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por Jorge Torres Roggero

carrillo sanadorHacia 1954, Ramón Carrillo sufre los embates de la enfermedad (intensas cefaleas diarias que predicen agravamientos) y la ingratitud de quienes deberían ser sus compañeros. Por un lado, su salud se deteriora y, a pesar de su entrega total, surgen diarias imposibilidades; por el otro, la ausencia de Eva Perón, el ascenso del traidor Tessaire, dejan a Perón rodeado de adulones, arribistas e envidiosos. El Jefe sufre ahora la intemperie y soledad del poder.

A Carrillo se le hace cada vez más difícil tomar contacto personal con el general; plantearle, como siempre lo hizo, cara a cara los problemas. Esto da origen a las magníficas cartas que Carrillo dirige a Perón que son ejemplo de respeto amical, confianza y lealtad. El 16 de julio del 54 llega a decirle: “…necesito tener este desahogo en su confianza, para que sepa que este viejo amigo suyo, que jamás apareció para las buenas, que aguantó en silencio cuantos ataques injustos se le hicieron, siempre estuvo a su lado en los momentos difíciles, porque amo su obra titánica, porque la he visto nacer y crecer. Uno quiere al peronismo como se quiere a un hijo, porque sufrimos en su nacimiento y desarrollo. Es evidente que los neoperonistas, que a ahora nos corren a barrigazos por todos lados, no sentirán tanto como nosotros, los hombres de la guardia vieja. Al contrario, tratan de liquidarnos y desgraciadamente vamos quedando pocos. Tome estimado jefe y amigo, estas palabras como dictadas por el cariño y admiración que le profeso -y no por el deseo espurio de hacer méritos ante Ud.- que nunca lo hice por ser contrario a mi espíritu”.

La carta es una praxis extrema de la lealtad. Y ofrece, además, otra lectura de la realidad: Carrillo, guardia vieja, es en realidad, según hemos visto una vanguardia, una avanzada en política sanitaria. Llegó a proponer que cada fábrica debía ser un centro de salud, que la salud es una inversión con todos y cada uno participando de su financiación y sus beneficios. Además, la Cibernología y su técnica: la biopolítica.

El 16 de julio de 1954, Carrillo presenta su renuncia al Ministerio de Salud Pública de la Nación. El 15 de octubre de ese mismo año, en la cubierta del trasatlántico “Evita” de la flota del Estado, Ramón, su esposa Susana y sus cuatro hijos ven alejarse la ciudad ingrata, los rostros amados de los “cabecitas negras” con sus tonadas y sus esperanzas. Su destino es Nueva York. Nunca más podrá regresar a su patria.

Es el fin de epopeya política, su enfermedad avanza, la ingratitud de algunos, ponen a prueba su temple. Carrillo habita en los barrios más humildes de la gran ciudad de norte. Desea regresar: la oposición asedia al gobierno con ayuda de los medios y el imperialismo. Hacia 1955 comienza a enfrentar dificultades económicas. Con amargura, se entera del bombardeo del 16 de junio por aviones de la marina. A veces, la historia, vertiginosa, parece acelerarse. El 16 de setiembre estalla la subversión. La Marina no tiene otra táctica que la ley del odio: amenaza con la destrucción total. Los ingleses la han provisto, en alta mar, de las espoletas que necesitan para bombardear puertos y refinerías. Consciente de que debía ahorrar sangre de argentinos y de la perdurabilidad de su obra, Perón entrega su renuncia al Ejército y se asila en la Embajada del Paraguay. El vicepresidente, Alberto Tessaire, lloró ante las cámaras de TV y acusó a Perón de desleal, cobarde, dictador. A miles de kilómetros Carrillo se indigna ante la traición de Tessaire y, enterado de que el odio gorila quiere investigar a todos los funcionarios peronistas, gasta sus últimos centavos para enviar un telegrama a Lonardi en que pide ser investigado.

Su hermana Marta lo defiende ante la Junta Nacional de Recuperación Patrimonial justificando las dos casas que le han confiscado. Explica por qué fueron adquiridas y cómo fueron adquiridas. Era su único patrimonio junto a las obras de arte adquiridas a lo largo de su vida y su poblada biblioteca, la niña de sus ojos. Concluía la hermana: “El Dr. Carrillo que durante diez años ha manejado bienes del Estado por valor de más de cinco mil millones de pesos, está en la pobreza porque debe todo lo que aparentemente tiene. Es decir, no tiene nada”. Efectivamente, sus propiedades fueron compradas con créditos hipotecarios y corrientes, eran inferiores al margen correspondiente a su solvencia y estaban ubicados en las barriadas obreras de Villa Calzada y Adrogué. Diez años permanecieron interdictos estos bienes.

Más dolorosa aún le debe haber resultado la confiscación de los bienes de su esposa, Isabel Susana Pomar. Los había heredado de su padre José Pomar. Hombre de mediana posición, la había alcanzado con un negocio de farmacia en la localidad de Castelar. Téngase en cuenta que Isabel Susana Pomar se había casado con Ramón Carrillo en 1946 y su padre falleció en 1947. Como verán, la ley del odio no piensa: ¿de qué modo los bienes provenientes de esa sucesión pueden ser sospechados de enriquecimiento ilícito? Peor aún, también permanecieron diez años interdictos.

A Carrillo se le hizo imposible sostenerse en Nueva York. En su afanosa busca de empleo, logra que una empresa minera norteamericana, “Hanna Mineralization and Company” , lo contrate para una explotación a 150 kilómetros de Belem Do Pará, Brasil.

Fue el primer médico que vieron los obreros, indios caboclos, que vivían en condiciones infrahumanas y sometidos a una brutal explotación.

En el hospital de la ciudad no había servicio de neurología. El director trata de desalentarlo: no hay servicio especializado, no hay partida. Pero para Carrillo “no hay enfermedades, hay enfermos” y le responde que no le interesa cobrar sueldo. Al fin le dan el hueco de una escalera, una mesa y una silla. Poco a poco los jóvenes médicos se fueron acercando al “silencioso” médico argentino. Averiguaron su currículo y empezó a ser invitado a los ateneos científicos. Informados de su real identidad, comenzó a dar clases en el hospital. En el nosocomio de la fuerza aérea entrenó al personal en neurología, Cibernología y administración hospitalaria.

En 1956, su futuro parecía aclararse, pero sobrevino la muerte. Sufrió un derrame cerebral con parálisis de la mitad izquierda del cuerpo. Veinte días luchó con la muerte en el hospital de Belém. Falleció el 20 de diciembre a los cincuenta años de edad.

Pero la persecución de la ley del odio insistió hasta su último instante. Como Ramón, con ayuda de dos amigos, logró que le enviaran su medicación por avión desde Río de Janeiro, el embajador de la Revolución Libertadora (es difícil decir argentino), presentó una protesta ante la cancillería brasileña: ¿cómo, argüía, se proveían cuidados especiales y por vía oficial a un delincuente prófugo como Carrillo?

Su hermano Santiago, en carta a otra hermana, Carmen Antonia, le narra los avatares para la entrega y traslado del cuerpo de Ramón. Sus restos no pueden regresar a la Argentina. Allí quedará, en Belém de Pará, hasta que puedan volver a la patria. Es un modesto nicho municipal con una lápida de mármol negro con su firma grabada. Se buscó lo mejor y más aproximado a las costumbres argentina. En esa zona de Brasil era distinto. “Con decirles, prosigue Santiago, que aquí los ataúdes se alquilan. El fondo de los mismos se abre, girando sobre bisagras, como una trampera. Cuando se realiza un entierro, el cajón se ubica sobre la fosa y se abre el fondo, dejando caer el cadáver, al cual se lo cubre directamente con tierra. Por eso, cuando buscamos el cajón para Ramón nos encontramos con esa desgraciada novedad, que como se imaginarán, contribuyó enormemente a nuestro estado de ánimo”. En consecuencia, hubo que mandar a hacer el cajón de madera y la caja metálica. Y procuraron ponerlo en el lugar más alto para preservarlo de la humedad. Curiosamente, la ley del odio no puede barrer contra el viento de la historia. Los restos de Ramón Carrillo, el Ángel Sanador, fueron repatriados el 20 de diciembre de 1972. Estaba muerto, pero condenado al exilio, porque su cadáver atemorizaba a la oligarquía, aniquilaba el odio. Los héroes de la patria son la semilla viviente del pueblo. Y el pueblo nunca muere; y, siempre vence.

