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por Jorge Torres Roggero

(Fragmento de “Confusa Patria: el rostro del caos”, capítulo del libro Confusa Patria de Jorge Torres Roggero).

 

1.- Discursos de poder y pensamiento plebeyo Confusa Patria

Los historiadores, según Foucault, terminan, en general, atrapados en las redes de los discursos de poder. Escriben, por lo tanto, siguiendo las reglas “del gran juego de la historia”: codifican rituales, distribuyen culpas y obligaciones, derechos y procedimientos. El acto de escribir los autoriza a tomar posición en un campo de poder, a grabar su imaginario como un dato real. Cómplices de la realidad, articulan gestos, dirimen los “órdenes del discurso”: saber, verdad, conciencia, existencia y ejercicio del poder.

Pero ¿qué pasa efectivamente en la vida confusa de los movimientos secretos de los pueblos? En ese espacio no- construido aún por los enunciados forcejean, en medio de un griterío espantoso, las identidades vacantes, el otro que se presenta como absolutamente inasimilable e imprevisto.

Bajos fondos, mestizajes, mancebías, terreno pantanoso y confuso del habla de los siempre dispuestos a entrar en escena. Vienen desde los re-profundos, desde abajo y desde adentro y son portadores de la voz cantante, del grito pelado. A nadie le es dado conocer esa zona de la realidad, así como a nadie le fue otorgado conocer el inconsciente.

Pero sí percibimos que los saberes del pueblo actúan y hablan desde lo heterogéneo y que su estrategia en las luchas por el poder teje relaciones de conexión, de redes que reproducen sin cesar nudos de fuerza que nos desafían a desatarlos. Constituyen la forma “inmaterial de la materia” siempre disponible (ahí no más) para concretarse. Obturado, lo heterogéneo desborda todo campo noético que se imagine siempre igual a sí mismo, reproductor de un orden cerrado y señor de las marcas que se graban en los recuerdos, en las cosas y en los cuerpos.

Es lo que, en otros escritos, hemos denominado “pensamiento plebeyo” (Torres Roggero:2002), “conciencia difusa”, “sujeto de una habladuría” dispuesto siempre a dinamitar las fronteras que la coacción ha trazado en el interior de las voces para censurar todo posible desarrollo de nuevas redes de poder.

Foucault, aunque remiso a sostener plenamente ese fondo inmaterial de la materia (mater, matriz) que construye casas de la cultura en nuestros cuerpos, postula que, si bien “la” plebe no existe, sin duda hay “de la” plebe. Ese genitivo engendra de algún modo un sujeto histórico cuyos deseos resultan inaprensibles e incomprensibles para los dueños de las reglas “del gran juego de la historia”. “No existe sin duda la realidad sociológica de la “plebe”. Pero existe siempre alguna cosa, en el cuerpo social, en las clases, en los grupos, en los mismos individuos que escapa de algún modo a las relaciones de poder; algo que no es la materia primera más o menos dócil y resistente, sino que es el movimiento centrífugo de la energía inversa, lo no apresable” (Foucault, 1992: 170).

Este “principio de discontinuidad que opera por debajo de los sistemas”, que no puede ser dominado por ningún “poder de síntesis”, es lo que Kusch (1975), en esta patria de mescolanzas y bastardías, definió como “hedor de América”. El discurso hegemónico, simulando objetividad, oculta su odio o su miedo “bajo la máscara de lo universal”. Primero se insensibiliza y luego invisibiliza todo lo que produce “asco”, lo promiscuo y confuso, el secreto erotismo de la creatividad del pueblo.

¿Cómo receptan, por ejemplo, nuestros historiadores clásicos a las masas populares y sus caudillos?

2.- Vicente Fidel López “coachea” a los niños bien

Vicente F. López no ahorra náusea cuando se refiere a Artigas y sus tropas mestizas. No puede contener la risa (“Rissum teneatis?”, retoriza) ante la posibilidad de una federación (i.e. municipios, gobiernos propios) “con Artigas, con Hereñú, con Ramírez, Blasito y Otorgués, con charrúas, huenhas y guaicurúes” (López/f, 246). Vitupera al caudillo por “haberse dirigido a los campos desiertos del norte” para “emprender el levantamiento de las masas y las indiadas de Cuaraim, de Entrerríos y de Corrientes con el aliciente del saqueo y del desorden social” (Ib.113). En una nota de la misma página predica la incompatibilidad entre el estatuto de héroe y la realidad de un patriota que, a la vez, es un caudillo de masas: “No ha faltado quien ha querido levantarle una estatua a este héroe; pero el proyecto ha escollado en la dificultad de darle un traje. ¿De militar? La cosa era absurda, porque nunca vistió sino poncho, sombrero de paja y harapos; de enjaezarlo en su traje natural la figura real y el heroísmo se habrían devorado entre sí. La juventud debe tenerlo presente para comprender que sólo en el orden social culto y libre nacen y fructifican los verdaderos héroes, los grandes ciudadanos que ilustran y honran a los pueblos” (Ib.113).

Desde los enunciados de poder, Vicente López regula los criterios de construcción de los “verdaderos héroes” y hasta establece su código de vestimenta. Como se trata de un manual de historia destinado a los jóvenes del secundario, les delimita cuál es el lugar social en que fructifican los héroes. El orden social debe ser “justo y libre”, es decir, el representado por el núcleo de enunciación de la minoría que detenta el poder.

Artigas es un contrapoder que genera el despliegue de un campo de fuerzas expandido por las lanzas de los montoneros entrerrianos y santafesinos. Hasta la escritura, elemento civilizador, pierde prestigio cuando se efunde desde sus campamentos.

De tal modo, la nota con que el caudillo exige la entrega de Montevideo es caracterizada como “insolentísima y guaranga como todas las de su canciller el apóstata infame Monterroso al que trata de “fraile franciscano corrompido y perdulario que se había alzado y evadido de su convento; y que recorría los campos entre los bandoleros” (Ib. 143-144). En efecto, el padre Monterroso era uno de los secretarios de Artigas que “redactó o ayudó a redactar algunos de los documentos más “jacobinos” de la Liga Federal”. “Cuñado de Lavalleja, después de 1820, negó su adhesión incondicional (a Artigas) para salvar su propia vida, pero volvió a la carga montonera en las provincias argentinas cada vez que un caudillo levantaba la bandera federal”. Reivindicó siempre la época de Purificación. Recuérdese que los religiosos franciscanos fueron expulsados extramuros de Montevideo, por su simpatía con el bando patriota, con esta frase: “Váyanse con sus amigos matreros”. Cfr. Abella, s/f, 68, ss.)

El historiador, laico y anticlerical, se rasga las vestiduras por la desobediencia del fraile a los cánones. De tal modo, no trepida en vulnerar sus convicciones iluministas para regular el grado de santidad y ortodoxia del cura. Enarbola, pues, añejas excomuniones antaño proferidas contra los pecadores.

En nota de pág. 365 para explicar a Rosas dirige sus diatribas (es un recurso argumentativo) contra “la negrada”. Rosas “era un Mahoma entre las clases bajas”. Vicente López la emprende contra la tutela que la Ley otorga a la introducción de negros del Brasil porque es una “perniciosa inmigración de bárbaros”. Los negros son entregados para el servicio en quintas, chacras, estancias o familias. Los patrones se desprenden al poco tiempo de “esta chusma” que arriba así a la ciudad y se organiza en Tambos según sus “hábitos y usos”. “Los domingos y días de fiesta, ejecutaban sus bailes salvajes, hombres y mujeres a la ronda, cantando sus refranes en sus propias lenguas al compás de tamboriles y bombos grotescos. La salvaje algazara que se levantaba al aire, de aquella circunvalación exterior, la oíamos (hablo como testigo) como un rumor siniestro y ominoso desde las calles del centro, semejante al de una amenazante invasión de tribus africanas, negras y desnudas” (Ib.366).

Podría vituperarse en esta cita la forma exterior y su despliegue de craso racismo. Sin embargo, a lo mejor resulte más interesante marcar cómo el discurso de poder se siente amenazado por una fuerza que emerge de la confusión y, entonces, la representa como “rumor siniestro y ominoso”. Ilustra, asimismo, acerca del poder centrífugo que desata la fiesta del pueblo. Desde sus bailes, rondas y refranes el pobrerío asedia al poder que, aturdido por la algazara, se paraliza y se muestra impotente para traducir al lenguaje institucional “el clamor que se levanta de los bombos”. Ese rumor es un fragmento de habla del pueblo que se empeña en dejar su marca en la historia.

López, como Sarmiento, erige al Gral. Paz como modelo de “strateges” por ser un hombre de “meditación y estudios clásicos”. El estratega es un sujeto de “arte y ciencia” cuya función, de acuerdo con la etimología, consiste en “estrangular”: “se relaciona con nuestros vocablos estrechar, apretar, envolver, sofocar”. Paz trató de ejercer esas funciones en el terreno concreto de la pampa o campo de batalla posible y en la “región” (regere: mandar militarmente). No pudo impedir, sin embargo, que un gaucho bárbaro lo volteara del caballo con un preciso tiro de boleadoras. Sobrevolando un árbol, alcanzaron su presa.

Pero los dueños de la palabra necesitan sostener la memoria de sus próceres con la nominación: calles, monumentos, urnas y escritos; los caudillos, salvo en sus provincias natales, suelen peregrinar en los arrabales últimos de los parlamentos, academias y universidades (Mercado Luna: l984, 19). Sin embargo, “hay de” la plebe: ¿el secreto clamor, fragmento de habla todavía sin enunciados, que se levanta de los bombos?

3.- José María Ramos Mejía y el nuevo actor del drama

El discurso clandestino de la emancipación americana era un rumor de abajo, de la masa sin nombre y sin rostro. José María Ramos Mejía define a ese sujeto histórico anónimo como “nuevo actor” del drama que venía “laborando la obra de la emancipación” desde hacía dos siglos. Mayo de 1810 se presenta entonces como un “rumor sordo”, como una confusión de lenguas que se dejaban oir pero no podían ser traducidas: “Un rumor sordo de descontento cundió hasta los suburbios y empezó a circular por las plazas y las calles de la ciudad, concurso numeroso de gentes que nadie había ni dirigido” (Ramos Mejía, 1956, 87).

Los vecinos espectables, los convocados por invitación escrita, “directores de arriba”, estaban paralizados de “estupor”. Era “completamente espontánea” esa concentración de no-invitados y se propagaba “en las calles y en las plazas, en las pulperías de los suburbios y en los tétricos tendejones donde se reunían los habituales tertulianos, en los cuarteles y en los cafés escasos de la época”. Tomaban la palabra los significantes de la vida que despertaba y se hacía presente desde abajo (sub-urbio), desde los bajos fondos, del inconsciente social como un “estimulante líquido vital”. “La vida, concluye Ramos Mejía, venía de abajo”.

Alguien podrá objetar esta relectura de textos cuya hechura es deliberado sostén de un repertorio ideológico racista, opresor y oligárquico. Pero nuestra lectura se dirige a explorar los “bajofondos” de un pulcro territorio textual señalizado por la gramática de los enunciados de poder. Todo “primer mundo” oculta bajo siete llaves sus sótanos oscuros, sus escondrijos impresentables.

La escritura, por ejemplo, graba la figura de Artigas como contrabandista montaraz, bandido fuera de la ley común de las gentes, outlaw, ser siniestro, desorganizador. Sarmiento lo bautizó “inmortal bandido” (1947, 78). Desde el núcleo enunciativo del poder, Vicente Fidel López prodiga una “lección moral” a los jóvenes “cultos y de principios” a los que va dirigido su Manual de Historia Argentina: “Pero ahora es el momento de reflexionar que los hombres cultos y de principios, que al entrar en una revolución necesaria en vista de la mejora social del país que aman, echan mano de malvados o de locos desequilibrados por las pasiones del momento, son los verdaderos responsables de las desgracias y del desaliento que desmoralizan y corrompen a los pueblos” (cit.115).

