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por Jorge Torres Roggero

DOGMA DE OBEDIENCIA.jpeg1.- Los intelectuales

Como una muestra de apoyo a la Reforma Universitaria, Lugones publica en el BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES un artículo titulado “La historia del dogma”. Arturo Capdevila, director de la revista, sostiene que la obra ofrecida representa la “altura culminante” del pensamiento político lugoniano y la exhibe como una primicia que honra al BOLETIN. Se trata de la Parte II del libro El dogma de obediencia y advierte que “bien pudo titularse Las nuevas bases”. Anticipa que  en números sucesivos se editarán la tercera y cuarta parte pero no la primera y quinta. De acuerdo con su criterio, el carácter revolucionario de las mismas comprometería la índole puramente científica de la publicación[i] . Estas líneas aspiran a  que sean leídas con atención por quienes todavía insisten en considerar a Leopoldo Lugones y a Ricardo Rojas como portaestandartes un nacionalismo conservador y oligárquico para la época del Centenario. Repetir lo que “se dice” por más prestigioso que sea el emisor, lleva a estampar opiniones “iletradas”, es decir, sin la atenta lectura de los textos del momento. Recomiendo, en ese sentido, un texto muy breve de Lugones: “Programa de acción de una democracia argentina revolucionaria”. Lo escribió en 1919 y lo publicó Enrique Barros en La Vanguardia del 21/07/31. Lugones es un exponente dramático de las contradicciones en el seno del pueblo.

“La historia del dogma” tiene por objeto prevenir acerca de la falsificación de la historia y, a la vez, trazar el posible perfil de un orden social nuevo. Cuestiona, en consecuencia, la sinonimia enciclopedista que homologa, en la historia de Roma, república a libertad e imperio a tiranía. Refuta la “ficción interpretativa”, el “efecto literario” del discurso histórico, el fraude en la transcripción del texto antiguo para convertirlo en “un característico, si bien admirable, pasticcio del Renacimiento”. Postula que, bajo la forma de “una composición histórica”, se nos presentan “ficciones de la más audaz fantasía”. Al ocuparse de la literatura romana de la época imperial, Lugones considera que los intelectuales de la capital, partidarios de la oligarquía patricia, conforman la oposición a un tipo de organización social cuya discursividad define y describe como netamente plebeya. Al canon letrado, por ejemplo, opone un arte popular discorde y censurado al que llama “canción democrática”. Según esta visión, el pueblo romano prodigaba epigramas alegres y procaces a los generales victoriosos durante el desfile triunfal: “Aunque la ceremonia del triunfo era solemnísima, y las tales canciones injuriosas con frecuencia, nadie pensó en prohibirlas. Las leyes eran, sin embargo,        extremadamente severas contra la injuria y la calumnia; pero la libertad popular        estaba sobre ellas, hasta en sus excesos” (p.49).

Sustenta, por lo tanto, que la concepción del Imperio como un despotismo, el famoso cesarismo, nace de la crítica de algunos escritores reaccionarios de la capital que, sin embargo, gozaban de todas las libertades. Las diatribas de Tácito y Suetonio, de Cátulo y Juvenal circulaban libremente y la popularidad de los libelos era índice de que gran cantidad de gente sabía leer y escribir. La concepción reaccionaria de esta literatura, reforzada luego por los escritores cristianos[ii] (padres de la iglesia), se generaliza por fin,  durante la Edad Media, mediante la interpolación y falsificación fraudulenta de los monjes.

Lugones, entre otros, apela al caso de Tácito. Apasionado aristócrata, vilipendió al Imperio no obstante los favores que, de acuerdo con su propio testimonio, le habían dispensado los emperadores”.(78) Es más, el historiador declara que los tiempos de Nerva y de Trajano (cuando escribió sus Historias y sus Anales) fueron de esas “raras y felices épocas en que está permitido pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa” (lib. XLVIII,tít. XIX,18). Fundamentándose en dos libros de P. Hochart[iii]  sobre la autenticidad de Anales e Historias, postula que gran parte de los célebres fragmentos de Tácito resultan una superchería editorial del humanista italiano Poggio Bracciolini. No satisfecho con esto, examina una suma de interpolaciones y falsificaciones en los textos de Dion Casio y Lampridio.

Pero Lugones no se detiene en el Renacimiento, sino que extiende su vituperio a la lectura de la historia romana canonizada por el iluminismo. En efecto Voltaire, Montesquieu, adoptan como ideal político a la república romana cuya configuración aristocrática, oligárquica y explotadora de la plebe urbana y rural denuncia. Clasifica las corrientes de estudios históricos sobre el Imperio en tres líneas principales: enciclopedista (Gibbon); cesarista o alemana (Mommsen) y neo-cristiana o reaccionaria (Wallon, de Broglie y Ozanam). Rescata, sin embargo, una serie histórica alternativa o de la latinidad. Maquiavelo, “padre de la filosofía de la historia”; Vico, “la más alta encarnación del genio de la historia”; Ferrero que sistematiza la interpretación directa de hechos y documentos; Napoleón III autor de una Historia de Julio César y, por último, corresponde a “Augusto Conte la verdadera definición de que el Imperio en vez de constituir un despotismo retrógrado, fue un grande éxito democrático”[iv].  Vivimos la segunda década del S.XX, reflexiona Lugones, y todavía no se ha alcanzado el nivel pagano en cuanto a bienestar y justicia social.

La estrategia argumentativa de Lugones apela a una singular organización del campo de lectura para liberar y darle voz a los sentidos latentes que emergen en los textos de autores antiguos y modernos adversos al Imperio. En pleno desarrollo de la Revolución Rusa (“reforma social que está ahora efectuándose”, la denomina), se esfuerza por probar el siguiente aserto:” He dicho que el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo, y que tuvo por eficaz apoyo la popularidad provinciana. Ambos fenómenos eran reacciones contra los privilegios de los patricios”

Discute una historia escrita por ricos y privilegiados que exhibe al Imperio como tiranía cuando, en realidad, representó “la victoria democrática completa”. Al abolir los privilegios de los patricios se afirmaban derechos civiles como la igualdad de sexos y la igualdad política. Se abolían el “despotismo paterno y marital” y la propiedad patricia quedaba sujeta al impuesto.

Las alusiones y homologías Roma/Argentina se van acentuando a medida que avanza el análisis del amplísimo campo social propuesto como objeto de estudio. Lugones muestra cómo se descentralizó el poder, cómo las provincias tuvieron autonomía; y cómo, por fin, la capital concentró la oposición a ese Imperio. Pese a las acusaciones de “corrupción”, el período de lo emperadores significó un evidente “progreso moral y material”. El bienestar del pueblo guarda, desde su punto de vista, una íntima relación con la cuestión fundamental de la libertad: “La libertad no es un resultado político, sino un gran estado de conciencia, cuyo         fundamento lo constituye la noción de equidad. Cuando un pueblo llega a ese estado, es libre, y su política resultará libre también” (p.61).

Inicia así, desde el seno mismo de la Reforma Universitaria, la discusión acerca de   las formas decadentes de la democracia liberal de origen anglosajón en nuestro país como único resultado posible de la política. Se interroga acerca de cuál es la respuesta de la tradición latina como estado de conciencia a la necesidad de despliegue del propio modo de ser y de un mayor protagonismo de la “plebe” o pueblo en la “evolución libertadora”.

