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por Jorge Torres Roggero

1.- La insólita tarea

En marzojauretchepodestá de 1967 la Encíclica Populorum Progressio resuena en el mundo. Sus ecos se expanden a derecha e izquierda. El mensaje de Pablo VI suscita controversias tanto en lo teológico como en lo político. Exégesis, análisis y discusiones expanden el carácter ecuménico del mensaje. La Iglesia comienza a gozar de buena prensa y la sorpresa cunde entre las expresiones tradicionales del catolicismo.

En la Argentina, en ese mismo año, apelando a la urgencia de una palabra dirigida a “poner en claro el papel de la Iglesia frente a la realidad terrena”, la Editorial Plus Ultra lleva adelante una edición de la encíclica titulada El Pensamiento Nacional y la Encíclica Populorum Progressio (1967). El tomo es presentado como un intento de la más “compleja y crítica pluralidad”. En efecto, va precedida con introducciones que enfocan el texto no sólo desde el punto de vista teológico, sino también desde el punto de vista cultural, sociológico y político. Los encargados de tan insólita tarea son Arturo Jauretche, Monseñor Jerónimo José Podestá, Ernesto Sábato y Marcelo Sánchez Sorondo que figuran en grandes letras en la mitad superior de la tapa blanca y amarilla.

2.- Sábato, Podestá, Sánchez Sorondo

Sábato enfoca su breve presentación desde una moral laica y europeísta. La encíclica es una manifestación de la crisis de conciencia de una parte de la Iglesia. Su carácter revolucionario es una demostración de que ya no cumplía “con los postulados de su filosofía básica, de su concepto y origen evangélico, de su doctrina de la persona humana. Y que por tales motivos había quedado casi siempre del lado del privilegio”. Les reprocha a los católicos pudientes su postura en relación al peronismo: estos católicos antiperonistas, tan “preocupados por la dignidad de la persona y los fueros humanos”, jamás dijeron una palabra “contra la tortura de obreros peronistas que se cometieron en los primeros tiempos de la Revolución Libertadora”. El texto de Sábato muestra las limitaciones de la Iglesia por su persistente servilismo con respecto a las dictaduras latinoamericanas; pero, a la vez, las limitaciones de Sábato que reduce el carácter genocida de la Revolución Libertadora a “los primeros tiempos”.

Sábato advierte sobre la actitud de las “señoras católicas” que, si bien no decían abiertamente que el Papa era comunista, sostenían que estaba rodeado por comunistas. Reconoce el carácter antimperialista de la Encíclica, su denuncia del supercapitalismo, pero también de los estados “supersocializados”. Concluye haciendo votos para que los católicos argentinos lean la Encíclica con “extremo cuidado y respetuosa consideración militante” y dejen de encasillar de comunistas a los que desde la cátedra o el libro piden exactamente lo que ha pedido “con solemne grandeza” el Pontífice.

El obispo Podestá, por su parte, en un proemio titulado “Sobre la encíclica El desarrollo de los pueblos”, aspira a trasuntar el mensaje del Papa desde la Palabra de Dios. La Encíclica invita incluso a “quien no entienda que esto es el Evangelio” resonando a través de los siglos, para que vislumbre, al menos, “el profundo caudal de solidaridad humana que se ha gestado en la experiencia de veinte siglos” que trasunta el texto.

Podestá evoca la visión de Calcuta, “capital de la pobreza”, en el reciente viaje del Papa a la India. Allí fue cuando recibió en el rostro, “como un vómito”, la miseria humana. Pero el más grave mal es la miseria moral, la miseria del egoísmo que presenta “análogos contrastes en París, Nueva York, o en Buenos Aires”. Denuncia los voluminosos informes que de tanto en tanto se producen en las comisiones de las grandes Asambleas del mundo. Pone ejemplos de todas partes, pero, en especial, de los países subdesarrollados donde los ricos y poderosos se pasan despotricando contra gobiernos y políticos, pero tienen “su cuantioso capital invertido en las bancas extranjeras”. Podestá se propone encarar desde el punto de vista teológico el contenido de una Encíclica que oficia de “voz de la conciencia contemporánea”. Su fundamento teológico es el anuncio del Reino de Dios que debe instaurarse sobre la tierra como signo de la presencia divina en la historia de los hombres. Dice Podestá: “La liberación del hombre por el hombre es el único verdadero signo del encuentro del hombre con Dios y la verdadera señal de que Cristo ha de volver a la tierra para restaurar todas las cosas en la justicia y en el amor. Es la única esperanza de que habrá cumplirse el Plan salvador de Dios y de que un día habrá, efectivamente, como lo preanuncia del Evangelio: “Cielos nuevos y tierra nueva”.

Rechaza la posición de algunos que presentan el contenido de la Encíclica como una utopía, en el sentido vulgar de irrealizable. En todo caso, el Papa pone en práctica la “ingenua utopía de postular un mundo que se fundamente no en el afán de lucro y en la sola competencia”, sino que pide que se funde en “el amor, la solidaridad y en la generosidad de todos los hombres”. Se trata de construir un mundo en que todo hombre, sin distinción de raza, religión o nacionalidad, pueda “vivir una vida plena y dignamente humana”.  La crítica al liberalismo extremo, el libre mercado, los excesos de la propiedad privada, la perversidad del imperialismo internacional del dinero y la oprobiosa fuga de capitales en los países débiles, son el fundamento de la “utopía” del Papa. Pero esa es la voz de Dios para los hombres y el mundo, la fe como fundamento de la esperanza, el realismo fraternal para no recaer en la barbarie. De ahí la denuncia del Papa: llama al liberalismo “sistema nefasto” y lo caracteriza como una hegemonía que “emponzoñó la civilización cristiana”.Podestá convoca a los funcionarios cristianos a no dejar “cesante y en la calle” a quien lleva 25 años de servicio. Concluye: “Argentinos: a nosotros también nos habla el Papa”.

Marcelo Sánchez Sorondo, en “¿Hacia una nueva cristiandad?”, renueva las incógnitas que aquejan a ciertos católicos que añoran la vieja aspiración de una alianza entre el trono y el altar. Ensaya un repaso histórico de la progresiva laicización de la cultura occidental, del imperi
o del individualismo burgués. “Césares de nuevo cuño” arrastran a una pugna Oriente/Occidente, se deja de lado la grandeza reducida a la economía y a la geografía: “Unidas en los extremos, Rusia y Norteamérica concentraron sendas dominaciones, en un reparto a escala universal sin precedentes”. Sánchez Sorondo desconfía del reconocimiento de la “ciudadanía secular” hacia la Iglesia porque la considera paralela al ocaso de la cosmovisión del liberalismo europeo de la “derecha”, del “centro” y de la “izquierda”. El autor pasa a historiar cómo se da el ataque hacia la Iglesia, especialmente desde el manifiesto comunista de 1848, “con vehemencia desde los cuatro puntos cardinales por las fuerzas subversivas”. No es extraño, entonces, que perciba con cierta desconfianza “la promoción actual de la Iglesia” en tanto “especialista en moralidades, en tanto centro pío que irradia una ética bienhechora, una ecuménica fraternidad”. Considera que, al “bambolearse las instituciones de la sociedad tradicional”, las naciones rectoras de Occidente, “ajenas ya al espíritu del Evangelio, se han convertido en países de misión.” Sánchez Sorondo desconfía de la profundidad religiosa del texto de Pablo VI: “Por eso la “Populorum Progressio” se destaca por la profana acuidad de sus argumentos. El signo religioso que impregna el contexto se refleja en una luz suave, mansa. Más que un documento pontificio parece la obra de un príncipe cristiano”. Rescata la crítica al “liberalismo sin freno”, al “libre mercado” y a la sola “ley de libre concurrencia”.

Concluye sosteniendo que cualquiera sea “la compatibilidad de estas tesis con la doctrina tradicional”, no caben dudas de que la encíclica se enrola en una “posición existencialmente revolucionaria” porque proclama la necesidad de un cambio y “reclama reformas profundas”. Termina postulando que la Iglesia se ha decidido no a reconstruir la cristiandad sino a forjar otra cristiandad distinta de aquella que se conoció en la Edad Media. Por eso su pregunta sobre una actualidad “demasiado humana” de la Iglesia, distraída de su espíritu de unidad, de su tradicional tarea de sofocar “el pecado de inteligencia”. El autor se siente acechado por cierta angustia espiritual por la permisión eclesial de una especie de “coexistencia”. Pero eso, piensa desde su perplejidad, “es un asunto que trasciende el horizonte de la historia”.

3.- Arturo Jauretche habla sobre política en la ciudad terrena

La ponencia de Jauretche, cuyos principales puntos se transcriben a continuación, se titula “Política en la ciudad terrena”. Es un original vistazo sobre la secular sabiduría política de la Iglesia. Como en todos sus escritos parte de un hecho puntual: su polémica con el señor Arrausi, secretario general del Sindicato de Viajantes que vamos a omitir. Arrausi pertenecía a los 32 Gremios Democráticos como se autotitularon en su retirada los pocos gremios que quedaron en manos de socialistas, comunistas o radicales a medida que las 62 Organizaciones Peronistas iban recobrando, en elecciones libres, los sindicatos arrebatados por la represión, la tortura y los tanques de la llamada Revolución Libertadora.

Entre otros aspectos, se notarán en el texto interesantes reflexiones epocales sobre el papel del catolicismo en Latinoamérica y sobre la penetración del imperialismo anglosajón mediante el apoyo y difusión del protestantismo. Como siempre, un Jauretche polémico.

Damos paso a Jauretche que inicia narrando una hilarante mesa redonda entre un socialista, un jesuita, un laico católico y un profeta nacional y popular que, inesperadamente, ensaya un uso “populista” de Guido von List un extraño y discutido pensador austríaco de comienzos del SXIX y recoge el testimonio de un amigo falangista
. La transcripción respeta el sistema de citas de la edición Plus Ultra. Con mínimas supresiones, este es el artículo de Arturo Jauretche:

 4.- Un papista apasionado

(…) “Ruego al lector que me perdone esta introducción, pero ella me es necesaria porque el tema en que voy a entrar es escabroso, si no para los católicos que me van a leer, para los ateos que vigilan mi ortodoxia, como se verá. Así ocurrió en el episodio en el Canal 2 que refiero hacia mediados de abril del corriente año. Se realizaba una mesa redonda sobre la encíclica. En la rueda viniendo de izquierda, y ya en segunda vuelta de exposiciones, había hablado un sacerdote, el padre Ferri, director del Seminario Teológico de San Miguel; le sucedió el doctor Tamit, católico militante, ex presidente del Banco Central, y cuando me llegó el turno, empecé diciendo que yo me iba a ocupar del aspecto de la encíclica vinculado con la política de la Iglesia.

“Si bien el objeto último de la Iglesia es la Ciudad Celeste”, —dije—, “ésta tiene que cumplir misión en la tierra, en la ciudad terrena, que es donde ejerce su apostolado. Se propone salvar para el cielo, pero lo hace en la tierra y por consecuencia en la tierra tiene que vivir.”

“Vivir en la tierra significa convivir, y convivir significa una política que tiene que practicarse entre las políticas de la tierra, es decir, de los agrupamientos humanos; en nuestro caso, y hoy, los estados y su estructura institucional, económica y social”.

