Archivos de la categoría ‘cristianismo práctico’

por Jorge Torres Roggero

Imagen (49)

Escribir una leyenda

1.- Acerca de los números

Allí están los números. ¿ Qué nos dicen? Milenarias tradiciones hablan y polemizan en cada uno de ellos. Veamos sólo dos aspectos. Desde un punto de vista médico, su valor es predominantemente cuantitativo. La cuarentena, que connota 40, describe “el aislamiento de personas o animales durante un período de tiempo no específico como método para evitar o limitar el riesgo de que se extienda una enfermedad o una plaga”. En la Biblia, por otra parte, se repiten distintos números con diversos significados. El 40 puede ser un precepto: la parturienta permanece aislada cuarenta días durante el puerperio. ¿Susurra como habladuría oculta esa “razón religiosa” en la actual licencia por maternidad? Entre los griegos, el banquete fúnebre tenía lugar cuarenta días después de la defunción. Ahora bien, el aislamiento no necesariamente es de cuarenta días, en ese sentido cuarentena significa “lapso”, duración. Depende de las emergencias y las culturas.

En realidad, el nombre cuarentena y su asociación a un número es una herencia del SXIV cuando Venecia decretó cuarenta días de aislamiento para enfrentar la “peste negra” que despobló a Europa. Según está acepción el número es unidimensional. Parece ofrecer un sentido unívoco. Pero no debemos descartar un sentido simbólico. La Edad Media estaba fuertemente marcada por la cosmovisión judeocristiana. Ahora bien, cuando el número, en este caso el 40, es símbolo, mejor      hablar de plurisemia, de un haz de sentidos que, a veces, hasta pueden ser contradictorios.

Veamos algunas presencias simbólicas del 40 a las que puede dar lugar la lectura bíblica. En la historia sacra, la cuarentena es un tiempo penitencial, pero también liberador. En la tradición judeocristiana, el 40 es el número de la prueba, del ayuno y del aislamiento. Para San Agustín, el 40 era el número del peregrinaje en este mundo y, también, del tiempo de la “espera”.

La primera cuarentena bíblica aparece en la historia de Noé y el diluvio. Se abrieron las compuertas del cielo y las cataratas de las aguas de “arriba” se desplomaron durante ciento cincuenta días sobre la tierra que estaba “corrompida y llena de crímenes”. El pueblo había renunciado al servicio de la justicia  y de la vida. Cuando cesó la lluvia,  ocurrió la primera cuarentena: “Pasados los cuarenta días Noé abrió la ventana que había hecho en el arca, y soltó el cuervo que voló de un lado a otro hasta que se secó el agua de la tierra”(Gén. 8,6). El  pájaro carroñero, símbolo de la muerte, nunca regresó. Entonces Noé soltó la paloma, símbolo benéfico, que regresó con una ramita de olivo en el pico.

La segunda cuarentena, ocurrió cuando Moisés “se adentró en la nube y subió al monte y estuvo allí cuarenta días” (Ex. 24,18). Como Moisés tardaba en regresar con la palabra del Altísimo ( Ex.32), los hombres, furiosos porque querían volver a la “normalidad” y sin un dios propio, es decir, humano, obligaron a sus mujeres y sus hijas a entregar sus pendientes y fabricaron el ternero de oro. Le ofrecieron, entonces, holocaustos y sacrificios de comunión. Luego el pueblo se sentó a comer y beber, “y después se levantó a danzar” delante del “dios oro”.

Los cuarenta días no fueron, por lo tanto, un tiempo de espera y lealtad. Eso desató la ira de Moisés que rompió las tablas de la ley, destruyó el becerro de oro, lo incineró y le hizo beber a la multitud rebelde sus cenizas mezcladas con agua. Es que la fidelidad al Dios de la liberación y de la vida, exigía un rechazo radical a todo lo que se oponía al plan divino. En este caso, el proyecto común de una tribu errante y pobre para convertirse en un pueblo santo y justo. Cuando se camina detrás de otros dioses, de otros proyectos, “del dios dinero o anarco capitalismo”, diríamos hoy, una comunidad ha elegido su perdición. Salir de esa entrega, de ese enajenamiento, le costará al pueblo un peregrinaje de cuarenta años por el desierto. Y esa, es la tercera aparición del 40.

En ese vagabundeo, el pueblo deberá mantenerse fiel en la lucha contra otros pueblos y otros dioses. Sin embargo, ese peregrinaje por el desierto es también una bendición: “Porque el Señor tu Dios, les ha bendecido en el viaje por ese inmenso desierto; durante los últimos cuarenta años  el Señor tu Dios ha estado contigo y no les ha faltado nada”(Deut.2,7). Hay, por lo tanto, una penitencia: vagar cuarenta años; y el cumplimiento de la promesa: la tierra prometida, la constitución de una nación. Ahora bien, adviértase que el 40 significa, también, “una generación”. En cuarenta años, desaparece una generación. Siempre, en la historia, los militantes revolucionarios, los que luchan contra la explotación, entre aciertos y errores, no serán los beneficiarios del nuevo orden: según la historia sagrada, ni Moisés, el caudillo, entró a la tierra prometida: “Esta es la tierra que prometí (…). Se la daré a tu descendencia. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.” (Dt.34,4).

Fue así como, habiéndose cumplido el tiempo, Moisés y los suyos subieron a un monte y divisaron la tierra prometida: eran las vísperas del cumplimiento del proyecto. Pero es necesaria otra espera: otros cuarenta días. En efecto, el caudillo mandó a explorar el país y sus habitantes. Los espías partieron y al cabo de 40 días volvieron trayendo racimos de uva, granadas e higos. La tierra, dijeron, “manaba leche y miel”.

Contaron que había grandes ciudades, bien fortificadas y habitadas por guerreros gigantes. La esperanza era cierta; pero, también, una realidad: nadie es libre de una vez y para siempre. La libertad como abstracción puede ser una trampa del individualismo. Como decía el maestro Manuel Gonzalo Casas, un sistema puede proponerte: “Aquí tenés tres cuerdas: una azul, una roja y otra verde. Sos libre de elegir la que quieras, pero eso sí, ahorcate”. Claro, la cuestión es que ningún pueblo quiere suicidarse. Había que iniciar otra lucha.

Pero veamos la última incursión por el 40 y sus significados bíblicos. Accedamos al Nuevo Testamento, Lucas 4,1. Jesús, después de haber alimentado milagrosamente a una multitud hambrienta, “lleno del Espíritu Santo, se alejó del Jordán y se dejó llevar por el espíritu al desierto, donde permaneció 40 días”. Aislado, solo, entregado a la contemplación, fue tentado por Satán ( el Acusador).

El Tentador quiere probar la lealtad de Jesús al Padre y a su misión redentora ofreciéndole poder, riqueza y fama. Eso sí, a cambio, debe adorarlo y reconocerlo como Dios. Como en el caso del ternero de oro, el centro del problema es la “idolatría”, la adoración del “dios dinero”, del poder y la vanidad. Jesús expulsa al Mandinga, lo hace recular: “Vade retro”. El cumplimiento de su misión en la tierra le exige respetar la libertad y la dignidad humana y, por lo tanto, debe estar dispuesto al sufrimiento, la incomprensión, el dolor, la entrega y el servicio constante.

