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por Jorge Torres RoggeroEVO EN EL SUELO

1.- Sobre turbas y cívicos

Partiremos de las crónicas de diarios bolivianos y su versión sobre lo sucedido durante el golpe de estado contra Evo Morales. ¿Por qué la representación subvierte la realidad? ¿Por qué el pueblo que defiende sus derechos y su dignidad es presentado como “vándalo”, es decir, horda errante y bárbara? ¿Por qué los paramilitares ostentan el “civilizado” apelativo de “cívicos”? Trataremos de leerlos con el soporte de la sabiduría popular develada por R. Kusch y descubrir, así, que más allá de la coyuntura política, económica, de “hegemonía” imperial, el pueblo es el portador de la victoria y la felicidad de todos.

Memoremos algunas crónicas del día 12/11/19 en algunos diarios bolivianos. El Diario cuenta  que “grupos de vándalos que enarbolan la Whipala se desplazaron en diferentes puntos de la ciudad”. Para La Prensa ocurrieron jornadas delincuenciales protagonizadas por “milicias masistas” que queman puestos policiales y roban documentos relacionados con investigaciones sobre narcotráfico. Es fácil advertir cómo ya se está anticipando el tenor de la persecución “jurídica” al gobierno popular derrocado. Porque dice más: el centro de operaciones está en Chimoré y Guayare. Desde allí Evo Morales (al que alude sin nombrarlo) imparte órdenes a “miles de hombres y mujeres armados”.

El diario Página 7 cuenta que los alteños (los de El Alto) marchan en contra de los policías. ¿Cuáles son sus razones? Los policías quitaron de sus uniformes un símbolo patriótico y lo quemaron. Han mancillado algo sagrado. ¿Cómo es posible, dicen los alteños en lucha, que hayan quemado la Whipala, cómo es posible que la hayan cortado? La  Whipala , dicen, es una conquista, es un derecho. El pueblo alteño siente como una mutilación y su cuerpo social se duele, se queja y se rebela y padece en su cuero curtido por siglos de resistencia. La  Whipala  es un símbolo de los pueblos. “No es de un partido, es de los pueblos”, dice un vecino. Y agregan: “No podemos permitir que la gente hable de indios, de hordas. Nosotros los alteños somos personas de bien, trabajamos todos días y no somos como dicen las redes sociales” (La Razón). Ese es el motivo por el cual algunos policías, según El Día, “fueron obligados a besar de rodillas la bandera Whipala – símbolo que fue retirado a la mañana de sus insignias policiales- y recién los dejaron libres”. El pueblo no tortura, exige respeto.

Tenemos entonces una idea general: según la prensa, las “turbas”, o sea, el pueblo organizado defendiendo sus derechos, quema y destruye. En cambio, los “cívicos” (réplica anacrónica de nuestros crueles “comandos civiles” de 1955) “ordenan” la vida. Curiosamente cuando tratan de definir a los cívicos, los engloban con los “periodistas y políticos de la oposición” entre los que están el rector de la principal universidad, los médicos en huelga y los estudiantes universitarios.

Los diarios sostienen  que  “el orden” será restablecido por la policía y las fuerzas armadas “en coordinación con los cívicos” (El Diario). Ahora bien, los cívicos son los que quemaron y saquearon la casa de la hermana de Evo Morales, los que vandalizaron la incomparable biblioteca de García Linera y rociaron con nafta los cuerpos atados de los familiares de funcionarios del Mas bajo la amenaza de achicharrarlos si no renunciaban. Son los que humillan a las mujeres aborígenes por sus polleras y sus cimbas, los que apalean y patean cuerpos caídos. Ellos, por fin, robaron y quemaron urnas y actas de los comicios para invalidar la elección. En otras palabras, representan una barbarie supuestamente ilustrada y blanca movida por el odio, el miedo al otro y la venganza; en cambio, lo que los diarios llaman “grupos vandálicos”, marchan sabiamente organizados, tienen conciencia de su dignidad y sus derechos vulnerados. Padecen, además, represión, violencia, tortura, violaciones. Sin embargo, a pesar de todo,  los alteños marchan cantando “No tenemos miedo” (El Diario). García Linera , ya con un pie en el avión rumbo al destierro, carga un pedazo de tierra boliviana: “lo tendré al lado del corazón y más pronto que tarde lo volveré colocar en su lugar”(Los Tiempos,12/11/19).

Evo Morales , antes de partir, se ha refugiado entre los suyos. Sabe que la Embajada y los poderosos lo quieren muerto. Por eso se radica. Acude al arraigo, al origen, a la intemperie inicial. Está “tumbado en el suelo”, en el puro estar, pero avisando por Twitter que “volverá con más fuerza y energía” (El Día). Está en el seno de sus organizaciones, “los hermanos de las federaciones del trópico”. Ellos le brindan “seguridad y cuidado”.

Los diarios resaltan que los alteños llevan como unamcham (estandarte) la  Whipala  y un gran número se cubre con el aguayo. Las funciones ancestrales del aguayo son muchas : desde portar la carga, hasta ser  cuna de un niño en la espalda. Pero también se extiende sobre la tierra para ofrendar a la Pachamama, o es usado como mantel el día de los muertos sobre las tumbas de los antepasados para compartir el alimento, o, simplemente, sobre el suelo familiar para celebrar la liturgia del comer y beber en comunidad. Evo dormido en el suelo sobre una precario aguayo ( colcha sin los colores vivos de la alegría de ser), ya está soñando futuras batallas.

2.- El miedo a pensar

Kusch siempre insiste en que hay que “animarse” a pensar, a “tantear” lo no dicho, el otro lado. Es necesario revestirse de un ánimo que nos induzca a perder el miedo, a arriesgar relaciones nuevas, a pronunciar lo innombrable, a desaprender para aprender. Esto obliga, en primer lugar, a  aceptar nuestra precaria individualidad de “sujetos culturales sin cultura” y a reconocer que el sujeto real es social, es el pueblo.

Nuestra primera tarea, postula Kusch, es animarnos a pensar lo propio. Todo intento de pensar en Latinoamérica nos divide en nuestros adentros y en nuestro afuera social: reproduce lo que no somos, mientras lo real, como la semilla, se subsume en las profundidades del mero estar. Quedan escindidos, así, el ser que vive y el ser que piensa.

Estas elucubraciones  sirven para trasportarnos a un primer episodio que funcionará como   soporte de nuestra meditación. Cuenta Kusch que, cierta vez, uno de los estudiantes que lo acompañaban en su trabajo de campo preguntó al brujo Ceferino Choque “cómo le iba a ir en Estados Unidos”. Era, a no dudarlo, uno de nuestros frecuentes becarios. Choque, que usaba las hojas de coca tanto para adivinar como para aconsejar, le pidió que “aquiete su corazón, aquí no más siempre va a estar bien”. Al rato, como mirando para adentro, sentenció: “No quiere ir, pero no quiere quedar acá; está doblado su corazón, está dividido su pensamiento”.

Choque, desde los adentros del pensamiento popular, plantea la fisura profunda entre dos formas de conocer que no pueden completarse aisladas: el corazón doblado divide el pensamiento. Pero el corazón se aquieta con el aquí no más, en el lugar del estar bien.

Lo que el yatiri enuncia es una indicación para radicarse y pensar lo propio. En efecto, pensar lo propio se refiere a un pensar culturalmente arraigado. La palabra arraigo es uno de los signos del pensar según Kusch. Como todo lo que implica “raíz”, se relaciona con suelo: “Detrás de toda cultura está siempre el suelo. No se trata del suelo puesto así como la calle Potosí en Oruro o Corrientes en Buenos Aires, o la pampa, o el altiplano, sino que se trata de un lastre en el sentido de tener los pies en el suelo, a modo de punto de apoyo espiritual, pero que nunca logra fotografiarse porque no se lo ve […] Y ese suelo así enunciado que no es ni cosa, ni se toca, pero pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura. (Geocultura del hombre americano).

Kusch postula que sin suelo no hay arraigo y, sin arraigo, no hay sentido. No hay cultura como casa del hombre: sólo una mímesis propicia a la   invasión depredadora. Accedemos así a una de las categorías que formalizan la matriz conceptual del pensamiento kuscheano:  geocultura, pero no es, por ahora, objeto de estas líneas.

