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por Jorge Torres Roggero

1.- La insólita tarea

En marzojauretchepodestá de 1967 la Encíclica Populorum Progressio resuena en el mundo. Sus ecos se expanden a derecha e izquierda. El mensaje de Pablo VI suscita controversias tanto en lo teológico como en lo político. Exégesis, análisis y discusiones expanden el carácter ecuménico del mensaje. La Iglesia comienza a gozar de buena prensa y la sorpresa cunde entre las expresiones tradicionales del catolicismo.

En la Argentina, en ese mismo año, apelando a la urgencia de una palabra dirigida a “poner en claro el papel de la Iglesia frente a la realidad terrena”, la Editorial Plus Ultra lleva adelante una edición de la encíclica titulada El Pensamiento Nacional y la Encíclica Populorum Progressio (1967). El tomo es presentado como un intento de la más “compleja y crítica pluralidad”. En efecto, va precedida con introducciones que enfocan el texto no sólo desde el punto de vista teológico, sino también desde el punto de vista cultural, sociológico y político. Los encargados de tan insólita tarea son Arturo Jauretche, Monseñor Jerónimo José Podestá, Ernesto Sábato y Marcelo Sánchez Sorondo que figuran en grandes letras en la mitad superior de la tapa blanca y amarilla.

2.- Sábato, Podestá, Sánchez Sorondo

Sábato enfoca su breve presentación desde una moral laica y europeísta. La encíclica es una manifestación de la crisis de conciencia de una parte de la Iglesia. Su carácter revolucionario es una demostración de que ya no cumplía “con los postulados de su filosofía básica, de su concepto y origen evangélico, de su doctrina de la persona humana. Y que por tales motivos había quedado casi siempre del lado del privilegio”. Les reprocha a los católicos pudientes su postura en relación al peronismo: estos católicos antiperonistas, tan “preocupados por la dignidad de la persona y los fueros humanos”, jamás dijeron una palabra “contra la tortura de obreros peronistas que se cometieron en los primeros tiempos de la Revolución Libertadora”. El texto de Sábato muestra las limitaciones de la Iglesia por su persistente servilismo con respecto a las dictaduras latinoamericanas; pero, a la vez, las limitaciones de Sábato que reduce el carácter genocida de la Revolución Libertadora a “los primeros tiempos”.

Sábato advierte sobre la actitud de las “señoras católicas” que, si bien no decían abiertamente que el Papa era comunista, sostenían que estaba rodeado por comunistas. Reconoce el carácter antimperialista de la Encíclica, su denuncia del supercapitalismo, pero también de los estados “supersocializados”. Concluye haciendo votos para que los católicos argentinos lean la Encíclica con “extremo cuidado y respetuosa consideración militante” y dejen de encasillar de comunistas a los que desde la cátedra o el libro piden exactamente lo que ha pedido “con solemne grandeza” el Pontífice.

El obispo Podestá, por su parte, en un proemio titulado “Sobre la encíclica El desarrollo de los pueblos”, aspira a trasuntar el mensaje del Papa desde la Palabra de Dios. La Encíclica invita incluso a “quien no entienda que esto es el Evangelio” resonando a través de los siglos, para que vislumbre, al menos, “el profundo caudal de solidaridad humana que se ha gestado en la experiencia de veinte siglos” que trasunta el texto.

Podestá evoca la visión de Calcuta, “capital de la pobreza”, en el reciente viaje del Papa a la India. Allí fue cuando recibió en el rostro, “como un vómito”, la miseria humana. Pero el más grave mal es la miseria moral, la miseria del egoísmo que presenta “análogos contrastes en París, Nueva York, o en Buenos Aires”. Denuncia los voluminosos informes que de tanto en tanto se producen en las comisiones de las grandes Asambleas del mundo. Pone ejemplos de todas partes, pero, en especial, de los países subdesarrollados donde los ricos y poderosos se pasan despotricando contra gobiernos y políticos, pero tienen “su cuantioso capital invertido en las bancas extranjeras”. Podestá se propone encarar desde el punto de vista teológico el contenido de una Encíclica que oficia de “voz de la conciencia contemporánea”. Su fundamento teológico es el anuncio del Reino de Dios que debe instaurarse sobre la tierra como signo de la presencia divina en la historia de los hombres. Dice Podestá: “La liberación del hombre por el hombre es el único verdadero signo del encuentro del hombre con Dios y la verdadera señal de que Cristo ha de volver a la tierra para restaurar todas las cosas en la justicia y en el amor. Es la única esperanza de que habrá cumplirse el Plan salvador de Dios y de que un día habrá, efectivamente, como lo preanuncia del Evangelio: “Cielos nuevos y tierra nueva”.

Rechaza la posición de algunos que presentan el contenido de la Encíclica como una utopía, en el sentido vulgar de irrealizable. En todo caso, el Papa pone en práctica la “ingenua utopía de postular un mundo que se fundamente no en el afán de lucro y en la sola competencia”, sino que pide que se funde en “el amor, la solidaridad y en la generosidad de todos los hombres”. Se trata de construir un mundo en que todo hombre, sin distinción de raza, religión o nacionalidad, pueda “vivir una vida plena y dignamente humana”.  La crítica al liberalismo extremo, el libre mercado, los excesos de la propiedad privada, la perversidad del imperialismo internacional del dinero y la oprobiosa fuga de capitales en los países débiles, son el fundamento de la “utopía” del Papa. Pero esa es la voz de Dios para los hombres y el mundo, la fe como fundamento de la esperanza, el realismo fraternal para no recaer en la barbarie. De ahí la denuncia del Papa: llama al liberalismo “sistema nefasto” y lo caracteriza como una hegemonía que “emponzoñó la civilización cristiana”.Podestá convoca a los funcionarios cristianos a no dejar “cesante y en la calle” a quien lleva 25 años de servicio. Concluye: “Argentinos: a nosotros también nos habla el Papa”.

Marcelo Sánchez Sorondo, en “¿Hacia una nueva cristiandad?”, renueva las incógnitas que aquejan a ciertos católicos que añoran la vieja aspiración de una alianza entre el trono y el altar. Ensaya un repaso histórico de la progresiva laicización de la cultura occidental, del imperi
o del individualismo burgués. “Césares de nuevo cuño” arrastran a una pugna Oriente/Occidente, se deja de lado la grandeza reducida a la economía y a la geografía: “Unidas en los extremos, Rusia y Norteamérica concentraron sendas dominaciones, en un reparto a escala universal sin precedentes”. Sánchez Sorondo desconfía del reconocimiento de la “ciudadanía secular” hacia la Iglesia porque la considera paralela al ocaso de la cosmovisión del liberalismo europeo de la “derecha”, del “centro” y de la “izquierda”. El autor pasa a historiar cómo se da el ataque hacia la Iglesia, especialmente desde el manifiesto comunista de 1848, “con vehemencia desde los cuatro puntos cardinales por las fuerzas subversivas”. No es extraño, entonces, que perciba con cierta desconfianza “la promoción actual de la Iglesia” en tanto “especialista en moralidades, en tanto centro pío que irradia una ética bienhechora, una ecuménica fraternidad”. Considera que, al “bambolearse las instituciones de la sociedad tradicional”, las naciones rectoras de Occidente, “ajenas ya al espíritu del Evangelio, se han convertido en países de misión.” Sánchez Sorondo desconfía de la profundidad religiosa del texto de Pablo VI: “Por eso la “Populorum Progressio” se destaca por la profana acuidad de sus argumentos. El signo religioso que impregna el contexto se refleja en una luz suave, mansa. Más que un documento pontificio parece la obra de un príncipe cristiano”. Rescata la crítica al “liberalismo sin freno”, al “libre mercado” y a la sola “ley de libre concurrencia”.

Concluye sosteniendo que cualquiera sea “la compatibilidad de estas tesis con la doctrina tradicional”, no caben dudas de que la encíclica se enrola en una “posición existencialmente revolucionaria” porque proclama la necesidad de un cambio y “reclama reformas profundas”. Termina postulando que la Iglesia se ha decidido no a reconstruir la cristiandad sino a forjar otra cristiandad distinta de aquella que se conoció en la Edad Media. Por eso su pregunta sobre una actualidad “demasiado humana” de la Iglesia, distraída de su espíritu de unidad, de su tradicional tarea de sofocar “el pecado de inteligencia”. El autor se siente acechado por cierta angustia espiritual por la permisión eclesial de una especie de “coexistencia”. Pero eso, piensa desde su perplejidad, “es un asunto que trasciende el horizonte de la historia”.

3.- Arturo Jauretche habla sobre política en la ciudad terrena

La ponencia de Jauretche, cuyos principales puntos se transcriben a continuación, se titula “Política en la ciudad terrena”. Es un original vistazo sobre la secular sabiduría política de la Iglesia. Como en todos sus escritos parte de un hecho puntual: su polémica con el señor Arrausi, secretario general del Sindicato de Viajantes que vamos a omitir. Arrausi pertenecía a los 32 Gremios Democráticos como se autotitularon en su retirada los pocos gremios que quedaron en manos de socialistas, comunistas o radicales a medida que las 62 Organizaciones Peronistas iban recobrando, en elecciones libres, los sindicatos arrebatados por la represión, la tortura y los tanques de la llamada Revolución Libertadora.

