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por Jorge Torres Roggero

DOGMA DE OBEDIENCIA.jpeg1.- Los intelectuales

Como una muestra de apoyo a la Reforma Universitaria, Lugones publica en el BOLETIN DE LA FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES un artículo titulado “La historia del dogma”. Arturo Capdevila, director de la revista, sostiene que la obra ofrecida representa la “altura culminante” del pensamiento político lugoniano y la exhibe como una primicia que honra al BOLETIN. Se trata de la Parte II del libro El dogma de obediencia y advierte que “bien pudo titularse Las nuevas bases”. Anticipa que  en números sucesivos se editarán la tercera y cuarta parte pero no la primera y quinta. De acuerdo con su criterio, el carácter revolucionario de las mismas comprometería la índole puramente científica de la publicación[i] . Estas líneas aspiran a  que sean leídas con atención por quienes todavía insisten en considerar a Leopoldo Lugones y a Ricardo Rojas como portaestandartes un nacionalismo conservador y oligárquico para la época del Centenario. Repetir lo que “se dice” por más prestigioso que sea el emisor, lleva a estampar opiniones “iletradas”, es decir, sin la atenta lectura de los textos del momento. Recomiendo, en ese sentido, un texto muy breve de Lugones: “Programa de acción de una democracia argentina revolucionaria”. Lo escribió en 1919 y lo publicó Enrique Barros en La Vanguardia del 21/07/31. Lugones es un exponente dramático de las contradicciones en el seno del pueblo.

“La historia del dogma” tiene por objeto prevenir acerca de la falsificación de la historia y, a la vez, trazar el posible perfil de un orden social nuevo. Cuestiona, en consecuencia, la sinonimia enciclopedista que homologa, en la historia de Roma, república a libertad e imperio a tiranía. Refuta la “ficción interpretativa”, el “efecto literario” del discurso histórico, el fraude en la transcripción del texto antiguo para convertirlo en “un característico, si bien admirable, pasticcio del Renacimiento”. Postula que, bajo la forma de “una composición histórica”, se nos presentan “ficciones de la más audaz fantasía”. Al ocuparse de la literatura romana de la época imperial, Lugones considera que los intelectuales de la capital, partidarios de la oligarquía patricia, conforman la oposición a un tipo de organización social cuya discursividad define y describe como netamente plebeya. Al canon letrado, por ejemplo, opone un arte popular discorde y censurado al que llama “canción democrática”. Según esta visión, el pueblo romano prodigaba epigramas alegres y procaces a los generales victoriosos durante el desfile triunfal: “Aunque la ceremonia del triunfo era solemnísima, y las tales canciones injuriosas con frecuencia, nadie pensó en prohibirlas. Las leyes eran, sin embargo,        extremadamente severas contra la injuria y la calumnia; pero la libertad popular        estaba sobre ellas, hasta en sus excesos” (p.49).

Sustenta, por lo tanto, que la concepción del Imperio como un despotismo, el famoso cesarismo, nace de la crítica de algunos escritores reaccionarios de la capital que, sin embargo, gozaban de todas las libertades. Las diatribas de Tácito y Suetonio, de Cátulo y Juvenal circulaban libremente y la popularidad de los libelos era índice de que gran cantidad de gente sabía leer y escribir. La concepción reaccionaria de esta literatura, reforzada luego por los escritores cristianos[ii] (padres de la iglesia), se generaliza por fin,  durante la Edad Media, mediante la interpolación y falsificación fraudulenta de los monjes.

Lugones, entre otros, apela al caso de Tácito. Apasionado aristócrata, vilipendió al Imperio no obstante los favores que, de acuerdo con su propio testimonio, le habían dispensado los emperadores”.(78) Es más, el historiador declara que los tiempos de Nerva y de Trajano (cuando escribió sus Historias y sus Anales) fueron de esas “raras y felices épocas en que está permitido pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa” (lib. XLVIII,tít. XIX,18). Fundamentándose en dos libros de P. Hochart[iii]  sobre la autenticidad de Anales e Historias, postula que gran parte de los célebres fragmentos de Tácito resultan una superchería editorial del humanista italiano Poggio Bracciolini. No satisfecho con esto, examina una suma de interpolaciones y falsificaciones en los textos de Dion Casio y Lampridio.

