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por Jorge Torres Roggero

Finales de enero. Semana brocheriana. Avanzamos por la Avda. Belgrano que a lo largo de un kilómetro y medio une Mina Clavero con Villa Cura Brochero. En su época, San José Gabriel imaginó un tranvía que uniera los pueblos y un ir y venir de carruajes en busca de las aguas sanadoras del Panaholma. Hace calor. Las veredas son desparejas. Pasamos frente a una tumultuosa sucesión de comercios. Todos tienen la imagen del santo: de cuerpo entero, en la malacara, con sombrero, con poncho, la cara limpia o azotada por la lepra. Él siempre está presente y sus paisanos y recienvenidos crecen y prosperan. Ya no sufren la “pobreza franciscana” que denunciaba en sus gestiones por ferrocarril. Por la avenida, un tránsito feroz de cuatro por cuatro y autos nuevos, transportes de carga y de pasajeros.

Desembocamos en la plaza y, al fondo, la iglesia es un hervidero. Como en un hormiguero, los fieles entran y salen pacíficos, con una sonrisa concentrada. Nadie los organiza pero las colas se forman serenas. El caos se auto-organiza.

De a poco, llegamos a la tumba del santo. La urna deja ver  la calavera y unos huesitos. Todos tomamos gracia; todos, por unos segundos, agradecemos en lo profundo del corazón y nos acordamos, como en un refucilo, de aquellos que amamos: de la patria, de los que se fueron, de los que vendrán. Celebramos. Los creyentes le decimos a eso: “comunión de los santos”. Son momentos en que todos somos iguales: está en la actitud de nuestros cuerpos, en la solidaridad implícita en la ocupación de los lugares, en las lágrimas y la emoción compartidas.

Nos sentamos a meditar en un banco, cerca del mausoleo. Desfilan los fieles: jóvenes, viejos, embarazadas, niños, parejas, alguna monjita. Nadie organiza. Le digo a mi esposa: “¿Has notado algo?” Pausa: “Sí, una cosa, me dice: los devotos de Brochero son los más pobres”.

En efecto. No visten ropas de marca. Un cura de la época de Brochero no los hubiera dejado entrar a la iglesia: musculosas desteñidas, bermudas raídas, escotes pronunciados, “minishores” reducidos, zapatillas trajinadas y celulares de penúltima generación.

No es la multitud que el día anterior llegó en combis, colectivos, camionetas y caravanas de autos: eran las asociaciones eclesiales de laicos, de piedad externalizada, de disciplina satisfecha. Estos fieles son la “santa clase media”. Algunos grupos cantan y siempre un guía los monitorea. Son los acompañantes de la jerarquía que organiza las ceremonias oficiales. Es un modo de piedad, de devoción, menos visceral pero no por eso menos auténtico. Estos vienen y se van, en dóciles tandas como vinieron.

Hoy está, tumultuosa, la siempre leal y bíblica “plebe pauperum”. La llamo bíblica porque en la Escritura, se les da el nombre de “resto”, “residuo”. Son los que no se han entregado a la “idolatría del dinero” y practican sin estridencia la solidaridad. Ese resto no es puro, no es “santo”, vive en la intemperie del cosmos y de la historia.

Pero ahora va y viene por el corazón escondido de Brochero, merodea y disfruta la “virtud” del santo y su hedor sube al cielo como un incienso palpitante. Al final, ellos heredarán la tierra.

Jorge Torres Roggero

por Jorge Torres Roggero

El cura Brochero y su tiempo.jpg1-. Santos Guayama

En 1863, Sarmiento manda asesinar al Chacho Peñaloza. Todas las fuerzas de la  Nación se habían concentrado en La Rioja y los extensos llanos fueron arrasados. Sólo ruinas humeantes y cadáveres destrozados y dispersos. Peñaloza, vencido,  se detiene bajo un algarrobo. Pide a su escolta que se dispersen. Mira con tristeza a esos heroicos llaneros, gauchos del curato de Minas, gauchos del curato de Pocho que rumbean hacia las abruptas serranías de Córdoba. Reprimida a sangre y fuego la resistencia popular, las últimas montoneras vagaban dispersas por los inmensos llanos. La justicia y la clase dirigente los usaban o los perseguían según conviniera o no a sus intereses. En épocas de Brochero, el más famoso jefe de estos contingentes fue un mestizo huarpe: Santos Guayama.