Una primera reflexión sobre el paradigma que se preformula mediante la   lectura diferente que proponemos, desnuda nuestra carencia de una imagen mental que pueda enunciar las palabras que el brujo Ceferino Choque “lee” en las hojas de coca. Sentimos entonces, llenos de dolor y perplejidad, la estrechez de nuestra mirada y nos negamos a pronunciar “el mal que nos aqueja” y nos entumece:  el miedo. Miedo de pensar lo propio. Con tal de eludir la intersección entre pensamiento y suelo (lo que permitiría leer las hojas coca u oler la Biblia) se levantan barreras y se instauran sensores epistemológicos en las universidades, en los medios de comunicación y en el discurso político y estético. Uno de los separadores (constructos) más persistentes y depredadores es el destinado a distinguir entre pensamiento culto y pensamiento popular.

El primero, según este estereotipo, toma como modelo la racionalidad científico técnica: es sistemático y enciclopédico; el segundo, en cambio, parece destinado a pensar las áreas marginales de nuestras naciones y de nosotros mismos. Sin embargo, según vimos, “Detrás de toda cultura está siempre el suelo.” Pero no como lugar, sino como “lastre” que nos arraiga, o “punto de apoyo espiritual” invisible, no fotografiable. Es fundamento.

3.- Oler la Biblia: los signos del hedor

Kusch recuerda el famoso encuentro entre el Inca Atahualpa y el fraile Valverde. El cura le presenta la Biblia, el Inca no conoce la escritura del invasor, ignora de qué se trata y, entonces, la huele. Pensar lo nuestro, concluye, es algo así como ponernos de parte de los que huelen la Biblia, en vez de leerla. Oler nos propone que hay que animarse a conocer de otro modo, es sospechar que la escritura ha sido, no instrumento de liberación, sino  un modo de dominio en América y compendio del saber del amo (Geocultura del hombre americano)

Por eso el intelectual debe animarse a que lo consideren inculto y bárbaro para dejar de ser  un “sujeto cultural sin cultura”. ¿Por qué limitarnos a repetir una cultura letrada que no es la nuestra; por qué atribuirle patente de universalidad? Oler instaura una fase de sospecha: posibilidad de que el libro sacralizado por el canon esconda alguna traición. Atahualpa fue torturado por oler la letra. Oler es un modo otro de conocer.

En el golpe de estado de Bolivia, el jefe de los paramilitares cívicos, entró a la casa de gobierno portando una Biblia. Para exorcizar el recinto, había que desalojar a  la Pachamama (el suelo, el sustento) y la Whipala. Viejo error del colonizado: no saber dónde está parado, construir en el médano. Desgraciadamente, el intelectual convertido en “sujeto cultural sin cultura”, refleja en el espejo de su pensamiento el temor y el odio de los explotadores al pueblo. Porque el sujeto cultural en América (el filosofante, el lector, el culto) no somos los sujetos individuales letrados y arropados de libros extraños. En última instancia, el acto de pensar lo innombrable es el misterioso poder de un sujeto social:  “lo que llamamos pueblo”.

América Profunda desarrolla algunas de las formas del miedo entre los intelectuales, políticos y clases medias urbanas. Surge así que el miedo más paralizante es el de ser primitivos: pasar a la categoría de turba o vándalos. Si nuestro conocimiento tiene por objeto la realidad y no lo que de ella dicen los libros, habremos construido su representación.  Pero una representación se construye con signos y el signo que se levanta y flota sobre nosotros permitiendo que se intersecten todas nuestras contradicciones y que se ponga en movimiento el acto de conocer es el hedor.

A veces nos convencemos de que nuestro deber es, retrogreso vergonzante, avistar la tierra prometida del primer mundo. Nos pillamos, como advirtió Jauretche, y nos creemos investidos de la racionalidad de Occidente, de la pulcritud de las guerras “sin sangre” de CNN, sin muertos a la vista por virtud de cierta cirugía electrónica.

Pero, nos topamos ahí nomás con el cólera bajando por el Pilcomayo; con unos compatriotas víctimas de ríos contaminados por los civilizados. A “esos indios”, bajo la acusación de ignorancia, les atribuimos la peste que nos amenaza. He aquí que los cultos sienten, aterrados e indefensos, el contacto con las víboras que invaden las ciudades durante las inundaciones. Entonces se tiene miedo del tren cargado de bolivianos que bajan a la zafra, el tabaco o la vendimia, a las villas miserias del Gran Buenos Aires pobladas por generaciones de correntinos, paraguayos, por más riojanos que en La Rioja, por más santiagueños que en Santiago del Estero.

Ese rostro sucio siempre debe ser lavado para ponerse presentable. Por lo tanto, habrá que arrancar las vías y los trenes, así eliminamos la segunda clase, los vagones abarrotados de golondrinas. En “este país” todo se echa a perder y los servicios “nunca funcionan”. Privaticemos, enajenemos, entonces, el cuerpo y el pensamiento.  (Pensamiento Indígena y Popular en América)

Para vencer ese miedo, es necesario hacer algo impensado, algo que ya se considere superado: revivir lo más profundo de nuestro miedo, volver a estar expuestos al rayo, al trueno y al relámpago, estar echado en la manta cocalera. Subsumirse en la precariedad más antigua de la especie, hundirse en las regiones que el mito del progreso y de la técnica creen haber solucionado. Porque nuestra extrema pulcritud carece de signos para expresar el miedo. Si la pulcritud es una forma impuesta y el hedor lo informe y viviente, es hora de perder la “fascinación ante las cosas nombrables” y arrostrar el riesgo de “aventurarse a indagar las innombrables” (Pensamiento indígena y popular en América).

Accedemos así a una categoría que reviste especial importancia en Kusch: la de operador seminal.(Geocultura del hombre americano)  El operador seminal es un elemento constitutivo del símbolo y funciona como articulador entre la “reificación y la determinación emocional, como participante de la cosa y todo lo que no es la cosa” y conlleva la respuesta profunda que constituye al sujeto. Así cobran sentido los colores de la  Whipala y la celebración comunitaria con su carga energética. Y la fuerza invencible del pueblo. ¿Por qué las crónicas insisten que los alteños van cubiertos con los aguayos? No lo pueden comprender, pero una sabiduría ancestral nos dice que el aguayo, de múltiples colores y significados, está relacionado con el arraigo del pueblo y la solidaridad de las generaciones. Desde la época de Tupac Amaru vienen queriendo censurar el mensaje de las vestimentas. Porque la resistencia se repliega, a veces, en los cuerpos.

Yendo y viniendo entre lo útil y lo inútil, el operador seminal  totaliza el habitar, “constituye, a modo de simple promesa, el domicilio y da en un sentido (…) una plenitud a la existencia”. No clasifica, distribuye sentido: porque el sentido también debe ser distribuido de acuerdo a la “ley del corazón”.

Así como los pontífices de la lingüística, la filosofía, la semiótica y la psicología fundan sus aproximaciones con los nombres y las figuras de la mitología griega, Kusch se provee en la mitología incaica de los operadores seminales como formalizadores y distribuidores de sentido. Llamaremos a ese operador seminal hervidero espantoso. Esta nominación tiene su residencia en un suelo mental que está más acá del pensamiento occidental y sirve para definir la función del estereotipo en la historia concreta.

4.- La cruz de piedra y el hervidero espantoso

Entremos en este mitologema. Cerca del 1600, el padre Ávila se topó con el indio Joan de Santacruz Pachacuti yamqui de Salcamayhua. Fue en Cacha, unas cuantas leguas al sur de Cuzco, cerca del templo de Viracocha. Yamqui es un tratamiento o apellido y con él se designa a los más nobles de aquella comarca, “cuyo origen era una fábula”. Los españoles andaban por ahí haciendo redadas porque entre los indios habían cundido las herejías. Cristóbal de Medina, en su Relación de las fábulas y ritos de los incas cuenta que: “…creyeron que todas las huacas del reino, cuantas habían los cristianos derrocado y quemado, habían resucitado….y que ya las huacas andaban por el aire secas y muertas de hambre porque los indios no le sacrificaban ya…Y así fue que hubo muchos indios que temblaban y se revolcaban por el suelo, y otros tiraban pedradas como endemoniados, haciendo visajes…  [ diciendo] que la huaca fulana se le había entrado en el cuerpo”.  (América Profunda)

Los españoles reprimieron con saña a estos piqueteros del S. XVII, cuya supuesta irracionalidad los condenaba a la no-existencia. Lo cierto es, que como en el cuento  borgiano, en el S.XXI se repite la escena en Bolivia. En medio de ese hervidero espantoso ocurrió el encuentro entre el cura y el yamqui. Este, para explicar su concepción del mundo, le dibujó el esquema del altar del templo de Coricancha del Cuzco. Observa Kusch que una lectura actual asimilaría esa estructura gráfica a los trazados de los alquimistas del renacimiento y el barroco. Los tentados por esa ciencia sagrada, precursora de la química, como Giordano Bruno, Pico della Mirandola y muchos más, fueron también víctimas de represión, tortura y hoguera. Se avecindaban en las afueras del pensamiento único de la época: eran innombrables..