Pero Lugones no se detiene en el Renacimiento, sino que extiende su vituperio a la lectura de la historia romana canonizada por el iluminismo. En efecto Voltaire, Montesquieu, adoptan como ideal político a la república romana cuya configuración aristocrática, oligárquica y explotadora de la plebe urbana y rural denuncia. Clasifica las corrientes de estudios históricos sobre el Imperio en tres líneas principales: enciclopedista (Gibbon); cesarista o alemana (Mommsen) y neo-cristiana o reaccionaria (Wallon, de Broglie y Ozanam). Rescata, sin embargo, una serie histórica alternativa o de la latinidad. Maquiavelo, “padre de la filosofía de la historia”; Vico, “la más alta encarnación del genio de la historia”; Ferrero que sistematiza la interpretación directa de hechos y documentos; Napoleón III autor de una Historia de Julio César y, por último, corresponde a “Augusto Conte la verdadera definición de que el Imperio en vez de constituir un despotismo retrógrado, fue un grande éxito democrático”[iv].  Vivimos la segunda década del S.XX, reflexiona Lugones, y todavía no se ha alcanzado el nivel pagano en cuanto a bienestar y justicia social.

La estrategia argumentativa de Lugones apela a una singular organización del campo de lectura para liberar y darle voz a los sentidos latentes que emergen en los textos de autores antiguos y modernos adversos al Imperio. En pleno desarrollo de la Revolución Rusa (“reforma social que está ahora efectuándose”, la denomina), se esfuerza por probar el siguiente aserto:” He dicho que el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo, y que tuvo por eficaz apoyo la popularidad provinciana. Ambos fenómenos eran reacciones contra los privilegios de los patricios”

Discute una historia escrita por ricos y privilegiados que exhibe al Imperio como tiranía cuando, en realidad, representó “la victoria democrática completa”. Al abolir los privilegios de los patricios se afirmaban derechos civiles como la igualdad de sexos y la igualdad política. Se abolían el “despotismo paterno y marital” y la propiedad patricia quedaba sujeta al impuesto.

Las alusiones y homologías Roma/Argentina se van acentuando a medida que avanza el análisis del amplísimo campo social propuesto como objeto de estudio. Lugones muestra cómo se descentralizó el poder, cómo las provincias tuvieron autonomía; y cómo, por fin, la capital concentró la oposición a ese Imperio. Pese a las acusaciones de “corrupción”, el período de lo emperadores significó un evidente “progreso moral y material”. El bienestar del pueblo guarda, desde su punto de vista, una íntima relación con la cuestión fundamental de la libertad: “La libertad no es un resultado político, sino un gran estado de conciencia, cuyo         fundamento lo constituye la noción de equidad. Cuando un pueblo llega a ese estado, es libre, y su política resultará libre también” (p.61).

Inicia así, desde el seno mismo de la Reforma Universitaria, la discusión acerca de   las formas decadentes de la democracia liberal de origen anglosajón en nuestro país como único resultado posible de la política. Se interroga acerca de cuál es la respuesta de la tradición latina como estado de conciencia a la necesidad de despliegue del propio modo de ser y de un mayor protagonismo de la “plebe” o pueblo en la “evolución libertadora”.

No es el objeto de estas líneas el examen y exposición minuciosos de la “Historia del dogma”. Sólo nos incita a señalar la capacidad de Lugones para renovar las prácticas de lectura; para ensayar modos operativos aplicables al momento que vivía y para proponer, por analogía, un programa para la Patria, como llamaba a la Argentina. Denuncia, por lo tanto, el latifundio, el militarismo y la explotación del hombre por hombre con sus consecuencias de atraso, desorden y crueldad. En otras palabras, proclamaba la sentencia que él consideraba “libertaria” de Marco Aurelio: “Mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo”.

