Donde la patria no alcanza: la epopeya de los maestros rurales

Publicado: 18 marzo, 2013 en Argentina, Ensayos, Latinoamérica, Libros, Literatura
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(Sobre: GODOY ROJO, Polo, 1990, Donde la Patria no alcanza, San Luis, Editorial Anello)

1.- Los últimos de la fila:

            A poco de incursionar por las historias de la literatura argentina, caemos en la cuenta que el canon sólo incluyó, como fenómenos de relevancia, movimientos y obras literarias registrados en Buenos Aires.  A veces los autores son provincianos; más aún, su temática suele versar sobre el interior, pero es un interior mirado desde el centro del poder económico, político y cultural que es el que impone los gustos, prestigios, formas discursivas y estéticas admitidas como legítimamente literarios. Esa ha sido siempre la función de las páginas culturales de los grandes medios, la estrategia de las editoriales, asociaciones de escritores, fundaciones y cátedras universitarias que son las que otorgan legitimidad y visibilidad a los artistas y escritores. El resultado es la invisibilización de la rica veta cultural de las provincias, el amordazamiento de las voces de sus poetas y cantores, la banalización de sus relatos y pensamientos.

En consecuencia, en las historias de nuestra literatura hay siempre un lugar de rezagos. Allí se confina a aquellos escritores rotulados como  costumbristas, regionalistas, folclóricos. Se mezcla, sin ningún discernimiento, el regionalismo conservador de algunos escritores, comunes a las provincias y a la capital, que exaltan la región como forma de conservar un estado de cosas en que la única voz es la del patrón,  el caudillo o las minorías gobernantes, mientras el pueblo sólo es admitido como un conjunto de seres obedientes, sumisos, pobres pero honrados, ignorantes y supersticiosos por generación espontánea y sin posibilidad de cambio, sujetos de un pintorequismo sin conciencia histórica cuyas únicas oportunidades devienen de la tarea consciente de unos pocos.

Existe, sin embargo, una literatura del interior, que sin alardes de experimentaciones vanguardistas, retoma el relato que nace como un murmullo confuso del seno mismo del pueblo humilde. En ese campo discursivo, que todavía debe ser sistematizado, debería incluirse la literatura producida por los maestros rurales.

Los maestros rurales, a partir de la década de 1930, a largo de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, van marcando en sus textos la profundización de los conflictos en las personas y en las cosas en un marco de migraciones internas mientras llegan los coletazos del advenimiento del peronismo al poder.

Son numerosos los maestros rurales escritores que dan un carácter de especial excelencia a la literatura escrita en el interior del país. Repasaremos algunos para distinguir una serie de preocupaciones comunes que definen la especificidad y el relieve de su escritura. Recordemos, entre otros, a la santiagueña Blanca Irurzún, maestra y escritora social, que propone la educación como solución de los males que aquejan al país. El dolor por sus changos, le “sube como una raíz desde el alma hasta la palabra” y da marco a la visión de los estragos de la miseria, el alcohol y la explotación. Por su parte Diego Oxley, toma la palabra de los abandonados del chaco santafesino “casi aislados de la civilización”, ingenuos, “naturalmente simples y hospitalarios” y que muestran su nobleza “hasta en la enemistad”. Quizás el más conocido de estos maestros rurales escritores, junto al santiagueño Jorge W.Abalos, sea Velmiro Ayala Gauna. Maestro durante veinticinco años en su Corrientes natal, dejó entrar en su registro discursivo los efectos destructivos sobre la vida familiar  y de relación que comporta la miseria: enorme cantidad de analfabetos y de ineptos para el servicio militar, falta de caminos, míseras escuelas ranchos, niños muriendo por enfermedades endémicas, hermanas e hijas emigrando para ejercer de sirvientas en las casas ricas de la ciudad o como carne de explotación de los “pater familias” y los “niños bien”.

En este importante bloque discursivo debemos incluir la narrativa que Polo Godoy  Rojo despliega en Donde la patria no alcanza que mereció  en su momento el primer premio de la Bienal Puntana de Literatura, la Faja de Honor de la S.A.D.E y el primer premio de la Región Centro Litoral de la Dirección Nacional de Cultura 1971/1973. Si observamos la copiosa producción literaria de Polo Godoy Rojo advertiremos, como confirmación de lo sostenido en estas líneas, que salvo el primer premio Emecé (1960) por Campo Guacho, la excelencia de su obra ha sido siempre víctima de la encerrona con que el centralismo cultural acorrala la producción de los escritores del interior. Sus distinciones tienen, en general,  carácter regional. Pensándolo bien, tampoco es ajena a ese modo la faja de honor otorgada por S.A.D.E. Capital Federal como aconteció con el admirable Secreto Concarán en 1988.

