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Jauretche Filo contrafilopor Jorge Torres Roggero

1.- Moral nacional y “moralina” doméstica

Leo en Hoy Día Córdoba (04/10/2018) que el NewYork Times atribuye la fortuna de Trump a un fraude. Amplias investigaciones sobre archivos y declaraciones impositivas permiten asegurar que Trump y sus hermanos crearon una empresa falsa para esconder millones de dólares procedentes de sus padres e incluso desvalorizaron enormemente los activos del negocio inmobiliario heredado para evitar pagar impuestos cuando se hicieron cargo de la empresa.

Esto me hace recordar viejas lecturas: 1) Por un lado, las biografías de los grandes magnates en que astucias, agachadas y estafas son consideradas parte del heroísmo capitalista y del culto al dinero como un dios; 2) Por otro, la reverencia y admiración que se prodiga a esos personajes desde el pensamiento colonizado. El colonialismo mental nos domina de tal modo que los elevamos al sitial de paradigmas y los convertimos en objeto de culto. En resumen, la corrupción y la guerra son implícitas a la matriz capitalista. Fueron, son y serán el motor del dominio de Occidente sobre el resto del mundo o, mejor dicho, de los países medularmente colonizados como el nuestro.

Es aquí cuando me acuerdo de un texto de Jauretche publicado en Santo y Seña,  junio de 1962. Se titula “Moral nacional y “moralina” doméstica”. En esa época, desde las usinas psicológicas de la así llamada Revolución Libertadora, estaba de moda atribuir el robo del “oro que colmaba los pasillos del Banco Central” a Perón y al peronismo. Jauretche hace notar cómo los verdaderos escándalos eran callados por los grandes medios de la época, pero el desliz de algún coimero peronista cobraba ribetes apocalípticos.  Ya en 1956, en lo más duro de la represión y el oprobio, Jauretche había publicado en El 45, periódico clandestino, su poema “Oración por diecisiete almas” en homenaje a los presos peronistas del reabierto presidio de Ushuaia: “La inmensa multitud que se redime/ en su propio dolor de sus pecados,/ que tiene asco de vosotros: ¡Santos/ con el libro y el látigo en la mano;/ soberbios al pecado de los nuestros/ y al pecado extranjero arrodillados”.

Ahora recuerda que gracias a los verdaderos escándalos de la Década Infame como el revalúo preventivo de Federico Pinedo (¿abuelo de un senador actual?),  la sanción del Estatuto Legal del Coloniaje y los mega-negociados de ANSEC Y SEGBA,  Argentina llegó a ser considerada (en boca de nuestro vicepresidente de entonces), “como parte del Imperio Británico”. Más aún, un funcionario británico completó el concepto: Argentina era “la más hermosa perla de la corona”. Jauretche recuerda, asimismo, algunas “hazañas” de la Libertadora, entre ellas, la restauración del grupo Bemberg y la destrucción de la fábrica Mercedes Benz para después importar ómnibus de Brasil (donde recibieron la empresa); y la entrada, mucho más gravosa de las fábricas norteamericanas de automóviles. Eso no provoca escándalo, dice. No gozan del favor ni del pavor de la gran prensa, ni motiva la agitación de las agencias de noticias. Menos aún el alboroto de las cotorras de la política y la cultura.

2.- Vida, pasión y muerte del avivado criollo

Escuchemos un instante a Jauretche y padezcamos la rotunda actualidad de lo proferido en 1962. Salvo ciertas expresiones de época, siglas de oprobio o liberación (hoy desconocidas y ya perimidas para la mayoría), Arturo Jauretche parece estar presentando sucesos actuales. Es que escribió estas cosas durante, o en los tiempos inmediatos, de la Revolución Libertadora. Y ese fue un intento genocida, violento, de complicidad entre políticos y jueces, de restaurar a sangre y fuego la “república racional” y oligárquica, de sepultar bajo una parva de represión y mentiras al pueblo peronista y sus conquistas. Pero, oigamos un eco de sabiduría jauretcheana:

 “No provoca escándalo tampoco entregar todo el manejo de la producción rural argentina a los consorcios exportadores extranjeros. Se arma escándalo precisamente para tapar esto o para impedir aquello. Es escándalo que un comerciante haga una diferencia en un negocio con el IAPI y es coima. Si Bunge y Born, Dreyfus, etc. se quedan con todos los negocios del IAPI y con el de todos los productores es simplemente negocio; y acto de gobierno y libre empresa el que despoja a los productores de su ganancia y al país del precio internacional verdadero.

“El escándalo ocurre cuando un criollo o turco o judío local se arma de unos pesos. Nos han enseñado que debemos imitar el ejemplo de los Rockefeller, de los Morgan, de los potentados anglosajones, que como se sabe empezaron vendiendo diarios, que parece es un condición indispensable para llegar a millonario. Pero cuando algún enfermero, botellero, o cualquier clase de avivado criollo empieza a levantar cabeza, todo el mundo se indigna recordando que ha sido enfermero o botellero, y se pone a descubrir cómo hizo la plata y con qué ventaja. No se ponen a averiguar cómo la hicieron los Rockefeller y los Morgan, que no fue atando perros con longanizas. Es cierto que la guaranguería del enriquecido favorece el escándalo, porque empieza a aparecer con coches coludos, y con el consabido leopardo de tapicería sobre el respaldo del asiento trasero. Esto provoca la reacción indignada del que tiene plata de antes, lo que no quiere decir que el padre no haya sido un botellero…”

3.- Razonamiento tilingo, prensa vendepatria y “embajador borracho”

Jauretche aporta, para seguir pensando esta cuestión, dos ejemplos. En el primero, un intendente peronista premia a una chica muy pobre del pueblo que se había recibido de maestra: le consiguió trabajo y, como no conocía Mar del Plata, le tramitó un pasaje y una estadía en el balneario a través del turismo social. Años después, se encuentra con la madre de la maestra y le pregunta si ese verano “ha ido la nena a Mar del Plata”. La madre responde: “No, ahora va a Punta del Este. A Mar del Plata va cualquier clase de gente”. Y Jauretche nos da otra lección actual: “Esto lo cito para que se vea que los tilingos andan por todas partes (…) Cualquier guarango botellero, una vez que se “para”, ya empieza a razonar como tilingo y a despreciar a los que vienen atrás. Y a pensar como si lo hubiera heredado”.