2.- La reforma educativa

Lugones postula que el Imperio, al que ha equiparado a una “dictadura del proletariado”, es el gestor de la primera reforma educativa conocida. En efecto, “la enseñanza secundaria y profesional bajo el mismo promovió el concepto de docencia libre y de promoción sin examen. Ya desde entonces puede considerarse instituido el nombramiento de catedráticos por oposición. Las asociaciones de            estudiantes […] estaban reconocidas y protegidas especialmente. Eran abundantes las becas y muchos particulares instituíanlas por cuenta propia, fundando también escuelas primarias, asilos, gimnasios y dotaciones alimenticias”.

La instrucción pública era considerada “función de estado” y los altos estudios merecieron el mayor cuidado en esas verdaderas universidades que recibían “los nombres de museos (por las musas), ateneos y academias”: “Reinaba en ellos libertad amplísima, y de sus aulas salieron no pocos escritores contrarios al régimen imperial”. Este “estado de conciencia antigua”, fue reivindicado también, en esa misma época, por Deodoro Roca y Saúl Taborda. Debemos recordar, por otra parte, que en el mismo número del BOLETIN de la Facultad de Derecho en que Lugones cuestiona el discurso histórico, propone una era de reforma social y vindica al Imperio como un gobierno popular enfrentado a una oligarquía republicana apropiada del “logos” modelizador, Arturo Orgaz publica (p.113) un artículo titulado “La reforma agraria en Rusia”.

3.- La plebe provinciana

En alusión a la Revolución Rusa, Lugones sostiene que, cuando el cristianismo triunfó en Europa, “el mundo pagano cuya unificación había obtenido Roma, hallábase muy adelantado en el mismo sentido de la reforma social que está ahora efectuándose” (p.3)

La inmensa mayoría del pueblo romano (plebe urbana y rural) “exigió un día el cumplimiento de sus aspiraciones comunistas, la abolición definitiva del privilegio, y la aplicación igualitaria de la justicia social: la democracia integral, en una palabra” (p.5).

El despotismo predominó en el Imperio mientras se desempeñaron los miembros de la familia Julia Claudia, de origen aristocrático. Pero las fuerzas democráticas eran muy poderosas. Así, gracias a la creciente influencia provinciana, “los emperadores fueron siendo de más humilde extracción social”. Por lo tanto, “la tendencia igualitaria y laica, inherente al espíritu grecolatino, se impuso con progresivo remonte”(p.6) De tal modo, el Imperio armonizó la “acción y reacción de elementos contradictorios.”

La animadversión patricia o aristocrática hacia al nuevo régimen se fundamentó en el impuesto y el arriendo de la vasta tierra pública que reportaba considerable rendimiento. Lugones sostiene que, por su origen popular, el Imperio fue siempre “adverso a la apropiación privada de la tierra, pues la aspiración dominante de aquella democracia fue, como lo veremos, el comunismo agrario” (26). Por lo tanto pertenecía al Imperio y el emperador, que era ante todo el tribuno del pueblo, estaba a cargo del territorio conquistado por este último, es decir, “casi todo el de las provincias”.

El Imperio consumó la revolución agraria de Tiberio Graco mediante una expropiación indemnizada de las tierras públicas comunes usurpadas por los aristócratas. Una consecuencia de esta medida fue la reducción del servicio militar porque considera que: “el militarismo y la propiedad privada son fenómenos correlativos”. Se impuso el impuesto a la renta y “el acaparamiento de artículos de primera necesidad, por medio de ligas comerciales que denominamos trusts, fue penado en el imperio. Llegó a ser un delito tan grave, que podían denunciarlo hasta los esclavos contra sus dueños, y su penalidad llegó a veces hasta la confiscación y el destierro”(27)

Lugones exalta la imposición del impuesto a la herencia (29). Recordemos que siempre fue una consigna de su época socialista y tema frecuente en el periódico La Montaña[v]. El impuesto se extendió a la manumisión de esclavos que eran parte importante[vi]  en las herencias. La paz romana del imperio redujo el militarismo sin atrofiar la eficacia defensiva como lo prueban trescientos años de victoriosa seguridad y progreso de la justicia social[vii].

