LAS INTERROGACIONES DEL POETA

Publicado: 30 octubre, 2017 en Ensayos

Por Jorge Torres Roggero

NUÑEZ, Ángel, 2017, Estancia. Epigramas, Posadas/Buenos Aires, Imprenta ideal.

ESTANCIAS. NÚÑEZ

Entre las preguntas que acosan al autor de Estancia. Epigramas en la específica segunda parte del libro, sobresale una, muy breve y última: “¿Es que acaso tiene alguna explicación la poesía?” Una posible respuesta: si tiene explicación, no sería poesía; si no tiene, carecen de sentido estas líneas.

Recurrimos, entonces, a otras preguntas. Por ejemplo, la del poema “Ars poetica” en que se nos avisa que las vivencias y lugares representados en el libro “ya no están”, “el tiempo los diluyó”, pero siguen presentes en el poema que resultaría así un especie de “lugartiempo”, una pura y extrema representación. Y, de nuevo, la acuciante pregunta: el salto a un registro cualitativo del lenguaje es una victoria sobre el diluyente tiempo o “¿es tan solo un sueño?, una especie de no-lugar de la memoria.

Ante la multiplicidad de respuestas sobrevinientes, todo inclina a considerar la poesía como un misterio. El misterio, ciertamente, no tiene explicación, no pertenece al orden estricto del significado, sino al del sentido. El misterio es inaprensible para la “razón frígida”, pero no es oscuro, es luminoso porque se abre a realidades múltiples y maravillosas: “¿qué quiere decirme el teru-tero?” Las lechuzas están calladas, pero miran “al universo/ con las preguntas de sus grandes ojos”.

Algo insólito ocurre en este breve poemario cuya clave es el “estar siendo”, la “línea blanca” del pensamiento mestizo, latente y latiente, de una niñez impregnada de naturaleza (elementales originarios: tierra, agua, fuego, aire); del galpón (hogar de la comunidad criolla siempre participante y contradictoria) y el caballo ( olor del cuero, de los arreos, del trabajo, o sea, del acto lleno de los imprevistos de “andar”: “Un recuerdo de los tres años/ el galpón/ con aroma a pasto/ y el olor del cuero/ del caballo o los arreos”; o, “esperando llegar a la estancia/ al galpón, el caballo y la marcha”.

El misterio ronda e ilumina este poemario: “Una línea blanca y lejana/ muy delgada/ y un mugido, como siempre, ¿señal acaso/ del misterio del campo?”

Cuando en un párrafo precedente aludí a la expresión “línea blanca” estaba, en realidad, marcando un figura clave de circula por todos los textos. Se supone, tal como se expresa en la contratapa, que los poemas expresan una “visión del mundo” a partir de recuerdos infantiles (el recuerdo es siempre una construcción imaginaria, una representación), de una “imago” surgida de “escenas en la antigua región “de ganados” de los jesuitas, en Garupá, en Santa Inés, en la estancia Núñez, provincia de Misiones”.

Parece sólo un índice geográfico, pero son nombres que retumban, sonidos, voces, saberes, marchas sin término, en que “las estrellas, el horizonte, los cerros/ la tierra respira/ dice su misterio.” La tierra habla, vive. La misteriosa “línea blanca” es la zona confusa de los recuerdos que se borronean en el adulto: niebla, rocío, hielo, zona en que “se diluye el presente”, o sea, comarca del “tiempo pleno”, lugar de tránsito o salida desde la dispersión en lo múltiple y transitorio. Es el paso al recuerdo de la unidad primera con la tierra, el agua, el fuego y el aire, con la vida tumultuosa y feliz del trabajo no como lucro, sino como “función”, como “movimiento de gentes y animales”, como cuerpos acompasados por el baile,  porque “la naturaleza tiene su ritmo”. Es la mirada sorprendida del chico cuando en Misiones llueve sin cesar: “Un día, ¿cuántos días/ en la galería/ viendo llover?/ Y el chico que mira/ sorprendido”. Comarca de aguas y ríos a donde se llega desde el aire en hidroavión, suelo para “caminar descalzo por el monte” o empantanarse en una tierra barrosa, entre los matorrales que bordean el arroyo, donde los carritos “dejan huellas hondas,/ imborrables”. Extrañas escrituras mudas, como las del fuego cuando aprieta la seca, las bestias se atropellan y la dirección del viento salva o amenaza. Todo habla en esta San Inés mítica, lugar numinoso, en que un niño lejano imagina y crea un mundo (imago mundi) que habla sin cesar y un adulto no cesa de preguntar. Vuelvo, entonces, a las preguntas que se corresponden con la forma epigramática elegida por el autor.

