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Imagen (34)por Jorge Torres Roggero

Arturo Jauretche suele sorprendernos con el humor como un modo de encarar ciertas tragedias que nos azotan. A veces, una humilde parábola se convierte en fuente cierta y abarcante de sabiduría. Cuando lleguemos al final de estas líneas Uds. van a descubrir que nada nuevo se esconde en una polémica actual: ¿deben intervenir las fuerzas armadas en la seguridad interior?, ¿en qué circunstancias se desata impunemente este deseo oculto de la oligarquía?

Hubo una época de nuestra historia en que el odio creció como yuyo malo y echó raíces en el alma de la Patria. Ello ocurrió durante la Revolución Libertadora que sembró vientos de terror y muerte en su intento de borrar el nombre peronista de la historia. Se trataba de infundir miedo mediante la tortura de los cuerpos y la intoxicación de la vida cotidiana con la mentira. Por eso, antes de la historia del pez que se ahogó en el agua, veamos una realidad que parece más un delirio que un acontecimiento histórico.

El sujeto se llamaba Próspero Germán Fernández Alvariño. Aunque no era militar, se hacía llamar Capitán Ghandi. Y en sus momentos de mayor fervor asesino: “Leoncito de Dios”. Actuaba en yunta con el capitán de navío Aldo Luis Molinari, subjefe de la Policía Federal (¡atención!) durante el primer genocidio del S.XX: la Revolución Libertadora. Desde sus abismos más profundos, Fernández Alvariño profesaba un odio visceral al peronismo. Era integrante de los servicios de inteligencia y tenía por misión perseguir, detener, torturar y asesinar peronistas. Su tarea era avalada por la Junta Consultiva presidida por el vicepresidente de facto, el Almirante Isaac Rojas, y formaban parte de ella civiles radicales, socialistas, demócratas progresistas, demócratas nacionales, demócratas cristianos y unionfederalistas. El Capitán Ghandi presidía, asimismo, una Comisión Investigadora. Las Comisiones Investigadoras, que también eran integradas por militares y civiles, tenían por objeto, como su nombre lo predica, investigar la corrupción y los crímenes de la “tiranía depuesta”. Una Comisión Central, presidida por Leonardo McLean, otro marino de guerra de igual rango que Rojas, coordinaba la caza de brujas. Fue este marino el que publicó el Libro Negro para dar cuenta de sus “investigaciones”. Con el lenguaje enfático, típico de los ángeles exterminadores de la oligarquía, exponía las motivaciones del informe: “Queríamos llegar a la limpieza total de los gérmenes del oprobio para que los gobiernos políticos venideros comenzaran su tarea en una atmósfera incontaminada…” Es el famoso cambio de cultura, el grado cero de la impunidad.  También daba cuenta del trabajo de los servicios, informantes y delatores. Sólo en la Capital Federal,  se elevaron a la Justicia 314 sumarios y se pusieron a su disposición 1045 procesados. El marino se ufanaba de que el organismo a su cargo había recibido 15.119 notas y expedientes y contó con la colaboración de 2500 personas. (Pág.12,19/09/2010).

En otras palabras, era el modo, en plena vigencia del decreto 4161, de apropiarse de la fama, de la libertad y los bienes de los peronistas y de muchos que nunca lo fueron. Recordemos el heroico martirio de Atilio Renzi, el secretario de Eva Perón en la Fundación, que la acompañó en su lecho de muerte y padeció largas prisiones. Al final, demostró que era incorruptible, leal y entregado totalmente a la ayuda social. Hasta las humildes distinciones que le había otorgado el Club Ferrocarril Oeste le fueron quitadas. ¿Y qué decir del Dr. Ramón Carrillo, el gran ministro y sanitarista, que murió en el exilio, en un desolado pueblo brasileño? La Junta Consultiva lo persiguió después de muerto pues prohibió enterrarlo en Argentina. Los ejemplos son miles.

Se impuso así un odio metódico y organizado al pueblo peronista que sólo fue la reiteración en la historia argentina de la ley del odio, A la oligarquía,  todo lo que huele a nacional y popular le revienta el hígado y lo considera delictuoso. Ya en el Martín Fierro está clara la cosa. Sólo que en el texto hernandiano en lugar de “chusma radical” o “negros peronistas” se dice, con el lenguaje de época, “gaucho”. Para la oligarquía ser pueblo es un delito: “El anda siempre juyendo,/ siempre pobre y perseguido;/ No tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito;/ porque el ser gaucho…¡barajo!/ el ser gaucho es un delito”.

Este odio descerebrado había llevado al Capitán Ghandi a concebir la peregrina hipótesis de que Perón había matado  (o había ordenado matarlo) a su cuñado Juan Duarte, hermano de Evita. En busca de pruebas, dedicó los esfuerzos de la Comisión Investigadora que integraba a este caso. Desenterró el cadáver de Juan Duarte, le cortó la cabeza y se paseaba con ella por la Jefatura de la Federal. Practicaba su oficio de torturador con la cabeza del difunto sobre el escritorio cuando quería “hacer cantar” a los peronistas aunque nunca lo logró. Téngase en cuenta que todos estos crímenes eran blindados por lo que entonces se llamaba Prensa Libre ( La Prensa, La Nación, Noticias Gráficas, Radio Colonia, etc.), o sea, el equivalente al ocultamiento mediático de la corrupción del gobierno actual; y, por cierto, el reiterado silenciamiento de la impiadosa entrega de la Patria al imperialismo internacional del dinero.