“Como institución política la Iglesia es la más vieja del mundo y en poco tiempo más ha de cumplir 20 siglos. Prescindiendo de la sabiduría eterna que se le supone tiene una sabiduría política terrena, hija de una larga experiencia, la más larga de todas.” (Aquí pude acotar, usando mi “Martín Fierro”, aquello de que “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, seguramente válido para los representantes de Dios. Pero no lo hice, no fuera a meterme en teología en presencia de un teólogo como el padre Ferri que lo es con toda la barba, aunque no la use.)Entraba así al tema, este que estoy tratando ahora, y continué diciendo:

“La Iglesia se encuentra en presencia de un mundo que ya no se conforma a las estructuras capitalistas y colonialistas heredadas del siglo XIX. Ve con toda claridad el cambio y ha llegado a la convicción de que es inevitable.”

“Con prescindencia de las razones espirituales que aquí se han expuesto es natural que la Iglesia se ponga en la línea del cambio desde que éste es inevitable. Debe hacerlo por esa misma necesidad de convivir con el mundo presente y futuro, y con la estructura de la sociedad en la cual debe ejercer su apostolado. La Iglesia ha convivido con el Imperio Romano, con el feudalismo, con el capitalismo y deberá convivir con la sociedad que viene. Toma la posición de ésta, porque su sabiduría política terrena la guía para adelantarse a los tiempos, para no quedarse atrás. Cualesquiera sean las razones de orden moral, filosófico o teológico que inspiran la anterior encíclica «Mater et Magistra», o ésta «Populorum Progressio”, hay razones de orden político, vinculadas a lo que se dijo al principio—el necesario ejercicio del apostolado—, que la llevan a adecuarse al mundo que nace y a condenar las formas que se le oponen del mundo que perece, pues la misión de la Iglesia en la tierra es estar presente, cualesquiera sean las circunstancias, con la palabra divina.”

“Con esto pretendo”, continué, “añadir un aspecto pragmático del contenido de las encíclicas que se vincula con la oportunidad histórica en que ellas se producen: la Iglesia juega al cambio porque ya sabe que estamos en el cambio.”

“Yo diría” —comenté entonces—, “que para un buen jugador no hay duda de este cambio cuando el jugador que tiene más larga experiencia histórica y que mide el tiempo del mundo, este mundo, con el mejor reloj, juega al cambio.”

Y aquí se produjo el episodio que me impidió continuar entonces. La voz ahuecada, solemne, del inexperto orador y dirigente sindical (de los 3 y 2), compañero Arrausi, adquirió un tono angustiado de sensibilidad herida, cuando me increpó:

“¡Usted no tiene derecho a minimizar la actitud de Su Santidad envolviéndola en un sucio cálculo político!”La interrupción combinaba el ácido acento parlamentario de don Nicolás Repetto inculcado en los fermentarios socialistas democráticos, y las admoniciones del presbítero Castro Barros.

Me pareció destinada a agregar una prueba más de la eficacia de “Populorum Progressio”. Pensé por un momento: “¡He aquí un hijo de Belial, un agnóstico convertido al que le toca amparar a Su Santidad con esa, su poderosa fe de converso!” Conozco de sobra el entusiasmo de los neófitos y no podía chocarme ese violento e inesperado papismo. Pero miré a mi izquierda —los creyentes estaban a la izquierda en esa mesa— y percibí que ni el teólogo ni el católico militante aprobaban al viajante de comercio, en su sagrada indignación.

Se me ocurrió señalarlo y le dije al tal Arrausi: “Es curioso que ni el sacerdote ni el creyente hayan visto agresión a Su Santidad y que el que me ataca tan violentamente imputándome un propósito minimizador respecto del Papa, sea un creyente en Norteamérico Ghioldi”.

La reacción del tal Arrausi mostró la cola del diablo. Me gritó nazi. Y esto provocó a su vez una reacción mía que evidentemente se salió de las formas parlamentarias y pacíficas, enseñadas en los fermentarios, constituyendo uno de los sketches más movidos de la televisión de los últimos tiempos.Arrausi, olvidado ya de su papismo, apeló a su buen Sarmiento retirándose al grito de: “Las ideas no se matan”. Y eso es todo lo que ocurrió entonces y sirve para explicar por qué en este trabajo no hago más que continuar lo interrumpido en una mesa redonda televisada.

5.- Tiempos de adversidad

En Madrid en 1958, mi amigo Ceferino de Maestu, jefe de la Agencia F. I. E. L. y avezado periodista me contó una entrevista reciente de su agencia, con el Papa Juan XXIII. En ella, y haciéndole preguntas sobre el Concilio que entonces se preparaba, y se realizó después, cuyas resoluciones tanto han gravitado en las Encíclicas que se comentan, Su Santidad hizo mención, entre los fines del Concilio, a la solución probable de los problemas pendientes con la Iglesia griega. Como alguien preguntase qué importancia revestía esa escisión y cuál era la urgencia por resolverla, Su Santidad dijo algo cuya trascendencia se va poniendo en evidencia con el transcurso del tiempo y con las sucesivas Encíclicas.

Señaló entonces que ninguna cuestión de dogma separaba la Iglesia griega de la romana. Se trataría de una cuestión puramente política y en la que Roma había cometido un error al subestimar, en la época de la escisión, la importancia del patriarca de Constantinopla, que debió ser medida por la importancia de Bizancio en ese momento histórico. Roma cometió entonces un error político “que es necesario rectificar pues tenemos mucho que aprender de la Iglesia griega y ella nos puede ayudar”, dijo Su Santidad. Agregó que la Iglesia griega lleva muchos siglos de convivencia con la adversidad, lo que revela una sabiduría política, útil para perfeccionar la nuestra, en una hora en que estamos también en el riesgo de la adversidad.

Reconstruyo de memoria un relato al que no asigné en su momento la debida importancia pero cuyo contenido se esclarece a la luz de los hechos posteriores y puede explicar la “Populorum Progressio” desde el limitado ángulo que lo encaro en este pequeño ensayo en que prefiero minimizar su contenido a nivel político, para emplear la expresión del neófito del fermentario (esta referencia de Maestú ha sido ratificada recientemente por el viaje de Pablo VI al Cercano Oriente y su entrevista con el patriarca de Constantinopla Atenágoras).

A nivel político, la Iglesia sabe mucho, como ya se ha dicho. Pero allí sabe a nivel humano y no divino. El que en ocasiones se equivoque, y que el Sumo Pontífice lo acepte, prueba tanto la sabiduría papal, como la naturaleza humana de su sabiduría política.

Cuando digo que es el político que sabe más, no digo tampoco que las sabe todas. Si se equivocó en este caso de la Iglesia griega, o no, es juicio de hombre. Yo creo que se ha equivocado muchas veces, con ser quien más veces acierta. Y precisamente se equivoca en lo temporal cuando se aferra demasiado a lo temporal de ayer, olvidando lo temporal de hoy y de mañana. Así cuando la Reforma se aferró demasiado a lo temporal y por cuidarlo sirvió a los protestantes que los Príncipes apoyaron para conseguir lo temporal que la Iglesia no les daba por las buenas, convirtiendo en protectores del protestantismo a los que hubieran sido sus enemigos. Entonces la Iglesia política, como cualquier político, pesó mal las fuerzas y se vio envuelta en el mismo drama de España. La Espada de los Habsburgo que dejó de apuntar al mar para apuntar a la Europa del Sacro Imperio Romano-Germánico, le dio una falsa sensación de fuerza y jugó a la Edad Media sobre la cuna de la Moderna. Roma perdió media Europa y España el océano; en ambos casos ganaron los protestantes.

Pudo jugar a la Edad Media por una concepción política, ligando demasiado lo divino a la estructura de la sociedad y no inversamente; pesó en su pensamiento político el aferrarse a un orden temporal por razones temporales; o por la engañosa apariencia de poder de los Habsburgo.

Ni el orden de la Edad Media ni el del capitalismo que le sucedió eran divinos, sino terrenales, y tal vez olvidó que ningún orden terrenal está vinculado a la eternidad. Su quehacer político necesita jugar en el tiempo de los hombres, que no es el tiempo de la eternidad, que no lo tiene.

Ésta es una razón para que la Iglesia tenga política, aunque Dios no la tenga. (Pero me estoy metiendo en honduras y sigo el consejo del viejo Rosquilla: “No te metás en lo hondo andando bien por la orilla”.)

El capitalismo no nació por la Iglesia sino a contrapelo de la misma, pero la Iglesia, si cometió el error político de no verlo a tiempo, no cometió el error político de empeñarse en no verlo. Y convivió, se adentró en ese orden hasta el punto de que muchos creyeron que era el orden de la Iglesia. Ahora nos está diciendo que ése no es su orden; es que ahora no ve a destiempo; sólo que está llena de quienes no quieren verlo porque son más hijos de ese orden que de la Iglesia, aunque crean serlo de esta última.Y en aclarar esto ya ha andado mucho.

Antes de Juan XXIII y Pablo VI el capitalismo pretendía identificarse con el orden cristiano y había logrado crear una imagen que muchos católicos creían y de la que resultaba que más bien que ser el capitalismo un momento en el orden cristiano, era el orden cristiano un hijo del capitalismo. De ahí debe provenir esa identificación de la fórmula: occidental y cristiano. O tenerlos por siameses, como el “New York Herald” y “La Prensa”.

Si esta imagen era válida para muchos creyentes mucho más lo era para los no creyentes. Tal vez ahora la imagen de la Iglesia haya cambiado más entre éstos que entre los católicos; éstos poseían la imagen verdadera pero no distinguían entre lo temporal y lo espiritual y confundían la política de convivencia con cada estadio de la sociedad, con una supuesta perennidad de los estadios. Las encíclicas hacen la necesaria dicotomía que sólo no entienden quienes se aferran más al estadio que a la Iglesia, seguramente porque su fe reposa más en los estadios que en las enseñanzas. Es lo que les ocurre a los que creen más en el capitalismo que en su fe, aunque no lo sepan.

Es a los creyentes que se dirige el apostolado. Los creyentes hacen el mismo desde que son parte de la Iglesia; no lo son en cambio, aunque crean serlo, los que se preocupan más de salvar sus cosas que de salvarse salvando a los que no creen.

Será difícil hoy que alguien recuerde siquiera aquello de “ahorcar el último cura con las tripas del último militar”. Y que no se lo recuerde es ya una prueba de cómo está abonado el campo de los no creyentes, es decir, cómo ya la Iglesia convive en el mundo donde el apostolado debe ejercitarse, que es el de los no creyentes.

Hablo sólo de política; ésta se adecua a esa convivencia necesaria para la Iglesia que viviendo en el mundo se adecua al mundo, pero no quema sus naves por las cosas del mundo. A la imagen cerrada de los dos ateísmos —el capitalismo que la vio como instrumento y el revolucionario que la vio como enemigo— la Iglesia le da una imagen abierta con toda la gama, como que contiene toda la gama el mundo de cambio en que vivimos. Así puede ir de monseñor Caggiano a Camilo Torres…

6.- La Iglesia y el Tercer Mundo

“Populorum Progressio”, como lo dice en el principio, continúa los enunciados de “Rerum Novarum”, “Quadragésimo Anno”, “Mater et Magistra” y “Pacem in Terris” con que los predecesores de Pablo VI cumplieron “el deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales de su tiempo la luz del Evangelio”. En la definición ascendente que expresa esta secuela la última encíclica afronta la cuestión social desde un ángulo concreto y preciso, indiscutiblemente ligado a las condiciones de la política mundial. Todos los enunciados de las anteriores que son también ecuménicos, encuentran en esta encíclica el encuadre que les permite ajustarse a las exigencias de la justicia determinando el marco en que la injusticia está contenida y el camino de su realización.