¿Cuál fue la experiencia de Jesús? Oración y desierto durante cuarenta días antes de comenzar su “campaña”, su predicación de la Buena Nueva, a los humildes y los pobres que son los que “poseerán la tierra”. Nada parecido a ciertas farsas milagreras de algunas sectas, frecuentadas por políticos latinoamericanos, que se entregan a exaltaciones, gritos, brincos y palmas para hacer creer que así se atraerán los poderes divinos. Cuarentena: el desierto, la lealtad, la peregrinación, la espera; y al final, la certeza de la  “hora de los pueblos” y la Mamatierra protegida que “mana leche y miel”. Claro, se preguntarán, ¿y esto qué tiene que ver con la literatura argentina que preanuncia el título?

2.- Juan Gelman: exhumación y retruque

A comienzos de 1955, Leopoldo Marechal pronunció en Radio del Estado una conferencia titulada “Simbolismos del Martín Fierro”. Al poco tiempo, la llamada Revolución Libertadora desató sobre la patria un huracán de odio y destrucción. Marechal pasó a ser un “poeta depuesto”, un maldito, y su obra fue silenciada.

Pero, cumplido cierto tiempo de silencio, el 25/06/1972, Juan Gelman rescata el texto original de la exposición en el diario La Opinión. En la breve introducción justifica la oportunidad de este rescate: se celebran cien años de la primera edición del Martín Fierro y el segundo aniversario de la muerte de Marechal. Pero halla, además, un motivo importante: la “vigencia” del texto marechaliano. En 1972, el peronismo sigue en cuarentena: hay dictadura, está proscripto y envuelto en contradicciones, es decir, vivo.

La introducción de Gelman se centra en una comparación: ¿en qué se diferencian Borges y Marechal puestos a leer Martín Fierro? Hacía apenas dos semanas, Borges había perorado sobre la obra hernandiana en una conferencia de recordación. Insistía: “Nuestra historia es mucho más completa que las vicisitudes de un cuchillero de 1872”. De tal modo, dice Gelman, donde Marechal encuentra un vasto bosque de símbolos profundos, (…) Borges apenas halla que: “Si la mayoría de los gauchos hubiera procedido como Martín Fierro entonces no tendríamos historia argentina. Los gauchos no habrían pensado en una revolución, en organizar el país y sobre todo, no hubieran compuesto una literatura gauchesca (…)”.

Gelman comienza a desenredar el “botón de plumas” que propone Borges  desde su conceptismo anacrónico.  En primer lugar, se “olvida” de algo: ¿habría historia sin los gauchos de Güemes?; en segundo lugar, finge ignorar que Martín Fierro no es un producto del país previo (1810), sino de la “Organización Nacional”, es decir, cuando el país se convierte “en campo de Inglaterra” para los hacendados locales. Gelman considera que cuando Borges dice “ese libro no nos representa”, es honrado; en efecto, está “pensando en su clase”, la que “organizó el país”. Hacía quince días no más, Borges había enunciado: “Yo personalmente no me siento representado por ningún gaucho, y menos por un gaucho matrero”. Y Gelman reafirma que Borges es honrado cuando cuenta lo que le pasa frente a Martín Fierro, pero que “supone mal” cuando agrega: “supongo que lo mismo le pasará a Uds.”. “No. Eso no le pasa a la mayoría del país, a la mayor parte de los argentinos. No le pasaba a Marechal, y su texto lo explica convenientemente”, retruca Gelman.

Pero Gelman señala algo más grave. Borges completa su disertación con una operación intelectual: “El destino del gaucho soñado por Hernández, dijo, seguirá acompañándome hasta el fin. Será mi destino siempre vívido, porque los sueños son más vívidos de lo que, no sé por qué se llama realidad”. O sea, Martín Fierro no sólo no nos representa: además es un sueño, no existe”. La tramoya consiste en atribuir al libro concreto,  al gaucho,  y a toda su carga de sentido, la ficcionalidad de un personaje cuya realidad nadie sostiene.

Por lo contrario, Gelman piensa que, para Marechal el gaucho y su circunstancia “es materia de un arte que nos hace falta cultivar ahora como nunca: el arte de ser argentinos y americanos”. Marechal considera  a la escritura como un “arte de vivir”. Para él,  Martín Fierro es la “personificación” ( la vieja prosopopeya) de un pueblo al que la clase que organizó el país marginó y confinó en el “desierto”. Por eso, la aparición como descolgada de los hijos de Fierro en “La Vuelta” reafirma, con sus historias, que el país aún sigue entregado y “enajenado” culturalmente.

Por último, Gelman marca lo urgente y lo vigente. Según Marechal, el desparramo final a los “cuatro vientos” de Fierro, sus hijos y el hijo de Cruz, implica una misión, un proyecto. Borges define a Martín Fierro como desertor. Gelman concluye: “¿De qué ha desertado, entonces, Martín Fierro? De un destino de enajenación. ¿Qué busca, entonces, Martín Fierro? Un destino de liberación. De ahí su vigencia. De ahí la vigencia del texto de Marechal.” Gelman escribió esto en un momento de cuarentena: con proscripción, presos políticos, dictadura, en lo más oscuro de la peregrinación del pueblo por el desierto.

3.- Marechal y la rebeldía de Martín Fierro

En “Los simbolismos de Martín Fierro”, Leopoldo Marechal considera que su tarea no es circunscribirse a “los meros valores literarios” de la obra de Hernández. Por suerte, el poema tiene en ese momento (1955, vísperas de la Libertadora) un lugar de privilegio en “los programas oficiales de literatura”. Cuenta, además, con una bibliografía “cuyo volumen y riqueza” constituyen un “desagravio al menosprecio y al olvido en que la crítica erudita mantuvo al poema durante muchos años”.

Advierte que hay nuevas lecturas de Martín Fierro “a luz de ciencia histórica” que consideran al poema no ya como obra de arte sino como “paradigma (…) de un pueblo en la manifestación de sus potencias íntimas, en la imagen de su “destino histórico”. Al margen de las discusiones estériles sobre si es o no es una epopeya, Martín Fierro constituye un “milagro”: “y tomo la palabra “milagro” en su cabal significación de un “hecho libre”, que se da súbitamente fuera y por encima de las leyes naturales y las circunstancias ordinarias”

Cuando la poesía erudita, “víctima de un complejo de inferioridad”, se dedicaba a la mímesis del romanticismo francés, Martín Fierro vino a rescatar nuestra voz: “De naides sigo el ejemplo/ naide a dirigirme viene,/ yo digo cuanto conviene/ y el que en tal huella se planta/ debe cantar, cuando canta,/  con toda la voz que tiene”.

Pero este hecho libre de la literatura nacional ostenta otros enigmas: a) el modo singular de su difusión inicial entre un pueblo todavía semialfabeto; y b), las interpretaciones del poema: “Hay, pues, en Martín Fierro un mensaje lanzado al “futuro” e insinúa una “profecía”.

El preludio de sus dos partes es demasiado solemne para que sea sólo la historia de un “cuchillero individual de 1872” como asevera Borges. “Vengan santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda”, la lengua se le “añuda”, se le “turba la vista”, pide a “Dios que lo asista”. En la segunda parte, siente que su “pecho tiembla”, “se turba su razón” y acude a un misterios pedido: “imploro al alma de un sabio/ que venga a mover mi labio/ y alentar mi corazón”. ¿A qué sabio se refiere? ¿Algún maestro desconocido y oculto? Seguramente en el libro hay caminos escondidos a los que vamos a llamar simbolismos del Martín Fierro.

