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por Jorge Torres Roggero

1.- Elescanear0049 simbolismo intelectual de la guerra

“Desde findes de 1955-les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual”. Pero no sólo se trataba de un pueblo sumergido y una legión de “muertos civiles”. También vociferaban los ametrallados de José León Suárez y la sombra terrible de Juan José Valle.

La novela Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, como las grandes obras de la literatura universal, conlleva un mensaje iniciático que sólo será develado a los que se “rompan los dientes” mordiendo la dura cáscara de sus símbolos. En su plurivocidad, también puede ser leída como un precioso y complejo Arte de la Guerra. Una especie de hilarante tratado, un irreverente Sun Tzu criollo, un manual de resistencia integral.

La acción pura – postula L. Marechal – “es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Megafón su novela testamento, escrita de acuerdo con el ritmo épico de la rapsodia y organizada según “el simbolismo intelectual de la guerra”, presupone una didáctica de la “acción”. Es un tratado del soldado y su gesta en busca de una potencia oculta, de ciertas cualidades viriles integradas que obligan respecto a un preciso deber cuyo centro decisivo es una espiritualidad comprometida con la trascendencia, pero no abstraída de este mundo o patria.

La guerra es figura del devenir. Si bien su campo es lo histórico y contingente, no es menos importante su potencia simbólica, su capacidad de constituirse en soporte de una preparación ascética para la realización no de una expiación o castigo, sino de una purificación en vistas de lo no contingente e inmóvil: la eternidad.

Ahora bien, de acuerdo con un pensamiento no lineal que admite la posibilidad palingenésica, un final de ciclo es representado como una “edad de hierro” cuya “anormalidad” consiste en que el coraje se ha convertido en fuerza armada; la aventura heroica en orgullo y violencia; y la mujer, de acuerdo con la construcción de los medios y el “marketing”, en seducción y fuerza succionadora del principio más profundo de la virilidad. Deberá entenderse, por supuesto, que la referencia a lo femenino y lo masculino no está planteando en manera alguna una cuestión de género. Se trata de dos principios que aquí funcionan como organizadores de la realidad en tanto manifestación de la unidad en la multiplicidad. Constituyen por lo tanto el soporte verbal de un haz de significaciones (el haz de lo posible) muchas veces contradictorias. Marechal construye, entonces, un héroe que marcha al rescate de la mujer sin cabeza, principio vivificante, portadora de una vida que transfigura y libera al ser. El guerrero, tropos del principio viril, no pierde su modo de significar; y su tarea heroica en pos de la Mujer Escondida, configura la búsqueda, en una época de ocultamiento de la realidad principial, de la potencia que ya no posee.

Dentro de las múltiples lecturas de estos operadores geotextuales, que abarcan tanto lo contingente como lo no contingente, no se puede prescindir de algunos aspectos de la realidad textual: las rapsodias que organizan la novela relatan, con referentes precisos y reconocibles, los avatares de una Patria Terrestre que ha perdido su hombre y que espera ser liberada por un héroe (no necesariamente individual) capaz de reconquistar el estado primordial mediante la superación de pruebas que le permitan alcanzar una integración en que la calidad viril es, a la vez, potencia y conocimiento.

La guerra propuesta por Marechal es una guerra integral, cualquiera sea el plano o zona existencial en que se libre. Lo que en sentido cósmico es lucha entre luz y tinieblas, será, en un plano espiritual, contradicción entre Lucía (luz, sumo bien y belleza) y Tifonéades (Tifón, gigante derribado por el rayo jupiterino y dios del mal en Egipto); entre Patricia Bell (patria guerrera, Belona) y un patriciado infiel a su destino; entre un “pueblo sumergido” y unos «figurones externos».

El campo de batalla abarca, en Megafón (Marechal: 1970), todos los dominios de la realidad: «Erase un barrio, una ciudad, un país o un mundo» (91). Dicha multiplicidad espacial puede comprender, asimismo, un microcosmos y su compleja trama interior.

Por otra parte, toda guerra actualiza un tiempo que se concreta como historia argentina, o sea, historia de un barrio, una ciudad, un país y un mundo.

La guerra es, por lo tanto, una entrada en la historia, pero también una salida de ella. En cuanto guerra terrestre, es una guerra material por la posesión del soporte único y capaz para el salto a la trascendencia, es la “pequeña guerra santa”. Pero “la gran guerra santa” o “batalla celeste”, es la que libra el héroe contra sus enemigos interiores, contra los poderes de dispersión de su potencia. Una guerra será «santa», y en consecuencia necesaria, si se libra para reconstruir una unidad perdida, para reducir un desorden introducido desde afuera a un orden crecido desde adentro. Ahora bien, si la Patria, cuyo símbolo es la víbora, se manifiesta en el siempre indeciso suceder, la guerra configura, llegado cierto punto preciso e inexorable, su único modo de existencia, su manera de soltar la pelecha muerta.

La guerra santa, deber ambicionado, es el geotexto organizador de Megafón e ilumina su carácter de novela estructurada de acuerdo con un encadenamiento de oposiciones binarias. En el suceder, siempre se texturan contradicciones, siempre fulgura un amasijo de pugna/abrazo: oposiciones y complementación. (Vide: Cirlot (1978), Perón (1971); Andrés (1968).

Lo que sigue es apenas un esbozo descriptivo de algunos de estos elementos antagónicos que, al final, se resuelven en una reconstrucción de la unidad perdida; en una desconstrucción de la pseudo-unidad cristalizada en inmovilidad impuesta desde afuera y en una necesidad de recomenzar la guerra santa. Consideramos, entonces, algunos aspectos del introito o entrada de la novela.

Tesler es el que profiere, el profeta de la guerra santa, el que anuncia la liberación de la vida ordinaria tanto del individuo como de la patria. No es casual que Marechal, llegado a este punto, articule sus oposiciones en base al Salmo 136: se oponen en él, Sion, la ciudad verdadera y llorada; y Babilonia, la ciudad prisión y opresora.

Son los oprimidos quienes guardan el secreto de la verdadera vida y es el opresor (que al oprimir se pierde a sí mismo) quien pide el canto del oprimido: “cantad para nosotros cánticos de Sion”. Tesler marca la aparición del misterio tremendo, de la dimensión apocalíptica de la guerra. Una guerra designa, por un lado, la culminación de un mundo (de un estado de cosas) y, por otro, el comienzo de cielos nuevos y nueva tierra tras una lucha de fuerzas espirituales, cósmicas y sociales. Claro que Marechal, tal como corresponde a un hombre de hierro que yace en tinieblas y sombras de muerte, encubre el logos palaiós con un velo de humor. Jonás ya no saldrá por la boca, sino por el culo de la ballena y la fe implícita a veces adquiere un tono de pregunta: “Y escudriñando la caja trasera vio que Jerónimo Capristo dormía ya en el sueño de los hombres, el de los faunos o el de los ángeles. ¿Qué sabíamos?”.

2.- La Víbora y sus dos peladuras

La paleoargentina (la Argentina oligárquica) ha cumplido su ciclo. De acuerdo con el simbolismo de la víbora y sus dos peladuras desarrollado en Megafón, la oligarquía o “paleoargentina”, es la vuelta de espiral que ya terminó su recorrido, es un círculo cerrado. Y todo “círculo cerrado”, decía Evita, es oligárquico.

Esta es la parábola de la víbora y sus dos peladuras: “Esos fantasmas reencarnados, expuso él, constituyen ahora la exterioridad visible del país. Juran hoy en la Casa Rosada, luego dibujan su pirueta en el aire bajos reflectores, caen al fin reventados como títeres en el suelo para ceder su lugar a otros fantasmas igualmente ilusorios que juegan el destino del país en un ajedrez tan espectral como ellos. Oiga, ese cascarón fósil es la peladura externa de la Víbora.” – “¿Y quién es la Víbora?”, inquirí en mi falso desconsuelo. –“La Patria”, dijo Megafón. – “¿Por qué una Víbora?”- “La víbora es  una imagen del ‘suceder’: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava su colmillo en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un ‘suceder’ o es un bodrio”. –“¿Y cuál es la otra peladura de la Víbora?”. –“Usted habló recién de un pueblo sumergido, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que su vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende?” –“El contraste entre las dos peladuras, insistió él, fue para mí una Segunda Incitación a la Guerra.” –“¿Usted medita una guerra?”, le pregunté sin ocultarle mi asombro. –“Estoy planificando una guerra”. – “¿Con qué fin?”- “Es necesario que la Víbora suelte ya su inútil pelecho de fantasmas”.