El segundo caso tiene que ver con el escándalo y la prensa vendepatria. Sucedió durante el gobierno de Perón. Quiere que los peronistas aprendan y no “entren” cuando arman el escándalo. Sucede que en la India había un impecable embajador sanjuanino, el doctor Tascheret. Un inglés “lo agredió primero verbalmente y después físicamente” en un gran hotel. Las grandes agencias internacionales desfiguran el episodio. Presentan al embajador borracho y en un centro de diversión equívoco. Los diarios locales reproducen la información con grandes titulares y extensos detalles. También la cadena oficial.

Resultado: el embajador es llamado y apartado de su carrera diplomática sin más trámite. “Dos años después, un funcionario de la embajada argentina en la India, testigo del hecho, fue trasladado a Sudáfrica, y allí tuvo la oportunidad de reconocer al agresor en un alto personaje de los servicios de inteligencia de Gran Bretaña”.

“¿Qué había pasado? Sencillamente, que entre las importaciones “tradicionales de la Argentina, un renglón muy importante, el yute de la India, era utilizado por el comercio británico como uno de los medios de pago de nuestra producción. Tascheret, en tratativas directas con el gobierno de la India, había logrado vencer enormes obstáculos (…) y tenía en trámite muy adelantado un convenio de trueque de yute por productos argentinos. Esto significaba la apertura de un mercado directo para nuestra producción y la eliminación de un intermediario, que gravitaba en dos costos: venta y compra”.

Allí estaba la causa del escándalo: fue el último recurso para eliminar a un embajador que estorbaba. Mientras tanto, los tilingos argentinos, incluyendo a los peronistas, hicieron juego al escándalo. Fue así como, por la supuesta “mala conducta” del embajador, “perdimos junto con el mercado comprador de la India, la importación directa del yute que necesitábamos”.

4.- La corrupción y la política del escándalo: la cuota de inmoralidad

Llegamos así a ciertas conclusiones. Pedimos al lector que cuando vea el noticiero, prenda la radio o lea los titulares de los diarios, medite, una y otra vez, estas actuales reflexiones de Arturo Jauretche que van limpitas, sin interferencias. Si se les llegara a ocurrir que fueron escritas ahora y no en 1962, les “cliqueo” un “like”:

“Desarrollar el país implica aceptar que los negociados se hagan aquí y que sus beneficiarios sean locales. Es la cuota de inmoralidad que se paga pero no implica que la inmoralidad no existiera antes de esa prosperidad. Se trata de que es visible cuando los beneficiarios están a la vista, son personas de carne y hueso, que conocemos, y que el mecanismo de la inmoralidad internacional tiene interés que se pongan en evidencia”.

“Una sociedad de peones, la única inmoralidad que puede tener es la inmoralidad de los peones, que puede ir de lo sexual al pequeño hurto, pero no conoce la inmoralidad de los negocios, y a lo sumo conoce la del comisario que se traga dos vigilantes o del tinterillo que cobra coima por un trámite. Entre tanto, la inmoralidad vinculada con la expoliación del país pasa desapercibida, y nadie grita, por la inmoralidad de los tradicionales, y sobre todo cuando son extranjeros y tienen sus sedes en el exterior; nadie la percibe y el mecanismo de la publicidad está organizado para silenciarla”.

“Todo el mundo conoce a los políticos que viven del escándalo local. Es raro que griten contra esos mecanismos internacionales, pero son los mejores instrumentos para salirles al cruce a los competidores criollos. Algunos son de absoluta buena fe, hombres honrados, pero cuya capacidad mental no les permite superar la visión de la honestidad que no se refiera a una honestidad de vigilantes y ladrones. Otros son “declassés” sociales, que tienen todo el prejuicio de las viejas clases para los que vienen de abajo, y les retuerce el hígado la insolencia de los guarangos enriquecidos que pasan delante de ellos.”

A esas denuncias, sostiene Jauretche, los grandes medios de comunicación las amplifican y le dan resonancia. Pero intensificar el escándalo tiene un solo objeto que, a veces, hasta el enjundioso denunciante ignora: “Evidenciar el escándalo doméstico. Los pesos que gana, honradamente o no, cosa que en el comercio no es muy fácil precisar, alguien, algún piojo resucitado, y que antes ganaba el mecanismo exterior de dominio de nuestra economía, o simplemente porque perturbaba la estructura organizada para impedirnos que comerciemos como le conviene al país”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 04/10/2018

Fuente: Jauretche, Arturo, 1974, 3ª.Edición, Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor S.R.L.

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por Jorge Torres Roggero

1.- ElTapa del Libro simbolismo intelectual de la guerra

“Desde findes de 1955-les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual”. Pero no sólo se trataba de un pueblo sumergido y una legión de “muertos civiles”. También vociferaban los ametrallados de José León Suárez y la sombra terrible de Juan José Valle.

La novela Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, como las grandes obras de la literatura universal, conlleva un mensaje iniciático que sólo será develado a los que se “rompan los dientes” mordiendo la dura cáscara de sus símbolos. En su plurivocidad, también puede ser leída como un precioso y complejo Arte de la Guerra. Una especie de hilarante tratado, un irreverente Sun Tzu criollo, un manual de resistencia integral.

La acción pura – postula L. Marechal – “es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Megafón, su novela testamento, escrita de acuerdo con el ritmo épico de la rapsodia y organizada según “el simbolismo intelectual de la guerra”, presupone una didáctica de la “acción”. Es un tratado del soldado y su gesta en busca de una potencia oculta, de ciertas cualidades viriles integradas que obligan respecto a un preciso deber cuyo centro decisivo es una espiritualidad comprometida con la trascendencia, pero no abstraída de este mundo o patria.

La guerra es figura del devenir. Si bien su campo es lo histórico y contingente, no es menos importante su potencia simbólica, su capacidad de constituirse en soporte de una preparación ascética para la realización no de una expiación o castigo, sino de una purificación en vistas de lo no contingente e inmóvil: la eternidad.

