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1.- Paradojas y presenciasBanquete de Severo

En estos días ocurren sucesos paradójicos. “La gente” celebra, con cierto gozo indescifrable, la maldad concentrada de funcionarios, jueces y medios de comunicación. Saboreando empalagoso odio, saca a relucir la última raspa de mala inclinación de su alma en estado de coma, de su conciencia empastillada. Estas increíbles noticias diarias me llevaron, otra vez, a repasar El Banquete de Severo Arcángelo publicado por Leopoldo Marechal en 1965 diez años después de haber sido “depuesto” del canon literario argentino por la Revolución Libertadora.

Pero, como voy a hablar del Malo, les quiero contar antes risueños recuerdos de mi feliz infancia en cierto campamento de “chelqueros”, ferroviarios de Vías y Obras, en un perdido pueblo de provincia. Como ustedes saben, en la cotidianeidad de la cultura popular, cohabitan con nosotros ángeles y demonios. Son presencias reales de las “fuerzas extrañas” del universo. Por cierto, lo numinoso suele ser inobservable para los instrumentos de precisión. Y también para las comunidades cuando han desactivado las entradas que conectan “al móvil hombre” con lo sagrado: olvidan, así, cómo ir al “otro lado”, lugar de las energías profundas. Y también cómo volver de esos “re-profundos”.

Y bien, uno de esos juegos enigmáticos que ocurrían entre los chicos, aparte del de “aguantar” la mirada, era “remedar”, sin su permiso, al otro. Imitar cada gesto, cada movimiento, cada ojeada, cada modo, cada palabra del que estaba al frente que terminaba furioso e intranquilo. Entonces el remedado decía: “Lo que hace el mono, hace el demonio”. Sin saberlo, estábamos trasmitiendo una sabiduría ancestral que algún iniciado desconocido resguardó en la memoria del pueblo. Oculta en nuestra risa niña, en una época de oscurecimiento de la verdad, titilaba la luz viva de la Palabra Perdida.

En efecto, mucho tiempo después y tras muchas y entonces impensadas lecturas, (te saludo, René Guenon) descubrí que el mono es el símbolo de Gran Engañador. En algunas tradiciones le llaman el Mico de Dios porque imita todo lo que Dios hace, pero al revés. Es capaz de mentir multiplicando apariencias que parecen realidad, de adornar la nada con globos de colores. Por supuesto, el mundo así creado es falible y perecedero.

Esta presencia de lo engañoso en lo cotidiano también era señalada por nuestra madre con un cuentito. De paso, nos entretenía cuando nos arreglaba para alguna fiesta. Ropa sobria cosida en su Singer; cabeza sin “calchas”; alpargatas no baqueteadas por “la pelota”; nada de ostentación. Y para explicarnos que no debíamos desvelarnos por tanto arreglo, recurría a un dicho: “No nos vaya a pasar como al diablo que, tanto hizo con el hijo, que al final le sacó un ojo”. La historia, sintetizada y sin su gracia original, era que la Virgen y el Diablo estaban arreglando a sus hijitos para ir a un cumpleaños. La Virgen le lavó la cabeza y le arregló el pelo con esmero; pero, el Diablo, como quería que su hijo fuera el mejor peinado, lo trajinó tanto, que al fin le sacó un ojo con el peine. Así que de nada le valieron el traje nuevo recién estrenado, lo zapatos lustrosos, la “gomina” del pelo y los “tiradores” elásticos.