Volví a inquietarme. “- “La guerra es hermosa cuando es necesaria”, les advertí. –“¿Y le parece que no se está dando su “necesidad” ?, repuso Megafón. –“¡La Víbora y sus dos peladuras!”, me recordó Patricia con urgencia. –“¿Quién es la Víbora?”, les volví a preguntar. – “¡La Patria!”, dijo ahora Patricia Bell.” (p.16,17)

 La neoargentina arranca, en el punto exacto donde concluyó la otra. El pueblo, fuente viva, es una espiral abierta y creciente. Pero la guerra es necesaria, porque la oligarquía aún se resistirá y como en su fase final sólo estará sostenida por aliados exteriores y mercenarios de adentro, la batalla contra la oligarquía será una guerra santa, una defensa de la propia identidad para lo cual habrá que estar calificado para un largo ayuno de poder, de riqueza o de brillo académico prestado. A esto Marechal lo escribía en 1970; hoy nadie podría negar que su profecía se ha cumplido puntualmente: mientras la oligarquía tema al pueblo, el pueblo deberá beber esta contingencia hasta sus últimas heces: “Parecería evidente -le dije- que todo lo popular le afectaba y le afecta el miocardio. Lo que aseguro es que a otro coletazo del Gran Oligarca se debió la historia reciente de Juan Domingo y aún se resistirá ¡no lo dude!, mientras un aliado interior y otro exterior lo sostenga por sus agallas” (p. 161).

Por las agallas o por la literalidad, la momia oligárquica es sostenida desde afuera. ¿Cuál es el modo de plantarse ante ella?, ¿Como el pampa Casiano o como el correntino Berón?

Casiano, indio aculturado, cicerone entre cosas definitivamente muertas, representa la expansión de la mentalidad oligárquica que convierte a los argentinos en mestizos vergonzantes: se llega a tener vergüenza tanto del abuelo indio, como del abuelo gringo, o “turco”, o “gallego”. El miedo a ser “lo que se es”, ha empujado al argentino a engrosar la innumerable procesión de los marginados del mundo. El correntino Berón, haciéndose la señal de la cruz, recrea el mundo.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta que lo “farsesco” es un encubrimiento de los mensajes secretos latentes. De ahí el juego permanente con desplazamiento entre lo sublime y lo ridículo. La Rapsodia III, por ejemplo, comienza con una alusión a Lucía Febrero (sublime), y se va deslizando hacia lo ridículo; la Rapsodia IV, en cambio, comienza con una desublimación de las Musas y se va deslizando hacia lo sublime (Lucía Febrero). Este deslizarse entre dos polos “pero con una simetría no fácil de alcanzar y rigurosamente necesaria” reubica al lector en el comienzo: la realidad es una, y única; cualquier desequilibrio o desorden produce contradicciones y enfrentamientos entre sus polos. Será, entonces, necesaria la guerra, como lo supieron y padecieron Juan José Valle, los fusilados de José León Suárez y todos los combatientes de su estirpe.

En realidad, Marechal no es un desubicado en perplejo vaivén entre lo “concreto” y lo “universal”: su comarca (su espacio-tiempo) es lo concreto y universal. Tal lo que emana de su postulado fundante: la realidad es una sola y son múltiples sus manifestaciones, todas necesarias, contingentes y en continuo devenir. En otros términos, amplía el campo de la realidad que abarca no sólo lo que ya se ha convertido en hecho sino también “el haz de lo posible”. La historia profana es así un discurso real cuyo significado pleno puede ser cumplido en el contexto de la historia sagrada o total: “La metafísica no es un flato poético de la imaginación ni un eructo grave del sentimentalismo: es la ciencia exacta de la posibilidad absoluta y de la imposibilidad de lo imposible”.

Los argentinos, en su corto bien que trajinado trote histórico, han rezumado suficiente sudor y sangre como para comprender sus contradicciones. O el pueblo despliega su parábola, se proyecta hacia un fin de acuerdo con un principio, y acepta lealmente el destino que le toca jugar; o será movido como marioneta por el autor de un sainete en que representará la víctima ridícula de un pneuma sin Pneuma, es decir, de la literalidad o alienación: “Un pneuma sin Pneuma sopla donde quiere Tifonéades el Griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad”.

Megafón, cansado de roer simbolismos “que tienen dura la cáscara y el jugo difícil”, ha decidido “agarrar el toro por las guampas”. Porque no se puede “jugar un juego” con los símbolos: hay que lastimarse las manos para cortar el higo maduro.

«Porque hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta. Y hay símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles, para el salto del alma voladora. Y símbolos que nos atraen con cebos de trampa, y que se cierran de pronto si uno los toca, y mutilan entonces o encarcelan al incauto viandante. Y hay símbolos que nos rechazan con sus barreras de espinas, que nos rinden al fin su higo maduro si uno se resuelve a lastimarse la mano» (El Banquete de Severo Arcangelo: 1965, 258).

Se plantea así una poética geotextual en que el lenguaje de los símbolos se cierra para el que no se compromete. Los símbolos enmudecen si no son vividos. Vivirlos significa recorrer realmente un laberinto o librar una batalla históricamente determinada. Por lo tanto, el núcleo o sentido profundo de Megafón encandila en el recinto final de Lucía Febrero. Dicho recinto o claustro es figura de la indeterminación absoluta cuyos atributos son el silencio y la noche. En la silenciosa noche (o caos primordial) sopla el espíritu. Esplenden los gérmenes de la luz y de la música. Lucía, fiat lux, es la manifestación primera de la inteligencia creadora, es logos en descenso y por eso está encadenada: “Entonces los maravilla el silencio y la noche que parece reinar en ese claustro: es un silencio en el que, no obstante, parecía bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue ahora la Mujer Encadenada”.

Aunque caída en la materia manifestada, es el reflejo corpóreo de la Eva primera; por eso “es un canto de libertad y una risa de libertad y una danza caliente de libertad”. Lucía, luz primera, es el don que el héroe conquistó con su muerte: “Y es aquí donde Megafón, que ha triunfado, recibe de la Novia primero “la mirada”, en seguida “el saludo” y finalmente “la voz”.

Queda así revelado el misterio del nombre Megafón: os magna sonaturum. La redención es un canto de alegría, pero también una paradoja viviente ya que es el fruto de un sacrificio (sacrum facere). En tanto conciencia, Lucía crece y seguirá creciendo en la voz de Megafón; y, en cuanto ningún hombre es libre de una vez y para siempre, seguirá siendo una meta. En alguno de los tres mundos (corpóreo, psíquico o espiritual) que integran Buenos Aires, la Ciudad de la Paloma (o del Espíritu Santo) Lucía espera a los buscadores de la luz: “Al cerrar mi novena rapsodia, también doy fin al relato de los hechos que atañen a la Novia Olvidada y al Amante Perdido cuya leyenda no termina aquí. Tres mundos en superposición o tres barrios en escalada integran a Buenos Aires la ciudad de la paloma. En alguno de los tres vive aún y vivirá Lucía Febrero al alcance de los poetas que la busquen…”

3.- La encuesta del falo perdido

Megafón muere triunfante, es decir, liberado. Un hombre en lucha permanente por liberarse convierte su muerte en una abertura a lo posible, a las futuras batallas: “El fondo concreto de la gesta megafoniana está hoy, según dicen, en dos organismos iniciáticos que se ocultan uno en Villa Crespo y el otro en San José de Flores. Al parecer el de Flores consagra sus esfuerzos a estudiar la doctrina en todos y en cada uno de sus matices; y el de villa Crespo, dado más a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis que, a mi entender, y si ese organismo lo concretara realmente, haría polvo el esquema gris de Buenos Aires y del país entero. Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música. El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en sus días con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o astutamente olvidado en el friso de la catedral metropolitana. Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

La proposición de lucha encierra un objetivo: “buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota…”

Patricia Bell (patria guerrera, Belona) deberá reencontrar a Megafón que es su propia voz perdida y que ahora yace oculta en la farsa, en la literalidad, en la inautenticidad del pelecho viejo de la víbora.

Las lamentaciones de Samuel, hijo de un pueblo sacrificial, nos anuncian una pulverización o destrucción. Y tras la destrucción se reconstruirá el miembro de la energía vital que está oculto y prisionero “debido a su peligrosidad revolucionaria”, “o disfrazado según las estrategias del imperialismo.”

Marechal culmina su novela con este llamado extraño, proferido desde las profundidades de un mundo en ruinas: “¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!” Ese era el grito de la guerra santa. Recuperada la dignidad, los compatriotas (el pueblo) serán los sujetos de esa guerra defensiva e indefectible para solamente ser. Destruir la nada para enfrentarse con el espejo terrible de la verdad, para recobrar la potencia oculta de la Patria Terrestre, para recuperar la voz por la luz.

Jorge Torres Roggero

Córdoba,19/08/17

Ver este texto completo en mi libro Elogio del pensamiento plebeyo, 2002, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANDRÉS, Alfredo: 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Bs. As., Carlos Pérez Editor.

BUTTERINI, Giorgio A.: “La Ley de la Guerra” (en: EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO, Año LXXXIV, N° 12, Dic. 1981).

CIRLOT, J. E.: 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor.

GHEORGHIU, C. Virgil: 1975, La Vida de Mahoma, Barcelona, Caralt.

