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por Jorge Torres Roggero

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1.- La obra como fuente de doctrina: la Fundación Eva Perón

Estas líneas persisten en lo que hemos llamado, en anteriores entradas, “el realismo feminista” de Eva Perón y el justicialismo. Sus actos y realizaciones, impulsados por energías generosas, dirigidos al bien común, enarbolaban la bandera de los oprimidos con espíritu constructivo, fraternal y apasionadamente patriótico. Sus orientaciones surgían de los profundos adentros de la cultura popular: todos se sentían parte de la obra de Juan y Eva Perón, todos priorizaban el derecho de los trabajadores a una asistencia mejor y digna de su condición humana. Las mayorías se sentían ejecutoras de  una nueva etapa cuyo capítulo inicial consistía en la dignificación del pueblo trabajador. El pueblo todo, hombres y mujeres, constituía una vanguardia creadora empeñada en reparar la injusticia mediante una reorganización económica dirigida a recuperar a las mayorías trabajadoras que sólo conocían las migas “del peremne banquete de los poderes ensoberbecidos y olvidados de Dios y sus hermanos productores”.

Por eso, en las obras de Perón y Evita, se hacía hincapié en el rescate del trabajador explotado, del anciano desvalido, del niño abandonado, la concubina, la desamparada. Eva Perón acudía al rescate del ser humano atrapado en situaciones límites. Percibía el dolor en carne propia y tendía su mano para sacar de la miseria a los caídos y abrirles , así, la posibilidad de divisar un horizonte. Sabía diferenciar entre pobreza y miseria. La miseria es una exigencia desesperada que no puede soportar demora. En La Razón de mi Vida, expresa: “devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente”. A partir de estas prácticas del peronismo, se deduce con claridad que la praxis solidaria es fuente de pensamiento vivo y articulador de totalidades abiertas y fraternales.

Consideremos, entonces, dos institutos de la Fundación “Eva Perón”: Los Hogares de Tránsito y El hogar de la Empleada. Quizás esto nos ayude a comprender cómo la praxis conlleva gérmenes doctrinarios, y hasta teóricos. Pero son intrínsecos, como un poder adviniente y todavía venidero.

Los Hogares de Tránsito vinieron a suplantar los antiguos asilos dependientes de la Sociedad de Beneficencia. ¿Cuál era la finalidad de estos Hogares? Evita decía (19/6/48): “remediar la escasez de viviendas (…), amparar al necesitado, al que momentáneamente no tiene lugar. Los acoge todo el tiempo necesario hasta que ayuda social le encuentre trabajo y le proporcione vivienda para que pueda llevar una vida tranquila y sentirse orgulloso de ser argentino.

El Hogar facilitaba “alojamiento, excelente comida, eficaz asistencia espiritual, material y moral”. A los niños se les brindaba recreación, clases de labores, costura, dactilografía: y “todo aquello que le puede ser útil”. En otras palabras, los servicios de los hogares de tránsito procuraban obtención de empleo, tratamiento médico, ropas, ayuda pecuniaria.

Si bien se recibía a todos los necesitados sin discriminación, en la categorización de problemas, tenían prioridad las mujeres con hijos, ya sean solteras, viudas o separadas: “las mujeres desamparadas fueron las primera beneficiadas con sus servicios y contención gratuitos”: “Durante el período 1947 a 1949, Evita trabaja pensando más exclusivamente en la mujer, ya que es en ese lapso cuando se dedica al tema del voto femenino y, además, agiliza la nueva política carcelaria femenina creando guarderías infantiles para las reclusas con hijos, habilitación de peluquerías y cursos de profesiones cortas, actividades recreativas, cine, teatro, deporte e implantación del trabajo remunerado” (Ferioli, 1989).

Ya hemos tratado, en una entrada anterior, sobre el Hogar de la Empleada. Su función era albergar a “mujeres del interior que llegaran a Buenos Aires para trabajar, tenía capacidad para 500 personas y para el acceso se requería no ganar un sueldo mayor a $500 (el sueldo mínimo de una empleada era de $300, para 2949) y no tener familiares directos en Capital Federal. Se les cobraba una mensualidad mínima que se fijaba con relación al ingreso de la pensionista, en concepto de derecho de pensión” (Mazzuchi, 2002).

Era un edificio de once pisos “amueblados y decorados con un lujo y buen gusto llamativos”. Nueve pisos estaban destinados a dormitorios. Un piso llamaba la atención: albergó a las pensionistas próximas a casarse y que pronto abandonarían el Hogar. Se llamaba “el piso de las novias”. En el último piso se hallaban los consultorios médicos y odontológicos con atención gratuita. La terraza era un solarium, con reposeras y mecedoras. El edificio, además, contaba con biblioteca, sala de costuras donde se dictaban cursos. Había una sala de música con una colección de discos de pasta y proyectores de cine sonoro.

El Hogar se mantenía, en gran parte, con la recaudación del restaurante que funcionaba en el entrepiso. Abierto a todo público, el comensal podía servirse un menú fijo o a la carta. En ese local funcionó la “Peña Eva Perón”. Evita cenaba allí con frecuencia rodeada de poetas y escritores. Acudían, entre otros, Castiñeira de Dios (su fundador), Fermín Chávez, C. Martínez Paiva, Julia Prilustzky Farny, Juan Ponferrada, J. Ellena de la Sota, José María Fernández Unsain, María Granata, Héctor Villanueva y Gregorio Santos Hernández. En esas reuniones, tras compartir con Evita una cena amistosa, recitaban sus poemas y los ponían a consideración de sus colegas.

En un folleto de la Fundación, transcripto por Néstor Ferioli, se postula que la ciudad es un centro de atracción para las jóvenes del interior. Es así como, el sistema de trabajo en cadena se aprovecha de esta búsqueda de nuevos horizontes. “La muchacha empleada u obrera es a veces un símbolo de la tumultuosa ciudad. Se nos presenta como signada por una madurez prematura en la mirada, viviendo en pensiones oscuras donde se intenta engañarla, en la puerta de negocios u oficinas a la hora del almuerzo y en los días festivos se la puede ver en largas caminatas caracterizadas por la soledad y la tristeza.”

2.- La visibilización de las mujeres compositoras de música  

La “mujer del pueblo”, en la terminología peronista, se refiere a la totalidad de la mujer en su condición de trabajadora y compañera. La designación abarca, por lo tanto, a las caídas en la miseria, a la empleadas asalariadas y, también, a las trabajadoras de la cultura.

Este aserto emerge de un artículo del músico Juan Francisco Giacobbe titulado “La Argentina se expresa en su música”. En ese escrito, publicado en el primer tomo de Argentina en marcha, traza un esbozo del patrimonio musical como “arte de significación nacional”.

Según el autor, si bien la música es un lenguaje universal en cuanto a la “lógica idiomática”, no lo es en función de la etnofonía.  En tal sentido, la música argentina es rapsódica: “Trozos de sensaciones de todas las latitudes; retazos de emociones de todos los horizontes; añoranzas y recordatorios de todas las razas, se suman para hacer su núcleo y darle una vida auténtica, que halla, en su comienzo, su realización en la forma espontánea de lo improvisado y que pasa por la inevitable angustia de perseguir el origen de toda representación: su forma.”

La estética argentina pena en busca de su forma “como germen de la totalidad de la vida”. Pero solamente en el arte llamado popular lo argentino ha encontrado su forma. Y la forma popular se traduce en rapsodia :“Todo estado de perfección estética va precedido siempre por la inquietud rapsódica, por una labor de búsqueda y amalgamiento que, evolucionando en el tiempo, fija el tipo artístico de una pueblo”.

Ese arte “en acto”, “en formación”, en su sentido formal es rapsódico. Desarrolla, entonces, la influencia del paisaje en el fenómeno etnofónico argentino. Repasa las características de los ritmos pampeanos: gato, malambo, firmeza, vidalita. Ellos son testimonio y germen del paso de  la etnofonía al género sinfónico.

Pasa luego a describir el momento actual de la etnofonía argentina. Rescata la labor de Andrés Chazarreta, J. Gómez Carrillo y Oscar Beltrame. Destaca los logros de Carlos Vega y Julián Aguirre. Exalta el imperativo etnofónico que triunfa como fórmula universal organizativa en el cierto tipo de óperas. Recuerda a  Alberto Williams, Alejandro y José Berutti, a Felipe Boero. Tras un recorrido por la música popular etnofónica y sus posibilidades universales, se detiene en la música suburbana.

Señalaremos dos aspectos. El primero es una cita de autoridad. El autor recuerda a Curt Sach,  que “en su extraordinaria y densa Historia Universal de la danza, cierra la historia con una referencia que dice así: “Siglo XX, la era del tango”.

Un segundo aspecto es la interesante posición de Giacobbe sobre el origen del tango. Postula que el tango es antológico. Reúne “aportes meridionales europeos”, o sea, hispánicos e itálicos, más el soplo criollo. Rechaza la influencia afro: “En el principio del tiempo, de un lado está el canto de la Europa pobre, y del otro, el canto de la pampa pobre”. La cadencia del tango, entonces, “deriva de la pobreza y el proletariado”, y nace en aquel período inevitable de las grandes progresiones históricas, en que las urbes, para superarse, necesitaban de la “combustión de muchas almas y de muchas sangres”. Es expresión sensible del conventillo como plasmación social y edilicia. Se relaciona, asimismo, con la aparición de un “nuevo argentino”, el “hijo de gringo”. Se detiene en los grandes poetas del tango: José González Castillo, Celedonio Flores, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Cátulo Castillo.

Como puede advertirse, no faltan en la reseña de Juan Francisco Giacobbe, ni los aportes originales, ni el costado polémico. Ahora bien, cuando se propone tratar lo que habitualmente se considera música culta aparece, de modo insólito, lo que hemos llamado “realismo feminista del peronismo”. Por primera vez, la mujer es incluida y visibilizada en la historia de la música argentina. Esta aparición se concreta cuando pasa a ocuparse  del “cultivo superior de la música”, o sea, de la que “daríamos en llamar: culta”.

Comienza por mencionar nuevos cultores de la ópera: Gilardo Gilardi, Floro Ugarte, Athos Palma, J. Torre Bertucci, Carlos López Buchardo. Observa cómo la creación del Conservatorio Nacional y el Conservatorio Municipal dieron pábulo a una generación moderna y a la proliferación de distintas tendencias. Surgen, así, los atonalistas: Juan Carlos Paz y Jacobo Fischer; los modernistas de tendencias avanzadas: Juan José Castro, Washington Castro y otros. El autor agrega nombres y orientaciones: Angel Lasala, M. Walman, Iglesias Villoud, Carlos Guastavino  y E. García Morello.

Entre tantos nombres, de golpe, Giacobbe hace un aparte: “Detalle aparte merece la actuación de la mujer en la música y en la vida argentina. Un renacer de fuerzas bien condicionadas y mejor dirigidas ha hecho que el elemento femenino tan apartado en los siglos de la composición musical haya venido a ocupar un lugar de seria estimación al lado de la creación masculina”. Es bueno señalar, en el párrafo citado, que la aparición de la mujer en la música está relacionada con su “actuación” en la “vida argentina”. Es cierto que todavía se habla de un “elemento femenino” cuyas fuerzas han sido “bien condicionadas y mejor dirigidas”, pero hay un hecho irreversible: la mujer “apartada por siglos de la composición musical” ocupa un lugar junto al hombre.

Observa que no sólo se dedica la mujer a la pequeña composición y al arte menor de planos elementales, sino que “resuelve y se empeña en arquitecturar el arte de trascendencia ideal”. Encara, así, la sinfonía, el concierto, el poema sinfónico y “aún la ópera”. Todos estos géneros, proclama, han sido ensayados con “plausible dedicación por la mujer argentina”.

En ópera se ha destacado Isabel Curubeto Godoy con la obra Pablo y Virginia, primera obra lírica compuesta por una mujer compositora y representada en el teatro Colón en 1946. Pia Sebastiani, salida del arte moderno, sobresale con Estampas Argentinas, concierto para piano y orquesta. Elogia, también la empeñosa actividad de Elsa Calcagno y Magda García Robson que fue la primera mujer directora del Conservatorio Nacional de Música.

Cortamos aquí esta sucinta exploración del “realismo feminista” de Eva Perón y su proyección en la doctrina peronista. Se trata de la dignificación de la totalidad de la vida humana, de la construcción de una comunidad organizada en que el individuo (cualquiera sea su género) se realiza en una comunidad que también se realiza. Se parte de una fe como certeza de lo que está por venir, como convicción de lo que se espera: la justicia social “en acto” y la soberanía de la Patria como motor de “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

AA.VV., 1947, t.1, Argentina en marcha, Comisión Nacional de Cooperación Intelectual, Buenos Aires.

Ferioli, Néstor, 1989, t. 1 y 2, La fundación Eva Perón, Buenos Aires, CEAL, Biblioteca Política.

Mazzuchi, Silvia Elizabeth, 2002, La Fundación Eva Perón, Buenos Aires, Ediciones U.P.C.N., Pcia. de Buenos Aires.

por Jorge Torres Roggero

EVA MUCHACHAS PERONISTAS1.- Venían de Berisso

Lo cuenta Cipriano Reyes. En el amanecer del 17 de octubre de 1945, en Berisso, el movimiento estaba sincronizado en cada zona, según la distancia y perímetro que abarcaba,  y las manifestaciones tenían que comenzar a una hora determinada. A las nueve de la mañana una enorme multitud se volcó a la calle. Frigoríficos, fábricas textiles, el puerto, los talleres de Río Santiago, el comercio, habían enmudecido: “Hombres y mujeres de distintas edades, “plenos de fe, de vida, de entusiasmo”, con sus delegados al frente, se “levantaban como un verdadero pueblo en busca de su propia liberación”.

De pronto, Cipriano Reyes detiene el relato. Quiere resaltar el papel de las mujeres. A su lado, “marchaban mujeres extraordinarias entre las que se hallaba mi propia esposa, Clementina Salguero, quien me acompañó en todos los momentos de mi lucha, actuando junto a mí en el sindicato, en los grupos de activistas, acompañados muchas veces por nuestra hija, Argelia Griselda, de doce años de edad, que también fue conociendo desde niña el sacrificio que nos depara la lucha por la conquista de un mundo sin egoísmo y sin hambre”.

Exalta a María Roldán, delegada obrera del frigorífico Swift. Una imagen marcada por la emoción de su palabra y por cada acción de su pensamiento: “madre sacrificada en la vida y heroica en los sindicatos; sembradora del ideal cristiano y humanista que reclama la emancipación proletaria como ideal común de los desheredados; voluntaria en las barricadas y en todos los frentes de combate, en defensa de las conquistas sociales, por la paz y la seguridad de los que sufren y lloran su miseria; voz de la lucha en las tribunas, canción de justicia en el trabajo y bandera de libertad en el movimiento (…) María Roldán es un símbolo viviente y revolucionario de las luchas reivindicatorias de Berisso…”

Reyes enaltece a esas “mujeres maravillosas”. Con hogar, con hijos, siempre dispuestas a defender los ideales. Como en la poesía épica popular exalta sus nombres y virtudes. Estos son algunos nombres de esa “pléyade de mujeres hechas en el sacrificio”: Juana Carrizo, Esther Tata, Juana Bordagaray, Dora Roldán, Irma Suárez. Y los innúmeros nombres olvidados. Ellas y la juventud revolucionaria (no eran estudiantes ni intelectuales) marcharon en Berisso levantando banderas de libertad.

Cipriano Reyes está observando un fenómeno en la génesis del peronismo: el hombre y la mujer marcharon juntos, codo con codo. Desde entonces son compañeros y los une el amor y la lucha por la justicia social y la independencia económica de la Patria sin la cual no hay lugar para los derechos del pueblo y menos de la mujer. Como Eva y Juan,  mujer y hombre, son una “unio contrariorum”, la unidad en la diversidad, la fecundidad de lo diferente. Por eso, según Perón, “Argentina es el hogar”.

La participación de la mujer el 17 de octubre no es solo una percepción de Cipriano Reyes. También la prensa popular la destaca. En La Época del 18/10/45, la crónica remarca: “En medio de la columna obrera se destaca la presencia de la mujer, de la mujer trabajadora argentina, no el figurón elegante que pasea su garbo por la Quinta Avenida porteña u organiza “democráticos” picnics de champagne y emparedados en los canteros de la Plaza San Martín. Auténtica mujeres del pueblo estaban en marcha por sus libertades. Muchas de ellas del brazo de trabajadores evidenciando que los hogares argentinos -porque eran esposas, novias, hermanas de obreros, obreras ellas mismas- están con la causa del trabajador y apoyan al primer trabajador argentino”.

Fue la primera manifestación del “realismo feminista” del peronismo, fundado en la acción, falto de desarrollo teórico académico, pero con fuerte especificación en la conciencia del pueblo. Acontece enfrentado a cierto feminismo oligárquico e individualista, expresado en esa época por mujeres de alta clase social. Ese era un feminismo  de carácter meramente anti moralista y estético como rebelión contra los cánones de su clase. Su paradigma fue, sin dudas, Victoria Ocampo y el coro de “niñas bien” que disfrazaban de buen gusto el odio en la “marcha de la democracia” que precedió el encarcelamiento del coronel Perón.

2.- María Granata y las tres gestas de las muchachas peronistas

María Granata, poeta y novelista, autora de Muerte del adolescente, Corazón cavado y novelas  como Los viernes de la eternidad y Los Tumultos, entre otros numerosos libros de poemas y relatos, nos prodiga tres textos en que traza una poética de la mujer peronista en tres etapas distintas.

El primero se titula “La mujer en la gesta del 17”. Profiere, desde el momento inicial, una poética del peronismo en que la mujer es substancia primordial. Es materia (mater), matria. Ese será un signo de diferenciación que marca la originalidad del movimiento naciente. Es la mujer del pueblo, la formadora, el reservorio de la esperanza en la larga espera.

Inicia su artículo creando en clima genesíaco. Como Cipriano Reyes memora el “alba del gran día”: “No había comenzado la primera luz del 17 de octubre, día nuestro entre los días, y  ya estaba la mujer del pueblo, expectante, esperando su acontecer. En su larga esperanza ella había estado formando ese día; lo sentía levantarse desde su propia sangre, abrirse paso entre sus voces hasta ser un grito de júbilo, hasta ser un canto”.

Se trata del “gran día” de las profecías, el día del “canto”. Una gran epifanía, pero grito y canto revelados, habían sido engendrados en el seno de la mujer. Ella lo reconocía antes de empezar. No era un tiempo común, era la perduración del tiempo de la Patria: “ese que la mujer del pueblo esperaba desde el fondo transfigurado de su sufrimiento, desde la injusticia en que se debatía, desde ese descarnado amor a la vida que su corazón había salvado”. Toda la luz de ese día era un alumbramiento de la mujer. La mujer es la que determina, a la par del hombre, “el nacimiento del día histórico”. La mujer del pueblo fue al encuentro del 17 de octubre que pasó a ser signo, bandera.  Esas mujeres del pueblo eran una “suma de inusitadas fuerzas” y venían a reivindicar a las mujeres que las precedieron “en la callada esperanza que no alcanzaron a ver cumplida”. Las calles se “ensancharon” a su paso y casi no podían contener a “una maravillosa multitud que iba al encuentro de sí misma”.

Todo el pueblo levantado en busca de su líder y, en él, la mujer resistiendo la fatiga y la incertidumbre. Iba a rescatar al libertador del pueblo, “al hombre que vería en la mujer el fundamento de la sociedad humana”. Porque la mujer verdadera “no abandona al hombre en la hora de la lucha”: “Estaba allí, realidad viva y símbolo. Nada hubiera podido amedrentarla. Había empezado a mirar la vida de frente, en el ejercicio de su sufrimiento, en su experimentación de la injusticia social; había aprendido a mirar la imagen mutilada de esa vida que durante tanto tiempo perteneció a los pobres. Y había conocido (…) una nueva forma de justicia, un nivel de dignificación que ahora tenía que recuperar definitivamente”. La mujer y el niño, los sufrientes de la era oligárquica, serían el centro de la democracia social que venía a sustituir el machismo de la vieja democracia liberal, individualista y patriarcal.

El segundo texto de María Granata apareció en el libro La Nación Recobrada (1952). La revolución justicialista ofrece un pleno y pacífico despliegue. El capítulo se titula: “Valoración de la mujer en el peronismo”. No intenta configurar una teoría. Su intención es “empalabrar” la doctrina que emerge, silenciosa, de las nuevas prácticas políticas y sociales del peronismo.

María Granata postula que, como el peronismo es esencialmente social y “el sentido social es definidor de la naturaleza femenina”, resulta fácil comprender “cuánto hay de espontáneo y verdadero” en la incorporación de la mujer al Movimiento. Su fe en la nueva doctrina reconoció, en cada uno de sus postulados,  “su propia misión en el mundo, su generosidad sin vacilaciones, su función constructiva”, “advirtió que no se trataba de un movimiento meramente político, sino un impulso de redención humana”.

