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(PARFENIUK, Aldo, 2014, Un poema no debe hablar, Córdoba, Alción Editora)

por Jorge Torres Roggero

En primer lugar, debo confesarlo, me declaro adicto a la poesía  de Aldo Parfeniuk. En segundo lugar, considero que mi patrimonio_historico_aldo_parfeniukadicción es la puerta de entrada a un intento de comprensión de este libro de extraño título: Un poema no debe hablar.

En efecto, ¿cómo saber qué nos dice un poema callado? ¿Qué misterio, éxtasis o degradación, esconde un título que parece contener un mandato tan perentorio? Busco, entonces, alguna respuesta poniendo en contexto su obra anterior y rastreo, posteriormente, donde están los núcleos de sentido del libro que nos ocupa.

En un primer momento, trato de establecer una relación entre Por donde el cerro sube al cielo y Un poema no debe hablar. En el primer libro, está latente la posibilidad de que el arte, comunicación pública al fin, se vea obligado a compartir significaciones banalizadas que forzosamente, no sólo generalizan, sino que también empobrecen  la fuerza vital del creador individual, las voces del inconsciente. Sería bueno que cada poeta disfrutara su propio lenguaje, gozara de  cierta exclusividad para sus necesidades de  expresión. Pero ocurre que, dada la naturaleza convencional del habla humana, ese lenguaje sólo puede ser el silencio. Es decir, la palabra, como el ambiente, ha sido afectada por la acción del hombre.

En Por donde el cerro sube al cielo, Aldo Parfeniuk vivenciaba una terrible posibilidad: a lo mejor, la deshumanización del S.XXI, los elementos propios de la edad tecnocrática y de la masificación de la cultura, la erosión descarada de los valores que el liberalismo decía sustentar, no sólo han afectado a la naturaleza, sino también al lenguaje.

Esta especie de terror, lo induce a recurrir, en este poemario, a ciertas intuiciones de George Steiner  que, en Lenguaje y silencio, da testimonio acerca de la entrada del poeta en el silencio. Paradojalmente, eligen el silencio los que mejor pueden hablar. En realidad, ese refugio en el mutismo es un lanzarse en el abismo de lo inexpresable. El silencio como misterio y como culminación, como límite con la noche o, a lo mejor, con una luz inexpresable, en que sólo se puede articular un balbuceo, la glosolalia del  infante sin destetar,  como dicen los cabalistas.

De ahí que en el primer poema, “Dedicatoria”, el poeta testimonia la partida hacia la “última palabra” que no es otra que la de la poesía “que quisiera/ pero no puede/no hablar”. Mediante paradojas: “para los desaparecidos: / cada vez más presentes / que muchos/ de los que pasan todo el tiempo/ haciéndose ver”; “para los que se fueron/ del libro de poemas/ cansados de incumplidas promesas/ y hoy recogen imágenes y aullidos/ en las web y en los recitales”. O antítesis llenas de ironía: “para los chicos/ que desde una montaña de basura/ miran a los lejos/ sin comprender qué les decimos/ cuando les decimos: el Futuro es de ustedes”. También están los que “sin twiter ni facebook” deambulan por utopos (los sin lugar en el mundo) y los que siempre reciben el micrófono apagado. Para los que no creen que  asistimos a una gran función, dedica esta poesía que todavía es silencio pero que está construida con la extraña estructura  de las letanías, o sea, de los rezos corales y comunitarios. Por eso este primer poema introductorio, en que se nos anticipa por medio de una fórmula adversativa que quisiera pero no puede hablar, está construido como  una gran anáfora. Repite sin cesar la dedicatoria “para” con valor de invocación elíptica cuyo desenlace se revela al final: el poeta “no puede no hablar”. El poema ha sido, en realidad, el campo de resonancia de una letanía apotropeica,  o sea, para conjurar el mal, para redimir la palabra. Por eso, en estas páginas, prolifera la paradoja: “Sí, nos dice el poeta, no hay poesía más grande que el silencio. / No hay poesía más alta que el silencio: / el silencio negro, ese que atrae todo; hasta / los granos de luz de la verdad más pequeña”. El silencio como los agujeros negros de los astrónomos contienen los mundos futuros por que la “oscuridad / permite divisar los fuegos, / las estrella, los sueños / más lejanos.”