Incluimos entonces a Polo Godoy Rojo en lo que consideramos un capítulo especial de la historia de nuestra literatura: la narrativa (cuentos, novelas, compilaciones de relatos orales tradicionales) de los maestros rurales. Son voces señeras todavía amordazadas. En la medida en que la crítica se ocupe de ellas, podremos hablar de una tradición literaria que “alcanza” a toda la patria, que nos interpela y, sobre todo, deja emerger de las profundidades la energía de la cultura popular, es decir, de la creatividad inmanente del pueblo cuyos saberes trascienden el alfabeto. Como en el juego del martín-pescador, los últimos de la fila permanecerán para siempre como hitos de la expresión argentina.

2.- El maestro normal

El protagonista de Donde la patria no alcanza es un maestro normal. Sabemos que los “normalistas” fueron los artífices de la alfabetización en  Argentina. La escuela normal, creación sarmientina, formó miles de jóvenes, varones y mujeres, imbuidos de una fe laica enfocada en la formación de ciudadanos. Su lema era  “educar al soberano”. En las remotas regiones, los maestros rurales salidos de las escuelas normales estaban convencidos de que no podían “mezquinarles el cuerpo” a sus deberes de guía de una comunidad posible de ciudadanos: “Y no lo iba a hacer, piensa el maestro de Pisco Yacú,  protagonista de esta novela, porque ya era muy claro el sentido de su misión humana y social”. En un lugar donde no había ni siquiera caminos, dejaba que la utopía, ese no-lugar de la esperanza, le permitiera soñar con el murallón que algún día convertiría en vergeles esas tierras secas y sin una “sé de agua” o, a lo mejor, con la veta de oro que las leyendas ubicaban “arriba’el cerro” y que se podrían explotar cuando se abrieran los caminos.

Mientras tanto, educado en la historia escrita por sectores dominantes de Buenos Aires, se considera un abanderado de la “civilización” y las apariencias le dan la razón. ¿Cómo no indignarse con la barbarie de la “médica”, doña Domitila, que cura con “unto p’al pescuezo”, flor de ceniza y atando una media al cuello, un flemón en la boca?: “Ni por cerca había andado la médica en su diagnóstico y mucho mal le había hecho; pero era inútil; no entendían que no se pusieran en manos de curanderas”. ¿Podía acaso la médica curar la culebrilla atando un sapo en la cumbrera? La conclusión del maestro es que la ignorancia, más lo vicios, se han refugiado en los ranchos, y desde allí se oponen a sus prédicas y lo consideran un “hereje que venía a combatirles sus acertadas maneras de pensar y de juzgar”.

El maestro siente el peso de la irracionalidad cuando piensa en los ranchos “llenos de hijos del viento” que venían al mundo “porque sí, para nada; no eran más que otra boca para chupar de sus necesidades”.

En las soledades hoscas, en medio de la “barbarie”, el maestro normal, conformado para la civilización, se siente alicaído:

“Tenía allí algunos libros y cuadernos, allí estaba el pizarrón y los bancos, allí, con él, todos sus conocimientos de maestro normal. Pero todo eso, ¿le iría a servir para algo? ¿Iba a poder su escuela imponerse a tanto mal, a tanta indiferencia desparramada sobre las piedras ásperas, a tanta agazapada soledad y maledicencia? Qué  fácil era soñar con ser maestro en una escuelita rural, sembrando alegremente un horizonte limpio, con niños sonrientes, sonrosados, vistiendo su blanco delantal. Y qué diferente era  esto, donde no se veía despuntar una sola esperanza para afianzar las propias convicciones.”

El protagonista, puesto en la realidad viva de la patria, siente de golpe las
contradicciones que polemizan en el centro mismo de su ser. La realidad no es como la pinta el pensamiento hegemónico. Los saberes de que lo han munido, no alcanzan para insertarse en una realidad fatigada por siglos de dominación pero no de sumisión. La humilde cultura popular brota y organiza la comunidad con los valores de la patria preexistente. Si la patria es el estado liberal, protector del capital extranjero y sus aliados locales, ciertamente no alcanza. Pero la patria pre-existe , está ahí, rezonga hasta en los vicios impuestos, y canta y ríe en la boca siempre nueva de los niños. Primer descubrimiento: habrá que desaprender para aprender, habrá que reconocer saberes ancestrales en esos compatriotas.

