Archivos de la categoría ‘Eva Perón’

por Jorge Torres Roggero

eva oaz

1.- La obra como fuente de doctrina: la Fundación Eva Perón

Estas líneas persisten en lo que hemos llamado, en anteriores entradas, “el realismo feminista” de Eva Perón y el justicialismo. Sus actos y realizaciones, impulsados por energías generosas, dirigidos al bien común, enarbolaban la bandera de los oprimidos con espíritu constructivo, fraternal y apasionadamente patriótico. Sus orientaciones surgían de los profundos adentros de la cultura popular: todos se sentían parte de la obra de Juan y Eva Perón, todos priorizaban el derecho de los trabajadores a una asistencia mejor y digna de su condición humana. Las mayorías se sentían ejecutoras de  una nueva etapa cuyo capítulo inicial consistía en la dignificación del pueblo trabajador. El pueblo todo, hombres y mujeres, constituía una vanguardia creadora empeñada en reparar la injusticia mediante una reorganización económica dirigida a recuperar a las mayorías trabajadoras que sólo conocían las migas “del peremne banquete de los poderes ensoberbecidos y olvidados de Dios y sus hermanos productores”.

Por eso, en las obras de Perón y Evita, se hacía hincapié en el rescate del trabajador explotado, del anciano desvalido, del niño abandonado, la concubina, la desamparada. Eva Perón acudía al rescate del ser humano atrapado en situaciones límites. Percibía el dolor en carne propia y tendía su mano para sacar de la miseria a los caídos y abrirles , así, la posibilidad de divisar un horizonte. Sabía diferenciar entre pobreza y miseria. La miseria es una exigencia desesperada que no puede soportar demora. En La Razón de mi Vida, expresa: “devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente”. A partir de estas prácticas del peronismo, se deduce con claridad que la praxis solidaria es fuente de pensamiento vivo y articulador de totalidades abiertas y fraternales.

Consideremos, entonces, dos institutos de la Fundación “Eva Perón”: Los Hogares de Tránsito y El hogar de la Empleada. Quizás esto nos ayude a comprender cómo la praxis conlleva gérmenes doctrinarios, y hasta teóricos. Pero son intrínsecos, como un poder adviniente y todavía venidero.

Los Hogares de Tránsito vinieron a suplantar los antiguos asilos dependientes de la Sociedad de Beneficencia. ¿Cuál era la finalidad de estos Hogares? Evita decía (19/6/48): “remediar la escasez de viviendas (…), amparar al necesitado, al que momentáneamente no tiene lugar. Los acoge todo el tiempo necesario hasta que ayuda social le encuentre trabajo y le proporcione vivienda para que pueda llevar una vida tranquila y sentirse orgulloso de ser argentino.

El Hogar facilitaba “alojamiento, excelente comida, eficaz asistencia espiritual, material y moral”. A los niños se les brindaba recreación, clases de labores, costura, dactilografía: y “todo aquello que le puede ser útil”. En otras palabras, los servicios de los hogares de tránsito procuraban obtención de empleo, tratamiento médico, ropas, ayuda pecuniaria.

Si bien se recibía a todos los necesitados sin discriminación, en la categorización de problemas, tenían prioridad las mujeres con hijos, ya sean solteras, viudas o separadas: “las mujeres desamparadas fueron las primera beneficiadas con sus servicios y contención gratuitos”: “Durante el período 1947 a 1949, Evita trabaja pensando más exclusivamente en la mujer, ya que es en ese lapso cuando se dedica al tema del voto femenino y, además, agiliza la nueva política carcelaria femenina creando guarderías infantiles para las reclusas con hijos, habilitación de peluquerías y cursos de profesiones cortas, actividades recreativas, cine, teatro, deporte e implantación del trabajo remunerado” (Ferioli, 1989).

Ya hemos tratado, en una entrada anterior, sobre el Hogar de la Empleada. Su función era albergar a “mujeres del interior que llegaran a Buenos Aires para trabajar, tenía capacidad para 500 personas y para el acceso se requería no ganar un sueldo mayor a $500 (el sueldo mínimo de una empleada era de $300, para 2949) y no tener familiares directos en Capital Federal. Se les cobraba una mensualidad mínima que se fijaba con relación al ingreso de la pensionista, en concepto de derecho de pensión” (Mazzuchi, 2002).

Era un edificio de once pisos “amueblados y decorados con un lujo y buen gusto llamativos”. Nueve pisos estaban destinados a dormitorios. Un piso llamaba la atención: albergó a las pensionistas próximas a casarse y que pronto abandonarían el Hogar. Se llamaba “el piso de las novias”. En el último piso se hallaban los consultorios médicos y odontológicos con atención gratuita. La terraza era un solarium, con reposeras y mecedoras. El edificio, además, contaba con biblioteca, sala de costuras donde se dictaban cursos. Había una sala de música con una colección de discos de pasta y proyectores de cine sonoro.

El Hogar se mantenía, en gran parte, con la recaudación del restaurante que funcionaba en el entrepiso. Abierto a todo público, el comensal podía servirse un menú fijo o a la carta. En ese local funcionó la “Peña Eva Perón”. Evita cenaba allí con frecuencia rodeada de poetas y escritores. Acudían, entre otros, Castiñeira de Dios (su fundador), Fermín Chávez, C. Martínez Paiva, Julia Prilustzky Farny, Juan Ponferrada, J. Ellena de la Sota, José María Fernández Unsain, María Granata, Héctor Villanueva y Gregorio Santos Hernández. En esas reuniones, tras compartir con Evita una cena amistosa, recitaban sus poemas y los ponían a consideración de sus colegas.

En un folleto de la Fundación, transcripto por Néstor Ferioli, se postula que la ciudad es un centro de atracción para las jóvenes del interior. Es así como, el sistema de trabajo en cadena se aprovecha de esta búsqueda de nuevos horizontes. “La muchacha empleada u obrera es a veces un símbolo de la tumultuosa ciudad. Se nos presenta como signada por una madurez prematura en la mirada, viviendo en pensiones oscuras donde se intenta engañarla, en la puerta de negocios u oficinas a la hora del almuerzo y en los días festivos se la puede ver en largas caminatas caracterizadas por la soledad y la tristeza.”

2.- La visibilización de las mujeres compositoras de música  

La “mujer del pueblo”, en la terminología peronista, se refiere a la totalidad de la mujer en su condición de trabajadora y compañera. La designación abarca, por lo tanto, a las caídas en la miseria, a la empleadas asalariadas y, también, a las trabajadoras de la cultura.

Este aserto emerge de un artículo del músico Juan Francisco Giacobbe titulado “La Argentina se expresa en su música”. En ese escrito, publicado en el primer tomo de Argentina en marcha, traza un esbozo del patrimonio musical como “arte de significación nacional”.

Según el autor, si bien la música es un lenguaje universal en cuanto a la “lógica idiomática”, no lo es en función de la etnofonía.  En tal sentido, la música argentina es rapsódica: “Trozos de sensaciones de todas las latitudes; retazos de emociones de todos los horizontes; añoranzas y recordatorios de todas las razas, se suman para hacer su núcleo y darle una vida auténtica, que halla, en su comienzo, su realización en la forma espontánea de lo improvisado y que pasa por la inevitable angustia de perseguir el origen de toda representación: su forma.”

La estética argentina pena en busca de su forma “como germen de la totalidad de la vida”. Pero solamente en el arte llamado popular lo argentino ha encontrado su forma. Y la forma popular se traduce en rapsodia :“Todo estado de perfección estética va precedido siempre por la inquietud rapsódica, por una labor de búsqueda y amalgamiento que, evolucionando en el tiempo, fija el tipo artístico de una pueblo”.

Ese arte “en acto”, “en formación”, en su sentido formal es rapsódico. Desarrolla, entonces, la influencia del paisaje en el fenómeno etnofónico argentino. Repasa las características de los ritmos pampeanos: gato, malambo, firmeza, vidalita. Ellos son testimonio y germen del paso de  la etnofonía al género sinfónico.