Entre otros aspectos, se notarán en el texto interesantes reflexiones epocales sobre el papel del catolicismo en Latinoamérica y sobre la penetración del imperialismo anglosajón mediante el apoyo y difusión del protestantismo. Como siempre, un Jauretche polémico.

Damos paso a Jauretche que inicia narrando una hilarante mesa redonda entre un socialista, un jesuita, un laico católico y un profeta nacional y popular que, inesperadamente, ensaya un uso “populista” de Guido von List un extraño y discutido pensador austríaco de comienzos del SXIX y recoge el testimonio de un amigo falangista
. La transcripción respeta el sistema de citas de la edición Plus Ultra. Con mínimas supresiones, este es el artículo de Arturo Jauretche:

 4.- Un papista apasionado

(…) “Ruego al lector que me perdone esta introducción, pero ella me es necesaria porque el tema en que voy a entrar es escabroso, si no para los católicos que me van a leer, para los ateos que vigilan mi ortodoxia, como se verá. Así ocurrió en el episodio en el Canal 2 que refiero hacia mediados de abril del corriente año. Se realizaba una mesa redonda sobre la encíclica. En la rueda viniendo de izquierda, y ya en segunda vuelta de exposiciones, había hablado un sacerdote, el padre Ferri, director del Seminario Teológico de San Miguel; le sucedió el doctor Tamit, católico militante, ex presidente del Banco Central, y cuando me llegó el turno, empecé diciendo que yo me iba a ocupar del aspecto de la encíclica vinculado con la política de la Iglesia.

“Si bien el objeto último de la Iglesia es la Ciudad Celeste”, —dije—, “ésta tiene que cumplir misión en la tierra, en la ciudad terrena, que es donde ejerce su apostolado. Se propone salvar para el cielo, pero lo hace en la tierra y por consecuencia en la tierra tiene que vivir.”

“Vivir en la tierra significa convivir, y convivir significa una política que tiene que practicarse entre las políticas de la tierra, es decir, de los agrupamientos humanos; en nuestro caso, y hoy, los estados y su estructura institucional, económica y social”.

“Como institución política la Iglesia es la más vieja del mundo y en poco tiempo más ha de cumplir 20 siglos. Prescindiendo de la sabiduría eterna que se le supone tiene una sabiduría política terrena, hija de una larga experiencia, la más larga de todas.” (Aquí pude acotar, usando mi “Martín Fierro”, aquello de que “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, seguramente válido para los representantes de Dios. Pero no lo hice, no fuera a meterme en teología en presencia de un teólogo como el padre Ferri que lo es con toda la barba, aunque no la use.)Entraba así al tema, este que estoy tratando ahora, y continué diciendo:

“La Iglesia se encuentra en presencia de un mundo que ya no se conforma a las estructuras capitalistas y colonialistas heredadas del siglo XIX. Ve con toda claridad el cambio y ha llegado a la convicción de que es inevitable.”

“Con prescindencia de las razones espirituales que aquí se han expuesto es natural que la Iglesia se ponga en la línea del cambio desde que éste es inevitable. Debe hacerlo por esa misma necesidad de convivir con el mundo presente y futuro, y con la estructura de la sociedad en la cual debe ejercer su apostolado. La Iglesia ha convivido con el Imperio Romano, con el feudalismo, con el capitalismo y deberá convivir con la sociedad que viene. Toma la posición de ésta, porque su sabiduría política terrena la guía para adelantarse a los tiempos, para no quedarse atrás. Cualesquiera sean las razones de orden moral, filosófico o teológico que inspiran la anterior encíclica «Mater et Magistra», o ésta «Populorum Progressio”, hay razones de orden político, vinculadas a lo que se dijo al principio—el necesario ejercicio del apostolado—, que la llevan a adecuarse al mundo que nace y a condenar las formas que se le oponen del mundo que perece, pues la misión de la Iglesia en la tierra es estar presente, cualesquiera sean las circunstancias, con la palabra divina.”

“Con esto pretendo”, continué, “añadir un aspecto pragmático del contenido de las encíclicas que se vincula con la oportunidad histórica en que ellas se producen: la Iglesia juega al cambio porque ya sabe que estamos en el cambio.”

“Yo diría” —comenté entonces—, “que para un buen jugador no hay duda de este cambio cuando el jugador que tiene más larga experiencia histórica y que mide el tiempo del mundo, este mundo, con el mejor reloj, juega al cambio.”

Y aquí se produjo el episodio que me impidió continuar entonces. La voz ahuecada, solemne, del inexperto orador y dirigente sindical (de los 3 y 2), compañero Arrausi, adquirió un tono angustiado de sensibilidad herida, cuando me increpó:

“¡Usted no tiene derecho a minimizar la actitud de Su Santidad envolviéndola en un sucio cálculo político!”La interrupción combinaba el ácido acento parlamentario de don Nicolás Repetto inculcado en los fermentarios socialistas democráticos, y las admoniciones del presbítero Castro Barros.

Me pareció destinada a agregar una prueba más de la eficacia de “Populorum Progressio”. Pensé por un momento: “¡He aquí un hijo de Belial, un agnóstico convertido al que le toca amparar a Su Santidad con esa, su poderosa fe de converso!” Conozco de sobra el entusiasmo de los neófitos y no podía chocarme ese violento e inesperado papismo. Pero miré a mi izquierda —los creyentes estaban a la izquierda en esa mesa— y percibí que ni el teólogo ni el católico militante aprobaban al viajante de comercio, en su sagrada indignación.

Se me ocurrió señalarlo y le dije al tal Arrausi: “Es curioso que ni el sacerdote ni el creyente hayan visto agresión a Su Santidad y que el que me ataca tan violentamente imputándome un propósito minimizador respecto del Papa, sea un creyente en Norteamérico Ghioldi”.

La reacción del tal Arrausi mostró la cola del diablo. Me gritó nazi. Y esto provocó a su vez una reacción mía que evidentemente se salió de las formas parlamentarias y pacíficas, enseñadas en los fermentarios, constituyendo uno de los sketches más movidos de la televisión de los últimos tiempos.Arrausi, olvidado ya de su papismo, apeló a su buen Sarmiento retirándose al grito de: “Las ideas no se matan”. Y eso es todo lo que ocurrió entonces y sirve para explicar por qué en este trabajo no hago más que continuar lo interrumpido en una mesa redonda televisada.

5.- Tiempos de adversidad

En Madrid en 1958, mi amigo Ceferino de Maestu, jefe de la Agencia F. I. E. L. y avezado periodista me contó una entrevista reciente de su agencia, con el Papa Juan XXIII. En ella, y haciéndole preguntas sobre el Concilio que entonces se preparaba, y se realizó después, cuyas resoluciones tanto han gravitado en las Encíclicas que se comentan, Su Santidad hizo mención, entre los fines del Concilio, a la solución probable de los problemas pendientes con la Iglesia griega. Como alguien preguntase qué importancia revestía esa escisión y cuál era la urgencia por resolverla, Su Santidad dijo algo cuya trascendencia se va poniendo en evidencia con el transcurso del tiempo y con las sucesivas Encíclicas.

Señaló entonces que ninguna cuestión de dogma separaba la Iglesia griega de la romana. Se trataría de una cuestión puramente política y en la que Roma había cometido un error al subestimar, en la época de la escisión, la importancia del patriarca de Constantinopla, que debió ser medida por la importancia de Bizancio en ese momento histórico. Roma cometió entonces un error político “que es necesario rectificar pues tenemos mucho que aprender de la Iglesia griega y ella nos puede ayudar”, dijo Su Santidad. Agregó que la Iglesia griega lleva muchos siglos de convivencia con la adversidad, lo que revela una sabiduría política, útil para perfeccionar la nuestra, en una hora en que estamos también en el riesgo de la adversidad.

Reconstruyo de memoria un relato al que no asigné en su momento la debida importancia pero cuyo contenido se esclarece a la luz de los hechos posteriores y puede explicar la “Populorum Progressio” desde el limitado ángulo que lo encaro en este pequeño ensayo en que prefiero minimizar su contenido a nivel político, para emplear la expresión del neófito del fermentario (esta referencia de Maestú ha sido ratificada recientemente por el viaje de Pablo VI al Cercano Oriente y su entrevista con el patriarca de Constantinopla Atenágoras).

A nivel político, la Iglesia sabe mucho, como ya se ha dicho. Pero allí sabe a nivel humano y no divino. El que en ocasiones se equivoque, y que el Sumo Pontífice lo acepte, prueba tanto la sabiduría papal, como la naturaleza humana de su sabiduría política.

Cuando digo que es el político que sabe más, no digo tampoco que las sabe todas. Si se equivocó en este caso de la Iglesia griega, o no, es juicio de hombre. Yo creo que se ha equivocado muchas veces, con ser quien más veces acierta. Y precisamente se equivoca en lo temporal cuando se aferra demasiado a lo temporal de ayer, olvidando lo temporal de hoy y de mañana. Así cuando la Reforma se aferró demasiado a lo temporal y por cuidarlo sirvió a los protestantes que los Príncipes apoyaron para conseguir lo temporal que la Iglesia no les daba por las buenas, convirtiendo en protectores del protestantismo a los que hubieran sido sus enemigos. Entonces la Iglesia política, como cualquier político, pesó mal las fuerzas y se vio envuelta en el mismo drama de España. La Espada de los Habsburgo que dejó de apuntar al mar para apuntar a la Europa del Sacro Imperio Romano-Germánico, le dio una falsa sensación de fuerza y jugó a la Edad Media sobre la cuna de la Moderna. Roma perdió media Europa y España el océano; en ambos casos ganaron los protestantes.

