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por Jorge Torres Roggero

Poetica de1.-

Nací en 1938 y me pregunto: ¿qué pensaban los reformistas del 18, veinte años después, sobre los logros de la Reforma Universitaria? Reviso y encuentro textos de importantes actores de esos inicios. Su currículo los signa como escritores, pensadores, cineastas, políticos, científicos de relevante actuación en la vida cultural argentina. Rebeldes todavía, y llenos de propuestas, se despliegan textos de Noel Sbarra, Diego Luis Molinari, Alcides Greca, Julio V. González, Ernesto Giudice, Pablo Lejarraga, Enrique Puccio y Héctor P. Agosti.

Noel Sbarra fue un gran propulsor de la pediatría en la Provincia de Buenos Aires y promovió la fundación del hospital que hoy lleva su nombre. En 1938, denunciaba “la avilantez de los vende-patrias, en inescrupuloso afán de enriquecerse; el predominio de los consorcios extranjeros, la adopción -por “snobismo”- de doctrinas exóticas; la falta de solidaridad nacional y desprecio por las cosas del espíritu”. Su conclusión sobre los logros de la Reforma incluye esperanza y autocrítica: “La Universidad, después del 18, no fue lo que ha de ser, pero dejó de ser lo que había venido siendo”. Y este otro aserto todavía vigente:“La Universidad ya no es oligárquica, pero tampoco es popular.”

Se distinguen, asimismo, con nitidez, los comunistas Ernesto Giudice ( en 1973, renuncia al Partido con un texto memorable: Carta a mis camaradas) y Héctor P. Agosti. Ellos concretizan importantes aportes al pensamiento político-social argentino y dan testimonio con su militancia llena de persecuciones, prisiones y censuras. Baste recordar que, en 1936, Agosti responde una encuesta sobre la Reforma de la revista “Flecha”: “desde la cárcel”.

Pero me voy a detener, sobre todo, en los irigoyenistas (ya se verá por qué). Ellos sufrieron persecución, cárcel o exilio a partir de 1930. Provenían de familias inmigrantes de numerosa prole y escasos recursos. Los socialistas (la mayoría, algunos muy importantes, entre ellos Julio V. González y Deodoro Roca) estuvieron contra Yrigoyen e incluso, por lo menos en sus comienzos, esperanzados con el golpe.

Veamos el primer irigoyenista: Diego Luis Molinari. De padres italianos y numerosos hermanos, fue uno de los autores de la ley de nacionalización del petróleo, del proyecto de Código Nacional del Trabajo para sumar nuevos derechos a los trabajadores, de una ley general de asistencia social. Yrigoyen lo nombró Presidente del Departamento Nacional del Trabajo que luego fue hábitat político de cierto coronel del pueblo. En 1930, a la caída de Yrigoyen, “se refugió en la embajada japonesa y, en una nave de ese país, llegó al exilio brasileño junto a su familia”. Fue un excelente y olvidado historiador revisionista, profesor en las universidades de Buenos Aires y La Plata. En 1945, Molinari formó parte de los radicales que se unieron al peronismo. De tal modo, llegó a ser senador nacional tanto de Yrigoyen como de Perón. Sostuvo con solidez la defensa de lo nacional y popular en la investigación científica y esa postura se plasmó en una copiosa obra que habría que revisar. En 1938, Molinari consideraba que en el fenómeno de la Reforma Universitaria había que tener en cuenta a la inmigración. Postulaba, además, que la Reforma “bregó por idénticas oportunidades para las familias humildes como las de los que a sí mismos se tildaron de decentes y distinguidos”. ¿A la Reforma de Córdoba, la hegemonizaron los “decentes y distinguidos”? Consideraba, además, que la “tarea del 18 todavía está en sus principios”. El 18 inició una tarea, pero no está concluida “como no está concluida la etapa esencial de nuestra libertad tal como la quisieron y predicaron quienes en 1810, solo la concibieron posible como consecuencia de una democracia integralmente realizada”. En 1955, volvió al exilio; esta vez, Panamá.

Vayamos ahora al otro “gringo” radical, el santafesino Alcides Greca: ¿Qué pensaba de la Reforma, quien había sido uno de sus protagonistas, en 1938?

2.-

Alcides Greca fue abogado, periodista, cineasta, profesor, escritor y político nacido en 1889 en San Javier, provincia de Santa Fe. Falleció en Rosario en 1956. Algunas de sus obras: Viento Norte (1927); La Torre de los Ingleses (1929); Cuentos del Comité (1931); Tras el alambrado de Martín García (1934); La Pampa Gringa (1936). Además, se lo debe considerar como uno de los iniciadores del cine argentino ya que produjo y dirigió El Último Malón (1917 ) que versa sobre la rebelión de los mocovíes en 1910. Hijo de padre italiano y madre francesa, fue el segundo de doce hijos. En el pueblo natal, compartió la escuela pública con sus compañeritos mocovíes.

Reduzcamos nuestro ángulo de visión. ¿Qué decía este protagonista no cordobés sobre la Reforma en 1938? Veamos algunos breves fogonazos.

En un discurso titulado “El camino que debe seguir la Reforma”, observaba “apesadumbrado” que pueden ser contados con los dedos de  las manos los reformistas que no se hayan deslizado hacia “el silencio y la molicie de la vida burguesa”.

En general, en 1938, veinte años después, los reformistas del 18 piensan que, si bien se han logrado ciertos avances en la burocracia académica, se ha perdido el “impulso” inicial, la “rebeldía”, la conquista de la “calle” y el “codo con codo” con los trabajadores: “La Reforma en el 18 luchó en las calles con el apoyo de los gremios obreros y las fuerzas representativas de la opinión pública”.

Alcides Greca recobra, además, la idea de Patria Grande:  “ Hay que mirar a América que debe formular sus ideas para la gran misión futura. ¿Por qué América ha de seguir buscando en Europa, en los conflictos de Europa, la solución a sus propios problemas? Por otra parte, añade la idea irgoyenista (Ortiz Pereyra) de que Argentina debe cumplir la tercera gran etapa (tercera emancipación) de la batalla nacional y continental, “su liberación espiritual y económica”: “Liberad a América del imperialismo capitalista y extranjero, liberad al hombre americano de la miseria y el hambre, liberadlo de la ignorancia y la incultura”. Por lo tanto, concluye, ¿cuál es el camino de la Reforma?: “Debe salir de las aulas, de los claustros de la disputa casera y pueril. Su misión está hoy en la calle, en la prensa, en las mil tribunas del pueblo” (en los movimientos sociales diríamos hoy). Y concluía:  “Cuando la Reforma esté en todas partes, convertida en un teoría político social, las camarillas, los santones y los viejos infolios se verán aventados por algo más violento y expeditivo que las protestas, más o menos líricas, de los delegados estudiantiles.”

Haciendo una autocrítica, reafirma que  la Reforma Universitaria no debió estancarse limitando su acción a los problemas de la enseñanza: “La generación el 18 ha envejecido, aunque su vigoroso espíritu siga orientando a la juventud presente (…) La Reforma tiene que salir a la calle y convertirse en un credo americano. Ya no basta designar autoridades y delegados, rever programas de estudios, auspiciar la investigación científica, combatir las camarillas y el nepotismo”. La consigna es clara: hay que salir a la calle y tomar contacto con el pueblo. Recordemos que estamos en plena Década Infame y la Argentina, en manos de una “oligarquía maléfica” (José Luis Torres dixit) es, en la práctica, una colonia de su majestad británica.

Aparecen, además, las urgencias de la preguerra, el rechazo al fascismo, al nazismo y la condena a la violencia ejercida por los imperios y las oligarquías sobre los pueblos del mundo. Concluimos con este párrafo que nos parece significativo y que revela la importancia para la Reforma del populismo político, social y cultural que desemboca en el APRA peruano: “La Reforma debe estar con los perseguidos de todo el mundo, con los bravos apristas peruanos, con sus presos del Panóptico, de la isla “El Frontón”, de las casamatas de El Callao y los campos de Madre de Dios (infierno verde), con los perseguidos y encarcelados de Brasil, con agrarios (campesinos) de Brasil, con el frente popular de Francia y con los portoriqueños oprimidos por la plutocracia yanqui”.

Luego de revisar cómo veían la Reforma en 1938 dos protagonistas no cordobeses y de raíz irigoyenista y, quedándonos con la subsistencia, a través de los tiempos, del “vigoroso espíritu inicial” y la vocación de unidad americana y justicia social de la Reforma, en los puntos que siguen, voy a ir dejando diferentes hilos de entrada a la gran trama de la Reforma Universitaria como un texto lleno de sentido que nos abarca a todos: los de antes, los de hoy, los de mañana.

3.-

El principal y siempre flamante costado de la Reforma Universitaria es su clamorosa carátula de revuelta juvenil. Fue un impulso redentorista y liberador de la juventud universitaria de Córdoba, Argentina y América Latina. Tras la Revolución Mejicana, la Gran Guerra y la Revolución Rusa, toma la palabra la juventud en nombre de una nueva sensibilidad.

En el ámbito estrictamente universitario, es una rebelión contra la burocracia de una oligarquía que se había adueñado de las cátedras como de un bien hereditario y contra el dogmatismo tanto clerical como cientificista. La juventud reclama “maestros”; no quiere más, son sus palabras, “sobadores de textos”, “fríos coleccionistas de saber”, “domésticos doctorados”, “dómines verbalistas”, “parásitos de la cultura”, “mutiladores de la vida”. Es un relato abierto al futuro. Rechazan, por lo tanto, un magisterio que “tiraniza, insensibiliza, seniliza y burocratiza” la cátedra. Por eso, el manifiesto postula: “en adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”. Todavía en 1936,

Deodoro Roca, resumiendo una encuesta realizada en la revista “Flecha”, que él dirigía, bajo el título de “Encuesta. Dictadura+Burocracia=Universidad de Córdoba”, escribe:

“La enseñanza se ha mediatizado de tal suerte que el profesorado, en el mejor de los casos, solo produce “apuntes”, o sea, saber “congelado”. Son gente que no producen. “Reproducen”. Y reproducen mal (…) Todos reproducen. Y -lo que es más grave- se reproducen. //// En la Universidad prolifera una “burocracia” astuta. Características del burócrata cordobés (variedad ya famosa en la Argentina) que halla en la Universidad, en sus adyacencias y subyacencias, su mejor caldo de cultivo.”

4.-

En mi libro Poética de la Reforma Universitaria, procuro remarcar las distintas tramas discursivas que transita la rebelión estudiantil mediante un recorrido por la oratoria, que es el género predominante hasta cuando teorizan.

La elección de la antigua tríada (verdad, belleza y bien), el tono profético referido a la decadencia de Europa y advenimiento de lo que llaman “la hora” de América, marcan el tono expresivo predominante. Consideran que la guerra mundial y la explotación del hombre en Occidente, son consecuencia de la propiedad privada y el Estado en manos de la burguesía, el militarismo y el clero. Saúl Taborda, en “Reflexiones sobre Ideal Político de América”, postula que “Europa ha llenado con su nombre veinte siglos de historia, pero todos los siglos que llegan pertenecen a la gloria de América”. Es una visión de la historia de la humanidad desde la teoría (el ojo, la mirada) y canto.

En la escritura y en la oratoria reformista reproducen, en un mestizaje enfático, el discurso auguralista del modernismo-arielismo (Rubén Darío, Rodó) por un lado; y, por otro, la utopía anarquista de la rebelión contra el Estado por ser una creación capitalista. Taborda elige sus guías: Platón,  Kropotkin y el krausista Rafael Altamira. Deodoro Roca, por su parte, sostiene que “necesitamos maestros a la manera socrática”. Son “los que comprendieron el sentido profundo de la vida”. Circula, entonces, en lo que llamo “poética de la Reforma Universitaria”, una polémica interna entre la postura de una vanguardia vitalista y la estética modernista que explico largamente en mi libro. Por otra parte, es marcada, en ese momento, la influencia de Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones. Este último apoya ostentosamente la Reforma y escribe El dogma de obediencia. Arturo Capdevila sólo se animó a publicar un capítulo “La historia del dogma” en el reinaugurado Boletín de la Facultad de Derecho. Vale la pena releer y repensar ese texto para valorar sus aportes críticos a la interpretación histórica y su fuerte tono anarquista. El texto completo recién fue publicado en 2011 por la Biblioteca Nacional con prólogo de María Pía López y Cecilia Larsen. Es el único texto de fe reformista que vindica la “condición de la mujer” mal que le pese a los detractores de Lugones.

5.-

Ahora bien, otra de las preguntas que uno puede hacerse sobre la Reforma es esta: ¿tuvo repercusiones políticas?

Hubo, en ese momento, tres vanguardias que reivindicaban la “vida” como fundamento de libertad, democratización y despliegue de las posibilidades de encuentro entre estética, saber y justicia social. En primer lugar, una vanguardia estética que comprendía a los escritores que venían a democratizar las normas de la vieja retórica (revistas “Prisma”, “Martín Fierro”). En segundo lugar, la Reforma Universitaria. Los jóvenes estudiantes hablan de “abrir las puertas a lo que viene”, “tomar lo suyo sin pedírselo a nadie” y sueñan con unir a los estudiantes revolucionarios con la “sangre generosa de los obreros” en la calle.