La mujer, a lo largo de la historia, piensa María Granata, representa la “construcción paciente” y se “opone a la impaciente destrucción de bienes y valores”. En la historia escrita, a la mujer no se le concede un “solo triunfo comparable al hombre”. Sin embargo, es sujeto de una victoria tácita pero continua en la “historia viva” de la humanidad. Su victoria está en la “esperanza salvada que ilumina la lucha del hombre”. Esperó largamente, pero no en espera pasiva sino de “acumulado sueño”. Por eso le fue fácil descubrir la “urgencia por participar en la lucha”.

Esto le permitió, asimismo, permanecer ajena al pensamiento colonial (“tendencias extrañas”) ajeno a la verdad de la Patria y a la verdad del Pueblo. Para no quemar la esperanza, hizo suya una causa redentora.

La diferencia entre en el hombre y la mujer es que la razón masculina puede establecer “una separación entre la acción política y la acción social”. Para el intelecto amoroso de la mujer, en cambio, política y acción son conceptos consubstanciales. Se visualiza una proyección común entre la mujer y la doctrina peronista. Ambas representan “creación y salvaguarda de valores”: “Ambos -la mujer y el Peronismo- coinciden en su posición ante la vida, en su responsabilidad ante el hombre, en su poder formativo de futuras generaciones”. La incorporación de las mujeres, por coincidencias de contenido, de convicciones  y de destino, es, por eso, espontánea y ferviente.

La injusticia social estaba naturalizada, era un costumbre. Se proclamaban derecho y libertades que los hechos negaban: “En nuestro país, gobiernos carentes de objetivos sociales habían creado la “costumbre” de subestimación política de la mujer”. El derecho cívico femenino era una señal de peligro para la política dominante.

La mujer posee un innato sentido de la tierra como “patrimonio intransferible”. Por eso no quiere construir sobre un suelo enajenado. Quiere construir sobre lo suyo y, a los gobiernos oligárquicos, sólo les faltaba “enajenar el cielo”. La toma de la palabra de la mujer fue una apuesta a la verdad sobre la mentira y a la preeminencia del costado social y solidario, sobre el egoísmo. Ella sólo aglutina “impulsos vitales, fuerzas positivas” que enfrentan “los factores de negación”.

La marginación de la mujer como ciudadana activa fue una estrategia consciente. Los dirigentes anteriores no ignoraban que la posición moral implícita en el espíritu femenino repudia instintivamente las acciones entreguistas, el futuro hipotecado de los hijos y la Patria. Su ejemplo es Eva Perón. Ella infunde espíritu vital al pueblo entero: “Su corazón puede expresarse resueltamente y entrar en la lucha (…) y abre en nuestra historia un camino a golpes luminosos de sentimiento”.

El advenimiento de la causa justa significó la plenitud de derechos. La ley 13.010 estableció que “la mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. Eva Perón ha dicho: “El derecho del sufragio femenino no consiste sólo en depositar la boleta en la urna. Consiste esencialmente en elevar a la mujer a la categoría de verdadera orientadora de la conciencia nacional”.

María Granata señala la importancia del Partido Peronista Femenino como necesidad de aglutinar los aportes decisivos de la mujer en la configuración de la sociedad futura. De nada le había valido su heroísmo en la lucha por la independencia patria. “Sólo el Peronismo reparó todos los olvidos. Y ahora la mujer tiene derechos y tiene partido”. Exalta, también, la importancia de las Unidades Básicas femeninas tal como lo hemos descripto en una entrada de nuestro blog titulada: “El realismo feminista de Eva Perón: Escuela de Enfermeras, Partido Peronista Femenino”.

El peronismo representa la defensa de los valores genuinos de la mujer que, al participar de las decisiones importantes, al incorporarse a la vida política, afirma “los caracteres distintivos de su femineidad”. Hay cierto apartamiento de lo que Granata, en 1952, llama: “la enmarañada  psicología feminista internacional”. La mujer peronista entra en la historia como depositaria de la felicidad del pueblo. Y, “cuando entra, multitudinaria en la lucha, no es para dudar ni para equivocarse”. Si desvirtúa su naturaleza, ya no pertenece a la historia viva sino a una “ficción intelectualista”.

En la Razón de mi Vida, Eva Perón recuerda estas palabras del General: “Tal vez la mujer pueda salvarnos a condición de que no nos imite”. El peronismo reconoce las responsabilidades de la mujer en la sociedad y sus derechos. Eleva la dignidad del hogar “donde ella se define y se realiza y protege su trabajo fuera del hogar”. Defiende su modo de ser (su femineidad) para que no sucumba “en las duras condiciones de trabajo impuesta por la injusticia social de otros regímenes”. Para la doctrina peronista la mujer es una compañera en la lucha, codo con codo, al lado del hombre. Mas aún, en horas decisivas de la civilización (recuérdese que estamos en plena guerra fría, guerra de Corea -1951-1953),  resalta la “voluntad femenina de nuestra patria”, voluntad de paz en el “concierto mundial de las luchas y los intereses”: “La paz debe comenzar en cada hombre; no es bien privativo de actuaciones políticas. Cada hogar es, para asegurarla, la mejor cancillería”. Y la mujer peronista, pacifista por sí y por su adoctrinamiento, es en esta hora la representante por excelencia de la paz.

El tercer momento de la épica de la mujer peronista se refiere a su participación en la Resistencia. Marta Cichero en Cartas Peligrosas ofrece un apasionante panorama de la complejidad y las contradicciones de los militantes peronistas. Tiene especial relevancia la dramática trama de la contienda subterránea que tenía como campo de debate los periódicos clandestinos: secreta historia de los modos de financiamiento, de artículos de presos evadiendo las requisas, de los talleres clandestinos de impresión, de los avatares de la distribución.

En una carta de Jauretche al Padre Benítez, desde su exilio montevideano, desnuda algunas de las dificultades: “Mimeógrafo. Aquí trabajamos mucho con mimeógrafo y tenemos uno muy bueno pero por los inconvenientes de correo ya expresados poco se puede hacer por los de allí. Si allí hubiera una organización de mimeógrafos, nosotros podríamos mandar esténciles, es decir matrices que acá se pueden hacer con toda comodidad”. Recordemos que en la dictadura liberticida el Correo espiaba y requisaba correspondencia.

El 8/10/57, Lagomarsino le escribe Manolo Buzzeta. Le da cuenta de la aparición del segundo número de El Guerrillero y comenta las dificultades económicas que afrontan: “Sobre el problema $$ no tenemos por ahora ninguna posibilidad. Para conseguir 1.000 $ que faltaban para sacar el segundo número del periódico, tuvimos que hacer una colecta de relojes y empeñarlos”.

En esta dura etapa de la Resistencia Peronista, la mujeres estuvieron, como siempre, presentes. Muchas de ellas estaban presas, sobre todo las dirigentes del Partido Peronista Femenino, y las que desempeñaban cargos públicos, por la represión posterior a setiembre de 1955. También en la cárcel de mujeres “hubo lío” entre las “duras y las blandas”. Lo cierto es que sobreviven pocos testimonios de valiosísimo aporte de las mujeres en la resistencia. Quedan los nombres de algunas. Marta Cichero recuerda: “Mujeres heroicas como María Elena Márquez, del Comando Coronel Perón, y Lidia Yoda, que con tres puntadas rápidas confeccionaban una sotana en la que se escapaban los refugiados de la parroquia del Padre Benítez en Saavedra y que años más tarde salvarían la vida con sus disfraces a muchos perseguidos del proceso”.

