Archivos de la categoría ‘Cultura Popular’

el medio pelo jauretchepor Jorge Torres Roggero

1.- Vigencia y actualidad de ciertos tipos humanos

Difícilmente un lector de Arturo Jauretche no sea experto en “tilingos”, “guarangos” y “tiliguarangos”. Si insisto ahora, es porque, a veces, los términos se burocratizan y concluyen por perder el costado flamante y revulsivo de que eran portadores originarios.

En efecto, si bien Jauretche, en El medio pelo en la sociedad argentina, amplifica y complejiza el significado de tilingo y guarango, no está demás revisar cómo, a lo largo de su obra, el concepto encarna y se hace vivencia.

La primera aclaración, entonces, es que no se tratará en estas líneas de una cuestión académica. No importa el origen o la etimología de los vocablos. Lo que cautiva es comprobar que son tipos nuestros que confluyen en casos asiduos de la vida cotidiana.

“El tilingo -dice Jauretche- es al guarango lo que el polvo de la talla al diamante. O la viruta a la madera”. De tal modo, el polvo y la viruta resultan el producto de un exceso de pulido o de garlopa. En consecuencia, “en el guarango está el contenido del brillante y también la madera para el mueble. En el tilingo nada.” En otras palabras, en el guarango subyacen latentes los posibles, la vida futura, lo que puede ser. En el tilingo, solo el polvo, lo que pudo ser y no fue: “una decadencia sin plenitud”.

Continúa Jauretche: “El guarango es la cantidad sin calidad. El tilingo es la calidad sin ser. La pura forma que no pudo ser forma. (…) Por eso el tilingo es un producto típico de lo colonial. Los imperios dan guarangos, sobre todo cuando se hacen demasiado pronto. El caso de los Estados Unidos, por ejemplo”.

Llegado a este punto, estoy tentado a suponer que el lector está pensando en D. Trump. A primera vista, pareciera ser un guarango en estado puro. Pero si me siguen, no es extraño que se topen con el retrato argentino de (¡oh, paradoja!) un tiliguarango. La cosa es así. Según Jauretche, los términos guarango y tilingo son recíprocos. ¿Qué sucede?

Cuando el guarango hace plata no tiene otro tema de conversación que sus viajes. Se las pasa en Miami, Londres, Ibiza y los más exóticos lugares. París le es más familiar que la plaza del barrio. O sea, el tilingo es despojado hasta de la exclusividad de lo elegante (moda, modales, cocina, diversiones, cultura). Entonces, dirige la mirada hacia Oriente buscando espiritualidad y paz interior: budismo, meditación, zen, chamanismo, el gurú Sri Ravi Shankar. Esto lleva a episodios de difícil comprensión: ¿Puede un tilingo con poder imponer las prácticas de un gurú exótico (desde afuera y desde arriba) a una multitud de zombis de la televisión y del celular?

Pero ¿qué ha pasado? Si bien el guarango irrita al tilingo, llega un momento en que “también irrita el guarango a los guarangos que ya son importantes”.

(Aquí interrumpo. Es para divagar. Por ejemplo, ¿ los guarangos Lázaro Báez y Cristóbal López cruzaron una raya trazada por los guarangos Mauricio Macri, Paolo Rocca y Héctor Magnetto? Pero mejor vuelvo al texto porque la fauna es infinita.)

Entonces se juntan los guarangos importantes con los tilingos (Marcos Peña et caterva). No hay que olvidar que el tilingo sale del guarango por exceso de garlopa. Lo cierto es que tilingos y guarangos unidos contra los otros guarangos terminan por mezclarse y se vuelven contra el país que no es tilingo ni guarango. Ha sido engendrado el tiliguarango, bruto como el guarango y pretencioso como el tilingo. Y aquí a uno le empieza a resonar este acertijo anómalo: ¿qué sería Mauricio Macri Blanco Villegas? Pero mejor no caer en terrenos complejos y resbaladizos que horrorizan a la “razón frígida”.

A veces, a través de un golpe de estado o de la construcción de un grupo hegemónico organizado y sostenido desde afuera, los tiliguarangos toman el poder: PRO, su epífita UCR residual, más la tilinguería mesiánico republicana de Carrió. ¡Qué vachaché!: fantasmas que nos llenan la cabeza leyendo a Don Arturo.

Pero les debo un cuento jauretcheano. Pienso que nos va a decir “más cosas” después de haber compartido estas líneas sobre “los neoplasmas de la cultura argentina”.

2.- Andar de contramano

En Filo, contrafilo y punta, que estamos releyendo juntos, precediendo al cuento que les voy a relatar, aparece esta nota del editor que sirve para amplificar sentidos: “En realidad este cuento es de vigencia permanente, aunque algún hecho circunstancial lo haya motivado. Es para esa gente que dice: Este país de….es decir para la tilinguería a la que nada le queda bien cuando se trata de lo nuestro, la que ve siempre por el lado desfavorable. Como la gata de Doña Flora…”

El relato es una anécdota atribuida a Poroto Botana; y, a Jauretche, se la contó Corominas. Es, entonces, un caso de transmisión oral. Por lo tanto, deja de tener importancia si realmente ocurrió o fue una exagerada indiscreción. Chisme, rumor o chiste, lo cierto es que:

“Era una bella dama. Él la llevó, después de una tenida literaria nocturna, a presenciar la salida del sol en la Costanera. Hechizado, contemplaba el Río de la Plata, cuando su compañera dijo:

“Hay un olor a pescado que no se puede aguantar”. Él pensó: – “No tiene sensibilidad visual. Su sensibilidad es olfativa”.

Recordó, entonces, un recoveco del barrio Sur. Allí, un amigo chino, jardinero exquisito, había improvisado invernáculos con viejas latas de kerosén, con maderas y vidrios de demolición. Había creado, así, un exclusivo paraíso floral, un mundo de perfumes.

Y allá fue con su delicada acompañante. En la aún vacilante luz de la mañana llegaron al hueco donde el chino cultivaba su paraíso. Un perfume exquisito golpeó el olfato. Pero la dama exclamó:

“¡Qué horror este laterío sucio y oxidado!”

Sentidos invertidos. Cuando hay que oler, miran; cuando hay que mirar, huelen. Es el drama de nuestra tiliguaranguería: “Cuando hay que ver el ascenso de un pueblo postergado, lo huelen. Cuando hay que oler nuestras multitudes mucho menos olorosas que las multitudes europeas que tanto aprecian, las encuentran demasiado morochas. Y también les desagradan. No sé si se huelen y se miran ellos mismos. Pero tienen, como en el cuento, los sentidos invertidos.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 09/10/2018

Fuentes:

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª. Edic., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Jauretche, Arturo, 1976, 13ª. Edic., El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

 

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Por Jorge Torres Roggero

cruz en américa1.- La cruz en la cultura popular

El mes de los vientos. Hemos juntado cañas secas, las hemos “cruzado”, hemos armado barriletes de diversas formas y en la anchurosa playa ferroviaria hemos comenzado a remontarlos. De golpe, en medio de los churcales, se topan dos corrientes de aire. Rotan y se trasladan a la vez. Una columna animada cobra altura. Es un remolino. Viene del misterio del monte y zapatea en los guadales. Es la cola del diablo que se hace “viento que da vueltas” (huayra-muyoj). Su aliento levanta la ropa tendida sobre los poleos y hace “desparramos”. No queremos que nos toque al pasar y, entonces, para que tuerza su ruta y no nos haga “daño”, formamos una cruz con el pulgar y el índice derechos y clamamos: “¡Cruz diablo!, ¡Cruz diablo!, ¡Cruz diablo!” El trompo loco pasa y se desvanece.

