Archivos de la categoría ‘Símbolos sagrados’

por Jorge Torres Roggero

1.- La escuela de enfermerasEvita con niños

La práctica feminista de Eva Perón es el modo de formular su firme postura en pos de la liberación de la mujer. Como lo testimonia en su obra escrita y sus discursos, ella leía la realidad con la “inteligencia del corazón”. Para Kusch, el juicio emitido desde el corazón es dos cosas contradictorias a la vez: racional e irracional. Por un lado, es percepción intelectual: dice lo que ve, o sea, es mirada, teoría. Pero al mismo tiempo tiene fe en lo que está viendo. Los operadores seminales permiten dejarse caer en un registro profundo, en la confusa zona en que, por una “especie de coordinación entre sujeto y objeto”, predomina un “sujeto total”. Partiendo de estas distinciones, entre las numerosas realizaciones de Evita, hemos elegido dos: la escuela de enfermeras y el Partido Peronista Femenino.

 El 15 de septiembre de 1950 fue inaugurada la Escuela de Enfermeras. La escuela de enfermeras fue una de las realizaciones más importantes en el vasto programa de acción social de la Fundación “Eva Perón”. La elaboración del plan de estudios corrió por cuenta del Dr. Ramón Carrillo que fundaba su planificación  en tres aspectos: medicina asistencial,  medicina sanitaria y medicina social. Para ello había que curar al enfermo, prevenir las enfermedades  por el control del ambiente y atacar los factores provenientes de la misma sociedad como carencias alimentarias, malas condiciones de trabajo e ignorancia de la higiene, entre otros.

En el “Plan Analítico de Salud Pública”, Carrillo destacaba la función social que debía cumplir una planificación que integrara las diversas ramas de la medicina. Detallaba allí el papel que debía desarrollar la enfermería y la necesidad de una adecuada formación profesional. Sostenía que el país necesitaba 20.000 enfermeras profesionales. Hasta 1947, las enfermeras egresaban de la Cruz Roja y de las escuelas dependientes de las Sociedad de Beneficencia de Capital Federal. Su desempeño dejaba mucho que desear. Y como el peronismo no compartía los criterios de la Sociedad de Beneficencia, planeó transformar estas escuelas e institutos para que respondieran al nuevo proyecto salud pública.

El curso constaba de 12 materias que conformaban el ciclo de grado. En primer año cursaban Anatomía y Fisiología, Semiología, Higiene y Epidemiología, Patología General y Terapéutica, Defensa Nacional y Calamidades Públicas. En segundo año, Primeros Auxilios, Enfermería Médica y Quirúrgica, Obstetricia, Ginecología y Puericultura, Dietética y Medicina Social.

La carrera se completaba con un post-grado de dos años en que las aspirantes debían circular por  prácticas hospitalarias en las siguientes especialidades: Transfusoras, Puericultura, Auxiliares Anestesistas, Auxiliares de Radiología y Fisioterapia, Psiquiatría y Neurología y Secretariado de Sala.

Las alumnas recibían, además, clases de conducción de automóviles, camiones y motocicletas, ya que la Escuela contó con un cuerpo motorizado de avanzada para la época y era necesario que la mujer tuviera destreza en el manejo de esas unidades para no depender de un chofer.

Toda unidad sanitaria de la Fundación constaba de una sección de emergencia provista de motocicletas y hospitales móviles. Cada hospital constaba de diez camas, una cabina quirúrgica y equipos de trasfusión y oxígeno. Poseía, además, ambulancias equipadas para operaciones de urgencia, jeeps con equipos de oxígeno y anestesia, camiones para transportar personal médico o enfermos. Era una utopía en marcha, era la reivindicación de la mujer como sanadora y sostén moral en el dolor.

Para ingresar a la escuela, las chicas debían ser mayores de 18 años y no superar los 35. Si tenían dificultades económicas, recibían un subsidio aparte de todos los beneficios y coberturas que brindaba el internado. Recibían, además, clases de gimnasia. Contaban con amplios comedores y terrazas para esparcimiento. Estaban a su alcance todas las comodidades para cubrir las necesidades de las estudiantes.

En 1951, 2000 alumnas desfilaron con su uniforme de enfermeras. Todo el equipo motorizado se desplazó por las calles de la Capital Federal. El público sorprendido contemplaba una sección de urgencias integrada por perros amaestrados que transportaban botiquines de primeros auxilios para la atención elemental y urgente de heridos.

Las egresadas de la Escuela realizaron su tarea en los policlínicos, participaron junto a la Fuerza Aérea en las campañas contra el paludismo o el mal de Chagas y recorrieron varios países latinoamericanos, y aun europeos, llevando auxilio y solidaridad cuando ocurrían catástrofes.

La enfermeras de la Fundación también participaron en el control sanitario a los participantes de los Campeonatos Infantiles Evita. Si bien los campeonatos en sus comienzos fueron dedicados al fútbol, luego incluyeron atletismo, ajedrez, esgrima, gimnasia, natación, básquet, saltos ornamentales y otros. Frente a un feminismo a veces sólo teórico, no estaría de más considerar el feminismo práctico de Evita: en 1951, por primera vez, se incluyeron mujeres en este tipo de competencias en oportunidad de los primeros Juegos Panamericanos; para 1955 ya competían cientos de mujeres en la especialidad atletismo de los Campeonatos Nacionales Evita.

2.- El peronismo de Evita

El 26 de julio de 1949, en la primera asamblea nacional del movimiento femenino peronista, Evita pronuncia un extenso discurso. Plantea en él una doctrina, una teoría y una práctica desde el género. Pero, además, formula una advertencia para nuestros días: “ Nosotras, las argentinas pertenecemos al mundo y no podemos acariciar el sueño imposible de vivir fuera de él. La interdependencia de todos los países de la tierra se acentúa cada día más y los modernos medios de transporte nos aproximan a las antípodas. Además, las fuerzas de la producción que el capitalismo desenvolvió han rebasado todos nuestros conceptos de estado y nación y nos obligan a una permanente vigilancia de nuestra propia soberanía”.

La fundación del partido peronista femenino, una de las grandes realizaciones de Eva Perón, muestra, como toda política peronista, un enmarque universalista. Las mujeres del pueblo deben saber, en primer lugar, que pertenecen a una Patria cuya soberanía está constantemente amenazada. Y en una patria sometida es imposible cualquier tipo de liberación sectorial.

En 1947, en el diario “democracia”, Evita escribió un artículo titulado “Por qué soy peronista” . Allí decía: “si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho: en nuestros días ser peronista es un deber. por eso soy peronista” y agregaba: “soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular, por convicción personal, por apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo”.

En otro artículo, refiriéndose al 17 de octubre, exaltaba la capacidad del pueblo para convertir en positivo lo negativo. El apelativo descamisado “lanzado como insulto, fue recogido como bandera, dejó de significar pobre, mal vestido y se transformó en sinónimo de lucha, de anhelos de reivindicaciones, de justicia, de verdad”. El descamisado pasó a conformar la “vanguardia de la nacionalidad”, entregado a la producción lo mismo en el agro, que en la fábrica o en el taller. Ha roto para siempre las cadenas que lo mantenían en el anonimato social, ya no es un elemento de explotación humana sino factor de progreso que “entierra los conceptos de un capitalismo egoísta y explotador, que fundaba su bienestar en la miseria del pueblo, es un soldado del trabajo, fogueado en las batallas por la independencia económica”. Por lo tanto,  el 17 de octubre significaba: unidad patriótica y reordenadora como sólo habíamos conocido en 1810 mediante una unificación de fuerzas antes antagónicas e irreconciliables. La cuestión consistía en traer a la superficie de nuestra vida común la unidad del pueblo.

 En otro texto, Historia del peronismo, definía al 17 de octubre como una victoria sobre la oligarquía. Pero aparece la palabra miedo, incluso habla del “mayor miedo”. ¿Cuál es? Que la oligarquía pudiera retornar a los mismos peronistas, coparles la mente y el corazón: “le tengo miedo al espíritu oligarca, decía, para ser una buena peronista, trato de ser humilde”. Para eso, es necesario arrojar la vanidad, el orgullo y, sobre todo, la ambición.

¿Qué es el espíritu oligarca? Preguntaba. Y respondía: “para mí es el afán de privilegio, es la soberbia, el orgullo, es la vanidad, es la ambición”. Y añadía: “yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen, esos mismos que aplaudieron, todo la contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más”. Y concluía: “El único privilegio y el único orgullo es sentirse pueblo”.

