NO SOMOS EMPANADAS

Publicado: 25 marzo, 2016 en Ensayos

Por Jorge Torres Roggero

 RosasLos buitres carroñeros siempre anduvieron sobrevolando nuestra Patria. Muchas veces, a lo largo de la historia, se la creyeron. Pero la Patria no es una res moribunda entregada a los jotes. La Patria es un ser viviente, es un pueblo sobreviviente consciente de su eternidad y de su invencible dignidad. Recordemos uno de esos “episodios buitre”. Todos lo conocen. Sólo recordemos algunos detalles. Parece ahora. Es que los enemigos son los mismos. Tanto los de afuera, como los de adentro. Veamos lo que dicen los traidores y lo que refutan los leales. Recordar: ¿nos atrasa más de cien años o nos esclarece el presente?

En setiembre de 1845, aduciendo hostilidad hacia los extranje­ros residentes en la Confederación Argentina, con el propósito de protegerlos; y sobre todo, apoyados por la casa Lafone de Montevideo, por los exiliados argentinos y buscando la libre navegación de nuestros ríos interiores para no pagar impuestos aduaneros, para apoyar la independencia de Paraguay y promover la de Corrientes y Entre Ríos, Francia e Inglaterra decretan el bloqueo de nuestra patria.

Entre tanto, el “chacal de los tigres anglo-franceses”, Garibal­di, después de tomar Martín García, de apoderarse de la peque­ña flota allí apostada, saquea sin piedad las ciudades entrerrianas a lo largo de la costa del río Uruguay.

Es en vano que el cuerpo diplomático todo, incluida Francia, rebata las razones de los invasores. Los argentinos mismos desde Montevideo, desde Chile (Alberdi y Sarmiento) alientan la invasión de su patria en nombre, como tantas veces sucedió des­pués, de la civilización y la democracia. El Gral. Paz mismo, aconseja a sus aliados correntinos que dispensaran “las  mayores consideraciones a tan distinguidos huéspedes”, que le “suministren auxilios”, que había que “cooperar con ellos” (carta a Jorge Cardassi, jefe de la escuadra correntina).

Rosas decide no seguir pagando la deuda externa con Inglate­rra. En la legislatura se escuchan voces que dicen: “El bloqueo nos deja sin plata para pagar a los acreedores y los pocos recursos que hay  no pueden, no deben emplearse nada más que en salvar la patria y librar a nuestra tierra de unos enemigos que invocando la humanidad y la civilización sólo vienen a recolonizar a estos países”. “No son los principios, no son los hombres, los móviles: es nuestra tierra la que buscan”. “Dicen que no conquistan y lo que roban lo ponen a disposición de los vencidos de Montevideo” (los llamados proscriptos),”el gobier­nos de los prestamistas es cabalmente el que nos bloquea” “a­provechemos para promover el comercio interior de provincia a provincia”.

Y así, con honor y patriotismo”, el 20 de noviembre de 1845, después de hundir lanchones con piedras en el paso de la Ramada para evitar que se desviara la escuadra enemiga por otro brazo, obligándolos a pasar por Obligado, el Gral. Mansi­lla esperó a la escuadra anglo-francesa compuesta con once barcos de guerra, entre ellos tres vapores, armados con el armamento más moderno: 96 cañones. Entre ellos, los Peysar, ingleses, los primeros rayados que se empleaban en la guerra, cañones-obuses con balas de 80 libras, cohetes a la Congreves que nunca se habían usado en América. Todo el día debieron pelear, con todo su poder de fuego, para forzar el paso y no pudieron arriar la enseña patria porque cuando fueron a bus­carla la hallaron destrozada por el fuego de la metralla. Con grandes pérdidas de hombres y barcos averiados, con hostiga­miento constante de las caballerías criollas y los artilleros de Mansilla, Alzogaray y Thorne, con los “cañones volantes” que a lomo de caballo acosaban desde la costa a los invasores, durante un año trataron de entrar a nuestro territorio y siempre fueron rechazados.

Lo grave es que detrás de la flota venían 90 barcos mercantes norteamericanos, sardos, hamburgueses, dinamarqueses, gozosos de navegar el Paraná sin autorización, sin pagar derechos de aduanas, con una forzada aduana paralela. Ahí traían sus productos para competir con la producción de nuestras provin­cias, querían realizar lo que los ingleses no permitían allá en Canadá, en el Río San Lorenzo. Claro, éramos bárbaros, y ellos los abanderados de la razón y la democracia de prepo y de acuerdo a sus intereses. Muchos argentinos que hoy gozan del procerato y lucen estatua y mausoleos suntuosos estuvieron con el enemigo.

Pero San Martín sabía y lo dijo en carta Guido: “los interven­tores habrán visto…que los argentinos no son empanadas que se comen con sólo abrir la boca” y consideró que la resisten­cia opuesta al invasor: “en mi opinión es de tanta trascenden­cia como la de nuestra emancipación de España”.

Los mercaderes de la patria tuvieron su merecido, el Gral. Mansilla contaba como, después de la batalla del Quebracho: “Los muertos bajaban el río junto con tercios de yerba y petacas de tabaco”.

Ante tamaño heroísmo, fe en las propias fuerzas, confianza en el propio modo de ser, inteligencia y astucia para defender la tierra de los padres, el suelo de todas las generaciones, aún la de los mercenarios y traidores, sólo nos resta el grito antiguo ante el valor sin tasa: Gloria victis! (¡Gloria a los vencidos!) y guardar en nuestro corazón, vivo, el grito del Gral. Mansilla al cerrar el paso al invasor: “¡Viva la sobera­na  independencia nacional!”

Jorge Torres Roggero

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