Esta muestra descarnada de odio al peronista, que ahora tiende a reciclarse, eran ejercida tanto por psicópatas como el Capitán Ghandi como por la crema de los “intelectuales libres”. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares odiaban al peronismo porque lo consideraban un “despliegue de vulgaridad” canallesca. Bioy confiesa: “Con Borges decíamos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego, no basta se antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona”(2006,194). Borges se refiere con impiedad a los peronistas fusilados y torturados por la Revolución Libertadora: “Después la gente se pone sentimental porque fusilan a unos malevos” (1974,90). Lo dice el 26/06/1956 y se está refiriendo al fusilamiento del Gral. Juan José Valle, al de sus camaradas y a la matanza de los masacrados de José León Suárez.

Pero, dirán Uds., ¿por qué este retazo trágico del odio al peronismo si lo que voy a entregarles es una hilarante parábola de Arturo Jauretche? Si han observado el relato, habrán notado que la historia implica ciertos reflejos de actualidad para nosotros. En efecto, de nuevo se pretende implicar a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior, de represión y detención de personas. Por eso, creo que la nota del editor del libro Filo, contrafilo y punta de Jauretche, de donde tomamos la fábula, me exime de ampliar contextualizaciones. Recuérdese que el militar que sostenía y co-actuaba con el Capitán Ghandi, era un capitán de navío y que las Comisiones Investigadores eran integradas por marinos de alto rango.

Esta es la nota del editor: “En un momento de la Revolución Libertadora gran número de oficiales de la marina pasaron a desempeñar funciones policiales. Fue la época increíble en que el capitán Ghandi disponía de la libertad y la vida de los argentinos respaldado por las fuerza de mar. En esas circunstancias las dos más grandes unidades de nuestra escuadra chocaron con grandes averías en puerto militar como consecuencia de impericias en la conducción de las mismas. De aquí el cuento cuya moraleja encontrará el lector”. Dicho esto, disfrutemos la historia del “El pescado que se ahogó en el agua”. Al comienzo, lo he sintetizado sin cambiar su sentido.

  1. El pescado que se ahogó en el agua

El arroyo de La Cruz había crecido por demás. Al bajar, quedó la orilla llena de charquitos. Por ahí pasaba, al tranquito de su caballo, Gumersindo Zapata, comisario de Tero Pelado. Algo brillante se movía en un chaquito. Se apeó y vio que era una tararira: “pescado redondo, dientudo y espinoso, tan corsario que no deja vivir a los otros”. Gumersindo se agachó, la sacó del charco y, de un galope, llegó a la comisaría. Pidió el tacho de lavarse “los pieses”, lo llenó de agua y tiró adentro la tararira.

“El tiempo fue pasando y Gumersindo cuidaba todos los días de sacar el “pescado” del agua primero un rato, después una hora o dos, después más tiempo aún. La fue criando guacha y le enseñando a respirar y a comer como cristiano. (…) El aire de Tero Pelado es bueno y la carne también, y así la tararira, criada como cordero guacho, se fue poniendo grande y fuerte.

Después ya no hacía falta ponerla en el agua y aprendió a andar por la comisaría, a cebar mate, a tener despierto al imaginaria y hasta a escribir prontuarios. En lo que resultó muy sobresaliente fue en los interrogatorios; muy delicada para preguntar, sobre todo a las damas, como miembro de comisión investigadora: “¿Cuántas bombachas tenés?” Igualito que otros.

Gumersindo Zapata la sabía sacar de paseo, en ancas, a la caída de la tarde. Esa fue la desgracia. Porque, una ocasión, cuando iban cruzando el puente sobre el arroyo de La Cruz, la pobrecita tararira se resbaló del anca y se cayó al agua. Y es claro, se ahogó.”

Nótese la alusión a la “comisión investigadora” y el tajante: “Igualito que otros”, alusivo al capitán Ghandi y los de su laya. Considérese que, en épocas de represión, una de las figuras más usadas es la alusión ( “ad-ludere”, jugar alrededor).

Y ahora, la enseñanza jauretcheana: “Que es lo que le pasa a todos los pescados que dedicados a otra cosa que ser pescado se olvidan de que tienen que ser eso: buenos pescados. Cosa que de por sí demanda mucha responsabilidad”. Así termina el cuento. Jauretche, pone una moraleja referida al uso de las fuerzas armadas para aquello que no constituye su razón de ser. Pero, como habrán visto, podemos dejar hallar otros sentidos latentes. Y eso, corre por nuestra cuenta.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 08/10/2018

Fuentes:

Bioy Casares, Adolfo, 2006, Borges, Buenos Aires, Planeta/Destino

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª.Ed., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Sorrentino, Fernando, 1974, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Ed. Casa Pardo

Veiga, Gustavo, https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-153421-2010-09-19.html

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por Jorge Torres Roggero

evitaEl odio feliz de Borges

Polemizando sobre literatura argentina, Borges resume la cuestión con este oxímoron festivo: “por eso creo que el hecho de que algunos ilustres escritores argentinos escriban como españoles es menos testimonio de una capacidad heredada que una prueba de la versatilidad argentina(1998: 198)”.

