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por Jorge Torres Roggero

1.- Elescanear0049 simbolismo intelectual de la guerra

“Desde findes de 1955-les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual”. Pero no sólo se trataba de un pueblo sumergido y una legión de “muertos civiles”. También vociferaban los ametrallados de José León Suárez y la sombra terrible de Juan José Valle.

La novela Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, como las grandes obras de la literatura universal, conlleva un mensaje iniciático que sólo será develado a los que se “rompan los dientes” mordiendo la dura cáscara de sus símbolos. En su plurivocidad, también puede ser leída como un precioso y complejo Arte de la Guerra. Una especie de hilarante tratado, un irreverente Sun Tzu criollo, un manual de resistencia integral.

La acción pura – postula L. Marechal – “es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Megafón su novela testamento, escrita de acuerdo con el ritmo épico de la rapsodia y organizada según “el simbolismo intelectual de la guerra”, presupone una didáctica de la “acción”. Es un tratado del soldado y su gesta en busca de una potencia oculta, de ciertas cualidades viriles integradas que obligan respecto a un preciso deber cuyo centro decisivo es una espiritualidad comprometida con la trascendencia, pero no abstraída de este mundo o patria.

La guerra es figura del devenir. Si bien su campo es lo histórico y contingente, no es menos importante su potencia simbólica, su capacidad de constituirse en soporte de una preparación ascética para la realización no de una expiación o castigo, sino de una purificación en vistas de lo no contingente e inmóvil: la eternidad.

Ahora bien, de acuerdo con un pensamiento no lineal que admite la posibilidad palingenésica, un final de ciclo es representado como una “edad de hierro” cuya “anormalidad” consiste en que el coraje se ha convertido en fuerza armada; la aventura heroica en orgullo y violencia; y la mujer, de acuerdo con la construcción de los medios y el “marketing”, en seducción y fuerza succionadora del principio más profundo de la virilidad. Deberá entenderse, por supuesto, que la referencia a lo femenino y lo masculino no está planteando en manera alguna una cuestión de género. Se trata de dos principios que aquí funcionan como organizadores de la realidad en tanto manifestación de la unidad en la multiplicidad. Constituyen por lo tanto el soporte verbal de un haz de significaciones (el haz de lo posible) muchas veces contradictorias. Marechal construye, entonces, un héroe que marcha al rescate de la mujer sin cabeza, principio vivificante, portadora de una vida que transfigura y libera al ser. El guerrero, tropos del principio viril, no pierde su modo de significar; y su tarea heroica en pos de la Mujer Escondida, configura la búsqueda, en una época de ocultamiento de la realidad principial, de la potencia que ya no posee.

Dentro de las múltiples lecturas de estos operadores geotextuales, que abarcan tanto lo contingente como lo no contingente, no se puede prescindir de algunos aspectos de la realidad textual: las rapsodias que organizan la novela relatan, con referentes precisos y reconocibles, los avatares de una Patria Terrestre que ha perdido su hombre y que espera ser liberada por un héroe (no necesariamente individual) capaz de reconquistar el estado primordial mediante la superación de pruebas que le permitan alcanzar una integración en que la calidad viril es, a la vez, potencia y conocimiento.

La guerra propuesta por Marechal es una guerra integral, cualquiera sea el plano o zona existencial en que se libre. Lo que en sentido cósmico es lucha entre luz y tinieblas, será, en un plano espiritual, contradicción entre Lucía (luz, sumo bien y belleza) y Tifonéades (Tifón, gigante derribado por el rayo jupiterino y dios del mal en Egipto); entre Patricia Bell (patria guerrera, Belona) y un patriciado infiel a su destino; entre un “pueblo sumergido” y unos «figurones externos».

El campo de batalla abarca, en Megafón (Marechal: 1970), todos los dominios de la realidad: «Erase un barrio, una ciudad, un país o un mundo» (91). Dicha multiplicidad espacial puede comprender, asimismo, un microcosmos y su compleja trama interior.

Por otra parte, toda guerra actualiza un tiempo que se concreta como historia argentina, o sea, historia de un barrio, una ciudad, un país y un mundo.

La guerra es, por lo tanto, una entrada en la historia, pero también una salida de ella. En cuanto guerra terrestre, es una guerra material por la posesión del soporte único y capaz para el salto a la trascendencia, es la “pequeña guerra santa”. Pero “la gran guerra santa” o “batalla celeste”, es la que libra el héroe contra sus enemigos interiores, contra los poderes de dispersión de su potencia. Una guerra será «santa», y en consecuencia necesaria, si se libra para reconstruir una unidad perdida, para reducir un desorden introducido desde afuera a un orden crecido desde adentro. Ahora bien, si la Patria, cuyo símbolo es la víbora, se manifiesta en el siempre indeciso suceder, la guerra configura, llegado cierto punto preciso e inexorable, su único modo de existencia, su manera de soltar la pelecha muerta.

La guerra santa, deber ambicionado, es el geotexto organizador de Megafón e ilumina su carácter de novela estructurada de acuerdo con un encadenamiento de oposiciones binarias. En el suceder, siempre se texturan contradicciones, siempre fulgura un amasijo de pugna/abrazo: oposiciones y complementación. (Vide: Cirlot (1978), Perón (1971); Andrés (1968).

Lo que sigue es apenas un esbozo descriptivo de algunos de estos elementos antagónicos que, al final, se resuelven en una reconstrucción de la unidad perdida; en una desconstrucción de la pseudo-unidad cristalizada en inmovilidad impuesta desde afuera y en una necesidad de recomenzar la guerra santa. Consideramos, entonces, algunos aspectos del introito o entrada de la novela.

Tesler es el que profiere, el profeta de la guerra santa, el que anuncia la liberación de la vida ordinaria tanto del individuo como de la patria. No es casual que Marechal, llegado a este punto, articule sus oposiciones en base al Salmo 136: se oponen en él, Sion, la ciudad verdadera y llorada; y Babilonia, la ciudad prisión y opresora.

Son los oprimidos quienes guardan el secreto de la verdadera vida y es el opresor (que al oprimir se pierde a sí mismo) quien pide el canto del oprimido: “cantad para nosotros cánticos de Sion”. Tesler marca la aparición del misterio tremendo, de la dimensión apocalíptica de la guerra. Una guerra designa, por un lado, la culminación de un mundo (de un estado de cosas) y, por otro, el comienzo de cielos nuevos y nueva tierra tras una lucha de fuerzas espirituales, cósmicas y sociales. Claro que Marechal, tal como corresponde a un hombre de hierro que yace en tinieblas y sombras de muerte, encubre el logos palaiós con un velo de humor. Jonás ya no saldrá por la boca, sino por el culo de la ballena y la fe implícita a veces adquiere un tono de pregunta: “Y escudriñando la caja trasera vio que Jerónimo Capristo dormía ya en el sueño de los hombres, el de los faunos o el de los ángeles. ¿Qué sabíamos?”.

2.- La Víbora y sus dos peladuras

La paleoargentina (la Argentina oligárquica) ha cumplido su ciclo. De acuerdo con el simbolismo de la víbora y sus dos peladuras desarrollado en Megafón, la oligarquía o “paleoargentina”, es la vuelta de espiral que ya terminó su recorrido, es un círculo cerrado. Y todo “círculo cerrado”, decía Evita, es oligárquico.

Esta es la parábola de la víbora y sus dos peladuras: “Esos fantasmas reencarnados, expuso él, constituyen ahora la exterioridad visible del país. Juran hoy en la Casa Rosada, luego dibujan su pirueta en el aire bajos reflectores, caen al fin reventados como títeres en el suelo para ceder su lugar a otros fantasmas igualmente ilusorios que juegan el destino del país en un ajedrez tan espectral como ellos. Oiga, ese cascarón fósil es la peladura externa de la Víbora.” – “¿Y quién es la Víbora?”, inquirí en mi falso desconsuelo. –“La Patria”, dijo Megafón. – “¿Por qué una Víbora?”- “La víbora es  una imagen del ‘suceder’: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava su colmillo en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un ‘suceder’ o es un bodrio”. –“¿Y cuál es la otra peladura de la Víbora?”. –“Usted habló recién de un pueblo sumergido, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que su vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende?” –“El contraste entre las dos peladuras, insistió él, fue para mí una Segunda Incitación a la Guerra.” –“¿Usted medita una guerra?”, le pregunté sin ocultarle mi asombro. –“Estoy planificando una guerra”. – “¿Con qué fin?”- “Es necesario que la Víbora suelte ya su inútil pelecho de fantasmas”.

Volví a inquietarme. “- “La guerra es hermosa cuando es necesaria”, les advertí. –“¿Y le parece que no se está dando su “necesidad” ?, repuso Megafón. –“¡La Víbora y sus dos peladuras!”, me recordó Patricia con urgencia. –“¿Quién es la Víbora?”, les volví a preguntar. – “¡La Patria!”, dijo ahora Patricia Bell.” (p.16,17)

 La neoargentina arranca, en el punto exacto donde concluyó la otra. El pueblo, fuente viva, es una espiral abierta y creciente. Pero la guerra es necesaria, porque la oligarquía aún se resistirá y como en su fase final sólo estará sostenida por aliados exteriores y mercenarios de adentro, la batalla contra la oligarquía será una guerra santa, una defensa de la propia identidad para lo cual habrá que estar calificado para un largo ayuno de poder, de riqueza o de brillo académico prestado. A esto Marechal lo escribía en 1970; hoy nadie podría negar que su profecía se ha cumplido puntualmente: mientras la oligarquía tema al pueblo, el pueblo deberá beber esta contingencia hasta sus últimas heces: “Parecería evidente -le dije- que todo lo popular le afectaba y le afecta el miocardio. Lo que aseguro es que a otro coletazo del Gran Oligarca se debió la historia reciente de Juan Domingo y aún se resistirá ¡no lo dude!, mientras un aliado interior y otro exterior lo sostenga por sus agallas” (p. 161).

Por las agallas o por la literalidad, la momia oligárquica es sostenida desde afuera. ¿Cuál es el modo de plantarse ante ella?, ¿Como el pampa Casiano o como el correntino Berón?

Casiano, indio aculturado, cicerone entre cosas definitivamente muertas, representa la expansión de la mentalidad oligárquica que convierte a los argentinos en mestizos vergonzantes: se llega a tener vergüenza tanto del abuelo indio, como del abuelo gringo, o “turco”, o “gallego”. El miedo a ser “lo que se es”, ha empujado al argentino a engrosar la innumerable procesión de los marginados del mundo. El correntino Berón, haciéndose la señal de la cruz, recrea el mundo.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta que lo “farsesco” es un encubrimiento de los mensajes secretos latentes. De ahí el juego permanente con desplazamiento entre lo sublime y lo ridículo. La Rapsodia III, por ejemplo, comienza con una alusión a Lucía Febrero (sublime), y se va deslizando hacia lo ridículo; la Rapsodia IV, en cambio, comienza con una desublimación de las Musas y se va deslizando hacia lo sublime (Lucía Febrero). Este deslizarse entre dos polos “pero con una simetría no fácil de alcanzar y rigurosamente necesaria” reubica al lector en el comienzo: la realidad es una, y única; cualquier desequilibrio o desorden produce contradicciones y enfrentamientos entre sus polos. Será, entonces, necesaria la guerra, como lo supieron y padecieron Juan José Valle, los fusilados de José León Suárez y todos los combatientes de su estirpe.

En realidad, Marechal no es un desubicado en perplejo vaivén entre lo “concreto” y lo “universal”: su comarca (su espacio-tiempo) es lo concreto y universal. Tal lo que emana de su postulado fundante: la realidad es una sola y son múltiples sus manifestaciones, todas necesarias, contingentes y en continuo devenir. En otros términos, amplía el campo de la realidad que abarca no sólo lo que ya se ha convertido en hecho sino también “el haz de lo posible”. La historia profana es así un discurso real cuyo significado pleno puede ser cumplido en el contexto de la historia sagrada o total: “La metafísica no es un flato poético de la imaginación ni un eructo grave del sentimentalismo: es la ciencia exacta de la posibilidad absoluta y de la imposibilidad de lo imposible”.

Los argentinos, en su corto bien que trajinado trote histórico, han rezumado suficiente sudor y sangre como para comprender sus contradicciones. O el pueblo despliega su parábola, se proyecta hacia un fin de acuerdo con un principio, y acepta lealmente el destino que le toca jugar; o será movido como marioneta por el autor de un sainete en que representará la víctima ridícula de un pneuma sin Pneuma, es decir, de la literalidad o alienación: “Un pneuma sin Pneuma sopla donde quiere Tifonéades el Griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad”.

Megafón, cansado de roer simbolismos “que tienen dura la cáscara y el jugo difícil”, ha decidido “agarrar el toro por las guampas”. Porque no se puede “jugar un juego” con los símbolos: hay que lastimarse las manos para cortar el higo maduro.