2.- Colofón y el Gran Mono

Los convido, ahora sí, al banquete de Severo Arcángelo. Entro a los arrabales del infinito texto. Me detengo frente a un extraño personaje que vive aislado en una covacha entregado a la tarea de acelerar el advenimiento de lo que ha dado en llamar el “hombre final”. Es necesario que la humanidad culmine su camino descendente para que se cumpla de una vez la catástrofe que la “insectificación del hombre” va a desatar. Para ello, el Hermano Jonás ha creado un robot al que ha bautizado Colofón. ¿Quién es Colofón? Es el “hombre cero”, “la tabula rasa”, el “consumidor absoluto” de apariencias. Es la obra maestra del Gran Mono en su último grado de “vaciedad metafísica”. Le habrán tachado enteramente y con método la conciencia de saberse imagen de su Principio Creador. “Terminará por creerse hijo de la nada, que salió de la nada y ha de volver a la nada.” ¿Y quiénes realizarán ese vacío? Según el hermano: “El Gran Mono, sus apóstoles negros y sus “idiotas útiles”. Pero ¿con qué metodología? Y Jonás concluye: “La que yo apliqué a Colofón en mi laboratorio: profundos lavajes de cerebro, intensivas mutilaciones del alma. Colofón es ahora un frasco vacío. ¿Vacío de qué? ¡De su esencia metafísica!” Como el Gran Macaco “remeda” a Dios, pero al revés, su criatura es “un archivista loco, respondiendo a botones/ o teclas numerados por la triste cordura” con “un alma/ de mil quinientos voltios”. En lugar del hombre de carne, el hombre de hierro.

Por cierto, y de ahí la razón de la esperanza, Colofón sigue siendo una criatura de origen divino y conserva, aunque oscuramente, una apetencia no ajena a la voz del corazón, a la armonía y a la trascendencia. Pero, aunque Colofón ignore su escondido tesoro, el Gran Macaco no. Por eso el Gran Mono tratará de satisfacer esas apetencias por vía de la parodia, de la tergiversación, el marketing, la falsificación, la mentira, el montaje de grandes escenas con apariencia de restauración moral y de justicia. ¿Y cómo es el nuevo orden del Gran Macaco?

El nuevo poder tiende a formular un gobierno global con su correspondiente religión. Predica una sociedad mundial sin tensiones (sin grieta) donde todo sea controlado y administrado por el sistema. Este poder transnacional supone la disolución de los estados nacionales y la abolición de la memoria e identidades culturales. Se ejercerá un control total sobre la producción de alimentos, agua, energía, industria, sistema impositivo. Oculto tras la máscara benigna de organizaciones internacionales (ONU, OEA), avanzará, asimismo, el control global de la salud, física y mental, por las corporaciones de servicios médicos, laboratorios y organizaciones no gubernamentales complementarias. Se implantarán microchips subcutáneos, recargados con energía corporal, para control biológico de la población mundial. El que lo lleve, un trabajador, por ejemplo, será controlado por las empresas en todos sus movimientos diarios sin que ellos lo sepan. Será una grave intromisión en la entraña del sujeto individual, una irrupción en la privacidad.

Se llegará así, con la tarjeta de débito y la moneda electrónica, a una sociedad sin dinero efectivo: un dios invisible y todopoderoso que está “en todo lugar”. Quienes no porten la marca (el chip, el código de barras) no podrán comprar, ni vender. Oponerse al avance de esas tecnologías, en vista de las ventajas que parecen aportar, será motivo para ser considerado bárbaro o, por lo menos, estúpido. Ciertamente, pronto los instrumentos biométricos estarán en pleno desarrollo. Entonces, el esclavo del Gran Mono podrá olvidarse del pin, dejar en casa el documento de identidad y hasta perder las llaves.

Hay ciertas corrientes de pensamiento que señalan el “fetichismo”, o idolatría de la mercancía. Avistan una singular analogía entre el encadenamiento de las mercancías y el encadenamiento de las palabras típico del lenguaje. El mundo del mercado, con su lógica y su lengua, se cree y se ve transparente. Pero no hay nada más opaco. La apariencia (la irrealidad) parece volverse realidad en el capitalismo. El sujeto se deja llevar por el mundo y el lenguaje de las mercancías. En consecuencia, el contenido de la forma se difumina. Hace falta un gran esfuerzo de reflexión para romper el “fetichismo” de la mercancía que reemplaza las relaciones sociales entre los productores por las relaciones entre las cosas producidas. En el mundo de las mercancías cada objeto es un signo. De tal modo, el signo del conjunto de los objetos, el dinero, funciona de manera que puede ser reemplazado por signos de sí mismo, por signos de segundo grado: billetes de banco, letras de cambio, cheques, tarjetas. Se llega así a la invisible moneda electrónica, a los paraísos fiscales desde donde legisla el mundo el Dios Dinero.

