Archivos de la categoría ‘Rodolfo Kusch’

por Jorge Torres Roggero

1.- Las dos puntas

CARBON Y YOLas líneas que siguen intentan poner en actividad, no los significados, sino el sentido del viejo dilema sarmientino: civilización/barbarie. Lo voy a referir a una de sus fórmulas más vilipendiadas: libros/alpargatas. Como todos saben, el 16 de octubre de 1945 trescientas mujeres, obreras de los frigoríficos, se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban a Perón. A ellas se sumaron los obreros. Juntos, iniciaron la larga marcha a la Plaza de Mayo. La columna, cada vez más numerosa, enfiló a La Plata y, al pasar frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”. Era el balbuceo que un pueblo que tomaba la palabra como camino para toma del poder y comenzaba a responder con un antidiscurso, potente y rudimentario, al desprecio de las clases autodenominadas cultas.

Con el tiempo, el apotegma fue una y mil veces repetido como un estigma bautismal de la barbarie peronista. En estas épocas de “barbarie ilustrada” (la expresión es del civilizador Juan B. Alberdi) se usa como eficaz falacia para denostar al populismo. En realidad, proviene de una lectura congelada de la categoría sarmientina que su mismo creador se encarga de activar no sólo en diversas obras, sino como polémica interna en el curso de un mismo texto. No son dos polos fijos y cerrados, sino un ir y venir, un va-y-ven, en que se manifiestan las contradicciones que nos otorgan nuestro modo de ser, nuestra riqueza cultural (Varias entradas de este blog tratan este tema).

Kusch llama a este discurso contradictorio que nos representa y nos acosa: “los dos vectores”. El ir y venir encarna, para Kusch, la manifestación de dos pensamientos: pensar causal y pensar seminal. Mientras el pensar causal necesita la verificación constante de la conciencia, el pensar seminal se desplaza, al margen de todo quehacer de la conciencia, en el magma de la sémina redentora. De tal modo, causal y seminal son los extremos de un pensar general. El sujeto requiere, por un lado, la percepción lúcida del objeto; por el otro, cuando la contradicción de torna desgarradora, la afirmación trascendente o plegaria: “Ambos extremos, dice Kusch, son formas necesarias para afirmar la totalidad de la existencia.” En el peronismo, ese modo de ser, se llama armonía y consiste en reconocer que la cultura popular es pensamiento. Más aún, es pensamiento no colonizado. Es, por lo menos, un antidiscurso que, desde una posibilidad no resuelta, encara la tarea de rescatar un pensar total en que pensamiento culto y pensamiento popular son apenas dos aspectos de un solo pensar. Por supuesto, el pensar popular puede no servir para la ciencia, puede resultar confuso. La ciencia nos provee una manera de ver clara, pero la realidad sigue siendo confusa: “El pensamiento popular, sostiene Kusch, dice siempre muchas cosas, el científico una cosa”. Entonces, una vez trazada una urdimbre resistente a la “ansiedad de dominio de occidente”, podemos arrojarnos al ojo del huracán con la certeza de que nada nos va a suceder. Como en la famosa cueca “Las dos puntas” que, en los años 50, Antonio Tormo (1913-2003)  puso de moda, sabemos en “en las dos puntas” alguien nos espera.

2.- El cantor de las cosas nuestras

El rapsoda imaginario de Megafón o la guerra, (Marechal se representa a sí mismo), se define como “el Poeta Depuesto”. Y continúa, “desde fines de 1955 -les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual. En nuestra fauna sumergida existen hoy el Gobernante Depuesto, el Militar Depuesto, el Cura Depuesto, el Juez Depuesto, el Profesor Depuesto y el Cirujano Depuesto. No quedó aquí ningún hijo de vecino sin deponer”. Sin embargo, según el Poeta Depuesto, “las “deposiciones” de una contrarrevolución idiota no suelen ir más allá del significado medicofisiológico que también lleva la palabra y sus muertos civiles gozamos de una salud excelente”.

En secreto, aparentemente desde el desistimiento, el pueblo elabora los fermentos de nuevas formas vitales y expresivas. En la novela de Marechal reviste especial interés la rapsodia en que se relata la asamblea extraordinaria del club “Provincias Unidas”, de Flores. El club había sido fundado en 1948. Como casi todos los fundados en esa época (clubes sociales, deportivos, culturales, con fines mutualistas) aún persisten. Basta revisar la fecha de fundación de la mayoría de los clubes de la B metropolitanas o de las divisiones C y D. Eran espacios de agrupamiento de hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por el desarrollo industrial. Como las sociedades de fomento de la época de Yrigoyen, conjugaban solidaridad, biblioteca, diversión y, desde lo comunitario, preservaban “las frescuras autóctonas”. Algunas noches, dice Marechal, “el zapateo de los malambos y el vocerío de las chacareras daban a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en trinchera de Santiago del Estero”.

Pero algo tremendo había cambiado el rumbo de las juntadas provincianas. “Sin embargo, dice el rapsoda, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución “libertadora” embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados”. Había comenzado la resistencia.

Entre 1946-1955, la cultura popular había tomado la palabra. Ya no existía un discurso único para dar cuenta de la realidad, de la historia, de la cultura, del arte. Aparecen unas poderosas formas de asociación colectiva: la sindicalización, las multitudinarias conmemoraciones políticas (17 de octubre, 1° de mayo), las populosas formas de diversión (bailes de carnaval, estadios repletos, turismo social), y la expansión de la educación (universidad gratuita, universidad obrera). La sexualidad pierde el aire “fruncido” de la década del treinta en que la “virginidad” era un valor de cambio de las “niñas”. Esto desata la furia de los sectores intelectuales, sociales y económicos que sienten el deterioro de sus lenguajes de pertenencia y el derrumbe de pautas jerárquicas que se suponían eternas: ahora se ven obligados a mezclarse con los cabecitas negras en instituciones y territorios que antes eran exclusivos de unos pocos. Cambian los códigos: vestimentas, comidas, peinados. Los recién llegados llenan las plazas: sirvientas, conscriptos, obreros en disfrute del franco semanal y cambian los hábitos de consumo. Los cuentos de Cortázar, Borges, Anderson Imbert, Murena, Martínez Estrada, David Viñas, dan cuenta con un discurso lleno alusiones despectivas sobre la aparición de estos “monstruos” que ejercen violencia, las más de las veces, sobre indefensos estudiantes y niños burgueses o, en todo caso, afean el paisaje urbano.

Los cambios señalados se manifiestan, asimismo, en el modo cómo la cultura popular selecciona sus lecturas. Hay una recepción nueva de los medios de comunicación masiva: diarios, revistas, libros de quiosco, radio, cine, teatro, espectáculos. Eso comporta nuevas exigencias para los intelectuales y artistas. Despreciados por la “alta cultura” colonizada y desvinculada de las necesidades del pueblo, los artistas populares se convierten en intermediarios de necesidades expresivas inéditas hasta ese momento. Un artista puede vivir dignamente de su trabajo como guionista de películas o historietas, libretos radiales, autor de canciones (Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Nely Omar y muchos más). Producen, para una industria cultural en auge, entretenimientos sanos que enaltecen el trabajo, la solidaridad, la familia trabajadora, la juventud, la mujer, los niños.

Uno de estos artistas populares fue el mendocino Antonio Tormo. El mestizaje de su repertorio es un claro ejemplo del ir y venir de los dos vectores del pensar total. Sobreviven el arte popular de épocas anteriores junto a las exigencias de las nuevas masas urbanas venidas de las provincias.  A finales de los 40 se produce un boom del folklore. En 1949, el presidente Perón dictó el decreto 3371/1949 de Protección de la Música Nacional, disponiendo que las confiterías y lugares públicos debían ejecutar un 50% al menos de música nativa. En 1953, la ley N° 14226, conocida como Ley del Número Vivo, dispone incluir artistas en vivo en las funciones cinematográficas. El repertorio de Antonio Tormo incluye canciones de poetas y payadores anarquistas (Mis harapos, La Canción del Linyera, El Huérfano, La limosna, entre otras). Persisten reminiscencias románticas (Las quimeras, Dos que se aman, Eterno Amor). Incluye temas que abarcan la cultura popular latinoamericana (Caballo Viejo, La llorona). Es una estética de las regiones: geocultural.  Cuecas y tonadas cuyanas con tonalidades chilenas; aires norteños que expanden la cultura andino-boliviana; chamamés, guaranias, rasguidos dobles unen nuestro litoral con Paraguay, Brasil y Uruguay.

El pueblo consume cultura. El vals “Amémonos” vendió un millón de simples. Un extenso auditorio sigue a Antonio Tormo. “El cantor de las cosas nuestras” congrega multitudes en los clubes. Los cabecitas, nombrados, perfilados, valorados en su arte, responden al cantor con su lealtad y su afecto. Un público fervoroso levantaba pancartas peronistas: se sentían integrados, por el arte, a un proyecto de justicia social, de independencia económica, de soberanía política. Aunque Tormo nunca se declaró peronista, padeció desde setiembre de 1955 la censura y la persecución de la dictadura “libertadora”. Sus discos y actuaciones fueron prohibidos. Pasó a ser un “Cantor Depuesto” más. Con él se silenciaron los audiciones radiales de música folklórica argentina.