GUENON, René: 1976, El Esoterismo de Dante, Bs. As., Dédalo.

MARECHAL, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana.

___________ 1970, Megafón o la Guerra, Bs. As., Sudamericana.

PERÓN, Juan Domingo: Conducción Política, Freeland, Bs. As. 1971.

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Por Jorge Torres Roggeromarechal

1.- Alguna claves

En Marechal, nada hay inocente. Inocente en el sentido originario de la palabra: “el que no sabe”. Más aún, detrás de la retórica, entre la maleza didáctica, es posible rastrear el “inicio” de un camino oculto. Sus novelas, poemas, ensayos, nos embarcan, sin más, en un argumento. Este argumento, en el sentido tradicional del término, implica siempre un relato acerca del destino, no como fatum, sino como proyecto, como orientación. El destino, como decía, René Guénon[1], es la “razón de ser” de las cosas. Martín Fierro, arrebatado por el misterio del canto, se sentaba “en el plan de un bajo/ a cantar un argumento”[2]. Era un “aliento” (pneuma, spiritus, viento) que hacía “tiritar los pastos”; y un juego libre del pensamiento: “con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento” En resumen, el argumento es pensamiento del corazón, contemplación, pero también el telar de desdichas y esperanzas con que un sujeto histórico teje rebeliones y utopías.

La síntesis de Marechal es la de un criollo que se anima a fatigar los saberes de una tradición milenaria y a poner en actividad diferentes registros de los símbolos latentes en la cotidianeidad del pueblo. Pensemos en este episodio del “Adán Buenosayres”[3].

Adán se dispone a descender a los infiernos, a la oscura ciudad de Cacodelphia, acompañado del astrólogo Schultze. ¿Y cuáles son los rituales que realizan para encontrar la entrada a las profundidades, al descenso y la prueba? Pues bien, es un contrapunto, una payada de adivinanzas tradicionales, remedios caseros, coplas y relaciones con la vieja Tecla, bruja folklórica universalizada por el humor y la parodia[4]. Se trata de un contrapunto de saberes que no son de los libros, sino de la cultura popular, transmitidos oralmente. Marechal recorrió, y amó, las provincias. En Santiago del Estero conoció el misterio de las salamancas, y también los secretos de la ciudad de Buenos Aires con sus iniciaciones y sus cultos populares.

Para él toda la creación es, en cierto modo, un libro; un libro que no deja de hablar y, en el que, hasta el mal (el pecado, lo considerado dañino) es parte viva e indispensable de nuestro mundo concreto. Si algo resulta de las metáforas de Marechal, es que son el soporte de un salto a la alegría y un cruce hacia una nueva dimensión. Téngase en cuenta, además, que según aseguraba, el hombre se balancea constantemente en la cuerda floja de lo sublime y lo ridículo. De allí el “humor angélico”, porque Marechal consideraba que todos somos ridículos, o sea, motivo de risa, por cuanto somos criaturas. Y, por lo tanto, imperfectos. Hasta los ángeles, en tanto criaturas, tienen su grado de ridiculez. En síntesis, nada de lo humano le es extraño. Yo diría que para leer a Marechal a lo mejor tenemos que desechar los presupuestos y los cánones literarios: ¿dar un salto de un registro a otro?, ¿comenzar a manejarnos con nuevos códigos? A lo mejor, con la “lengua perdida”, llamada también lengua de los ángeles o lengua de los pájaros, esa que entendía San Francisco de Asís y que muy pocos han podido recobrar. Quizás, por eso, Marechal sostenía: “Yo creo en el valor medicinal de la literatura. (…) La cura puede ser milagrosa” (en: Confirmado, 27/07/67). A partir de estas consideraciones, ¿cuál es la visión de la ciudad que le da nombre al Adán porteño?

2.- Sobre las ciudades

En la obra de Marechal conviven varias Buenos Aires. A veces le duele la ciudad entregada puramente a la acción porque “sabemos que la acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma, cuando no recibe y actúa según las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Contra ese aspecto se levantan voces acusadoras. “Babilonia, le gritan unos; Cartago, le dicen otros”.  Son voces que al poeta le duelen. Instintivamente enarbola un gesto en su defensa “porque amamos a Buenos Aires, y con una suerte de amor bien extraño por cierto”[5].

Pero Buenos Aires es, a la vez, una ciudad trascendente. Hablando sobre El banquete de Severo Arcángelo[6], declara: “Ud. No tiene idea de hasta qué punto nos rodean y manejan fuerzas misteriosas. Y en nuestro país particularmente (…) le aseguro que una ceremonia iniciática como el banquete es menos improbable de lo que usted piensa”. Resulta, entonces, necesario saber que sus libros esconden un sentido oculto, aparte del manifiesto. Y que lo más importante está dado por el sentido oculto. Marechal se acuerda de Goethe, que era ocultista, cuando sostenía que no todos los caminos son para todos los caminantes: “Quien no quiera o no pueda hincar el diente en la médula metafísica de El Banquete…, lo saboreará como un divertissement más…” (Confirmado, 21/10/1965).

Desde mi condición de literato en lucha con su miopía libresca, me dispongo a ingresar en las múltiples ciudades de Adán Buenosayres. Buscando más bien su costado rabelesiano (Rabelais, como Goethe, era un hermetista), nos aventuramos en el viaje de ida y vuelta del personaje: Adán Buenosayres, perdido en la multiplicidad, se dispone a agotar las posibilidades inferiores del ser antes de iniciar su ascenso tironeado tanto por el llamado de la belleza como por la vía penitencial de la redención.

2.- Ciudades de Adán Buenosayres: la Ciudad de la Gallina

Transitamos, entonces, una Buenos Aires visible entregada “al terrible y nunca dormido viento de la historia”. La ciudad y su hombre están caídos en la multiplicidad, en el amasijo informe de lo cotidiano en que se mezclan clases, conflictos sociales, sentimentales, culturales, metafísicos. Marechal dispone siempre una acción, un escenario (barrio, suburbio, casa de clase alta, glorieta, prostíbulo) y personajes que se enfrentan. El enfrentamiento abarca desde la discusión acalorada en la calle o el bar hasta la polémica filosófica. A veces concluye en una batalla campal a pedrada limpia (como en Recuerdos de Provincia de Sarmiento[7]) o en un duelo individual que se resuelve con un inofensivo alpargatazo. La teatralidad se configura, fundamentalmente, mediante encontronazos de palabras o acciones. Los personajes, frente a un conflicto, siempre se dividen en dos bandos dialogantes: representan un “agon”, un ritual mágico que revive el caos original. Como rebasamiento de la conciencia subjetiva, el caos convoca fuerzas desconocidas y revierte el individualismo. Por otra parte, el autor lo ha hecho notar,[8] detrás de cada episodio de la Buenos Aires visible revive, en modo farsesco, algún relato concreto de La Odisea o de La Ilíada o alguna elucubración en clave de los Fedeli d’Amore.

En la excursión a los bajo fondos de Saavedra, evoca algunos mitos muertos de la cultura oficial y del falso criollismo mediante ciertas parodias litúrgicas de las leyendas escolares.  Recordemos que Marechal se ganaba la vida como maestro de escuela primaria.

En tal sentido, basta recordar la aparición fantasmagórica del gliptodonte que refuta las teorías de Ameghino sobre la antigüedad del hombre en la pampa. El mensaje final de la bestia prehistórica es un buen ejemplo de la crítica al saber canónico. En efecto, el “Gliptodonte levantó la cola, dejó caer al suelo tres grandes esferas de bosta fósil y se borró en la negrura que lo había engendrado”. Ahora bien, la cultura oficial recoge las esferas y las destina “al Museo Nacional de Ciencias Naturales, erróneamente clasificada como aerolito; la otra, en el Museo Histórico, figura como proyectil de mortero arrojado en la Guerra del Paraguay; la última sostenida por dos cíclopes de hormigón armado, representa el globo terrestre en la cúpula del diario “El Mundo”. Esto no invalida la opinión del Gliptodonte cuando establece cierta analogía entre la formación del loess pampeano y la formación etnográfica de la patria que correspondería en mucho a su formación geológica: “ya que los contingentes humanos a que Samuel acababa de aludir se formarían también con elementos de destrucción, acarreados desde los ocho rumbos del Globo hasta nuestras llanuras por el terrible y nunca dormido viento de la historia”. Se instaura así una aparición dialogante del tema de la inmigración que cruza de punta a punta la novela como uno de sus múltiples metalenguajes. Introduce así a la aparición Santos Vega y el falso Juan sin Ropa, que no es otro de Ántrax, “un diablo menor, un pinche de cocina” que, cuando viaja de incógnito, usa el nombre de Progreso y que llegó al país en un momento en que las naciones “caían de hinojos para besarle el upite” al gran Satanás con la aparición del gran capital internacional. En realidad, Ántrax, confiesa: “No vengo a comprarles el alma, ¡ya tienen vendida!”