María Granata dirigió el periódico Línea Dura. Marta Cichero recoge su testimonio:Línea Dura se imprimía donde se imprime el diario alemán (…) y todos los que trabajaban en el taller, hasta su jefe, eran peronistas. Yo presenciaba el armado pero como pasaba la policía resolvieron hacerlo de noche (…) Porque Línea Dura era la administradora Malena Legrand (que había sido muy amiga de Evita) y yo”. Malena había propuesto el nombre del periódico, Línea Dura, para expresar su tendencia ortodoxa y combativa. Al periódico lo financiaban los dirigentes gremiales que compraban todos sus ejemplares. “Nosotras no veíamos un centavo. Ellos retiraban de la imprenta una cantidad de ejemplares para su sindicato”.

María Granata, gran narradora, da un tono tragicómico a su constante codearse con el peligro: “Estuve a punto de caer presa por Línea Dura y en la imprenta me propusieron que se armara de noche. Yo necesitaba dar un último vistazo antes de la impresión. La administradora me dijo: “Vos te instalás en un bar y yo voy y vengo”. Era pleno Bajo. Nos instalamos en un bar alemán muy grande y tranquilo. Ella me traía las notas. Había citado también ahí a los dirigentes que venían a buscar la orden para retirar los ejemplares. Malena era un mujer rubia, llamativa. Primero llegó el dirigente de la Juventud Peronista Enrique Ninín, muy joven. Le entregó una cantidad de dinero. Ella salió, fue a la imprenta con él. Tardó unos quince minutos. Después un dirigente de frigoríficos, que puso el dinero sobre la mesa. Salió con él. Y el dirigente petrolero Acero, lo mismo. Al rato volvió. El alemán dueño del bar vino a los gritos a nuestra mesa: – ¡Prostitutas no!”

María Granata, luego de ponderar el modo de trabajo de la Fundación que conoció por dentro, concluye: “Eva era el motor. Si hubiera estado viva encabezaba la revolución social incruenta en la Argentina. Ella es la pasión del Peronismo y sin pasión nada puede crecer y sostenerse”.

Los testimonios que hemos aportado reafirman que, más allá de la ficción intelectualista, el peronismo libera para siempre los caracteres genuinos de la mujer. Y lo seguirá propiciando a través de los tiempos. Siempre a la vanguardia de las gestas de la mujer en su larga lucha por la visibilización y respeto de sus derechos.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba.

Fuentes:

CHÁVEZ, Fermín (comp.), 1996, La jornada del 17 de octubre por cincuenta autores, Buenos Aires, Corregidor.

CICHERO, Marta, 1992, Cartas Peligrosas, Buenos Aires, Planeta.

AA.VV., 1952, Una nación recobrada. Enfoques parciales de la Nueva Argentina, Buenos Aires, Subsecretaría de Informaciones, Presidencia de la Nación.

EQUIPO DE TRABAJO de la Fundación Tiempo Social, 1995, 17 de octubre de 1945. 50 Aniversario, Buenos Aires, Ediciones Historia Viva.

carrillo-1-640x381por Jorge Torres Roggero

En 1951, en los albores de la cibernética, Ramón Carrillo da cuenta de la creación del Departamento de Cibernología de la Nación. Tanto en el ámbito oficial, como en los sectores más críticos al gobierno, recibieron la noticia con asombro y desorientación. ¿Qué era lo que se escondía bajo el nombre enigmático de Cibernología? Para unos era un delirio, para otros un objeto de ludibrio, una prueba de la desmesura e ignorancia de los  “cabecitas negras”. Revisando algunos conceptos de Ramón Carrillo  en “Sobre Cibernología o el arte del gobierno”,  en  DINÁMICA SOCIAL (N° 19, marzo de 1952), se nos ocurrió la peregrina idea de relacionarla  con la Comunidad Organizada  y el Modelo Argentino. ¿Había meditado Carrillo sobre la utopía peronista de la Gran Armonía entre individuo y colectividad, la liberación del hombre insectificado y la alegría de ser como fundamento de la comunidad? ¿Habrá sido objeto de conversación entre los dos humanistas, entre el Jefe y el Sabio, “el arte de gobierno”, “ la comunidad organizada”, “el plan estratégico”?  Si Perón y Eva Perón fueron los testigos de casamiento de Ramón y Susana Pomar, seguramente compartían también sus más íntimas disquisiciones sobre el destino del hombre y de la Patria. Eso me impulsó en llamar a estas breves elucubraciones: “bosquejo de una comunidad organizada en el siglo XXI” como resultado de una verdadera “ciencia del hombre”. Ahora bien, antes de iniciar nuestra entrada al campo todavía inquietante de las reflexiones en que Ramón Carrillo habla de Cibernología y biopolítica, se impone una aclaración que solo tiene el objeto de distinguir para entender.

Me refiero a Michel Foucault y sus estudios sobre biopolítica. En tal sentido, es oportuno señalar que Carrillo se funda en un humanismo más próximo a la afectividad popular que al racionalismo instrumental del sabio francés que entiende a la biopolítica como mejora de la salud popular practicada por medio de dispositivos de vigilancia y control de los fenómenos sanitarios. Se trataría de una arquitectura de poder tendiente a estatizar lo biológico. La biopolítica sería un dispositivo de primer orden para conformar un saber destinado a la maximización de biopoder ejercido sobre “seres insectificados”. En otras palabras, la medicina social como estrategia de control. Por supuesto, este esbozo  no pretende discurrir sobre los distintos indicadores biopolíticos a través de la historia, ni sobre el uso del Estado como ordenador violento. Sólo queremos distinguir, postergando debates necesarios, dos características básicas en el concepto de biopolítica: Foucault, más cercano al positivismo mecanicista, habla de un biopoder sectorial; Carrillo, desde el humanismo peronista, despliega una poética abierta e integradora, un verdadero  arte de gobernar en que el sujeto es el pueblo. Nuestro sabio se empeña en crear las bases de una “eubiótica”, o sea, una ciencia de la salud superadora del “higienismo” “porque amplía con su lente los pequeños y grandes factores del bienestar humano”.

Eva Perón hablaba del derecho victorioso del más ” débil”. En consecuencia, a lo mejor la historia de nuestras luchas por la vida, de la selección de las especies y del dominio del más fuerte, no es la verdadera historia. Pero, como en la microbiología, existen otras posibilidades. Está comprobado que, mediante la cooperación, el débil logra sobrevivir y sobreponerse a la agresión del más fuerte. Refiriéndose a esto, dicen los microbiólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan en Microcosmos: “La competencia en la cual el fuerte gana ha recibido mucha mejor prensa que la cooperación. pero ciertos organismos superficialmente débiles han sobrevivido formando parte de entidades colectivas, mientras el representante de los fuertes, al no haber aprendido el truco de la cooperación, fueron arrojados a la pila de los residuos de la extinción evolutiva”.

De tal modo, no seríamos seres autónomos, sino eslabones de una cooperación simbiótica. La vida es una forma de cooperación. Surgiendo de la confusión y el caos, se realimenta. La supervivencia no es una especialización de los más aptos, no es el dispositivo de un biopoder; es, en cambio, la cooperación como la más potente operación de cambio evolutivo.

A partir de una intuición poética, Kropotkin  postulaba una interpretación del origen de las especies diferente al determinismo positivista. En su libro Socorro Mutuo, plantea: “Si nosotros preguntamos a la naturaleza quienes son los más aptos, si los que continuamente guerrean entre sí o los que se respaldan mutuamente, vemos de inmediato que los animales que adquieren habito de socorro mutuo son indudablemente los más aptos. Tienen más oportunidades de sobrevivir y alcanzar, en sus clases respectivas, el mayor desarrollo de inteligencia y organización corporal”.

Cibernología y Cibernética

Carrillo postula la necesidad de crear un nuevo arte de gobernar. Para ello había que superar la etapa del método analítico que “despedazó la realidad humana” y se dedicó a estudiar  “fragmentos científicos” sin relación entre sí. Esto impidió pensar en “los fines de la vida humana o en su mejoramiento con relación a su integridad”. Obsérvese que Carrillo habla de fines, lo que implica una escatología; y, de “integridad”, o sea, a la necesidad de tener en cuenta componentes supra corporales del sujeto histórico pueblo. No sin antes referirse a la etimología común entre Cibernética y Cibernología (manejar un timón, gobernar o dirigir) se ocupa de establecer sus diferencias: “La Cibernética, pensaba Carrillo, ensaya establecer una teoría general de las máquinas de controles automáticos y  susceptibles de registrar datos de un problema determinado resolviéndolos en un tiempo mucho más corto de lo que podría hacerlo el cerebro humano. Con tales máquinas la cibernética empieza su marcha, sin duda, asintótica, hacia la realización del cerebro artificial. Su punto de arranque tanto como sus objetivos son, pues, completamente distintos a de la Cibernología.

La Cibernética parte de la mecánica y tiende hacia una mecanización cada vez más completa del trabajo del hombre, incluso el trabajo del intelecto, con el objeto de economizar esfuerzo y tiempo.”

Si prestamos atención, observaremos que, en esta caracterización, prevalecen vocablos referidos a valores cuantitativos: máquinas, controles automáticos, registro de datos, economía de tiempo cuyo objeto es un rumbo fijo: la meta final del cerebro artificial. Pero claro, la marcha es asintótica, es un aproximarse sin cesar a una meta a la cual nunca podrá arribar.

Entonces, para establecer diferencias , y llegar al componente totalizador que Carrillo atribuye a la cibernología, recurre a una serie de aproximaciones que van ampliando el horizonte de comprensión y, a la vez, precisando nuevos aspectos. En primer lugar, la cibernología cambia los fines con respecto a la cibernética. No mecaniza y ni altera el uso de los recursos científicos, pero los destina a humanizar el Estado y el Gobierno: “La Cibernología sería, entonces, la ciencia integral del hombre.”

Pero ¿ cuál es la finalidad que dirige todos los esfuerzos cibernológicos? Carrillo responde: “es la de incrementar el bienestar y hacer posible la felicidad, en términos colectivos, concebido esto en el sentido más elevado, como abarcando, desde la satisfacción de las necesidades fisiológicas hasta los aspectos psíquicos, toda la vida del hombre.” Se accede así a una segunda definición que ubica a la cibernología entre las ciencias humanas: “ es una ciencia que reúne todos los conocimientos relativos al hombre con la finalidad de promover su bienestar y felicidad.”

Cibernología y biopolítica

La tercera aproximación al concepto de cibernología se relaciona con la felicidad a la que se atribuye un carácter eminentemente social. El yo no es feliz si no lo es también el otro: “Hablo de la felicidad, la felicidad humana, que sólo es concebible dentro de una colectividad, pues el hombre es “par excellence” un ser social.” La cibernología, entonces, es también una praxis científica que se corporiza en reglas que permiten organizar la vida de las “comunidades humanas”. De tal modo,  la tercera definición de Cibernología tiende a enfocar su carácter de ciencia aplicada: “la Cibernología es la ciencia y arte de organizar las comunidades y gobernarlas. La biopolítica es una de sus técnicas.” Llegamos así al uso del término “biopolítica” en la visión de Ramón Carrillo. En primer lugar, habrá que señalar que es “una” de las técnicas de la cibernología. Recordemos que, desde el punto de vista peronista, la práctica social surge del seno del pueblo que es un totalidad abierta. Es lo integrador en contradicción viva con lo sectorial.

Entonces, la Cibernología es, según Carrillo: “el estudio integral del hombre a los fines de la organización científica de los pueblos y, en especial, de su gobierno, para procurar el bienestar y la felicidad total o del mayor número de individuos, asegurando el pleno desarrollo de la personalidad de cada uno sobre la base de una eliminación, lo más completa posible, de los factores ataxiológicos o desordenadores.” El factor ataxiológico es el desorden o falso orden. El falso orden es el que naturaliza, por ejemplo, la esclavitud que, según las épocas, puede ser producida por la explotación del hombre por hombre “o por la pobreza y la miseria producidas por el desorden económico y la falta de organización de los pueblos en cuanto a sus posibilidades de desarrollo material y espiritual. (…) Si el hombre no piensa cibernológicamente, jamás encontrará una salida al atolladero adonde nos ha conducido nuestra actual civilización.” Es la idea de caos compartida con Perón. El conductor político no conduce lo organizado sino lo orgánico, lo hirviente de vida. El caos sobreviene de lo profundo del pueblo, allí habla sin cesar, crea formas de poder que, para los “factores ataxiológicos” o agentes del falso orden, son monstruos amenazadores. Carrillo aplicó, por ejemplo, a la salud cierta idea sobre la existencia de un atractor extraño como operador de auto ordenamiento. En sus consideraciones sobre la planificación de la salud considera que toda organización es apasionante porque sólo es estática en el papel. En “cuanto surge la vida” o simplemente contrasta con la “proclividad del hombre a preferir senderos trillados a la picada en el monte abrupto”, es cuando vale la pena organizar algo. Entonces, cuanto se refiere a la vida de los semejantes, es un acto de amor. Primero, obrar sin exclusiones; después, fundamentar conceptualmente la acción. Como su amiga Evita, estaba convencido de que lo incluyente es el amor. Si me falta teoría, puedo incluir con el amor que, según Evita, “alarga la mirada de la inteligencia”. Entonces, la cibernología sería una ciencia axiológica y valorativa; pero, a la vez, técnica y práctica, una biopolítica. Es ciencia de vivir; y arte de inculcar la vida. Surge, entonces, la pregunta sobre el medio adecuado para superar el fetichismo cientificista al servicio del poder material, para “humanizar el capital” y la organización de la vida humana. Para eso llega a una cuarta aproximación a la Cibernología: “definida, pues, por su objetivo, el hombre, podríamos también definirla por el medio que maneja para alcanzarlo, esto es, el Estado. Desde este punto de vista, la Cibernología sería la ciencia y la técnica de la organización y conducción del Estado, fundado en el conocimiento, lo más completo posible, del hombre y de la sociedad y de las leyes naturales que regulan su existencia y su conducta a fin de asegurar un mínimo de bienestar y felicidad a un máximo de individuos. Pero solo  el Estado organizado sobre la ciencia y la técnica, puede promover un profundo cambio en la educación, en la vida cotidiana del hombre-masa, en sus hábitos y costumbres, regular sus instintos, perfeccionar su salud y prolongar su vida útil; solo un Estado técnicamente organizado puede cumplir un plan que sirva al hombre mismo y no al Estado; puede así el Estado organizar el trabajo colectivo, ubicar las masas humanas en ciudades urbanística y sanitariamente concebidas; crear viviendas dignas y legislar con respecto a las leyes naturales.”

El Estado cibernológicamente concebido

El papel cibernológico y ordenador atribuido al Estado es imposible sin una concepción del otro . Solo cuando incluyo al otro soy yo. Pero, entonces, somos. Somos tiempo acumulado (memoria colectiva), el individuo aislado es una abstracción, una categoría. La individualidad es en sus raíces una empresa colectiva (cooperativa). Es una secreta interconexión de universos. Existimos con todo el cuerpo y con el cuerpo de los otros. “Existo, luego pienso”, decía Rodolfo Kusch. Más aún, en esa organización del caos que es el Estado, cuando pensamos, no sólo piensan con nosotros los “otros hombres”, sino también los muertos: “Debemos reconocer, postula, que en un Estado y en una sociedad planificada, el hombre  no puede ser concebido sino en función de los demás hombres. Porque no sólo pensamos con el cerebro, sino que pensamos con todo el cuerpo; el hombre aislado es una utopía, ya que si bien  piensa y siente con su cerebro y su cuerpo, también piensa y siente con el cerebro y el cuerpo de los otros hombres. El hombre aislado es un artificio filosófico. Dependemos de todos los que nos rodean, incluso de los muertos que nos han legado su espíritu y sus obras.(…) La Cibernología y su técnica, la biopolítica, no son meras doctrinas filosóficas o científicas, constituyen un botiquín para una medicina de urgencia de la humanidad”. La cibernología, sería así, una “integración de integraciones” Por eso ambicionaba que los hospitales argentinos no fueran “casas de enfermedades”, sino “casas de salud”. El hospital carrilliano no solo era un centro asistencial para curar, sino también  un centro de cultura con sus salas de conferencias y de proyección cinematográfica para enseñar al pueblo a “vivir en salud”.

Arturo Carrillo, en un libro colectivo (cibernológicamente escrito, diríamos) titulado Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, da cuenta del especial pedido de su hermano para que se dieran a conocer sus propuestas cibernológicas.  El original, inédito, consta de “18 capítulos escritos en el exilio, tipeados en una Olivetti, amarillentos y olvidados que guardaba con mucho celo su esposa Susana”.

Esto debe inducirnos a formar equipos para estudiar la obra y vida de Ramón Carrillo, sus proyectos y realizaciones, su filosofía antropológica, su entrega total al otro, a la felicidad del pueblo argentino. Este insigne “maestro” (así la consideraba Perón), como muchos otros del primer peronismo sufre todavía exilio y persecución. Después de todo, su vida y su obra fueron una actualización y puesta en práctica permanente de una de las 20 verdades. Aquella que considera al justicialismo como “una filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humana”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 22 de abr. de 19

Fuentes:

Los datos, citas y transcripciones que hemos desarrollado reconocen las siguientes fuentes de consulta:

ALZUGARAY, R.A., 1988, Volumen I y II, Ramón Carrillo, el fundador del sanitarismo nacional, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

BREVETTA RODRÍGUEZ, Miguel A., 1972, “La otra cara de Ramón Carrillo”. En: Cuadernos de Cultura, Municipalidad de Santiago del Estero, Año III, N° 6, octubre 1972.

CARRILLO, Arturo et alii, 2005, 2ª Edición, Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, Buenos Aires,  Carrillo Ediciones.

CARRILLO, Ramón, 1947, Tres tomos, Plan analítico de salud pública, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación

CARRILLO, Ramón, 1949, Dos tomos, Política sanitaria argentina, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación

CARRILLO, Ramón, 1951,  Dos tomos, Teoría del hospital, Buenos Aires, Ministerio de Salud Pública de la Nación.

CARRILLO, Ramón, 1952, “Sobre la Cibernología o el arte del gobierno”. En: Revista Dinámica Social, Año II, N° 19, marzo de 1952.

CARRILLO, Ramón, 1952,  “Introducción a la Cibernología y a la biopolítica ( los espacios del hombre)”, en Hechos e Ideas, Nos. 98-99, Mayo y junio 1952, Buenos Aires.

CARRILLO, Ramón, 1974, “El criterio biológico en el reordenamiento económico de la alimentación en la Argentina”. En: Hechos e Ideas, Año 1, N° 1, mayo/junio 1974.

MAZZUCHI, Silvia Elizabet, 2002, La fundación “Eva Perón”, La Plata, Ediciones U.P.C.N., Pcia. de Buenos Aires.

BRIGGS, J. y PEAT, R.D., 1990, Espejo y Reflejo: del caos al orden, Barcelona, Gedisa Editorial

Hacia 1941 publicó dos títulos hoy inhallables: uno de carácter sociológico, Desarrollo de la industria agropecuaria en Santiago del Estero; otro, Caracteres etnográficos y sociológicos de la población de Santiago del Estero. Una lectura para- textual de los títulos hace suponer que su preocupación estaba dirigida al interior de su provincia y a las condiciones de la población más desvalida.

Por otra parte, no debemos olvidar que su obra filosófica fundamental permanece inédita. Destinada a cursos de postgrado en universidades brasileñas, la redactó en el exilio y contiene un mensaje de carácter universal referido a la salvación del hombre en lo que considera una crisis terminal de la civilización occidental. Se trata de Teoría General del Hombre (28 tomos y un tomo resumen).

 

por Jorge Torres Roggero

1.- Ramón Carrillo: lealtad al paloPerón y Carrillo

Los convido con algunos retazos de un librito que he titulado El Angel Sanador, y versa sobre Ramón Carrillo. He obviado en este nota la profusa bibliografía científica del Dr. Ramón Carrillo, su fama internacional. Tampoco menciono las prácticas médicas que llevan su nombre. La brevedad sólo me permite aludir a las fases principales de su labor en favor del pueblo que desarrolló como primer Ministro de Salud Pública de la historia argentina. Ser ministro fue su mayor rasgo de humildad y entrega, su mayor renunciamiento. Pero sobre todo, como se verá en mi libro, lo distinguió la inquebrantable lealtad al general Perón y a la causa peronista. Aun en la extrema pobreza, en la soledad, la intemperie y la muerte.

En los textos sagrados, así como, a veces, descienden ángeles aulladores que anuncian a los pueblos el castigo por sus prevaricaciones, o el anuncio de una nueva era; también descienden ángeles sanadores destinados a aliviar el dolor de los humanos, la miserabilidad de las multitudes. En nuestra tradición bíblica, Rafael es un  ángel sanador: provee salud y alimento.

Carrillo, científico de fama mundial y extraordinario neurocirujano, puso su conocimiento al servicio de los humildes. Fue un ángel sanador. Renunció al brillo académico, y se entregó entero a poner en actividad el derecho del pueblo a la salud , a una vida digna, a la alegría de vivir.

Como la mentalidad argentina en el ámbito universitario estaba marcada por la colonización cultural y el pensamiento del amo extranjero pensaba en la mente de “los que pensaban”, había adoptado un hilarante método cuando iba a presentar una idea nueva y era, por lo tanto, resistida por carecer de bibliografía extranjera. “La atribuía a Melonopski y no a Carrillo”. Como nadie se animaba a preguntar quién era Melonopski, o sea a confesar su ignorancia, lograba una rápida aceptación.

Si algo lo distinguió, fue su lealtad a la causa peronista y al Jefe, como designaba a Perón asemejándose en esto a Leopoldo Marechal. En el apartado siguiente, les regalo la mejor y más completa alabanza a la virtud clave de la lealtad que dejó como testamento a sus hijos. Ni Perón llegó a tal grado de desarrollo de la lealtad en su libro Filosofía Peronista.

Perón, por su parte, dio a Carrillo el mejor título que le cabía: maestro. Según Roberto Di Sandro, Perón dijo una vez: “Yo tengo un maestro del cual aprendí mucho de lo humano y su sencillez”. Preguntado por Américo Barrios: “Y ¿qué es lo que aprendió de él, General?” La respuesta fue muy reducida, pero con mucho contenido: “Aprendí esas cosas sencillas, pero reveladoras que hacen al conocimiento de la condición humana, y a las relaciones entre las personas. Algo que vale tanto como un “placer” para transitar la senda justa del hombre: la verdadera”. Y repetía: “Sólo un hombre fue mi maestro y de él aprendí algo trascendente: la condición humana y la verdad.” Admirable sencillez de Perón reconociendo una cualidad superior: la de maestro.

Cuando Carrillo arribó al Ministerio lo halló lleno de políticos “contreras” y trabajó con ellos a pesar del clima hostil que creaban. Su principio de convivencia era “no hacer nunca mal a nadie.” Jamás dejó cesante a un funcionario, aun de alta graduación, por razones de ideología política. Logró así que, en su Ministerio, no hubiera intrigas ni enconos. Dice el Dr. Germinal Rodríguez: “Carrillo no trabajó, ni para la gloria, ni para su beneficio personal”. Entremos, entonces, en los intersticios de su pensamiento. Pensemos con él la Patria y prójimo.

1.- Una palabra clave

La historia del peronismo es recorrida, desde sus inicios, por la palabra lealtad. En cierto sentido, la lealtad define a un peronista cabal. En sus escritos, Perón insiste con frecuencia en esta virtud. Si bien no se detiene en largas disquisiciones, deja en claro que la lealtad está fundada en la fe, es decir, en la confianza entre quienes deber ser compañeros y amigos, entre jefe y subordinado. No es estática. Para Perón, es una “virtud definitoria del peronismo”. Un hombre leal es un hombre en el que se puede confiar ciegamente tanto en las ideas como en la acción. En toda acción es fundamental la lealtad del compañero. Si no es leal, es un traidor. Y, ¿cómo llegar a un objetivo con un traidor?

Para el justicialismo la lealtad aporta un contenido eminentemente político. Es un condición sine qua non para lograr los objetivos comunes. Cada compañero necesita confiar en la lealtad del que marcha a su lado. Cada Pueblo necesita confiar en su Conductor. Claro que, el conductor también debe entregarse en cuerpo y alma a sus compañeros y a su pueblo: “La lealtad -lo ha expresado Perón- es la base de la acción; lealtad del que dirige, lealtad del grupo hacia sus dirigentes. La lealtad no puede ser nunca una condición a una sola punta” (24/07/1947).

Ramón Carrillo dejó en unas hojas sueltas lo que podemos considerar una herencia moral para sus hijos cuya adolescencia no pudo disfrutar a causa de su prematura muerte. Son las llamadas “diez palabras simbólicas”. No las vamos a desarrollar puesto que no disponemos de espacio. Las consignamos: solidaridad, tolerancia, verdad, conocimiento, libertad, amor, fe, alegría, utopía, honradez. Esas serían las diez virtudes del hombre, pero, para Ramón Carrillo,  lealtad es la “palabra clave”. Nos atrevemos, en consecuencias, a bautizar al texto de Carrillo que sigue con el nombre de:

3.- Himno a la lealtad peronista

 “La lealtad es una resultante de las diez virtudes del hombre.

1.- De la solidaridad: Con los humildes y desgraciados, y con todos aquellos a quienes les brinda su amistad, simpatía o afecto.

2.- De la tolerancia: Para saber perdonar al jefe, al amigo o subordinado sus pequeños errores y defectos humanos, propios de la imperfección.

3.- De la verdad: O sea la aptitud para sabérsele (sic) decir al amigo, al jefe o al subordinado, y decirle con la prudencia del sabio, la persuasión del maestro, la energía del hombre, pero decirla, si es que de su conocimiento el amigo puede escapar de la traición y la felonía.

4.- Del conocimiento: Para extraer todo aquello, que permite saber, porque se es leal a un persona o a  un ideal o a su patria. Con las personas hay que ser sólo consecuentes, pero hay que ser leal a lo que ellos representan o simbolizan.

5.- De la libertad: Porque sólo siendo independientes ( y dotado de valor) se puede afrontar las consecuencias angustiosas que tarde a temprano acarrea la Lealtad. Solo en la Libertad, se es leal sin titubeos.

6.- Del amor: Porque el amor no se conquista, ni se retiene sin lealtad, que a su vez no es más que una forma superior del amor, lo que no está alcance de cualquier desgraciado.

7.- De la fe: La fe implica confianza, porque solo se es leal a aquello en que se confía ciegamente.

8.- De la alegría: Porque no hay mayor fuente de emoción íntima y profunda que la satisfacción de sentirse leal, de no haber violado jamás la palabra dada, ni el compromiso contraído, ni el deber. Deber, palabra, compromiso, si no se cumplen, originan tristeza, angustia. Sólo la lealtad es fuente de alegría.

9.- De las utopías: Todo idealista (un grado más allá) utopista, es forzosamente leal a sus ideales y escéptico con respecto al cumplimiento total de las utopías.

10.- De la honradez: La honradez no es más que una forma parcial de la Lealtad. Se es honrado, porque antes se aprendió a ser leal; la lealtad origina la honradez humanizada e inteligente, y no la honradez estúpida y mojigata de los libros de moral.

Hay que ser honrados y comprender que otros no pueden serlo, sin humillarlos y difamarlos por eso. Enseñarles y evitar que sigan la labor fácil y no crear condiciones de organización tales que estimulen la deshonestidad.

Muchos son deshonestos porque la oportunidad y la tentación se les brinda todos los días. Sólo en último extremo castigar a los deshonestos. Pero entonces sí, castigarlos con toda la fuerza y el poder disponible.

Mucha gente roba un pan; esa persona no es deshonesta ni un delincuente. Es un hombre.”

(Ramón Carrillo)

Fuente:

CARRILLO, Arturo et alii, 2005, 2ª Edición, Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, Buenos Aires,  Carrillo Ediciones.