Marechal solía afirmar que “no todos los caminos son para todos los caminantes” y que el lector, si no puede descubrir “lo oculto” en una obra literaria, su “médula metafísica”, se privará del goce especial de ese “caracú”. Como Borges y su clase, se quedarán con las “vicisitudes” y les pasará como a los lectores de los romances de Leopoldo Lugones: “A las cosas de mi tierra/ tal como son las divulgo./ No saboreará el pastel/ quien se quede en repulgo”. Y agregaba: “Acaso alguno desdeñe/ por lo criollos mi relatos./ Esto no es para extranjeros,/ cajetillas ni pazguatos.”

No en vano Hernández dejó sentado: “tiene mucho que rumiar/ el que me quiera entender”. El poema es un mensaje dirigido a la conciencia nacional. Ahora bien, desgraciadamente, la conciencia nacional ha sido enajenada en sus aspectos “materiales, morales y espirituales”. Ubicado en la segunda mitad del S.XIX, Martín Fierro, predica Marechal, “es un mensaje de alarma, un grito de alerta, un “acusar el golpe”. Es una muestra del alma nacional en su estado más dolorido, una visión espantosa de la “pulpa vívida y lacerada” del pueblo.

Es cierto que el país cuenta con una clase dirigente e intelectual, pero esta clase de élite ignora el libro, lo acepta “como un hecho literario” de segundo orden que puede gustar o no gustar. Por lo tanto, el mensaje profundo no puede llegar a la clase dirigente. Son los que “se divierten cantando”. Los intelectuales de la época están en la “diversión”, es decir, en la “distracción” mientras los extranjeros se apoderan de los resortes básicos de la Nación.

Ahora bien, si nadie del “mundo de la cultura” le lleva el apunte, ¿qué nicho de perduración le quedaba a Martín Fierro?: “El pueblo mismo, responde Marechal, cuyo mensaje quería transmitir el poema”.

Entonces ocurre lo enigmático o milagroso: “En sus modestas ediciones, en sus cuadernillos humildes (…) en su seca tipografía misional, el gaucho Martín Fierro vuelve a sus paisanos”. El “desertor” de la “usina del Progreso”, “el elemento de perturbación”, el gaucho malo, el despojado de rancho, hacienda, hijos y mujer, no era un nómade “sin república”. Vivía, feliz, en el goce de la plenitud del orden tradicional. No era un “vago y mal entretenido”, era un trabajador para quien trabajar era un disfrute: “Aquello no era trabajo, más bien era una junción…” Es decir, era una “función”, una fiesta comunitaria. Era un hombre “arraigado a la llanura”. ¿Qué sucedió para que se trocara en provocador de tumultos y, por fin, en un desterrado en su tierra? Algo pasó. “Otro estado” de cosas había entrado al país y desplazaba “el estado propio del ser nacional”.

Martín Fierro, hombre en rebeldía, paralelo al sentido literal que todos conocemos, deja entrever un sentido simbólico.

4.- La cuarentena de Martín Fierro

Marechal sostiene que no hace falta que José Hernández haya tenido el propósito claro de “dar a su poema un sentido simbólico”. Basta que la materia de su arte haya guardado la potencia del símbolo. Algo le ha pasado al autor: se ha vuelto, sin pensarlo, “la voz del pueblo” (vox populi). Obligado por las circunstancias, recluido en un hotel para escapar a sus perseguidores, ha peregrinado a sus adentros, ha realizado una “gesta ad intra”. Entonces, si bien en el sentido literal su personaje es un gaucho de la llanura, en el sentido simbólico es el pueblo de la nación en un momento crítico de su historia: está a punto de desaparecer.

Ese pueblo, como en la independencia, quiere ser protagonista de su destino. Trae para merecerlo su modo de ser y es portador de una tradición, una ética y una filosofía de la existencia. Pero ha llegado a una etapa histórica en que se encuentra con un hecho desconcertante: “alguien” ha tomado la dirección del país y actúa en lo material y espiritual a la vez. Símbolo de esa anomalía son los infortunios del gaucho Martín Fierro y del pueblo de la nación.

Si para unos el gaucho es un inadaptado a la sociedad y en rebeldía con las leyes, para otros es símbolo de todo un pueblo. Martín Fierro, derrotado, termina desterrado en el desierto. Ha comenzado su “cuarentena”; y es un “atormentado espectador de sí mismo”, de su enajenación y de su ausencia. Son 4 años, un múltiplo de 40. ¿Hubo “cuarentena del pueblo” entre 2015-2019?.

El desierto es “la suspensión de un destino”. Es, también, la imagen de la “privación” de sí mismo en tanto protagonista de la patria; y es también imagen de la “penitencia” en el “sentido de penar y purificarse con la pena”. La vida de Fierro en el desierto resulta, así, un trabajo de purificación. Esa vía penitencial llega a su culmen con la muerte de su amigo Cruz. La “soledad” copa cuerpo y alma: “Privado de tantos bienes/ y perdido en tierra ajena/ parece que se encadena/ el tiempo y que no pasara/ como si el sol se parara/ a contemplar tanta pena”. Sólo le quedaba “echarse en el suelo” al “lao de la sepultura” del amigo.

Pero ocurre otro acontecimiento misterioso. En medio de su desolación, oye de pronto los lamentos de la Cautiva. Ahí “se pone de pie”. “Arranca” de la inmovilidad. Ante la mujer martirizada, Fierro “ve de pronto el drama de la nación entera”. Ella es el símbolo del “ser nacional, enajenado y cautivo como ella”. Ante esa encarnación simbólica del ser nacional, al enfrentarse con la Cautiva, el héroe se ve a sí mismo en el espejo de su conciencia. Es notable cómo Hernández describe la batalla con el indio con un marcado tono épico como si vislumbrara la trascendencia del símbolo en los “potenciales del canto”. Al rescatar a la mujer cautiva, inicia el rescate de la Patria.

Vuelve a la frontera, se encuentra con sus hijos y el hijo de Cruz. Descubre que la enajenación del ser nacional no sólo continúa sino que se ha agravado. En tal punto, Marechal  considera llegado el momento crucial del poema.

Martín Fierro, como todo verdadero símbolo, se oculta y se revela con su despedida. Ha llegado el momento de separarse de sus hijos y el hijo de Cruz: “y antes de desparramarse/ para empezar vida nueva/ en aquella soledá/ Martín Fierro, con prudencia,/ a sus hijos y al de Cruz/ les habló de esta manera”. Es un acto de transmisión de una sabiduría, una ética de la comunidad y una filosofía de la vida: “Después a los cuatro vientos/ los cuatro se dirigieron;/ una promesa se hicieron/ que todos debían cumplir;/ mas no la puedo decir,/ pues secreto prometieron.”

Los “cuatro vientos” son los cuatro puntos cardinales de la Patria y del mundo. ¿Qué promesa se hicieron? Sin duda, volver a ser protagonistas de la historia. Ofrece también una metodología: “Mas Dios ha de permitir/ que esto llegue a mejorar/ pero se ha recordar, / para hacer bien el trabajo,/ que el fuego, pa calentar,/ debe ir siempre por abajo”.