La denuncia a la oligarquía y a la defección de los intelectuales es un motivo permanente de la parodia marechaliana y se presenta como un hilarante contrapunto entre “el rigor científico y el rigor poético”. El Neocriollo, que hablaba con un “chorro de sonidos inarticulados, soltó una carcajada tricolor, se despachó con una inefable arenga política y se puso a bailar, con gracia autómata, catorce danzas folklóricas, pero no pudo ofrecer a los expedicionarios milagro alguno. Por eso, “girando sobre sí mismo, apuntó con sus nalgas a los héroes y soltó un pedo luminoso que ascendió en la noche hasta el cielo de los fijos y se ubicó en la constelación de Centauro, entre las estrellas alfa y beta. Hecho lo cual se desvaneció en la negrura”.

La melopea de los sapos-cisnes del bañado es una letanía de los usos folklóricos y científicos (brujería y terapéutica) con que los hombres atentan contra su frescura natural y poética. Silenciosamente, el texto avisa aquí y allá, proponiendo mensajes simbólicos: “las aguas infernales”, “el silencio del espíritu sin la esperanza del Verbo”, el misterio del Cuaderno de Tapas Azules.

Tras la regocijante payada entre Franky Amundsem (inmigración nórdica y rica) y el payador Tissone (“italiano de origen y aborigen de La Paternal”), Samuel Tesler confiesa su devoción por la sabiduría popular portadora de una misteriosa ciencia infusa que relaciona con la kabalá: “abominó en público de la ciencia erudita que profesaba, y anunció que solo escucharía en adelante las voces del saber gnómico, infuso en los humildes por el muy alto y muy escondido Tetragramaton”.

Es Samuel Tesler quien bautiza a la Buenos Aires visible. Samuel anticipa a Adán el título de una obra que está escribiendo: “La Ciudad del Búho contra la Ciudad de la Gallina”: “Desplumo la gallina y la meto en la olla hirviente de mi análisis. Le añado el choclo de la melancolía y el alegre perejil del sarcasmo”. Según Adán, será un buen ejemplo de nuestra literatura: “un pucherete a la criolla”. Samuel sostiene que, a través de su obra, “se verá un pueblo cacareante que remueve la tierra con sus patas afanosas y que picotea día y noche sin acordarse de la triste Psiquis, sin levantar los ojos al cielo, sin escuchar la música de las esferas”. Entonces, es cuando propone “que la paloma del Espíritu Santo sea cambiada por una gallina bataraza en el escudo de Buenos Aires”. La Ciudad de la Gallina será entonces unos de los nombres de la gran metrópoli que frecuentamos, azorados, los argentinos que no podemos viajar a París. Pero hay otro nombre para la ciudad que Adán peregrinó con su “grupo ebrio de la nave de locos”, camino hacia la Venus Terrestre, la Venus demónica y popular. Ciudad visible, cuya vigencia niega con un acto negativo que destruye la primera negatividad de la cultura oficial. Rito oscuro y necesario para matar la muerte en la también conocida como apocalíptica Ciudad de la Yegua Tobiana.

3.-Cacodelphia, Calidelphia, Philadelphia

Veamos ahora la contracara de la Buenos Aires visible sumida en la desorientación y tristeza que nace de lo múltiple. El astrólogo Schultze las llama Cacodelphia y Calidelphia. La primera, ciudad atormentada, nos sume en un descenso a las oscuridades, a las zonas inferiores del ser que es nuestra obligación agotar para poder iniciar el ascenso a la segunda, ciudad gloriosa. Pero el caso es que no son dos ciudades mitológicas. Existen realmente. “Es más, dice el astrólogo, las dos ciudades se unen para formar una sola. O, mejor dicho, son dos aspectos de una misma ciudad. Y esa Urbe, solo visible a los ojos del intelecto, es una contrafigura de la Buenos Aires visible”. Y aquí volvemos a Goethe: no todos los caminos son para todos los caminantes. Quien no quiera hincar el diente en la “médula metafísica”, lo mismo se va a divertir.

Lo cierto es que el Adán porteño quedará, al final de la novela, sumergido en el último círculo del infierno, al “borde mismo de la Gran Hoya” frente a la inmensa masa de gelatina, especie de molusco gigante: “Es el Paleogogo”, me advirtió Schultze gravemente”. Y Adán lo define con una retahíla de dichos populares que concluye con el sonoro: “Solemne como pedo de inglés”. El personaje, azorado, está en el fondo del infierno, pero, a la vez, triste ante la manifestación de lo diverso de la Buenos Aires visible, confiesa que sólo le fue dado rastrear al Verbo “por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje”. En un mundo de “capitalistas desalmados e inspectores coimeros”, Adán “levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota”.

Veamos, ahora, cómo lo teatral, a que aludíamos antes, se manifiesta mediante el registro de la farsa. Adán Buenosayres, oscilando entre lo ridículo y lo sublime, funciona permanentemente como la memoria en acto del pueblo. Es la memoria como preservación de las promesas y potencialidades que han sido reprimidas por la civilización hegemónica del occidente anglosajón.

Ahora bien, las liturgias de la cultura popular suelen manifestarse mediante lo farsesco. Sus componentes se presentan heterogéneos y mezclados. Los especialistas hablan de burla, broma, parodia, donaire, humor, sátira, danza. En efecto, la farsa tiene que ver con la imaginación, la inspiración, la locura y la religión. Frente al mundo oficial, construye un anti-mundo inseparable de la libertad. Pone de relieve una verdad no oficial que no es autoritaria ni restrictiva y se relaciona con lo utópico y con la risa. La risa no respeta prohibiciones. El poder nunca habla el lenguaje de la risa porque la risa vence el miedo y lo amenazante. La risa ha sido siempre un arma del pueblo porque, de lo farsesco, nace un sentido participacional intenso. Es un canto de alegría vital. No es representación, es vida. Articula razón y sin-razón: es la imaginación de paso a una luminosa suprarracionalidad. Como apertura hacia aquello que podemos ser, hace estallar las grietas estructurales. En consecuencia, lo farsesco es un cuestionamiento a la seriedad de las minorías dominantes. Pero no puede enfrentarlas directamente, por eso recurre al humor. Amasijo de ternura, cariño, deseo, es algo distinto de lo estrictamente político: es “hacerse el loco”, es reírse del desorden introducido por las minorías explotadoras. Pensemos que el Adán…fue iniciado y escrito a lo largo de la Década Infame y publicado en 1948, en plena exaltación, victoriosa y desenfadada, de la cultura de la fiesta. Recordemos que la novela fue reprimida por intelectuales serios, por la cultura letrada, por los consagrados por el canon, que acusaron el golpe de la risa marechaliana hondamente arraigada en la tradición popular criolla, en la cultura no canónica de occidente (Rabelais), en el desarrollo paródico del relato clásico (Homero) y con una apertura a lo metafísico y suprarracional (San Isidoro, Dante, Guenon).

4.- La farsa como profecía

Tomando lo farsesco como negación de la vigencia de los cánones impuestos por la cultura oficial, hemos elegido un episodio del infierno zchultzeano por su actualidad y su carácter de vaticinio. El escenario: un recinto parlamentario, bancas en hemiciclo, tribuna presidencial, palco de prensa, barra. Una escena: los diputados en sus bancas, el presidente en su tribuna, los cronistas en sus pupitres. El Parlamento funcionaba casi sin ruido, con cierta deshumanización en los gestos que hacía pensar en una máquina bien aceitada.

Frente al hemiciclo, sobre un pedestal, estaba sentado un extraño personaje: “era un hombre rústico, de facciones tostadas y expresión atónita, que vestía bombachas de campo y un poncho de vicuña muy raído; en la base del pedestal se veían canastos de rosas y placas de mármol cuyas letras decían: A Juan Demos, homenaje de sus apasionados admiradores.” Los diputados discuten largamente la manera de computar el quorum. Los nombres de los legisladores son alegóricos, puesto que guardan una relación causa-efecto con lo que representan. Veamos algunos: Olfademos, o sea, “olfa” del pueblo; Plutófilo, o amante del dinero; Asinus, es decir, burro; Úngula, uña, cierta alusión al latrocinio; Vulpes, la vulpeja o zorra astuta siempre dispuesta a engañar; Cacófono, que suena mal. Se podrían agregar otros: Aristófilo, Equis, Alpha, Corno, Psittacus, Lunch que dan señales de preocupaciones seudoculturales, de afición a la comida o una excesiva despreocupación.

Todos estos diputados discuten acaloradamente banalidades reglamentarias. Por fin, se impone una moción. Entonces, Olfademos se dirige a Juan Demos y le pregunta: “¿Qué le parece don Juan? ¿Ha visto como acabo de jugarme a fondo por Ud.?”

Don Juan le responde: “Lindo”, pero aclara que no entendió gran cosa de lo que decían los doctores: “Eso sí, tengo bastante frío: este poncho viejo parece ya una telita de cebolla” (p.701).