En su programa “El canto perdido”, de Radio Belgrano, Buenaventura Luna intentaba realizar una “antología bárbara” del “canto perdido en las tradiciones argentinas”. Ponía en actividad, de ese modo, los sentidos ocultos de la oposición civilización-barbarie de su comprovinciano Sarmiento, cuya versión oligárquica, sumía en el campo semántico de la barbarie a la tradición oral de raíz afro-hispano-aborigen. Decía Buenaventura Luna: “Los provincianos han dejado de ser provincianos vergonzantes y se han animado a entonar las canciones del terruño en todos los puntos de la gran capital”. Advertía, asimismo, cierto desencanto ante lo foráneo y el alborear de un nacionalismo “sin vinchas ni divisas”. Tomemos, entonces, un ejemplo del repertorio del “cantor de las cosas nuestras.

 La canción “El rancho’e la Cambicha” es quizás la más sintomática de esa época. Su autor, el correntino Mario Millán Medina (1914-1977) la había compuesto en 1940 y fue el primer “rasguido doble” de que se tenga memoria. Antonio Tormo la grabó en 1951 y vendió cinco millones de discos. Como la mayoría de las letras del correntino se caracteriza por el tono festivo y humorístico. ¿Por qué prende esta canción entre los “cabecitas”?

La letra puede leerse como el monólogo de un provinciano que se está “vistiendo” para concurrir a un baile en uno de esos locales que denostó Cortázar en un cuento famoso. Se imagina a sí mismo en el Rancho’e Cambicha. Es un experto en las diversas formas del chamamé: “de sobrepaso”, “tangueadito”, “milongueado”. También bailará rasguido doble, “al compás de la acordeona”, “troteando despacito”. Se trata, en realidad, de “un doble chamamé”. Será una “noche de alegría”, “con la dama más mejor”.

El estribillo resalta dos aspectos de la fiesta popular: “la chanza” (“van a estar lindas”) y la seducción: “le hablaré lindo a las guainas/ para hacerlas suspirar”. Se perfila así cierta familiaridad en el trato entre el hombre y la mujer que desecha las formas pacatas de la década infame. La segunda estrofa, a su vez, es una muestra del estado de bienestar de las masas populares. Lucirá “camisa’e plancha”, es decir, de cuello y puño almidonado; estrenará una “bombacha bataraza” (de cuadritos blancos y negros), llevará pañuelo azul celeste, faja colorada y alpargatas nuevas. Son los consumidores recienvenidos. Pero sus colorinches lejos están de la gris y displicente monotonía británica de los sectores oligárquicos, con su corte vergonzante de clase media subalternizada, que se creían únicos dueños de la moda y los modales. Además, el pueblo ha adquirido ciertos hábitos de higiene. Por ejemplo, el uso del agua de colonia. Por eso llevará “un frasco ‘e agua florida para echarle a las guainas”. Más aún, el bienestar se expande y se comparten generosamente costumbres que implican la marca de un hábito de los “cabecitas”: “un paquete de pastillas que a todos convidaré”. El “convidar” como una alegre práctica de la solidaridad y el jolgorio.

Pues bien, por participar del empoderamiento del pueblo, Antonio Tormo, que no era peronista, se convirtió en un Cantor Depuesto.

3.- Carbón, el ángel

El 12 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional sanciona la Ley 13.014, por la que crea dos facultades en la Universidad Nacional de Córdoba: Filosofía y Humanidades y Ciencias Económicas. Los gastos que demandare su cumplimiento se tomarán de rentas generales hasta que sea incluida en el presupuesto de 1947. Promulgada el 25 de septiembre de 1947, y a pesar de un pergamino conmemorativo que siempre lució en el despacho de sucesivos decanos, hay una firma retaceada a lo largo de la historia institucional de la facultad: la del presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón.

Hurgando datos, uno se entera que entre abril de 1948 y marzo de 1951 el decanato de la facultad estuvo ejercido por Severo Reynoso. Así, a secas. Se torna difícil dar con su currículo. Primer dato: era un cura. Segundo dato: la tradición oral recogida lo presenta como un sacerdote sabio y santo, querido por los jóvenes. Tercer dato: durante su decanato se produce, por vía separada, el renacimiento del canto popular. “Conexiones”, diría el cura.

Resulta difícil registrar sus antecedentes académicos. Algo sabemos por algunos elementos autobiográficos que, con el humor típico de los intelectuales del campo nacional, rinde cuenta poética de su vida. Registro dos actuaciones académicas: una su participación, discurso mediante, en el homenaje al prócer bolivariano Deán Gregorio Funes. Nuestro popular Deán Funes propulsor de la libertad de prensa, de la enseñanza universitaria y la justicia social.

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores, columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los que mandan y los que obedecen” (1813).

Por esa época, encontramos al Padre Reynoso en las Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 1949). La publicación es de la Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires, 1950. En el tomo II, pp.833-839 encontramos la ponencia de Severo Reynoso Sánchez (Universidad Nacional de Córdoba). Se titula “El tema cristiano en la filosofía de la religión”. Plantea allí las “conexiones” entre las ciencias. Al filósofo, postula, le interesa la relación entre “Historia y Filosofía, entre Ciencia y Filosofía, entre Religión y Filosofía, etc., pudiéndose afirmar que nada apasiona tanto al hombre de cultura superior, como el resolver la validez del método y el alcance de esas “relaciones” internacionales del saber universal”. Hace referencia a un nutrido banco de lecturas de disímiles orientaciones: C. Barth, R. Otto, C. Dawson, Hilaire Belloc, Maurice Blondel, Brunschvicg, Gilson, Le Roy, Sciacca, Heidegger. Debido a las “conexiones” marcadas se preocupa por delimitar y completar el ciclo racional de los estudios religiosos “y no costaría mucho justificar el objeto propio y consiguientemente el método de cada disciplina respectiva”. Llama la atención este significativo párrafo de la ponencia: “El hombre moderno está cansado de lo “unilateral”, de lo superficial, de lo inmediato, de lo aparente. La aventura existencialista, como filosofía, nos demuestra que el hombre que filosofa, es decir, que piensa en serio (y no simplemente en serie) tiende luminosa o ciegamente, voluntaria o involuntariamente, a una concepción integral de la vida y no a un narcisista juego de palabras o a un elegante, pero inútil debate de academia” (p.838).

Paso ahora a las revelaciones del único libro de poemas, según tengo entendido, del Padre Severo Reynoso: Carbón y yo. Tenía 54 años y la edición lleva la fecha de su cumpleaños. En la retiración de tapa, señala con humor una contradicción que entre su día de nacimiento y su nombre: “Llegué a Córdoba un buen domingo de carnaval a medio día. El almanaque de Acuario señalaba el 18 de febrero de 1912. Pero ignoro porqué se empeñaron en hipotecar mi cara de aquellos días al indesarrugable nombre de “Severo”.

El inicio humorístico nos está avisando de que se trata de un experto en símbolos. Fue así como con el correr de los años, y a pesar de su “evidente falta de severidad constitucional” y a su progresiva afinidad con el carnaval, “el Señor de mi fe se encargó de llamarme, con su reconocido buen humor, al sacerdocio”. Estamos sin duda frente a un escritor y a un virtuoso equilibrista en la cuerda floja del sublime-ridículo marechaliano: el humor angélico y el luminoso misterio. Por eso los motivos del llamado le fueron “cuidadosamente ocultados”: “Para mí siguen siendo absurdos, pero muy claros para mí fe.”

“La novela, cuenta Reynoso, comenzó después cuando dentro de mi persona tres personajes se disputaron progresivamente el diálogo con el Apuntador: mientras el “mono sabio” hacía universidades por Europas, el “duende loco” se ocupaba exclusivamente de hacer versos no muy cuerdos, y el “niño triste” seguía preguntándole a Dios porqué es tan difícil juntar las mitades del hombre dentro del hombre”.

El “mono sabio”, con el prestigio de las universidades europeas, será el Docente Universitario; “el duende loco” será el poeta encargado de reducir en caricaturas sus espejos y desinflar sin compasión sus “adjetivos prestados”. Pero el “niño triste”, que es el amigo de Dios, vuelve a cobrar sentido, se transparenta, porque todo hombre “tiene que anudar dentro de sí, como en la Trinidad, sus tres personas y llegar hasta el fin luchando por su Unidad.”

Sin duda, una aventura metafísica, una conversación con el Apuntador del sainete humano: “Y Carbón “apunta” bien todos días. Aunque “Yo” no siempre lo haya escuchado bien…”.

