Sobre “gringuitos de la chacra” y guasitos del campo”. La razón mestiza como poder del pueblo.

Publicado: 19 diciembre, 2017 en Argentina, Cultura Popular, Ensayos, geocultura, Literatura Argentina
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por Jorge Torres RoggeroPIONEROS DE LA GLEBA

Aborigen, conquistador, inmigrante, todo aquel que “habita” vive la contradicción, en primer lugar, en su familia y su trabajo. Esto pensaba mientras recordaba un libro de lectura imprescindible. Me refiero a Mentalidades Argentinas (1860- 1930) de A. J. Pérez Amuchástegui. Aplica allí el método de las mentalidades para complejizar el papel de la oligarquía, del criollo y de la inmigración en nuestra historia. Precisa, con documentos y textos literarios,  cómo nuestra oligarquía paternalista tuvo siempre un trato campechano hacia las clases subalternas. Pero, eso sí, debía tenerse siempre en claro cuál era el lugar de la clase dominante y el de los “chinos”,  “guasitos del campo”  y “gringuitos de la chacra”.

Hacia finales del S.XIX y hasta comienzos del S.XX miles de piamonteses poblaron la pampa cordobesa y santafesina. Hacia 1880, los carreros gringos pasaban por el fortín Los Morteros en busca de agua para hombres y animales. Portaban algún Wertein con dos o tres proyectiles. A veces tropezaban con algunos indios, a veces no. En general, sólo se contemplaban cautelosos a la distancia. Los milicos del fortín, barbudos, rotosos, sin tabaco, canjeaban los artículos de los carreros por quesos de cabra.

Los gringos habían traído “su casa” en los baúles: telas de confección casera hiladas a mano, útiles de cocina, planchas de carbón. Enseres, en fin, signos mudos que estos rústicos “contadinos” ágrafos portaban en el registro milenario de su oralidad (Giurda: 1956, 53-87).

Pero las ropas que trajeron de Europa se fueron gastando y las madres, las esposas, las llenaron de remiendos. Entonces, ¿cómo evitar la burla tosca?: “Zuclun!”. Tuvieron que fabricar su calzado con arpilleras o armar suecos de sauce y cuero de animales. Eso sí, guardaron con cuidado sus viejos trajes piamonteses para engalanarse cuando la fiesta convocaba. Y con esos trajes, lo hombres sacaban a relucir viejos vicios: mascar tabaco (chica-cica), fumar con pito (pipa).

Como los antiguos sanavirones, buscaron cobijo transitorio bajo un algarrobo. A la sombra sagrada del “tacu”, se acurrucaron la mujer y los hijos, se arrinconaron los cachivaches. Sin río cerca, cavaron pozos profundos en busca de agua. Con “tepe”, tierra cortada en rectángulos como un adobe de champa, levantaron las paredes de su hogar y techaron con paja como antaño indios y españoles. Con el tiempo, accedieron a las chapas cinc. Desde entonces, todo lo pesado fue a parar a los techos para que los pamperos no los volaran.

Fabricaron bancos, mesas, roldanas, bateas para lavar ropa o leudar el pan, horquillas y palas de madera y hierro. Entregados a la práctica de tallar dichos enseres, duchos ya en el arte de sobrevivir, comenzaron, sin darse cuenta, a confundirse con el criollo. Aprendieron así a fabricar el bebedero para los animales ahuecando troncos, a levantar hornos para el pan, a construir camas de tientos y colchones de chala y paja. El peón criollo les enseñó a trenzar lazos, a formatear arneses, a delinear baldes volcadores de cuero, taleros y caronas.

Las culturas populares se topan y se fecundan en medio del remolino. La historia concreta, sin traductores letrados, entremezclaba el antiguo dialecto de los cátaros y el habla rural de los nativos. ¿Confusión de lenguas? Unos italianos que no hablan italiano y unos chuncanos que ignoran la lengua de escuelas y academias, se dejaban llevar por el sordo rumor del sentido, por la necesidad de sobrevivir en medio del campo. El piamontés: “Aprendió a montar el potro salvaje que el gaucho le entregó manso: a labrar la madera; destroncar montes, banderear la langosta; sembrar como el indio “a pata”; pelear la “saltona”; cercar con palo pique; trillar con yeguas – tarea muy distinta al “bati l’gran” de su lejano Piamonte” (Scaraffia: 1981, 53-55).

¿Qué hubiera sido de la famosa laboriosidad gringa sin el peón criollo? Según Bialet Massé (1968: 104-106), los colonos rusos de Entre Ríos vivían en un notable estado de atraso. Después de veinte años habitaban en cuevas que los criollos habían bautizado: “Las Vizcacheras” (p.116). No sabían labrar la tierra. Apenas la arañaban y por eso perdían las cosechas. Agrega Bialet Massé: “Cuando yo he comparado el modo de ser de estos colonos con el de los indios, no he podido menos que sentirme molesto por la injusticia humana, porque entre unos y otros, en verdad, no hay punto de comparación ni en inteligencia, ni en fuerza, ni en moralidad; la superioridad del mocoví se impone, pero no se la toma en cuenta” (Bialet Massé, 116).