Perón había dicho: “no son los cargos los que dignifican a los hombres, sino los hombres los que honran a los cargos”. Evita es sumamente rigurosa con sus compañeros que ostentan cargos. Consideraba que “el funcionario que se sirve de su cargo es un oligarca”  porque en lugar de servir al pueblo, sirve a su orgullo, a su vanidad y a su egoísmo. Los dirigentes peronistas que forman círculos personales sirven a su egoísmo y a su desmesurada ambición. Esos  no son peronistas, son oligarcas, son ídolos de barro.

Va trazando así una ética del trabajo. Perón considera que su mayor título es haber sido honrado como “primer trabajador”. El más alto cargo de la república pertenece a los trabajadores cualquiera fuera su clase de trabajo. La oligarquía, en cambio, era una  clase cerrada. Nadie podía entrar en ella. Le pertenecían el gobierno, el poder y los honores. Se rodeaban sólo de sus amigos. Por eso los círculos son oligárquicos. Por lo tanto hay que estar en guardia permanente para aplastar y destrozar a esos señores. Cuando todos seamos trabajadores, cuando todos vivan de su propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos y más hermanos.

Los políticos que empiezan a trabajar para ellos se olvidan del pueblo. Mi mensaje está lleno de advertencias terribles y proféticas que se han cumplido hasta el final y se seguirán cumpliendo. Allí asegura que hay que “cuidar” (vigilar, controlar) a los dirigentes: “los pueblos deben cuidar a los hombres que eligieron para regir sus destinos…y deben rechazarlos y destruirlos cuando los ven sedientos de riqueza, de poder o de honores”, “la sed de riqueza es fácil de ver, es lo primero que aparece a la vista de todos”.

Las advertencias también van dirigidas a  los dirigentes sindicales.  A los sindicalistas que defeccionan les dedica las más terribles palabras: “el político que se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso, un dirigente gremial que se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor”

¿Cómo se notaron estas ideas en la vida cotidiana del movimiento? Las unidades básicas fueron reflejos del hogar central que es la patria (“la Argentina es el hogar”, dijo Perón). Eran como un espejo  de cada hogar construido por cada hombre y mujer en una dialéctica en que de lo diferente sale lo nuevo, una práctica que a la vez que es amor y gozosa unión carnal, es recinto de las contradicciones cotidianas. Vamos a recordar, creación ejemplar, la fundación del Partido Peronista Femenino y las características de sus unidades básicas.

3.- El Partido Peronista Femenino

El 29 de octubre de 1949 se inaugura el Partido Peronista Femenino en Capital Federal (Corrientes 938); el 5 de noviembre en La Plata; en ese mismo mes, en San Juan, Formosa, La Pampa, Salta y Córdoba.

Su organización contó con protagónica participación de las “delegadas censistas”. El lema de Evita era: “así como los obreros sólo pudieron salvarse a sí mismos y así como siempre he dicho que solamente los humildes salvarán a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres”.

En una breve digresión, tributamos nuestra recordación a las  delegadas censistas que recorrieron todas las provincias, pueblo por pueblo; y, en su tránsito, iban engrosando la columna de las mujeres peronistas: Catalina Allen (Bs.As.); Teresa  Adelina Fiora (Cap. Fed.); Delfina de Molina (Catamarca); Elsa Chamorro (Cba.); Celfa Argumedo (Corrientes); Juana Larrauri (E. Ríos); María Isabel de Parravicini (Jujuy); Juana María Beraza (La Rioja); Teresa Gibelli (Mendoza); Hilda Castiñeira (Salta); Trinidad Coronel (S. Juan); Blanca Elena de Rodríguez (S. Luis); Luisa Komel (S. Fe); Ana María García Ronzio (Sta. Cruz); Ana Macri (Tucumán); M. I. Solveira Casares (Chaco); Susana Míguez (Chubut); Sara Rodríguez Alderete(Formosa); Matilde Gaete de Iturbe (la pampa); Elena Fornícala (misiones); Clementina Palumbro (Neuquén); María Rosaura Islas (Rio Negro). Ellas formaron el Partido Peronista Femenino.

Eran todas muy jóvenes,  infatigables en la ayuda social y fervientes peronistas “de todas las horas” (como se decía entonces). Fanáticas de la doctrina de Perón, su misión era censar a todas las mujeres que a lo largo de todo el país abrazaban la causa peronista. Provenían  de distintas actividades y grupos sociales: amas de casa, enfermeras, maestras, una abogada. Hasta  una cantante: la famosa Juanita Larrauri

En enero de 1950 se inaugura la primera unidad básica femenina en el barrio de Saavedra ( se llamaba barrio Presidente Perón y había sido construido por la Fundación). Cuando fallece Evita había 3600 unidades básicas femeninas en todo el país. Las integraban mujeres de todas las clases sociales. Unidas por lo social y lo político, conducían a millones de mujeres. Recuérdese que en el Partido Peronista Femenino la participación masculina no estaba permitida. Más aún, los caudillos que intentaron entrometerse fueron expulsados de los estamentos partidarios. Era, exclusivamente, cosa de mujeres. Queda para otra ocasión el relato de los actos heroicos de las “muchachas peronistas” durante la Resistencia.

Las unidades básicas, verdaderos hogares del pueblo, se convirtieron en lugares de múltiples actividades. Eran escuela cívica donde se realizaban ensayos eleccionarios. Incluían, asimismo, aprendizajes útiles para las mujeres: ayuda escolar, alfabetización, corte y confección, danzas folclóricas, juguetería, peluquería, manicuría.  primeros auxilios, decoración, taquigrafía (hoy sería computación). Se prestaban, además, servicios de consultoría: médico ginecológica, jurídica. En las unidades básicas suburbanas se enseñaba el cultivo de la huerta, la preparación de comidas económicas y la utilización de los productos de cada región. Funcionaban el día entero de 8 a 20 horas

Para Evita había conducción en la medida que el pueblo se conducía a sí mismo sabiendo adónde va, qué quiere, qué defiende: “cada uno lleva en su mochila su bastón de mariscal”. Las unidades básicas eran, por lo tanto, totalidades abiertas y flexibles. Eran organizadas; pero, sobre todo, orgánicas, es decir, cuerpos vivientes. Su tarea fundamental era la difusión doctrinaria y la propaganda de la obra de gobierno. Trabajar, aprender, enseñar, era un modo de  practicar la doctrina. Pero la práctica, a su vez, comprendía una ampliación de la conciencia. Por eso estaban siempre llenas de mujeres y de niños (únicos privilegiados).

Las mujeres aprendieron a pegar afiches, a decir discursos. Su ejemplo y modelo era Eva Perón. Se cumplían, entonces, a rajatabla, los sencillos apotegmas peronistas que todavía llenan de contenido, fe y esperanza a muchos compañeros.

 4.- El realismo feminista de Evita

La doctrina no se enseña, se inculca con el ejemplo. La doctrina no se estudia, se siente,  y se comparte. Todo se puede compartir: el hambre, la pobreza, la injusticia; pero el hambre no se refiere solo al pan, sino a la lucha para organizar la libertad.

Por eso la unidad básica concebida por Evita era un reflejo de la casa grande y incolonizable de la cultura popular de la argentina criolla preexistente en que lo imprevisible está al orden del día. A lo mejor, tanto peronistas como no peronistas, podrían concertar en base a esos sencillos  acuerdos fundamentales.

Para eso hay sostenerse en una doctrina,  en un proyecto estratégico y debatir la conducción política para no reproducir la sociedad uniformizadora mundial, masificadora, unilateral, que sólo provee una ilusión de libertad. Evita consideraba que se vivía una edad sombría y que otra vez las madres salvarían al mundo porque ven con los ojos de amor: son portadoras de la inteligencia del corazón.

