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Sobre Luchas y transformaciones sociales en Salta, 2012, Coordinadores y editores: Alejandra Cebrelli y Víctor Arancibia,  (Salta, ANPCyT/UNSA)
por Jorge Torres Roggero

1- Universidad y región

Ale VíctorLuchas y transformaciones sociales en Salta, resultado de un proyecto de investigación de la Universidad Nacional de Salta, es un libro modélico. En efecto, nos ofrece, a primera vista, el estricto cumplimiento de las exigencias normativas de lo que se conoce como “academia”. Pero, además, rompe el chaleco de fuerza canónico con aperturas nacidas de la convicción de que la investigación académica es un espacio de conocimiento abierto al tejido social. Más aún, su función es ponerse al servicio de los agentes con los que interactúa pues son la fuente de sentido de la indagación misma.

De ahí que, tras el cumplimiento de todos los protocolos necesarios en un proyecto con financiación de organismos de Ciencia y Técnica del Estado, incluido el currículo de sus evaluadores, el libro culmina con el saludo de encuentro y despedida wichí: “Am tená” (Me doy a vos).

Es, a su vez, un reconocimiento a la plenitud heterogénea del trabajo en red que no sólo comprende la comunidad activa entre equipos interdisciplinarios de organismos nacionales e internacionales; sino, sobre todo, de las acciones organizadas con diferentes grupos sociales, asociaciones, organismos locales en regiones agredidas por el desmonte y los agronegocios. En dichas acciones, el equipo se compromete “in actu” para organizar el uso  de radios populares y comunitarias y poner, de tal manera, en discusión los avances parciales de la investigación. En otros términos, el investigador universitario comienza por reconocer que “el que sabe” es el pueblo.

La metodología, implícita en los objetivos fundamentales del proyecto, al mismo tiempo que indaga los modos en que las relaciones sociales en Salta se han transformado a finales del S.XX y comienzos del XXI, consiste en dejar hablar a los sectores populares que tras siglos de reproducción invisibilizada de sus vidas, van “tomando la palabra” para redefinirse como sujetos históricos.

Claro que, para encarar los objetivos propuestos, surge la exigencia de no anclarse sólo en el material textual, sino de encarar un intenso trabajo territorial para mirar “desde abajo”: “En ese sentido, el equipo en su conjunto, mediante diversas estrategias y en diferentes instancias de reunión, convocó al diálogo, el debate y la discusión a dirigentes sectoriales y gremiales, líderes de movimientos sociales, gauchos y miembros de comunidades indígenas”.

Se pudo, así, comprobar y dar cuenta de las tensiones ocurridas en las luchas por el territorio y su intersección con los requerimientos de los pueblos originarios. Movilizados,  en conflicto, trazan estrategias para obtener visibilidad. Comienzan a ser “narrados” el derecho a la palabra, y el acceso a los bienes materiales y simbólicos, o sea, al sentido de sus luchas. Esta constatación, descarna, a la vez, las formas de dominación de un contexto en que avanzan el desmonte y la sojización.

En ese cuadro de situación, cobra especial relieve la contribución de Sonia Alvarez Leguizamón, directora del proyecto, en el primer capítulo: “ Neocolonialismo, hambre y agronegocios de la soja transgénica (Salta, Argentina)” en que se describen los cambios producidos, en “el marco de políticas neoliberales locales, nacionales y globales”, por la expansión agresiva de los agronegocios asociados a la soja transgénica en la Pcia. de Salta.

La develación de las formas de dominación y los modos de resistencia surgidos de la lucha en la defensa del territorio por los grupos dominados, es el objeto del trabajo titulado “Visiones, discursos y prácticas durante el proceso de ordenamiento territorial de los bosques nativos de Salta”. Un equipo de ocho investigadores analiza los procesos y conflictos de intereses que se intersectan en la implementación de la Ley de Bosques y en la de Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos que intentan regular los cambios que conlleva la expansión de la agricultura.

Compartimos, pues, el itinerario de un conjunto de investigadores que decide internarse en el “ojo de la tormenta”. En consecuencia, funda sus resultados en el “trabajo de campo” (¿una tradición kuscheana de la UNSA?) en el preciso momento del desmonte, la expansión sojera, la resistencia popular por la posesión de la tierra y el intento regulador de un gobierno nacional que, a pesar sus falencias, intenta un ordenamiento territorial justo, y sobre todo, mediante la Ley 26522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, ofrece oportunidades de visibilización y toma de la palabra al heterogéneo conjunto de los explotados mediante la aparición de nuevas formas de organización y lucha (p.e., los piquetes).