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible[1], expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.

Es en este punto donde se perfila el personaje de Leopoldo Marechal. Colofón, una prefiguración del “hombre final”; y su amo, el Anticristo apocalíptico: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.”[2] Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si. Allí se advierte (como la ya lo hiciera Juan Perón desde la década del 40 del S.XX) acerca del sometimiento de la economía a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas se sumergen en una vorágine de compras y gastos innecesarios. El consumismo obsesivo resulta, entonces, el reflejo subjetivo del paradigma tecno burocrático. El ser humano termina por «aceptar los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado (Romano Guardini)». Ese paradigma (cambio cultural se le llama ahora) le hace “creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Francisco).

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. La curiosa convocatoria de Francisco a los jóvenes latinoamericanos para que “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión del misterioso poder del espíritu que ha entronizado al Dios Dinero que es el Gran Macaco, el Simio de Dios, el Gran Mono. En Argentina, por desgracia, la especie más difundida, nociva, cruel y carnicera lleva el nombre popular de Gran Gorila.

3- El Salmodiante de la Ventana y la promesa de la Ciudad Cuadrada

Pero hay otro personaje interesante, el Salmodiante de la Ventana, que nos da la clave de la esperanza. Los creyentes del cristianismo popular peronista sabemos que la gran tribulación (los días del Gran Macaco) serán abreviados para que “no perezca toda carne”. Fue así como, en “un arrabal sin color ni sonido”, le fue revelado al Salmodiante el teorema de la cruz en movimiento, la “orientación” perdida por un Adán en fuga y el enigma de la “palabra” a la que se aferra como a un barril flotante. Colofón, el hombre robot, después de todo, “es el final obligatorio del Hombre descendente: ya desconectado de su Principio” y “no es más que un fantasma lleno de vistosidades externas” como el diablito tuerto de mi infancia.

El arrabal del Salmodiante, lugar real y nombre simbólico, es Ciudadela, en el Gran Buenos Aires: “Un arrabal sin color ni sonido, casitas y almas de techo bajo. Así es la Ciudadela visible. Pero a ciertas horas, en un reducto no más grande que una nuez vacía, estallan voces e himnos que perforan el techo bajo del hombre y el techo bajo del alma, y que abren allí escondidos tragaluces. ¿Quiénes hablan así en la nuez vacía de Ciudadela? Los que hallaron el Nombre perdido y a él se agarran como a un barril flotante. ¿De dónde vienen ellos? De Avellaneda y sus fundiciones quemantes, del Riachuelo y sus orillas grasosas, de los talleres en escarcha o en fuego, del hambre y del sudor. ¿Qué los anima? La promesa de una Ciudad Cuadrada; el pan y el vino de la exaltación en los blancos manteles del Reino”. Cosa curiosa, este suceso definitivo, tuvo ya tu tipo o figura en la sudestada de octubre que Scalabrini Ortiz embelleció para siempre como una prefiguración gloriosa del instante en que el Gran Mono, el Gran Oligarca de la violencia y el mal, será arrojado para siempre al abismo. Será La Ciudadela o “contrafuerte” generador de las energías simbólicas que sirven para vivir  y autorganizarse.

Según parece, ese instante eterno sucederá en esta tierra. Más aún, hay quienes, desde esa jornada memorable de 1945, llaman Comunidad Organizada a la Ciudad Cuadrada que baja de lo alto. Más aún, a la celebración del banquete sagrado le han dado en llamar, y así lo predican, “la hora luminosa de los pueblos”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 9 de nov. de 2017

Las fuentes de este escrito son las siguientes: El banquete de Severo Arcángelo y El Poema de Robot” de Leopoldo Marechal; el capítulo “El estiércol del diablo” de mi libro Ultimas noticias sobre el Anticristo; Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina de Eduardo A. Azcuy y Laudato Si del Papa Francisco. No olviden que el lenguaje de los símbolos puede ser una apertura al delirio o el inicio de un viaje de retorno a las realidades más profundas. “El surubí le dijo al camalote:/ no me dejo llevar por la  inercia del agua,/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río” (L. Marechal). Surubí o camalote: ¿esa es la cuestión?

[1] AZCUY, Eduardo A., 1985, Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos

[2] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana.

 

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por Jorge Torres Roggero

“La verdad es que somos hedientos y que lo simulamos

con una pulcritud demasiado ficticia” (Rodolfo Kusch)

1.-Llegada o salida 

CoSanta Ritamo todos sabemos, el simbolismo de la peregrinación es una figura muy frecuente en la tradición de los pueblos. Algunos consideran que su sentido más profundo reside en cierta aspiración inextinguible de retorno al origen. El peregrino se “inicia” en un camino o sendero que, siendo único, se bifurca en múltiples formas. A veces pataconea tierras inhóspitas; otras, fatiga mares procelosos. No es raro que caiga en el hoyo profundo y descienda a los empujones, como Virgilio o Dante, a los infiernos. O que visite el interior de la tierra en busca de la “oculta piedra”. Paradojalmente, no es extraño que la entrada se convierta en salida.

Peregrinar es alcanzar la certeza de que se transita por  un laberinto y que el desafío es llegar a un centro que no existe. A lo mejor, el desplazamiento en el espacio es sólo el símbolo de una tensión de búsqueda. De  una cualificación que se procura mediante combinatorias y cruces de movimientos interiores y exteriores. Esta “salida de Egipto”  para internarse en el desierto puede resultar, y uso aquí un término sarmientino, una “travesía” llena de rastros perdidos que poseen el secreto de orientar nuestros  pasos “al otro lado”, al misterioso pozo de agua viva en cuyo fondo el centro es solo una imagen del Centro.

Sedentario y tímido plantígrado de barrio (sin Compostela, ni Jerusalén, ni Roma, ni Cusco, sin Centro) suelo peregrinar de un modo precario: estando. Doy vueltas, giro como una aguja de reloj, en cierta iglesia de Córdoba cuyo nombre reservo. Como todos los templos de esta ciudad sagrada, esconde un libro mudo que nos desafía a descifrarlo a sabiendas de que el misterio es impenetrable.

Pero como estas líneas son apenas una “noticia”, iniciaré un avance a tientas por los alrededores de algunos símbolos casi sin latido, apenas desligados de su materialidad. No parece difícil: sólo hay que bajarse del viejo jamelgo del análisis y,  como decía León Bloy, “arrodillarse para escuchar el canto del corazón”. Habrá que mirar con ojos nuevos las efigies de los santos. No son solo materia pintada, son figuras. Son tropos “en acto” que se nos ofrecen como soportes materiales para el salto metafísico.

De la mano de los más humildes, de aquellos cuya ignorancia nos asombra, emprendamos, sin más, con arte de saltimbanqui, el salto al misterio. Ellos saben que el misterio es infranqueable pero rodeado de luz. No se entretienen, entonces, “pelando la cebolla para encontrarla”. Emprenden el camino, levantan vuelo desde los suburbios de la “docta ignorancia”.