El problema está en los críticos, los especialistas en letras. Tienen decodificados a todos los grandes poetas, pero se han olvidado cómo se hace para que el poema suelte su “voz de simple canto”. Algunos manejan los recursos de la retórica, pero son incapaces de lograr que hable el silencio de las cosas: “no alcanzan a trasladar a la voz, dice el poeta, / los argumentos de un pájaro del monte/ la respuesta de la flor”. En el mundo de la comunicación vivimos en una red de simulacros: los nombres “se hacen humo antes de llegar al oído”;  a las palabras vacías les “han robado todo su silencio”: la voz se deshace en “pequeños golpes de aire”, es decir, meras flatulencias. Los poetas trotan sobre las metáforas como sobre la cinta del gym. “no dejan de andar / sobre sí / ensimismados/ transpirando el código”. Así como a los gordos el bioquímico no nos encuentra la vena, los poetas  no pueden encontrar “la vena poética”. Claro, el poeta le tiene miedo “a la poética del pozo”, o sea, la de las profundidades, la del agua clara del Yuspe.

Vemos así como Aldo Parfeniuk, no renuncia, siguiendo una tónica  del libro anterior, a los llamados geoculturales. El arraigo libra a los símbolos poéticos de la retórica formalista que, como diría Marechal, siempre nos está vigilando con la alpargata en la mano para disciplinarnos. Es en esas orillas silenciosas del arraigo en que la poesía tiene su lugar: “casi en las afueras de todo / desde donde empujan las fuerzas de lo que fue /y será”. Ese lugar que, como insiste el poeta, es “ningún lugar”, utopos.

Se van configurando, así, ciertos temas recurrentes en la poesía de Parfeniuk. Uno es la inminencia, o sea, aquello que ya está por ocurrir, pero todavía no ocurre: “el silencio de los brotes / de las inminencias”. Otro, la necesidad de llegar a la palabra dejándose llevar por la palabra “hasta/donde/aún / ella no era / todavía/ palabra” como quien se deja arrastrar por las aguas claras del Yuspe. Porque, siempre, la palabra del poeta, “la que se resiste/ a morir intoxicada en la epidemia comunicacional”, es la que eligen no decir aquellos que “por saber/ saben que su decir sería/ nada”.

En el poemario, el mutismo desemboca en cierto climax que nos arroja en el paroxismo creador. El poeta repite “silencio, silencio, silencio” para presentarlo como “esa espesa sombra / en la que todo se nombra”. Con voz profética pide que escuchemos bien: “no hay poesía más alta que el silencio/ no hay silencio más hondo que la poesía/ aunque para decirlo hagan falta/ -todavía-/ demasiadas palabras”.

Hasta aquí Steiner, a quien el poeta le da la razón, lo llama amigo, y concluye: “Si sabrá de esto/ el silencio más hondo, / más grande/ la poesía”. De acuerdo a estas vivencias, el silencio es alfa y omega, de él venimos y hacia él vamos, peleándonos en “un adentro de malentendidos”. Hay una inundación de palabras, dice el poeta, pero falta poesía. Como la declaración de  la Junta de Defensa Civil: “cuando hay inundación lo primero que falta es el agua”.

El silencio es noche “adentro de la noche”.  “Los rumores de las cosas” parece que andan buscando un lugar que se les hubiera quitado. Uno afina el corazón, pero la noche se niega a “ser pasada en limpio”.

Y aquí no podemos menos que mencionar el que, para mí, es el poema núcleo de este libro. El poeta saluda a Teodoro Adorno, homenajea a Italo Calvino, pero solo recuerda a Walter Benjamin. Sabemos que recordar es volver a vivir con el corazón.

Veníamos observando que en el fondo oscuro del silencio, en muchos poemas, siempre hay un resto, una semilla de luz. Benjamin es el implacable profeta que denuncia cómo el arte de occidente ha perdido “el aura” y ha cerrado sus horizontes. Como dice Parfeniuk: “¿quién mira hoy de cerca una palabra; /tan cerca/ que alcance a ver sus lejanías?”

