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por Jorge Torres Roggero

scalabrini_cc1.- El conejo Blackie

Esta escena de vida familiar ocurrió en Derby, Reino Unido. La mujer y los chicos habían salido de paseo y la estaban pasando muy bien en un parque cercano. De pronto aparece el padre. Haciendo gala de ostentoso buen humor les anuncia que, esa noche, les servirá una cena especial. Lejos del tono hosco habitual, se lo veía muy divertido. Su talante era como el de alguien que está preparando una sorpresa. Sería, pensaba para sus adentros, una broma que jamás olvidarían.

Los juegos habían despertado el apetito. Los niños comían y reían en un aparente oasis de paz. De pronto, el padre dice:”- ¿Les gustó la comida que les preparé?”

Todos asintieron. Alguno habló de repetirse, pero el padre, lanzando una risotada violenta, les dijo recalcando las palabras: “- Bueno. Se acaban de comer a su conejo Blackie.”

Los niños soltaron un aullido y comenzaron a vomitar. Toda la noche se pasaron vomitando y entre sollozos. Sin duda, nunca olvidarían la broma paterna. Fue entonces cuando la madre se dio cuenta de la violencia psicológica y física que ejercía el hombre sobre ella y los niños. “Aunque él me golpeaba, yo no me daba cuenta de cuánto afectaba eso a quienes me rodean. No lo podía ver hasta ese momento”. Así recordó la mujer el momento en que puso fin a un matrimonio de 15 años. Fue durante la jornada del Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Esta noticia la tomé de Diario Registrado, lunes 28 de noviembre de 2016. Aparece en la sección Mundo Bizarro, y se titula: “Lo anunció mientras comían”. Mientras repasaba el relato, me vino a la memoria un cuento de Scalabrini Ortiz del libro La Manga (1923). Se titula “Los Ogros”. Los protagonistas son también una mascota, los niños, la madre y el padre aliado a su socio comercial. La figura del padre, vaciada de sus contenidos positivos tradicionales, es el lado oscuro del símbolo. Es el revés y su rostro violento. Es el aspecto siniestro del bromista (el joker). En un país sometido, el padre se convierte en patrón insensible y cruel.

2.-Los monstruos

La crónica bizarra y el cuento tienen, por supuesto, distintos modos narrativos. En la ficción, el relator, siempre en tercera persona, va “por detrás” de los acontecimientos. Además, en el desenvolvimiento, cambia dos veces de punto de vista.

La primera escena es desplegada desde la mirada de un conejo y es la historia de su sometimiento consentido al amo: “Los grandes monstruos le habían intimidado mucho, en un principio. No intentó nunca resistir, porque sus débiles fuerzas no podían contrarrestar la de ellos, que movían fácilmente el cajón que le servía de casa y, levantándole por las orejas, con pasmosa facilidad, le elevaban a alturas vertiginosas”.

Por más que trataba de esconderse, los habilidosos monstruos lo encontraban de inmediato. La última tentativa de evasión ocurrió a la siesta. Primero con timidez, siempre receloso, salió del cajón y atravesó el desértico patio. Llegó a una pequeña y crujiente puerta. Era la entrada a un minúsculo jardín que le pareció inmenso. Se ocultó entre los yuyos. Engañado por los altos arbustos, se creyó libre. Se metió entre las matas, corrió un rato contento. Dio muchas vueltas y se encontró con la misma puerta por donde había entrado: “Era evidente que los monstruos le habían cambiado el mundo; antes, él podía recorrer el campo y, saltar libremente, aún, lejos de su cueva, ahora le imponían estos insalvables obstáculos”.

Escuchó voces. Lo estaban buscando, chilló, quiso esconderse, pero su desplazamiento lo delató: “Era imposible escapar; los monstruos dominaban el mundo”. Así que, convencido de la imposibilidad de huir: “trató de amoldarse a su nuevo estado, obedeciendo, en lo posible, los deseos de sus poderosos dueños”.

Les perdió el miedo. Llegó a encariñarse con los monstruos más chicos. Notó que, “cuando movía las orejas”, le obsequiaban con lechuga fresca. Ante la sabrosa promesa, obedecía de inmediato las voces confusas y llegó, con sus diversas habilidades, “a hacer las delicias de los monstruos pequeños”.

Claro, estaban los monstruos más grandes. Sobre todo uno que vivía, entre el fuego y el humo, manejando diabólicos y estrepitosos instrumentos: “Cada dos días se acercaba, le palpaba las carnes, tanteando su gordura y hacía gestos de satisfacción. Esto le llenaba de trágicos presentimientos”.