Uno de los cinco momentos de la manifestación de Viracocha, “dueño del  hervidero espantoso” ( manchay ttemyocpa), llamado unamcham , que significa signo o estandarte, era Tunupa.

Elegimos este tercer signo porque nos ilustra la concepción kuscheana del acto de conocer. En efecto, Tunupa, como fórmula ritual, significa “que va siendo mundo”. Es un desdoblamiento de Viracocha caído en el suelo como signo de la formalización necesaria. Crear un mundo, piensa Kusch, supone una vinculación entre dios y mundo. El mundo amorfo contamina al dios.

Pero, en el acto de creación, Viracocha, que es sólo teoría, pensamiento puro, lo que había que enseñar y debía permanecer incontaminado, carga, convertido en Tunupa, con el polvo de los caminos y se mancha en el hervidero espantoso: es hedor, rostro sucio. En él se materializa la enseñanza de Viracocha. Como un pobre y andrajoso peregrino, llega a los Andes de Carabaya.

Construye luego una cruz y entra a predicar la “doctrina del señor” en Carabuco, a orillas del Lago Titicaca. Enarbolando la cruz cósmica, avanza sobre las tinieblas, sobre el terrible hervidero cuyo caudillo es el jaguar terrorífico.  Tunupa, apresado y despedazado por el felino (uthurunku), ha enterrado la cruz en Carabuco. El caos la quiere destruir, pero ella se convierte en semilla y vuelve a aparecer portada por el harapiento peregrino que la petrifica, es decir, la formaliza. Esta muerte ritual nos arroja al milenario y tremendo complejo vital que, acosados por el miedo a lo desconocido, desintegramos de la mente racional.

Evo Morales “echado en el suelo” es la puesta en acto del mito que irrumpe en el horizonte del habla, permite proferir lo innombrable, exorciza el caos y conquista un equilibrio (cruz petrificada) como armonía de forma y vida. Por eso en la derrota, puede predicar la paz y la concordia.

Se ha construido así una representación del conocimiento como teoría y práctica del hacer. En América, postula Kusch, se nos presentan las cosas como absolutamente hechas. Y se lo hace en nombre de una “moral y estoicismo que ya fueron abandonados” en Occidente.

Esa sumisión a lo preformado nos lleva a reconsiderar el operador seminal  miedo. Hace más de quinientos años que nos empeñamos en suprimir lo vital: “miedo a dejarse estar, no sea que uno pierda el prestigio de hombre civilizado” o “no solucione urgentemente las cosas” (cfr. Pensamiento Indígena…). El miedo de vivir lo paraliza todo. Y en primer lugar el miedo de vivir lo americano. Moralidad, artes, política, son reducidos a un simple “canon que subsume la verdadera vida”.

4.- La Whipala ardiente

Ahora bien, si el pensamiento seminal “se mueve entre extremos innombrables, pero aunque pase a segundo plano, sigue acompañando, de cerca, las más racionales de las afirmaciones”, nos vemos obligados a reintentar la pregunta inicial que nos formula Kusch: ¿Cómo concebir al sujeto cultural en América?¿Cómo animarse a modos nuevos de conocer más acá (que es donde estamos) del canon?¿Cómo petrificar el signo o estandarte que captura el acto fulgurante en que lo racional se moviliza hacia lo real y lo real impregna lo racional?

Quizás sea preciso aceptar que en América lo viviente permanece como un entierro (tesoro guardado bajo tierra) en el subsuelo social: “En América lo viviente pertenece al subsuelo social, se asocia a la negación de la ciudad al punto de hacer arrancar a Borges la exclamación de que el Martín Fierro suele ser defendido por la anti-inteligencia”.

En lugar del arte de la forma y de los contenidos neutros con que fabricamos la universalidad, una vuelta a lo biológico, a la condición ameboidal (,”Anotaciones para una estética de lo americano” ) que  revuelca,   sin forma, en el charco barroso de la realidad su capacidad de sobrevivir y sustraerse a la estructura social opresiva. El conocimiento de lo real, antes de ser formalizado, es sólo una semilla enterrada en el espacio geocultural: germen de pensamiento sin correspondencia alguna con aquello que hemos convenido en clasificar como tal.

Las formas occidentales no tienen consistencia ante lo americano. América siempre se corre más acá de las formalizaciones de los superpoderes (leyes, constituciones, escuelas, universidades, medios, ciencia).

Kusch menciona a Juan Moreira. La obra de Gutiérrez desregulariza las formas teatrales europeas y perfila un género propio: el teatro criollo. Sobreviene una mudanza en el espacio: no en el teatro, en el circo; no sólo en el escenario, en el picadero. Entre una confusión de vestimentas, dialectos, gritos, música, caballos y fogonazos, el sujeto cultural cuestionaba su supervivencia en el margen mediante el despliegue vital de Moreira. Es el triunfo de lo humano sobre el caos, es el conjuro (la formalización) del hervidero espantoso. Todo lo sin solución, propone salvación en Martín Fierro, en Juan Moreira, en el arte popular, en el ritual del tango, en los reprofundos del subsuelo social, en la Whipala, en el aguayo: en todo lo inconfesable de América. Claro que eso exige una ascesis al sujeto. No ya un sujeto biográfico o inteligencia individual, sino sólo gestor, sujeto de una acción en que el pueblo agota el fenómeno cultural como puro proyecto.

La cultura, la gran obra, ya no será privativa de un sujeto kantiano (una categoría), sino de la comunidad que ve en ella una especial significación. Ser creador de arte, de pensamiento, de política, consistirá entonces en convertirse en instrumento de una totalidad inteligente ante un requerimiento de formalización.

Con frecuencia, los instrumentos provistos por la universidad dejan al intelectual indefenso ante lo americano. Kusch propone estar para ser. A lo mejor cuando aprendamos a estar echados entre las guascas del Viejo Vizcacha o tirados como el Cacique de Juan Moreira “sobre un montoncito de tierra recién movida” o entubados al respirador jadeante del bandoneón de Troilo, habrá comenzado lo que nos toca de pensamiento a proferir,  la palabra de nuestro estar siendo. Como Evo Morales, “echado en suelo sobre una manta”, bajo cielo encimado de un precario toldo, a la intemperie, estando con el todo el pueblo para ser. Parece no estar, pero está; parece no ser, pero es. Quemando el estandarte, pretendieron desterrarlo y desalmarlo, pero la Whipala, hace milenios, no deja de arder en el corazón del pueblo.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 14/12/19

Bibliografía:

Kusch, Rodolfo, 1975, América Profunda, Bs.As., Bonum

                       , 1976, Geocultura del Hombre Americano, Bs.As., Fernando García Cambeiro.

                     , 1977, Pensamiento Indígena y Popular en América, Bs.As., Hachette.

                     , 1985, “Anotaciones para una estética de lo americano” (En: IDENTIDAD, Segunda Época, Revista de la Fundación Ross, Rosario). 

por Jorge Torres Roggero

Imagen (38)1.- Manuel Ugarte: un maldito

En el prólogo del libro  La reconstrucción de Hispanoamérica, Manuel Ugarte (Bs.As., 1875/Niza, 1951) sostiene que lo que vamos a leer es “un testamento y una despedida”. Desde que, a comienzos del Siglo XX, inició su batalla cultural contra el imperialismo y por la unidad latinoamericana, solo tres libros suyos fueron editados en Argentina. Su lucha y su obra fueron silenciadas por el aparato cultural de la oligarquía. En gira de conferencias por toda América Latina, “agotó su fortuna personal, despertó la aversión de los cipayos, de derecha y de izquierda y fue expulsado del Partido Socialista por su “nacionalismo latinoamericano”. Sus libros principales fueron editados únicamente en España y Francia.