Benjamin articula, en su terrible visión del Ángel de la Historia, a la kabalá judía y a Marx. Desde la kabalá, Benjamin nos anuncia “la caída”. Esa caída es, ante todo, la caída del lenguaje. El lenguaje caído se apodera de la “abstracción”, el “juicio” y de la “significación”. Ya no es un “médium” (un intermediario), sino un “medio de comunicación”. Cae en la exterioridad del saber al que se le llama conocimiento; cae desde el nombre divino y recala en los signos. Al exiliarse del Nombre, o sea, al expulsarse del paraíso, el lenguaje pierde la magia inmanente, lo que Benjamin denomina el aura, lo que aquí hemos llamado poder apotropeico. La caída del lenguaje es la teoría burguesa de la arbitrariedad del signo. Al abandonar el lenguaje puro del Nombre, el hombre hace del lenguaje un simple signo que ignora su propia caída. El signo es el fetiche de la burguesía neoliberal, su mercancía trascendental. El lenguaje es cosificado, reificado. El envío indefinido de un signo al otro no sería, como en Saussure, una condición diferencial, sino la catástrofe original del lenguaje. Es en este sentido que Benjamin articula la kabalá y Marx mediante su denuncia de que la semiología moderna sólo refleja un estado presente del lenguaje caído. No sabe que ella misma es el síntoma de esta enfermedad.

En efecto, Marx es el que muestra cómo la apariencia se vuelve realidad. El capitalismo se deja llevar por el mundo y el lenguaje de la mercancía, el contenido de la forma se difumina. En un mundo de mercancías cada objeto es un signo y el signo del conjunto de los objetos es el dinero. El dinero puede ser reemplazado por signos de sí mismo, signos de segundo grado; billetes de banco, letras de cambio, cheques y tantos más. En cierto sentido, toda mercancía es un signo. Y si yo veo simples signos en los caracteres sociales que revisten las cosas, les estoy dando el sentido de ficciones convencionales. Marx se olvida del trabajo social, de la producción que viene ocupar el lugar de la poesía.

En todo caso, esta vertiente presente en los poemas de Parfeniuk, filósofo y poeta,  nos avisa de que las palabras sufren. Que el silencio está dentro del lenguaje, que los idiomas son organismos vivos sujetos de decadencia  y muerte, pero también de resurrección porque contienen inmensos depósitos de vida. El poeta les llama permanentemente luz y la esperanza es la reconquista del lenguaje dilapidado.  Hay que ponerse en la tarea de  dar nombre nuevamente a las cosas. Los valores burgueses no sólo han afectado el ecosistema, sino también el lenguaje. Se trata de no separar a los seres humanos en islotes de intimidad y silencio, de no reducir el papel del poeta en la sociedad y en la vida de las palabras. Porque también se corre el riesgo de perecer por el silencio. El poeta busca refugio en el mutismo hasta que la marea de lo hasta ese momento indecible presenta, como un milagro, la gracia de sus sentidos profundos.

Parfeniuk, en determinado momento, inicia un viaje hacia el “aura”. Un viaje que le permita la resurrección de los signos, la posibilidad de una noticia acerca de un lugar “donde cantan todavía las palabras”. Donde las palabras son un saludo, un “sencillo estandarte / de la sonrisa humana/ desnuda / de consignas, de credos / y de razas”. Se trata de aplicar la oreja a algo que no se entiende, pero que “tararea bajito”. El poeta regresa a las resonancias geoculturales, a eikon, la casa: “Una casa sin puertas / el techo de chapas agujereado”(…)”Donde la tierra es joven / y el aire liberado / hay una pequeña / y casi perdida casa”. Y allí sucede lo insólitamente humano. Las palabras espían, nos echan miradas, son como huellas, como rastros. Como en los ecopoemas  de Por donde sube el cerro al cielo vuelve al Sur como símbolo de lo todavía vivo, del utopos o no-lugar que guarda rastros del Nombre Divino. Usuahia, Yuspe, utopos, lugares del tiempo en que nadie se moría. El poema guarda vivos a los que parecen muertos. La poesía golpea a nuestra puerta.