Pasa luego a describir el momento actual de la etnofonía argentina. Rescata la labor de Andrés Chazarreta, J. Gómez Carrillo y Oscar Beltrame. Destaca los logros de Carlos Vega y Julián Aguirre. Exalta el imperativo etnofónico que triunfa como fórmula universal organizativa en el cierto tipo de óperas. Recuerda a  Alberto Williams, Alejandro y José Berutti, a Felipe Boero. Tras un recorrido por la música popular etnofónica y sus posibilidades universales, se detiene en la música suburbana.

Señalaremos dos aspectos. El primero es una cita de autoridad. El autor recuerda a Curt Sach,  que “en su extraordinaria y densa Historia Universal de la danza, cierra la historia con una referencia que dice así: “Siglo XX, la era del tango”.

Un segundo aspecto es la interesante posición de Giacobbe sobre el origen del tango. Postula que el tango es antológico. Reúne “aportes meridionales europeos”, o sea, hispánicos e itálicos, más el soplo criollo. Rechaza la influencia afro: “En el principio del tiempo, de un lado está el canto de la Europa pobre, y del otro, el canto de la pampa pobre”. La cadencia del tango, entonces, “deriva de la pobreza y el proletariado”, y nace en aquel período inevitable de las grandes progresiones históricas, en que las urbes, para superarse, necesitaban de la “combustión de muchas almas y de muchas sangres”. Es expresión sensible del conventillo como plasmación social y edilicia. Se relaciona, asimismo, con la aparición de un “nuevo argentino”, el “hijo de gringo”. Se detiene en los grandes poetas del tango: José González Castillo, Celedonio Flores, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Cátulo Castillo.

Como puede advertirse, no faltan en la reseña de Juan Francisco Giacobbe, ni los aportes originales, ni el costado polémico. Ahora bien, cuando se propone tratar lo que habitualmente se considera música culta aparece, de modo insólito, lo que hemos llamado “realismo feminista del peronismo”. Por primera vez, la mujer es incluida y visibilizada en la historia de la música argentina. Esta aparición se concreta cuando pasa a ocuparse  del “cultivo superior de la música”, o sea, de la que “daríamos en llamar: culta”.

Comienza por mencionar nuevos cultores de la ópera: Gilardo Gilardi, Floro Ugarte, Athos Palma, J. Torre Bertucci, Carlos López Buchardo. Observa cómo la creación del Conservatorio Nacional y el Conservatorio Municipal dieron pábulo a una generación moderna y a la proliferación de distintas tendencias. Surgen, así, los atonalistas: Juan Carlos Paz y Jacobo Fischer; los modernistas de tendencias avanzadas: Juan José Castro, Washington Castro y otros. El autor agrega nombres y orientaciones: Angel Lasala, M. Walman, Iglesias Villoud, Carlos Guastavino  y E. García Morello.

Entre tantos nombres, de golpe, Giacobbe hace un aparte: “Detalle aparte merece la actuación de la mujer en la música y en la vida argentina. Un renacer de fuerzas bien condicionadas y mejor dirigidas ha hecho que el elemento femenino tan apartado en los siglos de la composición musical haya venido a ocupar un lugar de seria estimación al lado de la creación masculina”. Es bueno señalar, en el párrafo citado, que la aparición de la mujer en la música está relacionada con su “actuación” en la “vida argentina”. Es cierto que todavía se habla de un “elemento femenino” cuyas fuerzas han sido “bien condicionadas y mejor dirigidas”, pero hay un hecho irreversible: la mujer “apartada por siglos de la composición musical” ocupa un lugar junto al hombre.

Observa que no sólo se dedica la mujer a la pequeña composición y al arte menor de planos elementales, sino que “resuelve y se empeña en arquitecturar el arte de trascendencia ideal”. Encara, así, la sinfonía, el concierto, el poema sinfónico y “aún la ópera”. Todos estos géneros, proclama, han sido ensayados con “plausible dedicación por la mujer argentina”.

En ópera se ha destacado Isabel Curubeto Godoy con la obra Pablo y Virginia, primera obra lírica compuesta por una mujer compositora y representada en el teatro Colón en 1946. Pia Sebastiani, salida del arte moderno, sobresale con Estampas Argentinas, concierto para piano y orquesta. Elogia, también la empeñosa actividad de Elsa Calcagno y Magda García Robson que fue la primera mujer directora del Conservatorio Nacional de Música.

Cortamos aquí esta sucinta exploración del “realismo feminista” de Eva Perón y su proyección en la doctrina peronista. Se trata de la dignificación de la totalidad de la vida humana, de la construcción de una comunidad organizada en que el individuo (cualquiera sea su género) se realiza en una comunidad que también se realiza. Se parte de una fe como certeza de lo que está por venir, como convicción de lo que se espera: la justicia social “en acto” y la soberanía de la Patria como motor de “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

AA.VV., 1947, t.1, Argentina en marcha, Comisión Nacional de Cooperación Intelectual, Buenos Aires.

Ferioli, Néstor, 1989, t. 1 y 2, La fundación Eva Perón, Buenos Aires, CEAL, Biblioteca Política.

Mazzuchi, Silvia Elizabeth, 2002, La Fundación Eva Perón, Buenos Aires, Ediciones U.P.C.N., Pcia. de Buenos Aires.

carrillo-1-640x381por Jorge Torres Roggero

En 1951, en los albores de la cibernética, Ramón Carrillo da cuenta de la creación del Departamento de Cibernología de la Nación. Tanto en el ámbito oficial, como en los sectores más críticos al gobierno, recibieron la noticia con asombro y desorientación. ¿Qué era lo que se escondía bajo el nombre enigmático de Cibernología? Para unos era un delirio, para otros un objeto de ludibrio, una prueba de la desmesura e ignorancia de los  “cabecitas negras”. Revisando algunos conceptos de Ramón Carrillo  en “Sobre Cibernología o el arte del gobierno”,  en  DINÁMICA SOCIAL (N° 19, marzo de 1952), se nos ocurrió la peregrina idea de relacionarla  con la Comunidad Organizada  y el Modelo Argentino. ¿Había meditado Carrillo sobre la utopía peronista de la Gran Armonía entre individuo y colectividad, la liberación del hombre insectificado y la alegría de ser como fundamento de la comunidad? ¿Habrá sido objeto de conversación entre los dos humanistas, entre el Jefe y el Sabio, “el arte de gobierno”, “ la comunidad organizada”, “el plan estratégico”?  Si Perón y Eva Perón fueron los testigos de casamiento de Ramón y Susana Pomar, seguramente compartían también sus más íntimas disquisiciones sobre el destino del hombre y de la Patria. Eso me impulsó en llamar a estas breves elucubraciones: “bosquejo de una comunidad organizada en el siglo XXI” como resultado de una verdadera “ciencia del hombre”. Ahora bien, antes de iniciar nuestra entrada al campo todavía inquietante de las reflexiones en que Ramón Carrillo habla de Cibernología y biopolítica, se impone una aclaración que solo tiene el objeto de distinguir para entender.

Me refiero a Michel Foucault y sus estudios sobre biopolítica. En tal sentido, es oportuno señalar que Carrillo se funda en un humanismo más próximo a la afectividad popular que al racionalismo instrumental del sabio francés que entiende a la biopolítica como mejora de la salud popular practicada por medio de dispositivos de vigilancia y control de los fenómenos sanitarios. Se trataría de una arquitectura de poder tendiente a estatizar lo biológico. La biopolítica sería un dispositivo de primer orden para conformar un saber destinado a la maximización de biopoder ejercido sobre “seres insectificados”. En otras palabras, la medicina social como estrategia de control. Por supuesto, este esbozo  no pretende discurrir sobre los distintos indicadores biopolíticos a través de la historia, ni sobre el uso del Estado como ordenador violento. Sólo queremos distinguir, postergando debates necesarios, dos características básicas en el concepto de biopolítica: Foucault, más cercano al positivismo mecanicista, habla de un biopoder sectorial; Carrillo, desde el humanismo peronista, despliega una poética abierta e integradora, un verdadero  arte de gobernar en que el sujeto es el pueblo. Nuestro sabio se empeña en crear las bases de una “eubiótica”, o sea, una ciencia de la salud superadora del “higienismo” “porque amplía con su lente los pequeños y grandes factores del bienestar humano”.

