disfórica de “puerto de Buenos Aires” no implica tono despectivo. Es su nombre tradicional. No significa “colector extrajerizante” sino “espíritu mercantil”.

4.- Las cartas del Deán Funes

Hacia 1824 el Deán Funes se ve obligado por una ley a renunciar a la ciudadanía argentina para poder desempeñarse como diplomático bolivariano. Considera que es un “débil escollo” esta renuncia: “No crea VE. que esta resolución fuese para mí un gran sacrificio. Volver a un Estado ingrato lo que uno le debe y buscar otro más justo y generoso, es un sentimiento que inspira la razón” (12/07/1824). ¿Era menos o más argentino? En ese momento la idea de Patria es un concepto amplio en la mente de todos los próceres de América. No sabían de localismo. Se mantenía vivo el sentimiento de “patria continental”.

Pero ser  agente diplomático de Colombia no lo liberó al Deán de la miseria. Es cierto que recibió ciertas sumas y le ofrecieron una combinación de deanatos. Opta por una pensión vitalicia. Era un acto de rebelión contra la hipócrita política porteña: “Se compensan así las ingratitudes de aquel (Estado) en que nací y a quien especialmente he servido”(26/12/1825).

Con inteligente mirada, descubre cómo el Puerto conspiraba con Inglaterra para que esta ocupara la Banda Oriental. Hay cartas del Deán a Bolívar( 26/10 y 10/11/1825) y a Sucre (10/11/1826). Informa sobre el Tratado García que fue inspirado por el ministro inglés y provocó la caída de Rivadavia, gran sustentador y también víctima de las intrigas británicas.

Bolívar desaprueba a Sucre cuando convoca a la asamblea constituyente de Bolivia. Considera al decreto  “impremeditado y ofensivo a los derechos del  Río de la Plata”. En realidad, después de las campañas de Belgrano, Buenos Aires había olvidado al Alto Perú. El Puerto de Buenos Aires ya ha desencadenado el odio en las provincias por el injusto monopolio político. Casimiro Olañeta, discípulo del Deán Funes en Córdoba, escribió a Bolívar: “Buenos Aires hace mucho tiempo murió para la gran causa de América: con Buenos Aires nosotros nada queremos, nada”.

Groussac desde un discurso histórico canónico, de marcado racismo y regulado desde Buenos Aires, sostendrá que la provincia de Charcas era “étnicamente peruana” aunque “políticamente platense”. Por lo tanto, ofrecía al Libertador una “ocasión única para crear – ex nihilo, una república; fue padre, padrino y tutor de un nuevo estado”. Se refería así sarcásticamente al nombre con que bautizó Sucre al nuevo estado: “…estas Provincias Unidas soportaron sin dolor la amputación de este miembro adventicio” Buenos Aires había abandonado esas provincias, pero Sucre intervino enérgicamente cuando Brasil ocupó Chiquitos.

La falta de un tr:atado argentinocolombiano,  gracias a la política antibolivariana de Buenos Aires, impidió la reconquista del antiguo virreintato. Claro que, de por medio, hubo una carta de Canning a Bolívar. El imperio, como en su tiempo la antigua Roma y hoy los EEUU, imponía terror a los pueblos. En carta al Libertador, el Deán Funes advierte sobre la funesta política de Inglaterra: “Por último yo no puedo ocultar a VE que me humilla demasiado tanto sometimiento al Gabinete británico. El nos ha favorecido con el reconocimiento de nuestra independencia; pero no ha buscado en esto más nuestro beneficio que el suyo propio”(26/08/1825).

Dorrego escribe a Bolívar sobre la precariedad de medios para enfrentar al imperio brasileño. Todos conocen esa situación y “todos claman porque VE se ponga al frente de la guerra por medio de una alianza amricana”. Es lo que piensan todos, declara, “exceptuando el círculo pequeño ministerial”. Los ministeriales (rivadavianos) llegan “al término de comprar la libertad y la independencia de la Banda Oriental por algunos millones”. Pero la cuestión es “expeler” del suelo americano al “último déspota que lo está infamando”. Queda claramente marcada la contradicción que reúne a todos: se trata de una lucha de la república contra el despotismo. En América, no hay lugar para la monarquía. Por eso el Deán Funes celebrará el triunfo de Ituzaingó y alaba a Alvear. Considera que ha sido castigada la insolencia de Brasil que al ocupar una provincia y un puerto “puede gloriarse que nos tiene bajo su llave”.

Ante la protesta del interior y el estado anárquico, el Deán piensa que las provincias se inclinarán por Bolívar: “Si el Congreso se resiste a admitir a los nuevos diputados que se elijan, acaso las Provincias se separarán del Congreso y se echarán en brazos de V.E. La primera de todas será Córdoba, porque es la que hace más frente y por lo mismo la más aborrecida”(26/05/1826).

Ya hemos revisado lo que decretó la provincia de Córdoba para sostener los pueblos oprimidos y sostener sus libertades. Entre los “imperiales”(Brasil) y los “ministeriales”(Rivadavia), el Deán se declaraba partidario de la Asamblea de Panamá.