La lección es que, al final, Artigas es devuelto a las selvas: “al destino con que había nacido”. Sin embargo, la lectura de los bajofondos nos informa que la emancipación americana emerge y se expande como un confuso cauce semántico que nace en las entrañas de la realidad concreta.

4.- Bartolomé Mitre: plebeyos, indígenas, mestizos y mujeres en la guerra emancipadora

Mitre, en Historia de Belgrano (1946, III, 116), relata la lucha de plebeyos, mestizos e indígenas en la guerra emancipadora. Explora causas y efectos. Pero no permanece inmune a la irrupción de los nuevos sujetos históricos, a la confusión que genera la discontinuidad: “Lo más notable de este movimiento multiforme y anónimo es que, sin reconocer centro ni caudillo, parece obedecer a un plan preconcebido, cuando en realidad sólo lo impulsa la pasión”.

En realidad, lo “multiforme” parece carecer de centro o centros porque obedece a un plan supraindividual: la lucha de los pueblos por el poder. Como las masas son portadoras del habla, del movimiento y de la vida, sorprenden a la conciencia letrada de Mitre porque demuestran con su presencia una mayor eficacia que los ejércitos regulares ausentes y porque “concurren a su triunfo (..) con sus derrotas más que con sus victorias” Lo que para Mitre es una paradoja, una figura, para los pueblos es una realidad en que manifiesta su “eternidad histórica”. Fuerza centrífuga, irradia desde adentro de la confusión.

Mitre observa que cada valle, cada montaña, cada desfiladero, cada aldea “es una republiqueta, un centro de insurrección” con sus jefes independientes, con sus banderas, pero todo converge a un resultado general “que se produce sin acuerdo previo de partes”. Esta confusión que, sin embargo, conduce a un triunfo final se manifiesta como una mezcla de lenguas y , a la vez,  una práctica de traducción cotidiana de la supervivencia de las masas: “Y lo que hace más singular este movimiento y lo caracteriza es que las multitudes insurreccionadas pertenecen casi en tu totalidad a la raza indígena o mestiza, y que esta masa inconsistente, armada solamente de palos y piedras, cuyo concurso nunca pesó en las batallas, reemplaza con eficacia la acción de los ejércitos regulares ausentes…”(cit, 117).

Ser “irregular” es el modo elocutivo de lo discontinuo como emergente de la gravitación del suelo. Desde abajo, cuestiona el pensamiento de las élites de la emancipación preocupados por el lado externo de la comunidad: su aspecto contractual. Las masas anónimas (sin nombre que las designe, sin letra que las marque) corrompen los limites cosificados del sujeto absoluto y su pretensión de universalidad. Las decisiones prácticas del pueblo activan el movimiento concreto de la historia para que lo biográfico (el nombre) hable con una retórica cuya gramática es la acción: autorrefieren y construyen el grupo.

Pensamos en el suelo como el indefinible hábitat real. En esa zona de habitualidad, el sujeto histórico se siente seguro. En ella, el habla, portadora de residuos culturales ancestrales, de saberes que son enunciados de un pensamiento sin escritura, configura “un núcleo seminal” (Kusch: 1977, 206) proveedor de contextos simbólicos que actualizan los “elementos imponderables y específicos” del grupo.

Esta presencia soterrada e incesante es siempre percibida como una amenaza desde la historia escrita. El 25 de febrero de 1820, los caudillos López y Ramírez entran con sus tropas en la capital, la orgullosa Buenos Aires: “…trayendo estos sus respectivos escoltas, cuyo aspecto agreste fue mirado por la población como un insulto premeditado (…) Para colmo de vilipendio, los montoneros vencedores ataron sus caballos a las rejas de la pirámide de mayo, que se levantaba en el medio de la plaza de la Victoria, el fórum de los porteños” (Mitre, IV: 1946, 139).

Los dirigentes porteños han construido una imagen mental de la ciudad con discursos iluministas ligados a las alegorías de la república romana o las polis griegas. La Nueva Roma había sido, pues, hollada por los caballos de unos bárbaros que no admitían consejeros letrados y confiaban la escritura a frailes apóstatas y libertinos. La cuestión era “tener cabeza”, decía Mitre.

En el capítulo que, en Confusa Patria, hemos titulado “1812: la implacable alegría” dedicamos especial atención a la aparición de las masas gauchas y las mujeres de la plebe en las luchas por la emancipación. Cirujeamos, para eso, en los suburbios del texto de Mitre, en los desechos de un discurso de poder.

Cuando Ramos Mejía se refiere a un nuevo actor que entra en escena de golpe y pasa a protagonizar un drama que contaba con doscientos años de ensayos, está apuntando al mestizaje, a la mezcla, a las desobediencias de los que se evaden de la policía simbólica del poder eclesiástico y civil, del maltrato y las mutilaciones de los amos encomenderos.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 14/12/17

Fuentes:

Foucault, Michel, 1996, El orden del discurso, Madrid, Ediciones La Piqueta;                           1992, Microfísica del poder, Madrid, Ediciones La Piqueta

Kusch, Rodolfo, 1977, El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires, Hachette. Cfr. et. 1975, América Profunda, Buenos Aires, Bonum

López, Vicente Fidel,1936, Manual de Historia Argentina, Buenos Aires, s/dato.

Mercado Luna, Ricardo, 1984, Legitimidad y mito, Jujuy, Editorial Tawantisuyo

Mitre, Bartolomé,1945, 4 Tomos, Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, Buenos Aires, Edición del diario La Nación

Ramos Mejía, José María, 1956, Las Multitudes argentinas, Buenos Aires, Ed. Tor

Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del pensamiento plebeyo, Córdoba, Silabario;                   2007, Confusa Patria, Rosario, Editorial Fundación Ross

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1.- Paradojas y presenciasBanquete de Severo

En estos días ocurren sucesos paradójicos. “La gente” celebra, con cierto gozo indescifrable, la maldad concentrada de funcionarios, jueces y medios de comunicación. Saboreando empalagoso odio, saca a relucir la última raspa de mala inclinación de su alma en estado de coma, de su conciencia empastillada. Estas increíbles noticias diarias me llevaron, otra vez, a repasar El Banquete de Severo Arcángelo publicado por Leopoldo Marechal en 1965 diez años después de haber sido “depuesto” del canon literario argentino por la Revolución Libertadora.

Pero, como voy a hablar del Malo, les quiero contar antes risueños recuerdos de mi feliz infancia en cierto campamento de “chelqueros”, ferroviarios de Vías y Obras, en un perdido pueblo de provincia. Como ustedes saben, en la cotidianeidad de la cultura popular, cohabitan con nosotros ángeles y demonios. Son presencias reales de las “fuerzas extrañas” del universo. Por cierto, lo numinoso suele ser inobservable para los instrumentos de precisión. Y también para las comunidades cuando han desactivado las entradas que conectan “al móvil hombre” con lo sagrado: olvidan, así, cómo ir al “otro lado”, lugar de las energías profundas. Y también cómo volver de esos “re-profundos”.

Y bien, uno de esos juegos enigmáticos que ocurrían entre los chicos, aparte del de “aguantar” la mirada, era “remedar”, sin su permiso, al otro. Imitar cada gesto, cada movimiento, cada ojeada, cada modo, cada palabra del que estaba al frente que terminaba furioso e intranquilo. Entonces el remedado decía: “Lo que hace el mono, hace el demonio”. Sin saberlo, estábamos trasmitiendo una sabiduría ancestral que algún iniciado desconocido resguardó en la memoria del pueblo. Oculta en nuestra risa niña, en una época de oscurecimiento de la verdad, titilaba la luz viva de la Palabra Perdida.

En efecto, mucho tiempo después y tras muchas y entonces impensadas lecturas, (te saludo, René Guenon) descubrí que el mono es el símbolo de Gran Engañador. En algunas tradiciones le llaman el Mico de Dios porque imita todo lo que Dios hace, pero al revés. Es capaz de mentir multiplicando apariencias que parecen realidad, de adornar la nada con globos de colores. Por supuesto, el mundo así creado es falible y perecedero.

Esta presencia de lo engañoso en lo cotidiano también era señalada por nuestra madre con un cuentito. De paso, nos entretenía cuando nos arreglaba para alguna fiesta. Ropa sobria cosida en su Singer; cabeza sin “calchas”; alpargatas no baqueteadas por “la pelota”; nada de ostentación. Y para explicarnos que no debíamos desvelarnos por tanto arreglo, recurría a un dicho: “No nos vaya a pasar como al diablo que, tanto hizo con el hijo, que al final le sacó un ojo”. La historia, sintetizada y sin su gracia original, era que la Virgen y el Diablo estaban arreglando a sus hijitos para ir a un cumpleaños. La Virgen le lavó la cabeza y le arregló el pelo con esmero; pero, el Diablo, como quería que su hijo fuera el mejor peinado, lo trajinó tanto, que al fin le sacó un ojo con el peine. Así que de nada le valieron el traje nuevo recién estrenado, lo zapatos lustrosos, la “gomina” del pelo y los “tiradores” elásticos.

2.- Colofón y el Gran Mono

Los convido, ahora sí, al banquete de Severo Arcángelo. Entro a los arrabales del infinito texto. Me detengo frente a un extraño personaje que vive aislado en una covacha entregado a la tarea de acelerar el advenimiento de lo que ha dado en llamar el “hombre final”. Es necesario que la humanidad culmine su camino descendente para que se cumpla de una vez la catástrofe que la “insectificación del hombre” va a desatar. Para ello, el Hermano Jonás ha creado un robot al que ha bautizado Colofón. ¿Quién es Colofón? Es el “hombre cero”, “la tabula rasa”, el “consumidor absoluto” de apariencias. Es la obra maestra del Gran Mono en su último grado de “vaciedad metafísica”. Le habrán tachado enteramente y con método la conciencia de saberse imagen de su Principio Creador. “Terminará por creerse hijo de la nada, que salió de la nada y ha de volver a la nada.” ¿Y quiénes realizarán ese vacío? Según el hermano: “El Gran Mono, sus apóstoles negros y sus “idiotas útiles”. Pero ¿con qué metodología? Y Jonás concluye: “La que yo apliqué a Colofón en mi laboratorio: profundos lavajes de cerebro, intensivas mutilaciones del alma. Colofón es ahora un frasco vacío. ¿Vacío de qué? ¡De su esencia metafísica!” Como el Gran Macaco “remeda” a Dios, pero al revés, su criatura es “un archivista loco, respondiendo a botones/ o teclas numerados por la triste cordura” con “un alma/ de mil quinientos voltios”. En lugar del hombre de carne, el hombre de hierro.

Por cierto, y de ahí la razón de la esperanza, Colofón sigue siendo una criatura de origen divino y conserva, aunque oscuramente, una apetencia no ajena a la voz del corazón, a la armonía y a la trascendencia. Pero, aunque Colofón ignore su escondido tesoro, el Gran Macaco no. Por eso el Gran Mono tratará de satisfacer esas apetencias por vía de la parodia, de la tergiversación, el marketing, la falsificación, la mentira, el montaje de grandes escenas con apariencia de restauración moral y de justicia. ¿Y cómo es el nuevo orden del Gran Macaco?

El nuevo poder tiende a formular un gobierno global con su correspondiente religión. Predica una sociedad mundial sin tensiones (sin grieta) donde todo sea controlado y administrado por el sistema. Este poder transnacional supone la disolución de los estados nacionales y la abolición de la memoria e identidades culturales. Se ejercerá un control total sobre la producción de alimentos, agua, energía, industria, sistema impositivo. Oculto tras la máscara benigna de organizaciones internacionales (ONU, OEA), avanzará, asimismo, el control global de la salud, física y mental, por las corporaciones de servicios médicos, laboratorios y organizaciones no gubernamentales complementarias. Se implantarán microchips subcutáneos, recargados con energía corporal, para control biológico de la población mundial. El que lo lleve, un trabajador, por ejemplo, será controlado por las empresas en todos sus movimientos diarios sin que ellos lo sepan. Será una grave intromisión en la entraña del sujeto individual, una irrupción en la privacidad.