Eva Perón hablaba del derecho victorioso del más ” débil”. En consecuencia, a lo mejor la historia de nuestras luchas por la vida, de la selección de las especies y del dominio del más fuerte, no es la verdadera historia. Pero, como en la microbiología, existen otras posibilidades. Está comprobado que, mediante la cooperación, el débil logra sobrevivir y sobreponerse a la agresión del más fuerte. Refiriéndose a esto, dicen los microbiólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan en Microcosmos: “La competencia en la cual el fuerte gana ha recibido mucha mejor prensa que la cooperación. pero ciertos organismos superficialmente débiles han sobrevivido formando parte de entidades colectivas, mientras el representante de los fuertes, al no haber aprendido el truco de la cooperación, fueron arrojados a la pila de los residuos de la extinción evolutiva”.

De tal modo, no seríamos seres autónomos, sino eslabones de una cooperación simbiótica. La vida es una forma de cooperación. Surgiendo de la confusión y el caos, se realimenta. La supervivencia no es una especialización de los más aptos, no es el dispositivo de un biopoder; es, en cambio, la cooperación como la más potente operación de cambio evolutivo.

A partir de una intuición poética, Kropotkin  postulaba una interpretación del origen de las especies diferente al determinismo positivista. En su libro Socorro Mutuo, plantea: “Si nosotros preguntamos a la naturaleza quienes son los más aptos, si los que continuamente guerrean entre sí o los que se respaldan mutuamente, vemos de inmediato que los animales que adquieren habito de socorro mutuo son indudablemente los más aptos. Tienen más oportunidades de sobrevivir y alcanzar, en sus clases respectivas, el mayor desarrollo de inteligencia y organización corporal”.

Cibernología y Cibernética

Carrillo postula la necesidad de crear un nuevo arte de gobernar. Para ello había que superar la etapa del método analítico que “despedazó la realidad humana” y se dedicó a estudiar  “fragmentos científicos” sin relación entre sí. Esto impidió pensar en “los fines de la vida humana o en su mejoramiento con relación a su integridad”. Obsérvese que Carrillo habla de fines, lo que implica una escatología; y, de “integridad”, o sea, a la necesidad de tener en cuenta componentes supra corporales del sujeto histórico pueblo. No sin antes referirse a la etimología común entre Cibernética y Cibernología (manejar un timón, gobernar o dirigir) se ocupa de establecer sus diferencias: “La Cibernética, pensaba Carrillo, ensaya establecer una teoría general de las máquinas de controles automáticos y  susceptibles de registrar datos de un problema determinado resolviéndolos en un tiempo mucho más corto de lo que podría hacerlo el cerebro humano. Con tales máquinas la cibernética empieza su marcha, sin duda, asintótica, hacia la realización del cerebro artificial. Su punto de arranque tanto como sus objetivos son, pues, completamente distintos a de la Cibernología.

La Cibernética parte de la mecánica y tiende hacia una mecanización cada vez más completa del trabajo del hombre, incluso el trabajo del intelecto, con el objeto de economizar esfuerzo y tiempo.”

Si prestamos atención, observaremos que, en esta caracterización, prevalecen vocablos referidos a valores cuantitativos: máquinas, controles automáticos, registro de datos, economía de tiempo cuyo objeto es un rumbo fijo: la meta final del cerebro artificial. Pero claro, la marcha es asintótica, es un aproximarse sin cesar a una meta a la cual nunca podrá arribar.

Entonces, para establecer diferencias , y llegar al componente totalizador que Carrillo atribuye a la cibernología, recurre a una serie de aproximaciones que van ampliando el horizonte de comprensión y, a la vez, precisando nuevos aspectos. En primer lugar, la cibernología cambia los fines con respecto a la cibernética. No mecaniza y ni altera el uso de los recursos científicos, pero los destina a humanizar el Estado y el Gobierno: “La Cibernología sería, entonces, la ciencia integral del hombre.”

Pero ¿ cuál es la finalidad que dirige todos los esfuerzos cibernológicos? Carrillo responde: “es la de incrementar el bienestar y hacer posible la felicidad, en términos colectivos, concebido esto en el sentido más elevado, como abarcando, desde la satisfacción de las necesidades fisiológicas hasta los aspectos psíquicos, toda la vida del hombre.” Se accede así a una segunda definición que ubica a la cibernología entre las ciencias humanas: “ es una ciencia que reúne todos los conocimientos relativos al hombre con la finalidad de promover su bienestar y felicidad.”

Cibernología y biopolítica

La tercera aproximación al concepto de cibernología se relaciona con la felicidad a la que se atribuye un carácter eminentemente social. El yo no es feliz si no lo es también el otro: “Hablo de la felicidad, la felicidad humana, que sólo es concebible dentro de una colectividad, pues el hombre es “par excellence” un ser social.” La cibernología, entonces, es también una praxis científica que se corporiza en reglas que permiten organizar la vida de las “comunidades humanas”. De tal modo,  la tercera definición de Cibernología tiende a enfocar su carácter de ciencia aplicada: “la Cibernología es la ciencia y arte de organizar las comunidades y gobernarlas. La biopolítica es una de sus técnicas.” Llegamos así al uso del término “biopolítica” en la visión de Ramón Carrillo. En primer lugar, habrá que señalar que es “una” de las técnicas de la cibernología. Recordemos que, desde el punto de vista peronista, la práctica social surge del seno del pueblo que es un totalidad abierta. Es lo integrador en contradicción viva con lo sectorial.

Entonces, la Cibernología es, según Carrillo: “el estudio integral del hombre a los fines de la organización científica de los pueblos y, en especial, de su gobierno, para procurar el bienestar y la felicidad total o del mayor número de individuos, asegurando el pleno desarrollo de la personalidad de cada uno sobre la base de una eliminación, lo más completa posible, de los factores ataxiológicos o desordenadores.” El factor ataxiológico es el desorden o falso orden. El falso orden es el que naturaliza, por ejemplo, la esclavitud que, según las épocas, puede ser producida por la explotación del hombre por hombre “o por la pobreza y la miseria producidas por el desorden económico y la falta de organización de los pueblos en cuanto a sus posibilidades de desarrollo material y espiritual. (…) Si el hombre no piensa cibernológicamente, jamás encontrará una salida al atolladero adonde nos ha conducido nuestra actual civilización.” Es la idea de caos compartida con Perón. El conductor político no conduce lo organizado sino lo orgánico, lo hirviente de vida. El caos sobreviene de lo profundo del pueblo, allí habla sin cesar, crea formas de poder que, para los “factores ataxiológicos” o agentes del falso orden, son monstruos amenazadores. Carrillo aplicó, por ejemplo, a la salud cierta idea sobre la existencia de un atractor extraño como operador de auto ordenamiento. En sus consideraciones sobre la planificación de la salud considera que toda organización es apasionante porque sólo es estática en el papel. En “cuanto surge la vida” o simplemente contrasta con la “proclividad del hombre a preferir senderos trillados a la picada en el monte abrupto”, es cuando vale la pena organizar algo. Entonces, cuanto se refiere a la vida de los semejantes, es un acto de amor. Primero, obrar sin exclusiones; después, fundamentar conceptualmente la acción. Como su amiga Evita, estaba convencido de que lo incluyente es el amor. Si me falta teoría, puedo incluir con el amor que, según Evita, “alarga la mirada de la inteligencia”. Entonces, la cibernología sería una ciencia axiológica y valorativa; pero, a la vez, técnica y práctica, una biopolítica. Es ciencia de vivir; y arte de inculcar la vida. Surge, entonces, la pregunta sobre el medio adecuado para superar el fetichismo cientificista al servicio del poder material, para “humanizar el capital” y la organización de la vida humana. Para eso llega a una cuarta aproximación a la Cibernología: “definida, pues, por su objetivo, el hombre, podríamos también definirla por el medio que maneja para alcanzarlo, esto es, el Estado. Desde este punto de vista, la Cibernología sería la ciencia y la técnica de la organización y conducción del Estado, fundado en el conocimiento, lo más completo posible, del hombre y de la sociedad y de las leyes naturales que regulan su existencia y su conducta a fin de asegurar un mínimo de bienestar y felicidad a un máximo de individuos. Pero solo  el Estado organizado sobre la ciencia y la técnica, puede promover un profundo cambio en la educación, en la vida cotidiana del hombre-masa, en sus hábitos y costumbres, regular sus instintos, perfeccionar su salud y prolongar su vida útil; solo un Estado técnicamente organizado puede cumplir un plan que sirva al hombre mismo y no al Estado; puede así el Estado organizar el trabajo colectivo, ubicar las masas humanas en ciudades urbanística y sanitariamente concebidas; crear viviendas dignas y legislar con respecto a las leyes naturales.”