El Imperio, según Lugones, “había nacido por voluntad de la plebe, para realizar sus seculares y hasta entonces ilusorias aspiraciones a la justicia y a la paz. Así era, ante todo, protector de los oprimidos, doquier estuviesen y quienquiera fuese el opresor. Con ello quedaba abolido ante la ley todo privilegio de clase, y empezaba desde luego la realización humana de la justicia, fundada en la igualdad” (p.34).

Para asegurar al pueblo el bienestar se emprenden grandes obras. Pero, además, se instituyen servicios gratuitos, para que al bienestar se añadiera el encanto de la vida. En consecuencia, así como la asistencia, instrucción e higiene del pueblo eran un servicio del estado, también lo fue la diversión. Tal era la función de los circos, plazas, lagos, hipódromos, teatros, templos, palacios públicos (basílicas), jardines y grandes espectáculos. Refuta, sin más, la expresión “pan y circo” de Juvenal y su larga herencia peyorativa todavía vigente. El “pan romano” era una cuestión de estado: “El estado se ocupó de distribuir el trigo y también la carme, el aceite, el vino y la sal. Al volverse recurso público, los repartos dejaron de ser recursos políticos, máquina de corrupción, para transformarlos en derecho permanente. Se construyeron inmensos mercados y graneros, donde se distribuía gratuitamente y se vendía la ropa a precio de costo. El granero público de Galba tenía cinco kilómetros. No había menos de veinte en la capital y numerosos en las provincias”.(cfr. pp.23-25).

Como la semana romana era un novenario, además de los cuarenta y cinco días novendiales[viii], hubo entre cuarenta y ocho a cincuenta fiestas públicas fijas por año, y de seis a diez ocasionales, de índole conmemorativa, o sea un centenar de días festivos sobre los trescientos sesenta y cinco del período anual. (35/36)

Se aseguró el bienestar a la clase trabajadora mediante salarios mínimos y precios máximos. En la época de Diocleciano se intentó llegar al salario mínimo, “mediante una laboriosísima combinación con el precio máximo de los consumos”. Se reconocía el derecho a sindicarse: “Los gremios asociados constituían una poderosa fuerza democrática; y por esto, entre los actos reaccionarios de la dictadura de Sila, figuró su abolición” (36)

En consecuencia, el Imperio fue obra de la plebe cuyas aspiraciones de justicia satisfizo con el eficaz apoyo de la popularidad provinciana. La plebe y las provincias, reaccionando contra los privilegios del patriciado, depusieron la república y, con esta, a la nobleza: “El Imperio representó, pues, la victoria democrática completa: la “dictadura del proletariado”, como diríamos ahora”(52). El pueblo, como principal artífice de la formación y grandeza de la nación con su trabajo y su sangre, estaba seguro de que le correspondían, en grado máximo, todos los derechos y privilegios inherentes a esa obra. Esta noción de igualdad sostiene Lugones, transformaba el concepto de propiedad “en un sentido francamente comunista: dueño de la tierra es aquel que la ha adquirido con su esfuerzo y la conserva del mismo modo” (52). Una atenta mirada al “Temario del comunalismo federalista” de Saúl Taborda exige una perentoria contextualización con este texto de Lugones y seguramente es esa la razón por la que Arturo Capdevila no se anima a publicar aquellos capítulos del Dogma de obediencia a los que atribuye “carácter revolucionario” ajeno a la índole científica del Boletín… [ix].

Durante el gobierno de los Antoninos, que eran provincianos, adviene la edad de oro de la vida municipal y Caracalla completa la igualdad entre Italia y las provincias. La organización del Imperio se basaba en las comunas urbanas. Las ciudades gozaban de autonomía. De tal modo, nacionalidad y ciudadanía resultaban sinónimas.  Dice Lugones: “unidad de la patria en la plenitud de la justicia” (p.54). Sólo Roma y Alejandría perdieron su autonomía y dependían directamente del emperador.

