Dos parábolas de Raúl Scalabrini Ortiz: “La manga de langostas” y “La chinche flaca”

Publicado: 18 diciembre, 2016 en Argentina, Crítica Literaria, Cultura Popular, Ensayos, Literatura Argentina, política, populismo, resistencia peronista, Revolución Libertadora, símbolos, Scalabrini Ortiz
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por Jorge Torres Roggero

1.- La manga de langostasscalabrini_cc

Releyendo a Scalabrini Ortiz, me invadieron ciertos recuerdos infantiles. El primero revive el alboroto que se armaba en el pueblo cuando el cielo se ponía negro hacia el norte. De allí, no podía venir lluvia; por lo tanto, eran langostas. Entonces se juntaban chapas, fuentones, latones, todo artefacto que produjera ruido y, cuando las primeras langostas asomaban, retumbaba el pueblo, se elevaban alaridos, se entonaban jaculatorias a San Benito para auyentar la plaga. Las langostas podían pasar de largo, posarse unas horas en nuestros frutales y hortalizas o pernoctar y, las más de las veces, dejar el paisaje pelado.

Y bien, en 1923, cuando tenía 25 años, Scalabrini Ortiz publicó La manga. En todos los libros de literatura se lo cataloga como un libro de cuentos. Lo dudo. Se parece más a un potpourri en que el joven autor expresa cierto desencuentro con el mundo, el aislamiento del individuo en la masa, la búsqueda de una salida de la soledad. Eso no impide reconocer la excelencia de  “Los Ogros”, un cuento que junto a “El potrillo roano” de Benito Lynch y “El Pato Ciego” de Alvaro Yunque, publicados por esos años, configuran una emblemática representación de los modos de disciplinar niños según la pedagogía de la oligarquía dominante. Veamos, entonces, el relato de Scalabrini Ortiz: lo que para nosotros era  una plaga, para él resultó ser el símbolo fundante de su pensamiento. Un vez más, la poética es adivinatoria y militante. En la sección titulada “Diálogos”, uno de los personajes narra:

“Vi, una vez, aparecer en el horizonte como una nube negra, una manga de langostas. A la distancia se distinguía nítidamente el rumbo definido de su marcha y el claro fin que las guiaba; iban al Sur, a las regiones agrícolas, en busca de cereales. La armonía y orden hacían avanzar al mismo tiempo el enorme conjunto, en una maravillosa comunidad de instintos. Pensé que si la humanidad trabajara con la misma disciplina, sus progresos serían más veloces. La manga, que venía a mi encuentro, destruyó mi impresión. Reinaba en su interior una desordenada confusión. Las langostas se detenían, desorientadas, volaban azotándose contra los obstáculos. Supuse, entonces, que la manga iba a detenerse. Pero siempre en confusión, las langostas fueron raleando, y al cabo de unas horas, las últimas rezagadas se fueron también. Y vi de nuevo, en el horizonte, alejarse la manga como una nube negra, avanzando indiferente a los obstáculos, sobre poniéndose al agotamiento individual. Y esa manga, que cruzó buscando la solución de los enormes problemas del hambre, me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad, por sobre todos lo intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales” (131).

Obsérvese  que el enorme conjunto (la manga, la masa) tiene un rumbo definido y un claro fin, pero los individuos fuera del conjunto se azotan contra los obstáculos, andan desorientados en una “desordenada confusión”. Sin embargo, al fin, la manga avanza, por sobre los agotamientos individuales, se aleja en el horizonte buscando la solución a los problemas del hambre. Y concluye, “me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad”.

Ahora bien, el primer texto del libro se titula “Los humildes”. Ellos constituyen la muchedumbre cuya presencia en el mundo fue, es y será. Siempre, la sudorosa muchedumbre “va por la mañana y vuelve por la tarde”. Esta idea se reitera: “Creo que un hombre es siempre el primero en dar forma a lo que flota en el ambiente, a lo que está en todas las conciencias, al producto paciente e ignorado de la humanidad entera, pero, por grande que sea, no la dirige nunca, es la masa lo que empuja; ella lo ha formado y ella lo guía”. (129). A esto se puede agregar:  “El instante más notorio del jardín, el de la florescencia, es el producto lento de las reproducciones celulares. Y la eclosión viene, amenaza siempre. Vendrá con nosotros o sin nosotros, pues somos elementos despreciables. La manga sigue su vuelo incansable. Hacemos de guías, ya nos cansaremos y otros nos pasarán, pero su avance no se detendrá.”

Estas ideas, que fueron perfilándose desde 1923, eclosionan después del 17 de octubre de 1945 cuando describió en un conocido texto de extremada belleza, la sorpresiva presencia de las masas trabajadoras  en la historia patria.

Ya en El hombre que está solo y espera (1931) presentía la fuerza humanizadora del conjunto. Un hombre sencillo, entre otros hombres, va caminando por la calle Corrientes. Tranquilo, de cultura escasa, de modales algos bruscos pero afables, cruza Florida, pasa Maipú, y entra a un café de la calle Esmeralda: “Allí está con un camarada en el fortín de la amistad (…) ya hay algo nuevo en ese amasijo informe de la amistad. Por primera vez, el hombre está junto al hombre”(115/116). Está solo, pero va camino a la muchedumbre. No falta mucho y la manga seguirá  su marcha “indiferente al agotamiento individual” (130/131).

