Posts etiquetados ‘cultura’

por Jorge Torres Roggero

 

TINOCO1.- Tinoco: el último bosque nativo conservado de la Pcia. de Córdoba

¿Fue un azar? No sé qué tecla apreté. Lo cierto es que me apareció el sitio de La Ronda 91 FM (06/02/2020) que daba cuenta de un bosque nativo intacto, bien cerquita de Córdoba Capital.  Así me enteré de que Tinoco, “una comuna que cuenta con menos de 10 cuadras”, guarda un tesoro inapreciable: el último bosque nativo bien conservado del centro de la Provincia. Son cerca de  800 hectáreas protegidas por ley. Proliferan allí árboles centenarios: quebrachos blancos, algarrobos y otras numerosas especies de la flora autóctona. “Éste relicto de bosque se salvó de las topadoras gracias a la protección que le brindó su legítimo dueño, un campesino que mantuvo el monte como parte de su forma de vida y evitó que lo desmontaran”, explicó  a La Ronda 91 Fernando Barri, biólogo del Conicet.

Rodeado de cultivos intensivos, a tiro del glifosato, el santuario nativo no está exento de riesgos.  Y corre peligro su integridad. Según La Ronda 91, hasta el Gobierno Provincial atentó contra su integridad puesto que  desmontó decenas de hectáreas en el interior del bosque para construir un canal. Por suerte, gracias a la intervención de la Universidad Nacional de Córdoba, el CONICET, y la Dirección de Bosques de la Secretaría de Ambiente, se pudo proteger el bosque bajo la categoría 1 de las leyes Nacional y Provincial de Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos. Como advierten desde el CONICET: “El bosque nativo de Tinoco debe protegerse a perpetuidad en la máxima categoría de conservación, independientemente de los cambios de titularidad o de dominio que puedan ocurrir y de los intereses que terceros o gobiernos locales o provinciales de turno puedan tener sobre esa tierra”.

2.- “Del tiempo’i mama”

La Ronda 91 FM despertó en mí recuerdos de infancia. Recuerdos ligados al amor, la sombra y el amparo de los árboles de mi niñez. ¿Y el perfume de sus flores, y el sabor de su frutos? ¿Y la sillita de algarrobo, y el cabo de chañar del hacha? ¿Y la batea del pan o de lavar? ¿Y el mortero y el catre de tientos? ¿ Y el té de quebracho flojo y las uñas del garabato? La anáfora puede continuar, es infinita. Pero hay un episodio que no olvido.

Cierta vez, habrá sido por 1949, nos reunieron en la escuela para hablarnos del árbol. De su historia, su belleza, su valor terapéutico. Mi pueblo estaba rodeado de bosques nativos, en sus alrededores pululaban los obrajes, y en la playa ferroviaria había montañas de leña y carbón que, desde una planchada, todos los días se cargaban  en los vagones abiertos  (chatas). ¿Qué enemigo invisible conducía esos trenes? ¿Cuál era el destino de nuestros árboles amados que dejaban sin casa a los pájaros y sin sostén a las lechiguanas?

Grandes devoradores de piquillín, algarroba, mistol, chañar, tunas y las “facturas” que nuestras madres fabricaban con ellos: arrope, jalea, patay, vaya si sabíamos de nuestra hermandad con el árbol. ¿Por qué entonces el alboroto de las maestras? Hasta nos organizaron en grupos para plantar árboles: la canchita de jugar a la mancha se convirtió en un hermoso plantío. Y cada grupo comenzó a cuidar su árbol.

Muchos años después, investigando sobre las revistas literarias durante el gobierno del Gral. Perón, me topé con la revista CULTURA del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires. Admirable revista, que según Lafleur, Provenzano y Alonso en su libro Las revistas literarias argentinas (1893-1967), aparte de su extraordinario nivel, “su envergadura intelectual”, ostentaba una virtud ejemplar. Dicen los autores: “Una publicación literaria patrocinada por el Estado puede sufrir ciertas limitaciones que, al fin, desnaturalizan su auténtico cometido. La propaganda política o la discriminación que de ella puede derivarse, suelen ser su casi inevitable fantasma. Debe señalarse con justicia que nada de esto pasó en Cultura”( p.215). No puedo dejar de señalar que la enorme hemeroteca de Provenzano  con nuestras revistas desde 1893 a 1967, que generosamente abría a los investigadores, hoy está en EE.UU. El Estado Argentino se desentendió de ese patrimonio.

Lo cierto es que en CULTURA (Año I, N° 1, 1949)  descubrí que en el curso de ese año se habían desarrollado en todo el país jornadas para “ilustrar al pueblo y hacer viva conciencia de los principios sustanciales de la Ley de defensa de la riqueza forestal”. Era un aporte a la campaña emprendida por el gobierno nacional. En la Pcia. de Buenos Aires de dictaron una serie de conferencias sobre la múltiple significación del árbol en L.R.11 Radio Universidad Nacional de La Plata. Los disertantes eran destacados escritores, científicos e intelectuales. Algunos temas: “El árbol, fuente de enseñanza espiritual”; “Árboles argentinos: leyendas y supersticiones”; “El árbol: como símbolo de la vida”; “El árbol en la literatura”; “El árbol y su influencia en el medio geográfico”; “El árbol en la pedagogía”; “El árbol y la música”; “El árbol en la historia”, “El árbol en la poesía”, “Importancia del árbol como base de la urbanización”; “El árbol en la historia de la pintura”. Culminó la serie el Director de Construcciones escolares disertando acerca de “El árbol en la economía del país”. Omito los nombres de los disertantes porque me interesa resaltar la visión integral de la cultura del peronismo: un intelecto amoroso tendido hacia las cosas que nos rodean, un humanismo basado en el respeto de la naturaleza y el perfeccionamiento individual y social.

2.- La defensa de los bosques y el  Primer Plan Quinquenal del peronismo

La producción forestal en el país se vio incrementada durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), como consecuencia de la falta de suministros de combustibles minerales, que fueron reemplazados por la leña y el carbón vegetal. También se necesitaban taninos para el curtido del cuero. En sintonía con la época, se auguraba que los árboles eran “los pulmones de los Estados y una de sus mayores riquezas”. Los países dispuestos a ocupar un puesto privilegiado en el concierto mundial de potencias deberían  “poseerlos en gran cantidad y de buena calidad” .

El Plan de Gobierno previsto para el ciclo 1947-1951 -el “Primer Plan Quinquenal”- estuvo a cargo de la Secretaría Técnica de la Presidencia de la Nación e incluía medidas tendientes a la reorganización administrativa, judicial y educacional. Sin embargo, uno de sus principales objetivos era la promoción de la industrialización del país.  Consistía en un Plan de Realizaciones e Inversiones para el quinquenio cuyo núcleo se concretaba en veintisiete iniciativas legislativas que serían sometidas a la aprobación del Congreso Nacional. Entre ellas, “la defensa de la riqueza forestal”.

