Posts etiquetados ‘acepción de personas’

(Capítulo de mi libro Tumultos del corazón. Pensamiento Nacional, Popular y Democrático, Editorial Fundación Ross, Peatonal Córdoba 1347, Rosario. silvinaross2003@yahoo.com.ar y www.libreriaross.com.ar )

 

“Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios

del  clero generosidad y amor…como se merecía de ellos

la  doctrina de Cristo que inspiró la doctrina de Perón”

(Eva Perón, en Mi Mensaje)

1.- Retórica y poética

Uno de los discursos académicos de Juan Domingo Perón es el pronunciado en el acto realizado el 10 de abril de 1948. La ceremonia consistía en la entrega de un pectoral a Monseñor Nicolás de Carlo, obispo de Resistencia  (Chaco) en reconocimiento por su cristiana obra social[i]. El evento congregó al Episcopado Argentino. No había muchos obispos en la Argentina de esa época. Insólita y severa presencia de una jerarquía que pocos años después excomulgaría al presidente.

Una somera revista de los contextos epocales nos advierte acerca del aire desconfiado del  cónclave ante el insólito magisterio de un advenedizo exégeta cuya retórica fundaba sus argumentos tanto en   la Escritura como en la Patrística.

La iglesia, en Argentina, pasados los avatares de sus polémicas con los liberales laicistas de la generación del 80, tras el Congreso Eucarístico  de 1930 que había contado con la presencia del Cardenal Eugenio Pacelli, ungido luego Pontífice con el nombre  de Pío XII, mantenía ciertas ínfulas heredadas de los teólogos y canonistas medievales y de la época colonial:  había olvidado que el poder eclesial es un servicio y no un privilegio.

Tras abdicar de las pretensiones teocráticas a finales del S.XIX, se había convertido en un poder mundano más. La prueba de esa actitud es su apelación a lo largo del S.XX a la intriga y a los golpes de estado para sostener la usurpación de la oligarquía y sus propios privilegios.

Perón, confesándose católico, venía a recordarles que la Iglesia sólo puede incidir en el poder civil por su valor ejemplar y le está vedado inmiscuirse en esa jurisdicción y menos aún exigir sumisión a dogmas y  a cánones.

El Presidente, con un uso magnífico de la retórica clásica, parte de la letra de la Constitución para llegar con naturalidad al despliegue  de su fuerza mística. Recuperando con serenidad la dimensión explicativa de la oratoria, explora la posibilidad de interpretar las leyes como un lenguaje compuesto, en última instancia, de impensadas combinaciones tropológicas. En efecto, los textos legales esconden figuras  que, como  en la literatura, ocultan en sus profundidades no sólo creencias, sino también   las contradicciones de la política, la inmersión en la historia. El canon engarza ciertas palabras que no pueden ser reducidas a definiciones y carecen de términos sustitutivos en el lenguaje jurídico. Esa entrada del corazón amplía los contextos y constituye un campo poético que el Presidente va a explorar con maestría.

El discurso de Perón que, desde el punto de vista explicativo, busca justificarse ante la razón clerical , ostenta un curioso dominio de la dimensión pragmática del lenguaje. Suelta, desde el campo intelectual de la Constitución, voces soterradas que antes no se escuchaban y crea, como lugares de encuentro, espacios geoculturales, lugares de tensiones y entrecruzamiento de diversos planos culturales.

Son residuos semánticos que ahora pueblan un espacio público antes vedado al pensamiento plebeyo cuyo relato empieza a inaugurar sentidos. El presidente narra lo que ocurre en el tiempo (historia) y en la imaginación (utopía).

Resulta, por un lado, un discurso institucionalizado, programático (que da razones), en que lo extra-textual (la elocución, la gestualidad) marca los límites, lo que no puede decirse. Pero por otro lado, es un despliegue del poder de las emociones, un esplendor de la palabra dirigida a la persuasión. Profiere así  una praxiología, o sea un discurso destinado a desencadenar la praxis.