No es el objeto de estas líneas el examen y exposición minuciosos de la “Historia del dogma”. Sólo nos incita a señalar la capacidad de Lugones para renovar las prácticas de lectura; para ensayar modos operativos aplicables al momento que vivía y para proponer, por analogía, un programa para la Patria, como llamaba a la Argentina. Denuncia, por lo tanto, el latifundio, el militarismo y la explotación del hombre por hombre con sus consecuencias de atraso, desorden y crueldad. En otras palabras, proclamaba la sentencia que él consideraba “libertaria” de Marco Aurelio: “Mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo”.

2.- La reforma educativa

Lugones postula que el Imperio, al que ha equiparado a una “dictadura del proletariado”, es el gestor de la primera reforma educativa conocida. En efecto, “la enseñanza secundaria y profesional bajo el mismo promovió el concepto de docencia libre y de promoción sin examen. Ya desde entonces puede considerarse instituido el nombramiento de catedráticos por oposición. Las asociaciones de            estudiantes […] estaban reconocidas y protegidas especialmente. Eran abundantes las becas y muchos particulares instituíanlas por cuenta propia, fundando también escuelas primarias, asilos, gimnasios y dotaciones alimenticias”.

La instrucción pública era considerada “función de estado” y los altos estudios merecieron el mayor cuidado en esas verdaderas universidades que recibían “los nombres de museos (por las musas), ateneos y academias”: “Reinaba en ellos libertad amplísima, y de sus aulas salieron no pocos escritores contrarios al régimen imperial”. Este “estado de conciencia antigua”, fue reivindicado también, en esa misma época, por Deodoro Roca y Saúl Taborda. Debemos recordar, por otra parte, que en el mismo número del BOLETIN de la Facultad de Derecho en que Lugones cuestiona el discurso histórico, propone una era de reforma social y vindica al Imperio como un gobierno popular enfrentado a una oligarquía republicana apropiada del “logos” modelizador, Arturo Orgaz publica (p.113) un artículo titulado “La reforma agraria en Rusia”.

3.- La plebe provinciana

En alusión a la Revolución Rusa, Lugones sostiene que, cuando el cristianismo triunfó en Europa, “el mundo pagano cuya unificación había obtenido Roma, hallábase muy adelantado en el mismo sentido de la reforma social que está ahora efectuándose” (p.3)

La inmensa mayoría del pueblo romano (plebe urbana y rural) “exigió un día el cumplimiento de sus aspiraciones comunistas, la abolición definitiva del privilegio, y la aplicación igualitaria de la justicia social: la democracia integral, en una palabra” (p.5).

El despotismo predominó en el Imperio mientras se desempeñaron los miembros de la familia Julia Claudia, de origen aristocrático. Pero las fuerzas democráticas eran muy poderosas. Así, gracias a la creciente influencia provinciana, “los emperadores fueron siendo de más humilde extracción social”. Por lo tanto, “la tendencia igualitaria y laica, inherente al espíritu grecolatino, se impuso con progresivo remonte”(p.6) De tal modo, el Imperio armonizó la “acción y reacción de elementos contradictorios.”

La animadversión patricia o aristocrática hacia al nuevo régimen se fundamentó en el impuesto y el arriendo de la vasta tierra pública que reportaba considerable rendimiento. Lugones sostiene que, por su origen popular, el Imperio fue siempre “adverso a la apropiación privada de la tierra, pues la aspiración dominante de aquella democracia fue, como lo veremos, el comunismo agrario” (26). Por lo tanto pertenecía al Imperio y el emperador, que era ante todo el tribuno del pueblo, estaba a cargo del territorio conquistado por este último, es decir, “casi todo el de las provincias”.

El Imperio consumó la revolución agraria de Tiberio Graco mediante una expropiación indemnizada de las tierras públicas comunes usurpadas por los aristócratas. Una consecuencia de esta medida fue la reducción del servicio militar porque considera que: “el militarismo y la propiedad privada son fenómenos correlativos”. Se impuso el impuesto a la renta y “el acaparamiento de artículos de primera necesidad, por medio de ligas comerciales que denominamos trusts, fue penado en el imperio. Llegó a ser un delito tan grave, que podían denunciarlo hasta los esclavos contra sus dueños, y su penalidad llegó a veces hasta la confiscación y el destierro”(27)

Lugones exalta la imposición del impuesto a la herencia (29). Recordemos que siempre fue una consigna de su época socialista y tema frecuente en el periódico La Montaña[v]. El impuesto se extendió a la manumisión de esclavos que eran parte importante[vi]  en las herencias. La paz romana del imperio redujo el militarismo sin atrofiar la eficacia defensiva como lo prueban trescientos años de victoriosa seguridad y progreso de la justicia social[vii].

El Imperio, según Lugones, “había nacido por voluntad de la plebe, para realizar sus seculares y hasta entonces ilusorias aspiraciones a la justicia y a la paz. Así era, ante todo, protector de los oprimidos, doquier estuviesen y quienquiera fuese el opresor. Con ello quedaba abolido ante la ley todo privilegio de clase, y empezaba desde luego la realización humana de la justicia, fundada en la igualdad” (p.34).

Para asegurar al pueblo el bienestar se emprenden grandes obras. Pero, además, se instituyen servicios gratuitos, para que al bienestar se añadiera el encanto de la vida. En consecuencia, así como la asistencia, instrucción e higiene del pueblo eran un servicio del estado, también lo fue la diversión. Tal era la función de los circos, plazas, lagos, hipódromos, teatros, templos, palacios públicos (basílicas), jardines y grandes espectáculos. Refuta, sin más, la expresión “pan y circo” de Juvenal y su larga herencia peyorativa todavía vigente. El “pan romano” era una cuestión de estado: “El estado se ocupó de distribuir el trigo y también la carme, el aceite, el vino y la sal. Al volverse recurso público, los repartos dejaron de ser recursos políticos, máquina de corrupción, para transformarlos en derecho permanente. Se construyeron inmensos mercados y graneros, donde se distribuía gratuitamente y se vendía la ropa a precio de costo. El granero público de Galba tenía cinco kilómetros. No había menos de veinte en la capital y numerosos en las provincias”.(cfr. pp.23-25).

Como la semana romana era un novenario, además de los cuarenta y cinco días novendiales[viii], hubo entre cuarenta y ocho a cincuenta fiestas públicas fijas por año, y de seis a diez ocasionales, de índole conmemorativa, o sea un centenar de días festivos sobre los trescientos sesenta y cinco del período anual. (35/36)

Se aseguró el bienestar a la clase trabajadora mediante salarios mínimos y precios máximos. En la época de Diocleciano se intentó llegar al salario mínimo, “mediante una laboriosísima combinación con el precio máximo de los consumos”. Se reconocía el derecho a sindicarse: “Los gremios asociados constituían una poderosa fuerza democrática; y por esto, entre los actos reaccionarios de la dictadura de Sila, figuró su abolición” (36)

En consecuencia, el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo con el eficaz apoyo de la popularidad provinciana. La plebe y las provincias, reaccionando contra los privilegios del patriciado, depusieron la república y, con esta, a la nobleza: “El Imperio representó, pues, la victoria democrática completa: la “dictadura del proletariado”, como diríamos ahora”(52). El pueblo, como principal artífice de la formación y grandeza de la nación con su trabajo y su sangre, estaba seguro de que le correspondían, en grado máximo, todos los derechos y privilegios inherentes a esa obra. Esta noción de igualdad sostiene Lugones, transformaba el concepto de propiedad “en un sentido francamente comunista: dueño de la tierra es aquel que la ha adquirido con su esfuerzo y la conserva del mismo modo” (52). Una atenta mirada al “Temario del comunalismo federalista” de Saúl Taborda exige una perentoria contextualización con este texto de Lugones y seguramente es esa la razón por la que Arturo Capdevila no se anima a publicar aquellos capítulos del Dogma de obediencia a los que atribuye “carácter revolucionario” ajeno a la índole científica del Boletín… [ix].