Llegado a Política Británica en el Río de la Plata (1940), persiste en intuiciones cada vez más claras. Sostenía que las verdades individuales no obran en la dinámica social “si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”. ¿Acaso, el 24 de junio de 1931, en Noticias Gráficas no había sostenido que las rebeliones populares son expresión de la “conciencia del pueblo (que) sabe adónde va aunque lo ignore cada uno de individuos que lo componen”?

Por eso, ya en 1950, reafirma que “son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupenda. Casi siempre han aventajado a los gobernantes y quienes no la interroguen a diario, en vano  intentarán ganar ascendente en ella” (Latitud 34, 3/1/1950). Lo deslumbra una visión: el individuo sólo cobra sentido cuando descubre su razón de ser disolviéndose en la muchedumbre innúmera. Celebra la alegría de aceptar que apenas somos un “panadero”(una semilla voladora, un germen) caído, no en la existencia, sino en seno fecundo de la historia cuyo sujeto histórico real es el pueblo. Si, como sujetos aislados, andamos en confusa desorientación, como comunidad organizada seguimos la marcha “por sobre todos los intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales”.

 2.- La política de la chinche flaca

La relectura de Scalabrini Ortiz me transportó, asimismo, a otra evocación. En tiempos niños, todavía se usaban colchones de lana con sus pupos y bordes cosidos con agujas colchoneras, camas con “elásticos” de metal, catres de lona con dobleces clavados con tachuelas. Entonces, cada tanto, había que asolear camas y colchones. Luego, con agua hirviendo, se ahuyentaban y mataban las chinches invasoras. Decían, también, que en las camas de los hoteles baratos, las chinches torturaban viajeros y viajantes. Scalabrini Ortiz que, como agrimensor, recorrió el interior del país,  aprovechó la experiencia para auscultar qué pasa cuando la militancia es reemplazada por cargos y figuración. Sucedió siempre. Por eso él eligió la política de la chinche flaca. Sacada de los entresijos de la cultura popular, publicó esta parábola en la revista Qué, el 3 de junio de 1958:

“Ud habrá dormido en algunas de esas pocilgas que se llaman hoteles. Habrá luchado alguna noche contra las chinches y observado qué difícil es matar a uno de esos fastidiosos insectos cuando todavía no ha chupado sangre. Usted aprieta la chinche entre los dedos. La refriega y la chinche continúa como si le hubieran hecho una caricia. En cambio, si la chinche ha comido y tiene su panza hinchada, basta una pequeña presión para exterminarla. Bueno, yo sigo la política de la chinche flaca y por eso nada pueden contra mí, ni nada pueden hacer en mi favor. Para situarse en las líneas del magnetismo nuevo (enfrente de todas las jerarquías y los intereses predominantes) es indispensable estar limpio de ambiciones y de codicias. Por eso, quienes primero abrirán las sendas de los hechos nuevos serán los humildes, los desmunidos, los trabajadores. Para estar junto a ellos, latiendo al ritmo de su pulso, los que no somos naturalmente ni humildes, ni trabajadores, sólo tenemos una norma posible: la política de la chinche flaca.”

Hay épocas en que necesitamos chinches flacas y en que abundan las chinches “hinchadas”. Los que en el momento de las vacas gordas disfrutan cargos y prebendas simulando ser militantes, pero que, a la primera dificultad, se pasan de bando, traicionan, son fáciles presas de carpetazos, de aprietes, y andan buscando pretextos para aislarse de “la manga”. Agotados individualmente, no se animan a perderse en la poderosa “nube negra” que avanzará inexorablemente hacia su razón de ser. Son los “chupasangre”, los panza llena, y, ante las más pequeña presión, revientan, enchastran, son exterminados.

Scalabrini prefirió el desconocimiento y la pobreza por sobre el éxito y la riqueza:“¡Lo que me ha costado no hacerme rico! Desde rechazar incitaciones demoníacas, hasta enemistarme con medio mundo, recibir títulos de “raro”, “romántico”, yo tan luego que percibo a la Argentina como una realidad palpable al simple contacto de mi piel”. (Latitud 34, 03/01/1950).

En “Esperanza para una grandeza” (véase: Los ferrocarriles deben ser argentinos), refiriéndose a las multitudes del 17 de octubre, como viejo auscultador de “la manga”, dice: “Aquella era la expresión de una voluntad nacional cuya intensidad e íntima propensión quizá sólo alcanzaron a comprender los habituados a auscultar las más recogidas y sensibles latencias de los pueblos. Escuché las conversaciones de varios criollos y las arengas de los oradores improvisados. No encontré a nadie que se acordara de sus problemas personales. Eran hombres sin necesidades: inmunes al cansancio, al hambre y a la sed. Decían: Aquí comienza la revolución de los pueblos sometidos. Aquí se inicia la rebelión de los que estuvieron doblegados.”

Así fue, como tras la Revolución Libertadora, fue perdiendo uno a uno sus lugares de trabajo. Como en un dominó trágico, fueron cayendo uno a uno los diarios, periódicos y hojas partidarias que acogían sus colaboraciones. Primero fue El Líder, luego el El Federalista, le siguieron De Frente y, por fin,  El 45: “En enero de 1956 se cerró la última tribuna. Me quedé sin tener un solo lugar donde escribir”(Galasso, 154). Incólume, siguió a rajatablas “la política de la chince flaca”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

 Fuentes consultadas:

BARES, Enrique, 1961, Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo y espera, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

GALASSO, Norberto, 1998, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens Ediciones

SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

                                              ,1964, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1965, Los ferrocarriles deben ser argentinos, Buenos Aires, A.Peña Lillo Editor

                                              , 1973, La Manga, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, devociones para el hombre argentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

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