De  golpe, el maestro comienza a pensar en la “posición preponderante del porteño” que había sacado “una larga punta de ventaja en su trato con la gente del otro lado del mar, con los hacedores de progreso, señores exquisitos, con quienes, decían, daba gusto departir y, además dueños de grandes riquezas, riquezas con las que vendrían a copar todas nuestras fuentes más ricas y fáciles de ser explotadas”.

¿Qué dejaban a cambio? Una Patria que no alcanzaba hasta los ranchos de aquellos: “Ayer héroes, ahora bárbaros, negros ignorantes, a los que no tan sólo se olvidaba, sino que se los rechazaba con repulsión”. A ellos se les cerraban todas las puertas que pudieran llevarlos a la superación: sin acceso a la educación, sin fuentes de trabajo.

El maestro normal va descubriendo, en medio de dramáticas contradicciones, los efectos de la hegemonía  de una oligarquía aliada al imperialismo sobre el cuerpo y el alma de la nación. Su formación, sin embargo, le impide distinguir la injusticia social como fuente de barbarie y tiende, más bien, a pensar que la “frustración terminaba en un profundo resentimiento”. Ese desencuentro, entre los libros y la realidad, llegó a tener consecuencias trágicas en nuestra historia cuando se confundió la conciencia de la propia dignidad y la lucha por la justicia social como una pulsión del resentimiento. Sin embargo, allí “donde la tierra duele y el amor crece”, donde se puede cosechar afectos de niños y grandes, donde circulaba la secreta sabiduría del corazón, el maestro “descubría un motivo más que suficiente para su sacrificada lucha”.

 2.- Cuando los libros enseñan a irse

Cierto día el maestro está dando su clase de lectura. El libro trataba en forma ponderativa “aspectos de la ciudad de Buenos Aires”. De golpe se da cuenta que ha caído en una trampa. También él se había entregado a exaltar con entusiasmo esa grandeza lejana y extraña de que hablaban los libros. Embobados, los paisanitos divagaban por aquello tan diferente al mundo en que vivían. El maestro normal se dice que “también en eso había errado el camino”: “Ahora cierren los libros -ordenó- ¿A quién le gustaría irse a vivir a Buenos Aires?”. Todos eligen irse, hasta los más chicos que no entendían mucho de qué se trataba. Consideraban que su lugar “no sirve”, “es muy triste”. Entonces el maestro les dice con amargura: “Estos libros enseñan a irse”. Pero ahí nomás se encarna en  él una pedagogía de la esperanza: “De pie la clase. Salgan. Vamos a seguir conociendo nuestro lugar”. La pedagogía del oprimido comienza por las cosas que lo rodean. Por eso los chicos salieron contentos: el maestro les iba enseñando todo lo que “por tenerlo cerca, no lo veían jamás”.

Esa es sin duda la fuerza del verdadero regionalismo. La región como núcleo dinámico, con personalidad diferenciada, ingrediente reactivo de la historia en marcha. Detrás de los nombres de las cosas no habla su significado cotidiano sino la tradición como comunicación y reflexión en el tiempo. A veces esta tradición calla (degradación, explotación) pero, a poco que se desamordacen sus posibles, comienza a desplegar su propia dialéctica. No incluye gramática alguna, son a veces nombres pelados pero cargados más que de ideas de murmullos, de la habladuría secreta (el logos palaiós) que los pueblos guardan en su corazón como expresión de un logos escondido y no colonizado que se ha refugiado en el corazón de los humildes. En ese sentido, las regiones son mónadas geoculturales, núcleos de energía que alimentan ciclos históricos, resurgimientos de lo que “está ahí” pero que los civilizados no alcanzan a percibir porque se encuentra fuera del alcance de la razón hegemónica.

El maestro había descubierto las raíces del desarraigo; que la cultura es, antes que nada, arraigo. Mientras soñaba con formas nuevas de desarrollo para la región, los chicos “permanecían en silencio a su lado, sintiendo en las almas que algo nuevo caía desde ese paisaje hecho de árboles, cerros coloridos y senderos vistos anteriormente, sin que nada les dijera”. Educar era así un primer movimiento de liberación, era acceder al apotegma lugoniano que buscaba “ojos mejores para ver la patria”. Ahora trepaban la cuesta juntando piedritas de colores, preguntando sobre hojas y frutas silvestres. Ahora todo tenía un nuevo significado y, sobre todo, historia. Y posibilidad de descubrir un distinto valor. Si miran con los ojos bien abiertos, hasta lo más insignificante ( o sea sin significado) enseña: las arañitas trabajan y los pajaritos mucho más. Emerge entonces la figura entrañable de uno de los personajes más logrados de la novela: “Pajarito”.

Este niño que amaba los pájaros, que conocía sus costumbres y sus trinos, que imitaba sus silbos y se transfiguraba con sus menores movimientos, era también el dueño de la antigua palabra. En su voz pone el autor un cuento oral tradicional. Dueño de su medio, el niño ya no tenía miedo de comunicarse con su maestro y el maestro quedaba subyugado por ese mundo nuevo que iba descubriendo en sus niños:

“En lo mejor del baile de los pajaritos, discutieron. Y se trenzaron. A cuchillo limpio jue. Dice l’agüela que saltaban di’aquí para allá y ninguno se podía tocar. Hasta q’en una d’esas se le jue con todo el Chingolo, pegó un refalón el “Pecho Colorau” y áhi nomás quedó. La Pititorra le contaba después al comisario: -Con el cuchillo le pegó…con el cuchillo le pegó… Y le imitaba el gorgeo apresurado del pajarito….-La agüela me contó. Ella sabe –añadía al finalizar, serenándose y quedando muy serio”

El maestro sentía, entonces, como si estuviera echando raíces: “ es que estaba tocando el verdadero país, ese que sonaba tan lindo para el oído y para el alma: Argentina.” Libres, los niños soltaban sus relatos, sus adivinanzas y coplas. El maestro aprendía lo que no pudieron agenciarle los libros de la escuela normal: la sabiduría ancestral del pueblo. “Qué comunión espiritual todavía sin corromper corría en las consejas, y dichos aprendidos a la orilla del fogón familiar”: los cuentos del zorro, las adivinanzas, las coplas. Todos rasgos y “resabios últimos” del alma nacional que “en el resto más civilizado del país, había sido borrada”.

Y como el ser maestro no era una profesión “para flojos y cobardes”, decide construir con sus propias manos, junto a los pocos que los seguían, la escuela que sustituiría la tapera indigna que había encontrado: cortaron adobes, aserraron y labraron varas; construyeron marcos y puertas para la casa que levantarían sobre un terreno donado. ¿Qué había descubierto el maestro? Nada menos que el trabajo solidario de la antigua comunidad criolla organizada: la minga. ¿Por qué no aparecía en los libros ese modo alegre, esfuerzo y fiesta a la vez, de la solidaridad?

“En una “minga” como las de los tiempos idos, donde entre la alegría y la confianza de no defraudarse, se alzaban las cosechas, así iba a finalizar la construcción que había soñado para su escuela, una casa coqueta, abrigada y con mucha luz, amparada por el viejo algarrobo en cuya vecindad pensaba levantarla”.

La confianza para el criollo es la base de la amistad y es la fuente de la alegría. Antonio Esteban Agüero, otro poeta puntano, también cantó la dulce democracia de la minga: “El trabajo en la Minga se vuelve como fiesta/ como reunión de gentes unidas por la danza;/ no la paga moneda de níquel ni banquero, / sino perfume y gloria de dulce Democracia (…) Nadie era el amo allí; todos eran obreros/ con la luz en el pecho del hombre solidario;/ nadie mordía el agrio rencor ni la amargura/ del que siente en el cuello dogal de proletario”. Digamos, entonces, que donde los libros no alcanzan, comenzó el aprendizaje de la Patria para este desvalido maestro rural.

 3.- Mis zapatos no tienen suela

             Hasta ahora hemos considerado un maestro envuelto en las contradicciones histórico-culturales de la comunidad rural. Pero la novela también desarrolla el drama individual del protagonista sumido en una sensación de fracaso, angustia y desolación. Acosado por los dueños del poder local (comisarios, patrones, matones políticos) y por la burocracia, sumido en la pobreza porque los aumentos nunca llegan, privado de todo estímulo y promoción en su carrera docente, sobrelleva años y años separado de su familia, lejos de su mujer y sus hijos que soportan situaciones de verdadera pobreza.     Desesperaba de su intento de levantar al vecindario al que, con mentalidad normalista, lo consideraba sumido sin remisión en la miseria, la esclavitud y el vicio. Desde hipótesis sarmientinas, seguía considerando que esa era una condición emergente de la ignorancia entendida como falta de alfabetización. Insistía indagando sobre nuevos recursos didácticos y psicológicos fatigando cuanto libro podía conseguir. Pero había incorporado nuevos saberes mediante la observación de sus educandos, las costumbres del vecindario, el aprovechamiento de todas las oportunidades que le ofrecía el lugar.          En consecuencia, había incorporado dos nuevos conceptos:  dar preeminencia a la enseñanza práctica para abrir oportunidades de mejores trabajos y, además, incorporar orientación hacia la belleza.  En efecto, hoy se sabe que alfabetización sin educación estética (de los sentimientos) aliena al educando dejando incubar en su identidad la mente del opresor; la belleza, en cambio, libera porque abre el corazón a los saberes y la masa de afectos que habla en la tradición. El maestro se sentía más seguro, pero desorientado: “Al sentirse más seguro en el manejo de sus recursos profesionales y sopesar el bagaje poco menos que nulo traído de la escuela normal, se sentía desorientado”. No se explicaba las fallas del sistema de preparación de docentes que arrojaba a los maestros a un rancho sin útiles:

“un simple hueco sombrío, como si no fuera más que un miserable refugio  para alimañas y no un lugar para develar importantes misterios, para acercarse a la belleza y a la bondad, para aprender a conocer y a gustar la vida, para orientar a cándidos niños hacia ese mundo maravilloso que el maestro les enseñaba a descubrir diariamente”.

La ausencia lo acosaba por todos lados, pero la más dolorosa era la de su mujer y sus hijos que lo esperaban y esperaban en la ciudad. Siempre preterido, desesperaba ya de conseguir un traslado. Las cartas de su mujer eran ocasión de alegría y tristeza a la vez. Su corazón era tironeado por el recuerdo de su hogar y Pisco-Yacú. ¿Qué hacían sus hijos a esas horas? ¿Estarían reunidos tomando sus tazas de leche o compartiendo el pan que él no podía disfrutar con ellos? Mirarían su lugar vacío en la cabecera de la mesa. Y lo asaltaban las ganas de verlos. ¿Y qué decir de Fernanda, su mujer, resignada a vivir lejos sin ningún reproche? Siempre se enteraba tarde de las enfermedades de sus hijos.

Por ahí pensaba que sus hijos mayores sentían vergüenza de verlo vestido con un viejo traje de confección, con esos zapatos urbanos que ahora le resultaban incómodos. A veces no podía comprar ropa a sus hijos. Siempre debía esperar el próximo sueldo. No dejaba de recordar, con dolor, la carta de su hijo menor: “Papa: ya mis zapatos no tienen suela. Yo le pongo cartones, pero cuando llueve me mojo lo mismo los pies”.

Dentro de la ambigüedad del maestro rural, resalta un episodio que nos permite situar históricamente las acciones de la novela. En efecto, en una de sus últimas visitas a la ciudad se encuentra metido en una extraña situación bélica. Se escuchan vivas lejanos “de Perón!” y estampidos de fusiles. Era la Revolución Libertadora. En un solo y único párrafo, el maestro reflexiona sobre la etapa peronista:

“Todo aquello había pasado. Lo que empezara siendo un sueño lleno de claridades y bonanzas, se esfumaba como un espejismo. Pero no podía negar que de aquel movimiento, había quedado algo muy positivo. La incorporación efectiva del pueblo a la vida cívica, el despertar de ese mismo pueblo del afán de luchar por una vida digna, la toma de conciencia del gran valor de su capacidad y fuerza para compartir la responsabilidad en la conducción del país, pueblo que ya no se iba a someter fácilmente al mando de los poderosos ni a todas las fuerzas emboscadas que habían vivido negándole toda posibilidad, que era negar las posibilidades de la Argentina auténtica, esa que construían sus callosas manos sin otro reconocimiento que el de tenerlos arrinconados en las orillas como repugnantes estorbos”.

Esta apertura mental del maestro normal se corresponde por otro lado con la pérdida de su vista corporal. Con sus ojos en penumbra debe regresar a la ciudad. Rodeado de la lealtad de los suyos: Pedro, su caballo “El Morito”, comenzó a desandar el camino, sueltas las riendas de la mula. No sabía bien si “un pájaro cantaba o lloraba”. El que sí  lloraba era su perro de simbólico nombre: el “Compañero”.

El mensaje último de la  novela es una apelación al Maestro de Galilea cuya palabras, resonando “por todo el mundo corrupto”, anuncian “la inminente y definitiva liberación del hombre”.

Bibliografía

AGÜERO, Antonio Esteban, 1972, Un hombre dice su pequeño país, Buenos Aires, Edit. Francisco A. Colombo

GODOY ROJO, Polo, 1990, Donde la Patria no alcanza, San Luis, Editorial Anello)

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comentarios
  1. Laura dice:

    Hola, muy bueno el artículo, quién lo escribió? Jorge Torres Roggero?

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  2. Un inteligente artículo que radiografía las desigualdades de esta Argentina tan grande, tan diversa y, por lo mismo, infinitamente rica en sus matices y contradicciónes.

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