Carbón, entonces, es un mensajero de luz, es un ángel. El primero de los cuatro epígrafes nos revela su fundamento bíblico: “Uno de los serafines voló hacia mí teniendo en sus manos un Carbón encendido.” (Isaías,6,6).  Hay también un epígrafe de Saint-Exupery: “Adiós, dijo el zorro. He aquí el secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Obsérvese que esta cita es habitualmente mutilada por nuestros “expertos” en ayudas psicológicas. Se olvidan de advertir: “no se ve bien sino con el corazón”. Ese bombo, ese grito, del misterioso “soncco” es uno de los fundamentos del pensamiento popular. Quedan dos epígrafes más. Uno, de Konrad Weiss: “La contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera.”; otra, de Tomás de Aquino, In Met 1,3: “El motivo por el cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso”. Estos paratextos, son una pobre muestra de la profunda fuente de la poética de Severo Reynoso. Faltaría aún la dedicatoria. No la vamos a omitir porque está directamente relacionada con las “presencias” del libro y, además, la persona es frecuentemente mencionada: “A MI MADRE (que me enseñó a sentir lo que después yo supe del Ángel)”.

El primer poema se titula “Prólogo a San Juan” y es el descubrimiento del Ángel: “Y el hombre nació ciego enteramente. / Sólo ve con los ojos. Nada más. / Y otras cosas no ve. Ni el mismo Fuego/ que está dentro de sus ojos. // Y entonces las Llamitas de Dios / se hicieron invisibles/ para el hombre de la tierra. // porque el hombre de la tierra/ sólo mira el Carbón. No ve la Llama/ que duerme en el Carbón…”. Llamará, entonces, Carbón a su ángel, su amigo y compañero.

No tengo espacio para lanzarme en los luminosos simbolismos que circulan por el libro. Voy a transcribir, para finalizar, una aclaración firmada con las iniciales S.R. Está en prosa, pero es una poética.

Concluyo, con esto, dos presentaciones. Antonio Tormo, no era peronista, pero al ser amado por los peronistas, pasó a ser el Cantor Depuesto. Severo Reynoso, un alto intelectual y profundo poeta, ejerció la docencia y desempeñó un cargo universitario durante el período peronista. Casi seguro que no era peronista, pero ¿quién puede dudar de la acumulación de “deposiciones” que cayeron sobre su memoria: Cura Depuesto, Filósofo Depuesto, Docente Depuesto, Poeta Depuesto. Tormo y Reynoso, los dos puntas de un “pensar total”, de la “cueca final” de la “hora de los pueblos”.

Aquí va el texto prometido y.… a “contemplar”, palabra que deriva de “templo”:

“Henri Matisse, en su Capilla de Vence, buscaba para su altar una piedra “color pan”. Y la encontró.

Hay que llevar los símbolos hasta su máxima tensión. Hasta que cada flecha busque apasionadamente su propio arco. Y lo encuentre.

Entonces todo parecerá volver a su paz. A su equilibrio. Aunque por debajo del Arco y de la Flecha los animales de presa prosigan la búsqueda del Canto herido en vuelo. Y lo encuentren.

Yo llamo “Carbón” al Ángel. Su negro riguroso no es más que el Rostro Invisible de la Llama interior. Solamente visible para los que creen en el Fuego.

Yo buscaba un nombre “Color ángel”. Y lo encontré.”

S.R.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba, 5/12/17

Fuentes:

Véase: https://www.ffyh.unc.edu.ar/informacion-institucional/historia-de-la-facultad

Benarós, León, 1999, Cancionero Popular Argentino, Buenos Aires, Ediciones Siglo Nuevo.

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.

Romano, Eduardo, 1973, “Apuntes sobre cultura popular y peronismo”. En: AA.VV. La cultura popular del peronismo, Buenos Aires, Editorial Cimarrón.

Reynoso, Severo, 1966, Carbón y Yo, Córdoba, Ediciones Díaz Bagú.

Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel. Véase: James Daniel: “El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina” (pp.83-129).

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 “Cuando de estar estando me acuerdo de ¡cuaaanta…!”
Polo Giménez
“El pensamiento que semejante a un pececito dentro de un acuario, toca el fondo y las paredes y no puede seguir más profundamente. Las ideas dogmáticas”
M.M. Bajtin
“Todo aquello que nuestra civilización rechaza, pisa y mea encima, sirve para la poesía”
Manoel de Barros

Confusa Patria

I.- Para empezar

Poco antes morir, Luis Jorge Prieto dio una última vuelta por Córdoba. Trataba, al parecer, de legarnos algunas advertencias sobre la cuestión de la docencia y la investigación en las universidades. (LA VOZ DEL INTERIOR: 1993).

Recordamos estas tres: a) Los investigadores/docentes tienden a trazarse una vía o método de una vez y para siempre. Esto dificulta el diálogo con los colegas porque se carece de tiempo “para aprender el lenguaje del otro”, o sea, lo dialógico queda obturado; b) “Ya no se discute más sobre la realidad que se estudia, sino sobre lo que ciertos autores de moda han dicho sobre el tema”. De tal modo, la angurria bibliográfica veda la “reflexión directa sobre el objeto que se estudia”; c) Postula una teoría del conocimiento que, a diferencia de la clásica, tiene en cuenta al sujeto. Cuando un semiólogo clasifica los sonidos, más que sonidos de laboratorio, obrará a partir del uso diario de los hablantes en sus operaciones de sobrevivencia. “Para mí –decía- lo esencial es la práctica; y la primera no es la comunicación sino la supervivencia “.

También en el campo del conocimiento, y en la etapa global, de eso se trata: de sobrevivir. O nos dedicamos a manipular ideas y a sacar sobresalientes con las conclusiones sobre los libros leídos, o ensayamos nuevas posibilidades a partir de una reflexión propia.

En tal sentido es bueno recordar a otro maestro de nuestra Universidad de Córdoba, Gaspar Pío del Corro. En un artículo de la revista SILABARIO (Del Corro: 2000) denuncia: “Nuestra impotencia está condicionada por muchas formas de opresión; pero en el campo […] del conocer, lo está entre otras causas por una imposición reductiva de la noción de conformidad en relación con la verdad: una conformidad pasiva que consiste en limitar a una sola dirección el tránsito posible – de ida y vuelta- entre objeto y sujeto: la dirección única que desde la cosa urdida se viene imponiendo al pensamiento”.

Pero, a la vez, los superpoderes condicionantes ejercen sin límites la otra dirección, también viable, “la que impone su pensamiento como cosa histórica “.

Del Corro nos habla de una impotencia condicionada y de unos superpoderes condicionantes. Somos sujetos condenados a la humillación, a las Horcas Caudinas de epistemologías que han urdido la cosa, de pensamientos impuestos como cosa histórica. ¿Cómo salir de la “encerrona” (Del Corro: 2000)? Proponemos un diálogo insólito entre Rodolfo Kusch y Miguel Bajtin, entre dos “confines de Occidente” marcados por sus poderosas culturas populares.

II.- Geocultura: sentido profundo

Las reflexiones que siguen son apenas, como las coplas de Martín Fierro, “agua de manantial” (Ida, XI, v.1886). El manantial a que ahora me refiero, es el “estar estando”, o sea la simple operación de vivir. El agua que de allí mana es el “cuaaanta” o tiempo cualificado de la zamba “El tiempo’i mama” de Polo Giménez, o, en otras palabras, el “sentido profundo” (Bajtin, 1985: 392) o “reprofundos” como diría nuestro Draghi Lucero (1981: 271, sigs.) para referirse a una lugar-tiempo en que reside el sí-mismo, tanto de la “unidad humana”, como de la “totalidad humana” (Mendé, 1983:19, sigs.).

Como verán, estoy dejando manar fuentes vitales y librescas que nos conducen a lo que, cuando reflexionamos dentro de nuestro grupo, hemos dado en llamar con Kusch (1976) geocultura: lugar de encuentro con el otro, del codo con codo, de la comunidad. La podríamos definir como una red preexistente, un texto radiante anterior a la escritura que es así una formalización sincrónica de un sentido profundo, que es siempre acrónico, masa confusa del “gran tiempo” bajtiniano.

El sentido no nace ni muere, está-estando en la geocultura. Desde esta perspectiva es que tomamos de Bajtin (cit.: 313-14) la idea de la palabra como drama. En este drama participan tres personajes. No es un dúo: autor y oyente-lector. Están también presentes las voces que suenan en aquello que el autor encuentra como lo-dado, la geocultura. No hay palabras mostrencas, bagualas. Toda palabra pertenece a alguien. La geocultura es el espacio de un sujeto cultural colectivo, preexistente y subsistente, que siempre está y habla sin parar: es el que nos plasma como unidades humanas o sujetos individuales, el que nos da el amor y el nombre (Bajtin: 52): “Las palabras amorosas y los cuidados reales se topan con el turbio caos de la autopercepción interna, nombrando, dirigiendo, satisfaciendo, vinculándome con el mundo exterior como una respuesta interesada en mí y en mi necesidad, mediante lo cual le dan una forma plástica a este infinito y movible caos de necesidades y disgustos…”

Ese sujeto cultural colectivo es el que determina (plasma, da forma) a los textos literarios en el acto de la escritura: “Las profundas y poderosas corrientes de la cultura (sobre todo las corrientes bajas, las populares), que determinan de una manera efectiva la obra de los escritores, permanecen sin descubrir y a veces resultan desconocidas a los investigadores. Con semejantes enfoques es imposible penetrar en la profundidad de las grandes obras y la literatura misma llega a parecer un asunto insignificante y poco serio. (Bajtin, cit.: 348).”