Advertía, entonces, sobre ciertas degradaciones  de la  mujer. En primer lugar, la vida social. Para ciertas mujeres el hogar es lo secundario y lugar de una vida sin objetivos. Las “mujeres de sociedad” ( las clases altas) viven llenas de pequeñeces, mediocridades y mentiras. Para ellas  lo principal son las fiestas y reuniones. La vida social, entonces, no representa la cultura del pueblo. Se dice “bien”, “culta”, recibe en su seno a escritores, pensadores,  artistas, poetas: pero “creo, como que hay sol, que la vida social, así como la sociedad aristocrática y burguesa son dos cosas que se van…”

En segundo lugar, Evita nunca acordó con el feminismo de las intelectuales. Tanto desde la izquierda, como desde la derecha, se habían opuesto a la política peronista a favor de las mujeres humildes del pueblo. Objetaban no sólo el voto femenino, si no la ayuda social provista por la Fundación a las empleadas, a las mujeres explotadas. Era un feminismo no inclusivo y elitista (Victoria Ocampo polemizaba con Evita): quedaban afuera las “lumpen”, las “sin conciencia”. Por eso Evita le teme a la parodia de lo masculino: “ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así…que por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo…mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres”, “parecían estar dominadas por el despecho de no ser hombre, más que por el orgullo de ser mujeres”. Con el advenimiento del peronismo, pensaba Eva, la situación de las mujeres había cambiado. Ahora eran parte de la lucha sin cuartel “contra los privilegios oligárquicos”. Más aún, las mujeres eran la “fuerza moral” del pueblo porque eran el sostén del hogar y ¿qué era la patria sino un gran hogar? El Partido Peronista Femenino se organizaba a partir de una doctrina y una causa. La mujer actuaba en política, participaba, elegía y era elegida. Debemos reconocer que el feminismo se mantuvo al margen de estas actividades y aún hoy le cuesta aglutinarse como fuerza política.

En resumen, las ideas que Eva transmitió a las mujeres giraban en torno a la necesidad de organizarse y unirse en torno a algunos puntos básicos: a) Organizarse alrededor de la doctrina y de la causa peronista; b) Partido independiente del de los hombres; c) Objetivos: redimir a la mujer; d) Independencia de criterio y de acción; e) La mujer es para la acción; f) Donde está la mujer está el hogar; g) Vale más capacitar, instruir y educar a una mujer que a un hombre; h) Sólo las mujeres salvarán a las mujeres; i) Consolidar la unidad; j) El primer trabajo: levantar un censo de las mujeres peronistas.

Aunque no era madre carnal, Evita portaba la fuerza simbólica de las madres y se consideraba madre del pueblo. Para el peronista las madres del pueblo son protagonistas esenciales en la construcción de una sociedad liberada. Evita había advertido la incipiente falta de conciliación entre la necesidad de ser esposa y madre con la necesidad de derechos como persona humana. Le parecía inconcebible “que solo acepten constituir un hogar verdadero (no medio hogar o medio matrimonio) las mujeres menos capaces…las que no encuentran fuera del matrimonio y del hogar otra solución  “económica” que sustente sus derechos mínimos.” “Así descenderá –postulaba-  la jerarquía de la madre de familia y solo las “tontas” quemarán las naves casándose, creando un hogar, cargándose de hijos”. Advertía que asistimos a una quiebra de los valores morales y sentenciaba: “ no serán los hombres quienes los restituyan a su antiguo prestigio…y no serán tampoco las mujeres masculinizadas. No. ¡serán otra vez las madres!”

La vida moderna, sostenía, impulsa a que millares de mujeres abandonen, día a día, el campo femenino. Se ven impulsadas a vivir como hombres, trabajan como ellos, los sustituyen en todo. En consecuencia, “No se resignan a ser madres o esposas”.

En este punto, Evita entona una alabanza a los hogares del pueblo cuyo centro es la mujer. “Nacimos -asegura- para constituir hogares”. Es un destino que conlleva una misión. Es  cierto, pensaba, que de la profesión de mujeres no se puede retornar: “En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos…la ley y el derecho del hombre…que muchas veces sólo es un amo y a veces también….dictador”.

La madre  “es el único trabajador del mundo que no conoce salario, ni garantía, ni respeto, ni límite de jornadas, ni domingo, ni vacaciones, ni descanso alguno, ni indemnización por despido, ni huelga de ninguna clase”, “.

Proponía que, así como el país debe tener independencia económica, así la mujer también debe tenerla para dignificar su trabajo y elevar su cultura social. Por eso propone el sueldo para las madres, con aumento por cada hijo y mejoras por viudez. Es una significativa propuesta que Evita consideraba tan adelantada para su tiempo que todavía no era prudente promover esa ley. Ya había recibido el embate de las mujeres de la “vida social” y de las “feministas intelectuales” cuando logró el voto femenino y el acceso de las mujeres a los cargos electivos.

Para el peronismo la palabra “hogar” está cargada de vivencias y profundos simbolismos. El hogar, es como el fogón: un centro que emana luz y calor. Donde se armonizan los contrarios. Es el seno materno, el cobijo en el desamparo, el lugar donde padre y madre anulan sus contradicciones. En la era oligárquica,  época de las sociedades de beneficencia, había orfanatos, casas cuna, reformatorios. Todas expresiones de una sociedad egoísta, individualista, y fundada en la explotación y la injusticia social. Por eso las creaciones de la Fundación Eva Perón se llamaban “hogares”: hogares escuela, hogar de la empleada, hogares de tránsito, hogares de ancianos. Y las ampliaciones del hogar, las ciudades: ciudad infantil, ciudad estudiantil, ciudad universitaria, ciudad-hospital. Evita quería que los dolientes, los excluidos, disfrutaran las comodidades, la calidez, el amor y la solidaridad del hogar. Todo era de primera calidad: desde la utensilios hasta el trato, la visión cultural y la asistencia.

La profundidad de la poética del hogar culmina con la definición del general Perón: la patria es el hogar. En el discurso del 1° de mayo de 1974 ante el Congreso de la Nación, hablando del continentalismo como etapa del universalismo, recurrió a la poética del hogar: “Y para la fase continentalista en la que vivimos y universalista hacia la cual vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación con todas las culturas del mundo, tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar” Esto armoniza con la  alabanza de Evita a los hogares del pueblo, sedes de creatividad y alegría de ser: “la mujer auténtica vive el pueblo y va creando, todos los días, un poco de pueblo”. Por eso es la “creadora de la felicidad del pueblo”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Bianchi, Susana y Sanchís, Norma, 1988, 2 volúmenes, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL

Chávez, Fermín, 1984, Perón y el Justicialismo, Buenos Aires, CEAL

Demitropulos, Libertad, 1984, Eva Perón, Buenos Aires, CEAL

Dos Santos, Estela, 1983, Las mujeres peronistas, Buenos Aires, CEAL

Perón, Eva, 1987, Eva Perón habla a las mujeres, Lanús, Editorial Volver.

Perón, Eva, 1987, Eva perón habla. Patria. Pueblo. Recuperación, Quilmes, Edit. Volver.

Perón, Eva, 1985, Discursos Completos, tomo I, 1946/1948, tomo II: 1949/1952, Buenos Aires, Editorial Megafón. Consúltese también La Razón de mi Vida; Historia del Peronismo; Por qué soy peronista y Mi Mensaje, todos con varias y distintas ediciones.

Perón, Juan Domingo, 1976, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Sin indicación de lugar,  Ediciones del Modelo Argentino

Por Jorge Torres Roggero

LA GRANDE ARG.LIBRO TAPA1.- La ficción institucional

Voy a recordar un libro de Lugones que suele servir para denostarlo. Libro muy mentado; pero, poco leído y estudiado. Me refiero a La Grande Argentina. Vivir, se preguntaba Lugones: ¿es un oficio o un arte? La respuesta es una poética de la Patria que no podemos desarrollar ahora. Lugones estaba convencido que Argentina es una nación solar llamada a la luz suprema y el heroísmo. Pero como el propio poeta (que lleva un Lunones oculto en sus entrañas), la Patria alienta en su seno contradictorias huestes lunares. El juego de esos simbolismos nos atrae a un abysos ( abismo, lugar-espacio sin fondo).

Aclaro, entonces, que no es mi propósito aventurarme en los peligrosos derroteros del simbolismo hermético. Por cierto, el tema de La Grande Argentina no es ajeno a esas contradicciones que lindan con lo sagrado, lo trágico y el destino. Si alguien quiere averiguar cómo funciona el pensamiento metafórico (uso una expresión de Julio Requena) en el autor, puede vislumbrar algo en mi libro La cara oculta de Lugones.

Por ahora, echemos un vistazo a La Grande Argentina. Es un libro dedicado a la política que, si bien es el arte de lo posible, lo es apenas de lo posible contingente, según predicaba Leopoldo Marechal. Pongo, también, este texto sobre la mesa, porque vengo de una generación que se planteó como objetivo de lucha por una “Argentina potencia”, o sea liberada. Una patria luminosa, no la sombría colonia que padecemos. Algo de eso profetizaba Lugones en el dilema que, como se verá en las líneas que siguen, nos planteó en 1930.