Se llegará así, con la tarjeta de débito y la moneda electrónica, a una sociedad sin dinero efectivo: un dios invisible y todopoderoso que está “en todo lugar”. Quienes no porten la marca (el chip, el código de barras) no podrán comprar, ni vender. Oponerse al avance de esas tecnologías, en vista de las ventajas que parecen aportar, será motivo para ser considerado bárbaro o, por lo menos, estúpido. Ciertamente, pronto los instrumentos biométricos estarán en pleno desarrollo. Entonces, el esclavo del Gran Mono podrá olvidarse del pin, dejar en casa el documento de identidad y hasta perder las llaves.

Hay ciertas corrientes de pensamiento que señalan el “fetichismo”, o idolatría de la mercancía. Avistan una singular analogía entre el encadenamiento de las mercancías y el encadenamiento de las palabras típico del lenguaje. El mundo del mercado, con su lógica y su lengua, se cree y se ve transparente. Pero no hay nada más opaco. La apariencia (la irrealidad) parece volverse realidad en el capitalismo. El sujeto se deja llevar por el mundo y el lenguaje de las mercancías. En consecuencia, el contenido de la forma se difumina. Hace falta un gran esfuerzo de reflexión para romper el “fetichismo” de la mercancía que reemplaza las relaciones sociales entre los productores por las relaciones entre las cosas producidas. En el mundo de las mercancías cada objeto es un signo. De tal modo, el signo del conjunto de los objetos, el dinero, funciona de manera que puede ser reemplazado por signos de sí mismo, por signos de segundo grado: billetes de banco, letras de cambio, cheques, tarjetas. Se llega así a la invisible moneda electrónica, a los paraísos fiscales desde donde legisla el mundo el Dios Dinero.

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible[1], expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.

Es en este punto donde se perfila el personaje de Leopoldo Marechal. Colofón, una prefiguración del “hombre final”; y su amo, el Anticristo apocalíptico: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.”[2] Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si. Allí se advierte (como la ya lo hiciera Juan Perón desde la década del 40 del S.XX) acerca del sometimiento de la economía a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas se sumergen en una vorágine de compras y gastos innecesarios. El consumismo obsesivo resulta, entonces, el reflejo subjetivo del paradigma tecno burocrático. El ser humano termina por «aceptar los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado (Romano Guardini)». Ese paradigma (cambio cultural se le llama ahora) le hace “creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Francisco).

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. La curiosa convocatoria de Francisco a los jóvenes latinoamericanos para que “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión del misterioso poder del espíritu que ha entronizado al Dios Dinero que es el Gran Macaco, el Simio de Dios, el Gran Mono. En Argentina, por desgracia, la especie más difundida, nociva, cruel y carnicera lleva el nombre popular de Gran Gorila.

3- El Salmodiante de la Ventana y la promesa de la Ciudad Cuadrada

Pero hay otro personaje interesante, el Salmodiante de la Ventana, que nos da la clave de la esperanza. Los creyentes del cristianismo popular peronista sabemos que la gran tribulación (los días del Gran Macaco) serán abreviados para que “no perezca toda carne”. Fue así como, en “un arrabal sin color ni sonido”, le fue revelado al Salmodiante el teorema de la cruz en movimiento, la “orientación” perdida por un Adán en fuga y el enigma de la “palabra” a la que se aferra como a un barril flotante. Colofón, el hombre robot, después de todo, “es el final obligatorio del Hombre descendente: ya desconectado de su Principio” y “no es más que un fantasma lleno de vistosidades externas” como el diablito tuerto de mi infancia.

El arrabal del Salmodiante, lugar real y nombre simbólico, es Ciudadela, en el Gran Buenos Aires: “Un arrabal sin color ni sonido, casitas y almas de techo bajo. Así es la Ciudadela visible. Pero a ciertas horas, en un reducto no más grande que una nuez vacía, estallan voces e himnos que perforan el techo bajo del hombre y el techo bajo del alma, y que abren allí escondidos tragaluces. ¿Quiénes hablan así en la nuez vacía de Ciudadela? Los que hallaron el Nombre perdido y a él se agarran como a un barril flotante. ¿De dónde vienen ellos? De Avellaneda y sus fundiciones quemantes, del Riachuelo y sus orillas grasosas, de los talleres en escarcha o en fuego, del hambre y del sudor. ¿Qué los anima? La promesa de una Ciudad Cuadrada; el pan y el vino de la exaltación en los blancos manteles del Reino”. Cosa curiosa, este suceso definitivo, tuvo ya tu tipo o figura en la sudestada de octubre que Scalabrini Ortiz embelleció para siempre como una prefiguración gloriosa del instante en que el Gran Mono, el Gran Oligarca de la violencia y el mal, será arrojado para siempre al abismo. Será La Ciudadela o “contrafuerte” generador de las energías simbólicas que sirven para vivir  y autorganizarse.

Según parece, ese instante eterno sucederá en esta tierra. Más aún, hay quienes, desde esa jornada memorable de 1945, llaman Comunidad Organizada a la Ciudad Cuadrada que baja de lo alto. Más aún, a la celebración del banquete sagrado le han dado en llamar, y así lo predican, “la hora luminosa de los pueblos”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 9 de nov. de 2017

Las fuentes de este escrito son las siguientes: El banquete de Severo Arcángelo y El Poema de Robot” de Leopoldo Marechal; el capítulo “El estiércol del diablo” de mi libro Ultimas noticias sobre el Anticristo; Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina de Eduardo A. Azcuy y Laudato Si del Papa Francisco. No olviden que el lenguaje de los símbolos puede ser una apertura al delirio o el inicio de un viaje de retorno a las realidades más profundas. “El surubí le dijo al camalote:/ no me dejo llevar por la  inercia del agua,/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río” (L. Marechal). Surubí o camalote: ¿esa es la cuestión?

[1] AZCUY, Eduardo A., 1985, Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos

[2] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana.

 

por Jorge Torres Roggero

1.- Elescanear0049 simbolismo intelectual de la guerra

“Desde findes de 1955-les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual”. Pero no sólo se trataba de un pueblo sumergido y una legión de “muertos civiles”. También vociferaban los ametrallados de José León Suárez y la sombra terrible de Juan José Valle.

La novela Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, como las grandes obras de la literatura universal, conlleva un mensaje iniciático que sólo será develado a los que se “rompan los dientes” mordiendo la dura cáscara de sus símbolos. En su plurivocidad, también puede ser leída como un precioso y complejo Arte de la Guerra. Una especie de hilarante tratado, un irreverente Sun Tzu criollo, un manual de resistencia integral.

La acción pura – postula L. Marechal – “es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Megafón su novela testamento, escrita de acuerdo con el ritmo épico de la rapsodia y organizada según “el simbolismo intelectual de la guerra”, presupone una didáctica de la “acción”. Es un tratado del soldado y su gesta en busca de una potencia oculta, de ciertas cualidades viriles integradas que obligan respecto a un preciso deber cuyo centro decisivo es una espiritualidad comprometida con la trascendencia, pero no abstraída de este mundo o patria.

La guerra es figura del devenir. Si bien su campo es lo histórico y contingente, no es menos importante su potencia simbólica, su capacidad de constituirse en soporte de una preparación ascética para la realización no de una expiación o castigo, sino de una purificación en vistas de lo no contingente e inmóvil: la eternidad.

Ahora bien, de acuerdo con un pensamiento no lineal que admite la posibilidad palingenésica, un final de ciclo es representado como una “edad de hierro” cuya “anormalidad” consiste en que el coraje se ha convertido en fuerza armada; la aventura heroica en orgullo y violencia; y la mujer, de acuerdo con la construcción de los medios y el “marketing”, en seducción y fuerza succionadora del principio más profundo de la virilidad. Deberá entenderse, por supuesto, que la referencia a lo femenino y lo masculino no está planteando en manera alguna una cuestión de género. Se trata de dos principios que aquí funcionan como organizadores de la realidad en tanto manifestación de la unidad en la multiplicidad. Constituyen por lo tanto el soporte verbal de un haz de significaciones (el haz de lo posible) muchas veces contradictorias. Marechal construye, entonces, un héroe que marcha al rescate de la mujer sin cabeza, principio vivificante, portadora de una vida que transfigura y libera al ser. El guerrero, tropos del principio viril, no pierde su modo de significar; y su tarea heroica en pos de la Mujer Escondida, configura la búsqueda, en una época de ocultamiento de la realidad principial, de la potencia que ya no posee.

Dentro de las múltiples lecturas de estos operadores geotextuales, que abarcan tanto lo contingente como lo no contingente, no se puede prescindir de algunos aspectos de la realidad textual: las rapsodias que organizan la novela relatan, con referentes precisos y reconocibles, los avatares de una Patria Terrestre que ha perdido su hombre y que espera ser liberada por un héroe (no necesariamente individual) capaz de reconquistar el estado primordial mediante la superación de pruebas que le permitan alcanzar una integración en que la calidad viril es, a la vez, potencia y conocimiento.

La guerra propuesta por Marechal es una guerra integral, cualquiera sea el plano o zona existencial en que se libre. Lo que en sentido cósmico es lucha entre luz y tinieblas, será, en un plano espiritual, contradicción entre Lucía (luz, sumo bien y belleza) y Tifonéades (Tifón, gigante derribado por el rayo jupiterino y dios del mal en Egipto); entre Patricia Bell (patria guerrera, Belona) y un patriciado infiel a su destino; entre un “pueblo sumergido” y unos «figurones externos».

El campo de batalla abarca, en Megafón (Marechal: 1970), todos los dominios de la realidad: «Erase un barrio, una ciudad, un país o un mundo» (91). Dicha multiplicidad espacial puede comprender, asimismo, un microcosmos y su compleja trama interior.

Por otra parte, toda guerra actualiza un tiempo que se concreta como historia argentina, o sea, historia de un barrio, una ciudad, un país y un mundo.

La guerra es, por lo tanto, una entrada en la historia, pero también una salida de ella. En cuanto guerra terrestre, es una guerra material por la posesión del soporte único y capaz para el salto a la trascendencia, es la “pequeña guerra santa”. Pero “la gran guerra santa” o “batalla celeste”, es la que libra el héroe contra sus enemigos interiores, contra los poderes de dispersión de su potencia. Una guerra será «santa», y en consecuencia necesaria, si se libra para reconstruir una unidad perdida, para reducir un desorden introducido desde afuera a un orden crecido desde adentro. Ahora bien, si la Patria, cuyo símbolo es la víbora, se manifiesta en el siempre indeciso suceder, la guerra configura, llegado cierto punto preciso e inexorable, su único modo de existencia, su manera de soltar la pelecha muerta.

La guerra santa, deber ambicionado, es el geotexto organizador de Megafón e ilumina su carácter de novela estructurada de acuerdo con un encadenamiento de oposiciones binarias. En el suceder, siempre se texturan contradicciones, siempre fulgura un amasijo de pugna/abrazo: oposiciones y complementación. (Vide: Cirlot (1978), Perón (1971); Andrés (1968).

Lo que sigue es apenas un esbozo descriptivo de algunos de estos elementos antagónicos que, al final, se resuelven en una reconstrucción de la unidad perdida; en una desconstrucción de la pseudo-unidad cristalizada en inmovilidad impuesta desde afuera y en una necesidad de recomenzar la guerra santa. Consideramos, entonces, algunos aspectos del introito o entrada de la novela.

Tesler es el que profiere, el profeta de la guerra santa, el que anuncia la liberación de la vida ordinaria tanto del individuo como de la patria. No es casual que Marechal, llegado a este punto, articule sus oposiciones en base al Salmo 136: se oponen en él, Sion, la ciudad verdadera y llorada; y Babilonia, la ciudad prisión y opresora.