Los potentados del mundo poblaron la ciudad y la convirtieron en lugar de disipación mundana. Las mayorías, por su parte, vivieron una vida mediana y pobre, que por ser normal, no llamaba la atención: “El comentario malévolo de los aristócratas caídos, púsose a motejar de corrupción aquellos placeres que no podían disfrutar; pues en todos los tiempos el pecado impotente encuentra su virtud en el infortunio” (58).

El Imperio era popular entre la plebe. César se decía hijo de dioses, pero Diocleciano era hijo de libertos y Vespasiano, que provenía de la clase media pobre, reconoció a todos los provincianos el derecho a ser senadores. El patriciado y su clientela se burlaban de aquellos toscos legisladores (59). Demostraron así su ineptitud para comprender la realidad. Su arrogante atraso fue una muestra más de la impotencia pueril de todas las oligarquías en retirada[x].

De acuerdo con esta lectura, fueron las provincias las que prepararon el imperio romano y abolieron el militarismo. Todos hemos estudiado la versión de los historiadores, que Lugones titula reaccionarios, contra la guardia pretoriana. Se la acusa de disponer del Imperio “hasta el extremo de adjudicarlo en remate público”.

Sin embargo, postula Lugones, hasta el siglo III de nuestra era el uniforme militar, de uso en cuarteles y campamentos, estaba proscrito en la calle, no sólo para el recinto de Roma, sino para toda Italia:  “Los soldados de la guardia imperial, y el emperador mismo, andaban vestidos de paisanos en tiempo de paz. Cuando el emperador volvía de la guerra, dejaba el uniforme al entrar a Roma” (60),

Lobodón Garra abre una posibilidad de conocer la “parte revolucionaria” de este documento lugoniano que, recordemos, Capdevila no se animó a publicar completo. Surge de una versión que, Enrique Barros, uno de los principales líderes de la Reforma Universitaria, publicó en el diario Socialista Independiente (21/07/1921). La proclama lugoniana se titulaba “Democracia Argentina Revolucionaria” (D.A.R.) y propiciaba, entre otras cosas, la “disolución del ejército, arresto y concentración de todos los oficiales en servicio activo desde el grado de mayor inclusive, en los campamentos y presidios que se determinará”. La misma suerte debían correr armada y policía. Reconocía el derecho de los asalariados de apropiarse de las empresas para seguir trabajándolas, la confiscación de toda propiedad rural que no estuviera directamente explotada por su poseedor y excediera las doscientas hectáreas, la nacionalización de servicios públicos y bancos extranjeros, la disolución y expulsión de las comunidades religiosas y el amor libre.[xi]

4.- Condición de la mujer

El imperio aseguró a la mujer el derecho de ser libre e igual que el hombre (39): Marco Aurelio autorizó que los hijos fueran herederos de la madre; Claudio permitió a la madre ser heredera directamente de sus hijos; Cómodo estableció por herederos preferidos a todos los hijos de la madre fallecida sin testar fueran o no de su matrimonio. Alejandro Severo abolió el derecho paterno de vida y muerte sobre sus hijos: “Quedó suprimida correlativamente la facultad del padre para matar a la hija sorprendida en adulterio, y para deshacer a voluntad su matrimonio si todavía era menor y no estaba sometida al régimen de la manus que a su vez establecía el despotismo marital”.  Como resultado: “la hija pudo obligar a su padre a que la dotara y la casara” con quien ella había elegido. Caracalla castigó el aborto con destierro, y asimiló al infanticidio el abandono y la exposición. Diocleciano aseguró asilo maternal y alimentación de los niños pobres con la prohibición de enajenar los hijos ni aún a título de préstamo.