El Estado cibernológicamente concebido

El papel cibernológico y ordenador atribuido al Estado es imposible sin una concepción del otro . Solo cuando incluyo al otro soy yo. Pero, entonces, somos. Somos tiempo acumulado (memoria colectiva), el individuo aislado es una abstracción, una categoría. La individualidad es en sus raíces una empresa colectiva (cooperativa). Es una secreta interconexión de universos. Existimos con todo el cuerpo y con el cuerpo de los otros. “Existo, luego pienso”, decía Rodolfo Kusch. Más aún, en esa organización del caos que es el Estado, cuando pensamos, no sólo piensan con nosotros los “otros hombres”, sino también los muertos: “Debemos reconocer, postula, que en un Estado y en una sociedad planificada, el hombre  no puede ser concebido sino en función de los demás hombres. Porque no sólo pensamos con el cerebro, sino que pensamos con todo el cuerpo; el hombre aislado es una utopía, ya que si bien  piensa y siente con su cerebro y su cuerpo, también piensa y siente con el cerebro y el cuerpo de los otros hombres. El hombre aislado es un artificio filosófico. Dependemos de todos los que nos rodean, incluso de los muertos que nos han legado su espíritu y sus obras.(…) La Cibernología y su técnica, la biopolítica, no son meras doctrinas filosóficas o científicas, constituyen un botiquín para una medicina de urgencia de la humanidad”. La cibernología, sería así, una “integración de integraciones” Por eso ambicionaba que los hospitales argentinos no fueran “casas de enfermedades”, sino “casas de salud”. El hospital carrilliano no solo era un centro asistencial para curar, sino también  un centro de cultura con sus salas de conferencias y de proyección cinematográfica para enseñar al pueblo a “vivir en salud”.

Arturo Carrillo, en un libro colectivo (cibernológicamente escrito, diríamos) titulado Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, da cuenta del especial pedido de su hermano para que se dieran a conocer sus propuestas cibernológicas.  El original, inédito, consta de “18 capítulos escritos en el exilio, tipeados en una Olivetti, amarillentos y olvidados que guardaba con mucho celo su esposa Susana”.

Esto debe inducirnos a formar equipos para estudiar la obra y vida de Ramón Carrillo, sus proyectos y realizaciones, su filosofía antropológica, su entrega total al otro, a la felicidad del pueblo argentino. Este insigne “maestro” (así la consideraba Perón), como muchos otros del primer peronismo sufre todavía exilio y persecución. Después de todo, su vida y su obra fueron una actualización y puesta en práctica permanente de una de las 20 verdades. Aquella que considera al justicialismo como “una filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humana”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 22 de abr. de 19

Fuentes:

Los datos, citas y transcripciones que hemos desarrollado reconocen las siguientes fuentes de consulta:

ALZUGARAY, R.A., 1988, Volumen I y II, Ramón Carrillo, el fundador del sanitarismo nacional, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

BREVETTA RODRÍGUEZ, Miguel A., 1972, “La otra cara de Ramón Carrillo”. En: Cuadernos de Cultura, Municipalidad de Santiago del Estero, Año III, N° 6, octubre 1972.

CARRILLO, Arturo et alii, 2005, 2ª Edición, Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, Buenos Aires,  Carrillo Ediciones.

CARRILLO, Ramón, 1947, Tres tomos, Plan analítico de salud pública, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación

CARRILLO, Ramón, 1949, Dos tomos, Política sanitaria argentina, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación

CARRILLO, Ramón, 1951,  Dos tomos, Teoría del hospital, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación.

CARRILLO, Ramón, 1952, “Sobre la Cibernología o el arte del gobierno”. En: Revista Dinámica Social, Año II, N° 19, marzo de 1952.

CARRILLO, Ramón, 1952,  “Introducción a la Cibernología y a la biopolítica ( los espacios del hombre)”, en Hechos e Ideas, Nos. 98-99, Mayo y junio 1952, Buenos Aires.

CARRILLO, Ramón, 1974, “El criterio biológico en el reordenamiento económico de la alimentación en la Argentina”. En: Hechos e Ideas, Año 1, N° 1, mayo/junio 1974.

MAZZUCHI, Silvia Elizabet, 2002, La fundación “Eva Perón”, La Plata, Ediciones U.P.C.N., Pcia. de Buenos Aires.

BRIGGS, J. y PEAT, R.D., 1990, Espejo y Reflejo: del caos al orden, Barcelona, Gedisa Editorial

Hacia 1941 publicó dos títulos hoy inhallables: uno de carácter sociológico, Desarrollo de la industria agropecuaria en Santiago del Estero; otro, Caracteres etnográficos y sociológicos de la población de Santiago del Estero. Una lectura para- textual de los títulos hace suponer que su preocupación estaba dirigida al interior de su provincia y a las condiciones de la población más desvalida.

Por otra parte, no debemos olvidar que su obra filosófica fundamental permanece inédita. Destinada a cursos de postgrado en universidades brasileñas, la redactó en el exilio y contiene un mensaje de carácter universal referido a la salvación del hombre en lo que considera una crisis terminal de la civilización occidental. Se trata de Teoría General del Hombre (28 tomos y un tomo resumen).

 

por Jorge Torres Roggero

1.- La escuela de enfermerasEvita con niños

La práctica feminista de Eva Perón es el modo de formular su firme postura en pos de la liberación de la mujer. Como lo testimonia en su obra escrita y sus discursos, ella leía la realidad con la “inteligencia del corazón”. Para Kusch, el juicio emitido desde el corazón es dos cosas contradictorias a la vez: racional e irracional. Por un lado, es percepción intelectual: dice lo que ve, o sea, es mirada, teoría. Pero al mismo tiempo tiene fe en lo que está viendo. Los operadores seminales permiten dejarse caer en un registro profundo, en la confusa zona en que, por una “especie de coordinación entre sujeto y objeto”, predomina un “sujeto total”. Partiendo de estas distinciones, entre las numerosas realizaciones de Evita, hemos elegido dos: la escuela de enfermeras y el Partido Peronista Femenino.

 El 15 de septiembre de 1950 fue inaugurada la Escuela de Enfermeras. La escuela de enfermeras fue una de las realizaciones más importantes en el vasto programa de acción social de la Fundación “Eva Perón”. La elaboración del plan de estudios corrió por cuenta del Dr. Ramón Carrillo que fundaba su planificación  en tres aspectos: medicina asistencial,  medicina sanitaria y medicina social. Para ello había que curar al enfermo, prevenir las enfermedades  por el control del ambiente y atacar los factores provenientes de la misma sociedad como carencias alimentarias, malas condiciones de trabajo e ignorancia de la higiene, entre otros.