Les cuento un secreto. Si comienzan a avanzar por la nave derecha de la iglesia que digo, se encontrarán, a cada paso, con puntos de tensión, con pasajes enterrados que son abismos, con imágenes inquietas, recién salidas del corazón, que parecen hablarnos, pero sin voz. A veces nos miran con una mirada que habíamos olvidado. A medida que caminamos, en cada altar nos asalta alguna palabra agazapada: providencia, luz (partícula indestructible del alma de la materia), rayos de gracia que descienden de lo alto, energía radiante del corazón (luz y calor). Cada palabra llama sin cesar, desnuda sus significados y esconde sus sentidos. A veces se abre, pero como una rosa azul. ¿Una rosa azul? Esa extraña epítesis deja resonando una nueva palabra: imposible. Estoy frente a la figura de Santa Rita de Casia, con la espina y la rosa, con la llaga como un rubí sangriento en su frente. ¿Quién era Rita?

2.- La espina y la rosa

Rita (1381) nació cerca de Casia,  Italia. Era época de guerras, terremotos, conquistas, invasiones, rebeliones y corrupción. Su vida estuvo marcada por milagros: lo imposible se volvía posible.

Sus padres analfabetos le inculcaron, por tradición oral, la sabiduría de la religiosidad popular. Nunca fue a la escuela, pero Dios le concedió la gracia de leer milagrosamente. Cuando era pequeña, mientras sus padres labraban la tierra, la dejaron sola en su cuna y fue cubierta por un enjambre de abejas que, extrañamente, no la picaron. Un campesino, que se había herido la mano con la hoz, corría, desolado, buscando quién lo cure. Cuando pasó junto a la cuna de Rita, vio zumbar las abejas sobre el cuerpo de la pequeña e intentó espantarlas. Con gran estupor, mientras sacudía las manos para alejarlas, la herida cicatrizó completamente. Según la  tradición, Rita tenía una precoz vocación religiosa y era visitada por un Ángel cada vez que se retiraba a rezar en un pequeño desván. Sin embargo, sus padres, ya viejos, le escogieron un esposo y ella, apenas adolescente, obedeció.

El marido resultó ser bebedor, mujeriego y maltratador, pero Santa Rita se mantuvo fiel y en oración. Parió dos gemelos que heredaron el temperamento del padre. Tras veinte años de casados, el esposo se convirtió, Rita lo perdonó y lo acercó a una vida más piadosa. Pero, como antes de su conversión el esposo tenía malas juntas, cierta noche, no regresó a casa. Al día siguiente, lo encontraron asesinado.

Los hijos juraron vengar la muerte de su padre y la pena de Santa Rita aumentó más. Ni sus súplicas los hacían desistir. Afligida,  rogó al Señor que salvara las almas de sus hijos y que tomara sus vidas antes de que se condenaran por semejante pecado mortal. Y ocurrió que ambos contrajeron una terrible enfermedad y antes de morir perdonaron a los asesinos. Cuando Santa Rita estuvo sola, tenía poco más de 30 años y sintió renacer y madurar en su corazón el deseo de su vocación religiosa. Rita pidió entrar como monja en el monasterio de Santa María Magdalena, pero por tres veces fue rechazada: era viuda de un hombre asesinado. La leyenda narra que Santa Rita logró superar todas las barreras y las puertas cerradas gracias a la intercesión de: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino que la ayudaron a emprender el vuelo del “Escollo” hasta el Convento de Casia, en un modo para ella incomprensible. Las monjas, ante el prodigio, la acogieron entre ellas y allí Rita permaneció cuarenta años sumergida en la oración.
Fue sometida a duras pruebas por la superiora. Como obediencia, le ordenaron regar todos los días una planta muerta. La planta llegó a ser una vid floreciente que dio uvas que sirvieron para el vino sacramental.

En la cuaresma de 1443, fue a Casia un predicador que habló sobre la Pasión del Señor. La reflexión tocó mucho a Santa Rita y a su retorno al monasterio pidió al Señor participar de sus sufrimientos en la cruz. Recibió estigmas y las marcas de la corona de espinas en la cabeza. A diferencia de otros santos con este don, las llagas en ella olían a podrido y tuvo que vivir alejada de sus hermanas y la gente por muchos años.

Cuando quiso ir a Roma por el primer Año Santo, Jesús le quitó el estigma que tenía en su cabeza mientras duró la peregrinación. Al regresar a casa, volvió a aparecer la llaga y tuvo que aislarse nuevamente.

Los últimos años de su vida sufrió una grave y dolorosa enfermedad que la retuvo, inmóvil, sobre su cama de paja durante cuatro años. En este tiempo le mostraron unas rosas que brotaron prodigiosamente en su huertecito de Roccaporena en pleno frío invernal. Ella aceptó sonriente este signo como don de Dios. Por eso es la santa de la “espina” y de la “rosa”.

Murió en 1457. La herida de espina en su frente desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, que tenía deliciosa fragancia. Nunca la enterraron, su ataúd de madera fue reemplazado por uno de cristal y su cuerpo permanece incorrupto. Recién fue canonizada en 1900. Cientos de años después de su muerte, en el monasterio de Casia, las abejas blancas brotan, cada año, de los muros del monasterio durante Semana Santa y allí permanecen hasta la fiesta de Santa Rita. Las grietas del muro, donde los enjambres desaparecen hasta el año siguiente, pueden ser vistas por los peregrinos.

A partir de su muerte, los milagros se multiplicaron. Las más extrañas enfermedades hallaron cura: parálisis total, piedra en la “vejiga”, dificultad de palabra, heridas incurables y en putrefacción, abscesos en garganta, locura, huesos rotos, llagas, hemorragias, posesiones de “espíritus inmundos”, peste y cáncer de garganta: Santa Rita, Patrona de lo Imposible.

3.- Pescar según anzuelo y carnada

¿Qué iniciado tramó, en alguna Legenda Aurea o en un Flos Sanctorum,  la extraña peregrinación de Santa Rita por el bosque de símbolos de la tradición?

Frente a su imagen, la mayoría de sus devotos portan en sus rostros las huellas de los trabajos y los días, de la explotación y la miseria. Mujeres de vestidos gastados y ruedos sucios cargan los estigmas de su condición y de su género. Como Santa Rita, mujer golpeada, son portadoras de las señas del maltrato y la discriminación. Unas ruegan y lloran; otras, ríen y agradecen. En recortes de papel arrugado, escriben, con manos paspadas, peticiones imposibles. Es una escritura llena de tropezones gráficos, de trazos gordos y de inquietudes urgentes. También hombres de manos rudas y rostros impasibles descargan su energía ancestral sobre la imagen. Todos “toman gracias”.

La fricción ritual ha erosionado el cuerpo de la santa: manos y dedos gastados, pies mutilados, nariz desleída, rosas despintadas. Cristo descarna su desnudez asediada. Hace siglos que el pueblo deposita su energía y su esperanza en esos tropos siempre callados pero sordamente balbuceantes. Son portadores de una fe. Según San Pablo, “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He 11.1).  Recuerdo, de golpe, al Gral. Perón, cuando tras dieciocho años de exilio, anunciaba que “nuestro punto de partida” en el camino de la reconstrucción y liberación del hombre y de la patria, era la fe.

Surge, entonces, una pregunta: ¿aliena la fe? Pertenece a una familia rara de palabras: fiar, confiar, fiado y cuántas más. Si no hay “fe”, no hay “confianza”; si no hay confianza en el otro, no hay amistad, no hay compañerismo, no hay amor. Tampoco esperanza. Es decir, certeza de lo que está por venir.

Para la cultura capitalista, individualista, el otro es un competidor. Nadie le da “fiado”. Nuestras madres solían decir que nunca había que negar un trozo de pan, un poco de yerba y azúcar al mendigo, al croto que tocaba la puerta. Ese pordiosero (pedía “por Dios”), aseguraban, podía ser un ángel. No habían leído la Biblia, no tenía cura el pueblo, pero ellas podían deletrear, por misteriosas señales, el “anhélito” de un ángel, el “regüeldo” de un diablo.