«Porque hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta. Y hay símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles, para el salto del alma voladora. Y símbolos que nos atraen con cebos de trampa, y que se cierran de pronto si uno los toca, y mutilan entonces o encarcelan al incauto viandante. Y hay símbolos que nos rechazan con sus barreras de espinas, que nos rinden al fin su higo maduro si uno se resuelve a lastimarse la mano» (El Banquete de Severo Arcangelo: 1965, 258).

Se plantea así una poética geotextual en que el lenguaje de los símbolos se cierra para el que no se compromete. Los símbolos enmudecen si no son vividos. Vivirlos significa recorrer realmente un laberinto o librar una batalla históricamente determinada. Por lo tanto, el núcleo o sentido profundo de Megafón encandila en el recinto final de Lucía Febrero. Dicho recinto o claustro es figura de la indeterminación absoluta cuyos atributos son el silencio y la noche. En la silenciosa noche (o caos primordial) sopla el espíritu. Esplenden los gérmenes de la luz y de la música. Lucía, fiat lux, es la manifestación primera de la inteligencia creadora, es logos en descenso y por eso está encadenada: “Entonces los maravilla el silencio y la noche que parece reinar en ese claustro: es un silencio en el que, no obstante, parecía bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue ahora la Mujer Encadenada”.

Aunque caída en la materia manifestada, es el reflejo corpóreo de la Eva primera; por eso “es un canto de libertad y una risa de libertad y una danza caliente de libertad”. Lucía, luz primera, es el don que el héroe conquistó con su muerte: “Y es aquí donde Megafón, que ha triunfado, recibe de la Novia primero “la mirada”, en seguida “el saludo” y finalmente “la voz”.

Queda así revelado el misterio del nombre Megafón: os magna sonaturum. La redención es un canto de alegría, pero también una paradoja viviente ya que es el fruto de un sacrificio (sacrum facere). En tanto conciencia, Lucía crece y seguirá creciendo en la voz de Megafón; y, en cuanto ningún hombre es libre de una vez y para siempre, seguirá siendo una meta. En alguno de los tres mundos (corpóreo, psíquico o espiritual) que integran Buenos Aires, la Ciudad de la Paloma (o del Espíritu Santo) Lucía espera a los buscadores de la luz: “Al cerrar mi novena rapsodia, también doy fin al relato de los hechos que atañen a la Novia Olvidada y al Amante Perdido cuya leyenda no termina aquí. Tres mundos en superposición o tres barrios en escalada integran a Buenos Aires la ciudad de la paloma. En alguno de los tres vive aún y vivirá Lucía Febrero al alcance de los poetas que la busquen…”

3.- La encuesta del falo perdido

Megafón muere triunfante, es decir, liberado. Un hombre en lucha permanente por liberarse convierte su muerte en una abertura a lo posible, a las futuras batallas: “El fondo concreto de la gesta megafoniana está hoy, según dicen, en dos organismos iniciáticos que se ocultan uno en Villa Crespo y el otro en San José de Flores. Al parecer el de Flores consagra sus esfuerzos a estudiar la doctrina en todos y en cada uno de sus matices; y el de villa Crespo, dado más a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis que, a mi entender, y si ese organismo lo concretara realmente, haría polvo el esquema gris de Buenos Aires y del país entero. Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música. El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en sus días con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o astutamente olvidado en el friso de la catedral metropolitana. Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

La proposición de lucha encierra un objetivo: “buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota…”

Patricia Bell (patria guerrera, Belona) deberá reencontrar a Megafón que es su propia voz perdida y que ahora yace oculta en la farsa, en la literalidad, en la inautenticidad del pelecho viejo de la víbora.

Las lamentaciones de Samuel, hijo de un pueblo sacrificial, nos anuncian una pulverización o destrucción. Y tras la destrucción se reconstruirá el miembro de la energía vital que está oculto y prisionero “debido a su peligrosidad revolucionaria”, “o disfrazado según las estrategias del imperialismo.”

Marechal culmina su novela con este llamado extraño, proferido desde las profundidades de un mundo en ruinas: “¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!” Ese era el grito de la guerra santa. Recuperada la dignidad, los compatriotas (el pueblo) serán los sujetos de esa guerra defensiva e indefectible para solamente ser. Destruir la nada para enfrentarse con el espejo terrible de la verdad, para recobrar la potencia oculta de la Patria Terrestre, para recuperar la voz por la luz.

Jorge Torres Roggero

Córdoba,19/08/17

Ver este texto completo en mi libro Elogio del pensamiento plebeyo, 2002, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANDRÉS, Alfredo: 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Bs. As., Carlos Pérez Editor.

BUTTERINI, Giorgio A.: “La Ley de la Guerra” (en: EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO, Año LXXXIV, N° 12, Dic. 1981).

CIRLOT, J. E.: 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor.

GHEORGHIU, C. Virgil: 1975, La Vida de Mahoma, Barcelona, Caralt.

GUENON, René: 1976, El Esoterismo de Dante, Bs. As., Dédalo.

MARECHAL, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana.

___________ 1970, Megafón o la Guerra, Bs. As., Sudamericana.

PERÓN, Juan Domingo: Conducción Política, Freeland, Bs. As. 1971.

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Por Jorge Torres Roggero

LugonesEntre las aldeas de Ojo de Agua, en Santiago del Estero, y Villa María del Río Seco, en el norte cordobés, donde había nacido el 13 de junio de 1874, transcurrió la primera infancia de Leopoldo Lugones. Era, por lo tanto, de un pago entrañable: el corazón profundo del antiguo Tucumán; y sus antepasados, rama “arribeña” de la patria, bajaron del Perú para profesar un “heroísmo sin término”, actitud fundante del alma argentina tal como postulara a su debido tiempo en Prometeo: “La nación que adoptara al nacer el sol por emblema, impúsose con ello una existencia de heroísmo sin término. Que no otra cosa significa mantener al sol mismo como lámpara en el portal y de lumbre en el hogar generoso. [….] Sol cuyo fuego exigirá para ser mantenido, todo el aliento de nuestras almas, toda la esencia de nuestras vidas, todo el bien de nuestro trabajo; o la escandalosa estampilla de nuestra incapacidad, pegada sobre la bandera para mayor resalto, en sacrílega bufonada[1]

Los conquistadores Bartolomé Sandoval y Francisco de Lugones, el encomendero Juan de Lugones, que obtuvo encomiendas “más por carga que en pago”, prolongan sus hazañas hasta don Lorenzo Lugones “que en el primer ejército de la Patria salió, / cadete de quince años, a libertar naciones/ …. Y como buen soldado de aquella heroica edad/ falleció en la pobreza, pero con dignidad”[2].

Desde sus pagos, “que tanto sufrieron/ en la guerra y sus estragos” y donde hay gente “que baila en la Salamanca/ los sábados por la noche” como expresara en Romances del Río Seco, recaló a los nueve años en la ciudad de Córdoba para encarar sus estudios. Allí ocurrirán sus andanzas de chico provinciano, “sabio en lagartos y sapos”[3] que sucumbían a “los golpes de sus piedras”, en las siestas semi-campestres de La Cañada, entonces arroyo indomable.

Arturo Capdevila asegura que “Córdoba le ofrece la total novela de su vida”: “Todo se lo va dando Córdoba, repitámoslo. Ella lo prohíja, ella lo nutre, ella lo va formando; ella le da el ritmo de su sangre y el calor de su vida. Córdoba le enseña la holgura y la escasez: la holgura en aquella casa bien situada que estrenó la familia; la escasez, la pobreza, y juntamente la dignidad altiva de su progenitor, cuando la crisis del 90 arrastrara casa v bienes a la nada”.[4]

Es también Capdevila quien advierte un rasgo esencial que Lugones exalta sobre cualquier otro: “la ley del heroísmo” como una “unidad constante de su vida”: “heroísmo cívico ayer, heroísmo místico luego, heroísmo doméstico ahora”.

Debemos asimismo a Capdevila, entre otros, el haber señalado algunos rasgos indelebles de la adolescencia de Lugones. La rebeldía que, unida a la pasión autodidacta, lo impulsa a medias con la pobreza, a abandonar el Monserrat porque “realmente no hay manera de estudiar e ir a clase al mismo tiempo”.

Con la crisis del 90 percibió, por primera vez, los desequilibrios del mundo moderno: la bancarrota del honrado, la injusticia social. Reconstruir la perdida armonía será su tarea de “combatiente de la aurora”, anunciador, como su amigo R. Darío, del “alba de oro”. Combatirá, pués, la fealdad del mundo burgués mediante su tarea de socialista científico y de poeta modernista.  Polemizará con el director del diario La Libertad en defensa de los huelguistas panaderos; anatematizará toda la historia de la poesía argentina en nombre de la luz y la música.

Su acercamiento a la ciencia sobrevendrá por la amistad con algunos de los sabios alemanes que Sarmiento trajo a Córdoba. En sus conversaciones se engendraban el poema “Los Mundos”, Las Montañas del Oro (1897) y Las fuerzas extrañas (1906) con su cosmogonía en diez lecciones.

Pero también se siente tentado a explorar el “borderland”: se inicia, pues, en la Masonería (alcanzará en ella el más alto grado); y en el espiritismo, que lo conducirá a la teosofía. Por ella arribará a los misterios de Eleusis y a Platón. Extraño camino, que pasando por los Crepúsculos del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909), desembocará en Prometeo, espacio textual en que huestes solares y lunares ordenan una cosmogonía, una antropogénesis y una palingenesia de la humanidad y de la Patria.

Sin embargo, los núcleos organizadores de su estética nunca estuvieron separados del “ethos” circulante por la Córdoba del Tucumán, beata y libertina, dogmática y librepensadora, pero recorrida siempre por el hálito de una fuerte cultura popular. Lugones participa gozoso en los festejos de la cordobesada “bochinchera y ladina” de finales de siglo: asistió a la popularización de ovillejos satíricos que ridiculizaban con nombre y apellido a ciertos personajes y terció en contrapuntos con payadores de las orillas entre coplas y relaciones picarescas. La veta criolla del antiguo Tucumán es la que vertebra en su obra lo extraño y nuevo con lo ancestral y recóndito: ciencia y poesía, proclama y profecía.

En efecto, el paradigma de argentino que traza Lugones no es el de las biografías que escribió por encargo (Sarmiento y Roca), sino el de las masas criollas del interior que erigió en protagonistas de La Guerra Gaucha (1905), en materia sacrificial y redentora en El Payador (1916) y reivindicó como “cepa madre” en La Grande Argentina (1930): “Mientras en Buenos Aires se llega a mendigar con medias de seda, en el interior no se puede trabajar de alpargata”.

Predecía así un destino iluminador y épico para sus oscuros paisanos del interior cuyo “heroísmo sin término” y anónimo volvería a erigirse como protagonista, no ya bajo la forma de gaucho bárbaro ni de “chusma irigoyenista” como antaño, sino con su nuevo nombre de “descamisado”.

Con toda esa pueblada en sus adentros, el joven Lugones partió en 1896 a Buenos Aires. ¿Qué era la metrópoli, según Capdevila, para un provinciano?

Primero el puerto: “buques, recostados en largas dársenas”.6 Pero también Florida, hoteles de gran tono, Bancos, restaurantes “a la carte”, con orquestas; cafés flamantes de la Avenida de Mayo, el hampa de Barracas, las prostitutas internacionales en la calle de las Artes; los teatros, los conciertos, la Biblioteca Nacional; y más allá, un gringo organillero; y los conventillos, donde en un mistongo y cordial amasijo, en un gran “hervidero” un pueblo forjaba formas nuevas entre cortes y quebradas de compadritos que, como diría Borges, ya “mentaban a Irigoyen”.

Siempre fue ambigua, por otra parte, su actitud ante la “plebe ultramarina”: nuestros abuelos inmigrantes. Cantó emocionado la epopeya de los chacareros y los organizó, siendo casi un adolescente, para que los piamonteses de San Francisco defendieran sus trigales de los incendios que las chispas del Ferrocarril inglés armaban al paso de la locomotora. Pero él solo sabía de patriadas heroicas y mantuvo bajo sospecha a las masas urbanas, heterogéneas y plebeyas, que suponía víctimas de los demagogos.

Algunos críticos aseguran que Lugones, al partir a Buenos Aires, zafó de las garras de una ciudad beatona y medieval. ¿No será al revés?

Se nos figura que a partir de su socialismo inicial, cuando junto a E. Troisi manifestaba en el 1º de mayo de 1891 pidiendo “libertad, pan y trabajo” para criollos e inmigrantes; pasando por su aristocratismo de comienzos de siglo, su adhesión a la revolución proletaria en la época de la Reforma Universitaria y sus tendencias fascistas de la década del 30, hasta su voluntario silencio final, anduvo buscando en sus “adentros” una respuesta que a lo mejor dejó implícita en Romances del Río Seco (1938).