2.- En busca del soplo divino

Ramón carrillo era un justo, un creyente. Veía venir la muerte. En cartas a su hermana “Chata” y a su amigo Segundo Ponzio Godoy, se palpa el sufrimiento que padecía al saberse injustamente investigado, con captura recomendada. Predice, entonces, que “las injusticias tremendas y sangrientas como en mi caso, originarán las desgracias futuras de la República”. Esta carta a Ponzio Godoy es una expresión, como el poema del bíblico Job, del justo sufriente, del hombre sin odios que buscó siempre “el lado bueno” de los humanos con la secreta esperanza de llegar al “rincón en que cada uno de nosotros alberga el soplo divino”.

6 de septiembre de 1956

Querido Ponzio:

“Yo no sé cuánto tiempo más voy a vivir, posiblemente poco, salvo un milagro. También puedo quedar inutilizado y sólo vivir algo más. Ahora estoy con todas mis facultades mentales claras y lúcidas. Quiero que no dudes de mi honradez, pues puedes poner las manos en el fuego por mí.

He vivido galgueando y si examinas mi declaración de bienes y mi presentación a la comisión  investigadora encontrarás la clave en muchas cosas. Por pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún procedimiento ilícito, que estaban a mi alcance y no lo hice por congénita configuración moral y mental.

Eran cosas que mi espíritu no podía superar. Ahora vivo en la mayor pobreza, mayor de la que nadie pueda imaginar, y sobrevivo gracias a la caridad de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia, pero sí a un hermano como vos.

No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo, donde dejé mi vida.

Esa obra debe ser reconocida; yo no puedo pasar a la historia como un malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias. Ellos pueden ayudarte.

Mi capacidad de trabajo está muy reducida, vivo como médico rural en una aldea. Ahora vuelvo a quedarme sin puesto pues la Compañía donde actuaba, levantó el campamento.

A mí poco a poco, se me han cerrado las puertas y no pasa un día que no reciba un golpe. He aceptado todo con la resignación que me es característica. No tengo odios y he juzgado y tratado a los hombres siempre por su lado bueno, buscando el rincón que en cada uno de nosotros alberga el soplo divino.

El tiempo y solo el implacable tiempo, dirá si tuve razón o no al escribirte esta carta, ya que en el horizonte de mis afectos no veo a nadie más capaz que vos de tomar esta tarea cuando llegue el momento, que llegará, cuando las pasiones encuentren su justo nivel. (Ramón Carrillo)

3.- Ramón Carrillo habla de salud pública. Salud y justicia social

“Últimamente hemos tenido una comprobación muy curiosa que ratifica en gran parte lo que hemos dicho en varias oportunidades: la política de salarios y de vivienda, que desarrolló el general Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, ha hecho más por la salud de la población necesitada que todo lo que pudimos haber hecho los médicos en muchos años. Por ejemplo: observamos un descenso en la mortalidad infantil en el norte, que no sabíamos a qué atribuir. Como esto coincidió con la “dedetización” de la zona, pensamos que habría sido consecuencia de la desaparición de las moscas.

Pero un análisis más detenido nos convenció de que se debía primordialmente a que el obrero rural gana más, y a que los niños andan más abrigados y limpios, se alimentan mejor y viven en excelentes condiciones de higiene.

Con buenos jornales en el norte, desaparecerán poco a poco los niños flacos, desnutridos y fisiológicamente miserables. La salud pública debe completar esa obra natural de la política social.

El aspecto actual de los niños del norte no es ni la sombra de las sombras que fueron hasta hace tres años aproximadamente, pero nadie discute que falta mucho por hacer y que apenas estamos en el comienzo de una obra efectiva, concreta y orgánica.

He hablado de política “sanitaria”, pero en realidad la palabra sanitaria está mal empleada, a menos que se la tome como sinónimo de salud pública. Deberíamos decir “política médico-social” o “política Argentina de salud pública”, términos que serían mucho más precisos. Pero empleamos la palabra “sanitaria” un poco por hábito y otro poco por extensión (…).

¿Por qué decimos “Argentina”? Porque toda política sanitaria o de salud pública tiene que ser nacional por distintos motivos. Las condiciones geográficas, las condiciones de vida, las costumbres, los factores epidemiológicos y sociales y una serie de circunstancias, son específicas de cada país, por lo cual su política sanitaria debe ser distinta. No obstante ser nacional, la política sanitaria no puede dejar de ser universal en cuanto a las ideas y principios en que se inspira, e internacional en cuanto a los problemas comunes de los países, especialmente entre los vecinos con dificultades lógicamente similares. Esto tiene la ventaja de que nutriéndose la acción en principios universales se evitan los sectarismos, la lucha de escuelas y las orientaciones. (Ramón Carrillo)

por Jorge Torres Roggero

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1.- Acerca de los números

Allí están los números. ¿ Qué nos dicen? Milenarias tradiciones hablan y polemizan en cada uno de ellos. Veamos sólo dos aspectos. Desde un punto de vista médico, su valor es predominantemente cuantitativo. La cuarentena, que connota 40, describe “el aislamiento de personas o animales durante un período de tiempo no específico como método para evitar o limitar el riesgo de que se extienda una enfermedad o una plaga”. En la Biblia, por otra parte, se repiten distintos números con diversos significados. El 40 puede ser un precepto: la parturienta permanece aislada cuarenta días durante el puerperio. ¿Susurra como habladuría oculta esa “razón religiosa” en la actual licencia por maternidad? Entre los griegos, el banquete fúnebre tenía lugar cuarenta días después de la defunción. Ahora bien, el aislamiento no necesariamente es de cuarenta días, en ese sentido cuarentena significa “lapso”, duración. Depende de las emergencias y las culturas.

En realidad, el nombre cuarentena y su asociación a un número es una herencia del SXIV cuando Venecia decretó cuarenta días de aislamiento para enfrentar la “peste negra” que despobló a Europa. Según está acepción el número es unidimensional. Parece ofrecer un sentido unívoco. Pero no debemos descartar un sentido simbólico. La Edad Media estaba fuertemente marcada por la cosmovisión judeocristiana. Ahora bien, cuando el número, en este caso el 40, es símbolo, mejor      hablar de plurisemia, de un haz de sentidos que, a veces, hasta pueden ser contradictorios.

Veamos algunas presencias simbólicas del 40 a las que puede dar lugar la lectura bíblica. En la historia sacra, la cuarentena es un tiempo penitencial, pero también liberador. En la tradición judeocristiana, el 40 es el número de la prueba, del ayuno y del aislamiento. Para San Agustín, el 40 era el número del peregrinaje en este mundo y, también, del tiempo de la “espera”.

La primera cuarentena bíblica aparece en la historia de Noé y el diluvio. Se abrieron las compuertas del cielo y las cataratas de las aguas de “arriba” se desplomaron durante ciento cincuenta días sobre la tierra que estaba “corrompida y llena de crímenes”. El pueblo había renunciado al servicio de la justicia  y de la vida. Cuando cesó la lluvia,  ocurrió la primera cuarentena: “Pasados los cuarenta días Noé abrió la ventana que había hecho en el arca, y soltó el cuervo que voló de un lado a otro hasta que se secó el agua de la tierra”(Gén. 8,6). El  pájaro carroñero, símbolo de la muerte, nunca regresó. Entonces Noé soltó la paloma, símbolo benéfico, que regresó con una ramita de olivo en el pico.

La segunda cuarentena, ocurrió cuando Moisés “se adentró en la nube y subió al monte y estuvo allí cuarenta días” (Ex. 24,18). Como Moisés tardaba en regresar con la palabra del Altísimo ( Ex.32), los hombres, furiosos porque querían volver a la “normalidad” y sin un dios propio, es decir, humano, obligaron a sus mujeres y sus hijas a entregar sus pendientes y fabricaron el ternero de oro. Le ofrecieron, entonces, holocaustos y sacrificios de comunión. Luego el pueblo se sentó a comer y beber, “y después se levantó a danzar” delante del “dios oro”.