Los diputados se pelean. Úngula hace moción de que se cierre una ventana; Aristófilo mociona que se cierren dos ventanas, pero Lunch propone que se cierren todas las ventanas del recinto. Esta moción es aprobada por aplastante mayoría.

Satisfechos, los diputados continúan discutiendo aspectos puramente formales. Votan una y otra vez sobre interpretaciones descabelladas de formalidades reglamentarias. Visto el resultado, el diputado Cacófono se ufana de haber ganado una batalla para Don Juan Demos. Pero el hombre del pedestal contesta: “Algo voy entendiendo ahora. Es como jugar a la taba, ¿no es cierto? Sale culo una vez, y otra sale suerte. ¡Lindazo! Pero dicen por ahí, silabeó Don Juan, que entretanto, y bajo cuerda, ustedes andan malvendiendo mis cositas a los gringos. El caso es que tengo hambre.”

Al escuchar esto, el diputado Equis, interrumpió diciendo: “Estamos en el país del trigo”, y mociona para que se le sirva en el acto “un café con leche, pan y manteca”, pero Vulpes considera indecorosa la moción y propone que el café con leche sea con tres medialunas. Alpha, sube la apuesta y mociona cinco medialunas. Por fin, Asinus llega al climax demagógico: “Que se le sirvan todas las medialunas del buffet”. Por supuesto, gana la moción de Asinus y luego, “los legisladores recobraron sus actitudes mecánicas y el debate se reintegró a un tono de indecible melancolía”.

No estamos hoy en la esmerada Ciudad del Orgullo del infierno zchultzeano. En nuestros días, Asinus, Cacóphono, Alpha, Olfademos, Úngula, Vulpes, Antrax, sin distinción de géneros, “andan malvendiendo nuestras cositas a los gringos” aunque, como dice Juan Demos, el ponchito está viejo, la telita gastada y, por qué no decirlo, el hambre acosa.

Resulta que, en la actual y concreta patria visible, nuestros representantes se votan aumentos desmedidos de sueldo y luego tienen que dar marcha atrás. Paralizan la actividad legislativa y se suspenden plenarios de comisiones porque se han vuelto viajeros. Los medios de comunicación difunden, desde EE.UU., “autofotos” con un minibús rebosante de sonrientes parlamentarios argentinos disfrutando (¿pagados por quién?) el desenlace de los comicios estadounidenses en que se resuelve la disputa entre Donald Trump e Hillary Clinton[9]. ¿Habrá algún premio por vender “nuestras cositas a los gringos”, como decía Juan Demos?

Pero abandonemos la Ciudad del Orgullo. Volvamos a Villa Crespo. Adán Buenosayres, sumido en la noche oscura del alma, desde el fondo de su dolor penitencial, sueña una no-ciudad venidera. No existe, pero es “la razón de ser” de la esperanza. Es Philadelphia: ella levantará “sus cúpulas y torres bajo un cielo resplandeciente como la cara de un niño (…) Una muchedumbre pacífica y regocijada frecuentará sus calles: el ciego abrirá los ojos a la luz, el que negó afirmará lo que negaba, el desterrado pisará la tierra de su nacimiento y el maldecido se verá libre al fin (…) Porque Philadelphia será la ciudad de los hermanos y conocerá los caminos del cielo y de la tierra, como las palomas de buches rosados que anidarán un día en sus torres enarboladas, en sus graciosos minaretes.”

Por supuesto, esta visión no suprime los aspectos aparentemente farsescos de la “ciudad de los hermanos”, porque, después de todo, no son extraños a la turbulenta realidad de la Buenos Aires visible donde los hombres “no se robarán las botellas de leche, no pondrán la radio a toda voz”, ni “se llevarán por delante”.

Ciudad de la Gallina, Ciudad de la Paloma, Ciudad de la Yegua Tobiana, Cacodelphia, Calidelphia, soñada Philadelphia, Buenos Aires es la amada ciudad que, según Marechal, “universaliza nuestras esencias”. Borges[10], en épocas en que era el compañero “criollósofo y gramático” de Adán Buenosayres (1929) asistió a su fundación mítico-poética: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / la juzgo tan eterna como el agua y el aire.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 24/11/2016

Bibliofrafía básica:

[1] GUÉNON, René, 1987, El Simbolismo de la Cruz, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, Cfr.Cap. VII, “La resolución de las oposiciones”

[2] HERNÁNDEZ, José, 1960, Martín Fierro, Buenos Aires, Eudeba. “Me siento en el plan de un bajo/ a cantar un argumento. / Como si soplara el viento/ hago tiritar los pastos. / Con oros, copas y bastos/ juega allí me pensamiento.”

[3] MARECHAL, Leopoldo, 1948, Adán Buenosayres, Buenos Aires, Sudamericana. Todas las citas son tomadas de esta edición.

[4] “Juntando a los canes en torno suyo, doña Tecla se arremangó las polleras y enaguas, y soltó el pedo más retumbante que yo había oído en este mundo: – “¡Busca, busca! – le gritó a la jauría- ¡Busca, Pastor! ¡Busca, Diente!”

[5] ANDRÉS, Alfredo (reportaje y antología) 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez Editor.

[6] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Obras Completas III, Buenos Aires, Editorial Luz del Día.

[8] MARECHAL, Leopoldo, 1966, Cuaderno de Navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Vide: “Claves de Adán Buenosayres”.

[9] Cfr. DIARIO REGISTRADO, martes 8 de noviembre de 2016, “Legisladores viajaron a presenciar las elecciones estadounidenses y estalló la polémica”. Vide et. la fotografía subida por la diputada Graciela Camaño@Graciela Camano: “Rumbo a los centros de votación de Virginia y Mariland (sic)”

[10] BORGES, Jorge Luis, 1966,  Obra poética (1923-1966), Buenos Aires, Emecé, “Fundación mítica de Buenos Aires”( 1929). Según los críticos, en Adán Buenosayres, el personaje Luis Pereda es Jorge Luis Borges.

 por Jorge Torres Roggero (Artículo publicado en la revista El Avión Negro, Córdoba)

1.- Los Homoglobos

En el quincarlos-faytto círculo de su viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia, Leopoldo Marechal nos arroja, aferrados a una soga y entre violentas ráfagas, sobre una multitud de “hombres de goma inflados casi hasta reventar”. Son los Homoglobos. Sus gestos, fríos y solemnes; su discurso, “un verdadero camposanto de lugares comunes”. Está relatando la invención del Personaje o Figurón. El Personaje no es un “ente real” sino un “ente de razón” inventado por alguien. La esencia del Personaje es precisamente su falta de esencia, el vacío absoluto. Un Personaje bien cocinado habla siempre con supuesta idoneidad tanto de la situación de Medio Oriente como de la cocina egipcia o las internas peronistas.

Esta cosa pensaba mientras leía un artículo de Claudio Fantini, “La exclusividad de la impudicia” (La Voz, 01/11/ 2014) en que, tras “cartonear” en el basural a cielo abierto de la bibliografía más gorila, se solaza en numerar las impudicias peronistas. Lo que los demás deben ocultar, postula, los peronistas lo pueden ostentar. La culpa es de la “sociedad” que lo permite, que siente pánico ante el poder que detesta a los pusilánimes y “vive con la sensación de que solo el peronismo sabe sujetar el poder”. El artículo es una elegía, una lamentación anacrónica, una añoranza del golpismo, un solemne auto sacramental para ofrecer justificaciones a cualquier intento desestabilizador.

En eso estaba cuando terció Jauretche. Según el forjista, los figurones son el resultado de una técnica de fabricación: “La firma del personaje, o la simple aparición frecuente y destacada en los grandes diarios, sirven para construir el prestigio, prestigio que una vez logrado sirve a su vez para prestigiar las ideas y los hechos que el prestigiado apoya con su autoridad. Así constituido, el “figurón” va afirmando su personalidad a través de la cátedra, el libro prestigiado por los mismos medios, las academias, los premios científicos y literarios, las instituciones que consolidan el renombre adquirido (…) Es toda una construcción artificiosa y regulada cuyo acceso se logra a medida que se acredita la obsecuencia al aparato, y se da la certidumbre de que responderá con el prestigio que se le presta, dando prestigio a su vez”.  Y aquí es donde entra a tallar la historia del “doctorcito del sombrero aludo”.

2.- El doctorcito del sombrero aludo

Como siempre, Arturo Jauretche no se anda con vueltas para ilustrar su pensamiento. En 1958, proféticamente, nos mostró el nacimiento y los primeros pininos de un personaje que en nuestros días da mucho que hablar y que él había catalogado ya en épocas de FORJA. Decía Jauretche: “Para que mis lectores vean, por ejemplo, cómo se fabrica un personaje, los voy a invitar a que sigan la publicidad periodística sistemática que se le está haciendo a una llamada “campaña de educación democrática”, cuyo objeto es ir fabricando con tiempo un nuevo personaje que lo será, a la distancia, aunque sea una “distancia larga”, como decía Balbín, un mozo que fue candidato a la presidencia de la República y que desde luego tuvo prensa favorable.