Hemos perdido la facultad de percibir lo numinoso, lo “otro real”; y por eso nos debatimos en remezones de angustia. Hasta Marx decía que, si bien la religión era el opio del pueblo, era, a la vez, expresión de su rebelión. La peregrinación va tejiendo extraños caminos. Ahora recuerdo a Rodolfo Kusch. El “hedor” como signo de América le fue revelado “tras la fatiga de un largo peregrinaje”. Aconteció en el Cusco, ombligo o centro del mundo, cuando ascendía penosamente hacia la vieja iglesia de Santa Ana construida cerca de las ruinas de un “adoratorio dedicado a Ticci Viracocha”. Fue la revelación de la “pequeña verdad de lo que realmente somos”, verdad reprimida a lo largo de nuestra historia individual y social. Ponerla en vigencia, supone un acto de fe en la potencia sepultada en los cuerpos lacerados y hedientos.

Ciertamente, la historia no se escribe con la punta de la espada ni con el alfabeto de la civilización dominante. Está inscripta en el corazón del pueblo y hemos perdido el secreto de sus latidos. Por eso andamos en busca de la palabra perdida, sin voz ni voto.

Regreso a peregrinar por la vieja iglesia cordobesa. Busco a la doliente y luminosa Santa Rita. Ya casi no hay pueblo a su alrededor. La efigie ha sido restaurada. Pies, manos, nariz, rosas, crucifijo, estigma, lucen un esmalte brilloso y chillón. Tampoco hay cédulas con impetraciones y agradecimientos. La eternidad histórica del pueblo se ha retirado. Se ha llevado la “egrégora”, es decir, la fe como energía viviente de los ritmos vitales y de los ritos.

¿Qué ha sucedido? La santa no solo ha sido repintada. Ahora  ha sido demorada por merodeo y permanece presa y en exhibición en un calabozo de acrílico. No hay exvotos. Solo una alcancía blindada con una hendija calculada para recibir, no solo monedas, sino también billetes. Persisten, sin embargo, fulgores, ínfimos refucilos del poder numinoso. Sobre el acrílico, titilan manchas de dedos grasosos, huellas digitales de la poderosa cultura popular. Ritmos, ritos, gestos

Los levitas se han reservado las ofrendas, han censurado los símbolos, se han vuelto analfabetos para rastrear las huellas del Verbo en el corazón del pueblo. ¿Habrán masticado las advertencias de Francisco sobre las enfermedades secretas del cuerpo eclesiástico que le impiden vivir “los sentimientos de Jesús”? ¿Habrán perdido el poder de la palabra que arroja demonios y la facultad de bendecir y multiplicar el pan que hace compañeros a los hombres? ¿Y si el Contracristo no es en realidad un cuerpo individual y futuro, sino un sistema, un cuerpo moral, y ya está entre nosotros?

Palpito que las preguntan me acogotan, busco una salida a los hondos gruñidos de mis adentros, busco el umbral del alba. Balbuceo, entonces, este soneto, melopea insomne, en honor de Santa Rita bendita, patrona de lo imposible, compañera fiel en la espera de lo que está por venir y que inexorablemente se cumplirá.


SANTA RITA BENDITA

(Ante la imagen de Santa Rita, Patrona de lo imposible)

Monjita o ángel con los pies gastados

por el llanto y sudor de los sufrientes,

es Cristo el que te besa y lo que sientes

es su espíritu ardiendo en los cansados

dedos mártires, tactos arrugados.

Humildes manos piden que apacientes

su dolor con tu cruz; que las simientes

de tus rosas perfumen los llagados

entresijos de muerte que en los hijos

del pueblo el odio abona; y la injusticia

pone en la cuenta de sus plazos fijos.

¡Santa Rita bendita, lo increíble

es pan del día, horror de la avaricia,

cuando tu fe se abisma en lo imposible!

Jorge Torres Roggero

Versión 2015-08-07