Ahora bien, propongo que periodicemos de en modo retrospectivo: 1922, vanguardias artísticas; 1918, vanguardias estudiantiles. Pero hay una vanguardia predecesora sin la cual carecen de sustento las dos mencionadas arriba. En 1916, surge una nueva fuerza social. Según el reformista socialista Julio V. González, se manifiesta como “rumor de la tierra” y “tiniebla del futuro”. Es un factor propio de nuestro país: se trata del advenimiento del radicalismo al poder. Llegaba, sostiene González, con el ímpetu y la ceguera de las corrientes renovadoras. Lo califica como “avasallador y brutal”. Despreció las instituciones, destruyó todas las normas, escarneció todos los hombres del régimen que abatía. No traía nada, llegaba a destruir. Era una fuerza demagógica, anárquica, disolvente; era la sensibilidad popular llegando al gobierno.

En esa pieza oratoria, Julio V. González muestra una enfática lucidez analítica y, al mismo tiempo, las limitaciones que, desde su nacimiento (“ab ovo”) caracterizan a la Reforma: la incomprensión de los gobiernos populares. Por eso conspirará y participará activamente (salvo excepciones individuales) en el derrocamiento de Yrigoyen y Perón.

Recordemos 1938.  Alcides Greca,  protagonista de la Reforma en Santa Fe publica “El camino que debe seguir la Reforma”. Ese discurso, que hemos revisado parcialmente, fue pronunciado en la Facultad de Ciencias Médicas, Rosario, en el Aniversario de los XX años de la Reforma. Alcides Greca, insistimos, fue uno de los iniciadores de nuestro cine con su película “El último Malón” (1917) y autor de una novela que debería estudiarse de nuevo en nuestras facultades, “La Pampa Gringa” (1936). Veinte años después del brote reformista, Alcides Greca sostenía que, en 1918, la “juventud estudiosa era víctima de una camarilla ultrarreaccionaria que usufructuaba la universidad con el criterio ecónomico rural de nuestros terratenientes”. Y que la “elite agrofeudal, desalojada del poder por el empuje de la voluntad popular, se atrincheró en las universidades”. Los estudiantes de la Facultad de Derecho inician la lucha con la cooperación del “primer gobierno de origen auténticamente popular que surgiera en el país. Alcides Greca, era radical, con la caída de Yrigoyen estuvo preso en Martín García y publicó su novela en el exilio chileno. También Ricardo Rojas estuvo preso en Martín García por ser radical. Por supuesto, eso no los hace mejores o peores escritores o críticos. Solamente muestra los avatares de la inteligencia en la Argentina, los criterios que incluyen o excluyen del canon estéticas, obras, temas, tendencias que merecen una revisión.

6.-

Aunque la Reforma se nos presenta, a veces, un poco borrosa, a lo mejor es bueno preguntarse si hubo factores culturales caseros, propios de Córdoba y  tratar de saber cómo era la ciudad en 1918.

Desde la generación del 80 se había producido en Córdoba cierta laicización de un sector de la oligarquía gobernante que entra en contradicción consigo misma. La polémica entre católicos y liberales, la aparición de los inmigrantes, la presencia de los sindicatos y las ideas libertarias, hacen de Córdoba una ciudad de creciente modernidad. No era ya la ciudad beata: se construyen diques, avanzan las líneas férreas, crece la clase media criollo-inmigratoria, prosperan las industrias de la cal, del calzado, las cervecerías. Advienen los tranvías. La escuela normal (Carbó) y la Academia de Artes, promueven a la mujer en la profesión docente. Las universidades argentinas pasan de 5000 estudiantes en 1910, a 12.000 en 1920. (¡Pensar que hoy en la UNC, solamente, concurren más de 110.000 alumnos!) Proliferan organizaciones culturales. En fin, debe recordarse que, en la Universidad de Córdoba, ya hubo rebeliones estudiantiles a finales del S.XVIII, en época del Deán Funes. El reformista peruano Antenor Orrego postulaba que Córdoba fue la ubicación fortuita de un impulso vital que estaba pugnando y madurándose en todo el continente. De ahí su repercusión y contaminación ecuménicas.

Por eso, es bueno recordar, que de esos acontecimientos borroneados en la memoria colectiva, queda en pie, aparte de las conquistas de los claustros que todos conocemos y practicamos, la tensión hacia la Patria Grande. Se retomó la epopeya de San Martín y Bolívar como impulso y utopía, y no como realidad dada y conclusa. Aquí corresponde vindicar Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Rufino Blanco Fombona, a los reformistas peruanos, a Raúl Haya de la Torre y a las Universidades Populares “González Prada”. La creación del APRA. Hoy se vuelve a hablar de ellas en Córdoba; y se propende a su restauración. Pero no de abajo para arriba como entonces, sino de arriba para abajo. No es lo mejor, pero es. Los reformistas peruanos, César Vallejo, Antenor Orrego, José Carlos Mariátegui, Raúl Haya de la Torre, “andinizan” el pensamiento europeo hegemónico (anarquismo, marxismo) y descubren que, en América, el pueblo explotado es el indio, el cabecita negra.

7.-

Ahora bien, si por ahí, me dicen, ¿a cuál de los reformistas cordobeses recordarías especialmente? Pasarían por mi mente, entre otros, Enrique Barros, Deodoro Roca, Tomás Bordones, Arturo Orgaz, Gregorio Bermann, Arturo Capdevila. Percibimos luces, sombras, vaivenes ideológicos, pero nunca renuncian al impulso vital inicial. Algunos se burocratizan tempranamente (los georgistas: Orgaz y Capdevila); otros, entran en frecuentes contradicciones (Roca); otros, persisten en una denuncia permanente contra la traición al ideal reformista (Barros, Bordones).

Ahora, de acuerdo con mi criterio, quien sostiene hasta el final los ideales y la fe creadora de la Reforma es Saúl Taborda. Además, se proyecta en discípulos y en obras. Él descubre, a mediados de la década infame, el “espíritu facúndico” y la tradición comunalista criolla. Ilumina, así, sus investigaciones pedagógicas. Nacen, de este modo, institutos educacionales pioneros en renovación pedagógica tanto en la ciudad de Córdoba como en Villa María. Difunde, además, una propuesta política revolucionaria destinada a sustituir el democratismo anglosajón de la oligarquía. La titula “Temario del comunalismo federalista”: una utopía de raíz criolla en que resuena la vertiente vital del anarquismo del 18 y el principio federativo de Proudhon.

8.-

Y para terminar, ¿podríamos establecer alguna clase de relación entre las Reforma del 18 y el Cordobazo?

En el 18 se frustró, porque no había llegado la hora a pesar de incipientes luchas comunes, una universidad abierta a los trabajadores. Algunos reformistas yrigoyenistas, después de 1930 (Homero Manzi, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo, entre otros) fundaron un fecundo movimiento político: FORJA. Ellos fueron la columna inicial del movimiento nacional, popular y democrático del 17 de octubre de 1945. Hicieron, en su momento, una importante contribución a la ampliación del concepto de pueblo. Falta estudiar esta veta de la Reforma. El peronismo, que fue acusado por la FUA oficial (reformismo burocratizado) de “dictadura de las alpargatas”, decretó la gratuidad de la enseñanza universitaria, fundó la Universidad Obrera e industrializó a Córdoba. Eso procuró que en las jornadas del Cordobazo hubiera un poderoso núcleo de estudiantes que eran a la vez trabajadores. Trabajaban tanto en las grandes fábricas metalmecánicas y en las pymes autopartistas, como en los emprendimientos del Estado: mis queridos Talleres del Ferrocarril General Belgrano, Forja y las industrias mecánicas del Estado (aviones, motos, rastrojeros). Eso permitió una interpenetración social que, a pesar de trágicos avatares históricos, persiste. Restaría una pregunta final que casi no me animo a formular: Córdoba, ¿es la del Cristo Vence y el “Sí, se puede”, o la de Reforma Universitaria y el Cordobazo?

Fuentes:

Del Mazo, Gabriel (compilación y notas), 1941, La reforma Universitaria, Ensayos críticos (1918-1940), tomo III, La Plata, Edición del Centro de Estudiantes de Ingeniería.

Taborda, Saúl, 1918, Reflexiones sobre el Ideal Político de América, Córdoba, s/d.

___________, 1918, Julián Vargas, Córdoba, Imprenta “La Elzeviriana”

Torres Roggero, Jorge, 2009, Poética de la Reforma Universitaria, Córdoba, Ed. Babel.

Jorge Torres Roggero

14 de setiembre de 2018

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Por Jorge Torres Roggero

1.- Perón siempre de Juanchau gatica

Partió Alfredo Carlino, poeta, amigo y compañero. Nunca renunció a ser un “poeta del 60”. Metido en la realidad hasta la verija, testimonio vivo; pero, experimentador acérrimo de la palabra en su costado más subversivo y flamante. No concibió la poesía separada de la vida (“quimificada y quilificada”, como diría Ramón Doll). Por eso, en uno de sus poemas, denuncia a: “los poetas sin intimidades, ni extremidades”, a “los que intentaron depredar los afectos del pueblo/ de Martin Fierro y el tango”, a “aquellos de los premios y las antologías/ los que desecharon las broncas y los sueños del combate”, a “los exentos de calentura/ aquellos que veían pasar la vida del poema a su costado”.

Tomo esos retazos, que son banderas, del libro Perón siempre de Juan (1986, 50 págs.). Por supuesto, los “libros” de los poetas populares son siempre “cuadernos” (folletos) pródigos en erratas, de humilde edición y confección comunitaria. Su juntan diversos artistas, fotógrafos, pintores. Se los ilustra con reproducciones de cuadros en desteñido blanco y negro. Por ejemplo, en este caso, con fragmentos de “Visión de la Argentina” de Alfredo Betanin. Todo parece confuso “como el líder que surge del fondo de la tierra”, que “tiene un rostro secreto/ que sólo el pueblo advierte”; que, como la multitud que lo gesta, “se apodera de las palabras” en una “larga asamblea de dolor” porque “todo transcurre en las venas del pueblo”.

Doy un vistazo a la contratapa de Perón siempre de Juan : una fotografía y un epígrafe volante. Aparentemente nada tiene que ver con el contenido del libro, pero, una emoción nos hace tiritar las fibras cuando leemos en las letras nubladas del rótulo que se trata de la presentación del libro Ciudad del tango , en el Auditorium Buenos Aires, el 21 de agosto de 1966. La escena muestra una típica silla de viejo bar (duro asiento redondo de madera y respaldo arqueado),  a  Alfredo Carlino, de pie;  y, sentado frente a una humilde mesita con mantel floreado, con una jarra de vidrio y un vaso con agua, al presentador. ¿Quién será? Luce un típico moño de cinta negra en vez de corbata y señala al poeta con la mano izquierda. Es, nada menos, que Arturo Jauretche. Buen paratexto, buen anuncio del libro que tenemos entre manos. Nos viene a recordar que Alfredo Carlino pertenece a la estirpe de los “malditos” de la oligarquía.

Pero arrimémosnos al prólogo del libro. El “que habla antes” (el prologuista)  lo ha bautizado “Puerta Cancel” e inicia su texto con estos versos de Carlino puestos en mayúscula: “Decíamos tu nombre/ y un pueblo se juntaba/ a escribir la historia”. La cita le da pie para sostener que el nombre de Perón “está necesariamente unido a la poesía”. Reniega, asimismo, del “vaciamiento cultural a que nos llevaron los coloniales”. Gracias a ellos, “los argentinos llegamos a pensar, por un momento, que el Pueblo, el Conductor y la Revolución eran incompatibles con la poesía”. Sostiene que Carlino, poeta con nombre y apellido, es heredero del cancionero de “todos los tiempos”, colector de “la voz militante y épica de las tradiciones que fundamentan la cultura verdadera de los pueblos”. Define a Perón siempre de Juan como un libro de “nuevos cantos” en que resuenan “sin rubor los estribillos populares, el “Peron o muerte” gritado por la multitud de ayer, de hoy y de mañana”.

El prologuista concluye celebrando un poemario que nos refresca la memoria de un capítulo de nuestra historia contemporánea: “El general nos llama y regresa no más porque le da el cuero y el amor”.

Ahora bien, se preguntarán quién es el que abre “la puerta cancel” de este libro. Es, nada menos, que Fermín Chávez.

Carlino me dedica el libro: “Para Jorge Torres Roggero, poeta, compañero y amigo, este testimonio de la lucha de mi pueblo. Un abrazo.” Esa dedicatoria, leída en una época en que los peronistas “se doctorean” y, muy a lo Siglo XXI, tienen vergüenza de nombrarse “compañeros” y se designan por títulos y dignidades, cae bien para recordar algunas viejas enseñanzas de Perón. El General pedía que el trato entre peronistas fuera el de “compañeros”, porque compañero es aquel con el cual se comparte la lucha y el pan. Decía, además, que para ser buenos compañeros, había que ser buenos amigos.

El amigo es aquel en el cual se confía y, la confianza, es la base de la lealtad , virtud esencial. Además, por su etimología, deviene de fe. Sin fe, no hay organización, no hay lucha, no hay solidaridad, no hay esperanza ni sueños. El desleal rompe un fiado, y es un traidor.

Y esto me lleva a la dedicación que Alfredo me dejó en otro de sus libros, “Chau” Gatica (1985, 2da. Ed.). En ella, junto con el abrazo compañero, decía simplemente: “Por los sueños y la lucha”.

Al memorar estas dedicatorias, sólo quería señalar la coherencia profunda de Carlino. Basta mirar la serie que se genera: poeta (poesía), amigo, compañero, testimonio, lucha del pueblo y sueños.