El libro póstumo, que vamos a recorrer juntos, fue editado en 1961 por Editorial Coyoacán. Su viuda, Thérese Desmard comenta: “Se le negó todo, hasta una jubilación como periodista a aquel que había invertido toda su fortuna en grandes campañas continentales, a principios de siglo, para pregonar la unidad de los pueblos de América Latina”. El desconocimiento deliberado de su obra asegura, es el resultado “de una confabulación del imperialismo contra el que luchó toda la vida”. Aislado y perseguido, se vio obligado “a asumir un destierro voluntario de cuarenta años”.

Los siete capítulos de La reconstrucción de Hispanoamérica que se publican fueron corregidos por Ugarte. Pero el prólogo es una recopilación de los apuntes que había preparado para una redacción ulterior. El manuscrito quedó inconcluso. Trabajaba en él cuando la sorprendió la muerte en 1951.

En 1945 había regresado fugazmente a la Argentina y, con disidencias, apoyó el movimiento popular naciente. Entre sus papeles, se encontró un texto en que sostenía: “Perón es la voluntad nacional y en ella se funda actualmente la salvación de la Patria. No he pertenecido nunca al bando de los aduladores y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa para votar a Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en los momentos difíciles porque atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos.” Y concluía: “Todos los presentimientos y las esperanzas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero.”

2.-Mestizaje: ¿el fuerte siempre gana?

Eva Perón hablaba del “derecho victorioso del más débil”. En consecuencia, a lo mejor  la  historia  de nuestras luchas por la vida, de la selección de las especies y del dominio del más fuerte, nos es la verdadera historia. Esas, diría Borges, son “nuestras imposibilidades”. Como en la microbiología, existen otras posibilidades. Está comprobado que, mediante la cooperación, el débil logra sobrevivir y sobreponerse a la agresión del más fuerte. Refiriéndose a esto, dicen los microbiólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan en Microcosmos: “La competencia en la cual el fuerte gana ha recibido mucha mejor prensa que la cooperación. pero ciertos organismos superficialmente débiles han sobrevivido formando parte de entidades colectivas, mientras el representante de los fuertes, al no haber aprendido el truco de la cooperación, fueron arrojados a la pila de los residuos de la extinción evolutiva”.

También el sexo es un tipo de realimentación: ““El sexo, postulan, como la simbiosis, es expresión de un fenomeno universal, el principio de mezclarse y congeniar. Dos organismos, sistemas u objetos bien desarrollados y adaptados se combinan, reaccionan, vuelven a desarrollarse, definirse, adaptarse y surge algo nuevo”.

De tal modo, no seríamos seres autónomos, sino eslabones de una cooperación simbiótica. La vida es una forma de cooperación. Surgiendo de la confusión y el caos, se realimenta. La supervivencia no es una especialización de los más aptos; es, en cambio, la cooperación como la más potente operación de cambio evolutivo.

A partir de una intuición poética, Kropotkin postula una interpretación del origen de las especies de un modo diferente al determinismo positivista. En su libro Socorro Mutuo, plantea: “Si nosotros preguntamos a la naturaleza quienes son los más aptos, si los que continuamente guerrean entre sí o los que se respaldan mutuamente, vemos de inmediato que los animales que adquieren habito de socorro mutuo son indudablemente los más aptos. Tienen más oportunidades de sobrevivir y alcanzar, en sus clases respectivas, el mayor desarrollo de inteligencia y organización corporal”.

Estos aspectos que vuelven a ser tenidos en cuenta ante el peligro de disolución de la cultura occidental como catástrofe ecuménica, nos enfoca en la obra póstuma de Manuel Ugarte de la que daré cuenta somera como un modo de cultivo (cultura) de la esperanza. A nuestros pueblos todavía les es dado bregar por la autoorganización mediante la dependencia mutua. La coevolución está a nuestro alcance. La identidad está escrita en lo que hacemos. Recibimos información y recibimos caos: nuestro enigmático mestizaje genera pensamiento y conducta. A veces, los pensamientos son estereotipos, simplificaciones que seleccionan y abstraen sentimientos, sensaciones, matices, pero debajo de cada pensamiento fluyen nuevos reprofundos de sensaciones y sentimientos, florecen rizos de realimentación del cerebro con la palabra y la presencia de olvidados dioses.

3.-Un estuario de recuerdos

Ugarte postula que en Iberoamérica se intersectan dos vectores principales. Su presencia es tan poderosa que nada ni nadie puede desviar o suprimir estas dos grandes vertientes“la que emana de la América precolombina y la que irrumpe con la presencia hispana. Fundidas una y otra en estuario de recuerdos, realizaciones y esperanzas frágiles aun en ciertos órdenes, a pesar de todo un programa, una herencia y una brújula, hay que evitar que corran riesgo de desaparecer porque constituyen la promesa de una nueva modalidad humana, de un pensamiento distinto dentro de los valores universales” (p.9)

Fíjense en la poderosa metáfora: “estuario de recuerdos”. Los argentinos estamos marcados hasta en el nombre por un barroso estuario. Eso somos, una confusa patria, una barro que anda, cargado de vida bullente atacada por acosos externos, por agrotóxicos de toda laya. Somos un fluir de recuerdos y nuestras realizaciones y esperanzas son todavía frágiles. Sin embargo, postula Ugarte, hay que aferrarse a ellas. Siempre están en riesgo de desaparecer y siempre estamos evitando que desaparezcan porque ellas constituyen la promesa. Esa promesa es la de una nueva conciencia universal “una nueva modalidad humana, un pensamiento distinto dentro de los valores universales”.

4.-La Caldera

En la emergencia de América como etapa superior y “tiempo entero”,  sucedió que a los que se alejaban de la metrópoli no les quedaba otro remedio que elevar y aceptar al indígena dentro de la nueva nación. Por otra parte, es claro que la independencia nació del esfuerzo concordante del criollo de sangre blanca y de sangre mezclada. Cada grupo dio hombres que contribuyeron a alcanzar el resultado, volcándose todos, podríamos decir dentro de la caldera en que hervía la futura nacionalidad.

Empapados los dirigentes de ideas conservadoras hasta intentaron, en un momento,  la creación de monarquías o de imperios. Favorecieron, además,  dentro de la minoría blanca dominante, el nacimiento de grupos privilegiados, mitad aristocráticos, mitad plutocráticos. Fue un doble error que avivó la rebelión, la inseguridad y la indisciplina.” (p.27)

La oligarquía instaurada en la gesta libertadora asentó su justificación en una independencia teórica y estableció un cordón de hierro entre la minoría gobernante y las mayorías populares. A finales del XIX proliferan los conventillos en Buenos Aires. Guillermo Rawson publica en 1885 su estudio sobre las casas de inquilinato. La escasez y la miseria lo conmueven, pero, en el fondo, es una apelación al instinto de supervivencia de las clases dominantes todavía conmovidas por la fiebre amarilla de 1871. No basta la limosna, de esas “fétidas pocilgas” donde se cultivan gérmenes de terribles enfermedades salen las manos y los cuerpos que trabajan en los lujosos palacios. Así un buen día, el tifus, la difteria, atacan a ese hijo, “que es un ángel”. Este temor al pobre como amenaza innominada, puede palparse en dos conocidos cuentos de la literatura argentina “Tini” de Eduardo Wilde y “El hombrecito del azulejo” de Mujica Láinez en que los médicos Wilde e Ignacio Pirovano son personajes importantes.

De tal modo Buenos Aires es un taller de epidemias y el conventillo “tálamo en el cual la fiebre amarilla y el cólera se recrean”; pero, presenta, a la vez, una verdad más alegre. El conventillo es también “la olla podrida de la nacionalidades y las lenguas”: teatro de amores, de dramas y tragedias, lugar de encuentro, a través de una oralidad babélica, de milenarias recetas culinarias. Allí germinan las “multitudes argentinas” en la solidaridad de la pobreza, en los niños que en la escuela pública se “argentinizan”. La madre italiana de Nicolás Olivari canta junto al fuentón mientras lava la ropa. En la Musa de la mala pata, gringa canta “yo soy la morocha, la más agraciada”; y el poeta poetiza: “la primera palabra en argentino que le oí a mi madre”. Esa confusa patria alumbrará, como un todo de autoorganización poderosa, la chusma sagrada de Almafuerte e Hipólito Yrigoyen.

Esa creatividad secreta del pueblo estará siempre en contradicción con el odio secreto de la oligarquía que se convirtió en el mejor aliado del imperialismo.