Ahora bien, de acuerdo con un pensamiento no lineal que admite la posibilidad palingenésica, un final de ciclo es representado como una “edad de hierro” cuya “anormalidad” consiste en que el coraje se ha convertido en fuerza armada; la aventura heroica, en orgullo y violencia; y la mujer, de acuerdo con la construcción de los medios y el “marketing”, en seducción y fuerza succionadora del principio más profundo de la virilidad. Deberá entenderse, por supuesto, que la referencia a lo femenino y lo masculino no está planteando en manera alguna una cuestión de género. Se trata de dos principios que aquí funcionan como organizadores de la realidad en tanto manifestación de la unidad en la multiplicidad. Constituyen por lo tanto el soporte verbal de un haz de significaciones (el haz de lo posible) muchas veces contradictorias. Marechal construye, entonces, un héroe que marcha al rescate de la mujer sin cabeza, principio vivificante, portadora de una vida que transfigura y libera al ser. El guerrero, tropos del principio viril, no pierde su modo de significar; y su tarea heroica en pos de la Mujer Escondida, configura la búsqueda, en una época de ocultamiento de la realidad principial, de la potencia que ya no posee.

Dentro de las múltiples lecturas de estos operadores geotextuales, que abarcan tanto lo contingente como lo no contingente, no se puede prescindir de algunos aspectos de la realidad textual: las rapsodias que organizan la novela relatan, con referentes precisos y reconocibles, los avatares de una Patria Terrestre que ha perdido “su hombre” y que espera ser liberada por un héroe (no necesariamente individual) capaz de reconquistar el estado primordial mediante la superación de pruebas que le permitan alcanzar una integración en que la calidad viril es, a la vez, potencia y conocimiento.

La guerra propuesta por Marechal es una guerra integral, cualquiera sea el plano o zona existencial en que se libre. Lo que en sentido cósmico es lucha entre luz y tinieblas, será, en un plano espiritual, contradicción entre Lucía (luz, sumo bien y belleza) y Tifonéades (Tifón, gigante derribado por el rayo jupiterino y dios del mal en Egipto); entre Patricia Bell (patria guerrera, Belona) y un patriciado infiel a su destino; entre un “pueblo sumergido” y unos «figurones externos».

El campo de batalla abarca, en Megafón (Marechal: 1970), todos los dominios de la realidad: «Erase un barrio, una ciudad, un país o un mundo» (91). Dicha multiplicidad espacial puede comprender, asimismo, un microcosmos y su compleja trama interior.

Por otra parte, toda guerra actualiza un tiempo que se concreta como historia argentina, o sea, historia de un barrio, una ciudad, un país y un mundo.

La guerra es, por lo tanto, una entrada en la historia, pero también una salida de ella. En cuanto guerra terrestre, es una guerra material por la posesión del soporte único y capaz para el salto a la trascendencia, es la “pequeña guerra santa”. Pero “la gran guerra santa” o “batalla celeste”, es la que libra el héroe contra sus enemigos interiores, contra los poderes de dispersión de su potencia. Una guerra será «santa», y en consecuencia necesaria, si se libra para reconstruir una unidad perdida, para reducir un desorden introducido desde afuera a un orden crecido desde adentro. Ahora bien, si la Patria, cuyo símbolo es la víbora, se manifiesta en el siempre indeciso suceder, la guerra configura, llegado cierto punto preciso e inexorable, su único modo de existencia, su manera de soltar la pelecha muerta.

La guerra santa, deber ambicionado, es el geotexto organizador de Megafón e ilumina su carácter de novela estructurada de acuerdo con un encadenamiento de oposiciones binarias. En el suceder, siempre se texturan contradicciones, siempre fulgura un amasijo de pugna/abrazo: oposiciones y complementación. (Vide: Cirlot (1978), Perón (1971); Andrés (1968).

Lo que sigue es apenas un esbozo descriptivo de algunos de estos elementos antagónicos que, al final, se resuelven en una reconstrucción de la unidad perdida; en una desconstrucción de la pseudo-unidad cristalizada en inmovilidad impuesta desde afuera y en una necesidad de recomenzar la guerra santa. Consideramos, entonces, algunos aspectos del introito o entrada de la novela.

Tesler es el que profiere, el profeta de la guerra santa, el que anuncia la liberación de la vida ordinaria tanto del individuo como de la patria. No es casual que Marechal, llegado a este punto, articule sus oposiciones en base al Salmo 136: se oponen en él, Sion, la ciudad verdadera y llorada; y Babilonia, la ciudad prisión y opresora.

Son los oprimidos quienes guardan el secreto de la verdadera vida y es el opresor (que al oprimir se pierde a sí mismo) quien pide el canto del oprimido: “cantad para nosotros cánticos de Sion”. Tesler marca la aparición del misterio tremendo, de la dimensión apocalíptica de la guerra. Una guerra designa, por un lado, la culminación de un mundo (de un estado de cosas) y, por otro, el comienzo de cielos nuevos y nueva tierra tras una lucha de fuerzas espirituales, cósmicas y sociales. Claro que Marechal, tal como corresponde a un hombre de hierro que yace en tinieblas y sombras de muerte, encubre el logos palaiós con un velo de humor. Jonás ya no saldrá por la boca, sino por el culo de la ballena y la fe implícita a veces adquiere un tono de pregunta: “Y escudriñando la caja trasera vio que Jerónimo Capristo dormía ya en el sueño de los hombres, el de los faunos o el de los ángeles. ¿Qué sabíamos?”.

2.- La Víbora y sus dos peladuras

La paleoargentina (la Argentina oligárquica) ha cumplido su ciclo. De acuerdo con el simbolismo de la víbora y sus dos peladuras desarrollado en Megafón, la oligarquía o “paleoargentina”, es la vuelta de espiral que ya terminó su recorrido, es un círculo cerrado. Y todo “círculo cerrado”, decía Evita, es oligárquico.