“El personaje que están fabricando es un doctorcito Fayt que un día, con el título nuevecito, un sombrero aludo de esos de ribete, y tres guantes, los dos para ponerse y el de llevar en la mano, se apareció en FORJA y se afilió. “Pidió en seguida la tribuna y se la dimos tres veces. A la tercera lo llamé y le dije: “Vea, joven, usted no entiende lo que es FORJA, porque usted es un liberal crudo y su puesto está en el Partido Socialista. Acerté, porque actualmente actúa en el mismo y habla, habla, habla; ¡la pucha si habla!, y tiene prensa a bocha como que La Nación y La Prensa le dedican todas las semanas su buen cuarto de columna. Están fabricando un comodín, como hay tantos”.

Jauretche escribía esto en polémica con la Revolución Libertadora. Los profesores peronistas habían sido expulsados de la universidad. El decreto 6043 de Aramburu prohibía que fueran admitidos en los concursos. José Luis Romero, interventor en la Universidad de Buenos Aires precisaba aún más las restricciones a: “Los que hayan propuesto o participado en actos individuales o colectivos, encomiando la obra de la dictadura, realizados dentro o fuera de la Universidad, invocando o no su condición de universitarios”. El pretexto puede ser Perón o, en su momento, Yrigoyen. Pero el objeto es siempre el monopolio de la universidad por el pensamiento anti-nacional y oligárquico.

Recordemos. El 5 de setiembre de 1930, el decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA dictó una resolución en que asume como propio “el imperativo enunciado, en forma indeclinable por la conciencia juvenil, de exigir la renuncia del Presidente de la Nación, Sr. Hipólito Yrigoyen y la inmediata restauración de los procedimientos democráticos dentro de las normas constitucionales”. El decano golpista era Alfredo L. Palacios y los secretarios Julio V. González y Carlos Sánchez Viamonte. Tres personajes del socialismo cuya “transparencia” dice haber heredado “el doctorcito de sombrero aludo”. Son los famosos “maestros de juventud”. Gracias a ellos, los estudiantes reformistas apoyaron los golpes que voltearon los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón.

En 1955, hubo jueces (Orgaz, Galli, Soler, Busso) dispuestos a avalar cualquier medida contra el pueblo y la patria. El “cansancio moral” que pretextaban nos les impidió declarar la constitucionalidad del Decreto-Ley 4161/56 que prohibía cualquier alusión a Perón, su esposa, y su doctrina. Ante el cuestionamiento a las sanciones impuestas a un periódico que elogiaba la obra de la Fundación Eva Perón y el pedido que se declarara inconstitucional la sentencia porque reprimía el derecho de expresar por la prensa aquello que, “bueno para unos y malo para otros, había quedado incorporado a la historia política del país”, la Corte desechó el reclamo. Consideraba absolutamente razonable que, en un período post revolucionario, las autoridades surgidas de la revolución establecieran restricciones a la propaganda contrarrevolucionaria, a la exaltación de las doctrinas y del estado de cosas que dieron origen, precisamente, a la revolución. Y pensar que, en nuestros días, la Corte avala las cautelares que blindan el poder hegemónico de las grandes corporaciones mediáticas, financieras y económicas.

Fruto tardío de la restauración oligárquica de 1955, sombra inasible del doctorcito al que Jauretche profetizó una “distancia larga”, el Dr. Carlos Fayt persiste en recitar la melopea que lo autoconstruye como personaje impoluto y letrado. Lo poco que sabemos de él proviene del reportaje concedido a la revista Lecciones y Ensayos de la Facultad de Derecho. Veamos cómo explica su llegada a la cátedra universitaria en la Universidad de la Plata y, luego, en la UBA.

“Producida la revolución que depone a Perón, dice, se designan interventores en las universidades y están libres las cátedras. Yo recibo la invitación del designado Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata para hacerme cargo de la cátedra de Historia de las Instituciones Representativas, pero también estaba vacante la de Derecho Político. Al poco tiempo de desempeñar la primera, hablé con el Decano y le dije que me parecía que iba a ser más útil en la segunda, me interesaba más la cátedra de Derecho Político. (…) Después de esto me ofrecen la cátedra que estaba vacante, que era la única que existía, en la Capital Federal, es decir, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, me refiero a la cátedra de Derecho Político”.  Como es fácil advertir, el relato contiene una especie de milagro: se depone al tirano, se intervienen las universidades y, maravillosamente, las cátedras quedan libres, en oferta para “doctorcitos de sombrero aludo”. Nada dice de la persecución a los docentes (aún a los no peronistas), nada de las proscripciones, nada del asalto impune a las organizaciones estudiantiles peronistas, nada de la entrega descarada de las cátedras y cargos universitarios a socialistas, comunistas y algunos radicales “reformistas” y a sus “maestros de juventud”. El “personaje” Fayt todavía era socialista. En 1969, Jauretche agrega esta nota a su predicción de 1958: “A estas horas, 1969, ya está fabricado, en profesor universitario, concurre a toda clase de congresos y es personaje en puerta para académico. Reemplazaría a los Sánchez Viamonte y a los Linares Quintana ya muy deteriorados por el uso, y bolillas demasiado conocidas”

Estaba recogiendo los frutos de la “campaña de educación democrática” encarada junto a su maestro, Carlos Sánchez Viamonte, autor de un libro de Derecho Constitucional que fascinó a Fayt. Sánchez Viamonte, feroz antiperonista, fue autor de un Compendio de Instrucción Cívica. Y ese es el costado comercial de las campañas de educación cívica del doctorcito y su maestro. Tras la caída de Perón, se instauró en la escuela secundaria la materia Educación Democrática y, hasta en las escuelas religiosas, el manual obligatorio fue el de Carloncho Sánchez Viamonte, socialista, pero de “familia patricia” y alta sociedad.

A Fayt tampoco le fue tan mal. Según él, durante la Revolución Libertadora, en sus campañas de educación democrática, “se proporcionó tribuna a los sin tribuna”. Fueron una experiencia de tolerancia, civilización política y participación popular. Sin embargo, algo calla el “doctorcito de sombrero aludo”: en ese momento, millones de peronistas estaban proscriptos, ni siquiera podían pronunciar el nombre de su conductor sin marchar presos. ¿Qué democracia predicaba? Por cierto, nada de denuncia sobre fusilamientos, torturas, operaciones masacre, clausura de periódicos, derogación por decreto de la Constitución. Tampoco cuenta un episodio frecuente en sus jornadas cívicas: a veces, los pibes de la naciente juventud peronista en la resistencia le arrebataban el micrófono, gritaban “¡Viva Perón!”, y salían corriendo para no ser detenidos.

Eso sí, tras un viaje a Europa para orientarse sobre cómo organizar su materia, logró sistematizarla en sus libros de Derecho Político, textos canónicos en las facultades de derecho. Y como Sánchez Viamonte, escribió también su Compendio. Fue, confiesa, “un acto de amor a los estudiantes”, “para facilitarles las cosas”. Con esa sinopsis “podían recordar esa materia y repasarla en dos horas antes de dar el examen”. El éxito lo “convierte en un clásico” y en texto obligatorio en universidades de Paraguay y Perú. En Argentina, más de once ediciones. Buen negocio el de la democracia y la transparencia socialista: un compendio, una prolija recopilación de teorías sin sustento en nuestra realidad, dan pingüe ganancia en universidades y facultades en que los profesores simulan ser apolíticos y los alumnos recitan de memoria.

3.- El Guinness de la incoherencia

En los últimos tiempos, el doctor Carlos Fayt, ahora de 97 años, vocal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se ha convertido en el centro de una polémica político-judicial en virtud de que se mantiene en el cargo pese a su avanzada edad. Distintas voces del gobierno consideraron que el juez debería dejar el cargo, e incluso desde el propio Poder Judicial crecen los comentarios sobre su real capacidad para ejercer sus funciones puesto que ya no concurre asiduamente el Palacio de Justicia de Plaza Lavalle.

Ya vimos cómo la revista Lecciones y Ensayos le dio pie, en una larguísima entrevista, para que se autoconstruyera como personaje de la democracia. Sin embargo, el eje predominante en sus memorias, es un acendrado antiperonismo. Su libro Naturaleza del Peronismo, si nos atenemos a la autobiografía, es apenas una inocente compilación en que hace gala de una generosa amplitud en la elección de los colaboradores. Sin embargo, la introducción, de 130 páginas, es un manual de antiperonismo. De acuerdo a su criterio, el peronismo, que carece de entidad propia, puede obedecer a tres factores:

1-El peronismo es simplemente Perón; o sea, “el peronismo sería un producto de la voluntad de poder del coronel Perón”.