En 1827, el Congreso comisionó al Dr. Juan Ignacio Gorriti para que gestionara la consideración y aprobación por la Provincia de Córdoba de la Constitución unitaria que había sancionado. Se realizó una asamblea legislativa para escucharlo. La alocución de Gorriti fue destinada a exaltar la sabiduría y liberalidad de la Constitución. En la asamblea se respiraba un ambiente hostil. Bulnes, presidente de la Sala, refuta a Gorriti y contesta que Córdoba ya se había pronunciado por el sistema federal y que los sofismas de Gorriti no harían aceptar una constitución unitaria. El Comisionado, sin posibilidades hacer comprender la autoridad del Congreso General Constituyente, pasó un trago amargo y tuvo que abandonar la provincia que, en  un breve decreto, se desliga del Pacto Nacional y no entra en el examen de la Constitución sancionada por el Congreso. El art. 3° expulsa directamente Dr. Juan Ignacio Gorriti: “Devuélvase la expresada constitución y comuníquese al Superior Gobierno de la Provincia para que mandándole expedir el correspondiente pasaporte, le intime su regreso en el término de cuarenta y ocho horas”[12].

5.- El viejo Deán

Silva escribe su libro como tributo al centenario de la conferencia realizada en Córdoba entre San Martín y Juan Martín de Pueyrredón director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Le otorga  a ese encuentro una importancia suprema para el destino continental. Denomina a Buenos Aires “capital del momento” y a Córdoba “capital de la historia”. Ello implicaba una contradicción entre el espíritu público y el espíritu mercantil. Por eso fue la provincia más aborrecida por los porteños, lugar de gente bullanguera y díscola. Lo aprendió en carne propia el Gral. Paz cuando los paisanos de la campaña no pudieron ser dominados y, al fin, terminaron boleándole el caballo junto a las ambiciones de dominio porteñas.

En consecuencia Córdoba entrega a la patria no un héroe militar sino un héroe civil que procuró bienes, salud y prestigio a la patria de la que fue su primer historiador. Como es nuestro hábito, elegimos  palabras de Sarmiento para cerrar esta semblanza: “El virrey Abascal le había quitado toda su fortuna, la catedral de Córdoba renegado de su Deán, y el que durante tantos años había sido la gloria de sus letras, la joya de su coro y el árbitro del destino de tantos hombres desde 1809 en adelante, tuvo para vivir la necesidad de vender uno a uno los libros de su biblioteca, deshacerse de su Enciclopedia Francesa, tan estimada y rara entonces, desbaratar su colección de raros manuscritos, cambiando por pan para el cuerpo lo que había servido para alimentar su alma”[13].

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos  de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores,  columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los mandan y los que obedecen” (1813).


[1] WILDE [1960]

[2] SARMIENTO [1948, 99ss.]

[3] AYROLO [ 1999 ]

[4] SAAVEDRA [1972]

[5] HIDALGO [1950]

[6] LA LIRA ARGENTINA [1982]

[7] VEDIA Y MITRE [1954]

[8] SILVA, J. Francisco V., [1918?]

[9] SALGADO [1939]

[10] SILVA, cit. p. 125

[11] SANCHEZ [1928, VII-XVI]

[12] SANCHEZ [cit.p.XVI]

[13] SARMIENTO [1948]

Fuentes bibliográficas

ACADEMIA ARGENTINA DE LETRAS, 1982, La Lira Argentina o colección de piezas poéticas dadas a luz en Buenos Aires durante la guerra de la independencia, edición crítica, estudio y notas  por Pedro Luis Barcia, Buenos Aires

AYROLO, Valentina, 1999, “Funes y su discurso de 1821”. En: ESTUDIOS, Revista del Centro de Estudios Avanzados, Escritos Políticos del Deán Gregorio Funes (1810-1811), Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

HIDALGO, Bartolomé, 1950, Cielitos y diálogos patrióticos, Buenos Aires, Ciorda & Rodríguez

SAAVEDRA, Carlos Gonzalo de, 1972, El Deán Funes y la creación de Bolivia, La Paz, Editorial Los Amigos del Libro

SALGADO, José, 1939, El Deán Funes, Buenos Aires, Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez

SANCHEZ, Nazario F., 1928, Hombres y episodios de Córdoba, Córdoba, Casa Editora Imprenta “Pereyra”

SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Obras Completas III, (Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y Biografías), Buenos Aires, Editorial Luz del Día

SILVA, J. Francisco V., [1918?], El libertador Bolívar y el Deán Funes en la Política Argentina (Revisión de la Historia Argentina), Madrid, Editorial-América, bajo la dirección de Don Rufino Blanco Fombona

VEDIA Y MITRE, Mariano de, 1954, El Deán Funes, Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Limitada

WILDE, José Antonio, 1960, Buenos Aires desde 70 años atrás (1810-1880), Buenos Aires, Eudeba

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