Los cuarenta días no fueron, por lo tanto, un tiempo de espera y lealtad. Eso desató la ira de Moisés que rompió las tablas de la ley, destruyó el becerro de oro, lo incineró y le hizo beber a la multitud rebelde sus cenizas mezcladas con agua. Es que la fidelidad al Dios de la liberación y de la vida, exigía un rechazo radical a todo lo que se oponía al plan divino. En este caso, el proyecto común de una tribu errante y pobre para convertirse en un pueblo santo y justo. Cuando se camina detrás de otros dioses, de otros proyectos, “del dios dinero o anarco capitalismo”, diríamos hoy, una comunidad ha elegido su perdición. Salir de esa entrega, de ese enajenamiento, le costará al pueblo un peregrinaje de cuarenta años por el desierto. Y esa, es la tercera aparición del 40.

En ese vagabundeo, el pueblo deberá mantenerse fiel en la lucha contra otros pueblos y otros dioses. Sin embargo, ese peregrinaje por el desierto es también una bendición: “Porque el Señor tu Dios, les ha bendecido en el viaje por ese inmenso desierto; durante los últimos cuarenta años  el Señor tu Dios ha estado contigo y no les ha faltado nada”(Deut.2,7). Hay, por lo tanto, una penitencia: vagar cuarenta años; y el cumplimiento de la promesa: la tierra prometida, la constitución de una nación. Ahora bien, adviértase que el 40 significa, también, “una generación”. En cuarenta años, desaparece una generación. Siempre, en la historia, los militantes revolucionarios, los que luchan contra la explotación, entre aciertos y errores, no serán los beneficiarios del nuevo orden: según la historia sagrada, ni Moisés, el caudillo, entró a la tierra prometida: “Esta es la tierra que prometí (…). Se la daré a tu descendencia. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.” (Dt.34,4).

Fue así como, habiéndose cumplido el tiempo, Moisés y los suyos subieron a un monte y divisaron la tierra prometida: eran las vísperas del cumplimiento del proyecto. Pero es necesaria otra espera: otros cuarenta días. En efecto, el caudillo mandó a explorar el país y sus habitantes. Los espías partieron y al cabo de 40 días volvieron trayendo racimos de uva, granadas e higos. La tierra, dijeron, “manaba leche y miel”.

Contaron que había grandes ciudades, bien fortificadas y habitadas por guerreros gigantes. La esperanza era cierta; pero, también, una realidad: nadie es libre de una vez y para siempre. La libertad como abstracción puede ser una trampa del individualismo. Como decía el maestro Manuel Gonzalo Casas, un sistema puede proponerte: “Aquí tenés tres cuerdas: una azul, una roja y otra verde. Sos libre de elegir la que quieras, pero eso sí, ahorcate”. Claro, la cuestión es que ningún pueblo quiere suicidarse. Había que iniciar otra lucha.

Pero veamos la última incursión por el 40 y sus significados bíblicos. Accedamos al Nuevo Testamento, Lucas 4,1. Jesús, después de haber alimentado milagrosamente a una multitud hambrienta, “lleno del Espíritu Santo, se alejó del Jordán y se dejó llevar por el espíritu al desierto, donde permaneció 40 días”. Aislado, solo, entregado a la contemplación, fue tentado por Satán ( el Acusador).

El Tentador quiere probar la lealtad de Jesús al Padre y a su misión redentora ofreciéndole poder, riqueza y fama. Eso sí, a cambio, debe adorarlo y reconocerlo como Dios. Como en el caso del ternero de oro, el centro del problema es la “idolatría”, la adoración del “dios dinero”, del poder y la vanidad. Jesús expulsa al Mandinga, lo hace recular: “Vade retro”. El cumplimiento de su misión en la tierra le exige respetar la libertad y la dignidad humana y, por lo tanto, debe estar dispuesto al sufrimiento, la incomprensión, el dolor, la entrega y el servicio constante.

¿Cuál fue la experiencia de Jesús? Oración y desierto durante cuarenta días antes de comenzar su “campaña”, su predicación de la Buena Nueva, a los humildes y los pobres que son los que “poseerán la tierra”. Nada parecido a ciertas farsas milagreras de algunas sectas, frecuentadas por políticos latinoamericanos, que se entregan a exaltaciones, gritos, brincos y palmas para hacer creer que así se atraerán los poderes divinos. Cuarentena: el desierto, la lealtad, la peregrinación, la espera; y al final, la certeza de la  “hora de los pueblos” y la Mamatierra protegida que “mana leche y miel”. Claro, se preguntarán, ¿y esto qué tiene que ver con la literatura argentina que preanuncia el título?

2.- Juan Gelman: exhumación y retruque

A comienzos de 1955, Leopoldo Marechal pronunció en Radio del Estado una conferencia titulada “Simbolismos del Martín Fierro”. Al poco tiempo, la llamada Revolución Libertadora desató sobre la patria un huracán de odio y destrucción. Marechal pasó a ser un “poeta depuesto”, un maldito, y su obra fue silenciada.

Pero, cumplido cierto tiempo de silencio, el 25/06/1972, Juan Gelman rescata el texto original de la exposición en el diario La Opinión. En la breve introducción justifica la oportunidad de este rescate: se celebran cien años de la primera edición del Martín Fierro y el segundo aniversario de la muerte de Marechal. Pero halla, además, un motivo importante: la “vigencia” del texto marechaliano. En 1972, el peronismo sigue en cuarentena: hay dictadura, está proscripto y envuelto en contradicciones, es decir, vivo.

La introducción de Gelman se centra en una comparación: ¿en qué se diferencian Borges y Marechal puestos a leer Martín Fierro? Hacía apenas dos semanas, Borges había perorado sobre la obra hernandiana en una conferencia de recordación. Insistía: “Nuestra historia es mucho más completa que las vicisitudes de un cuchillero de 1872”. De tal modo, dice Gelman, donde Marechal encuentra un vasto bosque de símbolos profundos, (…) Borges apenas halla que: “Si la mayoría de los gauchos hubiera procedido como Martín Fierro entonces no tendríamos historia argentina. Los gauchos no habrían pensado en una revolución, en organizar el país y sobre todo, no hubieran compuesto una literatura gauchesca (…)”.

Gelman comienza a desenredar el “botón de plumas” que propone Borges  desde su conceptismo anacrónico.  En primer lugar, se “olvida” de algo: ¿habría historia sin los gauchos de Güemes?; en segundo lugar, finge ignorar que Martín Fierro no es un producto del país previo (1810), sino de la “Organización Nacional”, es decir, cuando el país se convierte “en campo de Inglaterra” para los hacendados locales. Gelman considera que cuando Borges dice “ese libro no nos representa”, es honrado; en efecto, está “pensando en su clase”, la que “organizó el país”. Hacía quince días no más, Borges había enunciado: “Yo personalmente no me siento representado por ningún gaucho, y menos por un gaucho matrero”. Y Gelman reafirma que Borges es honrado cuando cuenta lo que le pasa frente a Martín Fierro, pero que “supone mal” cuando agrega: “supongo que lo mismo le pasará a Uds.”. “No. Eso no le pasa a la mayoría del país, a la mayor parte de los argentinos. No le pasaba a Marechal, y su texto lo explica convenientemente”, retruca Gelman.

Pero Gelman señala algo más grave. Borges completa su disertación con una operación intelectual: “El destino del gaucho soñado por Hernández, dijo, seguirá acompañándome hasta el fin. Será mi destino siempre vívido, porque los sueños son más vívidos de lo que, no sé por qué se llama realidad”. O sea, Martín Fierro no sólo no nos representa: además es un sueño, no existe”. La tramoya consiste en atribuir al libro concreto,  al gaucho,  y a toda su carga de sentido, la ficcionalidad de un personaje cuya realidad nadie sostiene.