Son los oprimidos quienes guardan el secreto de la verdadera vida y es el opresor (que al oprimir se pierde a sí mismo) quien pide el canto del oprimido: “cantad para nosotros cánticos de Sion”. Tesler marca la aparición del misterio tremendo, de la dimensión apocalíptica de la guerra. Una guerra designa, por un lado, la culminación de un mundo (de un estado de cosas) y, por otro, el comienzo de cielos nuevos y nueva tierra tras una lucha de fuerzas espirituales, cósmicas y sociales. Claro que Marechal, tal como corresponde a un hombre de hierro que yace en tinieblas y sombras de muerte, encubre el logos palaiós con un velo de humor. Jonás ya no saldrá por la boca, sino por el culo de la ballena y la fe implícita a veces adquiere un tono de pregunta: “Y escudriñando la caja trasera vio que Jerónimo Capristo dormía ya en el sueño de los hombres, el de los faunos o el de los ángeles. ¿Qué sabíamos?”.

2.- La Víbora y sus dos peladuras

La paleoargentina (la Argentina oligárquica) ha cumplido su ciclo. De acuerdo con el simbolismo de la víbora y sus dos peladuras desarrollado en Megafón, la oligarquía o “paleoargentina”, es la vuelta de espiral que ya terminó su recorrido, es un círculo cerrado. Y todo “círculo cerrado”, decía Evita, es oligárquico.

Esta es la parábola de la víbora y sus dos peladuras: “Esos fantasmas reencarnados, expuso él, constituyen ahora la exterioridad visible del país. Juran hoy en la Casa Rosada, luego dibujan su pirueta en el aire bajos reflectores, caen al fin reventados como títeres en el suelo para ceder su lugar a otros fantasmas igualmente ilusorios que juegan el destino del país en un ajedrez tan espectral como ellos. Oiga, ese cascarón fósil es la peladura externa de la Víbora.” – “¿Y quién es la Víbora?”, inquirí en mi falso desconsuelo. –“La Patria”, dijo Megafón. – “¿Por qué una Víbora?”- “La víbora es  una imagen del ‘suceder’: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava su colmillo en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un ‘suceder’ o es un bodrio”. –“¿Y cuál es la otra peladura de la Víbora?”. –“Usted habló recién de un pueblo sumergido, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que su vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende?” –“El contraste entre las dos peladuras, insistió él, fue para mí una Segunda Incitación a la Guerra.” –“¿Usted medita una guerra?”, le pregunté sin ocultarle mi asombro. –“Estoy planificando una guerra”. – “¿Con qué fin?”- “Es necesario que la Víbora suelte ya su inútil pelecho de fantasmas”.

Volví a inquietarme. “- “La guerra es hermosa cuando es necesaria”, les advertí. –“¿Y le parece que no se está dando su “necesidad” ?, repuso Megafón. –“¡La Víbora y sus dos peladuras!”, me recordó Patricia con urgencia. –“¿Quién es la Víbora?”, les volví a preguntar. – “¡La Patria!”, dijo ahora Patricia Bell.” (p.16,17)

 La neoargentina arranca, en el punto exacto donde concluyó la otra. El pueblo, fuente viva, es una espiral abierta y creciente. Pero la guerra es necesaria, porque la oligarquía aún se resistirá y como en su fase final sólo estará sostenida por aliados exteriores y mercenarios de adentro, la batalla contra la oligarquía será una guerra santa, una defensa de la propia identidad para lo cual habrá que estar calificado para un largo ayuno de poder, de riqueza o de brillo académico prestado. A esto Marechal lo escribía en 1970; hoy nadie podría negar que su profecía se ha cumplido puntualmente: mientras la oligarquía tema al pueblo, el pueblo deberá beber esta contingencia hasta sus últimas heces: “Parecería evidente -le dije- que todo lo popular le afectaba y le afecta el miocardio. Lo que aseguro es que a otro coletazo del Gran Oligarca se debió la historia reciente de Juan Domingo y aún se resistirá ¡no lo dude!, mientras un aliado interior y otro exterior lo sostenga por sus agallas” (p. 161).

Por las agallas o por la literalidad, la momia oligárquica es sostenida desde afuera. ¿Cuál es el modo de plantarse ante ella?, ¿Como el pampa Casiano o como el correntino Berón?

Casiano, indio aculturado, cicerone entre cosas definitivamente muertas, representa la expansión de la mentalidad oligárquica que convierte a los argentinos en mestizos vergonzantes: se llega a tener vergüenza tanto del abuelo indio, como del abuelo gringo, o “turco”, o “gallego”. El miedo a ser “lo que se es”, ha empujado al argentino a engrosar la innumerable procesión de los marginados del mundo. El correntino Berón, haciéndose la señal de la cruz, recrea el mundo.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta que lo “farsesco” es un encubrimiento de los mensajes secretos latentes. De ahí el juego permanente con desplazamiento entre lo sublime y lo ridículo. La Rapsodia III, por ejemplo, comienza con una alusión a Lucía Febrero (sublime), y se va deslizando hacia lo ridículo; la Rapsodia IV, en cambio, comienza con una desublimación de las Musas y se va deslizando hacia lo sublime (Lucía Febrero). Este deslizarse entre dos polos “pero con una simetría no fácil de alcanzar y rigurosamente necesaria” reubica al lector en el comienzo: la realidad es una, y única; cualquier desequilibrio o desorden produce contradicciones y enfrentamientos entre sus polos. Será, entonces, necesaria la guerra, como lo supieron y padecieron Juan José Valle, los fusilados de José León Suárez y todos los combatientes de su estirpe.

En realidad, Marechal no es un desubicado en perplejo vaivén entre lo “concreto” y lo “universal”: su comarca (su espacio-tiempo) es lo concreto y universal. Tal lo que emana de su postulado fundante: la realidad es una sola y son múltiples sus manifestaciones, todas necesarias, contingentes y en continuo devenir. En otros términos, amplía el campo de la realidad que abarca no sólo lo que ya se ha convertido en hecho sino también “el haz de lo posible”. La historia profana es así un discurso real cuyo significado pleno puede ser cumplido en el contexto de la historia sagrada o total: “La metafísica no es un flato poético de la imaginación ni un eructo grave del sentimentalismo: es la ciencia exacta de la posibilidad absoluta y de la imposibilidad de lo imposible”.

Los argentinos, en su corto bien que trajinado trote histórico, han rezumado suficiente sudor y sangre como para comprender sus contradicciones. O el pueblo despliega su parábola, se proyecta hacia un fin de acuerdo con un principio, y acepta lealmente el destino que le toca jugar; o será movido como marioneta por el autor de un sainete en que representará la víctima ridícula de un pneuma sin Pneuma, es decir, de la literalidad o alienación: “Un pneuma sin Pneuma sopla donde quiere Tifonéades el Griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad”.

Megafón, cansado de roer simbolismos “que tienen dura la cáscara y el jugo difícil”, ha decidido “agarrar el toro por las guampas”. Porque no se puede “jugar un juego” con los símbolos: hay que lastimarse las manos para cortar el higo maduro.

«Porque hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta. Y hay símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles, para el salto del alma voladora. Y símbolos que nos atraen con cebos de trampa, y que se cierran de pronto si uno los toca, y mutilan entonces o encarcelan al incauto viandante. Y hay símbolos que nos rechazan con sus barreras de espinas, que nos rinden al fin su higo maduro si uno se resuelve a lastimarse la mano» (El Banquete de Severo Arcangelo: 1965, 258).

Se plantea así una poética geotextual en que el lenguaje de los símbolos se cierra para el que no se compromete. Los símbolos enmudecen si no son vividos. Vivirlos significa recorrer realmente un laberinto o librar una batalla históricamente determinada. Por lo tanto, el núcleo o sentido profundo de Megafón encandila en el recinto final de Lucía Febrero. Dicho recinto o claustro es figura de la indeterminación absoluta cuyos atributos son el silencio y la noche. En la silenciosa noche (o caos primordial) sopla el espíritu. Esplenden los gérmenes de la luz y de la música. Lucía, fiat lux, es la manifestación primera de la inteligencia creadora, es logos en descenso y por eso está encadenada: “Entonces los maravilla el silencio y la noche que parece reinar en ese claustro: es un silencio en el que, no obstante, parecía bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue ahora la Mujer Encadenada”.

Aunque caída en la materia manifestada, es el reflejo corpóreo de la Eva primera; por eso “es un canto de libertad y una risa de libertad y una danza caliente de libertad”. Lucía, luz primera, es el don que el héroe conquistó con su muerte: “Y es aquí donde Megafón, que ha triunfado, recibe de la Novia primero “la mirada”, en seguida “el saludo” y finalmente “la voz”.

Queda así revelado el misterio del nombre Megafón: os magna sonaturum. La redención es un canto de alegría, pero también una paradoja viviente ya que es el fruto de un sacrificio (sacrum facere). En tanto conciencia, Lucía crece y seguirá creciendo en la voz de Megafón; y, en cuanto ningún hombre es libre de una vez y para siempre, seguirá siendo una meta. En alguno de los tres mundos (corpóreo, psíquico o espiritual) que integran Buenos Aires, la Ciudad de la Paloma (o del Espíritu Santo) Lucía espera a los buscadores de la luz: “Al cerrar mi novena rapsodia, también doy fin al relato de los hechos que atañen a la Novia Olvidada y al Amante Perdido cuya leyenda no termina aquí. Tres mundos en superposición o tres barrios en escalada integran a Buenos Aires la ciudad de la paloma. En alguno de los tres vive aún y vivirá Lucía Febrero al alcance de los poetas que la busquen…”

3.- La encuesta del falo perdido

Megafón muere triunfante, es decir, liberado. Un hombre en lucha permanente por liberarse convierte su muerte en una abertura a lo posible, a las futuras batallas: “El fondo concreto de la gesta megafoniana está hoy, según dicen, en dos organismos iniciáticos que se ocultan uno en Villa Crespo y el otro en San José de Flores. Al parecer el de Flores consagra sus esfuerzos a estudiar la doctrina en todos y en cada uno de sus matices; y el de villa Crespo, dado más a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis que, a mi entender, y si ese organismo lo concretara realmente, haría polvo el esquema gris de Buenos Aires y del país entero. Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música. El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en sus días con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o astutamente olvidado en el friso de la catedral metropolitana. Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

La proposición de lucha encierra un objetivo: “buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota…”

Patricia Bell (patria guerrera, Belona) deberá reencontrar a Megafón que es su propia voz perdida y que ahora yace oculta en la farsa, en la literalidad, en la inautenticidad del pelecho viejo de la víbora.

Las lamentaciones de Samuel, hijo de un pueblo sacrificial, nos anuncian una pulverización o destrucción. Y tras la destrucción se reconstruirá el miembro de la energía vital que está oculto y prisionero “debido a su peligrosidad revolucionaria”, “o disfrazado según las estrategias del imperialismo.”

Marechal culmina su novela con este llamado extraño, proferido desde las profundidades de un mundo en ruinas: “¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!” Ese era el grito de la guerra santa. Recuperada la dignidad, los compatriotas (el pueblo) serán los sujetos de esa guerra defensiva e indefectible para solamente ser. Destruir la nada para enfrentarse con el espejo terrible de la verdad, para recobrar la potencia oculta de la Patria Terrestre, para recuperar la voz por la luz.

Jorge Torres Roggero

Córdoba,19/08/17

Ver este texto completo en mi libro Elogio del pensamiento plebeyo, 2002, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANDRÉS, Alfredo: 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Bs. As., Carlos Pérez Editor.

BUTTERINI, Giorgio A.: “La Ley de la Guerra” (en: EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO, Año LXXXIV, N° 12, Dic. 1981).

CIRLOT, J. E.: 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor.

GHEORGHIU, C. Virgil: 1975, La Vida de Mahoma, Barcelona, Caralt.

GUENON, René: 1976, El Esoterismo de Dante, Bs. As., Dédalo.

MARECHAL, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana.

___________ 1970, Megafón o la Guerra, Bs. As., Sudamericana.

PERÓN, Juan Domingo: Conducción Política, Freeland, Bs. As. 1971.

