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por Jorge Torres RoggeroEVO EN EL SUELO

1.- Sobre turbas y cívicos

Partiremos de las crónicas de diarios bolivianos y su versión sobre lo sucedido durante el golpe de estado contra Evo Morales. ¿Por qué la representación subvierte la realidad? ¿Por qué el pueblo que defiende sus derechos y su dignidad es presentado como “vándalo”, es decir, horda errante y bárbara? ¿Por qué los paramilitares ostentan el “civilizado” apelativo de “cívicos”? Trataremos de leerlos con el soporte de la sabiduría popular develada por R. Kusch y descubrir, así, que más allá de la coyuntura política, económica, de “hegemonía” imperial, el pueblo es el portador de la victoria y la felicidad de todos.

Memoremos algunas crónicas del día 12/11/19 en algunos diarios bolivianos. El Diario cuenta  que “grupos de vándalos que enarbolan la Whipala se desplazaron en diferentes puntos de la ciudad”. Para La Prensa ocurrieron jornadas delincuenciales protagonizadas por “milicias masistas” que queman puestos policiales y roban documentos relacionados con investigaciones sobre narcotráfico. Es fácil advertir cómo ya se está anticipando el tenor de la persecución “jurídica” al gobierno popular derrocado. Porque dice más: el centro de operaciones está en Chimoré y Guayare. Desde allí Evo Morales (al que alude sin nombrarlo) imparte órdenes a “miles de hombres y mujeres armados”.

El diario Página 7 cuenta que los alteños (los de El Alto) marchan en contra de los policías. ¿Cuáles son sus razones? Los policías quitaron de sus uniformes un símbolo patriótico y lo quemaron. Han mancillado algo sagrado. ¿Cómo es posible, dicen los alteños en lucha, que hayan quemado la Whipala, cómo es posible que la hayan cortado? La  Whipala , dicen, es una conquista, es un derecho. El pueblo alteño siente como una mutilación y su cuerpo social se duele, se queja y se rebela y padece en su cuero curtido por siglos de resistencia. La  Whipala  es un símbolo de los pueblos. “No es de un partido, es de los pueblos”, dice un vecino. Y agregan: “No podemos permitir que la gente hable de indios, de hordas. Nosotros los alteños somos personas de bien, trabajamos todos días y no somos como dicen las redes sociales” (La Razón). Ese es el motivo por el cual algunos policías, según El Día, “fueron obligados a besar de rodillas la bandera Whipala – símbolo que fue retirado a la mañana de sus insignias policiales- y recién los dejaron libres”. El pueblo no tortura, exige respeto.

Tenemos entonces una idea general: según la prensa, las “turbas”, o sea, el pueblo organizado defendiendo sus derechos, quema y destruye. En cambio, los “cívicos” (réplica anacrónica de nuestros crueles “comandos civiles” de 1955) “ordenan” la vida. Curiosamente cuando tratan de definir a los cívicos, los engloban con los “periodistas y políticos de la oposición” entre los que están el rector de la principal universidad, los médicos en huelga y los estudiantes universitarios.

Los diarios sostienen  que  “el orden” será restablecido por la policía y las fuerzas armadas “en coordinación con los cívicos” (El Diario). Ahora bien, los cívicos son los que quemaron y saquearon la casa de la hermana de Evo Morales, los que vandalizaron la incomparable biblioteca de García Linera y rociaron con nafta los cuerpos atados de los familiares de funcionarios del Mas bajo la amenaza de achicharrarlos si no renunciaban. Son los que humillan a las mujeres aborígenes por sus polleras y sus cimbas, los que apalean y patean cuerpos caídos. Ellos, por fin, robaron y quemaron urnas y actas de los comicios para invalidar la elección. En otras palabras, representan una barbarie supuestamente ilustrada y blanca movida por el odio, el miedo al otro y la venganza; en cambio, lo que los diarios llaman “grupos vandálicos”, marchan sabiamente organizados, tienen conciencia de su dignidad y sus derechos vulnerados. Padecen, además, represión, violencia, tortura, violaciones. Sin embargo, a pesar de todo,  los alteños marchan cantando “No tenemos miedo” (El Diario). García Linera , ya con un pie en el avión rumbo al destierro, carga un pedazo de tierra boliviana: “lo tendré al lado del corazón y más pronto que tarde lo volveré colocar en su lugar”(Los Tiempos,12/11/19).

Evo Morales , antes de partir, se ha refugiado entre los suyos. Sabe que la Embajada y los poderosos lo quieren muerto. Por eso se radica. Acude al arraigo, al origen, a la intemperie inicial. Está “tumbado en el suelo”, en el puro estar, pero avisando por Twitter que “volverá con más fuerza y energía” (El Día). Está en el seno de sus organizaciones, “los hermanos de las federaciones del trópico”. Ellos le brindan “seguridad y cuidado”.

Los diarios resaltan que los alteños llevan como unamcham (estandarte) la  Whipala  y un gran número se cubre con el aguayo. Las funciones ancestrales del aguayo son muchas : desde portar la carga, hasta ser  cuna de un niño en la espalda. Pero también se extiende sobre la tierra para ofrendar a la Pachamama, o es usado como mantel el día de los muertos sobre las tumbas de los antepasados para compartir el alimento, o, simplemente, sobre el suelo familiar para celebrar la liturgia del comer y beber en comunidad. Evo dormido en el suelo sobre una precario aguayo ( colcha sin los colores vivos de la alegría de ser), ya está soñando futuras batallas.

2.- El miedo a pensar

Kusch siempre insiste en que hay que “animarse” a pensar, a “tantear” lo no dicho, el otro lado. Es necesario revestirse de un ánimo que nos induzca a perder el miedo, a arriesgar relaciones nuevas, a pronunciar lo innombrable, a desaprender para aprender. Esto obliga, en primer lugar, a  aceptar nuestra precaria individualidad de “sujetos culturales sin cultura” y a reconocer que el sujeto real es social, es el pueblo.

Nuestra primera tarea, postula Kusch, es animarnos a pensar lo propio. Todo intento de pensar en Latinoamérica nos divide en nuestros adentros y en nuestro afuera social: reproduce lo que no somos, mientras lo real, como la semilla, se subsume en las profundidades del mero estar. Quedan escindidos, así, el ser que vive y el ser que piensa.

Estas elucubraciones  sirven para trasportarnos a un primer episodio que funcionará como   soporte de nuestra meditación. Cuenta Kusch que, cierta vez, uno de los estudiantes que lo acompañaban en su trabajo de campo preguntó al brujo Ceferino Choque “cómo le iba a ir en Estados Unidos”. Era, a no dudarlo, uno de nuestros frecuentes becarios. Choque, que usaba las hojas de coca tanto para adivinar como para aconsejar, le pidió que “aquiete su corazón, aquí no más siempre va a estar bien”. Al rato, como mirando para adentro, sentenció: “No quiere ir, pero no quiere quedar acá; está doblado su corazón, está dividido su pensamiento”.

Choque, desde los adentros del pensamiento popular, plantea la fisura profunda entre dos formas de conocer que no pueden completarse aisladas: el corazón doblado divide el pensamiento. Pero el corazón se aquieta con el aquí no más, en el lugar del estar bien.

Lo que el yatiri enuncia es una indicación para radicarse y pensar lo propio. En efecto, pensar lo propio se refiere a un pensar culturalmente arraigado. La palabra arraigo es uno de los signos del pensar según Kusch. Como todo lo que implica “raíz”, se relaciona con suelo: “Detrás de toda cultura está siempre el suelo. No se trata del suelo puesto así como la calle Potosí en Oruro o Corrientes en Buenos Aires, o la pampa, o el altiplano, sino que se trata de un lastre en el sentido de tener los pies en el suelo, a modo de punto de apoyo espiritual, pero que nunca logra fotografiarse porque no se lo ve […] Y ese suelo así enunciado que no es ni cosa, ni se toca, pero pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura. (Geocultura del hombre americano).

Kusch postula que sin suelo no hay arraigo y, sin arraigo, no hay sentido. No hay cultura como casa del hombre: sólo una mímesis propicia a la   invasión depredadora. Accedemos así a una de las categorías que formalizan la matriz conceptual del pensamiento kuscheano:  geocultura, pero no es, por ahora, objeto de estas líneas.

Una primera reflexión sobre el paradigma que se preformula mediante la   lectura diferente que proponemos, desnuda nuestra carencia de una imagen mental que pueda enunciar las palabras que el brujo Ceferino Choque “lee” en las hojas de coca. Sentimos entonces, llenos de dolor y perplejidad, la estrechez de nuestra mirada y nos negamos a pronunciar “el mal que nos aqueja” y nos entumece:  el miedo. Miedo de pensar lo propio. Con tal de eludir la intersección entre pensamiento y suelo (lo que permitiría leer las hojas coca u oler la Biblia) se levantan barreras y se instauran sensores epistemológicos en las universidades, en los medios de comunicación y en el discurso político y estético. Uno de los separadores (constructos) más persistentes y depredadores es el destinado a distinguir entre pensamiento culto y pensamiento popular.

El primero, según este estereotipo, toma como modelo la racionalidad científico técnica: es sistemático y enciclopédico; el segundo, en cambio, parece destinado a pensar las áreas marginales de nuestras naciones y de nosotros mismos. Sin embargo, según vimos, “Detrás de toda cultura está siempre el suelo.” Pero no como lugar, sino como “lastre” que nos arraiga, o “punto de apoyo espiritual” invisible, no fotografiable. Es fundamento.

3.- Oler la Biblia: los signos del hedor

Kusch recuerda el famoso encuentro entre el Inca Atahualpa y el fraile Valverde. El cura le presenta la Biblia, el Inca no conoce la escritura del invasor, ignora de qué se trata y, entonces, la huele. Pensar lo nuestro, concluye, es algo así como ponernos de parte de los que huelen la Biblia, en vez de leerla. Oler nos propone que hay que animarse a conocer de otro modo, es sospechar que la escritura ha sido, no instrumento de liberación, sino  un modo de dominio en América y compendio del saber del amo (Geocultura del hombre americano)

Por eso el intelectual debe animarse a que lo consideren inculto y bárbaro para dejar de ser  un “sujeto cultural sin cultura”. ¿Por qué limitarnos a repetir una cultura letrada que no es la nuestra; por qué atribuirle patente de universalidad? Oler instaura una fase de sospecha: posibilidad de que el libro sacralizado por el canon esconda alguna traición. Atahualpa fue torturado por oler la letra. Oler es un modo otro de conocer.

En el golpe de estado de Bolivia, el jefe de los paramilitares cívicos, entró a la casa de gobierno portando una Biblia. Para exorcizar el recinto, había que desalojar a  la Pachamama (el suelo, el sustento) y la Whipala. Viejo error del colonizado: no saber dónde está parado, construir en el médano. Desgraciadamente, el intelectual convertido en “sujeto cultural sin cultura”, refleja en el espejo de su pensamiento el temor y el odio de los explotadores al pueblo. Porque el sujeto cultural en América (el filosofante, el lector, el culto) no somos los sujetos individuales letrados y arropados de libros extraños. En última instancia, el acto de pensar lo innombrable es el misterioso poder de un sujeto social:  “lo que llamamos pueblo”.

América Profunda desarrolla algunas de las formas del miedo entre los intelectuales, políticos y clases medias urbanas. Surge así que el miedo más paralizante es el de ser primitivos: pasar a la categoría de turba o vándalos. Si nuestro conocimiento tiene por objeto la realidad y no lo que de ella dicen los libros, habremos construido su representación.  Pero una representación se construye con signos y el signo que se levanta y flota sobre nosotros permitiendo que se intersecten todas nuestras contradicciones y que se ponga en movimiento el acto de conocer es el hedor.

A veces nos convencemos de que nuestro deber es, retrogreso vergonzante, avistar la tierra prometida del primer mundo. Nos pillamos, como advirtió Jauretche, y nos creemos investidos de la racionalidad de Occidente, de la pulcritud de las guerras “sin sangre” de CNN, sin muertos a la vista por virtud de cierta cirugía electrónica.

Pero, nos topamos ahí nomás con el cólera bajando por el Pilcomayo; con unos compatriotas víctimas de ríos contaminados por los civilizados. A “esos indios”, bajo la acusación de ignorancia, les atribuimos la peste que nos amenaza. He aquí que los cultos sienten, aterrados e indefensos, el contacto con las víboras que invaden las ciudades durante las inundaciones. Entonces se tiene miedo del tren cargado de bolivianos que bajan a la zafra, el tabaco o la vendimia, a las villas miserias del Gran Buenos Aires pobladas por generaciones de correntinos, paraguayos, por más riojanos que en La Rioja, por más santiagueños que en Santiago del Estero.

Ese rostro sucio siempre debe ser lavado para ponerse presentable. Por lo tanto, habrá que arrancar las vías y los trenes, así eliminamos la segunda clase, los vagones abarrotados de golondrinas. En “este país” todo se echa a perder y los servicios “nunca funcionan”. Privaticemos, enajenemos, entonces, el cuerpo y el pensamiento.  (Pensamiento Indígena y Popular en América)

Para vencer ese miedo, es necesario hacer algo impensado, algo que ya se considere superado: revivir lo más profundo de nuestro miedo, volver a estar expuestos al rayo, al trueno y al relámpago, estar echado en la manta cocalera. Subsumirse en la precariedad más antigua de la especie, hundirse en las regiones que el mito del progreso y de la técnica creen haber solucionado. Porque nuestra extrema pulcritud carece de signos para expresar el miedo. Si la pulcritud es una forma impuesta y el hedor lo informe y viviente, es hora de perder la “fascinación ante las cosas nombrables” y arrostrar el riesgo de “aventurarse a indagar las innombrables” (Pensamiento indígena y popular en América).

Accedemos así a una categoría que reviste especial importancia en Kusch: la de operador seminal.(Geocultura del hombre americano)  El operador seminal es un elemento constitutivo del símbolo y funciona como articulador entre la “reificación y la determinación emocional, como participante de la cosa y todo lo que no es la cosa” y conlleva la respuesta profunda que constituye al sujeto. Así cobran sentido los colores de la  Whipala y la celebración comunitaria con su carga energética. Y la fuerza invencible del pueblo. ¿Por qué las crónicas insisten que los alteños van cubiertos con los aguayos? No lo pueden comprender, pero una sabiduría ancestral nos dice que el aguayo, de múltiples colores y significados, está relacionado con el arraigo del pueblo y la solidaridad de las generaciones. Desde la época de Tupac Amaru vienen queriendo censurar el mensaje de las vestimentas. Porque la resistencia se repliega, a veces, en los cuerpos.

Yendo y viniendo entre lo útil y lo inútil, el operador seminal  totaliza el habitar, “constituye, a modo de simple promesa, el domicilio y da en un sentido (…) una plenitud a la existencia”. No clasifica, distribuye sentido: porque el sentido también debe ser distribuido de acuerdo a la “ley del corazón”.

Así como los pontífices de la lingüística, la filosofía, la semiótica y la psicología fundan sus aproximaciones con los nombres y las figuras de la mitología griega, Kusch se provee en la mitología incaica de los operadores seminales como formalizadores y distribuidores de sentido. Llamaremos a ese operador seminal hervidero espantoso. Esta nominación tiene su residencia en un suelo mental que está más acá del pensamiento occidental y sirve para definir la función del estereotipo en la historia concreta.

4.- La cruz de piedra y el hervidero espantoso

Entremos en este mitologema. Cerca del 1600, el padre Ávila se topó con el indio Joan de Santacruz Pachacuti yamqui de Salcamayhua. Fue en Cacha, unas cuantas leguas al sur de Cuzco, cerca del templo de Viracocha. Yamqui es un tratamiento o apellido y con él se designa a los más nobles de aquella comarca, “cuyo origen era una fábula”. Los españoles andaban por ahí haciendo redadas porque entre los indios habían cundido las herejías. Cristóbal de Medina, en su Relación de las fábulas y ritos de los incas cuenta que: “…creyeron que todas las huacas del reino, cuantas habían los cristianos derrocado y quemado, habían resucitado….y que ya las huacas andaban por el aire secas y muertas de hambre porque los indios no le sacrificaban ya…Y así fue que hubo muchos indios que temblaban y se revolcaban por el suelo, y otros tiraban pedradas como endemoniados, haciendo visajes…  [ diciendo] que la huaca fulana se le había entrado en el cuerpo”.  (América Profunda)

Los españoles reprimieron con saña a estos piqueteros del S. XVII, cuya supuesta irracionalidad los condenaba a la no-existencia. Lo cierto es, que como en el cuento  borgiano, en el S.XXI se repite la escena en Bolivia. En medio de ese hervidero espantoso ocurrió el encuentro entre el cura y el yamqui. Este, para explicar su concepción del mundo, le dibujó el esquema del altar del templo de Coricancha del Cuzco. Observa Kusch que una lectura actual asimilaría esa estructura gráfica a los trazados de los alquimistas del renacimiento y el barroco. Los tentados por esa ciencia sagrada, precursora de la química, como Giordano Bruno, Pico della Mirandola y muchos más, fueron también víctimas de represión, tortura y hoguera. Se avecindaban en las afueras del pensamiento único de la época: eran innombrables..

Uno de los cinco momentos de la manifestación de Viracocha, “dueño del  hervidero espantoso” ( manchay ttemyocpa), llamado unamcham , que significa signo o estandarte, era Tunupa.

Elegimos este tercer signo porque nos ilustra la concepción kuscheana del acto de conocer. En efecto, Tunupa, como fórmula ritual, significa “que va siendo mundo”. Es un desdoblamiento de Viracocha caído en el suelo como signo de la formalización necesaria. Crear un mundo, piensa Kusch, supone una vinculación entre dios y mundo. El mundo amorfo contamina al dios.

Pero, en el acto de creación, Viracocha, que es sólo teoría, pensamiento puro, lo que había que enseñar y debía permanecer incontaminado, carga, convertido en Tunupa, con el polvo de los caminos y se mancha en el hervidero espantoso: es hedor, rostro sucio. En él se materializa la enseñanza de Viracocha. Como un pobre y andrajoso peregrino, llega a los Andes de Carabaya.

Construye luego una cruz y entra a predicar la “doctrina del señor” en Carabuco, a orillas del Lago Titicaca. Enarbolando la cruz cósmica, avanza sobre las tinieblas, sobre el terrible hervidero cuyo caudillo es el jaguar terrorífico.  Tunupa, apresado y despedazado por el felino (uthurunku), ha enterrado la cruz en Carabuco. El caos la quiere destruir, pero ella se convierte en semilla y vuelve a aparecer portada por el harapiento peregrino que la petrifica, es decir, la formaliza. Esta muerte ritual nos arroja al milenario y tremendo complejo vital que, acosados por el miedo a lo desconocido, desintegramos de la mente racional.

Evo Morales “echado en el suelo” es la puesta en acto del mito que irrumpe en el horizonte del habla, permite proferir lo innombrable, exorciza el caos y conquista un equilibrio (cruz petrificada) como armonía de forma y vida. Por eso en la derrota, puede predicar la paz y la concordia.

Se ha construido así una representación del conocimiento como teoría y práctica del hacer. En América, postula Kusch, se nos presentan las cosas como absolutamente hechas. Y se lo hace en nombre de una “moral y estoicismo que ya fueron abandonados” en Occidente.

Esa sumisión a lo preformado nos lleva a reconsiderar el operador seminal  miedo. Hace más de quinientos años que nos empeñamos en suprimir lo vital: “miedo a dejarse estar, no sea que uno pierda el prestigio de hombre civilizado” o “no solucione urgentemente las cosas” (cfr. Pensamiento Indígena…). El miedo de vivir lo paraliza todo. Y en primer lugar el miedo de vivir lo americano. Moralidad, artes, política, son reducidos a un simple “canon que subsume la verdadera vida”.

4.- La Whipala ardiente

Ahora bien, si el pensamiento seminal “se mueve entre extremos innombrables, pero aunque pase a segundo plano, sigue acompañando, de cerca, las más racionales de las afirmaciones”, nos vemos obligados a reintentar la pregunta inicial que nos formula Kusch: ¿Cómo concebir al sujeto cultural en América?¿Cómo animarse a modos nuevos de conocer más acá (que es donde estamos) del canon?¿Cómo petrificar el signo o estandarte que captura el acto fulgurante en que lo racional se moviliza hacia lo real y lo real impregna lo racional?

Quizás sea preciso aceptar que en América lo viviente permanece como un entierro (tesoro guardado bajo tierra) en el subsuelo social: “En América lo viviente pertenece al subsuelo social, se asocia a la negación de la ciudad al punto de hacer arrancar a Borges la exclamación de que el Martín Fierro suele ser defendido por la anti-inteligencia”.

En lugar del arte de la forma y de los contenidos neutros con que fabricamos la universalidad, una vuelta a lo biológico, a la condición ameboidal (,”Anotaciones para una estética de lo americano” ) que  revuelca,   sin forma, en el charco barroso de la realidad su capacidad de sobrevivir y sustraerse a la estructura social opresiva. El conocimiento de lo real, antes de ser formalizado, es sólo una semilla enterrada en el espacio geocultural: germen de pensamiento sin correspondencia alguna con aquello que hemos convenido en clasificar como tal.

Las formas occidentales no tienen consistencia ante lo americano. América siempre se corre más acá de las formalizaciones de los superpoderes (leyes, constituciones, escuelas, universidades, medios, ciencia).

Kusch menciona a Juan Moreira. La obra de Gutiérrez desregulariza las formas teatrales europeas y perfila un género propio: el teatro criollo. Sobreviene una mudanza en el espacio: no en el teatro, en el circo; no sólo en el escenario, en el picadero. Entre una confusión de vestimentas, dialectos, gritos, música, caballos y fogonazos, el sujeto cultural cuestionaba su supervivencia en el margen mediante el despliegue vital de Moreira. Es el triunfo de lo humano sobre el caos, es el conjuro (la formalización) del hervidero espantoso. Todo lo sin solución, propone salvación en Martín Fierro, en Juan Moreira, en el arte popular, en el ritual del tango, en los reprofundos del subsuelo social, en la Whipala, en el aguayo: en todo lo inconfesable de América. Claro que eso exige una ascesis al sujeto. No ya un sujeto biográfico o inteligencia individual, sino sólo gestor, sujeto de una acción en que el pueblo agota el fenómeno cultural como puro proyecto.

La cultura, la gran obra, ya no será privativa de un sujeto kantiano (una categoría), sino de la comunidad que ve en ella una especial significación. Ser creador de arte, de pensamiento, de política, consistirá entonces en convertirse en instrumento de una totalidad inteligente ante un requerimiento de formalización.

Con frecuencia, los instrumentos provistos por la universidad dejan al intelectual indefenso ante lo americano. Kusch propone estar para ser. A lo mejor cuando aprendamos a estar echados entre las guascas del Viejo Vizcacha o tirados como el Cacique de Juan Moreira “sobre un montoncito de tierra recién movida” o entubados al respirador jadeante del bandoneón de Troilo, habrá comenzado lo que nos toca de pensamiento a proferir,  la palabra de nuestro estar siendo. Como Evo Morales, “echado en suelo sobre una manta”, bajo cielo encimado de un precario toldo, a la intemperie, estando con el todo el pueblo para ser. Parece no estar, pero está; parece no ser, pero es. Quemando el estandarte, pretendieron desterrarlo y desalmarlo, pero la Whipala, hace milenios, no deja de arder en el corazón del pueblo.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 14/12/19

Bibliografía:

Kusch, Rodolfo, 1975, América Profunda, Bs.As., Bonum

                       , 1976, Geocultura del Hombre Americano, Bs.As., Fernando García Cambeiro.

                     , 1977, Pensamiento Indígena y Popular en América, Bs.As., Hachette.

                     , 1985, “Anotaciones para una estética de lo americano” (En: IDENTIDAD, Segunda Época, Revista de la Fundación Ross, Rosario). 

por Jorge Torres Roggero

Imagen (38)1.- Manuel Ugarte: un maldito

En el prólogo del libro  La reconstrucción de Hispanoamérica, Manuel Ugarte (Bs.As., 1875/Niza, 1951) sostiene que lo que vamos a leer es “un testamento y una despedida”. Desde que, a comienzos del Siglo XX, inició su batalla cultural contra el imperialismo y por la unidad latinoamericana, solo tres libros suyos fueron editados en Argentina. Su lucha y su obra fueron silenciadas por el aparato cultural de la oligarquía. En gira de conferencias por toda América Latina, “agotó su fortuna personal, despertó la aversión de los cipayos, de derecha y de izquierda y fue expulsado del Partido Socialista por su “nacionalismo latinoamericano”. Sus libros principales fueron editados únicamente en España y Francia.

El libro póstumo, que vamos a recorrer juntos, fue editado en 1961 por Editorial Coyoacán. Su viuda, Thérese Desmard comenta: “Se le negó todo, hasta una jubilación como periodista a aquel que había invertido toda su fortuna en grandes campañas continentales, a principios de siglo, para pregonar la unidad de los pueblos de América Latina”. El desconocimiento deliberado de su obra asegura, es el resultado “de una confabulación del imperialismo contra el que luchó toda la vida”. Aislado y perseguido, se vio obligado “a asumir un destierro voluntario de cuarenta años”.

Los siete capítulos de La reconstrucción de Hispanoamérica que se publican fueron corregidos por Ugarte. Pero el prólogo es una recopilación de los apuntes que había preparado para una redacción ulterior. El manuscrito quedó inconcluso. Trabajaba en él cuando la sorprendió la muerte en 1951.

En 1945 había regresado fugazmente a la Argentina y, con disidencias, apoyó el movimiento popular naciente. Entre sus papeles, se encontró un texto en que sostenía: “Perón es la voluntad nacional y en ella se funda actualmente la salvación de la Patria. No he pertenecido nunca al bando de los aduladores y si hago ahora esta afirmación, si he vuelto especialmente de Europa para votar a Perón, es porque tengo la certidumbre absoluta de que alrededor de él debemos agruparnos, en los momentos difíciles porque atraviesa el mundo, todos los buenos argentinos.” Y concluía: “Todos los presentimientos y las esperanzas de nuestra juventud, volcada un instante en el socialismo, han sido concretadas definitivamente en la carne viva del peronismo que ha dado fuerza al argentinismo todavía inexpresado de la Nación. Ahora sabemos lo que somos y a dónde vamos. Tenemos nacionalidad, programa, derrotero.”

2.-Mestizaje: ¿el fuerte siempre gana?

Eva Perón hablaba del “derecho victorioso del más débil”. En consecuencia, a lo mejor  la  historia  de nuestras luchas por la vida, de la selección de las especies y del dominio del más fuerte, nos es la verdadera historia. Esas, diría Borges, son “nuestras imposibilidades”. Como en la microbiología, existen otras posibilidades. Está comprobado que, mediante la cooperación, el débil logra sobrevivir y sobreponerse a la agresión del más fuerte. Refiriéndose a esto, dicen los microbiólogos Lynn Margulis y Dorion Sagan en Microcosmos: “La competencia en la cual el fuerte gana ha recibido mucha mejor prensa que la cooperación. pero ciertos organismos superficialmente débiles han sobrevivido formando parte de entidades colectivas, mientras el representante de los fuertes, al no haber aprendido el truco de la cooperación, fueron arrojados a la pila de los residuos de la extinción evolutiva”.

También el sexo es un tipo de realimentación: ““El sexo, postulan, como la simbiosis, es expresión de un fenomeno universal, el principio de mezclarse y congeniar. Dos organismos, sistemas u objetos bien desarrollados y adaptados se combinan, reaccionan, vuelven a desarrollarse, definirse, adaptarse y surge algo nuevo”.

De tal modo, no seríamos seres autónomos, sino eslabones de una cooperación simbiótica. La vida es una forma de cooperación. Surgiendo de la confusión y el caos, se realimenta. La supervivencia no es una especialización de los más aptos; es, en cambio, la cooperación como la más potente operación de cambio evolutivo.

A partir de una intuición poética, Kropotkin postula una interpretación del origen de las especies de un modo diferente al determinismo positivista. En su libro Socorro Mutuo, plantea: “Si nosotros preguntamos a la naturaleza quienes son los más aptos, si los que continuamente guerrean entre sí o los que se respaldan mutuamente, vemos de inmediato que los animales que adquieren habito de socorro mutuo son indudablemente los más aptos. Tienen más oportunidades de sobrevivir y alcanzar, en sus clases respectivas, el mayor desarrollo de inteligencia y organización corporal”.

Estos aspectos que vuelven a ser tenidos en cuenta ante el peligro de disolución de la cultura occidental como catástrofe ecuménica, nos enfoca en la obra póstuma de Manuel Ugarte de la que daré cuenta somera como un modo de cultivo (cultura) de la esperanza. A nuestros pueblos todavía les es dado bregar por la autoorganización mediante la dependencia mutua. La coevolución está a nuestro alcance. La identidad está escrita en lo que hacemos. Recibimos información y recibimos caos: nuestro enigmático mestizaje genera pensamiento y conducta. A veces, los pensamientos son estereotipos, simplificaciones que seleccionan y abstraen sentimientos, sensaciones, matices, pero debajo de cada pensamiento fluyen nuevos reprofundos de sensaciones y sentimientos, florecen rizos de realimentación del cerebro con la palabra y la presencia de olvidados dioses.

3.-Un estuario de recuerdos

Ugarte postula que en Iberoamérica se intersectan dos vectores principales. Su presencia es tan poderosa que nada ni nadie puede desviar o suprimir estas dos grandes vertientes“la que emana de la América precolombina y la que irrumpe con la presencia hispana. Fundidas una y otra en estuario de recuerdos, realizaciones y esperanzas frágiles aun en ciertos órdenes, a pesar de todo un programa, una herencia y una brújula, hay que evitar que corran riesgo de desaparecer porque constituyen la promesa de una nueva modalidad humana, de un pensamiento distinto dentro de los valores universales” (p.9)

Fíjense en la poderosa metáfora: “estuario de recuerdos”. Los argentinos estamos marcados hasta en el nombre por un barroso estuario. Eso somos, una confusa patria, una barro que anda, cargado de vida bullente atacada por acosos externos, por agrotóxicos de toda laya. Somos un fluir de recuerdos y nuestras realizaciones y esperanzas son todavía frágiles. Sin embargo, postula Ugarte, hay que aferrarse a ellas. Siempre están en riesgo de desaparecer y siempre estamos evitando que desaparezcan porque ellas constituyen la promesa. Esa promesa es la de una nueva conciencia universal “una nueva modalidad humana, un pensamiento distinto dentro de los valores universales”.

4.-La Caldera

En la emergencia de América como etapa superior y “tiempo entero”,  sucedió que a los que se alejaban de la metrópoli no les quedaba otro remedio que elevar y aceptar al indígena dentro de la nueva nación. Por otra parte, es claro que la independencia nació del esfuerzo concordante del criollo de sangre blanca y de sangre mezclada. Cada grupo dio hombres que contribuyeron a alcanzar el resultado, volcándose todos, podríamos decir dentro de la caldera en que hervía la futura nacionalidad.

Empapados los dirigentes de ideas conservadoras hasta intentaron, en un momento,  la creación de monarquías o de imperios. Favorecieron, además,  dentro de la minoría blanca dominante, el nacimiento de grupos privilegiados, mitad aristocráticos, mitad plutocráticos. Fue un doble error que avivó la rebelión, la inseguridad y la indisciplina.” (p.27)

La oligarquía instaurada en la gesta libertadora asentó su justificación en una independencia teórica y estableció un cordón de hierro entre la minoría gobernante y las mayorías populares. A finales del XIX proliferan los conventillos en Buenos Aires. Guillermo Rawson publica en 1885 su estudio sobre las casas de inquilinato. La escasez y la miseria lo conmueven, pero, en el fondo, es una apelación al instinto de supervivencia de las clases dominantes todavía conmovidas por la fiebre amarilla de 1871. No basta la limosna, de esas “fétidas pocilgas” donde se cultivan gérmenes de terribles enfermedades salen las manos y los cuerpos que trabajan en los lujosos palacios. Así un buen día, el tifus, la difteria, atacan a ese hijo, “que es un ángel”. Este temor al pobre como amenaza innominada, puede palparse en dos conocidos cuentos de la literatura argentina “Tini” de Eduardo Wilde y “El hombrecito del azulejo” de Mujica Láinez en que los médicos Wilde e Ignacio Pirovano son personajes importantes.

De tal modo Buenos Aires es un taller de epidemias y el conventillo “tálamo en el cual la fiebre amarilla y el cólera se recrean”; pero, presenta, a la vez, una verdad más alegre. El conventillo es también “la olla podrida de la nacionalidades y las lenguas”: teatro de amores, de dramas y tragedias, lugar de encuentro, a través de una oralidad babélica, de milenarias recetas culinarias. Allí germinan las “multitudes argentinas” en la solidaridad de la pobreza, en los niños que en la escuela pública se “argentinizan”. La madre italiana de Nicolás Olivari canta junto al fuentón mientras lava la ropa. En la Musa de la mala pata, gringa canta “yo soy la morocha, la más agraciada”; y el poeta poetiza: “la primera palabra en argentino que le oí a mi madre”. Esa confusa patria alumbrará, como un todo de autoorganización poderosa, la chusma sagrada de Almafuerte e Hipólito Yrigoyen.

Esa creatividad secreta del pueblo estará siempre en contradicción con el odio secreto de la oligarquía que se convirtió en el mejor aliado del imperialismo.

Dice Ugarte:  “…se afianzó el prejuicio de que sólo me mantenía la dignidad con los títulos universitarios, el uniforme militar o las tareas de gobierno. Así resultó la independencia en cierto modo teórica. El colonialismo político pasamos al colonialismo económico. Se aceptó como natural que las riquezas nacionales – in nomine – fuesen explotadas y fiscalizadas por organismos ajenos a nuestro conjunto”(…) “…las empresas extranjeras se apoderaron del suelo y el subsuelo.”(…) “Se entorpeció, por encima de todo, la facultad de crear. Pese a la independencia aparente, toda iniciativa y todo esfuerzo siguió ajustándose a fórmulas importadas. Cuanto vivificó la tierra nueva continuó siendo accionado desde lejos. Cada empresa próspera dejó sus beneficios fuera de la colectividad. No se hizo sentir uno de esos movimientos unánimes que renuevan el espíritu y le permiten adueñarse de todo lo que le rodea”(p.28)

5.- Ponerse a deletrear hechos

Manuel Ugarte inicia así lo que él denomina un “modesto silabario para deletrear hechos y buscar soluciones”. Considera que la Segunda Guerra “proyecta una luz clara sobre la evolución del Continente. Percibe circunstancias y perspectivas nuevas que rebasan los panoramas habitualmente evocados. Hay situaciones que obedecen a “otras rotaciones”. Rescata una vieja palabra cara a su comienzos modernistas y que alude a sensibilidad especial para percibir aspectos no visualizados de la realidad: vibración. Lo que la mirada (teoría) europea no ve, es develado con los ojos penetrantes de la mirada propia. Persiste una vibración “que correponde a nuestra entidad geográfica, étnica y espiritual para favorecernos o salvaguardarnos en medio del trágico remolino”. (p.12)

Ante el silencio de los que mandan, se levantan tumultuosamente las preguntas: “¿Qué somos? ¿Cómo hemos vivido? ¿Qué nos aguarda? (…) La contemplación del horizonte todavía en llamas nos hace pensar en el futuro. Nunca se vio tan loca confusión de ideas, jamás estalló la desorientación en forma tan estruendosa. ¿A dónde vamos?

 

6.- Una radiografía heterodoxa

Todos recordarán el oscuro pesimismo de la Radiografía de la pampa. Munido de filosofía europea, de un primitivo psicoanálisis, de las doctrinas y símbolos de extremo oriente, Martínez Estrada condena a las multitudes argentinas y sus posibles caudillos a un laberinto sin salida, a importadores del subconsciente europeo y la cloaca de occidente.

Asimismo, la radiografía de Ugarte es mucho más alegre que “el pecado original de América”  de H. A. Murena que nos sumerge hasta la verija en la barbarie. “Al resplandor del incendio, postula Ugarte,  surgen perspectivas nuevas que ponen en evidencia errores endémicos y ofrecen, en cierto modo, una radiografía de nuestro estado” (p.12)

Entonces comienza su reivindicación del mestizaje como una energía genética y como apertura a una conciencia universal. Urge, por lo tanto, retomar “… problemas capitales que hasta ahora fueron olvidados: el de la convivencia de los diferentes componentes étnicos, el de nuestra debilidad en medio de los remolinos del mundo, el de la valoración de los elementos propios de riquezas nativas, para no citar más que algunos”. Para ello, es necesario no enfocar los problemas desde el punto de vista de las ideas generales (pura teoría) o de los apasionamientos instintivos como hinchas de un ininterrumpido match de fútbol. Dejemos de vivir “del contagio de Europa”, de las repercusiones de lo que allá dicen, piensan y hacen. Él, que fue expulsado del socialismo por su “nacionalismo latinoamericano”, es un vivo ejemplo. En efecto, “el socialismo fue enemigo en teoría del capitalismo nacional, pero no lo fue en ninguna forma del capitalismo extranjero” (p.102)

7.- Tumultos de la humanidad y horas confusas

Sin encarar la lucha antiimperialista, de nada valen las elucubraciones filosóficas y su carga de erudición prestada:  “Los imperialismos que nos supergobiernan tienen una verdad para ellos y otra para los pueblos que aspiran a seguir mediatizando” (p.13)“Francia en Marruecos, Inglaterra en la India y los Estados Unidos en Iberoamérica han seguido después ( la táctica de fingir favorecer las intrigas interiores exasperando los apetitos de los jefes como César)  la misma política, probando que el supremos peligro de los pueblos débiles suele residir, más que en la fuerza del enemigo, en la infidencia de los connacionales, en la deserción de una minoría que enlaza sus intereses con el invasor”(p.54) 200.000 soldados dio Iberoamérica bajo otras banderas en la guerra del 14 pero muy pocos acompañaron a Sandino cuando se “lanzó a reivindicar la libertad de Nicaragua”(p. 55)

Sin embargo, los imperialismos llevan en sus entrañas los gérmenes de su destrucción. “La misma captación unilateral, basada en privilegios comerciales, que representa la manera más perfeccionada del colonialismo, implica a la larga, desangramientos tanto más importantes cuanto más amplio es el radio en que se ejerce la acción. Resulta dudoso que un pueblo pueda sacar todo de otro durante mucho tiempo sin dejarle nada. Por disciplinados y estrictos que sean los procedimientos, siempre hay un desgaste que resta fuerza. El organismo conquistador se desvirtúa y decae en proporción a la distancia que le separa de sus bases. Esta ha sido en todas las épocas la causa que determinó la caída de los núcleos dominantes, inferiorizados por civilizaciones tributarias o sorprendidos por sublevaciones de esclavos”.

Hoy en día, pensamos, la flecha del tiempo se ha invertido. Los Estados Unidos han entrado en una fase entrópica y China ha salido desde la profundidades de su cultura milenaria al encuentro del futuro. Es una hora de tumultos; y el tumulto es un don iberoamericano. Han anunciado su presencia ciertas estructuras disipativas, cierto caos activo, caliente y energético, indemne a las pistolas táser y la vigilancia electrónica.

El caos turbulento que cada vez opaca con más fuerza el orden occidental, anuncia en silencio la desintegración del sistema y la emergencia de nuevos equilibrios. Es necesario restaurar el carácter abierto de la historia, “en los grandes tumultos de la humanidad unos núcleos naufragan y otros resurgen. Conviene familiarizarse con los defectos y las cualidades nuestras, con los puntos fuertes y los puntos vulnerables ajenos para encarar resueltamente el porvenir en el ring trágico de posibles victorias o derrotas de los siglos”(p.35) Ante este panorama, es necesario ensayar modos de ver propios y no dejarse sugestionar por constelaciones extrañas, ajenas a nuestro acontecer y a nuestros avatares concretos como sujetos históricos. Ugarte llama a: “Examinar en horas confusas nuestros intereses especiales, regionales, inalienables desde un punto de vista propio, desligado de extrañas sugestiones” (p.10)

En medio del desorden, hay que “sacar enseñanza de los errores pasados para preservar en la parte del planeta en que nacimos las formas de vida, de pensamiento, de acción que integran las distintivas, los resortes, la atmósfera sin la cual seríamos tributarios de otros pueblos y, a poco andar, virtualmente vasallos”. (p.10). Es claro que el idealismo, el derecho, la justicia, las fuerzas espirituales, en la historia fáctica, sólo triunfan fugaz y fragmentariamente. Es parte de nuestro conocimiento de la historia universal tener en cuenta que el punto de partida es un cruce o intersección: el de la América autóctona con la conquista ibérica. Idioma y cultura hispanas se sobrepusieron y de tal modo constituyen las bases dominantes. Por lo tanto, mientras más cerca de las fuentes, más personalidad; cuanto más pasado, más patria. Por supuesto, deberá tenerse en cuenta que el componente hispano es solo un aglutinante; pero el componente nativo es volumen vital que gravita sobre el porvenir. Los nativos, mal pagados, mal nutridos, llevan “sobre sus espaldas la riqueza que se va”. (71-74).

Ugarte no acepta el indigenismo ingenuo: “El indigenismo, o indianismo, significa regresión a la América precolombina y sólo puede tener curso como fantasía literaria.” “…cabe preguntarse en qué idioma se haría la campaña para exhumar el pasado” (p.72) La realidad de la nueva América es el mestizaje. La mezcla mantuvo mentalmente una jerarquía frente a las diferencias étnicas después de haberlas desmentido por la cohabitación en las costumbres.(p.60)

La independencia debe estar afirmada sobre cimientos vitales. “…el derecho, la justicia, la libertad no son leyes morales infalibles, sino consecuencias variables de los factores económicos y la situación material de los pueblos”(P.58) “El hueso de las naciones no está en sus preferencias filosóficas, políticas o sociales, sino en la organización de los recursos económicos que preservan la autonomía. (…)”De nada sirven principios o sistemas si el organismo material sucumbe y se extingue la fuerza vital sobre la cual aspiran los mismos teóricos bullangueros a ejercer acción”.(p.79)

8.- La Patria es un ser viviente

Como vemos, para Ugarte los “cimientos vitales” de un pueblo no residen en las grandes ideas, sino en lo que constituye su cuerpo vivo, sus vísceras humeantes, o sea, “los recursos económicos que preservan su autonomía”.

De entre esas materialidades emana “el alma” de un pueblo, su modo de plantarse en la historia y en la transhistoria individual y supraindividual: “Todo ser viviente –y la Patria es un ser viviente en la historia como puede ser un águila en el cielo – todo ser viviente, digo, por inferior que sea el rango que ocupa dentro de la zoología, tiene el instinto de perdurar. Hasta en la escala más rudimentaria, se precave, por un lado contra la agresión de las especies más fuertes, y por otro, contra los alimentos o climas que le son contrarios. Los pueblos que no quieren desaparecer muestran también esa doble preocupación de prevenir filtraciones extrañas y aportes que minan la salud y fortaleza. (p.79)

Nuestra América no tuvo en cuenta esta doble preocupación. ¿Cuál era el único peligro? Sin duda las acechanzas de las grandes naciones imperialistas. Sin embargo, organizó sus defensas pensando en las hermanas repúblicas limítrofes y las abrió de par en par a los poderosos imperios. Fue así como entregó las riquezas del suelo y subsuelo; aumentó desorbitadamente la deuda pública y derrochó su tiempo enredándose en debates estériles, en gritos de tero destinados a esconder el nido de iniquidad de la entrega por parte de los vendepatria. De tal manera, los extraños se apoderaron de la regulación de las funciones vitales del pueblo. ¿Si no accedemos a las exigencias de la usura internacional, dicen, ¿cómo venderemos nuestros productos? Ugarte daba el ejemplo del Pacto Roca/Runcinam. Funda, desde una perspectiva nacional y latinoamericana, en qué consiste estar “aislado del mundo” y “de las inversiones”.

Ugarte concluye con una apelación que implica una cambio en la flecha posible/duración. Paradójicamente, las naciones no pueden vivir sin una mística. Las patrias se van haciendo día a día: “La evolución de las patrias que aspiran a durar es una carrera de antorchas en el curso de la cual las generaciones se van pasando la llama encendida en vista de una finalidad que ninguno concreta en sí y que solo se cumple con la solidaridad en el curso de los tiempos”. Si es necesario que cada república mantenga su demarcación, sus costumbres y su gobierno; que, por lo menos, “en las líneas básicas y vitales, exista una esperanza, un orgullo y un derrotero común”. Estos son algunos lineamientos de un libro inconcluso cuyas últimas páginas fueron firmadas, a modo de despedida, en Niza, noviembre de 1950.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Briggs, J. y Peat R.D., 1990, Espejo y Reflejo: del caos al orden, Barcelona, Gedisa Editorial

Martínez Estrada, Ezequiel, 1961, 5ª Edic., Radiografía de la pampa, Bs.As., Losada

Mujica Láinez, Manuel, 1994, Misteriosa Buenos Aires, Barcelona, Seix Barral

Murena, H.A., 1954, El pecado original de América, Bs.As., Sur

Olivari, Nicolás, 1966, El gato escaldado, Buenos Aires, CEAL.

Páez, Jorge,1970, El conventillo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

Wilde, Eduardo, 1938, Prometeo & Compañía, Bs.As., Ediciones Anaconda

Ugarte, Manuel,1961,  La reconstrucción de Hispanoamérica, Buenos Aires, Coyoacán

por Jorge Torres Roggero

“La verdad es que somos hedientos y que lo simulamos

con una pulcritud demasiado ficticia” (Rodolfo Kusch)

1.-Llegada o salida 

CoSanta Ritamo todos sabemos, el simbolismo de la peregrinación es una figura muy frecuente en la tradición de los pueblos. Algunos consideran que su sentido más profundo reside en cierta aspiración inextinguible de retorno al origen. El peregrino se “inicia” en un camino o sendero que, siendo único, se bifurca en múltiples formas. A veces pataconea tierras inhóspitas; otras, fatiga mares procelosos. No es raro que caiga en el hoyo profundo y descienda a los empujones, como Virgilio o Dante, a los infiernos. O que visite el interior de la tierra en busca de la “oculta piedra”. Paradojalmente, no es extraño que la entrada se convierta en salida.

Peregrinar es alcanzar la certeza de que se transita por  un laberinto y que el desafío es llegar a un centro que no existe. A lo mejor, el desplazamiento en el espacio es sólo el símbolo de una tensión de búsqueda. De  una cualificación que se procura mediante combinatorias y cruces de movimientos interiores y exteriores. Esta “salida de Egipto”  para internarse en el desierto puede resultar, y uso aquí un término sarmientino, una “travesía” llena de rastros perdidos que poseen el secreto de orientar nuestros  pasos “al otro lado”, al misterioso pozo de agua viva en cuyo fondo el centro es solo una imagen del Centro.

Sedentario y tímido plantígrado de barrio (sin Compostela, ni Jerusalén, ni Roma, ni Cusco, sin Centro) suelo peregrinar de un modo precario: estando. Doy vueltas, giro como una aguja de reloj, en cierta iglesia de Córdoba cuyo nombre reservo. Como todos los templos de esta ciudad sagrada, esconde un libro mudo que nos desafía a descifrarlo a sabiendas de que el misterio es impenetrable.

Pero como estas líneas son apenas una “noticia”, iniciaré un avance a tientas por los alrededores de algunos símbolos casi sin latido, apenas desligados de su materialidad. No parece difícil: sólo hay que bajarse del viejo jamelgo del análisis y,  como decía León Bloy, “arrodillarse para escuchar el canto del corazón”. Habrá que mirar con ojos nuevos las efigies de los santos. No son solo materia pintada, son figuras. Son tropos “en acto” que se nos ofrecen como soportes materiales para el salto metafísico.

De la mano de los más humildes, de aquellos cuya ignorancia nos asombra, emprendamos, sin más, con arte de saltimbanqui, el salto al misterio. Ellos saben que el misterio es infranqueable pero rodeado de luz. No se entretienen, entonces, “pelando la cebolla para encontrarla”. Emprenden el camino, levantan vuelo desde los suburbios de la “docta ignorancia”.

Les cuento un secreto. Si comienzan a avanzar por la nave derecha de la iglesia que digo, se encontrarán, a cada paso, con puntos de tensión, con pasajes enterrados que son abismos, con imágenes inquietas, recién salidas del corazón, que parecen hablarnos, pero sin voz. A veces nos miran con una mirada que habíamos olvidado. A medida que caminamos, en cada altar nos asalta alguna palabra agazapada: providencia, luz (partícula indestructible del alma de la materia), rayos de gracia que descienden de lo alto, energía radiante del corazón (luz y calor). Cada palabra llama sin cesar, desnuda sus significados y esconde sus sentidos. A veces se abre, pero como una rosa azul. ¿Una rosa azul? Esa extraña epítesis deja resonando una nueva palabra: imposible. Estoy frente a la figura de Santa Rita de Casia, con la espina y la rosa, con la llaga como un rubí sangriento en su frente. ¿Quién era Rita?

2.- La espina y la rosa

Rita (1381) nació cerca de Casia,  Italia. Era época de guerras, terremotos, conquistas, invasiones, rebeliones y corrupción. Su vida estuvo marcada por milagros: lo imposible se volvía posible.

Sus padres analfabetos le inculcaron, por tradición oral, la sabiduría de la religiosidad popular. Nunca fue a la escuela, pero Dios le concedió la gracia de leer milagrosamente. Cuando era pequeña, mientras sus padres labraban la tierra, la dejaron sola en su cuna y fue cubierta por un enjambre de abejas que, extrañamente, no la picaron. Un campesino, que se había herido la mano con la hoz, corría, desolado, buscando quién lo cure. Cuando pasó junto a la cuna de Rita, vio zumbar las abejas sobre el cuerpo de la pequeña e intentó espantarlas. Con gran estupor, mientras sacudía las manos para alejarlas, la herida cicatrizó completamente. Según la  tradición, Rita tenía una precoz vocación religiosa y era visitada por un Ángel cada vez que se retiraba a rezar en un pequeño desván. Sin embargo, sus padres, ya viejos, le escogieron un esposo y ella, apenas adolescente, obedeció.

El marido resultó ser bebedor, mujeriego y maltratador, pero Santa Rita se mantuvo fiel y en oración. Parió dos gemelos que heredaron el temperamento del padre. Tras veinte años de casados, el esposo se convirtió, Rita lo perdonó y lo acercó a una vida más piadosa. Pero, como antes de su conversión el esposo tenía malas juntas, cierta noche, no regresó a casa. Al día siguiente, lo encontraron asesinado.

Los hijos juraron vengar la muerte de su padre y la pena de Santa Rita aumentó más. Ni sus súplicas los hacían desistir. Afligida,  rogó al Señor que salvara las almas de sus hijos y que tomara sus vidas antes de que se condenaran por semejante pecado mortal. Y ocurrió que ambos contrajeron una terrible enfermedad y antes de morir perdonaron a los asesinos. Cuando Santa Rita estuvo sola, tenía poco más de 30 años y sintió renacer y madurar en su corazón el deseo de su vocación religiosa. Rita pidió entrar como monja en el monasterio de Santa María Magdalena, pero por tres veces fue rechazada: era viuda de un hombre asesinado. La leyenda narra que Santa Rita logró superar todas las barreras y las puertas cerradas gracias a la intercesión de: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino que la ayudaron a emprender el vuelo del “Escollo” hasta el Convento de Casia, en un modo para ella incomprensible. Las monjas, ante el prodigio, la acogieron entre ellas y allí Rita permaneció cuarenta años sumergida en la oración.
Fue sometida a duras pruebas por la superiora. Como obediencia, le ordenaron regar todos los días una planta muerta. La planta llegó a ser una vid floreciente que dio uvas que sirvieron para el vino sacramental.

En la cuaresma de 1443, fue a Casia un predicador que habló sobre la Pasión del Señor. La reflexión tocó mucho a Santa Rita y a su retorno al monasterio pidió al Señor participar de sus sufrimientos en la cruz. Recibió estigmas y las marcas de la corona de espinas en la cabeza. A diferencia de otros santos con este don, las llagas en ella olían a podrido y tuvo que vivir alejada de sus hermanas y la gente por muchos años.

Cuando quiso ir a Roma por el primer Año Santo, Jesús le quitó el estigma que tenía en su cabeza mientras duró la peregrinación. Al regresar a casa, volvió a aparecer la llaga y tuvo que aislarse nuevamente.

Los últimos años de su vida sufrió una grave y dolorosa enfermedad que la retuvo, inmóvil, sobre su cama de paja durante cuatro años. En este tiempo le mostraron unas rosas que brotaron prodigiosamente en su huertecito de Roccaporena en pleno frío invernal. Ella aceptó sonriente este signo como don de Dios. Por eso es la santa de la “espina” y de la “rosa”.

Murió en 1457. La herida de espina en su frente desapareció y en su lugar apareció una mancha roja como un rubí, que tenía deliciosa fragancia. Nunca la enterraron, su ataúd de madera fue reemplazado por uno de cristal y su cuerpo permanece incorrupto. Recién fue canonizada en 1900. Cientos de años después de su muerte, en el monasterio de Casia, las abejas blancas brotan, cada año, de los muros del monasterio durante Semana Santa y allí permanecen hasta la fiesta de Santa Rita. Las grietas del muro, donde los enjambres desaparecen hasta el año siguiente, pueden ser vistas por los peregrinos.

A partir de su muerte, los milagros se multiplicaron. Las más extrañas enfermedades hallaron cura: parálisis total, piedra en la “vejiga”, dificultad de palabra, heridas incurables y en putrefacción, abscesos en garganta, locura, huesos rotos, llagas, hemorragias, posesiones de “espíritus inmundos”, peste y cáncer de garganta: Santa Rita, Patrona de lo Imposible.

3.- Pescar según anzuelo y carnada

¿Qué iniciado tramó, en alguna Legenda Aurea o en un Flos Sanctorum,  la extraña peregrinación de Santa Rita por el bosque de símbolos de la tradición?

Frente a su imagen, la mayoría de sus devotos portan en sus rostros las huellas de los trabajos y los días, de la explotación y la miseria. Mujeres de vestidos gastados y ruedos sucios cargan los estigmas de su condición y de su género. Como Santa Rita, mujer golpeada, son portadoras de las señas del maltrato y la discriminación. Unas ruegan y lloran; otras, ríen y agradecen. En recortes de papel arrugado, escriben, con manos paspadas, peticiones imposibles. Es una escritura llena de tropezones gráficos, de trazos gordos y de inquietudes urgentes. También hombres de manos rudas y rostros impasibles descargan su energía ancestral sobre la imagen. Todos “toman gracias”.

La fricción ritual ha erosionado el cuerpo de la santa: manos y dedos gastados, pies mutilados, nariz desleída, rosas despintadas. Cristo descarna su desnudez asediada. Hace siglos que el pueblo deposita su energía y su esperanza en esos tropos siempre callados pero sordamente balbuceantes. Son portadores de una fe. Según San Pablo, “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He 11.1).  Recuerdo, de golpe, al Gral. Perón, cuando tras dieciocho años de exilio, anunciaba que “nuestro punto de partida” en el camino de la reconstrucción y liberación del hombre y de la patria, era la fe.

Surge, entonces, una pregunta: ¿aliena la fe? Pertenece a una familia rara de palabras: fiar, confiar, fiado y cuántas más. Si no hay “fe”, no hay “confianza”; si no hay confianza en el otro, no hay amistad, no hay compañerismo, no hay amor. Tampoco esperanza. Es decir, certeza de lo que está por venir.

Para la cultura capitalista, individualista, el otro es un competidor. Nadie le da “fiado”. Nuestras madres solían decir que nunca había que negar un trozo de pan, un poco de yerba y azúcar al mendigo, al croto que tocaba la puerta. Ese pordiosero (pedía “por Dios”), aseguraban, podía ser un ángel. No habían leído la Biblia, no tenía cura el pueblo, pero ellas podían deletrear, por misteriosas señales, el “anhélito” de un ángel, el “regüeldo” de un diablo.

Hemos perdido la facultad de percibir lo numinoso, lo “otro real”; y por eso nos debatimos en remezones de angustia. Hasta Marx decía que, si bien la religión era el opio del pueblo, era, a la vez, expresión de su rebelión. La peregrinación va tejiendo extraños caminos. Ahora recuerdo a Rodolfo Kusch. El “hedor” como signo de América le fue revelado “tras la fatiga de un largo peregrinaje”. Aconteció en el Cusco, ombligo o centro del mundo, cuando ascendía penosamente hacia la vieja iglesia de Santa Ana construida cerca de las ruinas de un “adoratorio dedicado a Ticci Viracocha”. Fue la revelación de la “pequeña verdad de lo que realmente somos”, verdad reprimida a lo largo de nuestra historia individual y social. Ponerla en vigencia, supone un acto de fe en la potencia sepultada en los cuerpos lacerados y hedientos.

Ciertamente, la historia no se escribe con la punta de la espada ni con el alfabeto de la civilización dominante. Está inscripta en el corazón del pueblo y hemos perdido el secreto de sus latidos. Por eso andamos en busca de la palabra perdida, sin voz ni voto.

Regreso a peregrinar por la vieja iglesia cordobesa. Busco a la doliente y luminosa Santa Rita. Ya casi no hay pueblo a su alrededor. La efigie ha sido restaurada. Pies, manos, nariz, rosas, crucifijo, estigma, lucen un esmalte brilloso y chillón. Tampoco hay cédulas con impetraciones y agradecimientos. La eternidad histórica del pueblo se ha retirado. Se ha llevado la “egrégora”, es decir, la fe como energía viviente de los ritmos vitales y de los ritos.

¿Qué ha sucedido? La santa no solo ha sido repintada. Ahora  ha sido demorada por merodeo y permanece presa y en exhibición en un calabozo de acrílico. No hay exvotos. Solo una alcancía blindada con una hendija calculada para recibir, no solo monedas, sino también billetes. Persisten, sin embargo, fulgores, ínfimos refucilos del poder numinoso. Sobre el acrílico, titilan manchas de dedos grasosos, huellas digitales de la poderosa cultura popular. Ritmos, ritos, gestos

Los levitas se han reservado las ofrendas, han censurado los símbolos, se han vuelto analfabetos para rastrear las huellas del Verbo en el corazón del pueblo. ¿Habrán masticado las advertencias de Francisco sobre las enfermedades secretas del cuerpo eclesiástico que le impiden vivir “los sentimientos de Jesús”? ¿Habrán perdido el poder de la palabra que arroja demonios y la facultad de bendecir y multiplicar el pan que hace compañeros a los hombres? ¿Y si el Contracristo no es en realidad un cuerpo individual y futuro, sino un sistema, un cuerpo moral, y ya está entre nosotros?

Palpito que las preguntan me acogotan, busco una salida a los hondos gruñidos de mis adentros, busco el umbral del alba. Balbuceo, entonces, este soneto, melopea insomne, en honor de Santa Rita bendita, patrona de lo imposible, compañera fiel en la espera de lo que está por venir y que inexorablemente se cumplirá.


SANTA RITA BENDITA

(Ante la imagen de Santa Rita, Patrona de lo imposible)

Monjita o ángel con los pies gastados

por el llanto y sudor de los sufrientes,

es Cristo el que te besa y lo que sientes

es su espíritu ardiendo en los cansados

dedos mártires, tactos arrugados.

Humildes manos piden que apacientes

su dolor con tu cruz; que las simientes

de tus rosas perfumen los llagados

entresijos de muerte que en los hijos

del pueblo el odio abona; y la injusticia

pone en la cuenta de sus plazos fijos.

¡Santa Rita bendita, lo increíble

es pan del día, horror de la avaricia,

cuando tu fe se abisma en lo imposible!

Jorge Torres Roggero

Versión 2015-08-07

(Fragmento del libro Poética de la Reforma Universataria  de Jorge Torres Roggero, Córdoba, Editorial Babel, 2009)

 

Las palabras “milenio”, “milenarismo”, “fin de ciclo”, “juicio final” circulan agobiadas por múltiples y divergentes  connotaciones. En la serie semántica así creada nada ni nadie nos veda atravesar con puntillosa levedad desde el terror a la parodia.

En todas las etapas de la humanidad, desde las más remotas edades hasta las ultimísimas  posmodernidades, se ha transitado por el camino de las utopías, de los mundos posibles , de las realidades desastrosas y las transrrealidades precitas o plenas de beatitudes. Recordarlas sería objeto de un tratado infinito, de un biblioteca de Babilonia.

Algunos responden a estos malestares en que la razón parece zozobrar, con la ironía y la burla. En 1809, la secta de Los Malos Consejeros, fundada por el Dr. Ehrmann en Francfort, repartía  diplomas escritos en latín  entre sus miembros, en que acentuaba una vieja espera mítica: un dios nuevo no puede ser otro que el genio del mal. Cuentan los historiadores que el mismo Goethe se dejó atrapar.

 Poco después, hubo en Viena una secta llamada Ludlam’s cave. Los miembros masculinos se hacían llamar  bodies (cuerpos) y las mujeres, shadows (sombras). En sus pruebas  de iniciación daban por sobreentendido que ningún cuerpo podía prescindir de su sombra. Cuando fueron aprehendidos, con una humildad poco común, los jefes de la organización sostuvieron que el examen de iniciación sólo tenía por objeto demostrar la estupidez del candidato. A mayor estupidez, mayor jerarquía[1].

Nuestro Borges cuenta la historia de Melanchton. Tomado  de  Swedenborg, el relato versa sobre la vida y los escritos de un teólogo empeñado en demostrar que se puede ganar el cielo sólo con la fe, prescindiendo de la caridad. Ignoraba que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo.  Seguía escribiendo, pero como persistía en la negación de la caridad, todo se afantasmaba y era rodeado por discípulos sin cara o que parecían muertos. Cuando determinó escribir un elogio de la caridad, las páginas de hoy aparecían borradas mañana. Era engañado con “simulacros de esplendor y serenidad”.

Quizás la fábula borgeana ilustre sobre los “monstruos de la razón” en las edades racionalistas en que reinan el extravío y la información. Las palabras que el hombre emplea dejan de significar la realidad que vive. Solamente valen los significados que pueda escoger por sí mismo ; sólo es sensible a las relaciones internas que  las palabras descubren entre ellas y que remiten la atención de una a otra. Si estas relaciones son incompletas y deformadas, dan una visión “alucinada” de “lo real”. Llevadas al límite, predican la investigación científica como reflejo de un mundo parcelado, sin significado exterior a las palabras mismas, “sin afuera”. Desde este punto de vista, un mundo sin hombre (en su origen o en su final) no tendría sentido. Sería llevado como Melanchton por los “hombres sin cara” hacia los médanos, sería “como un sirviente de los demonios”.

Habitantes de un Cono Sur en cuyo geo-tiempo no deja de engendrar el futuro ni de parir la historia (como profesaban nuestros fundadores saintsimonianos y los profetas  positivistas fundadores del  Brasil moderno, como antes lo habían preanunciado los amautas y el Padre Lacunza o como fabulan las novelas futuristas y los teóricos del pensamiento “urdido”), vale recordar algunos movimientos milenaristas y su relación con la revolución independentista.

Desde llegada de los españoles, no faltaron en nuestras tierras quienes se proclamaron cristos y comenzaron a predicar la redención de los oprimidos por el conquistador.

En el canto XX de Argentina y Conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera se cuenta cómo “un indio llamado Oberá se intitulaba hijo de Dios y a un hijo suyo, Papa, y a otro emperador” y cómo fue reprimido por Juan de Garay. Sabemos que entre los clérigos de la conquista había algunos, discípulos de Joaquín di Fiore, que a salvo de la inquisición metropolitana y entusiasmados con el “hombre natural”, predicaban el advenimiento de una nueva edad, la del Espíritu Santo, en que los opresores (reyes, nobles, alta jerarquía eclasiástica) serían llevados a juicio y castigo y en que los humildes serían enaltecidos. Centenera echa la culpa a Martín Gonzálvez, “clérigo idiota”, falto de “musas”, por haber adoctrinado a Oberá “misterios altos, bellos,/ que al indio no se sufre tratar de ellos.” Gracias a estos sermones, el Paraguay estuvo mucho tiempo cercado  por “aqueste indio levantado”.

Oberá, cuyo nombre significa resplandor, se proclama hijo de Dios “y concebido de virgen y que virgen lo ha parido”. El arcediano, acusado de ladrón, amancebamiento y otros pecados nada veniales, confiesa que le tiembla la mano cuando escribe esta historia porque  se ve obligado a  contar con precisión lo que decía aquel “que más que diablo en todo parecía”: “los indios comenzaron a seguillo/ por todas las comarcas do venía,/ atrajo mucha gente, así, de guerra/ con que daños hacía por la tierra”. Fue Oberá predicando “la tierra adentro” y , a su paso, no había indio que no siguiera su voz. Tras el “impío pregón” abandonan los “repartimientos” ( encomiendas donde eran explotados):  “la tierra se va toda levantando,/ no acude ya al servicio que solía,/ que libertad a todos prometía”.

Todo milenarismo predica la libertad. La libertad significa negarse al trabajo forzado a que está condenado el oprimido y supone un mundo en que imperan la solidaridad y la fiesta. Según los explotadores, este nuevo tipo de organización trae el hambre y la escasez. ¿ No resuena en nosotros el discurso fallido de los “profetas del odio” de antes y ahora en las jeremíadas de Centenera? ¿No es esta quejosa octava del Siglo XVI el protoentimema de las predicciones que escuchamos todos los días en boca de analistas políticos y económicos cuando pontifican ( pontífices de puentes rotos) por televisión sobre la necesidad de “ahorrar sobre el hambre del pueblo”?: “Mandóles que cantasen y bailasen/ de suerte que otra cosa no hacían,/ y como los pobretos ya dejasen/ de sembrar y coger como solían,/ y sólo en los cantares se ocupasen, / en los bailes de hambre se morían,/ cantándoles loores y alabanzas/ del Oberá maldito y sus pujanzas”.

Por cierto, la siembra y la cosecha “que solían” no eran del indio, sino del encomendero. Se implanta así la idea de que los pueblos deben cumplir las disposiciones del amo porque sólo la explotación garantiza su subsistencia. Pero los pueblos, en los grandes movimientos populares, no sólo se rebelan por una demanda, sino que su lucha es una lucha por el poder. Y su discurso no es el del trabajo forzado, sino el de la solidaridad que se define como fiesta: canto, baile, risa. El mundo cambia, se transforma, todo es un rito de transmutación.        

Lo sagrado irrumpe de otro modo y el nombre de las personas y las cosas cambian porque, en la nueva situación de discurso, son portadores de un nuevo sentido: “Aqueste es el que viene baptizando/ y los nombres a todos trasmutando”. Hasta los mestizos se convierten en seguidores de Oberá, “aquel maldito indio y endiablado”.

Son los mismos mestizos, “gente contenta, alegre, placentera”, que se levantan contra Garay en Santa Fe ya que “solos poseer quieren la tierra/ pues solos la ganaron en la guerra”.  El explotador exhorta y llama con sus viejos códigos, pero la realidad no le responde porque olvidó los viejos nombres. Entonces, por supuesto, el único remedio es la represión y la venganza, la traición y la tortura. Centenera cuenta con alivio la derrota de todas las sublevaciones. Describe la tortura de un mestizo despedazado en el rollo. Sin embargo, queda impresionado por la valentía y la belleza de aquel criollo de buen natural pero malas compañías: “era, cierto, valiente y esforzado/ y bello sin ventura este criollo”.  Oberá, por su parte, a diferencia de los mestizos santafesinos, se hizo guerrillero: “suele traer muchos flecheros/ y sale muchas veces de su tierra,/ por saber ya son arcabuceros/ en los bosques y montes bien se encierra”.

La liberación implica la implantación de “otra lengua”, la toma de la palabra. En el caso de Oberá esa  lengua nueva era el descubrimiento del poder de la lengua propia, el guaraní. Recordemos que una de las preocupaciones de todo imperio es imponer su propio idioma. El consquistador confisca desde el lenguaje del amor hasta el lenguaje tecnológico. Centenera rememora uno de  los cantares más celebrados: “Obera, obera, obera paytapa, yandebe, yandebe, yandebe, hiye, hiye, hiye” (“Resplandor, resplandor del padre, también Dios a nosotros; holgúemonos, holguémonos, holguémonos”[2]).

En 1820, un caudillo federal comienza su exilio de treinta años en un lejano y selvático paraje, San Isidro Labrador de Curuguaty. Allí se había refugiado con su tropa de indios, negros, mestizos y gauchos, el protector de “los pueblos libres”, don José Gervasio Artigas. La praxis revolucionaria le había enseñado a compartir con los indios la visión fraternal de una  comunidad de iguales: “Un sentimiento selvático de libertad y un sentimiento fraterno de la relación humana” escribe Carlos Maggi. La tropa multicultural de Artigas peleaba por un lugar en un  mundo (fugazmente alcanzado en 1815)  en que la diversidad hermanaba a los hombres. Su bandera federal, cruzada por la franja colorada, era “la bandera de los pueblos libres”.

En 1950, las Fuerzas Armadas del Uruguay resuelven hacer una peregrinación patriótica y llegar, a pie, por la selva, a Curuguaty, portando un pequeño busto de Artigas. El oficial Olivencia cuenta: “Allí supieron que Artigas era aún recordado con veneración por los indios cuyos bisabuelos en vida del prócer le habían llamado “Overava Karaí”, el Señor que resplandece”. La ortografía guaraní a lo mejor incorrecta del militar, no nos priva de pensar en Obera, en Artigas, en el resplandor desconocido. Los milenarios, siempre anuncian la libertad de los pueblos[3].

Los milenaristas, en nuestra tradición cultural, provienen frecuentemente del orbe letrado. Sus escritos, generalmente exégesis de textos sagrados, suelen ser considerados peligrosos o heréticos tanto por la institución civil como eclesiástica. En todos los casos son saltos al vacío que la imaginación da por encima de las convenciones de la racionalidad hegemónica.

            En nuestro siglo SXVII, vivió en Córdoba del Tucumán  Antonio de León Pinelo. Su nombre es conocido en la ciudad, no por sus escritos, sino porque designa una  calle.  Durante mucho tiempo se lo consideró cordobés nativo. Lo cierto es que nació en Lisboa. Era hijo del Lic. Diego López de Lisboa, cristiano nuevo, que administró con rectitud los bienes temporales de las monjas cordobesas y, ya viudo, se ordenó de sacerdote en Lima y llegó a ser consejero del arzobispo. Sus méritos, sin embargo,  no lo privaron de la persecución de la Inquisición por su condición de judío. Si bien sus hermanos nacieron en Córdoba, Antonio llegó a los dieciocho años y se educó en Perú. Recorrió y amó a Ibérica, como él llamaba a América. Ya en España, fue abogado de la Real Audiencia de los Reyes, Procurador General del Río de la Plata, Cronista de Indias y Oidor de Sevilla.

            Lo recordamos aquí como autor de El Paraíso en el Nuevo Mundo, comentario apologético, historia natural y peregrina de las Yndias Occidentales, Yslas y Tierra Firme del Mar Océano.  Su amor al nuevo continente lo impulsó a identificar a Sudamérica con el Paraíso Terrenal de Adán y Eva. Topos de  una tradición cultural que sobrevive los milenios, el Paraíso es considerado escenario de la más alta felicidad humana. León Pinelo sostiene su tesis a lo largo de los cinco libros de El Paraíso. Más aún, dibuja  un mapa invertido de Sudamérica. Nuestro continente ( Continens Paradisi) se convierte de este modo en  el norte u objeto principal de los deseos y derroteros del hombre. Desde el círculo central del Jardín de Edén, locus voluptatis, sede del arbor vitae  y del arbor boni et mali, manan los cuatro ríos del Génesis . Uno de ellos es el Fluvius Argentinus o Río de la Plata. En su cuenca, emerge una fuente desde lo más profundo de la tierra: “fons ascendens e terra penetransque tres interiores partes terrae”.

            Defendida con perseverante rigor lógico, a pesar del ocultamiento de que fue objeto por el orgullo positivista, esta tesis poética sigue alimentando el corazón, la inteligencia y la reprimida imaginación secreta de nuestros pueblos.

            Ya en el S.XVIII, en los últimos meses de 1786, circuló por Buenos Aires un manuscrito anónimo que hablaba de la segunda venida, en gloria y majestad, del Mesías. Era una exégesis del Apocalipsis que postulaba la venida de Jesucristo mil años antes del fin del mundo; que el Anticristo no sería un individuo sino un cuerpo moral o sistema; que a la llegada de Jesucristo no estarían resucitados todos los hombres y, sobre todo, que como en la primera venida, el Mesías no sería reconocido por el sacerdocio.

            El escrito fue refutado por Dalmasio Vélez[4]. Este cordobés, valiéndose de algunos libros, había aprendido a leer y a escribir solo. Llegó a poseer el latín y había profundizado el estudio de las Sagradas Escrituras.

            El denunciante del folleto anónimo ignoraba quién era el autor del planfleto; se decía que había venido de Italia, que era obra de un jesuita; que el cura Ortega de la catedral lo propagaba con entusiasmo.

            Para no perturbar la tranquilidad pública, el fiscal prohibió la circulación tanto del folleto como de la refutación. El papel anónimo había llegado a cierto individuo de Buenos Aires que se carteaba con el ex-jesuita y respondía a algunas dudas que éste le había planteado. Lo cierto es que anduvo en manos de varios curas y hasta de las monjas catalinas que habían sido discípulas de los jesuitas[5].

            Se trataba de versiones incompletas, a veces tergiversadas, de un libro al que hemos aludido con frecuencia en nuestros trabajos: La Venida del Mesías en Gloria y Magestad del Padre Manuel Lacunza. El jesuita chileno, tras la expulsión de su orden, fue a parar a Imola, Italia.

            Alejado de toda sociedad, se recluyó en un arrabal, cerca de la muralla de la ciudad. Vivía en una humilde casa de dos habitaciones. Durante veinte años sobrellevó este retiro solitario. Se servía a sí mismo y  nadie transponía la entrada de sus habitaciones. Pasaba toda noche observando los astros puesto que era aficionado a la astronomía y lo apasionaban las matemáticas. Se acostaba al amanecer y se levantaba cerca de  las diez de la mañana. Rezaba misa, salía a comprar alimentos, los traía, se encerraba y los preparaba él mismo. Por la tarde, daba un paseo y de regreso, estudiaba, meditaba y escribía hasta la madrugada. Tal era su régimen invariable.

            La mañana del 17 de junio de 1801, su cadáver apareció en unos bañados de poca profundidad cerca de la orilla del río que lame las murallas de la ciudad. El texto completo de su obra fue publicado en Londres en 1816. La edición de los  cuatro volúmenes por  la Imprenta de Carlos Wood, callejón de Poppin, calle de Flest, fueron costeados por el ministro argentino General Manuel Belgrano[6]. Gorriti, arcediano de la catedral de Salta, recomendaba a los seminaristas el estudio formal de esta obra del “incomparable americano Lacunza, (…) honra de nuestro continente”. Allí encontrarían reglas justas y claras para leer las Sagradas Escrituras; aprenderían a “apreciar” a los intérpretes siguiendo el método de Lacunza: primero “enseñorearse del sentido recto, natural o literal de los textos antes de buscar alegorías o sentidos figurados”. Sólo después de entender la escritura en su sentido natural, sacarán mucho provecho en instruirse en “los sentidos místicos y morales”.

            Esa era la clave de  lectura de Lacunza y esa fue la causa, junto con la denuncia sobre la ignorancia del clero, la apostasía de la Curia Romana   y  el anuncio de la recontrucción del pueblo de Israel, por la que el libro fue puesto en el Index Romano de libros prohibidos por judaizante y porque daba armas a los libre-pensadores.

            Esta cuestión de los milenarios, como era de esperar, llamó la atención de Sarmiento. En Recuerdos de Provincia[7] cuenta que su tío Fray Miguel Albarracín, de quien se decía que tenía ciencia infusa, había ensayado, antes que  Lacunza la interpretación milenarista del Apocalipsis. El infolio de Fray Miguel sobre la materia fue examinado por la Inquisición de Lima, “el autor fue citado ante el santo oficio, acusado de herejía y con ansiedad de sus cofrades, fue a aquella remota corte a responder a tan temible cargo” (p.48).

            Y aquí viene la abservación de Sarmiento que justifica lo que hasta aquí hemos desarrollado:

            “Lo que es digno de notarse, es que pocos años después de producidos los   milenarios , apareció la revolución de la independencia de la América del Sur,   como si aquella comezón teológica hubiese sido sólo barruntos de la próxima   conmoción”.(p.52).

            Los milenarios eran un barrunto, un rumor de otra cosa y la religión erudita, canónica, se defiende de la libertad de lectura, de la amenaza ínsita en los libros prohibidos. El milenarismo puede entonces ser popular o erudito. En un caso, plantea la suspensión de de toda relación con el colonizador. La plebe pauperum, indios, mestizos y gauchos, comienzan a imponer sus reglas, es decir, empiezan a tomar la palabra. En otro, unos anacoretas aislados, desplazados de los sitiales de poder, comienzan a descubrir con nuevos métodos de lectura el mensaje de liberación y esperanza censurado en los textos sagrados.      En ambos casos, son formas históricas en que se manifiesta la conciencia social como esperanza de creación de un orden de justicia y paz cuyas raíces no pudieron talar los agentes de la opresión.


[1] Cfr. PICHON, Jean-Charles, 1971, Historia Universal de las Sectas y Sociedades Secretas, Vol. I,  Barcelona, Bruguera. Cfr. et.  “Etcétera” (en: BORGES, Jorge Luis, 1974, Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, p.335).

[2] Cfr.BARCO CENTENERA, Martín del, 1998, Buenos Aires, Insituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Estudio preliminar, edición y notas a cargo de Silvia Tieffemberg . La ortografía guaraní y la traducción correponden a la transcripción de una nota de Centenera. 

[3]. Cfr. :  ABELLA, Gonzalo, s/f, Artigas . El resplandor desconocido, Montevideo, 2da ed., Ediciones BetumSAN.

[4] Casado en primeras nupcias con doña Catalina Carranza y Cabrera y en segundas con doña Rosa Sarsfield Palaciso, dejó diez hijos. El más famoso, Dalmacio Vélez Sarsfield.

[5] MEDINA, J.T., 1945, El Tribunal  del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes; cfr. et. ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA, 1937. IIº Congreso Internacional de Historia de América, Actas, t. V; cfr. et. URZUA, Miguel Rafael, 1917, Las doctrinas del P. Manuel Lacunza contenidas contenidas en su obra La venida del Mesías en gloria y majestad, Santiago de Chile, Soc. Imprenta y Litografía Universo.

[6] LACUNZA, Manuel, 1816, La Venida del Mesías en Gloria y Magestad. Observaciones de Juan Josaphat Ben- Ezra, hebreo cristiano dirigidas al sacerdote Cristófilo, en cuatro tomos, Londres, en la Imprenta de Carlos Wood.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Obras Completas, t. III, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Buenos Aires, Editorial Lus del Día