Esta es la parábola de la víbora y sus dos peladuras: “Esos fantasmas reencarnados, expuso él, constituyen ahora la exterioridad visible del país. Juran hoy en la Casa Rosada, luego dibujan su pirueta en el aire bajos reflectores, caen al fin reventados como títeres en el suelo para ceder su lugar a otros fantasmas igualmente ilusorios que juegan el destino del país en un ajedrez tan espectral como ellos. Oiga, ese cascarón fósil es la peladura externa de la Víbora.” – “¿Y quién es la Víbora?”, inquirí en mi falso desconsuelo. –“La Patria”, dijo Megafón. – “¿Por qué una Víbora?”- “La víbora es  una imagen del ‘suceder’: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava su colmillo en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un ‘suceder’ o es un bodrio”. –“¿Y cuál es la otra peladura de la Víbora?”. –“Usted habló recién de un pueblo sumergido, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que su vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende?” –“El contraste entre las dos peladuras, insistió él, fue para mí una Segunda Incitación a la Guerra.” –“¿Usted medita una guerra?”, le pregunté sin ocultarle mi asombro. –“Estoy planificando una guerra”. – “¿Con qué fin?”- “Es necesario que la Víbora suelte ya su inútil pelecho de fantasmas”.

Volví a inquietarme. “- “La guerra es hermosa cuando es necesaria”, les advertí. –“¿Y le parece que no se está dando su “necesidad” ?, repuso Megafón. –“¡La Víbora y sus dos peladuras!”, me recordó Patricia con urgencia. –“¿Quién es la Víbora?”, les volví a preguntar. – “¡La Patria!”, dijo ahora Patricia Bell.” (p.16,17)

 La neoargentina arranca, en el punto exacto donde concluyó la otra. El pueblo, fuente viva, es una espiral abierta y creciente. Pero la guerra es necesaria, porque la oligarquía aún se resistirá y como en su fase final sólo estará sostenida por aliados exteriores y mercenarios de adentro, la batalla contra la oligarquía será una guerra santa, una defensa de la propia identidad para lo cual habrá que estar calificado para un largo ayuno de poder, de riqueza o de brillo académico prestado. A esto Marechal lo escribía en 1970; hoy nadie podría negar que su profecía se ha cumplido puntualmente: mientras la oligarquía tema al pueblo, el pueblo deberá beber esta contingencia hasta sus últimas heces: “Parecería evidente -le dije- que todo lo popular le afectaba y le afecta el miocardio. Lo que aseguro es que a otro coletazo del Gran Oligarca se debió la historia reciente de Juan Domingo y aún se resistirá ¡no lo dude!, mientras un aliado interior y otro exterior lo sostenga por sus agallas” (p. 161).

Por las agallas o por la literalidad, la momia oligárquica es sostenida desde afuera. ¿Cuál es el modo de plantarse ante ella?, ¿Como el pampa Casiano o como el correntino Berón?

Casiano, indio aculturado, cicerone entre cosas definitivamente muertas, representa la expansión de la mentalidad oligárquica que convierte a los argentinos en mestizos vergonzantes: se llega a tener vergüenza tanto del abuelo indio, como del abuelo gringo, o “turco”, o “gallego”. El miedo a ser “lo que se es”, ha empujado al argentino a engrosar la innumerable procesión de los marginados del mundo. El correntino Berón, haciéndose la señal de la cruz, recrea el mundo.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta que lo “farsesco” es un encubrimiento de los mensajes secretos latentes. De ahí el juego permanente con desplazamiento entre lo sublime y lo ridículo. La Rapsodia III, por ejemplo, comienza con una alusión a Lucía Febrero (sublime), y se va deslizando hacia lo ridículo; la Rapsodia IV, en cambio, comienza con una desublimación de las Musas y se va deslizando hacia lo sublime (Lucía Febrero). Este deslizarse entre dos polos “pero con una simetría no fácil de alcanzar y rigurosamente necesaria” reubica al lector en el comienzo: la realidad es una, y única; cualquier desequilibrio o desorden produce contradicciones y enfrentamientos entre sus polos. Será, entonces, necesaria la guerra, como lo supieron y padecieron Juan José Valle, los fusilados de José León Suárez y todos los combatientes de su estirpe.

En realidad, Marechal no es un desubicado en perplejo vaivén entre lo “concreto” y lo “universal”: su comarca (su espacio-tiempo) es lo concreto y universal. Tal lo que emana de su postulado fundante: la realidad es una sola y son múltiples sus manifestaciones, todas necesarias, contingentes y en continuo devenir. En otros términos, amplía el campo de la realidad que abarca no sólo lo que ya se ha convertido en hecho sino también “el haz de lo posible”. La historia profana es así un discurso real cuyo significado pleno puede ser cumplido en el contexto de la historia sagrada o total: “La metafísica no es un flato poético de la imaginación ni un eructo grave del sentimentalismo: es la ciencia exacta de la posibilidad absoluta y de la imposibilidad de lo imposible”.

Los argentinos, en su corto bien que trajinado trote histórico, han rezumado suficiente sudor y sangre como para comprender sus contradicciones. O el pueblo despliega su parábola, se proyecta hacia un fin de acuerdo con un principio, y acepta lealmente el destino que le toca jugar; o será movido como marioneta por el autor de un sainete en que representará la víctima ridícula de un pneuma sin Pneuma, es decir, de la literalidad o alienación: “Un pneuma sin Pneuma sopla donde quiere Tifonéades el Griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad”.

Megafón, cansado de roer simbolismos “que tienen dura la cáscara y el jugo difícil”, ha decidido “agarrar el toro por las guampas”. Porque no se puede “jugar un juego” con los símbolos: hay que lastimarse las manos para cortar el higo maduro.

«Porque hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta. Y hay símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles, para el salto del alma voladora. Y símbolos que nos atraen con cebos de trampa, y que se cierran de pronto si uno los toca, y mutilan entonces o encarcelan al incauto viandante. Y hay símbolos que nos rechazan con sus barreras de espinas, que nos rinden al fin su higo maduro si uno se resuelve a lastimarse la mano» (El Banquete de Severo Arcangelo: 1965, 258).

Se plantea así una poética geotextual en que el lenguaje de los símbolos se cierra para el que no se compromete. Los símbolos enmudecen si no son vividos. Vivirlos significa recorrer realmente un laberinto o librar una batalla históricamente determinada. Por lo tanto, el núcleo o sentido profundo de Megafón encandila en el recinto final de Lucía Febrero. Dicho recinto o claustro es figura de la indeterminación absoluta cuyos atributos son el silencio y la noche. En la silenciosa noche (o caos primordial) sopla el espíritu. Esplenden los gérmenes de la luz y de la música. Lucía, fiat lux, es la manifestación primera de la inteligencia creadora, es logos en descenso y por eso está encadenada: “Entonces los maravilla el silencio y la noche que parece reinar en ese claustro: es un silencio en el que, no obstante, parecía bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue ahora la Mujer Encadenada”.