2.- “Chau” Gatica

“Chau” Gatica también es un “cuaderno” (43 págs.) con ilustraciones de Roberto Duarte. El prólogo, esta vez, es de Juan Carlos La Madrid. Sostiene que “el martirologio de Gatica puede movilizar a la estética más decantada y a su formulación cautivante y llena de configuraciones”; pero, lo importante es que en el libro “predomina la ética sobre la estética”.

El prologuista parece un poco asustado ante la estética de Carlino que respira con el aliento confuso de las multitudes del Mono Gatica y es una especie de “cross a la mandíbula”, diría Arlt, para los que separan estética de ética. La Madrid, vestido de prudencia canónica, reconoce que Alfredo Carlino con el fundamento popular del martirologio de Gatica “alcanza el plano poético”; pero, aclara, “en este caso, ético ante todo”. Llega, sin embargo, a una interesante conclusión: en el libro se produciría una dramática polémica entre la “excitación proclive a la estética vacía”, montada “sobre la palabra sin alma”,  y el “tango lento y fatal” de Gatica al que, según el poeta, nunca le perdonaron nada, “ni sus pies descalzos”.

La Madrid recuerda que el mismo Carlino, en su adolescencia, fue un aguerrido pugilista. También pudo haber sido “otro Justo Suárez, otro Gatica”. Como ellos, “pasó años en los gimnasios entre olores de linimento y transpiración de pobres”. Después de haber aludido y eludido prevenciones de poéticas dominantes, concluye por reconocer la singularidad de la poesía de Carlino: “La caja de resonancia de “Chau” Gatica , excelente y extraordinario conjunto de poemas originales, no ha de ser la que retiene rumores sigilosos de seudos hermetismos y falsos vanguardismos; el ámbito de su ronquido se extenderá de esquina a esquina y en el hambre y la desesperación de los millones de Gaticas que impulsan a Buenos Aires hacia su destino”.

En el prólogo de Borges a El Paso de los Libres de Arturo Jauretche, el inefable Georgie, irigoyenista en esa época, zafa destinando el poema, no a la biblioteca y la universidad, sino a las “seis cuerdas”, es decir, a los balbuceos ruidosos del arte popular. A lo mejor es lo que quiere significar La Madrid con la expresión “ámbito de su ronquido”. Pareciera ser un modo de estratificar mirando desde arriba. De todos modos, valiente actitud de La Madrid que aceptó escribir un prólogo laudatorio a un “peroncho” en derrota, seguramente un amigo.

Termino invitándolos a considerar el recorrido de “Chau” Gatica. La primera edición data de 1964. Se avisa sobre otras ediciones. ¿Cuáles son? No están en las librerías, las bibliotecas universitarias, las aulas de estudios superiores. Los poetas del 60 deambulaban por la patria leyendo sus poemas. Lo hacían en clubes, en gremios, en actos públicos, en bibliotecas populares, en encuentros de poetas. ¿Qué más? Circulaban junto a músicos, actores y plásticos por lugares no consagrados por la cultura oficial, por lugares en que las estéticas eran un torbellino babélico que los oídos refinados percibían como confusión y ruido.¿Cuántos pasaron al olvido? ¿Qué olvido?

Carlino, poeta y peronista, fatigador del deporte popular y el tango, enfila hacia el recital en que poesía y música se maridan. Se congrega, así, con otros artistas que andan buscando su voz.

Fíjense. en 1972, tiempo de rebelión y vocerío incesante, “Chau” Gatica se edita en una disco larga duración (un LP). La tapa ha sido ilustrada por Ricardo Carpani y la música es de Rodolfo Mederos y Virgilio Espósito.

Agreguemos. El 16 de junio de 1973, Alfredo Carlino estrena en el Teatro Lasalle una “operita” titulada “Metalúrgica en Re menor, para Felipe Vallese”. La música pertenece a Osvaldo Manzi que la interpreta con su orquesta.

Pensemos en que hay ciclos, más breves, más largos, en que el arte popular esplende y muestra su rostro. Pero, generalmente, es una corriente subterránea, una serie revoltosa que no quiere callarse, que habla sin cesar, más allá de censuras y de miedos. Miren la lista que me dictan los dos cuadernos de Carlino y que lo acompañan en su peregrinación por el corazón del pueblo: Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Ricardo Carpani, Roberto Duarte, Antonio Betanin, Rodolfo Mederos, Virgilio Espósito, Alfredo Gobi (ver el libro Buenos Aires, tiempo Gobi). Y en lo más profundo, “desde el hedor de América”: el Mono Gatica, Juan Perón, el tango.

Alfredo Carlino, “poeta, amigo y compañero”, HLVS, Perón (siempre Juan) vive.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 2 de abr. de 18

Fuentes:

Carlino, Alfredo, 1985, 2da. Edic., “Chau” Gatica,  Buenos Aires, Editorial Docencia

                          ,  1986, Perón siempre de Juan, Buenos Aires, Ed.de la Reconstrucción

Un poema de Alfredo Carlino:

 

“Chau MONO”

Tomabas vino muchacho, tomabas

groseramente vino,

qué feo alcohol, qué feo!

Más te hubiera valido

vender cocaína, hacer negociados,

ser abogado de las compañías de petróleo.

El médico estaba preocupado con tu alcohol

-una larga noche habitada por tu nostalgia-

justamente a la hora en que Buenos Aires

advertía de a llantos con su íntimo y fervoroso silencio

tu partida

una retorcida memoria que nos hacía daño en el

suburbio

porque era honda la nube que estallaba en el corazón

aún más adentro

cinchando porque sí, porque ¡Dale, mono! y tantas

cosas.

Lo que no te perdonan son tus pies delcalzos

remontados como un grito,

una insolencia desde los suaves pastos puntanos,

tu falta de respeto con el juez aquel y en público,

tus coches, la galera, el ademán.

Porque de ser uno más y el anonimato

te creció el olvido

y con tu trigo fantasmal se te dio por meterte de guapo

afiebrado de acontecimientos en el corazón de todos.

Porque no pueden perdonarte tu corazón ingenuo

aún niño

la poesía de pájaros demorada en tus ojos,

tu urgencia por querer ser igual

toda una subversión humana,

las historias de júbilo popular iluminadas de fervor y

distancias

la “Misión Inglesa” el nombre de tu hija, el estrellato.

Lo que no te perdonan son tus sucios pies de canillita

el no haber ido a la escuela,

pero ardiendo siempre como el viento de protagonista

y esa dramática alucinación de querer vivir tuteándose

con la vida.

Pero no importa señores, maten la pasión, la calle, los

gorriones populares

¡Maten! Maten…

Ahora ya no serás más José María,

serás un árbol, un tango,

el barrio enarbolado.

La eternidad, hermano.

Alfredo Carlino, del libro “Chau”Gatica.

 

Del libro Perón siempre de Juan:

ANDÁBAMOS JUNTOS

Te he llevado

en los cafetines como un tango,

donde el amor y los olvidos se ultiman.

En las villas miserias

con Vallese y los mártires.

Te he llevado Perón

en las iras caminadas lentamente.

De pie, entero,

la manera en que fuimos, General,

aun contra todos y de contramano.

Te he llevado Perón

con Juan adentro de la cárcel,

en el salario efímero,

en la desocupación brutal de las ganancias,

en la mirada, en el estandarte,

en la sangre interior que no se viola.

Te he llevado Perón

a los mitines,

en la violencia que nos llegó tremenda y sin aviso,

en la luna de asombro

que afirmamos con los votos de a millones.

Te he llevado

en la esperanza de los humillados,

en el hambre

con que mi pueblo combatió la infamia,

en el intenso silencio de los indígenas,

en el aire fresco de Sandra y Ariel, mi hijos,

voceándote en las manifestaciones populares.

Te he llevado Perón

en la honda bronca de mis hermanos

que anhelaban los cambios en tu nombre

en el Gatica que admiraste

y en la poesía que sembré

llevando al pueblo hasta los tuétanos

Te he llevado Perón

en la mujer que amo,

en las lluvias,

en la antigüedad de las nubes,

y en los ocasos.

Te he llevado secretamente en las proclamas

y en la intimidad del hombre que se entiende en la consigna.

En el corazón de miel

y en el panal de la multitud

que el 17 de noviembre te rescaba.

Te he llevado, Perón, por todos lados,

porque aquí y allá, en esto o en aquello, siempre estabas.

Perón de la enorme estatura

crecido de aves australes,

en el sur más sur de esta tierra del sur.

Te inventaron con pájaros y madreselvas

y en la inaugural mañana de tu nombre,

hubo edictos populares

que resolvieron la ancha ternura

de convocar a un pueblo para cambiarlo todo.

¡Oh Señor de mi Patria

testimonial y único!

Te llevaré con la luz de las masas

para cumplir tu sueño

y en las brevas(sic) que fundaste para el tiempo nuevo.

Tu tango solo y fatal hasta la muerte.

Oh, Perón de arenas y crepúsculos,

Señor de auroras profundas.

Conductor de los fuegos que estallan

para arder los viejos maderos.

Perón del amor, de guitarras y poemas,

te llevaré con tanto Juan

hasta el triunfo final y nuestro.

Alfredo Carlino

 

por Jorge Torres Roggero

LA TARANTULA

1.- Un novelista depuesto

Numerosos intelectuales, desaparecidos del canon literario después del golpe de 1955, se acercaron al peronismo en la década del 1940. Venían de heterogéneas tradiciones, de universos que antes de Perón parecían antagónicos. Entre ellos, vamos a recordar al tucumano Miguel Angel Speroni nacido en 1911. Su novela Las arenas (1954), fue considerada la primera ficción peronista. Su cronograma perfila el lapso que va de junio de 1943 hasta las vísperas del 17 de octubre de 1945.

 

Juan José Sebreli le dedicó un artículo elogioso. La consideraba como un intento de novela de “acción revolucionaria”, pero no en la línea del realismo truculento propio de nuestros escritores de izquierda de la década del treinta. Tampoco la veía en la menos frecuente y tormentosa vivencia del fracaso, típica de la impar estética de Roberto Arlt. Algo nuevo intuía: no hallaba como enunciarlo, pero tampoco como descalificarlo. Victoria Ocampo rechazó el artículo en “Sur” y reprendió al autor.

Las Arenas es, a primera vista,  una vulgar novela “en clave”. Sus personajes son alegorías de los agonistas reales de nuestra historia “en acto”, de lo que está sucediendo. El coronel Bustos, es Perón; Ada Roldán, Eva Duarte; el embajador Dodge, Braden; Nicanor Aguirre, Cipriano Reyes. Se van reconociendo, así,  muchos agonistas reales cuyos nombres en penumbra los historiadores callan. Ello no impide registrar el carácter fuertemente ficcional de un texto que esboza la poética balbuceante de un tiempo vivo.

Las Arenas revela el desconcierto que el nuevo movimiento provoca en los obreros (socialistas, comunistas, anarquistas); en la burguesía nacional, en los militares patriotas, en los periodistas en polémica con la oligarquía.

El debate entre los personajes es un rasgo peculiar del texto. Por eso, a veces parece adolecer de una excesiva discursividad que, sin embargo, no deja de ser necesaria ante la urgencia revolucionaria. Las vidas de los argentinos, comenzando por los más humildes, se abren a nuevos significados. Flamantes sentidos marcan los destinos individuales que confluyen hacia una hegemonía cotidiana de lo comunitario. El amor ya no será sentimentalismo, sino fuerza unitiva. Lo naciente entrelaza destinos en medio de la convulsión intelectual de los que, hasta ese momento, gozaban los privilegios del saber y del gusto: “Ya ves que todo es claro y que no lo es; que todo es simple, y que no lo es.”(p.138).

El racionalismo reductivo aparece como rasgo distintivo de la oligarquía; la clase media intelectualmente dependiente, es existencialista; las masas populares son el insólito sujeto histórico de una epopeya epifánica: han descubierto la solidaridad como alegría de ser y la revolución social como una mística, como reflejo de un irreversible orden cósmico.

En 1947, Miguel Angel Speroni había publicado La Puerta Grande. Aventura y desventura de Buenos Aires. La dedicatoria transita un tema habitual en los narradores de la época: “A Buenos Aires, puerta grande de América, que acogió mi adolescencia y precipitó mi madurez”. Apasionante “novela urbana”, su protagonista es Buenos Aires, ciudad babélica, transitada por centenares de personajes de todas las clases, oficios y nacionalidades. Tan así es que, al final, aparece un “Censo de La Puerta Grande” que sirve al lector para recordar parentescos, ocasiones, funciones, rasgos, de los personajes (más de 130). Algunos reaparecen en Las Arenas. Speroni siempre plantea, de diversas formas, alguna tesis. En este caso, mira la tumultuosa ciudad desde un campo intelectual fuertemente marcado por una militancia que podríamos llamar socialista-democrática. Era, pues, un cómodo intelectual progre, con un lugar de consideración en una sociedad oligárquica donde cada uno tenía un papel asignado, que se rebela. La novela abarca el período que va desde comienzos de la guerra hasta el golpe de 1943.

Un mensaje final titulado “A los hombres de mi generación”, cuando ya ha probado el revulsivo peronista, da cuenta de que en su novela no ha “callado ni los vicios ni las virtudes” del período. Aunque concluida en 1944, recién pudo editarla en 1947. Speroni comienza a llamar compañeros “a los hombres de hoy” y concluye descubriendo, sin nombrar al nuevo movimiento, el núcleo de sentido que para él será sagrado: “la nación y el pueblo”.