Dice Ugarte:  “…se afianzó el prejuicio de que sólo me mantenía la dignidad con los títulos universitarios, el uniforme militar o las tareas de gobierno. Así resultó la independencia en cierto modo teórica. El colonialismo político pasamos al colonialismo económico. Se aceptó como natural que las riquezas nacionales – in nomine – fuesen explotadas y fiscalizadas por organismos ajenos a nuestro conjunto”(…) “…las empresas extranjeras se apoderaron del suelo y el subsuelo.”(…) “Se entorpeció, por encima de todo, la facultad de crear. Pese a la independencia aparente, toda iniciativa y todo esfuerzo siguió ajustándose a fórmulas importadas. Cuanto vivificó la tierra nueva continuó siendo accionado desde lejos. Cada empresa próspera dejó sus beneficios fuera de la colectividad. No se hizo sentir uno de esos movimientos unánimes que renuevan el espíritu y le permiten adueñarse de todo lo que le rodea”(p.28)

5.- Ponerse a deletrear hechos

Manuel Ugarte inicia así lo que él denomina un “modesto silabario para deletrear hechos y buscar soluciones”. Considera que la Segunda Guerra “proyecta una luz clara sobre la evolución del Continente. Percibe circunstancias y perspectivas nuevas que rebasan los panoramas habitualmente evocados. Hay situaciones que obedecen a “otras rotaciones”. Rescata una vieja palabra cara a su comienzos modernistas y que alude a sensibilidad especial para percibir aspectos no visualizados de la realidad: vibración. Lo que la mirada (teoría) europea no ve, es develado con los ojos penetrantes de la mirada propia. Persiste una vibración “que correponde a nuestra entidad geográfica, étnica y espiritual para favorecernos o salvaguardarnos en medio del trágico remolino”. (p.12)

Ante el silencio de los que mandan, se levantan tumultuosamente las preguntas: “¿Qué somos? ¿Cómo hemos vivido? ¿Qué nos aguarda? (…) La contemplación del horizonte todavía en llamas nos hace pensar en el futuro. Nunca se vio tan loca confusión de ideas, jamás estalló la desorientación en forma tan estruendosa. ¿A dónde vamos?

 

6.- Una radiografía heterodoxa

Todos recordarán el oscuro pesimismo de la Radiografía de la pampa. Munido de filosofía europea, de un primitivo psicoanálisis, de las doctrinas y símbolos de extremo oriente, Martínez Estrada condena a las multitudes argentinas y sus posibles caudillos a un laberinto sin salida, a importadores del subconsciente europeo y la cloaca de occidente.

Asimismo, la radiografía de Ugarte es mucho más alegre que “el pecado original de América”  de H. A. Murena que nos sumerge hasta la verija en la barbarie. “Al resplandor del incendio, postula Ugarte,  surgen perspectivas nuevas que ponen en evidencia errores endémicos y ofrecen, en cierto modo, una radiografía de nuestro estado” (p.12)

Entonces comienza su reivindicación del mestizaje como una energía genética y como apertura a una conciencia universal. Urge, por lo tanto, retomar “… problemas capitales que hasta ahora fueron olvidados: el de la convivencia de los diferentes componentes étnicos, el de nuestra debilidad en medio de los remolinos del mundo, el de la valoración de los elementos propios de riquezas nativas, para no citar más que algunos”. Para ello, es necesario no enfocar los problemas desde el punto de vista de las ideas generales (pura teoría) o de los apasionamientos instintivos como hinchas de un ininterrumpido match de fútbol. Dejemos de vivir “del contagio de Europa”, de las repercusiones de lo que allá dicen, piensan y hacen. Él, que fue expulsado del socialismo por su “nacionalismo latinoamericano”, es un vivo ejemplo. En efecto, “el socialismo fue enemigo en teoría del capitalismo nacional, pero no lo fue en ninguna forma del capitalismo extranjero” (p.102)

7.- Tumultos de la humanidad y horas confusas

Sin encarar la lucha antiimperialista, de nada valen las elucubraciones filosóficas y su carga de erudición prestada:  “Los imperialismos que nos supergobiernan tienen una verdad para ellos y otra para los pueblos que aspiran a seguir mediatizando” (p.13)“Francia en Marruecos, Inglaterra en la India y los Estados Unidos en Iberoamérica han seguido después ( la táctica de fingir favorecer las intrigas interiores exasperando los apetitos de los jefes como César)  la misma política, probando que el supremos peligro de los pueblos débiles suele residir, más que en la fuerza del enemigo, en la infidencia de los connacionales, en la deserción de una minoría que enlaza sus intereses con el invasor”(p.54) 200.000 soldados dio Iberoamérica bajo otras banderas en la guerra del 14 pero muy pocos acompañaron a Sandino cuando se “lanzó a reivindicar la libertad de Nicaragua”(p. 55)

Sin embargo, los imperialismos llevan en sus entrañas los gérmenes de su destrucción. “La misma captación unilateral, basada en privilegios comerciales, que representa la manera más perfeccionada del colonialismo, implica a la larga, desangramientos tanto más importantes cuanto más amplio es el radio en que se ejerce la acción. Resulta dudoso que un pueblo pueda sacar todo de otro durante mucho tiempo sin dejarle nada. Por disciplinados y estrictos que sean los procedimientos, siempre hay un desgaste que resta fuerza. El organismo conquistador se desvirtúa y decae en proporción a la distancia que le separa de sus bases. Esta ha sido en todas las épocas la causa que determinó la caída de los núcleos dominantes, inferiorizados por civilizaciones tributarias o sorprendidos por sublevaciones de esclavos”.

Hoy en día, pensamos, la flecha del tiempo se ha invertido. Los Estados Unidos han entrado en una fase entrópica y China ha salido desde la profundidades de su cultura milenaria al encuentro del futuro. Es una hora de tumultos; y el tumulto es un don iberoamericano. Han anunciado su presencia ciertas estructuras disipativas, cierto caos activo, caliente y energético, indemne a las pistolas táser y la vigilancia electrónica.

El caos turbulento que cada vez opaca con más fuerza el orden occidental, anuncia en silencio la desintegración del sistema y la emergencia de nuevos equilibrios. Es necesario restaurar el carácter abierto de la historia, “en los grandes tumultos de la humanidad unos núcleos naufragan y otros resurgen. Conviene familiarizarse con los defectos y las cualidades nuestras, con los puntos fuertes y los puntos vulnerables ajenos para encarar resueltamente el porvenir en el ring trágico de posibles victorias o derrotas de los siglos”(p.35) Ante este panorama, es necesario ensayar modos de ver propios y no dejarse sugestionar por constelaciones extrañas, ajenas a nuestro acontecer y a nuestros avatares concretos como sujetos históricos. Ugarte llama a: “Examinar en horas confusas nuestros intereses especiales, regionales, inalienables desde un punto de vista propio, desligado de extrañas sugestiones” (p.10)

En medio del desorden, hay que “sacar enseñanza de los errores pasados para preservar en la parte del planeta en que nacimos las formas de vida, de pensamiento, de acción que integran las distintivas, los resortes, la atmósfera sin la cual seríamos tributarios de otros pueblos y, a poco andar, virtualmente vasallos”. (p.10). Es claro que el idealismo, el derecho, la justicia, las fuerzas espirituales, en la historia fáctica, sólo triunfan fugaz y fragmentariamente. Es parte de nuestro conocimiento de la historia universal tener en cuenta que el punto de partida es un cruce o intersección: el de la América autóctona con la conquista ibérica. Idioma y cultura hispanas se sobrepusieron y de tal modo constituyen las bases dominantes. Por lo tanto, mientras más cerca de las fuentes, más personalidad; cuanto más pasado, más patria. Por supuesto, deberá tenerse en cuenta que el componente hispano es solo un aglutinante; pero el componente nativo es volumen vital que gravita sobre el porvenir. Los nativos, mal pagados, mal nutridos, llevan “sobre sus espaldas la riqueza que se va”. (71-74).