Purificados por la “cuarentena” en el desierto, el sentido se oculta en “los adentros”, para trabajar “por abajo”. El pueblo, humus auténtico, conserva la simiente (los sentidos) que se quieren negar en la superficie. El pueblo es el guardián de la memoria. El autor tiene tanta confianza en el poder constructivo de su obra, que al finalizar el canto dice: “Y en lo que esplica mi lengua/ todos deben tener fe:/ no se ha de llover el rancho,/ en donde este libro esté”.

La marcha en el desierto, como la del prototipo bíblico, es la de un pueblo pobre y lleno de esperanzas. Cuando un pueblo cae en la idolatría y se prosterna ante el “becerro de oro”, está rindiendo culto al dinero, la avaricia, la violencia y la vanidad. En consecuencia, se produce una destrucción de su modo de ser. Y al fin,  el desierto  se convierte en aislamiento y  soledad. Privado de la “confraternidad” va a parar a la intemperie. Termina durmiendo “bajo cueros de bagual” en el “desierto infinito”.

Martín Fierro pasa en el desierto dos años de confraternidad con Cruz y el indio amigo; y dos años del mayor sufrimiento en esa soledad en que el “tiempo se detiene” y “el sol se para”. Pero la Providencia puede salvarnos varias veces, como la Cautiva a Fierro, en la pelea con el odio individual e histórico: “donde no hay casualidá,/ suele estar la Providencia”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26/04/2020

Fuentes:

Andrés, Alfredo, 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez Editor

Biedermann, Hans, 1996, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Paidós

Cirlot, Juan Eduardo, 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor

Losada Guido, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Plus Ultra

Paoli, Arturo, 1973, La perspectiva política de San Lucas, Buenos Aires, Siglo XXI Ediciones

Rosbaco de Marechal, Elbia, 1973, Mi vida con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Paidós

Schökel, Luis Alonso, 2009, La Biblia de nuestro pueblo, Pastoral Bible Foundation, Macau

Foto0241

por Jorge Torres Roggero

Finales de enero. Semana brocheriana. Avanzamos por la Avda. Belgrano que a lo largo de un kilómetro y medio une Mina Clavero con Villa Cura Brochero. En su época, San José Gabriel imaginó un tranvía que uniera los pueblos y un ir y venir de carruajes en busca de las aguas sanadoras del Panaholma. Hace calor. Las veredas son desparejas. Pasamos frente a una tumultuosa sucesión de comercios. Todos tienen la imagen del santo: de cuerpo entero, en la malacara, con sombrero, con poncho, la cara limpia o azotada por la lepra. Él siempre está presente y sus paisanos y recienvenidos crecen y prosperan. Ya no sufren la “pobreza franciscana” que denunciaba en sus gestiones por ferrocarril. Por la avenida, un tránsito feroz de cuatro por cuatro y autos nuevos, transportes de carga y de pasajeros.

Desembocamos en la plaza y, al fondo, la iglesia es un hervidero. Como en un hormiguero, los fieles entran y salen pacíficos, con una sonrisa concentrada. Nadie los organiza pero las colas se forman serenas. El caos se auto-organiza.

De a poco, llegamos a la tumba del santo. La urna deja ver  la calavera y unos huesitos. Todos tomamos gracia; todos, por unos segundos, agradecemos en lo profundo del corazón y nos acordamos, como en un refucilo, de aquellos que amamos: de la patria, de los que se fueron, de los que vendrán. Celebramos. Los creyentes le decimos a eso: “comunión de los santos”. Son momentos en que todos somos iguales: está en la actitud de nuestros cuerpos, en la solidaridad implícita en la ocupación de los lugares, en las lágrimas y la emoción compartidas.

Nos sentamos a meditar en un banco, cerca del mausoleo. Desfilan los fieles: jóvenes, viejos, embarazadas, niños, parejas, alguna monjita. Nadie organiza. Le digo a mi esposa: “¿Has notado algo?” Pausa: “Sí, una cosa, me dice: los devotos de Brochero son los más pobres”.

En efecto. No visten ropas de marca. Un cura de la época de Brochero no los hubiera dejado entrar a la iglesia: musculosas desteñidas, bermudas raídas, escotes pronunciados, “minishores” reducidos, zapatillas trajinadas y celulares de penúltima generación.

No es la multitud que el día anterior llegó en combis, colectivos, camionetas y caravanas de autos: eran las asociaciones eclesiales de laicos, de piedad externalizada, de disciplina satisfecha. Estos fieles son la “santa clase media”. Algunos grupos cantan y siempre un guía los monitorea. Son los acompañantes de la jerarquía que organiza las ceremonias oficiales. Es un modo de piedad, de devoción, menos visceral pero no por eso menos auténtico. Estos vienen y se van, en dóciles tandas como vinieron.

Hoy está, tumultuosa, la siempre leal y bíblica “plebe pauperum”. La llamo bíblica porque en la Escritura, se les da el nombre de “resto”, “residuo”. Son los que no se han entregado a la “idolatría del dinero” y practican sin estridencia la solidaridad. Ese resto no es puro, no es “santo”, vive en la intemperie del cosmos y de la historia.

Pero ahora va y viene por el corazón escondido de Brochero, merodea y disfruta la “virtud” del santo y su hedor sube al cielo como un incienso palpitante. Al final, ellos heredarán la tierra.

Jorge Torres Roggero

por Jorge Torres Roggero

tapa_brochero_MUESTRA (1)1.- Los caminos del amor

En el oeste de la Provincia de Córdoba, detrás de las Sierras Grandes, se hallan los departamentos San Javier, San Alberto, Pocho, Minas. Brochero fue designado párroco del Curado de San Alberto en 1869. En 1885  se crea el nuevo Curato del Tránsito  y es nombrado al frente del mismo.

Ordenado sacerdote en 1866, habían quedado atrás su años de Prefecto de Estudios del Seminario, su aprendizaje de la práctica popular de los Ejercicios Espirituales con el jesuita Cubas y su heroico trajinar en la epidemia de cólera morbo que se llevó más de dos mil trescientas vidas en la ciudad de Córdoba. Ahora le tocaba fatigar cientos de leguas a lomo de mula en un curato que abarcaba altas cumbres, pampas desoladas y llanos poblados de matreros.

Encaremos el difícil resumen de su protagonismo en la epopeya del agua, su activa participación en la construcción de iglesias, en el trazado de caminos, en  la construcción de la Casa de Ejercicios  y en la promoción de la educación gratuita.

¿Cuál fue, por ejemplo, la epopeya del agua? El agua siempre generó contiendas en Traslasierra. Los habitantes se hallaban sometidos a los abusos de algunos terratenientes que se consideraban dueños del río.

El Cura bregará sin cesar para que el agua, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara a todos. Los propietarios realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad ante “el empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.

Otro trabajo que emprende el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que en los templos se manifestaba la presencia de Dios en la historia del pueblo. En efecto, eran el lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto, se renovó la práctica de los sacramentos y  la fiesta volvió a ser un bien de todos.

Para construir una capilla organizaba una asamblea y armaba una comisión. Consideraba que había dos tipos de colaboradores: “un hombre duro o un hombre derruido” pero “decidido” podía dar más que un hombre “sabio, influyente y con poca o ninguna decisión por la construcción”. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”: “Yo espero en Dios y en la Virgen de la Purísima que con estos tres perdidos, ignorantes y sin influjo, se hace parte de la Iglesia (…) para que se vea que no es obra mía, ni de los tres que forman la comisión, sino que es obra de Dios, pedida por la Santísima Virgen y para que se vea que en dicha obra ha sucedido lo que sucedió en el planteo de la Iglesia, o sea la propagación de la religión cristiana, que se valió Dios de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. Así sucedió en la construcción de la capilla de Ambul.  Incluyendo a quienes la sociedad tenía por pecadores e indignos de confianza, decidió que “la iglesia se hace, aunque salga Luzbel con todos los diablos a oponerse” (ACEVEDO, 72).

Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.

Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (BARRIONUEVO IMPOSTI, 599).

También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.

Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, el San José Gabriel había mandado abrir un hoyo. Entonó una oración y echó una gran piedra. Y tras bendecir esa tierra ahora santa, exclamó: “¡Te fregaste, diablo!

Su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada.

Era el rito dignificador de la minga. Cada cual aportaba lo que tenía: dinero, animales de carga, trabajo personal, terreno para edificar. El Cura, arremangada su vieja y desteñida sotana,  abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión.. Y, en palabras de Brochero, “Dios bendijo la obra”.

En 1877, la Casa de Ejercicios quedó inaugurada. Las tandas excedían las setecientas personas. Mujeres y hombres hacían dos o tres días de caminos a pie para cumplir los ejercicios; otros, se disputaban la alegría de participar como servidores.

Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.

Aunque era licenciado en filosofía no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Mientras tanto, se fogueaba en  los Ejercicios,  porque estaba convencido que su misión era salvar almas, confortar a los enfermos, servir a los pobres y humillados, orar, predicar, confesar: tareas de cura. Había entregado a Dios, como dice San Ignacio, toda su libertad, su memoria, su entendimiento, su voluntad, todo su haber y poseer porque todo es del Señor y sólo le bastaba con su amor y su gracia.

Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Cruzaba milagrosamente ríos crecidos, bordeaba precipicios en las oscuridades y  las tormentas. Por eso, como confiaba en una carta a Juárez Celman, le habían crecido callos en las nalgas que no solo sangraban sino que le producían un increíble dolor.

Pero no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza. Seguía en  “camino del amor” (Ef.5, 2, Jn.14, 6), o sea, en el Amor de Cristo Crucificado, Verbo de Dios, que se hizo carne, “y penetró como hombre en la historia del mundo” (Gaudium Spes, 38).

2.- La minga de Dios

El sistema de trabajo llamado “mink’ay” por los quechuas consistía en alquilar gente al amo para el trabajo. Sin embargo, en el Común criollo colonial el sistema fue evolucionando y ya hacia el siglo XVIII se fue marcando el carácter que perduró hasta nuestros días. La nueva forma pasó a ser una reunión de vecinos y amigos para realizar algún trabajo en común y desinteresadamente.

El tipo de trabajo es de lo más variado y corre desde la siega hasta el techado de la casa en los barrios populares. El sistema supone participación, solidaridad vecinal, sentido amistoso, espontáneo, para afrontar  tanto las adversidades como la fiesta celebratoria del fin de la tarea. Son fiestas comunales de trabajo. Mujeres y hombres trabajan parejo. Muchos  aportan sus herramientas. Todos ayudan y participan. Ya Martín Fierro definió el trabajo de la hierra, que era una minga, no como trabajo sino como “junción” (función, fiesta). Una buena comida, el canto, el baile, es el único premio. La solidaridad convierte de ese modo el trabajo penoso en general regocijo.

El San José Gabriel descubrió la presencia de Dios en la historia de su pueblo y organizó la participación de todos, hombres, mujeres, niños; poderosos a regañadientes y humildes llenos de alegría, mediante el luminoso sistema de la minga.

Todo el Común participaba. La minga de la Casa de Ejercicios, del Colegio de Niñas, del ensanchamiento de caminos, de la construcción de capillas y cementerios, de las tomas de agua, de los preparativos para el trazado del ferrocarril, partía de una profunda fe en la presencia de Dios encarnado en el corazón de los humildes; un Dios  expectante e invisible a la extraversión agresiva de los poderosos.

Pero también una tanda de ejercicios es una minga. Los ejercitantes van llegando con sus ponchos, su porción de azúcar y yerba, su pava. Dormirán en la carona. En las puertas hay braseros de barro. Vienen del bullicio y animación de la plaza; y se sumergirán en un silencio de durará seis días completos. Ellos mismos han levantado la humilde casa de ejercicios de piso de tierra y todavía sin revoque. Han donado animales en una cultura del trueque que Brochero, de impecable administración, va convirtiendo en materiales de construcción, alimento de los trabajadores, acarreo, insumos y herramientas. Esto testimonió San José Gabriel: “Y finalmente, digo que los que habitaban en el Tránsito en 1875, desde siete años arriba me llevaban ladrillos y cal quemada, al pie de la obra, en el hombro o en la cabeza, como lo hacían también las damas y señoritas, que me traían cal cruda, de una legua de distancia, en árganas o alforjas, para que la quemase en hornos que estaban en la plaza, y de diversos puntos me conducían los tirantes a remolque, o cincha de mula, viniendo muchas de estas vigas hasta de 20 leguas; pues a esta fecha, no había yo construido aún el camino carretero en el valle del oeste”. (Acevedo, 1928, 153)

“El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1,14). Es por eso por lo que el Espíritu oculto en la historia, semilla del Verbo, actúa sin cesar en lo secreto del corazón de los pueblos. El Dios Trinitario, comunidad, ha saltado hacia el afuera, se ha injertado en la historia.  Nuestro cuerpo (sarx) es historia, nuestra cultura es la casa del pueblo y lugar de des-ocultamiento del rostro de Dios. Nuestra existencia está llamada a ser acto de amor. Pero no hay amor sin el otro/s. A partir de la entrada salvadora de Dios en la historia nuestro destino se resume en “caminar en el amor” (Ef.5, 2) para la Gloria de Dios (San Ignacio).

Dios ha acampado en nuestra casa para siempre y es nuestro compañero cotidiano. Más todavía, como amor trinitario, es una presencia actuante. Brochero nos enseñó con su ejemplo que sólo desde los re-profundos de nuestra cultura, desde el arraigo y la intemperie, permaneceremos conectados al Espíritu que no deja de respirar en nosotros  porque el amor es una especie de protopalabra y su residencia es la cultura de los pueblos.

BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA

Escritos

Conferencia Episcopal Argentina, 1999, El Cura Brochero. Cartas y Sermones. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía de Lic. Liliana de Denaro y Pbro. Dr. Carlos I. Heredia, Buenos Aires.

Biografía

Acevedo, D.J. (recopilador), 1928, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba, A. Biffignandi

Aznar, Antonio,  1951, El Cura Brochero, Buenos Aires, Paulinas

                         , 1952, Don José Gabriel Brochero y las tradiciones de la Madre Antula, Córdoba, Colegio de Sagrada Familia

                         ,  1956, Los caranchos y el cura Brochero, Buenos Aires, Sebastián Amorrortu

Baronetto, Luis Miguel, 2001, Brochero x Brochero,  Buenos Aires, Ediciones Lohlé-Lumen

Díaz Cornejo, Sor María Nora, 2005, José Gabriel Brochero. Un santo para nuestro tiempo, Buenos Aires, San Pablo

Torres Roggero, Jorge, 2012, El Cura Brochero y su Tiempo. Cultura popular. Santidad. Política, Córdoba, Babel Editorial

Bibliografía complementaria

Barrionuevo Imposti, Víctor, 1953, t. I, Historia del Valle de Traslasierra, Córdoba, Dirección General de Plublicidad de la Universidad Nacional de Córdoba

Bialet-Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Prólogo y notas de Luis A. Despontin, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Cárcano, Miguel Ángel, 1986, Sáenz Peña. La revolución por los comicios, Buenos Aires, Hyspamérica

Castellani, Leonardo, 1999, Cristo y los fariseos, Mendoza, Ediciones Jauja

Denaro, Liliana de, 2006, Los pagos del Venerable Cura Brochero, Córdoba, Ed. de  Autor.