Aunque caída en la materia manifestada, es el reflejo corpóreo de la Eva primera; por eso “es un canto de libertad y una risa de libertad y una danza caliente de libertad”. Lucía, luz primera, es el don que el héroe conquistó con su muerte: “Y es aquí donde Megafón, que ha triunfado, recibe de la Novia primero “la mirada”, en seguida “el saludo” y finalmente “la voz”.

Queda así revelado el misterio del nombre Megafón: os magna sonaturum. La redención es un canto de alegría, pero también una paradoja viviente ya que es el fruto de un sacrificio (sacrum facere). En tanto conciencia, Lucía crece y seguirá creciendo en la voz de Megafón; y, en cuanto ningún hombre es libre de una vez y para siempre, seguirá siendo una meta. En alguno de los tres mundos (corpóreo, psíquico o espiritual) que integran Buenos Aires, la Ciudad de la Paloma (o del Espíritu Santo) Lucía espera a los buscadores de la luz: “Al cerrar mi novena rapsodia, también doy fin al relato de los hechos que atañen a la Novia Olvidada y al Amante Perdido cuya leyenda no termina aquí. Tres mundos en superposición o tres barrios en escalada integran a Buenos Aires la ciudad de la paloma. En alguno de los tres vive aún y vivirá Lucía Febrero al alcance de los poetas que la busquen…”

3.- La encuesta del falo perdido

Megafón muere triunfante, es decir, liberado. Un hombre en lucha permanente por liberarse convierte su muerte en una abertura a lo posible, a las futuras batallas: “El fondo concreto de la gesta megafoniana está hoy, según dicen, en dos organismos iniciáticos que se ocultan uno en Villa Crespo y el otro en San José de Flores. Al parecer el de Flores consagra sus esfuerzos a estudiar la doctrina en todos y en cada uno de sus matices; y el de villa Crespo, dado más a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis que, a mi entender, y si ese organismo lo concretara realmente, haría polvo el esquema gris de Buenos Aires y del país entero. Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música. El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en sus días con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o astutamente olvidado en el friso de la catedral metropolitana. Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

La proposición de lucha encierra un objetivo: “buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota…”

Patricia Bell (patria guerrera, Belona) deberá reencontrar a Megafón que es su propia voz perdida y que ahora yace oculta en la farsa, en la literalidad, en la inautenticidad del pelecho viejo de la víbora.

Las lamentaciones de Samuel, hijo de un pueblo sacrificial, nos anuncian una pulverización o destrucción. Y tras la destrucción se reconstruirá el miembro de la energía vital que está oculto y prisionero “debido a su peligrosidad revolucionaria”, “o disfrazado según las estrategias del imperialismo.”

Marechal culmina su novela con este llamado extraño, proferido desde las profundidades de un mundo en ruinas: “¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!” Ese era el grito de la guerra santa. Recuperada la dignidad, los compatriotas (el pueblo) serán los sujetos de esa guerra defensiva e indefectible para solamente ser. Destruir la nada para enfrentarse con el espejo terrible de la verdad, para recobrar la potencia oculta de la Patria Terrestre, para recuperar la voz por la luz.

Jorge Torres Roggero

Córdoba,19/08/17

Ver este texto completo en mi libro Elogio del pensamiento plebeyo, 2002, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANDRÉS, Alfredo: 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Bs. As., Carlos Pérez Editor.

BUTTERINI, Giorgio A.: “La Ley de la Guerra” (en: EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO, Año LXXXIV, N° 12, Dic. 1981).

CIRLOT, J. E.: 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor.

GHEORGHIU, C. Virgil: 1975, La Vida de Mahoma, Barcelona, Caralt.

GUENON, René: 1976, El Esoterismo de Dante, Bs. As., Dédalo.

MARECHAL, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana.

___________ 1970, Megafón o la Guerra, Bs. As., Sudamericana.

PERÓN, Juan Domingo: Conducción Política, Freeland, Bs. As. 1971.

por Jorge Torres Roggero

1.- La manga de langostasscalabrini_cc

Releyendo a Scalabrini Ortiz, me invadieron ciertos recuerdos infantiles. El primero revive el alboroto que se armaba en el pueblo cuando el cielo se ponía negro hacia el norte. De allí, no podía venir lluvia; por lo tanto, eran langostas. Entonces se juntaban chapas, fuentones, latones, todo artefacto que produjera ruido y, cuando las primeras langostas asomaban, retumbaba el pueblo, se elevaban alaridos, se entonaban jaculatorias a San Benito para auyentar la plaga. Las langostas podían pasar de largo, posarse unas horas en nuestros frutales y hortalizas o pernoctar y, las más de las veces, dejar el paisaje pelado.

Y bien, en 1923, cuando tenía 25 años, Scalabrini Ortiz publicó La manga. En todos los libros de literatura se lo cataloga como un libro de cuentos. Lo dudo. Se parece más a un potpourri en que el joven autor expresa cierto desencuentro con el mundo, el aislamiento del individuo en la masa, la búsqueda de una salida de la soledad. Eso no impide reconocer la excelencia de  “Los Ogros”, un cuento que junto a “El potrillo roano” de Benito Lynch y “El Pato Ciego” de Alvaro Yunque, publicados por esos años, configuran una emblemática representación de los modos de disciplinar niños según la pedagogía de la oligarquía dominante. Veamos, entonces, el relato de Scalabrini Ortiz: lo que para nosotros era  una plaga, para él resultó ser el símbolo fundante de su pensamiento. Un vez más, la poética es adivinatoria y militante. En la sección titulada “Diálogos”, uno de los personajes narra:

“Vi, una vez, aparecer en el horizonte como una nube negra, una manga de langostas. A la distancia se distinguía nítidamente el rumbo definido de su marcha y el claro fin que las guiaba; iban al Sur, a las regiones agrícolas, en busca de cereales. La armonía y orden hacían avanzar al mismo tiempo el enorme conjunto, en una maravillosa comunidad de instintos. Pensé que si la humanidad trabajara con la misma disciplina, sus progresos serían más veloces. La manga, que venía a mi encuentro, destruyó mi impresión. Reinaba en su interior una desordenada confusión. Las langostas se detenían, desorientadas, volaban azotándose contra los obstáculos. Supuse, entonces, que la manga iba a detenerse. Pero siempre en confusión, las langostas fueron raleando, y al cabo de unas horas, las últimas rezagadas se fueron también. Y vi de nuevo, en el horizonte, alejarse la manga como una nube negra, avanzando indiferente a los obstáculos, sobre poniéndose al agotamiento individual. Y esa manga, que cruzó buscando la solución de los enormes problemas del hambre, me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad, por sobre todos lo intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales” (131).