La razón del sofista y el corazón del seductor pugnan en la equivocidad de la elocución con claros propósitos de marcar el propio terreno (u horizonte). El orador se erige en coagulante entre la tradición letrada del Estado y de la Iglesia y la tradición iletrada de las masas. Si la voz del pueblo es la voz de Dios, el discurso viene a arrancar de la oscuridad el rostro de un Dios que habla y actúa en la comunidad. Por otro lado, difuminándose, se inscribe como en un pizarrón escolar, el antitexto , o sea, las expresiones sacralizadas de los representantes de la oligarquía, de los políticos librescos y colonizados, de los obispos domesticados por los poderosos de este mundo. Ese es el coro cuya partitura es el antitexto o sea la murmuración de los traidores, de los vendepatrias, de los que se oponen al poder redentor de Dios y cierran oídos y corazón al llamado del amor, de la comunión y de la alegría de ser.

Desde una textualidad sencilla, compasiva, humilde, el Presidente no viene a condenar sino a padecer junto con los demás. Habla por eso desde el presente. Recuerda al pueblo su reciente pasado de explotación y miseria. Pone al alcance de su selecto público una constelación de símbolos profundos conscientes e inconscientes. La biblia pauperum con sus símbolos vivos.

El Presidente propondrá la Sagrada Escritura como autoridad principal. El no sólo predica con la palabra sino que cumple con lo que enseña de palabra a los demás. Combina ejemplo, razón y emoción. La historia es un tiempo vivo que le permite ir continuamente anticipándose a las preguntas que pudieran insurgir en el ánimo alerta de los prelados. Como pieza retórica, la exposición de Perón es un ejemplo de discurso situado: no argumenta en el vacío, se pone en sintonía con su auditorio.

 

2.- Exordio

El discurso de Perón presenta el tema de la exposición y plantea los dos aspectos que va a desarrollar. Ambos planteos se dirigen a dejar en claro cuáles son prerrogativas del poder del Estado y cuál es el lugar del poder de la Iglesia. Esta distinción, sin embargo, no prescinde de la religión como garante moral de las relaciones entre el Estado y la Sociedad.

El exordio tiene un fuerte matiz explicativo y epidíctico. El orador expone argumentos constitucionales y señala las virtudes del texto fundamental que organiza la nación. El inicio se resguarda  en los límites de la jerga jurídica: “La Constitución argentina, al señalar las condiciones que se requieren para ser elegido Presidente de la Nación, exige la de pertenecer a la comunión Católica Apostólica Romana”. Esta exigencia, bastamente discutida, opina Perón, armoniza con otra obligación constitucional: sostener el culto. Tal obligación no es incompatible con la libertad de cultos. Ahora bien: “El Presidente es Presidente de todos los habitantes del país, cualesquiera sean sus religiones o aun cuando no profesen ninguna”.

Frente a frente, delante de todos los obispos, el Presidente comienza a aclarar: 1) Los preceptos constitucionales enunciados “no pueden restablecer una sumisión del Poder Ejecutivo (…) a ninguna otra potestad”; 2) no solo es inadmisible la sumisión, sino la “simple ingerencia de la Iglesia” en la funciones del gobierno constitucional.

Valiéndose del recurso retórico de la prolepsis, se adelanta a responder las posibles objeciones que pudiera suscitar su mensaje en el receptor. Advierte, entonces, que nadie puede escandalizarse de su postura puesto que es la misma Iglesia la que condena con energía cualquier intromisión en el gobierno. Hacer otra cosa, sería “desoir los mandatos del Divino Maestro” que, al proponer que se diese a Dios lo que era de Dios y al César lo que era del Cesar, estableció una “diáfana distinción entre la jurisdicción espiritual y civil”. El orador advierte que Cristo proclamó la potestad terrenal del César a pesar de que el “César era hostil a sus predicaciones y labor proselitista”.

El Presidente, que  ya ha sentado con fuerza las razones jurídicas de su poder ante la cúpula del poder clerical, recurre inmediatamente a un litotes. Mediante esta figura retórica de atenuación para enunciar menos de lo que se piensa,  da a entender, por el tono y por el contexto, que quiere expresar más de lo que se ha dicho.