El proyecto de ley forestal fue incluido dentro del Capítulo V, titulado “Producción”. De este modo, se proponía la intervención del Estado no sólo para  proteger y/o defender los bosques, sino también para regular su explotación. El rubro forestal estaba especialmente referido a lo atinente al fomento de la industria nacional: materias primas y productos semielaborados  de origen forestal. Se afirmaba allí que: “La extensión territorial de la República y las condiciones favorables de su suelo y subsuelo, permiten obtener en abundancia las materias primas de origen agropecuario y mineral para orientar la estructura industrial del país, a fin de que los productos argentinos excedentes salgan con el mayor y mejor grado de elaboración, lo que representará un aumento de trabajo y de riqueza para la Nación. En tal sentido el país debe organizarse para evitar en lo posible, que los productos primarios del mismo salgan como materia sin elaborar y vuelvan después en forma de productos manufacturados que dejan el trabajo y el beneficio en el exterior.” (Secretaría Técnica, 1946)

El Primer Plan Quinquenal fue presentado por el presidente Perón y el Secretario Técnico de la Presidencia en octubre de 1946. Con respecto al proyecto forestal propuesto, se señaló su “innegable trascendencia para la economía argentina”  y la importancia de dotar al país de una legislación eficiente para la defensa del patrimonio forestal de la nación, “que desde hace años reclaman vitales intereses nacionales”  Se alegaba entonces que: “Si hay muestra palpable del grado de cultura y prosperidad de un país, es sin duda la medida del interés que al mismo le merezca su riqueza forestal y el aprovechamiento ordenado de su riqueza. La máxima inserta y condensa las aspiraciones de la Argentina en tal materia y es su actual gobierno el que quiere legar a la Nación la primera ordenación forestal completa para convertir tan preclaros conceptos en realidad, mediante un proyecto de ley que sirva de instrumento para realizar plenamente las aspiraciones nacionales en cuanto se refiere al aprovechamiento de sus bosques. (Versión taquigráfica, 1946)

El valor estratégico de los bosques no  sólo estaba ligado a su importancia ambiental (influencia higiénica, importancia estética, función reguladora en aguas subterráneas y torrentes, defensa de los suelos contra la erosión y acción morigeradora sobre los vientos), sino principalmente por la indiscutible función social que éstos estaban llamados a cumplir en virtud de “su trascendente significado como fuente de trabajo y de recursos en la economía de todas las naciones”. La industria forestal significaba. “Dentro de la actividad industrial un movimiento anual de 1.500.000.000 de pesos; la simple mención de tan importante valor bastaría para justificar la atención que el Poder Ejecutivo ha prestado a este problema, si no se repara en que, fuera de sus aspectos intrínsecos, el mismo involucra la solución natural y adecuada de la ocupación permanente de millares de familias del campo argentino que van a encontrar en esta iniciativa la mejor garantía y resguardo de sus actividades ordinarias y la estabilidad y permanencia de naturales fuentes de recursos y trabajos. (…)

La importancia de semejante riqueza hace impostergable procurar su adecuada vigilancia y racional explotación, a fin de evitar su destrucción sea por el fuego o por el despilfarro que importa el aprovechamiento abusivo de los árboles, el uso inapropiado de las maderas o también lo que no es menos lamentable, la degradación de los bosques como consecuencia de su falta de explotación. (Versión taquigráfica, 1946)

3.-Debate legislativo y sanción de la Ley Nacional N° 13.273

Finalmente, la Ley Nacional N° 13.273 de “Defensa de la Riqueza Forestal” fue sancionada el 25 de septiembre de 1948, tras la “injustificada demora” del Senado en tratar el proyecto de ley aprobado por Diputados un año antes. La ley constaba de 87 artículos agrupados en once capítulos.

En ella se declara de interés público la defensa, mejoramiento y ampliación de los bosques. Deja sometido a las restricciones y limitaciones de la ley el ejercicio de los derechos sobre los bosques y tierras forestales de propiedad privada o pública, sus frutos y productos (tanto los bosques y tierras forestales ubicados en jurisdicción federal como aquellos ubicados en las provincias que se acogieran a la misma). Asimismo, en los artículos N° 13 y 14 se dejaba asentada la prohibición de la devastación de bosques y tierras forestales así como la utilización irracional de productos forestales, y se apuntaba a que los propietarios, arrendatarios, usufructuarios o poseedores de cualquier título de bosques no pudieran iniciar trabajos de explotación de los mismos sin la conformidad de la autoridad forestal competente, la cual se debía solicitar acompañada de un plan de trabajo (plan dasocrático).

La sanción de la ley implicaba debatir algunos temas centrales. En primer lugar,  la ley se dirigía a la defensa de los intereses nacionales, el fomento de la producción forestal nacional y la necesidad de poner freno a la explotación desmedida de los bosques y los estragos que los intereses particulares (en su mayor parte compañías extranjeras) habían ocasionado sobre el patrimonio forestal. Esto señalaba un legislador durante los debates en el Congreso de la Nación: “Si bien nos hemos llenado la boca de adjetivos admirativos sobre nuestra riqueza forestal, la verdad es que ella es, potencial y discriminatoriamente, casi desconocida; lo cierto es que la hemos despilfarrado con el criterio o el pensamiento de que sería inagotable; pero cuando la madera ha tenido un precio regular, se ha talado, cortado y herido al árbol despiadadamente, con la premura de hacerlo leña, para convertir la leña en dinero, empobreciendo vastas zonas del interior, transformándolas en desiertos, sin labrar la tierra desarbolada ni reponer las especies destruidas, en el loco y pernicioso afán de atender al negocio inmediato, sin reflexionar en que muchas especies son harto generosas y se reproducen a los tres, cuatro o cinco años y lo que es más triste, olvidando que plantar árboles es sembrar para el porvenir y que si ellos no pueden alcanzar a darnos su sombra generosa, esa sombra servirá a nuestros descendientes y a los hijos de nuestros hijos. (Versión Taquigráfica Senado, 1948)

En segundo lugar, la ley venía a remover una ley consuetudinaria: hasta entonces, había existido “el temor de lesionar intereses particulares, porque el derecho de propiedad se consideraba intangible y absoluto”. Ahora la legislación debía ser orientada “en un sentido superior al interés individual”. En su alocución, el miembro informante de la Comisión dejaba constancia de que a través del proyecto de ley: “Se establece, es cierto, limitaciones al derecho de propiedad de ciertas tierras de aptitud forestal y limitaciones a la libre disposición de los bosques; y además, control de los productos extraídos. Pero es que ya es teoría en desuso la de la propiedad ilimitada… La defensa de la colectividad impone el respeto del individuo a ciertas normas comunes. (Versión Taquigráfica Diputados, 1947)

En consecuencia, la Ley N° 13.273 establecía ciertas pautas (Art.1) que cambiaban  la interpretación tradicional que el derecho argentino había tenido sobre la propiedad privada; sobre  todo, la referida al reconocimiento de un derecho absoluto por parte de los propietarios individuales. Este concepto diferente de propiedad privada se refuerza en varios artículos. En el N° 2, al declarar de utilidad pública y sujeto a expropiación a los bosques protectores y/o permanentes; en el N° 13, al prohibir la devastación de bosques y la utilización irracional de sus productos; y en el N° 34, al declarar como inalienables los bosques que formaren dominio privado del Estado. La ley, asimismo,  trataba de conciliar la tensión entre la producción  y la protección de los bosques, su regeneración y/o ampliación. Como lo resumiera el legislador informante  en la Cámara de Diputados: “Son enormes los intereses en juego, tanto de orden público como privado. Nosotros debemos contemplar todos ellos, debemos pesarlos y respetarlos; procurar salvar los segundos, pero dar preeminencia a los primeros; debemos cuidar el futuro, pero realizar el presente. De allí que el planteamiento debe ser amplio, partiendo de la imprescindible obligación de salvar los restos de nuestra riqueza forestal y acrecentar y mejorar los bosques del país.” (VTD, 1947)

Recuérdese que una de las regulaciones impuestas por la ley para hacer frente a la utilización desmedida y sin control del recurso boscoso fue la obligación de presentar un plan de trabajo previo a toda explotación. Otro tema del debate parlamentario versó sobre   la necesidad de defender, mejorar y ampliar los bosques en virtud de su probada función ambiental, social y económica. Como decía el miembro informante: “La múltiple misión del árbol, como suministrador de materias primas para diversas e importantes industrias, como protector del suelo contra la erosión, como fijador de médanos, como defensor de corrientes de agua, como factor climatológico, como elemento decorativo y embellecedor y hasta como instrumento utilizable en diversos aspectos de la defensa nacional, de esa función, que en un país como el nuestro puede ser la base primaria de nuestra economía, ha sido despreciada hasta ahora, mejor dicho, ignorada. (VTS, 1948)

4.- El árbol “civilizador como un silabario”

Aún más, se apelaba no sólo a la importancia técnica y/o jurídica de la discusión sino que también se avanzaba en la valoración del árbol y del bosque como instrumentos de belleza en el aspecto sentimental. Al respecto, pueden encontrarse alusiones a las cuestiones morales y emotivas que suscitan los bosques, así como también son recurrentes las referencias a las “enseñanzas de nuestros grandes propulsores” y a la importancia “civilizadora” de los árboles: “Quien haya recorrido el país advierte la diferencia al pasar de una provincia a otra y en las llanuras santafecinas, por ejemplo, las interminables hileras de paraísos y la mancha continua de los montes que señalan las aguadas o los reparos para el ganado, constituyen una nota hermosa, que denuncia prosperidad, trabajo y eficiencia. Las interminables carreteras argentinas, huérfanas de arboleda en la mayor parte de su extensión, demuestran nuestro atraso en ese sentido, nuestro imperdonable descuido en un aspecto esencial de la cultura económica de un país y las palabras de Sarmiento, que llamaba al árbol, instrumento tan civilizador como un silabario, resuenan en mis oídos como un reproche, que la certeza de la sanción de esta ley aminora. (VTS, 1948)

Por supuesto, este aspecto lírico no opacaba la insistencia en la función económica que los bosques estaban llamados a cumplir como riqueza y fuente de recursos bajo la premisa del árbol como elemento de prosperidad material . Esa era la importancia social de la ley. Ya en el mensaje del PEN anunciando el Plan Quinquenal se había augurado que con la aplicación de la ley forestal se apostaba a lograr el bienestar de grandes sectores del país. En una publicación de la Dirección Forestal se destacaba que además de los productos normales (rollizos, durmientes, postes, leña) los bosques daban origen a poderosas industrias para la elaboración de la madera y sus múltiples y valiosas aplicaciones, las cuales “necesitan el empleo y trabajo de millares de hombres, mujeres y niños, con lo cual se resuelven problemas sociales y económicos de importancia”

No se trataba sólo de la defensa, mejoramiento y ampliación de los bosques, sino también de su utilización. La ley orientaba la producción y uso de los recursos forestales existentes con sistema de explotación racional. Esto sostenía un diputado en su alocución: “La República Argentina necesita madera para construcciones, envases para sus productos agropecuarios, tanino, pasta para papel, compensados, leña y carbón vegetal en cantidades cada vez más importantes. La concreción de este gran volumen de materia prima es perfectamente realizable en el país, y frente al déficit mundial de maderas y la opinión de las organizaciones específicas mundiales, nada justifica la demora en iniciar los trabajos pertinentes. (Versión taquigráfica , 1948)

En esta línea, en el Segundo Plan Quinquenal elaborado para la presidencia de Perón iniciada en el año 1952, la acción forestal también se incluyó bajo el capítulo destinado a la acción económica, teniendo como objetivo “el autoabastecimiento de la madera que necesite, asegurando, al mismo tiempo, la estabilidad y la evolución de una sólida economía forestal” Se destacaba que en el país: “Antes del gobierno del general Perón, profundamente defensivo del patrimonio nacional, se llevó a cabo un verdadero saqueo en las regiones forestales; se talaron bosques inmensos -particularmente en el Norte-, sin reforestar esas zonas. Obra de codicia y no de patriotismo. Entonces no importaba que grandes extensiones quedaran desposeídas de su riqueza. Pero felizmente el general Perón, en su 2° Plan Quinquenal, expone categóricamente el propósito de repoblar de árboles el país y de incrementar una economía forestal que será importantísima, pues ya se descuenta el aporte valioso de todos los argentinos. Porque no sólo se trata de plantar árboles, sino también de cuidarlos, y esto está al alcance de todos. Ahora bien, el bosque es comparable a un pueblo: si está debidamente organizado según su medio, su rendimiento será mayor. Al igual que un pueblo, esa masa arbórea tiene enemigos que conspiran contra su natural y victorioso crecimiento; estos enemigos -a veces invisibles como los opositores a toda causa digna- también están organizados, y de ahí emana su fuerza. Son las plagas, que es menester combatir estratégicamente. (Subsecretaría de Informaciones, 1953)

De acuerdo con este Plan, los beneficios derivados de una organizada y continua acción destinada al engrandecimiento de los bosques nacionales eran diversos e incalculables (madera, materias medicinales, curtientes y colorantes, además de los beneficios ambientales). La ya sancionada Ley N° 13.273 era la norma gracias a la cual se podría “asegurar la perpetuidad del bosque, su integral aprovechamiento, el uso más conveniente de la materia prima que proporcione, la protección del patrimonio forestal y su engrandecimiento”.

La sanción de la Ley N° 13.273 fue, sin duda, un “cohete señal” en la protección de los bosques en Argentina. Y constituyó un primer paso hacia una solución integral, controlada y planificada de los numerosos problemas de deforestación y degradación de los bosques nativos por causa de una explotación forestal desmedida y no planificada.

Jorge Torres Roggero

12/02/2020

Fuentes:

Alcoba, A. (1940). Tres conferencias sobre Régimen forestal argentino. La Plata: Universidad Nacional de La Plata.

Almuni, C. A. (1946). La cuestión forestal argentina. Córdoba: Imprenta de la Universidad de Córdoba.

Constantino, I. (1946). El bosque y su enemigo N° 1. Publicación Miscelánea N° 222. Buenos Aires:

Lafleur, Héctor R., Provenzano, Sergio D. y Alonso, Fernando P., 1968, Las revistas literarias argentina (1893-1967), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina

Ministerio de Agricultura de la Nación. Dirección General de Tierras y Bosques. Dirección Forestal. Dirección de Informaciones.