Por lo contrario, Gelman piensa que, para Marechal el gaucho y su circunstancia “es materia de un arte que nos hace falta cultivar ahora como nunca: el arte de ser argentinos y americanos”. Marechal considera  a la escritura como un “arte de vivir”. Para él,  Martín Fierro es la “personificación” ( la vieja prosopopeya) de un pueblo al que la clase que organizó el país marginó y confinó en el “desierto”. Por eso, la aparición como descolgada de los hijos de Fierro en “La Vuelta” reafirma, con sus historias, que el país aún sigue entregado y “enajenado” culturalmente.

Por último, Gelman marca lo urgente y lo vigente. Según Marechal, el desparramo final a los “cuatro vientos” de Fierro, sus hijos y el hijo de Cruz, implica una misión, un proyecto. Borges define a Martín Fierro como desertor. Gelman concluye: “¿De qué ha desertado, entonces, Martín Fierro? De un destino de enajenación. ¿Qué busca, entonces, Martín Fierro? Un destino de liberación. De ahí su vigencia. De ahí la vigencia del texto de Marechal.” Gelman escribió esto en un momento de cuarentena: con proscripción, presos políticos, dictadura, en lo más oscuro de la peregrinación del pueblo por el desierto.

3.- Marechal y la rebeldía de Martín Fierro

En “Los simbolismos de Martín Fierro”, Leopoldo Marechal considera que su tarea no es circunscribirse a “los meros valores literarios” de la obra de Hernández. Por suerte, el poema tiene en ese momento (1955, vísperas de la Libertadora) un lugar de privilegio en “los programas oficiales de literatura”. Cuenta, además, con una bibliografía “cuyo volumen y riqueza” constituyen un “desagravio al menosprecio y al olvido en que la crítica erudita mantuvo al poema durante muchos años”.

Advierte que hay nuevas lecturas de Martín Fierro “a luz de ciencia histórica” que consideran al poema no ya como obra de arte sino como “paradigma (…) de un pueblo en la manifestación de sus potencias íntimas, en la imagen de su “destino histórico”. Al margen de las discusiones estériles sobre si es o no es una epopeya, Martín Fierro constituye un “milagro”: “y tomo la palabra “milagro” en su cabal significación de un “hecho libre”, que se da súbitamente fuera y por encima de las leyes naturales y las circunstancias ordinarias”

Cuando la poesía erudita, “víctima de un complejo de inferioridad”, se dedicaba a la mímesis del romanticismo francés, Martín Fierro vino a rescatar nuestra voz: “De naides sigo el ejemplo/ naide a dirigirme viene,/ yo digo cuanto conviene/ y el que en tal huella se planta/ debe cantar, cuando canta,/  con toda la voz que tiene”.

Pero este hecho libre de la literatura nacional ostenta otros enigmas: a) el modo singular de su difusión inicial entre un pueblo todavía semialfabeto; y b), las interpretaciones del poema: “Hay, pues, en Martín Fierro un mensaje lanzado al “futuro” e insinúa una “profecía”.

El preludio de sus dos partes es demasiado solemne para que sea sólo la historia de un “cuchillero individual de 1872” como asevera Borges. “Vengan santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda”, la lengua se le “añuda”, se le “turba la vista”, pide a “Dios que lo asista”. En la segunda parte, siente que su “pecho tiembla”, “se turba su razón” y acude a un misterios pedido: “imploro al alma de un sabio/ que venga a mover mi labio/ y alentar mi corazón”. ¿A qué sabio se refiere? ¿Algún maestro desconocido y oculto? Seguramente en el libro hay caminos escondidos a los que vamos a llamar simbolismos del Martín Fierro.

Marechal solía afirmar que “no todos los caminos son para todos los caminantes” y que el lector, si no puede descubrir “lo oculto” en una obra literaria, su “médula metafísica”, se privará del goce especial de ese “caracú”. Como Borges y su clase, se quedarán con las “vicisitudes” y les pasará como a los lectores de los romances de Leopoldo Lugones: “A las cosas de mi tierra/ tal como son las divulgo./ No saboreará el pastel/ quien se quede en repulgo”. Y agregaba: “Acaso alguno desdeñe/ por lo criollos mi relatos./ Esto no es para extranjeros,/ cajetillas ni pazguatos.”

No en vano Hernández dejó sentado: “tiene mucho que rumiar/ el que me quiera entender”. El poema es un mensaje dirigido a la conciencia nacional. Ahora bien, desgraciadamente, la conciencia nacional ha sido enajenada en sus aspectos “materiales, morales y espirituales”. Ubicado en la segunda mitad del S.XIX, Martín Fierro, predica Marechal, “es un mensaje de alarma, un grito de alerta, un “acusar el golpe”. Es una muestra del alma nacional en su estado más dolorido, una visión espantosa de la “pulpa vívida y lacerada” del pueblo.

Es cierto que el país cuenta con una clase dirigente e intelectual, pero esta clase de élite ignora el libro, lo acepta “como un hecho literario” de segundo orden que puede gustar o no gustar. Por lo tanto, el mensaje profundo no puede llegar a la clase dirigente. Son los que “se divierten cantando”. Los intelectuales de la época están en la “diversión”, es decir, en la “distracción” mientras los extranjeros se apoderan de los resortes básicos de la Nación.

Ahora bien, si nadie del “mundo de la cultura” le lleva el apunte, ¿qué nicho de perduración le quedaba a Martín Fierro?: “El pueblo mismo, responde Marechal, cuyo mensaje quería transmitir el poema”.

Entonces ocurre lo enigmático o milagroso: “En sus modestas ediciones, en sus cuadernillos humildes (…) en su seca tipografía misional, el gaucho Martín Fierro vuelve a sus paisanos”. El “desertor” de la “usina del Progreso”, “el elemento de perturbación”, el gaucho malo, el despojado de rancho, hacienda, hijos y mujer, no era un nómade “sin república”. Vivía, feliz, en el goce de la plenitud del orden tradicional. No era un “vago y mal entretenido”, era un trabajador para quien trabajar era un disfrute: “Aquello no era trabajo, más bien era una junción…” Es decir, era una “función”, una fiesta comunitaria. Era un hombre “arraigado a la llanura”. ¿Qué sucedió para que se trocara en provocador de tumultos y, por fin, en un desterrado en su tierra? Algo pasó. “Otro estado” de cosas había entrado al país y desplazaba “el estado propio del ser nacional”.

Martín Fierro, hombre en rebeldía, paralelo al sentido literal que todos conocemos, deja entrever un sentido simbólico.

4.- La cuarentena de Martín Fierro

Marechal sostiene que no hace falta que José Hernández haya tenido el propósito claro de “dar a su poema un sentido simbólico”. Basta que la materia de su arte haya guardado la potencia del símbolo. Algo le ha pasado al autor: se ha vuelto, sin pensarlo, “la voz del pueblo” (vox populi). Obligado por las circunstancias, recluido en un hotel para escapar a sus perseguidores, ha peregrinado a sus adentros, ha realizado una “gesta ad intra”. Entonces, si bien en el sentido literal su personaje es un gaucho de la llanura, en el sentido simbólico es el pueblo de la nación en un momento crítico de su historia: está a punto de desaparecer.

Ese pueblo, como en la independencia, quiere ser protagonista de su destino. Trae para merecerlo su modo de ser y es portador de una tradición, una ética y una filosofía de la existencia. Pero ha llegado a una etapa histórica en que se encuentra con un hecho desconcertante: “alguien” ha tomado la dirección del país y actúa en lo material y espiritual a la vez. Símbolo de esa anomalía son los infortunios del gaucho Martín Fierro y del pueblo de la nación.

Si para unos el gaucho es un inadaptado a la sociedad y en rebeldía con las leyes, para otros es símbolo de todo un pueblo. Martín Fierro, derrotado, termina desterrado en el desierto. Ha comenzado su “cuarentena”; y es un “atormentado espectador de sí mismo”, de su enajenación y de su ausencia. Son 4 años, un múltiplo de 40. ¿Hubo “cuarentena del pueblo” entre 2015-2019?.

El desierto es “la suspensión de un destino”. Es, también, la imagen de la “privación” de sí mismo en tanto protagonista de la patria; y es también imagen de la “penitencia” en el “sentido de penar y purificarse con la pena”. La vida de Fierro en el desierto resulta, así, un trabajo de purificación. Esa vía penitencial llega a su culmen con la muerte de su amigo Cruz. La “soledad” copa cuerpo y alma: “Privado de tantos bienes/ y perdido en tierra ajena/ parece que se encadena/ el tiempo y que no pasara/ como si el sol se parara/ a contemplar tanta pena”. Sólo le quedaba “echarse en el suelo” al “lao de la sepultura” del amigo.

Pero ocurre otro acontecimiento misterioso. En medio de su desolación, oye de pronto los lamentos de la Cautiva. Ahí “se pone de pie”. “Arranca” de la inmovilidad. Ante la mujer martirizada, Fierro “ve de pronto el drama de la nación entera”. Ella es el símbolo del “ser nacional, enajenado y cautivo como ella”. Ante esa encarnación simbólica del ser nacional, al enfrentarse con la Cautiva, el héroe se ve a sí mismo en el espejo de su conciencia. Es notable cómo Hernández describe la batalla con el indio con un marcado tono épico como si vislumbrara la trascendencia del símbolo en los “potenciales del canto”. Al rescatar a la mujer cautiva, inicia el rescate de la Patria.

Vuelve a la frontera, se encuentra con sus hijos y el hijo de Cruz. Descubre que la enajenación del ser nacional no sólo continúa sino que se ha agravado. En tal punto, Marechal  considera llegado el momento crucial del poema.

Martín Fierro, como todo verdadero símbolo, se oculta y se revela con su despedida. Ha llegado el momento de separarse de sus hijos y el hijo de Cruz: “y antes de desparramarse/ para empezar vida nueva/ en aquella soledá/ Martín Fierro, con prudencia,/ a sus hijos y al de Cruz/ les habló de esta manera”. Es un acto de transmisión de una sabiduría, una ética de la comunidad y una filosofía de la vida: “Después a los cuatro vientos/ los cuatro se dirigieron;/ una promesa se hicieron/ que todos debían cumplir;/ mas no la puedo decir,/ pues secreto prometieron.”

Los “cuatro vientos” son los cuatro puntos cardinales de la Patria y del mundo. ¿Qué promesa se hicieron? Sin duda, volver a ser protagonistas de la historia. Ofrece también una metodología: “Mas Dios ha de permitir/ que esto llegue a mejorar/ pero se ha recordar, / para hacer bien el trabajo,/ que el fuego, pa calentar,/ debe ir siempre por abajo”.

Purificados por la “cuarentena” en el desierto, el sentido se oculta en “los adentros”, para trabajar “por abajo”. El pueblo, humus auténtico, conserva la simiente (los sentidos) que se quieren negar en la superficie. El pueblo es el guardián de la memoria. El autor tiene tanta confianza en el poder constructivo de su obra, que al finalizar el canto dice: “Y en lo que esplica mi lengua/ todos deben tener fe:/ no se ha de llover el rancho,/ en donde este libro esté”.

La marcha en el desierto, como la del prototipo bíblico, es la de un pueblo pobre y lleno de esperanzas. Cuando un pueblo cae en la idolatría y se prosterna ante el “becerro de oro”, está rindiendo culto al dinero, la avaricia, la violencia y la vanidad. En consecuencia, se produce una destrucción de su modo de ser. Y al fin,  el desierto  se convierte en aislamiento y  soledad. Privado de la “confraternidad” va a parar a la intemperie. Termina durmiendo “bajo cueros de bagual” en el “desierto infinito”.

Martín Fierro pasa en el desierto dos años de confraternidad con Cruz y el indio amigo; y dos años del mayor sufrimiento en esa soledad en que el “tiempo se detiene” y “el sol se para”. Pero la Providencia puede salvarnos varias veces, como la Cautiva a Fierro, en la pelea con el odio individual e histórico: “donde no hay casualidá,/ suele estar la Providencia”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26/04/2020

Fuentes:

Andrés, Alfredo, 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez Editor

Biedermann, Hans, 1996, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Paidós

Cirlot, Juan Eduardo, 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor

Losada Guido, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Plus Ultra

Paoli, Arturo, 1973, La perspectiva política de San Lucas, Buenos Aires, Siglo XXI Ediciones

Rosbaco de Marechal, Elbia, 1973, Mi vida con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Paidós

Schökel, Luis Alonso, 2009, La Biblia de nuestro pueblo, Pastoral Bible Foundation, Macau

por Jorge Torres Roggero

Candelaria1.- Barroco y pensamiento popular

El  barroco fue (y es)  una fuerza histórica y cultural generadora de formas políticas originales y representativas. Pero, en América, fueron rechazadas,  dejadas de lado y oprimidas. Sin embargo, el barroco  está, en sentido kuscheano,  instalado como momento inabolible e inabordado de la no-identidad, de lo diferente que completa y despliega nuestra identidad. “Historia inconsciente”, “cuenca semántica”,  se manifiesta como multiplicidad contradictoria y desdramatiza las situaciones de dependencia  prestando oídos a las voces de lo profundo y aceptando con humildad, como dice Leonardo Boff, que “estamos todos envueltos en una tela de inter-retro-relaciones“, es decir,  en el  remolino  dialéctico  del instinto articulador de la vida.

En consecuencia,  circunscribir  el barroco a lo meramente artístico es entregarlo a la mutilación iluminista que lo petrifica reduciéndolo a forma recargada y perversa. Su perduración en América es signo de la marginalidad, de la  jungla epistemológica en que se extravía el logos  de la razón dominante.

El barroco considerado  como un tipo de modulación y formulación europea pareciera destinado  a suprimir lo carnavalesco, lo bajtiniano y, por lo tanto, a negar la posibilidad de pensamiento en la cultura popular. En realidad, el control como mera formalidad incumplida, fue un intento de la jerarquía, tanto monárquica como eclesiástica, de encarcelar   la historia como presente y futuro que viene hacia nosotros. Los sínodos  de Lima, y los del antiguo Tucumán a comienzos del S.XVII,  vedan  la fiesta, la borrachera, los rituales. Algunas disposiciones rezaban: “Ordenamos y mandamos, so pena de excomunión mayor, que ninguna persona baile, dance, taña, ni cante bailes ni cantos lascivos, torpes ni deshonestos, que contienen cosas lascivas, y los introdujo el demonio en el mundo para hacer irremediables daños con torpes palabras y meneos”

Manda a decomisar libros: las Dianas, la Celestina, los de Caballería y “las sátiras y enfados y las poesías torpes y deshonestas”. Encargan, asimismo, que se controlen los indios hechiceros, “los llantos y ritos supersticiosos” y las “borracheras que son origen de idolatrías y horribles incestos, principalmente en el tiempo en que cogen algarroba.”

Ya en el siglo XVIII, cuando Tupac Amaru se rebela,  las autoridades prohibieron  la vestimenta tradicional del indio  porque era portadora en sus bordados de  la historia del pueblo; descolgaron los retratos y cuadros porque narraban la historia de la no-identidad; silenciaron las lenguas naturales que hilvanaban el relato de un pasado liberador que  venía hacia el pueblo como porvenir. Todavía en la época de la independencia las lenguas quichua, aimará, guaraní, se hablaban cotidianamente. Y otra vez las mujeres funcionaban como articuladoras de los distintos mundos lingüísticos puesto que se comunicaban con la servidumbre en lengua nativa. En ese sentido, es preciso revisar el papel de la represión en el pensamiento iluminista de los patriotas y el  relevante  papel de las masas populares y las mujeres en la revolución.

La modernidad que sube desde  Buenos Aires es una modernidad impuesta. Desde los Borbones, S. XVIII, cuando decidieron que esto no era el Reino de Indias sino una colonia, se inicia la dominación como acto  de enterrar viva la tradición. La clase dirigente se olvida siempre que, en realidad, está enterrando una semilla, un “estar siendo” que, como el palán-palán , brota hasta en los techos de las iglesias y la universidades. Sabemos que el palán-palán  se cría en las casas viejas, en los techos y paredes agrietadas, en los rincones y en los terrenos baldíos donde hay escombros. Pero sus hojas tienen la virtud de cicatrizar las heridas cortantes. ¿Ahora, quién escarba los rincones hedientos, para recibir su virtud? Solo cirujeando en el revés de lo conocido hallaremos jirones,  flecos, de pensamiento propio, pensamiento sin ninguna traición escondida.