El Imperio protegió a la hija y a la madre, que según la tradición patricia, estaban   sometidas al absolutismo paterno y marital. Hasta entonces, el concepto de matrimonio era, en realidad, un aspecto de la propiedad privada. El hombre se apropiaba de la esposa con exclusión de todo afecto y humanidad a favor de la poseída. Por eso Lugones considera: “que fue siempre la propiedad privada una fuente de maldad y opresión”. La manus mariti establecía la comunidad de bienes a disposición absoluta del marido y la minoridad perpetua de la esposa. Él se guardaba el derecho de repudiar o divorciarse a discreción y por cuenta propia. (p.41)

Durante el Imperio se transfirió a un tribunal doméstico la facultad de juzgar el adulterio. Esto hacía presumir una mayor lenidad de las sentencias. Se instituyó el concubinato monogámico en que la legislación imperial reconocía como unión legítima la de los libertos, las adúlteras (antes no podían volver a casarse) y las cortesanas retiradas de la prostitución (p.42).

El régimen matrimonial de la manus mariti y el usus   o posesión de la mujer en manos del marido[xii] se transformó al reconocer a la esposa el derecho de divorciarse. Los maridos dejaron de traficar con la fortuna de sus esposas. La mujer administraba su patrimonio. Hubo senado de matronas. Lugones propone otra visión de Heliogábalo y su madre que, precisa, era muy virtuosa[xiii].

Dice Lugones: “Cuando el marido acusaba de infiel a su esposa, el juez debía indagar de oficio si aquel no lo era a su vez, para castigarlo con pena igual en caso afirmativo. La equidad de esta disposición se comenta por sí sola”.

Cabe señalar que, a lo largo de la exposición, despliega con rigurosa coherencia el método de recurrir a ciertos autores que llama conservadores y reaccionarios para intentar una lectura tendiente a desamordazar los sentidos ocultos en el texto. Para problematizar la convención acerca de la corrupción de la mujer romana durante el imperio, Lugones propone como ejemplo de lectura reaccionaria a Clarisa Bader (Femme Romaine), que llega a instalar la siguiente desmesura:” Heliogábalo y Aureliano llegaron a favorecer la más ridículas de las causas: la emancipación femenina”. La fuente de tales asertos suele ser Juvenal. Uno de los defectos que Juvenal reprocha a las mujeres es, entre otros, su versación jurídica. Lugones lee, en la misma sátira en que se la moteja de pedante, un elogio latente a la mujer romana instruida: “Peor es, aún, aquella que desde el comienzo del banquete emprende el elogio del cantar de Eneas, justifica a Dido dándose muerte, hace de nuestros poetas un paralelo largamente comentado y pone en la balanza a Homero y a Virgilio” (Sátira VI, Las Mujeres). A veces la protesta del poeta se dirige contra “la erudita que se ha formado un estilo particular, redondea un silogismo con destreza, y nada ignora de nuestra historia”. Lugones infiere, que tras la exageración propia del género satírico, termina por reconocer los sólidos conocimientos y la libertad de espíritu de las mujeres. En ese sentido, da por cierta la existencia de “una cultura femenina superior a la actual”. En cuanto a la vida mundana de la capital, asegura que Juvenal no menciona sino mujeres de alta sociedad en la que también había ejemplos de virtud: “El escándalo de la mundana o de la dama conocida, provocaba, como es natural, los comentarios del salón, del periódico y del poeta festivo, que así lo inmortalizó en sus epigramas. Porque había en Roma completa libertad de palabra hablada y escrita, lo que es decir difundida publicidad. Así las sesiones secretas del Senado      habían concluido desde que se fundó el Imperio” (46/47).