En efecto, pasa a desarrollar la idea de que la división de potestades no quiere decir que el Estado deba prescindir de la Iglesia. La obligación de mantener el culto y la exigencia de que el Presidente sea católico, a pesar del amplio criterio laicista de los redactores de la Carta Magna no desconoce  “que la gobernación de los pueblos se ha de basar en normas de moral y que las normas de moral tienen origen y fundamento en preceptos religiosos”. Estas afirmaciones siguen una tradición institucional argentina cuyos fundamentos se hallan sobre todo en los románticos, especialmente Echeverría, Sarmiento y Alberdi. En nuestro país estas normas de moral tienen su origen en el cristianismo: “igualdad de consideración de la mujer y del hombre dentro de la familia, el carácter sacramental del matrimonio, el respeto a la libertad individual, ciertos preceptos de la propiedad y de las relaciones del trabajo, así como otras  muchas normas del cristianismo”.

Estas normas son compartidas, salvo algunas excepciones,  por todas las religiones  pero el cristianismo es la base de la civilización de Europa y América. Da coherencia a un pueblo que se ha hecho numeroso mediante la inmigración de diferentes países y continentes. Por eso fue necesario que la Constitución establezca la moral a seguir que, por razones obvias, es la católica. Ese es el sentido que Perón da a la previsión de los constituyentes para que el Presidente “haya de ser católico”.

Se profiere así el primer confiteor del primer mandatario: “Declaro, pues, que mi fe católica me pone dentro de la exigencia constitucional. Quiero también señalar que siempre he deseado inspirarme en las enseñanzas de Cristo”. Estas afirmaciones implican la necesidad de asumir una contradicción: no siempre, postula el Presidente, los que se dicen demócratas lo son en efecto y no todos lo que se proclaman católicos se inspiran en la doctrina cristiana.

Perón ha llegado al límite de lo que habitualmente se dice delante de una Jerarquía acostumbrada a ser el elemento “espiritual” del Estado. Ahora comienza a transitar la mediación hacia un discurso no institucionalizado. Es un paso de la escena tradicional del poder a una teatralidad nueva en que la palabra clave es “humildad”. Ahora el Presidente que ya ha confesado su pertenencia al catolicismo se va a “confesar” públicamente en lo que se puede considerar un segundo confiteor: va a dar cuenta delante de Dios y del pueblo de cuál es su práctica del cristianismo. Emprende la creación de un espacio geocultural que desenmordaza  la voz del pueblo. Marca el campo en que se va a mover, el horizonte de comprensión (horizoo: marcar el terreno) que da sentido a su praxis política.

Señala para eso que “nuestra religión es una religión de humildad”, de renunciamiento. Es la “religión de los pobres, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados”.

Obsérvese que bajo las afirmaciones del Presidente comienza a resonar, todavía como un murmullo, la autoridad del texto sagrado que empieza a sobreimprimirse sobre el antitexto de prevenciones y desconfianzas que los obispos prodigan al Presidente y a su esposa, Evita. Mediante el recurso de la preterición, deja en manos de los obispos, que son los mejores conocedores de sus causas (“los eminentes Prelados que me honran escuchándome”), la explicación de una inexplicable subversión de los valores. Pero no se refiere a valores abstractos, se refiere a un problema concreto que incluye a la Iglesia. Se pregunta preguntando “cómo se ha podido consentir el alejamiento de los pobres del mundo para que se apoderen del templo los mercaderes y los poderosos y, lo que es peor, para que quieran utilizarle para sus fines particulares”. Resuena ya la conminación bíblica de Cristo a los mercaderes del templo[ii]. Si se observa con atención la escena evángelica, se podrá advertir que los chicotazos son para los mercaderes y usureros. En cambio, para los humildes vendedores de palomas, sólo hay una compasiva reconvención.

 

 

3.- Tópicos de autoridad

El presidente recurre en la narración de los temas propuestos a ciertas figuras típicas de la oratoria sagrada. Son los tópicos de autoridad que podrían distinguirse en intrínsecos y extrínsecos. Los llamados intrínsecos se fundan en la Sagrada Escritura. En efecto, se supone que en el libro  quien habla es Dios y su amonestación se dirige a todos, en especial, al sacerdocio. Por eso Perón, desde los arrabales del sermo humilis, recuerda en varias ocasiones a los obispos orientaciones y advertencias que definen al cristianismo como portador de Buenas Nuevas para el pueblo. El Presidente presenta y glosa textos en que Dios habla y actúa para que sucedan cosas en el orden social que es  responsabilidad del Presidente y está sujeto a su autoridad. Se presenta , de ese modo, como un enviado cuya misión es difundir un mensaje a los humildes de la Patria.