Entre San Luis, San Juan, La Rioja y el Oeste de Córdoba median unas vastas regiones ahora casi desérticas pero que en el XIX estaban cubiertas de montes nativos, de churcales,  polvorientos guadales, casi sin una sed de agua. Sólo baquianos o rastreadores como la Juana Chapanay y las errantes montoneras conocían sus secretos. Ellos eran letrados en el arte de sobrevivir. Las llamaban travesías. Sarmiento las inmortalizó en el Facundo cuando incluyó como inicio de  una biografía el primer cuento perfecto de nuestra literatura. Es aquel que culmina con esta confesión del hasta ese momento desconocido narrador y protagonista: “Entonces supe qué era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso”. Sabemos que Sarmiento armó lo mejor de Facundo con los relatos orales que circulaban entre el pueblo en medio de las guerras civiles y los saqueos, pero dichos alrededor del fogón, en los momentos de estar juntos. Juan Alfonso Carrizo recopiló en el Cancionero Popular de La Rioja un romance sobre la muerte de Facundo en que cada estrofa se corresponde casi textualmente con cada párrafo del relato sarmientino. Siguiendo esa tradición, rescato este cuento popular para asediar la figura de Santos Guayama.

Ocurrió en la travesía Los Matagusanos. Los viajeros juraban haber visto pasar al montonero Santos Guayama escoltado por el “Marucho”. Así llamaban al muchacho que solía encabezar las arrias montado en la mula o la yegua madrina. Hasta rejuraban que habían oído el cencerro. ¿Si Sarmiento invocó a la sombra terrible de Facundo, por qué no sentir la aparición de Santos en esas soledades llenas de fantasmas y espectros?

Según cuentan, el implacable caudillo había asaltado una tropa cargada de valiosas mercaderías, había sacrificado a todos los troperos pero cuando llegó al “marucho”, el muchacho le pidió que antes le dejara rezar la Salve. Mientras el niño recitaba la oración como un conjuro contra la muerte, el gaucho fue cambiando de talante. Guayama se había descubierto e inclinaba, contrito, la cabeza.

La interpretación popular asegura que el montonero  había recordado de golpe a su madre cristiana cuando le enseñaba esa oración. Cuando el “marucho” concluyó la súplica, lo levantó, lo hizo montar de nuevo sobre la madrina, lo acompañó hasta las cercanías de un poblado y lo dejó libre. Según se supo, el Marucho murió pocos años después. Pero cuando asesinaron a Guayama, al frente del cortejo,  se oía sonar un cencerro que lo acompañó hasta la tumba.

2.- El Santo y el Montonero

Esta extraña entrada es el camino que nos traza la cultura popular para ingresar al famoso episodio de Santos Guayama y el Cura Brochero. Sólo podremos comprenderlo en su magnitud si sabemos de dónde vienen, qué misteriosos caminos los hermanan.

Santos Guayama, mestizo huarpe como Martina Chapanay, fue un famoso cuatrero que asolaba los ganados de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis. Fantástico jinete, rastreador infalible, baquiano de todos los andurriales del desierto y la sierra, manejaba como nadie las armas del gaucho que eran, a la vez, su instrumento de trabajo. Perseguido por la justicia se internaba en los cerros o en el refugio seguro de los pantanos de Huanacache. El pueblo estuvo siempre de su parte. Por eso lo  protegía, como a todos  los buscados sin fundamento por la justicia.

Convertido en caudillo, los paisanos lo ayudaban a burlar sus enemigos. También autoridades y personajes ilustrados lo amparaban. Intervino en la guerra que Mitre y Sarmiento llevaron contra las montoneras. Acompañó a Felipe Varela.