Ahora bien, una búsqueda que profundice una precaria contextualización nos enfrenta a un cierto antagonista oculto de Borges, cuya irrupción en una disputa académica puede suscitar escrúpulos metodológicos y fervorosas peticiones de impertinencia. Ese polemista oculto ( Borges elude nombrarlo para descalificarlo como interlocutor) es el principal objeto del “odio feliz” que organiza sus ensayos, es el fantasma (creación mental) que espanta al círculo guardián del prestigio intelectual de las minorías cultas de mediados del siglo pasado. Igual que al  Maligno, no se lo nombra. ¿Quién es el polemista oculto? Contextualicemos.

En un conocido cuento, H.A. Murena[i]  relata cómo una aparición repentina produjo desagrado y seducción a la vez. Un coronel de “brazos y cuello tal vez ligeramente cortos”, de “movimientos desenvueltos” y “expresión jovial” aparece de golpe en el velorio de un general y se dedica a inventar juegos y entretenimientos fuera de lugar. Olvidados de la pesadumbre, los asistentes se entregan a “articular palabras con la boca cerrada, pero de modo que, a través del sonido nasal, resultasen inteligibles”. El “patio se llenó de ruidos extraños, grotescos y hasta repugnantes”. Las frases parecían tener “un sentido obsceno” que el narrador no alcanzaba a entender. El coronel, desconocido para todos, impresiona por la “fascinación” que ejerce, ante maridos tolerantes y casi complacidos, sobre las mujeres. Hasta el abatimiento de la muchacha que está velando a su padre  parece olvidarse de su parentesco con el muerto. De pronto, el narrador,  un militar retirado por los sucesos del año 30, comienza a percibir  que la piel de ese otro desconocido y seductor, “había tomado un color oscuro, terroso”. Cuando el recienvenido se quitó el saco, siente llegar hasta él “una vaharada de olor fuerte, ácido, acaso a sudor demasiado concentrado”. Cuando por fin logra salir, el coronel insiste en acompañarlo un trecho y le va destinando frases provocativas e hirientes. La cara de ese otro impertinente “era muy oscura, demasiado oscura ya”, llena de pelos. Además, parecía más bajo y más hinchado. Durante el sepelio, todos parecen haberlo olvidado. Abochornados, hacen como si no hubiera existido. Sin embargo, cuando al día siguiente,  el narrador acude a la casa del muerto, “sintió un olor punzante”. La hija lo atribuyó al exceso de flores, pero  el relator  sabía que “era el mismo olor ácido, vagamente fétido, que había sentido cuando en aquella noche mi acompañante se había quitado el saco”.

Ciertamente, la alusión al líder y a los rituales de la masa peronista son más que evidentes. No hay ruptura discursiva entre este cuento y El Matadero de Echeverría: lúcida transparencia de una clase, en un mismo lugar histórico[ii].

El polemista oculto

El auditorio de Borges tiene claro que el polemista oculto es sobre todo Juan Domingo Perón. Aunque parezca extraño, Borges, en cuestiones de literatura, historia y cultura, y mediante el uso de los sobreentendidos de su clase, ensaya respuestas incesantes a algunos discursos llamados “académicos” de Perón[iii].

El primero fue pronunciado nada menos que en la Academia Argentina de Letras[iv] con motivo del Día de la Raza y en homenaje a la memoria de Don Miguel de Cervantes Saavedra en el Cuarto Centenario de su nacimiento (1947). El segundo, fue pronunciado cuando las universidades argentinas  otorgaron al Presidente el título de Doctor “Honoris Causa” por su obra a favor de la Cultura Nacional (14/11/1947) [v]. En ambos textos Perón profiere una taxativa defensa de la tradición hispano-criolla ante “las corrientes de egoísmo y las encrucijadas del odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe”. A la fuerza y al dinero, Argentina, “coheredera de la espiritualidad hispánica”, “opone la supremacía vivificante del espíritu”. Cobra así sentido homenajear a Cervantes en el Dia de la Raza como triunfo de una concepción que impulsa a asumir riesgos por el “bien y la justicia”. El “jugarse enteros” es una empresa gaucha que “ostentan orgullosos los quijotes de nuestras pampas”.

Rechaza el concepto biológico de raza y sostiene que es “algo puramente espiritual” que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por “nuestro origen y nuestro destino”. Es un “sello personal indefinible e inconfundible”. Queda claro quién era el polemista oculto: era un coronel “sin nombre”, sin progenie, que hablaba en nombre de unos cabecitas negras ignorantes y bárbaros que se habían adueñado de las “instituciones de la República”.

Ahora bien, la amenaza devenía en que no sabían “nada a su respecto”[vi]. La irrupción del coronel desconocido infiere un tajo a  la tradición militar y unitaria:  como antaño el federal José Hernández, en Buenos Aires, donde todos se conocían, no causaba impresión. Lo  curioso es que el coronel, así como Borges organiza y administra la herencia estética y social permutando signos y fatigando el código, prestidigita  las creaciones libres del campo social echando mano a las reservas morales de la cultura occidental. Curiosamente, ambos profesan creencias y rituales de la historiografía liberal.