Advertimos cierta analogía entre R. Kusch y M. Bajtin en la consideración del enunciado concreto como un nudo de densificación y contacto con el sentido profundo, sitio geocultural, espacio-tiempo cuyo sujeto es el pueblo que se presenta, además de profundo, como poderoso, determinante efectivo de la obra literaria, remanente, oculto y desconocido para los investigadores. Es además portador del repertorio activante que en la práctica dialógica utilizamos con seguridad y destreza, pero “teóricamente podemos no saber de su existencia” (cit.: 267).

La concepción bajtiniana supone asimismo estas dos premisas: a) la vida más intensa de la cultura se da sobre los límites (en las fronteras) entre diversas zonas geoculturales productoras de sentido; b) la zona geocultural es el espacio de la “serie semántica de la vida” en tanto “tensión cognoscitiva y ética desde su interior mismo”. Se trataría, por lo tanto, de un espacio interespacial donde las impresiones están “preñadas de palabra” (palabra potencial, id est, vectorizada a la formalización) y en que el cuerpo mismo es “texto potencial” (cit. 348/49).

Cuando esas zonas se cierran en su especificidad, aparecen las categorías. En su origen forense esta palabra significaba acusación. En consecuencia, toda categoría es acuseta, está botoneando sobre algo. Son, para usar un término que no espante a los académicos, paradigmas, o en sentido matemático, conjuntos, y se perciben “en los procesos lingüísticos lógicos, profundamente inscritos en una cultura donde determina las visiones del mundo, los mitos y las ideas, las actividades y las conductas” (Morin, 1991: 235). A estas organizaciones internas de una geocultura es a las que llamamos operadores: son modelizaciones y modelizadores a la vez, retroactividad activante y desactivante: configuraciones. Las zonas de modelización serían, en consecuencia, campos de fuerzas donde se cosifican los sentidos a través de planes, sistemas educativos, medios gráficos, teleinformación. No es extraño que desde allí se determinen los tonos valorativos, las estéticas, las categorías, el gusto, los deseos en un intento por construir un todo cerrado, clauso.

La geocultura es, en cambio, una totalidad abierta, es el lugar de lo teóricamente no existente, el baldío, lugar sin construcción formal, lugar donde se arroja la basura, pero sede de un dueño, de un sujeto oculto. Todo texto escrito, aún los textos clausos (clausurados, tapiados) llevan tatuada (inscrita) la figura del estar, de lo popular, de la palabra potencial.

Una geocultura, intersección de pensamiento, cultura y suelo (Kusch, cit.) es el domicilio (la red preexistente y radiante) del estar y el estar es el “no más que vivir”, “es la radicación en la realidad” (Kusch, 1977). Una región geocultural es, entonces, una interpenetración vectorial de campos de fuerza transversales, una zona vital que reconstruye incesantemente las “redes rotas”, produce (acto de producir, no producto) géneros discursivos cuyo “valor y tonalidad” (Bajtin) pueden constituir una literatura en que el modelo regional implicaría pluralidad (totalidad abierta) y dialogicidad (sujetos interculturales).

La región sería así una “fuente seminal”, un espacio geocultural vivo y actuante en la cotidianeidad de su habitante. En ella las contradicciones operan como tensión incesante, construyendo y deconstruyendo estructuras paradojalmente vivas, núcleos de sentido.

Cabría, entonces, ampliar el papel del vector seminal en la zona geocultural de la región como lugar de la tonalidad afectiva, de la “razón sensible” (Mafessoli, 1997), destinada a mediatizar la oposición entre la abstracción crítica y el sentimiento para dar cuenta de la “compleja tonalidad de la conciencia” (Bajtin, 385). Los núcleos en que la densidad del sentido profundo ensaya las respuestas fundamentales (el sentido es respuesta) son poderosas corrientes que nos impiden “tocar fondo”.

Focalizar las densificaciones geoculturales nos pone en el ojo de la tormenta, en el centro de la “generación creativa de un texto” (Bajtin), no del arte, sino del “acto artístico” (Kusch, 1986), en otros términos, de la escritura. Podríamos suponer que en una geocultura, en tanto lugar de intersecciones y campo de fuerzas cultural, la contradicción se vuelve tensión. La noción de contradicción implica siempre la muerte de uno de sus términos para que el otro tenga validez. En la tensión los opuestos son términos antinómicos como los polos negativo y positivo de una pila eléctrica. Proudhon daba este ejemplo para destacar por un lado la indestructibilidad y por otro la capacidad de causar movimiento implicados en la polaridad (R. Aron, 1949: p. 1854). El progreso consistiría, entonces, no en lograr la fusión de las antinomias (la muerte de uno de los opuestos), sino el equilibrio cuyo fruto final es la armonía.

Mantener la tensión de los elementos antinómicos, es perder el miedo a “dejarse estar”, el miedo a “vivir lo americano” (Kusch, 1977: 235): “¿Será que mi crítica lo enfrentaba entonces con su inmaduro miedo, de que, si no defendía el progreso, denunciaba su “dejar-se estar”, con lo cual perdería su prestigio de hombre civilizado? ¿O será también que, en el fondo, es muy débil la actitud racional, ya que el pensamiento antagónico, el seminal, que se mueve entre extremos innombrables y que pasó a segundo plano, sin embargo, sigue acompañando muy de cerca, aún las más “racionales” de las afirmaciones?”

El pensamiento seminal supone la no supresión de lo vital e informe, la persistencia de las dificultades y la lucha por la vida. Es la pérdida de la fascinación “ante las cosas nombrables y la posibilidad de que se aventure a indagar las innombrables” (p. 240).

Si las estructuras se convierten en casamatas, en refugios miedosos, en totalidad clausa, estamos condenados a escuchar un eterno monólogo: el de la síntesis autoritaria y el punto muerto. En la geocultura, región vital, podemos reconstruir las redes, organizar los campos de fuerzas, coordinar las independencias y las libertades.

III.- In-conclusiones

Cuando trato de tejer alguna conclusión, luego de estas deshilachadas y contradictorias reflexiones, no puedo menos que recordar, ya que nuestras operaciones se concretan en el campo de la lectura, estas palabras de Chartier/Cavallo (1998): “La lectura no es solamente una operación intelectual abstracta: es una puesta a prueba del cuerpo, la inscripción en un espacio, la relación consigo mismo y con los demás.”

Puede suceder que, como el pececito de Bajtin, toquemos fondo en la pecera de la totalidad clausa, por miedo a parecer bárbaros y nos conformemos con el canon:  “El pensamiento que semejante a un pececito dentro de un acuario, toca el fondo y las paredes y no puede seguir más profundamente. Las ideas dogmáticas”. Pero hay otra posibilidad. A lo mejor, como Martín Fierro, enderezamos hacia tierra adentro”, “derecho ande el sol se esconde” (Vuelta, XIII, v. 2205), lugar de la opacidad de la razón abstracta, de lo innombrable (lo que no puede ser dicho por el habla). Fierro nos asegura que “así habremos de llegar” y que recién entonces sabremos “adónde”. Incitante tarea, hallar el “adonde” del “ande”, lo nombrable (“las luces”) de lo innombrable (“los oscuros reprofundos”).

El espacio geocultural es entonces un domicilio, la casa en que lo ajeno se hace propio. A esa zona ningún hombre es inmune, más aún, en ella pasamos el más alto porcentaje de nuestras vidas reales. En ella la civilización y la barbarie no se degüellan, digamos que resuellan, viven en libertad creadora.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes. En: Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo. Geotextos: el pueblo como sujeto cultural en la literatura argentina, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA

ARON, Robert, 1949, “Recherche d’une dialectique pour les Etats-Unis d’Europe”. En: Actas del primer Congreso Nacional de Filosofía, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo.

BAJTIN, M.M., 1985, Estética de la creación verbal, México, .S. XXI Editores.

CAVALLO, Guglielmo y CHARTIER, Roger, 1998, Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus.

DEL CORRO, Gaspar Pío, 2000, “Ante las puertas del milenio, la doble vía de la verdad”. En SILABARIO N° 3, p. ll y sigs.

DRAGHI LUCERO, Juan, 1981, Las mil unas noches argentinas, Buenos Aires, Plus Ultra.

HARTMAN, Geoffrey, 1990, “El destino de la lectura”, en: Teoría literaria y deconstrucción, Madrid, Arco/Libros.

KUSCH, Rodolfo, 1976, Geocultura del hombre americano, Buenos Aires, García Cambeiro.

_______________ 1977, El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires, Hachette.

_______________ 1986, “Anotaciones para una estética de lo americano “, en: “Identidad” (Segunda Época), Rosario.

MAFFESOLI, Michel, 1997, Elogio de la razón sensible, Barcelona, Paidós Studio.

MENDÉ, Raúl A., 1983, El justicialismo. Doctrina y realidad peronista, Buenos Aires, Ediciones Doctrinarias.

PRIETO, Luis Jorge, “Más allá del amor por las palabras”. Entrevista de Beatriz Molinari. En: La Voz del Interior, 4D, 15/04/1993.

 

por Jorge Torres Roggero

1.- Advertencia

evitaLas líneas que siguen forman parte de un extenso trabajo, que me pertenece, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”. El mismo será publicado en un libro de AA.VV. coordinado y compilado por el Dr. Pablo E. Heredia (UNC).

Los planteos fundamentales emergen de una atenta lectura de La negación en el pensamiento popular (Kusch) y Mi Mensaje (Evita). Por supuesto, contextualizados con el conjunto de la obra de ambos.  Los subtítulos de las diversas partes son: “La razón de ser”, “La dueña del corazón”, “Los héroes gemelos”, “La única fuerza que Dios dejó al corazón”, “Esbozo de una teología popular: el antidiscurso”, “Una poética de la sacralidad: la “sémina redentora”.

Tanto Eva Perón como Rodolfo Kusch, hablan desde la “abundancia del corazón”. Por eso confío en que este retazo del texto completo resulte inteligible y se erija como un homenaje a quien se definió así misma como “esperanza y vigía eterna de la revolución”.

2-. La conversión del clero y la hora de los pueblos

La contradicción entre razón simbólica y orden lógico es rebasada por el existir, por la intersección entre lo afirmado y lo negado. En ese tinku, en ese roce, estalla, no un conocimiento, sino una revelación. En realidad, cesa el dominio de las fórmulas y el operador seminal impregna todos los contenidos. Se enancha un área central cargada de sentidos en que la emocionalidad funciona como una fuente energética que relativiza cualquier contenido consciente y queda así en disponibilidad un sentido fundante. En otras palabras, se vincula así con el existir en que lo fasto es siempre acosado por lo nefasto que suele destruir su posibilidad de ser. Para superar esa contradicción es necesario que se concrete la negación como anti-discurso. Sin negación, en el plano del simple conocimiento profano, no hay revelación de lo sagrado[i]. En consecuencia, la emocionalidad aporta corazón y brinda una verdad que sirve para decidir.

El problema fundamental del pensar, postula Rodolfo Kusch, no consiste en conocer sino en que sirva para vivir. El pensar popular, ajeno a la lógica de las cosas, trabaja sobre contradicciones: “Implica, dice Kusch, una teología y esta, por su parte, tiene la misión de encontrar operadores seminales. Por eso en lugar de la afirmación, lo fundante es negar para lograr la revelación de lo sagrado”.

Frente al mero discurso y lo profano, el anti-discurso instaura una poética de la sacralidad que completa ciertos horizontes de totalización en los que el pensar se enreda con el vivir mismo. Ahora bien, un pensar que incluya el anti-discurso concluye por priorizar el estar sobre el ser. La verdad de lo dicho, entre discurso y anti-discurso, surge de un rebasamiento del existir.

Kusch sostiene que “la distancia entre Occidente y América es la que media entre el pensar culto y el pensar popular”. El pensar culto abstrae, cancela el aspecto físico y concreto de la cosa. Es un pensar sin realidad que, sumido en el desarraigo, no puede confesar “esto creo”. En otros términos, depende de los argumentos (o sea, del ser) y no de la fe (o sea, el estar); por eso carece de acción. El pensar popular, en cambio, actúa y toma posición. Validado por los operadores seminales, provoca la revelación: “Son fuentes energéticas que brindan la posibilidad de decisión y cargan de sentido el mundo”. Estos operadores sirven para que el sujeto, en cualquier circunstancia, diga “yo creo” como superación de la contradicción y rebasamiento de la oposición discurso/anti-discurso. Al pensar popular no le interesa si la proposición es verdadera o falsa, sino instalarse en el estar no más y lograr así la estabilidad existencial.

La lógica frígida se configura sobre una parte del pensar, pero renuncia a la posibilidad de “lograr la totalidad del pensar”. Dicha lógica, cuando se impone, bloquea intencionalmente los operadores seminales como fuentes de decisiones. En consecuencia, llamamos colonialismo mental al bloqueo del operador seminal: “La verdad del pensar, postula Kusch, está en la posibilidad de decidir y no en la afirmación”. No se renuncia a una lógica sino a su pretensión de “afirmar por exclusión”.

Por otra parte, el pensar popular se manifiesta en un estilo especial: el rito y los símbolos. La realidad se amplía ante la presencia de deidades favorables y desfavorables. “Las cosas llevan un no colgado al cuello”, dice Kusch. Pero la cultura popular brinda a sus integrantes un horizonte simbólico que les posibilita un proyecto existencial. En ese sentido, la lógica frígida es “solo un episodio de la lógica de vivir”.

Kusch niega las bases del filosofar occidental y se anima a decir: “En suma, existo, luego pienso y no al revés. Primero se da la posibilidad de ser y luego pienso (…) No pienso por pensar, sino que pienso como proyecto”.

Ahora bien, y en esto comienza a perfilarse la figura o tropos de Eva Perón, Kusch sostiene que la posibilidad de ser se realiza “a modo de sacrificio porque se somete a la negación para lograr la verdad”. Así sucedió con Eva Perón. Ella niega “la vida social” como sede de valores, honores y poder y se somete al sacrificio como acceso a la revelación. Lo afirmado (el proyecto de liberación) y lo negado (la vida social) se intersectan y crean un vacío. Pone trampas a la lógica frígida para que se revele la “lógica del vivir”. La negación gruñe en el solo vivir.

Se configura así una teología popular que, al negar, en el caso de Eva, “la vida social”, o sea, las cosas “como son”, transforma el mundo poblándolo de símbolos. La verdad, oculta tras confusas máscaras rituales, se satisface en el “área de la plegaria”. “La teología popular, postula Kusch, es una forma de llenar con algún género de racionalización la pregunta abierta por la verdad. Torna por eso verdadera la teología misma”. El sacrificio y la plegaria eligen los “dioses innombrables” y desechan la relación entre sujeto y objeto. En Eva Perón, esta dialéctica se construye, como se verá más adelante, mediante la contradicción odio/amor.

Volviendo a los vectores, y considerando el juego y contra juego causal/seminal, conviene aclarar que uno no excluye al otro. Ambos subsisten. Más aún, según Kusch, lo “criollo en América constituye en parte la conciliación de los dos vectores” y pone en duda una supuesta evolución de un vector al otro: “En América no hay progreso de uno hacia otro, quizá, porque no es natural el dominio de uno de ellos, sino que es lógico que ambos coexistan. Lo criollo concilia a ambos porque salva todo lo referente a las cosas, o sea a la relación sujeto-objeto, aunque sea a nivel de picardía, de tal modo que igual sostiene el otro vector como un área de plegaria siempre disponible, en donde se afianza la fe, la ética o la política popular”.

La razón mestiza, mezclada, es la expresión del estar siendo. Es mediadora y mediada a la vez, es un amasijo informe que, al no ser abstracto, manifiesta una razón universal concreta.

Ya he consignado la emergencia de la negación en la vida y del anti-discurso en los escritos de Eva Perón. “Para bien o para mal, dice, yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle”. El resentimiento, como postula Kusch, es una constante en el sub-suelo social americano y Eva “siente y piensa como pueblo”. Por eso confiesa que no ha podido todavía (habla ahora en plural) renegar de “nuestro resentimiento con la oligarquía que nos explotó”. Eva Perón habla desde el nosotros, desde la “vieja indignación descamisada, dura y torpe, pero sincera como la luz que no sabe cuándo alumbra y cuándo quema o como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar desolación en el camino”.

Ella sólo reconoce dos palabras: odio y amor. ¿Cuándo odia? ¿Cuándo está amando?: “En el encuentro confuso del odio y el amor frente a la oligarquía de mi tierra, y frente a todas las oligarquías del mundo, yo no he podido tampoco encontrar todavía el equilibrio que me reconcilie del todo con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores”.

La rebelión indignada es un cruce (un tinku) fulgurante de vectores: entre “el veneno de mi odio” y el “incendio de mi amor”. Es una rebelión contra el privilegio de los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales.

Construye, entonces, las bases de una teología popular mediante la negación de la razón frígida. Para eso, denuncia que los jerarcas clericales son hombres fríos que padecen una inconcebible indiferencia. Carecen, además, de generosidad y de amor. Ello les impide reconocer que la doctrina de Perón se inspiró en la doctrina de Cristo. Por eso lo combaten sordamente aliados con la oligarquía. “Les reprocho, dice, haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados”. Y reitera: “Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas…olvidándose del pueblo…y les reprocho haber hecho lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan”.

Eva Perón invierte los sentidos de la vida social religiosa. Cristo “no es compatible con la oligarquía y el privilegio”. Si el clero quiere salvar al mundo de su decadencia espiritual, deberá “convertirse al cristianismo” haciendo lo contrario de lo que hace. Tendrá que comenzar a descender al pueblo, “como Cristo, viviendo con el pueblo, sufriendo con el pueblo, sintiendo con el pueblo”.

Recurre, entonces, a la sabiduría del corazón. Advierte al clero que los años de Perón están pasando, pero no han despertado en su corazón una sola resonancia. Cristo les pidió que evangelizaran a los pobres, pero ellos abandonaron a la inmensa masa oprimida. El problema se agrava, además, porque los políticos clericales usan la Iglesia y la religión para dominar y explotar al pueblo. Niega, por tanto, “la fe del clero”, porque sirve a los políticos enemigos del pueblo cuando predica una “estúpida resignación”.

Eva trasciende su negación a la vigencia de las fórmulas y la eleva a una intensidad que bien podríamos llamar una poética de la fe: ¿“cómo puede conciliarse (el formulismo) con la dignidad humana ni con la sed de justicia cuya bienaventuranza canta el evangelio” ?: “La religión debe ser en cambio la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad…si no hubiese Dios…si no estuviésemos destinados a Dios…si no existe religión el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la eternidad”.

Eva se interna cada vez más en una poética de la sacralidad marcada por el corazón. Porque Dios existe, los hombres son libres e iguales. Ante él, nadie tiene privilegios: somos todos iguales. Niega la religión como instrumento de opresión de los pueblos y la exalta como “bandera de rebeldía”. Nadie podrá impedir que los pueblos tengan fe porque la religión está en su alma.

Levanta, entonces, lo que podríamos llamar el anti-discurso de la profecía. Acusa al clero de predicar la esclavitud y no la libertad y la justicia. ¿Cómo podrá la religión acceder a la alta intensidad de la “hora de los pueblos” que predica el peronismo? Eva Perón responde y su respuesta es un jirón del pensar total: “Es el amor el único camino por el que la religión podrá llegar a ver el día de los pueblos”. Más aún, si el clero no se convierte, no verá la hora de los pueblos.

La religión, postula, no es una simple colección de fórmulas ni un vademécum de principios rígidos. La razón mestiza de Eva Perón se adentra en el pensar totalizador del corazón mediante el paso del yo al nosotros: el objeto de la fe es la realidad del otro. Por eso asegura: “yo vivo con el corazón pegado al corazón del pueblo y conozco por eso todos sus latidos”. La religión es para el hombre y no al revés. Para ello, debe ser profundamente humana y popular. La conversión del clero que proclama pasa por volver a “hablar en el lenguaje del corazón que es el lenguaje del pueblo, olvidándose de los ritos excesivos y las complicaciones teológicas también excesivas”.

El mensaje final a la jerarquía clerical es una convocatoria para no confundir la predicación de la fe con el apego a sus propios intereses. Por la “frialdad y egoísmo de sus almas”, el pueblo “les ha cerrado el corazón”. La fe es ardor, es fuego ardiente, ¿cómo la podrán sembrar en las almas unos predicadores de corazón seco y mentes marchitas? Sólo los sacerdotes humildes podrán calmar “la sed de Dios” de los pueblos.

Con el lenguaje de una teología popular que funciona como operador seminal de las energías profundas del pueblo, Eva Perón profetiza el destino final del clero y su apego a la razón frígida de la teología académica: “Dios exigirá algún día cuenta precisa y meticulosa de sus traiciones…con mucha más severidad que a quienes con menos teología, pero con más amor nos decidimos a darlo todo por el pueblo…con toda el alma, ¡con todo el corazón!”

Eva Perón lo dio todo. Renunció a los honores de los poderosos para guardar el alma que trajo de la calle. Fue vilipendiada y calumniada. Vivió con el pueblo, sufrió con el pueblo, sintió con el pueblo. Se sometió al sumo sacrificio para lograr la verdad de su corazón, estuvo a la intemperie para ser. Y sus despojos dolientes fueron secuestrados y ultrajados.

Rodolfo Kusch, por su parte, insiste en sus últimos escritos[ii] en el mito de los héroes gemelos que descienden al infierno. Vivir en Maimará significaba, para él, habitar “los confines del imperio mental que se había inventado para vivir”. Allí se siente resguardado por los dioses, en el reposo del ombligo del mundo. Pero más allá de ese ombligo encontrado, se da el caos: “Y entre el ombligo y el caos está la frontera que tenemos tanto miedo de cruzar”. Del otro lado, el misterioso hecho de vivir: “el milagro de estar antes de ser”; del otro lado, “toda la vida”: “esa que aún no se ha desprendido de los dedos divinos”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 26/7/17

[i] También Bajtin trata sobre la negación en la cultura popular. Asegura que no tiene jamás un carácter abstracto, lógico. Al contrario, ostenta siempre un carácter figurado, concreto, sensible. La negación modifica la situación del objeto y del tiempo. La nada del objeto es su otra cara, su reserva de sentido. Y este reverso, o lado bajo, adquiere una coloración temporal. El objeto aniquilado parece permanecer en el mundo, pero con una nueva forma de existencia en el espacio y en el tiempo (cronotopo), se convierte en alguna medida en el revés del nuevo objeto que ocupa su lugar. Esta negación cronotópica, al fijar el polo negativo, no lo separa del polo positivo. No es una negación lógica, pero da, de hecho, una descripción de la metamorfosis del mundo, del pasado al porvenir. Es un mundo que atraviesa la fase de la muerte que conduce a un nuevo nacimiento. Es la lógica de la inversión del símbolo. Cfr.: BAJTIN, Mijail, 1994, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Buenos Aires, Alianza Estudio.

[ii] Cfr. “Vivir en Maimará” y “Cuando se viaja desde Abra Pampa”. En: KUSCH, Rodolfo, 2007, Obras Completas, Tomo IV, Rosario, Editorial Fundación Ross. Cfr. et. Revista Silabario, Año XVII, N°17/18, Córdoba 2015 con una excelente introducción de Sabrina Rezzónico.

1.- El misterio del rastreador

Martín Fierro y Facundo son, sin duda, dos textos fundantes de nuestra literatura. Están prefigurados en lo que se escribió antes y prefiguran lo que se escribió después. ¿Cómo no recordar que el primer matrero o “gaucho malo” aparece ya en la obra de Luis de Tejeda[1] a mediados del 1600?

Cierta noche, en que el vendaval y la tormenta se abatían sobre Saldán, golpeó la puerta de la familia Tejeda un extraño personaje: barbudo, desarrapado, curtido por la interperie, con todas las señales del que, perseguido por la justicia, había terminado viviendo entre los indios. Le dieron asilo y él les pagó con creces. Como no tenían música para una canción a la Virgen, sacó un discantillo (una guitarrita),  puso melodía a la invocación y todos cantaron. ¿Era un gaucho matrero y cantor?

Ya en el S. XVIII, los gauderios de Tucumán asombraron con sus guitarritas mal encordadas a Concolorcorvo[2] (Alonso Carrió de la Vandera). ¿Cantaban sus penas como los tucumanos de Ataualpa Yupanqui?[3] El buen burócrata disfrutó en grande la fiesta popular desenfadada y orgiástica, pero pensaba nomás que eran vagos y mal entretenidos. Con mentalidad iluminista y colonizadora, el inspector de las rutas postales, al pasar por Córdoba, no dudó en satirizar a los señores principales y a sus mujeres que hacían gala de una alcurnia sin papeles:  no figuraban  en los archivos del cabildo eclesiástico, tampoco en los del civil. “Pre-escribió”, así, la Córdoba enclaustrada de Sarmiento. Pero, si leemos bien, ¿qué libro de la literatura argentina posterior no es una “re-escritura” de Facundo o de Martín Fierro? Esta pregunta ,que lleva implícita una respuesta puramente individual, ha sido respondida con bien fundamentados estudios. Recomiendo, en esa dirección, la lectura de Facundo y Fierro, luminoso libro de mi maestro Gaspar Pío del Corro[4].

Facundo y Martín Fierro son, entonces, libros fundamentales de nuestra cultura nacional. Sus resonancias perviven aún en aquellos que nunca los han leído.Ellos susurran sin cesar a nuestro oído y ese susurro es un griterío espantoso que retumba en nuestro corazón. Eso sucede, no porque los “produjeron”desde algún paradigma, sino porque son fluencia incesante del hablar del pueblo: “a mí me brotan las coplas/co­mo agua del manantial.”

En estas páginas, habrá  numerosas las alusiones a Facundo. En efecto, siempre me figuré que entrar a un texto literario era como internarse en una travesía, como atrevesar una pampa llena de tigres cebados, de rastrilladas misteriosas, de luces malas, de quemazones y encerronas. En otras palabras, soñé que los lectores éramos rastreadores.

El rastreador es uno de los inolvidables tropos sarmientinos sobre los saberes que vienen de los adentros; ciencia de los que, siendo ayunos de letras y cánones, leen lo escrito en el suelo y dictan leyes no escritas.

Cuenta Sarmiento que la especialidad de rastreador era la más conspicua y extraordinaria. Si bien todos los gauchos eran rastreadores, existía el rastreador de profesión. En la dilatada llanura hay textos escritos: “sendas y caminos que se cruzan en todas direcciones”, animales que la transitan cuyas huellas es necesario seguir. ¿Cómo distinguir una mulita mora entre mil, confundida en la tropa? ¿Cómo saber si va “despacio o ligero, suelta o tirada, cargada o vacía”? Ese era el objeto de una ciencia casera y popular, “ciencia vulgar”  de un “personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacían fe en los tribunales inferiores”: el rastreador. Sarmiento recuerda con emoción a Calíbar, capaz de distinguir “el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos”.

Leer la tierra-adentro de los textos, olvidarse un rato de los libros aprendidos y los contratos previos de lectura, es lo que vamos a intentar en las líneas que siguen. Rastrearemos la vida como una semilla escondida en los textos, como una energía perpendicular que inserta indeterminación y fecundidad con su ritmo pulsante. Sarmiento propugnaba que había que escribir “con pasión”, que había que hacer rabiar a los críticos. Por nuestra parte, saltando “el círculo de ideas” que cerca los textos, hollamos con alegría el luminoso umbral de una poética del rastreador.

2.- El resplandor de los adentros

Para Sarmiento, el “costado poético”, “las frases dignas de la pluma del romancista“, nacían de nuestra realidad viva, es decir, de la “lucha imponente” de la civilización y la barbarie o de las “grandiosas escenas naturales”. Dos choques, dos con­tradicciones, (culturas en pugna, naturaleza indomable) podían producir “un destello de literatura nacio­nal”. Sarmiento habla de destello, luz propia, no de reflejos. Y ese brillo, nacido de “resortes dramáticos desconocidos fuera del país donde se toman”, “da lugar a escenas tan peculiares, tan característi­cas, que quedan fuera del círculo de ideas en que se ha educa­do el espíritu europeo”.[5]

Existe, entonces, un horizonte o círculo de ideas que veda al pensamiento europeo entender nuestra peculiaridad. Sin embargo, un logos  sin mytos circula por nuestra extensión y viene, como el Toc­queville que Sarmiento llama en nuestro auxilio en su prólogo, “munido del conocimiento de las teorías sociales”, “viajero científico”, pa­ra revelar a Europa “este nuevo modo  de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos” . Ahora bien, observemos que Sar­miento reserva a Tocqueville la misión de revelar a Europa nuestro modo de ser. Pero cuando se trata  de “explicarnos la vida secreta”, “las convulsiones internas”, evoca a la “sombra terri­ble de Facundo”. Más aún, Facundo, mytos fundamental , posee el secreto porque posee la vida. Como palabra que habla de lo vivido más que de lo pensado, tiene precisamente esa fun­ción: vi­vir. Su espacio no está cercado por un círculo de ideas, sino que “está vivo en las tradiciones populares”, es “un exceso de vida”. La evocación sarmientina deja en suspenso, para siempre, las explicaciones sociológicas con que trata de cerrar la “grieta” que desgarra “nuestras entrañas”:

“Tú posees el secreto, ¡revélanoslo! Diez años aun, después de tu trágica muerte, el hombre de la ciudades y el gaucho  de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto decían: “¡No!, ¡no ha muerto! ¡Vive aun! ¡El vendrᔡCierto! Facundo no ha muerto: está vivo en las tradiciones populares, en la política, en las revoluciones argentinas…”

Pero ahora estamos en una de esas épocas oscuras en que lo vive parece que está muerto. Munidos del “conocimiento de las teorías”, nuestros Tocqueville revelan al mundo (estamos en los tiempos de la globalización) los caracteres de nuestra “moder­nidad periférica”,”nuestras escenas de la vida postmo­derna”[6].

Encerrados en el círculo de ideas, suprimido lo vital, buscamos refugio en cualquier estructura. Podremos, por lo tanto, explicar las causas, pero no suprimir el misterio de nuestras luchas obstinadas. De ahí que en América, según Kusch la angustia original, el miedo, sostiene lo perfecto (la pul­cri­tud, la civilización) y suprime lo imperfecto (el hedor, la barbarie). Como Sarmiento, seguimos cuestionando a lo amorfo su falta de forma y vivimos asediados por el pánico de que lo de abajo destruya lo que está arriba. Reviviendo viejos ritos de represión, se prohibe cavar hondo, se tiende sobre la boca del pozo un sutil entretejido para que nadie se asome a los aden­tros, para que nadie biche lo viviente, es decir, descubra en lo profundo su propio rostro y, habitando su domicilio, descubra en un “sentido tautegórico y no alegórico una plenitud existen­cial”.[7]

En América profunda, Rodolfo Kusch retoma el misterioso dibujo del indio Joan de Santacruz Pachacuti. El yamqui[8] trazó el esquema del altar del templo de Coricancha, en Cuzco. Su estructura tiene un extraño parecido con las criptografías de los alquimistas de la época, pero nos revela la relación de Viracocha (teoría, pensamiento puro) y el hervidero espantoso del cual es dueño. De tal modo, el tercer unamcham (estandarte, ­signo) de Viracocha llevaba el nombre de Tunupa que significa “el que va siendo mundo”. Este demiurgo era representado por un peregrino pobre que cargaba con el polvo de los caminos y estaba sucio y hediento. Era el dios contaminado por lo amor­fo. Tunupa construye una cruz cósmica y con ella avanza sobre el terrible hervidero, cuyo rey es el caudillo, el jaguar terro­rífico. ¿No es este mito la prefiguración de” la lucha imponen­te” y las “grandiosas escenas” con que Sarmiento fundamenta los destellos de una literatura nacional?

Facundo, el tigre de llanos, el jefe de los trescientos capiangos (hombrestigres) que aterrorizaban a los soldados de Paz, es la sombra terrible, es el griterío espantoso de los adentros, pero guarda el secreto y la vida. Tunupa es apresado y despedazado por el caos. El caos quiere destruir la cruz cósmica, equilibrio entre lo formado y lo informe, y la entierra en Carabu­co, a orillas del lago Titicaca. Esta se convierte en semilla y vuelve a aparecer portada por Tunupa que la petrifica o forma­li­za.

Dejarse apresar, dejarse despedazar, entrar en el dominio tenebroso de la sombra terrible, es el único modo de no caer en el “colonialismo de las causas”. Kusch lo explica de este modo:

“La educación consiste, ante todo, en estar al tanto de todo lo que se dice en materia de causas en todo el mundo, me­nos en Sudamérica. Existe un colonialismo de las causas, igual que un colonialismo económico”(…)”La forma de averiguar por las causas suele vincularse con la “seriedad” del autor encon­trado en una librería. La “seriedad” vale mucho más que las causas mismas, máxime si se da el consenso estadístico de que “todo el mundo” está estudiando lo mismo”.

Y aquí es donde entra a tallar Calíbar, el viejo rastrea­dor sarmientino. Sus ojos ven lo que los ojos de Tocqueville no ven. Los rastros, huellas de la vida reciente, parece que han sido tapados.Pero no han sido tapados para preservarlos, sino para que no los veamos, para que permanezcan imperceptibles. Es como si una señal falsa encubriera lo signado como para que equivoquemos el rumbo. “Ver el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos” era el arte de Calíbar y es lo que debemos procurar cada vez que nos adentramos en “la tierra adentro” de lo que se ha escrito desde nuestros comienzos como pueblo y de lo que se escribirá hasta la consumación final de nuestra eternidad histórica.

A Sarmiento le “retozaban” las fibras cuando leía las “inmortales pláticas” de Chano el cantor que andaban “en boca de todos” (los diálogos de Bartolomé Hidalgo) y se compadecía de Echeverría que se angustiaba buscando en “los libros” y en las “teorías”: quería “decirse habitante de otro mundo”, no estar envuelto en los “aluviones de fango”.[9]

Sarmiento, como Calíbar, ve el rastro y lo sigue. Sólo de “tarde en tarde” mira el suelo, pero ha descubierto que en el ir y venir entre la civilización y la barbarie, entre lo infor­me y lo formalizado, “retoza” la vida. Desde el mundo intelec­tual (la ideología hegemónica) intenta fijar, contener, lo amorfo y tenebroso, la sombra terrible. En ese intento nos desnuda la carne viva, es decir, no el enunciado sino el acto mismo de la enunciación. Instaura así la literatura argentina, no como lo ya hecho, sino como acto artístico (Kusch). Así lo vivido y cantado por el pueblo, Facundo, cobra forma y es llevado socialmente a la conciencia. Es llevado esencialmente como arte, como articu­lación de lo tenebroso y la luz, como condensador de armonía y liberación. Por eso Facundo carece de una forma previa, por eso no hay forma para ese libro que termina dejándole la palabra al tigre, al caudillo del caos, que se gana el derecho a vociferar en el “Apéndice” gracias a sus “carac­teres de autenticidad”. Allí se acumulan “incorrección en el lengua­je”, “estado embrionario de las ideas”, “instintos jactan­ciosos del hombre del pueblo”, falta de familiaridad con las le­tras, “incapacidad…para emitir sus ideas por escrito”. Pero allí se dejan los rastros que andamos buscando: la contradic­ción, la carne viva de la realidad, los “opresores y conquista­dores de la libertad”, la libertad como estado natural.