Pudo jugar a la Edad Media por una concepción política, ligando demasiado lo divino a la estructura de la sociedad y no inversamente; pesó en su pensamiento político el aferrarse a un orden temporal por razones temporales; o por la engañosa apariencia de poder de los Habsburgo.

Ni el orden de la Edad Media ni el del capitalismo que le sucedió eran divinos, sino terrenales, y tal vez olvidó que ningún orden terrenal está vinculado a la eternidad. Su quehacer político necesita jugar en el tiempo de los hombres, que no es el tiempo de la eternidad, que no lo tiene.

Ésta es una razón para que la Iglesia tenga política, aunque Dios no la tenga. (Pero me estoy metiendo en honduras y sigo el consejo del viejo Rosquilla: “No te metás en lo hondo andando bien por la orilla”.)

El capitalismo no nació por la Iglesia sino a contrapelo de la misma, pero la Iglesia, si cometió el error político de no verlo a tiempo, no cometió el error político de empeñarse en no verlo. Y convivió, se adentró en ese orden hasta el punto de que muchos creyeron que era el orden de la Iglesia. Ahora nos está diciendo que ése no es su orden; es que ahora no ve a destiempo; sólo que está llena de quienes no quieren verlo porque son más hijos de ese orden que de la Iglesia, aunque crean serlo de esta última.Y en aclarar esto ya ha andado mucho.

Antes de Juan XXIII y Pablo VI el capitalismo pretendía identificarse con el orden cristiano y había logrado crear una imagen que muchos católicos creían y de la que resultaba que más bien que ser el capitalismo un momento en el orden cristiano, era el orden cristiano un hijo del capitalismo. De ahí debe provenir esa identificación de la fórmula: occidental y cristiano. O tenerlos por siameses, como el “New York Herald” y “La Prensa”.

Si esta imagen era válida para muchos creyentes mucho más lo era para los no creyentes. Tal vez ahora la imagen de la Iglesia haya cambiado más entre éstos que entre los católicos; éstos poseían la imagen verdadera pero no distinguían entre lo temporal y lo espiritual y confundían la política de convivencia con cada estadio de la sociedad, con una supuesta perennidad de los estadios. Las encíclicas hacen la necesaria dicotomía que sólo no entienden quienes se aferran más al estadio que a la Iglesia, seguramente porque su fe reposa más en los estadios que en las enseñanzas. Es lo que les ocurre a los que creen más en el capitalismo que en su fe, aunque no lo sepan.

Es a los creyentes que se dirige el apostolado. Los creyentes hacen el mismo desde que son parte de la Iglesia; no lo son en cambio, aunque crean serlo, los que se preocupan más de salvar sus cosas que de salvarse salvando a los que no creen.

Será difícil hoy que alguien recuerde siquiera aquello de “ahorcar el último cura con las tripas del último militar”. Y que no se lo recuerde es ya una prueba de cómo está abonado el campo de los no creyentes, es decir, cómo ya la Iglesia convive en el mundo donde el apostolado debe ejercitarse, que es el de los no creyentes.

Hablo sólo de política; ésta se adecua a esa convivencia necesaria para la Iglesia que viviendo en el mundo se adecua al mundo, pero no quema sus naves por las cosas del mundo. A la imagen cerrada de los dos ateísmos —el capitalismo que la vio como instrumento y el revolucionario que la vio como enemigo— la Iglesia le da una imagen abierta con toda la gama, como que contiene toda la gama el mundo de cambio en que vivimos. Así puede ir de monseñor Caggiano a Camilo Torres…

6.- La Iglesia y el Tercer Mundo

“Populorum Progressio”, como lo dice en el principio, continúa los enunciados de “Rerum Novarum”, “Quadragésimo Anno”, “Mater et Magistra” y “Pacem in Terris” con que los predecesores de Pablo VI cumplieron “el deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales de su tiempo la luz del Evangelio”. En la definición ascendente que expresa esta secuela la última encíclica afronta la cuestión social desde un ángulo concreto y preciso, indiscutiblemente ligado a las condiciones de la política mundial. Todos los enunciados de las anteriores que son también ecuménicos, encuentran en esta encíclica el encuadre que les permite ajustarse a las exigencias de la justicia determinando el marco en que la injusticia está contenida y el camino de su realización.

Lo novedoso y fundamental de esta encíclica es precisamente que desde la posición ecuménica del pontificado se esquiva o, mejor dicho, se revela, la trampa básica del liberalismo que consiste en suponer el mundo de los hombres al margen de las estructuras nacionales dentro de las cuales están contenidos, y a que podía ser tentado el pensamiento religioso estableciendo la relación entre Dios y el hombre con prescindencia de la situación del hombre dentro del continente nacional.

Ya List en su “Sistema de economía nacional” había señalado a principios del siglo pasado que en el terreno económico la doctrina de Adam Smith y sus corifeos pretendía ignorar que el mundo no era una agregación de individuos aislados sino una agregación de naciones en distintos estadios de desarrollo. Esta ficción del liberalismo estaba destinada a dar la imagen de un mundo homogéneo y abstracto en el cual jugaban libremente las leyes naturales que el liberalismo enunciaba como respondiendo a un orden matemático. La consecuencia inevitable para List de ignorar ese hecho —el nacional— sería que a medida que se profundizase el desarrollo capitalista se iba a profundizar la desigualdad entre las naciones colocadas en distintos estadios de desarrollo y que consecuentemente el mundo tendía a configurarse con profundas diferencias entre los países que por la industrialización llegarían a los más altos niveles económicos y los que, por su indefensión frente al poder dominante de éstos, en la economía de la división internacional del trabajo, se estacionarían y aun retrocederían en su desarrollo. La desigualdad entre las naciones se iría profundizando con el desarrollo del mundo capitalista con lo que la heterogeneidad del mundo supuestamente homogéneo se profundizaría hasta marcarse claramente el desequilibrio entre los que hoy se llaman los pueblos desarrollados y pueblos en subdesarrollo.

¿Esta desproporción entre las naciones, este desequilibrio entre los cuerpos políticos en que los hombres están contenidos podía no interesar a la Iglesia ya que su materia no son los estados sino el hombre? El hombre como sujeto de la caridad y la justicia está contenido en ellos y sus posibilidades están circunscriptas dentro de sus límites. Ni el hombre es una abstracción, ni tampoco las naciones, y es en el terreno concreto del hombre donde se siembra la palabra divina. De tal manera corregir la injusticia y abrir las perspectivas del hombre obliga al diagnóstico del mal, originado en gran parte en ese desequilibrio de las naciones, pues sin el diagnóstico no es posible el remedio.

Así lo ha entendido la encíclica y por eso en ella es fundamental la comprobación que hace la cátedra de San Pedro de una inicua distribución de los bienes que ya no es la simple desigualdad social entre los hombres aislados, sino entre los hombres según el estadio nacional y económico a que pertenecen. Y aun la más inicua pretensión de disimular que el ascenso de los hombres como tales a un nivel de dignidad humana está inevitablemente ligado al ascenso de las naciones en que están contenidos los hombres como pueblos.

Oigamos el diagnóstico cuando habla de la economía moderna: “Dejada a sí misma su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no a una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida. Los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios que faltan cruelmente a otros, y estos últimos ven que sus exportaciones se hacen inciertas”.

“Al mismo tiempo los conflictos sociales se han ampliado hasta tomar las dimensiones del mundo. La viva inquietud que se ha apoderado de las clases pobres en los países que se van industrializando, se apodera ahora de aquéllos, en que la economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos adquieren ellos también la conciencia de su miseria no merecida.

A éstos se añade el escándalo de las disparidades hirientes, no sólo en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder. “Mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población pobre y dispersa está privada de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad, y aun muchas veces viviendo en condiciones de vida y de trabajo, indignas de la persona humana.”

Al hablar de la equidad en las relaciones comerciales la encíclica dice: “Las naciones altamente industrializadas exportan sobre todo productos elaborados, mientras que las economías poco desarrolladas no tienen para vender más que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico, los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado. Por el contrario, los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados, sufren amplias y bruscas variaciones de precio, muy lejos de esa plusvalía progresiva. De ahí provienen para las naciones poco industrializadas grandes dificultades, cuando han de contar con sus exportaciones para equilibrar su economía y realizar su plan de desarrollo. Los pueblos pobres permanecen siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más ricos”.

“Es decir que la regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son ciertamente evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica: es un estímulo del progreso y recompensa el esfuerzo. Por eso los países industrialmente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman libremente en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos. Es por consiguiente el principio fundamental del liberalismo, como regla de los intercambios comerciales, el que está aquí en litigio.”

“La enseñanza de León XIII en la «Rerum Novarum» conserva su validez: el consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado desiguales, no basta para garantizar la justicia del contrato; y la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias del derecho natural. Lo que era verdadero acerca del justo salario individual, lo es también respecto a los contratos internacionales: una economía de intercambio no puede seguir descansando sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra también demasiado a menudo una dictadura económica. El libre intercambio sólo es equitativo si está sometido a las exigencias de la justicia social.”