Es en La Grande Argentina donde Lugones procura conciliar mito y ciencia en el riesgoso plano de las posibilidades históricas. Por eso presenta sus inquisiciones como “acto de fe” y como “diagnóstico”. El diagnóstico es una denuncia de la Argentina semicolonizada en la inauguración misma de la “década infame”; y en el momento mismo en que es de nuevo desoído por los encargados de trazar un modelo argentino. La denuncia cubre tres aspectos de nuestra realidad.

En primer lugar, marca a fuego la colonización cultural. Lugones va a la raíz del problema en cuanto denuncia la estructura política misma de la república. La democracia y la república, afirma, deben ser argentinas y no anglosajonas. Sobre las instituciones importadas, debe prevalecer la Nación: “Al pueblo no le interesa la constitución, máquina anglo sajona que nunca ha entendido”. La crítica no es a la democracia, sino a la ficción liberal que nos entrega atados al poder colonial. Lugones invita a hondos debates.

La segunda denuncia se refiere al imperialismo económico y sus consecuencias. Sólo citaremos la observación de L. Lugones sobre monocultura, bancos y marina mercante en poder del extranjero. Su conclusión es taxativa: “Un país no puede ser exclusivamente mercado sin degradarse en la poltronería cartaginesa. (…) Somos en realidad un colonia económica de los grandes compradores”.

Por último, su crítica se dirige al colonialismo interno. Bastaría esta simple cita: “Mientras en Buenos Aires se llega a mendigar con medias de seda, en el interior no se puede trabajar de alpargata”. La denuncias se fundan en la situación de 1930. Ahora, por cierto, la caída del pueblo y la degradación de la patria se han profundizado.

Las contradicciones que nos aquejan surgen claras si nos atenemos a los tres aspectos señalados. La hegemonía es ejercida por una república rural, latifundista, librecambista, es decir, por un Estado Colonial. A esa situación, es necesario oponer el crecimiento de una república industrial, con preeminencia de la siderurgia y la construcción, con control económico, o sea, con un Estado Nacional.

2.-Colonia o Potencia

En el plano contingente, postula, la Patria es un estado de necesidad: “la moral de la nación es distinta de la personal: es bueno lo que le conviene”. En tal caso, no deben ser las “ideas” las que gobiernen porque de nada sirve una constitución monumental pero inútil, sólo aplicable a un individuo genérico, a un ente abstracto. Deben gobernar en cambio las necesidades , lo que es eficaz y útil para el ciudadano argentino concreto, lo es para el país. “El objeto de la Nación no es la virtud, afirma, sino el bienestar y la seguridad de sus hijos”. Su deber “no es la moral sino la victoria”. Por supuesto que esa victoria será fruto de las virtudes de los ciudadanos. Y el ciudadano, como en las democracias griegas, debe ser un soldado, aclarando que, para Lugones, ser soldado es un estado del ser cualitativamente superior pues está relacionado con el aspecto solar y flamígero de la espada, símbolo del Verbo.

Llega, pues, un momento en que la lectura del texto exige cierto estado de gracia por parte del lector que, si se aferra a cierta grosera literalidad, queda ayuno sobre el significado profundo de los símbolos lugonianos. Sobreviene una simpar angustia a los que hemos sobrevivido a la conversión del “soldado” en “fuerza armada”, o sea, a la literalidad de la violencia y el apartamiento del destino superior de la Patria.

Por supuesto que estas contundentes afirmaciones de L. Lugones hacen poner los pelos de punta a nuestros politólogos cualquiera sea su pelaje. Pero de acuerdo con la poética que trazan tanto la vida como la obra de nuestro comprovinciano, no es difícil advertir que para él la historia no es historiografía; ni el conocimiento,  bibliografía. Otros son los instrumentos para zambullirse en la realidad. Lugones, en el estado contingente propio de su comunidad, reincide en el camino solar que ya señalara en Prometeo (1910): “La felicidad, o sea la salud del alma, es un negocio colectivo. Y así como la solidaridad de la higiene comporta un interés eminente porque de lo contrario las plagas infecciosas son el castigo del egoísmo, la solidaridad de la dicha constituye el supremo interés para las sociedades cuyo porvenir amenaza el egoísmo con un castigo peor: el odio convertido en tentadora voluptuosidad para los débiles y en vengativa satisfacción para los fuertes. (…) La nación que adoptara al nacer el sol como emblema, impúsose con ello un existencia de heroísmo sin término”.

La Grande Argentina es un llamado a la comunidad a cumplir con su destino solar, aunque deba pasar sobre la moral y las instituciones de los políticos, como exigencia impuesta por el “tiempo irreparable” del verso antiguo, “ya que habiendo para todo época propicia, la Nación tiene que aprovechar con acierto lo que podría llamarse la hora de su destino. (…) Hora grave, porque se trata de una opción definitiva. O empezamos a transformarnos en potencia, o nos conformamos con la subalterna situación de un país de segunda clase”.

Lugones traza, entonces, en La Grande Argentina, una ética de la nacionalidad en que los aspectos lunares, no del individuo sino de la comunidad, son conjurados e incorporados. La Argentina debe cumplir su destino solar. La disyuntiva es de hierro: COLONIA o POTENCIA.

La aplicación del simbolismo hermético en la organización de la potencia está dada en la propuesta de una comunidad jerárquica y solidaria. Así se manifestaría lo oculto en la realidad viviente, en el orden contingente de las patrias. Toda nación que no se organice de acuerdo con el modelo sagrado del cosmos ( “patria celeste”, según Marechal, “comunidad organizada”, según Perón), será presa fácil de la ley fatal que le reserva un destino de “país de segunda clase”, o sea, “servil”. Enfrentado al “racionalismo desenfrenado” y al “orgullo lógico”, Lugones desecha el cientificismo en la política, porque “la política no es una ciencia ni una filosofía. Es un arte. Vale decir una actividad en la cual predomina el acierto intuitivo, o, si se quiere, la inspiración, “dones por cierto, personalísimos y escasos”.

Y concluyo esta incursión lugoniana. Pero esto de la política como un arte, seguramente les hizo acordar a un Gran Conductor que decía en 1952: “Así como una “Piedad” de Miguel Angel no puede ser creada por un organismo técnico-escultórico, tampoco en la conducción política o militar puede surgir una obra de arte prescindiendo del artista. Con buenos técnicos y artesanos, sólo puede ejecutarse un buen trabajo. Para crear es menester un artista, y la conducción impone un permanente e ininterrumpida creación” (Perón).

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 21 de feb. de 19

Fuentes:

Lugones, Leopoldo, 1962, 1ª. Edic, 1930, La Grande Argentina, Buenos Aires, Huemul

Lugones, Leopoldo, 1962, Prometeo. En: Obras en Prosa, México, Editorial Aguilar

Torres Roggero, Jorge, 1977, La Cara Oculta de Lugones, San Antonio de Padua, Castañeda

Torres Roggero, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Córdoba, Silabario

Por Jorge Torres Roggero

cruz en américa1.- La cruz en la cultura popular

El mes de los vientos. Hemos juntado cañas secas, las hemos “cruzado”, hemos armado barriletes de diversas formas y en la anchurosa playa ferroviaria hemos comenzado a remontarlos. De golpe, en medio de los churcales, se topan dos corrientes de aire. Rotan y se trasladan a la vez. Una columna animada cobra altura. Es un remolino. Viene del misterio del monte y zapatea en los guadales. Es la cola del diablo que se hace “viento que da vueltas” (huayra-muyoj). Su aliento levanta la ropa tendida sobre los poleos y hace “desparramos”. No queremos que nos toque al pasar y, entonces, para que tuerza su ruta y no nos haga “daño”, formamos una cruz con el pulgar y el índice derechos y clamamos: “¡Cruz diablo!, ¡Cruz diablo!, ¡Cruz diablo!” El trompo loco pasa y se desvanece.

No lo sabíamos, pero estábamos repitiendo un viejo rito y estábamos profiriendo un poderoso conjuro en que la cruz disolvía al diablo. El vínculo con el mal, quedaba desatado.

La cruz, milenario signo, es uno de los símbolos más presentes en nuestras tradiciones populares. Sobre todo, está presente en los seres y “enseres” cotidianos, en la casa y el pan.