“Yo mismo, postula, me desprendo de mi alma pasada; y la arrojo al suelo como un hollejo inútil. Debemos colmar los vacíos, pues hay vasta zonas vírgenes que es necesario ocupar y organizar (…) Amemos al pueblo, y no solamente le compadezcamos; la compasión, muchas veces encierra desprecio. Amémosle como él lo exige que se le ame, esto es, reconociendo su verdad como propia, como nuestra verdad.(…) Vigoricemos las capas profundas de nuestra creación por el contacto viviente con el pueblo, con la fertilidad del alma popular, y habremos así cumplido con nuestros destinos, con nuestra vocación y con la humanidad.” Era un desplazamiento hacia “el otro lado”, hacia zonas de realidad no conocidas pero tampoco colonizadas, era perderse para encontrarse a través de un programa estético.

Durante la etapa peronista, Miguel Angel Speroni se desempeñó como diplomático. Tras la proscipción escribió ensayos histórico-filosóficos que peticionan lecturas nuevas desde el campo popular: Maquiavelo (1970), Erasmo (1978), Alberdi (1973) y San Martín (1975). Fue, además, jurado de Premios Nobel y atesoraba vastísimos conocimientos de historia y literatura.

Doy fin a esta semblanza con escenas repetidas de nuestra historia patria. Son las que ilustran los paréntesis nefastos de derrota del pueblo. La novela Las Arenas fue premio nacional de literatura en 1954. Pero, tras el golpe genocida de 1955, pasó a engrosar, junto a La traición de la Oligarquía de Armando Cascella y miles de libros sospechados de ser afines a la “segunda tiranía”, las hogueras que la piromanía gorila levantó en la Plaza de Mayo.

En 1980, pocos meses antes de su muerte, convaleciente y con una pierna enyesada, Miguel Angel Speroni puso su firma en el documento de apoyo a la Universidad de Luján que la dictadura militar intentaba cerrar.

Llegamos, así, a La Tarántula , la nouvelle de Speroni que se erige, sin duda, como uno de esos “libros extraños” de la literatura argentina. Extraños, porque nos son “extrañados”, enajenados,escamoteados al común de los argentinos; y porque, su autor es lo que se dice un “extraño”, un perfecto desconocido recienvenido del olvido y del oprobio. Tan extraño fue el libro, que salió a la luz sin venta al público.

2.- La tarántula y los tarantulados

La tarántula apareció en 1948. Fue publicada por editorial Continental, que difundía a los autores desterrados de “Sur”. En la contratapa de la edición de 1972, ilustrada por Vicente Forte, aparecen significativos fragmentos de cartas dirigidas al autor. La primera es de  Carlos Drumond de Andrade y expresa: “Esse seu conto é uma bela e estranha composiçao artística, e sua leitura deixou-me uma viva impressao.”

Xul Solar, un iniciado, le escribe: “El cuerpo astral de Speroni, rompió la cáscara, se fue a escribir su obra maestra, y volvió a reintegrarse a la cotidianeidad”.

Juan Filloy, por su parte, le comenta: “Me picó La Tarántula. Durante una hora y media he estado bailando una tarantela gozosa. Brincando de fruición en fruición. Se trata de una obra impar. Ni usted mismo concebirá ya otra que se le aproxime. Porque los sueños no se repiten”.

En “Génesis de La Tarántula”, Speroni asegura que “en este caso”, la araña simboliza a la sociedad”, “la sociedad contra la que lucha el personaje, contra sus leyes absurdas, injustas, a veces insoportables. La tarántula ha picado al personaje. A todos pican, pero solo los más sensibles reaccionan. Se escapan. Se van. ¿Adónde? Hacia la locura. Esto es lo que ha ocurrido”

Otro plano de lectura introduce al lector en los delirios de un loco y en la oscura lucha entre Eros y Tánatos. Al poder elaborar esas fuerzas y, al mismo, empeñarse en integrarlas, el personaje delira: “Se vuelve loco. ¿El rótulo de la locura? No importa. No interesa”. La situación es expresada de este modo en la novela en un diálogo entre médico y paciente:

“Es decir, hasta ahora, ha vivido solo simulacros, parodias. Por fin está viviendo la verdadera locura. – “Usted está loco”, me dijo. –“¿Loco?”- “Sí, tal como oye: loco, Loco”. Agaché la cabeza y miré hacia un costado: todas las piedras del suelo abríanse cual enormes margaritas”(p.16).

Sin embargo, el narrador es ya un desalienado. Por eso la dedicatoria reza: “A la memoria de Vieytes, maestro y precursor”. De donde deducimos que el ámbito en que transcurre la asombrosa aventura hacia lo inconsciente es un famoso manicomio, frecuentado por nuestra literatura (J.Fijman, A. Castillo, et al.),  también por el cine y la resistencia al desmantelamiento de la salud mental.

Por cierto que, al tratarse de un texto literario, conviene obviar la trama psicoanalítica que queda en manos de los especialistas específicos. Por mi parte, trataré de privilegiar el simbolismo de los tarantulados, su relación con el baile (la tarantela) y la epifanía de la cultura popular peronista.

Ya Covarrubias, en su Tesoro…consigna que la tarántula tomó el nombre de la región de Tarento, Apulia, antiguo Reino de Nápoles; y que, los tarantulados o picados por la araña, se curan al son de instrumentos y de la danza. En la edición de 1899, el Diccionario de la Real Academia define la tarantela como un “baile napolitano de movimiento muy vivo (…) que se ha tenido para curar a los picados por la tarántula”.

Se describe a los tarantulados como próximos a morir, tristes, desfallecidos y exánimes. Solo se reaniman al oir las primeras notas de la tarantela. Los tarantulados se curan pero suelen padecer estados crónicos de melancolía y otros síntomas perturbadores.

Se advierte, entonces, un paralelismo: “tarántula-sociedad”, “locura-tarantulado” y ciertos tratamientos que se desplazan entre dos racionalidades, o sea, entre el “shock” y  el “baile”. Se trataría de un rito de pasaje por los infiernos del subconciente hasta la conquista de la salud por la elaboración del fatalismo Eros-Tánatos.

Por ahora, sin embargo, importa señalar dos aspectos que, a lo mejor, es bueno tener en cuenta para la lectura del texto. Speroni tiene clara conciencia de los simbolismos de la araña que sería largo desarrollar. Todos sabemos que, en la vida cotidiana, ese bichito carga ciertos momentos con inquietantes energías que se desplazan constantemente entre el fas y el nefas.

El autor ha descubierto, después de la escritura central, que el más antiguo testimonio sobre los tarantulados es del año 1350 y lleva el título de Sertum Papale Venenis. “Pero, dice, la alcurnia literaria de la tarántula se romonta mucho más lejos”. Recuerda a Platón (Eutidemio) y el uso de los “epodai” (fórmulas cantadas) contra las picaduras. También Eurípides en Hipólito y el drama de las manías atribuidas a la envidia de los dioses. Cita asimismo a Leonardo da Vinci: “La picadura de la tarántula mantiene al hombre en lo que pensaba cuando fue picado”. Por último menciona a Franz Fanon sobre la violencia del tarantulismo “en otras tradiciones exóticas”. Y transcribe un párrafo del prólogo de Jean Paul Sartre a Los condenados de la tierra: “Expresan en secreto el “no” que no pueden decir, los crímenes que no se animan a cometer. En algunas regiones se sirven de un último recurso: la posesión.”

Miguel Ángel Speroni, un intelectual disuelto en el núcleo de energía de su pueblo, revela un aspecto poco estudiado de los intelectuales nacionales y populares: su prodigiosa erudición y su profunda inserción en lo mejor de la cultura occidental, o sea, en lo pisoteado, meado, censurado, olvidado y vilipendiado por cultura capitalista anglosajona. Pensemos en esta cadena luminosa: Darío, Lugones, Marechal, Cancela, entre otros. Y por supuesto, la profunda formación clásica del Gral. Perón.

El último aspecto que me gustaría notar, es el siguiente: la sociedad (la tarántula) que pica, no es una sociedad abstracta. Es la sociedad argentina concreta en el preciso tiempo de una revolución. Esto confiesa el enunciador: “El protagonista también se siente responsable. Coincide su crisis con la crisis del país. Es uno de sus momentos más decisivos. Concretamente: el personaje ha estado en Chile (años 1944-45). Como muchos de sus pares, no había percibido la transformación (un verdadero cataclismo) que estaba viviendo su tierra. El era liberal, intransigentemente liberal. ¿El pueblo? Una abstracción, una palabra. Como casi todos sus colegas, no ve nada, no oye nada, de “lo social”. Está en Chile y sufre una transformación, empieza a “ver”, a “oir”. Pero se da cuenta que en su ser se ha producido una fractura, una disociación. Más que en su ser, en su pensamiento, en su “tabla de observación”. Siente que debe expresar esa realidad, aunque está, en muchos aspectos en contra (…). Y aquí, al regreso, cuando ha visto claro, se vuelve paradojalmente alienado. Tiene un ataque. Debe internarse. Y entra, por la puerta grande, en el Hospicio de las Mercedes”(p.9).

Curiosa alusión a su primera novela (puerta grande) y extraordinario cuadro de situación de la intelectualidad argentina del momento. Llena de prestigio, dueña del canon y la palabra, de los premios y los honores, de las editoriales, de las revistas especializadas, del halago de las clases poderosas, la élite cultural y universitaria padece el revulsivo peronista como una dosis del sal inglesa, como una picadura de tarántula.

Pongamos atención en las palabras que se refuerzan unas a otras en el párrafo citado: “momento más decisivo”, “tranformación”, “cataclismo”, “fractura”, “disociación”, “perturbación”, “alienado”, “ataque”.

La intelectualidad está “tarantulada”. Solo la salvará entrar en el baile y bailar la gran tarantela de la alegría de ser del pueblo. Pero, claro, eso los convertirá en “malditos” para la oligarquía: “A ese mundo solo pueden llegar los malditos, los que “han cruzado el abismo”.

Lo cómodos -también los lectores cómodos- quedarán apretando su ramito de laurel como sentenció Leopoldo Marechal. El protagonista ha atrevesado zonas de peligro y destrucción, “ha viajado, vencido y perecido”. Muerte ritual. La idea es reforzada por esta cita de Breton: “Eso que los ocultistas llaman paisajes peligrosos”.

Los que no realizaron el viaje quedaron para siempre tarantulados, alienados, ajenos al corazón del pueblo y carcomidos por el odio oligárquico y gorila.

El espacio me restringe, pero recomiendo auscultar este mismo tema en un artículo tenso y atormentado de Rodolfo Kusch, otro viajero hechizado y todavía reacio, en esa época (inicio de los 50), a pronunciar la palabra que rotula esa etapa histórica. Me refiero a “Neurastenia literaria”, publicado en la revista “Contorno” e incluido como epílogo en La seducción de la barbarie, un libro como La Tarántula, sin concesiones al lector, hundido en la profundidad del pensamiento popular.

“La prueba, postula, está en que de la neurastenia no es posible salir porque encarna una profunda falta de fe en la barbarie. No comprenden que es preciso permutar la negación de la barbarie, que asedia la ciudad misma, por la fe en ella, porque en caso contrario, queda en ese terreno a lo más una especie de narración literaria…”

La neurastenia resulta de la seducción presente de las masas peronistas y su conductor, pero Kusch sólo las alude:¿qué fuerzas desata en el alma nombrarlas?

Concluyo aquí estas consideraciones a lo mejor hiperbólicas. Invito a mis lectores a seguir el hilo invisible de la tela de La Tarántula y me agradecerán el infinito y maravilloso viaje por 60 páginas que piden ser leídas una y otra vez.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 19 de feb. de 18

Fuentes básicas:

Edwards, Rodolfo, 2014, Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades, Buenos Aires, Seix Barral

Kusch, Rodolfo, s/f, La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo, Rosario, Editorial Fundación Ross.

Speroni, Migue Angel, 1947, La puerta grande. Aventura y desventura de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Claridad.

Speroni, Miguel Angel, 1972, La Tarántula, Buenos Aires, Ediciones Noé.

Speroni, Miguel Angel, 1973, Las Arenas, Buenos Aires, Corregidor.

 

 

(Sobre Poemas Solariegos de Leopoldo Lugones)

por Jorge Torres Roggero

Los invito a disfrutar de la imaginación de Lugones, a inmiscuirse en su polémica con los jóvenes vanguardistas de la revista Martín Fierro y a vivenciar  el habla de la sabiduría popular del norte cordobés. Desde esos pagos vengo. Este texto fue publicado en el libro El pueblo en la trama. Directores: Pablo Heredia y Domingo Ighina. Córdoba, Babel Editorial, 2013. Contiene trabajos del Grupo de Estudios Literarios del Cono Sur perteneciente al Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades (CIFFyF) de la Universidad Nacional de Córdoba. babelediciones@gmail.com

1.- Entre parodia, sátira y escarnio

            Las poéticas manifiestan con frecuencia una relación contradictoria entre producto y acto. En efecto, ellas no sólo configuran el conjunto de un sistema literario sino  que modelizan el mundo que una cultura reconoce como válido.

Ahora bien, ese marco modélico puede ser asediado por los manifiestos que encarnan los deseos innovadores de las nuevas generaciones.  Tal empeño, tiende a  dislocar el sistema y, asimismo,  a incorporar  zonas del anti-modelo a un esquema sincrónico, generalmente conservador, que, a la vez, lleva implícita una visión del mundo dada como definitiva y natural.

En ese contexto, se tratará de considerar la función de las vanguardias cuyos manifiestos y declaraciones son parte de una toma de conciencia que considera obsoleto y restrictivo el modelo de mundo vigente. A los codazos, en tono a veces revulsivo, a veces profético, orientados en apariencia hacia las técnicas, el lenguaje y las preceptivas, perfilan cada vez más el mundo con el que la literatura se enfrenta, o sea,  el que circula, subterráneo, por  las poéticas.

Estas contradicciones son las que hacen apasionante la experiencia de las vanguardias en Argentina. Entre sus manifestaciones,  merece especial mención el grupo de poetas y artistas que se nuclearon alrededor de la Revista MARTIN FIERRO (1924-1927)[1]. Su tono beligerante se dirigió con especial énfasis a la generación modernista que fue vilipendiada en masa en los manifiestos y ridiculizada mediante añejos recursos retóricos: parodia, sátira, escarnio.

Si bien los destinatarios constituyen un variado muestrario, los vituperios se concentran sobre todo en la figura emblemática de Leopoldo Lugones  cuya obra anticipa y aun supera las rebeldías vanguardistas. Su pensamiento de matriz anarquista, insumiso al “dogma de obediencia” acatado por esos mismos jóvenes martinfierristas, resulta aún inabarcable para los reduccionismos de la crítica.

            La primera edición de Poemas solariegos[2] aparece en 1927. Entre 1925 y 1927[3] se manifiesta (gradación y climax) el embate martinfierrista contra el mundo inasible de Lugones. Los argumentos provienen generalmente de la preceptiva pero desembocan casi siempre en una denuncia sobre el autoritarismo que estaría implícito en las elecciones formales del poeta y, en especial, en su defensa expresa  de la rima como elemento armónico. Este es el origen de un lugar común incorporado al canon de nuestra  historia literaria: la existencia de una supuesta polémica entre el joven Leopoldo Marechal y Leopoldo Lugones  por la cuestión del verso libre y la rima.

Lugones, de inigualable maestría en el uso de la métrica en cualquiera de sus variantes tradicionales y no tradicionales, es también, con muchos años de anticipación, uno de los iniciadores  del verso libre. No renuncia, sin embargo, a la rima que cobrará especial importancia en Poemas Solariegos.

En MARTIN FIERRO del 20 de enero de 1927 se publica un suelto titulado “La Reacción en su apogeo” dirigido  a precisar los focos desde donde, según criterio del articulista, se propician ataques “a toda tendencia innovadora prestigiada por la juventud”.  Dicha reacción se concentra en “diarios, revistas e instituciones oficiales”. En tal sentido, señala a LA NACIÓN como “defecatorio” donde Lugones baraja “el mismo naipe mugriento de su fracasada estética literaria”.  En el número del 26/02/1927 se publica un manifiesto apócrifo supuestamente firmado por los principales escritores vigentes de la generación anterior en que se proclaman defensores de la mesura y el orden, se escandalizan por los “pecados bolcheviques del versolibrismo y la nueva sensibilidad” y proclaman que volverán a “escribir sonetos y a tejer madrigales, el día que la democracia mayoritaria caiga vencida”[4]. La alusión a la revolución rusa  en una cuestión de mera preceptiva como el versolibrismo es un índice de que en toda poética circula tácito un  modelo de sociedad. Como vemos, la sátira presupone  que quienes escriben sonetos y madrigales son antidemocráticos. Esa  aparatosa iconoclasia resulta impugnada por las prácticas eclécticas de la revista que, con frecuencia,  publica poemas compuestos con metro y rima según los moldes de la métrica tradicional. Por otra parte,  al autorreferirse como “neosensibles” preteridos  por el canon vigente avanzan hacia el logro de su hegemonía en el campo literario de la época mediante un relato identitario que los inviste como los únicos en condiciones de mirar el “lado flamante” de las cosas.

El 04/08/26  Leopoldo Marechal acude al argumento ad hominen para escarnecer a Lugones. Se sirve, para ello, de un lugar común de las letras clásicas. Llama “filípicas” a sus vituperaciones. Trata a Lugones de “frío arquitecto de la palabra” y atribuye a sus versos “el olor malsano de las casas vacías”. Además de estas agresiones inmobiliarias con fundamento en la mera preceptiva, Marechal arremete contra la teoría de la proporción y el ritmo que Lugones viene sosteniendo desde 1916 en El Payador. Llama a esta poética “furor musicante” y desacredita los metros  grecolatinos que Lugones usa como ejemplo: la “versificación latina -formula- era la misma que leemos en un texto de dos pesos en tercer año nacional”. El joven poeta aspira a diferenciarse por el “tono”, que es un aspecto fonológico, pero que él considera que es la “temperatura que un verdadero artista da a su palabra”. Evoca, además,  el manifiesto martinfierrista de 1924 cuando reinvindica  la necesidad identitaria de “hablar con nuestra voz”. Se está refiriendo, sin duda, al cantor hernandiano cuando proclama que el cantor “debe cantar cuando canta/ con toda la voz que tiene”. Esta también era una cuestión exhaustamente tratada por Lugones en El Payador.

La filípica recurre luego a dos fuertes generalizaciones de raíz  romántica que vienen reafirmar la extraña vindicación del “tono”: “el mundo se hace nuevo en cada hombre que mira” y “todo creador es una edición distinta del mundo”. La conclusión, en esta argumentación circular, vuelve al principio. De nuevo la preceptiva y la vieja retórica: supone que la música está destinada a la recitación y a hacer fácil la lectura con la elocución de “cuatro lugares comunes” que “se expresan en cuatro versos comunes que terminan en cuatro rimas comunes” y, argumentando ad hominem,  trata a su confusa masa de contendientes de “imitadores y plagiarios”. Desde 1896, visita de Rubén Darío a Córdoba, los modernistas renegaban de la recitación que no es un apéndice de la música[5]. No es entonces el caso de Leopoldo Lugones  que, por otra parte, funda su poética solariega, no sólo en la rima sino en todo elemento indicador de diferencia y por lo tanto integrante de la relación dinámica de la proporción.

Sin embargo, vale la pena valorar, como testimonio viviente, la caracterización que Marechal traza de la nueva generación neosensible: no escriben en grandes rotativos, no dictan cátedras, leen libros sospechosos, dicen cosas incomprensibles, “pelan al mundo como a una fruta”, “escriben renglones largos y ¡SIN RIMA! Es un modo de abroquelarse frente a la acusación simplista de que “los poetas neosensibles no saben versificar”. La filípica es, entonces, una rigurosa simulación del ágora ateniense y sirve para acusar “públicamente a esa generación egoísta”.

Para concluir nuestra versión de esta insólita polémica sobre la rima que hace la delicia de los profesores de literatura y de los poetas con mal oído para las voces de las profundidades, veamos una última parodia antilugoniana publicada en el número  julio/agosto (1927) en una desfalleciente MARTIN FIERRO. Se titula “El Agua (Poema veraniego a la manera de Leopoldo Lugones)” y lo firma Leo MAR, seudónimo que ostenta el propósito claro de desnudar a su autor: Leopoldo Marechal. La lectura del mismo revela por un lado que el autor realizó un valioso esfuerzo de composición y, por el otro, que dio rienda suelta a su innegable capacidad imaginativa y a una prodigiosa habilidad para el manejo de la rima tan odiada. Se presenta con los “pies anhelantes de sosiego tras escribir un poema solariego” en que “pies” salta de su significado habitual para aludir secretamente a la versificación latina y su apuesta rítmica, utiliza la rima interna y concluye con una alusión directa al poema  “Loa del fuego alegre” que luego se incluirá en Poemas Salariegos: “y al fin es ducha helada/ para quien no comprenda esta versada”[6]. Ahora bien, miremos un curioso dato tipográfico. La parodia enmarca un recuadro con el anuncio de que Marinetti será colaborador de la revista. Su  primera contribución será un artículo sobre “Boccioni y el porvenir de la plástica”. “Famoso agitador estético”, Marinetti había sido recibido con bombos y platillos en 1927 por la troupe martinfierrista que le otorga un lugar de privilegio entre los colaboradores. Si los supuestos firmantes del manifiesto apócrifo volverían es escribir sonetos el día que la “democracia caiga vencida”, MARTIN FIERRO les proveía un valioso compañero de ruta.

Algo más sobre la rima. Si bien su función es marcar el fin del verso, y a veces marcha unida a la cantidad (unidad sílaba/acento), desde siempre existen versos sin rima. La única limitación, innecesaria en el caso Lugones, es la que impone al enunciado poético la renuncia a  las llamadas rimas pobres sobreabundantes en la lengua. Desde este punto de vista, el tono (nivel fonológico) indica dentro del sistema las oposiciones de altura, mientras la entonación marca el nivel sintáctico. Esto ocurre aun cuando se lea mentalmente el poema y se concreta, asimismo, tanto en el verso métrico como en el verso libre.

Ahora bien, si el verso libre no obedece  a esquemas métricos reactiva la oposición que lleva en su denominación. En efecto, o no existe metro alguno y entonces el verso libre es sólo “prosa lírica” o, si por lo contrario, existe una organización métrica, tendríamos que admitir con Marechal, que no puede describírsela con el modelo de los ritmos básicos del universo métrico (yambos, troqueos). En ese caso, el sinónimo de “prosa lírica” sería “prosa métrica” [7].

Mientras escucho a Calle13 por la radio, me pongo a pensar sobre qué efecto produciría en el joven vanguardista letrado de 1927 la tremenda irreverencia de estos “rimadores” populares, recitadores, “musicantes”, que hacen presente una “edición distinta del mundo” y “lo pelan como a una fruta”. Aún el “beatle final” del último Marechal aparecería como no comprendiendo esa versada. Es que  los dos “tocayos”, cada uno a su manera, están prevenidos ante un hecho cierto: “Alpargata en mano, vigila la Retórica”.

2.- El solariego

En su origen español, la palabra solariego está relacionada con la repoblación de la tierra tras la ocupación árabe. En un comienzo el  solariego es el que toma la tierra y la trabaja. Comprende tanto al señor como al peón y la misma tierra. Con diferentes condiciones, es el “pegado al terruño”. Coexistían en ese territorio el hidalgo, el villano, el solariego e incluso el antiguo siervo desligado de sus ataduras. Se compartía un principio de solidaridad en cuanto a la inseguridad dentro del marco de la frontera pero también la decisión y la confianza para salir adelante. Es un “estar” apegado al suelo como inmanencia. Había un medio geográfico despoblado y por lo tanto, no tenían vigencia las barreras verticales que producen la estratificación. Es la primacía del suelo como forma de comportamiento. El suelo se organiza de tanto vincular a él las conductas, los gestos, las canciones, los olores. Y sobre todo el trabajo. Cultivar el agro es agere, es poner en actividad aquella parte de la naturaleza que representa “la heredad terrestre”, es “cultivar” con acción consciente. Nace así “el común” que se trasladará a América como pensamiento seminal en que se incuba desde el principio la libertad.

En América, también la apropiación del suelo es una tarea militar subsumida por la necesidad de organizar el común sobre la extensión infinita, con una vaga idea de frontera y de defensa territorial, como coexistencia en libertad.

El suelo, en su cruce con el pensamiento, será así, según la expresión kuscheana[8], geocultura, o sea, una territorialidad inmanente no expropiable, un conjunto de códigos y fórmulas de comportamiento que organiza el caos en un territorio que, a cada rato, le ofrece un límite con lo otro absoluto, con la nada y sus posibles.

En Poemas Solariegos, Lugones nos viene a dejar oir, sólo eco, el canto de sus pagos cordobeses de Villa de María del Río Seco y de sus aledaños santiagueños de Ojo de Agua. En El Payador, ya había trazado la genealogía de los poemas solariegos.

Revisando la crítica, descubrimos que este poemario podría ser considerado “el in-leído”. En efecto, se transcriben siempre las mismas estrofas de los mismos poemas (“Dedicatoria a los antepasados”, “El canto”), a veces aparecen fragmentos, en antologías, de “Juan Rojas” o “Los ínfimos”. Por lo tanto no deja de resultar  fructífera la incursión del joven Marechal en su parodia “Aguas…”. Aunque ajeno a la profundidad del texto lugoniano, despliega el haz de algunas novedades expresivas y de contenido.

En El Payador Lugones postula que el lenguaje literario está subordinado a un doble canon. Esta doble sincronía  lo paraliza, pues debe estar atento a dos preceptivas: la que denigra y la que pretende imponer. Por eso,  despreocuparse de la lengua literaria, permitirá poner en la pluma la misma lengua que en la boca. Lo más característico de un escritor es irrepetible. Los retóricos –postula- calculan el éxito artístico por la dificultad con la cual su procedimiento resulta contrario al modelo. En realidad, todo artista creador engendra su retórica sin el menor esfuerzo. Aunque no lo explicite, Lugones no oculta el trasfondo anarquista de su poética. Sostiene que el arte por la vida es opuesto al arte por el arte. La invención de artista está siempre bien dicha aunque viole las reglas porque tiene la facultad de engendrar.

Por ese camino, Lugones se interna en las profundidades de las poéticas de la cultura popular cuyas manifestaciones son el canto, la música, la danza y las múltiples formas de su creatividad inmanente. El arte  erudito -piensa- se suicida cuando pretende enmendarla porque los artistas populares saben más de la verdadera música que los contrapuntistas de conservatorio.

Regresa así a los ritmos y a los ritos del “común” o sea la comunidad criolla del norte cordobés. La música desechada por los vanguardistas es considerada por Lugones una ley universal relacionada con las matemáticas. Sostiene que la ley de la vida conlleva una condición fundamental de existir: todo lo que es complejo se articula mediante una ley de proporción. La armonía, ecuación matemática, no es resultado de relaciones entre  iguales sino del juego y contrajuego de las diferencias. Es una vibración (movimiento y forma a la vez) de elementos desemejantes (valores musicales, metáforas, órganos biológicos). Es el ritmo fundamental de la sístole y diástole del corazón, el ritmo de la vida “engendrado en la misma raíz del árbol de la sangre”. La armonía universal (rotación/oscilación, pulsación cósmica, organización rítmica de las mayores o menores longitudes de onda), manifiesta los diversos tonos de la periodicidad cotidiana: despertar/dormir, día/noche, verano/invierno y  todas las fases binarias del ritmo terráqueo y sus movimientos giratorios. Nada que ver, entonces, con la retórica blandiendo su alpargata puesto que ya  no se trataría de un producto,  sino de un “en acto” (“in fieri”).

Por eso Lugones es el primero en reconocer en los alrededores de 1913 la obra “del modesto profesor argentino, don Andrés Chazarreta”. En El Payador,  resalta su fidelidad a los anónimos autores, sin deformación alguna, inmerso él mismo en el anonimato. Lugones edita  en su libro las partituras del músico santiagueño, transcribe las letras y describe las danzas. En otras palabras, los ritmos y los ritos. Téngase en cuenta que en 1911, se le había negado a D. Andrés Chazarreta el teatro oficial de Santiago del Estero. En ese mismo año, tras una primera exitosa función en Tucumán, el empresario lo expulsó con todo su elenco porque el Intendente de la ciudad “consideraba indecoroso – escribe don Andrés-  que las botas sucias de mis paisanos pisaran las tablas de un teatro donde asistía lo más aristocrático de la sociedad”.[9]

Lugones considera al verso como una inmanencia del suelo porque tanto para el pueblo como para los grandes poetas es “un lenguaje de hablar y no de hacer literatura”.

Es así como en El Payador están prefigurados los Poemas Solariegos. Hay acciones, actitudes, saberes, que luego van a aparecer estilizados en el libro de 1928. En primer lugar, la figura del cantor. Recuerda a un mozo llamado Serapio Suárez que se ganaba la vida recitando Martín Fierro en los ranchos y los caseríos: “Vivía feliz y no tenía otro oficio (…) Recuerdo haberme pasado las horas oyendo con admiración devota a aquel instintivo comunicador de belleza”. Busca entonces el origen de los romances circulantes entre los criollos de su pago en las “tensiones provenzales”.

Por otro lado, es extraño que no se haya tenido en cuenta la importancia que Lugones atribuye a la cultura árabe. Los “trovadores del desierto”, según su criterio, continuaron y sistematizaron el género provenzal. En las reuniones intertribales se suscitaban las “justas en versos”. Eran verdaderos contrapuntos en que ya germinaban las payadas de los cantores gauchos. Es importante su rescate  de las cassidas[10]. Dicho género valoraba el arte de discurrir en versos y le otorgaba especial relieve a las palabras. Los pensamientos, como en el Martín Fierro, “jugaban”, pero las palabras constituían el objeto principal. En la cassida se despliegan verbos mágicos, remolinos de comparaciones que, dirigidos siempre a un público presente, alaban o vituperan. Son poemas monorrimos, con métrica cuantitativa (grecolatina), con rima consonante y cantidad variable de versos.

Por otra parte, las rimas musicalizan el habla cotidiana de las comunidades criollas del norte cordobés: adivinanzas, juegos infantiles, retahílas sin sentido. Es en esta línea que Lugones evoca las canciones de su madre a quien tantas veces oyó cantar los versos de “La Sultana” y “El hado”.

Pero en sus pagos también asistió a las “querellas” del cura Hinostrosa, párroco de la aldea natal, que le reveló en el ritmo de sus primeros versos al payador infantil de sus adentros. Ni qué hablar de sus primeros ensayos de contrapunto con el comisario Federico Roldán.

Es una poesía de carácter social. Una habladuría incesante en que se respeta al mendigo, al peregrino, al caminante, al portador de historias y noticias. Es un conjunto  capaz de abrirse, perplejo,  a la imaginería del circo trashumante como luego se verá. Las cosas hablan, según la ley de la proporción, en verso octosílabo o en el murmullo melodioso del relator de cuentos y sucedidos. El poema se recitaba junto al fuego en la velada. Los relatos seleccionaban los acontecimientos del día o recordaban el pasado.   Por todos lados las marcas de la oralidad, una lengua rica en sustantivos para designar lo desparejo del suelo, el ciclo de las lluvias, para enyuntar en una sola palabra las cualidades y defectos de los seres. El poeta como historiador y genealogista, como informante y antropólogo. Los poemas solariegos/juglarescos desbordan de vitalidad estructural y se emparientan así con el desparpajo y la imaginación de las vanguardias.   Interesa su perfil colectivo y solidario. Y sobre todo el amor geográfico, la erótica de la tierra, manteniendo y reelaborando momentos culminantes de la vida tradicional tanto desde la oralidad como de la escritura. Es una dialéctica entre pasado y

presente, entre vida y muerte, entre los reprofundos y las claridades porque “sabido es, decían refraneando,/ que sin canto y amor no hay vida”(El Arpista).

3.- La ley del canto

Tratemos ahora de tejer una red en que solariego, genealogía, común y canto comiencen a confesarnos lo que tradición murmura detrás de las palabras: la comunicación que sólo parece realizarse en la historia mediante la dialéctica interna del significante (sentido y forma en acto).

La inicial “Dedicatoria a los antepasados (1500-1900)” que aparentemente no guarda relación con el sentido general del libro responde a la organización formal de la cassida. Los “juglares del desierto” solían iniciar su largo recitado trazando la genealogía de la tribu. La cadena de las generaciones legitima al poeta como “eco”, como suave y anhelante murmullo que se amplifica en el “canto” de las cosas, de la comunidad, de los sujetos históricos encargados de que la tradición no se calle y que la historia continúe siendo un proceso no acabado.

La relación con “solariego”  de la “Dedicatoria…” responde, sin dudas, al origen militar del término. Sincroniza la lucha por el territorio y alude a la  re-población de la tierra tras desalojar a sus dueños aborígenes: la celebración de la acción de los cuerpos en una esfera de libertad.

Los algarrobales, lugar de refugio y reserva alimenticia de los indígenas aparecen también como lugar de correrías de los españoles en busca de tierras y mano de obra. Pero, paradojalmente, ellos también se acogen, como lo testimonia la cultura criolla hasta nuestros días, a la fuerza simbólica del Árbol / Tacu para grabar su dominio en la escritura que, en realidad, oficia de  verdadero territorio:

“Bajo la observación del escribano del Cabildo, quien da fe del hecho, dan hachazos en un árbol de algarrobo, arrancan del suelo unas matas de paja, y arrojan piedras a una parte y a otra de la tierra, en señal de dominio”[11](Piana de Cuestas, 78).

El poder se ejerce: es una huella en el pergamino del escribano y es un tajo en el árbol protector, es herir el suelo, es apedrear el recinto identificado como sustento corporal y simbólico del otro.

Bartolomé Sandoval “a manos de indios de guerra/ perdió vida y hacienda en servicio real”; Francisco de Lugones combatió en el Perú, consumó la empresa de los Valles Calchaquíes y ya enviudado “se redujo a la iglesia tomando en ella estado”: lucha del cuerpo y del alma. Juan de Lugones, hijo y nieto de los anteriores, es el encomendero. Es el que re-puebla, el solariego, el apegado a la tierra. Pensemos que la “encomienda indiana” es el sucedáneo americano del “solariego” de Castilla. Mediante probanzas, datas y calidades, obtiene dos encomiendas “más por carga que en pago”. Este apego a la tierra, este arraigo como servicio al común, culmina en el coronel Lorenzo Lugones que salió a libertar naciones en el primer ejército de la patria “y como buen soldado de aquella heroica edad/ falleció en la pobreza, pero con dignidad”. El suelo, como principio inmanente de estar en la tierra, no da al sujeto ninguna propiedad: solo la dignidad de pertenecer al territorio. El habitante solariego construye la circunstancia. Lo mío se disuelve en la distancia, en “el común”, por eso la impetración final: “que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido/ por estos cuatro siglos que en ella hemos servido”.

El primer poema de la serie Poemas Solariegos se titula “El Canto”. Desde el título tiende a un despojamiento de la individualidad, a un renunciamiento a la originalidad. El “yo” se presenta como “eco” del “canto natal”. Es apenas un retumbo. El suelo natal es texto, es templo, es laberinto, es un cuerpo que hay que recorrer templando las cuerdas de la analogía. El juego laberíntico de las metáforas que los vanguardistas veneraban como toque de gracia de la poesía es  en Lugones flor de la tierra. Canto de los cuatro elementos: “la tierra palpitada de pasos, resonante de llantas”, es decir, poblada; el sol (fuego) “en la fortaleza rugosa de la leña, / y en el logro del pan, la miel y el vino”; el agua, “en el arroyito que retoza contento,/ y en la plácida flor de la regadera”; el viento (aire), “en la alegría de la hoguera”. El canto como aliento cósmico desciende al paisaje ya organizado por el hombre: el  árbol, la montaña y, por fin, se cobija en la cuerpo microcósmico del hombre y la mujer, en sus trabajos y sus días: “el hombre en el amor y en el deber”: “Canto del hogar en la serenidad/ inocente y cariñosa/ de las cunas donde reposa/ la ternura antigua de la Humanidad./ En el gobierno de la madre hacendosa/ y en el nombre heredado con legitimidad.” Todo canta: la ocupación doméstica, la madera del obraje, la herramienta, el redil, el aroma de la flor del aire, los parrales, la huerta, el jardín y la noria. Todo es canto en que lo desemejante se armoniza y es al fin ingenio en la boca del cantor y en el chirrido de la noria que extrae su extraña música de las profundidades: “Canto del ingenio en la copla espontánea/ como la margarita, la lágrima y estrella. / Y en la noria profunda, musical y bella/ como el órgano de un catedral subterránea”.

Como es imposible detenerse en cada poema, vamos a relevar los modos en que el canto se expande en los textos y cómo va dilucidando con humor la polémica de la rima del joven Marechal, la exaltación del arte popular, del cuerpo de la mujer y la especial dedicatoria a la estética ultraísta.

Los utensilios cantan: “rompe a cantar la roldana” y la muchacha que saca agua del pozo lanza “al sol caliente el cántico del esfuerzo y el gozo”. Todos cantan. Como todo es armonía, el silencio también canta: “Canta el silencio, / canta el oro del trigal, canta la sazón labriega…” El silencio viene de las profundidades y es un elemento esencial de la música que eterniza el espacio y lo transporta a otra dimensión, a un espacio/tiempo:

“El remoto silencio se eterniza en el ser” (El Almuerzo)

“el silencio suspenso en la claridad/ impone la belleza de su inmensidad” (Paseo Matinal)

“su profundidad, cual la del pensamiento,

es un silencio magnífico”(Paseo Matinal)

“el silencio delira murmurados desvelos” (El Traspatio)

“el silencio dilata su ámbito de barril” (El Almuerzo)

“y es tan clara y tan pura la calma de la hora/ que parece que el mismo silencio se dora” (Arroyito Vecinal)

 “El silencio se acuesta/ junto a la vaca echada” (El Traspatio)

“El silencio suspenso en la claridad/impone la belleza de su inmensidad”(Paseo Matinal)

“A hondos aldabonazos el silencio taladra/ la agresión previsora del cabrero que  ladra” (Regreso crepuscular).

La ley de periodicidad que gobierna el ritmo organiza los sonidos, las disonancias y las acciones de los vivientes: “De cuando en cuando, la ranita bruja/ gorgotea escondida,/ como una botella sumergida”(Arroyito vecinal), “chisporroteantes langostas veraniegas/ parece que se fríen de amor sobre las matas” (Los burritos) y “la última rana seguía tecleando/ su imitación de gota alternativa” (La muerte del manantial); “el ritmo tetrasílabo de su marcha sugiere cantos silvestres y absurdos” (Los burritos). Como, según Lugones, las matemáticas rigen los ritmos y los ritos, el trote del burrito viene  a complejizar el ritmo binario del espondeo y el troqueo.

Si bien hay un poema especial dedicado al cantor, en Poemas Solariegos, todos los personajes cantan en distintos registros y casi en son de fiesta y de juntada. Tal el caso de Juan Rojas que sabía contar y cantar y que “lo único que no había aprendido/ era a leer y escribir y a usar pantalón”. Vestía a la antigua usanza y no había saber que estuviera ajeno a su baquía porque conocía “la derecera/ en aire, tierra y agua, del pájaro y la res,/ el reptil y el insecto, la alimaña y la fiera” pues “a él no le equivocaban huella ni maña de ave (porque para él era ave todo animal montés)”. Su búsqueda había incursionado en las regiones misteriosas “del otro lado”: “Había buscado con paciencia felina/ al pájaro Carbunclo que por la noche espanta/ y sólo se ve dicen para Semana Santa;/ y la piedrita adivina/ que en los sesos de la golondrina/ suelen algunos hallar”. El cura Henestrosa canta; el gendarme de la villa, Cantalicio Roldán, puntea cielitos; el colla vendedor de amuletos canta; también el hombre orquesta, ese gringo que “reinó en una tarde con su murga y su lata” y un día dejó de lado “la musical maravilla”, se quedó de “hortelano en la villa”, “casó allá y tuvo un hijo que ahora es diputado”. El destino de este gringo nos advierte que los Poemas Solariegos vienen de los adentros pero son historia viva, que no se ha cerrado. Junto al hombre orquesta viene el turco que vendía “cosa linda, barata”, contaba las historias de Aladino y Simbad el Marino que en fábula campesina, acriollados, circulaban como el Niño Ladino y Sinibaldo Medina. Dos mestizajes gozosos: el de los cuerpos, el gringo y el de los relatos, el turco.

En “El Arpista” aparece toda la vitalidad y apertura de la cultura popular. El músico estaba presente con su arte y su canto en toda fiesta, funeral o contrapunto. Representa, además, la libertad del cuerpo figurada, a pesar de su soltería, en su afición a las mujeres y a la danzas de Chazarreta: “Pues sabido es, decían refraneando,/ que sin canto y amor no hay vida”. El arpa entre sus brazos le ocupaba el lado del corazón. A él le es dado morir en la ley del canto: “Murió en la ley del canto como una cuerda rota, / y cuando lo enterraron en la aldea remota,/ su cajón parecía, ya al olvido entregado,/ una pobre arpa vieja que se había quebrado.”[12]

Pero el modelo hernandiano de cantor es Serapio Suárez. Su historia lleva un título antonomásico: “El Cantor”. Esta “versada” va incluida en la sección Coplas de Payada en que Lugones vuelve al metro popular octasilábico que monpolizará Romances del Río Seco. En realidad, estas coplas son un anticipo del libro póstumo. Al estilo lugoniano, se organizan en cuartetos con rima consonante en los versos pares.

Serapio era un cantor errante. Podía juntar fortuna y, a la vez, perderla entera en el juego. Lo cierto es que todo se lo agenciaba “con la guitarra y el canto”. Y cuando rodaba tierras para remediar su escasez cantaba las coplas de Martín Fierro. Nótese, en el ejemplo que sigue, cómo Lugones se representa a sí mismo. En efecto, en el paradójico canto,  el escritor  se autorreferencia como un cantor que dirige a un público presente: “Yo lo oí una vez, señores”:

Y de nuevo amadrinaba

la fortuna a su cencerro,

cantando por esos pagos

las coplas de Martín Fierro

 De memoria las sabía

recitar a pierna suelta.

Yo le oí una vez, señores,

por junto la ida y la vuelta.

El cuerpo de la mujer laboriosa se tensiona con la roldana del pozo y lanza “al saliente sol el cántico del esfuerzo y del gozo (El Pozo)”. Ella porta en su cuerpo un don ancestral y es capaz de amasar “el rudo pan antiguo” y lograr que los meros conceptos devengan, “sabrosos”,  un goce sensual:

“Y el rudo pan antiguo que amasa la consorte/

 elogia en la eucarística equidad de su corte/

sus manos olorosas de honradez y de cedro.” (La Merienda)

 “De la madre laboriosa/

que con honradez sabrosa/

se está dorando en el pan.”(Quietud Meridiana)

 Poemas Solariegos se caracteriza , además, por el uso constante de una las figuras predominantes de la cultura popular: la prosopopeya. Todo baila, salta, se desnuda y canta:

“Pues ¿qué hay más sediento que él

de agua, vino, aceite y miel” (Loa del fuego alegre)

 “Indestronable deidad

que diviniza en su gloria,

fe, esperanza, caridad y claridad” (Loa del fuego alegre)

 “Sobre el algarrobo vecino,

a cuya sombra echada la vaca dormilona

resuella de a ratos como una persona” (El Traspatio)

La serenidad es tan limpia y pura

que con gracia sencilla, la luz se desnuda en la orilla

como una doncella segura” (Paseo Matinal)

“la tarde, clara todavía,

vuelve del baño, suelto el pelo” (El arroyito vecinal)

 “El silencio delira murmurados desvelos

en que un remoto arrullo se distingue.”(El traspatio)

Los relatos y creencias populares tienen reservado un lugar especial en este libro. Los posibles del fantástico pueblan espacios, objetos, tiempos. No cabe duda que Lugones llevaba en sus adentros el secreto susurro de la tradición como masa de imaginación, afectos y misterio. Una natal familiaridad con las “fuerzas extrañas” lo señalaba para ser, sin discusión alguna, el iniciador de la literatura fantástica en la Argentina. Veamos algunas apariciones de este rico imaginario popular.

En la sobremesa aparece una receta de medicina empírica: curar el aire con una infusión de topasaire. Se lo prepara en agua santiguada por tres signos de la cruz que le haga un zurdo al largar el hervor. Como digestivo, se recomienda  la “tisana de los nueve yuyos” a los que según la prescripción hay que ponerlos de tres en tres: poleo, tomillo y verbena; toronjil, suico y yerbabuena; bergamota, paico y cedrón. El Colla, errabundo vendedor ambulante “que venía del fondo de los Andes”, vendía medicinas y magias: astas de ciervo y de bezoar, cebadillas de estornudar, agallas contra las hemorragias, jaborandi, quina y estoraque. Las illas, “cabritas y llamitas de cobre/ que traían buena suerte para salir de pobre /y librar los rebaños de todo ataque” y la “sortija de piedra imán/ contra los celos y el olvido”. De su alforja, era posible que saliera cualquier maravilla. Pero cuidado con osar burlarse o despreciarlo: “sabía la palabra que evoca/ a la hormiga y a la isoca/ con que la chacra habíale plagado a más de un necio”. El colla, tras vender sus productos continuaba corriendo las tierras del mundo “hasta que el horizonte profundo/ se cerraba tras él como una puerta”. Dejaba sin embargo una intriga entre los aldeanos:”La curiosidad de saber de qué modo/ aquella alforja nunca llena del todo/ tampoco se acababa nunca”.

Un poema dramático es “La Muerte del Manantial” que va marcando a través de las acciones de los animales y los hombres cómo poco a poco se va secando “el ojo de agua” que da nombre al pueblo. No hubo rito capaz de detener “las malas  señas”, las causas de la “mala suerte” . Cuando llegó la fiesta de la Patrona rezaron la novena por la vertiente, le echaron palmas el Domingo de Ramos pero solo brotó, a la semana, “una enredadera de Flor de la Pasión”. Obsérvese cómo en este poema no habla un sujeto individual, sino un nosotros. Poco a poco, a medida que Lugones  se va despojando del “yo literario”, se interna en la travesía que va del yo al nosotros: “Todos acudimos a ver aquello”.

Antonia, la mujer de Juan Rojas, por “temor al mal de hora, siempre andaba sahumada/ con azúcar y salvia morada:/ y Juan solía prepararle también,/ con incienso de molle parches para la sien”. El capataz sabía “hasta curar por conjuro”. El le enseñó al poeta “la estrella que da rumbo en los campos sin huella”, cuáles son las nubes portadoras de granizo y huracán y que un “galope puede provocar la centella” sobre todo si el montado es “ un blanco” y hay algún algarrobo cerca. Al rancho de la Nemesia, “curandera y algo bruja a la vez” y facultada por el juez, acuden para alivio del mal de amor: “…ella cura con dos oraciones, / una de pares y otras de nones”. La primera para el matrimonio; la otra, para el celibato. El secreto de esas oraciones está en saberlas “componer” “dentro de un escapulario/ con dos clavos de olor y un alfiler”.

4.- El floreo: “una rima forzada en equilibrio”

Marechal, que desde joven fue un perspicaz crítico, eligió, tal como hemos anotado, Poemas Solariegos para ejercer una parodia última en la ya casi fenecida MARTIN FIERRO. Es que en este poemario está la respuesta de Lugones a las burlas juveniles sobre su empecinamiento rimador. En este libro ningún verso queda sin su correspondiente rima consonante. Además, ninguna rima es “pobre”. No sólo eso, la rima es un recurso para florearse como suelen contrapuntear los cantores gauchos: “con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento” salmodiaba Martín Fierro. El floreo sucedía cuando el cantor mostraba su maestría en el manejo de los metros, estrofas y rimas ante un público iletrado pero entendido en el goce sonoro de la lengua propia: “lengua encendida en el evangelio/ y apagada en la retórica”.  Veamos en el poemario de 1928 la gozosa respuesta a la crítica de sus detractores y la excelencia de la parodia  al preceptismo ultraísta. El poema como puro juego, tal como ocurre en las adivinanzas, las canciones infantiles de alegre glosolalia, da pie: 1) para que la rima intervenga como un elemento necesario, según la visión lugoniana, de la creatividad; 2) o como una burla criolla al ultraísmo y la nueva sensibilidad. De todos modos, cualquiera sea el “tono” el libro es una asombrosa proliferación de metáforas que los jóvenes vanguardistas consideraban el núcleo de la creación poética.

En estos ejemplos la rima aparece como una necesidad para dar rienda suelta a la imaginación. Refiriéndose al grave estanciero criollo que lo ha invitado a almorzar, expresa:

Nuestro anfitrión es un maduro hidalgo

que por raza y por consonante

ostenta en su talante

algo

de galgo”.

El “consonar” (rimar) construye la figura del hidalgo tanto en su aspecto físico como psicológico. En la imagen siguiente, en que urente es clave, se puede advertir como la rima es un operador mágico  y no sólo rítmico. Crea en solidaridad con el sol un “chisperío” que, a la vez, es ficción y fenómeno visible:

“Bajo el alero van, de cuando en cuando,

las urentes avispas

-que la rima y el sol truecan en chispas-

al árido avispero regresando.”

 

En el poema XXXI de “Los ínfimos” la rima aparece como una posibilidad semántica que el poeta puede “combinar” a gusto, arbitrariamente. De tal modo, entra en un juego de esdrújulas:

“Y la cucharada de cuajada trémula

que ante el nácar y el ópalo puede rimar con émula”

 

La parte del libro titulada  Circo Romántico ha sido considerada por algunos críticos aquejados de i-lectura como un elemento extraño al campo noético de lo “solariego”. Sin embargo, representa la irrupción de lo funambulesco e hiperbólico en la sobria rutina serrana. Lugones hombre reconoce que al circo trashumante le debía la raspa de lo maravilloso que portaría para siempre en su alma: “Pronto advertí que nunca yo/ tales glorias alcanzaría,/ y esta es la funambulería/ que en el alma se me quedó”. Ese “se” trasvasa  desde una nostalgia de oralidad al texto escrito y da pie al juego libre. Obsérvese cómo en este terceto del soneto titulado “El cartel” reproduce la engañosa propaganda del circo para atraer al público campesino con palabras raras como motivo de la inevitabilidad de la rima para nombrar la vulgar “cabra del monte” por todos conocida :

“Todos, sin excepción, todos al circo,

a admirar la onza negra, a ver el hirco

(cabrón montés y rima inevitable)…”

 

El climax de este uso consciente y creativo se produce en el soneto “La Bola” donde el objeto es rima y trasto a la vez, luna y perinola, cometa y gato. Imprevistas “pruebistas”, las rimas internas vuelan de aquí para allá dentro de los versos:

 

“La bola-rima y trasto-rueda sola

en la punta del verso y en la pista…”

 “Con virola de plata la cabriola…”

 ¡Hola la rima en ola!…Cacerola

que con fugaz piola ato a la cola

de un cometa erizado como un gato

Los detractores de la rima suelen postular que la rima anula posibilidades;  hacen previsible y mínimo el arsenal de palabras disponibles por el poeta y atentan contra su creatividad.

Ahora bien, un segundo aspecto de este muestrario o rimero que Lugones destila en este poemario es su intencionalidad. Inmerso en no deseadas polémicas formales, crítico fervoroso de la sumisión a la retórica, dedica con picardía, como dirían los paisanos del norte cordobés, no sólo unas rimas sino también un poema completo a los ultraístas o neosensibles. En “Loa del fuego alegre”  imagina al elemento como un juglar,  le atribuye la capacidad de “fraguar” en el verso “la singularidad de una rima forzada en equilibrio”. Es una aplicación de la “ley de proporción” que rige el universo y que, con elementos desiguales, crea la armonía.  Sin duda, su inevitable resultado será el ludibrio que los martinfierristas construyeron para desmerecer   su oficio de poeta:

“Juglar que en el verso fragua

la singularidad

de una rima forzada en equilibrio

para inevitable ludibrio

de la Nueva Sensibilidad

Cabe destacar, sin embargo, un poema que aparentemente no armoniza con los contenidos solariegos pero que funciona como núcleo de irradiación de la libertad creadora de Lugones. Me refiero a “Estampas Porteñas”. Irrumpen de golpe las disonancias y el movimiento espasmódico de la ciudad en que sólo se respira hollín, ácidos, hulla. La ciudad es una mole con luz artificial: rayos de linterna, lóbrego nácar de kerosene y “la última lavaza de luz crepuscular/ entre una gelatina de ópalo verdemar”. El clima artliano, ferruginoso, predomina en el poema apenas licuado porque se entreabren Centauro y Orión mientras que detrás de Palermo “la tarde blanca y yerta,/ cae en el horizonte como una garza blanca”. El ser se disloca en los reverberos del río, la sombra es una mancha de mono y, tangente a la vía, “llevamos por pareja nuestro propio fantasma”. Es un poema ultraísta de la mejor factura al que no le faltan la incursión por el mundo reo, el loro calavera que “silva la milonga” e “insulta con la madre”, el borracho que “rejura per Baco”. Luego la noche de Callao y Corrientes: “la noche ultramoderna/ que entre muslo y sandalia luce toda la pierna y emancipa una andrógina melena a la gomina”. Aparecen los términos extranjeros: rouge de letrero, cocktail cristalizado en hielo, “Sección Vermut” del cine, el corcho del brindis en estornudo jazz, el éxtasis de rimmel, hasta los “lamentos de un tango degollado a serrucho”. Difícilmente se encuentre, en serio o en parodia, un poema más ultraísta, hasta con sesgos surrealistas, en la colección completa de MARTIN FIERRO. Girondo no desdeñaría el tranvía que se lleva el perfume de nardo al centro. Tampoco Olivari ni González Tuñón desertarían de los submundos reos de Corrientes y las dársenas.

Pues bien, también en este poema Lugones se dedica  a lo que podríamos llamar el juego de la rima. Ahora la luna es un guiñapo. Lejos está la luna solariega, recurrente imagen del canto natal:

“Como un guiñapo de luna en el obenque,

maña y rima mediante, se amojama un arenque”[13]

En un tramo de puerto en que las farolas son “lúgubres” y su luz una “deyección dorada”, promete al “anzuelo ultraísta” la creación de  “frituras de sabor inaudito”. Metafóricamente son dorados y anguilas pero, en realidad, son figuraciones de las creaciones de los neosensibles como “frituras” de distintas estéticas. Para colmo, el pescador de frituras es “Simón el Bobito”:

“Ya las barcas prendieron sus lúgubre farolas

que en el canal parecen verter a cacerolas

su deyección dorada, donde al través rutila

la dársena que escurre su lividez de anguila,

prometiendo frituras de sabor inaudito

al anzuelo ultraísta de Simón el Bobito,

pues así con un poco de lampo y agua negra,

se fabrica un dorado que vista y gusto alegra…”

Otro poema que parece dislocado del resto es “Salutación a Embeita”. Es un escrito  por encargo. En efecto, el Centro Laurak Bat tomó la iniciativa de rendir homenaje a un popular poeta vasco y encargó a Lugones un panegírico.

Pedro Embeita Rentería era un poeta labrador. Sólo pudo asistir unos pocos meses a la escuela porque su aldea se quedó sin maestro. Cuando se reanudaron las clases, como no sabía hablar castellano, debió abandonar sus estudios porque los niños euskaldunas eran brutalmente vejados. En cierta ocasión, tiró el “anillo infamante”[14] en un techo del caserío y recibió una brutal paliza en la escuela nacional. Un sacerdote le enseñó las primeras letras. De la tradición oral, recibió el venero de los cuentos tradicionales. Vuelto a su caserío natal comenzó sus improvisaciones poéticas. Embeita era un improvisador, o sea, un payador. Era el cantor de los anhelos de libertad de la patria amada. Su última improvisación concluía: “guarda, Señor Bueno, guarda a nuestro pueblo vasco”.

Lugones, según emerge de textos inéditos de 1927 reeditados recientemente por la Biblioteca Nacional, persistía con su idea anarquista de libertad. Todavía consideraba a la independencia de los “pueblos libres americanos” como una rebelión contra “el dogma de obediencia”, es decir, contra los grupos de poder y las instituciones represoras del Estado. Por eso aceptó gustoso el encargo del centro vasco y compuso “Salutación a Embeita” que es un canto “solariego” a las rebeliones de los vascos. El final del poema resume esta salutación que es una alabanza al pueblo vasco y un canto de libertad:

Lo saludo en la Patria que toda gloria explica

Lo saludo en el vástago del Árbol de Guernica.

Lo saludo en el Fuero de la honra y la equidad.

Pedro de Embeita el vasco ¡Viva la libertad!

 

5.-  El arte por la vida

 

Volvamos al comienzo. El primer poema de la serie se titula “El Canto”. El canto es lo sustantivo, el sustento geocultural en que descansan las actitudes y se reproducen los deseos. Es el canto de y el poeta es apenas un eco, un sonido sin aliento en que resuena el ritmo implícito en el cosmos, el pago, el común, los animales y los elementos. Todo junto, configura el suelo, el arraigo, el amasijo informe del cruce en que cielo y tierra hablan (cuentan y cantan) sin cesar.

El poema de despedida se titula “Los Ínfimos”. Ínfimo, tiene dos sentidos habituales: a) lo último, lo que es menos que los demás; b) en sentido moral: lo más vil y despreciable. Ahora bien,  de nuevo la palabra inicial es canto, pero ahora es yo canto. Lugones se propone como un yo siempre presente entre el pasado cuya heredad ha asumido y el futuro que es la historia siempre haciéndose de la comunidad.  Reducido a su propia individualidad, escindido del continuum y del contiguum históricos, ínfimo entre los ínfimos, se convierte en su voz. Las dos primeras estrofas o micropoemas ( en lenguaje martinfierrista, membretes o greguerías) da comienzo a la alabanza de los insectos oponiendo a la hormiga afanosa, que de “ácido agresivo se avinagra”, la cigarra del apólogo que “a pleno sol deflagra” y pone “un cascabel al gato del amor”. La serie continúa con seres mínimos, aparentemente inútiles, pero que comparten la vida cotidiana de quienes hemos gozado desde niños la cotidianeidad del norte cordobés. Sobreabundan las onomatopeyas, los diminutivos afectivos, los aumentativos ponderativos. En otras palabras, la gramática y las señas de la afectividad del pueblo. Continúa luego con los más humildes vegetales: la malva, la violeta, el ajo. El sol será el “solcito polvoriento” de los patios,  la luna “un ochavo de luna”. Los ínfimos de la belleza: la muchacha fea y la bonita boba, tema de un mal soneto. Los animales que rondan la casa en declinación o fuga: el jamelgo mohíno, el cordero degollado, el minucioso ratón, el chingolo que “canta la miseria como un lazarillo”. Los personajes en derrota: el gringo murguista y el poetastro infeliz. No olvida la enumeración de los actos elementales del hombre y su materia viva: el bocado de pan, el trago de vino, la sed de agua, el grano de sal, la cucharada de cuajada, la última brasa y, ahí cerquita, el cuzco de la vieja. Se encolumnan luego los objetos desechados (tapera, hojas secas, viruta, el tiempo cotidiano y fugaz, “minuto de buena o mala suerte). Desfilan asimismo los excluidos como el “pobre diablo”, el “niño abandonado”, la costurera cuya actividad “fomenta la tisis y la virtud oscura”, la ollera. El adobe, materia de la casa, la “pava cantarina” y “el cántaro de agua”, pero también el perfume y el color.

Ahora bien, el verbo canto aparece una sola vez con sujeto tácito: el eco- Lugones, donde resuenan y se agolpan “los ínfimos”, es apenas una resonancia en las cosas mínimas de la totalidad heterogénea de la naturaleza y la cultura. Lugones deja hablar aquí todo lo que al canto natal calla sobre las marginadas comunidades criollas del antiguo Tucumán. El sujeto tácito lee en elipsis, deja hablar todo lo callado y para eso se vale de la enumeración y el polisíndeton. La repetición de la conjunción copulativa (y) configura una unidad en armonía con la repetición de modificaciones (cambios rítmicos, elaboración imaginaria de los elementos de cada parte, el contraste, la alteración melódica). Es fonología, semántica y música. Los copulativos atan un haz de cincuenta y una partes en que se enlazan lógica y afectivamente expresiones elogiosas o nostálgicas. El canto elíptico declina mansamente, “embellece la dicha y la pena”. La muerte se va colando en la retahíla: “Y el minuto de buena o mala suerte/  que como un cobre/ de pobre/ va cayendo en la alcancía de la muerte”. Ley de periodicidad que tantas veces acató el poeta. Juego armonioso de la libertad y el orden del anarco-federalista insumiso ante “el dogma de obediencia”. ¿Cómo será esa libertad completa como principio de organización social?: “Libertad completa que empezarán a disfrutar los hombres, tan luego como suprimida la propiedad desaparezca el gobierno cuyo objeto es defenderla. La libertad dentro del orden es el trajín monótono del pájaro en la jaula. El orden dentro de la libertad es la armonía de movimientos del ave suelta”.[15]

Es la comunidad organizada del solariego. El antiguo común del canto natal. El ínfimo en que la historia es algo todavía no concluido, la unidad en que conviven el pasado y el futuro. Dijo todo lo que tenía que decir de sí. ¿Se apagará el eco de las generaciones? : “Y el pueblo en que nací y donde quisiera/dormir en paz cuando me muera”.

Jorge Torres Roggero

 Notas:

[1] Fondo Nacional de las  Artes, 1995, Revista MARTIN FIERRO (1924-1927), Edición Facsimilar, Estudio Preliminar de Horacio Salas, Buenos Aires. Las citas transcriptas más adelante provienen de esta edición.

[2] LUGONES, Leopoldo, 1928, Poemas Solariegos, Buenos Aires, B.A.B.E.L. (Biblioteca Argentina de Buenas Ediciones Literarias, dir. Samuel Glusberg). Cfr. et. LUGONES, Leopoldo,  1974, 3ª.Ed., Obras Poéticas Completas, Madrid, Aguilar. Todas las citas corresponden a esta edición. Pedro Miguel Obligado, prologuista de esta edición, da 1927 como  año de publicación de Poemas Solariegos. El dato se repite en numerosos estudios.

[3] En  el Núm. 14-15, del 24/01/1925 la ilustración de tapa es una caricatura de Lugones representado con casco de militar prusiano, una bandolera rebosante de cartuchos, un espadón cimitarresco, un cañón con tres bolas hierro, pero tañendo una escuálida lira de tres cuerdas. Ilustra un poema satírico titulado: “Balada. A un estudiante logonófobo melenudo y platense”. En las páginas siguientes se reproduce una moción de Lugones presentada en la Corporación de la Liga de las Naciones. La recomendación de difundirlo es refrendada por las iniciales de E. Méndez, el director. ¿Era un  mero simulacro, un documento real o un nuevo escarnio? Curiosamente, en el N° 7, 25/07/1924, bajo una caricatura del Ecce Homo, se lo consideraba “en constante renovación de pensar, sentir y saber”, situado “en el extremo opuesto –a la izquierda o vanguardia- de las ideas generales de los contemporáneos”. Más aún, se lo presenta como una especie de “neosensible” puesto que arroja “la piedra en el charco de la dormia sensibilidad común”. Porque renueva, a él “se insulta, se muerde, se discute, prueba de vigorosa existencia”. Tal la imagen despistante de Lugones en los inicios de MARTIN FIERRO.

[4] Las firmas son anagramas y parónimos de fácil resolución. Lugones encabeza la lista: Leogoldo LUPONES;  Ernesto Mario BURRERO; Art Huro CABO DE VELA; Baldomero FERNÁNDEZ EL BUENO;  Albar O. MELIANLAFIN HUR; Alfonsina ESTORNUDO. Siguen los nombres.

[5] TORRES ROGGERO, Jorge, 2000, El combatiente de la aurora. Lugones, Córdoba y los inicios de la modernidad literaria, Córdoba, Alción Editora

[6] Si bien la primera edición de Poemas Solariegos es de 1928, muchos de sus poemas habían sido anticipados en páginas culturales y revistas. En “Loa del fuego alegre”, Lugones le atribuye un poder punitivo claramente dirigido a sus detractores: “Chispa en el ojo del patán/ que no comprenda esta canción”

[7] Existen numerosos tratados sobre estas cuestiones. No siendo este el tema específico de elucubraciones lugonianas, nos hemos limitado a tomar nota de algunas conclusiones de Ducrot/Todorov. Cfr. DUCROCT, Oswald, TODOROV, Tzvetan, 1972, Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje, Buenos Aires, Siglo XXI Argentina Editores

[8] KUSCH, Rodolfo, 1976, Geocultura del hombre americano, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro

[9] Cfr. DEL CORRO, Gaspar Pío, 2005, Lugones, Córdoba, Ediciones del Copista. Vide et. Diario EL LIBERAL, Santiago del Estero, 3 de noviembre de 1948. Edición Especial.

[10] MENENDEZ PIDAL, Ramón, 1952, Estudios Literarios, Bs. As., Espasa Calpe, “La primitiva lírica española”.

[11] Piana de Cuestas, Josefina, 1992, Los indígenas de Córdoba bajo el régimen colonial (1570-1620), Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

[12] Era  capaz “de hacer bailar un mortero”; en sus bailes, “ni las viejas planchaban, pues se volvía audaz/ el más tímido mosquetero” y parecía que  hasta las puertas “iban a bailar en sus jambas”. Cuando volvía de parranda y debía acudir a una misa “urgente de promesa o de manda”, floreaba “los quiries con música de gato” ante el “furor del cura con aquel mulato/ verdadero carbón de Satanás”.

[13] La metáfora es intencionalmente opaca y compleja: “un guiñapo de luna” (rayo de luna), se amojama (se hace cecina) en el obenque (soga) como un arenque. En lenguaje solariego: “el rayo de luna cuelga de la soga como un charqui de arenque”.

[14] El “anillo infamante” era uno de los peores castigos para los niños que hablaran euskera en clase. Entre los siglos XVIII  y XX, rigió este sistema inquisitorial en todo el país vasco. Tendía a convertir a los niños en delatores porque, como el anillo pasaba de mano en mano,  denunciaban a cualquier compañero al que oían decir algo en euskera. Esto sucedía porque el que quedaba con el anillo al fin de semana era molido a palos. Se tendía, además, a que el niño estigmatizado sintiera rechazo y vergüenza por su lengua materna.

[15] LUGONES, Lugones,  2011, Dogma de Obediencia (Estudio preliminar: María Pía López y Cecilia Larsen), Buenos Aires, Colección Los Raros, Biblioteca Nacional.