Con estas palabras la encíclica ubica el problema de la justicia social en el plano internacional. Primero porque constata el hecho imperial que genera la expansión capitalista de unas naciones sobre otras; segundo, verifica también la inseparabilidad del mejoramiento de la condición del hombre, del mejoramiento de las condiciones nacionales; tercero, toma posición beligerante frente al hecho imperialista. Cuando se dice acción beligerante, hay que entender como tal la que corresponde a la política del espíritu; por eso se dirige al espíritu de unos y otros, imperiales y colonizados, para señalarles el camino de la comprensión como ruta aconsejada.

Lo que importa como análisis político referido exclusivamente a la ciudad terrestre es la comprobación, que hace la Iglesia, de la existencia del hecho imperialista como un factor que políticamente la obliga a definirse. Aquí no me estoy refiriendo a la tarea divina sino a esa necesaria convivencia con las situaciones contemporáneas que ha dictado la política de la Iglesia durante tantos siglos permitiéndole convivir con las más variadas estructuras económicas, políticas y sociales para cumplir su tarea apostólica.

Con esto vuelvo a lo que quise decir en la ya mentada audición televisada. Para cumplir su tarea con la palabra divina la Iglesia debe persistir y esa persistencia requiere una adecuación, un conformarse a cada momento de la historia. Pero es ella la que se conforma para cumplir sus fines. No permitirá que otros la conformen a ella para cumplir los suyos.

Así, si durante la etapa de creación y expansión del mundo capitalista se adaptó a éste, como se había adaptado al mundo romano, o al feudal, porque su política divina le enseña la transitoriedad de los sucesivos órdenes mundanos, su política terrena tiene que operar para sobrevivir las transiciones. Su reino no es de este mundo, pero en este mundo actúa.

La Iglesia ha convivido con el capitalismo y en esa convivencia pareció en cierta manera identificarse con él, en el orden político y social. El vivir dentro de ese orden la institucionalizó para el mismo; y si bien mantuvo siempre su divergencia espiritual, el liberalismo capitalista terminó por atribuirle una identificación material que también parecieron creer los adversarios de ese orden y una gran parte de la grey católica que no comprendía la transitoriedad puramente política de esa identificación que era sólo una convivencia necesaria para el ejercicio del apostolado.

Así fue cómo la lucha por la liberación de los pueblos en infradesarrollo pudo en un cierto momento de la propaganda capitalista ser significada como producto de una concepción marxista de la historia, y no como un hecho de la misma, generado por la historia, que cada doctrina interpretaba a su manera. (Ya hemos visto que mucho antes que el marxismo, List había enunciado las características del desparejo desarrollo nacional hasta el punto que los países que lo comprendieron pudieron hacer su propio desarrollo dentro del capitalismo con el simple recurso de eludir la mena de la división internacional del trabajo y organizar sus economías como nacionales, que es el caso de Estados Unidos y Alemania en el siglo XIX.)

El capitalismo liberal hizo del marxismo ateo una bandera para defender sus finalidades ateas con una cobertura religiosa; así fue como una lucha entre dos ateísmos fue presentada por las fuerzas conservadoras del orden existente como un conflicto entre el orden cristiano y el anticristianismo de la sociedad.

De allí salió eso de Occidente Cristiano, que tiende a hurtar la naturaleza político-económica de la estructura imperial y pretendió eludir la necesidad de afrontar los problemas del Tercer Mundo, presentando a los que intentaban resolverlo como unánimes expresiones del ateísmo marxista. En esta forma la política imperial del capitalismo pretendía instrumentar la Iglesia como uno de sus elementos de sustentación, dando al mismo tiempo una imagen falsa de las finalidades de la misma que la hubieran imposibilitado para cumplir su tarea apostólica en el inevitable surgimiento de un mundo nuevo que contiene el más numeroso caudal humano destinatario de la palabra de Cristo.

7.- Con el pie en el mañana. Occidente cristiano y occidente protestante

Pero en el momento preciso de la crisis, en el filo de la transición la Iglesia ejercita esa aptitud política para la convivencia con la política de la tierra, y toma la posición esclarecedora de la encíclica “Populorum Progressio” condenando aquello que pretendía instrumentarla para su servicio.

En la ciudad terrena la Iglesia es huésped, pero no familia de las variadas formas sociales y políticas que se suceden en la historia. Va diciendo la palabra divina y cuidando su grey, que es potencialmente toda la humanidad, y marcha en la historia conforme a los cambios que en la sociedad so producen.

La Iglesia ya sabe que el cambio está y es ya más huésped del cambio que de la sociedad capitalista. Convive y convivirá con ella, pero cada vez menos porque convive y convivirá con la que viene. Su sabiduría terrena le ha enseñado a sobrevivir para su misión celeste, y al margen de su misión de justicia y caridad contenida en la encíclica tiene una tarea política que cumplir. Esta es: vivir en la sociedad futura, y cuando enuncia en la encíclica cómo debe entenderse la palabra divina está también trazando su propio camino político. Sabe que en la perennidad terrestre de su obra tiene que estar más atenta a lo que viene que a lo que se va.

Esto es el aspecto de la política de la Iglesia que no está dicho en la encíclica pero que es implícito en la oportunidad: la Iglesia mira al futuro y ya está conviviendo con el futuro; quizá gran parte del mundo futuro le será adverso, pero aun en ese caso tiene que continuar su tarea en la adversidad, que es la enseñanza a que se refería Juan XXIII cuando anticipaba la nueva actitud con la Iglesia griega que ya está puesta en marcha desde la visita de Pablo VI a Atenágoras.

Pero esa política de convivencia con la adversidad puede no darse si la convivencia se hace al nivel de las necesarias reivindicaciones de los pueblos en cuyo amparo levanta su voz la encíclica. Ella nos dice por lo pronto cuán ajena es al capitalismo que quería atarla a su destino. Simplemente la Iglesia convivió con él como había convivido con el feudalismo o con el mundo romano.

Se prepara a convivir con lo que viene, y para convivir se pone a la cabeza de ese devenir; se adelanta a los nuevos ordenamientos: allí estará presente como estuvo antes en todas las variantes de la sociedad y del Estado.

Recuérdese lo que hemos dicho al principio. El fin de la Iglesia es la sociedad celeste —“Mi reino no es de este mundo”—, pero tiene que estar presente en la ciudad terrena para ejercer su apostolado.

Es lo que le parece minimización de la encíclica al descreído papista que me salió al cruce, porque es un papista ocasional y confunde la política de la Iglesia con la política de los hombres cuyo fin está en ella misma. ¿Cómo puede comprender el producto de un fermentario que la política es sólo instrumento en el caso de la Iglesia, de finalidades que no son las meramente humanas?

No lo puede comprender. Y ni siquiera por su ateísmo. Es más bien por su protestantismo pues no hay que engañarse: la gente de la Casa del Pueblo no tiene la cuestión con Dios; la tiene con el catolicismo y ama su contrafigura: el protestantismo que es lo que más se aviene con su mentalidad vegetariana y municipal. Ellos creen como los protestantes, en el hombre blanco y su pesada carga, que es conducir los hombres de color, marginales de la especie. (Nicolás Repetto en su correspondencia de Nueva York expresaba su satisfacción porque en la mesa de luz de los hoteles encontraba siempre ejemplares de la Biblia. De ninguna manera hubiera tolerado la presencia del Evangelio, signo de oscurantismo.)

Continúan la línea de “civilización y barbarie” y la barbarie es lo indígena, es lo español: en el fondo lo católico, apto para el español y para el indígena por ecuménico, porque el ecumenismo no admite razas superiores, ni Dios blanco a imagen del hombre blanco, y misión del hombre blanco. Para el ecumenismo el hombre es sencillamente el hombre, criatura de Dios bajo cualquier color de piel, y no a semejanza del ferretero de la esquina que es el infalible de la congregación desde que el Papa no lo es. Dios a nivel del hombre blanco pone a los otros hombres fuera del nivel de Dios.

Hasta en el pecado. Para el protestante —y también para nuestros socialistas— el amor irregular con la mujer de color no es sólo pecado de la carne. Es bestialidad, aunque no se diga. Por algo los imperios protestantes no han hecho mestizos y mulatos. Matan o segregan.

Católicos y portugueses cubrieron nuestra América y África y Asia de pueblos mezclados. Pecaron mucho en la carne, porque pecaban menos con la criatura de Dios. Los protestantes pecaron menos en la carne, pero tienen este otro pecado, contra el hombre. Y el castigo de no poder ser ecuménico, es decir entrar espiritualmente en el mundo de todos, que se aproxima aquí en la tierra.

Pero esto es otra historia que forma parte de las numerosas consecuencias que genera el ecumenismo católico. La encíclica “Populorum Progressio” es como es porque se pensó ecuménicamente. Ecuménicamente no puede ser otra su palabra.

Ya lo de Occidente cristiano tiene otro sentido. Es Occidente cristiano y por ende ecuménico. Porque en cuanto se lo entiende por Occidente capitalista ya no es ecuménico, es decir católico. Es el Occidente de los protestantes.”

ARTURO JAURETCHE

por Jorge Torres Roggero

1.- ¿Un “neo-maldito”?