Los que compartieron “esta tierra” también compartirán el “campo santo”. Esa estancia de los Núñez es “esta tierra”. La de los que le dieron el nombre y también la de las cruces perdidas y sin nombres (“ estos peones y sus mujeres”). Lugar de pasar “estos empeños” para purificarse “¿de qué/ de cuál pecado?”.

El piso jesuita (también lejana “línea blanca”), cerca de un alambrado, guarda respuestas nunca oídas a las preguntas fundamentales: “con piedras se hace un paisaje/ y se construye una civilización”.

Por otra parte, la palabra bautiza “donde vivir y morir” y las aguas del río Uruguay bautizan una vida nueva del autor, Ángel Núñez, que cruza en lancha al exilio brasileño. Inefable modo de expresar la angustia del que debe abandonar sus pagos y acogerse a tierra ajena: “En otro idioma/ otro será tu nombre”. Pero también es un exiliado de la originaria “imago mundi” que ha venido construyendo. Por eso en la noche clara, llena de estrellas, se pregunta: “¿Y yo”.

Esta pregunta, sin duda, escarba en las profundidades tanto del sujeto histórico como del sujeto individual. Yo le llamaría un sujeto cuya totalidad dialogante incluye una respuesta que se resuelve en la simplicidad de la paradoja como expresión epigramática de lo inefable. Me refiero al título final: “Oración”.

No es casual que el poema esté dedicado a la investigadora y poeta misionera Olga Zamboni, de feliz memoria. En sus textos dialogaron siempre la razón y la fe; y sus indagaciones se dirigieron a escrutar los insondables saberes de la cultura popular.

El poema evoca la Navidad, “misterium magnum”, desde la práctica ritual de los pobres: “Adoración de peones y arrugadas/ sufridas mujeres/ que en este día del nacimiento esperan su hora de alabanza.”.

Es entreverarse de nuevo en un andar por “esta tierra”. Es, además, un acto comunitario. La procesión cruza el monte con el Niño en andas. Como una culebra, se desliza la hilera de celebrantes: va a nacer el Niño Dios, “lo besarán con devoción”, “agradecerán a la Virgen/ por el trabajo/ pidiendo por el bien de todas las familias/ de esta estancia.”

Podría continuar en la procesión andante de Estancia. Epigramas , ir y venir por los reprofundos de una “tierra que dice”. Los misteriosos caminos de una poesía que parte de la fe: poesía conjuro pidiendo el “bien”, y poesía como un don “de todas las familias/ de esta estancia”. Una poesía “in fieri”, haciéndose, “¿tiene alguna explicación?”

Ángel Núñez, iniciándonos en los misterios del “ser que vive”, nos introdujo en las vivencias del “ser que piensa”.

SOBRE ÁNGEL NÚÑEZ (1939)

Es un misionero de Santa Inés (…aunque nació en Buenos Aires). Hombre de letras de variado registro (ensayo, docencia universitaria), su poesía a lo largo de muchos años recorre “la restitución de un legado histórico para reconocer el hombre en toda su riqueza, su dolor, sus sueños, su rebelión, su júbilo y su fe” (B.Sarlo). Y en La construcción de la selva “abarca lo cosmológico y lo filosófico para comprensión del mundo e instalación en él” (J. Torres Roggero). Instalado en la ciudad de Sao Paulo, en el obligado exilio en Brasil o en la Provincia, nos dice que la poesía lo coloca “en un eje con polos a la tierra y el cielo, al Paraná y al mar, a la selva y a los caballos que galopan entre el pajonal” (presentación de Poemas fundamentales). Obra poética de Núñez: Nosotros Piedra (1972); Narraciones del destierro (1979,1984); Poemas de la búsqueda (1993,1998), Geografía de mi ansia y otros poemas  (1994); Poemas fundamentales (1996); Los versos del tiempo (2004,2009,2011); La construcción de la selva (2011,2012).

Datos tomados de la solapa del libro comentado. J.T.R.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 12/10/17

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