Por Jorge Torres Roggero

LugonesEntre las aldeas de Ojo de Agua, en Santiago del Estero, y Villa María del Río Seco, en el norte cordobés, donde había nacido el 13 de junio de 1874, transcurrió la primera infancia de Leopoldo Lugones. Era, por lo tanto, de un pago entrañable: el corazón profundo del antiguo Tucumán; y sus antepasados, rama “arribeña” de la patria, bajaron del Perú para profesar un “heroísmo sin término”, actitud fundante del alma argentina tal como postulara a su debido tiempo en Prometeo: “La nación que adoptara al nacer el sol por emblema, impúsose con ello una existencia de heroísmo sin término. Que no otra cosa significa mantener al sol mismo como lámpara en el portal y de lumbre en el hogar generoso. [….] Sol cuyo fuego exigirá para ser mantenido, todo el aliento de nuestras almas, toda la esencia de nuestras vidas, todo el bien de nuestro trabajo; o la escandalosa estampilla de nuestra incapacidad, pegada sobre la bandera para mayor resalto, en sacrílega bufonada[1]

Los conquistadores Bartolomé Sandoval y Francisco de Lugones, el encomendero Juan de Lugones, que obtuvo encomiendas “más por carga que en pago”, prolongan sus hazañas hasta don Lorenzo Lugones “que en el primer ejército de la Patria salió, / cadete de quince años, a libertar naciones/ …. Y como buen soldado de aquella heroica edad/ falleció en la pobreza, pero con dignidad”[2].

Desde sus pagos, “que tanto sufrieron/ en la guerra y sus estragos” y donde hay gente “que baila en la Salamanca/ los sábados por la noche” como expresara en Romances del Río Seco, recaló a los nueve años en la ciudad de Córdoba para encarar sus estudios. Allí ocurrirán sus andanzas de chico provinciano, “sabio en lagartos y sapos”[3] que sucumbían a “los golpes de sus piedras”, en las siestas semi-campestres de La Cañada, entonces arroyo indomable.

Arturo Capdevila asegura que “Córdoba le ofrece la total novela de su vida”: “Todo se lo va dando Córdoba, repitámoslo. Ella lo prohíja, ella lo nutre, ella lo va formando; ella le da el ritmo de su sangre y el calor de su vida. Córdoba le enseña la holgura y la escasez: la holgura en aquella casa bien situada que estrenó la familia; la escasez, la pobreza, y juntamente la dignidad altiva de su progenitor, cuando la crisis del 90 arrastrara casa v bienes a la nada”.[4]

Es también Capdevila quien advierte un rasgo esencial que Lugones exalta sobre cualquier otro: “la ley del heroísmo” como una “unidad constante de su vida”: “heroísmo cívico ayer, heroísmo místico luego, heroísmo doméstico ahora”.

Debemos asimismo a Capdevila, entre otros, el haber señalado algunos rasgos indelebles de la adolescencia de Lugones. La rebeldía que, unida a la pasión autodidacta, lo impulsa a medias con la pobreza, a abandonar el Monserrat porque “realmente no hay manera de estudiar e ir a clase al mismo tiempo”.

Con la crisis del 90 percibió, por primera vez, los desequilibrios del mundo moderno: la bancarrota del honrado, la injusticia social. Reconstruir la perdida armonía será su tarea de “combatiente de la aurora”, anunciador, como su amigo R. Darío, del “alba de oro”. Combatirá, pués, la fealdad del mundo burgués mediante su tarea de socialista científico y de poeta modernista.  Polemizará con el director del diario La Libertad en defensa de los huelguistas panaderos; anatematizará toda la historia de la poesía argentina en nombre de la luz y la música.

Su acercamiento a la ciencia sobrevendrá por la amistad con algunos de los sabios alemanes que Sarmiento trajo a Córdoba. En sus conversaciones se engendraban el poema “Los Mundos”, Las Montañas del Oro (1897) y Las fuerzas extrañas (1906) con su cosmogonía en diez lecciones.

Pero también se siente tentado a explorar el “borderland”: se inicia, pues, en la Masonería (alcanzará en ella el más alto grado); y en el espiritismo, que lo conducirá a la teosofía. Por ella arribará a los misterios de Eleusis y a Platón. Extraño camino, que pasando por los Crepúsculos del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909), desembocará en Prometeo, espacio textual en que huestes solares y lunares ordenan una cosmogonía, una antropogénesis y una palingenesia de la humanidad y de la Patria.

Sin embargo, los núcleos organizadores de su estética nunca estuvieron separados del “ethos” circulante por la Córdoba del Tucumán, beata y libertina, dogmática y librepensadora, pero recorrida siempre por el hálito de una fuerte cultura popular. Lugones participa gozoso en los festejos de la cordobesada “bochinchera y ladina” de finales de siglo: asistió a la popularización de ovillejos satíricos que ridiculizaban con nombre y apellido a ciertos personajes y terció en contrapuntos con payadores de las orillas entre coplas y relaciones picarescas. La veta criolla del antiguo Tucumán es la que vertebra en su obra lo extraño y nuevo con lo ancestral y recóndito: ciencia y poesía, proclama y profecía.

En efecto, el paradigma de argentino que traza Lugones no es el de las biografías que escribió por encargo (Sarmiento y Roca), sino el de las masas criollas del interior que erigió en protagonistas de La Guerra Gaucha (1905), en materia sacrificial y redentora en El Payador (1916) y reivindicó como “cepa madre” en La Grande Argentina (1930): “Mientras en Buenos Aires se llega a mendigar con medias de seda, en el interior no se puede trabajar de alpargata”.

Predecía así un destino iluminador y épico para sus oscuros paisanos del interior cuyo “heroísmo sin término” y anónimo volvería a erigirse como protagonista, no ya bajo la forma de gaucho bárbaro ni de “chusma irigoyenista” como antaño, sino con su nuevo nombre de “descamisado”.

Con toda esa pueblada en sus adentros, el joven Lugones partió en 1896 a Buenos Aires. ¿Qué era la metrópoli, según Capdevila, para un provinciano?

Primero el puerto: “buques, recostados en largas dársenas”.6 Pero también Florida, hoteles de gran tono, Bancos, restaurantes “a la carte”, con orquestas; cafés flamantes de la Avenida de Mayo, el hampa de Barracas, las prostitutas internacionales en la calle de las Artes; los teatros, los conciertos, la Biblioteca Nacional; y más allá, un gringo organillero; y los conventillos, donde en un mistongo y cordial amasijo, en un gran “hervidero” un pueblo forjaba formas nuevas entre cortes y quebradas de compadritos que, como diría Borges, ya “mentaban a Irigoyen”.

Siempre fue ambigua, por otra parte, su actitud ante la “plebe ultramarina”: nuestros abuelos inmigrantes. Cantó emocionado la epopeya de los chacareros y los organizó, siendo casi un adolescente, para que los piamonteses de San Francisco defendieran sus trigales de los incendios que las chispas del Ferrocarril inglés armaban al paso de la locomotora. Pero él solo sabía de patriadas heroicas y mantuvo bajo sospecha a las masas urbanas, heterogéneas y plebeyas, que suponía víctimas de los demagogos.

Algunos críticos aseguran que Lugones, al partir a Buenos Aires, zafó de las garras de una ciudad beatona y medieval. ¿No será al revés?

Se nos figura que a partir de su socialismo inicial, cuando junto a E. Troisi manifestaba en el 1º de mayo de 1891 pidiendo “libertad, pan y trabajo” para criollos e inmigrantes; pasando por su aristocratismo de comienzos de siglo, su adhesión a la revolución proletaria en la época de la Reforma Universitaria y sus tendencias fascistas de la década del 30, hasta su voluntario silencio final, anduvo buscando en sus “adentros” una respuesta que a lo mejor dejó implícita en Romances del Río Seco (1938).

En esos poemas, Lugones da el salto de la escritura al habla, de lo escrito en los libros a lo inscripto en el corazón del pueblo. Siguiendo una línea que ya venía perfilándose en sus estudios helénicos, decide que sus mensajes sean los de la comunidad y su forma poética el índice lingüístico de una tonada y un tempus del hablar real de esa gente sencilla, de los “vecinos” del pago. En otras palabras, deja de escribir para ser sólo leído ya que considera que la forma propia del habla de la poesía es el canto. ( …. ) En Romances del Río Seco, mensaje implícito de toda su obra, nos venía a anunciar, desde el otro lado de los prestigios literarios, que su poesía residía en la posibilidad de cantarla íntima o públicamente con el ritmo, la entonación (o tonada), las pausas y el tiempo de sus paisanos de Río Seco…”. 7

Lugones fue, entonces, un rehén del puerto. Toda su vida estuvo condenado a sobrevivir con el puesto o el encargo burocrático, a depender de la recomendación o el mecenas ostentoso.

Ya el 1º de febrero de 1896, en el diario La Libertad de Córdoba, en un polémico texto titulado “Mis tendencias” perfiló los rasgos del “escritor profesional” en Argentina. Reconoce allí que ha aparecido un consumidor de formas nuevas, un público lector “con manía impresionista”: “Yo cobro y él me lee”. En consecuencia, sus artículos son “pagados y escritos” para el público. Recomienda al lector que sepa distinguir entre el Lugones de los “conchabos”, del “independiente”. Esa “sumisión al salariado” y “las veleidades independientes” lo condenaron a seguir siempre la “vía del ensayo”. ¿Qué se pasó ensayando? Sin duda, cuál era el modo de romper su jaula de “león cautivo”. Cambió el rugido por el canto, dejó su copla póstuma y emprendió el viaje hacia las oscuras regiones que sus admirados Virgilio y Dante recorrieron en busca de un secreto perdido.

Esa decisión la tomó un viernes 18 de febrero de 1938. No fue un viernes “guacho” (quinto viernes de un mes), día de sortilegios y ensalmos; pero, de acuerdo a su concepción, la muerte voluntaria, era una perfecta forma de amor y, por tanto, de belleza. Despojado de toda individualidad, dejó escrita con lápiz una carta dirigida “al juez que intervenga” en que, entre otras cosas, decía: “No puedo concluir la Historia de Roca. Basta. Pido que me sepulten en la tierra, sin caja y sin ningún signo ni nombre que me recuerde”.8 Liberarse del conchabo, era renunciar al nombre ganado, por eso prohibió que se diera su nombre a ningún sitio público.

 La narrativa de Lugones 

La narrativa de Lugones, que abarca especialmente sus cuentos, es un lugar de encuentro entre las líneas de fuerza que organizan su obra: el tono o tonada del conversador de tierra adentro (no el refinado y escéptico causeur), su pasión por la ciencia como iluminadora del mundo; y la percepción de lo extraño como presencia de lo numinoso e imprevisible.

Una hipotética antología, que nos obligara a considerar, por cierto, que, con criterio meramente clasificatorio y por tanto discutible, nos induciría a organizar la siguiente grilla con sus cuentos: fantásticos, ejemplares, patrióticos y criollos.

Nadie discute ya una tradición del elemento fantástico en la literatura argentina. La expresión corresponde a Enrique Luis Revol quien deslinda en la literatura fantástica argentina tres líneas: lo fantástico-científico (Bioy Casares), lo fantástico-metafísico (Borges) y lo fantástico surrealizante (Cortázar). Comentando este texto, Gaspar Pío del Corro10 asegura que “Lugones abarca cumplidamente las dos primeras”. Y arriesga: “Borges y Bioy Casares asumen y proyectan una trayectoria imaginativa trazada por Lugones”. Según Del Corro, Lugones “no llegó a abandonarlos nunca” a los temas fantásticos; más aún, son “instancia aparencial de una subyacente continuidad”.

Lo fundamental del acierto de Del Corro consiste, a nuestro entender, en reconocer a Lugones como uno de los fundadores de la tradición fantástico-metafísica moderna. Tradición que, por otra parte, nos viene resonando desde Luis de Tejeda y que Leopoldo Marechal representa mejor que Borges.

En cuentos como “El descubrimiento de la circunferencia”, “La fuerza Omega”, “La metamúsica”, “El Psychon” es constante la presencia de un iniciado que para el común de las gentes es un ser in-significante (sin significado). Se trata de autodidactas y/o de locos. Portan, sin embargo, un saber secreto que no debe ser violado porque puede acarrear destrucción o muerte. Sin entrar en detalles, que no todos estarán interesados en conocer, recomendamos relacionar esos cuentos con, por ejemplo, el “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones” y Prometeo: se descubrirán así las conexiones ocultas entre la geometría, la luz, el sonido, la palabra y la manifestación universal. Quizás el más logrado cuento, aquel que manifiesta el paso del ser de un estado inferior a otro superior, sea “Yzur”: el mono no puede hablar sin morir.