“No quiePablo Herediaro ver más peronistas, si es necesario fumigo (…) con una avioneta la Plaza de Mayo, para que no haya más peronchos cagando el futuro de la Argentina”, disparó Baby Etchecopar, desde un programa radial. En el programa siguiente, redobló la apuesta: “Los peronistas necesitan un nuevo Videla que los torture”. Mirándolo bien, estaba reemplazando el bombardeo de la Plaza de Mayo del 55 por el glifosato agrogarca; y la “operación masacre” por el genocidio del 76. En realidad, los exabruptos brutales del coprolálico exterminador son apenas una excrecencia del discurso oficial.

En efecto, los macristas y sus aliados en el Consejo de la Magistratura, le dieron curso al pedido de remover a los camaristas Graciela Marino y Enrique Arias Gibert, que fallaron a favor de los bancarios en la paritaria. En su formulación, el Ministerio de Trabajo los consideró un “hedor a remover”. (Pág.12, 10/03/17)

Esta consideración de las masas populares y de quienes no ceden a las presiones ajustadas a los criterios de verdad impuestos por el discurso hegemónico, ya fueron caracterizadas en 1969 por Arturo Jauretche según anoté en una entrada anterior titulada: “Malditos, bueyes corneta y los epigramas del gato amarillo”. Armando Cascella, Leopoldo Marechal, Arturo Cancela eran malditos. Y son malditos aquellos escritores e intelectuales que, por no ser útiles como vehículos de la colonización pedagógica, permanecen inéditos o con su obra recluida en la trastienda de las librerías, ninguneada por la academia, exiliada de las revistas especializadas y desconsiderada en la cátedra universitaria. Se juzga al autor, se reprime su coherencia y no se considera su obra.

En las líneas que siguen, nos adentraremos en un libro portador de importantes hallazgos en el campo de los estudios literarios y culturales en Argentina. Su autor, que demuestra excelencia académica, vasta erudición y aporta enfoques y saberes nuevos a su objeto de conocimiento, está en serio peligro de erigirse en un “neo-maldito”. En efecto, ostenta una visible y empecinada lealtad a la tradición plebeya del “hedor a remover”.

2.- Los neo-malditos y hedor a remover

Pablo Heredia, doctor en Literaturas Modernas, profesor titular por concurso de antecedentes y oposición e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba, publicó en 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55.

El libro ofrece varios aspectos que nos incitan a hablar de neo-malditos. Como los “malditos” que definió A. Jauretche, se anima a desentonar con la “música monocorde” y se interna en la exploración de áreas que una excesiva colonización nos ha suprimido como objeto de conocimiento.

Parte, para eso, del supuesto de que “nuestra razón de ser” rezonga en los trasfondos de la literatura. Allí habla un secreto y casi inaudible tumulto, un ulular apremiante, que los antiguos llamaban “vox populi” y que nos incita reformular nuestros modos de leer los textos literarios, los ensayos de interpretación.

Renuncia, entonces, a ciertos minuciosos estudios que hacen gala de un “racionalismo de estudiante recién recibido” (Kusch), para auscultar las voces del corazón de un peronismo irredimible (“grasa militante” o “hedor a remover”), hecho maldito o bendito milagro, que todavía desvela a “los profetas del odio”: “El peronismo y las masas populares que operaron a través suyo, se constituyeron también en un manifiesto cultural en que el arte en general no pudo aislar ni soslayar su presencia” (p.11).

El subsuelo social, entonces, materia insoslayable del pensamiento universal, convierte a la literatura y a la política en fenómenos inseparables. Imposible, según el autor, una lectura aséptica cuando, desde posiciones intolerantes, hubo escritores e intelectuales de los sectores liberales tradicionales que justificaron, escudados en la estética, “la dictadura militar, la represión y la violencia del Estado”.

Ahora bien, un neo-maldito se diferencia de los malditos jauretcheanos en que realiza importantes aportes teóricos para crear configuraciones (sincronismos) con el dinamismo de lo informe, de lo que se presenta como un “no-saber revulsivo”.

En consecuencia, el lector del libro que nos ocupa, asistirá a una polémica interna en que se ponen en actividad teorías del pensamiento eurocéntrico (Foucault, Link, Marx, Ranciére, Williams) para repensar la noción de pueblo, para descubrir el lugar autoritario del otro, para mostrar cómo los intelectuales-escritores liberales fijan su canon desde una “razón frígida” que regula “lo que se debía considerar “palabra-razón” y para formalizar una “sensibilidad ética y estética”.

En otras palabras, se trata de desenmascarar cómo se construye desde el odio “el régimen de verdad del peronismo”, y, también, de visibilizar su inasible “razón mestiza” que inhibe toda conclusión definitiva: “Este estudio carece de conclusiones porque el peronismo todavía es presente. Su actualización en los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner ha generado en el discurso liberal de la derecha conservadora el mismo racismo y el mismo odio por ese Otro que “aparece” históricamente cada vez que se implementa un proyecto nacional y popular”.

Otro aspecto novedoso del libro de Pablo Heredia es que se centra en “apenas unos meses, y un poco más, de la historia intelectual-literaria argentina”. En efecto, el segmento discursivo que se pone a consideración abarca desde “el 16 de setiembre de 1955, hasta los trágicos sucesos de junio de 1956.” Habrá que aclarar, sin embargo, que no se trata de textos congelados, sino que se activan en una contextualización que pone de manifiesto una discursividad siempre “crispada” (es decir, en debate) entre el campo popular y el “régimen de verdad” oligárquico a través de un palpitante antes y después omnipresente.

Repasa, entonces, la construcción del Pueblo en la doctrina peronista desde sus inicios en la palabra de su creador y, al mismo tiempo, el proceso de reorganización del estado oligárquico que la Revolución Libertadora reinstaura a través de la llamada línea Mayo-Caseros cuyos ecos se prolongan a la dictadura genocida del 76 y se reduplica en la actual urgencia del “hedor a remover”.

En pos de su objetivo, el autor recorre las estéticas del odio en las metáforas y alusiones de nuestros más grandes narradores: el monstruo (Cortázar, Borges), la vejación (Martínez Estrada), la seducción de la barbarie (Murena) y la confusión de límites entre ficción, sueño, realidad (Borges). Figuraciones fantasmagóricas (mix venenoso de miedo y odio) de las clases populares que son la base social y cultural del peronismo.

Se revisan, asimismo, los ensayos de las revistas Sur y Contorno, la demonización del adoctrinamiento, las discusiones superestructurales entre historiadores, intelectuales y escritores. Polémicas infértiles entre marxistas burgueses acosados por complejos de culpa (León Rozitchner) y el existencialismo vergonzante de Ernesto Sábato. Por otra parte, se analizan por primera vez, las reveladoras polémicas entre Sábato, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche. Se detiene especialmente en los orígenes de una discusión, en boga en época de aparente declinación del movimiento nacional y popular, acerca un posible peronismo sin Perón. Curiosamente es una aspiración de los sectores dominantes que suele “derramarse” a ciertos burócratas de la C.G.T. en una búsqueda, hasta ahora imposible, de “trabajadores sin peronismo”.

En el Cap.VI, Pablo Heredia repasa los intentos de descolonización intelectual en el pensamiento de la izquierda nacional y sus preguntas sobre el intelectual colonizado y los avatares de la literatura nacional.

El autor concluye su peregrinación mirando las ideas desde la vida del pueblo y al margen de la variante del “despotismo ilustrado de la oligarquía”: “El postulado nacional-popular (…) se sostiene desde una epistemología política, y no desde un sistema ideológico (…). Se trata de una actitud cultural, como decía Rodolfo Kusch, que está presente en todos los pueblos del mundo que luchan por su liberación contra el imperialismo y las castas nativas que lo sirven” (p.200).

Otro aporte del libro es la construcción de una reveladora “síntesis telegráfica” con las palabras claves con que definen al peronismo tanto la revista Sur, como Contorno. Damos los siguientes ejemplos, que no agotan la serie, y a simple modo de ilustración.

Revista Sur: odio, demonio, monstruo, barbarie, materia, caos, populismo, pesadilla, espanto, opresión, ilusión, resentimiento, demagogia, ruido, olor, fealdad, robo, venalidad. Contorno, por su parte, ofrece la siguiente muestra también incompleta: irracionalidad, ignorancia, ficción, farsa, pantomima, alienación, falsa conciencia, dictadura, demagogia, impunidad, lumpen proletariado, seducción, rebeldía, revuelta, casi nada (p. 140). El reducido espacio nos impide repasar las palabras claves con que ambas revistas se definen a sí mismas. Sin duda, relacionar estas series nos internaría en extensas y reveladoras consideraciones. Por supuesto, la “síntesis telegráfica” es sólo un resumen del minucioso estudio con que es abordado el tema del peronismo en las revistas citadas.

3.- El epitetario del odio

Concluimos estas líneas con otro original hallazgo de Pablo Heredia: el “Epitetario del odio”. Imposible de explicar desde la “razón frígida”[i], irreconocible desde la ética y la estética de la conciencia cipaya, el peronismo es un “monstruo vivo”. Es, en otros términos, el pueblo en marcha que violenta el “régimen de verdad” de la oligarquía burguesa: “Para la oligarquía, ese Otro imaginado amorfo, un cuerpo sin más, perceptible a través de los sentidos (vista-grotesco-monstruo, oído-ruido-risa, olfato-náusea-hedor y, finalmente, tacto-sudor-sexo) fue representado por medio de una sensibilidad que ante todo se materializó en una violencia simbólica registrada en una trama narrativa común: el borramiento de las fronteras de lo real/ficción (sueño-pesadilla)”(p.79).