En esos poemas, Lugones da el salto de la escritura al habla, de lo escrito en los libros a lo inscripto en el corazón del pueblo. Siguiendo una línea que ya venía perfilándose en sus estudios helénicos, decide que sus mensajes sean los de la comunidad y su forma poética el índice lingüístico de una tonada y un tempus del hablar real de esa gente sencilla, de los “vecinos” del pago. En otras palabras, deja de escribir para ser sólo leído ya que considera que la forma propia del habla de la poesía es el canto. ( …. ) En Romances del Río Seco, mensaje implícito de toda su obra, nos venía a anunciar, desde el otro lado de los prestigios literarios, que su poesía residía en la posibilidad de cantarla íntima o públicamente con el ritmo, la entonación (o tonada), las pausas y el tiempo de sus paisanos de Río Seco…”. 7

Lugones fue, entonces, un rehén del puerto. Toda su vida estuvo condenado a sobrevivir con el puesto o el encargo burocrático, a depender de la recomendación o el mecenas ostentoso.

Ya el 1º de febrero de 1896, en el diario La Libertad de Córdoba, en un polémico texto titulado “Mis tendencias” perfiló los rasgos del “escritor profesional” en Argentina. Reconoce allí que ha aparecido un consumidor de formas nuevas, un público lector “con manía impresionista”: “Yo cobro y él me lee”. En consecuencia, sus artículos son “pagados y escritos” para el público. Recomienda al lector que sepa distinguir entre el Lugones de los “conchabos”, del “independiente”. Esa “sumisión al salariado” y “las veleidades independientes” lo condenaron a seguir siempre la “vía del ensayo”. ¿Qué se pasó ensayando? Sin duda, cuál era el modo de romper su jaula de “león cautivo”. Cambió el rugido por el canto, dejó su copla póstuma y emprendió el viaje hacia las oscuras regiones que sus admirados Virgilio y Dante recorrieron en busca de un secreto perdido.

Esa decisión la tomó un viernes 18 de febrero de 1938. No fue un viernes “guacho” (quinto viernes de un mes), día de sortilegios y ensalmos; pero, de acuerdo a su concepción, la muerte voluntaria, era una perfecta forma de amor y, por tanto, de belleza. Despojado de toda individualidad, dejó escrita con lápiz una carta dirigida “al juez que intervenga” en que, entre otras cosas, decía: “No puedo concluir la Historia de Roca. Basta. Pido que me sepulten en la tierra, sin caja y sin ningún signo ni nombre que me recuerde”.8 Liberarse del conchabo, era renunciar al nombre ganado, por eso prohibió que se diera su nombre a ningún sitio público.

 La narrativa de Lugones 

La narrativa de Lugones, que abarca especialmente sus cuentos, es un lugar de encuentro entre las líneas de fuerza que organizan su obra: el tono o tonada del conversador de tierra adentro (no el refinado y escéptico causeur), su pasión por la ciencia como iluminadora del mundo; y la percepción de lo extraño como presencia de lo numinoso e imprevisible.

Una hipotética antología, que nos obligara a considerar, por cierto, que, con criterio meramente clasificatorio y por tanto discutible, nos induciría a organizar la siguiente grilla con sus cuentos: fantásticos, ejemplares, patrióticos y criollos.

Nadie discute ya una tradición del elemento fantástico en la literatura argentina. La expresión corresponde a Enrique Luis Revol quien deslinda en la literatura fantástica argentina tres líneas: lo fantástico-científico (Bioy Casares), lo fantástico-metafísico (Borges) y lo fantástico surrealizante (Cortázar). Comentando este texto, Gaspar Pío del Corro10 asegura que “Lugones abarca cumplidamente las dos primeras”. Y arriesga: “Borges y Bioy Casares asumen y proyectan una trayectoria imaginativa trazada por Lugones”. Según Del Corro, Lugones “no llegó a abandonarlos nunca” a los temas fantásticos; más aún, son “instancia aparencial de una subyacente continuidad”.

Lo fundamental del acierto de Del Corro consiste, a nuestro entender, en reconocer a Lugones como uno de los fundadores de la tradición fantástico-metafísica moderna. Tradición que, por otra parte, nos viene resonando desde Luis de Tejeda y que Leopoldo Marechal representa mejor que Borges.

En cuentos como “El descubrimiento de la circunferencia”, “La fuerza Omega”, “La metamúsica”, “El Psychon” es constante la presencia de un iniciado que para el común de las gentes es un ser in-significante (sin significado). Se trata de autodidactas y/o de locos. Portan, sin embargo, un saber secreto que no debe ser violado porque puede acarrear destrucción o muerte. Sin entrar en detalles, que no todos estarán interesados en conocer, recomendamos relacionar esos cuentos con, por ejemplo, el “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones” y Prometeo: se descubrirán así las conexiones ocultas entre la geometría, la luz, el sonido, la palabra y la manifestación universal. Quizás el más logrado cuento, aquel que manifiesta el paso del ser de un estado inferior a otro superior, sea “Yzur”: el mono no puede hablar sin morir.

En otros cuentos lo fantástico adquiere perfiles más ceñidos a lo estrictamente literario.  Una velada crítica social en “Epítome de psicología. IV. Conspiraciones”; o bien, una mística de la sensualidad modernista en “La novia imposible” y “El secreto de Don Juan”. Sin embargo, como ya lo señaláramos en nuestro libro La cara oculta de Lugones,11la coherencia de la obra lugoniana se articula en torno a la certeza de un “poder oculto” cuya sede es la palabra. La búsqueda de ese poder recorre todos sus temas y modos expresivos.

La más discutible de nuestras hipotéticas segmentaciones sería la titulada “Cuentos ejemplares”. Por lo tanto, está sujeta a discusión, supresión o ampliación. Incluimos bajo ese título a aquellos textos basados en otros textos. Dichos textos pueden estar ligados, por ejemplo, a la literatura sapiencial (la Biblia) o simplemente a la pasión   y la búsqueda estética (la ilusión, la belleza, la impresión).

La designación de ejemplares no estaría fundada en relaciones de causalidad (la ciencia o el misterio), sino en una modalidad experiencial. En consecuencia, tendrían un valor social, moral y didáctico. Se caracterizarán por el uso de alegorías de fácil comprensión para el lector de la época en que fueron escritos.

La enseñanza bíblica implícita es la que nos inclinaría a incluir cuentos como “La estatua de sal” en esta sección. Subsiste, sin embargo, la ambigüedad: más allá del tema de la desobediencia y la tentación, pareciera circular por el relato el misterium tremendum de una palabra secreta.

No dudamos en cambio del carácter etiológico (tomamos, el termino de Pedro L. Barcia)12 y la fuerte marca de la moda, en cuentos como “El mal, el bien, la justicia y la ley”, “El origen de la ilusión”, “El perfume secreto”. Son los cuentos nacidos de la entraña misma del “pane lucrando” (el “conchabo”). Adviértase la identidad de título y tema de “El pájaro azul” con un cuento que Rubén Darío incluye precisamente en Azul. Cuento que, a su vez, prolonga su parentela literaria en Maeterlinck. Sin embargo, tampoco podríamos dejar de señalar un anticipo insólito: la relación de “El perfume secreto” con una novela que no hace mucho tuvo profusa circulación entre nosotros, El perfume de Patrick Süskind. Lugones, más allá de sus detractores de antes y de ahora, siempre nos puede deparar alguna sorpresa.

Los cuentos patrióticos, excepto “El sable” (1897), en que exalta a Rosas y desliza una crítica encubierta a un patriciado convertido ya en oligarquía, deberían ser espigados en La Guerra Gaucha. Libro extraño, denostado por los profesores de literatura por su dificultosa lectura, pero fuente de una de las películas más famosas y populares del cine argentino. Es que, en gran parte, ese léxico que a Borges le hacía creer que Lugones se había dispuesto agotar el diccionario, era en realidad lengua familiar a sus paisanos y vecinos de “los adentros”. Ofrece, además, una particularidad exótica para 1905 en que fue publicada: sus protagonistas no son los nombres consagrados por el discurso histórico predominante, sino las masas anónimas y pobres. Habría que observar también la influencia de sus maestros cordobeses, los sabios alemanes, en el enfrentamiento cosmogónico de luz y sombra que se manifiesta en la naturaleza.

La Guerra Gaucha, además, ha sido objeto de una singular interpretación por el Dr. Pablo Heredia.13 En efecto, en una ponencia que vale la pena discutir, estudia La Guerra Gaucha como una de las primeras manifestaciones de la vanguardia en la Argentina, y, sobre todo, como una novela moderna por su estructura, su lenguaje y tratamiento del tema: “Aunque sean cuentos independientes, su unidad en un volumen conforman algo así como mosaicos de un piso, que es la novela”.

Por último, los “Cuentos Criollos”. Nominamos así a los cuentos que Pedro L. Barcia, en la antología citada, con dos poderosas razones, titula “Cuentos Serranos”. En efecto, con ese nombre genérico fueron publicados primigeniamente en “La Nación” y, por otro lado, es innegable la presencia, como escenario, de las sierras santiagueño-cordobesas.

Ahora bien, desde el horizonte de interpretación que hemos adoptado y que tiende a dejar aflorar lo criollo clandestino en la obra de Lugones, preferimos una denominación que aluda a su sentido cultural amplio. Somos nacidos y criados en las mismas regiones del canto natal lugoniano; como él, somos eco de antiguos díceres. Más aún, somos “chuncanos”, y esas narraciones tremolan viejas “resonancias”. Todos conocemos las hazañas de Juan, el zorro, personaje de “El vecino”; todos conocemos las amenazas de “El escuerzo”; las historias épico–folletinescas (“Águeda”) y los relatos sobre la lealtad del perro (“El perro flaco”).

Sin embargo, ya desde el punto de vista de Ia historia literaria, la designación “cuentos criollos” no es nueva: Arturo Horacio Ghida14 nos precede. Es él quien vislumbra en esta prosa de Lugones el carácter de “magnifica conversación criolla” Y concluye: “A estas páginas no hay que leerlas: hay que oírlas. Por las palabras circula un aire agreste y saludable; laten y respiran cálidamente. No son signos abstractos incorporados a las cosas por el diccionario; son cuerpos gráciles, dotados de hueso y músculo, de autónoma esbeltez natural. Y tienen patria (…)”

De su criolledad, emana una “forma interior”15 de lenguaje que nos permite atisbar una poderosa epifanía, resplandor de la “letra vivificada” que impregna la obra total de Lugones.

Romances del Río Seco: ¿una renuncia a la literatura?

Aunque Romances del Rio Seco de L. Lugones se publicó después de su muerte, los críticos[5] suelen aparearlo cronológicamente a Poemas Solariegos publicado diez años antes. En ambos libros, Lugones vuelve a la tierra de sus ancestros (al solar) en busca de fundamento. Las siguientes reflexiones tratan de aportar algunas precisiones a lo que formuláramos en un ensayo nuestro acerca de los romances del Río Seco y que, inserto en el tratamiento de un tema diverso, pareciera exigir una mayor sustentación. Afirmábamos allí: “… asistirnos al último ejemplo de heroísmo lugoniano, a la aplicación máxima de la doctrina que consiste en la abnegación.

Es el intento de renunciar al propio lenguaje para hablar con una lengua regional y demostrar que las altas verdades que predica no pueden ser comprendidas por los soberbios y los doctores de la ley”[6] . Señalaremos, entonces, algunos elementos que nos permitieron el anterior aserto.

Romances del Río Seco culmina un paulatino despojamiento de lo puramente individual (afán de originalidad) para ir vistiéndose cada vez más de lo supra individual. Paradojalmente, libra en sí mismo la batalla contra la originalidad, o sea, contra el individualismo.  No en vano había traducido al máximo rapsoda o cantor de nuestra cultura (Homero) y había exaltado al cantor de la cultura nacional en El payadorEn Romances del Río Seco, rescata el canto y sus voces profundas. Tal como enunciáramos anteriormente, introduce la vocalización del pago. Resultan así los romances una zona de trueque entre la oralidad y la escritura que solicita el ritmo y la tonada, las pausas y el tiempo de los paisanos de Río Seco erigidos como arquetipos de un modo de ser con todo el ser. En una comunidad que se expresa a través del ritmo de los ganados y las “mieses, de los malones y las revoluciones, de las leyendas y las recetas mágicas, nadie es “iletrado”. Salvo, por supuesto, el letrado. Por eso, al entrar en la lectura de este libro, escuchemos bien las recomendaciones del cantor a los letrados y los sabios instalados en el campo de la escritura:  “Ustedes que son letrados/ lo saben mejor, señores”

O esta otra certeza que nace de su fe en los propios saberes y, por lo tanto, marcada por una poderosa cultura popular: “habrán de creerme esos sabios/ más que su copete abajen”.

Resaltamos, sobre todo, esta copla en que insiste en la necesidad de no conformarse con echar una mirada superficial sobre las “cosas” de su tierra: “A las cosas de mi tierra/ tal como son las divulgo. / No saboreará el pastel/ quien se quede en el repulgo”

En otras palabras, quien se castre en la “letra muerta” o pura literariedad, no podrá entender, y menos participar del “goce” de estos romances. Algo de esto les pasó a los jóvenes ultraístas de la década del veinte. En su afán de denostar a Lugones, sólo se comportaron como porteños “pillados”, como cajetillas: “Acaso alguno desdeñe/ por los criollos mis relatos. /Esto no es para extranjeros,/Cajetillas ni pazguatos”.