Ugarte no acepta el indigenismo ingenuo: “El indigenismo, o indianismo, significa regresión a la América precolombina y sólo puede tener curso como fantasía literaria.” “…cabe preguntarse en qué idioma se haría la campaña para exhumar el pasado” (p.72) La realidad de la nueva América es el mestizaje. La mezcla mantuvo mentalmente una jerarquía frente a las diferencias étnicas después de haberlas desmentido por la cohabitación en las costumbres.(p.60)

La independencia debe estar afirmada sobre cimientos vitales. “…el derecho, la justicia, la libertad no son leyes morales infalibles, sino consecuencias variables de los factores económicos y la situación material de los pueblos”(P.58) “El hueso de las naciones no está en sus preferencias filosóficas, políticas o sociales, sino en la organización de los recursos económicos que preservan la autonomía. (…)”De nada sirven principios o sistemas si el organismo material sucumbe y se extingue la fuerza vital sobre la cual aspiran los mismos teóricos bullangueros a ejercer acción”.(p.79)

8.- La Patria es un ser viviente

Como vemos, para Ugarte los “cimientos vitales” de un pueblo no residen en las grandes ideas, sino en lo que constituye su cuerpo vivo, sus vísceras humeantes, o sea, “los recursos económicos que preservan su autonomía”.

De entre esas materialidades emana “el alma” de un pueblo, su modo de plantarse en la historia y en la transhistoria individual y supraindividual: “Todo ser viviente –y la Patria es un ser viviente en la historia como puede ser un águila en el cielo – todo ser viviente, digo, por inferior que sea el rango que ocupa dentro de la zoología, tiene el instinto de perdurar. Hasta en la escala más rudimentaria, se precave, por un lado contra la agresión de las especies más fuertes, y por otro, contra los alimentos o climas que le son contrarios. Los pueblos que no quieren desaparecer muestran también esa doble preocupación de prevenir filtraciones extrañas y aportes que minan la salud y fortaleza. (p.79)

Nuestra América no tuvo en cuenta esta doble preocupación. ¿Cuál era el único peligro? Sin duda las acechanzas de las grandes naciones imperialistas. Sin embargo, organizó sus defensas pensando en las hermanas repúblicas limítrofes y las abrió de par en par a los poderosos imperios. Fue así como entregó las riquezas del suelo y subsuelo; aumentó desorbitadamente la deuda pública y derrochó su tiempo enredándose en debates estériles, en gritos de tero destinados a esconder el nido de iniquidad de la entrega por parte de los vendepatria. De tal manera, los extraños se apoderaron de la regulación de las funciones vitales del pueblo. ¿Si no accedemos a las exigencias de la usura internacional, dicen, ¿cómo venderemos nuestros productos? Ugarte daba el ejemplo del Pacto Roca/Runcinam. Funda, desde una perspectiva nacional y latinoamericana, en qué consiste estar “aislado del mundo” y “de las inversiones”.

Ugarte concluye con una apelación que implica una cambio en la flecha posible/duración. Paradójicamente, las naciones no pueden vivir sin una mística. Las patrias se van haciendo día a día: “La evolución de las patrias que aspiran a durar es una carrera de antorchas en el curso de la cual las generaciones se van pasando la llama encendida en vista de una finalidad que ninguno concreta en sí y que solo se cumple con la solidaridad en el curso de los tiempos”. Si es necesario que cada república mantenga su demarcación, sus costumbres y su gobierno; que, por lo menos, “en las líneas básicas y vitales, exista una esperanza, un orgullo y un derrotero común”. Estos son algunos lineamientos de un libro inconcluso cuyas últimas páginas fueron firmadas, a modo de despedida, en Niza, noviembre de 1950.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Briggs, J. y Peat R.D., 1990, Espejo y Reflejo: del caos al orden, Barcelona, Gedisa Editorial

Martínez Estrada, Ezequiel, 1961, 5ª Edic., Radiografía de la pampa, Bs.As., Losada

Mujica Láinez, Manuel, 1994, Misteriosa Buenos Aires, Barcelona, Seix Barral

Murena, H.A., 1954, El pecado original de América, Bs.As., Sur

Olivari, Nicolás, 1966, El gato escaldado, Buenos Aires, CEAL.

Páez, Jorge,1970, El conventillo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

Wilde, Eduardo, 1938, Prometeo & Compañía, Bs.As., Ediciones Anaconda

Ugarte, Manuel,1961,  La reconstrucción de Hispanoamérica, Buenos Aires, Coyoacán

(Prólogo del libro Los poetas que cantan, Vol. 9, Edición dedicada a Juan Gelman, Comisión Municipal de Folklore de Cosquín)

“Canten canten compañeros/ de coplas no anden llorando/

 que en mi casa tengo un árbol/ de coplas se está ladiando”. (Eulogia Tapia)

  1. 1.     ¿Poeta o letrista?

ImagenLa expresión del título se refiere  a esta pregunta de Julio Cortázar. “¿Por qué diablos hay entre nuestra vida y nuestra literatura una especie de “muro de la vergüenza”? Se refería al escritor  típico, el que al ponerse a trabajar se calza el cuello duro y deja de pensar, inventar o hablar con las palabras llenas de pasiones, memorias y esperanzas  del habla cotidiana. Ciertamente, “el muro de la vergüenza” fue levantado en nuestra literatura en sus orígenes mismos. Siempre se habló de poetas o vates por un lado y de cantores o letristas por otro. De una cuestión meramente retórica, se hizo una cuestión de categorías académicas y de discriminación  social. En ese sentido, cobra especial interés  esta nueva edición de Los poetas que cantan. El título es  una feliz reivindicación tanto del poeta como del canto. Todavía en 2001, el prólogo de Félix luna titubeaba con la antigua distinción entre poeta y letrista. Aclaraba: “Este libro recoge parte de las labores de los poetas que fueron, a la vez, letristas”.

  1. 2.     El canto del pueblo

El lenguaje es el cuerpo viviente del pueblo, es un flujo de sonido que simboliza un río de acciones, una masa de afectos y una sintaxis de conducta en continuo dinamismo. Y como los seres humanos tienen la inclinación a divertirse, fija, mediante el placer, la instrucción de la memoria común. Lo hace por ejemplaridad, no por ideas ni principios. Es en el goce de estar juntos  que se entra en acción para socorrer la necesidad social y suscitar fiestas y sentimientos comunes.

Causar alegría, divertir a los hombres: tal el campo semántico preferido del pensamiento popular y su única vía de penetración en el cerrado mundo de los  administradores de lo social y culturalmente válido. Al final de sus avatares, Martín Fierro rescata una de las virtualidades de su oficio de cantor: “…Y ya dejo el estrumento/ con que he divertido a ustedes”.

Sarmiento, en sus Viajes alude a los “bardos plebeyos”, a la “literatura semi-bárbara” de la pampa y confiesa: “A mi me retozan las fibras cuando leo las inmortales pláticas de Chano el cantor, que andan por aquí en boca de todos”. Se refería al gaucho cantor de los diálogos patrióticos de Bartolomé Hidalgo que denunciaba la corrupción, las injusticias, la “tropilla de pobres” y de viudas empujadas a la prostitución en los inicios de la Patria. Ese “retozar” de las “fibras” sarmientinas  manifiesta de modo inconsciente la oralidad oculta en lo escrito y cómo  las  “pláticas” del cantor se dispersan, contradicción viva, en la  inmortalidad del “boca en boca” que ilustra lo que venimos sosteniendo.

Domingo Bravo sostenía que las miles coplas picarescas y alegres, patrimonio del pueblo santiagueño, refutan el concepto letrado de la tristeza del hombre criollo. Por otro lado, formula una sencilla regla de perdurabilidad del canto. Considera que  opera una especie de selección natural: si “el verso no agrada o tiene elementos que no interpretan el sentir popular, se pierde en el olvido”

Si leemos bien los textos antiguos, descubriremos que ya en 1602, en La Argentina de Centenera se configura un foco poético de baile, música, canto y rebelión que muestra una subyacente lírica popular bilingüe  que abarca desde la danza de viejas “la victorias con cantos celebrando” hasta los coros en guaraní que celebran la rebelión de Oberá, “resplandor  del padre”, contra las injusticias de los encomenderos.

Luis de Tejeda, en nuestra Córdoba del Tucumán,  cantó “letras y versos/ con humildes pies“, junto al arenoso río que “entre dientes siempre habla”. En 1594, el padre Barzana señalaba que los cordobeses eran dados a cantar y bailar. Insistió en la observación: ” Y después de haber trabajado todo el día bailan y cantan en coros la mayor parte de la noche”. Era tan poderosa esa cultura popular que, según el P. Grenón, las autoridades se preocuparon por la circulación  de ciertos “versos, libelos y cantaletos” que incitaban al tumulto y la revuelta.