Desde la libertad nos animamos a contradecirnos, a ras­trear signos perdidos, a entreverarnos en el griterío espanto­so. Buscar es andar perdido en la noche como el baquiano de Sarmiento, pero estar seguros que vamos “endeceras” a los adentros, tierra santa de la geocultura. Como  Héctor Tizón o Daniel Moyano andamos tras una copla perdida, como Leopoldo Marechal intuimos una Cuesta del Agua y no desdeñamos esa “provincia flotante” donde según Juan B. Alberdi se escribió lo mejor de nuestra literatu­ra: el exilio. A veces pedimos prestados sus instrumentos de precisión a Tocqueville y es nuestro compañero de ruta. No descartamos que alguno de nosotros, deslumbrado por el péndulo de Foucault, pierda el rastro.

3.- Lo que importa averiguar

La cuestión es, como decía el general Mansilla, “saber galopearse una noche”. “Hay que viajar por dentro”, dice un personaje de Héctor Tizón; y otro le responde:“Puede ser. Pero cada cual tiene su propia cabeza, y sus propios ojos. Su propia alma”. Como Atahualpa olía la Biblia, a nosotros nos toca olfatear los rastros cruzados, los múltiples y valiosos estudios sobre nuestra realidad literaria, social, cultural. Por eso, no renunciamos a la pretensión de aportar un nuevo horizonte de compresión de la realidad nacional desde los adentros mismos de los textos.

Andamos tras los rastros semiborrados de la discursividad clandestina del pueblo que vocifera en los entresijos del lenguaje litera­rio: lugar de la escritura, es cierto, pero donde la voz del pueblo entra de “prepo”, como diría Jauretche. El manantial del habla fluye sin cesar del corazón del pueblo: a veces son las “inmortales pláticas de Chano el cantor”; a veces, “el grito de la inteligencia pisoteada por los caballos de la pampa”[10]. Si­empre, de “chaqueta” o “casaca de solapas”,[11] el genio facúndico insurge de los textos y como decía Sarmien­to de Bolívar: “…es todavía un cuento forjado con datos ciertos” y “es muy proba­ble que cuando se lo traduzca a su idioma natal aparezca más sorprendente y más grande aún.”

Traducir tanto los textos como el discurso crítico al idioma natal es uno de los propósitos que hace mucho practicamos. Y siempre es­tamos a mitad de camino, o sea, en el camino de desaprender para aprender. Más aún, no siempre estamos plena­mente convencidos de que, en el camino provinciano de Barranca Yaco, aquel de la meditación de Saúl Taborda[12], la bala que tronchó la existencia de Facundo “no apuntó a su individuali­dad transeúnte y pasajera sino a la intimidad heroica de nuestro destino”[13].

Saúl Taborda estaba convencido que los caudillos, con Facundo a la cabeza, eran los portadores de la “voluntad de Mayo”, y por lo tanto, de la verdadera democracia. Citando al riojano, afirmaba: “Las provincias serán despedazadas tal vez pero jamás dominadas”. Y añadía que la vocación histórica de Mayo está ahí, en la intuición de Facundo, “formulada con un elán de eternidad, con una precisión superior a las doctrinas escritas por los doctores de la ley. Es la lección del “caos” y de la “anarquía”, que resuena, a lo largo de un siglo, en “el dolmen de Barranca Yaco”.

Con Saúl Taborda, elevando de nuevo creencias, como la de Mayo, que en épocas de “barbarie ilustrada” acoquinan y aver­güenzan a ciertos argentinos, nos animamos a galopar la noche de las pre­guntas que la sombra terrible nos formula, son pre­guntas de “vida o muerte”, según el filósofo cordobés, que arroja, además, a nuestra conciencia aletargada, amansada por la condición post-m­oderna, esta piedra emocional sobre su “tran­quilidad de agua mansa, inmersa para siempre en el silencio y el olvido”:

“Desde hace un siglo arrastramos una vida falsifi­cada.­ Falsificada es nuestra política que manejan mesnadas que desconocen y bastardean el principio esencial de la autodeterminación de los pue­blos; fal­sificada es nuestra ciencia que prefiere al rigor de la disciplina filosófica, la técnica mera y simple puesta al servicio de la ganancia profesio­nal, tanto más proficua cuanto menos se sabe responsa­ble; falsi­ficado es nuestro arte y nuestro pensamiento que no se nutren de la continui­dad espiritual impresa en el idioma sino que se concretan a ser sombras chinescas de otros pueblos que labran con tesón las canteras de sus viejas culturas; falsificados nuestros hábitos y nuestras costumbres, antaño, sobrios y fuertes, estragados, hoy, por un falso refinamiento que multiplica las necesidades civilizadas en procura del consumo por la ganancia que supone; falsificado es nuestro concepto del trabajo que no es ya función del hombre al servicio de la comunidad sino sacrificio impuesto por el afán de lucro que lo explota y lo degrada; falsificada es nuestra economía que no es la economía de monopolio de la metrópoli española, pero que es el feudalismo capitalista que maneja a su arbitrio y voluntad el fondo económico de que se forman los elementos vitales de las comunidades; falsificado es nuestro sistema institucional a cuya sombra de manzanillo nuestra vocación federalista y comunal languidece afrentada por la limosna de la pañota que le arroja el poder central     enriquecido con el empobrecimiento de las provincias, pero empobrecido él mismo por su total carencia de la comprensión de nuestro destino.”[14]

Falsificar es borrar los rastros, es tratar de que no quede “ni el recuerdo” y, al quedar sin memoria, es olvidarse de mirar “de vez en vez” el suelo, es perder las “dereceras”. Borrado el rastro, tanteando en la noche de una “travesía” sin lími­tes, noso­tros esperamos que Calíbar regrese: ¿habrá llegado el momento de ver lo “imperceptible para otros ojos”?

Jorge Torres Roggero                     

Bibliografía básica:                                                

1 TEJEDA, Luis de, 1980, Libro de varios tratados y noticias, Córdoba, Municipalidad de Córdoba.

[2] CONCOLORCORVO, 1942, El Lazarillo de ciegos caminantes. Desde Buenos Aires hasta Lima, 1773, Buenos Aires, Ediciones Argentinas Solar

[3] YUPANQUI, Atahualpa, “La Pobrecita”.

[4] DEL CORRO, Gaspar Pío,1977, Facundo y Fierro, Buenos Aires, Castañeda.

[5] SARMIENTO, D.F., Facundo,l962,Sur,Bs.s. Mientras no se indique lo contrario, las citas de Facundo corres­ponden a la “Introducción a la edición de l845” (p.17-25) y al Cap.II “Originalidad y caracteres argentinos: El rastreador, el  baquiano, el gaucho malo, el cantor” (p.47-59).

[6] Cfr. SARLO, Beatriz, 1988, Una modernidad periférica. Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires, Nueva Visión; cfr. et., 1994, Escenas de la vida postmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina, Buenos Aires, Ariel

[7] Las citas de Rodolfo Kusch y las alusiones a su obra se refieren a los siguientes títulos: América profunda,1975, Bo­num,Bs.As.; El pensamiento indígena y popular en Améri­ca, l977, Hachette, Bs.As.;  Geocultura del hombre america­no, l976 ,García Cambeiro, Bs.As.; “Anotaciones para una estética de lo americano×”,(en: “Identidad”, Revista de la Fundación Ross, Segunda Epoca, l986,Rosario).

 [8] Yamqui:”tratamiento o apellido que se daba a los más nobles de los primitivos pobladores de aquella comarca y cuyo origen era una fábula“(Jiménez de la Espada,cit.por R.Kusch).

[9] Sarmiento, D.F.,Viajes por Europa, Africa y Améri­ca(l845-l847) y diario de gastos, l993,Colección Archivos, Fondo de Cultura Económica Argentina,Unesco,Bs.As.,p.51 y sgts.

[10] Sarmiento,D.F., Viajes…,cit.págs.51 y 54.

[11] Sarmiento,D.F., Facundo, cit.pp. 24y25.

[12] Taborda,Saúl, La argentinidad preexistente, l988, Docen­cia, Bs.As. Con prólogo de Fermín Chavez.

[13] Taborda,S., cit.p.22

[14] La transcripción fue tomada de La Argentinidad preexistente, ya citada. Aunque extensa, nos pareció necesaria no solo por su contenido, sino también porque es claro ejemplo de una prosa de enfática belleza, propia de algunos pensadores cordobeses del S.XX. Hablamos de  Deodoro Roca, Saúl Taborda, Carlos Astrada, Nimio de Anquin, Alfredo Terzaga, entre otros. Más allá de sus diferencias ideológicas, expresan un modo de ser.