Obsérvese  que el enorme conjunto (la manga, la masa) tiene un rumbo definido y un claro fin, pero los individuos fuera del conjunto se azotan contra los obstáculos, andan desorientados en una “desordenada confusión”. Sin embargo, al fin, la manga avanza, por sobre los agotamientos individuales, se aleja en el horizonte buscando la solución a los problemas del hambre. Y concluye, “me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad”.

Ahora bien, el primer texto del libro se titula “Los humildes”. Ellos constituyen la muchedumbre cuya presencia en el mundo fue, es y será. Siempre, la sudorosa muchedumbre “va por la mañana y vuelve por la tarde”. Esta idea se reitera: “Creo que un hombre es siempre el primero en dar forma a lo que flota en el ambiente, a lo que está en todas las conciencias, al producto paciente e ignorado de la humanidad entera, pero, por grande que sea, no la dirige nunca, es la masa lo que empuja; ella lo ha formado y ella lo guía”. (129). A esto se puede agregar:  “El instante más notorio del jardín, el de la florescencia, es el producto lento de las reproducciones celulares. Y la eclosión viene, amenaza siempre. Vendrá con nosotros o sin nosotros, pues somos elementos despreciables. La manga sigue su vuelo incansable. Hacemos de guías, ya nos cansaremos y otros nos pasarán, pero su avance no se detendrá.”

Estas ideas, que fueron perfilándose desde 1923, eclosionan después del 17 de octubre de 1945 cuando describió en un conocido texto de extremada belleza, la sorpresiva presencia de las masas trabajadoras  en la historia patria.

Ya en El hombre que está solo y espera (1931) presentía la fuerza humanizadora del conjunto. Un hombre sencillo, entre otros hombres, va caminando por la calle Corrientes. Tranquilo, de cultura escasa, de modales algos bruscos pero afables, cruza Florida, pasa Maipú, y entra a un café de la calle Esmeralda: “Allí está con un camarada en el fortín de la amistad (…) ya hay algo nuevo en ese amasijo informe de la amistad. Por primera vez, el hombre está junto al hombre”(115/116). Está solo, pero va camino a la muchedumbre. No falta mucho y la manga seguirá  su marcha “indiferente al agotamiento individual” (130/131).

Llegado a Política Británica en el Río de la Plata (1940), persiste en intuiciones cada vez más claras. Sostenía que las verdades individuales no obran en la dinámica social “si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”. ¿Acaso, el 24 de junio de 1931, en Noticias Gráficas no había sostenido que las rebeliones populares son expresión de la “conciencia del pueblo (que) sabe adónde va aunque lo ignore cada uno de individuos que lo componen”?

Por eso, ya en 1950, reafirma que “son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupenda. Casi siempre han aventajado a los gobernantes y quienes no la interroguen a diario, en vano  intentarán ganar ascendente en ella” (Latitud 34, 3/1/1950). Lo deslumbra una visión: el individuo sólo cobra sentido cuando descubre su razón de ser disolviéndose en la muchedumbre innúmera. Celebra la alegría de aceptar que apenas somos un “panadero”(una semilla voladora, un germen) caído, no en la existencia, sino en seno fecundo de la historia cuyo sujeto histórico real es el pueblo. Si, como sujetos aislados, andamos en confusa desorientación, como comunidad organizada seguimos la marcha “por sobre todos los intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales”.

 2.- La política de la chinche flaca

La relectura de Scalabrini Ortiz me transportó, asimismo, a otra evocación. En tiempos niños, todavía se usaban colchones de lana con sus pupos y bordes cosidos con agujas colchoneras, camas con “elásticos” de metal, catres de lona con dobleces clavados con tachuelas. Entonces, cada tanto, había que asolear camas y colchones. Luego, con agua hirviendo, se ahuyentaban y mataban las chinches invasoras. Decían, también, que en las camas de los hoteles baratos, las chinches torturaban viajeros y viajantes. Scalabrini Ortiz que, como agrimensor, recorrió el interior del país,  aprovechó la experiencia para auscultar qué pasa cuando la militancia es reemplazada por cargos y figuración. Sucedió siempre. Por eso él eligió la política de la chinche flaca. Sacada de los entresijos de la cultura popular, publicó esta parábola en la revista Qué, el 3 de junio de 1958:

“Ud habrá dormido en algunas de esas pocilgas que se llaman hoteles. Habrá luchado alguna noche contra las chinches y observado qué difícil es matar a uno de esos fastidiosos insectos cuando todavía no ha chupado sangre. Usted aprieta la chinche entre los dedos. La refriega y la chinche continúa como si le hubieran hecho una caricia. En cambio, si la chinche ha comido y tiene su panza hinchada, basta una pequeña presión para exterminarla. Bueno, yo sigo la política de la chinche flaca y por eso nada pueden contra mí, ni nada pueden hacer en mi favor. Para situarse en las líneas del magnetismo nuevo (enfrente de todas las jerarquías y los intereses predominantes) es indispensable estar limpio de ambiciones y de codicias. Por eso, quienes primero abrirán las sendas de los hechos nuevos serán los humildes, los desmunidos, los trabajadores. Para estar junto a ellos, latiendo al ritmo de su pulso, los que no somos naturalmente ni humildes, ni trabajadores, sólo tenemos una norma posible: la política de la chinche flaca.”