Para la mentalidad del grupo social de Borges los antepasados hablan constantemente y forjan la identidad individual y social. En ese sentido, nos permitimos recordar un interesante texto de Mariano de Vedia y Mitre en su biografía del Deán Funes[vii]. Allí sostiene que toda criatura humana hace el camino de la vida acompañada de huéspedes interiores: “Todos llevamos dentro de nosotros mismos, sin sospecharlo quizá a veces por hallarse en los lindes de la subconciencia, a los antepasados que son nuestra propia tradición y nuestra propia historia” […..] “Por mi parte, he hecho el viaje de la vida en compañía de mis propios antepasados, de quienes asistieron y no como simples testigos, al nacimiento y la formación de la patria”(1954:647.648).

Ahora bien, la progenie de Perón carece de nombre en esa historia. Es un recienvenido en quien no se sabe quién habla: o la algarabía de un reciendesembarcado inmigrante o una india lenguaraz[viii]. En ambos casos, caterva anónima  que desconocen lo que se “cifra en el nombre”. Mariano de Vedia y Mitre  nos advierte acerca de hombres deshabitados de huéspedes interiores: “Los desheredados de la tierra, los que sufren el hambre y el dolor de muchas injusticias sociales, no llaman siempre a sus huéspedes interiores por un movimiento de afinidad y simpatía. Muchas veces evocan esas imágenes secretas y aun ignoradas golpeados por la desesperación y aun por el odio que hicieron nacer en su alma figuras de exterminio, a veces de redención”(1954: 647) .

Por lo tanto, Perón no debe ser nombrado porque en él no hay nombres: “Yo pensaba todas las mañanas: ese hombre de cuyo nombre no quiero acordarme, está en la Casa Rosada”[ix]: “Ni Perón era Perón, ni Eva era Eva, sino desconocidos y anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología” [x].

Su única resistencia era aludirlo en las conferencias que daba “siempre con alguna burla”. Borges odiaba a Perón y odiaba al peronismo por considerarlo un despliegue de vulgaridad [xi].

Pero he ahí que el repudiado advenedizo inviste, paradójicamente, la máxima jerarquía militar y cívica. No era un patricio. Su poder residía en un sujeto histórico sin nombre o que, hasta ese momento, sólo había sido nombrado con los signos del desprecio. Ese sujeto cultural era el operador anónimo de la gesticulación y los códigos de ese mestizo abierto a la modernidad tecnológica y social.

Juan Perón, Eva Duarte[xii], hijos “del viento”, fundan su prosapia en la masa sin nombre y eligen como lugar y estancia el torbellino de la multitud. Fue en medio de la plaza (el patio), del griterío espantoso del 17 de octubre, en que cumpliendo una sentencia borgeana, supieron para siempre quiénes eran. Borges, que se vanagloriaba, como Mármol, no de sus prisiones, sino de la confortable estadía de su hermana en una comisaría,   alude sin cesar a un criollo y a un pueblo con mucho de entelequia infantil. Será por eso por lo que, en la continuidad de su curiosa polémica con el peronismo, terminó por abominar desde el fútbol hasta la parrillada: “La parrillada es inmunda” […] “Me acuerdo el reto que me dio mi padre el día que le conté que había estado en el Mercado del Abasto y había comido chinchulines y parrillada. Me dijo: “¿Pero no te da vergüenza a vos? ¡Un criollo comiendo esas cosas! Esas cosas se reservan para los mendigos y para los negros. Ningún señor come esas cosas”. La verdad es que son inmundas. Son las vísceras de los animales, la parte más innoble”. (En: Stortini;1986: 169).

El enunciado anterior, no es mera banalidad. Sin embargo, el odio expreso a Perón, suyo, familiar, social y de los huéspedes interiores, era el modo de concentrar en un emblema el desprecio hacia su propio pueblo. Por eso sus conjuros, su amor sin suelo a Buenos Aires, su espanto.

La letra con sangre

Llegamos así a  dos de los episodios más tristes del S.XX argentino: los golpes militares de 1955 y 1976 y su corte de acólitos civiles. Figura prominente de la intelectualidad antiperonista, Borges relata su primera visita a un presidente de la República y no ahorra sorna para los cabecitas negras en un día emblemático: Poco después -declara-  el 17 de octubre, fui con un grupo de escritores a saludar al General Lonardi (…)Estábamos en la Plaza de Mayo, había tímidos peronistas en las esquinas que, de vez en cuando, alzaban los ojos al cielo esperando un avión negro, según se decía. Yo pensé: “Qué raro. Voy a entrar a la Casa Rosada. En la Casa Rosada no está el dictador y por primera vez en mi vida, va a darme la mano un presidente de la República…Todo esto tiene algo de sueño” [xiii].

De esa entrevista salió con el cargo de Director de la Biblioteca Nacional por petición de la revista Sur, la SADE, la Sociedad Argentina de Cultura Inglesa y el Colegio Libre de Estudios Superiores, aquel en que dictó su famosa clase.

Veintiún años después, también poco después de un golpe militar, vuelve a darle la mano a un presidente de la República. El diario La Prensa (20/05/1976) cronica una conversación de dos horas de un grupo de escritores con el General Videla. Son Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Leonardo Castellani y el presidente de  SADE, Horacio Esteban Ratti. Van a solicitar cargos y prebendas para los escritores. Voy a obviar las declaraciones de Sábato que afirmó que se llevaba un impresión excelente de Videla y lo consideró “un hombre culto, modesto e inteligente”. Los periodistas debieron recabar estas declaraciones en la vereda del Banco de la Nación porque ni siquiera los dejaron acercar a la explanada de la calle Rivadavia “de donde fueron conminados a retirarse”.