Al fondo del patio grande, la higuera, de dañina sombra, ostenta, marcada sobre su tronco, una cruz. Todos saben que el árbol es refugio del Malo y que la Cruz, trazada en la corteza con un cuchillo, hará que el mal se escape de la planta.

Al atardecer, doña Flora, anciana y sabia, viene viniendo desde su ranchito agreste, rodeado de albahacas, romero, salvia, paico, cedrón, palán-palán, té de burro y otras  hierbas. Más allá, comienza el monte, la hierba del sapo, el poleo, lo chañares, un sinfín de plantas medicinales que receta a sus pacientes. Para cortar una planta o raspar una corteza, primero se ha hecho la señal de la cruz y luego ha recitado secretas plegarias para que el poder sanador se apodere de los yuyos humildes. Y si alguno de los chicos se ha empachado, ella mide el mal con el “centímetro” de tomar las medidas para la costura. Se “persigna” y, mientras con el codo va acortando la cinta, reza, sigilosa, antiguas plegarias. Y el empacho se cura.

Por la noche, la madre remoja levadura en agua tibia, la deslíe, la mezcla con harina, hace un bollo y, sobre el lomo, hace una cruz con el cuchillo y lo deja en reposo. Al otro día, amanece reventado por la cruz, “está florida”. Guarda un poco para otro amasijo y al resto le echa salmuera tibia, grasa derretida, más harina y agua. Soba la masa, la apuña, forma el pan y lo deja leudar antes de hornear.

Y qué decir del viejito Villagra. Cuando hay amenazas de tormenta de piedra y rayos, sale con el hacha, traza una cruz sobre el suelo y le echa sal y ceniza. Luego, alzando el hacha con el filo en dirección al cielo tormentoso, dibuja una cruz en el aire para “cortar” la tormenta. Claro está, antes de afilar el hacha en la vetusta piedra de amolar, se había hecho la señal de la cruz al tiempo que decía: “Hachita, hachita, hachita/ cortáme mucha leñita. / Dios y la Virgen/ te hagan bendita”.

¿Y las cruces de los caminos? En los carriles polvorientos que cruzan los montes aparecen las cruces clavadas en memoria de los fallecidos de “muerte repentina” o vencidos en un duelo a cuchillo cerca de algún boliche. Son cruces toscas, desteñidas. A veces, un tarro herrumbrado es un florero. Y el día de los muertos, aparecen velas encendidas, alguna corona con flores de papel “crepé” o ramos de flores mustias.

Antes de dormir, uno se “santiguaba” para defenderse de los terrores nocturnos y la señal de Cruz presidía el comienzo de toda actividad importante: el inicio de un viaje, de una gestión, de una tarea difícil o simplemente comer. ¿Quién no ha visto a futbolistas de distintos países, desarrollados o subdesarrollados, hacerse la señal de cruz al ingresar al campo de juego?

Se podrían escribir tomos sobre la presencia de la cruz en la vida del pueblo. Una de las primeras enseñanzas de una madre es la de “hacerse la señal de la cruz”. Persignarse es quedar marcado por un signo de redención, de liberación, por un poder capaz de enfrentar el mal y la muerte.

Por eso, no deja de llamar la atención la inhabilidad del Presidente para repetir un gesto antiguo, un rito de pertenencia cuya benigna eficacia depende de la exactitud de la acción y la palabra. Las formas erráticas pueden desatar fuerzas errantes, restos de dioses muertos, de energías negativas.

2.- El simbolismo de la cruz

En la señal de la cruz, lo numinoso y lo corpóreo, están combinados y en armonía. De dos líneas simples y un centro irradiante nació un símbolo completo. La cruz es, ciertamente, el más antiguo de todos, y se hallará en todas partes y en todo tiempo, antes de tener relación con su exaltación tras el advenimiento del cristianismo.

El símbolo de la cruz, uno de los más extendidos en la historia de la humanidad, abarca ámbitos aparentemente disímiles: judeocristianos, egipcios, chinos, celtas, africanos. Está probado que, en nuestra América, de norte a sur, la cruz tenía vigencia, con distintos significados, antes de la llegada del cristianismo.

René Guenón, en El simbolismo de la cruz, estudia la cruz como un símbolo básico de orientación y como clave secreta de la ubicación del hombre en el mundo. El punto de cruce de los travesaños es figura de la “unio contrariorum”, dos direcciones antagónicas que, al conjugarse, superan los opuestos y los integra como complementarios. Estos “cruces” se pueden dar en distintos niveles: espiritual, síquico y corporal. La cruz es una unidad básica fundamental y cifra de un modo de pensar integrador. El cristianismo popular católico (de los cabecitas negras), con rezos, ritos y supersticiones se mestiza con las creencias de los desheredados de las culturas originarias.

Samuel Lafone Quevedo, en el prólogo de La cruz en América, de Adán Quiroga, da cuenta de una construcción en Fuerte Quemado, Valle Calchaquí, con forma de cruz, guardada por precipicios a los tres costados y con una única entrada, una garganta casi imposible de sortear. Son cuatro paredes que se levantan dejando un espacio en cruz entre ellas, sin valor utilitario alguno, porque apenas dan paso a un cuerpo.  ¿Señalaban las horas del día, los solsticios y equinoccios, o esa ruina en cruz era un intihuatana o trampa para cazar al sol?

En la alfarería calchaquí la figura del sapo con la cruz en el cuerpo es la insignia de una divinidad acuática. Es una escritura sagrada. De ahí la leyenda riojana del sapo como Señor del Agua (cfr. Joaquín V. González), o los relatos enigmáticos del sapo y el suri.

En la cultura popular el sapo es un gran mago, es el llamador de las nubes, el crucificado sobre una cruz de ceniza para que haga llover. Eso no obsta para que se le pueda demandar que le haga algún daño a determinada persona. Sucede también con la señal de la cruz y no es el objeto de estas líneas.

De todos modos, queda clara la doble cara de los signos (“señales”) y cómo su uso puede, con intención y sin ella, despertar fuerzas negativas y dañinas. Esto nos lleva a insistir, con mayor detalle, en el modo errático con que el Presidente se persigna.

La cruz puede manifestarse de numerosas formas. Para nosotros las más comunes son la cruz latina, la cruz griega, la cruz de San Andrés y la Tau, última letra del alfabeto hebreo que en la más antigua y simple grafía tenía forma de cruz.

La idea de que la señal de cruz “sella” y salva al oprimido es de raíz bíblica. Al episodio más conocido lo encontramos en Ezequiel 9. Al profeta se le aparecen siete hombres. Seis esgrimen azotes o instrumentos de castigar: son verdugos. El séptimo viste de lino y lleva una cartera de escriba en la cintura. Un voz le ordena: “Pasa por la ciudad de Jerusalén, y marca una Tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las prácticas abominables que se cometen en medio de ella”.

Los verdugos avanzan. No deben perdonar a nadie: “Matadlos hasta que no quede uno”. Y deben comenzar por el santuario, por los sacerdotes: “Pero al que lleve la Tau en la frente no lo toquéis”. Es un castigo purificador que dejará un resto pobre y humilde.

Sellar, marcar, es familiar en la Biblia y en la vida misma. Desde la más remota antigüedad el “sello” es una forma o símbolo de la persona. Por un lado, lacra, para cerrar un secreto; por otro, atestigua, confirma, comprometiendo el testimonio del poseedor.

Se sella la piedra para hacerla inviolable: la roca del sepulcro, el abismo donde se arroja a Satán, un texto de alianza, una sentencia real. La “señal” indica pertenencia o posesión. Un rollo sellado solo puede ser leído por quien ha sido elegido para develar el texto. Una fuente, un jardín, un recinto sellados prohíben el acceso a toda persona no cualificada. Un sello puede ser un anillo o pendiente del cuello. También puede ser una tatuaje. “Uno escribirá en su mano: De Yahvéh y se llamará Israel” (Is.44,5). El tatuaje también puede expresar el amor de Dios a su pueblo: “Míralo, en la palma de mis manos/ te tengo tatuado” (Is.49,16). La circuncisión, asimismo, es sello de la alianza de Abraham y en el Cantar de los Cantares (8,6) la presencia y abrazo del esposo sellan el amor.

La Cruz (la Tau) es el sello de Dios, significa su dominio y es garantía de reconocimiento y protección. Los confirmados en su fe ya no se pertenecen a sí mismos, ni al pecado. Los justificados han recibido de manos de Dios por su enviado (el Cristo) la seguridad de la salvación.

