El estiércol del diablo

Publicado: 13 marzo, 2018 en Ensayos

(Texto tomado de mi libro Ultimas Noticias sobre el Anticristo. Manuel Lacunza y el Papa Francisco, dos jesuitas llegados del fin del mundo”)

Por Jorge Torres RoggeroTapa.jpg

El 9 de julio de 2015, el Papa Francisco pronunció un extenso discurso en el encuentro con los movimientos populares de Bolivia. De nuevo insistió, en línea con Pablo VI, en su denuncia contra la idolatría del dinero. Si en la época de Manuel Lacunza, el jesuita chileno que concibió al Anticristo como un “sistema” a finales del S. XVIII, el cuerpo moral anticrístico rindió culto a la diosa razón, en el S.XXI se acentúa cada vez más la robotización del hombre y la imposición de la dictadura del mercado. En sus altares, como un nuevo Moloch, son sacrificados pueblos enteros mediante la guerra, las dictaduras genocidas, los golpes blandos, el consumismo extremo y la exclusión que se propagan, tomando siempre determinadas formas como las cabezas de la bestia apocalíptica. Se opera por la fuerza o por el engaño. Puede ser el ataque de “choque” que el poder económico mundial concentrado realiza en todo el planeta. Es un poder global que somete todas las diferencias, convierte al hombre en tabula rasa y provoca el vaciamiento de culturas ancestrales ligadas a la dignidad humana y a la conservación del planeta. También, mediante la seducción y la mentira se infiltra hasta en las finanzas de la Iglesia.

En el discurso de Santa Cruz, el Papa advierte cómo “se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje”: “Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba “el estiércol del diablo”. La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina a la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común”.

Este sometimiento de los pueblos con la consiguiente esclavización del hombre está ligado, según el Papa, “a la concentración monopólica de los medios de comunicación social”. Mediante los mismos se imponen “pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural”. Esa cultura del mercado es una nueva forma de colonialismo. Citando a los Obispos de África insiste en denunciar el colonialismo ideológico que “pretende convertir a los países pobres en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco”. Pero esta cuestión no sólo aqueja a los países pobres. En mayo de 2015, al recibir a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana, los invita a una sensibilidad eclesial que, “como buenos pastores, nos hace salir hacia el pueblo de Dios para defenderlo de la colonización ideológica que le quitan su identidad y su dignidad humana”. Ahora bien, sensibilidad eclesial quiere decir “apropiarse de los mismos sentimientos de Cristo”. Es una invitación a no adorar al dios dinero, estiércol del diablo y figura actual del Anticristo. Y también a amparar la grey de los lobos. El jesuita Manuel Lacunza, en La venida del Mesías en gloria y majestad (texto publicado por Manuel Belgrano en 1816), decía que “el cuerpo moral anticrístico”, el hombre de pecado que tiene su “raíz y fundamento” en una “grande multitud de verdaderos apóstatas”, querrá disponer del Templum Dei, el Cuerpo Místico, “ya alterando, ya mezclando, ya mudando, ya confundiendo lo más sagrado con lo profano, la luz con las tinieblas, a Cristo y a Belial”.

Es como si el tiempo y los sucesos mismos empezasen a abrir el sentido y a alumbrar la oscuridad: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro” (“tanquam lucernae in caliginoso loco”, 2Pe1, 19). El Papa Francisco insiste en sus discursos en el rechazo a la adoración del dios dinero y, como consecuencia de esto, al saqueo y devastación de la casa común por intereses que son globales, pero no universales.

El Papa repite constantemente su caracterización de la forma actual del anticristo como una apostasía. En el origen de la crisis financiera, por ejemplo, ve una profunda crisis antropológica: “Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y un objetivo verdaderamente humano.” El hombre es reducido a una sola de sus necesidades: el consumo. Peor todavía, se lo considera “un bien de consumo que se puede usar y tirar”. Mientras unos pocos acumulan las ganancias, las mayorías son excluidas del banquete financiero. Se han impuesto “la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. Mientras, se niega “el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (16/05/13). Lo tremendo de esta tribulación, es que “hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos del beneficio y del consumo: es la cultura del descarte”. El Papa asegura que, si se descompone un computer, tenemos una tragedia. Pero la pobreza y el drama de millones de persona “acaba por entrar en la normalidad”. Esta normalidad implica que, si “algunas personas sin techo mueren de frío en la calle, no es noticia”. Por lo contrario, una caída de diez puntos en las bolsas es reputada tragedia: será un día negro. Sin embargo, las personas son descartadas como residuos (05/06/13).

Podríamos continuar ad infinitum las denuncias del Santo Padre sobre cuál es la forma actual de ese cuerpo moral que, según Manuel Lacunza, es el Anticristo: no un individuo, un sistema. Ese sistema, en la etapa actual, de denomina “neoliberalismo” y está forcejeando con aparente éxito por reemplazar al Espíritu Santo por el spíritus iniquitatis en el Cuerpo Místico de Cristo, por sentarse “ostendens se tanquam sit Deus” en el Templum Dei que somos todos los redimidos como comunidad de los santos. El Papa Francisco advierte:

“Dios ha querido que en el centro del mundo no haya un ídolo, sino que esté el hombre, el hombre y la mujer, que saquen adelante con su propio trabajo, el mundo. Pero ahora, en este sistema sin ética, en el centro hay un ídolo y el mundo se ha vuelto idólatra de este “dios-dinero”. Manda el dinero. Manda el dinero. Mandan todas estas cosas que le sirven a él, a este ídolo. ¿Y qué ocurre? Para defender a este ídolo se amontonan todos en el centro y caen los extremos, caen los ancianos porque en este mundo no hay sitio para ellos”

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible (Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina), expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.   Leopoldo Marechal imagina un personaje, Colofón, que es una prefiguración de este “hombre final”: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.” (Marechal, 1965, El banquete de Severo Arcángelo). Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. (…) Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecno económico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano «acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado». Tal paradigma hace creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero”.

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. El llamado de Francisco a los jóvenes con la consigna “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión el misterioso poder del espíritu que desata o deshace a Jesús.: “y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, que ahora ya está en el mundo” (1Jn 4,3). Misterioso texto de San Juan que insiste en la función salvífica de la humanidad de Jesús, carne y sangre (I Jn 4,2-5,6).

 

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