Schmidt , Mariana A., “Historizando la política de protección de bosques. La ley de “Defensa de la riqueza forestal”, (http://vip.ucaldas.edu.co/lunazul/downloads/Lunazul46_4.pdf)

por Jorge Torres Roggero

Imagen (44)1.- Avatares del símil del río

Desde que Heráclito, 500 años antes de Cristo, nos legó un retazo de su pensamiento con el símil del río, los filósofos se encargaron de despojar la sentencia de su valor simbólico (iniciático) y encolumnarla en el pensamiento causal. El río dejó de ser un simbolismo secundario del profundo simbolismo de las aguas y pasó a ser una alegoría del pensamiento causal (la vieja sinécdoque), recurso retórico para expresar la traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple.

Platón (en Crátilo) fue el primero en dar la versión que se cita con más frecuencia: “no se puede entrar dos veces en el mismo río” para centrarse en el movimiento del agua. El fragmento del Oscuro de Éfeso dice en realidad: “En el mismo río entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”. Heráclito se centra en el juego de las contradicciones opuestas y complementarias que rigen el universo: el río cambia (corriente) y no cambia (cauce) que es lo permanente  y guía la dirección del agua. Como no es tema de estas líneas, resumamos: el cauce del río es el Logos que “todo rige”, la “palabra” que ordena y organiza el cosmos: ¿puede existir una “unidad armónica” hija del azar y de la ciega fatalidad? ¿Hay una ley fatal regida por odio? ¿Hay una ley del corazón regida por el ritmo sagrado de la totalidad viviente? ¿Por qué dice Heráclito que “El pólemos ( la guerra) es el padre de todas las cosas”? ¿Cómo el conflicto es al mismo tiempo armonía, “respiración”  del universo? Pero veamos otro río.

Alguna vez, en nuestros desvelos escolares, nos topamos con un río trágico. Es aquel de Jorge Manrique que nos interpelaba, adolescentes, con la rotunda verdad de la conciencia de la muerte. ¿Quién no se levanta, alguna mañana, recitando inconscientemente, disfrutando belleza y palpitando finales: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/ que es el morir:/ allí van los señoríos,/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.” Da mucho rollo para escribir la estrofita. Por ahora, se la dediquemos, solemnemente, a Magnetto et caterva.

Siguiendo con las alegorías recordemos que nuestra Patria tomó su nombre de un río. Cuando era chico me rompía la cabeza para saber por qué el Río de la Plata era  “el río epónimo”. En 1910, Lugones lo enalteció como creador de “nuestro linaje”. “A tu linaje/ como en la gloria mágica de un cuento,/ ser habitantes del País del Plata/ con orgullo magnífico debemos”. Y ya refiriéndose al destino solar y civilizador que el iniciado Lugones atribuía a nuestra patria, lo emparienta con los ríos sagrados: “Moreno como un inca, (…)/  formas con el Ganges de los dioses/ con el Danubio azul de los Imperios,/ la noble tribu de aguas que penetra/ de cara al sol en el Océano intérmino/ como mueren los héroes antiguos/ en la inmortalidad de un canto excelso”.

Así la cosa, como literatos, no nos deja de halagar que llevemos el nombre de un poema: La Argentina del lujurioso arcediano del Barco Centenera. Allí se habla del “argentino reino”, del “argentino río”: “De nuestro río Argentino y su grandeza/ tratar quiero en el canto venidero”. Sabemos que el Río de la Plata fue una trágica obsesión de los conquistadores, río de miserias y hambrunas, donde, según Borges, “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Oviedo, el primer cronista de Indias, lo llama “una de las más notables cosas del universo” que esconde secretos y  tesoros. Por eso lo consagra “como una esperanza en lo de adelante”. Los herederos del nombre (no en vano relativo a la “edad de plata”), andamos todavía en busca de esas “cosas misteriosas”. Nuestros escritores trataron de descifrarlo en vano hasta en sus afluentes: El Mar Dulce,(Roberto J. Payró), El río oscuro (Alfredo Varela), La ciudad junto al río inmóvil (Eduardo Mallea), El río de las congojas (Libertad Demitrópulos). Son muchos más y alargaríamos la lista en vano. ¿Qué decir de los autores jóvenes del Conurbano que, en sus novelas, transitan simbolismos de aguas contaminadas que “zombifican”, producen monstruos teratológicos y catástrofes (Berazachussets de L. Ávalos Blacha, El campito, de D. Incardona)? Aunque tengo más rollo por si se precisa dar lazo como dice el sabio Martín Fierro, vuelvo, tras algunas aproximaciones que podrían ser incontables, a ciertas alegorías actuales del río

2.- Mauricio Macri: el río del cambio sin brújula

Macri, desde su reposera de Villa la Angostura, nos invita a brindar “por el tiempo que está por venir” de modo que, el año nuevo, sea un “nuevo comienzo”. Su propósito evidente es alentarse a sí mismo y alentar a sus seguidores que se derriten en lamentaciones “porque el cambio que comenzamos a hacer en 2015 quedó inconcluso”. Y aquí viene la alegoría. Dentro de la lógica cotidiana, nada puede detener que las cosas cambien. El cambio es una ley fatal y es independiente de los gobiernos. Pero el cambio por sí mismo no garantiza algo mejor. Para Macri, el cambio es la “dirección en la que íbamos”, o sea, “todo igual pero más rápido” como le confesó Vargas Llosa. El cambio, supone, es una “fuerza transformadora de la época”. “Dirigirse hacía ahí”, obedecer a “la energía del cambio”, son todas apelaciones aspiracionales sin referencias concretas (destino, dirección, lo no existente o sea el futuro). En once renglones repite nueve veces la palabra cambio sin definirla, salvo “la dirección en que íbamos”. No hace falta definir ese cambio: los argentinos lo sentimos en cuero propio. Solo el vano consuelo de estar incluidos en la expresión vulgar: “todo cambia”.

Ante la necesidad de decorar el vacío de su pensamiento, Macri (o sus redactores) recurre a la tradicional alegoría del río: Si tuviera que usar una imagen diría que el cambio es como un río. Avanza de forma imparable. Si el río encuentra obstáculos, los supera. Si esos obstáculos son grandes se desvía todas las veces que sea necesario pero siempre vuelve a su rumbo. El zigzag no cambia ni un milímetro el destino del río. Es más, a veces, cuando un obstáculo trata de encerrar al río, el río se acelera, adquiere más fuerza y se vuelve más poderoso. Por eso, entremos en esta época nueva que comienza con la alegría y la convicción de saber que el cambio nos llevará al destino que anhelamos. El río avanza sin parar.”

Muy extraño el río del cambio. Cuando se desvía, cómo hace para volver “a su rumbo” si no sabemos nada del cauce. ¿Cuál es el destino del río? ¿Cuál es el obstáculo? ¿El obstáculo acelera? El río nos llevará al “destino que anhelamos” porque el “cambio” es un río que “avanza sin parar”. Somos un río sin cauce, una fuerza ciega, que va, ¿a dónde? Falta el sustrato cultural que, cuando es auténtico, comprende tanto a la cultura popular como a la ilustrada, y además una historia y una filosofía de la historia.