En el “Plan Analítico de Salud Pública”, Carrillo destacaba la función social que debía cumplir una planificación que integrara las diversas ramas de la medicina. Detallaba allí el papel que debía desarrollar la enfermería y la necesidad de una adecuada formación profesional. Sostenía que el país necesitaba 20.000 enfermeras profesionales. Hasta 1947, las enfermeras egresaban de la Cruz Roja y de las escuelas dependientes de las Sociedad de Beneficencia de Capital Federal. Su desempeño dejaba mucho que desear. Y como el peronismo no compartía los criterios de la Sociedad de Beneficencia, planeó transformar estas escuelas e institutos para que respondieran al nuevo proyecto salud pública.

El curso constaba de 12 materias que conformaban el ciclo de grado. En primer año cursaban Anatomía y Fisiología, Semiología, Higiene y Epidemiología, Patología General y Terapéutica, Defensa Nacional y Calamidades Públicas. En segundo año, Primeros Auxilios, Enfermería Médica y Quirúrgica, Obstetricia, Ginecología y Puericultura, Dietética y Medicina Social.

La carrera se completaba con un post-grado de dos años en que las aspirantes debían circular por  prácticas hospitalarias en las siguientes especialidades: Transfusoras, Puericultura, Auxiliares Anestesistas, Auxiliares de Radiología y Fisioterapia, Psiquiatría y Neurología y Secretariado de Sala.

Las alumnas recibían, además, clases de conducción de automóviles, camiones y motocicletas, ya que la Escuela contó con un cuerpo motorizado de avanzada para la época y era necesario que la mujer tuviera destreza en el manejo de esas unidades para no depender de un chofer.

Toda unidad sanitaria de la Fundación constaba de una sección de emergencia provista de motocicletas y hospitales móviles. Cada hospital constaba de diez camas, una cabina quirúrgica y equipos de trasfusión y oxígeno. Poseía, además, ambulancias equipadas para operaciones de urgencia, jeeps con equipos de oxígeno y anestesia, camiones para transportar personal médico o enfermos. Era una utopía en marcha, era la reivindicación de la mujer como sanadora y sostén moral en el dolor.

Para ingresar a la escuela, las chicas debían ser mayores de 18 años y no superar los 35. Si tenían dificultades económicas, recibían un subsidio aparte de todos los beneficios y coberturas que brindaba el internado. Recibían, además, clases de gimnasia. Contaban con amplios comedores y terrazas para esparcimiento. Estaban a su alcance todas las comodidades para cubrir las necesidades de las estudiantes.

En 1951, 2000 alumnas desfilaron con su uniforme de enfermeras. Todo el equipo motorizado se desplazó por las calles de la Capital Federal. El público sorprendido contemplaba una sección de urgencias integrada por perros amaestrados que transportaban botiquines de primeros auxilios para la atención elemental y urgente de heridos.

Las egresadas de la Escuela realizaron su tarea en los policlínicos, participaron junto a la Fuerza Aérea en las campañas contra el paludismo o el mal de Chagas y recorrieron varios países latinoamericanos, y aun europeos, llevando auxilio y solidaridad cuando ocurrían catástrofes.

La enfermeras de la Fundación también participaron en el control sanitario a los participantes de los Campeonatos Infantiles Evita. Si bien los campeonatos en sus comienzos fueron dedicados al fútbol, luego incluyeron atletismo, ajedrez, esgrima, gimnasia, natación, básquet, saltos ornamentales y otros. Frente a un feminismo a veces sólo teórico, no estaría de más considerar el feminismo práctico de Evita: en 1951, por primera vez, se incluyeron mujeres en este tipo de competencias en oportunidad de los primeros Juegos Panamericanos; para 1955 ya competían cientos de mujeres en la especialidad atletismo de los Campeonatos Nacionales Evita.

2.- El peronismo de Evita

El 26 de julio de 1949, en la primera asamblea nacional del movimiento femenino peronista, Evita pronuncia un extenso discurso. Plantea en él una doctrina, una teoría y una práctica desde el género. Pero, además, formula una advertencia para nuestros días: “ Nosotras, las argentinas pertenecemos al mundo y no podemos acariciar el sueño imposible de vivir fuera de él. La interdependencia de todos los países de la tierra se acentúa cada día más y los modernos medios de transporte nos aproximan a las antípodas. Además, las fuerzas de la producción que el capitalismo desenvolvió han rebasado todos nuestros conceptos de estado y nación y nos obligan a una permanente vigilancia de nuestra propia soberanía”.

La fundación del partido peronista femenino, una de las grandes realizaciones de Eva Perón, muestra, como toda política peronista, un enmarque universalista. Las mujeres del pueblo deben saber, en primer lugar, que pertenecen a una Patria cuya soberanía está constantemente amenazada. Y en una patria sometida es imposible cualquier tipo de liberación sectorial.

En 1947, en el diario “democracia”, Evita escribió un artículo titulado “Por qué soy peronista” . Allí decía: “si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho: en nuestros días ser peronista es un deber. por eso soy peronista” y agregaba: “soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular, por convicción personal, por apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo”.

En otro artículo, refiriéndose al 17 de octubre, exaltaba la capacidad del pueblo para convertir en positivo lo negativo. El apelativo descamisado “lanzado como insulto, fue recogido como bandera, dejó de significar pobre, mal vestido y se transformó en sinónimo de lucha, de anhelos de reivindicaciones, de justicia, de verdad”. El descamisado pasó a conformar la “vanguardia de la nacionalidad”, entregado a la producción lo mismo en el agro, que en la fábrica o en el taller. Ha roto para siempre las cadenas que lo mantenían en el anonimato social, ya no es un elemento de explotación humana sino factor de progreso que “entierra los conceptos de un capitalismo egoísta y explotador, que fundaba su bienestar en la miseria del pueblo, es un soldado del trabajo, fogueado en las batallas por la independencia económica”. Por lo tanto,  el 17 de octubre significaba: unidad patriótica y reordenadora como sólo habíamos conocido en 1810 mediante una unificación de fuerzas antes antagónicas e irreconciliables. La cuestión consistía en traer a la superficie de nuestra vida común la unidad del pueblo.

 En otro texto, Historia del peronismo, definía al 17 de octubre como una victoria sobre la oligarquía. Pero aparece la palabra miedo, incluso habla del “mayor miedo”. ¿Cuál es? Que la oligarquía pudiera retornar a los mismos peronistas, coparles la mente y el corazón: “le tengo miedo al espíritu oligarca, decía, para ser una buena peronista, trato de ser humilde”. Para eso, es necesario arrojar la vanidad, el orgullo y, sobre todo, la ambición.

¿Qué es el espíritu oligarca? Preguntaba. Y respondía: “para mí es el afán de privilegio, es la soberbia, el orgullo, es la vanidad, es la ambición”. Y añadía: “yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen, esos mismos que aplaudieron, todo la contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más”. Y concluía: “El único privilegio y el único orgullo es sentirse pueblo”.

Perón había dicho: “no son los cargos los que dignifican a los hombres, sino los hombres los que honran a los cargos”. Evita es sumamente rigurosa con sus compañeros que ostentan cargos. Consideraba que “el funcionario que se sirve de su cargo es un oligarca”  porque en lugar de servir al pueblo, sirve a su orgullo, a su vanidad y a su egoísmo. Los dirigentes peronistas que forman círculos personales sirven a su egoísmo y a su desmesurada ambición. Esos  no son peronistas, son oligarcas, son ídolos de barro.

Va trazando así una ética del trabajo. Perón considera que su mayor título es haber sido honrado como “primer trabajador”. El más alto cargo de la república pertenece a los trabajadores cualquiera fuera su clase de trabajo. La oligarquía, en cambio, era una  clase cerrada. Nadie podía entrar en ella. Le pertenecían el gobierno, el poder y los honores. Se rodeaban sólo de sus amigos. Por eso los círculos son oligárquicos. Por lo tanto hay que estar en guardia permanente para aplastar y destrozar a esos señores. Cuando todos seamos trabajadores, cuando todos vivan de su propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos y más hermanos.