 Orgías y prodigalidades fantásticas, discurre Lugones, fueron como en todas las épocas desórdenes de unos cuantos ricos que ambicionaban hacerse notar por su singularidad[xiv]. Sin embargo, reflexiona, a pesar de ser tan fácil el divorcio, la matrona fincó siempre su honra en el decoroso título de uni nupta. Dicha sentencia, figuraba hasta en los epitafios. (p.49)

5.- Conclusión

Esperamos haber cumplido, seguramente a medias, el objetivo de presentar ante ustedes un texto extraño y casi desconocido de Lugones. Lo pensó como un aporte a la Reforma Universitaria y lleva la marca impresionante, común en muchos autores de la época, de la Revolución Rusa. Enrique Dickman, en Recuerdos de un militante socialista sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. Un análisis más complejo de sus posturas sobre religión, matrimonio, amor libre, propiedad privada, militarismo lo avecinan al tipo de argumentación usada por los anarquistas de fuerte influencia entre los reformistas. Para Saúl Taborda, por ejemplo, sólo dos pensadores se salvan del juicio final de las edades: Platón y Kropotkin[xv]. El modelo de maestro y la poética de la historia que eligen los jóvenes reformistas es efectivamente el ideal clásico. Recordemos que en el Manifiesto, tras desechar el magisterio irrisorio de los que tiranizan, insensibilizan, senilizan y burocratizan la cátedra (Deodoro Roca[xvi]), postulan que “en adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”[xvii].

Lugones opone al culto de la República Romana, modelo de la república liberal y oligárquica, una vindicación del Imperio como construcción política de la plebe y anticipación de una “dictadura del proletariado”. Previniendo la crítica que lo pudiera asociar a una especie de “plebocracia” (S. Taborda), ensalza la actitud del pueblo ante las tiranías. En efecto, Calígula, Nerón, Cómodo, Heliogábalo, Vitelio, murieron todos de muerte violenta. Pero sus períodos de gobierno alcanzaron en total a treinta y cinco años, sobre los trescientos cincuenta que duró el Imperio.  Es que la democracia latina, según Lugones, tenía por objeto; “asegurar el bienestar para el mayor número y la justicia para todos”. Y eso se logra con “la posesión efectiva de la patria” (71). Una duda, sin embargo, nos aqueja. En un párrafo fugaz, Lugones caracteriza al Imperio como una “democracia militar”: ¿estaba anticipando inconscientemente su posterior anuncio de “La Hora de la Espada”?

Por fin, si bien nos vemos obligados a  eludir su “intermezzo virgiliano”  en el que Lugones traduce , por primera vez, fragmentos de la Geórgica III[xviii] , nos resistimos a omitir este epígrafe que, traducido de la Geórgica II, resume el coraje incesante de las búsquedas lugonianas: “Feliz el que discierne la causa de las cosas,/ Hollando al vano miedo y al destino implacable,/ y al avaro Aqueronte con su ruido espantable”.[xix]

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

[i] Obra inconclusa: El dogma de obediencia. Se publicaron: “Historia del dogma”, en Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año I, número 1, Universidad Nacional de Córdoba, junio 1921, p. 1-112; “Constitución del dogma”, en el número 3, dic.1921 (p.3-93), y el “Discurso preliminar” en Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, tomo VI, número 20, julio-agosto de 127 (p.609-624). En el texto que revisamos se “ofrece, por primera vez, la traducción lugoniana de las Geórgicas (III, 49-68; 176-178; 401-404). Recién en 2011 la Biblioteca Nacional, en la Colección Los Raros edita el texto completo del El dogma de obediencia con introducción de María Pía López.

[ii] Tertuliano, sostiene, en su Apologético defendió a sus correligionarios con violencia feroz y satírica. En 1921, hubiera sido considerado anarquista. Los cristianos, como estos, estaban fuera de la ley, pero nadie castigó a Tertuliano por desacato y subversión.

[iii] De l’Authenticité des Annales et des Histoires de Tacite y Nouvelles Considérations (p.78). Lugones no ofrece referencias de la numerosa bibliografía. A veces sólo consigna número de página, tomo o capítulo. Una tarea pendiente es, sin dudas, inventariar y confirmar toda esa información.

[iv] Revisa, además, una prolífica y actualizada bibliografía cuyo trabajo de ordenación queda vacante.

[v] Cfr. LA MONTAÑA. PERIODICO SOCIALISTA REVOLUCIONARIO, 1897, redactado por José INGENIEROS y Leopoldo LUGONES. ( En: 1998, Edición total de cada una de las entregas de LA MONTAÑA por Universidad Nacional de Quilmes).