Lo novedoso y fundamental de esta encíclica es precisamente que desde la posición ecuménica del pontificado se esquiva o, mejor dicho, se revela, la trampa básica del liberalismo que consiste en suponer el mundo de los hombres al margen de las estructuras nacionales dentro de las cuales están contenidos, y a que podía ser tentado el pensamiento religioso estableciendo la relación entre Dios y el hombre con prescindencia de la situación del hombre dentro del continente nacional.

Ya List en su “Sistema de economía nacional” había señalado a principios del siglo pasado que en el terreno económico la doctrina de Adam Smith y sus corifeos pretendía ignorar que el mundo no era una agregación de individuos aislados sino una agregación de naciones en distintos estadios de desarrollo. Esta ficción del liberalismo estaba destinada a dar la imagen de un mundo homogéneo y abstracto en el cual jugaban libremente las leyes naturales que el liberalismo enunciaba como respondiendo a un orden matemático. La consecuencia inevitable para List de ignorar ese hecho —el nacional— sería que a medida que se profundizase el desarrollo capitalista se iba a profundizar la desigualdad entre las naciones colocadas en distintos estadios de desarrollo y que consecuentemente el mundo tendía a configurarse con profundas diferencias entre los países que por la industrialización llegarían a los más altos niveles económicos y los que, por su indefensión frente al poder dominante de éstos, en la economía de la división internacional del trabajo, se estacionarían y aun retrocederían en su desarrollo. La desigualdad entre las naciones se iría profundizando con el desarrollo del mundo capitalista con lo que la heterogeneidad del mundo supuestamente homogéneo se profundizaría hasta marcarse claramente el desequilibrio entre los que hoy se llaman los pueblos desarrollados y pueblos en subdesarrollo.

¿Esta desproporción entre las naciones, este desequilibrio entre los cuerpos políticos en que los hombres están contenidos podía no interesar a la Iglesia ya que su materia no son los estados sino el hombre? El hombre como sujeto de la caridad y la justicia está contenido en ellos y sus posibilidades están circunscriptas dentro de sus límites. Ni el hombre es una abstracción, ni tampoco las naciones, y es en el terreno concreto del hombre donde se siembra la palabra divina. De tal manera corregir la injusticia y abrir las perspectivas del hombre obliga al diagnóstico del mal, originado en gran parte en ese desequilibrio de las naciones, pues sin el diagnóstico no es posible el remedio.

Así lo ha entendido la encíclica y por eso en ella es fundamental la comprobación que hace la cátedra de San Pedro de una inicua distribución de los bienes que ya no es la simple desigualdad social entre los hombres aislados, sino entre los hombres según el estadio nacional y económico a que pertenecen. Y aun la más inicua pretensión de disimular que el ascenso de los hombres como tales a un nivel de dignidad humana está inevitablemente ligado al ascenso de las naciones en que están contenidos los hombres como pueblos.

Oigamos el diagnóstico cuando habla de la economía moderna: “Dejada a sí misma su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no a una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida. Los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios que faltan cruelmente a otros, y estos últimos ven que sus exportaciones se hacen inciertas”.

“Al mismo tiempo los conflictos sociales se han ampliado hasta tomar las dimensiones del mundo. La viva inquietud que se ha apoderado de las clases pobres en los países que se van industrializando, se apodera ahora de aquéllos, en que la economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos adquieren ellos también la conciencia de su miseria no merecida.

A éstos se añade el escándalo de las disparidades hirientes, no sólo en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder. “Mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población pobre y dispersa está privada de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad, y aun muchas veces viviendo en condiciones de vida y de trabajo, indignas de la persona humana.”

Al hablar de la equidad en las relaciones comerciales la encíclica dice: “Las naciones altamente industrializadas exportan sobre todo productos elaborados, mientras que las economías poco desarrolladas no tienen para vender más que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico, los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado. Por el contrario, los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados, sufren amplias y bruscas variaciones de precio, muy lejos de esa plusvalía progresiva. De ahí provienen para las naciones poco industrializadas grandes dificultades, cuando han de contar con sus exportaciones para equilibrar su economía y realizar su plan de desarrollo. Los pueblos pobres permanecen siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más ricos”.

“Es decir que la regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son ciertamente evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica: es un estímulo del progreso y recompensa el esfuerzo. Por eso los países industrialmente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman libremente en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos. Es por consiguiente el principio fundamental del liberalismo, como regla de los intercambios comerciales, el que está aquí en litigio.”

“La enseñanza de León XIII en la «Rerum Novarum» conserva su validez: el consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado desiguales, no basta para garantizar la justicia del contrato; y la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias del derecho natural. Lo que era verdadero acerca del justo salario individual, lo es también respecto a los contratos internacionales: una economía de intercambio no puede seguir descansando sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra también demasiado a menudo una dictadura económica. El libre intercambio sólo es equitativo si está sometido a las exigencias de la justicia social.”

Con estas palabras la encíclica ubica el problema de la justicia social en el plano internacional. Primero porque constata el hecho imperial que genera la expansión capitalista de unas naciones sobre otras; segundo, verifica también la inseparabilidad del mejoramiento de la condición del hombre, del mejoramiento de las condiciones nacionales; tercero, toma posición beligerante frente al hecho imperialista. Cuando se dice acción beligerante, hay que entender como tal la que corresponde a la política del espíritu; por eso se dirige al espíritu de unos y otros, imperiales y colonizados, para señalarles el camino de la comprensión como ruta aconsejada.

Lo que importa como análisis político referido exclusivamente a la ciudad terrestre es la comprobación, que hace la Iglesia, de la existencia del hecho imperialista como un factor que políticamente la obliga a definirse. Aquí no me estoy refiriendo a la tarea divina sino a esa necesaria convivencia con las situaciones contemporáneas que ha dictado la política de la Iglesia durante tantos siglos permitiéndole convivir con las más variadas estructuras económicas, políticas y sociales para cumplir su tarea apostólica.

Con esto vuelvo a lo que quise decir en la ya mentada audición televisada. Para cumplir su tarea con la palabra divina la Iglesia debe persistir y esa persistencia requiere una adecuación, un conformarse a cada momento de la historia. Pero es ella la que se conforma para cumplir sus fines. No permitirá que otros la conformen a ella para cumplir los suyos.

Así, si durante la etapa de creación y expansión del mundo capitalista se adaptó a éste, como se había adaptado al mundo romano, o al feudal, porque su política divina le enseña la transitoriedad de los sucesivos órdenes mundanos, su política terrena tiene que operar para sobrevivir las transiciones. Su reino no es de este mundo, pero en este mundo actúa.

La Iglesia ha convivido con el capitalismo y en esa convivencia pareció en cierta manera identificarse con él, en el orden político y social. El vivir dentro de ese orden la institucionalizó para el mismo; y si bien mantuvo siempre su divergencia espiritual, el liberalismo capitalista terminó por atribuirle una identificación material que también parecieron creer los adversarios de ese orden y una gran parte de la grey católica que no comprendía la transitoriedad puramente política de esa identificación que era sólo una convivencia necesaria para el ejercicio del apostolado.

Así fue cómo la lucha por la liberación de los pueblos en infradesarrollo pudo en un cierto momento de la propaganda capitalista ser significada como producto de una concepción marxista de la historia, y no como un hecho de la misma, generado por la historia, que cada doctrina interpretaba a su manera. (Ya hemos visto que mucho antes que el marxismo, List había enunciado las características del desparejo desarrollo nacional hasta el punto que los países que lo comprendieron pudieron hacer su propio desarrollo dentro del capitalismo con el simple recurso de eludir la mena de la división internacional del trabajo y organizar sus economías como nacionales, que es el caso de Estados Unidos y Alemania en el siglo XIX.)

El capitalismo liberal hizo del marxismo ateo una bandera para defender sus finalidades ateas con una cobertura religiosa; así fue como una lucha entre dos ateísmos fue presentada por las fuerzas conservadoras del orden existente como un conflicto entre el orden cristiano y el anticristianismo de la sociedad.

De allí salió eso de Occidente Cristiano, que tiende a hurtar la naturaleza político-económica de la estructura imperial y pretendió eludir la necesidad de afrontar los problemas del Tercer Mundo, presentando a los que intentaban resolverlo como unánimes expresiones del ateísmo marxista. En esta forma la política imperial del capitalismo pretendía instrumentar la Iglesia como uno de sus elementos de sustentación, dando al mismo tiempo una imagen falsa de las finalidades de la misma que la hubieran imposibilitado para cumplir su tarea apostólica en el inevitable surgimiento de un mundo nuevo que contiene el más numeroso caudal humano destinatario de la palabra de Cristo.

7.- Con el pie en el mañana. Occidente cristiano y occidente protestante

Pero en el momento preciso de la crisis, en el filo de la transición la Iglesia ejercita esa aptitud política para la convivencia con la política de la tierra, y toma la posición esclarecedora de la encíclica “Populorum Progressio” condenando aquello que pretendía instrumentarla para su servicio.

En la ciudad terrena la Iglesia es huésped, pero no familia de las variadas formas sociales y políticas que se suceden en la historia. Va diciendo la palabra divina y cuidando su grey, que es potencialmente toda la humanidad, y marcha en la historia conforme a los cambios que en la sociedad so producen.

La Iglesia ya sabe que el cambio está y es ya más huésped del cambio que de la sociedad capitalista. Convive y convivirá con ella, pero cada vez menos porque convive y convivirá con la que viene. Su sabiduría terrena le ha enseñado a sobrevivir para su misión celeste, y al margen de su misión de justicia y caridad contenida en la encíclica tiene una tarea política que cumplir. Esta es: vivir en la sociedad futura, y cuando enuncia en la encíclica cómo debe entenderse la palabra divina está también trazando su propio camino político. Sabe que en la perennidad terrestre de su obra tiene que estar más atenta a lo que viene que a lo que se va.

Esto es el aspecto de la política de la Iglesia que no está dicho en la encíclica pero que es implícito en la oportunidad: la Iglesia mira al futuro y ya está conviviendo con el futuro; quizá gran parte del mundo futuro le será adverso, pero aun en ese caso tiene que continuar su tarea en la adversidad, que es la enseñanza a que se refería Juan XXIII cuando anticipaba la nueva actitud con la Iglesia griega que ya está puesta en marcha desde la visita de Pablo VI a Atenágoras.

Pero esa política de convivencia con la adversidad puede no darse si la convivencia se hace al nivel de las necesarias reivindicaciones de los pueblos en cuyo amparo levanta su voz la encíclica. Ella nos dice por lo pronto cuán ajena es al capitalismo que quería atarla a su destino. Simplemente la Iglesia convivió con él como había convivido con el feudalismo o con el mundo romano.

Se prepara a convivir con lo que viene, y para convivir se pone a la cabeza de ese devenir; se adelanta a los nuevos ordenamientos: allí estará presente como estuvo antes en todas las variantes de la sociedad y del Estado.

Recuérdese lo que hemos dicho al principio. El fin de la Iglesia es la sociedad celeste —“Mi reino no es de este mundo”—, pero tiene que estar presente en la ciudad terrena para ejercer su apostolado.

Es lo que le parece minimización de la encíclica al descreído papista que me salió al cruce, porque es un papista ocasional y confunde la política de la Iglesia con la política de los hombres cuyo fin está en ella misma. ¿Cómo puede comprender el producto de un fermentario que la política es sólo instrumento en el caso de la Iglesia, de finalidades que no son las meramente humanas?