3.- Malone, viajero, cazador, gastrónomo

La segunda parte se inicia presentando una típica familia de pequeña clase media ocupada en los preparativos para la instalación de una zapatería. Habían logrado vidrieras bien arregladas y atrayentes. El padre de familia, con su socio, habían sido compañeros en la gran zapatería “El Tigre” y allí planearon el negocio. Tales eran los alegres pensamientos de Antonio Ramírez cuando, el sábado, entraba en su casa.

Hemos visto el papel de los monstruos respecto al conejo; ¿ qué sucederá entre el socio y la familia? Por lo pronto, Ramírez halló a sus hijos jugando con su mascota, “como de costumbre”. Admiró las habilidades que le habían enseñado. Juanito Conejo iba y venía. Le decían: “Mové las orejas” y las sacudía lentamente. Pero cuando el padre le gritó: “¡mové las orejas!”, asustado, se escondió tras la escoba.

Don Antonio reía encantado. Acarició a sus hijos y fue a saludar a su mujer. La “abrazó y besó largamente”. Le describió el local, calculó las ganancias, construyó castillos en el aire. Luego, hablaron del almuerzo con que, al día siguiente, festejarían la inauguración del comercio. Repasaron el menú. Y él hizo constar: “Hay que cuidar mucho la cocina, porque Malone es un gastrónomo”. Sugirió una duda, pero ella atestiguó: “Es una bola de grasa”. La abrazó de nuevo. Era feliz. Malone, el viajero, el gastrónomo, iba a hacer, exigente, su entrada en la casa. El conejo ya estaba sometido a “los monstruos”; y, ¿los Ramírez?

4.- El monstruo del fuego

En la tercera escena, volvemos a ver las cosas desde el punto de vista del conejo. Estaba arrepentido de su desobediencia al monstruo grande: “Había huido intimidado por el vozarrón. Prometióse, para adelante, obedecerles y mostrarle su cariño. No era ingrato y quería corresponder a los cuidados con que lo rodeaban”. En los últimos días: comida suculenta, abundante. A pesar de su apetito voraz, siempre sobraba. Con una compañera, hubiera sido feliz.

Muy temprano, sintió un leve roce en el cajón. Era el monstruo del fuego. Vio la siniestra intención y trató de huir. La poderosa mano lo agarró del cogote. Dolorosos apretones le hacían crujir los huesos. En la mano derecha brillaba un cuchillo. Cerró los ojos, sintió una punzada en la garganta. Entre la niebla rojiza que le ocultó la visión de las cosas, vislumbró un campo soleado, la cueva lejana. Un todo confuso y rápido: “Y sin fuerzas, dio el último sacudón, el postrero y quedó tieso”.

5.- Juanito Conejo: “mové las orejas”

Los comensales ya están en la mesa: la familia completa y el invitado. Los dos chicos lloraron toda la mañana. El menor limpió y acomodó el cajón como si Juanito viviese. “El mayor miró al invitado, desde su llegada, con odio profundo. No quiso saludarlo y le miraba desafiante. Él era el culpable de la muerte, era el Dios cruel, en cuyo honor se había realizado el sacrificio. De buena gana le hubiera arañado y mordido para descargar su anhelo de venganza, y juró no olvidarse”.

En efecto. Allí estaba el socio. Hombre vulgar. Ni bajo ni alto; ni gordo ni flaco. Gran viajero. Recordaba platos regionales de todos los pueblos: “América no le agradaba por la simplicidad de sus alimentos”. Lo anfitriones escuchaban boquiabiertos: “Sus sencillos estómagos admiraban tan refinada voracidad”. El extraño invasor parecía haber probado todo: “He comido faisán y gorrión, perdices, patos y hasta pichones de lechuza”.

La señora Ramírez ensaya una rebelión frente al gastrónomo: “¿se comen esos bichos? ¡Qué cosa repugnante! La señora insiste en su repugnancia. Malone compara la carne poco agradable del ruiseñor con la deliciosa de la lechuza. Antonio Ramírez, el marido, confiesa “con gran esfuerzo que él comería llegada la ocasión”. Pero ella se empecina en que es un bicho repulsivo.

El extraño comensal, por su parte, inicia un largo discurso sobre las carnes. Evidentemente, la señora, que habla desde el prejuicio, nunca podrá innovar su mesa. Se perderá muchos placeres gastronómicos. Dominador, celebra el manjar incomparable de la “carne asada de las piezas cobradas después de ardua persecución, matadas por uno mismo: “Comerse el corazón asado de un ciervo, conseguido tras larga caminata, une en uno solo, dos placeres inmensos. Hay que saber gozar en la vida”. Era un rotunda expresión de poder, de dominio sobre el goce mismo.

Pero ¿qué ocurría con los niños?: “Lo miraban intimidados”. Como el ogro voraz de los cuentos, su figura era desmesurada, su aspecto terrible. “Se comía todo lo que le rodeaba”. No comía por apetito, sino por “deleite, por crueldad”, “sin remordimientos”.

Entonces, el sometimiento del padre y de la madre al socio cobró nuevo significado: “Su padre y su madre se les aparecieron, también, como ogros que se comían hasta los animales cobijados en su cariño; ellos también comerían a su difunto amigo. Eran los ogros de los cuentos: sanguinarios y crueles”.

Fue entonces cuando llegó el plato especial: conejo saltado. Los niños vieron el cadáver despedazado de su amigo rodeado de arroz y pimientos. El dolor humedecía sus ojos y la angustia secaba sus gargantas: “La cabecita, colocada sobre arroz en el centro de la fuente, parecía, aún, mirarlos con cariño”.

El ogro invasor comenta que, bien condimentado, el conejo saltado es delicioso: “Ha adivinado usted mis gustos, la cabeza es la parte más sabrosa”. Con la punta del cuchillo hizo saltar un ojo, y se lo comió chasqueando la lengua. “Con la misma fruición se comió el otro”. Arrancó los músculos de la carretilla, los probó, e hizo una mueca de desagrado: “¡Este conejo ha sido degollado!”. Ante el asentimiento ingenuo de la dueña, le reprocha el grave error: los conejos degollados pierden el gusto. Hay que desnucarlos.

Don Antonio Ramírez “vio a sus hijos conteniendo el llanto y tuvo un ligero remordimiento”. Recordó el conejito blanco y sin pensar en lo que decía, exclamó: “Estaba tan acostumbrado a verlo, que me parece comer un hijo”. Pero el cazador, bruscamente, le reclamó: “No haga sentimentalismos”. Y el padre respondió: “Tiene razón, mientras continuaba masticando, con sus filosos dientes, los delicados músculos adheridos al fémur”.

Sólo quedaba “el cráneo pelado y hueco del conejo”. El padre quiso distraer a los muchachos y se dirigió al cráneo: “Juanito Conejo, mové las orejas”. “Los muchachos lo miraron atónitos. Les pareció ver sobre el plato a su amigo, siempre blanco, mirándolos con sus ojillos movedizos, y se echaron a llorar inconsolables cuando el padre repitió: ¡Vamos , Juanito Conejo, mové las orejas!”.

6.- Modos de leer

Como todos los cuentos literarios, este cuento del joven Scalabrini Ortiz ofrece sus costados flamantes. Podríamos estudiar el discurso de poder entre padre, madre e hijos y sumirnos, ya en relación con la crónica del inicio que crea un verosímil implacable, en acuciantes cuestiones de género que no estoy capacitado para abordar.  Por supuesto, comparando la nota bizarra y el cuento no estaría mal pontificar sobre la relación entre realidad y ficción y, de paso, fatigar citas borgeanas como adorno lujoso de viejos lugares comunes.

A mí, personalmente, dados mis límites, me atraen dos direcciones. Uno, es el vector sicológico. Pienso, por ejemplo, en la “Psicocrítica y el método” de Charles Mauron como oportuno auxilio teórico. Y tratándose de padre y ogros, ¿cómo no acordarse de El héroe de las mil caras de Joseph Campbell?

El segundo camino es muy humilde. A lo mejor conviene iniciarse con una sencilla contextualización. Ponerse a pensar, por ejemplo, en un drama nacional: la alienación de la pequeña clase media argentina imitando con gesto simiesco a la oligarquía vendepatria y aculturada. “Fruncida”, reprimida, autodenigrada, frustrado remedo de la Inglaterra victoriana es apenas la sombra del sometimiento lujoso de la pseudoaristocracia oligarca.

Pensamos. Por la misma época en que se escribió este cuento, plantan cara los personajes de clase media de Roberto Arlt como representación de la sumisión conejil al capital extranjero (“gastrónomo” de nuestras carnes y nuestros granos):¿Qué mundo configuran inventores (“emprendedores”), novias, madres y adolescentes deseantes?