La patria vieja agonizaba. Santos Guayama, en 1872, se apostó con sus gauchos en Uspallata y comenzó sus exacciones contra viajeros y comerciantes de Cuyo. No faltó un gobernador que festejó por haberlo tomado prisionero en Santa Clara y por haberlo ajusticiado,  ni faltó la prensa celebratoria, pero todo había sido una ruinosa equivocación.    Y fue hacia 1876 que Brochero y Guayama se encontraron y merecieron el noble título de amigo. En 1894 el cura le escribe al inspector de escuelas Cipriano Báez Mesa respondiéndole algunas preguntas que le ha formulado sobre del montonero. En esa carta nos fundamos.

Brochero declara haber andado en diligencias por “su buen amigo Santos Guayama”. Conocedor de su “gran fama”, cuenta que aprovechó una ida a los llanos de La Rioja para tener una conversación con el gaucho. Desde Chepes, pidió a unos amigos íntimos del gaucho que se lo “campiaran” y le mandó una carta en que lo invitaba a tener una conferencia “toda en beneficio suyo”, en “el punto que él eligiese” y hasta en el desierto mismo. El amigo, a su vez, le garantizaba  la sinceridad del cura y le pedía que aceptase sin trepidar “cuanto yo le decía” “porque Dios lo venía buscando por mi intermedio”.

El contesto de Guayama, “que hecho pedazos conservo aún”, carta sin fecha ni lugar, le decía que elegía el sábado próximo para la entrevista, a doce leguas de Chepes, casi entrando a San Juan. Brochero acudió a la cita, esperó todo el día y recién a las once de la noche llegó un enviado del caudillo avisándole que no había venido porque el caballo de tiro que traía para entrar al poblado se les escapó y se había vuelto con la tropilla. Era un pretexto como después le confesó Guayama. Quería espiar quiénes lo acompañaban.

 Al día siguiente, domingo, el amigo llanista llegó con el señor Guayama: “Y después del saludo, presentación y estrategias de estilo, le hice la siguiente propuesta: 1° Que yo pagaría a Don Patricio Llanos, vecino de Pozo Cercado (La Rioja), la deuda de 700$ que con él tenía y cualquier otra que tuviese. 2° Que le sacaría indulto del Gobierno Nacional. Y 3° que le haría dar una ocupación militar en Buenos Aires o en otra Provincia con tal que no fueran ninguna de las cuatro mencionadas (San Juan, San Luis, Mendoza, La Rioja)”. Aquí conviene aclarar que era habitual en épocas de reacomodamiento institucional que antiguos  caudillos alzados y aun matreros fueran indultados y pasaran a prestar servicios al Estado. Piénsese en Baigorrita, el coronel Baigorria, que dio nombre a un pueblo.

¿Qué pidió el cura a cambio?: “Y que por su parte únicamente se comprometiese a entrar a Ejercicios en la Casa del Tránsito con 300 de sus amigos, dándoles yo todo lo que necesitasen hasta volver a sus casas”.

Dos cosas se pueden observar. Por un lado, la absoluta fe del cura en la gracia de Dios y en el método de los Ejercicios para dar un viraje en la vida individual y social; por el otro, la suma pobreza de los llanistas que el cura ofrece aliviar hasta que vuelvan a sus casas.

Recuerda entonces Brochero que ya desde la época en que “abría los cimientos del Colegio y la Casa de Ejercicios decía a mis feligreses en mis pláticas y en mis conversaciones: “Traeré a Guayama con todos sus amigos a esta Casa”. Los feligreses, a su vez, le decían: “Si tal lo hace, le ayudaremos con plata, vacas y cuanto tengamos y lo recibiremos con arcos triunfales”.

Se advierte también la fe de los feligreses. No tienen la actitud de ciertos sectores medios actuales o de la monja que no quiere chinitas en el colegio. Están dispuestos a dar lo que no tienen para que los grupos marginados por la injusticia y la pobreza pudieran ser incluidos en la comunidad. El cura, por su parte, tenía bien presente a todos los que le habían prometido ayudar con los gastos. Unos eran finados; otros, vivían diseminados en sus aisladas estancias.

¿Qué respondió Guayama? En primer lugar, que la única deuda que tenía era con el Sr. Llanos; en segundo lugar, que aceptaba las generosas propuestas pero era escéptico sobre el indulto. Él ya lo había intentado por medio de poderosos personajes pero nada había conseguido. “En cuanto a la ocupación militar, se permitía rehusarla, porque estaba ya cansado con  18 años de andar con armas, y que aun ese trabuco que llevaba a la cintura le molestaba como una penosa necesidad para defender su vida.”

3.- Amistad criolla, burocracia civilizada

El cura se pone manos a la obra. Se fue a Pozo Cercado, a 35 kilómetros de Chepes y 95 del punto de conferencia, a lo de Señor Llanos y le dijo: “Mi amigo: de lo perdido algo recogido es gran negocio. Le haré a Ud. siete funerales por los  700$ que le debe S. Guayama, y Usted me dará el recibo de haberle él pagado satisfactoriamente. Convino en ello el Sr. Llanos, y con esto me fui a Catuna (a 70 kilómetros de Pozo Cercado) a verme con el señor Tránsito Tello, hombre acaudalado y amigo de Guayama”.  Es de advertir las tremendas distancias que desanda Brochero para incluir a los montoneros sin que nadie los persiguiera y sin que ellos tuvieran que recurrir al robo y al saqueo. Por otro lado, la red cultural que hace que en los llanos todos fueran amigos de Guayama y la profunda lealtad que implicaba la palabra amigo, como aquel a quien se le tiene confianza. “Decir amigo, amigo, amigo, es decir confidente” (Bertucelli, 1986).

Misterio  de la amistad. Obsérvese el inmenso capital simbólico del discurso secreto de los “gérmenes de Verbo” de que ya hemos hablado y de sus múltiples manifestaciones en la vida de la comunidad. ¿Acaso el libro de Job (6.14-15) no es un himno a los avatares de la amistad?: “Al amigo que sufre se le ama/ aunque olvide el temor del Todopoderoso”. Más aún, la amistad es superior a las relaciones de parentesco: “pero mis hermanos me traicionaron como un torrente/ como un arroyo cuando se queda sin agua”.

Era el señor Tello un hombre acaudalado y amigo de Guayama. Brochero le refiere su conferencia con el caudillo y la contestación que obtuvo. Entonces le dijo: “Quiero que a su amigo le dé una de sus estancias con 200 vacas, para que viva y trabaje en ella así que salga de los Ejercicios, adonde irá inmediatamente que yo le saque el indulto. La contestación del Señor Tello fue franca diciéndome: “con mucho gusto, y será la mejor de las que poseo”.

Tras estas diligencias, “y bien contento”, Brochero regresó a su curato y ahí no más pasó a Córdoba. Su gestión se dirigió al Doctor Castellano (luego obispo) y al canónigo Juan Martín Yaniz, su condiscípulo y compañero de ordenación, para que lo ayudaran a conquistar a Guayama. Les pidió que se hicieran cargo de los funerales y se haría cargo del pago de los músicos y derechos de velas. Aceptaron con la mejor voluntad. Hicieron los funerales y le extendieron los correspondientes recibos “los que presenté al Señor Patricio Llanos, quien me dio el de haberle pagado Guayama a satisfacción los 700$”. ¿Qué prestamista “civilizado” aceptaría que le paguen una vieja deuda con siete funerales”?

En los tiempos de Peñaloza, Guayama había tomado preso a Llanos y este, muerto de miedo, le había prestado la suma a modo de rescate. Lo curioso es saber qué hizo Guayama con esa suma y con el prisionero. El relato de Brochero no deja lugar a dudas sobre la singularidad de las relaciones sociales en la convulsionada Argentina criolla: “Guayama me dijo que este valor (en cóndores de oro) los distribuyó a sus soldados en presencia del mismo Señor Llanos, poniéndolo inmediatamente en libertad.”

Pero faltaba lo más difícil: el indulto. Acudió en primer lugar al senador nacional Víctor Lucero, otro de sus condiscípulos pidiéndole que le preparara el terreno con Avellaneda que era el presidente: “Hizo Lucero más de lo que yo le pedía, y el resultado fue negativo”. Se valió entonces de su condiscípulo y amigo Miguel Juárez Celman que era Ministro de Gobierno de Córdoba y concuñado del ministro de guerra, General Roca. Hizo la diligencia telegráfica y el general respondió que ordenaría a los fiscales de las cuatro provincias arriba citadas para que no pusiesen acusación alguna contra Guayama, ni lo molestasen en ningún sentido.

“Con ese telegrama me fui a los llanos, prosigue Brochero,  hice “campiar” a mi amigo Santos para enseñarle ese documento.” Le mandó a decir que lo esperaba en Ñoqueve, casa de Angel Tello. Santos vino, vio el telegrama y consideró que no era suficiente porque no venía firmado por el Presidente y por el Senado.

Manda entonces una carta al “querido amigo Juárez Celman” con la contestación de Guayama para que solicitara nuevamente al General Roca lo que exigía el montonero. Miguel le contesta que debía hacer una solicitud formal y mandarla. Entre Córdoba y Ñoqueve había trescientos kilómetros por eso pidió a un amigo que abriera la carta de Juárez antes de llevarla a Traslasierra y que, si había alguna dificultad, buscara el medio de salvarla en Córdoba. Así lo hizo. Comprendió que ni el cura ni Guayama podrían guardar “la forma militar” en su escrito. Entonces le pidió a Juárez Celman que la hiciera de modo que Guayama sólo tuviese que firmarla. Luego de firmarla, Guayama hizo sacar copia de la solicitud y “con esta copia andaba entrando en las poblaciones”.

4.- Escribir la ley con la punta de la espada

Cierta vez que Brochero fue a San Juan por un pedido al obispo, saludó de paso a Guayama y le dijo que “no hacía bien en entrarse en los pueblos sin haberle obtenido el indulto”. El gaucho le respondió que enseñaba aquella copia a las autoridades orilleras (suburbanas), les decía que ya estaba indultado y así lo dejaban entrar y salir.

Así fue que, “en una de esas idas a San Juan, lo hizo a llamar a su casa un Señor Lloveras (…) con el pretexto de darle un dinero para que le comprase un ganado. Fue él con toda sencillez y sin armas, y allí vino o estaba apostada la partida que lo tomó”. Fue una mañana de 1878. El capitán Mateo Cano al mando de quince soldados rodeó la manzana, penetró a la casa de Lloveras e intimó la entrega del “bandolero”. Simuló protestas el dueño de casa ante la violación de domicilio y Guayama fue encerrado en el cuartel de San Clemente. Le levantaron sumario pero el sumario desapareció al poco tiempo. Parece que había declaraciones comprometedoras para personas de “hondo arraigo” en San Juan.

Guayama le hace un chasque a Brochero. Echó tres días entre San Juan y el Tránsito. Le pedía que fuera para salvarle la vida. Brochero contestó que creía inútil su ida a San Juan porque no conocía ni tenía influencia sobre el gobernador Gómez. Que lo que  él pudiera hacer, lo harían el obispo Achával, el Vicario Laspiur y un querido condiscípulo, Doctor Juan Crisóstomo Albarracín, a quienes les escribía pidiéndoles que se empeñaran enérgicamente con el Gobernador para que no dejasen que le quitaran la vida: “Y para que él viese la energía con me empeñaba con las personas referidas, le mandé abiertas las cartas para dichos señores, y que él las hiciera entregar después de leerlas, y que yo inmediatamente me iría a Córdoba a hacer telegramas a Buenos Aires en donde esperaba poder salvarle la vida”.

Antes de irse a Córdoba,  mandó un telegrama a la mujer del presidente para: “que pidiese a su esposo que influyera con las autoridades de San Juan que no le quitasen la vida a Guayama, sin perjuicio de aplicarle la pena que merecían sus fechorías.”

Todo fue inútil y, a lo mejor, insuficiente: “La Señora de Avellaneda no me contestó hasta hoy, y a los cinco días vi en un diario –con profundo dolor de mi alma – que Guayama había sido muerto en la cárcel pública. Y varios sanjuaninos me dijeron que había sido fusilado allí. Lo mismo me confirmó el Doctor Oros que fue el abogado de Guayama”.

La pregunta es: ¿Por qué Brochero no viajó de inmediato a San Juan? ¿No quiso exponerse? ¿Juzgó que eran más eficaces sus gestiones a través de sus amigos con altos cargos eclesiásticos en San Juan y con el recurso de tocar el corazón del presidente a través de su mujer? Por los intersticios se cuelan enigmas de difícil respuesta. En la carta de Brochero se puede leer una denuncia sobre el fusilamiento de Guayama. En efecto, la versión oficial sostiene que a los dos meses de estar preso, Guayama promovió una sublevación sofocada con nutrido tiroteo y muertos. Cuando se interrogó al Gobernador Gómez en virtud de qué ley había procedido, respondió lacónicamente: “Hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de la espada”.

Era la mentalidad de la clase dominante de San Juan. Su  mentor, Domingo Faustino Sarmiento, fue quien ordenó escarnecer a la Victoria Romero,  mujer del Chacho Peñaloza. El himno que los escolares cantan en loor del gran maestro celebra su lucha “con la espada, con la pluma y la palabra”. Gómez lo resumió con un oxímoron borgiano: “escribir la ley con la punta de la espada”.

5.- Lealtad popular, miedo “civilizado”

El cura narró con ingenuidad sus esfuerzos por Guayama: “He ahí lo que hice por este amigo, y he ahí el cómo y el dónde acabó su vida”. Siente frustrados sus esfuerzos por moralizar a Guayama y sus amigos.

Al final, Brochero se queda del lado de acá: no logra entender del todo a esos “semibárbaros y salvajes”, pero se siente amigo de ellos y sabe valorar su amistad: “No debo concluir sin declararle que Guayama habíame dado ya pruebas de sincera lealtad. Y entre otras me había recomendado a sus amigos que –aunque semibárbaros y salvajes – se mostraban conmigo atentos, complacientes y comedidos hasta la exageración, llegando varios de ellos a darme limosnas para mis obras, sin que yo las pidiera, y acompañarme en todo el trayecto en el mencionado viaje a San Juan.” Había salido con un solo amigo de Guayama y llegó a San Juan con cinco. La amistad era respetada en los llanos y travesías.

Brochero podía cruzar seguro y la “amistad firme y sincera” de Guayama lo protegía donde quiera que fuera. Cierta vez llegó a hacer noche en un paraje llamado Los Papagayos. No bien se aseguraron quién era, le abrieron la casa y le hicieron notar que se sentían honrados con su presencia. Era un parador en que vendían a precio de oro el maíz, la alfalfa y demás provisiones, pero al cura se la procuraron gratis y abundante: “una suculenta cena para nosotros y nuestras bestias”. Allí se enteró que Guayama le había dejado el encargo de convidar a todos los laguneros para que fueran a los Ejercicios.

Es una carta preciosa, pero llena de indicios de que Brochero  ha dudado mucho en el momento de seleccionar qué contar, cómo contarlo, cómo construir su participación en semejante tragedia. Lo consigna con claridad, y nos traslada sus dudas, en la fórmula de despedida: “Sin más, lo saluda su Cura, que no tiene tiempo para quitar los borrones que lleva ésta”.

Mejor así. Al no disciplinar su memoria, construyó una historia de amistad, de lealtad y un testimonio del miedo secreto del “civilizado” que también acomete a los más santos propósitos. El miedo del civilizado, ¿enturbia a veces nuestra fe y nuestra mirada hacia los hermanos marginados, excluidos, explotados, injustamente tratados por una justicia y una policía que mira la realidad con el ojo del amo? Acá en América, hasta a los santos les pasa. Y los intelectuales, ¿a qué le llamamos lucidez si tenemos miedo de pensar?

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

7 de ene. de 20

Fuentes:

Bertucelli, Sebastián, 1986, Proyecto Brochero. Control de tuberculosis, Córdoba, Dirección de Familia. Gobierno de la Pcia. de Córdoba. Versa sobre el trabajo en redes y la fabulosa “Minga de la Tuberculosis”.

Brochero, José Gabriel del Rosario, 1999, El cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía a cargo de la Lic. Liliana de Denaro y del Pbro. Dr. Carlos I. Heredia.

Estrada, Marcos, 1962, Martina Chapanay. Realidad y mito, Buenos Aires, Imprenta Varese

Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Eudeba, Buenos Aires