No lo puede comprender. Y ni siquiera por su ateísmo. Es más bien por su protestantismo pues no hay que engañarse: la gente de la Casa del Pueblo no tiene la cuestión con Dios; la tiene con el catolicismo y ama su contrafigura: el protestantismo que es lo que más se aviene con su mentalidad vegetariana y municipal. Ellos creen como los protestantes, en el hombre blanco y su pesada carga, que es conducir los hombres de color, marginales de la especie. (Nicolás Repetto en su correspondencia de Nueva York expresaba su satisfacción porque en la mesa de luz de los hoteles encontraba siempre ejemplares de la Biblia. De ninguna manera hubiera tolerado la presencia del Evangelio, signo de oscurantismo.)

Continúan la línea de “civilización y barbarie” y la barbarie es lo indígena, es lo español: en el fondo lo católico, apto para el español y para el indígena por ecuménico, porque el ecumenismo no admite razas superiores, ni Dios blanco a imagen del hombre blanco, y misión del hombre blanco. Para el ecumenismo el hombre es sencillamente el hombre, criatura de Dios bajo cualquier color de piel, y no a semejanza del ferretero de la esquina que es el infalible de la congregación desde que el Papa no lo es. Dios a nivel del hombre blanco pone a los otros hombres fuera del nivel de Dios.

Hasta en el pecado. Para el protestante —y también para nuestros socialistas— el amor irregular con la mujer de color no es sólo pecado de la carne. Es bestialidad, aunque no se diga. Por algo los imperios protestantes no han hecho mestizos y mulatos. Matan o segregan.

Católicos y portugueses cubrieron nuestra América y África y Asia de pueblos mezclados. Pecaron mucho en la carne, porque pecaban menos con la criatura de Dios. Los protestantes pecaron menos en la carne, pero tienen este otro pecado, contra el hombre. Y el castigo de no poder ser ecuménico, es decir entrar espiritualmente en el mundo de todos, que se aproxima aquí en la tierra.

Pero esto es otra historia que forma parte de las numerosas consecuencias que genera el ecumenismo católico. La encíclica “Populorum Progressio” es como es porque se pensó ecuménicamente. Ecuménicamente no puede ser otra su palabra.

Ya lo de Occidente cristiano tiene otro sentido. Es Occidente cristiano y por ende ecuménico. Porque en cuanto se lo entiende por Occidente capitalista ya no es ecuménico, es decir católico. Es el Occidente de los protestantes.”

ARTURO JAURETCHE

Por Jorge Torres Roggero

foto02491.- Un Santo Populista

Como ya dediqué un libro a las largas disputas sobre el impredecible populismo, me limitaré a justificar el título de estas líneas con algunas expresiones del Papa Francisco. En otras palabras, para dar cuenta de la vida de un sacerdote, nada mejor que una gramática (una lógica) católica.

Preguntado el Papa sobre los peligros del populismo (El País, 21/01/2017), comienza con una aclaración: “…es una palabra equívoca porque en América Latina tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo, se organizan entre ellos…”

En otro segmento de la larga entrevista denuncia que “Latinoamérica está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero y, entonces, se cae en una política de exclusión muy grande (…) Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de un liberalismo económico muy fuerte”.

Adviértase ese redundante pero enfático “fuerte”; y añadamos la denuncia sobre los entregadores de la patria. Los llama directamente “cipayos”.

Postula Francisco: “El “cipayo” es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le puede dar más beneficio. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político “cipayo”.

Con esto basta, por ahora, para caracterizar a un santo populista: se entregó en cuerpo y alma al servicio de los pobres y excluidos; trabajó como uno más respetando las formas organizativas del pueblo y practicó “la minga” como un modo de trabajo comunitario. Por último, se enfrentó al cipayismo desenfrenado de sus “amigos” Juárez Celman y Ramón J. Cárcano, grandes privatizadores, y entregados al monopolio de los ferrocarriles británicos. Luchaba sin descanso por un ferrocarril nacional que rompiera la red de hierro con que los ferrocarriles extranjeros habían blindado el acceso a los puertos.

2.- Brochero y los pobres

El Cura bregó sin cesar para que el agua del río, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara para todos. Los terratenientes realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad pues los más pobres quedaban expuestos al “empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.

Otro trabajo que emprendió el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que los templos eran un lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto y la fiesta volvió a ser un bien de todos.

Para construir una capilla organizaba una asamblea sin exclusiones, sin acepción de personas y armaba una comisión. No confiaba demasiado en los “sabios e influyentes” del pago. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”. Demostraba así que el templo no era obra suya, ni de los tres que formaban la comisión, sino “obra de Dios”, que “se valió de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. (Acevedo, 72).

Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.

Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (Barrionuevo Imposti, 599).

También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.

Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada. Arremangaba su vieja, desteñida sotana, y abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión.. Y, era la vieja “minga” criolla. Por eso, según el cura, “Dios bendijo la obra”.

Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.

Aunque era licenciado en filosofía, no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Con callos sangrantes y dolorosos en las nalgas, no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza.

3.- Brochero y los presos

A comienzos del S. XX, si bien se había inaugurado la nueva cárcel en Córdoba, persistía la creencia de que a los presos había que tratarlos con rigor. Constantemente eran sometidos a castigos y humillaciones. Fue entonces cuando el canónigo Brochero comenzó a frecuentar la cárcel para visitar y llevar consuelo a los presos.

El 22 de diciembre de 1900 el santo se dirige a sus “queridos hijos espirituales los presos de la Penitenciaría”. Les desea que el año nuevo “los encuentre con salud, con paciencia y con esperanza de conseguir alguna gracia”. Pero el pedido de “gracias”, se empantanó por obra de los leguleyos. Como decía Brochero, “el carro se encajó hasta las mazas”. Les avisa que “muchas personas de valer de Córdoba” resisten la solicitud. Ustedes recen, les recomienda, “para que se les rebajen dos años en sus condenas y se les pongan término a los que no la tengan”. Calcula que a lo mejor pueda salir de la cárcel una docena de penados: “¡Una docena de presos que pueden ser agraciados en el 1° de enero es lo que asusta y escandaliza a ciertas personas de la sociedad de Córdoba, y no se escandalizan que más de diez docenas de presos no se les ha concluido el sumario entre tres meses que manda la ley!”

A comienzos de 1901 inicia una campaña periodística. En “Los Principios”, escribe una dura y erudita crítica al fiscal Dr. César que no sólo se opone a conceder la gracia, sino que argumenta extensamente para negarle jurisdicción al Gobernador.

Ante tal dictamen, Brochero decide exponer sus argumentos. Para que no digan que “habla porque sí” recurre a las “pruebas con el librito en la mano al cual tantas veces invocan y al que tantas veces le quieren hacer decir, como en otras ocasiones que no diga”. Obsérvese: el cura, como los viejos caudillos federales, se refiere a la constitución provincial llamándola “librito”. Brochero le exige al fiscal que se ponga en contacto con la realidad y lo acusa de no “haber dado nunca un paseíto por las comisarías”. Además, considera una falacia el dictamen sobre las atribuciones del gobernador. Postula que quien puede conmutar la pena de muerte, con más razón puede suavizar las condenas haciéndolas cumplir en comisarías donde los presos “no se vean obligados a soportar las mortificaciones y tiranías que sufren en la Penitenciaría”. ¿Acaso los jueces al condenarlos tenían la intención de “hacerlos pasar suplicios infernales?” Recuerda que la Constitución Provincial “exige que las cárceles de la provincia sean seguras, sanas y limpias y que no podrá tomarse medida alguna que a pretexto de precaución conduzca a mortificar a los presos”. Refuta uno a uno los argumentos del fiscal al que presenta como prejuicioso, pero, además como desinformado y cobarde.

Sobre todo, aboga para que los jueces “asistan con más regularidad a sus despachos”, en otros términos, que trabajen. Es necesario que los sumarios no duerman eternamente. No puede ser que, como en muchos casos, el sobreseimiento llega cuando el encausado ha sufrido más de un año de prisión “y lo largan con el consuelo de que su causa no ha afectado su buen nombre.”

Se presenta a sí mismo como alguien que expone “con sencillez” sus opiniones. No tiene el propósito de ofender a nadie. Sólo desea  el imperio de la verdad. Lo único que lo impulsa es “la conmiseración que despiertan esos seres desgraciados que viven hacinados en la Cárcel de Detenidos y en la Penitenciaría”.

Como en la cárcel se había producido un conato de evasión y una sublevación, Brochero fue acusado de promover el tumulto con sus pláticas y Ejercicios en la cárcel. “Ese es el resultado de sus pláticas”, le dicen. El cura responde: “La intentona de evasión, si la ha habido, no puede resultar de unas pláticas y unas leyendas (lecturas) qué sólo tienen por objeto instruir a los ignorantes, o recordar a los instruidos, los deberes que tienen para con Dios, para consigo mismos y para con sus prójimos.

Según Brochero, en sus pláticas les enseñaba tácticas para que en sus declaraciones a los jueces sigan estrategias que les hagan más tenues las penas. Recuerda a los penados que “nadie estaba obligado a acusarse a sí mismo”. Para convencerlos de que no intenten la evasión les explica que la nación estaba “enjambrada de hilos telegráficos” y les iba a ser muy difícil escapar.

Brochero encaraba, también, acciones concretas de ayuda a los presos. Juntaba y entregaba ropa “a los penados más pobres de la penitenciaría”.

En resumen, el canónigo Brochero, lejos de los privilegios de su cargo, se ocupa de predicar a los presos, son queridos por él, son defendidos de las injusticias, son educados para el uso de sus derechos y por lo tanto de su libertad y son socorridos en sus necesidades.

4.-Brochero entre las niñas y las chinitas

Hacia octubre de 1880, una carta de Brochero revela ciertos desencuentros con David Luque y la Madre Catalina, fundadora de las Esclavas que atienden el Colegio de Niñas construido por el cura y el pueblo en una maravillosa minga. Brochero les reprocha la aplicación de pedagogías reñidas con la justicia y con el respeto hacia las alumnas, tanto en los castigos como en los premios. A pesar  de lo convenido, han aumentado las cuotas; ya no se ocupan de la ropa del cura; han prohibido el uso del refectorio a los trabajadores que completan las obras. David Luque prohíbe a Brochero confesar a las religiosas. La carta concluye con un anuncio: le comunica a la Provinciala que ha renunciado a la parroquia. Ahora  la Madre Catalina y   Don David podrán vivir tranquilos.

La Madre Catalina, por su parte, le escribe a la Rectora para contarle que las cartas del Señor Cura “son terribles”. Pero la consuela saber que con las mismas cartas ha venido la renuncia al curato: “voy hacer pedir y pediré yo misma de un modo especial, para que se la admitan y Ustedes se vean libres de esta cruz”. La fundadora les ordena que recen la novena de Nuestro Amo pidiendo para que el cura se vaya. Turbio modo de rezar: “…pidiéndole esto, pero sin que nadie sepa, pidiendo por una necesidad”.

En realidad, la discusión de fondo era entre dos visiones del mundo: una educación abierta a todos o sólo para algunos elegidos. Las hermanas consideraban que el internado era para las chicas de la clase alta. En 1888 la Hna. María de los Dolores escribía a la Madre Catalina: “ha traído varias chinitillas declaradas, que el abuelo de una de ellas  ha venido a visitarla de chiripá de jergo y usutas; pero como Ud. sabe, mi Madre, que al Sr. Cura no se le puede contradecir, por eso se las ha admitido[….] pero sí le he dicho- de buen modo- que vea de no traerme chinitas, porque las familias decentes se han de acobardar de entrar a sus hijas al Colegio sabiendo que están juntas con las chinitas.(Brochero,1999)

Rectora y Fundadora representan una religión recostada en las clases altas, aplican la división en castas impuestas en la ciudad de Córdoba por el grupo dominante y reproducen el papel de la jerarquía eclesiástica como domesticadora de las aspiraciones populares. El abuelo de chiripá era una reliquia de las campañas federales en que el cura se había criado. Era una reliquia y una continuidad secreta e invisibilizada de la democracia federal de los caudillos. Fue discriminado por su forma de vestir y, como resultado, su nieta se convirtió en una mala junta para las niñas. Los males sobrevienen por “juntar niñas con chinitas”. Queda así aclarado en algo por qué había que rezar para que el Señor Cura se fuera de una vez y dejara de ser una cruz para las Esclavas.

 5.- Brochero y las jubilaciones

El 9 de agosto de 1901 se inicia una serie de cartas a Zoraida Viera y de algunos escritos periodísticos que relatan el esfuerzo del cura Brochero para lograr lo que hoy se llama jubilación (entonces solo una pensión), para sus amigas de Traslasierra. Le cuenta que ha conseguido una sanción favorable en la Cámara de Diputados pero que había resistencia en el senado. Aunque no existía sistema jubilatorio, Diputados, teniendo en cuenta los veinticinco años de docencia de Zoraida Viera y Pastora Olmos, había otorgado una pensión de 50 pesos. Desde el diario católico “Los Principios” se publican diatribas contra la medida. Basta considerar los títulos de los artículos del 7 y 10 de agosto y sus contundentes paratextos reveladores del contenido: “El sistema de pensiones. Una sanción inconsulta” y “Economías y derroches. Aberraciones”. Brochero se suscribe al periódico “La conciencia pública”. Quiere que se publique un suelto que desmienta las acusaciones de que Zoraida no necesita la pensión porque es rica: “en que (se) diga que come algo bien (Usted y Don Erasmo) porque trabaja su marido día y noche.”

La “grita” de la prensa es grande. Se vio obligado a gastar cien pesos para publicar una solicitada de Don Justo P. Chávez en que aboga por la pensión. Asimismo, para acallar el bochinche de los periódicos: “Yo autoricé –bajo mi honradez como hombre y como clérigo- para que desmientan que Usted es rica, como andaban mintiendo en las dos cámaras.”

Relata sus “topadas” con los senadores que aducen que han entrado en un período de economías para negar la pensión. Es curioso el argumento de los católicos que niegan la jubilación: no debe aceptarse la jubilación porque el marido tiene medios para mantenerla.

“La conciencia pública” (13-08-1901), después de algunas idas y vueltas, publica, por fin, una nota de Brochero titulada “Solicitada. El asunto jubilación”. Sostiene en ella:

“1°.-Hay dos empleadas que sirven a la Provincia hace más de un cuarto de siglo. 2° Que la sirven bien. Que no han abandonado sus puestos ni en los años en que la Provincia no tuvo con qué pagarle sus haberes. Que nunca han dado lugar para una sola queja. Que todos los informes oficiales y particulares les son favorables en el largo período de veintiséis años. Que han gastado los mejores días de su vida consagradas al servicio del Fisco, con un sueldo escaso, pagado tarde algunas veces y pagado mal otras. Que no pueden continuar la tarea por enfermedad adquirida en el cargo que desempeñan. Que quieren retirarse con goce de sueldo como justa recompensa a sus desvelos y fatigas, y que presentan solicitudes en este sentido”.

En resumen, las autoridades inmediatas superiores informan favorablemente. Las solicitudes pasan de oficina en oficina. Todos los informes resultan favorables. Nadie desconoce la justicia de la petición: “El poder público se apresura a premiar la honradez, la asiduidad, los méritos indiscutibles de las dos solicitudes”. En Diputados se discuten los petitorios y triunfa la justicia: “pagan en tal forma un tributo al patriotismo de los buenos ciudadanos”.

Falta el Senado. Pero este Honorable Cuerpo se ha empeñado en hacer economías. Piensa que la aprobación de la jubilación es un atentado a su propósito de economizar “hasta en los centavos”.

El cura desafía a los senadores para que le digan en qué peligra la renta que “hoy el gobierno maneja con tanta honradez”. El aserto suena a ironía. En efecto, San José Gabriel, a la vez que apela a la conciencia honrada de los senadores, denuncia los gastos superfluos: “Economizad en todo (que hacéis bien) en puestos inútiles, en viajes de recreo, en obras innecesarias, en subvenciones lujosas, pero vosotros que sois los representantes del Estado, tenéis obligación de responder a los servidores del mismo, de no abandonarlos cuando están enfermos por servirlo bien, y cuando, como en el caso que nos ocupa, tienen necesidad de ese acto de justicia.”

Se nota que Brochero ha leído “La conciencia pública” del dieciséis de agosto un artículo titulado “¡Oh, el presupuesto!”. En él se denunciaba que los senadores se habían aumentado el sueldo. La nota decía: “por economía bien entendida los padres de la patria debieron ser los primeros en renunciar a esos emolumentos que no significan otra cosa que una burla sangrienta al Estado, y al pueblo que representan”.

Ese mismo día, a las ocho de la noche, Brochero escribe a Zoraida para “darle una mala noticia sobre su asunto en Senado”. El Gobernador no lo aprueba y el Senado les hará el vacío: simplemente no se reunirá los dos días de la semana a fin de que llegue el receso de las Cámaras y sólo se podrán tratar los proyectos del Gobernador.

Brochero se anticipaba en muchos años a los fundamentos de la Ley 11829 (1922) en que su amigo Hipólito Yrigoyen postulaba: “Todo hombre que hubiera trabajado durante treinta años en labores útiles y honestas, tiene derecho a participar de la riqueza social, que no puede ser menor al salario mínimo que en el momento en que la ley entre en vigencia”.

San José Gabriel pedía para sus maestras cincuenta pesos: un sueldo de portero. Los poderosos ojos del amor al prójimo estaban profetizando desde el corazón mismo del pueblo el advenimiento de los derechos sociales en nuestra patria. Pero los católicos de Córdoba no tenían ojos para ver, ni oídos para oir.

6.- Brochero y el “liberalismo sin freno”

La lucha de Brochero para sacar a sus paisanos del atraso y “la pobreza franciscana” mediante del ramal ferroviario Villa Dolores-Soto, fue abortada por los mismos que se decían amigos. En cartas del año 1906, san José Gabriel pone el dedo en la llaga del problema que aqueja no sólo a su pago, sino a la patria toda.

Hacia 1890, el diario “La prensa” acuñó el término “oligarquía” para designar el dominio de la nación por un grupo cada vez más cerrado que se entrega por consenso “a los grandes intereses económicos de los terratenientes y de las empresas extranjeras preferentemente inglesas”. Y es en la enajenación de los ferrocarriles construidos por los argentinos que se manifiesta del modo más nefasto el predominio de esta minoría voraz y antipatriota.

San José Gabriel advierte que sus gestiones naufragan en las manos negras de los monopolios que con los fletes ahogan el progreso y el florecimiento industrial de las regiones. En efecto, poniendo fletes baratos desde el puerto hacia el interior y caros desde las provincias a los puertos, se mutilaba toda posibilidad de crear industrias y “alentar a la vez en los habitantes de su recorrido el anhelo al trabajo, desmayado actualmente por falta de esos transportes rápidos y baratos”.

Los funcionarios y legisladores, dice, deberían procurar obligadamente con las nuevas construcciones “el abaratamiento de los transportes para provecho de Córdoba y sus industrias, para evitar con ellas el monopolio siempre perjudicial de las otras empresas (…) que poco a poco van absorbiendo todos los transportes y imponiendo tarifas tan subidas que casi no pueden resistirlas ni las industrias ni el comercio y que-con el tiempo- llegarán a arruinarlo por completo” (Brochero, 1999).

Arturo Cabrera Domínguez memora: “…no hay que olvidar una circunstancia decisiva: el ferrocarril estaba en poder de los ingleses. Y ellos solamente aceptaban líneas que convenían a sus planes (…) El Dr. Juárez Celman hubiera podido conseguir el ramal del Congreso, pero había una resistencia imposible de vencer: los intereses del capital británico. (…) Sí, el sueño dorado de Brochero fue el ferrocarril de Mina Clavero a Soto, pero eso no era negocio para los ingleses. Esto me lo dijo, con una gran discreción, Ramón Cárcano”. (Guevara: 1997).

Brochero en su modo de vida, en sus golpes oratorios, en su entrega total a los más pobres y marginados, descubre desde adentro las redes que organizan la comunidad criolla desde siempre y pone en actividad la creatividad intrínseca del pueblo. También el tren era una minga, porque los serranos se comprometían por escrito a donar al Estado treinta metros a cada lado de la vía para abaratar el costo.  Algo muy distinto al estanciero Cárcano que compró a precio vil las tierras expropiadas a los centenarios paisanos criollos. Cinco kilómetros a cada lado de la vía recibieron las compañías inglesas. Por eso se alejó de su amigo Brochero y decretó como inviable el ramal. Desde entonces sería probritánico como lo confesaría su hijo Miguel Ángel: “Los ingleses tuvieron confianza en los destinos del país […] se asociaron con los nativos, con tal buen resultado en sus negocios, que cuando decían River Plate creían referirse a sus propias posesiones” (Cárcano, 1986). Había elegido ser parte marginal de la nobleza británica cuando aceptó comprar a precio vil las tierras expropiadas a los viejos criollos para hacer el ferrocarril británico. ¡Lindo modo de descubrir que el destino de todo argentino es ser estanciero!(Cfr. Cárcano, Mis primeros 80 años)

Pablo VI, muchos años después, nos deja una clara enseñanza. En la Populorum Progressio, aclara:

1.- “La renta disponible no es cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres”. Por lo tanto, “las especulaciones egoístas deben ser eliminadas”; 2.-  Tampoco “se podría admitir que ciudadanos, provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y actividad nacional, los transfieran en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria” (24); 3.- El “liberalismo sin freno” que considera “al provecho como motor del progreso económico, al mercado como ley suprema de la economía y a la propiedad privada de los medios de producción como derecho absoluto, sin límites ni obligaciones”, conduce a la “dictadura internacional del dinero”(26); 4.- “…El derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” (…) Si se llegare a un conflicto “ entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias”, toca a los poderes públicos “procurar una solución con la activa participación de las personas y los grupos”(23).

En nuestros tiempos tumultuosos, ¿alguien escuchó alguna plática que, ante hechos concretos de la realidad, aplique estas enseñanzas a la fuga de capitales, al poder de los monopolios que expolian con sobreprecios al pueblo o difunden mentiras como las que escribían los opositores al ferrocarril de Brochero en los diarios porteños de comienzos del siglo XX?

Ahora bien, lo que no es asumido, no es redimido. Brochero cargó sobre sí mismo el discurso negativo de los dirigentes sobre el propio pueblo.  Esto decía el hijo de Cárcano sobre Brochero que los recibió en su casa para unas vacaciones: “Fíjese: Miguel Ángel no lo quería. Pensaba que era muy sucio. En cierta ocasión, Cárcano llevó sus hijos (…) a la casa del cura. Después Miguel Ángel me comentó que el lugar era una mugre, que resultaba insoportable el olor. Yo no le discutí. Era cierto.” (Guevara; 1997; Torres Roggero, 2012).

Su labor apostólica se adelanta al pensamiento de muchos antropólogos, filósofos y escritores que tratan de descubrir en lo más desvalido y hediento de América una configuración auténtica de nuestro propio modo de ser. Esta contribución a la cultura resulta así una añadidura en su empeño por el des-ocultamiento del Reino de Dios en cada uno de nosotros como vivientes de una comunidad. En la minga, se revalorizaba el trabajo y al trabajador: “…el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones: al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos” (PP, 24).

Presencia profética, anticipo de la fiesta final de la Minga de Dios cuyo luminoso misterio será revelado en su día a la asamblea-santa (1Pe:2,9-10; 2Pe:3,9-10).

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba.

Bibliografía mínima

Escritos de San José G. Brochero

Conferencia Episcopal Argentina, 1999, El Cura Brochero. Cartas y Sermones. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía de Lic. Liliana de Denaro y Pbro. Dr. Carlos I. Heredia, Buenos Aires.

Biografía

Acevedo, D.J. (recopilador), 1928, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba, A. Biffignandi

Aznar, Antonio, 1951, El Cura Brochero, Buenos Aires, Paulinas

Baronetto, Luis Miguel, 2001, Brochero x Brochero, Buenos Aires, Ediciones Lohlé-Lumen

Díaz Cornejo, Sor María Nora, 2005, José Gabriel Brochero. Un santo para nuestro tiempo, Buenos Aires, San Pablo

Torres Roggero, Jorge, 2012, El Cura Brochero y su Tiempo. Cultura popular. Santidad. Política, Córdoba, Babel Editorial; 2014, Un santo populista, Córdoba, Babel Editorial; 2013, Quince días con Cura Brochero. En el corazón del pueblo. Buenos Aires, Ciudad Nueva.

Bibliografía complementaria

Barrionuevo Imposti, Víctor, 1953, t. I, Historia del Valle de Traslasierra, Córdoba, Dirección General de Plublicidad de la Universidad Nacional de Córdoba

Bialet-Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Prólogo y notas de Luis A. Despontin, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Cárcano, Miguel Ángel, 1986, Sáenz Peña. La revolución por los comicios, Buenos Aires, Hyspamérica

Guevara, Osvaldo, 1997, Diálogos memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez, Villa Dolores, Junta Municipal de Historia.

(Capítulo de mi libro Tumultos del corazón. Pensamiento Nacional, Popular y Democrático, Editorial Fundación Ross, Peatonal Córdoba 1347, Rosario. silvinaross2003@yahoo.com.ar y www.libreriaross.com.ar )

 

“Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios

del  clero generosidad y amor…como se merecía de ellos

la  doctrina de Cristo que inspiró la doctrina de Perón”

(Eva Perón, en Mi Mensaje)

1.- Retórica y poética

Uno de los discursos académicos de Juan Domingo Perón es el pronunciado en el acto realizado el 10 de abril de 1948. La ceremonia consistía en la entrega de un pectoral a Monseñor Nicolás de Carlo, obispo de Resistencia  (Chaco) en reconocimiento por su cristiana obra social[i]. El evento congregó al Episcopado Argentino. No había muchos obispos en la Argentina de esa época. Insólita y severa presencia de una jerarquía que pocos años después excomulgaría al presidente.

Una somera revista de los contextos epocales nos advierte acerca del aire desconfiado del  cónclave ante el insólito magisterio de un advenedizo exégeta cuya retórica fundaba sus argumentos tanto en   la Escritura como en la Patrística.

La iglesia, en Argentina, pasados los avatares de sus polémicas con los liberales laicistas de la generación del 80, tras el Congreso Eucarístico  de 1930 que había contado con la presencia del Cardenal Eugenio Pacelli, ungido luego Pontífice con el nombre  de Pío XII, mantenía ciertas ínfulas heredadas de los teólogos y canonistas medievales y de la época colonial:  había olvidado que el poder eclesial es un servicio y no un privilegio.

Tras abdicar de las pretensiones teocráticas a finales del S.XIX, se había convertido en un poder mundano más. La prueba de esa actitud es su apelación a lo largo del S.XX a la intriga y a los golpes de estado para sostener la usurpación de la oligarquía y sus propios privilegios.

Perón, confesándose católico, venía a recordarles que la Iglesia sólo puede incidir en el poder civil por su valor ejemplar y le está vedado inmiscuirse en esa jurisdicción y menos aún exigir sumisión a dogmas y  a cánones.

El Presidente, con un uso magnífico de la retórica clásica, parte de la letra de la Constitución para llegar con naturalidad al despliegue  de su fuerza mística. Recuperando con serenidad la dimensión explicativa de la oratoria, explora la posibilidad de interpretar las leyes como un lenguaje compuesto, en última instancia, de impensadas combinaciones tropológicas. En efecto, los textos legales esconden figuras  que, como  en la literatura, ocultan en sus profundidades no sólo creencias, sino también   las contradicciones de la política, la inmersión en la historia. El canon engarza ciertas palabras que no pueden ser reducidas a definiciones y carecen de términos sustitutivos en el lenguaje jurídico. Esa entrada del corazón amplía los contextos y constituye un campo poético que el Presidente va a explorar con maestría.

El discurso de Perón que, desde el punto de vista explicativo, busca justificarse ante la razón clerical , ostenta un curioso dominio de la dimensión pragmática del lenguaje. Suelta, desde el campo intelectual de la Constitución, voces soterradas que antes no se escuchaban y crea, como lugares de encuentro, espacios geoculturales, lugares de tensiones y entrecruzamiento de diversos planos culturales.

Son residuos semánticos que ahora pueblan un espacio público antes vedado al pensamiento plebeyo cuyo relato empieza a inaugurar sentidos. El presidente narra lo que ocurre en el tiempo (historia) y en la imaginación (utopía).

Resulta, por un lado, un discurso institucionalizado, programático (que da razones), en que lo extra-textual (la elocución, la gestualidad) marca los límites, lo que no puede decirse. Pero por otro lado, es un despliegue del poder de las emociones, un esplendor de la palabra dirigida a la persuasión. Profiere así  una praxiología, o sea un discurso destinado a desencadenar la praxis.

La razón del sofista y el corazón del seductor pugnan en la equivocidad de la elocución con claros propósitos de marcar el propio terreno (u horizonte). El orador se erige en coagulante entre la tradición letrada del Estado y de la Iglesia y la tradición iletrada de las masas. Si la voz del pueblo es la voz de Dios, el discurso viene a arrancar de la oscuridad el rostro de un Dios que habla y actúa en la comunidad. Por otro lado, difuminándose, se inscribe como en un pizarrón escolar, el antitexto , o sea, las expresiones sacralizadas de los representantes de la oligarquía, de los políticos librescos y colonizados, de los obispos domesticados por los poderosos de este mundo. Ese es el coro cuya partitura es el antitexto o sea la murmuración de los traidores, de los vendepatrias, de los que se oponen al poder redentor de Dios y cierran oídos y corazón al llamado del amor, de la comunión y de la alegría de ser.

Desde una textualidad sencilla, compasiva, humilde, el Presidente no viene a condenar sino a padecer junto con los demás. Habla por eso desde el presente. Recuerda al pueblo su reciente pasado de explotación y miseria. Pone al alcance de su selecto público una constelación de símbolos profundos conscientes e inconscientes. La biblia pauperum con sus símbolos vivos.

El Presidente propondrá la Sagrada Escritura como autoridad principal. El no sólo predica con la palabra sino que cumple con lo que enseña de palabra a los demás. Combina ejemplo, razón y emoción. La historia es un tiempo vivo que le permite ir continuamente anticipándose a las preguntas que pudieran insurgir en el ánimo alerta de los prelados. Como pieza retórica, la exposición de Perón es un ejemplo de discurso situado: no argumenta en el vacío, se pone en sintonía con su auditorio.

 

2.- Exordio

El discurso de Perón presenta el tema de la exposición y plantea los dos aspectos que va a desarrollar. Ambos planteos se dirigen a dejar en claro cuáles son prerrogativas del poder del Estado y cuál es el lugar del poder de la Iglesia. Esta distinción, sin embargo, no prescinde de la religión como garante moral de las relaciones entre el Estado y la Sociedad.

El exordio tiene un fuerte matiz explicativo y epidíctico. El orador expone argumentos constitucionales y señala las virtudes del texto fundamental que organiza la nación. El inicio se resguarda  en los límites de la jerga jurídica: “La Constitución argentina, al señalar las condiciones que se requieren para ser elegido Presidente de la Nación, exige la de pertenecer a la comunión Católica Apostólica Romana”. Esta exigencia, bastamente discutida, opina Perón, armoniza con otra obligación constitucional: sostener el culto. Tal obligación no es incompatible con la libertad de cultos. Ahora bien: “El Presidente es Presidente de todos los habitantes del país, cualesquiera sean sus religiones o aun cuando no profesen ninguna”.

Frente a frente, delante de todos los obispos, el Presidente comienza a aclarar: 1) Los preceptos constitucionales enunciados “no pueden restablecer una sumisión del Poder Ejecutivo (…) a ninguna otra potestad”; 2) no solo es inadmisible la sumisión, sino la “simple ingerencia de la Iglesia” en la funciones del gobierno constitucional.

Valiéndose del recurso retórico de la prolepsis, se adelanta a responder las posibles objeciones que pudiera suscitar su mensaje en el receptor. Advierte, entonces, que nadie puede escandalizarse de su postura puesto que es la misma Iglesia la que condena con energía cualquier intromisión en el gobierno. Hacer otra cosa, sería “desoir los mandatos del Divino Maestro” que, al proponer que se diese a Dios lo que era de Dios y al César lo que era del Cesar, estableció una “diáfana distinción entre la jurisdicción espiritual y civil”. El orador advierte que Cristo proclamó la potestad terrenal del César a pesar de que el “César era hostil a sus predicaciones y labor proselitista”.

El Presidente, que  ya ha sentado con fuerza las razones jurídicas de su poder ante la cúpula del poder clerical, recurre inmediatamente a un litotes. Mediante esta figura retórica de atenuación para enunciar menos de lo que se piensa,  da a entender, por el tono y por el contexto, que quiere expresar más de lo que se ha dicho.

En efecto, pasa a desarrollar la idea de que la división de potestades no quiere decir que el Estado deba prescindir de la Iglesia. La obligación de mantener el culto y la exigencia de que el Presidente sea católico, a pesar del amplio criterio laicista de los redactores de la Carta Magna no desconoce  “que la gobernación de los pueblos se ha de basar en normas de moral y que las normas de moral tienen origen y fundamento en preceptos religiosos”. Estas afirmaciones siguen una tradición institucional argentina cuyos fundamentos se hallan sobre todo en los románticos, especialmente Echeverría, Sarmiento y Alberdi. En nuestro país estas normas de moral tienen su origen en el cristianismo: “igualdad de consideración de la mujer y del hombre dentro de la familia, el carácter sacramental del matrimonio, el respeto a la libertad individual, ciertos preceptos de la propiedad y de las relaciones del trabajo, así como otras  muchas normas del cristianismo”.

Estas normas son compartidas, salvo algunas excepciones,  por todas las religiones  pero el cristianismo es la base de la civilización de Europa y América. Da coherencia a un pueblo que se ha hecho numeroso mediante la inmigración de diferentes países y continentes. Por eso fue necesario que la Constitución establezca la moral a seguir que, por razones obvias, es la católica. Ese es el sentido que Perón da a la previsión de los constituyentes para que el Presidente “haya de ser católico”.

Se profiere así el primer confiteor del primer mandatario: “Declaro, pues, que mi fe católica me pone dentro de la exigencia constitucional. Quiero también señalar que siempre he deseado inspirarme en las enseñanzas de Cristo”. Estas afirmaciones implican la necesidad de asumir una contradicción: no siempre, postula el Presidente, los que se dicen demócratas lo son en efecto y no todos lo que se proclaman católicos se inspiran en la doctrina cristiana.

Perón ha llegado al límite de lo que habitualmente se dice delante de una Jerarquía acostumbrada a ser el elemento “espiritual” del Estado. Ahora comienza a transitar la mediación hacia un discurso no institucionalizado. Es un paso de la escena tradicional del poder a una teatralidad nueva en que la palabra clave es “humildad”. Ahora el Presidente que ya ha confesado su pertenencia al catolicismo se va a “confesar” públicamente en lo que se puede considerar un segundo confiteor: va a dar cuenta delante de Dios y del pueblo de cuál es su práctica del cristianismo. Emprende la creación de un espacio geocultural que desenmordaza  la voz del pueblo. Marca el campo en que se va a mover, el horizonte de comprensión (horizoo: marcar el terreno) que da sentido a su praxis política.

Señala para eso que “nuestra religión es una religión de humildad”, de renunciamiento. Es la “religión de los pobres, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados”.

Obsérvese que bajo las afirmaciones del Presidente comienza a resonar, todavía como un murmullo, la autoridad del texto sagrado que empieza a sobreimprimirse sobre el antitexto de prevenciones y desconfianzas que los obispos prodigan al Presidente y a su esposa, Evita. Mediante el recurso de la preterición, deja en manos de los obispos, que son los mejores conocedores de sus causas (“los eminentes Prelados que me honran escuchándome”), la explicación de una inexplicable subversión de los valores. Pero no se refiere a valores abstractos, se refiere a un problema concreto que incluye a la Iglesia. Se pregunta preguntando “cómo se ha podido consentir el alejamiento de los pobres del mundo para que se apoderen del templo los mercaderes y los poderosos y, lo que es peor, para que quieran utilizarle para sus fines particulares”. Resuena ya la conminación bíblica de Cristo a los mercaderes del templo[ii]. Si se observa con atención la escena evángelica, se podrá advertir que los chicotazos son para los mercaderes y usureros. En cambio, para los humildes vendedores de palomas, sólo hay una compasiva reconvención.

 

 

3.- Tópicos de autoridad

El presidente recurre en la narración de los temas propuestos a ciertas figuras típicas de la oratoria sagrada. Son los tópicos de autoridad que podrían distinguirse en intrínsecos y extrínsecos. Los llamados intrínsecos se fundan en la Sagrada Escritura. En efecto, se supone que en el libro  quien habla es Dios y su amonestación se dirige a todos, en especial, al sacerdocio. Por eso Perón, desde los arrabales del sermo humilis, recuerda en varias ocasiones a los obispos orientaciones y advertencias que definen al cristianismo como portador de Buenas Nuevas para el pueblo. El Presidente presenta y glosa textos en que Dios habla y actúa para que sucedan cosas en el orden social que es  responsabilidad del Presidente y está sujeto a su autoridad. Se presenta , de ese modo, como un enviado cuya misión es difundir un mensaje a los humildes de la Patria.

El primer tópico de autoridad es una cita del Apóstol Santiago (Santiago, 1, 2-9) en que el Presidente se confiesa , y esta es la otra dimensión del confiteor del título, públicamente a los obispos. Los versículos de Santiago que va a leer, señala, constituyen un “consejo que siempre me ha producido emoción”.  A partir de esta cita Perón comienza a privilegiar el aspecto de la retórica que tiende a persuadir mediante la praxiología, o magia efectiva de la palabra. Se propone mover a la persuasión para desencadenar la práctica, pero  también  amonesta:

“Hermanos míos: no queráis conciliar la fe de nuestro Señor Jesucristo con la acepción de personas.  Porque si entrando en vuestra congregación un hombre con sortija de oro y ropa preciosa y entrando al mismo tiempo un pobre con un mal vestido, ponéis los ojos en el que viene vestido brillante, y le decís: siéntate tu aquí en este buen lugar, mientras que decís al pobre: tú estate ahí en pie o siéntate acá a mis pies, ¿no es claro que hacéis distinción dentro de vosotros mismos y os hacéis jueces de sentencias injustas? Oíd, hermanos míos muy amados, ¿no es verdad que Dios eligió a los pobres en este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que Dios prometió a los que le aman? Vosotros, al contrario, habéis afrentado al pobre. ¿No son los ricos los que os tiranizan, no son esos mismos los que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue sobre vosotros invocado?[iii]

El Presidente interpreta que el texto bíblico “precisa evitar” que se caiga en el error de imposibilitar la conciliación de la fe con la acepción de personas. No es posible que en la congregación  sólo pretendan entrar los “hombres con sortija de oro y ropa preciosa”. Esa es una gran obra, piensa el orador, que “debe desarrollar el Episcopado Argentino”. Y confesándose, declara que él cree haber cumplido la doctrina al crear la Secretaría de Trabajo y Previsión con espíritu de imparcialidad. En ese organismo público, a imagen de los gobernantes que lo precedieron, los funcionarios sólo ponían los ojos en el que iba bien vestido para invitarlo a sentarse en lugar de privilegio. Mientras, “el pobre permanecía de pie como un intruso”. La decepción, así como los alejaba de los templos, también alejaba a los proletarios del recinto de la justicia. Ahora en la Secretaría de Trabajo y Previsión entran todos con igualdad de derechos. Las miradas de simpatía y los asientos cómodos se destinan a quienes visten “humildes ropas, a esos descamisados ricos en la fe, pese a las asperezas de su vida, y de los cuales se ha hecho escarnio con aviesa intención política”. Acostumbrados a posiciones de mando y al poder económico, los escarnecedores “procedían, muchas veces, a título de católicos, con una altivez incompatible con los preceptos de la religión”.

Refuerza entonces  su postura con un nuevo tópico de autoridad. Recurre esta vez a San Pablo ( I Timoteo, 6. 17-19):

“A los ricos de este siglo mándales que no sean altivos ni pongan su confianza en las riquezas inseguras, sino en Dios vivo que nos provee de todo abundantemente para nuestro uso. Exhórtales a obrar bien, a enriquecerse de buenas obras, a repartir liberalmente, a comunicar sus bienes, a atesorar un buen fondo para lo venidero a fin de alcanzar la vida verdadera”.

El Presidente, frente al episcopado, prosigue con su confesión. La labor social que desarrolla desde el gobierno, encaminada a exaltar los valores espirituales y a “buscar una mayor distribución de la riqueza”, sólo le ha valido el mote de demagogo. Se lamenta que sus logros para que los trabajadores perciban retribuciones justas -un fin que no es político sino social-  todavía no haya alcanzado “la colaboración activa del episcopado” que no desespera obtener más adelante. Refuerza entonces el tópico de   autoridad y reincide en otra cita de Santiago. Perón se anticipa a responder a las refutaciones silenciosas del antitexto que fulguran en la mente de los obispos ante sus permisiones exegéticas:

“No creo que Vuestras Eminencias señalen en mí la mínima osadía si me permito recordar al respecto aquellas otras magníficas palabras del mismo Apóstol Santiago cuando dice a los ricos: “Sabed que el jornal que no pagasteis a los trabajadores que segaran vuestras mieses, está clamando contra vosotros y el clamor de ellos ha penetrado en los oídos del Señor de los Ejércitos” (Santiago, 5: 4).

Perón sabe que lo acusan de atacar la propiedad privada por eso declara haberla defendido denodadamente, pero asegura que la mejor manera de hacerlo es convencer a los poderosos que repartan sus bienes con los desposeídos. Si no se consigue que “los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres”, esa ofuscación acarreará graves consecuencias.

El Presidente va entrando de a poco en las advertencias que suelen perfilar ciertos rasgos del discurso profético. Ahora recurre a tópicos de autoridad extrínsecos, es decir, a citas de los Padres de la Iglesia y de los santos, pero esos textos ocultan resonancias de utopías modernas tales como el  anarquismo y el socialismo. Tras el lenguaje de los santos rezonga la lengua proletaria  que sostiene que la propiedad es un robo:

“No pretendo que compartan la idea de San Juan Crisóstomo de que “en el origen de todas las fortunas existe la injusticia, la violencia y el robo” (…) Me parece que sería suficiente con que aceptasen el pensamiento de San Ambrosio cuando establece que “de los hambrientos es el pan que tú tienes detenido; de los desnudos las ropas que tienes enterradas; de la redención y absolución de los desgraciados es el dinero que tienes enterrado”[iv]

Insiste con la visión de San Ambrosio que clama contra los que no se conforman con la necesario y detentan lo superfluo. El Santo protesta contra el espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. Nada justifica el afán de atesorar bienes en perjuicio de los humildes aunque se dediquen en parte “al esplendor del culto”. Recurre entonces otra vez al tópico de autoridad bíblico. El texto del Evangelio de San Marcos refiere la ofrenda de la viuda que da desde su pobreza todo lo que tenía:

“En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que vosotros, por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba, pero ésta ha dado de su misma pobreza todo lo que tenía, todo su sustento”(San Marcos, 12: 41-44; San Lucas, 21: 4).

El Presidente engloba en el mismo cuadro de situación tanto al Estado como a la Iglesia. A ambos les conviene volver a “las costumbres sencillas, al predominio de la paz y de la confianza recíproca entre los hombres y entre las naciones.” Pero ese objetivo ofrece dos aspectos. Al Estado le cuesta alcanzarlo. Está obligado a luchar con la complejidad de la vida, las pasiones propias de la condición humana, las contradicciones  y la multiplicidad de idearios políticos. Sin embargo, a la Iglesia debiera resultarle más fácil retornar a la “pureza inicial de su doctrina”.  Si bien a veces  pareciera que se ha desviado de “su gloriosa trayectoria”, mantiene aún su doctrina que repudia el acopio egoísta de la riqueza y exalta el trabajo.

Acude entonces , nuevamente, a la autoridad de la escritura y el texto elegido no sólo refuerza su concepto sino que también implica un velado reproche dirigido al  sacerdocio. En efecto, el contenido social de la doctrina, piensa Perón, se resume en estas palabras de Jesús: “No llevéis oro, ni plata, ni dinero alguno en vuestros cintos, ni alforja para el viaje, ni dos túnicas, ni calzado, ni tampoco bastón porque el que trabaja merece su sustento”(Lucas, 10: 4; Mateo, 10: 9-10).

El Presidente destaca en su texto el valor del trabajo como fuente de sustento, dignidad del individuo y base de la grandeza de los pueblos. Recurre entonces al estilo indirecto. Atribuye a “otro de los grandes Padres de la Iglesia” la rotunda sentencia de que “quien no trabaja no debe comer”[v]. La sentencia corresponde a San Pablo, pero el orador diluye el nombre del autor sustituyéndolo por el indefinido “otro”. Al despersonalizarlo  mediante ese recurso, deja en libertad al sujeto de la enunciación que de ese modo puede atribuirlo a un padre de la iglesia, un anarquista, un socialista o un militante político.

Ahora bien,  hay un tópico evangélico que el Presidente necesita subrayar. Es aquel que marca a fuego al que se apega a los bienes materiales y señala la incompatibilidad entre el servicio a Dios y a las riquezas porque “donde está tu tesoro allí está tambien tu corazón”.(Mat. 6.21; Lc.12.34).

¿Qué fuerza simbólica o que alusión se oculta en la parábola del administrador infiel que reclama parte de su herencia y recibe esta respuesta?: “¡Oh, hombre! ¿Quién me ha constituido a mí juez o repartidor entre vosotros? Está alerta y guardaos de toda avaricia, pues no depende la vida del hombre de la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12.14-15).

El Presidente se apresura a refutar el anti-texto que, supone, en silencio tejen los obispos. Está dispuesto  a dejar hablar los símbolos, lenguaje silencioso y no verbal del pueblo, para lograr un diálogo vital con los prelados a fin  comprometerlos en un proceso de “reinformación catequética”[vi].

En efecto, contradiciendo su inicial distinción entre los campos del poder civil y el poder eclesiástico, parece haberse salido del terrerno que como gobernante le incumbe. Se anticipa entonces a pedir disculpas, pero también impetra que le concedan el derecho de proclamar la necesidad de robustecer los conceptos morales que dimanan de una recta interpretación de la religión católica.

¿Cómo no le ha de doler como católico -piensa- la apostasía de las masas humildes por quienes Cristo difundió su doctrina y derramó su sangre? Su función de gobernante es lograr que el pueblo pueda vivir con grandeza. Pero para ello debe evitar que se hunda en el materialismo,  procurar que profese el amor al prójimo y no se entregue a la pasión del dinero. Realiza entonces una petición. “Vuestras Eminencias, dice, fuera de toda intención política”, pueden prestar una valiosa colaboración por la simple repercusión de las ideas católicas.

Juan Domingo Perón que ha comenzado su discurso haciendo profesión de fe católica, que ha confesado a los obispos los avatares de sus intentos de llevar a la práctica la doctrina cristiana, de poner en marcha “muchos de los principios contenidos en las Encíclicas papales”, concluye con un pedido que es, en sí, un dilema. Cualquier cosa que los obispos respondan, satisfará los deseos del Presidente: “Si se interpretan mal, señalad sus defectos. Si se aplican bien, espero merecer vuestro estímulo”.

 

4.-Un tópico de ejemplaridad

Hasta ese momento, el presidente se ha mostrado como un cristiano que no sólo conoce los fundamentos sociales de la doctrina cristiana sino como alguien que se ha esforzado por llevarla a la práctica. Ha planteado el alejamiento de las masas humildes de los templos y la dificultad que representa un accionar basado en los principios morales de la religión. Mediante tópicos de autoridad ha sugerido la reticencia de los obispos para colaborar en la tarea de redención y dignificación de los pobres y les ha reprochado hábilmente su alianza con los poderosos y explotadores. Ahora les va trazar el perfil de un obispo profundamente piadoso y comprometido con los desheredados, desapegado de los bienes materiales,  entregado al servicio del prójimo y a la labor apostólica. Se trata de Monseñor Nicolás de Carlo en cuyo honor están todos congregados.

Perón va insistir en la relación entre la inculturación de la fe católica en la población y la tarea pastoral de un obispo no prescindente que se entrega a una  gigantesca obra de promoción social.

De Carlo es obispo de Resistencia. Su diócesis que comprende Chaco y Formosa es sede de una comunidad multígena. Aborígenes, criollos y multitud de inmigrantes de las más diversas nacionalidades (croatas, rusoalemanes, búlgaros, judíos, los iniciales friulanos y españoles) se debaten en regiones donde, la expresión es de Polo Godoy Rojo, se podría afirmar que “la patria no alcanza”. Es una sociedad en formación  que habita en territorios nacionales. Son desoladas extensiones  que ni siquiera han alcanzado jerarquía de provincia. En ellas, una multitud heterogénea se entrega con afán, en medio de graves problemas de orden moral, a un materialismo práctico y agresivo.

Desde su llegada, a finales de la “década infame” del 30, el obispo se entrega a una obra social “de enorme significación y de beneficio  directo para el pueblo”. Se esfuerza por elevar el nivel de vida de los humildes sometidos a una feroz explotación en los obrajes, algodonales e inhópitas haciendas. Se preocupa porque el pueblo se capacite en las artes manuales y de artesanía. Su singularidad consiste en procurar que esta capacitación comprenda también a las mujeres mediante la jerarquización de las artesanías elevándolas a la categoría de arte. Instala, además, numerosos talleres. Funcionan en todos los barrios con la entusiasta colaboración de los fieles compenetrados con la obra de su Prelado.

Monseñor de Carlo se distingue por su sencillez, modestia y accesibilidad para los más humildes. Visita de continuo los más apartados pueblos para palpar sus necesidades, para estimular a los fieles que se integran a su obra solidaria. A todos llega con su palabra de “consuelo, aliento y esperanza”.

El obispo propulsa con energía las escuelas primarias en lugares donde sólo hay escuelas ranchos y maestros dejados a las manos de Dios y mal pagos. Como para el Divino Maestro, postula el Presidente, para él los únicos privilegiados son los niños.

Ahora la cita de autoridad extrínseca es la palabra del propio obispo. Perón ha elegido con gran cuidado la cita. Son  palabras de desprendimiento; dan ejemplo de aspiración patriótica y testimonio de fe.

Esto sostiene De Carlo:

“Primero escuela, después lo demás: no importa por ahora el palacio del Obispo” (…). “Necesitamos construir la grandeza del país –agrega- sobre estados de conciencia colectiva, y para ello hay que liberar al pueblo de la ignorancia y sostenerlo con la fe en Dios”.

Perón exalta la humildad del Obispo. Seguramente, entre los Prelados presentes, están aquellos que han logrado que el Estado les construya suntuosos palacios como sede central de la diócesis. ¿Estaría entre los presentes el pulido Monseñor Fermín Lafitte? El grandioso palacio de su diócesis de Córdoba será usado como cuartel y depósito de armas por los comandos civiles que derrocaron el gobierno constitucional del Gral. Perón y  que actuaron luego con extremada crueldad  e implacable odio.

Pero el obispo De Carlo cumple su misión sagrada “con humildad apostólica”. Ha sabido despojarse de la vanidad “que se asoma tan pronto como se sube un escalón de donde está situada la masa del pueblo”. La humildad cristiana, la afabilidad paternal, el desprecio de la pompa y el boato, constituyen las dotes que más aprecia el pueblo en quienes saben practicarlas. El pueblo las aprecia no sólo por ser símbolo tangible de virtud, sino porque constituyen “la fuerza más poderosa que le atrae hacia la senda que le conduce a la verdadera paz de Cristo”.

El Presidente ha trazado así un modelo de obispo. No al sometimiento de la religión a los poderosos, no al predominio de las formas y al boato principesco, sí al amor al prójimo, a la sencillez y humildad del discípulo de Cristo. El argumento del Presidente sonó sin duda como un admonición inadmisible en oídos acostumbrados a la simulación aduladora y a la sumisión acrítica. Perón concluye su semblanza con  el uso contundente del ejemplo vivo. He aquí un obispo modelo; ergo, así deben ser los obispos: “Esta semblanza es el diseño a grandes rasgos de lo que debe ser el Episcopado y de lo que es Monseñor Nicolás de Carlo”.

Concluye dirigiéndose en segunda persona del plural al Prelado homenajeado y en su persona a “todo el Episcopado Argentino”. Acudiendo a la poética, se entrega a una esperanza utópica: ¿un episcopado unido estrechamente al pueblo como testimonio de la unión del pueblo con Cristo?

El Presidente no trepida en predicar en el desierto: “…esta que os entrego con la esperanza de que selle la unión estrecha del pueblo argentino con su Episcopado, que es algo más que eso, puesto que representa la unión del pueblo en la fe de Cristo”.

Perón sabía que estaba hablando ante un tribunal duro de corazón sin oídos para oir, sin ojos para ver. Sabía que sus razones eran campanas de palo, que esos corazones carecían de “abismo” (a-byssos), de la profundidad sin fondo de la sabiduría.

 

5.- El cristianismo práctico justicialista

El 29 de octubre del Año del Libertador General San Martín, 1950, el Presidente, general Juan Perón, visitó  la ciudad de Rosario a fin de asistir a los actos de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional.

Los peronistas de la ciudad, encabezados por el Intendente, le han ofrecido “un almuerzo de amigos”. El Presidente resalta, en primer lugar, el valor de la “palabra peronista” cuya virtud es “llegar profundamente al corazón y rendir el efecto que todos buscamos; que seamos cada día más unidos y amigos”. Esas palabras son palabras que hacen lo que dicen y su fundamento son la unidad y la amistad.

El Congreso Eucarístico es un evento evocador para los peronistas porque “nosotros no solamente hemos visto en Cristo a un Dios, sino que también hemos admirado  en El a un hombre…” Admiramos las liturgias y los ritos católicos pero sobre todo tratamos de cumplir esa doctrina. Es más fácil someterse a los dictados de una religión para cumplir sus formas y es difícil cumplimentar el fondo: “No es buen cristiano aquel que va todos los domingos a misa y hace cumplidamente todos los esfuerzos por satisfacer las disposiciones formales de la religión. Es mal cristiano cuando, haciendo todo eso, paga mal a quien le sirve o especula con el hambre de los obreros de sus fábricas para acumular unos pesos más al final del ejercicio”.

Los peronistas aman a Cristo no sólo porque El es Dios sino porque dejó en el mundo el amor entre los hombres. Lo aman por la dignidad humana y “el sacrificio contra la avaricia, contra el egoísmo, en beneficio de los hermanos”. Son simplemente cristianos y quieren serlo. Difunden su doctrina sabiendo que hacen el bien. A pesar de ser calumniados y vituperados practican el “cristianismo práctico justicialista”. Su lucha se realiza mediante la persuasión: “No utilizaremos ni el poder, ni la fuerza, ni la violencia, mientras la persuasión pueda abrir completamente nuestro camino”.

Esa jornada culmina con la oración que pronunció el Presidente en la ceremonia de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional. Postrado humildemente, el discurso es una larga acción de gracias por los beneficios y dones concedidos por el Señor al pueblo y la Patria; un pedido para que pueda servir siempre “sobre todo a sus hombres y mujeres más humildes”, un ruego por la paz y felicidad para los argentinos y todos los hombres y pueblos del mundo. Por fin, en señal de gratitud se ofrenda al Corazón de Cristo: “…os ofrezco todo cuanto soy y cuanto poseo, vale decir, mi vida por la grandeza y felicidad de mi patria y de mi pueblo, cuyos destinos deposito en Vuestro Divino Corazón”.

Notas:


[i] PERON, Juan Domingo, 1973, Una comunidad organizada. Justicialismo y socialismo. Prólogo de Enrique Pavón Pereyra, Buenos Aires, Ed. Macacha Güemes. Cfr.: “El justicialismo y la doctrina social cristiana”, pp. 109-124.

[ii] “Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración: más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”(Lucas, 19:45-48)

[iii] “También estos son dichos de los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no es bueno.” (Proverbios, 24:23); “Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres”( Mateo, 22:16)-

[iv] Mucho tiempo después, en 1967, la  encíclica Populorum Progressio de Pablo VI también acude a San Ambrosio para sostener que “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto”, que “el derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” y que en caso de conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias, toca intervenir a “los poderes públicos (Estado). Más aún, sostiene que “el bien común exige a veces la expropiación de algunas posesiones” puesto que sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. Considera, además, inadmisible que “ciudadanos provistos de rentas abundantes provenientes de los recursos y actividad nacional las transfiriesen en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria”. Más aún, Pablo VI denuncia al capitalismo liberal. Sostiene que “el liberalismo sin freno” es generador de “el imperialismo internacional del dinero” tal como ya lo había sostenido Pío XI y que la economía debe estar “al servicio del hombre”. (n.23, 24, 26). El 28 de enero de 1979, en el discurso inaugural  de Conferencia Episcopal de Puebla, S.S. Juan Pablo II, amonestará: “Es entonces cuando adquiere carácter urgente la enseñanza de la Iglesia, según la cual sobre toda propiedad privada grava una “hipoteca social”.

[v] “Os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco  coma. Porque oímos que alguno de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entreteniéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tesalonicenses 3 : 10-12). En Populorum Progressio,  Pablo VI reconocerá que “todo trabajador es un creador”. También el valor social del trabajo: “al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos”(n.27).

[vi] Cfr. Documento de Puebla, n. 457Imagen