2.-El peronismo es la versión argentina del fascismo italiano. “El peronismo sería un producto del nacionalismo argentino, que convirtió a las masas obreras en su instrumento, despojándolas de su espíritu de lucha”.

3.-El peronismo fue una necesidad histórica y sería la expresión de la lucha de los nuevos sectores de la clase media y de los sindicatos, pero como meros instrumentos. Para Fayt, “el peronismo es por naturaleza un movimiento fascista y totalitario, de un paternalismo elemental y directo”. Siempre, confiesa, “critiqué a los partidos -al peronismo y al radicalismo- que compran votos”. Por eso, en su libro no habla de la soberanía argentina sino de la “sobornería” argentina.

En este momento, el juez Fayt, Homoglobo ilustre, sigue respondiendo, ya mecánicamente, a las instituciones que le consolidan el renombre adquirido y lo “necesitan vivo”. Es conocida por todos la acordada que “re-re-reeligió” a Lorenzetti como presidente de la Suprema Corte de Justicia desde marzo de 2016 cuando todavía le faltaba un tercio de su mandato. La irregularidad de esa reelección adelantada puso de manifiesto que el Dr. Carlos Fayt no concurría desde hacía un mes al Palacio de Justicia y le llevaron todo redactado para que lo firmara en su casa. Jorge Caballero, en una nota de Tiempo Argentino titulada “La corte de la minoría automática”, pone en dudas la idoneidad del juez. “No son, dice, sus habilidades pasadas o el ritmo de su respiración lo que está en discusión”. La pregunta, sostiene, “es si Fayt entiende lo que firma o le hacen firmar un documento que “lo ubica en un lugar cuando estaba en otro”.

Comentando esta nota, la Presidenta CFK, ante la andanada de republicanismo y transparencia democrática de Clarín y la oposición que denuncian ataques a la Justicia por parte del gobierno, demuestra la contradicción de la corporación mediática y desestabilizadora. En efecto, el 24/08/1999, Clarín criticaba que no se aplicara la cláusula constitucional de los 75 años en el conocido “fallo Fayt” que exime al juez, en aquel entonces de 81 años, de cumplir con dispuesto en el artículo 99, inc.4to., denuncia la actitud corporativa del Poder Judicial y la declara contraria a la “voluntad política de los legisladores y los constituyentes”. La contradicción entre la postura actual de Clarín y la de 1999, según la Presidenta, “merece el Guinness de la incoherencia”.

Volviendo a Marechal: la historia del Homoglobo, o Personaje, o Figurón, que se aliena a tal punto que deja de ser el mismo para “pillársela” y pasar a ser la ficción de los intereses que lo construyen y le insuflan la bolsa de oxígeno del prestigio, se titula en realidad: “Invención y muerte del Personaje”. Muerte del “Personaje”, entiéndase bien. Nosotros sólo nos entretuvimos en desatar el pico del globo para que silbe al aire y escape de su envoltura. Su pneuma será bendecido por Monseñor Poli que llamó a Fayt “venerable y sabio letrado” y advirtió que, al cuestionarlo, se vulneraba “el orden constitucional” y las “normas éticas fundamentales de la convivencia pacífica”. ¡Otra vez la Libertadora!

La patria1.- Lastimarse la mano

Iniciamos estas reflexiones con una primera sospecha: bajo su aspecto de chatarra, el hombre Robot, una de las prosopopeyas recurrentes en la obra de Leopoldo Marechal, esconde cierto “lustre de metales alquímicos”. Tal conjetura, nos inclina a considerar dos modos de conocer imprescindibles para acceder a un “pensar total”: el símbolo y la alegoría. En los textos que vamos repasar, ambos se entrecruzan y dialogan.

Según G. Durand[1], la alegoría funciona como una traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple. Por ejemplo, cuando representamos a la justicia como una persona que castiga o absuelve, estamos configurando una alegoría. Si esa persona está rodeada por ciertos objetos o usa de ellos (espada, tablas de la ley), compone un emblema. Por último, si se recurre a una narración como ejemplo de un hecho justo, real o alegórico, se trataría de un apólogo. Los signos alegóricos, postula, remiten a una realidad significada difícil de presentar..

Ahora bien, si el significado es imposible de representar, entramos de lleno en la imaginación simbólica. El signo, en tal caso, no sólo denota un significado, sino que, a la vez, se orienta a un sentido. No se trata de una abstracción o noción generalizante, diferente de sí misma, sino de la idea misma hecha sensible, encadenada, fuera de un programa conceptual: “El símbolo, como la alegoría, conduce lo sensible de lo representado a lo significado, pero, además, por la naturaleza misma del significado inaccesible, es epifanía, es decir, aparición de lo inefable por el significado y en él”.[2]

El dominio predilecto del simbolismo es, entonces, lo no-sensible bajo sus más variadas formas: inconsciente, metafísica, surreal, sobrenatural. Cosas ausentes, imperceptibles. Lo epifánico prefigura la   emergencia de un sentido latente, instruye sobre la aparición de algo misterioso o, por lo menos, extraño. Tales, en resumen, algunas conclusiones de G. Durand.

En Leopoldo Marechal, si bien aparecen alegorías, recurso retórico peticionado por la didáctica en su carácter de metalenguaje básico dirigido sobre todo a la fijación de la figura del seudogogo o propalador de la palabra falsa, todas las imágenes se resuelven mediante lo que él denomina “energía viviente del símbolo”.

Destacar su importancia, nos arroja sin más a un sistema de configuraciones que funciona como un laberinto.[3] Imaginemos, por ejemplo, un   conjunto de alegorías, que leído como una totalidad genérica (novela, poema, cuento), concluye por fraguar un símbolo como forma operativa de intelección y representación de lo decible pero no dicho.

En consecuencia, rastrear símbolos en la obra de Leopoldo Marechal puede constituirse en un viaje infinito. Interminables itinerarios entrelazan una red numerosa y dialogante: la doble batalla, la teatralidad, Gog y Magog, la Cuesta del Agua, la alquimia, la cruz, la vestimenta, el viaje, la guerra, el laberinto y tantas otras que podrían agregarse a esta nómina inconclusa. A veces parte de una alegoría como figura inicial. Por ejemplo, el banquete es una elección muy racional y cargada de lastre filosófico, pero constituye el umbral para una entrada a diversas vías de aproximación simbólica (bíblicas, alquímicas, míticas). Baste memorar estos dos caminos iniciales de la figura inmemorial del convivio y su primera bifurcación: por un lado, es deipmon (comida), alimento del cuerpo; y, por otro, potos, (conversación), presencia del espíritu. ¿Qué mensaje estaba depositando Marechal en el humus fértil del corazón del pueblo cuando hablaba de dos batallas? ¿Qué tienen que ver la batalla terrestre y la batalla celeste con el destino individual y social del sujeto histórico concreto? ¿Qué pito toca el argentino de carne y hueso?

 La obra de Leopoldo Marechal es tan amplia que resulta, sin duda, difícil tratar de definir cuál es el mensaje que nos deja en relación a la patria y su historia, al mundo y su futuro en el milenio. Citaría, para comenzar, una estrofa suya que nos habla acerca de lo que le secreteó el surubí al camalote: “No me dejo llevar por la inercia del agua/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río”. El que retrocede avanza y el que avanza retrocede. Quizás en este camino del surubí esté diseñado el camino que Marechal nos trazaba para una posible lectura de sus obras y también para rastrear el sentido que daba a la literatura. Pensemos en el surubí: un pez que navega contra la corriente en busca de la infancia del río, es decir, de un centro primordial, de una fuente de agua viva, de un lugar de alegría: la palabra primera.

Por eso, lo que me interesa destacar ahora es su abordaje del sentido profundo (pienso en Bajtín) y su tratamiento del símbolo. No el símbolo literario, sino el símbolo como una energía viviente, como soporte para el salto metafísico. Marechal lo repite constantemente: consideraba al símbolo en el sentido epifánico del Evangelio. Repetía con frecuencia la frase de la escritura que dice: “La letra mata y el espíritu vivifica”.

Seguía, en consecuencia, una tradición que arranca en lo más profundo de la cultura occidental y, en esa búsqueda, estaba pronunciando a sabiendas una epifanía sobre el destino de América. En sentido guenoniano, rastreaba el lado interno del Verbo, sede de la universalización de nuestras esencias. Denunciaba todo lo que había de profanatorio “en la utilización meramente literal de los mitos y de las literaturas tradicionales”. Cuando eso se da, la consecuencia es terrible: la letra matando al espíritu es un suicidio riguroso. Y las modas que se reducen a una mera literalidad carecen, para Marechal, de todo futuro posible.

Desde su perspectiva, la literatura tiene un valor terapéutico. Por eso hablaba de “la energía viviente de los símbolos”. Se trata de un “arte de vivir” no apto para pseudogogos, es decir, para los profesionales de la letra muerta. Los pseudogogos son aquellos que enseñan desde la letra muerta, los prisioneros de cierta literalidad mutilante que conlleva el degüello de la alegría y la belleza.