Claro, no olvidemos que los símbolos tienen su lado oscuro. En el Apocalipsis nos abruma el sello de la Bestia (Ap. 14,9; 13,16;16,2; 19,20;20,4). La Bestia sella por seducción engañosa, por chamuyo, por apremio prepotente. Dios sella en la paz y la libertad de una elección eterna.

En la historia, el juicio (la crisis) es permanente. El castigo no es un exterminio. La misericordia siempre deja un resto pequeño (los marcados con la Tau) que purificado en la prueba forma un pueblo no entregado a la idolatría del dinero y al poder como fuerza explotadora. Con él renueva su alianza que nunca se rompe.

Cristo, su misterio, es el centro de la historia y por eso no hay castigo definitivo, exterminador. La Cruz cristiana es la locura de la misericordia. Es un suplicio, pero también un símbolo que nos revela el rostro de Dios, el final del camino. Prenda de salvación, nos recuerda que son bienaventurados los pobres.

Llegamos así a Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal. Tomaremos un breve fragmento para adentrarnos en la contemplación (“templum”) de la sabiduría que encierra la señal de Cruz. El correntino Berón, humilde ayudante en un remolcador de nuestro limoso estuario, marca sobre su cuerpo la señal de la Cruz y desata un viaje metafísico.

3.-Metafísica de la Cruz

Samuel Tesler va en busca del piloto Coraggio (coraje:cor:corazón) y del remolcador en que guardaba su Biblia “cuando el mundo era joven”. El remolcador, el “Surubí”, es el que transportará a Megafón a su destino trágico.

En Marechal, el surubí es un poderoso símbolo del regreso desde la multiplicidad a la unidad, a la fuente de la vida, a “la infancia de su río”: “El surubí le dijo al camalote/ no me dejo llevar por la inercia del agua./ Yo remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río”. Es un retrógrado, pero no un oscurantista: marcha de la oscuridad hacia la luz.

Instalado en el remolcador, Samuel Tesler, Jonás II, pregunta: “¿Hay entre ustedes alguno que todavía sepa trazar el signo de la cruz en su carne bautizada?” El ayudante Berón, desde la parrilla en que prepara un asado, contesta: “Yo”. Y llevándose a la frente su derecha nudosa, recitó: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El antiguo gesto es el que sirve de soporte para una contemplación metafísica que no voy a comentar. Sólo incito a seguir el consejo de Marechal: “Que todos han de pescar/ según anzuelo y carnada”. Samuel va a exponer quién es el Otro. Pasemos al texto pelado.

“Cuando ese noble correntino (lo descubrí en su tonada) nombró al Padre con la mano en la frente, lo nombró en la parte más excelsa del hombre, vale decir en su región intelectual y en la zona debida. Porque, nombrando al Padre, nombró al Ser Absoluto, a su divino intelecto y a la suma de sus posibilidades ontológicas en estado de “no manifestación”. ¿Entienden?

Ahora bien, para que las posibilidades ontológicas del Padre se manifiesten, es necesario que su Verbo interior, el Hijo, las “pronuncie” distintamente y las haga descender a los planos existenciales donde se han de manifestar. Por eso el ayudante Berón, al nombrar al Hijo, ha trazado una vertical en descenso desde su frente hasta su ombligo, atravesando todos los plexos horizontales de su humanidad. La obra estará consumada no bien el Espíritu Santo, en movimiento generativo, la desarrolle según la horizontal de la “expansión”. Y ya vieron cómo el hijo de Corrientes, al nombrar al Espíritu Santo, trazó una horizontal que fue desde su hombro izquierdo hasta su hombro derecho. ¡La Creación ya está concluida! El mundo existe, yo existo, ustedes existen: ¡aleluya! ¿Está claro ahora?”

Lo que acaban de leer, es un fragmento de la Cosmogonía del correntino y, con todo derecho, pueden responder como los tripulantes del “Surubí”: “¡Como la tinta!”

Los sacamos, entonces, de la tinta y los llevamos a la cruz en la historia. Leamos juntos esta estrofa de “Didáctica de la Patria”:

“Somos un pueblo de recién venidos./ Y has de saber que un pueblo se realiza tan solo/ cuando traza la Cruz en su esfera durable./ La Cruz tiene dos líneas: ¿cómo las traza el pueblo?/ Con la marcha fogosa de sus héroes abajo/ (tal es la horizontal)/ y la levitación de sus santos arriba/ (tal es la vertical de una cruz bien lograda)”.

Ahora bien, Marechal, salmodiante de un tiempo nuevo, se aferra al Verbo, al Cristo, como “a un barril flotante”. Dejamos para su “consideración” (consultar los astros, “sidera”) estos fragmentos de “El Cristo” y sus enigmáticas “llanuras de plata”(argentina):

“El Cristo es el oro que vuelve,/ pisando llanuras de plata./ Ya está en el centro, tú con Él, hermano:/ Ya cuelga de la cruz y tú con Él./ Y en un jardín plantado hacia el Oriente,/ un árbol ya recobra su despojo.(…) El Cristo es un teorema demostrado./ Yo lo veo en la cruz, Hombre Total:/ desde sus pies hasta su frente, asume/ toda la Creación en los tres mundos./ Sólo un dios puede ser crucificado: su madre lo buscaba entre las tumbas. (…) Yo lo miro en la cruz, y tres mundos lo ven,/ dulce y escandaloso para siempre:/ a su derecha el sol, a su izquierda la luna,/ y en el fondo una noche de cabeza de cuervo./ Espinas de su frente lo hacen rey:/ es el Rey Muerto ahora, y en seguida es el Fénix/ de la resurrección y el buen oro logrado./ Su madre lo buscaba entre las tumbas:/ no lo encontró, ¡aleluya!”

¿Estamos metidos en un laberinto? En Marechal, no dejen de observar las palabras en mayúscula o entre comillas. La cruz es un simbolismo de orientación y los argentinos hemos perdido la “orientación”, el rumbo, nos hemos olvidado para dónde íbamos. Dejo una última referencia de Marechal a la cruz . Son estos versos de dura cáscara. A veces hay que romperse los dientes para desentrañar un símbolo: veamos “Palabras al Che”:

“¡Oh, Che, no soy yo quien ha de llorar sobre tu carne derrotada!/ Porque otra vez contemplo una balanza ya puesta en equilibrio/ por tu combate último./ Y frente a esa balanza, diré a tus enemigos y los nuestros:/ “Han hecho ustedes un motor inmóvil de un guerrero movible”./ Y ese motor inmóvil que alienta en Santa Cruz/ ya está organizando el ritmo de las futuras batallas”.

Hasta aquí Marechal. Ahora los invito a incursionar en unas coplas caseras.

4.- Coplas de la Santa Cruz

En 1984, la Secretaría de Cultura de la Municipalidad, para Semana Santa, publicó una serie de poemas (de poetas de Córdoba) alusivos a la festividad religiosa. La edición consistía en plaquetas y afiches ilustrados y diagramados por un artista cordobés. Mi poema llevaba una relevante  imagen de la iglesia de la Compañía de Jesús: era una pluma de Carlos Herrera. La iniciativa fue del Dr. Aldo Guzmán, amigo desde los buenos tiempos de la Facultad. Nuestras diferencias políticas no fueron obstáculo para que me invitara a participar. La recobrada democracia tenía su pascua florida. Aquí van mis “Coplas  de la Santa Cruz”:

COPLAS DE LA SANTA CRUZ

Antiguos ritos de madre

la dibujan sobre el pan,

o sobre la mesa pobre

si se derrama la sal.

¡Cruz diablo!, gritan los chicos

si el remolino echa a andar,

y el diablo esconde la cola

y se esfuma en el tunal.

La viejita se persigna,

mide con su codo el mal,

y el empacho retrocede:

basta con esa señal.

Toda la vida del hombre

cabe en el gesto ancestral:

grito del que viene al mundo,

silencio del que se va.

Santa Cruz, carga liviana,

que nadie quiere cargar:

Arbol Santo cuyo fruto

es comida, encuentro y paz.

 

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 17 de jul. de 18

 

ALGUNAS FUENTES BIBLIOGRÁFICAS INTERESANTES:

Biedermann, Hans, 1996, Diccionario de símbolos, Buenos Aires, Paidós.

Cooper, J.C., 1988, El simbolismo. Lenguaje universal, Buenos Aires, Lidium.

Ezequiel, 9: 1-11

Faro de Castaña, Teresita, 1985, De Magia, Mitos y Arquetipos, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.