No lo sabíamos, pero estábamos repitiendo un viejo rito y estábamos profiriendo un poderoso conjuro en que la cruz disolvía al diablo. El vínculo con el mal, quedaba desatado.

La cruz, milenario signo, es uno de los símbolos más presentes en nuestras tradiciones populares. Sobre todo, está presente en los seres y “enseres” cotidianos, en la casa y el pan.

Al fondo del patio grande, la higuera, de dañina sombra, ostenta, marcada sobre su tronco, una cruz. Todos saben que el árbol es refugio del Malo y que la Cruz, trazada en la corteza con un cuchillo, hará que el mal se escape de la planta.

Al atardecer, doña Flora, anciana y sabia, viene viniendo desde su ranchito agreste, rodeado de albahacas, romero, salvia, paico, cedrón, palán-palán, té de burro y otras  hierbas. Más allá, comienza el monte, la hierba del sapo, el poleo, lo chañares, un sinfín de plantas medicinales que receta a sus pacientes. Para cortar una planta o raspar una corteza, primero se ha hecho la señal de la cruz y luego ha recitado secretas plegarias para que el poder sanador se apodere de los yuyos humildes. Y si alguno de los chicos se ha empachado, ella mide el mal con el “centímetro” de tomar las medidas para la costura. Se “persigna” y, mientras con el codo va acortando la cinta, reza, sigilosa, antiguas plegarias. Y el empacho se cura.

Por la noche, la madre remoja levadura en agua tibia, la deslíe, la mezcla con harina, hace un bollo y, sobre el lomo, hace una cruz con el cuchillo y lo deja en reposo. Al otro día, amanece reventado por la cruz, “está florida”. Guarda un poco para otro amasijo y al resto le echa salmuera tibia, grasa derretida, más harina y agua. Soba la masa, la apuña, forma el pan y lo deja leudar antes de hornear.

Y qué decir del viejito Villagra. Cuando hay amenazas de tormenta de piedra y rayos, sale con el hacha, traza una cruz sobre el suelo y le echa sal y ceniza. Luego, alzando el hacha con el filo en dirección al cielo tormentoso, dibuja una cruz en el aire para “cortar” la tormenta. Claro está, antes de afilar el hacha en la vetusta piedra de amolar, se había hecho la señal de la cruz al tiempo que decía: “Hachita, hachita, hachita/ cortáme mucha leñita. / Dios y la Virgen/ te hagan bendita”.

¿Y las cruces de los caminos? En los carriles polvorientos que cruzan los montes aparecen las cruces clavadas en memoria de los fallecidos de “muerte repentina” o vencidos en un duelo a cuchillo cerca de algún boliche. Son cruces toscas, desteñidas. A veces, un tarro herrumbrado es un florero. Y el día de los muertos, aparecen velas encendidas, alguna corona con flores de papel “crepé” o ramos de flores mustias.

Antes de dormir, uno se “santiguaba” para defenderse de los terrores nocturnos y la señal de Cruz presidía el comienzo de toda actividad importante: el inicio de un viaje, de una gestión, de una tarea difícil o simplemente comer. ¿Quién no ha visto a futbolistas de distintos países, desarrollados o subdesarrollados, hacerse la señal de cruz al ingresar al campo de juego?

Se podrían escribir tomos sobre la presencia de la cruz en la vida del pueblo. Una de las primeras enseñanzas de una madre es la de “hacerse la señal de la cruz”. Persignarse es quedar marcado por un signo de redención, de liberación, por un poder capaz de enfrentar el mal y la muerte.

Por eso, no deja de llamar la atención la inhabilidad del Presidente para repetir un gesto antiguo, un rito de pertenencia cuya benigna eficacia depende de la exactitud de la acción y la palabra. Las formas erráticas pueden desatar fuerzas errantes, restos de dioses muertos, de energías negativas.

2.- El simbolismo de la cruz

En la señal de la cruz, lo numinoso y lo corpóreo, están combinados y en armonía. De dos líneas simples y un centro irradiante nació un símbolo completo. La cruz es, ciertamente, el más antiguo de todos, y se hallará en todas partes y en todo tiempo, antes de tener relación con su exaltación tras el advenimiento del cristianismo.

El símbolo de la cruz, uno de los más extendidos en la historia de la humanidad, abarca ámbitos aparentemente disímiles: judeocristianos, egipcios, chinos, celtas, africanos. Está probado que, en nuestra América, de norte a sur, la cruz tenía vigencia, con distintos significados, antes de la llegada del cristianismo.

René Guenón, en El simbolismo de la cruz, estudia la cruz como un símbolo básico de orientación y como clave secreta de la ubicación del hombre en el mundo. El punto de cruce de los travesaños es figura de la “unio contrariorum”, dos direcciones antagónicas que, al conjugarse, superan los opuestos y los integra como complementarios. Estos “cruces” se pueden dar en distintos niveles: espiritual, síquico y corporal. La cruz es una unidad básica fundamental y cifra de un modo de pensar integrador. El cristianismo popular católico (de los cabecitas negras), con rezos, ritos y supersticiones se mestiza con las creencias de los desheredados de las culturas originarias.

Samuel Lafone Quevedo, en el prólogo de La cruz en América, de Adán Quiroga, da cuenta de una construcción en Fuerte Quemado, Valle Calchaquí, con forma de cruz, guardada por precipicios a los tres costados y con una única entrada, una garganta casi imposible de sortear. Son cuatro paredes que se levantan dejando un espacio en cruz entre ellas, sin valor utilitario alguno, porque apenas dan paso a un cuerpo.  ¿Señalaban las horas del día, los solsticios y equinoccios, o esa ruina en cruz era un intihuatana o trampa para cazar al sol?

En la alfarería calchaquí la figura del sapo con la cruz en el cuerpo es la insignia de una divinidad acuática. Es una escritura sagrada. De ahí la leyenda riojana del sapo como Señor del Agua (cfr. Joaquín V. González), o los relatos enigmáticos del sapo y el suri.

En la cultura popular el sapo es un gran mago, es el llamador de las nubes, el crucificado sobre una cruz de ceniza para que haga llover. Eso no obsta para que se le pueda demandar que le haga algún daño a determinada persona. Sucede también con la señal de la cruz y no es el objeto de estas líneas.

De todos modos, queda clara la doble cara de los signos (“señales”) y cómo su uso puede, con intención y sin ella, despertar fuerzas negativas y dañinas. Esto nos lleva a insistir, con mayor detalle, en el modo errático con que el Presidente se persigna.

La cruz puede manifestarse de numerosas formas. Para nosotros las más comunes son la cruz latina, la cruz griega, la cruz de San Andrés y la Tau, última letra del alfabeto hebreo que en la más antigua y simple grafía tenía forma de cruz.

La idea de que la señal de cruz “sella” y salva al oprimido es de raíz bíblica. Al episodio más conocido lo encontramos en Ezequiel 9. Al profeta se le aparecen siete hombres. Seis esgrimen azotes o instrumentos de castigar: son verdugos. El séptimo viste de lino y lleva una cartera de escriba en la cintura. Un voz le ordena: “Pasa por la ciudad de Jerusalén, y marca una Tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las prácticas abominables que se cometen en medio de ella”.

Los verdugos avanzan. No deben perdonar a nadie: “Matadlos hasta que no quede uno”. Y deben comenzar por el santuario, por los sacerdotes: “Pero al que lleve la Tau en la frente no lo toquéis”. Es un castigo purificador que dejará un resto pobre y humilde.

Sellar, marcar, es familiar en la Biblia y en la vida misma. Desde la más remota antigüedad el “sello” es una forma o símbolo de la persona. Por un lado, lacra, para cerrar un secreto; por otro, atestigua, confirma, comprometiendo el testimonio del poseedor.

Se sella la piedra para hacerla inviolable: la roca del sepulcro, el abismo donde se arroja a Satán, un texto de alianza, una sentencia real. La “señal” indica pertenencia o posesión. Un rollo sellado solo puede ser leído por quien ha sido elegido para develar el texto. Una fuente, un jardín, un recinto sellados prohíben el acceso a toda persona no cualificada. Un sello puede ser un anillo o pendiente del cuello. También puede ser una tatuaje. “Uno escribirá en su mano: De Yahvéh y se llamará Israel” (Is.44,5). El tatuaje también puede expresar el amor de Dios a su pueblo: “Míralo, en la palma de mis manos/ te tengo tatuado” (Is.49,16). La circuncisión, asimismo, es sello de la alianza de Abraham y en el Cantar de los Cantares (8,6) la presencia y abrazo del esposo sellan el amor.

La Cruz (la Tau) es el sello de Dios, significa su dominio y es garantía de reconocimiento y protección. Los confirmados en su fe ya no se pertenecen a sí mismos, ni al pecado. Los justificados han recibido de manos de Dios por su enviado (el Cristo) la seguridad de la salvación.

Claro, no olvidemos que los símbolos tienen su lado oscuro. En el Apocalipsis nos abruma el sello de la Bestia (Ap. 14,9; 13,16;16,2; 19,20;20,4). La Bestia sella por seducción engañosa, por chamuyo, por apremio prepotente. Dios sella en la paz y la libertad de una elección eterna.

En la historia, el juicio (la crisis) es permanente. El castigo no es un exterminio. La misericordia siempre deja un resto pequeño (los marcados con la Tau) que purificado en la prueba forma un pueblo no entregado a la idolatría del dinero y al poder como fuerza explotadora. Con él renueva su alianza que nunca se rompe.

Cristo, su misterio, es el centro de la historia y por eso no hay castigo definitivo, exterminador. La Cruz cristiana es la locura de la misericordia. Es un suplicio, pero también un símbolo que nos revela el rostro de Dios, el final del camino. Prenda de salvación, nos recuerda que son bienaventurados los pobres.

Llegamos así a Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal. Tomaremos un breve fragmento para adentrarnos en la contemplación (“templum”) de la sabiduría que encierra la señal de Cruz. El correntino Berón, humilde ayudante en un remolcador de nuestro limoso estuario, marca sobre su cuerpo la señal de la Cruz y desata un viaje metafísico.

3.-Metafísica de la Cruz

Samuel Tesler va en busca del piloto Coraggio (coraje:cor:corazón) y del remolcador en que guardaba su Biblia “cuando el mundo era joven”. El remolcador, el “Surubí”, es el que transportará a Megafón a su destino trágico.

En Marechal, el surubí es un poderoso símbolo del regreso desde la multiplicidad a la unidad, a la fuente de la vida, a “la infancia de su río”: “El surubí le dijo al camalote/ no me dejo llevar por la inercia del agua./ Yo remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río”. Es un retrógrado, pero no un oscurantista: marcha de la oscuridad hacia la luz.

Instalado en el remolcador, Samuel Tesler, Jonás II, pregunta: “¿Hay entre ustedes alguno que todavía sepa trazar el signo de la cruz en su carne bautizada?” El ayudante Berón, desde la parrilla en que prepara un asado, contesta: “Yo”. Y llevándose a la frente su derecha nudosa, recitó: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El antiguo gesto es el que sirve de soporte para una contemplación metafísica que no voy a comentar. Sólo incito a seguir el consejo de Marechal: “Que todos han de pescar/ según anzuelo y carnada”. Samuel va a exponer quién es el Otro. Pasemos al texto pelado.

“Cuando ese noble correntino (lo descubrí en su tonada) nombró al Padre con la mano en la frente, lo nombró en la parte más excelsa del hombre, vale decir en su región intelectual y en la zona debida. Porque, nombrando al Padre, nombró al Ser Absoluto, a su divino intelecto y a la suma de sus posibilidades ontológicas en estado de “no manifestación”. ¿Entienden?

Ahora bien, para que las posibilidades ontológicas del Padre se manifiesten, es necesario que su Verbo interior, el Hijo, las “pronuncie” distintamente y las haga descender a los planos existenciales donde se han de manifestar. Por eso el ayudante Berón, al nombrar al Hijo, ha trazado una vertical en descenso desde su frente hasta su ombligo, atravesando todos los plexos horizontales de su humanidad. La obra estará consumada no bien el Espíritu Santo, en movimiento generativo, la desarrolle según la horizontal de la “expansión”. Y ya vieron cómo el hijo de Corrientes, al nombrar al Espíritu Santo, trazó una horizontal que fue desde su hombro izquierdo hasta su hombro derecho. ¡La Creación ya está concluida! El mundo existe, yo existo, ustedes existen: ¡aleluya! ¿Está claro ahora?”

Lo que acaban de leer, es un fragmento de la Cosmogonía del correntino y, con todo derecho, pueden responder como los tripulantes del “Surubí”: “¡Como la tinta!”

Los sacamos, entonces, de la tinta y los llevamos a la cruz en la historia. Leamos juntos esta estrofa de “Didáctica de la Patria”:

“Somos un pueblo de recién venidos./ Y has de saber que un pueblo se realiza tan solo/ cuando traza la Cruz en su esfera durable./ La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza el pueblo?/ Con la marcha fogosa de sus héroes abajo/ (tal es la horizontal)/ y la levitación de sus santos arriba/ (tal es la vertical de una cruz bien lograda)”.

Ahora bien, Marechal, salmodiante de un tiempo nuevo, se aferra al Verbo, al Cristo, como “a un barril flotante”. Dejamos para su “consideración” (consultar los astros, “sidera”) estos fragmentos de “El Cristo” y sus enigmáticas “llanuras de plata”(argentina):

“El Cristo es el oro que vuelve,/ pisando llanuras de plata./ Ya está en el centro, tú con Él, hermano:/ Ya cuelga de la cruz y tú con Él./ Y en un jardín plantado hacia el Oriente,/ un árbol ya recobra su despojo.(…) El Cristo es un teorema demostrado./ Yo lo veo en la cruz, Hombre Total:/ desde sus pies hasta su frente, asume/ toda la Creación en los tres mundos./ Sólo un dios puede ser crucificado: su madre lo buscaba entre las tumbas. (…) Yo lo miro en la cruz, y tres mundos lo ven,/ dulce y escandaloso para siempre:/ a su derecha el sol, a su izquierda la luna,/ y en el fondo una noche de cabeza de cuervo./ Espinas de su frente lo hacen rey:/ es el Rey Muerto ahora, y en seguida es el Fénix/ de la resurrección y el buen oro logrado./ Su madre lo buscaba entre las tumbas:/ no lo encontró, ¡aleluya!”

¿Estamos metidos en un laberinto? En Marechal, no dejen de observar las palabras en mayúscula o entre comillas. La cruz es un simbolismo de orientación y los argentinos hemos perdido la “orientación”, el rumbo, nos hemos olvidado para dónde íbamos. Dejo una última referencia de Marechal a la cruz . Son estos versos de dura cáscara. A veces hay que romperse los dientes para desentrañar un símbolo: veamos “Palabras al Che”:

“¡Oh, Che, no soy yo quien ha de llorar sobre tu carne derrotada!/ Porque otra vez contemplo una balanza ya puesta en equilibrio/ por tu combate último./ Y frente a esa balanza, diré a tus enemigos y los nuestros:/ “Han hecho ustedes un motor inmóvil de un guerrero movible”./ Y ese motor inmóvil que alienta en Santa Cruz/ ya está organizando el ritmo de las futuras batallas”.