Los políticos que empiezan a trabajar para ellos se olvidan del pueblo. Mi mensaje está lleno de advertencias terribles y proféticas que se han cumplido hasta el final y se seguirán cumpliendo. Allí asegura que hay que “cuidar” (vigilar, controlar) a los dirigentes: “los pueblos deben cuidar a los hombres que eligieron para regir sus destinos…y deben rechazarlos y destruirlos cuando los ven sedientos de riqueza, de poder o de honores”, “la sed de riqueza es fácil de ver, es lo primero que aparece a la vista de todos”.

Las advertencias también van dirigidas a  los dirigentes sindicales.  A los sindicalistas que defeccionan les dedica las más terribles palabras: “el político que se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso, un dirigente gremial que se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor”

¿Cómo se notaron estas ideas en la vida cotidiana del movimiento? Las unidades básicas fueron reflejos del hogar central que es la patria (“la Argentina es el hogar”, dijo Perón). Eran como un espejo  de cada hogar construido por cada hombre y mujer en una dialéctica en que de lo diferente sale lo nuevo, una práctica que a la vez que es amor y gozosa unión carnal, es recinto de las contradicciones cotidianas. Vamos a recordar, creación ejemplar, la fundación del Partido Peronista Femenino y las características de sus unidades básicas.

3.- El Partido Peronista Femenino

El 29 de octubre de 1949 se inaugura el Partido Peronista Femenino en Capital Federal (Corrientes 938); el 5 de noviembre en La Plata; en ese mismo mes, en San Juan, Formosa, La Pampa, Salta y Córdoba.

Su organización contó con protagónica participación de las “delegadas censistas”. El lema de Evita era: “así como los obreros sólo pudieron salvarse a sí mismos y así como siempre he dicho que solamente los humildes salvarán a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres”.

En una breve digresión, tributamos nuestra recordación a las  delegadas censistas que recorrieron todas las provincias, pueblo por pueblo; y, en su tránsito, iban engrosando la columna de las mujeres peronistas: Catalina Allen (Bs.As.); Teresa  Adelina Fiora (Cap. Fed.); Delfina de Molina (Catamarca); Elsa Chamorro (Cba.); Celfa Argumedo (Corrientes); Juana Larrauri (E. Ríos); María Isabel de Parravicini (Jujuy); Juana María Beraza (La Rioja); Teresa Gibelli (Mendoza); Hilda Castiñeira (Salta); Trinidad Coronel (S. Juan); Blanca Elena de Rodríguez (S. Luis); Luisa Komel (S. Fe); Ana María García Ronzio (Sta. Cruz); Ana Macri (Tucumán); M. I. Solveira Casares (Chaco); Susana Míguez (Chubut); Sara Rodríguez Alderete(Formosa); Matilde Gaete de Iturbe (la pampa); Elena Fornícala (misiones); Clementina Palumbro (Neuquén); María Rosaura Islas (Rio Negro). Ellas formaron el Partido Peronista Femenino.

Eran todas muy jóvenes,  infatigables en la ayuda social y fervientes peronistas “de todas las horas” (como se decía entonces). Fanáticas de la doctrina de Perón, su misión era censar a todas las mujeres que a lo largo de todo el país abrazaban la causa peronista. Provenían  de distintas actividades y grupos sociales: amas de casa, enfermeras, maestras, una abogada. Hasta  una cantante: la famosa Juanita Larrauri

En enero de 1950 se inaugura la primera unidad básica femenina en el barrio de Saavedra ( se llamaba barrio Presidente Perón y había sido construido por la Fundación). Cuando fallece Evita había 3600 unidades básicas femeninas en todo el país. Las integraban mujeres de todas las clases sociales. Unidas por lo social y lo político, conducían a millones de mujeres. Recuérdese que en el Partido Peronista Femenino la participación masculina no estaba permitida. Más aún, los caudillos que intentaron entrometerse fueron expulsados de los estamentos partidarios. Era, exclusivamente, cosa de mujeres. Queda para otra ocasión el relato de los actos heroicos de las “muchachas peronistas” durante la Resistencia.

Las unidades básicas, verdaderos hogares del pueblo, se convirtieron en lugares de múltiples actividades. Eran escuela cívica donde se realizaban ensayos eleccionarios. Incluían, asimismo, aprendizajes útiles para las mujeres: ayuda escolar, alfabetización, corte y confección, danzas folclóricas, juguetería, peluquería, manicuría.  primeros auxilios, decoración, taquigrafía (hoy sería computación). Se prestaban, además, servicios de consultoría: médico ginecológica, jurídica. En las unidades básicas suburbanas se enseñaba el cultivo de la huerta, la preparación de comidas económicas y la utilización de los productos de cada región. Funcionaban el día entero de 8 a 20 horas

Para Evita había conducción en la medida que el pueblo se conducía a sí mismo sabiendo adónde va, qué quiere, qué defiende: “cada uno lleva en su mochila su bastón de mariscal”. Las unidades básicas eran, por lo tanto, totalidades abiertas y flexibles. Eran organizadas; pero, sobre todo, orgánicas, es decir, cuerpos vivientes. Su tarea fundamental era la difusión doctrinaria y la propaganda de la obra de gobierno. Trabajar, aprender, enseñar, era un modo de  practicar la doctrina. Pero la práctica, a su vez, comprendía una ampliación de la conciencia. Por eso estaban siempre llenas de mujeres y de niños (únicos privilegiados).

Las mujeres aprendieron a pegar afiches, a decir discursos. Su ejemplo y modelo era Eva Perón. Se cumplían, entonces, a rajatabla, los sencillos apotegmas peronistas que todavía llenan de contenido, fe y esperanza a muchos compañeros.

 4.- El realismo feminista de Evita

La doctrina no se enseña, se inculca con el ejemplo. La doctrina no se estudia, se siente,  y se comparte. Todo se puede compartir: el hambre, la pobreza, la injusticia; pero el hambre no se refiere solo al pan, sino a la lucha para organizar la libertad.

Por eso la unidad básica concebida por Evita era un reflejo de la casa grande y incolonizable de la cultura popular de la argentina criolla preexistente en que lo imprevisible está al orden del día. A lo mejor, tanto peronistas como no peronistas, podrían concertar en base a esos sencillos  acuerdos fundamentales.

Para eso hay sostenerse en una doctrina,  en un proyecto estratégico y debatir la conducción política para no reproducir la sociedad uniformizadora mundial, masificadora, unilateral, que sólo provee una ilusión de libertad. Evita consideraba que se vivía una edad sombría y que otra vez las madres salvarían al mundo porque ven con los ojos de amor: son portadoras de la inteligencia del corazón.

Advertía, entonces, sobre ciertas degradaciones  de la  mujer. En primer lugar, la vida social. Para ciertas mujeres el hogar es lo secundario y lugar de una vida sin objetivos. Las “mujeres de sociedad” ( las clases altas) viven llenas de pequeñeces, mediocridades y mentiras. Para ellas  lo principal son las fiestas y reuniones. La vida social, entonces, no representa la cultura del pueblo. Se dice “bien”, “culta”, recibe en su seno a escritores, pensadores,  artistas, poetas: pero “creo, como que hay sol, que la vida social, así como la sociedad aristocrática y burguesa son dos cosas que se van…”

En segundo lugar, Evita nunca acordó con el feminismo de las intelectuales. Tanto desde la izquierda, como desde la derecha, se habían opuesto a la política peronista a favor de las mujeres humildes del pueblo. Objetaban no sólo el voto femenino, si no la ayuda social provista por la Fundación a las empleadas, a las mujeres explotadas. Era un feminismo no inclusivo y elitista (Victoria Ocampo polemizaba con Evita): quedaban afuera las “lumpen”, las “sin conciencia”. Por eso Evita le teme a la parodia de lo masculino: “ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así…que por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo…mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres”, “parecían estar dominadas por el despecho de no ser hombre, más que por el orgullo de ser mujeres”. Con el advenimiento del peronismo, pensaba Eva, la situación de las mujeres había cambiado. Ahora eran parte de la lucha sin cuartel “contra los privilegios oligárquicos”. Más aún, las mujeres eran la “fuerza moral” del pueblo porque eran el sostén del hogar y ¿qué era la patria sino un gran hogar? El Partido Peronista Femenino se organizaba a partir de una doctrina y una causa. La mujer actuaba en política, participaba, elegía y era elegida. Debemos reconocer que el feminismo se mantuvo al margen de estas actividades y aún hoy le cuesta aglutinarse como fuerza política.