Guevara, Osvaldo, 1997, Diálogos memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez, Villa Dolores, Junta Municipal de Historia.

Medina, José Toribio, 1945, El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes

Rodríguez Isleño, Santiago C., 1987, Reseña histórica de la Frontera del Tiyú y de la enigmática Virgen de la Concepción, Instituto Paulino de Cultura y Comunicación, Córdoba

por Jorge Torres Roggero

El cura Brochero y su tiempo.jpg1-. Santos Guayama

En 1863, Sarmiento manda asesinar al Chacho Peñaloza. Todas las fuerzas de la  Nación se habían concentrado en La Rioja y los extensos llanos fueron arrasados. Sólo ruinas humeantes y cadáveres destrozados y dispersos. Peñaloza, vencido,  se detiene bajo un algarrobo. Pide a su escolta que se dispersen. Mira con tristeza a esos heroicos llaneros, gauchos del curato de Minas, gauchos del curato de Pocho que rumbean hacia las abruptas serranías de Córdoba. Reprimida a sangre y fuego la resistencia popular, las últimas montoneras vagaban dispersas por los inmensos llanos. La justicia y la clase dirigente los usaban o los perseguían según conviniera o no a sus intereses. En épocas de Brochero, el más famoso jefe de estos contingentes fue un mestizo huarpe: Santos Guayama.

Entre San Luis, San Juan, La Rioja y el Oeste de Córdoba median unas vastas regiones ahora casi desérticas pero que en el XIX estaban cubiertas de montes nativos, de churcales,  polvorientos guadales, casi sin una sed de agua. Sólo baquianos o rastreadores como la Juana Chapanay y las errantes montoneras conocían sus secretos. Ellos eran letrados en el arte de sobrevivir. Las llamaban travesías. Sarmiento las inmortalizó en el Facundo cuando incluyó como inicio de  una biografía el primer cuento perfecto de nuestra literatura. Es aquel que culmina con esta confesión del hasta ese momento desconocido narrador y protagonista: “Entonces supe qué era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso”. Sabemos que Sarmiento armó lo mejor de Facundo con los relatos orales que circulaban entre el pueblo en medio de las guerras civiles y los saqueos, pero dichos alrededor del fogón, en los momentos de estar juntos. Juan Alfonso Carrizo recopiló en el Cancionero Popular de La Rioja un romance sobre la muerte de Facundo en que cada estrofa se corresponde casi textualmente con cada párrafo del relato sarmientino. Siguiendo esa tradición, rescato este cuento popular para asediar la figura de Santos Guayama.

Ocurrió en la travesía Los Matagusanos. Los viajeros juraban haber visto pasar al montonero Santos Guayama escoltado por el “Marucho”. Así llamaban al muchacho que solía encabezar las arrias montado en la mula o la yegua madrina. Hasta rejuraban que habían oído el cencerro. ¿Si Sarmiento invocó a la sombra terrible de Facundo, por qué no sentir la aparición de Santos en esas soledades llenas de fantasmas y espectros?

Según cuentan, el implacable caudillo había asaltado una tropa cargada de valiosas mercaderías, había sacrificado a todos los troperos pero cuando llegó al “marucho”, el muchacho le pidió que antes le dejara rezar la Salve. Mientras el niño recitaba la oración como un conjuro contra la muerte, el gaucho fue cambiando de talante. Guayama se había descubierto e inclinaba, contrito, la cabeza.

La interpretación popular asegura que el montonero  había recordado de golpe a su madre cristiana cuando le enseñaba esa oración. Cuando el “marucho” concluyó la súplica, lo levantó, lo hizo montar de nuevo sobre la madrina, lo acompañó hasta las cercanías de un poblado y lo dejó libre. Según se supo, el Marucho murió pocos años después. Pero cuando asesinaron a Guayama, al frente del cortejo,  se oía sonar un cencerro que lo acompañó hasta la tumba.

2.- El Santo y el Montonero

Esta extraña entrada es el camino que nos traza la cultura popular para ingresar al famoso episodio de Santos Guayama y el Cura Brochero. Sólo podremos comprenderlo en su magnitud si sabemos de dónde vienen, qué misteriosos caminos los hermanan.

Santos Guayama, mestizo huarpe como Martina Chapanay, fue un famoso cuatrero que asolaba los ganados de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis. Fantástico jinete, rastreador infalible, baquiano de todos los andurriales del desierto y la sierra, manejaba como nadie las armas del gaucho que eran, a la vez, su instrumento de trabajo. Perseguido por la justicia se internaba en los cerros o en el refugio seguro de los pantanos de Huanacache. El pueblo estuvo siempre de su parte. Por eso lo  protegía, como a todos  los buscados sin fundamento por la justicia.

Convertido en caudillo, los paisanos lo ayudaban a burlar sus enemigos. También autoridades y personajes ilustrados lo amparaban. Intervino en la guerra que Mitre y Sarmiento llevaron contra las montoneras. Acompañó a Felipe Varela.

La patria vieja agonizaba. Santos Guayama, en 1872, se apostó con sus gauchos en Uspallata y comenzó sus exacciones contra viajeros y comerciantes de Cuyo. No faltó un gobernador que festejó por haberlo tomado prisionero en Santa Clara y por haberlo ajusticiado,  ni faltó la prensa celebratoria, pero todo había sido una ruinosa equivocación.    Y fue hacia 1876 que Brochero y Guayama se encontraron y merecieron el noble título de amigo. En 1894 el cura le escribe al inspector de escuelas Cipriano Báez Mesa respondiéndole algunas preguntas que le ha formulado sobre del montonero. En esa carta nos fundamos.

Brochero declara haber andado en diligencias por “su buen amigo Santos Guayama”. Conocedor de su “gran fama”, cuenta que aprovechó una ida a los llanos de La Rioja para tener una conversación con el gaucho. Desde Chepes, pidió a unos amigos íntimos del gaucho que se lo “campiaran” y le mandó una carta en que lo invitaba a tener una conferencia “toda en beneficio suyo”, en “el punto que él eligiese” y hasta en el desierto mismo. El amigo, a su vez, le garantizaba  la sinceridad del cura y le pedía que aceptase sin trepidar “cuanto yo le decía” “porque Dios lo venía buscando por mi intermedio”.

El contesto de Guayama, “que hecho pedazos conservo aún”, carta sin fecha ni lugar, le decía que elegía el sábado próximo para la entrevista, a doce leguas de Chepes, casi entrando a San Juan. Brochero acudió a la cita, esperó todo el día y recién a las once de la noche llegó un enviado del caudillo avisándole que no había venido porque el caballo de tiro que traía para entrar al poblado se les escapó y se había vuelto con la tropilla. Era un pretexto como después le confesó Guayama. Quería espiar quiénes lo acompañaban.