Hay épocas en que necesitamos chinches flacas y en que abundan las chinches “hinchadas”. Los que en el momento de las vacas gordas disfrutan cargos y prebendas simulando ser militantes, pero que, a la primera dificultad, se pasan de bando, traicionan, son fáciles presas de carpetazos, de aprietes, y andan buscando pretextos para aislarse de “la manga”. Agotados individualmente, no se animan a perderse en la poderosa “nube negra” que avanzará inexorablemente hacia su razón de ser. Son los “chupasangre”, los panza llena, y, ante las más pequeña presión, revientan, enchastran, son exterminados.

Scalabrini prefirió el desconocimiento y la pobreza por sobre el éxito y la riqueza:“¡Lo que me ha costado no hacerme rico! Desde rechazar incitaciones demoníacas, hasta enemistarme con medio mundo, recibir títulos de “raro”, “romántico”, yo tan luego que percibo a la Argentina como una realidad palpable al simple contacto de mi piel”. (Latitud 34, 03/01/1950).

En “Esperanza para una grandeza” (véase: Los ferrocarriles deben ser argentinos), refiriéndose a las multitudes del 17 de octubre, como viejo auscultador de “la manga”, dice: “Aquella era la expresión de una voluntad nacional cuya intensidad e íntima propensión quizá sólo alcanzaron a comprender los habituados a auscultar las más recogidas y sensibles latencias de los pueblos. Escuché las conversaciones de varios criollos y las arengas de los oradores improvisados. No encontré a nadie que se acordara de sus problemas personales. Eran hombres sin necesidades: inmunes al cansancio, al hambre y a la sed. Decían: Aquí comienza la revolución de los pueblos sometidos. Aquí se inicia la rebelión de los que estuvieron doblegados.”

Así fue, como tras la Revolución Libertadora, fue perdiendo uno a uno sus lugares de trabajo. Como en un dominó trágico, fueron cayendo uno a uno los diarios, periódicos y hojas partidarias que acogían sus colaboraciones. Primero fue El Líder, luego el El Federalista, le siguieron De Frente y, por fin,  El 45: “En enero de 1956 se cerró la última tribuna. Me quedé sin tener un solo lugar donde escribir”(Galasso, 154). Incólume, siguió a rajatablas “la política de la chince flaca”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

 Fuentes consultadas:

BARES, Enrique, 1961, Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo y espera, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

GALASSO, Norberto, 1998, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens Ediciones

SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

                                              ,1964, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1965, Los ferrocarriles deben ser argentinos, Buenos Aires, A.Peña Lillo Editor

                                              , 1973, La Manga, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, devociones para el hombre argentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

por Jorge Torres Roggero

(Ampliación del artículo publicado en SOLIDARIDAD GLOBAL, N° 28, Universidad Nacional de Villa María)

En 1969, Arturo Jauretche escribió un texto poco conocido titulado “A manera de prólogo, donde se habla de los malditos y de uno en particular”. Es, efectivamente, el prólogo de la segunda edición de La Traición de la Oligarquía, una obra fundamental de Armando Cascella (Ed. Sudestada, Bs. As.). En él, Jauretche homenajeaba a los escritores que han aceptado el destino de ser argentinos y, por esa decisión, han sido censurados, ninguneados, silenciados por el sistema que legitima prestigios y regula el canon.

En ese breve texto, desnuda la falacia de ciertos esquemas muy en boga en las facultades de letras de esa época. Destruye así la falsa dicotomía Florida/Boedo. A la oligarquía no le interesa a qué capilla literaria pertenece un escritor. Sea cual fuere su poética, cae sin compasión sobre los que no lamen las cadenas del amo ni traicionan su pueblo.

Por ahora, me detendré, junto a Jauretche, a considerar la cuestión de los “malditos” y los “bueyes corneta”. Don Arturo se dirige, especialmente, a mi generación, la del 60: nos llama “jóvenes intelectuales que aman el país”. En Armando Cascella, piensa, podrán estos jóvenes atisbar algo acerca de la metodología de los enemigos del “populismo y la demagogia”; y, además, quiénes son y qué pueden esperar de ellos si perseveran leales.

En efecto, Armando Cascella (1900-1971) es un maldito. “Maldito, dice Jauretche, como tantos que quedarán inéditos: bacarayes de escritores que por no ser útiles a la colonización pedagógica tal vez brillen como ferreteros, viajantes de comercio o guarda trenes, después de frustrados por la máquina del silencio”. También fueron malditos Leopoldo Marechal, Arturo Cancela, Scalabrini Ortiz, Nicolás Olivari, Elías Castelnuovo, María Granata y tantos más.

Cascella continúa anonimizado. Actualicemos, aunque sea de modo escueto, algunos datos. Los acontecimientos de 1945 permiten visibilizar una corriente compacta y definida: los escritores nacionales. Una nueva Argentina empieza a construirse.

Esa Argentina, según Jauretche, fue obra de los humildes. El pueblo sumergido era quien menos había sufrido el aparato de la colonización pedagógica. Sumido en la pobreza y el hambre, también se vio despojados de los bienes culturales. De tal modo, lo que parecía una condena, salvaguardó su arraigo porque preservó sus saberes ancestrales, guardó las formas solidarias de la Argentina preexistente, resguardó la vida como poética y acto libre.

Fue entonces cuando muchos intelectuales se dieron cuenta de que el camino ya había sido señalado por los no colonizados mentalmente y pusieron su arte al servicio del pueblo.

Tras el golpe de 1955, estos escritores fueron los “marcados” por sus adversarios de la “intelligentzia”: eran los “malditos”. Basta recordar el libro Borges de Adolfo Bioy Casares. Allí narra cuando, en dúo con Georgie, se ocupaban de confeccionar las listas de quienes tendrían que ser silenciados para siempre, de los que jamás podrían publicar. Por supuesto, cuenta Jauretche, en esa lista también figuran algunos “bueyes corneta” cuyos nombres, piadosamente, omite. Nos adherimos a ese compasivo silencio, y continuamos con el prólogo a Cascella.

Fue al día siguiente del golpe cívico-militar de 1955 cuando comenzó la inquisitorial cacería del intelectual anticolonialista. Dice Jauretche: “…la meticulosa búsqueda e identificación del peronista trasciende de la persecución policial dirigida al partido y al gremialista, pues los que la dirigen son los que a sí mismos se llaman intelectuales libres, agrupados en la S.A.D.E., blandiendo diversos pretextos literarios. Ellos se encargan de señalar con el dedo al aparato de la colonización pedagógica, quiénes deben ser aniquilados. Se confeccionan listas de escritores a los que se injuria y que deben ser proscriptos de la letra de imprenta. (…) Su ensañamiento revela además de su obsecuencia, el sordo encono de los que no han podido ser ellos mismos triunfadores, pero tienen en el alma la ictericia del sometimiento. Andan gritones y estruendosos como el que por buscar el triunfo renunció a ser hombre. Y ahora es alcahuete. Ellos construyeron las listas de malditos”.