En resumen, las ideas que Eva transmitió a las mujeres giraban en torno a la necesidad de organizarse y unirse en torno a algunos puntos básicos: a) Organizarse alrededor de la doctrina y de la causa peronista; b) Partido independiente del de los hombres; c) Objetivos: redimir a la mujer; d) Independencia de criterio y de acción; e) La mujer es para la acción; f) Donde está la mujer está el hogar; g) Vale más capacitar, instruir y educar a una mujer que a un hombre; h) Sólo las mujeres salvarán a las mujeres; i) Consolidar la unidad; j) El primer trabajo: levantar un censo de las mujeres peronistas.

Aunque no era madre carnal, Evita portaba la fuerza simbólica de las madres y se consideraba madre del pueblo. Para el peronista las madres del pueblo son protagonistas esenciales en la construcción de una sociedad liberada. Evita había advertido la incipiente falta de conciliación entre la necesidad de ser esposa y madre con la necesidad de derechos como persona humana. Le parecía inconcebible “que solo acepten constituir un hogar verdadero (no medio hogar o medio matrimonio) las mujeres menos capaces…las que no encuentran fuera del matrimonio y del hogar otra solución  “económica” que sustente sus derechos mínimos.” “Así descenderá –postulaba-  la jerarquía de la madre de familia y solo las “tontas” quemarán las naves casándose, creando un hogar, cargándose de hijos”. Advertía que asistimos a una quiebra de los valores morales y sentenciaba: “ no serán los hombres quienes los restituyan a su antiguo prestigio…y no serán tampoco las mujeres masculinizadas. No. ¡serán otra vez las madres!”

La vida moderna, sostenía, impulsa a que millares de mujeres abandonen, día a día, el campo femenino. Se ven impulsadas a vivir como hombres, trabajan como ellos, los sustituyen en todo. En consecuencia, “No se resignan a ser madres o esposas”.

En este punto, Evita entona una alabanza a los hogares del pueblo cuyo centro es la mujer. “Nacimos -asegura- para constituir hogares”. Es un destino que conlleva una misión. Es  cierto, pensaba, que de la profesión de mujeres no se puede retornar: “En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos…la ley y el derecho del hombre…que muchas veces sólo es un amo y a veces también….dictador”.

La madre  “es el único trabajador del mundo que no conoce salario, ni garantía, ni respeto, ni límite de jornadas, ni domingo, ni vacaciones, ni descanso alguno, ni indemnización por despido, ni huelga de ninguna clase”, “.

Proponía que, así como el país debe tener independencia económica, así la mujer también debe tenerla para dignificar su trabajo y elevar su cultura social. Por eso propone el sueldo para las madres, con aumento por cada hijo y mejoras por viudez. Es una significativa propuesta que Evita consideraba tan adelantada para su tiempo que todavía no era prudente promover esa ley. Ya había recibido el embate de las mujeres de la “vida social” y de las “feministas intelectuales” cuando logró el voto femenino y el acceso de las mujeres a los cargos electivos.

Para el peronismo la palabra “hogar” está cargada de vivencias y profundos simbolismos. El hogar, es como el fogón: un centro que emana luz y calor. Donde se armonizan los contrarios. Es el seno materno, el cobijo en el desamparo, el lugar donde padre y madre anulan sus contradicciones. En la era oligárquica,  época de las sociedades de beneficencia, había orfanatos, casas cuna, reformatorios. Todas expresiones de una sociedad egoísta, individualista, y fundada en la explotación y la injusticia social. Por eso las creaciones de la Fundación Eva Perón se llamaban “hogares”: hogares escuela, hogar de la empleada, hogares de tránsito, hogares de ancianos. Y las ampliaciones del hogar, las ciudades: ciudad infantil, ciudad estudiantil, ciudad universitaria, ciudad-hospital. Evita quería que los dolientes, los excluidos, disfrutaran las comodidades, la calidez, el amor y la solidaridad del hogar. Todo era de primera calidad: desde la utensilios hasta el trato, la visión cultural y la asistencia.

La profundidad de la poética del hogar culmina con la definición del general Perón: la patria es el hogar. En el discurso del 1° de mayo de 1974 ante el Congreso de la Nación, hablando del continentalismo como etapa del universalismo, recurrió a la poética del hogar: “Y para la fase continentalista en la que vivimos y universalista hacia la cual vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación con todas las culturas del mundo, tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar” Esto armoniza con la  alabanza de Evita a los hogares del pueblo, sedes de creatividad y alegría de ser: “la mujer auténtica vive el pueblo y va creando, todos los días, un poco de pueblo”. Por eso es la “creadora de la felicidad del pueblo”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Bianchi, Susana y Sanchís, Norma, 1988, 2 volúmenes, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL

Chávez, Fermín, 1984, Perón y el Justicialismo, Buenos Aires, CEAL

Demitropulos, Libertad, 1984, Eva Perón, Buenos Aires, CEAL

Dos Santos, Estela, 1983, Las mujeres peronistas, Buenos Aires, CEAL

Perón, Eva, 1987, Eva Perón habla a las mujeres, Lanús, Editorial Volver.

Perón, Eva, 1987, Eva perón habla. Patria. Pueblo. Recuperación, Quilmes, Edit. Volver.

Perón, Eva, 1985, Discursos Completos, tomo I, 1946/1948, tomo II: 1949/1952, Buenos Aires, Editorial Megafón. Consúltese también La Razón de mi Vida; Historia del Peronismo; Por qué soy peronista y Mi Mensaje, todos con varias y distintas ediciones.

Perón, Juan Domingo, 1976, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Sin indicación de lugar,  Ediciones del Modelo Argentino

Imagen (34)por Jorge Torres Roggero

Arturo Jauretche suele sorprendernos con el humor como un modo de encarar ciertas tragedias que nos azotan. A veces, una humilde parábola se convierte en fuente cierta y abarcante de sabiduría. Cuando lleguemos al final de estas líneas Uds. van a descubrir que nada nuevo se esconde en una polémica actual: ¿deben intervenir las fuerzas armadas en la seguridad interior?, ¿en qué circunstancias se desata impunemente este deseo oculto de la oligarquía?

Hubo una época de nuestra historia en que el odio creció como yuyo malo y echó raíces en el alma de la Patria. Ello ocurrió durante la Revolución Libertadora que sembró vientos de terror y muerte en su intento de borrar el nombre peronista de la historia. Se trataba de infundir miedo mediante la tortura de los cuerpos y la intoxicación de la vida cotidiana con la mentira. Por eso, antes de la historia del pez que se ahogó en el agua, veamos una realidad que parece más un delirio que un acontecimiento histórico.

El sujeto se llamaba Próspero Germán Fernández Alvariño. Aunque no era militar, se hacía llamar Capitán Ghandi. Y en sus momentos de mayor fervor asesino: “Leoncito de Dios”. Actuaba en yunta con el capitán de navío Aldo Luis Molinari, subjefe de la Policía Federal (¡atención!) durante el primer genocidio del S.XX: la Revolución Libertadora. Desde sus abismos más profundos, Fernández Alvariño profesaba un odio visceral al peronismo. Era integrante de los servicios de inteligencia y tenía por misión perseguir, detener, torturar y asesinar peronistas. Su tarea era avalada por la Junta Consultiva presidida por el vicepresidente de facto, el Almirante Isaac Rojas, y formaban parte de ella civiles radicales, socialistas, demócratas progresistas, demócratas nacionales, demócratas cristianos y unionfederalistas. El Capitán Ghandi presidía, asimismo, una Comisión Investigadora. Las Comisiones Investigadoras, que también eran integradas por militares y civiles, tenían por objeto, como su nombre lo predica, investigar la corrupción y los crímenes de la “tiranía depuesta”. Una Comisión Central, presidida por Leonardo McLean, otro marino de guerra de igual rango que Rojas, coordinaba la caza de brujas. Fue este marino el que publicó el Libro Negro para dar cuenta de sus “investigaciones”. Con el lenguaje enfático, típico de los ángeles exterminadores de la oligarquía, exponía las motivaciones del informe: “Queríamos llegar a la limpieza total de los gérmenes del oprobio para que los gobiernos políticos venideros comenzaran su tarea en una atmósfera incontaminada…” Es el famoso cambio de cultura, el grado cero de la impunidad.  También daba cuenta del trabajo de los servicios, informantes y delatores. Sólo en la Capital Federal,  se elevaron a la Justicia 314 sumarios y se pusieron a su disposición 1045 procesados. El marino se ufanaba de que el organismo a su cargo había recibido 15.119 notas y expedientes y contó con la colaboración de 2500 personas. (Pág.12,19/09/2010).