En otros cuentos lo fantástico adquiere perfiles más ceñidos a lo estrictamente literario.  Una velada crítica social en “Epítome de psicología. IV. Conspiraciones”; o bien, una mística de la sensualidad modernista en “La novia imposible” y “El secreto de Don Juan”. Sin embargo, como ya lo señaláramos en nuestro libro La cara oculta de Lugones,11la coherencia de la obra lugoniana se articula en torno a la certeza de un “poder oculto” cuya sede es la palabra. La búsqueda de ese poder recorre todos sus temas y modos expresivos.

La más discutible de nuestras hipotéticas segmentaciones sería la titulada “Cuentos ejemplares”. Por lo tanto, está sujeta a discusión, supresión o ampliación. Incluimos bajo ese título a aquellos textos basados en otros textos. Dichos textos pueden estar ligados, por ejemplo, a la literatura sapiencial (la Biblia) o simplemente a la pasión   y la búsqueda estética (la ilusión, la belleza, la impresión).

La designación de ejemplares no estaría fundada en relaciones de causalidad (la ciencia o el misterio), sino en una modalidad experiencial. En consecuencia, tendrían un valor social, moral y didáctico. Se caracterizarán por el uso de alegorías de fácil comprensión para el lector de la época en que fueron escritos.

La enseñanza bíblica implícita es la que nos inclinaría a incluir cuentos como “La estatua de sal” en esta sección. Subsiste, sin embargo, la ambigüedad: más allá del tema de la desobediencia y la tentación, pareciera circular por el relato el misterium tremendum de una palabra secreta.

No dudamos en cambio del carácter etiológico (tomamos, el termino de Pedro L. Barcia)12 y la fuerte marca de la moda, en cuentos como “El mal, el bien, la justicia y la ley”, “El origen de la ilusión”, “El perfume secreto”. Son los cuentos nacidos de la entraña misma del “pane lucrando” (el “conchabo”). Adviértase la identidad de título y tema de “El pájaro azul” con un cuento que Rubén Darío incluye precisamente en Azul. Cuento que, a su vez, prolonga su parentela literaria en Maeterlinck. Sin embargo, tampoco podríamos dejar de señalar un anticipo insólito: la relación de “El perfume secreto” con una novela que no hace mucho tuvo profusa circulación entre nosotros, El perfume de Patrick Süskind. Lugones, más allá de sus detractores de antes y de ahora, siempre nos puede deparar alguna sorpresa.

Los cuentos patrióticos, excepto “El sable” (1897), en que exalta a Rosas y desliza una crítica encubierta a un patriciado convertido ya en oligarquía, deberían ser espigados en La Guerra Gaucha. Libro extraño, denostado por los profesores de literatura por su dificultosa lectura, pero fuente de una de las películas más famosas y populares del cine argentino. Es que, en gran parte, ese léxico que a Borges le hacía creer que Lugones se había dispuesto agotar el diccionario, era en realidad lengua familiar a sus paisanos y vecinos de “los adentros”. Ofrece, además, una particularidad exótica para 1905 en que fue publicada: sus protagonistas no son los nombres consagrados por el discurso histórico predominante, sino las masas anónimas y pobres. Habría que observar también la influencia de sus maestros cordobeses, los sabios alemanes, en el enfrentamiento cosmogónico de luz y sombra que se manifiesta en la naturaleza.

La Guerra Gaucha, además, ha sido objeto de una singular interpretación por el Dr. Pablo Heredia.13 En efecto, en una ponencia que vale la pena discutir, estudia La Guerra Gaucha como una de las primeras manifestaciones de la vanguardia en la Argentina, y, sobre todo, como una novela moderna por su estructura, su lenguaje y tratamiento del tema: “Aunque sean cuentos independientes, su unidad en un volumen conforman algo así como mosaicos de un piso, que es la novela”.

Por último, los “Cuentos Criollos”. Nominamos así a los cuentos que Pedro L. Barcia, en la antología citada, con dos poderosas razones, titula “Cuentos Serranos”. En efecto, con ese nombre genérico fueron publicados primigeniamente en “La Nación” y, por otro lado, es innegable la presencia, como escenario, de las sierras santiagueño-cordobesas.

Ahora bien, desde el horizonte de interpretación que hemos adoptado y que tiende a dejar aflorar lo criollo clandestino en la obra de Lugones, preferimos una denominación que aluda a su sentido cultural amplio. Somos nacidos y criados en las mismas regiones del canto natal lugoniano; como él, somos eco de antiguos díceres. Más aún, somos “chuncanos”, y esas narraciones tremolan viejas “resonancias”. Todos conocemos las hazañas de Juan, el zorro, personaje de “El vecino”; todos conocemos las amenazas de “El escuerzo”; las historias épico–folletinescas (“Águeda”) y los relatos sobre la lealtad del perro (“El perro flaco”).

Sin embargo, ya desde el punto de vista de Ia historia literaria, la designación “cuentos criollos” no es nueva: Arturo Horacio Ghida14 nos precede. Es él quien vislumbra en esta prosa de Lugones el carácter de “magnifica conversación criolla” Y concluye: “A estas páginas no hay que leerlas: hay que oírlas. Por las palabras circula un aire agreste y saludable; laten y respiran cálidamente. No son signos abstractos incorporados a las cosas por el diccionario; son cuerpos gráciles, dotados de hueso y músculo, de autónoma esbeltez natural. Y tienen patria (…)”

De su criolledad, emana una “forma interior”15 de lenguaje que nos permite atisbar una poderosa epifanía, resplandor de la “letra vivificada” que impregna la obra total de Lugones.

Romances del Río Seco: ¿una renuncia a la literatura?

Aunque Romances del Rio Seco de L. Lugones se publicó después de su muerte, los críticos[5] suelen aparearlo cronológicamente a Poemas Solariegos publicado diez años antes. En ambos libros, Lugones vuelve a la tierra de sus ancestros (al solar) en busca de fundamento. Las siguientes reflexiones tratan de aportar algunas precisiones a lo que formuláramos en un ensayo nuestro acerca de los romances del Río Seco y que, inserto en el tratamiento de un tema diverso, pareciera exigir una mayor sustentación. Afirmábamos allí: “… asistirnos al último ejemplo de heroísmo lugoniano, a la aplicación máxima de la doctrina que consiste en la abnegación.

Es el intento de renunciar al propio lenguaje para hablar con una lengua regional y demostrar que las altas verdades que predica no pueden ser comprendidas por los soberbios y los doctores de la ley”[6] . Señalaremos, entonces, algunos elementos que nos permitieron el anterior aserto.

Romances del Río Seco culmina un paulatino despojamiento de lo puramente individual (afán de originalidad) para ir vistiéndose cada vez más de lo supra individual. Paradojalmente, libra en sí mismo la batalla contra la originalidad, o sea, contra el individualismo.  No en vano había traducido al máximo rapsoda o cantor de nuestra cultura (Homero) y había exaltado al cantor de la cultura nacional en El payadorEn Romances del Río Seco, rescata el canto y sus voces profundas. Tal como enunciáramos anteriormente, introduce la vocalización del pago. Resultan así los romances una zona de trueque entre la oralidad y la escritura que solicita el ritmo y la tonada, las pausas y el tiempo de los paisanos de Río Seco erigidos como arquetipos de un modo de ser con todo el ser. En una comunidad que se expresa a través del ritmo de los ganados y las “mieses, de los malones y las revoluciones, de las leyendas y las recetas mágicas, nadie es “iletrado”. Salvo, por supuesto, el letrado. Por eso, al entrar en la lectura de este libro, escuchemos bien las recomendaciones del cantor a los letrados y los sabios instalados en el campo de la escritura:  “Ustedes que son letrados/ lo saben mejor, señores”

O esta otra certeza que nace de su fe en los propios saberes y, por lo tanto, marcada por una poderosa cultura popular: “habrán de creerme esos sabios/ más que su copete abajen”.

Resaltamos, sobre todo, esta copla en que insiste en la necesidad de no conformarse con echar una mirada superficial sobre las “cosas” de su tierra: “A las cosas de mi tierra/ tal como son las divulgo. / No saboreará el pastel/ quien se quede en el repulgo”

En otras palabras, quien se castre en la “letra muerta” o pura literariedad, no podrá entender, y menos participar del “goce” de estos romances. Algo de esto les pasó a los jóvenes ultraístas de la década del veinte. En su afán de denostar a Lugones, sólo se comportaron como porteños “pillados”, como cajetillas: “Acaso alguno desdeñe/ por los criollos mis relatos. /Esto no es para extranjeros,/Cajetillas ni pazguatos”.

En consonancia con la renuncia a la originalidad y con la elección de lo inscripto sobre lo escrito como fuente del mensaje, Lugones se adentra decidida y heroicamente en lo oral. Este es un rasgo común a toda gran litera- tura, y, sobre todo, de la gran literatura hispanoamericana: la busca de los restos de lo maravilloso en la lengua de la rutina y la cotidianeidad. Pero no de la rutina alienada de los letrados, sino de los aparentemente iletrados porque ellos guardan en el secreto de los dichos la experiencia histórico-cultural que carga de sentido las palabras esgrimidas para “vivir la vida”, las que usamos como arma y alimento del mero sobrevivir. De allí la recurrencia al “dicho” y a la “frase hecha” cuya exploración es “una técnica no superada de la poesía popular tradicional” de carácter oral, maestra en el arte de la connotación. Los romances lugonianos suponen más que un lector (en el sentido habitual del término), un oyente presente. Alguien que se sienta parte de un conjunto (o común) que también escucha “lo que canta este romance”. Esa lengua de la familiaridad mata las contradicciones en su raíz y las convierte en trama de un destino (o discurso) tejido con el vivir de todos.

Si los romances no son lo leído, son entonces lo contado (en el doble sentido de narrar y calcular) por la comunidad a través del hilo de las generaciones. Los principales encargados de la transmisión son los viejos: J. Rojas, el capataz; el ciego violinista y cantor; el rengo cautivo; Sixto Tolosa, Juan Lescano, testigo que no deja mentir, Audifacio Cabrera y Federico Galán, rastreadores. Pero también la familia, el pueblo, es decir, el mero hablar de la comunidad, del sujeto social: “dicen los que de esto saben” ¿Y qué se transmite? Costumbres, comidas, modos de ser amigo, de servir a la Patria, de amar, de celar. También utensilios, vestimentas, flora, fauna. Cómo cazar, cómo bolear, cómo sobrevivir en la sequía y el desierto. Es la vida de la comunidad hablando y ordenándose por la palabra fundada en soportes seguros: la familia, la religión, la Patria. Y la guerra: al indio o al godo; a la fiera o al hombre. Pero siempre un discurso tensionado por un llamado al heroísmo sin límites. La religión ocupa, a su vez, un lugar preponderante: desde el obispo Esquiú al cura tahúr; desde la salamanca al Señor de Renca; desde la Delfina a La Cautiva. Siempre yendo y viniendo entre lo sagrado y lo profano. Por eso al “enseñar a rezar” y “dar buen ejemplo, se lo considera parte del salario que el ciego otorga al muchacho que lo acompaña. En la boca del pueblo la experiencia histórica se hace así discurso; y el discurso canto o habla poética en el cantor: voz de todos en la paideia de la conversación familiar, del fogón fortinero, de la “minga de las frutas”[7], del comité o la fiesta patronal.