Bialet Massé parece referirse al esfuerzo que, desde la más extrema pobreza, realizaban los colonos judíos. Venían huyendo de los pogroms. Y en su intento, por cierto, logrado, de “habitar el suelo argentino” (exigencia impaciente de Sarmiento) generaron bellas historias verdaderas que enriquecen nuestra cultura y nuestras letras.

Tampoco resultó propicia, en sus inicios, la pampa santafesina. Provistos de “arados, semillas y todos los menesteres para su establecimiento” los gringos vieron fracasar la primera y segunda siembra. Desalentados, desertaron de la colonia “La Esperanza” y se trasladaron a Santa Fe. Allí fueron acogidos por algunas familias de “paisanos” ya afincados en el país. El gobernador Crespo (1858) estudió las causas del fracaso y su investigación deparó sorprendentes emergencias: “…se vio que los colonos no sabían ni arar, ni sembrar, ni segar, ni trillar; el defecto no estaba, pues, en el suelo, ni en el clima, sino en la ignorancia técnica del colono. A vueltas de buscar remedio, y después de un tercer fracaso, cuando los colonos se negaban a volver, se buscaron agricultores criollos y los colonos volvieron acompañados de un criollo para cada familia. El éxito fue completo; la cosecha espléndida obtenida demostró la posibilidad y los pingües rendimientos que la colonización ofrecía” (Bialet Massé: 104).

Los habitantes, los arraigados al suelo, convivieron con los que querían habitar. Y así los colonos, al fin, se ataron al suelo. Difícil imaginar o percibir estos aspectos de la realidad. La actividad de la vida supone la diversidad y la confusión. No se construye con fenotipos sino con genotipos. No con los significados visibles (siempre pasivos y pasados), sino con los significantes ocultos (activos y abiertos al futuro). Son los requechos que pugnan por incorporarse, y, desde las estructuras profundas, acosan sin cesar a las construcciones llamadas “mundo real” o “realidad histórica”. El “exceso de vida” del que alguna vez habló Sarmiento, es una estructura profunda, concreta y presente. La “vida secreta de los pueblos” (expresión también sarmientina) es ciruja; reorganiza y construye con todo lo que encuentra: desechos de soga, maderas carcomidas, cartones enmohecidos, todo es aprovechado para construir formas de poder, modos de añadir sentidos, o sea significados y orientación, a la realidad. Es cierto que los discursos de poder los invisibilizan, los excluyen y lo dan por no existentes.

Sin embargo, desde su precariedad, el pueblo insiste, llegado el momento y en el lugar justo, en repetir antiguos rituales, en albergar secretas rebeldías. Un día, en las colonias piamontesas del noreste cordobés volvió a relatarse en las cocinas y en los boliches la vieja historia del gaucho malo. No eran Andresito Cachilchilín, indio cimarrón, ni Juan Moreira, ni Hormiga Negra, se trataba ahora de Lino Racca, gaucho piamontés, nuevo habitante de la región del Tiyú, viejo pago sanavirón. Según los díceres de la región el nuevo cimarrón era: “…ladrón de caballos, cuchillero, matón, prepotente, desafiador en los boliches, peleador por razones políticas (…) Se trataba de un individuo de buen físico, diestro en el manejo de las armas y bravucón” (Giurda: 67).

Como los antiguos gauchos cantores publicaba sus hazañas a viva voz; ostentaba con orgullo las cicatrices recibidas de las policías bravas de la época y se deslizaba como pez en el agua entre vecinos cómplices: “viviendo a veces herido en los maizales, italiano de origen, adquirió todas las costumbres gauchas, especialmente la de los gauchos alzados de la época de la patria” (Giurda: 67).

Estos relatos solo atestiguan que, haciendo pie en la mezcla de lenguas, la actividad de la vida proseguía su lenta y persistente labor. Llegó así el día en que los peones criollos comenzaron a hablar piamontés mejor que los hijos de inmigrantes y aprendieron a cantar en la nueva lengua y a “comer bagna cauda”. Estas relaciones no eliminaron, por supuesto, el conflicto: sucedió al fin que las hijas del gringo se enamoraron del fuin (sobrenombre infamante traducido generosamente como “negro”). Nació así la fama de racistas de los piamonteses perdidos en la pampa, confundidos con vendedores ambulantes árabes que luego habitarán los pueblos como comerciantes y prevenidos ante la llegada de los circos nómades de los gitanos, milenarios herreros fabricantes de sartenes.