3.-Juan Perón y los aluviones del pueblo

Juan Domingo Perón (Descartes), en su libro Política y Estrategia  recurrió a la alegoría del agua que fluye y a la fuerza del cambio. El símil aparece en un capítulo titulado “Lucha contra los pueblos”.

Para ello hace pie en una premisa que sostiene que los dirigentes políticos piensan que ellos “son quienes dirigen y encauzan la evolución de los pueblos”. Obsérvese cómo en el texto citado ya está la imagen del río. En efecto, Perón dice “encauzan” y no es una falta de ortografía: “encauzar” significa “abrir cauce”. No se refiere a “encausar”, de “causa”, o sea lo que está en el pasado.

En realidad, dice Perón los que “abren cauce” son los pueblos: “Es así como las grandes transformaciones político-sociales se encauzan por los grandes movimientos populares que llevan a “LA HORA DE LOS PUEBLOS”. En las grandes revoluciones, postula, “los hombres son el instrumento del pueblo y las oligarquías se destruyen o desaparecen”.

Y aquí viene la parte del texto en que se nota que Perón, a diferencia de Macri y sus amanuenses, atados al sentido común de una clase media seudoilustrada, es poseedor de una cultura humanista superior. Tiene, por lo tanto, una mirada abarcadora de la historia de la humanidad. Plantea, entonces, que la historia del mundo “ha sido la lucha del pueblo con la oligarquía”. Considera que Grecia, Roma, Edad Media, son sólo largas etapas de esa lucha. Por su parte, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa “son dos fases violentas que la patentizan”. Por último,  quedan los imperialismos actuales que sólo son nuevas etapas “de los pueblos en lucha contra la esclavitud interna e internacional”. La conclusión de la introducción no deja dudas, no es el vacío de contenido, no es la indeterminación estéril o el optimismo bobo: “Hoy, como en todas las épocas de la historia universal, deben vencer los pueblos”. Como decía Heráclito, el “pólemos”, “padre de todas las cosas”, se realiza en sujetos históricos concretos. Y aquí viene la alegoría del río de Perón que él llama “la táctica del agua”: son los aluviones del pueblo como la famosa sudestada de octubre que inmortalizó Scalabrini Ortiz, cuando el río de las congojas entró a la ciudad:

“Muchos han despreciado el ingenio y el poder del pueblo, pero, a largo plazo, han pagado caro su error. Los pueblos siguen las tácticas del agua. Las oligarquías, la de los diques que la contienen, encauzan y explotan. El agua aprisionada se agita, acumula caudal y presión, pugna por desbordar, si no lo consigue, trabaja lentamente sobre la fundación minándola y buscando filtrarse por debajo; si puede, rodea. Si nada de esto logra, termina en el tiempo por romper el dique y lanzarse en torrente. Son los aluviones. Pero el agua pasa siempre, torrencial y tumultuosamente, cuando la compuerta es impotente para regularla. Con los pueblos pasa lo mismo, los dos,  torrente o pueblo, son fuerzas de la dinámica universal y actúan con leyes y mecánicas semejantes. Los viejos diques del imperialismo, las oligarquías y las plutocracias comienzan a ceder, esta vez en el mundo, como cedieron en Francia en 1789 y en Rusia en 1918 ante el impulso incontenible y avasallador de los pueblos”.

Evidentemente en el texto de Macri, fuere quien fuere su autor, hay un plagio clandestino y vergonzante al texto del General. Se lo desvistió de todo lo concreto y verdaderamente significativo. En Perón, el obstáculo o dique tiene nombre propio: oligarquías, imperialismo, capital y poder político, dentro de cada pueblo hay procesos en marcha (cambio). Se refiere a la historia concreta que está viviendo el Continente Americano: a la lucha de Getulio Vargas (Brasil), Velasco Ibarra(Ecuador), Paz Estenssoro (Bolivia), Ibañez (Chile). De un modo u otro, con distintas formas de ejecución, en plena guerra fría, era tratar de que los imperialismos no metieran “a los pueblos detrás de la cortina del dólar”. Al final del capítulo, Perón nos regala una yapa. Es “La parábola de la gallina”. Alguna vez la hemos expuesto y merecería un tratamiento especial que prometemos.

Para concluir y, como un modo de relajarnos, rescatamos el uso humorístico de la “orilla del río”, otra posible alegoría,  por esta copla popular rescatada por Leda Valladares y María Elena Walsh: “A la orilla de un hombre/ estaba sentado un río/ afilando su caballo/ y dando agua a su cuchillo”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 5/2/20

por Jorge Torres Roggero

Candelaria1.- Barroco y pensamiento popular

El  barroco fue (y es)  una fuerza histórica y cultural generadora de formas políticas originales y representativas. Pero, en América, fueron rechazadas,  dejadas de lado y oprimidas. Sin embargo, el barroco  está, en sentido kuscheano,  instalado como momento inabolible e inabordado de la no-identidad, de lo diferente que completa y despliega nuestra identidad. “Historia inconsciente”, “cuenca semántica”,  se manifiesta como multiplicidad contradictoria y desdramatiza las situaciones de dependencia  prestando oídos a las voces de lo profundo y aceptando con humildad, como dice Leonardo Boff, que “estamos todos envueltos en una tela de inter-retro-relaciones“, es decir,  en el  remolino  dialéctico  del instinto articulador de la vida.

En consecuencia,  circunscribir  el barroco a lo meramente artístico es entregarlo a la mutilación iluminista que lo petrifica reduciéndolo a forma recargada y perversa. Su perduración en América es signo de la marginalidad, de la  jungla epistemológica en que se extravía el logos  de la razón dominante.

El barroco considerado  como un tipo de modulación y formulación europea pareciera destinado  a suprimir lo carnavalesco, lo bajtiniano y, por lo tanto, a negar la posibilidad de pensamiento en la cultura popular. En realidad, el control como mera formalidad incumplida, fue un intento de la jerarquía, tanto monárquica como eclesiástica, de encarcelar   la historia como presente y futuro que viene hacia nosotros. Los sínodos  de Lima, y los del antiguo Tucumán a comienzos del S.XVII,  vedan  la fiesta, la borrachera, los rituales. Algunas disposiciones rezaban: “Ordenamos y mandamos, so pena de excomunión mayor, que ninguna persona baile, dance, taña, ni cante bailes ni cantos lascivos, torpes ni deshonestos, que contienen cosas lascivas, y los introdujo el demonio en el mundo para hacer irremediables daños con torpes palabras y meneos”

Manda a decomisar libros: las Dianas, la Celestina, los de Caballería y “las sátiras y enfados y las poesías torpes y deshonestas”. Encargan, asimismo, que se controlen los indios hechiceros, “los llantos y ritos supersticiosos” y las “borracheras que son origen de idolatrías y horribles incestos, principalmente en el tiempo en que cogen algarroba.”

Ya en el siglo XVIII, cuando Tupac Amaru se rebela,  las autoridades prohibieron  la vestimenta tradicional del indio  porque era portadora en sus bordados de  la historia del pueblo; descolgaron los retratos y cuadros porque narraban la historia de la no-identidad; silenciaron las lenguas naturales que hilvanaban el relato de un pasado liberador que  venía hacia el pueblo como porvenir. Todavía en la época de la independencia las lenguas quichua, aimará, guaraní, se hablaban cotidianamente. Y otra vez las mujeres funcionaban como articuladoras de los distintos mundos lingüísticos puesto que se comunicaban con la servidumbre en lengua nativa. En ese sentido, es preciso revisar el papel de la represión en el pensamiento iluminista de los patriotas y el  relevante  papel de las masas populares y las mujeres en la revolución.

La modernidad que sube desde  Buenos Aires es una modernidad impuesta. Desde los Borbones, S. XVIII, cuando decidieron que esto no era el Reino de Indias sino una colonia, se inicia la dominación como acto  de enterrar viva la tradición. La clase dirigente se olvida siempre que, en realidad, está enterrando una semilla, un “estar siendo” que, como el palán-palán , brota hasta en los techos de las iglesias y la universidades. Sabemos que el palán-palán  se cría en las casas viejas, en los techos y paredes agrietadas, en los rincones y en los terrenos baldíos donde hay escombros. Pero sus hojas tienen la virtud de cicatrizar las heridas cortantes. ¿Ahora, quién escarba los rincones hedientos, para recibir su virtud? Solo cirujeando en el revés de lo conocido hallaremos jirones,  flecos, de pensamiento propio, pensamiento sin ninguna traición escondida.

2.- La modernidad alienante

Sin embargo, la provincia de Buenos Aires,  a lo largo del siglo XVII, incluso del siglo XVIII, era un escenario de gente errante, de gauderios, que trajinaban sus llanuras y las de  Santa Fe,  pasaban a Entre Ríos y a Uruguay transportando  cueros y  grasa. La ciudad de Buenos Aires, por su parte, era un nido de contrabandistas de esclavos y de telas. Y ser contrabandista era ponerse fuera del formalismo y la jerarquía del Imperio. La Revolución de Mayo sería, en cierto sentido, el desencadenante  de una lucha entre los sectores mercantiles, contrabandistas que vivían del comercio , y los ganaderos entrenados en desjarretar vacas para contrabandear cuero y sebo. Con esto queremos decir, que si había un lugar no moderno, ese era Buenos Aires. Proponer lo contrario dejaría  sin explicación a Rosas y a Sarmiento sin argumentos. 

En realidad, la modernidad alienante fue impuesta por la generación del 37 y partir de ella.  Mitre, Sarmiento, Alberdi, y  los positivistas del 80 eligen, y son claros en sus enunciaciones, un modelo de crecimiento y de construcción del país dependiente del modelo anglosajón. Pero los subordinados a ese  modelo eran las clases altas: adoptaban sus costumbres  mientras  las institutrices entrenaban a los futuros dirigentes en la admiración y la glosofilia del colonizador.  Jauretche, a través del  ejemplo emblemático de  Victoria Ocampo y Borges,  sin juzgar a los individuos, valorándolos,  desentrañó los  aspectos culturales de una clase convencida de su destino hegemónico y de su superioridad étnica y social. Asisten a la ceremonia del  té de las cinco, y el deber es mostrarse  fruncido, victoriano. ¿Cómo no se iban a asustar y sentir rencor frente al advenimiento de la chusma irigoyenista primero y, luego, de  los cabecitas negras? La clase media, por su parte, expoliada de su dignidad, remedó con soltura pero sin dignidad  a la clase alta. El resultado son los “locos” de Roberto Arlt y  la “euforia de una cabeza decapitada” como postuló Ezequiel  Martínez Estrada(1961:69) .

 Entonces ¿qué es la modernidad, cómo funcionó entre nosotros? Como una imposición colonialista, imperialista. Porque nosotros entramos en la modernidad en la etapa de la primera crisis del capitalismo. O sea, en la crisis del 90. Entre 1888 y 1892 los gobernadores, en  Córdoba, apenas duraban un año: era un tiempo de ruptura y cambio.

Repensar el barroco nos induce a reconsiderar  la modernidad en general. El método consiste en tirarse al cauce semántico de cierta  discursividad que fluye por los accidentes  de textos olvidados de nuestra historia, por  las pretericiones que opacan nuestra literatura, por la oralidad oculta en los libros de nuestros escritores. Deletrear esa oralidad oculta nos puede conducir hacia formas nuevas, a lo nuevo de lo que ya está.

3.- La Virgen de la Candelaria y los “lugares luz”

En Puno, en el Altiplano, junto al Lago Titicaca, se celebra  el 2 de febrero  la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Quienes han descripto esta fiesta, la representan como “jornadas incansables de lucha, danzas, cantos y esperanzas”. Junto a la liturgia religiosa, los cantos y poemas anónimos.

La Virgen, de “rostro cholo”, es la madre de Jesucristo y es la madre Tierra. El hombre arraigado a la naturaleza, al sustento de la vida, deja que el Santoral marque la vida social de la ciudad, del barrio, de la familia: “Ahí nacen, dice Paniagua Núñez, las grandes amistades, en la festividad de la Candelaria, los negocios, los compromisos matrimoniales, los grandes amores de juventud. Los amores prohibidos se levantan espontáneos, al calor de la danza y la bebida, de modo imprevisto, como acciones ruidosas o inadvertidas”.

Como en toda fiesta popular se mezclan lujo y derroche. La liturgia religiosa se conecta con la celebración del carnaval. Las “diabladas” , con sus costosos disfraces fruto de las privaciones del tiempo de la producción (no sagrado), llenan las calles de exceso y mezcla. No es de extrañar, en consecuencia, que la celebración culmine  meses después con el bautizo de los “hijos de la fiesta”: “A los nueve meses de la festividad de la Virgen de la Candelaria, que en algunos años, se junta con los carnavales, es costumbre en estos lares, realizar una parodia de bautizo religioso, con una “guagua de bizcocho” (muñeco de masa dulce que lleva una careta con rostro de niño), donde la sátira y el chascarro aluden a los desbandes y excesos sexuales del mes de febrero, en que cerca de un centenar de comparsas, participan activamente, algunas por devoción y otras acaso la gran mayoría por diversión, paganismo y lujuria”.

La parodia y la burla,  formas de lo innombrable,  no tienen lugar en la racionalidad urbana impuesta por occidente. Cuando éramos niños, había algo que nos sacaba de casillas y nos inducía a reacciones violentas: que nos “remedaran”. El remedo es el nombre barroco americano de la crítica del pueblo al pensamiento urdido; y es, sobre todo, un acto de fecundidad. El derroche, la danza, la música, no son posibles para el solo. La fiesta es solidaridad. Los  participantes contribuyen con su aporte: bebida, comida, dinero, disfraz Y a veces sobra para donar y dar servicios.

En Puno, según  Paniagua Nuñez,  se guarda la fotografía de un cuadro quemado. Representa a la Virgen: en un brazo carga al Niño Jesús; en el otro, porta una candela (una vela). A sus pies, el diablo, ataviado con el disfraz color arcoiris, el de las “diabladas”, se aferra al blanco vestido y la mira con ternura y actitud de imploración.

Redundemos. Volvamos al barroco cordobés. Luis de Tejeda relata la liturgia de  esta festividad llamada de la purificación. La procesión con las velas recuerda que la  Virgen da a luz a Jesuscristo, Luz del Mundo: “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc.2,32). Ella se sometió al rito de la purificación como era costumbre ( Lev. 12, 6-8).  Se conjugan en la celebración,  el ritual judío, las tradiciones paganas de purificación y los cultos originarios de América. Las  velas bendecidas en la fiesta religiosa no se empleaban para el consumo, sino que se reservaban  para usos de carácter religioso.

Esto que parece cosa del pasado está vivo. Consúltese una agenda de celebraciones del 2 febrero en el Noroeste argentino y se podrá advertir cómo la fiesta de la Candelaria convoca multitudes. Por otra parte, al  habitante de  Córdoba que ausculte el mapa de su provincia, le sorprenderá la proliferación de lugares luz (Candelaria) y su ubicación estratégica en un espacio que no  es aventurado nominar mítico. Cultos solares y cultos lunares, cultos de purificación y cultos de fertilidad, se enhebran para deletrear un cauce semántico enfocado hacia la vida y la esperanza. En la Guía de números postales, Encotel, 1981, se mencionan doce lugares Candelaria: cuatro en Córdoba, dos en Catamarca, dos en Santiago del Estero y uno en Salta, San Luis, Misiones y Santa Fe. Agrénguense los parajes no registrados por carecer de estafetas y todas las fiestas patronales de numerosos pueblos y ciudades.

4.- El barroco peronista

Ya que hemos venido insistiendo en la figura de la redundancia, redundemos otra vez. Retornemos la figura de la baraja de Martín Fierro: apenas hemos construido un pobre argumento jugando con “oros, copas y bastos”. Hemos notado el espacio de América como acción no del solo, sino de un todo abierto: los pueblos. Desde “los adentros” y desde los “reprofundos”, el pueblo formaliza estrategias  culturales de supervivencia, pero  los intelectuales  padecemos cierta impotencia para nombrarlas porque exceden en bloque el repertorio de categorías académicas de uso erudito.

Aceptemos la no-identidad, lo diferente, lo no detectado por el sistema. Nuestra entrada en el pensamiento de la modernidad, nos convirtió en apátridas, en proscriptos de nuestra raíz humana: la reconquista de nuestro hogar de humanidad  es la única posibilidad de aceptar nuestra diferencia como reunión de identidad y no-identidad. Desde el barroco, el pueblo americano nos viene indicando el camino con su práctica de lucha y esperanza, con su “remedo” burlesco de  las jerarquías religiosas y civiles.

Es un modo de pensamiento negado; pero, a través de él, se futuriza lo que viene del pasado. Pasado liberador y que viene hacia nosotros como porvenir es el modo en que Carlos Astrada definiría a esta acción del pueblo que se ha dado en llamar barroca. En tal caso, queda pendiente esta pregunta: ¿No será que el infamante y difamado populismo es una de las versiones actuales del barroco americano?. Esta pregunta final, de dudosa pertinencia, estuvo a punto de ser suprimida de este apartado. Una nota titulada “Signo: CGT dio la palabra a Duhalde y a De la Sota” la decretó necesaria y le dio certificado de supervivencia al barroco como forma reprimida de la cultura popular. Firma  la crónica Ezequiel Rudman y se refiere al traslado de los restos del Gral. Juan Domingo Perón. Tras sostener que “la cede (sic) de la central sindical se transformó en el “hall of fame” del paganismo peronista“, agrega: “Allí lo recibió el cacique taxista Omar Viviani en medio de un paisaje dominado por el barroco peronista”. (Ámbito Financiero, 18/10/2006)

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. U.N.C.

Fuentes: En el capítulo “Persistencias: formas de la cultura popular barroca”(pp.57-101) de mi libro Confusa Patria, Editorial Fundación Ross, 2007, Rosario, se podrá encontrar una abundante bibliografía y las claves de lectura de este fragmento.

por Jorge Torres Roggero

tapa_brochero_MUESTRA (1)1.- Los caminos del amor

En el oeste de la Provincia de Córdoba, detrás de las Sierras Grandes, se hallan los departamentos San Javier, San Alberto, Pocho, Minas. Brochero fue designado párroco del Curado de San Alberto en 1869. En 1885  se crea el nuevo Curato del Tránsito  y es nombrado al frente del mismo.

Ordenado sacerdote en 1866, habían quedado atrás su años de Prefecto de Estudios del Seminario, su aprendizaje de la práctica popular de los Ejercicios Espirituales con el jesuita Cubas y su heroico trajinar en la epidemia de cólera morbo que se llevó más de dos mil trescientas vidas en la ciudad de Córdoba. Ahora le tocaba fatigar cientos de leguas a lomo de mula en un curato que abarcaba altas cumbres, pampas desoladas y llanos poblados de matreros.

Encaremos el difícil resumen de su protagonismo en la epopeya del agua, su activa participación en la construcción de iglesias, en el trazado de caminos, en  la construcción de la Casa de Ejercicios  y en la promoción de la educación gratuita.

¿Cuál fue, por ejemplo, la epopeya del agua? El agua siempre generó contiendas en Traslasierra. Los habitantes se hallaban sometidos a los abusos de algunos terratenientes que se consideraban dueños del río.

El Cura bregará sin cesar para que el agua, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara a todos. Los propietarios realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad ante “el empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.

Otro trabajo que emprende el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que en los templos se manifestaba la presencia de Dios en la historia del pueblo. En efecto, eran el lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto, se renovó la práctica de los sacramentos y  la fiesta volvió a ser un bien de todos.

Para construir una capilla organizaba una asamblea y armaba una comisión. Consideraba que había dos tipos de colaboradores: “un hombre duro o un hombre derruido” pero “decidido” podía dar más que un hombre “sabio, influyente y con poca o ninguna decisión por la construcción”. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”: “Yo espero en Dios y en la Virgen de la Purísima que con estos tres perdidos, ignorantes y sin influjo, se hace parte de la Iglesia (…) para que se vea que no es obra mía, ni de los tres que forman la comisión, sino que es obra de Dios, pedida por la Santísima Virgen y para que se vea que en dicha obra ha sucedido lo que sucedió en el planteo de la Iglesia, o sea la propagación de la religión cristiana, que se valió Dios de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. Así sucedió en la construcción de la capilla de Ambul.  Incluyendo a quienes la sociedad tenía por pecadores e indignos de confianza, decidió que “la iglesia se hace, aunque salga Luzbel con todos los diablos a oponerse” (ACEVEDO, 72).

Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.

Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (BARRIONUEVO IMPOSTI, 599).

También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.

Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, el San José Gabriel había mandado abrir un hoyo. Entonó una oración y echó una gran piedra. Y tras bendecir esa tierra ahora santa, exclamó: “¡Te fregaste, diablo!

Su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada.

Era el rito dignificador de la minga. Cada cual aportaba lo que tenía: dinero, animales de carga, trabajo personal, terreno para edificar. El Cura, arremangada su vieja y desteñida sotana,  abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión.. Y, en palabras de Brochero, “Dios bendijo la obra”.

En 1877, la Casa de Ejercicios quedó inaugurada. Las tandas excedían las setecientas personas. Mujeres y hombres hacían dos o tres días de caminos a pie para cumplir los ejercicios; otros, se disputaban la alegría de participar como servidores.

Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.

Aunque era licenciado en filosofía no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Mientras tanto, se fogueaba en  los Ejercicios,  porque estaba convencido que su misión era salvar almas, confortar a los enfermos, servir a los pobres y humillados, orar, predicar, confesar: tareas de cura. Había entregado a Dios, como dice San Ignacio, toda su libertad, su memoria, su entendimiento, su voluntad, todo su haber y poseer porque todo es del Señor y sólo le bastaba con su amor y su gracia.

Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Cruzaba milagrosamente ríos crecidos, bordeaba precipicios en las oscuridades y  las tormentas. Por eso, como confiaba en una carta a Juárez Celman, le habían crecido callos en las nalgas que no solo sangraban sino que le producían un increíble dolor.

Pero no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza. Seguía en  “camino del amor” (Ef.5, 2, Jn.14, 6), o sea, en el Amor de Cristo Crucificado, Verbo de Dios, que se hizo carne, “y penetró como hombre en la historia del mundo” (Gaudium Spes, 38).

2.- La minga de Dios

El sistema de trabajo llamado “mink’ay” por los quechuas consistía en alquilar gente al amo para el trabajo. Sin embargo, en el Común criollo colonial el sistema fue evolucionando y ya hacia el siglo XVIII se fue marcando el carácter que perduró hasta nuestros días. La nueva forma pasó a ser una reunión de vecinos y amigos para realizar algún trabajo en común y desinteresadamente.

El tipo de trabajo es de lo más variado y corre desde la siega hasta el techado de la casa en los barrios populares. El sistema supone participación, solidaridad vecinal, sentido amistoso, espontáneo, para afrontar  tanto las adversidades como la fiesta celebratoria del fin de la tarea. Son fiestas comunales de trabajo. Mujeres y hombres trabajan parejo. Muchos  aportan sus herramientas. Todos ayudan y participan. Ya Martín Fierro definió el trabajo de la hierra, que era una minga, no como trabajo sino como “junción” (función, fiesta). Una buena comida, el canto, el baile, es el único premio. La solidaridad convierte de ese modo el trabajo penoso en general regocijo.

El San José Gabriel descubrió la presencia de Dios en la historia de su pueblo y organizó la participación de todos, hombres, mujeres, niños; poderosos a regañadientes y humildes llenos de alegría, mediante el luminoso sistema de la minga.

Todo el Común participaba. La minga de la Casa de Ejercicios, del Colegio de Niñas, del ensanchamiento de caminos, de la construcción de capillas y cementerios, de las tomas de agua, de los preparativos para el trazado del ferrocarril, partía de una profunda fe en la presencia de Dios encarnado en el corazón de los humildes; un Dios  expectante e invisible a la extraversión agresiva de los poderosos.

Pero también una tanda de ejercicios es una minga. Los ejercitantes van llegando con sus ponchos, su porción de azúcar y yerba, su pava. Dormirán en la carona. En las puertas hay braseros de barro. Vienen del bullicio y animación de la plaza; y se sumergirán en un silencio de durará seis días completos. Ellos mismos han levantado la humilde casa de ejercicios de piso de tierra y todavía sin revoque. Han donado animales en una cultura del trueque que Brochero, de impecable administración, va convirtiendo en materiales de construcción, alimento de los trabajadores, acarreo, insumos y herramientas. Esto testimonió San José Gabriel: “Y finalmente, digo que los que habitaban en el Tránsito en 1875, desde siete años arriba me llevaban ladrillos y cal quemada, al pie de la obra, en el hombro o en la cabeza, como lo hacían también las damas y señoritas, que me traían cal cruda, de una legua de distancia, en árganas o alforjas, para que la quemase en hornos que estaban en la plaza, y de diversos puntos me conducían los tirantes a remolque, o cincha de mula, viniendo muchas de estas vigas hasta de 20 leguas; pues a esta fecha, no había yo construido aún el camino carretero en el valle del oeste”. (Acevedo, 1928, 153)

“El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1,14). Es por eso por lo que el Espíritu oculto en la historia, semilla del Verbo, actúa sin cesar en lo secreto del corazón de los pueblos. El Dios Trinitario, comunidad, ha saltado hacia el afuera, se ha injertado en la historia.  Nuestro cuerpo (sarx) es historia, nuestra cultura es la casa del pueblo y lugar de des-ocultamiento del rostro de Dios. Nuestra existencia está llamada a ser acto de amor. Pero no hay amor sin el otro/s. A partir de la entrada salvadora de Dios en la historia nuestro destino se resume en “caminar en el amor” (Ef.5, 2) para la Gloria de Dios (San Ignacio).

Dios ha acampado en nuestra casa para siempre y es nuestro compañero cotidiano. Más todavía, como amor trinitario, es una presencia actuante. Brochero nos enseñó con su ejemplo que sólo desde los re-profundos de nuestra cultura, desde el arraigo y la intemperie, permaneceremos conectados al Espíritu que no deja de respirar en nosotros  porque el amor es una especie de protopalabra y su residencia es la cultura de los pueblos.

BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA

Escritos

Conferencia Episcopal Argentina, 1999, El Cura Brochero. Cartas y Sermones. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía de Lic. Liliana de Denaro y Pbro. Dr. Carlos I. Heredia, Buenos Aires.

Biografía

Acevedo, D.J. (recopilador), 1928, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba, A. Biffignandi

Aznar, Antonio,  1951, El Cura Brochero, Buenos Aires, Paulinas

                         , 1952, Don José Gabriel Brochero y las tradiciones de la Madre Antula, Córdoba, Colegio de Sagrada Familia

                         ,  1956, Los caranchos y el cura Brochero, Buenos Aires, Sebastián Amorrortu

Baronetto, Luis Miguel, 2001, Brochero x Brochero,  Buenos Aires, Ediciones Lohlé-Lumen

Díaz Cornejo, Sor María Nora, 2005, José Gabriel Brochero. Un santo para nuestro tiempo, Buenos Aires, San Pablo

Torres Roggero, Jorge, 2012, El Cura Brochero y su Tiempo. Cultura popular. Santidad. Política, Córdoba, Babel Editorial

Bibliografía complementaria

Barrionuevo Imposti, Víctor, 1953, t. I, Historia del Valle de Traslasierra, Córdoba, Dirección General de Plublicidad de la Universidad Nacional de Córdoba

Bialet-Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Prólogo y notas de Luis A. Despontin, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Cárcano, Miguel Ángel, 1986, Sáenz Peña. La revolución por los comicios, Buenos Aires, Hyspamérica

Castellani, Leonardo, 1999, Cristo y los fariseos, Mendoza, Ediciones Jauja

Denaro, Liliana de, 2006, Los pagos del Venerable Cura Brochero, Córdoba, Ed. de  Autor.

Guevara, Osvaldo, 1997, Diálogos memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez, Villa Dolores, Junta Municipal de Historia.

Medina, José Toribio, 1945, El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes

Rodríguez Isleño, Santiago C., 1987, Reseña histórica de la Frontera del Tiyú y de la enigmática Virgen de la Concepción, Instituto Paulino de Cultura y Comunicación, Córdoba