Toda la obra de Marechal exige una lectura en clave simbólica: simbolismo del viaje en Adán Buenosayres; simbolismo escatológico de un final de finales en El Banquete de Severo Arcángelo que es el libro que, a lo mejor, hoy tenemos que leer para desentrañar el misterio del milenio; pero, además, ese Megafón que, escrito en horas cruciales de la patria, despliega el simbolismo de la guerra.

Cualesquiera sean sus símbolos (el viaje, la guerra o el tiempo final) la obra de Marechal se refiere siempre a aconteceres del hombre, de la cultura y del cosmos. Es muy importante tener en cuenta esto para entender qué es lo que dice cuando habla de patria celeste o de patria terrestre, de lo contingente y de lo absoluto. Es necesario distinguir entre una historia que podríamos llamar profana, o sea, lo que para Marechal es el aspecto inferior del mero acontecer, y la historia sagrada. El simbolismo es, entonces, la vía de conocimiento que Marechal elige en una edad sombría en que predomina el racionalismo reductivista. En ese sentido, es interesante el uso del simbolismo solar y el simbolismo lunar. El sol, símbolo del corazón, del intelecto amoroso; y la luna, con su luz prestada, símbolo de la razón refleja. “Reflexionar”, “especular”, son palabras que se pueden relacionar con reflejo y con espejo, con la luz lunar, luz penumbrosa de la edad sombría.

Marechal, hablando del descenso y ascenso del alma por la belleza, postula que la razón busca poseer una esencia viva, pero sólo logra un concepto helado; la razón dice, opera como el espejo que sólo toma y devuelve una imagen del objeto enfrentado con él y no el objeto mismo que sólo puede ser aprehendido por el intelecto amoroso.

Es apasionante, también, la aplicación a nuestra realidad nacional de los grandes simbolismos tradicionales. A través de esos símbolos universales, que están en todas las culturas, logra una síntesis, une las mitades dispersas: la de la pertenencia a una tierra, a un destino peculiar, individual, singular, y la de la participación en una humanidad y un cosmos. Por eso es bueno recordar el simbolismo que despliega en Megafón: el de la figura inmemorial de la víbora, en que la verdad más alegre, la verdad del pueblo, refulge victoriosa. Como la víbora, el pueblo rompe siempre la peladura de los viejos figurones, y deja ver, en el momento exacto, su piel brillante, su verdad incontrastable.

Por último, respecto al tema de los simbolismos, quizás es bueno acordarse de un fragmento de Marechal referido al extraordinario poder del lenguaje simbólico. Nos habla de que cómo los símbolos que parecen muertos, alguna vez resucitan; de cómo, este camino de la búsqueda y construcción de la patria terrestre de acuerdo al plano eterno de la patria celeste, es un camino que implica toda nuestra vida y que la lectura de los símbolos es una lectura que supone un compromiso.

Quizás lo más hermoso que se haya escrito sobre los símbolos, sobre su valor y sobre su energía, sea este conjuro de El Banquete de Severo Arcángelo[4]: “Hay símbolos que ríen y símbolos que lloran, hay símbolos que muerden como perros furiosos y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel; hay símbolos que aguardan como bombas de tiempo junto a las que pasa uno sin desconfiar y que revientan de súbito pero a su hora exacta; hay  símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles para el salto del alma voladora y símbolos que nos atraen con cebo de trampa y que se cierran de pronto si uno los toca y mutilan entonces o encarcelan, y hay símbolos que nos rechazan con su barrera de espinas y que nos rinden al fin su higo maduro, si uno se resuelve a lastimarse la mano”.

 2.- El toro por las guampas

Resucitar símbolos mediante una poética, puede configurarse como una tarea revolucionaria. Megafón[5], la gran voz militante, organiza operativos incruentos para desnudar la traición de la oligarquía. Ayer, como hoy, su supervivencia depende de que el imperialismo la sostenga de las agallas. En su “horizonte mental” no cabe una noción de Patria, tampoco la rapsodia de sus destinos posibles.

Lo que pasa es que un horizonte es un círculo cerrado, y la Patria es “un animal viviente” que se desenrosca en expansión y en exaltación: “Usted habló recién de un pueblo “sumergido”, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que la vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel externa de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. “- Y quién es la Víbora?” – inquirí en mi falso desconsuelo. “- La Patria” – dijo Megafón”.

En un país en que el coraje militar, después de haber sido ejercitado contra el propio pueblo, se ha reducido “a una mera costumbre administrativa”, deja de ser “una fuerza o esfuerzo del corazón”. Ya “no hay soldados”, apenas si tenemos “fuerzas armadas”.

El pueblo, entretanto, sumido en los trabajos y los días del país real, se entrega a sus propias virtualidades y construye para sí mismo, en cierta “viviente anarquía”, abierto a todos los posibles, la gran aventura de la revolución: “Una revolución no vale tanto por su doctrina, cuanto por las aberturas que ofrece a lo posible”. Cuando el enemigo de la Patria parece haber privatizado hasta el idioma, bien de todos, el pueblo raspa en el fondo de la olla tiznada de sus jornadas de hambre total, “la vieja sustancia del héroe”: “recoge todas las botellas tiradas al mar”.

El pueblo es una gran memoria y la memoria siempre está en movimiento. Con su movilidad, derrota al espacio y al tiempo. Como la golondrina tiene dos primaveras. Por eso, si un régimen de “anarquía ordenada gobierna misteriosamente un país real, sus habitantes deben vivir en estado de asamblea, día y noche, sin dejarse agarrar por los fantasmas de turno; y cualquier happening es una útil asamblea de ciudadanos”.

Pero todo combatiente del alba del Gran Día sabe que, en la víspera de la gran batalla, se produce el vacío. Como profiere Megafón: “lo malo es que soy un hombre de anteayer y un hombre de pasado mañana”. Sabe que está “entre dos noches: la de atrás con un sol muerto y la del frente con un sol que no asoma todavía”. Sabe que, en toda lucha, aflora el problema entre sus vanguardias y sus retaguardias. Sabe que, como le reveló un brujo de Atamisqui, “la última vanguardia es útil cuando se relaciona con la primera vanguardia”.

Y la primera vanguardia, la primordial, es la fuente del sentido, la que hace que valga la pena vivir y morir en la guerrilla sin término por rescatar a la Patria de los que la ultrajan y malvenden. En la “batalla celeste” está el germen de todas las victorias del pueblo que es el guardián del secreto de los símbolos que ocultan su destino. Megafón, “con los dientes rotos de morder simbolismos” de “dura la cáscara y jugo difícil”, piensa que ha llegado la hora de desatar los furores que relampaguean en los adentros del pueblo: “¡Quiero agarrar el toro por las guampas!”

En el centro del tenebroso lupanar del Tigre donde el héroe va en busca de Lucía Febrero, se respira el aliento de la Bestia: “un neuma sin neuma sopla donde quiere Tifonéades el griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad. ¡hermanos, el simbolismo es para quienes usan algo más que los ojos faciales y un tercero en el culo visto quevédicamente!”

Mediante el humor, Marechal construye un pasaje que transita desde la profanación de los símbolos a su gozosa epifanía. Porque Lucía Febrero, la novia olvidada, no es una bestia cornuda, es la fuente de las energías vivientes del pueblo: “toda ella es un canto a la libertad, y una risa de libertad y una danza caliente de la libertad, como si la integrara una bandada inmensa de palomas en vuelo”.

Megafón, preso, torturado, desaparecido, descuartizado, “ha triunfado, recibe de la novia primero la “mirada”, en seguida el “saludo” y finalmente “la voz”. Eso es lo mismo que recobrar la “teoría”, la “salud” o alegría de pueblo, y la “palabra”.

Hebe, la Gran Madre, acaba de convocar, con la lucidez, el ejemplo y la voz cantante, a combatir con alegría y con una presencia constante que rebalse en calles y plazas. Según Marechal, las vicisitudes exteriores de las dos batallas guardan, por lo menos, cierta contradicción militante. Su fondo secreto es asediado por dos organismos iniciáticos: uno, está consagrado a estudiar las distintas aristas de la doctrina megafoniana; otro, más dado a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis “capaz de hacer polvo” el esquema gris “de Buenos Aires y el país entero”.

El mensaje del Megafón marechaliano nos convoca, por un lado, a vivir día y noche en estado de asamblea; por el otro, a la invencible esperanza: “Sea como fuere, todo aquí está en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

Jorge Torres Roggero

[1] Durand, Gilbert, 1971, La imaginación simbólica, Buenos Aires, Amorrortu

[2] Durand, Gilbert, cit.: 14.

[3] Marechal, tras el rechazo de lo externo y literal, se lanza al rescate del “valor originario de la palabra”: “todos los gestos han perdido su energía ritual y su fuerza mágica”. (Marechal, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 149 y ss., 258 y ss.

[4] Marechal, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana

[5] Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Las citas son tomadas de esta edición.