Mientras las chatas descargaban bolsas de trigo en el galpón del ferrocarril, el coro de los abuelos atronaba la cantina y el pueblo con canciones milenarias y estruendosas carcajadas. Deglutían en mesas grasientas ravioles y agnolotis que mezclaban sus olores con empanada y asado.

Por fin, la fiesta como coronación de la vida. En los bailes mezclaron sus compases la “currenta” piamontesa y los pasodobles españoles con rancheras, tangos y danzas nativas. Los cuerpos entremezclados comenzaron a tramar una historia todavía sin escritura y se transmutaron en signos vivientes de lo no-dicho y no-escrito, de lo sin-lugar en academias y universidades.

Pero la confusión también gesta la tristeza. Los hijos de gringo que poblaron universidades, una vez con el título bajo el brazo, sintieron vergüenza del abuelo chacarero, de sus alpargatas barrosas, de sus bombachas batarazas, de su faja negra, de su camiseta transpirada, del tabaco barato de su pipa. Escondiendo su estirpe de pioneros tras la placa de bronce del profesional, dejaron de contemplar el horizonte de la mirada lejana de los ojos del viejo inmigrante. El conoció cantineros que esquilmaban a los borrachos entregados al juego de azar y los envenenaban con bebidas falsas y nocivas: “Se dice de moscatos hechos con yerbas, de cañas falsificadas con tabaco, de grapas con ruda, de vinos con nueces moscadas, pimienta y diversos brebajes (…) Hubo quienes, rejuntaban los sobrantes de vino (de copas y botellas) para después volverlos a vender” (Giurda: 84).

Por cierto, quienes escribían esas historias sórdidas también habían venido a habitar el suelo argentino, también trabajaban de argentinos. A cambio, tenían que soportar a los políticos que se apropiaban del patio y lo usaban de comité. Lugar de reunión que el dueño no podía negarle a pesar de que sabía que se iban a ir sin pagar. Entonces, ¿por qué no cambiar los contenidos de las botellas o servir vinos dulces ordinarios en envase de Cinzano? (Giurda: 84-85).

Tumultuosamente, el pueblo se apropia de las más disímiles tradiciones culturales, las incorpora a la memoria de sus cuerpos vivientes y deja que la vida replete de deseos (utópicos, simbólicos, festivos) la cotidianeidad. La confusión, la mezcla cultural, el mestizaje y sus matices diferenciales desocultan la matriz de las rebeliones sociales y desnudan la hipocresía ideológica de las oligarquías y su séquito letrado.

La risa plebeya persiste, desgasta y hunde en el olvido todas las formas de represión. Las armas de la confusión no son los artefactos tecnológicos sino el derroche orgiástico de la fiesta. El remedo, la burla, la risa siempre inquietaron al opresor porque nacen de experiencias móviles, desconcertantes, ambiguas; de realidades fugaces que siempre escapan del método exacto, del razonamiento riguroso. Desde el fondo de la historia, las multitudes avanzan, hablan “entre dientes” como el río de Tejeda y siempre “a espaldas” de los discursos de poder. Sin rostro, sin nombre, los pobres, incultos, iletrados, ignotos, flacos, abyectos, son objeto de irrisión y materia de execración de la “barbarie ilustrada”. Sucedió, sucede y sucederá, antes y después de la conquista y colonización españolas, antes, durante y después de la emancipación. Lugar del mestizaje y acto continuo del suceder, la realidad se presenta como algo “móvil, inaprensible, inestable e incontrolable” (Gruzinski: 1999):“Fenómenos sociales y políticos, los mestizajes involucran de hecho un número tan grande de variables que confunden el juego habitual de los poderes y de las traducciones y se deslizan entre las manos del historiador que los busca y son menospreciados por el antropólogo amante de los arcaísmos, de las “sociedades frías” o de las tradiciones auténticas (…). Los mestizajes nunca son una panacea, expresan combates en que jamás se ha vencido y que siempre vuelven a empezar. Pero proporcionan el privilegio de pertenecer a muchos mundos en una sola vida” (Gruzinski, 1999, 301, ss.).

Para la otra razón, “la razón mestiza”, cada lengua cuenta y canta a su manera. Sus entonaciones mezclan y profieren gesticulaciones, danzas, tinkus. Discurre una operación de cuerpos sígnicos que hablan sin cesar y, en el aliento significante, se abrazan y procrean.

Cuenta Silvia C. de Fairman (2000, 17) que, cierta vez, se originó en la colonia una tremenda discusión entre dos viejitos judíos que sólo sabían hablar idish. Como ninguno de los dos daba el brazo a torcer, se encomendó al rabino, sabio y justo, que dirimiera la contienda. Debía resolver cuál era la correcta pronunciación en castellano del nombre de un pueblo cercano: Las Moscas. “Mientras un viejo porfiaba con el eco de sus seguidores que se decía “Vas Mosks”, el otro y su banda insistía en que debía pronunciarse “Vos Mosks”. No sé a quién habrá dado la razón el rabino que, por más sabio y justo que fuera, si no sabía hablar castellano correctamente, no estaba capacitado para hablar como juez; pero juro que es una historia real.”

Desde la confusión de lenguas, un pueblo ancestral, experto en sortear persecusiones y padecer pogroms, realizaba la secreta tarea de habitar los nombres que susurraban “entre dientes” en el nuevo hogar. La forma estructural de las cosas, su realidad profunda, ofrecía, en un perdido pueblo entrerriano, una cognoscibilidad que los discursos de poder no tienen en cuenta y no se atreven a mirar de frente. El núcleo enunciativo del discurso hegemónico carece de instrumentos para formalizar lo innombrable (Kusch). Sufre, por lo tanto, el asedio de la confusión, del estado babilónico, final de la historia que predica la intraducibilidad de las “cuencas semánticas”: las raíces de las cosas se resisten a morir y preservan en lo profundo la “ecología semántica” de los pueblos que persisten en renacer. Scalabrini Ortiz sostenía que somos un pueblo “multígeno”, es decir, llamado a una fecunda universalidad.

La fiesta, confusa patria de la plebe, se desquita de la monotonía de los trabajos y los días, de las penas de la vida. En medio de ese remolino, los pueblos establecen el dominio sobre las cosas. La licencia que sobreviene es una experiencia primaria de libertad y, al mismo tiempo, delimita las fronteras de la libertad mediante la repetición de los ritos de pertenencia.

La confusión desata la fuerza genética de los pueblos y del cosmos. En la fiesta de San Juan se queman Judas como denuncia de lo demoníaco y como conjuro. Pero esos Judas suelen representar políticos, patrones, obispos, personajes odiados por el pueblo.

Porque la confusa patria, a veces, desencadena sus significantes ocultos, los pueblos rompen los encantos y demuelen los laberintos. Ha sucedido en la historia argentina. Es bueno estar a la espera. Si, de pronto, emergiera el griterío espantoso como un contradiscurso vociferado por el vacío y las profundidades, no sería extraño que el pueblo haya visto llegada la hora de hacer “tronar el escarmiento”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 17/12/2017

Fuentes:

Bialet Massé, Juan,1968, 1ª. Ed. 1904, El Estado de las Clases Obreras Argentinas a Comienzos de Siglo, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba. Prólogo y notas Luis A. Despontin

Fairman, Silvia de, 2000, Mate y samovar, Buenos Aires, Lumen

Giurda, Ilmar José, Brossino, Francisco Luis (dibujos), 1986, Fieul Ed Granduja Arvista Piemontesa, Storia, Lenga, Nota. Vita dij Piamontéis an Argentin-a- Anidótich colonial, San Francisco, Córdoba, Mimeo.

Grunzinski, Serge, 1999, La pensé métisse, París, Fujard (Citado por Burucúa, José Emilio, 2011, Corderos y elefantes, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores/ Universidad de Buenos Aires.

Pérez Amuchástegui, A.J, 1965, Mentalidades Argentinas (1860-1930), Buenos Aires, Eudeba

Scarafía, Avelino S., 1982, Pioneros de la gleba, Córdoba, Edición del Autor, con grabados de Miguel Pablo Borgarello

Recomiendo leer, en Confusa Patria, el capítulo titulado “Persistencias: la cultura popular barroca”. Los invito, asimismo, con un sencillo poema de Avelino S. Scarafía, de Pioneros de la Gleba. Era docente de taller en una escuela técnica y entrañable compañero. Conservaba viva la tradición “colonial” piamontesa. Colonial, colonia, tenían un significado profundo y familiar  para este oriundo de Josefina, Santa Fe.

LA SÛ PÊR LE MONTAGNE

(Mamma mia dammi centro lire

que in America voglio andar…)

Tiende la navidad su manto níveo

en las laderas fértiles alpinas;

resuena el pan anual con la maseta;

se impacienta el pañuelo con las liras.

Vituallas regateadas en la mesa;

calor de establo; vaho de estrecheces;

castañas que se aroman en el horno;

dorados sueños de lejanas mieses.

(…cento lire e le scarpette

ma in America no, no, no.…)

A cara o cruz se juegan los silencios;

el barco, tentador se balancea;

más al sur y al poniente ya amanece;

hay rostros duros en la larga mesa.

(Sento il fischio del vappore

la partenza del mio amore…)

Nogales y castañas reverberan

nostalgias infantiles de deshielos…

Villa Falletto se ha quedado triste;

L’Orione, con su carga, ya está lejos…

(…la partenza del mio amore

chi sa quando ritornerá…)

Avelino S. Scarafía

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