El primer tópico de autoridad es una cita del Apóstol Santiago (Santiago, 1, 2-9) en que el Presidente se confiesa , y esta es la otra dimensión del confiteor del título, públicamente a los obispos. Los versículos de Santiago que va a leer, señala, constituyen un “consejo que siempre me ha producido emoción”.  A partir de esta cita Perón comienza a privilegiar el aspecto de la retórica que tiende a persuadir mediante la praxiología, o magia efectiva de la palabra. Se propone mover a la persuasión para desencadenar la práctica, pero  también  amonesta:

“Hermanos míos: no queráis conciliar la fe de nuestro Señor Jesucristo con la acepción de personas.  Porque si entrando en vuestra congregación un hombre con sortija de oro y ropa preciosa y entrando al mismo tiempo un pobre con un mal vestido, ponéis los ojos en el que viene vestido brillante, y le decís: siéntate tu aquí en este buen lugar, mientras que decís al pobre: tú estate ahí en pie o siéntate acá a mis pies, ¿no es claro que hacéis distinción dentro de vosotros mismos y os hacéis jueces de sentencias injustas? Oíd, hermanos míos muy amados, ¿no es verdad que Dios eligió a los pobres en este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que Dios prometió a los que le aman? Vosotros, al contrario, habéis afrentado al pobre. ¿No son los ricos los que os tiranizan, no son esos mismos los que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue sobre vosotros invocado?[iii]

El Presidente interpreta que el texto bíblico “precisa evitar” que se caiga en el error de imposibilitar la conciliación de la fe con la acepción de personas. No es posible que en la congregación  sólo pretendan entrar los “hombres con sortija de oro y ropa preciosa”. Esa es una gran obra, piensa el orador, que “debe desarrollar el Episcopado Argentino”. Y confesándose, declara que él cree haber cumplido la doctrina al crear la Secretaría de Trabajo y Previsión con espíritu de imparcialidad. En ese organismo público, a imagen de los gobernantes que lo precedieron, los funcionarios sólo ponían los ojos en el que iba bien vestido para invitarlo a sentarse en lugar de privilegio. Mientras, “el pobre permanecía de pie como un intruso”. La decepción, así como los alejaba de los templos, también alejaba a los proletarios del recinto de la justicia. Ahora en la Secretaría de Trabajo y Previsión entran todos con igualdad de derechos. Las miradas de simpatía y los asientos cómodos se destinan a quienes visten “humildes ropas, a esos descamisados ricos en la fe, pese a las asperezas de su vida, y de los cuales se ha hecho escarnio con aviesa intención política”. Acostumbrados a posiciones de mando y al poder económico, los escarnecedores “procedían, muchas veces, a título de católicos, con una altivez incompatible con los preceptos de la religión”.

Refuerza entonces  su postura con un nuevo tópico de autoridad. Recurre esta vez a San Pablo ( I Timoteo, 6. 17-19):

“A los ricos de este siglo mándales que no sean altivos ni pongan su confianza en las riquezas inseguras, sino en Dios vivo que nos provee de todo abundantemente para nuestro uso. Exhórtales a obrar bien, a enriquecerse de buenas obras, a repartir liberalmente, a comunicar sus bienes, a atesorar un buen fondo para lo venidero a fin de alcanzar la vida verdadera”.

El Presidente, frente al episcopado, prosigue con su confesión. La labor social que desarrolla desde el gobierno, encaminada a exaltar los valores espirituales y a “buscar una mayor distribución de la riqueza”, sólo le ha valido el mote de demagogo. Se lamenta que sus logros para que los trabajadores perciban retribuciones justas -un fin que no es político sino social-  todavía no haya alcanzado “la colaboración activa del episcopado” que no desespera obtener más adelante. Refuerza entonces el tópico de   autoridad y reincide en otra cita de Santiago. Perón se anticipa a responder a las refutaciones silenciosas del antitexto que fulguran en la mente de los obispos ante sus permisiones exegéticas:

“No creo que Vuestras Eminencias señalen en mí la mínima osadía si me permito recordar al respecto aquellas otras magníficas palabras del mismo Apóstol Santiago cuando dice a los ricos: “Sabed que el jornal que no pagasteis a los trabajadores que segaran vuestras mieses, está clamando contra vosotros y el clamor de ellos ha penetrado en los oídos del Señor de los Ejércitos” (Santiago, 5: 4).

Perón sabe que lo acusan de atacar la propiedad privada por eso declara haberla defendido denodadamente, pero asegura que la mejor manera de hacerlo es convencer a los poderosos que repartan sus bienes con los desposeídos. Si no se consigue que “los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres”, esa ofuscación acarreará graves consecuencias.

El Presidente va entrando de a poco en las advertencias que suelen perfilar ciertos rasgos del discurso profético. Ahora recurre a tópicos de autoridad extrínsecos, es decir, a citas de los Padres de la Iglesia y de los santos, pero esos textos ocultan resonancias de utopías modernas tales como el  anarquismo y el socialismo. Tras el lenguaje de los santos rezonga la lengua proletaria  que sostiene que la propiedad es un robo:

“No pretendo que compartan la idea de San Juan Crisóstomo de que “en el origen de todas las fortunas existe la injusticia, la violencia y el robo” (…) Me parece que sería suficiente con que aceptasen el pensamiento de San Ambrosio cuando establece que “de los hambrientos es el pan que tú tienes detenido; de los desnudos las ropas que tienes enterradas; de la redención y absolución de los desgraciados es el dinero que tienes enterrado”[iv]

Insiste con la visión de San Ambrosio que clama contra los que no se conforman con la necesario y detentan lo superfluo. El Santo protesta contra el espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. Nada justifica el afán de atesorar bienes en perjuicio de los humildes aunque se dediquen en parte “al esplendor del culto”. Recurre entonces otra vez al tópico de autoridad bíblico. El texto del Evangelio de San Marcos refiere la ofrenda de la viuda que da desde su pobreza todo lo que tenía:

“En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que vosotros, por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba, pero ésta ha dado de su misma pobreza todo lo que tenía, todo su sustento”(San Marcos, 12: 41-44; San Lucas, 21: 4).

El Presidente engloba en el mismo cuadro de situación tanto al Estado como a la Iglesia. A ambos les conviene volver a “las costumbres sencillas, al predominio de la paz y de la confianza recíproca entre los hombres y entre las naciones.” Pero ese objetivo ofrece dos aspectos. Al Estado le cuesta alcanzarlo. Está obligado a luchar con la complejidad de la vida, las pasiones propias de la condición humana, las contradicciones  y la multiplicidad de idearios políticos. Sin embargo, a la Iglesia debiera resultarle más fácil retornar a la “pureza inicial de su doctrina”.  Si bien a veces  pareciera que se ha desviado de “su gloriosa trayectoria”, mantiene aún su doctrina que repudia el acopio egoísta de la riqueza y exalta el trabajo.

Acude entonces , nuevamente, a la autoridad de la escritura y el texto elegido no sólo refuerza su concepto sino que también implica un velado reproche dirigido al  sacerdocio. En efecto, el contenido social de la doctrina, piensa Perón, se resume en estas palabras de Jesús: “No llevéis oro, ni plata, ni dinero alguno en vuestros cintos, ni alforja para el viaje, ni dos túnicas, ni calzado, ni tampoco bastón porque el que trabaja merece su sustento”(Lucas, 10: 4; Mateo, 10: 9-10).

El Presidente destaca en su texto el valor del trabajo como fuente de sustento, dignidad del individuo y base de la grandeza de los pueblos. Recurre entonces al estilo indirecto. Atribuye a “otro de los grandes Padres de la Iglesia” la rotunda sentencia de que “quien no trabaja no debe comer”[v]. La sentencia corresponde a San Pablo, pero el orador diluye el nombre del autor sustituyéndolo por el indefinido “otro”. Al despersonalizarlo  mediante ese recurso, deja en libertad al sujeto de la enunciación que de ese modo puede atribuirlo a un padre de la iglesia, un anarquista, un socialista o un militante político.

Ahora bien,  hay un tópico evangélico que el Presidente necesita subrayar. Es aquel que marca a fuego al que se apega a los bienes materiales y señala la incompatibilidad entre el servicio a Dios y a las riquezas porque “donde está tu tesoro allí está tambien tu corazón”.(Mat. 6.21; Lc.12.34).

¿Qué fuerza simbólica o que alusión se oculta en la parábola del administrador infiel que reclama parte de su herencia y recibe esta respuesta?: “¡Oh, hombre! ¿Quién me ha constituido a mí juez o repartidor entre vosotros? Está alerta y guardaos de toda avaricia, pues no depende la vida del hombre de la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12.14-15).

El Presidente se apresura a refutar el anti-texto que, supone, en silencio tejen los obispos. Está dispuesto  a dejar hablar los símbolos, lenguaje silencioso y no verbal del pueblo, para lograr un diálogo vital con los prelados a fin  comprometerlos en un proceso de “reinformación catequética”[vi].

En efecto, contradiciendo su inicial distinción entre los campos del poder civil y el poder eclesiástico, parece haberse salido del terrerno que como gobernante le incumbe. Se anticipa entonces a pedir disculpas, pero también impetra que le concedan el derecho de proclamar la necesidad de robustecer los conceptos morales que dimanan de una recta interpretación de la religión católica.

¿Cómo no le ha de doler como católico -piensa- la apostasía de las masas humildes por quienes Cristo difundió su doctrina y derramó su sangre? Su función de gobernante es lograr que el pueblo pueda vivir con grandeza. Pero para ello debe evitar que se hunda en el materialismo,  procurar que profese el amor al prójimo y no se entregue a la pasión del dinero. Realiza entonces una petición. “Vuestras Eminencias, dice, fuera de toda intención política”, pueden prestar una valiosa colaboración por la simple repercusión de las ideas católicas.

Juan Domingo Perón que ha comenzado su discurso haciendo profesión de fe católica, que ha confesado a los obispos los avatares de sus intentos de llevar a la práctica la doctrina cristiana, de poner en marcha “muchos de los principios contenidos en las Encíclicas papales”, concluye con un pedido que es, en sí, un dilema. Cualquier cosa que los obispos respondan, satisfará los deseos del Presidente: “Si se interpretan mal, señalad sus defectos. Si se aplican bien, espero merecer vuestro estímulo”.

 

4.-Un tópico de ejemplaridad

Hasta ese momento, el presidente se ha mostrado como un cristiano que no sólo conoce los fundamentos sociales de la doctrina cristiana sino como alguien que se ha esforzado por llevarla a la práctica. Ha planteado el alejamiento de las masas humildes de los templos y la dificultad que representa un accionar basado en los principios morales de la religión. Mediante tópicos de autoridad ha sugerido la reticencia de los obispos para colaborar en la tarea de redención y dignificación de los pobres y les ha reprochado hábilmente su alianza con los poderosos y explotadores. Ahora les va trazar el perfil de un obispo profundamente piadoso y comprometido con los desheredados, desapegado de los bienes materiales,  entregado al servicio del prójimo y a la labor apostólica. Se trata de Monseñor Nicolás de Carlo en cuyo honor están todos congregados.

Perón va insistir en la relación entre la inculturación de la fe católica en la población y la tarea pastoral de un obispo no prescindente que se entrega a una  gigantesca obra de promoción social.

De Carlo es obispo de Resistencia. Su diócesis que comprende Chaco y Formosa es sede de una comunidad multígena. Aborígenes, criollos y multitud de inmigrantes de las más diversas nacionalidades (croatas, rusoalemanes, búlgaros, judíos, los iniciales friulanos y españoles) se debaten en regiones donde, la expresión es de Polo Godoy Rojo, se podría afirmar que “la patria no alcanza”. Es una sociedad en formación  que habita en territorios nacionales. Son desoladas extensiones  que ni siquiera han alcanzado jerarquía de provincia. En ellas, una multitud heterogénea se entrega con afán, en medio de graves problemas de orden moral, a un materialismo práctico y agresivo.

Desde su llegada, a finales de la “década infame” del 30, el obispo se entrega a una obra social “de enorme significación y de beneficio  directo para el pueblo”. Se esfuerza por elevar el nivel de vida de los humildes sometidos a una feroz explotación en los obrajes, algodonales e inhópitas haciendas. Se preocupa porque el pueblo se capacite en las artes manuales y de artesanía. Su singularidad consiste en procurar que esta capacitación comprenda también a las mujeres mediante la jerarquización de las artesanías elevándolas a la categoría de arte. Instala, además, numerosos talleres. Funcionan en todos los barrios con la entusiasta colaboración de los fieles compenetrados con la obra de su Prelado.

Monseñor de Carlo se distingue por su sencillez, modestia y accesibilidad para los más humildes. Visita de continuo los más apartados pueblos para palpar sus necesidades, para estimular a los fieles que se integran a su obra solidaria. A todos llega con su palabra de “consuelo, aliento y esperanza”.

El obispo propulsa con energía las escuelas primarias en lugares donde sólo hay escuelas ranchos y maestros dejados a las manos de Dios y mal pagos. Como para el Divino Maestro, postula el Presidente, para él los únicos privilegiados son los niños.

Ahora la cita de autoridad extrínseca es la palabra del propio obispo. Perón ha elegido con gran cuidado la cita. Son  palabras de desprendimiento; dan ejemplo de aspiración patriótica y testimonio de fe.

Esto sostiene De Carlo:

“Primero escuela, después lo demás: no importa por ahora el palacio del Obispo” (…). “Necesitamos construir la grandeza del país –agrega- sobre estados de conciencia colectiva, y para ello hay que liberar al pueblo de la ignorancia y sostenerlo con la fe en Dios”.

Perón exalta la humildad del Obispo. Seguramente, entre los Prelados presentes, están aquellos que han logrado que el Estado les construya suntuosos palacios como sede central de la diócesis. ¿Estaría entre los presentes el pulido Monseñor Fermín Lafitte? El grandioso palacio de su diócesis de Córdoba será usado como cuartel y depósito de armas por los comandos civiles que derrocaron el gobierno constitucional del Gral. Perón y  que actuaron luego con extremada crueldad  e implacable odio.

Pero el obispo De Carlo cumple su misión sagrada “con humildad apostólica”. Ha sabido despojarse de la vanidad “que se asoma tan pronto como se sube un escalón de donde está situada la masa del pueblo”. La humildad cristiana, la afabilidad paternal, el desprecio de la pompa y el boato, constituyen las dotes que más aprecia el pueblo en quienes saben practicarlas. El pueblo las aprecia no sólo por ser símbolo tangible de virtud, sino porque constituyen “la fuerza más poderosa que le atrae hacia la senda que le conduce a la verdadera paz de Cristo”.

El Presidente ha trazado así un modelo de obispo. No al sometimiento de la religión a los poderosos, no al predominio de las formas y al boato principesco, sí al amor al prójimo, a la sencillez y humildad del discípulo de Cristo. El argumento del Presidente sonó sin duda como un admonición inadmisible en oídos acostumbrados a la simulación aduladora y a la sumisión acrítica. Perón concluye su semblanza con  el uso contundente del ejemplo vivo. He aquí un obispo modelo; ergo, así deben ser los obispos: “Esta semblanza es el diseño a grandes rasgos de lo que debe ser el Episcopado y de lo que es Monseñor Nicolás de Carlo”.

Concluye dirigiéndose en segunda persona del plural al Prelado homenajeado y en su persona a “todo el Episcopado Argentino”. Acudiendo a la poética, se entrega a una esperanza utópica: ¿un episcopado unido estrechamente al pueblo como testimonio de la unión del pueblo con Cristo?

El Presidente no trepida en predicar en el desierto: “…esta que os entrego con la esperanza de que selle la unión estrecha del pueblo argentino con su Episcopado, que es algo más que eso, puesto que representa la unión del pueblo en la fe de Cristo”.

Perón sabía que estaba hablando ante un tribunal duro de corazón sin oídos para oir, sin ojos para ver. Sabía que sus razones eran campanas de palo, que esos corazones carecían de “abismo” (a-byssos), de la profundidad sin fondo de la sabiduría.

 

5.- El cristianismo práctico justicialista

El 29 de octubre del Año del Libertador General San Martín, 1950, el Presidente, general Juan Perón, visitó  la ciudad de Rosario a fin de asistir a los actos de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional.