Quizás una conclusión pertinente para este apartado provenga del capítulo “Defensa del lugar, luchas clasificatorias y producción de ausencias” de Mónica Flores Klarik, Marcela Amalia Alvarez y Norma Naharro. Con una sólida fundamentación teórica y un contundente trazado histórico contextualizador, describen y relatan el papel del Estado como detentador del monopolio de capital simbólico y validador de las “etnicidades emblemáticas” mediante trampas discursivas creadoras de “ausencia” o invisibilidad. De tal modo, “el desafío al que nos enfrentamos es cómo trabajar en hacer visibles las ausencias, sin hacer traducciones empobrecedoras, que pierden de vista la radicalidad o las alternativas propias de los grupos locales, el reconocimiento de la diferencia debe estar acompañado por la equidad material y simbólica que implica la eliminación de las jerarquías de saberes y formas de ser y estar en el mundo”

2.- La toma de la palabra

En “Cuando la intimidad es colectiva”, Alejandra Cebrelli despliega el desarrollo de un argumento que, desde la dispersión de un yo alienado, rastrea en los reprofundos de la cultura popular un sujeto histórico que habla desde la pluralidad y en ella se identifica: el “nosotros”.

Su recorrido, que es intersubjetivo, se interna en los espacios en que el dilema se plantea como lucha por la “representación individual y colectiva”. Se trata, nada menos, que de las narrativas de las mujeres de los pueblos originarios. Ignoradas, amordazadas, van tomando la palabra a medida que se convierten en sujetos históricos, en protagonistas. Cebrelli nos muestra cómo las voces individuales van dejando de ser las del opresor para integrarse al coro de un proceso colectivo de “reparación y reatadura de los hilos cortados y el retorno a tramas históricas no siempre completas”. La palabra de la mujer originaria ingresa al espacio público como contradiscurso reinvindicatorio de sus etnias y por el derecho a la autoafirmación de la comunidad y los liderazgos femeninos. Importa entonces el recurso biográfico como un modo de hacer inteligible la heterogeneidad de un sistema cada vez menos inclusivo que establece una brecha tajante entre “individuo de juri y de facto”.

Cebrelli postula que, a partir de la complejidad de las comunicaciones y la crisis del 2001 se produce un “quiebre del sistema representacional que sostenía la arquitectura social y política del país”, “en la percepción del ciudadano común”. Desocupados, cartoneros, homosexuales, aborígenes, entre otros, se tornaron visibles “repentinamente”. Emergen nuevos zócalos discursivos y simbólicos, y se reconfiguran los discursos identitarios. Ello permite la visualización de subjetividades históricas silenciadas. Tal el caso de los pueblos originarios en lucha por la subsistencia, pero, a la vez, por “el poder de la representación”. La resonancia de estas voces en el espacio público significan, por sí mismas, una ruptura en el campo interlocutivo que oficialmente rigió, desde siempre, en Argentina.

Frente a los procesos de desnacionalización impuestos por una globalización violenta, se visibiliza, asimismo, una larga práctica de resistencia que permite la supervivencia de “históricas luchas por la tierra, la propia lengua y los derechos más elementales (agua, comida, techo, abrigo, salud, educación)”.

A partir de testimonios orales autobiográficos, Cebrelli reflexiona sobre la experiencia de exclusión, como mujeres y como aborígenes, de las dirigentes que, venciendo obstáculos de sus mismos pares, toman conciencia de la “erosión de diferente grado en sus identidades individuales, genéricas y colectivas por parte del estado; y “el prejuicio y discriminación por parte de la sociedad argentina en general”.

Convivir el “caso” biográfico permite dilucidar el femicidio que produce la pobreza, la vulnerabilidad, pero también la importancia de la comunicación comunitaria y la emergencia de una subjetividad reprimida que “explota” en el “nosotros”. Las mujeres aborígenes comienzan a tomar la palabra. Los discursos femeninos oprimidos comienzan a replicarse en las redes mediáticas. Los relatos autobiográficos de las mujeres aborígenes participan así de una necesidad de “traducción” que se concreta por intersección, por el cruce permanente de un código a otro.

Cebrelli nos deja con una ilusión rota: la de un Argentina homogénea. Pero nos invita a quedarnos en la calle, en medio del remolino, en un lugar-tiempo contingente pero anclado en la historia. Nos “suelta” en la puerta de la casa en construcción de la resistencia y la lucha popular.

En la misma línea, integradora e inclusiva,  de lucha por la representación como instrumento de resistencia y visibilización, destacamos el trabajo de Fernando Bustamante. En su “Constitución del sujeto indígena en el Chaco Salteño” asegura: “Las organizaciones y las luchas indígenas se sostienen sobre el interés en afirmar la identidad a partir de aparecer en el escenario público como sujeto legítimo, de ser reconocido como interlocutor por el Estado, de ser tenidos en cuenta por los gobiernos. La visibilidad, la búsqueda del poder de representarse a sí mismo a sí mismo frente a la sociedad, el poder de generaar la propia comunicación”. En otras palabras, contar la propia historia junto al resto de la sociedad y el derecho de discutir las políticas ante los grupos dominantes.

 3.- El documentalismo militante

Dentro de la precariedad del espacio disponible, imposible no detenerse en “Representaciones y documentalismo” de Víctor Arancibia. A partir del análisis de Mosconi. Crónica de saqueo, rebelión y muerte del periodista Hector Alí (2006) estudia, desde la imagen visual, las estrategias para visibilizar la protesta social.

Arancibia se detiene en el documental como forma de registro de los reclamos sectoriales. Se pregunta sobre la participación de la imagen visual en los debates ideológicos y políticos y en la lucha por la descolonización. Rescata, así, la tradición del documental en la Argentina a partir, entre otros, de los principios del “cine de la liberación” (Octavio Gettino, Gerardo Vallejo, et al.). Se pregunta, a la vez, acerca de la  utilización de los recursos técnicos y estéticos como herramienta “de denuncia, de lucha o de simple mostración de los cambios sociales producidos.”

Frente al vaciamiento de los significantes, el documental “trata de dar cuenta de los procesos sociohistóricos involucrados en la generación de la problemática que tematizan dichas producciones”. De tal modo, el documental construye su especifidad en la Argentina por su capacidad de entramarse en los conflictos sociales y políticos como componente activo capaz de producir quiebres contradiscursivos del sistema de representación de los sectores vulnerables de la sociedad.

El documental, como espacio de confrontación, se constituye “documento sociohistórico de las formas de comunicación y de las prácticas socio-discursivas que no tienen su registro en la cotidianeidad de los espacios mediáticos que dan cuenta de la protesta. El documental se transforma en una producción audiovisual que visibiliza las luchas simbólicas de las clases populares agredidas por las políticas económicas y sociales. En él confrontan representaciones y se activan las memorias sin voz.

A través del análisis de Mosconi. Crónica de saqueo…, Arancibia muestra la heterogeneidad de las coberturas  mediáticas en la representación de los conflictos sociales como así también las imágenes del trabajo periodístico. En ese mundo mezclado (mestizado), el documental opera como archivo material de las formas discursivas y las diferencias tecnológicas entre canales locales y nacionales. Archivo viviente, atesora cámaras que reprimen y cámaras que acompañan. Construye, así, un contrafuerte simbólico a partir de “documentar” recorridos, prácticas cotidianas, voces, sonidos y formas de la protesta. De pronto, las imágenes de los cuerpos, los símbolos patrios (banderas) se visualizan como reafirmación de la identidad colectiva y señal de protesta en la larga disputa contra la representación de los símbolos patrios reconvertidos en instrumentos institucionales de disciplinamiento y control de los cuerpos.

El documental, género militante, se configura en Argentina como espacio en que las masas sumergidas ocupan la escena y se hacen audibles. Son la imagen de las discontinuidades que jalonan la lucha.

Como género militante, el documental, postula Arancibia, restituye “el derecho a ser visto, principio activo que lleva a la toma de la palabra efectiva, paso necesario para que los silencios históricos tengan un espacio de audibilidad y de circulación en la cada vez más compleja maraña comunicacional que aportamos todos a construir”.

Encorsetados por el espacio, quedamos en deuda con una apasionante exploración de los relatos que dan forma a los famosos “gauchos salteños” y a los modos en que se manifiesta la “identidad” gaucha según las diversas claves del sector social de los emisores. Es un minucioso recorrido por los relatos que configuran la plurivocidad de la palabra gaucho: “gauchos pobres”, “gauchos sin tierra”, “gauchos gauchos”, “gauchos cholos” y “gauchos disfrazados”. Tal el contenido del capítulo “Como una cadena que nunca se corta” de Andrea Jimena Villagrán en que, a través de relatos orales, se representan la urdimbre y la trama de un contradictorio cuerpo social. Se evidencia, además, la complejidad de las relaciones entre grupos y actores sociales dinámicos y proclives a producir desajustes y quiebres con capacidad para agrietar la densa textura de dominación.

En resumen, el libro que nos ocupa resulta, desde nuestro punto de vista, un valorable y logrado esfuerzo “simultáneo y compartido en camino a la descolonización cultural, de género, de etnia, de clase,  un valioso “aporte a la construcción de una teoría y una práctica dirigidos a una propuesta alternativa de una urdimbre social cada vez más inclusiva”.

Celebramos este paso adelante en la descolonización de los subjetividades y del sentido común asediado por las corporaciones mediáticas. ¡“Am tená!”!

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 18/7/17