Esta afición al canto, como relato o como danza, es vista en el S.XVIII como signo  de barbarie. Concolorcorvo trata con saña a esos mozos de Montevideo, “holgazanes criollos”, mal vestidos, que se pasaban “semanas enteras tendidos sobre un cuero cantando y tocando“. Con una guitarrita que tocaban muy mal, cantaban “desentonadamente varias coplas que estropean”. Ya en Tucumán, los gauderios son presentados como una comunidad en fiesta continua. Allí, cuenta, tienen sus bacanales bajo los algarrobos, se emborrachan con aloja y ” al son de la mal encordada y destemplada guitarrilla cantan y echan unos a otros sus coplas, que más parecen pullas”. Quizás, prefigurando ya a Atahualpa Yupanqui, cantaban y bailaban sus esperanzas con una guitarra mal encordada.

Pero sucede que los  dos libros claves de nuestra literatura elevan al canto y al cantor a categorías fundantes de un modo de ser que aún vilipendiado, usado, transfigurado y desfigurado, continúa vigente en la mente y el corazón de los argentinos. Facundo  y Martín Fierro exaltan al canto, al cantor y al relato emergente como un geotexto profundo de nuestra cultura. Sarmiento configura al cantor como un ser sin “residencia fija”, que “anda de pago en pago”, “de tapera en galpón” “cantando sus héroes de la pampa”. Lo describe así: “Sentado en el suelo y con las piernas cruzadas un cantor tenía azorado y divertido a su auditorio”. Ese auditorio hechizado confirma la relación entre canto, diversión y comunidad.

Martín Fierro, por su parte, es el cantor en acto. Hernández  lo presenta siempre frente a un público y en ocasión de fiesta. El canto deviene un don que se trae desde el vientre de la madre y labra la gloria y la libertad del que lo ha recibido. El canto es relación, habla, relato: “Me siento en el plan de un bajo/ a cantar un argumento. / Como si soplara el viento/ hago tiritar los pastos. / Con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento”.

Quedan así señaladas algunas características básicas del  canto popular: por un lado es  relato que brota sin parar. Martín Fierro configura este acto  con el símil del manantial y la vertiente. El canto fluye desde el  habla y se  apodera del   sujeto individual para  entonar los sentidos del conjunto. Pero  también  es fiesta, diversión: es público. Sus portadores son, frecuentemente, los marginados del campo literario.

El poder del canto del pueblo, como despliegue del corazón profundo, no es ahogo, no es debilidad, no es estar abrumado, desmoronado, lleno de culpabilidad y miedo, cerrado y sin salida. Es alabanza, es recuperar por el canto la confianza en el propio ser: “El amor, como la guerra, / lo hace el criollo con canciones”. En la cultura popular, todo es “grito de corazón”. Quienes nos consideramos intelectuales tendemos a escandalizarnos del emocionalismo de la cultura popular.

El ser de la comunidad se reconstruye constantemente en el canto.  El canto, como los relatos o recuerdos, es redundancia, repetición, del mismo modo que son redundancia y repetición el amor, el nacimiento, la muerte, el llanto por el que se va y el llanto del que viene, pero nuevo mensaje siempre, nueva alegría sin embargo, porque su energía vital no reside en la novedad sino en la sabiduría. No faltan comentaristas de espectáculos que le exigen  novedad a un festival  folklórico  y reputan ignorancia el apego del pueblo a ciertos artistas que persisten en el sentir popular. Ellos responden, sin embargo, o con la pasión de sus canciones, o con su propia pasión. Por eso no se pierden en el olvido.

3.- Un grano de sombra

Sucede a diario. Me levanto temprano, realizo todos los menesteres del “ponerse en pie” y mientras espero la bulla de la pava, siento resollar el canto en mis adentros. Primero es un silbido que busca tono, luego un tarareo y, por fin, se desata la canción. Me emociona y me llena de fuerzas. Me une a millones de melodiosos argentinos que cumplen el ritual de prepararse para el codo con codo diario. ¿Quién es el autor de la letra que  “me pongo a cantar”? Rara vez me acuerdo, pero entre tanto, “canto un mundo que se viene abajo” o me pongo a pensar “cómo será la vida sin un sueño”. A veces me pregunto si hay “luces de esperanza en mi corazón”. Si canto, ¿“siento linda la vida”? ¿Qué pasa cuando “crece el silencio”? ¿Qué le pido a Dios? ¿Por qué “la dejé marchar”? ¿Hay alguna zamba en el umbral y hay que hacerla pasar? ¿Y qué hace mezclado con las tonadas provincianas ese poeta lunfardo que escribió “en una pared fulera”: “¡Quevedo volverá! La Poesía”?

La masa de afectos que es el habla del pueblo redobla en mi corazón. Pensamientos y sentimientos se suscitan sin cesar.

Sé que los autores de mis cantos integran esta selección de Los poetas que cantan. Pero sus nombres se perdieron en la calle, en medio del remolino. Como decía Scalabrini Ortiz, lograron la suprema sabiduría de volverse un “grano de sombra en la muchedumbre innúmera”, un paso adelante en la eternidad histórica del pueblo. Vienen de todas las provincias y son, como alguien dijo sobre uno de los poetas que enriquecen este volumen, “nuestros más grandes recursos naturales”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 23 de noviembre de 2013

escanear0049Les presento la introducción de mi próximo libro que se titula Un santo populista. El cura Brochero, Hipólito Yrigoyen y  los ferrocarriles del monopolio inglés. Se discuten aquí los alcances y los límites de Laclau. Enmarcado, a su pesar, en el pensamiento hegemónico,  no se anima a tantear y da por inexistentes los doce tomos de Yrigoyen y los treinta volúmenes de Perón. Además, no revisa a Sarmiento, Alberdi, Mitre, Ramos Mejía; y menos a Jauretche, Scalabrini Ortiz, Kusch y legión de autores nacionales y populares que tratan el tema. Escrito para los de allá: ¿cómo funciona acá? Es para crisparse, o sea, para debatir.

En mis libros Arturo Jauretche. Profeta de la esperanza[i] y Elogio del Pensamiento Plebeyo[ii], propuse vindicar el tantas veces vilipendiado y proscripto populismo. Por mucho tiempo, el discurso académico lo decretó teóricamente no existente. Por supuesto, la voz de un oscuro profesor de provincia carece de resonancias. No rebota en la opinión pública y su difusión se reduce a pequeños círculos especializados o políticos.

Aunque la tradición del pensamiento y la praxis populistas reviste un profundo arraigo en la historia argentina y suramericana, nunca pudo ser formalizada  por el pensamiento académico. Como resultado de una subordinación consentida a la racionalidad hegemónica del dominador occidental,  el pensamiento plebeyo se vio privado, las más de las veces, de acceder a una decibilidad  intelectual que articulara su discurso teórico con una realidad tumultuosa y vociferante. Ahora bien, en Argentina por lo menos, los dos únicos movimientos de masas del siglo XX  capaces de estructurar una totalidad abierta, creadora y de profunda construcción democrática, son, sin dudas, el irigoyenismo[iii] y el peronismo sobre los que ampliaremos más adelante.

Por ahora, esta formulación sólo nos alerta sobre la imposibilidad de un análisis del pensamiento populista sin echar una mirada a sus fundadores cuyos nombres han portado millones de compatriotas y en cuyo nombre miles y miles dejaron con alegría hasta la propia vida. Misterios de lo que se “cifra en el nombre”, como diría Jorge Luis Borges que, en 1926, catalogaba de este modo a Yrigoyen:

“No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel, gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir (…) Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Yrigoyen”[iv].

Afortunadamente, en 2005, irrumpe en nuestro clausurado discurso académico una sólida obra de Ernesto Laclau: La razón populista, que viene a desatar en todos los ámbitos del discurso canonizado la polémica sobre la posibilidad de un pensamiento popular ajeno a la tradición liberal y pasible de ser estudiado,  discutido y finalmente formalizado dentro de la tradición intelectual del pensamiento hegemónico. Esta ampliación de horizontes congregó fervorosos devotos y el consiguiente aullido de los detractores entre los que detentaban el monopolio del saber. Obligaba a un tumbacabezas gnoseológico.

No es, por cierto, nuestro objeto la obra de Laclau[v]. Sólo queremos señalar la recuperación del sentido de pueblo como categoría de la ciencia política y no solo como mero dato histórico. Más aún, el pueblo es un sujeto político que va más allá de la “lucha de clases”. Laclau reconoce la insuficiencia de los medios conceptuales para aprehender totalmente el objeto y la difícil tarea de buscar palabras que lo definan. Le da, además, un lugar de relevancia a la dimensión afectiva de los movimientos populares.