Como en 1955, hoy asistimos a la construcción de una trama narrativa, “tejido ideológico de acciones perfomativas” que insisten en un cambio cultural basado en la “verdad” que suplanta la “ilusión o ficción” de la pesada herencia. De nuevo, el pueblo no tiene nombre y es una “Otredad Absoluta”. La negación de la realidad palpitante de la vivencia como correa de transmisión del saber del pueblo, sí tiene un nombre: el odio. Es la “ley del odio” que, según Joaquín V. González, marca la historia argentina desde sus orígenes y cuya mano ejecutora fue siempre una minoría cipaya. Una oligarquía maléfica blande el poder en su beneficio y se sostiene en brazos del poder extranjero. Perón los llamaba los “vendepatria”. En épocas de tinieblas, pululan en todas las organizaciones sociales. Por eso es un nuevo acierto de Pablo Heredia el “Epitetario del odio” que cierra el libro. Lo recoge de la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Ernesto Sábato y Mario Amadeo. Antologamos a los dos primeros.

Martínez Estrada llama a Perón: “hurgador de tachos de basura”, “líder de resentidos”, “agente diabólico del capitalismo”, “socialista neorrosista”. Como puede advertirse es la construcción aún vigente de cierta “fatalidad orgánica” que convierte a los actuales cirujanos de la “grasa militante” en ventrílocuos de la generación gorila de 1955. Con una diferencia, en el 55, el odio no los privó de la capacidad de expresarse. Es una caterva que se reproduce y que considera “épocas oscuras de la historia” a los lapsos en que se desató la creatividad de la democracia popular y se puso freno a la invasión extranjera (Rosas, Yrigoyen, Perón, Kirchner). Dice Martínez Estrada refiriéndose a Perón: “Instauró un socialismo neorrosista, cuyo antecedente fue el socialismo oclocrático, o dictadura de la plebe mulata, en el gobierno de los años 1829 a 1852. Ese socialismo de recua que consiste en igualar a todos los ciudadanos en condición servil de eunuco”. Sábato, por su parte, llama a Perón: “tirano aborigen”, “histórico espectro”, “profeta de la víscera”.

En cuanto al peronismo, espigamos esta epítesis de Martínez Estrada: “estercolero”, “servidores de la barbarie”, “tropas sin camisa”, “carga destructora”, “portadores de gérmenes de infección”. Enviste, asimismo, contra los intelectuales del campo nacional (los futuros “malditos”). Son: “andrajosos intelectuales”, “feria de gitanos consagrados por el Estado”, “chusma intelectual”, y “redentores al servicio del diablo”. Para Sábato, los peronistas son: “una masa de resentidos”, “resentidos y canallas”, sujetos del “más bajo patrioterismo”, “lumpenproletariat”, “infraproletariado”.

Al pueblo visibilizado, Martínez Estrada le dedica un cuantioso caudal calificativo: “desdichados”, “resentidos irrespetuosos”, “turba resentida”, “conglomerado heterogéneo de resentidos y desesperados”, “invasión de gente de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos”.

Como se habrá advertido, el epíteto, siempre explicativo, tiende a denotar una cualidad permanente y propia del objeto. Por lo tanto, la epítesis registrada por Pablo Heredia nos ofrenda la matriz de los exabruptos actuales de Prat Gay, Triaca, Etchecopar, del Presidente y su caterva de CEOS.

Libro imprescindible, entonces, el de Pablo Heredia que nos muestra cómo en menos de un año, con el uso discrecional del poder, se puede revivir zombis y dispersar en la vida del pueblo el germen maléfico del odio como factor estructurante.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, U.N.C.

Cfr.: HEREDIA, Pablo, 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55, Córdoba, Babel Editorial

[1] Los conceptos de “razón frígida” y “razón mestiza” son explayados en un trabajo de nuestra autoría, todavía inédito, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”.

por Jorge Torres Roggero

1.- Un fiscal revolucionario

Naciortiz-pereyra-473x1024ó en Corrientes en 1883; falleció en Buenos Aires en 1941. Desde su puesto de fiscal federal, desafió a los leguleyos con insólitos dictámenes que revolucionaban la jurisprudencia de una semicolonia: se proponía humanizar la justicia.

Su principal interés se dirigía a preservar el interés social de la Nación. En un país en que la tradición jurídica es fallar a favor de los monopolios extranjeros y en contra del Estado, se animó a revisar los libros de la Liga Patriótica y la Asociación Nacional del Trabajo para demostrar que esas entidades que perseguían con crumiros y rompehuelgas a las, por ese entonces, ilegales organizaciones sindicales del proletariado criollo, eran sostenidas por las empresas extranjeras que explotaban la Patria.

En pleno gobierno de Alvear, levantó su voz contra “la férrea dictadura económica” (Cfr. Galasso) que la oligarquía ejercía sobre el pueblo argentino. En 1926, publica el libro Tercera Emancipacion. Actualidad económica y social de la República Argentina. Sostenía allí, entre otras cosas, que mientras estimulábamos la inmigración de personas, “íbamos organizando la emigración de nuestras ideas”. Denunciaba la sobresaturación de europeísmo que afectaba nuestras cabezas. Esa colonización mental nos podía conducir a cualquier parte, menos a la solución de nuestros problemas: “Si los extranjeros piensan por nosotros, ¿qué necesidad tenemos de sustituirlos en esa tarea? Así es como los extranjeros han arreglado a su gusto nuestra vida jurídica, social, cultural y económica.” Y añadía: “ Lo que ya no se puede discutir, lo que está demostrado y comprobado, lo que hoy es un hecho tangible, material, (…) es esa realidad grande como una catedral que soportamos todos los habitantes del país: la tiranía con que nos comercian los capitalistas ferroviarios, tranviarios, los dueños de la luz, del teléfono, de las empresas de navegación, de las cuatro o cinco firmas que gobiernan los precios de nuestras carnes y de nuestros cereales, todos, todos absolutamente todos extranjeros”.

Por supuesto, esta postura le costó pasar a encabezar la lista de los “malditos” y lo sumió en el destierro de la maquinaria de colonización cultural ejercida por los grandes medios de difusión y los suplementos culturales cuyos guardias pretorianos son los intelectuales cipayos que “lamen la cadena del amo” (Jauretche dixit).

El fiscal de que hablamos fue el primero en concebir al sujeto de conocimiento como históricamente construido. Todo sujeto individual es portador de un mundo “a través del cual sus juicios deben necesariamente reflejarse o refractarse”. En consecuencia, un sujeto colonizado, un hombre cero, con el cerebro lavado y “antropológicamente distorsionado” (cfr. F. Chávez), es una víctima de sugestiones sistemáticas, de abstracciones o juicios deformados “que penetran en su cerebro y este los asimila sin la menor sospecha de la conciencia”. En conclusión, los grandes medios, así como pueden constuir conocimiento, lo más común es que construyan ignorancia. En otras palabras, como dice el Papa Francisco, incitan al pueblo a la “coprofagia”, id est, a comer mierda.

2.- Los aforismos sin sentido

Ya en 1928, el fiscal que nos ocupa, publicó un libro titulado Por nuestra redención cultural y económica. Allí dirigió su crítica hacia los parlamentarios colonizados, esos que nos entregan con las manos atadas al capital financiero y/o a los oligopolios agrarios o mineros. Los llamó, por su afición a los discursos enfáticos, “zorzales en jaula de oro”. El fue el inventor inicial  de las “zonceras argentinas” que luego amplió y desarrolló brilantemente Arturo Jauretche: las llamó “aforismos sin sentido”.

Denunciaba nuestra debilidad por lo literariamente sonoro. Frases que suenan bien, que se nos pegan al oído y las adoptamos como canon, como “muletilla para razonar”. Hasta las tarareamos como “motivo musical cuando estamos solos.” En ningún momento se nos ocurre analizar, “menos dudar”. Nos sirven para charlar, para tomar decisiones individuales o para “componer el país”.

Estos son algunos de  “los aforismos sin sentido” que Jauretche llamó “zonceras argentinas”: a) “América para la humanidad”; b) “Debemos ahorrar sobre el hambre y la sed del pueblo”; c) “Capitales extranjeros, brazos extranjeros, libros extranjeros. ¿Qué dirán los extranjeros?”; d) “Comprar a quien nos compra”; e) “La ley de la oferta y la demanda”; f) “El Estado es mal administrador”.

Lo planteaba en El S.O.S. de mi pueblo (1935) y agregaba: “sin gozar independencia económica, todas las demás libertades son un mito”. La conclusión es, por cierto, un tanto escéptica: “¡Qué amigos somos de decir pavadas en solemne! Resultado: “Somos una factoría elegante”.

3.- Conservar la izquierda

Pero, ¿cuál fue la conducta de este fiscal federal cuando la oligarquía volteó, encarceló y pretendió entregar a una justicia “perduélica” a Hipólito Yrigoyen?

La Corte Suprema de Justicia, que debiera tener, ayer como hoy, la custodia de la Constitución Nacional, legalizó el golpe argumentando que la fuerza es un derecho. Fue lo mismo que sustentó en 1955. Por eso alguien escribió un libro titulado La fuerza es el derecho de las bestias.

Volvamos a nuestro fiscal federal. Estaba, evidentemente, ante un dilema: ¿podía asumir el papel de acusador público “de los militares y civiles que defendieron con las armas al gobierno legítimo contra los golpistas triunfantes?” Entonces decidió actuar como acusador público de la tiranía “ante el tribunal supremo de la conciencia argentina”. ¿Cuál fue, entonces, su proceder? Renunció como fiscal y se ofreció a Hipólito Yrigoyen como abogado defensor: se convierte así en fiscal del honor nacional ante la apostasía infame de los jueces.

Con su estilo campechano, criollo, asegura que se lanzó “desde el quinto piso del Palacio de Justicia a la plaza pública para defender los amenazados intereses de la nacionalidad, la dignidad del partido del cual era miembro y la libertad de su abanderado, cautivo en Martín García, cuyo nombre se pretendía por todos los medios, enlodar y escarnecer”.

Ayer como hoy, los aduladores, las “chinches gordas” no sólo se pasan al enemigo de la patria y el pueblo, sino que se ponen a la cabeza de los que combaten el “personalismo” y decretan la muerte política de los conductores/as populares.

Por eso el ahora ex-fiscal, cuando sus correligionarios burócratas, con Alvear al frente, negociaban “gobernabilidad”, “institucionalidad”, “república”, alzó su voz para convocar a los radicales para mantener en alto las banderas de la “reparación”, a poner en movimiento los postulados fundadores. Con el partido gangrenado, advierte a sus correligionarios: “Convengamos patrióticamente en que desde años atrás ambulábamos los radicales sin rumbo, nos agitábamos sin razón y buscábamos los defectos de los otros para objeto de nuestras críticas”.

Es, sin dudas, un momento de repliegue del movimiento nacional. Los radicales navegan, como decía el P. Benítez de los peronistas del 55, “en un mar de cagones” y desoyen cualquier llamado a la “radicalización”. Pero la oligarquía cívico-militar sí toma nota de la alerta del ex-fiscal, y lo recluye en la Penitenciaría Nacional en aplicación del estado de sitio. Opta por el exilio y va a parar a Montevideo. Ocho meses después, regresa. Los radicales trenceros y complacientes habían instaurado un slogan autodenigrante: “Gobernar no es payar”. Sólo un núcelo duro, entre los que se encuentran Julio R. Barcos y nuestro ex-fiscal , se proponen “radicalizar” al radicalismo.

Su consigna: “Ciudadano radical, ¡conserve su izquierda!” La ironía y el doble sentido es fácil de entender si se recuerda que, en esa época, imitando al amo inglés, era obligatorio circular por la mano izquierda en las rutas y calles. La realidad era que reconocían a Hipólito Yrigoyen como el abanderado de la orientación izquierdista de la U.C.R.

En 1932, funda el periódico Bandera Radical. En 1933, muere Hipólito Yrigoyen. El pueblo humilde lo acompaña en doliente muchedumbre, pero solo un grupito de militantes permanecen fieles a la intransigencia radical. Alvear, entre tanto, confiesa que le “causa mala impresión apretar la mano callosa de los correligionarios humildes.”

El ex-fiscal permanece firme en la brecha. Son los llamados “radicales fuertes”, los que que lanzan con Pomar a la patriada de Paso de los Libres. Allí estuvo el joven Jauretche e inmortalizó la gesta en un poema gauchesco.

Como último y frustrado intento de derrotar la conducción oligárquica de Alvear, de resucitar la rebeldía radical, el ex-fiscal, en el atardecer del 29 de junio de 1935, se encuentra con un grupo de jóvenes (Arturo Jauretche, Homero Manzi, Juan M Fleita y Félix Ramírez García, entre otros) y fundan FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) para dar batalla al Comité Nacional conciliador con el régimen. Allí nació su lema: “Somos un Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”. Desde esa trinchera, anunciaron, sin saberlo, la alborada feliz del 17 de octubre de 1945.

4.- Manuel Ortiz Pereyra

El fiscal nacido en 1883, uno de los fundadores de FORJA, se llamaba Manuel Ortiz Pereyra. Como escritor, periodista y ensayista sufrió el boicot del silencio tanto de la crítica como de la prensa. Fue sepultado en las “trastiendas de las librerías”. Pero sus libros continúan hablándonos con el lenguaje corriente. Con la lengua viva del hombre común, nos desafía enarbolando el humor y la risa como arma poderosa de la cultura popular. Su impronta se inmortalizó en el “difícil arte de hablar fácil” de su “discípulo” Arturo Jauretche.

Así como Oliverio Girondo escribió sus “membretes” y Scalabrini Ortiz sus “connotaciones de fugacidades”, Ortiz Pereyra creó sus “cartelitos”. Aquí va uno: “Lord Vestey es dueño de tres mil carnicerías que en Londres venden carne argentina. La adquirió a vil precio, por un frigorífico Anglo de su propiedad y la transporta en la flota Blue Star, también suya. Se halla en Buenos Aires este feliz caballero inglés desde hace tres días. No se suscribió al empréstito patriótico aunque pertenece a la Liga Patriótica Argentina pero visitará al Gral. Justo porque es muy cortés con los argentinos”.

En otro texto, titulado “Un fakir hecho y derecho”, confiesa: “Después de haber sacrificado mi fortuna, la de mi esposa y la de mis hijos, dispongo lo bastante para vivir (modesta pero tranquilamente) entre los esplendores de la civilización europea, y sin embargo, prefiero (ríase usted de mí) volver a ser encarcelado en la Penitenciaría y seguir la suerte de mi pueblo antes de renunciar a mi ideal (¡si seré bárbaro!) de trabajar hasta la muerte por la redención económica, política y cultural de mis compatriotas. Un fakir hecho y derecho.”

Concluimos con esta elegía de Norberto Galasso: “El 23 de mayo de 1941, un puñado de forjistas despidió los restos mortales de Ortiz Pereyra (…) Ya nadie se acordará de él. Ni los radicales, renegados del irigoyenismo(…), ni el peronismo, de quien en cierto sentido ha sido el precursor”. Repudiado por amigo del pueblo: “Sólo en alguna “librería de viejo” aparece
, de vez en cuando, ajado y amarillento, alguno de sus libros. Sin embargo, este luchador infatigable convertido en “maldito”, fue la conciencia lúcida de  un momento de la Revolución Nacional”.

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito U.N.C.

Fuentes consultadas:

GALASSO, Norberto, 1984, Testimonio de un precursor de FORJA: Manuel Ortiz Pereyra, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. Además de la fantástica introducción, nos provee una representativa antología de Ortiz Pereyra, y dos anexos de particular interés: “Ortiz Pereyra: el político con una política”, de Julio R. Barcos, tomado del libro Por el pan del pueblo, Edit.Librería Renacimiento,1933. Reviste, asimismo,gran importancia, el siguiente texto: “Alguna facultad argentina debería llevar su nombre”, proemio de Fermín Chávez a La recuperación de la conciencia nacional, Peña Lillo Editor, 1983. Véase: “Entrevista al Papa Francisco en el semanario católico belga Tertio”.(ACI Prensa, 07/12/2016). Juan Domingo Perón es el autor de La fuerza es el derecho de las bestias. Hay múltiples ediciones.

Principales obras de Manuel Ortiz Pereyra:

ORTIZ PEREYRA, Manuel, 1926, La tercera emancipación. Actualidad económica y social de la República Argentina, Buenos Aires, J.Lajouane y Cía. Editores.

                                              , 1928, Por nuestra redención cultural y económica. Apuntes de crítica social argentina, Buenos Aires, Editorial Peuser.

                                              , 1929, La Liga Patriótica y La Asociación Nacional del Trabajo. Instrumentos del capitalismo antiargentino, Buenos Aires, Vistas Fiscales, Edit. Democracia.

                                               , 1935, El S.O.S. de mi pueblo. Causas y remedios de la crisis económica argentina, Buenos Aires, Colección FORJA.

por Jorge Torres Roggero

1.- La manga de langostasscalabrini_cc

Releyendo a Scalabrini Ortiz, me invadieron ciertos recuerdos infantiles. El primero revive el alboroto que se armaba en el pueblo cuando el cielo se ponía negro hacia el norte. De allí, no podía venir lluvia; por lo tanto, eran langostas. Entonces se juntaban chapas, fuentones, latones, todo artefacto que produjera ruido y, cuando las primeras langostas asomaban, retumbaba el pueblo, se elevaban alaridos, se entonaban jaculatorias a San Benito para auyentar la plaga. Las langostas podían pasar de largo, posarse unas horas en nuestros frutales y hortalizas o pernoctar y, las más de las veces, dejar el paisaje pelado.

Y bien, en 1923, cuando tenía 25 años, Scalabrini Ortiz publicó La manga. En todos los libros de literatura se lo cataloga como un libro de cuentos. Lo dudo. Se parece más a un potpourri en que el joven autor expresa cierto desencuentro con el mundo, el aislamiento del individuo en la masa, la búsqueda de una salida de la soledad. Eso no impide reconocer la excelencia de  “Los Ogros”, un cuento que junto a “El potrillo roano” de Benito Lynch y “El Pato Ciego” de Alvaro Yunque, publicados por esos años, configuran una emblemática representación de los modos de disciplinar niños según la pedagogía de la oligarquía dominante. Veamos, entonces, el relato de Scalabrini Ortiz: lo que para nosotros era  una plaga, para él resultó ser el símbolo fundante de su pensamiento. Un vez más, la poética es adivinatoria y militante. En la sección titulada “Diálogos”, uno de los personajes narra:

“Vi, una vez, aparecer en el horizonte como una nube negra, una manga de langostas. A la distancia se distinguía nítidamente el rumbo definido de su marcha y el claro fin que las guiaba; iban al Sur, a las regiones agrícolas, en busca de cereales. La armonía y orden hacían avanzar al mismo tiempo el enorme conjunto, en una maravillosa comunidad de instintos. Pensé que si la humanidad trabajara con la misma disciplina, sus progresos serían más veloces. La manga, que venía a mi encuentro, destruyó mi impresión. Reinaba en su interior una desordenada confusión. Las langostas se detenían, desorientadas, volaban azotándose contra los obstáculos. Supuse, entonces, que la manga iba a detenerse. Pero siempre en confusión, las langostas fueron raleando, y al cabo de unas horas, las últimas rezagadas se fueron también. Y vi de nuevo, en el horizonte, alejarse la manga como una nube negra, avanzando indiferente a los obstáculos, sobre poniéndose al agotamiento individual. Y esa manga, que cruzó buscando la solución de los enormes problemas del hambre, me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad, por sobre todos lo intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales” (131).

Obsérvese  que el enorme conjunto (la manga, la masa) tiene un rumbo definido y un claro fin, pero los individuos fuera del conjunto se azotan contra los obstáculos, andan desorientados en una “desordenada confusión”. Sin embargo, al fin, la manga avanza, por sobre los agotamientos individuales, se aleja en el horizonte buscando la solución a los problemas del hambre. Y concluye, “me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad”.

Ahora bien, el primer texto del libro se titula “Los humildes”. Ellos constituyen la muchedumbre cuya presencia en el mundo fue, es y será. Siempre, la sudorosa muchedumbre “va por la mañana y vuelve por la tarde”. Esta idea se reitera: “Creo que un hombre es siempre el primero en dar forma a lo que flota en el ambiente, a lo que está en todas las conciencias, al producto paciente e ignorado de la humanidad entera, pero, por grande que sea, no la dirige nunca, es la masa lo que empuja; ella lo ha formado y ella lo guía”. (129). A esto se puede agregar:  “El instante más notorio del jardín, el de la florescencia, es el producto lento de las reproducciones celulares. Y la eclosión viene, amenaza siempre. Vendrá con nosotros o sin nosotros, pues somos elementos despreciables. La manga sigue su vuelo incansable. Hacemos de guías, ya nos cansaremos y otros nos pasarán, pero su avance no se detendrá.”

Estas ideas, que fueron perfilándose desde 1923, eclosionan después del 17 de octubre de 1945 cuando describió en un conocido texto de extremada belleza, la sorpresiva presencia de las masas trabajadoras  en la historia patria.

Ya en El hombre que está solo y espera (1931) presentía la fuerza humanizadora del conjunto. Un hombre sencillo, entre otros hombres, va caminando por la calle Corrientes. Tranquilo, de cultura escasa, de modales algos bruscos pero afables, cruza Florida, pasa Maipú, y entra a un café de la calle Esmeralda: “Allí está con un camarada en el fortín de la amistad (…) ya hay algo nuevo en ese amasijo informe de la amistad. Por primera vez, el hombre está junto al hombre”(115/116). Está solo, pero va camino a la muchedumbre. No falta mucho y la manga seguirá  su marcha “indiferente al agotamiento individual” (130/131).

Llegado a Política Británica en el Río de la Plata (1940), persiste en intuiciones cada vez más claras. Sostenía que las verdades individuales no obran en la dinámica social “si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”. ¿Acaso, el 24 de junio de 1931, en Noticias Gráficas no había sostenido que las rebeliones populares son expresión de la “conciencia del pueblo (que) sabe adónde va aunque lo ignore cada uno de individuos que lo componen”?

Por eso, ya en 1950, reafirma que “son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupenda. Casi siempre han aventajado a los gobernantes y quienes no la interroguen a diario, en vano  intentarán ganar ascendente en ella” (Latitud 34, 3/1/1950). Lo deslumbra una visión: el individuo sólo cobra sentido cuando descubre su razón de ser disolviéndose en la muchedumbre innúmera. Celebra la alegría de aceptar que apenas somos un “panadero”(una semilla voladora, un germen) caído, no en la existencia, sino en seno fecundo de la historia cuyo sujeto histórico real es el pueblo. Si, como sujetos aislados, andamos en confusa desorientación, como comunidad organizada seguimos la marcha “por sobre todos los intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales”.

 2.- La política de la chinche flaca

La relectura de Scalabrini Ortiz me transportó, asimismo, a otra evocación. En tiempos niños, todavía se usaban colchones de lana con sus pupos y bordes cosidos con agujas colchoneras, camas con “elásticos” de metal, catres de lona con dobleces clavados con tachuelas. Entonces, cada tanto, había que asolear camas y colchones. Luego, con agua hirviendo, se ahuyentaban y mataban las chinches invasoras. Decían, también, que en las camas de los hoteles baratos, las chinches torturaban viajeros y viajantes. Scalabrini Ortiz que, como agrimensor, recorrió el interior del país,  aprovechó la experiencia para auscultar qué pasa cuando la militancia es reemplazada por cargos y figuración. Sucedió siempre. Por eso él eligió la política de la chinche flaca. Sacada de los entresijos de la cultura popular, publicó esta parábola en la revista Qué, el 3 de junio de 1958:

“Ud habrá dormido en algunas de esas pocilgas que se llaman hoteles. Habrá luchado alguna noche contra las chinches y observado qué difícil es matar a uno de esos fastidiosos insectos cuando todavía no ha chupado sangre. Usted aprieta la chinche entre los dedos. La refriega y la chinche continúa como si le hubieran hecho una caricia. En cambio, si la chinche ha comido y tiene su panza hinchada, basta una pequeña presión para exterminarla. Bueno, yo sigo la política de la chinche flaca y por eso nada pueden contra mí, ni nada pueden hacer en mi favor. Para situarse en las líneas del magnetismo nuevo (enfrente de todas las jerarquías y los intereses predominantes) es indispensable estar limpio de ambiciones y de codicias. Por eso, quienes primero abrirán las sendas de los hechos nuevos serán los humildes, los desmunidos, los trabajadores. Para estar junto a ellos, latiendo al ritmo de su pulso, los que no somos naturalmente ni humildes, ni trabajadores, sólo tenemos una norma posible: la política de la chinche flaca.”

Hay épocas en que necesitamos chinches flacas y en que abundan las chinches “hinchadas”. Los que en el momento de las vacas gordas disfrutan cargos y prebendas simulando ser militantes, pero que, a la primera dificultad, se pasan de bando, traicionan, son fáciles presas de carpetazos, de aprietes, y andan buscando pretextos para aislarse de “la manga”. Agotados individualmente, no se animan a perderse en la poderosa “nube negra” que avanzará inexorablemente hacia su razón de ser. Son los “chupasangre”, los panza llena, y, ante las más pequeña presión, revientan, enchastran, son exterminados.

Scalabrini prefirió el desconocimiento y la pobreza por sobre el éxito y la riqueza:“¡Lo que me ha costado no hacerme rico! Desde rechazar incitaciones demoníacas, hasta enemistarme con medio mundo, recibir títulos de “raro”, “romántico”, yo tan luego que percibo a la Argentina como una realidad palpable al simple contacto de mi piel”. (Latitud 34, 03/01/1950).

En “Esperanza para una grandeza” (véase: Los ferrocarriles deben ser argentinos), refiriéndose a las multitudes del 17 de octubre, como viejo auscultador de “la manga”, dice: “Aquella era la expresión de una voluntad nacional cuya intensidad e íntima propensión quizá sólo alcanzaron a comprender los habituados a auscultar las más recogidas y sensibles latencias de los pueblos. Escuché las conversaciones de varios criollos y las arengas de los oradores improvisados. No encontré a nadie que se acordara de sus problemas personales. Eran hombres sin necesidades: inmunes al cansancio, al hambre y a la sed. Decían: Aquí comienza la revolución de los pueblos sometidos. Aquí se inicia la rebelión de los que estuvieron doblegados.”

Así fue, como tras la Revolución Libertadora, fue perdiendo uno a uno sus lugares de trabajo. Como en un dominó trágico, fueron cayendo uno a uno los diarios, periódicos y hojas partidarias que acogían sus colaboraciones. Primero fue El Líder, luego el El Federalista, le siguieron De Frente y, por fin,  El 45: “En enero de 1956 se cerró la última tribuna. Me quedé sin tener un solo lugar donde escribir”(Galasso, 154). Incólume, siguió a rajatablas “la política de la chince flaca”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

 Fuentes consultadas:

BARES, Enrique, 1961, Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo y espera, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

GALASSO, Norberto, 1998, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens Ediciones

SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

                                              ,1964, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1965, Los ferrocarriles deben ser argentinos, Buenos Aires, A.Peña Lillo Editor

                                              , 1973, La Manga, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, devociones para el hombre argentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.