Hasta aquí Marechal. Ahora los invito a incursionar en unas coplas caseras.

4.- Coplas de la Santa Cruz

En 1984, la Secretaría de Cultura de la Municipalidad, para Semana Santa, publicó una serie de poemas (de poetas de Córdoba) alusivos a la festividad religiosa. La edición consistía en plaquetas y afiches ilustrados y diagramados por un artista cordobés. Mi poema llevaba una relevante  imagen de la iglesia de la Compañía de Jesús: era una pluma de Carlos Herrera. La iniciativa fue del Dr. Aldo Guzmán, amigo desde los buenos tiempos de la Facultad. Nuestras diferencias políticas no fueron obstáculo para que me invitara a participar. La recobrada democracia tenía su pascua florida. Aquí van mis “Coplas  de la Santa Cruz”:

COPLAS DE LA SANTA CRUZ

Antiguos ritos de madre

la dibujan sobre el pan,

o sobre la mesa pobre

si se derrama la sal.

¡Cruz diablo!, gritan los chicos

si el remolino echa a andar,

y el diablo esconde la cola

y se esfuma en el tunal.

La viejita se persigna,

mide con su codo el mal,

y el empacho retrocede:

basta con esa señal.

Toda la vida del hombre

cabe en el gesto ancestral:

grito del que viene al mundo,

silencio del que se va.

Santa Cruz, carga liviana,

que nadie quiere cargar:

Arbol Santo cuyo fruto

es comida, encuentro y paz.

 

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 17 de jul. de 18

 

ALGUNAS FUENTES BIBLIOGRÁFICAS INTERESANTES:

Biedermann, Hans, 1996, Diccionario de símbolos, Buenos Aires, Paidós.

Cooper, J.C., 1988, El simbolismo. Lenguaje universal, Buenos Aires, Lidium.

Ezequiel, 9: 1-11

Faro de Castaña, Teresita, 1985, De Magia, Mitos y Arquetipos, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.

Guénon, René, 1987, El simbolismo de la cruz, Buenos Aires, Ediciones Obelisco.

                       , 1993, Esoterismo cristiano, Buenos Aires, Ediciones Obelisco.

González, Joaquín V., 1980, Fábulas nativas, Buenos Aires, Kapelusz

Koch, Rudolph, 1980, El libro de los símbolos, Buenos Aires, Betiles.

Ochoa de Masrramón, Dora, 1966, Folklore del Valle de Concarán, Buenos Aires, Luis  Lasserre Editores

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón o la guerra, Buenos Aires, Ed. Sudamericana

                                 , 2014, Obra poética, Buenos Aires, Leviatán.

Quiroga, Adán, 1977, La Cruz en América, San Antonio de Padua (Bs.As.), Ediciones Castañeda.

Rojas, Ricardo, 1907, El país de la selva, París, Garnier Hermanos.

Triviño, Hna. María, OSC, 1980, La Tau, signo de salvación, Valencia, Librería San Lorenzo

Viggiano Esain, Julio, 1968, Los trabajos del bosque. Zona obrajera cordobesa, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba.

 

por Jorge Torres Roggero

CULTURA REVISTA1.- El camino de la alpargata

“Es la memoria un gran don/ cualidá muy meritoria…”, canta Martín Fierro. Estas líneas serán un sencillo ejercicio de memoria. Y también, una vindicación de la “alpargata”, como símbolo cultural del suelo, del arraigo, de eso que, según Kusch, “no es cosa, ni se toca, pero pesa”. Es un punto de apoyo que no puede fotografiarse, un “grund”, o como dice Borges, “el revés de lo conocido”, eso que “está soterrado como el cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto”.

En otras palabras, se trata de considerar la cultura dentro de la historia, vivenciarla como un relato profundamente ligado a lo cotidiano,  como energía seminal y núcleo de la “eternidad histórica” del pueblo. Los invito, entonces, a sumergirnos en lo oscuro, a balbucear lo inombrable, a tantear el espacio siempre dialogante de la “serie semántica de la vida”.

¿Cuál es uno de los argumentos más recurrentes para demostrar la supuesta “barbarie” de los “negros peronistas”? Es, sin duda, la  famosa consigna “alpargatas sí, libros no”. Ese recuerdo, constantemente atizado por los representantes de ciertos sectores sedicentes cultos, constituye todavía una  “razón” convincente para los que se manejan dentro de la lógica interna de la cultura oligárquica. Muchos discursos y declaraciones de funcionarios y periodistas aduladores del poder han abusado y abusan de ese remanido y acrítico recurso retórico.

¿ Cuál es  el origen de la consigna? Ocurrió en La Plata y se relaciona con  la fuerte presencia de las mujeres el 17 de octubre de 1945. En efecto, el día 16 de octubre trescientas mujeres se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban el nombre de Perón. Pronto se sumaron a ella los obreros de los frigoríficos e iniciaron la marcha hacia La Plata. Cuando pasaron frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma del pueblo. Y lo sigue siendo según lo testifica el “hit” de este verano. En Rosario también privó lo farsesco: montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”.

En la universidad arancelada de la época, docentes y estudiantes (grandes oradores que repetían el discurso y los verosímiles de la Reforma Universitaria que conspiró contra Yrigoyen) denostaban a las masas peronistas. Decían que, así como las masas rosistas salían del matadero; los obreros peronistas, considerados lumpen, salían de los frigoríficos, eran turbas de matarifes. Así los vio Ezequiel Martínez Estrada: “Volcó (Perón) a las calles céntricas un sedimento social que nadie había conocido. Parecía la invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos […] aparecieron con sus cuchillos de matarifes en la cintura, amenazando con una San Bartolomé del Barrio Norte. Sentimos escalofrío viéndolos desfilar en una verdadera horda silenciosa con carteles que amenazaban tomarse una revancha terrible.” En el mismo texto, afirma sobre Yrigoyen: “no atacó de frente ni de soslayo a la cultura, pero habilitó una forma muy del gusto de la chusma, una paracultura con órganos de seudoculturación”.

Si tomamos como horizonte de lectura al pueblo, nos resulta fácil comprender que “libros no” significaba, en ese momento, el rechazo de una cultura extraña en nombre de la cual se sometía a los humildes a la más inhumana explotación.

¿De qué servía al pueblo una democracia puramente literaria? ¿De qué las bibliotecas a las que no tenía acceso? ¿Y la universidad, renta exclusiva de los sirvientes de las empresas extranjeras y sus gerentes? Esos libros, no. Y eran los únicos que conocía. Eran los libros en nombre de los cuales el “dotor” los jodía.

“Alpargatas”, a su vez, simbolizaba lo propio. Significaba pararse en su propio espacio, instalarse sobre una base vivencial propia, ganarse a sí mismos. Comenzar a elaborar un “pensar” propio a partir de la “alpargata” constituye un desafío a la creatividad y autenticidad de los intelectuales argentinos.

Estas sencillas consideraciones me llevaron a hacer memoria y acude a mi recuerdo la revista    CULTURA que fue editada por el Ministerio de Educación y de la Provincia de Buenos en la “época oscura” de la tiranía, entre 1949 y 1951.

Y hacemos hincapié en la palabra “oscura”, porque el iluminismo de vientre seco de la cultura oligárquica ha pretendido representar las épocas en que el pueblo se hace cargo de su destino y sale a la superficie, interregnos  en que la Nación muestra el resplandor de su rostro verdadero, como paréntesis de sombra, de tinieblas. De este modo se quiere prohibir al pueblo que recuerde y, al recordar, “reviva” su momento epifánico. Y lo peor del caso es que no faltan en el campo nacional los “bueyes corneta”.

Les transcribo lo que dicen, sobre la revista CULTURA, Lafleur, Provenzano y Alonso en su libro Las revistas literarias argentinas, 1863/1967. Lo dicen con poco entusiasmo, pero ello no invalida la honestidad del juicio:

“Al aproximarse el fin de la década del 40 nace en La Plata una revista de gran envergadura intelectual, la que ofrece una característica muy singular en relación con el resto de las similares: se trata de una publicación literaria de origen oficial. En efecto, nos referimos a CULTURA, publicación auspiciada por el Ministerio de Educación de Buenos Aires.

Un publicación literaria patrocinada por Estado puede sufrir ciertas limitaciones que, al fin, desnaturalizan su auténtico cometido. La propaganda política o la discriminación que de ella puede derivarse, suelen ser su casi inevitable fantasma. Debe señalarse con justicia que nada de eso pasó con CULTURA: desarrolló su curso libremente y en sus páginas se dieron cita firmas de todo orden intelectual. La nómina de colaboradores, extensa y de notable calidad…” (p.215).

2.- Los contenidos

Los contenidos de la revista se organizan a partir de espacios de desarrollo teórico y de de difusión. En todos los números accede el lector a artículos sobre literatura, arte, filosofía, sociología y otras disciplinas de interés en el momento. En cada entrega se difunde la obra de un plástico destacado. Junto a su biografía,  múltiples reproducciones de las principales obras. Otras de las secciones era el Guión de Lecturas, o sea, el comentario de libros. Por último, se difundía, en cada edición, la abundante, múltiple y abierta obra cultural promovida por la  Provincia.

Aunque sería lindo reproducir algunos de los artículos fundamentales y sus autores, me limitaré a nombrar algunos colaboradores y plásticos. Pero quizás lo más importante de este informe será la exposición de algunos “hechos de cultura”. Se podrá apreciar así un ministerio “al servicio del pueblo y en manos del pueblo”, según la feliz expresión del Gral. Perón. Por último, habrá que tener en cuenta que la pregunta por lo “nacional” siempre está presente, aunque se esté hablando de Goethe, Bach o Heidegger.

3.- Colaboradores

Antes de comenzar con los “hechos de cultura” dejo, tomando al azar, estos nombres de la lista de colaboradores: Juan Zochi, Bruno Jacovella, A. Ponce de León, César Rosales, Nicolás Cócaro, O.N. Derisi, Juan C. Dávalos, Guillermo House, Osiris U. Chierico, L. Marechal, J. Soler Cañas, Marcos Fingerit, Rodolfo Falcioni, Luisa Sofovich, R. Sepich, E. Puga Sabaté, María Granata, Fermín Chávez, I.Quiles, Lysardo Zía, D. Galtier, Gregorio Santos Hernando, Carlos Astrada, Ramón Gómez de la Serna, Miguel Brascó y muchos más. Sí que hay obras para rescatar y para leer.

Los plásticos cuya obra se difunde en cada entrega, son, entre otros: Líbero Badii, Miguel A. Elgarte, Adolfo Bellocq, César López Claro, Laerte Baldini, Jose Alonso, Domingo Pronsato.

4.- Hechos de la cultura

Me limitaré a enumerarlos. Sin comentarios. Sólo les pido que consideren la universalidad de temas, la variedad de destinatarios y la participación de los gremios y la CGT en las actividades culturales. Por supuesto, planean objetivos claros e insurge la unidad de concepción.

1) Resolución del Ministerio de Educación por la cual se llevan a las escuelas bonaerenses piezas no retiradas por sus autores de los salones que organiza el organismo oficial ( y como había salones regionales, eran muchas) para contribuir a “formar el gusto y los sentimientos estéticos de los educandos y de los núcleos sociales del interior de la Provincia” (Año I, Nro. 1).

2) Exposición en agosto de 1949 de 78 obras de Benito Quinquela Martín a la que asisten “numerosas delegaciones de gremios obreros, alumnos de la U.N. de La Plata y de las escuelas bonaerenses, empleados, etc.” El Gobierno dispone adquirir “Efecto de sol en el Riachuelo” “manifestación auténticamente popular y argentina de la pintura nacional” (Año I, Nro.1).

3.- Campaña para ilustrar al pueblo y hacer viva conciencia de los principios sustanciales de la Ley de Defensa de la Riqueza Forestal. Sobre la significación del árbol hablan por LR 11 Radio Universidad Nacional de La Plata escritores, maestros, profesionales. Algunos títulos: “El árbol, fuente de enseñanza espiritual”; “Arboles argentinos, leyendas y supersticiones”; “El árbol en la literatura”; “El árbol en la pedagogía”; “El árbol y la música”. Se lo relacionan también con la economía, el urbanismo, la historia, etc. Como vemos, se “educa”, no se manipula.(Año I, Nro.1). ¿En cuantos años se adelantó el peronismo en el cuidado de la madre tierra?

4.- Ciclo atinente a la poesía y la literatura vernácula a cargo del Director del Instituto Nacional de la Tradición profesor Juan Alfonso Carrizo. Se transcribe el programa desarrollado. (Año I, Nro.1).

5.- Bajo el título de “lo popular y lo culto en la música argentina” se cumplen varios conciertos por intérpretes de nombradía en las ciudades del interior de la Provincia. (Año II, Nro.4).

6.- Especialistas de la Pronvincia exponen conclusiones a que se ha llegado en el campo de la investigación folklórica. El ciclo se llama “El hombre de la pampa y su cultura”. Intervienen: Bruno Jacovella, Juan Alfonso Carrizo, Isabel Aretz, María Teresa Villafañe Casal, Berta Elena Vidal de Battini, Rafael Jijena Sánchez, Marcial Tamayo. (Año II, Nro.4).

7) Se seleccionan teatros vocacionales que pasan a representar en el teatro Argentino auspiciados por la Subsecretaría de Cultura (Año I, Nro.4)

8.- Registro de museos y colecciones públicas y privadas de: historia, arqueología, ciencias naturales y costumbres regionales para velar por le patrimonio cultural.( Año II, Nro.4).

9.- El Subsecretario de Cultura José Caffaso inaugura la Escuela de Bibliotecología y clausura el Primer Congreso de Bibliotecas populares. Manifiesta la urgencia de “zafarnos de todo abalorio o actitud que implique sumisión a cánones mentales extraños a nuestra modalidad, para ir al encuentro de nuestra vocación y de nuestro destino histórico” ( Año II, Nro.5).

10.- Con la designación de los delegados gremiales hecha por la Confederación General del Trabajo (filial La Plata) entró en funciones el Departamento de Cultura Social del Ministerio de Educación. Finalidad: elevar el nivel cultural de las clases trabajadoras por medio de conferencias, publicaciones, investigaciones y la divulgación de las artes y de las ciencias”. (Año II, Nro.5).

11.- Se envía a la legislatura un proyecto de ley que faculta al Gobierno de la Provincia a sucribir directamente convenios con editoriales y establecer los precios de venta y la participación de los autores en el beneficio, para editar obras de carácter científico, artístico, de imaginación, ensayos, indéditos o no, que hayan sido objeto de distinciones especiales en concursos organizados por la Provincia y que por “su índole contribuyan a dar sentido peculiar a nuestra cultura, como aporte genuinamente argentino al pensamiento y la ciencia universales” ( Año II, Nro.6).

12.- El Camión de Arte de la Misión Cultural del Ministerio de Educación cumple una nueva gira por ciudades y pueblos del interior. Lleva: pinturas, música grabada y filmada, cine educacional y libros. Recorrió dieciocho pueblos y ciudades. (Año II, Nro.6).

13.- El 24 de agosto de 1950 se presentó el Teatro Obrero dirigido por el escritor José María Fernández Unsain y dependiente de la Confederación General del Trabajo. Obra presentada: “Octubre heroico” de César Jaimes (Año II, Nro.6).

14.- El Ministerio de Educación crea la Escuela de Cerámica de Mar del Plata para “incrementar el amor al trabajo artístico-utilitario y elevar la sensibilidad estética del pueblo” (AñoII, Nro.6).

15.- El Ministerio alienta a los teatros vocacionales que llevan al escenario del Argentino obras de Ponferrada, Pirandello, T.Wilder y A. Discépolo (Año II, Nro.6).

16.- Por Ley 5323 se instituyen los premios anuales (tres) de literatura, ciencias y artes. (Año II, Nro.6).

17.- En su décima gira el Camión del Arte recorre pueblos y ciudades de las zonas norte y oeste (Año II, Nro.6).

18.- La Dirección de Bellas Artes (director: Numa Ayrinhac) realiza un concurso de manchas con el tema: “Aspectos naturales del parque Los derechos de la ancianidad” (Año II, Nro.6).

19.- En el acto de entrega de premios Ley 5323, el gobernador Coronel Domingo A. Mercante, afirma: “Los valores surgidos en el seno de una comunidad que aspira a su plenitud mediante el despliegue de sus inclinaciones y apetencias naturales, son en verdad los únicos que perduran a través de todos los tiempos, porque dan una visión trascendental del universo, del hombre y de la vida y convertidos en instrumentos de liberación, son portadores permanentes de hondos y ambiciosos mensajes.” Concluye marcando la necesidad de “plasmar una comunidad donde la virtud se confunda con la belleza y la armonía de las líneas interiores se identifique plenamente con la justicia (Año III, Nro.8).

20.- El 30 de mayo de 1951 se puso término al Concurso de Escritores Noveles inéditos o que hubieran publicado un solo libro. Premiados: Jorge Perrone, Rodolfo Falcioni, Elena Duncan, Alberto Ponce de León, María Mombrú y Esteban Peicovich. Rubros: novela, cuento y poesía. Ensayo: desierto. (Año III, Nro.8).

21.- Desde 12 al 17 de marzo de 1951: Semana del Arte de Necochea.

22.- Semana cultural de Bahía Blanca (7/3 al 14/3). Actividades: actuación de la Sinfónica del Teatro Argentino; recitales de poesía (María Granata, Nicolás Cócaro, Fermín Chávez, Gregorio Santos Hernando, Roberto Themis Speroni); conferencias, representaciones teatrales, cine, títeres, exposiciones de libros, danzas. Nombres notables: Juan A. Carrizo, María Ruanova e Irma Boroski, Humberto Caifi (violín), Angel Battistesa, Alberto G. Ginastera, entre otros (Año III, Nro 8).

23.- Salón de Arte de la Plata (19/6).

24.- Siete Siglos de Pintura Francesa (13/4).

25.- El gobernador Mercante ha otorgado becas de estudios y los plásticos que las recibieron por primera vez (24/5/49) muestran los frutos de su labor presentando cien obras (Año III, Nro. 10).

26.- El Ministerio de Educación lleva obras del patrimonio del Museo de Bellas Artes a varias ciudades de la Provincia (Año III, Nro.10).

27.- El 25 de enero de 1951 se inaugura el Salón de Artes de Mar del Plata. Son 384 obras. Exponen entre otros: Gastón Jarry, Juan C. Castagnino, Eugenio Daneri, Germán Leonatti, Armando Sica (Año III, Nro.10).

Esto ha sido un mínimo recuento de “hechos de cultura” promovidos por un gobierno peronista en apenas dos años. Constan muchos más en los ocho números de la revista a los que accedo. La falta de espacio nos prohibe citar y analizar nombres y  actividades que nos dicen de una preocupación sin sectarismos, profundamente dedicada a devolver al pueblo lo que el pueblo genera en su diario trajinar. Salones regionales, recitales, conciertos, teatros, como obra en conjunto del pueblo y sus artistas. El pueblo como co-autor; el artista, como gestor.Es cierto que en la larga lista de artistas noveles alentados y promovidos por el gobierno del pueblo no faltaron los “bueyes corneta”. Pero esa es otra cuestión que algún día habrá que estudiar.

Por ahora, me conformo con que algunos de los que se postulan para cargos, dentro y fuera del movimiento popular, vayan aprendiendo con el ejemplo.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 28 de febrero de 2018

 

FUENTES:

Borges, Jorge Luis, 1953, Historia de la eternidad, Bs.As., Emecé.

CULTURA, 1949-1951, Nro. 1 al 8, Revista de Educación de Buenos Aires, La Plata.

James, Daniel, “17 y 18 de octubre de 1945.El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina”, en: Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel, pp. 83-129;

Kusch, Rodolfo, 1975, América Profunda, Bs.As., Bonum

Luna, Félix, 1971, El 45, Buenos Aires, Sudamericana

Martínez Estrada, Ezequiel, 1956, ¿Qué es esto?, Buenos Aires, Ed. Lautaro, p.28-44

Reyes, Cipriano, 1973, Yo hice el 17 de octubre, Buenos Aires, GS Editorial

CULTURA, 1949-1951, Nro. 1 al 8, Revista de Educación de Buenos Aires, La Plata.

por Jorge Torres Roggero

LA TARANTULA

1.- Un novelista depuesto

Numerosos intelectuales, desaparecidos del canon literario después del golpe de 1955, se acercaron al peronismo en la década del 1940. Venían de heterogéneas tradiciones, de universos que antes de Perón parecían antagónicos. Entre ellos, vamos a recordar al tucumano Miguel Angel Speroni nacido en 1911. Su novela Las arenas (1954), fue considerada la primera ficción peronista. Su cronograma perfila el lapso que va de junio de 1943 hasta las vísperas del 17 de octubre de 1945.

 

Juan José Sebreli le dedicó un artículo elogioso. La consideraba como un intento de novela de “acción revolucionaria”, pero no en la línea del realismo truculento propio de nuestros escritores de izquierda de la década del treinta. Tampoco la veía en la menos frecuente y tormentosa vivencia del fracaso, típica de la impar estética de Roberto Arlt. Algo nuevo intuía: no hallaba como enunciarlo, pero tampoco como descalificarlo. Victoria Ocampo rechazó el artículo en “Sur” y reprendió al autor.

Las Arenas es, a primera vista,  una vulgar novela “en clave”. Sus personajes son alegorías de los agonistas reales de nuestra historia “en acto”, de lo que está sucediendo. El coronel Bustos, es Perón; Ada Roldán, Eva Duarte; el embajador Dodge, Braden; Nicanor Aguirre, Cipriano Reyes. Se van reconociendo, así,  muchos agonistas reales cuyos nombres en penumbra los historiadores callan. Ello no impide registrar el carácter fuertemente ficcional de un texto que esboza la poética balbuceante de un tiempo vivo.

Las Arenas revela el desconcierto que el nuevo movimiento provoca en los obreros (socialistas, comunistas, anarquistas); en la burguesía nacional, en los militares patriotas, en los periodistas en polémica con la oligarquía.

El debate entre los personajes es un rasgo peculiar del texto. Por eso, a veces parece adolecer de una excesiva discursividad que, sin embargo, no deja de ser necesaria ante la urgencia revolucionaria. Las vidas de los argentinos, comenzando por los más humildes, se abren a nuevos significados. Flamantes sentidos marcan los destinos individuales que confluyen hacia una hegemonía cotidiana de lo comunitario. El amor ya no será sentimentalismo, sino fuerza unitiva. Lo naciente entrelaza destinos en medio de la convulsión intelectual de los que, hasta ese momento, gozaban los privilegios del saber y del gusto: “Ya ves que todo es claro y que no lo es; que todo es simple, y que no lo es.”(p.138).

El racionalismo reductivo aparece como rasgo distintivo de la oligarquía; la clase media intelectualmente dependiente, es existencialista; las masas populares son el insólito sujeto histórico de una epopeya epifánica: han descubierto la solidaridad como alegría de ser y la revolución social como una mística, como reflejo de un irreversible orden cósmico.

En 1947, Miguel Angel Speroni había publicado La Puerta Grande. Aventura y desventura de Buenos Aires. La dedicatoria transita un tema habitual en los narradores de la época: “A Buenos Aires, puerta grande de América, que acogió mi adolescencia y precipitó mi madurez”. Apasionante “novela urbana”, su protagonista es Buenos Aires, ciudad babélica, transitada por centenares de personajes de todas las clases, oficios y nacionalidades. Tan así es que, al final, aparece un “Censo de La Puerta Grande” que sirve al lector para recordar parentescos, ocasiones, funciones, rasgos, de los personajes (más de 130). Algunos reaparecen en Las Arenas. Speroni siempre plantea, de diversas formas, alguna tesis. En este caso, mira la tumultuosa ciudad desde un campo intelectual fuertemente marcado por una militancia que podríamos llamar socialista-democrática. Era, pues, un cómodo intelectual progre, con un lugar de consideración en una sociedad oligárquica donde cada uno tenía un papel asignado, que se rebela. La novela abarca el período que va desde comienzos de la guerra hasta el golpe de 1943.

Un mensaje final titulado “A los hombres de mi generación”, cuando ya ha probado el revulsivo peronista, da cuenta de que en su novela no ha “callado ni los vicios ni las virtudes” del período. Aunque concluida en 1944, recién pudo editarla en 1947. Speroni comienza a llamar compañeros “a los hombres de hoy” y concluye descubriendo, sin nombrar al nuevo movimiento, el núcleo de sentido que para él será sagrado: “la nación y el pueblo”.

“Yo mismo, postula, me desprendo de mi alma pasada; y la arrojo al suelo como un hollejo inútil. Debemos colmar los vacíos, pues hay vasta zonas vírgenes que es necesario ocupar y organizar (…) Amemos al pueblo, y no solamente le compadezcamos; la compasión, muchas veces encierra desprecio. Amémosle como él lo exige que se le ame, esto es, reconociendo su verdad como propia, como nuestra verdad.(…) Vigoricemos las capas profundas de nuestra creación por el contacto viviente con el pueblo, con la fertilidad del alma popular, y habremos así cumplido con nuestros destinos, con nuestra vocación y con la humanidad.” Era un desplazamiento hacia “el otro lado”, hacia zonas de realidad no conocidas pero tampoco colonizadas, era perderse para encontrarse a través de un programa estético.

Durante la etapa peronista, Miguel Angel Speroni se desempeñó como diplomático. Tras la proscipción escribió ensayos histórico-filosóficos que peticionan lecturas nuevas desde el campo popular: Maquiavelo (1970), Erasmo (1978), Alberdi (1973) y San Martín (1975). Fue, además, jurado de Premios Nobel y atesoraba vastísimos conocimientos de historia y literatura.

Doy fin a esta semblanza con escenas repetidas de nuestra historia patria. Son las que ilustran los paréntesis nefastos de derrota del pueblo. La novela Las Arenas fue premio nacional de literatura en 1954. Pero, tras el golpe genocida de 1955, pasó a engrosar, junto a La traición de la Oligarquía de Armando Cascella y miles de libros sospechados de ser afines a la “segunda tiranía”, las hogueras que la piromanía gorila levantó en la Plaza de Mayo.

En 1980, pocos meses antes de su muerte, convaleciente y con una pierna enyesada, Miguel Angel Speroni puso su firma en el documento de apoyo a la Universidad de Luján que la dictadura militar intentaba cerrar.

Llegamos, así, a La Tarántula , la nouvelle de Speroni que se erige, sin duda, como uno de esos “libros extraños” de la literatura argentina. Extraños, porque nos son “extrañados”, enajenados,escamoteados al común de los argentinos; y porque, su autor es lo que se dice un “extraño”, un perfecto desconocido recienvenido del olvido y del oprobio. Tan extraño fue el libro, que salió a la luz sin venta al público.

2.- La tarántula y los tarantulados

La tarántula apareció en 1948. Fue publicada por editorial Continental, que difundía a los autores desterrados de “Sur”. En la contratapa de la edición de 1972, ilustrada por Vicente Forte, aparecen significativos fragmentos de cartas dirigidas al autor. La primera es de  Carlos Drumond de Andrade y expresa: “Esse seu conto é uma bela e estranha composiçao artística, e sua leitura deixou-me uma viva impressao.”

Xul Solar, un iniciado, le escribe: “El cuerpo astral de Speroni, rompió la cáscara, se fue a escribir su obra maestra, y volvió a reintegrarse a la cotidianeidad”.

Juan Filloy, por su parte, le comenta: “Me picó La Tarántula. Durante una hora y media he estado bailando una tarantela gozosa. Brincando de fruición en fruición. Se trata de una obra impar. Ni usted mismo concebirá ya otra que se le aproxime. Porque los sueños no se repiten”.

En “Génesis de La Tarántula”, Speroni asegura que “en este caso”, la araña simboliza a la sociedad”, “la sociedad contra la que lucha el personaje, contra sus leyes absurdas, injustas, a veces insoportables. La tarántula ha picado al personaje. A todos pican, pero solo los más sensibles reaccionan. Se escapan. Se van. ¿Adónde? Hacia la locura. Esto es lo que ha ocurrido”

Otro plano de lectura introduce al lector en los delirios de un loco y en la oscura lucha entre Eros y Tánatos. Al poder elaborar esas fuerzas y, al mismo, empeñarse en integrarlas, el personaje delira: “Se vuelve loco. ¿El rótulo de la locura? No importa. No interesa”. La situación es expresada de este modo en la novela en un diálogo entre médico y paciente:

“Es decir, hasta ahora, ha vivido solo simulacros, parodias. Por fin está viviendo la verdadera locura. – “Usted está loco”, me dijo. –“¿Loco?”- “Sí, tal como oye: loco, Loco”. Agaché la cabeza y miré hacia un costado: todas las piedras del suelo abríanse cual enormes margaritas”(p.16).

Sin embargo, el narrador es ya un desalienado. Por eso la dedicatoria reza: “A la memoria de Vieytes, maestro y precursor”. De donde deducimos que el ámbito en que transcurre la asombrosa aventura hacia lo inconsciente es un famoso manicomio, frecuentado por nuestra literatura (J.Fijman, A. Castillo, et al.),  también por el cine y la resistencia al desmantelamiento de la salud mental.

Por cierto que, al tratarse de un texto literario, conviene obviar la trama psicoanalítica que queda en manos de los especialistas específicos. Por mi parte, trataré de privilegiar el simbolismo de los tarantulados, su relación con el baile (la tarantela) y la epifanía de la cultura popular peronista.

Ya Covarrubias, en su Tesoro…consigna que la tarántula tomó el nombre de la región de Tarento, Apulia, antiguo Reino de Nápoles; y que, los tarantulados o picados por la araña, se curan al son de instrumentos y de la danza. En la edición de 1899, el Diccionario de la Real Academia define la tarantela como un “baile napolitano de movimiento muy vivo (…) que se ha tenido para curar a los picados por la tarántula”.

Se describe a los tarantulados como próximos a morir, tristes, desfallecidos y exánimes. Solo se reaniman al oir las primeras notas de la tarantela. Los tarantulados se curan pero suelen padecer estados crónicos de melancolía y otros síntomas perturbadores.

Se advierte, entonces, un paralelismo: “tarántula-sociedad”, “locura-tarantulado” y ciertos tratamientos que se desplazan entre dos racionalidades, o sea, entre el “shock” y  el “baile”. Se trataría de un rito de pasaje por los infiernos del subconciente hasta la conquista de la salud por la elaboración del fatalismo Eros-Tánatos.

Por ahora, sin embargo, importa señalar dos aspectos que, a lo mejor, es bueno tener en cuenta para la lectura del texto. Speroni tiene clara conciencia de los simbolismos de la araña que sería largo desarrollar. Todos sabemos que, en la vida cotidiana, ese bichito carga ciertos momentos con inquietantes energías que se desplazan constantemente entre el fas y el nefas.

El autor ha descubierto, después de la escritura central, que el más antiguo testimonio sobre los tarantulados es del año 1350 y lleva el título de Sertum Papale Venenis. “Pero, dice, la alcurnia literaria de la tarántula se romonta mucho más lejos”. Recuerda a Platón (Eutidemio) y el uso de los “epodai” (fórmulas cantadas) contra las picaduras. También Eurípides en Hipólito y el drama de las manías atribuidas a la envidia de los dioses. Cita asimismo a Leonardo da Vinci: “La picadura de la tarántula mantiene al hombre en lo que pensaba cuando fue picado”. Por último menciona a Franz Fanon sobre la violencia del tarantulismo “en otras tradiciones exóticas”. Y transcribe un párrafo del prólogo de Jean Paul Sartre a Los condenados de la tierra: “Expresan en secreto el “no” que no pueden decir, los crímenes que no se animan a cometer. En algunas regiones se sirven de un último recurso: la posesión.”

Miguel Ángel Speroni, un intelectual disuelto en el núcleo de energía de su pueblo, revela un aspecto poco estudiado de los intelectuales nacionales y populares: su prodigiosa erudición y su profunda inserción en lo mejor de la cultura occidental, o sea, en lo pisoteado, meado, censurado, olvidado y vilipendiado por cultura capitalista anglosajona. Pensemos en esta cadena luminosa: Darío, Lugones, Marechal, Cancela, entre otros. Y por supuesto, la profunda formación clásica del Gral. Perón.

El último aspecto que me gustaría notar, es el siguiente: la sociedad (la tarántula) que pica, no es una sociedad abstracta. Es la sociedad argentina concreta en el preciso tiempo de una revolución. Esto confiesa el enunciador: “El protagonista también se siente responsable. Coincide su crisis con la crisis del país. Es uno de sus momentos más decisivos. Concretamente: el personaje ha estado en Chile (años 1944-45). Como muchos de sus pares, no había percibido la transformación (un verdadero cataclismo) que estaba viviendo su tierra. El era liberal, intransigentemente liberal. ¿El pueblo? Una abstracción, una palabra. Como casi todos sus colegas, no ve nada, no oye nada, de “lo social”. Está en Chile y sufre una transformación, empieza a “ver”, a “oir”. Pero se da cuenta que en su ser se ha producido una fractura, una disociación. Más que en su ser, en su pensamiento, en su “tabla de observación”. Siente que debe expresar esa realidad, aunque está, en muchos aspectos en contra (…). Y aquí, al regreso, cuando ha visto claro, se vuelve paradojalmente alienado. Tiene un ataque. Debe internarse. Y entra, por la puerta grande, en el Hospicio de las Mercedes”(p.9).

Curiosa alusión a su primera novela (puerta grande) y extraordinario cuadro de situación de la intelectualidad argentina del momento. Llena de prestigio, dueña del canon y la palabra, de los premios y los honores, de las editoriales, de las revistas especializadas, del halago de las clases poderosas, la élite cultural y universitaria padece el revulsivo peronista como una dosis del sal inglesa, como una picadura de tarántula.

Pongamos atención en las palabras que se refuerzan unas a otras en el párrafo citado: “momento más decisivo”, “tranformación”, “cataclismo”, “fractura”, “disociación”, “perturbación”, “alienado”, “ataque”.

La intelectualidad está “tarantulada”. Solo la salvará entrar en el baile y bailar la gran tarantela de la alegría de ser del pueblo. Pero, claro, eso los convertirá en “malditos” para la oligarquía: “A ese mundo solo pueden llegar los malditos, los que “han cruzado el abismo”.

Lo cómodos -también los lectores cómodos- quedarán apretando su ramito de laurel como sentenció Leopoldo Marechal. El protagonista ha atrevesado zonas de peligro y destrucción, “ha viajado, vencido y perecido”. Muerte ritual. La idea es reforzada por esta cita de Breton: “Eso que los ocultistas llaman paisajes peligrosos”.

Los que no realizaron el viaje quedaron para siempre tarantulados, alienados, ajenos al corazón del pueblo y carcomidos por el odio oligárquico y gorila.

El espacio me restringe, pero recomiendo auscultar este mismo tema en un artículo tenso y atormentado de Rodolfo Kusch, otro viajero hechizado y todavía reacio, en esa época (inicio de los 50), a pronunciar la palabra que rotula esa etapa histórica. Me refiero a “Neurastenia literaria”, publicado en la revista “Contorno” e incluido como epílogo en La seducción de la barbarie, un libro como La Tarántula, sin concesiones al lector, hundido en la profundidad del pensamiento popular.

“La prueba, postula, está en que de la neurastenia no es posible salir porque encarna una profunda falta de fe en la barbarie. No comprenden que es preciso permutar la negación de la barbarie, que asedia la ciudad misma, por la fe en ella, porque en caso contrario, queda en ese terreno a lo más una especie de narración literaria…”

La neurastenia resulta de la seducción presente de las masas peronistas y su conductor, pero Kusch sólo las alude:¿qué fuerzas desata en el alma nombrarlas?

Concluyo aquí estas consideraciones a lo mejor hiperbólicas. Invito a mis lectores a seguir el hilo invisible de la tela de La Tarántula y me agradecerán el infinito y maravilloso viaje por 60 páginas que piden ser leídas una y otra vez.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 19 de feb. de 18

Fuentes básicas:

Edwards, Rodolfo, 2014, Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades, Buenos Aires, Seix Barral

Kusch, Rodolfo, s/f, La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo, Rosario, Editorial Fundación Ross.

Speroni, Migue Angel, 1947, La puerta grande. Aventura y desventura de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Claridad.

Speroni, Miguel Angel, 1972, La Tarántula, Buenos Aires, Ediciones Noé.

Speroni, Miguel Angel, 1973, Las Arenas, Buenos Aires, Corregidor.