Los peronistas de la ciudad, encabezados por el Intendente, le han ofrecido “un almuerzo de amigos”. El Presidente resalta, en primer lugar, el valor de la “palabra peronista” cuya virtud es “llegar profundamente al corazón y rendir el efecto que todos buscamos; que seamos cada día más unidos y amigos”. Esas palabras son palabras que hacen lo que dicen y su fundamento son la unidad y la amistad.

El Congreso Eucarístico es un evento evocador para los peronistas porque “nosotros no solamente hemos visto en Cristo a un Dios, sino que también hemos admirado  en El a un hombre…” Admiramos las liturgias y los ritos católicos pero sobre todo tratamos de cumplir esa doctrina. Es más fácil someterse a los dictados de una religión para cumplir sus formas y es difícil cumplimentar el fondo: “No es buen cristiano aquel que va todos los domingos a misa y hace cumplidamente todos los esfuerzos por satisfacer las disposiciones formales de la religión. Es mal cristiano cuando, haciendo todo eso, paga mal a quien le sirve o especula con el hambre de los obreros de sus fábricas para acumular unos pesos más al final del ejercicio”.

Los peronistas aman a Cristo no sólo porque El es Dios sino porque dejó en el mundo el amor entre los hombres. Lo aman por la dignidad humana y “el sacrificio contra la avaricia, contra el egoísmo, en beneficio de los hermanos”. Son simplemente cristianos y quieren serlo. Difunden su doctrina sabiendo que hacen el bien. A pesar de ser calumniados y vituperados practican el “cristianismo práctico justicialista”. Su lucha se realiza mediante la persuasión: “No utilizaremos ni el poder, ni la fuerza, ni la violencia, mientras la persuasión pueda abrir completamente nuestro camino”.

Esa jornada culmina con la oración que pronunció el Presidente en la ceremonia de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional. Postrado humildemente, el discurso es una larga acción de gracias por los beneficios y dones concedidos por el Señor al pueblo y la Patria; un pedido para que pueda servir siempre “sobre todo a sus hombres y mujeres más humildes”, un ruego por la paz y felicidad para los argentinos y todos los hombres y pueblos del mundo. Por fin, en señal de gratitud se ofrenda al Corazón de Cristo: “…os ofrezco todo cuanto soy y cuanto poseo, vale decir, mi vida por la grandeza y felicidad de mi patria y de mi pueblo, cuyos destinos deposito en Vuestro Divino Corazón”.

Notas:


[i] PERON, Juan Domingo, 1973, Una comunidad organizada. Justicialismo y socialismo. Prólogo de Enrique Pavón Pereyra, Buenos Aires, Ed. Macacha Güemes. Cfr.: “El justicialismo y la doctrina social cristiana”, pp. 109-124.

[ii] “Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración: más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”(Lucas, 19:45-48)

[iii] “También estos son dichos de los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no es bueno.” (Proverbios, 24:23); “Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres”( Mateo, 22:16)-

[iv] Mucho tiempo después, en 1967, la  encíclica Populorum Progressio de Pablo VI también acude a San Ambrosio para sostener que “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto”, que “el derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” y que en caso de conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias, toca intervenir a “los poderes públicos (Estado). Más aún, sostiene que “el bien común exige a veces la expropiación de algunas posesiones” puesto que sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. Considera, además, inadmisible que “ciudadanos provistos de rentas abundantes provenientes de los recursos y actividad nacional las transfiriesen en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria”. Más aún, Pablo VI denuncia al capitalismo liberal. Sostiene que “el liberalismo sin freno” es generador de “el imperialismo internacional del dinero” tal como ya lo había sostenido Pío XI y que la economía debe estar “al servicio del hombre”. (n.23, 24, 26). El 28 de enero de 1979, en el discurso inaugural  de Conferencia Episcopal de Puebla, S.S. Juan Pablo II, amonestará: “Es entonces cuando adquiere carácter urgente la enseñanza de la Iglesia, según la cual sobre toda propiedad privada grava una “hipoteca social”.

[v] “Os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco  coma. Porque oímos que alguno de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entreteniéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tesalonicenses 3 : 10-12). En Populorum Progressio,  Pablo VI reconocerá que “todo trabajador es un creador”. También el valor social del trabajo: “al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos”(n.27).

[vi] Cfr. Documento de Puebla, n. 457Imagen

Anuncios