Durante el gobierno de los Antoninos, que eran provincianos, adviene la edad de oro de la vida municipal y Caracalla completa la igualdad entre Italia y las provincias. La organización del Imperio se basaba en las comunas urbanas. Las ciudades gozaban de autonomía. De tal modo, nacionalidad y ciudadanía resultaban sinónimas.  Dice Lugones: “unidad de la patria en la plenitud de la justicia” (p.54). Sólo Roma y Alejandría perdieron su autonomía y dependían directamente del emperador.

Los potentados del mundo poblaron la ciudad y la convirtieron en lugar de disipación mundana. Las mayorías, por su parte, vivieron una vida mediana y pobre, que por ser normal, no llamaba la atención: “El comentario malévolo de los aristócratas caídos, púsose a motejar de corrupción aquellos placeres que no podían disfrutar; pues en todos los tiempos el pecado impotente encuentra su virtud en el infortunio” (58).

El Imperio era popular entre la plebe. César se decía hijo de dioses, pero Diocleciano era hijo de libertos y Vespasiano, que provenía de la clase media pobre, reconoció a todos los provincianos el derecho a ser senadores. El patriciado y su clientela se burlaban de aquellos toscos legisladores (59). Demostraron así su ineptitud para comprender la realidad. Su arrogante atraso fue una muestra más de la impotencia pueril de todas las oligarquías en retirada[x].

De acuerdo con esta lectura, fueron las provincias las que prepararon el imperio romano y abolieron el militarismo. Todos hemos estudiado la versión de los historiadores, que Lugones titula reaccionarios, contra la guardia pretoriana. Se la acusa de disponer del Imperio “hasta el extremo de adjudicarlo en remate público”.

Sin embargo, postula Lugones, hasta el siglo III de nuestra era el uniforme militar, de uso en cuarteles y campamentos, estaba proscrito en la calle, no sólo para el recinto de Roma, sino para toda Italia:  “Los soldados de la guardia imperial, y el emperador mismo, andaban vestidos de paisanos en tiempo de paz. Cuando el emperador volvía de la guerra, dejaba el uniforme al entrar a Roma” (60),

Lobodón Garra abre una posibilidad de conocer la “parte revolucionaria” de este documento lugoniano que, recordemos, Capdevila no se animó a publicar completo. Surge de una versión que, Enrique Barros, uno de los principales líderes de la Reforma Universitaria, publicó en el diario Socialista Independiente (21/07/1921). La proclama lugoniana se titulaba “Democracia Argentina Revolucionaria” (D.A.R.) y propiciaba, entre otras cosas, la “disolución del ejército, arresto y concentración de todos los oficiales en servicio activo desde el grado de mayor inclusive, en los campamentos y presidios que se determinará”. La misma suerte debían correr armada y policía. Reconocía el derecho de los asalariados de apropiarse de las empresas para seguir trabajándolas, la confiscación de toda propiedad rural que no estuviera directamente explotada por su poseedor y excediera las doscientas hectáreas, la nacionalización de servicios públicos y bancos extranjeros, la disolución y expulsión de las comunidades religiosas y el amor libre.[xi]

4.- Condición de la mujer

El imperio aseguró a la mujer el derecho de ser libre e igual que el hombre (39): Marco Aurelio autorizó que los hijos fueran herederos de la madre; Claudio permitió a la madre ser heredera directamente de sus hijos; Cómodo estableció por herederos preferidos a todos los hijos de la madre fallecida sin testar fueran o no de su matrimonio. Alejandro Severo abolió el derecho paterno de vida y muerte sobre sus hijos: “Quedó suprimida correlativamente la facultad del padre para matar a la hija sorprendida en adulterio, y para deshacer a voluntad su matrimonio si todavía era menor y no estaba sometida al régimen de la manus que a su vez establecía el despotismo marital”.  Como resultado: “la hija pudo obligar a su padre a que la dotara y la casara” con quien ella había elegido. Caracalla castigó el aborto con destierro, y asimiló al infanticidio el abandono y la exposición. Diocleciano aseguró asilo maternal y alimentación de los niños pobres con la prohibición de enajenar los hijos ni aún a título de préstamo.

El Imperio protegió a la hija y a la madre, que según la tradición patricia, estaban   sometidas al absolutismo paterno y marital. Hasta entonces, el concepto de matrimonio era, en realidad, un aspecto de la propiedad privada. El hombre se apropiaba de la esposa con exclusión de todo afecto y humanidad a favor de la poseída. Por eso Lugones considera: “que fue siempre la propiedad privada una fuente de maldad y opresión”. La manus mariti establecía la comunidad de bienes a disposición absoluta del marido y la minoridad perpetua de la esposa. Él se guardaba el derecho de repudiar o divorciarse a discreción y por cuenta propia. (p.41)

Durante el Imperio se transfirió a un tribunal doméstico la facultad de juzgar el adulterio. Esto hacía presumir una mayor lenidad de las sentencias. Se instituyó el concubinato monogámico en que la legislación imperial reconocía como unión legítima la de los libertos, las adúlteras (antes no podían volver a casarse) y las cortesanas retiradas de la prostitución (p.42).

El régimen matrimonial de la manus mariti y el usus   o posesión de la mujer en manos del marido[xii] se transformó al reconocer a la esposa el derecho de divorciarse. Los maridos dejaron de traficar con la fortuna de sus esposas. La mujer administraba su patrimonio. Hubo senado de matronas. Lugones propone otra visión de Heliogábalo y su madre que, precisa, era muy virtuosa[xiii].

Dice Lugones: “Cuando el marido acusaba de infiel a su esposa, el juez debía indagar de oficio si aquel no lo era a su vez, para castigarlo con pena igual en caso afirmativo. La equidad de esta disposición se comenta por sí sola”.

Cabe señalar que, a lo largo de la exposición, despliega con rigurosa coherencia el método de recurrir a ciertos autores que llama conservadores y reaccionarios para intentar una lectura tendiente a desamordazar los sentidos ocultos en el texto. Para problematizar la convención acerca de la corrupción de la mujer romana durante el imperio, Lugones propone como ejemplo de lectura reaccionaria a Clarisa Bader (Femme Romaine), que llega a instalar la siguiente desmesura:” Heliogábalo y Aureliano llegaron a favorecer la más ridículas de las causas: la emancipación femenina”. La fuente de tales asertos suele ser Juvenal. Uno de los defectos que Juvenal reprocha a las mujeres es, entre otros, su versación jurídica. Lugones lee, en la misma sátira en que se la moteja de pedante, un elogio latente a la mujer romana instruida: “Peor es, aún, aquella que desde el comienzo del banquete emprende el elogio del cantar de Eneas, justifica a Dido dándose muerte, hace de nuestros poetas un paralelo largamente comentado y pone en la balanza a Homero y a Virgilio” (Sátira VI, Las Mujeres). A veces la protesta del poeta se dirige contra “la erudita que se ha formado un estilo particular, redondea un silogismo con destreza, y nada ignora de nuestra historia”. Lugones infiere, que tras la exageración propia del género satírico, termina por reconocer los sólidos conocimientos y la libertad de espíritu de las mujeres. En ese sentido, da por cierta la existencia de “una cultura femenina superior a la actual”. En cuanto a la vida mundana de la capital, asegura que Juvenal no menciona sino mujeres de alta sociedad en la que también había ejemplos de virtud: “El escándalo de la mundana o de la dama conocida, provocaba, como es natural, los comentarios del salón, del periódico y del poeta festivo, que así lo inmortalizó en sus epigramas. Porque había en Roma completa libertad de palabra hablada y escrita, lo que es decir difundida publicidad. Así las sesiones secretas del Senado      habían concluido desde que se fundó el Imperio” (46/47).

 Orgías y prodigalidades fantásticas, discurre Lugones, fueron como en todas las épocas desórdenes de unos cuantos ricos que ambicionaban hacerse notar por su singularidad[xiv]. Sin embargo, reflexiona, a pesar de ser tan fácil el divorcio, la matrona fincó siempre su honra en el decoroso título de uni nupta. Dicha sentencia, figuraba hasta en los epitafios. (p.49)

5.- Conclusión

Esperamos haber cumplido, seguramente a medias, el objetivo de presentar ante ustedes un texto extraño y casi desconocido de Lugones. Lo pensó como un aporte a la Reforma Universitaria y lleva la marca impresionante, común en muchos autores de la época, de la Revolución Rusa. Enrique Dickman, en Recuerdos de un militante socialista sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. Un análisis más complejo de sus posturas sobre religión, matrimonio, amor libre, propiedad privada, militarismo lo avecinan al tipo de argumentación usada por los anarquistas de fuerte influencia entre los reformistas. Para Saúl Taborda, por ejemplo, sólo dos pensadores se salvan del juicio final de las edades: Platón y Kropotkin[xv]. El modelo de maestro y la poética de la historia que eligen los jóvenes reformistas es efectivamente el ideal clásico. Recordemos que en el Manifiesto, tras desechar el magisterio irrisorio de los que tiranizan, insensibilizan, senilizan y burocratizan la cátedra (Deodoro Roca[xvi]), postulan que “en adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”[xvii].

Lugones opone al culto de la República Romana, modelo de la república liberal y oligárquica, una vindicación del Imperio como construcción política de la plebe y anticipación de una “dictadura del proletariado”. Previniendo la crítica que lo pudiera asociar a una especie de “plebocracia” (S. Taborda), ensalza la actitud del pueblo ante las tiranías. En efecto, Calígula, Nerón, Cómodo, Heliogábalo, Vitelio, murieron todos de muerte violenta. Pero sus períodos de gobierno alcanzaron en total a treinta y cinco años, sobre los trescientos cincuenta que duró el Imperio.  Es que la democracia latina, según Lugones, tenía por objeto; “asegurar el bienestar para el mayor número y la justicia para todos”. Y eso se logra con “la posesión efectiva de la patria” (71). Una duda, sin embargo, nos aqueja. En un párrafo fugaz, Lugones caracteriza al Imperio como una “democracia militar”: ¿estaba anticipando inconscientemente su posterior anuncio de “La Hora de la Espada”?

Por fin, si bien nos vemos obligados a  eludir su “intermezzo virgiliano”  en el que Lugones traduce , por primera vez, fragmentos de la Geórgica III[xviii] , nos resistimos a omitir este epígrafe que, traducido de la Geórgica II, resume el coraje incesante de las búsquedas lugonianas: “Feliz el que discierne la causa de las cosas,/ Hollando al vano miedo y al destino implacable,/ y al avaro Aqueronte con su ruido espantable”.[xix]

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

[i] Obra inconclusa: El dogma de obediencia. Se publicaron: “Historia del dogma”, en Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año I, número 1, Universidad Nacional de Córdoba, junio 1921, p. 1-112; “Constitución del dogma”, en el número 3, dic.1921 (p.3-93), y el “Discurso preliminar” en Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, tomo VI, número 20, julio-agosto de 127 (p.609-624). En el texto que revisamos se “ofrece, por primera vez, la traducción lugoniana de las Geórgicas (III, 49-68; 176-178; 401-404). Recién en 2011 la Biblioteca Nacional, en la Colección Los Raros edita el texto completo del El dogma de obediencia con introducción de María Pía López.

[ii] Tertuliano, sostiene, en su Apologético defendió a sus correligionarios con violencia feroz y satírica. En 1921, hubiera sido considerado anarquista. Los cristianos, como estos, estaban fuera de la ley, pero nadie castigó a Tertuliano por desacato y subversión.

[iii] De l’Authenticité des Annales et des Histoires de Tacite y Nouvelles Considérations (p.78). Lugones no ofrece referencias de la numerosa bibliografía. A veces sólo consigna número de página, tomo o capítulo. Una tarea pendiente es, sin dudas, inventariar y confirmar toda esa información.

[iv] Revisa, además, una prolífica y actualizada bibliografía cuyo trabajo de ordenación queda vacante.

[v] Cfr. LA MONTAÑA. PERIODICO SOCIALISTA REVOLUCIONARIO, 1897, redactado por José INGENIEROS y Leopoldo LUGONES. ( En: 1998, Edición total de cada una de las entregas de LA MONTAÑA por Universidad Nacional de Quilmes).

[vi] Véanse los testamentos de nuestra época colonial que, ajustados al derecho romano de la época republicana, ponían especial énfasis en los esclavos e indios encomendados.

[vii] Lugones lo atribuye a la influencia estoica. Recuerda la sentencia de Séneca: “el hombre es sagrado para el hombre” que, a su vez, confluye en Hipólito Yrigoyen: “los pueblos son sagrados para los pueblos”.

[viii] Tal el origen de las novenas católicas que culminan con las fiestas patronales.

[ix] Cfr. TABORDA, Saúl, “Temario del comunalismo federalista”, en: FACUNDO, CRÍTICA Y POLÉMICA, número 7, Córdoba, diciembre de 1939 (Ret. de tapa y contratapa). Entre otras propuestas consignaba que en la “economía comunalista” “la tierra pública no es susceptible de apropiación privada” y es “lícito declarar la caducidad de la propiedad privada de aquella tierra que se considere de utilidad pública”. El texto de Taborda concluye: “El Comunalismo Federalista declara: Que considera necesario el reconocimiento legal de la República Rusa de los Soviets. Que prestará su apoyo al frente único contra el fascismo y la reacción imperialista”.

[x] Cabe anotar que César introdujo los primeros senadores galos. La Argentina, en la década de 1940, conoció ese sarcasmo no sólo en cuentos de Cortázar, Borges y Murena sino también en periódicos políticos y páginas culturales.

[xi] Cfr. GARRA, Lobodón (Liborio Justo), 1977, Literatura Argentina y expresión americana, Buenos Aires, Editorial Rescate, p.37-38. Garra, citando a Enrique Dickman, sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. (cfr. Dickman, Enrique, 1949, Recuerdos de un militante socialista, Buenos Aires

[xii] Origen, según Lugones, de la fórmula “pedir la mano”.

[xiii] Resulta interesante recordar que Fray Francisco de Paula Castañeda imaginó en el Buenos Aires de 1822 una hilarante Asamblea General Constituyente de quinientas matronas. Estas deciden permitir que el fraile entre al recinto, pero sin voz ni voto y sólo porque es viejo, puesto que todo viejo tiene privilegio de hombre enfermo. En efecto, argumentan, “senectus ipsa est morbus”. Cfr. CASTAÑEDA, Francisco de Paula, 2001, Doña María Retazos, Bs.As., Taurus, p.344-345. Facsimilar del número 73 del Despertador Teofilantrópico Místico-Político, Buenos Aires, viernes 13 de setiembre de 1822.

[xiv] Podríamos asimilar esta situación a lo que en la actualidad llamamos “farándula”

[xv] Cfr. TABORDA, Saúl, 1918, Reflexiones sobre el ideal político de América, Córdoba, p. 7

[xvi] ROCA, Deodoro, “La nueva generación argentina”, 1918 (en: DEL MAZO, Gabriel, 1941, La reforma universitaria, Ensayos críticos, 3 tomos, La Plata, Ed. Centro de Estudiantes, t.I, p.8)

[xvii] “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América” (en: G. del Mazo, cit., p.1 y ss.)

[xviii]  Traduce los versos 49-68;176-178 y 401-404. “Al describir la vaca típica en las Geórgicas, Virgilio se olvidó de la ubre. (…) Aconseja que no se ordeñe las vacas y así el queso de sus referencias es más bien un requesón de cabrío” (p.103-104).

[xix] Virgilio, Geórgica II, 490/92. En nota de la dirección se consigna: “Pídenos también que advirtamos que todas las versiones en lengua extraña muerta o viva, son originales suyas”.

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el medio pelo jauretchepor Jorge Torres Roggero

1.- Vigencia y actualidad de ciertos tipos humanos

Difícilmente un lector de Arturo Jauretche no sea experto en “tilingos”, “guarangos” y “tiliguarangos”. Si insisto ahora, es porque, a veces, los términos se burocratizan y concluyen por perder el costado flamante y revulsivo de que eran portadores originarios.

En efecto, si bien Jauretche, en El medio pelo en la sociedad argentina, amplifica y complejiza el significado de tilingo y guarango, no está demás revisar cómo, a lo largo de su obra, el concepto encarna y se hace vivencia.

La primera aclaración, entonces, es que no se tratará en estas líneas de una cuestión académica. No importa el origen o la etimología de los vocablos. Lo que cautiva es comprobar que son tipos nuestros que confluyen en casos asiduos de la vida cotidiana.

“El tilingo -dice Jauretche- es al guarango lo que el polvo de la talla al diamante. O la viruta a la madera”. De tal modo, el polvo y la viruta resultan el producto de un exceso de pulido o de garlopa. En consecuencia, “en el guarango está el contenido del brillante y también la madera para el mueble. En el tilingo nada.” En otras palabras, en el guarango subyacen latentes los posibles, la vida futura, lo que puede ser. En el tilingo, solo el polvo, lo que pudo ser y no fue: “una decadencia sin plenitud”.

Continúa Jauretche: “El guarango es la cantidad sin calidad. El tilingo es la calidad sin ser. La pura forma que no pudo ser forma. (…) Por eso el tilingo es un producto típico de lo colonial. Los imperios dan guarangos, sobre todo cuando se hacen demasiado pronto. El caso de los Estados Unidos, por ejemplo”.

Llegado a este punto, estoy tentado a suponer que el lector está pensando en D. Trump. A primera vista, pareciera ser un guarango en estado puro. Pero si me siguen, no es extraño que se topen con el retrato argentino de (¡oh, paradoja!) un tiliguarango. La cosa es así. Según Jauretche, los términos guarango y tilingo son recíprocos. ¿Qué sucede?

Cuando el guarango hace plata no tiene otro tema de conversación que sus viajes. Se las pasa en Miami, Londres, Ibiza y los más exóticos lugares. París le es más familiar que la plaza del barrio. O sea, el tilingo es despojado hasta de la exclusividad de lo elegante (moda, modales, cocina, diversiones, cultura). Entonces, dirige la mirada hacia Oriente buscando espiritualidad y paz interior: budismo, meditación, zen, chamanismo, el gurú Sri Ravi Shankar. Esto lleva a episodios de difícil comprensión: ¿Puede un tilingo con poder imponer las prácticas de un gurú exótico (desde afuera y desde arriba) a una multitud de zombis de la televisión y del celular?

Pero ¿qué ha pasado? Si bien el guarango irrita al tilingo, llega un momento en que “también irrita el guarango a los guarangos que ya son importantes”.

(Aquí interrumpo. Es para divagar. Por ejemplo, ¿ los guarangos Lázaro Báez y Cristóbal López cruzaron una raya trazada por los guarangos Mauricio Macri, Paolo Rocca y Héctor Magnetto? Pero mejor vuelvo al texto porque la fauna es infinita.)

Entonces se juntan los guarangos importantes con los tilingos (Marcos Peña et caterva). No hay que olvidar que el tilingo sale del guarango por exceso de garlopa. Lo cierto es que tilingos y guarangos unidos contra los otros guarangos terminan por mezclarse y se vuelven contra el país que no es tilingo ni guarango. Ha sido engendrado el tiliguarango, bruto como el guarango y pretencioso como el tilingo. Y aquí a uno le empieza a resonar este acertijo anómalo: ¿qué sería Mauricio Macri Blanco Villegas? Pero mejor no caer en terrenos complejos y resbaladizos que horrorizan a la “razón frígida”.

A veces, a través de un golpe de estado o de la construcción de un grupo hegemónico organizado y sostenido desde afuera, los tiliguarangos toman el poder: PRO, su epífita UCR residual, más la tilinguería mesiánico republicana de Carrió. ¡Qué vachaché!: fantasmas que nos llenan la cabeza leyendo a Don Arturo.

Pero les debo un cuento jauretcheano. Pienso que nos va a decir “más cosas” después de haber compartido estas líneas sobre “los neoplasmas de la cultura argentina”.

2.- Andar de contramano

En Filo, contrafilo y punta, que estamos releyendo juntos, precediendo al cuento que les voy a relatar, aparece esta nota del editor que sirve para amplificar sentidos: “En realidad este cuento es de vigencia permanente, aunque algún hecho circunstancial lo haya motivado. Es para esa gente que dice: Este país de….es decir para la tilinguería a la que nada le queda bien cuando se trata de lo nuestro, la que ve siempre por el lado desfavorable. Como la gata de Doña Flora…”

El relato es una anécdota atribuida a Poroto Botana; y, a Jauretche, se la contó Corominas. Es, entonces, un caso de transmisión oral. Por lo tanto, deja de tener importancia si realmente ocurrió o fue una exagerada indiscreción. Chisme, rumor o chiste, lo cierto es que:

“Era una bella dama. Él la llevó, después de una tenida literaria nocturna, a presenciar la salida del sol en la Costanera. Hechizado, contemplaba el Río de la Plata, cuando su compañera dijo:

“Hay un olor a pescado que no se puede aguantar”. Él pensó: – “No tiene sensibilidad visual. Su sensibilidad es olfativa”.

Recordó, entonces, un recoveco del barrio Sur. Allí, un amigo chino, jardinero exquisito, había improvisado invernáculos con viejas latas de kerosén, con maderas y vidrios de demolición. Había creado, así, un exclusivo paraíso floral, un mundo de perfumes.

Y allá fue con su delicada acompañante. En la aún vacilante luz de la mañana llegaron al hueco donde el chino cultivaba su paraíso. Un perfume exquisito golpeó el olfato. Pero la dama exclamó:

“¡Qué horror este laterío sucio y oxidado!”

Sentidos invertidos. Cuando hay que oler, miran; cuando hay que mirar, huelen. Es el drama de nuestra tiliguaranguería: “Cuando hay que ver el ascenso de un pueblo postergado, lo huelen. Cuando hay que oler nuestras multitudes mucho menos olorosas que las multitudes europeas que tanto aprecian, las encuentran demasiado morochas. Y también les desagradan. No sé si se huelen y se miran ellos mismos. Pero tienen, como en el cuento, los sentidos invertidos.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 09/10/2018

Fuentes:

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª. Edic., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Jauretche, Arturo, 1976, 13ª. Edic., El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

 

Jauretche Filo contrafilopor Jorge Torres Roggero

1.- Moral nacional y “moralina” doméstica

Leo en Hoy Día Córdoba (04/10/2018) que el NewYork Times atribuye la fortuna de Trump a un fraude. Amplias investigaciones sobre archivos y declaraciones impositivas permiten asegurar que Trump y sus hermanos crearon una empresa falsa para esconder millones de dólares procedentes de sus padres e incluso desvalorizaron enormemente los activos del negocio inmobiliario heredado para evitar pagar impuestos cuando se hicieron cargo de la empresa.

Esto me hace recordar viejas lecturas: 1) Por un lado, las biografías de los grandes magnates en que astucias, agachadas y estafas son consideradas parte del heroísmo capitalista y del culto al dinero como un dios; 2) Por otro, la reverencia y admiración que se prodiga a esos personajes desde el pensamiento colonizado. El colonialismo mental nos domina de tal modo que los elevamos al sitial de paradigmas y los convertimos en objeto de culto. En resumen, la corrupción y la guerra son implícitas a la matriz capitalista. Fueron, son y serán el motor del dominio de Occidente sobre el resto del mundo o, mejor dicho, de los países medularmente colonizados como el nuestro.

Es aquí cuando me acuerdo de un texto de Jauretche publicado en Santo y Seña,  junio de 1962. Se titula “Moral nacional y “moralina” doméstica”. En esa época, desde las usinas psicológicas de la así llamada Revolución Libertadora, estaba de moda atribuir el robo del “oro que colmaba los pasillos del Banco Central” a Perón y al peronismo. Jauretche hace notar cómo los verdaderos escándalos eran callados por los grandes medios de la época, pero el desliz de algún coimero peronista cobraba ribetes apocalípticos.  Ya en 1956, en lo más duro de la represión y el oprobio, Jauretche había publicado en El 45, periódico clandestino, su poema “Oración por diecisiete almas” en homenaje a los presos peronistas del reabierto presidio de Ushuaia: “La inmensa multitud que se redime/ en su propio dolor de sus pecados,/ que tiene asco de vosotros: ¡Santos/ con el libro y el látigo en la mano;/ soberbios al pecado de los nuestros/ y al pecado extranjero arrodillados”.

Ahora recuerda que gracias a los verdaderos escándalos de la Década Infame como el revalúo preventivo de Federico Pinedo (¿abuelo de un senador actual?),  la sanción del Estatuto Legal del Coloniaje y los mega-negociados de ANSEC Y SEGBA,  Argentina llegó a ser considerada (en boca de nuestro vicepresidente de entonces), “como parte del Imperio Británico”. Más aún, un funcionario británico completó el concepto: Argentina era “la más hermosa perla de la corona”. Jauretche recuerda, asimismo, algunas “hazañas” de la Libertadora, entre ellas, la restauración del grupo Bemberg y la destrucción de la fábrica Mercedes Benz para después importar ómnibus de Brasil (donde recibieron la empresa); y la entrada, mucho más gravosa de las fábricas norteamericanas de automóviles. Eso no provoca escándalo, dice. No gozan del favor ni del pavor de la gran prensa, ni motiva la agitación de las agencias de noticias. Menos aún el alboroto de las cotorras de la política y la cultura.

2.- Vida, pasión y muerte del avivado criollo

Escuchemos un instante a Jauretche y padezcamos la rotunda actualidad de lo proferido en 1962. Salvo ciertas expresiones de época, siglas de oprobio o liberación (hoy desconocidas y ya perimidas para la mayoría), Arturo Jauretche parece estar presentando sucesos actuales. Es que escribió estas cosas durante, o en los tiempos inmediatos, de la Revolución Libertadora. Y ese fue un intento genocida, violento, de complicidad entre políticos y jueces, de restaurar a sangre y fuego la “república racional” y oligárquica, de sepultar bajo una parva de represión y mentiras al pueblo peronista y sus conquistas. Pero, oigamos un eco de sabiduría jauretcheana:

 “No provoca escándalo tampoco entregar todo el manejo de la producción rural argentina a los consorcios exportadores extranjeros. Se arma escándalo precisamente para tapar esto o para impedir aquello. Es escándalo que un comerciante haga una diferencia en un negocio con el IAPI y es coima. Si Bunge y Born, Dreyfus, etc. se quedan con todos los negocios del IAPI y con el de todos los productores es simplemente negocio; y acto de gobierno y libre empresa el que despoja a los productores de su ganancia y al país del precio internacional verdadero.

“El escándalo ocurre cuando un criollo o turco o judío local se arma de unos pesos. Nos han enseñado que debemos imitar el ejemplo de los Rockefeller, de los Morgan, de los potentados anglosajones, que como se sabe empezaron vendiendo diarios, que parece es un condición indispensable para llegar a millonario. Pero cuando algún enfermero, botellero, o cualquier clase de avivado criollo empieza a levantar cabeza, todo el mundo se indigna recordando que ha sido enfermero o botellero, y se pone a descubrir cómo hizo la plata y con qué ventaja. No se ponen a averiguar cómo la hicieron los Rockefeller y los Morgan, que no fue atando perros con longanizas. Es cierto que la guaranguería del enriquecido favorece el escándalo, porque empieza a aparecer con coches coludos, y con el consabido leopardo de tapicería sobre el respaldo del asiento trasero. Esto provoca la reacción indignada del que tiene plata de antes, lo que no quiere decir que el padre no haya sido un botellero…”

3.- Razonamiento tilingo, prensa vendepatria y “embajador borracho”

Jauretche aporta, para seguir pensando esta cuestión, dos ejemplos. En el primero, un intendente peronista premia a una chica muy pobre del pueblo que se había recibido de maestra: le consiguió trabajo y, como no conocía Mar del Plata, le tramitó un pasaje y una estadía en el balneario a través del turismo social. Años después, se encuentra con la madre de la maestra y le pregunta si ese verano “ha ido la nena a Mar del Plata”. La madre responde: “No, ahora va a Punta del Este. A Mar del Plata va cualquier clase de gente”. Y Jauretche nos da otra lección actual: “Esto lo cito para que se vea que los tilingos andan por todas partes (…) Cualquier guarango botellero, una vez que se “para”, ya empieza a razonar como tilingo y a despreciar a los que vienen atrás. Y a pensar como si lo hubiera heredado”.

El segundo caso tiene que ver con el escándalo y la prensa vendepatria. Sucedió durante el gobierno de Perón. Quiere que los peronistas aprendan y no “entren” cuando arman el escándalo. Sucede que en la India había un impecable embajador sanjuanino, el doctor Tascheret. Un inglés “lo agredió primero verbalmente y después físicamente” en un gran hotel. Las grandes agencias internacionales desfiguran el episodio. Presentan al embajador borracho y en un centro de diversión equívoco. Los diarios locales reproducen la información con grandes titulares y extensos detalles. También la cadena oficial.

Resultado: el embajador es llamado y apartado de su carrera diplomática sin más trámite. “Dos años después, un funcionario de la embajada argentina en la India, testigo del hecho, fue trasladado a Sudáfrica, y allí tuvo la oportunidad de reconocer al agresor en un alto personaje de los servicios de inteligencia de Gran Bretaña”.

“¿Qué había pasado? Sencillamente, que entre las importaciones “tradicionales de la Argentina, un renglón muy importante, el yute de la India, era utilizado por el comercio británico como uno de los medios de pago de nuestra producción. Tascheret, en tratativas directas con el gobierno de la India, había logrado vencer enormes obstáculos (…) y tenía en trámite muy adelantado un convenio de trueque de yute por productos argentinos. Esto significaba la apertura de un mercado directo para nuestra producción y la eliminación de un intermediario, que gravitaba en dos costos: venta y compra”.

Allí estaba la causa del escándalo: fue el último recurso para eliminar a un embajador que estorbaba. Mientras tanto, los tilingos argentinos, incluyendo a los peronistas, hicieron juego al escándalo. Fue así como, por la supuesta “mala conducta” del embajador, “perdimos junto con el mercado comprador de la India, la importación directa del yute que necesitábamos”.

4.- La corrupción y la política del escándalo: la cuota de inmoralidad

Llegamos así a ciertas conclusiones. Pedimos al lector que cuando vea el noticiero, prenda la radio o lea los titulares de los diarios, medite, una y otra vez, estas actuales reflexiones de Arturo Jauretche que van limpitas, sin interferencias. Si se les llegara a ocurrir que fueron escritas ahora y no en 1962, les “cliqueo” un “like”:

“Desarrollar el país implica aceptar que los negociados se hagan aquí y que sus beneficiarios sean locales. Es la cuota de inmoralidad que se paga pero no implica que la inmoralidad no existiera antes de esa prosperidad. Se trata de que es visible cuando los beneficiarios están a la vista, son personas de carne y hueso, que conocemos, y que el mecanismo de la inmoralidad internacional tiene interés que se pongan en evidencia”.

“Una sociedad de peones, la única inmoralidad que puede tener es la inmoralidad de los peones, que puede ir de lo sexual al pequeño hurto, pero no conoce la inmoralidad de los negocios, y a lo sumo conoce la del comisario que se traga dos vigilantes o del tinterillo que cobra coima por un trámite. Entre tanto, la inmoralidad vinculada con la expoliación del país pasa desapercibida, y nadie grita, por la inmoralidad de los tradicionales, y sobre todo cuando son extranjeros y tienen sus sedes en el exterior; nadie la percibe y el mecanismo de la publicidad está organizado para silenciarla”.

“Todo el mundo conoce a los políticos que viven del escándalo local. Es raro que griten contra esos mecanismos internacionales, pero son los mejores instrumentos para salirles al cruce a los competidores criollos. Algunos son de absoluta buena fe, hombres honrados, pero cuya capacidad mental no les permite superar la visión de la honestidad que no se refiera a una honestidad de vigilantes y ladrones. Otros son “declassés” sociales, que tienen todo el prejuicio de las viejas clases para los que vienen de abajo, y les retuerce el hígado la insolencia de los guarangos enriquecidos que pasan delante de ellos.”

A esas denuncias, sostiene Jauretche, los grandes medios de comunicación las amplifican y le dan resonancia. Pero intensificar el escándalo tiene un solo objeto que, a veces, hasta el enjundioso denunciante ignora: “Evidenciar el escándalo doméstico. Los pesos que gana, honradamente o no, cosa que en el comercio no es muy fácil precisar, alguien, algún piojo resucitado, y que antes ganaba el mecanismo exterior de dominio de nuestra economía, o simplemente porque perturbaba la estructura organizada para impedirnos que comerciemos como le conviene al país”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 04/10/2018

Fuente: Jauretche, Arturo, 1974, 3ª.Edición, Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor S.R.L.

por Jorge Torres Roggero

1.- Pasó y sigue pasando

scalabriniyrigoyenperonMil novecientos ochenta y cinco avanzaba a grandes trancos. Como ahora, los peronistas y aliados andábamos dispersos  y en derrota. Transcurrían los tiempos exultantes del Tercer Movimiento Histórico. La palabra “democracia” era taumatúrgica y de uso exclusivo de ciertos iluminados. Parecido a lo que hoy pasa con “gobernabilidad”, “institucionalidad”, “ciudadanía”. La “democracia plebeya” era cosa del pasado. Basándose en la visión mitrista de la historia (explícitamente vindicada en la oratoria oficial), en la línea Mayo-Caseros y la Constitución del 53, se reeditaba, en el lenguaje hegemónico, la oposición democracia/antidemocracia de la Revolución Libertadora, aunque disuelta en agua de borraja por “coordinadores” y “clubes socialistas”.

En ese momento (tras dos años), la reincorporación de los docentes universitarios expulsados por la dictadura era lenta y selectiva. No voy a contar quiénes fueron los primeros en ser incluidos en las menguadas listas de elegidos. Solo sé, por experiencia propia y de muchos compañeros, que los “populistas” éramos el último orejón del tarro.

Sin embargo, algo que ahora no ocurre, el peronismo, con el controvertido Vicente Saadi a la cabeza del bloque, por lo menos no había entregado su cuota de poder en el Senado. No había renunciado a la presidencia, ni a lo que por ley y decisión del pueblo le correspondía. No se había entregado con las manos atadas para ser menospreciado, dividido, coaccionado, prepeado, comprado, con los gobernadores a la cabeza, como ocurrió en 2015, en el inicio del mandato actual. Por tanto, desde allí se pusieron firmes, negociaron (en el sentido verdadero de la palabra: un trato de potencia a potencia), y lograron un decreto que nos reincorporaba a todos los echados por la dictadura.

Fue en ese tiempo que me reencontré con el poeta, compañero y amigo, Alfredo Andrés, autor de una nutrida y valiosa obra poética; y de dos libros (entre otros) ensayístico-testimoniales que, a medida que transcurre el tiempo, crecen en valoración. Me refiero a El 60, primera obra dedicada a la generación poética del 60; y el indispensable Palabras con Leopoldo Marechal.

Alfredo Andrés fue el que, generosamente, publicó en el periódico “MARCHA El pensamiento nacional” (13/11/86), el artículo que van a leer con algunos retoques. En esa época escribía en mi vieja Lettera y las erratas eran más frecuentes. Por otra parte, nos habíamos acostumbrado a dos figuras literarias hijas de la persecusión y el miedo: la alusión y la alegoría. Espero que no dificulten su lectura.

Con generoso concepto y, a la vez, con rigor teórico, Alfredo Andrés me presentaba, “como poeta de la generación del ’60 y agudo crítico, ducho en los entreveros de la política cultural”. Y añadía con prudencia. “el cordobés Jorge Torres Roggero, reencontrado para MARCHA, desarrolla en el siguiente texto una serie de posibilidades de una presumible literatura del pueblo”.

En efecto, partiendo de un concepto de cultura no limitado a lo puramente conceptual y “estético” como actividad privilegiada de una minoría poderosa y, fundado en concisas citas de Scalabrini Ortiz y Perón, había procurado,con formato enumerativo, para adecuarme al espacio disponible, desarrollar ciertas reflexiones nacidas del “solo estar” en la vereda del frente. Lástima que  todo sigue igual para nosotros.Y para colmo, nos falta el “llorón”: Saúl Ubaldini.

Estas son mis elucubraciones de entonces acerca de los avatares de la palabra “democracia” en nuestra misteriosa,  bien que enquilombada, historia reciente.

2.- La palabra encubridora

Dos breves “ejemplos” de Raúl Scalabrini Ortiz nos plantean  un posible modo de lectura del texto literario. La primera, afirma: “Las palabras son como las hojas secas. No sirven sino para el uso que les daban Adán y Eva antes de descubrir que las palabras pueden sustituirlas con ventaja en su función encubridora”. O sea, la palabra no sólo descubre, también encubre.

El segundo ejemplo, ante la realidad de un discurso que, a la vez que encubre, amordaza otros posibles discursos, nos propone una estrategia develadora: “Cada vez que ha tenido ocasión de manifestarlo, el pueblo argentino ha comprobado que sabe leer al revés”.

3.- La lectura al revés

El pueblo argentino leyó al revés cada vez que, saltando “tranqueras” de propagandas oficiales, sesudos estudios, encuestas serias, investigaciones, comisiones especiales y arte selecto producido por los “bufones de los Mecenas”(Jauretche dixit), saltó, bullicioso, desde el mero  “estar” a la superficie (allí donde el ser de la oligarquía se manifiesta como “status”) y destruyó con su “clamoreo” las murallas de Jericó (Jos. 6, 5) levantadas por el cipayismo para cerrarle el paso. Esas minorías, a veces descaradamente amparadas por dictaduras militares y, a veces, simuladoras de fervorosa devoción a la “democracia”, fueron siempre fieles ejecutoras de los mandatos de la dictadura internacional del dinero.

¿Cómo logra la oligarquía apropiarse de la palabra? Negando al pueblo la capacidad para generar, conservar y receptar cultura. Se hace de la cultura y las instituciones algo diferenciado dentro de la sociedad y privilegiado dentro del proceso productivo. La oligarquía, como enseñaba Perón, “equiparó el concepto de cultura a suma de conocimientos”. En consecuencia, el que “no contribuye a la superación del pueblo que es quien le posibilita su propio desarrollo” podrá ser un “ilustrado”, pero, también un “inculto”.

En esa “incultura dorada”, según Perón, debemos incluir a los escritores y literatos enemigos del pueblo de “pensamientos casi siempre prestados y de sentimientos nunca profundos”. Predecía, sin duda, a quienes lo “novelarían” (cfr. La novela de Perón) con impudicia izquierdosa y odio oligárquico.

4.- El gran oligarca

Modelo del escritor oligarca, en la literatura argentina, es Esteban Echeverría. Afirmaba que el pueblo era el único soberano y la democracia su forma de gobierno, pero mutilaba las palabras pueblo y democracia. ¿Por qué? Porque proponía el voto calificado y definía a la democracia como el “régimen de la razón”. Nada de mayorías populares. Según Echeverría, la razón no es patrimonio de todos, es la diosa Razón, la “razón ilustrada” por “las luces” de Europa y, por lo tanto, propiedad de una minoría ilustrada.

Amordazó así la palabra democracia y luego se impuso, a través del libro y de la escuela (hoy los medios de comunicación) un concepto mutilado de democracia y el culto literario de la libertad abstracta, fuera de la historia. La libertad, sin embargo, entra de prepo a través del cuerpo y la lengua viva del pueblo. Perón, en una alocución pronunciada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, denunciaba a la oligarquía que “exaltó la democracia en su propio provecho”.

Ahora bien, la actitud política de Echeverría se enmascara en el discurso literario. Por eso en El Matadero presenta a la multitudes nacionales que apoyaron a Rosas como patotas sucias y macabras.

Y así siguieron siendo representadas en nuestra literatura las multitudes de los gobiernos antioligárquicos de Yrigoyen y Perón. Se disputan ese honor liberales y gran parte de los que se dicen marxistas. Se puede ejemplificar la repetición del verosímil echeverriano con textos de Ernesto Sábato, Julio Cortázar, David Viñas, Rodolfo Aráoz Alfaro, Elvira Orphée, Jorge Luis Borges y una caterva angurrienta de prestigio y mecenazgos poderosos. Lo documentó Ernesto Goldar en un libro pionero y riguroso: El peronismo en la literatura argentina.

En resumen: tomando el pueblo como horizonte interpretativo, descubrimos la naturaleza oligárquica de ciertos intocables de nuestra literatura. Ellos refuerzan al nivel de la “alta cultura”, lo que deslizan las encuestas que a diario se publican insistiendo en que la adhesión al movimiento nacional y la resistencia a la dominación colonial aumentan a medida que disminuye “el nivel” de escolaridad del encuestado. Oponen, así, una democracia racional e ilustrada a una democracia plebeya y, supuestamente, iletrada.

5.- El pueblo como horizonte de lectura

Lo distinto solo puede ser conocido dentro de un intrincado contexto de significaciones que surgen de experiencias anteriores y no solo por referencia a la unión lineal de las palabras. En ese marco, el discurso del pueblo tiene derecho a hacerse presente en nuestra manera de interrogar al texto literario, de contextualizarlo y complejizarlo. El texto no es sólo texto escrito, sino también repositorio mudo de todo signo cultural pronunciado por la historia y la lengua viviente del pueblo. Nuestra tarea de lectores es dejarlo decir  todo lo que dice y no solo lo que ciertos críticos, casi siempre profesores de literatura, dicen que dice.

Ampliamos, de este modo, el sentido de texto, y también el de lectura, a los fenómenos culturales no escritos pero sí inscriptos en el corazón del hombre concreto. El pueblo parece un extraño, un pajuerano recién llegado al campo de la cultura. Pero, a pesar de las agresiones imperialistas que abarcan desde la pornografía hasta la modernización prefabricada, oculta, en su “mero estar”, zonas no disociadas ni colonizadas. Como portador ancestral de sentidos implícitos no concibe la belleza vacía de sustancia humana de la “biblioteca de Babel”: belleza sin espacio, sin centro propio, sin periferia y sin historia. Esa pura estructura fonológica sin dimensión semántica, que solo enuncia el vaciamiento de nuestro ser, es la representación de nuestra asimilación a la angustia de una Europa crepuscular.

6.- Para darse manija

a) Aceptar el concepto de cultura y, por lo tanto, de literatura dominante, es privilegiar una temática, una lectura, un apendizaje y una práctica textual contrarios a la historia y al destino de nuestro pueblo. Una práctica de escribas, y no una poética abierta a todos los posibles.

b) El pueblo, en tanto categoría cultural de naturaleza histórica, política y simbólica, se determina en la historia concreta a través de la defensa y la liberación de un modo de estar para ser.

c) Nuestro discurso histórico, como ya ha sido señalado por varios autores, cobra sentido en la palabra viva de los “mancebos de la tierra” de Juan de Garay, de los gauchos denostados de los siglos XVIII y XIX, de los negros, indios y mestizos de la independencia, de la chusma irigoyenista de comienzos del siglo XX, de los descamisados del 17 de octubre de 1945 y de los “llorones” de Saúl Ubaldini en la actualidad postmoderna. Desde esa línea histórica, podemos leer “al revés”. Y marcar a fuego “la escritura” vaciada de heroísmo de la oligarquía.

El Gral. Perón nos propuso una cultura “al servicio del pueblo y en manos del pueblo”. Una literatura en manos del pueblo puede asimilar los logros de la literatura ilustrada y superarlos. Para eso, el escritor deberá ser un “hombre del pueblo”. Imperativo nada fácil, puesto que significa aprender de los humildes a romper la trampa encubridora de las “palabras-sirenas” que nos atrapan con su brillo y nos devoran con su vacío.

Es nuestro tarea expropiar la palabra para que, no siendo letra muerta, sea espíritu viviente de todas las demás expropiaciones que debemos llevar adelante.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 23 de feb. de 18

Fuentes:

Perón, Juan Domingo, 1973, Filosofía peronista (Única edición facsimil), Buenos Aires, Editorial Freeland.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973, Bases para la reconstrucción nacional, 2 tomos, Buenos Aires, Plus Ultra.