Borges, en una comunicación posterior, declaró que fue una “reunión muy grata y que el presidente le pareció una persona simpática y amable”. “Le agradecí personalmente -agregó- el golpe del 24 de marzo que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado la responsabilidad del gobierno”. El presidente de la Nación -dice la crónica- “se mostró satisfecho con los representantes de la cultura argentina”.

Sólo Leonardo Castellani se excusó de formular declaraciones. Es vox populi, que el único de los representantes de la cultura argentina que se animó a reclamar por los escritores desaparecidos (Haroldo Conti) fue este poco estudiado escritor que, además, era cura, nacionalista y no peronista.

Y aquí viene el cierre con el marco del segundo epígrafe elegido. Es el de George Steiner y se los recuerdo: “Sabemos que algunos de los hombres que concibieron y administraron Auschwitz habían sido educados para leer a Shakespeare y a Goethe, y que no dejaron de leerlos”.

Abro, sin embargo, esta otra posibilidad de cierre. Borges, Marechal, Scalabrini, cómplices generacionales, coincidieron hasta el final en algo: reconocer  como amigo y maestro a Macedonio Fernández. Es más, la última vez que Borges y Scalabrini compartieron un lugar y una tarea, fue en febrero de 1952. Ambos hablaron ante los restos del maestro. Borges asegura que recordó algunas bromas de Macedonio; Scalabrini, en tono más angustiado, aludió a las profundidades de un pensamiento capaz de armonizar metafísica y humorismo. Según las malas lenguas, Macedonio se había convertido al peronismo[xiv] .

Jorge Torres Roggero

NOTAS:

[i] Cfr. “El coronel de caballería” en: Murena, H.A., 1974, El coronel de caballería y otros cuentos, Caracas, Editorial Tiempo Nuevo.

[ii] El coronel es Perón; el patio, Plaza de Mayo. Nuevos códigos de comprensibilidad: ruidos extraños, grotescos, obscenos. Rituales: quitarse el saco. Hedor: componente social, masa sudorosa.

[iii] Perón, Juan Domingo, 1973, Una comunidad organizada y otros discursos académicos, Bs.As., Ed. Macacha Güemes.

[iv] Rodeaban a Perón: María Eva Duarte, el embajador español José María de Areilza, los miembros del poder ejecutivo, los académicos de número. Además, miembros del Cuerpo Académico y representantes de instituciones culturales y universitarias. Carlos Ibarguren era el presidente de la Academia y Arturo Marasso se refirió a la obra cervantina.

[iv] El tercer discurso académico, de tono universalista, es el pronunciado en el Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 9/4/1949)

[iv] Murena (1973: 11)

[iv] Vedia y Mitre, Mariano de, 1954, El Deán Funes, Buenos Aires, Ed. Guillermo Kraft

[iv] Emilio J. Hardoy compara a Rosas y Perón: “ En Rosas prevalece la herencia moral del conquistador español implacable con moros y herejes, duro y cruel con sus siervos, pero también consigo mismo. En cambio en Perón prevalece el legado araucano, duro y cruel solamente con los demás, falso y flojo, codicioso y audaz (…) en el hombre Perón aparece el araucano cuya sangre recibió de su madre mestiza Juana Sosa…”. Bonifacio del Carril: “Simulaba con una facilidad evidentemente heredada de sus antepasados. El discurso que Lucio V. Mansilla puso en boca del cacique Mariano Rosas (Excursión. Cap.LII.) parece escrito por Perón” (Sidicaro: 1996, 82-83)

[iv] En revista PAJARO DE FUEGO, setiembre de 1977. Cit. en Galasso, Norberto, 1988, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens

[iv] Cfr. EL CRONISTA, 10/1201975; cit. en Galasso (1998: 152)

[iv] Galasso (1998:149)

[iv] En diferentes ocasiones fue llamada por Borges “dama de burdel”, prostituta, p….(sic). Cfr. Galasso; cfr. et. Stortini, Carlos R., 1986, El diccionario de Borges, Buenos Aires, Sudamericana

[iv] Sorrentino (1974:90). En 1956, Borges habla con impiedad sobre los peronistas fusilados y torturados por la Revolución Libertadora: “Después la gentes se pone sentimental porque fusilan a unos malevos”(29/06/1956). Advierte a Bioy Casares para que no firme un petitorio a favor de Sábato que ha renunciado como director de Mundo Argentino “tras denunciar torturas aplicadas a obreros peronistas”.( Bioy Casares, 2006, 176 y 181).

[v] El tercer discurso académico, de tono universalista, es el pronunciado en el Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 9/4/1949)

[vi] Murena (1973: 11)

[vii] Vedia y Mitre, Mariano de, 1954, El Deán Funes, Buenos Aires, Ed. Guillermo Kraft

[viii] Emilio J. Hardoy compara a Rosas y Perón: “ En Rosas prevalece la herencia moral del conquistador español implacable con moros y herejes, duro y cruel con sus siervos, pero también consigo mismo. En cambio en Perón prevalece el legado araucano, duro y cruel solamente con los demás, falso y flojo, codicioso y audaz (…) en el hombre Perón aparece el araucano cuya sangre recibió de su madre mestiza Juana Sosa…”. Bonifacio del Carril: “Simulaba con una facilidad evidentemente heredada de sus antepasados. El discurso que Lucio V. Mansilla puso en boca del cacique Mariano Rosas (Excursión. Cap.LII.) parece escrito por Perón” (Sidicaro: 1996, 82-83)

[ix] En revista PAJARO DE FUEGO, setiembre de 1977. Cit. en Galasso, Norberto, 1988, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens

[x] Cfr. EL CRONISTA, 10/1201975; cit. en Galasso (1998: 152)

[xi] Galasso (1998:149)

[xii] En diferentes ocasiones fue llamada por Borges “dama de burdel”, prostituta, p….(sic). Cfr. Galasso; cfr. et. Stortini, Carlos R., 1986, El diccionario de Borges, Buenos Aires, Sudamericana

[xiii] Sorrentino (1974:90). En 1956, Borges habla con impiedad sobre los peronistas fusilados y torturados por la Revolución Libertadora: “Después la gentes se pone sentimental porque fusilan a unos malevos”(29/06/1956). Advierte a Bioy Casares para que no firme un petitorio a favor de Sábato que ha renunciado como director de Mundo Argentino “tras denunciar torturas aplicadas a obreros peronistas”.( Bioy Casares, 2006, 176 y 181).

[xiv] Cfr. Galasso, Norberto, 1998, La búsqueda de la Identidad Nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens, p.145

por Jorge Torres Roggero

1.- Advertencia

evitaLas líneas que siguen forman parte de un extenso trabajo, que me pertenece, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”. El mismo será publicado en un libro de AA.VV. coordinado y compilado por el Dr. Pablo E. Heredia (UNC).

Los planteos fundamentales emergen de una atenta lectura de La negación en el pensamiento popular (Kusch) y Mi Mensaje (Evita). Por supuesto, contextualizados con el conjunto de la obra de ambos.  Los subtítulos de las diversas partes son: “La razón de ser”, “La dueña del corazón”, “Los héroes gemelos”, “La única fuerza que Dios dejó al corazón”, “Esbozo de una teología popular: el antidiscurso”, “Una poética de la sacralidad: la “sémina redentora”.

Tanto Eva Perón como Rodolfo Kusch, hablan desde la “abundancia del corazón”. Por eso confío en que este retazo del texto completo resulte inteligible y se erija como un homenaje a quien se definió así misma como “esperanza y vigía eterna de la revolución”.

2-. La conversión del clero y la hora de los pueblos

La contradicción entre razón simbólica y orden lógico es rebasada por el existir, por la intersección entre lo afirmado y lo negado. En ese tinku, en ese roce, estalla, no un conocimiento, sino una revelación. En realidad, cesa el dominio de las fórmulas y el operador seminal impregna todos los contenidos. Se enancha un área central cargada de sentidos en que la emocionalidad funciona como una fuente energética que relativiza cualquier contenido consciente y queda así en disponibilidad un sentido fundante. En otras palabras, se vincula así con el existir en que lo fasto es siempre acosado por lo nefasto que suele destruir su posibilidad de ser. Para superar esa contradicción es necesario que se concrete la negación como anti-discurso. Sin negación, en el plano del simple conocimiento profano, no hay revelación de lo sagrado[i]. En consecuencia, la emocionalidad aporta corazón y brinda una verdad que sirve para decidir.

El problema fundamental del pensar, postula Rodolfo Kusch, no consiste en conocer sino en que sirva para vivir. El pensar popular, ajeno a la lógica de las cosas, trabaja sobre contradicciones: “Implica, dice Kusch, una teología y esta, por su parte, tiene la misión de encontrar operadores seminales. Por eso en lugar de la afirmación, lo fundante es negar para lograr la revelación de lo sagrado”.

Frente al mero discurso y lo profano, el anti-discurso instaura una poética de la sacralidad que completa ciertos horizontes de totalización en los que el pensar se enreda con el vivir mismo. Ahora bien, un pensar que incluya el anti-discurso concluye por priorizar el estar sobre el ser. La verdad de lo dicho, entre discurso y anti-discurso, surge de un rebasamiento del existir.

Kusch sostiene que “la distancia entre Occidente y América es la que media entre el pensar culto y el pensar popular”. El pensar culto abstrae, cancela el aspecto físico y concreto de la cosa. Es un pensar sin realidad que, sumido en el desarraigo, no puede confesar “esto creo”. En otros términos, depende de los argumentos (o sea, del ser) y no de la fe (o sea, el estar); por eso carece de acción. El pensar popular, en cambio, actúa y toma posición. Validado por los operadores seminales, provoca la revelación: “Son fuentes energéticas que brindan la posibilidad de decisión y cargan de sentido el mundo”. Estos operadores sirven para que el sujeto, en cualquier circunstancia, diga “yo creo” como superación de la contradicción y rebasamiento de la oposición discurso/anti-discurso. Al pensar popular no le interesa si la proposición es verdadera o falsa, sino instalarse en el estar no más y lograr así la estabilidad existencial.