 Aceptación de la cosmovisión engendrada por la cultura popular

En Romances…, Lugones se desencarna de tal modo de los metalenguajes de la escritura, que llega a incorporar como propias las maneras de ver el mundo de la “sencilla gente” protagonista. Así es como:

a) Acepta lo maravilloso como normal y parte integrante del vivir “porque con el otro mundo/ la guapeza está de más” o porque un aviso o aparición oportuna “puede venir de un finado/ que nos debe algún favor”, o a lo mejor, “la mano del pordiosero/ trae la gracia de Dios”. Los romances nos proveen además un estupendo recetario de medicina popular: “Ella sabe sus palabras/ para voltear la verruga. / Destapa los ojos nublos/ con la hiel de la tortuga”. Recetas “de palabra y de ingrediente” de las cuales Lugones se guarda muy bien de mofarse porque “quizás esto hasta a los sabios/ podría servirles de estudio”. De tal modo se siente Lugones transmisor de lo maravilloso tradicional como sentido profundo que, desde siempre, fue un divulgador de los relatos populares. Baste recordar que, en 1917, Ambrosetti, en su valioso libro Supersticiones y leyendas[8] comenta la leyenda del “tigre capiango” que le ha sido referida “por el distinguido poeta argentino L. Lugones” (p. 96). Dicha leyenda será luego “co/a/ntada” en los Romances. Ambrosetti, desde el ángulo de la ciencia positivista, estudia el relato como una de las supersticiones de “esas pobres gentes” y le sirve para probar que esa leyenda es un trait d’unión entre el área guaraní y la quichua calchaquí. Diez años después, Lugones escribe el romance del “tigre capiango” “Para que vean ustedes/ que en esto no todo es charla” y cuenta la experiencia personal de “cómo nombrar el daño, hace que se presente”. Esto es cierto, asegura, ahí están mis paisanos de testigos, y así quedará “hasta que alguno lo explique”.

b) Advertirnos también en los romances lugonianos la pérdida del maniqueísmo a que nos tienen acostumbrados los historiadores cultos cuando se refieren a las guerras civiles, a los caudillos federales o unitarios. El pueblo admira la belleza, el coraje, la lealtad, cualquiera fuere el bando; y abomina y teme la crueldad, la traición y el pillaje. Comprende los defectos porque “al mejor por contingencia/ le toca engendrar a un malo” o porque “a veces en esas cosas/ es calumnia hasta lo visto”. A alguien le “achacaban, dando fe”, una ristra de fechorías; pero “siempre bien lo recordaron”. Al que es desleal y no cumplió la palabra dada, aun cuando el perjudicado se trate de un perseguido por la justicia patria, “todos desde esa ocasión/ le huyeron como la plaga”.

c)Hallaremos así, a cada paso, la exaltación de los valores que construyen la comunidad: no importa de qué bando o de qué categoría social provengan. Así como también el escarmiento a los que transgreden la ley del corazón (lo ejemplar y no lo causal) que cobija a todos y cuya mayor pena consiste en no ser recibido por los demás, en tener que irse por la vergüenza que causa la pérdida de la propia dignidad. ¿Hay mejor hospitalidad que la de “La Visita” y su modo digno de mercar? El patriotismo de las “sencillas gentes” del Río Seco, el Chañar, Candelaria, San Justo y Chaco adentro ¿estará tan lejos dentro de nuestro corazón que ya no despierta las resonancias del canto?

Ningún cordobés debería renunciar al derecho de leer Romances del Río Seco. Nadie debería privarse de la oportunidad de vivir todo esto que humildemente les hemos hecho notar y mucho más que la tiranía del espacio nos manda callar.

Sólo hemos pretendido oficiar de lazarillos para preparar una entrada a esa tierra adentro, para saber codearnos con gentes “compasivas con el pobre/ avenidas con el rico”, ‘” sencillas más nada zonzas/ y con unos corazones/ de mejor ley que sus onzas” y que saben a carta cabal que: “En lo amable y en lo cruel/  la Providencia es pareja./ Y de la misma flor saca / miel y ponzoña la abeja./  Pero culpas y delitos/  en el canto se redimen / cuando triunfa la justicia / con el castigo del crimen.”

La síntesis universal

En 1974, centenario del nacimiento de Lugones, la Dirección General de Historia, Letras y Ciencias de la Provincia de Córdoba, le dedicó su BOLETIN Nº 7 . Entre las preguntas formuladas a estudiosos y entendidos de su obra y personalidad, figuraba la siguiente:”¿Cuál es la presencia de Córdoba en la obra de Lugones?”.

Rescatamos la respuesta de Enrique Luis Revol[9]:“…podría decirse que en la obra de Don Leopoldo la presencia cordobesa es absoluta. Por otra parte, me atrevo a ver todo el enorme esfuerzo intelectual de nuestro autor como la tentativa – diez veces alcanzada, otras diez veces desbaratada- por conseguir una “síntesis” final entre el casi instintivo saber criollo de tierra adentro y las fórmulas más exigentes del espíritu científico positivista o, en otras palabras, entre los criollos de Villa de María y los sabios de la Academia Nacional de Ciencias”.

Este carácter de totalidad abierta, de criollo universal que circula por la obra lugoniana es el que queremos destacar ahora. Los límites de espacio nos impiden explayarnos más allá de algunas escuetas anotaciones referidas a dos textos publicados en 1921 y que casi no han sido tratados por los críticos. Nos referimos a El tamaño del espacio (Ensayo de psicología matemática) y la segunda parte de El Dogma de Obediencia titulada “La historia del dogma”.[10]

En El Tamaño del espacio, Lugones se formula la siguiente pregunta: ¿el universo es inconmensurable o se puede medir? Tras rechazar las postulaciones de la “intuición geométrica” y la ilusión que comporta la confusión de ilimitado con infinito, concluye que, referida al universo,” la infinitud es una consecuencia de la insuficiencia de nuestros órganos de percepción”. Si recordamos sus polémicas de joven modernista, inquieto por percibir la “vibración de la vida”, el “vibrión” original en pleno acto creador, advertimos una recurrencia llena de coherencia en la apuesta con respecto a una nueva percepción de la realidad promovida en este texto.

Sintetizando, baste recordar que refuta la intuición como facultad capaz de conocer:  nadie se declara adivino, pero queda modesto y elegante declararse intuitivo. Establece, entonces, una distinción entre experiencia sensible y experiencia inteligible. La primera corresponde al espacio euclidiano o espacio intuitivo, la segunda al raciocinio matemático que permite crear el infinito dentro de nosotros mismos “con esa maravillosa discrepancia de poder entre nuestra percepción y nuestra mente, alegorizada por el misterio eleusino en la leyenda de Prometeo encadenado. El progreso de la ciencia es una ascensión hacia la libertad por el camino de la verdad y el honor”(p.16). Conjuga así mito y ciencia.

Tras considerar el informe Riemman, Goettingue,1854, toma de Einstein el “principio de relatividad”: “El dualismo fundamental de materia y energía se desvanece. Necesitamos, en consecuencia, modificar nuestros conceptos de causalidad, de sólido, de masa; y lo que es más grave, emprender una completa reorganización de la mecánica. Ha concluido, pues, lo que podríamos llamar la edad de Newton, caracterizada por la adecuación científica de la astronomía y la mecánica al espacio intuitivo”(p.18).

Lugones postula que la “edad de Newton” estuvo signada por los “instrumentos” que potenciaban los sentidos para apreciar la materia ponderable. La nueva era será llamada “era de Einstein” o período electromagnético. El instrumento matemático investiga lo imponderable, lo que no pueden medir los instrumentos y nos lo revela por sus manifestaciones “como el minero saca el oro de un pozo cuyo fondo no podemos ver”(p.19).

En la era newtoniana lo importante era la atracción; en la nueva era, la luz. Pero no en sus formas secundarias (la percepción del nervio óptico), sino como se traslada en el espacio: invisible. Esta operación del instrumento matemático en lo invisible “prevé sin ver”. Recordemos, para ligar este aserto con toda su obra, que Prometeo significa “el previsor”. El don prometeano de ejercitar la razón matemática, postula Lugones, es la posibilidad de comunicarse con el numen que está en nosotros mismos (p.20). La abstracción matemática liberta la geometría y la rescata de la mera agrimensura. Convertida en matemática pura, toma por campo el espacio virtual. Nace así una ciencia de los conjuntos o synkataxis y la solidaridad se manifiesta como “adquisición del bien supremo de la verdad”.

Ahora bien, ni la comprobación, ni la certidumbre matemática equivalen a la verdad: la primera es una realidad y la segunda una demostración. La verdad es “un estado más o menos permanente de completa satisfacción racional, creado en nuestra mente por la concordancia de realidad y certidumbre”. Postula, entonces, como las vanguardias,”una cuarta dimensión”, una dirección en el espacio inasible para la experiencia sensible. De tal modo, el espacio intuitivo o euclidiano, es sólo una imagen. Habitamos en una superficie de curvatura constantemente variable, o mejor, un punto mínimo de esa superficie. Nuestro universo solar durante algunos millares de siglos es prácticamente plano y asimilable a su plano tangente. En ese punto tangente vivimos, allí se ha formado la ciencia.

Lugones, a partir del continuo materia-energía y su manifestación principal: el continuo espacio-tiempo, relativiza las constancias que llamamos ley. Tras referirse a las variaciones de un segundo en el mismo reloj según este se halle en reposo o en movimiento, a los “cuerpos negros”, a los “sacos de carbón”, a “las nebulosas negras”, concluye que el espacio cósmico es un cuerpo ilimitado para nuestra experiencia sensible. Podemos calcular, pero no comprender las distancias interestelares. Pero como, según Einstein, el rayo de luz es pesado, sensible a la gravedad y además, no es recto sino curvo, entonces, no hay rectas, sino curvas: “un curvatura constantemente variable”. Por lo tanto, si recorremos una de ellas en la misma dirección, volveremos al punto de partida: ¿cuáles son las cifras de ese círculo máximo, vale decir, del tamaño del espacio? Esa magnitud sería tan inconcebible como la del espacio intuitivo, pero su comprobación por el cálculo sería un triunfo de la razón humana.

Como Prometeo, se trata de liberar a la mente de la insuficiencia de los sentidos, crear nuevos modos de percepción que nos darán, por transparencia, “otra impresión y otra noción de la forma”. Llegaremos a la estereognosis, de adentro hacia afuera, el nuevo sentido será centrípeto. Antes que los griegos, en la India calcularon mavantaras y pralayas, períodos de actividad y pasividad de “cuatrocientos once billones cuarenta mil millones de años”.

Es fácil advertir cómo Lugones no se aparta ni de su admiración por las ciencias tradicionales de los antiguos, ni de su concepción de la belleza, ni de su búsqueda de la perfección como supremo arte de vivir, ya que la razón humana “es parte de la armonía universal”: causa la estabilidad del universo y se halla en correspondencia con todas sus partes. Como en una construcción molecular o musical, esa correspondencia ha de ser exacta y por lo tanto sólo puede ser formulada por las matemáticas. Entretanto, estamos en la prisión espacial. Concluye Lugones su conferencia denunciando el antisemitismo que discrimina a Einstein, ” a quien el nacionalismo […] obstruyó la cátedra con innoble alboroto, por judío”.

No menos interesante resulta considerar la publicación en el BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO del texto titulado “La historia del dogma”.[11] Una nota de la dirección, ejercida por Arturo Capdevila en nombre de la Reforma Universitaria, nos da noticia sobre lo que va a leerse.

En primer lugar, anotamos los rasgos laudatorios: a) es “un notable trabajo” debido a la “extraordinaria pluma de Lugones. maestro del idealismo”; b) representa la “altura culminante” de su pensamiento político; c) la obra bien pudo titularse Las nuevas bases; d) el texto honra, particularmente, al BOLETIN.

En segundo lugar, aporta datos bibliográficos: a) el texto es una primicia; b) es la Parte II del libro El dogma de obediencia; c) promete (promesa no cumplida) ofrecer en números sucesivos la tercera y cuarta parte; d) no ofrecerá la primera y quinta dado que, por su carácter revolucionario, comprometería la índole puramente científica de la publicación.

Por último, una advertencia o pedido del autor: “todas las versiones de textos en lengua extraña muerta o viva, son originales suyas”. En tal sentido, el apartado “Intermezzo virgiliano” ofrece, por primera vez, la traducción lugoniana de las Geórgicas (III, 49-68; 176-178; 401-404).

“La historia del dogma”, dentro de la línea lugoniana que aquí hemos signado como marcada por el heroísmo, es una denuncia sobre la falsificación de la historia y el anuncio de un orden social nuevo. Lugones, como siempre, pisoteando el “vano miedo”, acepta su destino de minero de la sombra: ser auscultador de la causa invisible y armonizador del “ruido espantable”. No en vano elige como epígrafe estos hexámetros virgilianos: “Feliz el que descubre la causa de las cosas, /         Hollando al vano miedo y al destino implacable, /   Y al avaro Aqueronte con su ruido implacable”.

Lugones cuestiona la sinonimia enciclopedista que homologa, en la historia de Roma, república a libertad e imperio a tiranía. Refuta la “ficción interpretativa”, el “efecto literario” del discurso histórico”, el fraude en la transcripción del texto antiguo para convertirlo en “un característico, si bien admirable, pasticcio del Renacimiento”.

Una primera observación: en general, bajo la forma de “una composición histórica”, se nos presentan las “ficciones de la más audaz fantasía”. Establece, entonces, una distinción entre la tradición historiográfica anglosajona y la de la “latinidad”. Traza una genealogía de la filosofía de la historia en Occidente: el padre es Maquiavelo, la sucesión comprende a Vico, Voltaire, Comte, entre otros. Lugones llega a la conclusión de que el imperio romano “en vez de constituir un despotismo retrógrado, fue un grande éxito democrático”. Adoptado este punto de vista, sostiene que los modernos no alcanzan el nivel pagano en cuanto a bienestar y justicia social.  En pleno desarrollo de la Revolución Rusa (“reforma social que está ahora efectuándose”, la denomina), postula lo siguiente (y se esfuerza por evidenciarlo mediante un sistema de citas de autores adversos al imperio como estrategia para darle mayor valor a la prueba) : “He dicho que el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo, y que tuvo por eficaz apoyo la popularidad provinciana. Ambos fenómenos eran reacciones contra los privilegios de los patricios”

Una historia escrita por los ricos y privilegiados presenta al Imperio como tiranía cuando, en realidad, representó: “la victoria democrática completa”, la “dictadura del proletariado, como diríamos ahora”(p.52). El pueblo, que había formado y engrandecido la nación “con su trabajo de obrero y su sangre de soldado”, exigía todos los derechos y privilegios inherentes a esa obra. Al abolir los privilegios de los patricios se afirmaban derechos civiles como la igualdad de sexos y la igualdad política. Se abolían el “despotismo paterno y marital” y la propiedad patricia quedaba sujeta al impuesto: “Nunca correspondió mejor a una política, el calificativo de radical”.

Las alusiones y homologaciones Roma/Argentina se van acentuando a medida que avanza el análisis del amplísimo campo social propuesto como objeto de estudio. Lugones muestra cómo se descentralizó el poder, cómo las provincias tuvieron autonomía; y cómo, por fin, la capital concentró la oposición a ese Imperio. Se lo acusaba de “corrupción” cuando, por lo contrario, durante el período de lo emperadores, se produjo un evidente “progreso moral y material”.

Lugones recuerda a los intelectuales cuál fue el resultado que la política del Imperio procuró para el bienestar del pueblo y cuál era la relación de la misma con la cuestión fundamental de la libertad:”…porque en dicho estado (el bienestar del pueblo), consiste lo que llamamos “el goce de la libertad” , no en el ejercicio estéril de la soberanía por la soberanía. Allá donde gano mi vida a gusto, donde pienso y opino libremente, donde tengo garantido por la tolerancia mi pequeño mundo sentimental y por la buena administración mi salud corpórea; donde me siento igual como hombre, bajo la doble acción del derecho que se me reconoce y de la simpatía que se me dispensa: allá soy libre, aunque no vote ni participe del gobierno. La libertad no es un resultado político, sino un gran estado de conciencia, cuyo fundamento lo constituye la noción de equidad. Cuando un pueblo llega a ese estado, es libre, y su política resultará libre también (p.61).

Lugones ha iniciado, en el seno mismo dela Reforma Universitaria, la rebelión contra las formas decadentes de la democracia liberal de origen anglosajón en nuestro país. Considera que no es el único resultado posible de la política, que no podemos negarnos al despliegue de nuestro propio modo de ser, vale decir, a la tradición latina como estado de conciencia y al protagonismo de la “plebe” (o pueblo) en la “evolución libertadora”.

No es el objeto de estas líneas el examen y exposición minuciosos de la “Historia del dogma”. Sólo nos alerta acerca de la capacidad de Lugones para renovar las prácticas de lectura; para ensayar modos operativos aplicables al momento que vivía y para proponer, por analogía, un programa para la Patria, como llamaba a la Argentina: así es como denunciaba el latifundio, el militarismo y la explotación del hombre por hombre con sus consecuencias de atraso, desorden y crueldad. En otras palabras, proclamaba la sentencia que él consideraba “libertaria” (¿globalizadora?) de Marco Aurelio: “Mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo”.

Considera que el Imperio, al que ha equiparado a una “dictadura del proletariado “, es el gestor de la primera reforma educativa conocida. En efecto, “la enseñanza secundaria y profesional bajo el mismo promovió el concepto de docencia libre y de promoción sin examen. Ya desde entonces puede considerarse instituido el nombramiento de catedráticos por oposición. Las asociaciones de estudiantes […] estaban reconocidas y protegidas especialmente. Eran abundantes las becas y muchos particulares instituíanlas por cuenta propia, fundando también escuelas primarias, asilos, gimnasios y dotaciones alimenticias”. La instrucción pública era considerada “función de estado” y los altos estudios merecieron el mayor cuidado en esas verdaderas universidades que recibían “los nombres de museos (por las musas), ateneos y academias”. “Reinaba en ellos libertad amplísima, y de sus aulas salieron no pocos escritores contrarios al régimen imperial”. Este “estado de conciencia antigua”, fue reivindicado también, en esa misma época, por Deodoro Roca y Saúl Taborda. Debemos recordar, por otra parte, que en el mismo número del BOLETIN de la Facultad de Derecho en que Lugones cuestiona el discurso histórico, propone una era de reforma social y vindica al Imperio como un gobierno popular enfrentado a una oligarquía republicana apropiada del “logos” modelizador, Arturo Orgaz publica (p.113) “La reforma agraria en Rusia”.

En definitiva, Lugones plantea una nueva concepción de la historia y de la realidad para que no repitamos sin cesar cosas que alguna vez se dijeron: “verdaderas para época”, no para otra.

Resumiendo

Si bien la copiosa obra de nuestro autor es imposible de abarcar, esperamos haber dejado en claro cuáles son las líneas fundamentales que recorren su escritura.

En primer lugar, el hálito de heroísmo que respira en sus textos. La belleza es una forma suprema de amor; y el amor perfecto, la muerte voluntaria.

En segundo lugar, su patriotismo manifestado como amor a la naturaleza y al pueblo concebido no como “clientela de la urna y el comité”, sino como un todo del cual “todos formamos parte, en la noble igualdad del Canto glorioso”. Adviértase, además, que, para Lugones, “patriotismo no quiere decir forzosamente nacionalismo. Patriota es el que busca para su país el máximo de libertad y de justicia. Nacionalista el que quiere el predominio de su país, aun a costa de la justicia y la libertad. Esto no es más que militarismo con otro nombre”.[12]

Por último, la alegría griega y universal con que celebra y goza el paisaje cordobés: “la belleza griega que circundaba a mi Córdoba infantil”, el gozo de “cantar en griego aquella torcaz ebria de sol” [13].

 Queden, pues, estas reflexiones, como hilos sueltos. Cada lector elegirá por cuál de ellos se entra al tejido fabuloso de la textualidad lugoniana: hay caminos de luz y caminos de angustia, y el celo insobornable de constituirse en vigía alerta para encarar los grandes problemas nacionales enfrentando con un “heroísmo sin término” el “vano miedo y el destino implacable”.

Eligió cruzar el “avaro Aqueronte” y se sobrepuso al “ruido espantable” para recordarnos que: “Llevo en mí la patria entera, que es una dulzura cordial, / como la miel del panal/ lleva en una gota la pradera.”[14]

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

 

[1] LUGONES, Leopoldo, Obras en Prosa, 1962, México, Aguilar, pp.1065-66.

[2] LUGONES, Leopoldo: “Dedicatoria a los antepasados (1500-1900)”, en Obras Poéticas Completas, Madrid, Aguilar, 1974, p.806.

[3] LUGONES, Leopoldo: Las Fuerzas Extrañas, Buenos Aires, Huemul, 1966, p.73.

[4] CAPDEVILA, Arturo: Lugones, Buenos Aires, Aguilar, 1973, Cfr. págs. 63, 64 y 91

7 TORRES ROGGERO, Jorge: “Los Romances del Río Seco y la creatividad intrínseca del pueblo”, en la Voz del Interior, Córdoba, 16/03/1984.

9     REVOL, Luis Enrique, La tradición imaginaria, Córdoba, Teuco, 1971. Pp. 99 y ss.

  1. DEL CORRO, Gaspar Pío: El mundo fantástico de Lugones, Córdoba, U.N.C. pp. 104-

11.TORRES ROGGERO, Jorge, La Cara Oculta de Lugones, 1977, San Antonio de Padua (Buenos Aires), Castañeda.

  1. LUGONES, Leopoldo, Cuentos desconocidos, compilación estudio preliminar y notas de Pedro Luis Barcia.1982, Buenos. Aires. Ediciones del 80, pp. 33-34.

13 HEREDIA, Pablo:” La Guerra Gaucha”, de Leopoldo Lugones (una novela de lenguajemoderno), Córdoba, copia

mecanografiada, 1994.

14 GHIDA, Arturo Horacio, “Los cuentos criollos de Lugones”, en “Cultura”, La Plata, Revista del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, Año 11, Nº 5, 1950. pp.73 ss.

15 GHIDA, Cit. Toma la expresión “forma interior del lenguaje” de Humboldt.

[5]  IRAZUSTA, Julio, Genio y figura de Leopoldo Lugones, 1968, Buenos Aires, Eudeba, p.197

[6] TORRES ROGGERO, Jorge: La cara oculta de Lugones, 1978, Castañeda, Buenos Aires, p.82.

[7]  Hoy la dificultad cierta para entender a Lugones finca en que nos hemos desconectado del vivir de la comunidad; la rueda del mingado es sólo un recuerdo de la vieja solidaridad criolla, pero hasta no hace mucho era un hecho y un dicho. Cfr. Viggíano Esaín, Julio: “La Rueda del Mingado “en Rev. U. N. C., Año VII, Nº 4-5, set/dic. Cuando, perdidos en la urbanidad del cemento, los amigos se reúnen para hacer la losa de la casita propia y luego se celebra comiendo y bebiendo juntos, se ha trasladado la antigua “minga” a la ciudad. A lo mejor no lo supieron, pero repitieron un gesto ancestral lleno de sentido comunitario

[8] Ambrosetti, Juan: Supersticiones y leyendas, Castellví, Santa Fe, 1967, p.96.

[9] Cfr. “Cuestionario”, BOLETIN, Dirección General de Historia, Letras y Ciencias, Secretaría Ministerio de Educación y Cultura, Año 1, Nº7, Córdoba, 1974, p.6.

[10] LUGONES, Leopoldo, El tamaño del espacio (Ensayo de psicología matemática), 1921, Buenos Aires, El Ateneo.

_________El dogma de obediencia. “La historia del dogma”, en BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO, Año I, Nº 1, junio de 1921, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba.

[11]  Cit. p.3 a 112.

[12] Cfr. REQUENA, Julio, “Leopoldo Lugones: El deber de la Belleza”, (BOLETIN, Dirección General de Historia, Letras y Ciencias, Cit. p.10 y ss.)

[13] Cfr. REQUENA, cit. nota Nº 8, p.15.

[14] LUGONES, Leopoldo, Obras Poéticas Completas, 1959, Madrid, Aguilar, p.1183.