Guénon, René, 1987, El simbolismo de la cruz, Buenos Aires, Ediciones Obelisco.

                       , 1993, Esoterismo cristiano, Buenos Aires, Ediciones Obelisco.

González, Joaquín V., 1980, Fábulas nativas, Buenos Aires, Kapelusz

Koch, Rudolph, 1980, El libro de los símbolos, Buenos Aires, Betiles.

Ochoa de Masrramón, Dora, 1966, Folklore del Valle de Concarán, Buenos Aires, Luis  Lasserre Editores

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón o la guerra, Buenos Aires, Ed. Sudamericana

                                 , 2014, Obra poética, Buenos Aires, Leviatán.

Quiroga, Adán, 1977, La Cruz en América, San Antonio de Padua (Bs.As.), Ediciones Castañeda.

Rojas, Ricardo, 1907, El país de la selva, París, Garnier Hermanos.

Triviño, Hna. María, OSC, 1980, La Tau, signo de salvación, Valencia, Librería San Lorenzo

Viggiano Esain, Julio, 1968, Los trabajos del bosque. Zona obrajera cordobesa, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba.

 

1.- Paradojas y presenciasBanquete de Severo

En estos días ocurren sucesos paradójicos. “La gente” celebra, con cierto gozo indescifrable, la maldad concentrada de funcionarios, jueces y medios de comunicación. Saboreando empalagoso odio, saca a relucir la última raspa de mala inclinación de su alma en estado de coma, de su conciencia empastillada. Estas increíbles noticias diarias me llevaron, otra vez, a repasar El Banquete de Severo Arcángelo publicado por Leopoldo Marechal en 1965 diez años después de haber sido “depuesto” del canon literario argentino por la Revolución Libertadora.

Pero, como voy a hablar del Malo, les quiero contar antes risueños recuerdos de mi feliz infancia en cierto campamento de “chelqueros”, ferroviarios de Vías y Obras, en un perdido pueblo de provincia. Como ustedes saben, en la cotidianeidad de la cultura popular, cohabitan con nosotros ángeles y demonios. Son presencias reales de las “fuerzas extrañas” del universo. Por cierto, lo numinoso suele ser inobservable para los instrumentos de precisión. Y también para las comunidades cuando han desactivado las entradas que conectan “al móvil hombre” con lo sagrado: olvidan, así, cómo ir al “otro lado”, lugar de las energías profundas. Y también cómo volver de esos “re-profundos”.

Y bien, uno de esos juegos enigmáticos que ocurrían entre los chicos, aparte del de “aguantar” la mirada, era “remedar”, sin su permiso, al otro. Imitar cada gesto, cada movimiento, cada ojeada, cada modo, cada palabra del que estaba al frente que terminaba furioso e intranquilo. Entonces el remedado decía: “Lo que hace el mono, hace el demonio”. Sin saberlo, estábamos trasmitiendo una sabiduría ancestral que algún iniciado desconocido resguardó en la memoria del pueblo. Oculta en nuestra risa niña, en una época de oscurecimiento de la verdad, titilaba la luz viva de la Palabra Perdida.

En efecto, mucho tiempo después y tras muchas y entonces impensadas lecturas, (te saludo, René Guenon) descubrí que el mono es el símbolo de Gran Engañador. En algunas tradiciones le llaman el Mico de Dios porque imita todo lo que Dios hace, pero al revés. Es capaz de mentir multiplicando apariencias que parecen realidad, de adornar la nada con globos de colores. Por supuesto, el mundo así creado es falible y perecedero.

Esta presencia de lo engañoso en lo cotidiano también era señalada por nuestra madre con un cuentito. De paso, nos entretenía cuando nos arreglaba para alguna fiesta. Ropa sobria cosida en su Singer; cabeza sin “calchas”; alpargatas no baqueteadas por “la pelota”; nada de ostentación. Y para explicarnos que no debíamos desvelarnos por tanto arreglo, recurría a un dicho: “No nos vaya a pasar como al diablo que, tanto hizo con el hijo, que al final le sacó un ojo”. La historia, sintetizada y sin su gracia original, era que la Virgen y el Diablo estaban arreglando a sus hijitos para ir a un cumpleaños. La Virgen le lavó la cabeza y le arregló el pelo con esmero; pero, el Diablo, como quería que su hijo fuera el mejor peinado, lo trajinó tanto, que al fin le sacó un ojo con el peine. Así que de nada le valieron el traje nuevo recién estrenado, lo zapatos lustrosos, la “gomina” del pelo y los “tiradores” elásticos.

2.- Colofón y el Gran Mono

Los convido, ahora sí, al banquete de Severo Arcángelo. Entro a los arrabales del infinito texto. Me detengo frente a un extraño personaje que vive aislado en una covacha entregado a la tarea de acelerar el advenimiento de lo que ha dado en llamar el “hombre final”. Es necesario que la humanidad culmine su camino descendente para que se cumpla de una vez la catástrofe que la “insectificación del hombre” va a desatar. Para ello, el Hermano Jonás ha creado un robot al que ha bautizado Colofón. ¿Quién es Colofón? Es el “hombre cero”, “la tabula rasa”, el “consumidor absoluto” de apariencias. Es la obra maestra del Gran Mono en su último grado de “vaciedad metafísica”. Le habrán tachado enteramente y con método la conciencia de saberse imagen de su Principio Creador. “Terminará por creerse hijo de la nada, que salió de la nada y ha de volver a la nada.” ¿Y quiénes realizarán ese vacío? Según el hermano: “El Gran Mono, sus apóstoles negros y sus “idiotas útiles”. Pero ¿con qué metodología? Y Jonás concluye: “La que yo apliqué a Colofón en mi laboratorio: profundos lavajes de cerebro, intensivas mutilaciones del alma. Colofón es ahora un frasco vacío. ¿Vacío de qué? ¡De su esencia metafísica!” Como el Gran Macaco “remeda” a Dios, pero al revés, su criatura es “un archivista loco, respondiendo a botones/ o teclas numerados por la triste cordura” con “un alma/ de mil quinientos voltios”. En lugar del hombre de carne, el hombre de hierro.

Por cierto, y de ahí la razón de la esperanza, Colofón sigue siendo una criatura de origen divino y conserva, aunque oscuramente, una apetencia no ajena a la voz del corazón, a la armonía y a la trascendencia. Pero, aunque Colofón ignore su escondido tesoro, el Gran Macaco no. Por eso el Gran Mono tratará de satisfacer esas apetencias por vía de la parodia, de la tergiversación, el marketing, la falsificación, la mentira, el montaje de grandes escenas con apariencia de restauración moral y de justicia. ¿Y cómo es el nuevo orden del Gran Macaco?

El nuevo poder tiende a formular un gobierno global con su correspondiente religión. Predica una sociedad mundial sin tensiones (sin grieta) donde todo sea controlado y administrado por el sistema. Este poder transnacional supone la disolución de los estados nacionales y la abolición de la memoria e identidades culturales. Se ejercerá un control total sobre la producción de alimentos, agua, energía, industria, sistema impositivo. Oculto tras la máscara benigna de organizaciones internacionales (ONU, OEA), avanzará, asimismo, el control global de la salud, física y mental, por las corporaciones de servicios médicos, laboratorios y organizaciones no gubernamentales complementarias. Se implantarán microchips subcutáneos, recargados con energía corporal, para control biológico de la población mundial. El que lo lleve, un trabajador, por ejemplo, será controlado por las empresas en todos sus movimientos diarios sin que ellos lo sepan. Será una grave intromisión en la entraña del sujeto individual, una irrupción en la privacidad.

Se llegará así, con la tarjeta de débito y la moneda electrónica, a una sociedad sin dinero efectivo: un dios invisible y todopoderoso que está “en todo lugar”. Quienes no porten la marca (el chip, el código de barras) no podrán comprar, ni vender. Oponerse al avance de esas tecnologías, en vista de las ventajas que parecen aportar, será motivo para ser considerado bárbaro o, por lo menos, estúpido. Ciertamente, pronto los instrumentos biométricos estarán en pleno desarrollo. Entonces, el esclavo del Gran Mono podrá olvidarse del pin, dejar en casa el documento de identidad y hasta perder las llaves.

Hay ciertas corrientes de pensamiento que señalan el “fetichismo”, o idolatría de la mercancía. Avistan una singular analogía entre el encadenamiento de las mercancías y el encadenamiento de las palabras típico del lenguaje. El mundo del mercado, con su lógica y su lengua, se cree y se ve transparente. Pero no hay nada más opaco. La apariencia (la irrealidad) parece volverse realidad en el capitalismo. El sujeto se deja llevar por el mundo y el lenguaje de las mercancías. En consecuencia, el contenido de la forma se difumina. Hace falta un gran esfuerzo de reflexión para romper el “fetichismo” de la mercancía que reemplaza las relaciones sociales entre los productores por las relaciones entre las cosas producidas. En el mundo de las mercancías cada objeto es un signo. De tal modo, el signo del conjunto de los objetos, el dinero, funciona de manera que puede ser reemplazado por signos de sí mismo, por signos de segundo grado: billetes de banco, letras de cambio, cheques, tarjetas. Se llega así a la invisible moneda electrónica, a los paraísos fiscales desde donde legisla el mundo el Dios Dinero.

Eduardo A. Azcuy, en un pequeño libro de lectura imprescindible[1], expone algunos aspectos de lo que denomina “reordenamiento cultural” y “telepolítica”. Describe la desigual lucha por sobrevivir de los estados nacionales y señala: “Los modelos trazados por el poder trasnacional para la apropiación del planeta enfatizan como presupuesto básico y previo “el reordenamiento cultural”: “Las tecnologías comunicacionales están remodelando y reestructurando los patrones de la interdependencia social y cada uno de los aspectos de nuestra vida privada. Cambian lo positivo en negativo, los valores en subvalores, las tradiciones culturales en fragmentos desarticulados a los que posteriormente recomponen en una síntesis prefabricada. Los medios electrónicos ofrecen información a millones y millones de hombres, achican el mundo y ensanchan el conocimiento formal. Pero esa información es seleccionada, filtrada, manipulada, condicionada, exaltada o minimizada de acuerdo con los intereses del poder económico y financiero.”

El mensaje electrónico, postula Azcuy, reduce las defensas psicológicas, atenta contra el verdadero conocimiento, ataca las raíces de la noción de cultivo (cultura) y, de a poco, vacía la interioridad. Ahora bien, en las sociedades gobernadas por la alta tecnología “el hombre cero actúa como servomecanismo de la máquina, pero el Sistema lo compensa”. Es lo que se da en llamar “calidad de vida”, o sea, el goce del confort y el bienestar material.

Es en este punto donde se perfila el personaje de Leopoldo Marechal. Colofón, una prefiguración del “hombre final”; y su amo, el Anticristo apocalíptico: “Entonces el Gran Mono tomará de facto y multiplicará la riqueza del mundo; y la volcará demagógicamente sobre todos los Colofones extasiados. No habrá Colofón que no tenga su departamento de lujo, su automóvil, su refrigeradora eléctrica y su televisor. En su terrible parodia, El Gran Mono curará la sífilis, el cáncer, la tartamudez o la ceguera de Colofón mediante raras y asombrosas penicilinas. (…) Y como única recompensa de su generosidad, el Gran Macaco sólo exigirá al Colofón redimido un simple y llano tributo de adoración, un incienso incondicional, un credo sostenido, que será el siguiente: “En el principio era el Gran Mono, en el fin será el Gran Mono”. A los Colofones que se resistan a ese credo y a esa figura simiesca (y no serán muchos) se les retirará el carnet de aprovisionamiento, se los exilará del régimen o se los ejecutará en sillas eléctricas bien esterilizadas. (…) El Hombre Robot del Anticristo…será como un número aritmético, desprovisto de cualquier “esencia”: una simple unidad abstracta que, añadiéndose a otras, igualmente vacías, formará el “múltiplo” imbécil que necesitará el Gran Mono para ser adorado.”[2] Pero ¿qué pasa en los países en desarrollo como nuestra Argentina? Las tecnologías pierden hasta su aspecto positivo. Al ser manejadas por grupos concentrados de poder económico y comunicacional, practican algo así como un etnocidio electrónico de la cultura de los pueblos: “Millones de adolescentes desechan la comprensión de la historia y optan por la frivolidad de la evasión electrónica”. Se remacha, así, “la colonización ideológica” y la sumisión de la política a la economía como alerta el Papa Francisco en Laudato Si. Allí se advierte (como la ya lo hiciera Juan Perón desde la década del 40 del S.XX) acerca del sometimiento de la economía a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. El mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas se sumergen en una vorágine de compras y gastos innecesarios. El consumismo obsesivo resulta, entonces, el reflejo subjetivo del paradigma tecno burocrático. El ser humano termina por «aceptar los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado (Romano Guardini)». Ese paradigma (cambio cultural se le llama ahora) le hace “creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Francisco).

Azcuy sostiene que el poder trasnacional “diseña una juventud sin rebeldías trascendentes, apta para el hedonismo y el consumo; satisfecha con una falsa y calculada liberación”. La curiosa convocatoria de Francisco a los jóvenes latinoamericanos para que “hagan lío” es, a poco que se entre en una precaria contemplación, la respuesta sudamericana a la apostasía formal y verdadera del capitalismo salvaje como expresión del misterioso poder del espíritu que ha entronizado al Dios Dinero que es el Gran Macaco, el Simio de Dios, el Gran Mono. En Argentina, por desgracia, la especie más difundida, nociva, cruel y carnicera lleva el nombre popular de Gran Gorila.

3- El Salmodiante de la Ventana y la promesa de la Ciudad Cuadrada

Pero hay otro personaje interesante, el Salmodiante de la Ventana, que nos da la clave de la esperanza. Los creyentes del cristianismo popular peronista sabemos que la gran tribulación (los días del Gran Macaco) serán abreviados para que “no perezca toda carne”. Fue así como, en “un arrabal sin color ni sonido”, le fue revelado al Salmodiante el teorema de la cruz en movimiento, la “orientación” perdida por un Adán en fuga y el enigma de la “palabra” a la que se aferra como a un barril flotante. Colofón, el hombre robot, después de todo, “es el final obligatorio del Hombre descendente: ya desconectado de su Principio” y “no es más que un fantasma lleno de vistosidades externas” como el diablito tuerto de mi infancia.

El arrabal del Salmodiante, lugar real y nombre simbólico, es Ciudadela, en el Gran Buenos Aires: “Un arrabal sin color ni sonido, casitas y almas de techo bajo. Así es la Ciudadela visible. Pero a ciertas horas, en un reducto no más grande que una nuez vacía, estallan voces e himnos que perforan el techo bajo del hombre y el techo bajo del alma, y que abren allí escondidos tragaluces. ¿Quiénes hablan así en la nuez vacía de Ciudadela? Los que hallaron el Nombre perdido y a él se agarran como a un barril flotante. ¿De dónde vienen ellos? De Avellaneda y sus fundiciones quemantes, del Riachuelo y sus orillas grasosas, de los talleres en escarcha o en fuego, del hambre y del sudor. ¿Qué los anima? La promesa de una Ciudad Cuadrada; el pan y el vino de la exaltación en los blancos manteles del Reino”. Cosa curiosa, este suceso definitivo, tuvo ya tu tipo o figura en la sudestada de octubre que Scalabrini Ortiz embelleció para siempre como una prefiguración gloriosa del instante en que el Gran Mono, el Gran Oligarca de la violencia y el mal, será arrojado para siempre al abismo. Será La Ciudadela o “contrafuerte” generador de las energías simbólicas que sirven para vivir  y autorganizarse.

Según parece, ese instante eterno sucederá en esta tierra. Más aún, hay quienes, desde esa jornada memorable de 1945, llaman Comunidad Organizada a la Ciudad Cuadrada que baja de lo alto. Más aún, a la celebración del banquete sagrado le han dado en llamar, y así lo predican, “la hora luminosa de los pueblos”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 9 de nov. de 2017

Las fuentes de este escrito son las siguientes: El banquete de Severo Arcángelo y El Poema de Robot” de Leopoldo Marechal; el capítulo “El estiércol del diablo” de mi libro Ultimas noticias sobre el Anticristo; Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina de Eduardo A. Azcuy y Laudato Si del Papa Francisco. No olviden que el lenguaje de los símbolos puede ser una apertura al delirio o el inicio de un viaje de retorno a las realidades más profundas. “El surubí le dijo al camalote:/ no me dejo llevar por la  inercia del agua,/ y remonto el furor de la corriente/ para encontrar la infancia de mi río” (L. Marechal). Surubí o camalote: ¿esa es la cuestión?

[1] AZCUY, Eduardo A., 1985, Identidad cultural y cambio tecnológico en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos

[2] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana.