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Ilustración: Albertus Pictor

por Jorge Torres Roggero

La muerte jugando al ajedrez. Fresco de la iglesia de Täby, en Estocolmo (c. 1480)1.- El Séptimo Sello: una partida de ajedrez

Desde sus orígenes, la humanidad se enfrenta a un problema, al parecer, insoluble: la muerte. En ciertas épocas en que “lo sagrado” (numinoso) impregna la cotidianeidad, la respuesta y el sentido suelen emanar de las religiones. Pero en épocas “profanas” (hedonistas, materialistas) la búsqueda de sentido -aun en el sinsentido- queda en las manos falibles de los artistas.

En estos momentos, en que los textos bíblicos, quieras que no, parecen vociferar  y llamarnos al orden, en que la muerte ensaya en el mundo globalizado su danza macabra, vamos a recordar juntos tres joyas, dos del cine y una de la literatura, en que el arte disputa el señorío a la muerte. La primera es una película de Ingmar Bergman: El Séptimo Sello (1957).

El director nos orienta, en el inicio del filme, sobre el motivo dominante. Es un epígrafe tomado del Cap. 8,1 del Apocalipsis: “Cuando se abrió el séptimo sello, se hizo en el cielo un silencio de media hora”. Pensemos un ratito. De paso, no nos vendría del todo mal leer los capítulos 8 y 9 del libro joánico.

A medida que los siete ángeles tocan sus trompetas, las plagas se desatan sobre la tierra. Veamos dos casos. Una estrella cuyo nombre es “Ajenjo” (“aguas amargas”) emponzoña tierra y aguas. Aquí, podríamos recordar que Chernóbil significa en ucraniano “hojas de absintio”, es decir, ajenjo. Y en estos días es acosado por incendios. Pero lo que nos interesa es revisar  qué ha pasado. La media hora de silencio es, en realidad, el “silencio de Dios”. Callado el Verbo Ordenador, se desata el poder perverso del mal, la “anti-creación”. Las cosas buenas creadas por Dios: luz, agua, tierra, aire, se “desnaturalizan”.

Ahora bien, nosotros no somos iniciados, o sea, buceadores de los misterios escondidos en los símbolos apocalípticos. Por lo tanto, en la sucesión de catástrofes que se desatan sólo vemos su función pedagógica.

En tiempo de calamidad y desolación, los simbolismos apocalípticos nos ilustran sobre los resultados de las fuerzas del mal en la historia: opresión, injusticia, guerra. La poderosa langosta que lleva “una corona de oro en la cabeza”; y “con su cola de escorpión”, “puede hacer daño a los hombres por cinco meses “obedece a una rey llamado “Abadón” (el exterminador). Y aquí un respiro, ¿por qué no acordarse de la anunciadora novela de Ernesto Sábato? Y no olvidemos: el mal no viene de Dios, si no que se presenta cuando  ocurre “el silencio” o ausencia de Dios en la historia.

Pero entremos en el Séptimo Sello de Bergman. Todo sucede en el S.XIV. Antonio Block, caballero sueco, marcha junto a su escudero. Regresa de las Cruzadas, pero encuentra a su pueblo bajo el azote de la “peste negra”. La Muerte, personaje central, aparece soberana y el caballero la reta a una partida de ajedrez.

Inspirado en un mural del pintor medieval Alberto Pictor (que ilustra este texto), las escenas de la partida son memorables. ¿Está la vida en juego contra la muerte en la media hora del silencio de Dios? Por un lado sabemos que, a ese juego, lo vamos a perder. Pero también sabemos que depende de nuestra creatividad ganarle tiempo a la muerte. A lo mejor, agregando días a nuestros días, encontramos sentido y respuestas a los dramas que nos aquejan.

Ahora bien, para aliviar las tensiones, Bergman recurre a la cultura popular. Es también una partida paralela contra la muerte. Lo carnavalesco, la parodia, la comedia, también aportan respuestas profundas que, a veces, los intelectuales no registran. Por eso en el filme aparecen, cada tanto, en su carromato, los actores trashumantes Jof y Mia que dulcifican con representaciones, canciones y artilugios la terrible cuarentena de los pueblos.

El “dies irae”, el silencio de Dios, desata la quema de mujeres en la hoguera por brujería; violaciones a jóvenes indefensas por hombres supuestamente probos, flagelantes en procesión que se azotan para escaparle a la peste.

El director juega con los blancos y los negros: el paisaje es una tablero de ajedrez. Y al final, se divisa a la Muerte, danzando vencedora en una colina lejana. Jof, el juglar, describe la escena. Suenan tambores y un canto solemne. Pero Mia, la mujer de Jof, no se perturba. Ella y su hijo no ven la danza de la Muerte porque, en realidad, es sólo una alucinación de Jof. Ellos representan el bíblico “resto de Israel”, “la plebe pauperum”, los que “dominarán la tierra” y marchan, luminosos, en su carromato. Portadores de la risa y la palabra del pueblo humilde, rompen el silencio y parecen haber vencido a la Muerte.

2.- Juan Moreira: jugando al truco con la Muerte

El folletín Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez, en una época en que los  autores “cultos” carecían de lectores, mereció múltiples ediciones de millares de ejemplares. Más aún, en una época en que las salas teatro de Buenos Aires eran transitadas sólo por compañías extranjeras, la adaptación teatral de Juan Moreira atrajo multitudes, no a los teatros, sino a las trashumantes carpas del circo criollo. El tumulto popular se convertía en vocerío estruendoso cuando, en el picadero, irrumpía la partida a caballo. Sus gritos, mezclados con el ruido de los “latones”, se unían a los de la multitud que, habiendo tomado partido por el perseguido, avisaba al protagonista que estaba en el escenario, la llegada de sus perseguidores.

Como dice Vicente Rossi: “Con Moreira se vengaban desesperadamente, la honradez, la labor, el hogar, la familia, bárbaramente destruidos por la autoridad. Ese fue su bandolerismo…” En otras palabras, los gauchos del drama criollo y el pueblo echaron las bases del Teatro Nacional. Así nacieron los primeros actores de nuestro teatro, que luego fueron grandes protagonistas en el naciente cine nacional. Adviértase, además, que la tradicional estética del “género gauchesco” también alimentó la imaginación de generaciones de argentinos a través de la historieta.

Visto lo anterior, a modo de contextualización, volvamos a la ancestral contienda entre el hombre y la muerte. Vamos a asistir a una sensacional y plebeya partida. Un gaucho fugitivo de la justicia, Juan Moreira, juega su vida al truco con la Muerte.

En la película Juan Moreira, Leonardo Favio ha elegido la teatralidad de la tradición popular gauchesca para construir su relato. La historia es “cantada” por un payador y unos artistas trashumantes la representan. Nosotros nos limitaremos a contemplar un momento único: el diálogo de Juan Moreira con la Muerte.

El “gaucho malo” está echado en el suelo malherido y agonizante. Barro y sudor, gemidos; y abriéndose paso entre los altos pajonales y yuyales se acerca la Muerte . “No es chacota, Moreira, vengo por vos”. Echado en el suelo, casi sin voz,   Moreira se pregunta cómo es que va morir: “Con este sol”. No se avergüenza de tener miedo: “Miedo, sí. De no morir con sol”. Pero la Muerte le retruca exaltando la oscuridad: ella es el ángel de la sombra. Para ella el sol es apenas el “chispazo de un yesquero”. Ella es la noche infinita; y él, una ilusión. La Muerte ordena silencio con el dedo índice en la boca. Moreira dispara dos veces con su trabuco, pero ella, invulnerable, sigue avanzando. Lo acaricia: “¿Por qué tanta tristeza?- le pregunta. Él responde: “¿Es lejos?” Y ella: “Es al final del camino. Me entretiene caminar”.

Le da, entonces, una oportunidad: la partida de truco. Pero para acceder al juego, como en los cuentos populares tradicionales, debe sortear una prueba. Es una famosa adivinanza relacionada con el truco que trata de “la niña con un clavel en los labios”. Moreira la resuelve y se desencadena la partida. “Treinta y siete”, canta la Muerte. Y el matrero: “Treinta y ocho o más”. La Muerte comienza a sentirse perdida. “Tengo sed”, suplica el gaucho. La gradación ascendente llega a su culmen. La Muerte replica: “No tomés nada que la viruela anda por todos lados. No sé perder”. Moreira da un grito de impotencia: ha vencido a la Muerte, ha salvado su vida, pero la Muerte se lleva a su hijo.

Esa es la extraordinaria versión criolla de la vida en su eterno juego con muerte.

Pero siempre hay un resplandor de esperanza. Al final, Juan Moreira, traicionado, es acorralado en un lupanar de Lobos. Es el amanecer. El gaucho intenta escaparse escalando la tapia trasera, pero el sargento Chirino (que fue un personaje real) le clava la bayoneta en los riñones. Moreira, asomado al borde del paredón, mira salir el sol. Como en el pasaje previo del encuentro con la Muerte, exclama: “¡Con este sol!”.

¿Quién gana siempre?, ¿la Muerte o la Vida? Moreira muere en la localidad de Lobos. Pocos años después, en ese pueblo, un niño juega con la calavera de Juan Moreira en la casa de su abuelo médico. Juan Perón, contaba esta travesura de su niñez y también sobre la disputa entre su padre  y su madre: ella defendía a Moreira; él lo consideraba un bandido.

Juan Perón, nació en Lobos después de la muerte de Moreira. “¡Con este sol!” ¿Será que la poética de Leonardo Favio esconde siempre un férrea lealtad a los símbolos del pueblo?

3.- “El hombrecito del azulejo”: chamuyar a Madame la Mort

El cuento “El hombrecito del azulejo” de Manuel Mujica Láinez apareció originalmente en el libro Misteriosa Buenos Aires. El diálogo de dos médicos famosos, Ignacio Pirovano y Eduardo Wilde, nos introduce en la ficción. Hablan en voz baja: “esta noche será la crisis”, “hemos hecho cuanto pudimos”, “veremos mañana”,“ hay que esperar”. “Cierran la puerta de la calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche”.

Detrás, en el gran patio, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oido el comentario y en su calavera flota una mueca. “También lo oyó el hombrecito del azulejo”.

El hombrecito del azulejo nació en Francia y llegó a Buenos Aires por equivocación. Era el único distinto entre los azulejos del lote. Los azulejos que lo acompañaban lucían dibujos geométricos estampados. El hombrecito es “azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y bastón en la mano derecha”. El obrero que ornamentaba el zaguán dio con él y lo dejó aparte porque nada tenía que ver con el friso. Pero como le hizo falta un azulejo para completar “lo colocó en un extremo, junto a la cancela que separa zaguán y patio”. Pasaron los años y nadie lo descubrió. Pero un día la casa se vendió y “entre sus habitantes hubo un niño que lo halló de inmediato”.

Ese niño es Daniel, a quien la Muerte atisba desde el brocal. Al niño lo apasionó el misterioso hombrecito diminuto, habitante de un cuadrado de diez centímetros de lado, y lo llamó Martinito.

Martinito es el compañero de su soledad. El niño se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas: “Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo”. El hombrecito se asoma de su escondite y espía. Estudia el cráneo terrible de la Muerte. La Muerte bosteza. Martinito, apoyado en el bastón, piensa. La Muerte se hastía. Mira un reloj que cuelga de su pecho flaco y vuelve a bostezar.

De pronto alguien le dice: “Madame la Mort…” A la Muerte le encanta que le hablen en francés. Es que la Muerte de Daniel es una muerte de barrio, no es la Gran Muerte. Al oir que le dirigen la palabra en francés, cuando no lo esperaba, ha sentido crecer su jerarquía. Es hermoso que ese caballero la llame “Madame la Mort”. El hombrecito sonríe. Ahora se ha puesto a hablar. Habla y habla, naturalmente, sin citas latinas, sin enrostrarle nada, sin lágrimas. ¿Qué dice?

La Muerte consulta el reloj. Faltan cincuenta y cinco minutos. Martinito sigue hablando. Antes que ella le responda nada, se lanza a referir cuentos que transcurren en tierras lejanas, historias rientes de Buenos Aires y la Muerte suelta carcajadas. Faltan treinta y cinco minutos. Martinito habla y habla. Le narra antiguos duelos de la Muerte con caballeros famosos de Francia y rememora trágicas escenas medievales.

“La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe”. “ Y además…, prosigue el hombrecito del azulejo”. Pero la Muerte da un grito siniestro porque ha mirado el reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos.

La Muerte, furiosa, persigue a Martinito que se refugia en su azulejo, pero ella lo arranca, lo rompe y lo arroja al pozo. El final es muy bello  pero aquí me detengo. Los invito a leerlo. Eso sí. Me gustaría elucubrar un ratito sobre el chamuyo argentino del duende francés.

En nuestro lunfardo, chamuyo significa conquistar con mentiras, susurrar palabras engañosas para seducir y obtener algo de alguien. Como toda palabra, tiene un evidente costado negativo, pero en su habitualidad cotidiana el chamuyador tiene un carácter en cierto modo simpático. Es el que viene a “charlar”, a “contar” cosas sin parar. Martinito charló a la Muerte.

Al final todos moriremos. Y ya que comenzamos con el Apocalipsis, el cuento nos avisa que “también morirá la Muerte”. Y eso está a tono con la promesa bíblica. Pero ubiquemos a Martinito en su época. Entonces, en realidad,  aún no había nacido la palabra “chamuyar”. Por lo tanto,  digamos que el hombrecito era un “causeur”, como el Dr. Wilde del cuento. Uno de esos famosos “conversadores” de nuestra Generación de 1880. Claro, que si traducimos “causeur” nos da “hablador”.

Quedémonos con el aire optimista de esa generación argentina. Por eso, en medio de las tambores de la pandemia, dejamos el final sonriente del cuento. Daniel recupera al fin el azulejo por una especie de milagro: “Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño”.

4.- Colofón: leer señales

Mientras reveía las películas y revivía el cuento, leo en la prensa diaria cómo ciertas señales se multiplican. ¿Siempre ocurren y no les damos importancia? En algunos titulares se alude, con cierto temblor, a los textos sagrados. Leo Clarín y Página 12. Dan cuenta de una plaga de langostas de “proporciones bíblicas” que azotan el norte de África. Estamos en torno al 14 de abril de 2020. Las langostas saltonas del desierto avanzan. Han agigantado su tamaño y no hay registro de su cantidad. Según algunos datos pueden pulular 150 millones de ejemplares en un kilómetro cuadrado y alcanzan a consumir “una proporción equivalente a los cultivos para alimentar a 35.000 personas”. En su avance, devoran vegetales, granos y hasta vestimenta. Van en dirección a Chad, Níger, Senegal, Malí y Mauritania. Para combatirlas, hacen falta 150.000.000 de dólares.

Por otra parte, hacia el 10/04/20 ya era noticia la erupción del Krakatoa, volcán que provocó el tsunami de 2018, y otros quince volcanes del Cinturón de Fuego del Pacífico que incluye a nuestra América. El Popocatépetl registró una explosión que generó una columna cercana al kilómetro de altura. Sabemos que el Cinturón abarca volcanes de Ecuador, Perú y culmina en los Nevados de Chillán (Chile).

En todas la épocas ocurrieron estos sucesos de la naturaleza. En todas las épocas se realizaron lecturas divergentes. Pero hay momentos en que parecen estar alertando sobre algo, revelando un mensaje oculto. ¿Anda Madame la Mort ensayando su danza macabra? ¿Se ha producido el silencio de media hora? Los que transitamos con fe el laberinto de los misteriosos caminos de la Providencia debemos alegrarnos y no temer: “Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de la liberación” (Lc.21-18). El final de finales, el colofón, nadie sabe cuándo ocurrirá, “ni los ángeles del cielo”, pero sabemos que “Muerte y abismo fueron arrojados al foso de fuego” (Ap., 20,14). Claro, esto ya no corresponde a los registros del arte que nos han entretenido con el peligroso juego entre el hombre mortal y la muerte que, hasta ahora, parece invencible.

Jorge Torres Roggero

18 de abril de 2020

Fuentes:

Biblia del Peregrino. América Latina. Apocalipsis de Juan.

“El hombrecito del azulejo”, cuento de Manuel Mujica Láinez. Hay numerosas ediciones

“El Séptimo Sello”, 1957, Ingmar Bergman

Ilustración: “El Caballero y la Muerte” de Albertus Pictor

“Juan Moreira”, 1973, Leonardo Favio

Gutiérrez, Eduardo, 1987, Juan Moreira, Buenos Aires, CEAL.

Pavón Pereyra, Enrique, 1973, Perón tal como es, Buenos Aires, Ed. Macacha Güemes

Rossi, Vicente, 1969, Teatro Nacional Rioplatense, Buenos Aires, Solar-Hachette

por Jorge Torres Roggero

El retrato de Ramón Carrillo es obra de la pintora Ángeles Crovetto

Carrillo, 35x50 Angeles1.- Una vanguardia sanadora

Acabo de leer ( agencia Hispan tv, 8/4/20) que Siria denuncia a la inteligencia turca. La acusa de estar planeando propagar el CoronaVirus en Idlib para que contagie a todo el país. Por otra parte, señala que los embargos de Occidente sabotean los esfuerzos del estado sirio para combatir la epidemia global. Dada la fuente, pienso: ¿ esta  noticia también podrá leerse como parte de la previsible guerra psicológica entre los contendientes?

Como simple literato, inexperto en estrategias bélicas y relaciones internacionales, me limito a develar en la noticia cómo, a pesar de desmentidas múltiples de grandes potencias, no se puede descartar, los ejemplos sobran,  el sobrevuelo trágico de la guerra bacteriológica ni el aleteo torpe de  la guerra psicológica como posibilidad cierta de estos tiempos peligrosos.

Esta comprobación me recordó al gran sanador argentino, el Dr. Ramón Carrillo. Todos sabemos, o deberíamos saber, que en apenas ocho años cambió la idea de salud en Argentina. Organizó un sistema de prevención y asistencia cuyos despojos subsistentes (tras la depredación de golpes y gobiernos oligárquicos) aún cobijan a los argentinos. Su objetivo era poner la ciencia al servicio del pueblo y, en armonía con el corazón, como soporte básico en la tarea de construcción de la comunidad organizada. Para ello, creó una secretaría para desarrollar  la ciencia-arte de la cibernología. Pero como esta temática nos llevaría a impensadas digresiones, los invito a  revisar la realización concreta del humanismo peronista y la relación prodigiosa entre Perón/Carrillo/Evita, en mi libro Ramón Carrillo. El Ángel Sanador. (Editorial Fundación Ross, Rosario).

2.- La guerra bacteriológica

Recordemos ahora a Carrillo a través de dos textos anticipadores. En Contribuciones al Conocimiento Sanitario del Hombre nos es dado acceder a las clases dictadas en 1950 ante los señores jefes y oficiales de la Escuela de Altos Estudios. Se publicó con el título  La guerra psicológica. Carrillo incita en esas páginas, con lenguaje llano y riguroso, a la coordinación entre médicos y militares para preservar la salud de los cuadros y lograr una relación integral con la comunidad. Todo como manera de organizar el poder de la Nación.

En 1953, Carrillo pronuncia, ante los altos mandos militares, una conferencia titulada La guerra bacteriológica. La exposición va encabezada por un detonante epígrafe. Su autor es Benjamín Cohan, delegado norteamericano ante las Naciones Unidas. El 19 de agosto de 1952 dijo: “…los Estados Unidos no se atarán las manos para el uso de cualquier arma atómica, química o bacteriológica contra la agresión.”

Carrillo comienza advirtiendo que se habla en todas partes de guerra bacteriológica. El propone que se la denomine, más bien, guerra biológica. Y se pregunta: ¿es un arma ofensiva, defensiva y/o de sabotaje?

En realidad, sostiene, poco se han estudiado las “nuevas técnicas que han de ser utilizadas en esta nueva forma de lucha”. Por lo tanto, conviene encarar el problema “sine ira et studio”: “Nadie quiere la guerra, ni la guerra soluciona nada. Pero hete aquí que la guerra existe y que incluso es considerada por muchos como ineluctable…La guerra es una consecuencia del poderío y no de la debilidad”.

Reflexiona luego sobre la relación entre el mejoramiento de las condiciones de vida y el progreso técnico que la guerra procura. Reconoce que conocimientos biológicos debidos a las últimas guerras hubieran demorado siglos en épocas de paz.

Ahora bien, la guerra biológica, como toda guerra, tiende a ejercer violencia “sobre las fuentes mismas de la vida espiritual y material más que sobre los cuerpos mismos y las cosas inmateriales”. La guerra biológica es un procedimiento bélico todavía inédito. “Pero no ocultemos que, en estos momentos, miles de hombres de ciencia, en varios países se ocupan y trabajan con ahínco en el tema de la guerra biológica”.

Carrillo asegura que si bien los argentinos “no fabricamos armas secretas, no tenemos laboratorios de guerra, no preparamos saboteadores ni planes de invasión”,  tenemos sí o sí que enfrentar los problemas que puede aparejar una guerra “con armas gérmicas”. Se trata de “organizar la defensa, las previsiones médicas”, es decir, todo cuanto puede connotarse con la expresión “frente sanitario interno”.

Surge, entonces, la pregunta: ¿Carrillo avisó, quizá inconscientemente, sobre peligros sobrevinientes tipo Corona Virus e ideó las formas de organizar la defensa de la comunidad organizada? Pensemos que la pandemia actual es considerada por las principales potencias como “un poderoso enemigo invisible” y cotejan las acciones en su contra con una “guerra”. Por más que se disimule, todos rumian en sus adentros lo que Carrillo ya anticipó en 1953: ¿si efectivamente la pandemia es un acto bélico? En tal caso, resulta del todo imposible identificar al agresor.

Ante esta destrucción de la vida por medio de otras vidas, vidas animales y vegetales porque “hasta el mundo silencioso de las plantas podrá intervenir en una guerra humana”, Carrillo registra los propósitos de la guerra biológica y la relación entre epidemia y  guerra. Rompe los  eslabones de la cadena de agresión mostrando cómo una pulmonía se convierte en epidemia. Distingue las epidemias artificiales con fines militares y se pregunta si es posible desencadenar una guerra bacteriológica y cuáles son los gérmenes patógenos utilizables y sus características. Por fin, se detiene a describir las posibles armas bacteriológicas de una próxima guerra. Clasifica, básicamente, cuatro grupos de posibilidades: a) gérmenes que se propagan por contacto; b) gérmenes que necesitan vectores; c) gérmenes de infección hídrica y alimentaria, y d) gérmenes de transmisión por vía aérea.

El punto d) es el que nos aproxima, de un modo singular, al virus que en este momento nos azota. Por eso nos vamos a detener, con Carrillo, a revisar el problema de los gérmenes de propagación aérea.

carrillo sanador3.- Los gérmenes de propagación aérea

Los gérmenes que se propagan por vía aérea son numerosos y, por supuesto, de verdadera importancia en una guerra bacteriológica. Carrillo cita los virus de la gripe epidémica o influenza, el bacilo diftérico, el virus de la viruela, los bacilos del muermo y de la peste pulmonar, los virus de la neumonitis y de las enfermedades eruptivas de la infancia, entre otros.

Sobre los gérmenes de los grupos anteriores (a,b,c) tienen una gran ventaja estratégica: su fácil diseminación de persona a persona porque se reproduce a pesar de las medidas profilácticas individuales y colectivas. A los saboteadores sólo les toca elegir cuál germen es más conveniente usar. Por supuesto que ante cada caso concreto, los encargados de la ejecución de un plan de ataque bacteriológico deberán estudiar las condiciones de “inmunidad colectiva de la ciudad elegida y usar el germen infeccioso que más ajeno haya estado a las epidemias o endemias registradas allí en los últimos años”.

Es claro que la preparación del material infeccioso no es tan fácil técnicamente. Los virus requieren “cultivos en estrictas condiciones”. Como se desarrollan en embrión de pollo (1953), son de peligroso manejo y difícil ocultamiento al contraespionaje. ¿Cómo infectar colectividades? Carrillo presenta algunas posibilidades. Por ejemplo, la pulverización de virus liofocilizados, en condiciones artificiales, pero ¿“tiene el mismo poder difusivo que cuando son transportados en gotitas de saliva y mucosidades que se expelen al toser, estornudar, hablar”? Estoy seguro de que estas palabra de hace 67 años resultan familiares a un lector actual.

También, piensa Carrillo, hay que conocer “el grado de concentración óptimo, la duración del poder infectante, la resistencia del virus a las inclemencias naturales, luz, humedad, calor, etc. antes de pretender su empleo como arma biológica”.

A esta altura, Carrillo hace un balance del estado actual (1953) de las armas biológicas y llega a la conclusión de que se sabe poco y que no sabemos los que otros saben: “Como se ve, aquí y en esta materia, es más  lo que  se ignora que lo que se sabe, o mejor aún, no sabemos lo que posiblemente otros ya saben, en especial aquellas naciones que están en estado de pugnacidad bélica”.

Eso sí. El disertante deja constancia de que los “gérmenes de transmisión aérea” constituyen una de las armas bacteriológicas más peligrosas. ¿Por qué? “Porque se utilizan virus para los que no tenemos todavía una terapéutica eficaz.” En este punto, Carrillo deja una advertencia: el virus de la gripe epidémica (la “gripinha” de Bolsonaro) “tiene sobre los demás la ventaja estratégica de que no sólo es más activo, sino que los enfermos que no mueren por infección quedan por mucho tiempo incapacitados en una penosa convalecencia”. De paso, el Ministro se vanagloria de que la viruela como arma de guerra no tendría efecto en la Argentina: la población está bien vacunada y los pequeños brotes que se han registrado se extinguen sin tener apenas difusión.

4.- Estrategia de la nueva arma y un final hegeliano

Según Carrillo, el arma bacteriológica sirve lo mismo para una incursión aérea como para un incursión de saboteadores. En tal caso, “sería casi imposible la demostración de que se trata de un ataque deliberado de esa especie”. Ante esta aseveración, ¿nos surge alguna inquietud referida a la cuarentena que estamos sobrellevando? ¿Y si los murciélagos son inocentes y el pangolín es un calumniado cuasi quirquincho asiático?

Ahora bien, la guerra biológica también puede ser adaptada a la guerra psicológica. En efecto, nada hay mejor que una epidemia (pandemia) “para crear un estado de angustia y terror, principio y fin de los objetivos de la guerra psicológica”. Lo que sí es cierto es que un arma gérmica puede ser usada para provocar una cifra importante de muertos, o simplemente para discapacitar, por un tiempo pero a discreción, a determinado núcleo de población. A veces es más importante acrecentar “el número de inválidos, físicos o psíquicos, que matar ese mismo número de personas”. Y aquí nos acucia otra pregunta actual: ¿por qué la covip 19 prefiere el pellejo guañusco de los ancianos? No hace mucho, Cristina Lagarde, vieja conocida, dijo que la excesiva cantidad de viejos era un lastre para la economía mundial.

Carrillo, en el curso de su disertación, continúa con una hipótesis que combina guerra bacteriológica y atómica. Sin embargo, nos interesa resaltar la insistencia de Carrillo en la necesidad de lograr “mantener la moral de la población”. Con esa expresión quiere significar que es fundamental lograr un pueblo sin epidemias y con un “elevado potencial psicológico”.

Por eso, fiel a su misión, desarrolla la metodología sanitaria para afrontar una guerra biológica. Considera importante que el Ministerio de Salud Pública de la Nación tenga “un programa de paz con todos los elementos de movilización para la guerra bacteriológica”. Todo está pensado en función de la soberanía científico-técnica, alimentaria y productiva.

Habrá que desarrollar personal técnico, institutos de fabricación de materiales curativos (sueros, antibióticos), vacunas, para las fuerzas armadas y para la población. Habrá que tener suficiente stock de medicamentos y materiales de diagnóstico, utensilios y máquinas de uso en las campañas profilácticas y saneamiento de localidades infectadas. También habrá que formar personal encargado de la educación sanitaria del pueblo y desarrollar institutos de investigación de nuevas técnicas ofensivas y defensivas con armas bacteriológicas. ¿Cómo no emocionarse ante esta visión de una Argentina potencia en que las fuerzas armadas son “un pueblo en armas” y el pueblo el objeto de todos los desvelos de sus gobernantes? Si no hubiera sido interrumpida esta cadena virtuosa de creatividad y solidaridad, ¿podríamos imaginar el resplandor de la Nueva Argentina?

Carrillo, que era un gran humanista, concluye con una referencia filosófica. Recuerda que Hegel era hostil hacia “la ciencia experimental” y daba innumerables ejemplos de la “amoralidad del saber científico”: “No hay ningún descubrimiento científico  -terminaba Hegel- y no habrá ninguno, en el futuro, que no ostente el doble aspecto: el bueno y el malo de la ciencia”. Quería demostrar la falta de ética del saber científico. Sin embargo, sostiene Carrillo,  Luis Pasteur y Roberto Koch demuestran lo contrario: “fundadores de la bacteriología”, salvaron de la muerte a millones de vidas humanas. De tal modo, los anti hegelianos aseguraron que la ciencia no podía ser instrumento de destrucción.

Carrillo concluye así: “Hasta la fecha, a pesar de todos los proyectos y preparativos de guerra bacteriológica, los hechos han dado la razón a los anti hegelianos. Quiera Dios que el arma bacteriológica jamás sea dirigida contra el  hombre y ojalá -en este terreno al menos- Hegel no tenga razón. He dicho.”

Jorge Torres Roggero

8 de abril de 2020.

Fuentes:

Torres Roggero, Jorge, 2019, Ramón Carrillo. El Angel Sanador, Rosario, Editorial Fundación Ross

Carrillo, Ramón, p.d.f., La Guerra Bacteriológica, en Electroneurología, Buenos Aires. http.://electroneubio.secyt.gov.ar/index2.htm

Carrillo, Ramón, 1951, La Guerra Psicológica, Contribución al Conocimiento Sanitario, Buenos Aires, Talleres Gráficos Ministerio de Salud Pública de la Nación.

Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero

Rabino Pinto1.- Los místicos y los mensajes de lo alto

Los problemas del  CoronaVirus, ¿fueron profetizados en el libro de Ezequiel?  Así parece demostrarlo un rabino místico residente en Marruecos. Para quienes estamos inmersos en la adoración de los ídolos del anarcocapitalismo, seguramente sus palabras resultarán el corolario de un exaltado pensamiento mágico. Ello sucede porque hemos perdido la facultad de conectarnos con los mensajes de vienen de lo Alto, de respirar el misterioso aliento del Espíritu.

Apabullados por lo fáctico y coyuntural de la historia profana, prisioneros del pensamiento metonímico (causal) vagamos ayunos de otras lógicas posibles que suelen manifestarse con fuerza en la cultura popular. En ella, por ejemplo, tiene una especial resonancia vivencial la palabra “mística”. También los poetas, casi desangelados, captan, en medio dolorosas búsquedas, fragmentos luminosos de esos misteriosos mensajes.

Ahora bien, aún en las épocas más oscuras, en todas la religiones, perviven, a veces ignorados o desoídos, “los justos”, ciertos hombres o mujeres, estudiosos de los textos sagrados y entregados a la oración para preservación del pueblo que les da cobijo. En este aspecto, es sumamente rica nuestra cultura judeocristiana tal como lo atestiguan las Sagradas Escrituras. En todas las época surgieron del medio del pueblo sacerdotes, jueces, reyes, pastores analfabetos, que, arrebatados por una hierofanía, fueron elegidos por el Misericordioso para enviar mensajes a la humanidad, sobre todo, cuando las culturas se entregaban a los desenfrenos de la idolatría. Hoy, sin duda, el ídolo es el dinero y su séquito de perversiones gobernando el mundo desde las bóvedas blindadas de los bancos, desde la invisibilidad de los circuitos virtuales. Son las cuevas inasibles donde las masas hambrientas  y la naciones traicionadas son sometidas  por el Imperialismo Internacional del Dinero.

Hubo épocas en Occidente en que, en grandes ciudades de España, Italia, Francia, y otras, sabios cristianos, judíos y musulmanes desentrañaban juntos, en oración y estudio, los libros sagrados y sacaban conclusiones para la historia concreta. Todo se ha oscurecido. Quizás sea conveniente revisar, en esta época, el papel, en la historia sagrada, de las mujeres como guías y profetisas del pueblo: ¿cómo no recordar a Myriam, Ana, Débora, Judit y muchas más? ¿O la madre de Jesús de Nazaret y las mujeres que seguían al maestro por los caminos de Tierra Santa? ¿O las Santas Doctoras como Hildegarda, Catalina de Siena, Teresa de Jesús o la discípula de Husserl, monja carmelita y víctima de la Shoá Santa Edith Stein? No siempre el elegido es el más santo, sino quien está listo para recibir y  transmitir el mensaje. En este caso, el rabino Pinto, descendiente de una familia de sabios con capacidad de hacer milagros, ha cometido algunos deslices de los cuales se arrepintió públicamente. Consejero de las élites económicas, con una fuerte impronta jasídica  y cabalística, es también un benefactor de los más humildes que siguen sus enseñanzas.

Quien esto escribe es solo un literato. Quizás un mal lector. Sólo quería introducir, desde la poética, esta  noticia que encontró en Radio Jai, transcripta del Israel News. La presento con pequeñas variantes impuestas por una necesidad narratológica.

2.- La visión del rabino

Transcribo: “El surgimiento del coronavirus ha sido sorprendentemente rápido. El 31 de diciembre, el gobierno de China trató los primeros casos del coronavirus que aparecieron en la provincia de Wuhan. Las primeras muertes fueron reportadas solo once días después. Diez días después, el virus se había extendido a otros países de Asia y un día después de eso, se informó el primer caso en los EE. UU. Un mes después de ser informado los primeros casos, la World Health Orgaization declaró emergencia sanitaria global y se impusieron restricciones a los viajes.”

A principios de enero, cuando el coronavirus era un problema poco conocido en un lejano remanso de China, el rabino Ioshiahu Yosef Pinto, un rabino místico israelí de fama internacional que actualmente vive en Marruecos, anunció haber tenido una visión.

“Todos saben que soy muy cuidadoso con lo que digo”, dijo el rabino Pinto a sus seguidores en un discurso grabado. “En Shabat, tuve una visión que no era para nada simple. Está a punto de producirse una enorme conmoción en el mundo en la escala del asesinato de un líder mundial o los ataques terroristas del 11 de septiembre. Será una escala muy difícil y vendrá en formas que son muy difíciles. Todos los judíos deben reunirse y fortalecerse para orar y arrepentirse. El mundo sufrirá una conmoción que pasará a la historia como una de las peores. Esto comenzará en unos pocos días. Tenemos que comenzar ahora mismo para endulzar el juicio”. Sin duda, glorificar al Altísimo es un poderoso refugio: “Servirás a Hashem tu Dios, y Él bendecirá tu pan y tu agua. Y yo quitaré la enfermedad de en medio de ti”. (Éxodo 23:25, La Biblia de Israel ™)

“La semana pasada, el rabino Pinto hizo una declaración confirmando que su visión era sobre el coronavirus: “Es importante no permanecer ambivalente”, dijo el rabino Pinto. “Debemos estar preparados. Lo que está sucediendo en China se está convirtiendo en una catástrofe global y las consecuencias llegarán a casi todos los rincones del mundo. Esto pronto quedará claro para todos. No estoy tratando de asustar a nadie. Solo vengo a decir la verdad. Desde el brote, decenas de miles han muerto en China, millones han estado retenidos en cuarentena durante varias semanas. Los que no mueren por la enfermedad mueren de hambre. Pronto, el suministro de alimentos se agotará y las fuerzas de seguridad se darán cuenta de que también están en cuarentena y tratarán de salvarse”.

 “Muy pronto, la gente comenzará a darse cuenta de que se está ocultando mucha información al público sobre cómo el gobierno está encerrando a las personas en sus casas. Estamos entrando en el período más difícil que el mundo ha experimentado en varios siglos”.

“La economía del mundo está equilibrada en China, pero China está al borde del colapso total. Todas las tiendas que venden productos chinos deberán cerrar. Ya no hay China tal como la conocemos. Esto ya ha sucedido. Los únicos productos chinos que tenemos en las tiendas son los que estaban en los depósitos antes del virus. Y habrá aún más plagas, más epidemias. China estará completamente en cuarentena”.

“El rabino citó una fuente profética para el coronavirus: “Derramaré mi ira sobre Sin, la fortaleza de Egipto, y destruiré la riqueza de No. Encenderé fuego a Egipto; Sin se retorcerá de angustia y No se desgarrará; y Noph se enfrentará a los adversarios a plena luz del día (Ezequiel 30:15 -16). En hebreo moderno, ‘Sin’ (סין) es el nombre de China.”

“Sé que lo que digo es aterrador, pero cada uno de nosotros tiene que rezar por el mundo entero, encender velas y buscar el perdón de Dios. Necesitamos orar por la redención como nunca antes”.

El rabino Pinto dijo varias palabras de consejo: recomendó que tuviéramos mucho cuidado de no tomar préstamos o contraer nuevas deudas. En una declaración separada, el rabino Pinto aseguró a sus seguidores que a Israel le irá mejor que a otros países. “Cada nación tiene su ángel designado que es responsable de lo que le sucede a la nación, ya sea para bien o para mal. Cuando los ángeles pelean, hay guerras en la tierra entre esas naciones”.

Cualquier judío que deba viajar en este momento debe prestar especial atención a leer las secciones de la Torá que tratan sobre los vagabundeos de los judíos en el desierto. También debe aprender las secciones de la Torá que tratan sobre el incienso en el tabernáculo, ya que era una protección contra la enfermedad, pero esto solo se debe aprender durante el día.”

Hasta aquí, el texto de A.E. Berkowitz. Ahora, como decía el maestro Marechal, a pescar “según anzuelo y carnada”. El Rabino Pinto sostiene que cada nación tiene su ángel. También las ciudades cuentan con un ángel protector. En esta ciudad Córdoba del Tucumán, nuestros antepasados dejaron un testimonio de esa creencia. Cuando vayan al centro, párense en la Plaza San Martín, admiren la catedral y observen: en las esquinas de la torres están representados los ángeles protectores de nuestras ciudad. Vestidos con ropas, no de españoles, sino de aborígenes, otean hacia los cuatro puntos cardinales dispuestos a alertar a población haciendo sonar  las trompetas de  portan en sus manos. ¿Son una defensa material, un ornato? ¿O son también un contrafuerte simbólico, un vallado mágico, una muralla espiritual contra los enemigos del alma?¿Podrán ahuyentar malarias y enfermedades?

En fin, como habrán obervado, la exégesis del Rabino Pinto, es sumamente breve y más bien precaria. Pero nos dio la oportunidad de irnos alegremente por las ramas. Juego peligroso. ¿Peligro de caerse? Seguro. Total, como decía mi abuela, “del suelo no va a pasar”. Y ella, cuando rezaba por todos, conversaba con los ángeles y los santos.

Por Adam Eliyahu Berkowitz- Israel news (16/02/2020). Adam Eliyahu Berkowitz es escritor de reportajes de Breaking Israel News. Llegó a Aliyah a Israel en 1991 y sirvió en las FDI como médico de combate. Berkowitz estudió la ley judía y recibió la ordenación rabínica en Israel. Ha trabajado como escritor independiente y dos obras de ficción, The Hope Merchant y Dolphins on the Moon, están disponibles en Amazon. Vive en los Altos del Golán con su esposa y sus cuatro hijos.

Traducido por Alicia Weiss para Radio Jai

Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero