Sobre la traición

Publicado: 13 febrero, 2016 en Ensayos

Por Jorge Torres Roggero

1.- ¡Pero, che!

Ciertos acontecimientos políticos recientes (escisiones, rupturas, cismas) y   los vistosos paralelismos resucitados por el  avispero mediático, me indujeron a frecuentar otra vez algunos textos de Jorge Luis Borges. Incógnitos noteros y astutos comentaristas entrevistan a burócratas políticos de uno y otro signo presurosos por conocer si ciertos tránsfugas (1.-“persona que abandona un partido o ideología y pasa a otro; 2.- “desertor, que pasa a incorporarse y servir al enemigo”) merecen o no el infamante título de traidor. El gran Georgie, ya sabremos por qué, reincide, en memorables textos, en el misterio insondable de la traición.

El que, en cierto modo, resume a todos, es el cuento corto (si se puede llamar cuento) “La trama”. Su misterioso fatalismo se desata cuando Julio César descubre entre sus asesinos a Junio Bruto, su protegido, “acaso su hijo y ya no se defiende”. Entonces exclama: “¡Tú también, hijo mío!”. Diecinueve siglos después, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice (“estas palabras hay que oírlas, no leerlas”): “¡Pero, che!”

Al margen del acierto de confiar al acento argentino la eficacia del reproche, Borges sostiene que “muere para que se repita una historia”. Ha tomado como modelo la traición a Julio César: existen ciertos paralelismos en la historia de la grandes traiciones que inducen a suponer “una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten”.  Pero también surge, tácita, otra inquietante repetición: el traidor es con frecuencia alguien en el que se ha depositado no sólo la más extrema confianza, sino un profundo afecto. La figura del amado Junio Bruto, el protegido; y del  “ahijado” (sabemos el valor de esa palabra en la cultura criolla) del incógnito gaucho, se repite profundizada en las intrincadas “Tres versiones de Judas”.

En efecto, Borges ahonda lo que él llama con frecuencia “alusiones” al misterio de la traición de Judas. No entraré en las disquisiciones teológicas recopiladas de la Enciclopedia Británica. Borges, por ese lado, sólo trata de  transportarnos al límite de las palabras. Me limitaré al texto evangélico aludido en el cuento y a las apariciones de Judas. Cuando los sumos sacerdotes, que temían a la plebe, deciden prender a Jesús con engaños y darle muerte, aparece el traidor: “Cuánto me dais, si os lo entrego”. Le prometieron treinta monedas de plata.

Tanta confianza tenía Jesús en el traidor, que era el encargado de administrar la bolsa común. De modo que, en aquella infausta noche, Judas se acercó a Jesús y le dijo: “¿Qué tal maestro?” Y lo besó. Pero Jesús le dijo: “Amigo, ¿a qué has venido?”.

“Tú también”, “pero, che”, “amigo”. Como dice el dicho, la historia se repite, los traidores surgen de entre los más próximos y los más beneficiados por el conductor de un grupo, sea un imperio, una comunidad de fieles o una montonera. Dejo a Borges, a Romano Guardini, a los teólogos ortodoxos y heterodoxos, la ardua tarea de resolver el misterio del sentido. Parece ser que no sólo responden a una trama secreta que no nos es dado desentrañar, sino también son hechos libres y necesarios. León Bloy, leído y admirado por Borges, sostiene, en El Invendible, que si bien Judas vendió a Jesús, sólo se ha cambiado en mal apóstol pero no ha dejado de ser un apóstol. Además, devolvió los treinta denarios. O sea que, al final, él juzgará a los que mueren sentados sobre sus rentas, a los adoradores del “dios-dinero”, porque todo hombre que se enriquece “vende a Cristo”. No se puede ser rico sin haber vendido el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero este tema nos llevaría al infinito mundo de los símbolos y a su energía viviente de la que algo diré más adelante.

Por ahora, León Bloy nos permite conjeturar que el tránsfuga puede, en cierto modo, reconfigurarse si devuelve el fruto de su traición: puede ser dinero, puede ser una banca en el parlamento cuyo dueño es el pueblo que lo votó para representarlo y sostener un determinado proyecto. Pero está claro que el traidor se une, de una manera u otra, al enemigo del pueblo y de la patria. ¿De qué gobernabilidad se puede hablar cuando se vilipendia al pueblo tratándolo de ñoqui, chatarra, grasa militante y, además, se lo reprime, se lo encarcela y se mutilan sus derechos? Se me ocurre que, en este punto, conviene pensar en la relación traición/patria.

2.- Tema del traidor y del héroe

En “Tema del traidor y del héroe”, Borges simula abrevar en la investigación que Ryan, bisnieto de un joven, bello y heroico asesinado, emprende para aclarar los motivos y el autor del crimen. La acción transcurre en “un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, la república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico”. Entre esos posibles lugares, siempre tumultuosos y periféricos, el elige por “comodidad narrativa” a Irlanda. También elige un segmento histórico: S.XIX. Kilpatrick, “un secreto y glorioso capitán de conspiradores”, pereció “la víspera de la rebelión victoriosa que había prometido y soñado”.

El país estaba maduro para la rebelión. Algo, sin embargo, fallaba: algún traidor había entre los conspiradores. Nolan, encargado de investigar, demuestra con pruebas irrefutables que el traidor era el mismo Kilpatrick que es condenado a muerte: “Este firmó su propia sentencia pero imploró que su castigo no perjudicara a la patria”. El plan fue que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido y así el traidor resultó “un instrumento para la emancipación de la patria”. El destino, a la vez que  lo redimía, lo perdía. Ryan, luego de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. ¿El libro dedicado a la gloria del héroe estaba previsto por la “secreta forma del tiempo”?

Pero existe otro cuento de Borges que alude a la traición y a la patria. ¿Qué puedo decir yo sobre “Historia del guerrero y la cautiva” que no esté prefigurado o dicho en el luminoso análisis de Arturo Jauretche sobre ese texto?

En la primera parte se narra la historia de Droctulft, “bárbaro que murió defendiendo a Roma”. Deslumbrado por la ciudad, por esa compleja maquinaria de fin ignorado pero en cuyo diseño adivina una inteligencia inmortal, sufre un brusco cambio. La revelación de la Ciudad lo ciega y lo renueva. Sabe que en ella valdrá menos que un perro, será el último y no la entenderá, pero la considera “más que sus dioses y que la fe jurada”. Abandona a los suyos y pelea por Ravena.

Borges conjetura que no fue un traidor, fue un “converso”. Pero uno, metido hasta la verija en el río del acontecer, no puede menos que acordarse de Davos, figura de la Ciudad, y enterrados en su nieve, a dos gringuitos afanados en entregar las armas y banderas de la patria al FMI, a las corporaciones, al capital concentrado, a los buitres, creyéndose  reintegrados y abiertos al mundo. Pero en fin, podrían ser alucinaciones populistas.

La segunda parte del cuento es autorreferencial. Borges va a recordar a su abuela inglesa cuando, residiendo en Junín, tuvo un encuentro insólito con “otra” inglesa. Era una cautiva, mujer de un capitanejo, acostumbrada a los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, “el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia”. La abuela la exhortó a no volver a la toldería, “juró ampararla, juró rescatar a sus  hijos”. Pero la “otra” contestó que era feliz y volvió, esa misma noche, al desierto.

Ambos, según Borges, fueron arrebatados por un ímpetu secreto, que “no hubieran sabido justificar”. ¿Son una sola historia como dice Borges? Jauretche la interpretó de otro modo en un texto famoso.

Pero queda un rabo por desollar. Podría uno preguntarse por qué la insistencia de Borges con la historia de las traiciones. ¿Tendrá algo que ver con la muerte dilemática de su abuelo, el coronel Francisco Borges?  Fue en la batalla de La Verde, en 1874.

Cuenta Eduardo Gutiérrez en Crónicas y siluetas militares que el coronel Borges se vio envuelto en un trágico dilema. Eligiera A, o eligiera B, estaba destinado a ser traidor. Gutiérrez lo ensalza como un hombre de palabra pero que quiso navegar por “la ancha avenida del medio”. En efecto, por un lado se compromete con el golpe fraguado por Mitre contra Sarmiento para que no asuma Avellaneda, pero, a la vez, promete al presidente Sarmiento que las tropas a su mando se mantendrán leales hasta el doce de octubre, fin de su mandato. Era una lealtad con fecha de vencimiento que no había tenido en cuenta nuestra tumultuosa historia: la revuelta estalla antes del 12 de octubre. Entonces, el coronel Borges entrega su aguerrido batallón de Infantería al presidente y se presenta solo en el cuartel de los sublevados. Desconsiderado por sus compañeros, “por lo que ellos se permitían llamar su traición”, carcomido por su ambigüedad medrosa, “concibe entonces la idea de hacerse matar”.

Dice Gutiérrez: “El coronel Borges, entonces, con la mirada empañada por una profunda expresión de pena y tristeza, avanzó seguido de dos o tres ayudantes (…) hasta donde el fuego era más violento y nutrido. Y avanzaba tranquilamente, con los brazos cruzados y la fisonomía iluminada por una expresión de melancólica bravura”. ¿Cómo no conjeturar entonces la tragedia que se desplaza entre la lealtad y la traición? Uno puede ser leal hasta la muerte o ser condenado a muerte moral o física por traidor. Borges imagina que su abuelo, coronel de infantería, va hacia la muerte a caballo: “avanza por el campo la blancura/ del caballo y el poncho”. Una licencia poética: ¿puede encubrir la traición? Según Borges, a veces la historia imita a la literatura.

3.- Pesados cardúmenes de cagones

Según los diccionarios, la palabra traición puede tener dos acepciones: 1.- “acción de ayudar al enemigo”; 2.- “acción de ser desleal o infiel”. De modo que el traidor es el que se pasa al “otro bando” o que no cumple con las “leyes de la fidelidad y del honor”.

Es bien conocido que, en Argentina, el único movimiento político que considera a la lealtad como una de las virtudes fundamentales del hombre es el peronismo. El hombre leal es aquel en que se puede confiar ciegamente. Por eso la lealtad es fundamental para el movimiento y comprende tanto las ideas como la acción. Dice Perón: “Para cualquier acción es necesario contar con la lealtad del compañero, porque el que no es leal es traidor y con los traidores no se puede ir a ninguna parte”.

Desde un punto vista político, la lealtad es condición “sine qua non” para lograr el éxito. Cada hombre necesita confiar en la lealtad del que está al lado. “La lealtad –postula Perón- es la base de la acción; lealtad del que dirige, lealtad del grupo hacia sus dirigentes. La lealtad no puede ser nunca condición a una sola punta” (24/07/1947).

Generalmente, los leales son desconocidos, no son mediáticos,  no están al servicio de intereses contrarios al pueblo. Si pregunto, ¿quién fue Atilio Renzi? Pocos sabrán responder. Pero Evita, desde el comienzo de la Fundación hasta el último día de su vida, contó con su ayuda. Compartió con él horas de júbilo y de renunciamientos.

Atilio Renzi fue sinónimo de lealtad. Lealtad que a muchos faltó en vida de Evita y, a muchos más, después de 1955. Tras el derrocamiento de Perón, soportó con estoicismo la cárcel y el descrédito. Las comisiones investigadoras se ensañaron con él y otros compañeros de la Fundación, pero, al final, la canalla debió reconocer su inocencia y la impecable administración de la obra inmortal de Evita. Entonces, se dedicaron a saquearla. Renzi mantuvo su humildad y sus convicciones hasta el último de sus días. Pienso en el compañero ex vicepresidente. Fue quien ideó e impulsó la medida más revolucionaria del gobierno, la que pegaba bajo la línea de flotación al capital concentrado: la estatización de las AFJP. Ello le valió el vilipendio, el descuartizamiento mediático, la persecución de jueces “perduélicos” al servicio de los enemigos de la patria, la desconfianza de los compañeros. Lo veo firme, junto al pueblo, esperando lo que le toque.

Perón considera, además, que las “caídas” sirven para purificar el Movimiento, para intensificarlo y extenderlo. Es en la dispersión cuando los malos e incapaces comienzan a alejarse y merodear entre los gorilas. En la derrota, la masa supera a los dirigentes. El que no se dé cuenta, está condenado irremisiblemente al fracaso. Siempre pensó que las organizaciones libres del pueblo tienen la fuerza del oleaje, tal vez lento, pero irresistible. Su fuerza es como una conmoción subterránea y, generalmente, no es advertida por los tecno-burócratas, incluidos lo que dicen profesar el campo popular. Ellos no advierten su origen ni su trascendencia. Pero el pueblo, tras el asombro y la atonía inicial, va construyendo desde abajo un estado de rebelión cuyos procedimientos serán, para propios y extraños, inéditos. Su comprensión y proyección escapa, por cierto, a la lectura de los traidores. En otras palabras, la política clásica se encuentra inhibida de acceder a su comprensión y proyección. Habrá que aprender a ver e interpretar un “pueblo empoderado”. ¿Cuál es la profundidad de ese  empoderamiento?

De a poco, sabremos si solo se trató de un pintoresco hecho político de marchas y banderas, o estamos ante un hecho histórico, es decir, no comprobable como realidad para la caterva de intelectuales, políticos y dirigentes gremiales.

¿Cómo puede haber dirigentes que hablan de pacificación, unidad y gobernabilidad, pero persiguen objetivos distintos al pueblo empoderado? Las soluciones definitivas no vendrán cediendo terreno ante la imposición del imperialismo internacional del dinero: ¿de qué unidad pueden hablar con los que se arrodillan en Davos ante los buitres internacionales, y consideran que eso es “estar en el mundo”? ¿Qué gobernabilidad es posible con quienes despiden a miles de empleados y obreros, entregan la energía y los transportes, reafirman los privilegios de los patrones y rebajan los salarios de los trabajadores?

Recuerdo al Padre Hernán Benítez. En una carta a Perón (1956), le contaba que “los gorilas pueden cambiar de camiseta pero patean siempre contra el arco del pueblo”. La carta parece escrita hoy, será por eso que no faltan quienes le tienen terror a la memoria. Benítez pone al descubierto a los oligarcas: “se quieren cobrar doce años de hegemonía popular”. Siguen los dictados del despecho y el individualismo capitalista. Quieren embaucar a todos con el cuento del tío de la inflación y acentúan la diferencia entre el salario y el costo de la vida.

Considera, en consecuencia, que ya está pasando el tiempo en que al pueblo se lo asustaba con palabras. Eso no quiere decir, comenta el cura, que, a veces, los que luchan,  “se mueven entre pesados cardúmenes de cagones”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba

10/02/16

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comentarios
  1. La memoria ardera dice:

    Excelente. Lo comparto plenamente….Otro patriota es GUILLERMO MORENO, demonizado, calificado de “maton”(?). No le perdonan que les dijo la verdad a Clarin por lo de papel prensa. Y tampoco que le haya ahorrado miles de dólares al país por el tema del Indec. Ahjora ni inde tenemos ja……..por un año dicen….y se quejaban de los indics y ahora sabemos la inflación real…que a todas luces superara la de los doce años…

    Hay un articulo de Rovelli y Beinstein que explica como esto es una verdadera aventura, casi un salto al vacio que todavía esta sostejido con saliva por los dueños del poder que apuestan a quedarse con los recursos naturales. dólares no van a venir a la producción, porque el capitalisdmo ha dejado de ser productivo hacer rato y solo vendrán -si vienen- a la especulación rentística financiera. Es un modelode rapiña y que la voracidad de las mismas clases dominantes provocaría una crisis wuizas mas abrupta y grave que la del 2001. Es una “lumpenburguesia” utilizando un termino marxista, una burguesía marginal y marginada de los grandes centros de poder, que esta dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de formar paee de la cola de la misma, a costa de la entrega y destrucción del país. Comodice usted profe, el pueblo hace su camino, lenta e inexorablemente, mas alla de los dirigentes del partido, porque el peronismo es un movimiento en marcado en un devenir histórico y además es un sentimiento. Contra eso no podrán…El pueblo , como siempre, indicara el camino, no hoy, no mañana, pero como el rio, tarde o temprano encuentra nuevamente su cauce. SALUDOS AFECTUOSOS.

    Enviado desde Correo de Windows

    De: CONFUSA PATRIA
    Enviado el: ‎sábado‎, ‎13‎ de ‎febrero‎ de ‎2016 ‎12‎:‎47‎ ‎p. m.
    Para: eduardoplanas2001@hotmail.com

    confusapatria posted: “Por Jorge Torres Roggero 1.- ¡Pero, che! Ciertos acontecimientos políticos recientes (escisiones, rupturas, cismas) y los vistosos paralelismos resucitados por el avispero mediático, me indujeron a frecuentar otra vez algunos textos de Jorge Luis Bor”

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