En consonancia con la renuncia a la originalidad y con la elección de lo inscripto sobre lo escrito como fuente del mensaje, Lugones se adentra decidida y heroicamente en lo oral. Este es un rasgo común a toda gran litera- tura, y, sobre todo, de la gran literatura hispanoamericana: la busca de los restos de lo maravilloso en la lengua de la rutina y la cotidianeidad. Pero no de la rutina alienada de los letrados, sino de los aparentemente iletrados porque ellos guardan en el secreto de los dichos la experiencia histórico-cultural que carga de sentido las palabras esgrimidas para “vivir la vida”, las que usamos como arma y alimento del mero sobrevivir. De allí la recurrencia al “dicho” y a la “frase hecha” cuya exploración es “una técnica no superada de la poesía popular tradicional” de carácter oral, maestra en el arte de la connotación. Los romances lugonianos suponen más que un lector (en el sentido habitual del término), un oyente presente. Alguien que se sienta parte de un conjunto (o común) que también escucha “lo que canta este romance”. Esa lengua de la familiaridad mata las contradicciones en su raíz y las convierte en trama de un destino (o discurso) tejido con el vivir de todos.

Si los romances no son lo leído, son entonces lo contado (en el doble sentido de narrar y calcular) por la comunidad a través del hilo de las generaciones. Los principales encargados de la transmisión son los viejos: J. Rojas, el capataz; el ciego violinista y cantor; el rengo cautivo; Sixto Tolosa, Juan Lescano, testigo que no deja mentir, Audifacio Cabrera y Federico Galán, rastreadores. Pero también la familia, el pueblo, es decir, el mero hablar de la comunidad, del sujeto social: “dicen los que de esto saben” ¿Y qué se transmite? Costumbres, comidas, modos de ser amigo, de servir a la Patria, de amar, de celar. También utensilios, vestimentas, flora, fauna. Cómo cazar, cómo bolear, cómo sobrevivir en la sequía y el desierto. Es la vida de la comunidad hablando y ordenándose por la palabra fundada en soportes seguros: la familia, la religión, la Patria. Y la guerra: al indio o al godo; a la fiera o al hombre. Pero siempre un discurso tensionado por un llamado al heroísmo sin límites. La religión ocupa, a su vez, un lugar preponderante: desde el obispo Esquiú al cura tahúr; desde la salamanca al Señor de Renca; desde la Delfina a La Cautiva. Siempre yendo y viniendo entre lo sagrado y lo profano. Por eso al “enseñar a rezar” y “dar buen ejemplo, se lo considera parte del salario que el ciego otorga al muchacho que lo acompaña. En la boca del pueblo la experiencia histórica se hace así discurso; y el discurso canto o habla poética en el cantor: voz de todos en la paideia de la conversación familiar, del fogón fortinero, de la “minga de las frutas”[7], del comité o la fiesta patronal.

 Aceptación de la cosmovisión engendrada por la cultura popular

En Romances…, Lugones se desencarna de tal modo de los metalenguajes de la escritura, que llega a incorporar como propias las maneras de ver el mundo de la “sencilla gente” protagonista. Así es como:

a) Acepta lo maravilloso como normal y parte integrante del vivir “porque con el otro mundo/ la guapeza está de más” o porque un aviso o aparición oportuna “puede venir de un finado/ que nos debe algún favor”, o a lo mejor, “la mano del pordiosero/ trae la gracia de Dios”. Los romances nos proveen además un estupendo recetario de medicina popular: “Ella sabe sus palabras/ para voltear la verruga. / Destapa los ojos nublos/ con la hiel de la tortuga”. Recetas “de palabra y de ingrediente” de las cuales Lugones se guarda muy bien de mofarse porque “quizás esto hasta a los sabios/ podría servirles de estudio”. De tal modo se siente Lugones transmisor de lo maravilloso tradicional como sentido profundo que, desde siempre, fue un divulgador de los relatos populares. Baste recordar que, en 1917, Ambrosetti, en su valioso libro Supersticiones y leyendas[8] comenta la leyenda del “tigre capiango” que le ha sido referida “por el distinguido poeta argentino L. Lugones” (p. 96). Dicha leyenda será luego “co/a/ntada” en los Romances. Ambrosetti, desde el ángulo de la ciencia positivista, estudia el relato como una de las supersticiones de “esas pobres gentes” y le sirve para probar que esa leyenda es un trait d’unión entre el área guaraní y la quichua calchaquí. Diez años después, Lugones escribe el romance del “tigre capiango” “Para que vean ustedes/ que en esto no todo es charla” y cuenta la experiencia personal de “cómo nombrar el daño, hace que se presente”. Esto es cierto, asegura, ahí están mis paisanos de testigos, y así quedará “hasta que alguno lo explique”.

b) Advertirnos también en los romances lugonianos la pérdida del maniqueísmo a que nos tienen acostumbrados los historiadores cultos cuando se refieren a las guerras civiles, a los caudillos federales o unitarios. El pueblo admira la belleza, el coraje, la lealtad, cualquiera fuere el bando; y abomina y teme la crueldad, la traición y el pillaje. Comprende los defectos porque “al mejor por contingencia/ le toca engendrar a un malo” o porque “a veces en esas cosas/ es calumnia hasta lo visto”. A alguien le “achacaban, dando fe”, una ristra de fechorías; pero “siempre bien lo recordaron”. Al que es desleal y no cumplió la palabra dada, aun cuando el perjudicado se trate de un perseguido por la justicia patria, “todos desde esa ocasión/ le huyeron como la plaga”.

c)Hallaremos así, a cada paso, la exaltación de los valores que construyen la comunidad: no importa de qué bando o de qué categoría social provengan. Así como también el escarmiento a los que transgreden la ley del corazón (lo ejemplar y no lo causal) que cobija a todos y cuya mayor pena consiste en no ser recibido por los demás, en tener que irse por la vergüenza que causa la pérdida de la propia dignidad. ¿Hay mejor hospitalidad que la de “La Visita” y su modo digno de mercar? El patriotismo de las “sencillas gentes” del Río Seco, el Chañar, Candelaria, San Justo y Chaco adentro ¿estará tan lejos dentro de nuestro corazón que ya no despierta las resonancias del canto?

Ningún cordobés debería renunciar al derecho de leer Romances del Río Seco. Nadie debería privarse de la oportunidad de vivir todo esto que humildemente les hemos hecho notar y mucho más que la tiranía del espacio nos manda callar.

Sólo hemos pretendido oficiar de lazarillos para preparar una entrada a esa tierra adentro, para saber codearnos con gentes “compasivas con el pobre/ avenidas con el rico”, ‘” sencillas más nada zonzas/ y con unos corazones/ de mejor ley que sus onzas” y que saben a carta cabal que: “En lo amable y en lo cruel/  la Providencia es pareja./ Y de la misma flor saca / miel y ponzoña la abeja./  Pero culpas y delitos/  en el canto se redimen / cuando triunfa la justicia / con el castigo del crimen.”

La síntesis universal

En 1974, centenario del nacimiento de Lugones, la Dirección General de Historia, Letras y Ciencias de la Provincia de Córdoba, le dedicó su BOLETIN Nº 7 . Entre las preguntas formuladas a estudiosos y entendidos de su obra y personalidad, figuraba la siguiente:”¿Cuál es la presencia de Córdoba en la obra de Lugones?”.

Rescatamos la respuesta de Enrique Luis Revol[9]:“…podría decirse que en la obra de Don Leopoldo la presencia cordobesa es absoluta. Por otra parte, me atrevo a ver todo el enorme esfuerzo intelectual de nuestro autor como la tentativa – diez veces alcanzada, otras diez veces desbaratada- por conseguir una “síntesis” final entre el casi instintivo saber criollo de tierra adentro y las fórmulas más exigentes del espíritu científico positivista o, en otras palabras, entre los criollos de Villa de María y los sabios de la Academia Nacional de Ciencias”.

Este carácter de totalidad abierta, de criollo universal que circula por la obra lugoniana es el que queremos destacar ahora. Los límites de espacio nos impiden explayarnos más allá de algunas escuetas anotaciones referidas a dos textos publicados en 1921 y que casi no han sido tratados por los críticos. Nos referimos a El tamaño del espacio (Ensayo de psicología matemática) y la segunda parte de El Dogma de Obediencia titulada “La historia del dogma”.[10]

En El Tamaño del espacio, Lugones se formula la siguiente pregunta: ¿el universo es inconmensurable o se puede medir? Tras rechazar las postulaciones de la “intuición geométrica” y la ilusión que comporta la confusión de ilimitado con infinito, concluye que, referida al universo,” la infinitud es una consecuencia de la insuficiencia de nuestros órganos de percepción”. Si recordamos sus polémicas de joven modernista, inquieto por percibir la “vibración de la vida”, el “vibrión” original en pleno acto creador, advertimos una recurrencia llena de coherencia en la apuesta con respecto a una nueva percepción de la realidad promovida en este texto.

Sintetizando, baste recordar que refuta la intuición como facultad capaz de conocer:  nadie se declara adivino, pero queda modesto y elegante declararse intuitivo. Establece, entonces, una distinción entre experiencia sensible y experiencia inteligible. La primera corresponde al espacio euclidiano o espacio intuitivo, la segunda al raciocinio matemático que permite crear el infinito dentro de nosotros mismos “con esa maravillosa discrepancia de poder entre nuestra percepción y nuestra mente, alegorizada por el misterio eleusino en la leyenda de Prometeo encadenado. El progreso de la ciencia es una ascensión hacia la libertad por el camino de la verdad y el honor”(p.16). Conjuga así mito y ciencia.

Tras considerar el informe Riemman, Goettingue,1854, toma de Einstein el “principio de relatividad”: “El dualismo fundamental de materia y energía se desvanece. Necesitamos, en consecuencia, modificar nuestros conceptos de causalidad, de sólido, de masa; y lo que es más grave, emprender una completa reorganización de la mecánica. Ha concluido, pues, lo que podríamos llamar la edad de Newton, caracterizada por la adecuación científica de la astronomía y la mecánica al espacio intuitivo”(p.18).

Lugones postula que la “edad de Newton” estuvo signada por los “instrumentos” que potenciaban los sentidos para apreciar la materia ponderable. La nueva era será llamada “era de Einstein” o período electromagnético. El instrumento matemático investiga lo imponderable, lo que no pueden medir los instrumentos y nos lo revela por sus manifestaciones “como el minero saca el oro de un pozo cuyo fondo no podemos ver”(p.19).

En la era newtoniana lo importante era la atracción; en la nueva era, la luz. Pero no en sus formas secundarias (la percepción del nervio óptico), sino como se traslada en el espacio: invisible. Esta operación del instrumento matemático en lo invisible “prevé sin ver”. Recordemos, para ligar este aserto con toda su obra, que Prometeo significa “el previsor”. El don prometeano de ejercitar la razón matemática, postula Lugones, es la posibilidad de comunicarse con el numen que está en nosotros mismos (p.20). La abstracción matemática liberta la geometría y la rescata de la mera agrimensura. Convertida en matemática pura, toma por campo el espacio virtual. Nace así una ciencia de los conjuntos o synkataxis y la solidaridad se manifiesta como “adquisición del bien supremo de la verdad”.

Ahora bien, ni la comprobación, ni la certidumbre matemática equivalen a la verdad: la primera es una realidad y la segunda una demostración. La verdad es “un estado más o menos permanente de completa satisfacción racional, creado en nuestra mente por la concordancia de realidad y certidumbre”. Postula, entonces, como las vanguardias,”una cuarta dimensión”, una dirección en el espacio inasible para la experiencia sensible. De tal modo, el espacio intuitivo o euclidiano, es sólo una imagen. Habitamos en una superficie de curvatura constantemente variable, o mejor, un punto mínimo de esa superficie. Nuestro universo solar durante algunos millares de siglos es prácticamente plano y asimilable a su plano tangente. En ese punto tangente vivimos, allí se ha formado la ciencia.

Lugones, a partir del continuo materia-energía y su manifestación principal: el continuo espacio-tiempo, relativiza las constancias que llamamos ley. Tras referirse a las variaciones de un segundo en el mismo reloj según este se halle en reposo o en movimiento, a los “cuerpos negros”, a los “sacos de carbón”, a “las nebulosas negras”, concluye que el espacio cósmico es un cuerpo ilimitado para nuestra experiencia sensible. Podemos calcular, pero no comprender las distancias interestelares. Pero como, según Einstein, el rayo de luz es pesado, sensible a la gravedad y además, no es recto sino curvo, entonces, no hay rectas, sino curvas: “un curvatura constantemente variable”. Por lo tanto, si recorremos una de ellas en la misma dirección, volveremos al punto de partida: ¿cuáles son las cifras de ese círculo máximo, vale decir, del tamaño del espacio? Esa magnitud sería tan inconcebible como la del espacio intuitivo, pero su comprobación por el cálculo sería un triunfo de la razón humana.

Como Prometeo, se trata de liberar a la mente de la insuficiencia de los sentidos, crear nuevos modos de percepción que nos darán, por transparencia, “otra impresión y otra noción de la forma”. Llegaremos a la estereognosis, de adentro hacia afuera, el nuevo sentido será centrípeto. Antes que los griegos, en la India calcularon mavantaras y pralayas, períodos de actividad y pasividad de “cuatrocientos once billones cuarenta mil millones de años”.

Es fácil advertir cómo Lugones no se aparta ni de su admiración por las ciencias tradicionales de los antiguos, ni de su concepción de la belleza, ni de su búsqueda de la perfección como supremo arte de vivir, ya que la razón humana “es parte de la armonía universal”: causa la estabilidad del universo y se halla en correspondencia con todas sus partes. Como en una construcción molecular o musical, esa correspondencia ha de ser exacta y por lo tanto sólo puede ser formulada por las matemáticas. Entretanto, estamos en la prisión espacial. Concluye Lugones su conferencia denunciando el antisemitismo que discrimina a Einstein, ” a quien el nacionalismo […] obstruyó la cátedra con innoble alboroto, por judío”.

No menos interesante resulta considerar la publicación en el BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO del texto titulado “La historia del dogma”.[11] Una nota de la dirección, ejercida por Arturo Capdevila en nombre de la Reforma Universitaria, nos da noticia sobre lo que va a leerse.

En primer lugar, anotamos los rasgos laudatorios: a) es “un notable trabajo” debido a la “extraordinaria pluma de Lugones. maestro del idealismo”; b) representa la “altura culminante” de su pensamiento político; c) la obra bien pudo titularse Las nuevas bases; d) el texto honra, particularmente, al BOLETIN.

En segundo lugar, aporta datos bibliográficos: a) el texto es una primicia; b) es la Parte II del libro El dogma de obediencia; c) promete (promesa no cumplida) ofrecer en números sucesivos la tercera y cuarta parte; d) no ofrecerá la primera y quinta dado que, por su carácter revolucionario, comprometería la índole puramente científica de la publicación.

Por último, una advertencia o pedido del autor: “todas las versiones de textos en lengua extraña muerta o viva, son originales suyas”. En tal sentido, el apartado “Intermezzo virgiliano” ofrece, por primera vez, la traducción lugoniana de las Geórgicas (III, 49-68; 176-178; 401-404).

“La historia del dogma”, dentro de la línea lugoniana que aquí hemos signado como marcada por el heroísmo, es una denuncia sobre la falsificación de la historia y el anuncio de un orden social nuevo. Lugones, como siempre, pisoteando el “vano miedo”, acepta su destino de minero de la sombra: ser auscultador de la causa invisible y armonizador del “ruido espantable”. No en vano elige como epígrafe estos hexámetros virgilianos: “Feliz el que descubre la causa de las cosas, /         Hollando al vano miedo y al destino implacable, /   Y al avaro Aqueronte con su ruido implacable”.

Lugones cuestiona la sinonimia enciclopedista que homologa, en la historia de Roma, república a libertad e imperio a tiranía. Refuta la “ficción interpretativa”, el “efecto literario” del discurso histórico”, el fraude en la transcripción del texto antiguo para convertirlo en “un característico, si bien admirable, pasticcio del Renacimiento”.

Una primera observación: en general, bajo la forma de “una composición histórica”, se nos presentan las “ficciones de la más audaz fantasía”. Establece, entonces, una distinción entre la tradición historiográfica anglosajona y la de la “latinidad”. Traza una genealogía de la filosofía de la historia en Occidente: el padre es Maquiavelo, la sucesión comprende a Vico, Voltaire, Comte, entre otros. Lugones llega a la conclusión de que el imperio romano “en vez de constituir un despotismo retrógrado, fue un grande éxito democrático”. Adoptado este punto de vista, sostiene que los modernos no alcanzan el nivel pagano en cuanto a bienestar y justicia social.  En pleno desarrollo de la Revolución Rusa (“reforma social que está ahora efectuándose”, la denomina), postula lo siguiente (y se esfuerza por evidenciarlo mediante un sistema de citas de autores adversos al imperio como estrategia para darle mayor valor a la prueba) : “He dicho que el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo, y que tuvo por eficaz apoyo la popularidad provinciana. Ambos fenómenos eran reacciones contra los privilegios de los patricios”

Una historia escrita por los ricos y privilegiados presenta al Imperio como tiranía cuando, en realidad, representó: “la victoria democrática completa”, la “dictadura del proletariado, como diríamos ahora”(p.52). El pueblo, que había formado y engrandecido la nación “con su trabajo de obrero y su sangre de soldado”, exigía todos los derechos y privilegios inherentes a esa obra. Al abolir los privilegios de los patricios se afirmaban derechos civiles como la igualdad de sexos y la igualdad política. Se abolían el “despotismo paterno y marital” y la propiedad patricia quedaba sujeta al impuesto: “Nunca correspondió mejor a una política, el calificativo de radical”.

Las alusiones y homologaciones Roma/Argentina se van acentuando a medida que avanza el análisis del amplísimo campo social propuesto como objeto de estudio. Lugones muestra cómo se descentralizó el poder, cómo las provincias tuvieron autonomía; y cómo, por fin, la capital concentró la oposición a ese Imperio. Se lo acusaba de “corrupción” cuando, por lo contrario, durante el período de lo emperadores, se produjo un evidente “progreso moral y material”.

Lugones recuerda a los intelectuales cuál fue el resultado que la política del Imperio procuró para el bienestar del pueblo y cuál era la relación de la misma con la cuestión fundamental de la libertad:”…porque en dicho estado (el bienestar del pueblo), consiste lo que llamamos “el goce de la libertad” , no en el ejercicio estéril de la soberanía por la soberanía. Allá donde gano mi vida a gusto, donde pienso y opino libremente, donde tengo garantido por la tolerancia mi pequeño mundo sentimental y por la buena administración mi salud corpórea; donde me siento igual como hombre, bajo la doble acción del derecho que se me reconoce y de la simpatía que se me dispensa: allá soy libre, aunque no vote ni participe del gobierno. La libertad no es un resultado político, sino un gran estado de conciencia, cuyo fundamento lo constituye la noción de equidad. Cuando un pueblo llega a ese estado, es libre, y su política resultará libre también (p.61).

Lugones ha iniciado, en el seno mismo dela Reforma Universitaria, la rebelión contra las formas decadentes de la democracia liberal de origen anglosajón en nuestro país. Considera que no es el único resultado posible de la política, que no podemos negarnos al despliegue de nuestro propio modo de ser, vale decir, a la tradición latina como estado de conciencia y al protagonismo de la “plebe” (o pueblo) en la “evolución libertadora”.

No es el objeto de estas líneas el examen y exposición minuciosos de la “Historia del dogma”. Sólo nos alerta acerca de la capacidad de Lugones para renovar las prácticas de lectura; para ensayar modos operativos aplicables al momento que vivía y para proponer, por analogía, un programa para la Patria, como llamaba a la Argentina: así es como denunciaba el latifundio, el militarismo y la explotación del hombre por hombre con sus consecuencias de atraso, desorden y crueldad. En otras palabras, proclamaba la sentencia que él consideraba “libertaria” (¿globalizadora?) de Marco Aurelio: “Mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo”.

Considera que el Imperio, al que ha equiparado a una “dictadura del proletariado “, es el gestor de la primera reforma educativa conocida. En efecto, “la enseñanza secundaria y profesional bajo el mismo promovió el concepto de docencia libre y de promoción sin examen. Ya desde entonces puede considerarse instituido el nombramiento de catedráticos por oposición. Las asociaciones de estudiantes […] estaban reconocidas y protegidas especialmente. Eran abundantes las becas y muchos particulares instituíanlas por cuenta propia, fundando también escuelas primarias, asilos, gimnasios y dotaciones alimenticias”. La instrucción pública era considerada “función de estado” y los altos estudios merecieron el mayor cuidado en esas verdaderas universidades que recibían “los nombres de museos (por las musas), ateneos y academias”. “Reinaba en ellos libertad amplísima, y de sus aulas salieron no pocos escritores contrarios al régimen imperial”. Este “estado de conciencia antigua”, fue reivindicado también, en esa misma época, por Deodoro Roca y Saúl Taborda. Debemos recordar, por otra parte, que en el mismo número del BOLETIN de la Facultad de Derecho en que Lugones cuestiona el discurso histórico, propone una era de reforma social y vindica al Imperio como un gobierno popular enfrentado a una oligarquía republicana apropiada del “logos” modelizador, Arturo Orgaz publica (p.113) “La reforma agraria en Rusia”.

En definitiva, Lugones plantea una nueva concepción de la historia y de la realidad para que no repitamos sin cesar cosas que alguna vez se dijeron: “verdaderas para época”, no para otra.

Resumiendo

Si bien la copiosa obra de nuestro autor es imposible de abarcar, esperamos haber dejado en claro cuáles son las líneas fundamentales que recorren su escritura.

En primer lugar, el hálito de heroísmo que respira en sus textos. La belleza es una forma suprema de amor; y el amor perfecto, la muerte voluntaria.

En segundo lugar, su patriotismo manifestado como amor a la naturaleza y al pueblo concebido no como “clientela de la urna y el comité”, sino como un todo del cual “todos formamos parte, en la noble igualdad del Canto glorioso”. Adviértase, además, que, para Lugones, “patriotismo no quiere decir forzosamente nacionalismo. Patriota es el que busca para su país el máximo de libertad y de justicia. Nacionalista el que quiere el predominio de su país, aun a costa de la justicia y la libertad. Esto no es más que militarismo con otro nombre”.[12]

Por último, la alegría griega y universal con que celebra y goza el paisaje cordobés: “la belleza griega que circundaba a mi Córdoba infantil”, el gozo de “cantar en griego aquella torcaz ebria de sol” [13].

 Queden, pues, estas reflexiones, como hilos sueltos. Cada lector elegirá por cuál de ellos se entra al tejido fabuloso de la textualidad lugoniana: hay caminos de luz y caminos de angustia, y el celo insobornable de constituirse en vigía alerta para encarar los grandes problemas nacionales enfrentando con un “heroísmo sin término” el “vano miedo y el destino implacable”.

Eligió cruzar el “avaro Aqueronte” y se sobrepuso al “ruido espantable” para recordarnos que: “Llevo en mí la patria entera, que es una dulzura cordial, / como la miel del panal/ lleva en una gota la pradera.”[14]

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

 

[1] LUGONES, Leopoldo, Obras en Prosa, 1962, México, Aguilar, pp.1065-66.

[2] LUGONES, Leopoldo: “Dedicatoria a los antepasados (1500-1900)”, en Obras Poéticas Completas, Madrid, Aguilar, 1974, p.806.

[3] LUGONES, Leopoldo: Las Fuerzas Extrañas, Buenos Aires, Huemul, 1966, p.73.

[4] CAPDEVILA, Arturo: Lugones, Buenos Aires, Aguilar, 1973, Cfr. págs. 63, 64 y 91

7 TORRES ROGGERO, Jorge: “Los Romances del Río Seco y la creatividad intrínseca del pueblo”, en la Voz del Interior, Córdoba, 16/03/1984.

9     REVOL, Luis Enrique, La tradición imaginaria, Córdoba, Teuco, 1971. Pp. 99 y ss.

  1. DEL CORRO, Gaspar Pío: El mundo fantástico de Lugones, Córdoba, U.N.C. pp. 104-

11.TORRES ROGGERO, Jorge, La Cara Oculta de Lugones, 1977, San Antonio de Padua (Buenos Aires), Castañeda.

  1. LUGONES, Leopoldo, Cuentos desconocidos, compilación estudio preliminar y notas de Pedro Luis Barcia.1982, Buenos. Aires. Ediciones del 80, pp. 33-34.

13 HEREDIA, Pablo:” La Guerra Gaucha”, de Leopoldo Lugones (una novela de lenguajemoderno), Córdoba, copia

mecanografiada, 1994.

14 GHIDA, Arturo Horacio, “Los cuentos criollos de Lugones”, en “Cultura”, La Plata, Revista del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, Año 11, Nº 5, 1950. pp.73 ss.

15 GHIDA, Cit. Toma la expresión “forma interior del lenguaje” de Humboldt.

[5]  IRAZUSTA, Julio, Genio y figura de Leopoldo Lugones, 1968, Buenos Aires, Eudeba, p.197

[6] TORRES ROGGERO, Jorge: La cara oculta de Lugones, 1978, Castañeda, Buenos Aires, p.82.

[7]  Hoy la dificultad cierta para entender a Lugones finca en que nos hemos desconectado del vivir de la comunidad; la rueda del mingado es sólo un recuerdo de la vieja solidaridad criolla, pero hasta no hace mucho era un hecho y un dicho. Cfr. Viggíano Esaín, Julio: “La Rueda del Mingado “en Rev. U. N. C., Año VII, Nº 4-5, set/dic. Cuando, perdidos en la urbanidad del cemento, los amigos se reúnen para hacer la losa de la casita propia y luego se celebra comiendo y bebiendo juntos, se ha trasladado la antigua “minga” a la ciudad. A lo mejor no lo supieron, pero repitieron un gesto ancestral lleno de sentido comunitario

[8] Ambrosetti, Juan: Supersticiones y leyendas, Castellví, Santa Fe, 1967, p.96.

[9] Cfr. “Cuestionario”, BOLETIN, Dirección General de Historia, Letras y Ciencias, Secretaría Ministerio de Educación y Cultura, Año 1, Nº7, Córdoba, 1974, p.6.

[10] LUGONES, Leopoldo, El tamaño del espacio (Ensayo de psicología matemática), 1921, Buenos Aires, El Ateneo.

_________El dogma de obediencia. “La historia del dogma”, en BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO, Año I, Nº 1, junio de 1921, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba.

[11]  Cit. p.3 a 112.

[12] Cfr. REQUENA, Julio, “Leopoldo Lugones: El deber de la Belleza”, (BOLETIN, Dirección General de Historia, Letras y Ciencias, Cit. p.10 y ss.)

[13] Cfr. REQUENA, cit. nota Nº 8, p.15.

[14] LUGONES, Leopoldo, Obras Poéticas Completas, 1959, Madrid, Aguilar, p.1183.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Jorge Torres Roggeromarechal

1.- Alguna claves

En Marechal, nada hay inocente. Inocente en el sentido originario de la palabra: “el que no sabe”. Más aún, detrás de la retórica, entre la maleza didáctica, es posible rastrear el “inicio” de un camino oculto. Sus novelas, poemas, ensayos, nos embarcan, sin más, en un argumento. Este argumento, en el sentido tradicional del término, implica siempre un relato acerca del destino, no como fatum, sino como proyecto, como orientación. El destino, como decía, René Guénon[1], es la “razón de ser” de las cosas. Martín Fierro, arrebatado por el misterio del canto, se sentaba “en el plan de un bajo/ a cantar un argumento”[2]. Era un “aliento” (pneuma, spiritus, viento) que hacía “tiritar los pastos”; y un juego libre del pensamiento: “con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento” En resumen, el argumento es pensamiento del corazón, contemplación, pero también el telar de desdichas y esperanzas con que un sujeto histórico teje rebeliones y utopías.

La síntesis de Marechal es la de un criollo que se anima a fatigar los saberes de una tradición milenaria y a poner en actividad diferentes registros de los símbolos latentes en la cotidianeidad del pueblo. Pensemos en este episodio del “Adán Buenosayres”[3].

Adán se dispone a descender a los infiernos, a la oscura ciudad de Cacodelphia, acompañado del astrólogo Schultze. ¿Y cuáles son los rituales que realizan para encontrar la entrada a las profundidades, al descenso y la prueba? Pues bien, es un contrapunto, una payada de adivinanzas tradicionales, remedios caseros, coplas y relaciones con la vieja Tecla, bruja folklórica universalizada por el humor y la parodia[4]. Se trata de un contrapunto de saberes que no son de los libros, sino de la cultura popular, transmitidos oralmente. Marechal recorrió, y amó, las provincias. En Santiago del Estero conoció el misterio de las salamancas, y también los secretos de la ciudad de Buenos Aires con sus iniciaciones y sus cultos populares.

Para él toda la creación es, en cierto modo, un libro; un libro que no deja de hablar y, en el que, hasta el mal (el pecado, lo considerado dañino) es parte viva e indispensable de nuestro mundo concreto. Si algo resulta de las metáforas de Marechal, es que son el soporte de un salto a la alegría y un cruce hacia una nueva dimensión. Téngase en cuenta, además, que según aseguraba, el hombre se balancea constantemente en la cuerda floja de lo sublime y lo ridículo. De allí el “humor angélico”, porque Marechal consideraba que todos somos ridículos, o sea, motivo de risa, por cuanto somos criaturas. Y, por lo tanto, imperfectos. Hasta los ángeles, en tanto criaturas, tienen su grado de ridiculez. En síntesis, nada de lo humano le es extraño. Yo diría que para leer a Marechal a lo mejor tenemos que desechar los presupuestos y los cánones literarios: ¿dar un salto de un registro a otro?, ¿comenzar a manejarnos con nuevos códigos? A lo mejor, con la “lengua perdida”, llamada también lengua de los ángeles o lengua de los pájaros, esa que entendía San Francisco de Asís y que muy pocos han podido recobrar. Quizás, por eso, Marechal sostenía: “Yo creo en el valor medicinal de la literatura. (…) La cura puede ser milagrosa” (en: Confirmado, 27/07/67). A partir de estas consideraciones, ¿cuál es la visión de la ciudad que le da nombre al Adán porteño?

2.- Sobre las ciudades

En la obra de Marechal conviven varias Buenos Aires. A veces le duele la ciudad entregada puramente a la acción porque “sabemos que la acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma, cuando no recibe y actúa según las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Contra ese aspecto se levantan voces acusadoras. “Babilonia, le gritan unos; Cartago, le dicen otros”.  Son voces que al poeta le duelen. Instintivamente enarbola un gesto en su defensa “porque amamos a Buenos Aires, y con una suerte de amor bien extraño por cierto”[5].

Pero Buenos Aires es, a la vez, una ciudad trascendente. Hablando sobre El banquete de Severo Arcángelo[6], declara: “Ud. No tiene idea de hasta qué punto nos rodean y manejan fuerzas misteriosas. Y en nuestro país particularmente (…) le aseguro que una ceremonia iniciática como el banquete es menos improbable de lo que usted piensa”. Resulta, entonces, necesario saber que sus libros esconden un sentido oculto, aparte del manifiesto. Y que lo más importante está dado por el sentido oculto. Marechal se acuerda de Goethe, que era ocultista, cuando sostenía que no todos los caminos son para todos los caminantes: “Quien no quiera o no pueda hincar el diente en la médula metafísica de El Banquete…, lo saboreará como un divertissement más…” (Confirmado, 21/10/1965).

Desde mi condición de literato en lucha con su miopía libresca, me dispongo a ingresar en las múltiples ciudades de Adán Buenosayres. Buscando más bien su costado rabelesiano (Rabelais, como Goethe, era un hermetista), nos aventuramos en el viaje de ida y vuelta del personaje: Adán Buenosayres, perdido en la multiplicidad, se dispone a agotar las posibilidades inferiores del ser antes de iniciar su ascenso tironeado tanto por el llamado de la belleza como por la vía penitencial de la redención.

2.- Ciudades de Adán Buenosayres: la Ciudad de la Gallina

Transitamos, entonces, una Buenos Aires visible entregada “al terrible y nunca dormido viento de la historia”. La ciudad y su hombre están caídos en la multiplicidad, en el amasijo informe de lo cotidiano en que se mezclan clases, conflictos sociales, sentimentales, culturales, metafísicos. Marechal dispone siempre una acción, un escenario (barrio, suburbio, casa de clase alta, glorieta, prostíbulo) y personajes que se enfrentan. El enfrentamiento abarca desde la discusión acalorada en la calle o el bar hasta la polémica filosófica. A veces concluye en una batalla campal a pedrada limpia (como en Recuerdos de Provincia de Sarmiento[7]) o en un duelo individual que se resuelve con un inofensivo alpargatazo. La teatralidad se configura, fundamentalmente, mediante encontronazos de palabras o acciones. Los personajes, frente a un conflicto, siempre se dividen en dos bandos dialogantes: representan un “agon”, un ritual mágico que revive el caos original. Como rebasamiento de la conciencia subjetiva, el caos convoca fuerzas desconocidas y revierte el individualismo. Por otra parte, el autor lo ha hecho notar,[8] detrás de cada episodio de la Buenos Aires visible revive, en modo farsesco, algún relato concreto de La Odisea o de La Ilíada o alguna elucubración en clave de los Fedeli d’Amore.

En la excursión a los bajo fondos de Saavedra, evoca algunos mitos muertos de la cultura oficial y del falso criollismo mediante ciertas parodias litúrgicas de las leyendas escolares.  Recordemos que Marechal se ganaba la vida como maestro de escuela primaria.

En tal sentido, basta recordar la aparición fantasmagórica del gliptodonte que refuta las teorías de Ameghino sobre la antigüedad del hombre en la pampa. El mensaje final de la bestia prehistórica es un buen ejemplo de la crítica al saber canónico. En efecto, el “Gliptodonte levantó la cola, dejó caer al suelo tres grandes esferas de bosta fósil y se borró en la negrura que lo había engendrado”. Ahora bien, la cultura oficial recoge las esferas y las destina “al Museo Nacional de Ciencias Naturales, erróneamente clasificada como aerolito; la otra, en el Museo Histórico, figura como proyectil de mortero arrojado en la Guerra del Paraguay; la última sostenida por dos cíclopes de hormigón armado, representa el globo terrestre en la cúpula del diario “El Mundo”. Esto no invalida la opinión del Gliptodonte cuando establece cierta analogía entre la formación del loess pampeano y la formación etnográfica de la patria que correspondería en mucho a su formación geológica: “ya que los contingentes humanos a que Samuel acababa de aludir se formarían también con elementos de destrucción, acarreados desde los ocho rumbos del Globo hasta nuestras llanuras por el terrible y nunca dormido viento de la historia”. Se instaura así una aparición dialogante del tema de la inmigración que cruza de punta a punta la novela como uno de sus múltiples metalenguajes. Introduce así a la aparición Santos Vega y el falso Juan sin Ropa, que no es otro de Ántrax, “un diablo menor, un pinche de cocina” que, cuando viaja de incógnito, usa el nombre de Progreso y que llegó al país en un momento en que las naciones “caían de hinojos para besarle el upite” al gran Satanás con la aparición del gran capital internacional. En realidad, Ántrax, confiesa: “No vengo a comprarles el alma, ¡ya tienen vendida!”

La denuncia a la oligarquía y a la defección de los intelectuales es un motivo permanente de la parodia marechaliana y se presenta como un hilarante contrapunto entre “el rigor científico y el rigor poético”. El Neocriollo, que hablaba con un “chorro de sonidos inarticulados, soltó una carcajada tricolor, se despachó con una inefable arenga política y se puso a bailar, con gracia autómata, catorce danzas folklóricas, pero no pudo ofrecer a los expedicionarios milagro alguno. Por eso, “girando sobre sí mismo, apuntó con sus nalgas a los héroes y soltó un pedo luminoso que ascendió en la noche hasta el cielo de los fijos y se ubicó en la constelación de Centauro, entre las estrellas alfa y beta. Hecho lo cual se desvaneció en la negrura”.

La melopea de los sapos-cisnes del bañado es una letanía de los usos folklóricos y científicos (brujería y terapéutica) con que los hombres atentan contra su frescura natural y poética. Silenciosamente, el texto avisa aquí y allá, proponiendo mensajes simbólicos: “las aguas infernales”, “el silencio del espíritu sin la esperanza del Verbo”, el misterio del Cuaderno de Tapas Azules.

Tras la regocijante payada entre Franky Amundsem (inmigración nórdica y rica) y el payador Tissone (“italiano de origen y aborigen de La Paternal”), Samuel Tesler confiesa su devoción por la sabiduría popular portadora de una misteriosa ciencia infusa que relaciona con la kabalá: “abominó en público de la ciencia erudita que profesaba, y anunció que solo escucharía en adelante las voces del saber gnómico, infuso en los humildes por el muy alto y muy escondido Tetragramaton”.

Es Samuel Tesler quien bautiza a la Buenos Aires visible. Samuel anticipa a Adán el título de una obra que está escribiendo: “La Ciudad del Búho contra la Ciudad de la Gallina”: “Desplumo la gallina y la meto en la olla hirviente de mi análisis. Le añado el choclo de la melancolía y el alegre perejil del sarcasmo”. Según Adán, será un buen ejemplo de nuestra literatura: “un pucherete a la criolla”. Samuel sostiene que, a través de su obra, “se verá un pueblo cacareante que remueve la tierra con sus patas afanosas y que picotea día y noche sin acordarse de la triste Psiquis, sin levantar los ojos al cielo, sin escuchar la música de las esferas”. Entonces, es cuando propone “que la paloma del Espíritu Santo sea cambiada por una gallina bataraza en el escudo de Buenos Aires”. La Ciudad de la Gallina será entonces unos de los nombres de la gran metrópoli que frecuentamos, azorados, los argentinos que no podemos viajar a París. Pero hay otro nombre para la ciudad que Adán peregrinó con su “grupo ebrio de la nave de locos”, camino hacia la Venus Terrestre, la Venus demónica y popular. Ciudad visible, cuya vigencia niega con un acto negativo que destruye la primera negatividad de la cultura oficial. Rito oscuro y necesario para matar la muerte en la también conocida como apocalíptica Ciudad de la Yegua Tobiana.

3.-Cacodelphia, Calidelphia, Philadelphia

Veamos ahora la contracara de la Buenos Aires visible sumida en la desorientación y tristeza que nace de lo múltiple. El astrólogo Schultze las llama Cacodelphia y Calidelphia. La primera, ciudad atormentada, nos sume en un descenso a las oscuridades, a las zonas inferiores del ser que es nuestra obligación agotar para poder iniciar el ascenso a la segunda, ciudad gloriosa. Pero el caso es que no son dos ciudades mitológicas. Existen realmente. “Es más, dice el astrólogo, las dos ciudades se unen para formar una sola. O, mejor dicho, son dos aspectos de una misma ciudad. Y esa Urbe, solo visible a los ojos del intelecto, es una contrafigura de la Buenos Aires visible”. Y aquí volvemos a Goethe: no todos los caminos son para todos los caminantes. Quien no quiera hincar el diente en la “médula metafísica”, lo mismo se va a divertir.

Lo cierto es que el Adán porteño quedará, al final de la novela, sumergido en el último círculo del infierno, al “borde mismo de la Gran Hoya” frente a la inmensa masa de gelatina, especie de molusco gigante: “Es el Paleogogo”, me advirtió Schultze gravemente”. Y Adán lo define con una retahíla de dichos populares que concluye con el sonoro: “Solemne como pedo de inglés”. El personaje, azorado, está en el fondo del infierno, pero, a la vez, triste ante la manifestación de lo diverso de la Buenos Aires visible, confiesa que sólo le fue dado rastrear al Verbo “por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje”. En un mundo de “capitalistas desalmados e inspectores coimeros”, Adán “levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota”.

Veamos, ahora, cómo lo teatral, a que aludíamos antes, se manifiesta mediante el registro de la farsa. Adán Buenosayres, oscilando entre lo ridículo y lo sublime, funciona permanentemente como la memoria en acto del pueblo. Es la memoria como preservación de las promesas y potencialidades que han sido reprimidas por la civilización hegemónica del occidente anglosajón.

Ahora bien, las liturgias de la cultura popular suelen manifestarse mediante lo farsesco. Sus componentes se presentan heterogéneos y mezclados. Los especialistas hablan de burla, broma, parodia, donaire, humor, sátira, danza. En efecto, la farsa tiene que ver con la imaginación, la inspiración, la locura y la religión. Frente al mundo oficial, construye un anti-mundo inseparable de la libertad. Pone de relieve una verdad no oficial que no es autoritaria ni restrictiva y se relaciona con lo utópico y con la risa. La risa no respeta prohibiciones. El poder nunca habla el lenguaje de la risa porque la risa vence el miedo y lo amenazante. La risa ha sido siempre un arma del pueblo porque, de lo farsesco, nace un sentido participacional intenso. Es un canto de alegría vital. No es representación, es vida. Articula razón y sin-razón: es la imaginación de paso a una luminosa suprarracionalidad. Como apertura hacia aquello que podemos ser, hace estallar las grietas estructurales. En consecuencia, lo farsesco es un cuestionamiento a la seriedad de las minorías dominantes. Pero no puede enfrentarlas directamente, por eso recurre al humor. Amasijo de ternura, cariño, deseo, es algo distinto de lo estrictamente político: es “hacerse el loco”, es reírse del desorden introducido por las minorías explotadoras. Pensemos que el Adán…fue iniciado y escrito a lo largo de la Década Infame y publicado en 1948, en plena exaltación, victoriosa y desenfadada, de la cultura de la fiesta. Recordemos que la novela fue reprimida por intelectuales serios, por la cultura letrada, por los consagrados por el canon, que acusaron el golpe de la risa marechaliana hondamente arraigada en la tradición popular criolla, en la cultura no canónica de occidente (Rabelais), en el desarrollo paródico del relato clásico (Homero) y con una apertura a lo metafísico y suprarracional (San Isidoro, Dante, Guenon).

4.- La farsa como profecía

Tomando lo farsesco como negación de la vigencia de los cánones impuestos por la cultura oficial, hemos elegido un episodio del infierno zchultzeano por su actualidad y su carácter de vaticinio. El escenario: un recinto parlamentario, bancas en hemiciclo, tribuna presidencial, palco de prensa, barra. Una escena: los diputados en sus bancas, el presidente en su tribuna, los cronistas en sus pupitres. El Parlamento funcionaba casi sin ruido, con cierta deshumanización en los gestos que hacía pensar en una máquina bien aceitada.

Frente al hemiciclo, sobre un pedestal, estaba sentado un extraño personaje: “era un hombre rústico, de facciones tostadas y expresión atónita, que vestía bombachas de campo y un poncho de vicuña muy raído; en la base del pedestal se veían canastos de rosas y placas de mármol cuyas letras decían: A Juan Demos, homenaje de sus apasionados admiradores.” Los diputados discuten largamente la manera de computar el quorum. Los nombres de los legisladores son alegóricos, puesto que guardan una relación causa-efecto con lo que representan. Veamos algunos: Olfademos, o sea, “olfa” del pueblo; Plutófilo, o amante del dinero; Asinus, es decir, burro; Úngula, uña, cierta alusión al latrocinio; Vulpes, la vulpeja o zorra astuta siempre dispuesta a engañar; Cacófono, que suena mal. Se podrían agregar otros: Aristófilo, Equis, Alpha, Corno, Psittacus, Lunch que dan señales de preocupaciones seudoculturales, de afición a la comida o una excesiva despreocupación.

Todos estos diputados discuten acaloradamente banalidades reglamentarias. Por fin, se impone una moción. Entonces, Olfademos se dirige a Juan Demos y le pregunta: “¿Qué le parece don Juan? ¿Ha visto como acabo de jugarme a fondo por Ud.?”

Don Juan le responde: “Lindo”, pero aclara que no entendió gran cosa de lo que decían los doctores: “Eso sí, tengo bastante frío: este poncho viejo parece ya una telita de cebolla” (p.701).

Los diputados se pelean. Úngula hace moción de que se cierre una ventana; Aristófilo mociona que se cierren dos ventanas, pero Lunch propone que se cierren todas las ventanas del recinto. Esta moción es aprobada por aplastante mayoría.

Satisfechos, los diputados continúan discutiendo aspectos puramente formales. Votan una y otra vez sobre interpretaciones descabelladas de formalidades reglamentarias. Visto el resultado, el diputado Cacófono se ufana de haber ganado una batalla para Don Juan Demos. Pero el hombre del pedestal contesta: “Algo voy entendiendo ahora. Es como jugar a la taba, ¿no es cierto? Sale culo una vez, y otra sale suerte. ¡Lindazo! Pero dicen por ahí, silabeó Don Juan, que entretanto, y bajo cuerda, ustedes andan malvendiendo mis cositas a los gringos. El caso es que tengo hambre.”

Al escuchar esto, el diputado Equis, interrumpió diciendo: “Estamos en el país del trigo”, y mociona para que se le sirva en el acto “un café con leche, pan y manteca”, pero Vulpes considera indecorosa la moción y propone que el café con leche sea con tres medialunas. Alpha, sube la apuesta y mociona cinco medialunas. Por fin, Asinus llega al climax demagógico: “Que se le sirvan todas las medialunas del buffet”. Por supuesto, gana la moción de Asinus y luego, “los legisladores recobraron sus actitudes mecánicas y el debate se reintegró a un tono de indecible melancolía”.

No estamos hoy en la esmerada Ciudad del Orgullo del infierno zchultzeano. En nuestros días, Asinus, Cacóphono, Alpha, Olfademos, Úngula, Vulpes, Antrax, sin distinción de géneros, “andan malvendiendo nuestras cositas a los gringos” aunque, como dice Juan Demos, el ponchito está viejo, la telita gastada y, por qué no decirlo, el hambre acosa.

Resulta que, en la actual y concreta patria visible, nuestros representantes se votan aumentos desmedidos de sueldo y luego tienen que dar marcha atrás. Paralizan la actividad legislativa y se suspenden plenarios de comisiones porque se han vuelto viajeros. Los medios de comunicación difunden, desde EE.UU., “autofotos” con un minibús rebosante de sonrientes parlamentarios argentinos disfrutando (¿pagados por quién?) el desenlace de los comicios estadounidenses en que se resuelve la disputa entre Donald Trump e Hillary Clinton[9]. ¿Habrá algún premio por vender “nuestras cositas a los gringos”, como decía Juan Demos?

Pero abandonemos la Ciudad del Orgullo. Volvamos a Villa Crespo. Adán Buenosayres, sumido en la noche oscura del alma, desde el fondo de su dolor penitencial, sueña una no-ciudad venidera. No existe, pero es “la razón de ser” de la esperanza. Es Philadelphia: ella levantará “sus cúpulas y torres bajo un cielo resplandeciente como la cara de un niño (…) Una muchedumbre pacífica y regocijada frecuentará sus calles: el ciego abrirá los ojos a la luz, el que negó afirmará lo que negaba, el desterrado pisará la tierra de su nacimiento y el maldecido se verá libre al fin (…) Porque Philadelphia será la ciudad de los hermanos y conocerá los caminos del cielo y de la tierra, como las palomas de buches rosados que anidarán un día en sus torres enarboladas, en sus graciosos minaretes.”

Por supuesto, esta visión no suprime los aspectos aparentemente farsescos de la “ciudad de los hermanos”, porque, después de todo, no son extraños a la turbulenta realidad de la Buenos Aires visible donde los hombres “no se robarán las botellas de leche, no pondrán la radio a toda voz”, ni “se llevarán por delante”.

Ciudad de la Gallina, Ciudad de la Paloma, Ciudad de la Yegua Tobiana, Cacodelphia, Calidelphia, soñada Philadelphia, Buenos Aires es la amada ciudad que, según Marechal, “universaliza nuestras esencias”. Borges[10], en épocas en que era el compañero “criollósofo y gramático” de Adán Buenosayres (1929) asistió a su fundación mítico-poética: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / la juzgo tan eterna como el agua y el aire.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 24/11/2016

Bibliofrafía básica:

[1] GUÉNON, René, 1987, El Simbolismo de la Cruz, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, Cfr.Cap. VII, “La resolución de las oposiciones”

[2] HERNÁNDEZ, José, 1960, Martín Fierro, Buenos Aires, Eudeba. “Me siento en el plan de un bajo/ a cantar un argumento. / Como si soplara el viento/ hago tiritar los pastos. / Con oros, copas y bastos/ juega allí me pensamiento.”

[3] MARECHAL, Leopoldo, 1948, Adán Buenosayres, Buenos Aires, Sudamericana. Todas las citas son tomadas de esta edición.

[4] “Juntando a los canes en torno suyo, doña Tecla se arremangó las polleras y enaguas, y soltó el pedo más retumbante que yo había oído en este mundo: – “¡Busca, busca! – le gritó a la jauría- ¡Busca, Pastor! ¡Busca, Diente!”

[5] ANDRÉS, Alfredo (reportaje y antología) 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez Editor.

[6] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Obras Completas III, Buenos Aires, Editorial Luz del Día.

[8] MARECHAL, Leopoldo, 1966, Cuaderno de Navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Vide: “Claves de Adán Buenosayres”.

[9] Cfr. DIARIO REGISTRADO, martes 8 de noviembre de 2016, “Legisladores viajaron a presenciar las elecciones estadounidenses y estalló la polémica”. Vide et. la fotografía subida por la diputada Graciela Camaño@Graciela Camano: “Rumbo a los centros de votación de Virginia y Mariland (sic)”

[10] BORGES, Jorge Luis, 1966,  Obra poética (1923-1966), Buenos Aires, Emecé, “Fundación mítica de Buenos Aires”( 1929). Según los críticos, en Adán Buenosayres, el personaje Luis Pereda es Jorge Luis Borges.

por Jorge Torres Roggero

“La verdad es que somos hedientos y que lo simulamos

con una pulcritud demasiado ficticia” (Rodolfo Kusch)

1.-Llegada o salida 

CoSanta Ritamo todos sabemos, el simbolismo de la peregrinación es una figura muy frecuente en la tradición de los pueblos. Algunos consideran que su sentido más profundo reside en cierta aspiración inextinguible de retorno al origen. El peregrino se “inicia” en un camino o sendero que, siendo único, se bifurca en múltiples formas. A veces pataconea tierras inhóspitas; otras, fatiga mares procelosos. No es raro que caiga en el hoyo profundo y descienda a los empujones, como Virgilio o Dante, a los infiernos. O que visite el interior de la tierra en busca de la “oculta piedra”. Paradojalmente, no es extraño que la entrada se convierta en salida.

Peregrinar es alcanzar la certeza de que se transita por  un laberinto y que el desafío es llegar a un centro que no existe. A lo mejor, el desplazamiento en el espacio es sólo el símbolo de una tensión de búsqueda. De  una cualificación que se procura mediante combinatorias y cruces de movimientos interiores y exteriores. Esta “salida de Egipto”  para internarse en el desierto puede resultar, y uso aquí un término sarmientino, una “travesía” llena de rastros perdidos que poseen el secreto de orientar nuestros  pasos “al otro lado”, al misterioso pozo de agua viva en cuyo fondo el centro es solo una imagen del Centro.

Sedentario y tímido plantígrado de barrio (sin Compostela, ni Jerusalén, ni Roma, ni Cusco, sin Centro) suelo peregrinar de un modo precario: estando. Doy vueltas, giro como una aguja de reloj, en cierta iglesia de Córdoba cuyo nombre reservo. Como todos los templos de esta ciudad sagrada, esconde un libro mudo que nos desafía a descifrarlo a sabiendas de que el misterio es impenetrable.

Pero como estas líneas son apenas una “noticia”, iniciaré un avance a tientas por los alrededores de algunos símbolos casi sin latido, apenas desligados de su materialidad. No parece difícil: sólo hay que bajarse del viejo jamelgo del análisis y,  como decía León Bloy, “arrodillarse para escuchar el canto del corazón”. Habrá que mirar con ojos nuevos las efigies de los santos. No son solo materia pintada, son figuras. Son tropos “en acto” que se nos ofrecen como soportes materiales para el salto metafísico.

De la mano de los más humildes, de aquellos cuya ignorancia nos asombra, emprendamos, sin más, con arte de saltimbanqui, el salto al misterio. Ellos saben que el misterio es infranqueable pero rodeado de luz. No se entretienen, entonces, “pelando la cebolla para encontrarla”. Emprenden el camino, levantan vuelo desde los suburbios de la “docta ignorancia”.

Les cuento un secreto. Si comienzan a avanzar por la nave derecha de la iglesia que digo, se encontrarán, a cada paso, con puntos de tensión, con pasajes enterrados que son abismos, con imágenes inquietas, recién salidas del corazón, que parecen hablarnos, pero sin voz. A veces nos miran con una mirada que habíamos olvidado. A medida que caminamos, en cada altar nos asalta alguna palabra agazapada: providencia, luz (partícula indestructible del alma de la materia), rayos de gracia que descienden de lo alto, energía radiante del corazón (luz y calor). Cada palabra llama sin cesar, desnuda sus significados y esconde sus sentidos. A veces se abre, pero como una rosa azul. ¿Una rosa azul? Esa extraña epítesis deja resonando una nueva palabra: imposible. Estoy frente a la figura de Santa Rita de Casia, con la espina y la rosa, con la llaga como un rubí sangriento en su frente. ¿Quién era Rita?

2.- La espina y la rosa

Rita (1381) nació cerca de Casia,  Italia. Era época de guerras, terremotos, conquistas, invasiones, rebeliones y corrupción. Su vida estuvo marcada por milagros: lo imposible se volvía posible.

Sus padres analfabetos le inculcaron, por tradición oral, la sabiduría de la religiosidad popular. Nunca fue a la escuela, pero Dios le concedió la gracia de leer milagrosamente. Cuando era pequeña, mientras sus padres labraban la tierra, la dejaron sola en su cuna y fue cubierta por un enjambre de abejas que, extrañamente, no la picaron. Un campesino, que se había herido la mano con la hoz, corría, desolado, buscando quién lo cure. Cuando pasó junto a la cuna de Rita, vio zumbar las abejas sobre el cuerpo de la pequeña e intentó espantarlas. Con gran estupor, mientras sacudía las manos para alejarlas, la herida cicatrizó completamente. Según la  tradición, Rita tenía una precoz vocación religiosa y era visitada por un Ángel cada vez que se retiraba a rezar en un pequeño desván. Sin embargo, sus padres, ya viejos, le escogieron un esposo y ella, apenas adolescente, obedeció.

El marido resultó ser bebedor, mujeriego y maltratador, pero Santa Rita se mantuvo fiel y en oración. Parió dos gemelos que heredaron el temperamento del padre. Tras veinte años de casados, el esposo se convirtió, Rita lo perdonó y lo acercó a una vida más piadosa. Pero, como antes de su conversión el esposo tenía malas juntas, cierta noche, no regresó a casa. Al día siguiente, lo encontraron asesinado.

Los hijos juraron vengar la muerte de su padre y la pena de Santa Rita aumentó más. Ni sus súplicas los hacían desistir. Afligida,  rogó al Señor que salvara las almas de sus hijos y que tomara sus vidas antes de que se condenaran por semejante pecado mortal. Y ocurrió que ambos contrajeron una terrible enfermedad y antes de morir perdonaron a los asesinos. Cuando Santa Rita estuvo sola, tenía poco más de 30 años y sintió renacer y madurar en su corazón el deseo de su vocación religiosa. Rita pidió entrar como monja en el monasterio de Santa María Magdalena, pero por tres veces fue rechazada: era viuda de un hombre asesinado. La leyenda narra que Santa Rita logró superar todas las barreras y las puertas cerradas gracias a la intercesión de: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino que la ayudaron a emprender el vuelo del “Escollo” hasta el Convento de Casia, en un modo para ella incomprensible. Las monjas, ante el prodigio, la acogieron entre ellas y allí Rita permaneció cuarenta años sumergida en la oración.
Fue sometida a duras pruebas por la superiora. Como obediencia, le ordenaron regar todos los días una planta muerta. La planta llegó a ser una vid floreciente que dio uvas que sirvieron para el vino sacramental.

En la cuaresma de 1443, fue a Casia un predicador que habló sobre la Pasión del Señor. La reflexión tocó mucho a Santa Rita y a su retorno al monasterio pidió al Señor participar de sus sufrimientos en la cruz. Recibió estigmas y las marcas de la corona de espinas en la cabeza. A diferencia de otros santos con este don, las llagas en ella olían a podrido y tuvo que vivir alejada de sus hermanas y la gente por muchos años.

Cuando quiso ir a Roma por el primer Año Santo, Jesús le quitó el estigma que tenía en su cabeza mientras duró la peregrinación. Al regresar a casa, volvió a aparecer la llaga y tuvo que aislarse nuevamente.

Los últimos años de su vida sufrió una grave y dolorosa enfermedad que la retuvo, inmóvil, sobre su cama de paja durante cuatro años. En este tiempo le mostraron unas rosas que brotaron prodigiosamente en su huertecito de Roccaporena en pleno frío invernal. Ella aceptó sonriente este signo como don de Dios. Por eso es la santa de la “espina” y de la “rosa”.

Murió en 1457. La herida de espina en su frente desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, que tenía deliciosa fragancia. Nunca la enterraron, su ataúd de madera fue reemplazado por uno de cristal y su cuerpo permanece incorrupto. Recién fue canonizada en 1900. Cientos de años después de su muerte, en el monasterio de Casia, las abejas blancas brotan, cada año, de los muros del monasterio durante Semana Santa y allí permanecen hasta la fiesta de Santa Rita. Las grietas del muro, donde los enjambres desaparecen hasta el año siguiente, pueden ser vistas por los peregrinos.

A partir de su muerte, los milagros se multiplicaron. Las más extrañas enfermedades hallaron cura: parálisis total, piedra en la “vejiga”, dificultad de palabra, heridas incurables y en putrefacción, abscesos en garganta, locura, huesos rotos, llagas, hemorragias, posesiones de “espíritus inmundos”, peste y cáncer de garganta: Santa Rita, Patrona de lo Imposible.

3.- Pescar según anzuelo y carnada

¿Qué iniciado tramó, en alguna Legenda Aurea o en un Flos Sanctorum,  la extraña peregrinación de Santa Rita por el bosque de símbolos de la tradición?

Frente a su imagen, la mayoría de sus devotos portan en sus rostros las huellas de los trabajos y los días, de la explotación y la miseria. Mujeres de vestidos gastados y ruedos sucios cargan los estigmas de su condición y de su género. Como Santa Rita, mujer golpeada, son portadoras de las señas del maltrato y la discriminación. Unas ruegan y lloran; otras, ríen y agradecen. En recortes de papel arrugado, escriben, con manos paspadas, peticiones imposibles. Es una escritura llena de tropezones gráficos, de trazos gordos y de inquietudes urgentes. También hombres de manos rudas y rostros impasibles descargan su energía ancestral sobre la imagen. Todos “toman gracias”.

La fricción ritual ha erosionado el cuerpo de la santa: manos y dedos gastados, pies mutilados, nariz desleída, rosas despintadas. Cristo descarna su desnudez asediada. Hace siglos que el pueblo deposita su energía y su esperanza en esos tropos siempre callados pero sordamente balbuceantes. Son portadores de una fe. Según San Pablo, “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He 11.1).  Recuerdo, de golpe, al Gral. Perón, cuando tras dieciocho años de exilio, anunciaba que “nuestro punto de partida” en el camino de la reconstrucción y liberación del hombre y de la patria, era la fe.

Surge, entonces, una pregunta: ¿aliena la fe? Pertenece a una familia rara de palabras: fiar, confiar, fiado y cuántas más. Si no hay “fe”, no hay “confianza”; si no hay confianza en el otro, no hay amistad, no hay compañerismo, no hay amor. Tampoco esperanza. Es decir, certeza de lo que está por venir.

Para la cultura capitalista, individualista, el otro es un competidor. Nadie le da “fiado”. Nuestras madres solían decir que nunca había que negar un trozo de pan, un poco de yerba y azúcar al mendigo, al croto que tocaba la puerta. Ese pordiosero (pedía “por Dios”), aseguraban, podía ser un ángel. No habían leído la Biblia, no tenía cura el pueblo, pero ellas podían deletrear, por misteriosas señales, el “anhélito” de un ángel, el “regüeldo” de un diablo.

Hemos perdido la facultad de percibir lo numinoso, lo “otro real”; y por eso nos debatimos en remezones de angustia. Hasta Marx decía que, si bien la religión era el opio del pueblo, era, a la vez, expresión de su rebelión. La peregrinación va tejiendo extraños caminos. Ahora recuerdo a Rodolfo Kusch. El “hedor” como signo de América le fue revelado “tras la fatiga de un largo peregrinaje”. Aconteció en el Cusco, ombligo o centro del mundo, cuando ascendía penosamente hacia la vieja iglesia de Santa Ana construida cerca de las ruinas de un “adoratorio dedicado a Ticci Viracocha”. Fue la revelación de la “pequeña verdad de lo que realmente somos”, verdad reprimida a lo largo de nuestra historia individual y social. Ponerla en vigencia, supone un acto de fe en la potencia sepultada en los cuerpos lacerados y hedientos.

Ciertamente, la historia no se escribe con la punta de la espada ni con el alfabeto de la civilización dominante. Está inscripta en el corazón del pueblo y hemos perdido el secreto de sus latidos. Por eso andamos en busca de la palabra perdida, sin voz ni voto.

Regreso a peregrinar por la vieja iglesia cordobesa. Busco a la doliente y luminosa Santa Rita. Ya casi no hay pueblo a su alrededor. La efigie ha sido restaurada. Pies, manos, nariz, rosas, crucifijo, estigma, lucen un esmalte brilloso y chillón. Tampoco hay cédulas con impetraciones y agradecimientos. La eternidad histórica del pueblo se ha retirado. Se ha llevado la “egrégora”, es decir, la fe como energía viviente de los ritmos vitales y de los ritos.

¿Qué ha sucedido? La santa no solo ha sido repintada. Ahora  ha sido demorada por merodeo y permanece presa y en exhibición en un calabozo de acrílico. No hay exvotos. Solo una alcancía blindada con una hendija calculada para recibir, no solo monedas, sino también billetes. Persisten, sin embargo, fulgores, ínfimos refucilos del poder numinoso. Sobre el acrílico, titilan manchas de dedos grasosos, huellas digitales de la poderosa cultura popular. Ritmos, ritos, gestos

Los levitas se han reservado las ofrendas, han censurado los símbolos, se han vuelto analfabetos para rastrear las huellas del Verbo en el corazón del pueblo. ¿Habrán masticado las advertencias de Francisco sobre las enfermedades secretas del cuerpo eclesiástico que le impiden vivir “los sentimientos de Jesús”? ¿Habrán perdido el poder de la palabra que arroja demonios y la facultad de bendecir y multiplicar el pan que hace compañeros a los hombres? ¿Y si el Contracristo no es en realidad un cuerpo individual y futuro, sino un sistema, un cuerpo moral, y ya está entre nosotros?

Palpito que las preguntan me acogotan, busco una salida a los hondos gruñidos de mis adentros, busco el umbral del alba. Balbuceo, entonces, este soneto, melopea insomne, en honor de Santa Rita bendita, patrona de lo imposible, compañera fiel en la espera de lo que está por venir y que inexorablemente se cumplirá.


SANTA RITA BENDITA

(Ante la imagen de Santa Rita, Patrona de lo imposible)

Monjita o ángel con los pies gastados

por el llanto y sudor de los sufrientes,

es Cristo el que te besa y lo que sientes

es su espíritu ardiendo en los cansados

dedos mártires, tactos arrugados.

Humildes manos piden que apacientes

su dolor con tu cruz; que las simientes

de tus rosas perfumen los llagados

entresijos de muerte que en los hijos

del pueblo el odio abona; y la injusticia

pone en la cuenta de sus plazos fijos.

¡Santa Rita bendita, lo increíble

es pan del día, horror de la avaricia,

cuando tu fe se abisma en lo imposible!

Jorge Torres Roggero

Versión 2015-08-07