Su método es, sin embargo, el de un aplicado tesista de universidad británica y consiste, esencialmente, en ir exponiendo las tesis de diversos autores, desde el siglo XIX, en la búsqueda de equivalencias y ampliaciones de conceptos con la intención de llegar a una descripción aceptable del objeto. Si la dimensión afectiva del populismo se explicara solamente  por el vínculo libidinal de Freud estaríamos cerrando el camino y poniendo mordazas al vocerío incesante de los movimientos populares latinoamericanos.

Nos preguntamos: si el autor recurre con acierto a una obra tan llena de posibles como la de Gustavo Le Bon, ¿cómo pudo obviar Las Multitudes Argentinas de José María Ramos Mejía[vi] que, en 1899, aplicaba las teorías de su tiempo, entre ellas las de Le Bon, a la tradición populista de nuestra patria y desplegaba una retórica en que disputaban los libros europeos, los prejuicios de clase y la historia viva?

En efecto, la retórica, como asevera Laclau, tiene suma importancia en la elucidación del tema, pero a condición de establecer una ruptura con la lengua académica que evalúa la intimidad del discurso del que investiga y de sumergirse en el griterío espantoso de nuestras masas masacradas, que más que una explicación, exigen una poética. A veces el rigor de los formatos, en el momento de las decisiones, se detiene ante el abismo. Acosado por el miedo a la barbarie, por la amenaza de la pérdida de prestigio,  el sujeto cognoscente reniega del salto creador que promovía Deodoro Roca, no se anima a tirarse al pozo con la seguridad de que nada le pasará  como Roberto Arlt[vii]; y desecha el “germen vivo” que deslumbró a  Raúl Scalabrini Ortiz[viii], acosado por la “talla inerte”.

Una de las pocas incursiones de Laclau por la realidad propia es la versión entre anecdótica y estereotipada del retorno de Perón. Su teoría de los significantes vacíos resulta insuficiente para caracterizar la resistencia peronista. Los significantes flotantes son, en realidad, los significantes desechados por el sistema pero están cargados, como una granada de mano, de sentidos explosivos pero con fajas de seguridad. Los significantes, participio activo, son los verdaderos portadores de todo lo censurado, amordazado, subestimado, tergiversado del pensamiento popular. ¿Cómo explicar con el recorte “retorno de Perón” la eternidad histórica del pueblo que se manifiesta en un movimiento que viene de los re-profundos de su historia y que, según Mitre cuando habla de las masas insurgentes del Alto Perú, triunfa aun cuando es derrotado?

Vindicamos, sin embargo, este libro escrito en inglés, para despejar la mente infranqueable de los académicos del imperio, como un acto de lucidez y de coraje. Solo faltó, como diría Kusch, que se animara a tantear. Como suele ocurrir con los académicos europeos o norteamericanos, cuando la realidad  populista no encaja en la categoría demanda, término de la economía de mercado, encuentra siempre una válvula de escape en  las “poéticas” de Marx o Gramsci lo que me parece un acierto.

Ahora bien, otra costumbre de los claustros hegemónicos es suscitar polémicas entre intelectuales que terminan ofreciendo un interesante “floreo eruditesco”  pero que, mirados desde acá,  padecen de una  brillante inocuidad.  Nos referimos a la “payada” que entabla con Zizeck,  Hard/Negri y Rànciere. Esta discusión aparece, en cierto modo, como apuesta para acercar una bolsa de oxígeno a las socialdemocracias europeas. Para nosotros, la cuestión fundamental es darle la palabra a la realidad efectiva de los populismos suramericanos.

Adentrarse en la “realidad efectiva” de los hechos, a lo mejor le hubiera costado revisar la obra de Juan Domingo Perón con respecto a la cual nuestro intelectuales devienen reincidentes iletrados. Aunque dicha obra va orillando los treinta tomos, bastaba con repasar Conducción Política[ix], por ejemplo. Tarea de “rastreador”. Traer y buscar todo lo útil para una correcta apreciación de la situación (análisis): fuerza (elemento humano), escenario, espacio, tiempo: “No es lo mismo apreciar una situación para el pueblo del 17 de octubre, que para el de la Revolución Francesa o para el pueblo de Licurgo”. Considerar las fuerzas favorables y las fuerzas desfavorables, cuándo dejar de hablar de masa y comenzar a hablar de pueblo, cuál es la distinción entre acciones de gobierno y acciones de lucha: “La lucha es contra las fuerzas contrarias” pero también “contra lo que cada uno lleva adentro, para vencerlo y hacer triunfar al hombre de bien”.  Habrá que aprender a distinguir entre el papel de la inteligencia y el del corazón: “No se irradian la luz, sino también el calor de las virtudes peronistas; no solo la inteligencia, sino también el alma de los hombres”. La lucha política es siempre la misma y abarca todas las actividades y dimensiones de lo humano. La conducción es lucha y el gobierno construcción. No existen verdades, sino relaciones. Las relaciones entre doctrina, teoría y formas de ejecución corresponden a tres planos de manifestación: lo espiritual, base de la cooperación; lo intelectual, desarrollo racional de la doctrina; y lo material, estrategia y táctica.

No podemos pedir a un autor que haga lo que no quiso hacer. Sin embargo, nos es lícito  utopizar con todas las posibilidades de complejización, de elocución y dilucidación que se presentan no bien abrimos una polémica interna entre nuestra tradición intelectual y el canon europeo. Quizás sea tarea nuestra organizar una gran payada gnoseológica entre el populismo científico de Laclau  que nos incita a explicar y argumentar para derribar tabúes y el populismo praxiológico de Yrigoyen, Perón, Jauretche, que nos intenta seducir con una poética de la liberación total de la sociedad y el hombre.

Tarea siempre inconclusa, trataremos de articular entendimiento y praxis e intentaremos desplegar, desde estas páginas, previo recorrido por algunos aspectos de la tradición populista en Argentina, su insólita puesta en práctica por un santo. Desde el campo religioso, el Beato José Gabriel del Rosario Brochero, por el  redundante ejercicio de la vieja minga, trabaja demandas con las organizaciones libres del pueblo.

En lo que llamamos populismo científico,  predominan el rigor, la argumentación, la letra de la ley; en el populismo praxiológico, se da paso a la persuasión, la poética, la “corazonada” o ley del corazón. Son los dos vectores de la retórica. Kusch los llamó pensamiento causal (el ser) y pensamiento seminal (el estar)[x]. Aquí, en Suramérica, los populismos están para ser, “están siendo”[xi]. Nuestro significante en plena actividad es el mestizaje y está lleno de sorpresas, de mundos inéditos. ¿Cuando el corazón  está doblado, se aquieta?, ¿qué es el aquí nomás, o lugar de estar bien?[xii]

Jorge Torres Roggero/Profesor Emérito U.N.C.


[i]TORRES ROGGERO, Jorge, 1984, Jauretche. Profeta de la Esperanza, Rosario, Editorial Fundación Ross

[ii]TORRES ROGGERO, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Córdoba, Ediciones Silabario

[iii] LEY 12839, 1949, Documentos de Hipólito Yrigoyen. (Apostolado cívico. Obra de Gobierno. Defensa ante la Corte), Buenos Aires, Senado de la Nación

[iv] BORGES, Jorge Luis, 1993, El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, Seix Barral.

[v] LACLAU, Ernesto, 2005, (traducido por Soledad Laclau), La razón populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica

[vi] RAMOS MEJÍA, José María, 1956, Las Multitudes Argentinas, Buenos Aires, Tor

[vii] ARLT, Roberto, 1976, “La terrible sinceridad”. En: Aguafuertes Porteñas, Buenos Aires, Losada

[viii] SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, Buenos Aires, Plus Ultra

[ix] PERÓN, Juan Domingo, 1974, Conducción Política, Buenos Aires, Ed. Freeland

[x] Véase: TORRES ROGGERO, Jorge, “Rodolfo Kusch: los dos vectores”. En, Dones del Canto. Cantar, contar, hablar: geotextos de identidad y poder, Córdoba, Ediciones del Copista.

[xi] KUSCH, Rodolfo, 1976, Geocultura del hombre americano, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro

[xii] KUSCH, Rodolfo, 1977. El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires, Hachette.