Y como a Aldo le gustan los conjuros yo digo que es de la mano del siempre recordado Romilio Ribero, poeta cordobés que, con tonada chuncana, conjura a los signos vacíos. En el poema “Romiliana”, Parfeniuk rescata este verso del capillense: “Mi país prodigioso se duerme con el viento”. Este escuchar “ecos de antiguas voces / rebotando en el viento”, esta invocación al fantasma luminoso de Romilio Ribero “como rezándole/ a las altas montañas”, es la emergencia de las voces geoculturales que vienen de nuestros re-profundos y que si no hablan y se quedan calladas, es porque son censuradas, intoxicadas. Es ponerse del lado del poder chamánico en la reconquista de la palabra perdida porque la poesía todavía es una letanía que nos resguarda de la muerte. Como el acto amoroso, no habla, es.

Y concluyo con la extraña historia del ángel particular de Aldo y Silvia, según un relato que otro poeta cordobés, Julio Requena, tituló: “Yo, Nahín, el angelito protector”.  Cuenta que en un viaje a Los Hornillos, Traslasierra, visitan a María Elena Roquier y a su pareja Javier del Corro, de “extraño rostro crístico”. En la conversación, Julio hace alusión al peligroso camino de las Altas Cumbres, “esa desenrollada espiral del ADN de la muerte”. Entonces, Elena les regala un pequeño angelito al que bautizó Nahín. “Es un regalo de protección, dice. Para que nada malo les pase a los tres”. Regresan ya noche. Curvas y contra-curvas. De golpe, la luz de enfrente de un camión. Encandilamiento, chirrido de frenos. Salida del camino. La rueda delantera había quedado suspendida del abismo. “No tengás miedo, dice Julio, el angelito nos protege”. Aldo, filósofo y poeta, calla. Continúan el camino. Llegan a Carlos Paz. Al entrar Aldo a su casa, alguien le apunta con una escopeta. Los tres hijos de Silvia, amordazados, atados, tomados de rehenes. De pronto, una figura luminosa como aurora boreal ilumina súbitamente la puerta de entrada. El angelito Nahín estaba ahí con estatura normal diciendo: “Nada ha pasado. Ustedes muchachos, vuelvan a sus casas y no pequen más”. Asombrados, hipnotizados, obedecieron. Nahín también había desaparecido. Silvia corrió al auto y ahí estaba reducido a su tamaño normal, balanceándose en el espejo, pero cada vez más parecido a su creadora, María Elena, porque todo se parece a todo, dice Julio Requena y añade: “Según esto: yo soy vos y vos sos yo, y el nosotros es el yo de toda la humanidad.

Nahín, el ángel protector de Aldo y Silvia, como el silencio, es demasiado extraño, diría Requena, para tener una explicación. El relato, ¿es realidad o sólo un cuento literario? ¿Es la palabra un borde que da hacia la indeterminación sin fondo del silencio?

Cualquiera sea la respuesta, gracias, Aldo, por hacernos sentir el vértigo del abismo, el límite de la palabra, con la certeza de lo inescrutable y la presencia cierta de algún Nahín, ese ángel protector, pariente criollo “nacido de mujer”, del terrible Ángel de la Historia de  Walter Benjamin.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 04/11/2014

 

Fuentes bibliográficas:

BLOOM, Harold, 1992, La cábala y la crítica, Caracas, Monte Avila Editores

LEFEVRE, Henri,  1970,  “Forma, función y estructura en El Capital”. En: AA.VV.,  Estructuralismo y marxismo, México, Editorial Grijalbo, S.A.

PARFENIUK, Aldo, 1996, Un cielo, unas montañas, Córdoba, Narvaja Editor

                               ,   2010, Por donde sube el cerro al cielo, Córdoba, Babel

                              ,    2014, Un poema no debe hablar, Córdoba, Alción Editora

SCHOLEM, Gershom, 2003, Walter Benjamin y su ángel,  Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica

STEINER, George, 1990, Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, México, Gedisa Editorial

Wohlfarth, Irving, “Sobre algunos motivos judíos en Benjamin”. En: AA.VV.,  1999, Cábala y deconstrucción, Barcelona, Azul Editorial

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