2.- La modernidad alienante

Sin embargo, la provincia de Buenos Aires,  a lo largo del siglo XVII, incluso del siglo XVIII, era un escenario de gente errante, de gauderios, que trajinaban sus llanuras y las de  Santa Fe,  pasaban a Entre Ríos y a Uruguay transportando  cueros y  grasa. La ciudad de Buenos Aires, por su parte, era un nido de contrabandistas de esclavos y de telas. Y ser contrabandista era ponerse fuera del formalismo y la jerarquía del Imperio. La Revolución de Mayo sería, en cierto sentido, el desencadenante  de una lucha entre los sectores mercantiles, contrabandistas que vivían del comercio , y los ganaderos entrenados en desjarretar vacas para contrabandear cuero y sebo. Con esto queremos decir, que si había un lugar no moderno, ese era Buenos Aires. Proponer lo contrario dejaría  sin explicación a Rosas y a Sarmiento sin argumentos. 

En realidad, la modernidad alienante fue impuesta por la generación del 37 y partir de ella.  Mitre, Sarmiento, Alberdi, y  los positivistas del 80 eligen, y son claros en sus enunciaciones, un modelo de crecimiento y de construcción del país dependiente del modelo anglosajón. Pero los subordinados a ese  modelo eran las clases altas: adoptaban sus costumbres  mientras  las institutrices entrenaban a los futuros dirigentes en la admiración y la glosofilia del colonizador.  Jauretche, a través del  ejemplo emblemático de  Victoria Ocampo y Borges,  sin juzgar a los individuos, valorándolos,  desentrañó los  aspectos culturales de una clase convencida de su destino hegemónico y de su superioridad étnica y social. Asisten a la ceremonia del  té de las cinco, y el deber es mostrarse  fruncido, victoriano. ¿Cómo no se iban a asustar y sentir rencor frente al advenimiento de la chusma irigoyenista primero y, luego, de  los cabecitas negras? La clase media, por su parte, expoliada de su dignidad, remedó con soltura pero sin dignidad  a la clase alta. El resultado son los “locos” de Roberto Arlt y  la “euforia de una cabeza decapitada” como postuló Ezequiel  Martínez Estrada(1961:69) .

 Entonces ¿qué es la modernidad, cómo funcionó entre nosotros? Como una imposición colonialista, imperialista. Porque nosotros entramos en la modernidad en la etapa de la primera crisis del capitalismo. O sea, en la crisis del 90. Entre 1888 y 1892 los gobernadores, en  Córdoba, apenas duraban un año: era un tiempo de ruptura y cambio.

Repensar el barroco nos induce a reconsiderar  la modernidad en general. El método consiste en tirarse al cauce semántico de cierta  discursividad que fluye por los accidentes  de textos olvidados de nuestra historia, por  las pretericiones que opacan nuestra literatura, por la oralidad oculta en los libros de nuestros escritores. Deletrear esa oralidad oculta nos puede conducir hacia formas nuevas, a lo nuevo de lo que ya está.

3.- La Virgen de la Candelaria y los “lugares luz”

En Puno, en el Altiplano, junto al Lago Titicaca, se celebra  el 2 de febrero  la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Quienes han descripto esta fiesta, la representan como “jornadas incansables de lucha, danzas, cantos y esperanzas”. Junto a la liturgia religiosa, los cantos y poemas anónimos.

La Virgen, de “rostro cholo”, es la madre de Jesucristo y es la madre Tierra. El hombre arraigado a la naturaleza, al sustento de la vida, deja que el Santoral marque la vida social de la ciudad, del barrio, de la familia: “Ahí nacen, dice Paniagua Núñez, las grandes amistades, en la festividad de la Candelaria, los negocios, los compromisos matrimoniales, los grandes amores de juventud. Los amores prohibidos se levantan espontáneos, al calor de la danza y la bebida, de modo imprevisto, como acciones ruidosas o inadvertidas”.

Como en toda fiesta popular se mezclan lujo y derroche. La liturgia religiosa se conecta con la celebración del carnaval. Las “diabladas” , con sus costosos disfraces fruto de las privaciones del tiempo de la producción (no sagrado), llenan las calles de exceso y mezcla. No es de extrañar, en consecuencia, que la celebración culmine  meses después con el bautizo de los “hijos de la fiesta”: “A los nueve meses de la festividad de la Virgen de la Candelaria, que en algunos años, se junta con los carnavales, es costumbre en estos lares, realizar una parodia de bautizo religioso, con una “guagua de bizcocho” (muñeco de masa dulce que lleva una careta con rostro de niño), donde la sátira y el chascarro aluden a los desbandes y excesos sexuales del mes de febrero, en que cerca de un centenar de comparsas, participan activamente, algunas por devoción y otras acaso la gran mayoría por diversión, paganismo y lujuria”.

La parodia y la burla,  formas de lo innombrable,  no tienen lugar en la racionalidad urbana impuesta por occidente. Cuando éramos niños, había algo que nos sacaba de casillas y nos inducía a reacciones violentas: que nos “remedaran”. El remedo es el nombre barroco americano de la crítica del pueblo al pensamiento urdido; y es, sobre todo, un acto de fecundidad. El derroche, la danza, la música, no son posibles para el solo. La fiesta es solidaridad. Los  participantes contribuyen con su aporte: bebida, comida, dinero, disfraz Y a veces sobra para donar y dar servicios.

En Puno, según  Paniagua Nuñez,  se guarda la fotografía de un cuadro quemado. Representa a la Virgen: en un brazo carga al Niño Jesús; en el otro, porta una candela (una vela). A sus pies, el diablo, ataviado con el disfraz color arcoiris, el de las “diabladas”, se aferra al blanco vestido y la mira con ternura y actitud de imploración.

Redundemos. Volvamos al barroco cordobés. Luis de Tejeda relata la liturgia de  esta festividad llamada de la purificación. La procesión con las velas recuerda que la  Virgen da a luz a Jesuscristo, Luz del Mundo: “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc.2,32). Ella se sometió al rito de la purificación como era costumbre ( Lev. 12, 6-8).  Se conjugan en la celebración,  el ritual judío, las tradiciones paganas de purificación y los cultos originarios de América. Las  velas bendecidas en la fiesta religiosa no se empleaban para el consumo, sino que se reservaban  para usos de carácter religioso.

Esto que parece cosa del pasado está vivo. Consúltese una agenda de celebraciones del 2 febrero en el Noroeste argentino y se podrá advertir cómo la fiesta de la Candelaria convoca multitudes. Por otra parte, al  habitante de  Córdoba que ausculte el mapa de su provincia, le sorprenderá la proliferación de lugares luz (Candelaria) y su ubicación estratégica en un espacio que no  es aventurado nominar mítico. Cultos solares y cultos lunares, cultos de purificación y cultos de fertilidad, se enhebran para deletrear un cauce semántico enfocado hacia la vida y la esperanza. En la Guía de números postales, Encotel, 1981, se mencionan doce lugares Candelaria: cuatro en Córdoba, dos en Catamarca, dos en Santiago del Estero y uno en Salta, San Luis, Misiones y Santa Fe. Agrénguense los parajes no registrados por carecer de estafetas y todas las fiestas patronales de numerosos pueblos y ciudades.

4.- El barroco peronista

Ya que hemos venido insistiendo en la figura de la redundancia, redundemos otra vez. Retornemos la figura de la baraja de Martín Fierro: apenas hemos construido un pobre argumento jugando con “oros, copas y bastos”. Hemos notado el espacio de América como acción no del solo, sino de un todo abierto: los pueblos. Desde “los adentros” y desde los “reprofundos”, el pueblo formaliza estrategias  culturales de supervivencia, pero  los intelectuales  padecemos cierta impotencia para nombrarlas porque exceden en bloque el repertorio de categorías académicas de uso erudito.

