En torno a Dióscuros de Eduardo Alberto Planas: los códigos secretos

Publicado: 26 abril, 2013 en Argentina, Ensayos, Literatura
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Nuestros  poetas  modernistas  rendían un culto especial al cisne. Durante mucho tiempo, se creyó que era un oprobioso recurso ornamental. En realidad, amantes de los misterios y los símbolos, Rubén Darío y su cofradía andaban en pos del rastro divino en la belleza de las criaturas y, sobre todo, en la “celeste carne de mujer”. Esta evocación me asalta mientras leo Dióscuros de Eduardo Alberto Planas.

La noche en que Zeus se unió a Leda en forma de cisne, cuenta una versión de la mitología griega, ella copuló también con Tindáreo, su marido humano. Del huevo depositado en la cumbre del Taigeto nacieron dos pares de gemelos: dos machos, dos hembras. ¿Cuáles eran divinos?, ¿cuáles solamente humanos? Lo cierto es que la más poderosa energía de la fuerza gémica parece haberse manifestado en Cástor y Pólux, dióscuros por antonomasia, llamados “hijos de Zeus” y habitantes del Zodíaco.

El destino de las mujeres fue más aciago. La belleza de Helena, su capacidad de amor, su felicidad, desató la envidia de los dioses, la crueldad de los hados. ¿Cómo no envidiar su larga y amorosa disputa con París sobre el nombre que debía llevar la hija? Su desenlace halagaría a un gaucho: lo jugaron a la taba, suerte criolla de origen griego, y ganó Helena.

Infinitamente más crueles fueron los hados con Clitemnestra: desoyendo al aedo Demódoco saboreó el adulterio mientras Agamenón luchaba en Troya, su hija Ifigenia fue sacrificada a los dioses, asesinó a su marido y fue inmolada por su hijo Orestes.

Pero volvamos a nuestros dióscuros varones: Cástor y Pólux. El recuerdo de sus hechos los presenta como héroes siempre dispuestos a librar las más extrañas batallas y expediciones. Con frecuencia liberan prisioneros, navegan por extraños mares con los Argonautas y participan en la cacería de Calidón, el monstruoso jabalí enviado de castigo por Artemis. Por supuesto, no fue infrecuente su protagonismo en raptos y saqueos.

Cástor y Pólux eran, entonces, dos combatientes   con todas las contradicciones del que se mete en el remolino de la historia, como diría Marechal, hasta la verija. Como todo militante, participan de la totalidad del mundo: su identidad comprende lo sagrado y también la más oscura densidad del ser. Quizás por eso Zeus permitió que permaneciesen entre los dioses en días alternos.

El simbolismo de los gemelos, tomado en su aspecto más general, se refiere a cierto dualismo. En efecto, uno manifiesta la porción eterna del hombre, y el otro su estado mortal. Suelen simbolizar, asimismo, principios contrapuestos: bien/mal, divino/mortal, blanco/negro, luz/tinieblas; pero también, más allá de todo maniqueísmo, manifiestan una fase profunda y necesaria en el proceso de las transformaciones cósmicas e históricas. Se trata del momento en que la pura fuerza creadora se escinde, se vuelve contradictoria y se dispersa en la multiplicidad: “con el número dos nace la pena”, amonestaba el soneto marechaliano a la divina sabiduría.

Pero dejemos ahora los avatares de los héroes gémicos y sus mitologías. Sólo recordemos que Géminis es, por un lado la naturaleza creadora (“natura naturans”); y, por el otro, la naturaleza creada (“natura naturata”). Según los cuentos tradicionales, esta condición se manifiesta en las transformaciones,  en lo proteico. Curiosamente, en los ritos medicinales, la energía gémica representa, a la vez, al enfermo y a la enfermedad.

Dióscuros de Eduardo Alberto Planas nos impele, desde el inicio, a transitar incesamente dos planos básicos de realidad. En efecto, sus poemas son, desde un punto de vista, una elegía por la muerte de José Luis, el hermano gemelo; pero, a la vez, una incursión en el tenebroso secreto del poeta. Ya Rimbaud, uno de “los raros” nimbados por Rubén Darío, planteaba que el poeta es un gran enfermo y, al mismo tiempo, un vidente.

            Dióscuros nos presenta un mundo de extrañamiento en el sentido cortazariano: la separación de los gemelos ha interrumpido el fluir de las contradicciones: “Dos partes de una misma cosa / ¿espejos? / dos caras de la moneda; anverso y reverso de la medalla / dos formas del mismo sentir, del pensar, / del padecer y de la misma alegría / también.”

De golpe se escinden cuerpos y almas, se reparten entre vida y muerte: ¿qué hay de vida en la carne doliente?, ¿qué de muerte en las vísceras en disolución?, ¿cómo son ahora las presencias, qué dicen los silencios?, ¿qué murmuran las apagadas voces de los adentros en que conviven las generaciones?: “Un dióscuro deambula / por la eternidad / en tanto el otro permanece aquí / a la espera / terrenal…”

En estos poemas, lo cotidiano se torna misterioso y el ser doble escindido, se individualiza en la mera existencia con un rostro afirmado en su propia personalidad; y con el otro ligado a la especie: “No sé si somos una alquimia de razas celestiales, / o simplemente hemos sido / arrojados a la existencia y deambulamos en ella / tratando de justificarla.”

Invencibles en su complementariedad, los dióscuros ponen en peligro el orden caduco. Por eso padecen persecución y llevan adelante batallas por la justicia, la libertad y la dignidad. ¿Será la imposición de una pena el reiterado deambular que traspasa el poemario?

Conocí a estos dioscuros, ahora convertidos en alimento poético, cuando eran dos niños enigmáticos en su similitud y en ciertas repeticiones de acciones y reacciones. Por eso concluyo bajándolos del zodíaco a un banco del Colegio Peña. Todavía me pregunto: ¿cuál de los dos era el que profería una magnífica disquisición histórica mientras el otro, baja la mirada, descifraba con modestia viejas escrituras grabadas en el pupitre?

El misterioso mundo de la poesía juega a veces entre las hojas dormidas de un cuaderno de apuntes dibujado por el aburrimiento porque, a lo mejor, la realidad “estaba en otra parte”.

 Jorge Torres Roggero

Lunes, 2013-04-01

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