 Al día siguiente, domingo, el amigo llanista llegó con el señor Guayama: “Y después del saludo, presentación y estrategias de estilo, le hice la siguiente propuesta: 1° Que yo pagaría a Don Patricio Llanos, vecino de Pozo Cercado (La Rioja), la deuda de 700$ que con él tenía y cualquier otra que tuviese. 2° Que le sacaría indulto del Gobierno Nacional. Y 3° que le haría dar una ocupación militar en Buenos Aires o en otra Provincia con tal que no fueran ninguna de las cuatro mencionadas (San Juan, San Luis, Mendoza, La Rioja)”. Aquí conviene aclarar que era habitual en épocas de reacomodamiento institucional que antiguos  caudillos alzados y aun matreros fueran indultados y pasaran a prestar servicios al Estado. Piénsese en Baigorrita, el coronel Baigorria, que dio nombre a un pueblo.

¿Qué pidió el cura a cambio?: “Y que por su parte únicamente se comprometiese a entrar a Ejercicios en la Casa del Tránsito con 300 de sus amigos, dándoles yo todo lo que necesitasen hasta volver a sus casas”.

Dos cosas se pueden observar. Por un lado, la absoluta fe del cura en la gracia de Dios y en el método de los Ejercicios para dar un viraje en la vida individual y social; por el otro, la suma pobreza de los llanistas que el cura ofrece aliviar hasta que vuelvan a sus casas.

Recuerda entonces Brochero que ya desde la época en que “abría los cimientos del Colegio y la Casa de Ejercicios decía a mis feligreses en mis pláticas y en mis conversaciones: “Traeré a Guayama con todos sus amigos a esta Casa”. Los feligreses, a su vez, le decían: “Si tal lo hace, le ayudaremos con plata, vacas y cuanto tengamos y lo recibiremos con arcos triunfales”.

Se advierte también la fe de los feligreses. No tienen la actitud de ciertos sectores medios actuales o de la monja que no quiere chinitas en el colegio. Están dispuestos a dar lo que no tienen para que los grupos marginados por la injusticia y la pobreza pudieran ser incluidos en la comunidad. El cura, por su parte, tenía bien presente a todos los que le habían prometido ayudar con los gastos. Unos eran finados; otros, vivían diseminados en sus aisladas estancias.

¿Qué respondió Guayama? En primer lugar, que la única deuda que tenía era con el Sr. Llanos; en segundo lugar, que aceptaba las generosas propuestas pero era escéptico sobre el indulto. Él ya lo había intentado por medio de poderosos personajes pero nada había conseguido. “En cuanto a la ocupación militar, se permitía rehusarla, porque estaba ya cansado con  18 años de andar con armas, y que aun ese trabuco que llevaba a la cintura le molestaba como una penosa necesidad para defender su vida.”

3.- Amistad criolla, burocracia civilizada

El cura se pone manos a la obra. Se fue a Pozo Cercado, a 35 kilómetros de Chepes y 95 del punto de conferencia, a lo de Señor Llanos y le dijo: “Mi amigo: de lo perdido algo recogido es gran negocio. Le haré a Ud. siete funerales por los  700$ que le debe S. Guayama, y Usted me dará el recibo de haberle él pagado satisfactoriamente. Convino en ello el Sr. Llanos, y con esto me fui a Catuna (a 70 kilómetros de Pozo Cercado) a verme con el señor Tránsito Tello, hombre acaudalado y amigo de Guayama”.  Es de advertir las tremendas distancias que desanda Brochero para incluir a los montoneros sin que nadie los persiguiera y sin que ellos tuvieran que recurrir al robo y al saqueo. Por otro lado, la red cultural que hace que en los llanos todos fueran amigos de Guayama y la profunda lealtad que implicaba la palabra amigo, como aquel a quien se le tiene confianza. “Decir amigo, amigo, amigo, es decir confidente” (Bertucelli, 1986).

Misterio  de la amistad. Obsérvese el inmenso capital simbólico del discurso secreto de los “gérmenes de Verbo” de que ya hemos hablado y de sus múltiples manifestaciones en la vida de la comunidad. ¿Acaso el libro de Job (6.14-15) no es un himno a los avatares de la amistad?: “Al amigo que sufre se le ama/ aunque olvide el temor del Todopoderoso”. Más aún, la amistad es superior a las relaciones de parentesco: “pero mis hermanos me traicionaron como un torrente/ como un arroyo cuando se queda sin agua”.

Era el señor Tello un hombre acaudalado y amigo de Guayama. Brochero le refiere su conferencia con el caudillo y la contestación que obtuvo. Entonces le dijo: “Quiero que a su amigo le dé una de sus estancias con 200 vacas, para que viva y trabaje en ella así que salga de los Ejercicios, adonde irá inmediatamente que yo le saque el indulto. La contestación del Señor Tello fue franca diciéndome: “con mucho gusto, y será la mejor de las que poseo”.

Tras estas diligencias, “y bien contento”, Brochero regresó a su curato y ahí no más pasó a Córdoba. Su gestión se dirigió al Doctor Castellano (luego obispo) y al canónigo Juan Martín Yaniz, su condiscípulo y compañero de ordenación, para que lo ayudaran a conquistar a Guayama. Les pidió que se hicieran cargo de los funerales y se haría cargo del pago de los músicos y derechos de velas. Aceptaron con la mejor voluntad. Hicieron los funerales y le extendieron los correspondientes recibos “los que presenté al Señor Patricio Llanos, quien me dio el de haberle pagado Guayama a satisfacción los 700$”. ¿Qué prestamista “civilizado” aceptaría que le paguen una vieja deuda con siete funerales”?

En los tiempos de Peñaloza, Guayama había tomado preso a Llanos y este, muerto de miedo, le había prestado la suma a modo de rescate. Lo curioso es saber qué hizo Guayama con esa suma y con el prisionero. El relato de Brochero no deja lugar a dudas sobre la singularidad de las relaciones sociales en la convulsionada Argentina criolla: “Guayama me dijo que este valor (en cóndores de oro) los distribuyó a sus soldados en presencia del mismo Señor Llanos, poniéndolo inmediatamente en libertad.”

Pero faltaba lo más difícil: el indulto. Acudió en primer lugar al senador nacional Víctor Lucero, otro de sus condiscípulos pidiéndole que le preparara el terreno con Avellaneda que era el presidente: “Hizo Lucero más de lo que yo le pedía, y el resultado fue negativo”. Se valió entonces de su condiscípulo y amigo Miguel Juárez Celman que era Ministro de Gobierno de Córdoba y concuñado del ministro de guerra, General Roca. Hizo la diligencia telegráfica y el general respondió que ordenaría a los fiscales de las cuatro provincias arriba citadas para que no pusiesen acusación alguna contra Guayama, ni lo molestasen en ningún sentido.

“Con ese telegrama me fui a los llanos, prosigue Brochero,  hice “campiar” a mi amigo Santos para enseñarle ese documento.” Le mandó a decir que lo esperaba en Ñoqueve, casa de Angel Tello. Santos vino, vio el telegrama y consideró que no era suficiente porque no venía firmado por el Presidente y por el Senado.