La lógica frígida se configura sobre una parte del pensar, pero renuncia a la posibilidad de “lograr la totalidad del pensar”. Dicha lógica, cuando se impone, bloquea intencionalmente los operadores seminales como fuentes de decisiones. En consecuencia, llamamos colonialismo mental al bloqueo del operador seminal: “La verdad del pensar, postula Kusch, está en la posibilidad de decidir y no en la afirmación”. No se renuncia a una lógica sino a su pretensión de “afirmar por exclusión”.

Por otra parte, el pensar popular se manifiesta en un estilo especial: el rito y los símbolos. La realidad se amplía ante la presencia de deidades favorables y desfavorables. “Las cosas llevan un no colgado al cuello”, dice Kusch. Pero la cultura popular brinda a sus integrantes un horizonte simbólico que les posibilita un proyecto existencial. En ese sentido, la lógica frígida es “solo un episodio de la lógica de vivir”.

Kusch niega las bases del filosofar occidental y se anima a decir: “En suma, existo, luego pienso y no al revés. Primero se da la posibilidad de ser y luego pienso (…) No pienso por pensar, sino que pienso como proyecto”.

Ahora bien, y en esto comienza a perfilarse la figura o tropos de Eva Perón, Kusch sostiene que la posibilidad de ser se realiza “a modo de sacrificio porque se somete a la negación para lograr la verdad”. Así sucedió con Eva Perón. Ella niega “la vida social” como sede de valores, honores y poder y se somete al sacrificio como acceso a la revelación. Lo afirmado (el proyecto de liberación) y lo negado (la vida social) se intersectan y crean un vacío. Pone trampas a la lógica frígida para que se revele la “lógica del vivir”. La negación gruñe en el solo vivir.

Se configura así una teología popular que, al negar, en el caso de Eva, “la vida social”, o sea, las cosas “como son”, transforma el mundo poblándolo de símbolos. La verdad, oculta tras confusas máscaras rituales, se satisface en el “área de la plegaria”. “La teología popular, postula Kusch, es una forma de llenar con algún género de racionalización la pregunta abierta por la verdad. Torna por eso verdadera la teología misma”. El sacrificio y la plegaria eligen los “dioses innombrables” y desechan la relación entre sujeto y objeto. En Eva Perón, esta dialéctica se construye, como se verá más adelante, mediante la contradicción odio/amor.

Volviendo a los vectores, y considerando el juego y contra juego causal/seminal, conviene aclarar que uno no excluye al otro. Ambos subsisten. Más aún, según Kusch, lo “criollo en América constituye en parte la conciliación de los dos vectores” y pone en duda una supuesta evolución de un vector al otro: “En América no hay progreso de uno hacia otro, quizá, porque no es natural el dominio de uno de ellos, sino que es lógico que ambos coexistan. Lo criollo concilia a ambos porque salva todo lo referente a las cosas, o sea a la relación sujeto-objeto, aunque sea a nivel de picardía, de tal modo que igual sostiene el otro vector como un área de plegaria siempre disponible, en donde se afianza la fe, la ética o la política popular”.

La razón mestiza, mezclada, es la expresión del estar siendo. Es mediadora y mediada a la vez, es un amasijo informe que, al no ser abstracto, manifiesta una razón universal concreta.

Ya he consignado la emergencia de la negación en la vida y del anti-discurso en los escritos de Eva Perón. “Para bien o para mal, dice, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle”. El resentimiento, como postula Kusch, es una constante en el sub-suelo social americano y Eva “siente y piensa como pueblo”. Por eso confiesa que no ha podido todavía (habla ahora en plural) renegar de “nuestro resentimiento con la oligarquía que nos explotó”. Eva Perón habla desde el nosotros, desde la “vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema o como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar desolación en el camino”.

Ella sólo reconoce dos palabras: odio y amor. ¿Cuándo odia? ¿Cuándo está amando?: “En el encuentro confuso del odio y el amor frente a la oligarquía de mi tierra, y frente a todas las oligarquías del mundo, yo no he podido tampoco encontrar todavía el equilibrio que me reconcilie del todo con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores”.

La rebelión indignada es un cruce (un tinku) fulgurante de vectores: entre “el veneno de mi odio” y el “incendio de mi amor”. Es una rebelión contra el privilegio de los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales.

Construye, entonces, las bases de una teología popular mediante la negación de la razón frígida. Para eso, denuncia que los jerarcas clericales son hombres fríos que padecen una inconcebible indiferencia. Carecen, además, de generosidad y de amor. Ello les impide reconocer que la doctrina de Perón se inspiró en la doctrina de Cristo. Por eso lo combaten sordamente aliados con la oligarquía. “Les reprocho, dice, haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados”. Y reitera: “Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas…olvidándose del pueblo…y les reprocho haber hecho lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan”.

Eva Perón invierte los sentidos de la vida social religiosa. Cristo “no es compatible con la oligarquía y el privilegio”. Si el clero quiere salvar al mundo de su decadencia espiritual, deberá “convertirse al cristianismo” haciendo lo contrario de lo que hace. Tendrá que comenzar a descender al pueblo, “como Cristo, viviendo con el pueblo, sufriendo con el pueblo, sintiendo con el pueblo”.

Recurre, entonces, a la sabiduría del corazón. Advierte al clero que los años de Perón están pasando, pero no han despertado en su corazón una sola resonancia. Cristo les pidió que evangelizaran a los pobres, pero ellos abandonaron a la inmensa masa oprimida. El problema se agrava, además, porque los políticos clericales usan la Iglesia y la religión para dominar y explotar al pueblo. Niega, por tanto, “la fe del clero”, porque sirve a los políticos enemigos del pueblo cuando predica una “estúpida resignación”.

Eva trasciende su negación a la vigencia de las fórmulas y la eleva a una intensidad que bien podríamos llamar una poética de la fe: ¿“cómo puede conciliarse (el formulismo) con la dignidad humana ni con la sed de justicia cuya bienaventuranza canta el evangelio” ?: “La religión debe ser en cambio la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad…si no hubiese Dios…si no estuviésemos destinados a Dios…si no existe religión el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad”.

Eva se interna cada vez más en una poética de la sacralidad marcada por el corazón. Porque Dios existe, los hombres son libres e iguales. Ante él, nadie tiene privilegios: somos todos iguales. Niega la religión como instrumento de opresión de los pueblos y la exalta como “bandera de rebeldía”. Nadie podrá impedir que los pueblos tengan fe porque la religión está en su alma.

Levanta, entonces, lo que podríamos llamar el anti-discurso de la profecía. Acusa al clero de predicar la esclavitud y no la libertad y la justicia. ¿Cómo podrá la religión acceder a la alta intensidad de la “hora de los pueblos” que predica el peronismo? Eva Perón responde y su respuesta es un jirón del pensar total: “Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos”. Más aún, si el clero no se convierte, no verá la hora de los pueblos.

La religión, postula, no es una simple colección de fórmulas ni un vademécum de principios rígidos. La razón mestiza de Eva Perón se adentra en el pensar totalizador del corazón mediante el paso del yo al nosotros: el objeto de la fe es la realidad del otro. Por eso asegura: “yo vivo con el corazón pegado al corazón del pueblo y conozco por eso todos sus latidos”. La religión es para el hombre y no al revés. Para ello, debe ser profundamente humana y popular. La conversión del clero que proclama pasa por volver a “hablar en el lenguaje del corazón que es el lenguaje del pueblo, olvidándose de los ritos excesivos y las complicaciones teológicas también excesivas”.

El mensaje final a la jerarquía clerical es una convocatoria para no confundir la predicación de la fe con el apego a sus propios intereses. Por la “frialdad y egoísmo de sus almas”, el pueblo “les ha cerrado el corazón”. La fe es ardor, es fuego ardiente, ¿cómo la podrán sembrar en las almas unos predicadores de corazón seco y mentes marchitas? Sólo los sacerdotes humildes podrán calmar “la sed de Dios” de los pueblos.

Con el lenguaje de una teología popular que funciona como operador seminal de las energías profundas del pueblo, Eva Perón profetiza el destino final del clero y su apego a la razón frígida de la teología académica: “Dios exigirá algún día cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones…con mucha más severidad que a quienes con menos teología, pero con más amor nos decidimos a darlo todo por el pueblo…con toda el alma, ¡con todo el corazón!”

Eva Perón lo dio todo. Renunció a los honores de los poderosos para guardar el alma que trajo de la calle. Fue vilipendiada y calumniada. Vivió con el pueblo, sufrió con el pueblo, sintió con el pueblo. Se sometió al sumo sacrificio para lograr la verdad de su corazón, estuvo a la intemperie para ser. Y sus despojos dolientes fueron secuestrados y ultrajados.

Rodolfo Kusch, por su parte, insiste en sus últimos escritos[ii] en el mito de los héroes gemelos que descienden al infierno. Vivir en Maimará significaba, para él, habitar “los confines del imperio mental que se había inventado para vivir”. Allí se siente resguardado por los dioses, en el reposo del ombligo del mundo. Pero más allá de ese ombligo encontrado, se da el caos: “Y entre el ombligo y el caos está la frontera que tenemos tanto miedo de cruzar”. Del otro lado, el misterioso hecho de vivir: “el milagro de estar antes de ser”; del otro lado, “toda la vida”: “esa que aún no se ha desprendido de los dedos divinos”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26/7/17

[i] También Bajtin trata sobre la negación en la cultura popular. Asegura que no tiene jamás un carácter abstracto, lógico. Al contrario, ostenta siempre un carácter figurado, concreto, sensible. La negación modifica la situación del objeto y del tiempo. La nada del objeto es su otra cara, su reserva de sentido. Y este reverso, o lado bajo, adquiere una coloración temporal. El objeto aniquilado parece permanecer en el mundo, pero con una nueva forma de existencia en el espacio y en el tiempo (cronotopo), se convierte en alguna medida en el revés del nuevo objeto que ocupa su lugar. Esta negación cronotópica, al fijar el polo negativo, no lo separa del polo positivo. No es una negación lógica, pero da, de hecho, una descripción de la metamorfosis del mundo, del pasado al porvenir. Es un mundo que atraviesa la fase de la muerte que conduce a un nuevo nacimiento. Es la lógica de la inversión del símbolo. Cfr.: BAJTIN, Mijail, 1994, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Buenos Aires, Alianza Estudio.

[ii] Cfr. “Vivir en Maimará” y “Cuando se viaja desde Abra Pampa”. En: KUSCH, Rodolfo, 2007, Obras Completas, Tomo IV, Rosario, Editorial Fundación Ross. Cfr. et. Revista Silabario, Año XVII, N°17/18, Córdoba 2015 con una excelente introducción de Sabrina Rezzónico.