Aceptemos la no-identidad, lo diferente, lo no detectado por el sistema. Nuestra entrada en el pensamiento de la modernidad, nos convirtió en apátridas, en proscriptos de nuestra raíz humana: la reconquista de nuestro hogar de humanidad  es la única posibilidad de aceptar nuestra diferencia como reunión de identidad y no-identidad. Desde el barroco, el pueblo americano nos viene indicando el camino con su práctica de lucha y esperanza, con su “remedo” burlesco de  las jerarquías religiosas y civiles.

Es un modo de pensamiento negado; pero, a través de él, se futuriza lo que viene del pasado. Pasado liberador y que viene hacia nosotros como porvenir es el modo en que Carlos Astrada definiría a esta acción del pueblo que se ha dado en llamar barroca. En tal caso, queda pendiente esta pregunta: ¿No será que el infamante y difamado populismo es una de las versiones actuales del barroco americano?. Esta pregunta final, de dudosa pertinencia, estuvo a punto de ser suprimida de este apartado. Una nota titulada “Signo: CGT dio la palabra a Duhalde y a De la Sota” la decretó necesaria y le dio certificado de supervivencia al barroco como forma reprimida de la cultura popular. Firma  la crónica Ezequiel Rudman y se refiere al traslado de los restos del Gral. Juan Domingo Perón. Tras sostener que “la cede (sic) de la central sindical se transformó en el “hall of fame” del paganismo peronista“, agrega: “Allí lo recibió el cacique taxista Omar Viviani en medio de un paisaje dominado por el barroco peronista”. (Ámbito Financiero, 18/10/2006)

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. U.N.C.

Fuentes: En el capítulo “Persistencias: formas de la cultura popular barroca”(pp.57-101) de mi libro Confusa Patria, Editorial Fundación Ross, 2007, Rosario, se podrá encontrar una abundante bibliografía y las claves de lectura de este fragmento.

EVA MUCHACHAS PERONISTASpor Jorge Torres Roggero

1.- ¿Un plan de ajuste peronista?

Cierto día de 1952, los clientes de una panadería de Barrio Norte, comprobaron con horror que el pan se había vuelto negro.  Daba bronca ver en su mesa ese pan color peronista. ¿Qué hacía allí ese pan “cabecita negra”? Era la respuesta del gobierno a la escasez de trigo ante tres malas cosechas consecutivas. Perón pensó que era mejor exportar trigo que gastarlo en el consumo interno. Entonces dictó un decreto que disponía mezclar trigo con mijo en todos los molinos del país. Hoy en día, si alguien quiere ese pan, debe buscarlo en las dietéticas y a muy alto precio. El General, hasta no queriendo, miraba el futuro.

Era morocho el pan con mijo, pero los que, de niños, lo hemos comido, lo encontrábamos sabroso. Dos actitudes ante una situación de emergencia: enojarse o saborear. Pero lo importante, para los peronistas, es que cuando decimos que los días más felices fueron peronistas, incluimos las gestas de austeridad, de ajuste, pero sin hambre y con control del pueblo.

En efecto, en 1952, Perón, ratificado en las elecciones de 1951, consideró que debía producir una rectificación (¿ajuste?) en la política económica para superar una coyuntura crítica y retomar los grandes objetivos de la revolución. Fue así como el 27 de febrero de 1952, apelando a la solidaridad de los argentinos, lanzó el Plan Económico de Austeridad. Hacía falta la participación de todos para superar una situación adversa. Para ello había que incrementar la productividad y reducir los consumos innecesarios. Había que crear condiciones para un mayor ahorro. Entre los objetivos del Plan sobresalían los siguientes: 1) aumentar la producción agropecuaria y en diversos ramos de la actividad nacional; 2) estimular las exportaciones  con los saldos disponibles y reducir las importaciones; 3) promover la austeridad en el consumo para incrementar el ahorro como base de una futura expansión económica.

Perón enseñaba que la austeridad en el consumo de ningún modo significaba sacrificar lo necesario, sino solamente eliminar el derroche: había que eliminar gastos innecesarios, renunciar a lo superfluo, postergar lo que era prescindible. Así, con el ajuste solidario en el consumo, se pensaba aumentar las exportaciones y reducir las importaciones. Según Perón: “si a la política de austeridad le agregamos aumento sólo de un 20% en la producción solucionaremos: el problema de las divisas, parte del problema de la inflación, y consolidaremos la capitalización del país”.

Para el logro del Plan, Perón distribuyó responsabilidades: 50% era asignado a la acción del gobierno, 25% a las organizaciones libres del pueblo: sindicatos, cooperativas y mutuales y, el otro 25%, al control del pueblo organizado en defensa de la economía familiar. Con lenguaje fácil y campechano, se detuvo a detallar las acciones concretas que debían encarar las familias y sobre todo las mujeres como organizadoras del consumo hogareño: “…economizar en las compras, adquirir lo necesario, consumir la imprescindible, no derrochar alimentos que llenen los cajones de basura, no abusar en las compras de vestuario, efectuar las compras donde lo precios sean menores como cooperativas, mutuales y proveedurías gremiales o sociales. Desechar prejuicios y concurrir a las ferias y proveedurías en vez hacer traer la mercadería a domicilio a mayor precio”.

No pagar, por hacerse los grandes, lo que le pidiesen y denunciar al comerciante inescrupuloso. También a los hombres les señalaba una serie de gastos superfluos. La lista comprendía desde el hipódromo al cabaret.

Adviértase que no se trataba de remiendos: era un plan que abarcaba la vida misma del pueblo con directivas claras y fáciles de controlar. Perón consideraba que eran medidas necesarias para el tránsito de una economía capitalista a una economía  justicialista. Por eso en sus discursos radiales el presidente pedía al pueblo que participara en el estudio del Segundo Plan Quinquenal e hiciera propuestas para incluirlas entre los objetivos del mismo. Había lugar para los empresarios y para los trabajadores: era el aumento de la producción. Pero la austeridad en el consumo y el fomento del ahorro fue el campo de acción de las mujeres. Un recuerdo personal: todos los niños sacábamos nuestra libreta de ahorros en que acumulábamos propinas y regalos.

Pero el papel de las amas de casa ( “madres del pueblo”, decía Evita) era el de cuidar la economía doméstica. Ellas son “las que saben” cuando se trata de las necesidades familiares, ellas diferencian entre ahorro y derroche.

¿Se advierte algo nuevo, estimado lector? El peronismo, de nuevo, con su pensamiento herético, saca a las amas de casa de la invisibilidad servil y les asigna una significación política y social. La famosa delegada censista Ana Macri, diputada nacional en 1951, una las fundadoras del Partido Peronista Femenino, perseguida por las dictaduras, expresó en una entrevista: “El ama de casa era una cosa nueva, una fuerza política nueva.” Esta participación de la mujer completó una política económica fundada en la participación popular con asistencia estatal. La participación, por otra  parte, se centraba en el papel de la mujer como conductora del consumo y el ahorro del hogar. Además, como la campaña se dirigía a todas las amas de casa, era inclusiva, abarcaba a todas las clases sociales.

Esta visión, por otra parte, no era nueva en el peronismo. Ya desde 1946, en épocas más benignas, Eva Perón, en sus discursos, las incitaba a participar en campañas “pro abaratamiento de la vida”. Les decía que no tuvieran miedo al desabastecimiento, que lucharan contra la especulación y el agio, que no pagaran, por nada en el mundo, un precio mayor al establecido ni admitieran mercadería de calidad inferior a la pedida.

En 1952, con la consigna de “ahorrar”, se asignaba a las mujeres, en parte, la responsabilidad del éxito del Plan Quinquenal. La revista Mundo Peronista insistía: “de su acción de todos los días depende en gran parte el éxito de nuestros planes. La mujer debe conocerlos, comprenderlos, ejecutarlos y vigilar por su ejecución.”

La campaña contaba también con los aportes científicos del Dr. Ramón Carrillo que bregaba por una correcta alimentación. La falta de leche, verduras y frutas en la alimentación propendía a la formación de una “raza raquítica y decadente proclive a la extinción”. Además, el gobierno promovió las “huertas de salud” para que en la casa se destinara una parte del terreno a la plantación de frutales y verduras. En los “fondos” de las casas hubo acelga, lechuga, zanahorias; y también durazneros y limoneros. Ello era posible porque los planes de vivienda de la Fundación construían casas dignas con “sitios” amplios. En los terrenos fiscales se instalaron huertas para abastecer a hospitales y regimientos. El Ministro de Agricultura, Carlos Emery, hizo campaña para que el Ejército destinara parte de sus propiedades para obtener productos agrícolas a menores costos. El Consejo Superior del Partido Peronista, por su parte, prohibió todo agasajo, banquete, vinos de honor durante todo el año 1952 para mejor cumplir con el Plan Económico de Austeridad y la implementación del Segundo Plan Quinquenal.

2.- Evita, las mujeres peronistas y el plan de austeridad

Las Unidades Básicas Femeninas cobran, a partir de 1952, una especial significación. Son las encargadas de organizar el consumo y el control popular. Evita es la primera en convocar a la mujer argentina. Ella es el corazón de la vida familiar y, por tanto, es fundamental su importancia para el desarrollo del Plan Económico: “no podemos excluir a la mujer argentina, decía la Presidenta del Partido Peronista Femenino, de esta responsabilidad social ni a las mujeres peronistas, que además representamos la esencia viva y fecunda del auténtico pueblo argentino. Por eso queremos asumir y asumimos, nuestra responsabilidad en patriótica tarea común.” En el hogar, en la escuela, en fábrica, en todas partes, la mujer peronista debía convertirse en predicadora de Plan Económico; y, con su práctica de todos los días, en ejemplo para toda la ciudadanía.

Eva Perón, casi agonizante, se puso al frente de la campaña dando, como siempre, el ejemplo. Para ello el Partido Peronista Femenino difundió  el Plan Económico en todas Unidades Básicas Femeninas del país. ¿Cuáles eran las directivas para la acción?: 1) La mujer peronista será en el seno de su hogar la vigía y garante de la austeridad. Consignas: evitar el derroche, disminuir el consumo, incrementar la producción. 2) Las mujeres peronistas vigilarán en sus puestos de trabajo fuera del hogar que se cumplan las directivas del Gral. Perón.3) Cada mujer peronista controlará, en sus compras, el cumplimiento fiel de los precios que se fijan.4) Todas las Unidades Básicas realizaban permanentes reuniones de estudio y difusión del Plan Económico. Evita pedía encarecidamente a todas las mujeres peronistas que secundaran en su acción a las delegadas y subdelegadas censistas en todo el país.

Mientras la rama masculina discutía los problemas políticos y la rama sindical se ocupaba de los problemas de la legislación obrera, a las mujeres peronistas, madres del pueblo, les tocó ocuparse de los problemas concretos: el presupuesto familiar, la alimentación, la educación y el cobijo de la prole. Su práctica no era un destino, era un función tan alta como la de las otras ramas: buscar soluciones concretas para temas concretos.

3.- Las Unidades Básicas femeninas

La Unidades Básicas Femeninas funcionaban todo el día. Eran el motor inmóvil desde donde las mujeres, debidamente adoctrinadas, salían no sólo a divulgar, sino también a aplicar el Plan. En las Unidades Básicas se desarrollaban cursos de economía doméstica, se enseñaba a preparar comidas alternativas sin carne (había días en la semana en que no se vendía carne), a controlar los precios máximos en los comercios del barrio. Se dictaban, además, cursos de corte y confección, de tejido, de modo que las mujeres estaban habilitadas para proveer de vestimenta a su familia.

Por supuesto que eran de especial importancia las directivas a las ama de casa para controlar precios en ferias y negocios. Por eso repartían cartillas de precios máximos, y se verificaba si los negocios exhibían los precios anunciados o alteraban los mismos. Fue así como las mujeres peronistas se organizaron para colaborar con el Plan Económico, para inspeccionar los precios. Distribuidas en turnos y zonas, si encontraban un agiotista, las subdelegadas debían denunciarlos a la policía.

Ahora bien, recordemos que el segundo objetivo del Plan era producir más. Fue entonces cuando surgió el apotegma de Perón que reza que cada uno de los componentes de una familia “debe producir por lo menos lo que consume”. Ya no era solo el padre, el jefe de la familia, el único que trabaja y produce. Cada miembro de la familia, en condiciones de trabajar, debe trabajar. Por lo tanto se multiplican las cursos de capacitación que ya venían implementando en el Partido Peronista Femenino. Había que capacitar laboralmente a la mujer para que ella también pudiera incorporarse a la producción.

Son famosas las máquinas de coser que proveía la Fundación Eva Perón. Ya vimos que servían para el abastecimiento de la familia. Pero las mujeres también cosían “para afuera” y, no pocas veces, para abastecer de ropa blanca y de abrigo a  los Hogares y Hospitales de la Fundación. Según la delegada censista Ana Macri: “Cuando se entregaban máquinas coser para la familia y para abastecer a la Fundación, eran también para ganarse la vida”.

En el discurso peronista, “las madres del pueblo”, “las anónimas heroínas del hogar humilde”, como llamaba Evita a las  amas de casa, adquirieron un significado nuevo. Su trabajo, antes ignorado, cobra un alto valor político. Otra vez, el peronismo deja que tomen la palabra las que estaban calladas y condenadas a una sola función. Cocinar, coser, criar, pasan a ser un trabajo productivo. Desde las Unidades Básicas Femeninas, lo que parecía no estar comienza a ser legitimado.

4.- El control del pueblo

Si bien hemos hecho hincapié en la participación de la mujer peronista en la realización del Plan Económico, no debemos perder de vista que todo el pueblo estaba llamado a llevarlo adelante. Según Perón, un principio básico del Segundo Plan Quinquenal, corolario del Plan Económico, era el control del pueblo: “La producción del Segundo Plan Quinquenal será centralizada en sus aspectos de verificación y de control pero sólo la percepción total del pueblo posibilitará la ejecución. El Segundo Plan Quinquenal es de todos y para todos: es del pueblo y para el pueblo. El gobierno puede controlar su parte de ejecución pero es el pueblo el único capaz de exigir el cumplimiento total. De allí la necesidad de que todo el pueblo conozca el plan, y con ese fin la formulación del plan es accesible a todo el mundo. El control del pueblo es más importante que el control del estado”(18/12/52).

El plan de estabilización logró, de a poco, una sustancial baja de la inflación que en 1954 era sólo el 3% y el salario real comenzó a recuperarse. Y quedó claro que, en la aplicación de cualquier estrategia económica, es fundamental el convencimiento y la participación del pueblo. Pero quizás el logro más alto fue comprobar la importancia de la participación de las mujeres que, a través de la temida austeridad, descubrieron su importancia política. Ellas habían participado con la fuerza del Partido Peronista Femenino en la campaña electoral  que llevó a Perón  a su segundo mandato. Ellas aprendieron a censar, a afiliar, a decir discursos, a pintar y pegar carteles, a instruirse y capacitarse y a buscar, juntas, soluciones para su hogares y sus barrios. Amas de casa, madres del pueblo, las mujeres peronistas poco apoco se convirtieron en reguladoras del consumo doméstico (frenando ciertos derroches masculinos) y en abanderadas del control popular para el cumplimiento del Plan Económico de Austeridad y del Segundo Plan Quinquenal. Pero quizás la mejor enseñanza del plan de austeridad es la certeza de que todo se puede mediante el fiel cumplimiento de una ley no escrita: la ley del corazón cuyo fundamento es la solidaridad como sostén de la justicia social; y la alegría de estar siendo junto con el otro.

Jorge Torres Roggero

Fuentes:

Barry, Carolina, 2009, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, EDUNTREF (Editorial Universidad Nacional de Tres de Febrero).

Perón,Eva, 1987,  Discursos completos, (2do.Tomo, 1949-1952), Buenos Aires, Editorial Megafón.