¿Cuál era el crimen de Cascella? En 1953 había publicado La traición de la oligarquía, que oportunamente fuera premiado por la Municipalidad de Buenos Aires. El libro es un comentario de otro libro: The Ruling Few, (Los pocos que gobiernan), cuyo autor es Sir David Kelly que había sido dos veces embajador de Gran Bretaña en la Argentina. En la postguerra del 14 y en la segunda guerra: las dos únicas oportunidades en que la Argentina se expresó por gobiernos populares. Se trataba, en consecuencia, de “informaciones proporcionadas nada menos que por el embajador de la potencia que durante largos años había ejercido el manejo económico, y por consecuencia, político del país” (…) Cascella divulgó los mecanismos de la traición y desnudó con nombre y apellido a los que dan título al libro: Los pocos que gobiernan, o sea, los pocos de que se valía el poder imperial para realizar su voluntad en nuestro país. Kelly les había dedicado un largo espacio, más aún, los había descripto con británico humor.

Cascella mostró esas entrelíneas. Por eso, en 1955, gran cantidad de ejemplares de La Traición de la Oligarquía fueron quemados en las piras que sistemáticamente, bajo la inspiración de la “intelligentzia” (liderados por SADE), levantaron justamente los campeones anti-inquisitoriales. Es que el libro hacía accesible a un público nuestro lo que se trataba de ocultar en inglés. A partir de entonces, Cascella escribió, en fugaces periódicos, literatura de resistencia.

Los malditos, entonces, son aquellos escritores que no se someten a la “colonización pedagógica”; los que no adecuan su inteligencia de argentinos a las condiciones creadas por los intereses que dominan la patria; los que se resisten a que el libro de moda, la prensa, las cátedras universitarias, las editoriales, les escriban el libreto.

En 1976, la derrota del pueblo sume, otra vez, a los escritores comprometidos con el destino de la patria, en el espanto: secuestros, desapariciones, muerte, exilio, desatan su furor. De nuevo la precariedad, el desamparo, la intemperie. Fue entonces cuando apareció Epigramas del gato amarillo echado junto al fuego de Fermín Chávez. El crítico y poeta Angel Núñez, exiliado en Brasil, lo publicó por primera vez en la revista Caderneta de Poesía (N° 1, 1978), en San Pablo, bajo el seudónimo Anónimo Argentino. Seguía, en esto, a Ernesto Cardenal: Anónimo Nicaragüense.

Los poemas circulaban en hojas mimeografiadas o simplemente copiados a máquina con varios carbónicos. Con el mismo método publicó Epigramas con agua caliente, con aceite hirviendo. De tal modo, el lector era, a la vez, un editor. La obra “florecía” en las manos militantes. Este tramo de la obra poética de Fermín Chávez expresa la lucha del pueblo tal como lo hicieran las hojas manuscritas que circulaban con poemas y proclamas después del 25 de Mayo de 1810. Junto al pueblo, compartiendo su lucha, el poeta denuncia la desaparición cotidiana de militantes: Angelelli, Roberto Santucho, dirigentes de la JP, gremialistas. Revive mártires históricos: Túpac Amaru, el Chacho Peñaloza, Facundo Quiroga. Los grandes exilados: Rosas, Perón. Hasta cuando escribe en el Istmo de Corinto, la descripción alude a la patria sumergida: “El tabaco negro se seca al sol en ristras. / Los sauces lloran igual que en mi pisoteada/ Argentina”. En “Los platos voladores”, denuncia el secuestro del gremialista Oscar Smith: “Como una flor cortada de un plumazo/ en una ceremonia sin clarines/ se llevan al chofer y al auto entero.” El poema “Clearing policial” consta de un solo y trágico verso con la agenda represora del día a día: “Hoy le toca al geranio sospechoso”. Fermín Chávez, historiador, pensador, dice Angel Núñez, “adquiere nueva dimensión en su poesía, mostrándolo como un verdadero humanista que enriqueció con ella su visión de la Argentina…”

La responsabilidad de los escritores funge más allá de las modas y tendencias estéticas; y es en épocas de entrega del patrimonio nacional y de traición del pueblo, cuando un poema de amor o una intuición metafísica muestran su verdadero carácter: o son el disfraz etéreo de la apostasía del intelectual, o se erigen en rostro y voz radiante de la resistencia y la esperanza.

Jorge Torres Roggero, 2016, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

Poemas de Fermín Chávez

TATA HERNÁNDEZ

Hernández nos cubre a todos

no porque tenía voz de órgano de catedral

ni porque fue corpachón como Raffeto.

Ahorita nos cubre a todos

porque era puro pueblo andar penando.

Tata Hernández nos cobija

como un paredón y después

como un viejo almacén y después

como un Perón y después.

BORGES & CIA

Soy la forma

en realidad, la forma de la forma.

Lo profundo

la vida

se me escapa

porque no tengo redes

ni anzuelos mojarreros

ni linterna siquiera.

Las vizcachas

pasean muy orondas

en mis noches ficticias

y al almacén rosado

lo he destruido

definitivamente

porque era peronista.

marechal más uno

La patria es un peligro que florece

Un mordisco de hormiga en la hojarasca

El metalúrgico del plumerillo

El tute que perdimos en caseros

No es un venir con flores a maría

Ni humilde soledad verde y sonora

Ni la madrastra loca que tuvimos

La patria es una espera y la aguaitamos

TRES IMPOSIBLES

Barrer contra el viento de la historia.

Parar el alba con la espada.

Mirar impasible La Virgen del Pajarito

de Domingo Murillo.

Tomados de: CHÁVEZ, Fermín, 2010, Epigramas del gato amarillo echado junto al fuego y otros poemas, Santa Inés- Misiones- Buenos Aires, Archivo Núñez Acuña. Impresión de cincuenta ejemplares.