En La Manga, Scalabrini Ortiz estaba descubriendo la importancia de la relación individuo/muchedumbre que planea en todo el libro comenzando por el texto inicial titulado “Los Humildes”. La Manga es la representación de la manga de langosta como símbolo de la superación del individualismo, del mandato invisible que impulsa al sujeto aislado a un incierto pero seguro destino común. Ya escribí en este blog sobre ese tema. Relean: “ Dos parábolas de Raúl Scalabrini Ortiz: “La manga de langostas” y “La chinche flaca”.

Podría extenderme con una interpretación que concilie estética y realidad, ficción y verdad. Pero sería muy extenso. Ensayemos un breve repensar, un entretenido repensarse.

Mirándolo bien, si deshilachamos algunos de estos textos, es posible desenhebrar algunos hilos. En la “crónica bizarra”, se impone con crudeza un extremo machismo. Se perfila con fuerza el rostro sombrío de una violencia psicópata que se ejerce, impune, sobre el niño y la mujer. La noticia, a su vez, es presentada en sus aspectos más escabrosos. Sin embargo, la explotación comercial del escándalo no puede ocultar una verdad nueva: el advenimiento irreversible de una era de la mujer y el niño (el joven) como sujetos históricos relevantes.

En “Los ogros”, por su parte, contextualizando época de escritura y posterior desarrollo de la obra de Scalabrini Ortiz, nos sentimos tentados a leer una simbolización, quizá todavía inconsciente, de la situación de Argentina como semicolonia consentida de Inglaterra.

En efecto, Malone (significativo nombre) aparece como una especie de conquistador avasallante, invasor de un hogar (matria/patria). Ha viajado por todo el mundo y ejerce imperio sobre los más exóticos sabores, carnes y piezas cobradas por su poder de cazador experto. Es el socio del padre, el que aporta la “inversión” en la zapatería. Con un claro dominio sobre la familia, hay que evitar su ira sirviéndolo con eficacia, homenajeándolo. La madre ha cometido un sacrilegio en el modo de sacrificar el conejo y recibe una reprimenda humillante.

Sin embargo, es ella, la mujer, la que ensaya una rebelión que se manifiesta como “repugnancia” y “repulsión” a la ideología y prácticas del “gastrónomo”. El padre, en cambio, lleva su sometimiento al punto de aceptar carne de lechuza, y cualquier animal, sin caer en “sentimentalismos”. “Tiene razón”, le dice al socio mientras devora una pata del conejo; pero, por dentro, la sensación es como la de “comer un hijo”.

Sólo los niños se niegan al banquete profanatorio. Intimidados, se rebelan desafiantes, miran con odio al intruso y convierten a los adultos en enemigos, en ogros. Imposibilitados de morder, de arañar, “anhelan venganza”, “juran no olvidar”.

Por eso quizá el conejo sólo sea la figura de un pueblo alienado que pierde su conciencia, sus espacios y su libertad conformándose con palabras engañosas, con “una hoja de lechuga”. A partir de cierta plenitud de goce del espacio, del campo libre, las posibilidades de autodeterminación se van achicando: el patio, el jardín, la cocina y, por último, la fuente. Pero la fuente, que es también tiempo, es haberse reducido a un “cráneo pelado y hueco”, “sin ojos” (la capacitad de “mirar” ha sido devorada por el invasor) al que se ordena “mover las orejas” que ya no tiene.

Por último, sería lindo que lectores ávidos recorran la literatura argentina contemplando la maravillosa complejidad con que suele representarse la relación niño/adulto. Pienso en algunos cuentos  de la misma época (asiduos en las antologías escolares de “hace tiempo y allá lejos”): “El pato ciego” de Ávaro Yunque; “El potrillo roano” de Benito Lynch. Y, ¿por qué no incluir, en esa década, el reserito de Don Segundo Sombra?

Claro que, ya que estamos, no dejemos de releer dos novelas de épocas más recientes para ser interpelados por dos memorables personajes niños: Odiseo ( Las Tierras Blancas, de Juan José Manauta) y Milo (Alrededor de la jaula de Haroldo Conti). Y aquí paro hoy.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

Campbell, Joseph, 1984, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, México, F.C.E.

Conti, Haroldo, 1985, Alrededor de la jaula, Buenos Aires, Legasa

Manauta, Juan José, 1959, Las tierras blancas, Buenos Aires, Editorial Sophos

Mauron, Charles, 1969, “La Psicocrítica y su método”. En: Tres enfoques de la literatura,  Buenos Aires, Carlos Pérez Editor

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973, 2ª.edic., La manga, Buenos Aires, Edit. Plus Ultra

 

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