En otras palabras, era el modo, en plena vigencia del decreto 4161, de apropiarse de la fama, de la libertad y los bienes de los peronistas y de muchos que nunca lo fueron. Recordemos el heroico martirio de Atilio Renzi, el secretario de Eva Perón en la Fundación, que la acompañó en su lecho de muerte y padeció largas prisiones. Al final, demostró que era incorruptible, leal y entregado totalmente a la ayuda social. Hasta las humildes distinciones que le había otorgado el Club Ferrocarril Oeste le fueron quitadas. ¿Y qué decir del Dr. Ramón Carrillo, el gran ministro y sanitarista, que murió en el exilio, en un desolado pueblo brasileño? La Junta Consultiva lo persiguió después de muerto pues prohibió enterrarlo en Argentina. Los ejemplos son miles.

Se impuso así un odio metódico y organizado al pueblo peronista que sólo fue la reiteración en la historia argentina de la ley del odio, A la oligarquía,  todo lo que huele a nacional y popular le revienta el hígado y lo considera delictuoso. Ya en el Martín Fierro está clara la cosa. Sólo que en el texto hernandiano en lugar de “chusma radical” o “negros peronistas” se dice, con el lenguaje de época, “gaucho”. Para la oligarquía ser pueblo es un delito: “El anda siempre juyendo,/ siempre pobre y perseguido;/ No tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito;/ porque el ser gaucho…¡barajo!/ el ser gaucho es un delito”.

Este odio descerebrado había llevado al Capitán Ghandi a concebir la peregrina hipótesis de que Perón había matado  (o había ordenado matarlo) a su cuñado Juan Duarte, hermano de Evita. En busca de pruebas, dedicó los esfuerzos de la Comisión Investigadora que integraba a este caso. Desenterró el cadáver de Juan Duarte, le cortó la cabeza y se paseaba con ella por la Jefatura de la Federal. Practicaba su oficio de torturador con la cabeza del difunto sobre el escritorio cuando quería “hacer cantar” a los peronistas aunque nunca lo logró. Téngase en cuenta que todos estos crímenes eran blindados por lo que entonces se llamaba Prensa Libre ( La Prensa, La Nación, Noticias Gráficas, Radio Colonia, etc.), o sea, el equivalente al ocultamiento mediático de la corrupción del gobierno actual; y, por cierto, el reiterado silenciamiento de la impiadosa entrega de la Patria al imperialismo internacional del dinero.

Esta muestra descarnada de odio al peronista, que ahora tiende a reciclarse, eran ejercida tanto por psicópatas como el Capitán Ghandi como por la crema de los “intelectuales libres”. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares odiaban al peronismo porque lo consideraban un “despliegue de vulgaridad” canallesca. Bioy confiesa: “Con Borges decíamos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego, no basta se antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona”(2006,194). Borges se refiere con impiedad a los peronistas fusilados y torturados por la Revolución Libertadora: “Después la gente se pone sentimental porque fusilan a unos malevos” (1974,90). Lo dice el 26/06/1956 y se está refiriendo al fusilamiento del Gral. Juan José Valle, al de sus camaradas y a la matanza de los masacrados de José León Suárez.

Pero, dirán Uds., ¿por qué este retazo trágico del odio al peronismo si lo que voy a entregarles es una hilarante parábola de Arturo Jauretche? Si han observado el relato, habrán notado que la historia implica ciertos reflejos de actualidad para nosotros. En efecto, de nuevo se pretende implicar a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior, de represión y detención de personas. Por eso, creo que la nota del editor del libro Filo, contrafilo y punta de Jauretche, de donde tomamos la fábula, me exime de ampliar contextualizaciones. Recuérdese que el militar que sostenía y co-actuaba con el Capitán Ghandi, era un capitán de navío y que las Comisiones Investigadores eran integradas por marinos de alto rango.

Esta es la nota del editor: “En un momento de la Revolución Libertadora gran número de oficiales de la marina pasaron a desempeñar funciones policiales. Fue la época increíble en que el capitán Ghandi disponía de la libertad y la vida de los argentinos respaldado por las fuerza de mar. En esas circunstancias las dos más grandes unidades de nuestra escuadra chocaron con grandes averías en puerto militar como consecuencia de impericias en la conducción de las mismas. De aquí el cuento cuya moraleja encontrará el lector”. Dicho esto, disfrutemos la historia del “El pescado que se ahogó en el agua”. Al comienzo, lo he sintetizado sin cambiar su sentido.

  1. El pescado que se ahogó en el agua

El arroyo de La Cruz había crecido por demás. Al bajar, quedó la orilla llena de charquitos. Por ahí pasaba, al tranquito de su caballo, Gumersindo Zapata, comisario de Tero Pelado. Algo brillante se movía en un chaquito. Se apeó y vio que era una tararira: “pescado redondo, dientudo y espinoso, tan corsario que no deja vivir a los otros”. Gumersindo se agachó, la sacó del charco y, de un galope, llegó a la comisaría. Pidió el tacho de lavarse “los pieses”, lo llenó de agua y tiró adentro la tararira.

“El tiempo fue pasando y Gumersindo cuidaba todos los días de sacar el “pescado” del agua primero un rato, después una hora o dos, después más tiempo aún. La fue criando guacha y le enseñando a respirar y a comer como cristiano. (…) El aire de Tero Pelado es bueno y la carne también, y así la tararira, criada como cordero guacho, se fue poniendo grande y fuerte.

Después ya no hacía falta ponerla en el agua y aprendió a andar por la comisaría, a cebar mate, a tener despierto al imaginaria y hasta a escribir prontuarios. En lo que resultó muy sobresaliente fue en los interrogatorios; muy delicada para preguntar, sobre todo a las damas, como miembro de comisión investigadora: “¿Cuántas bombachas tenés?” Igualito que otros.

Gumersindo Zapata la sabía sacar de paseo, en ancas, a la caída de la tarde. Esa fue la desgracia. Porque, una ocasión, cuando iban cruzando el puente sobre el arroyo de La Cruz, la pobrecita tararira se resbaló del anca y se cayó al agua. Y es claro, se ahogó.”

Nótese la alusión a la “comisión investigadora” y el tajante: “Igualito que otros”, alusivo al capitán Ghandi y los de su laya. Considérese que, en épocas de represión, una de las figuras más usadas es la alusión ( “ad-ludere”, jugar alrededor).

Y ahora, la enseñanza jauretcheana: “Que es lo que le pasa a todos los pescados que dedicados a otra cosa que ser pescado se olvidan de que tienen que ser eso: buenos pescados. Cosa que de por sí demanda mucha responsabilidad”. Así termina el cuento. Jauretche, pone una moraleja referida al uso de las fuerzas armadas para aquello que no constituye su razón de ser. Pero, como habrán visto, podemos dejar hallar otros sentidos latentes. Y eso, corre por nuestra cuenta.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 08/10/2018

Fuentes:

Bioy Casares, Adolfo, 2006, Borges, Buenos Aires, Planeta/Destino

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª.Ed., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Sorrentino, Fernando, 1974, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Ed. Casa Pardo

Veiga, Gustavo, https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-153421-2010-09-19.html