Manda entonces una carta al “querido amigo Juárez Celman” con la contestación de Guayama para que solicitara nuevamente al General Roca lo que exigía el montonero. Miguel le contesta que debía hacer una solicitud formal y mandarla. Entre Córdoba y Ñoqueve había trescientos kilómetros por eso pidió a un amigo que abriera la carta de Juárez antes de llevarla a Traslasierra y que, si había alguna dificultad, buscara el medio de salvarla en Córdoba. Así lo hizo. Comprendió que ni el cura ni Guayama podrían guardar “la forma militar” en su escrito. Entonces le pidió a Juárez Celman que la hiciera de modo que Guayama sólo tuviese que firmarla. Luego de firmarla, Guayama hizo sacar copia de la solicitud y “con esta copia andaba entrando en las poblaciones”.

4.- Escribir la ley con la punta de la espada

Cierta vez que Brochero fue a San Juan por un pedido al obispo, saludó de paso a Guayama y le dijo que “no hacía bien en entrarse en los pueblos sin haberle obtenido el indulto”. El gaucho le respondió que enseñaba aquella copia a las autoridades orilleras (suburbanas), les decía que ya estaba indultado y así lo dejaban entrar y salir.

Así fue que, “en una de esas idas a San Juan, lo hizo a llamar a su casa un Señor Lloveras (…) con el pretexto de darle un dinero para que le comprase un ganado. Fue él con toda sencillez y sin armas, y allí vino o estaba apostada la partida que lo tomó”. Fue una mañana de 1878. El capitán Mateo Cano al mando de quince soldados rodeó la manzana, penetró a la casa de Lloveras e intimó la entrega del “bandolero”. Simuló protestas el dueño de casa ante la violación de domicilio y Guayama fue encerrado en el cuartel de San Clemente. Le levantaron sumario pero el sumario desapareció al poco tiempo. Parece que había declaraciones comprometedoras para personas de “hondo arraigo” en San Juan.

Guayama le hace un chasque a Brochero. Echó tres días entre San Juan y el Tránsito. Le pedía que fuera para salvarle la vida. Brochero contestó que creía inútil su ida a San Juan porque no conocía ni tenía influencia sobre el gobernador Gómez. Que lo que  él pudiera hacer, lo harían el obispo Achával, el Vicario Laspiur y un querido condiscípulo, Doctor Juan Crisóstomo Albarracín, a quienes les escribía pidiéndoles que se empeñaran enérgicamente con el Gobernador para que no dejasen que le quitaran la vida: “Y para que él viese la energía con me empeñaba con las personas referidas, le mandé abiertas las cartas para dichos señores, y que él las hiciera entregar después de leerlas, y que yo inmediatamente me iría a Córdoba a hacer telegramas a Buenos Aires en donde esperaba poder salvarle la vida”.

Antes de irse a Córdoba,  mandó un telegrama a la mujer del presidente para: “que pidiese a su esposo que influyera con las autoridades de San Juan que no le quitasen la vida a Guayama, sin perjuicio de aplicarle la pena que merecían sus fechorías.”

Todo fue inútil y, a lo mejor, insuficiente: “La Señora de Avellaneda no me contestó hasta hoy, y a los cinco días vi en un diario –con profundo dolor de mi alma – que Guayama había sido muerto en la cárcel pública. Y varios sanjuaninos me dijeron que había sido fusilado allí. Lo mismo me confirmó el Doctor Oros que fue el abogado de Guayama”.

La pregunta es: ¿Por qué Brochero no viajó de inmediato a San Juan? ¿No quiso exponerse? ¿Juzgó que eran más eficaces sus gestiones a través de sus amigos con altos cargos eclesiásticos en San Juan y con el recurso de tocar el corazón del presidente a través de su mujer? Por los intersticios se cuelan enigmas de difícil respuesta. En la carta de Brochero se puede leer una denuncia sobre el fusilamiento de Guayama. En efecto, la versión oficial sostiene que a los dos meses de estar preso, Guayama promovió una sublevación sofocada con nutrido tiroteo y muertos. Cuando se interrogó al Gobernador Gómez en virtud de qué ley había procedido, respondió lacónicamente: “Hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de la espada”.

Era la mentalidad de la clase dominante de San Juan. Su  mentor, Domingo Faustino Sarmiento, fue quien ordenó escarnecer a la Victoria Romero,  mujer del Chacho Peñaloza. El himno que los escolares cantan en loor del gran maestro celebra su lucha “con la espada, con la pluma y la palabra”. Gómez lo resumió con un oxímoron borgiano: “escribir la ley con la punta de la espada”.

5.- Lealtad popular, miedo “civilizado”

El cura narró con ingenuidad sus esfuerzos por Guayama: “He ahí lo que hice por este amigo, y he ahí el cómo y el dónde acabó su vida”. Siente frustrados sus esfuerzos por moralizar a Guayama y sus amigos.

Al final, Brochero se queda del lado de acá: no logra entender del todo a esos “semibárbaros y salvajes”, pero se siente amigo de ellos y sabe valorar su amistad: “No debo concluir sin declararle que Guayama habíame dado ya pruebas de sincera lealtad. Y entre otras me había recomendado a sus amigos que –aunque semibárbaros y salvajes – se mostraban conmigo atentos, complacientes y comedidos hasta la exageración, llegando varios de ellos a darme limosnas para mis obras, sin que yo las pidiera, y acompañarme en todo el trayecto en el mencionado viaje a San Juan.” Había salido con un solo amigo de Guayama y llegó a San Juan con cinco. La amistad era respetada en los llanos y travesías.

Brochero podía cruzar seguro y la “amistad firme y sincera” de Guayama lo protegía donde quiera que fuera. Cierta vez llegó a hacer noche en un paraje llamado Los Papagayos. No bien se aseguraron quién era, le abrieron la casa y le hicieron notar que se sentían honrados con su presencia. Era un parador en que vendían a precio de oro el maíz, la alfalfa y demás provisiones, pero al cura se la procuraron gratis y abundante: “una suculenta cena para nosotros y nuestras bestias”. Allí se enteró que Guayama le había dejado el encargo de convidar a todos los laguneros para que fueran a los Ejercicios.

Es una carta preciosa, pero llena de indicios de que Brochero  ha dudado mucho en el momento de seleccionar qué contar, cómo contarlo, cómo construir su participación en semejante tragedia. Lo consigna con claridad, y nos traslada sus dudas, en la fórmula de despedida: “Sin más, lo saluda su Cura, que no tiene tiempo para quitar los borrones que lleva ésta”.

Mejor así. Al no disciplinar su memoria, construyó una historia de amistad, de lealtad y un testimonio del miedo secreto del “civilizado” que también acomete a los más santos propósitos. El miedo del civilizado, ¿enturbia a veces nuestra fe y nuestra mirada hacia los hermanos marginados, excluidos, explotados, injustamente tratados por una justicia y una policía que mira la realidad con el ojo del amo? Acá en América, hasta a los santos les pasa. Y los intelectuales, ¿a qué le llamamos lucidez si tenemos miedo de pensar?

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

7 de ene. de 20

Fuentes:

Bertucelli, Sebastián, 1986, Proyecto Brochero. Control de tuberculosis, Córdoba, Dirección de Familia. Gobierno de la Pcia. de Córdoba. Versa sobre el trabajo en redes y la fabulosa “Minga de la Tuberculosis”.

Brochero, José Gabriel del Rosario, 1999, El cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía a cargo de la Lic. Liliana de Denaro y del Pbro. Dr. Carlos I. Heredia.

Estrada, Marcos, 1962, Martina Chapanay. Realidad y mito, Buenos Aires, Imprenta Varese

Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Eudeba, Buenos Aires