[vi] Véanse los testamentos de nuestra época colonial que, ajustados al derecho romano de la época republicana, ponían especial énfasis en los esclavos e indios encomendados.

[vii] Lugones lo atribuye a la influencia estoica. Recuerda la sentencia de Séneca: “el hombre es sagrado para el hombre” que, a su vez, confluye en Hipólito Yrigoyen: “los pueblos son sagrados para los pueblos”.

[viii] Tal el origen de las novenas católicas que culminan con las fiestas patronales.

[ix] Cfr. TABORDA, Saúl, “Temario del comunalismo federalista”, en: FACUNDO, CRÍTICA Y POLÉMICA, número 7, Córdoba, diciembre de 1939 (Ret. de tapa y contratapa). Entre otras propuestas consignaba que en la “economía comunalista” “la tierra pública no es susceptible de apropiación privada” y es “lícito declarar la caducidad de la propiedad privada de aquella tierra que se considere de utilidad pública”. El texto de Taborda concluye: “El Comunalismo Federalista declara: Que considera necesario el reconocimiento legal de la República Rusa de los Soviets. Que prestará su apoyo al frente único contra el fascismo y la reacción imperialista”.

[x] Cabe anotar que César introdujo los primeros senadores galos. La Argentina, en la década de 1940, conoció ese sarcasmo no sólo en cuentos de Cortázar, Borges y Murena sino también en periódicos políticos y páginas culturales.

[xi] Cfr. GARRA, Lobodón (Liborio Justo), 1977, Literatura Argentina y expresión americana, Buenos Aires, Editorial Rescate, p.37-38. Garra, citando a Enrique Dickman, sostiene que, por un tiempo, Lugones se mostró partidario de Lenín y Trotsky. (cfr. Dickman, Enrique, 1949, Recuerdos de un militante socialista, Buenos Aires

[xii] Origen, según Lugones, de la fórmula “pedir la mano”.

[xiii] Resulta interesante recordar que Fray Francisco de Paula Castañeda imaginó en el Buenos Aires de 1822 una hilarante Asamblea General Constituyente de quinientas matronas. Estas deciden permitir que el fraile entre al recinto, pero sin voz ni voto y sólo porque es viejo, puesto que todo viejo tiene privilegio de hombre enfermo. En efecto, argumentan, “senectus ipsa est morbus”. Cfr. CASTAÑEDA, Francisco de Paula, 2001, Doña María Retazos, Bs.As., Taurus, p.344-345. Facsimilar del número 73 del Despertador Teofilantrópico Místico-Político, Buenos Aires, viernes 13 de setiembre de 1822.

[xiv] Podríamos asimilar esta situación a lo que en la actualidad llamamos “farándula”

[xv] Cfr. TABORDA, Saúl, 1918, Reflexiones sobre el ideal político de América, Córdoba, p. 7

[xvi] ROCA, Deodoro, “La nueva generación argentina”, 1918 (en: DEL MAZO, Gabriel, 1941, La reforma universitaria, Ensayos críticos, 3 tomos, La Plata, Ed. Centro de Estudiantes, t.I, p.8)

[xvii] “La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América” (en: G. del Mazo, cit., p.1 y ss.)

[xviii]  Traduce los versos 49-68;176-178 y 401-404. “Al describir la vaca típica en las Geórgicas, Virgilio se olvidó de la ubre. (…) Aconseja que no se ordeñe las vacas y así el queso de sus referencias es más bien un requesón de cabrío” (p.103-104).

[xix] Virgilio, Geórgica II, 490/92. En nota de la dirección se consigna: “Pídenos también que advirtamos que todas las versiones en lengua extraña muerta o viva, son originales suyas”.

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por Jorge Torres RoggeroAJAURETCHE ESCR. INED

1.- El puntapié como soporte del salto metafísico: Leopoldo Marechal

La bofetada o el puntapié (chirlo, patada, según el vulgo) son antiguos, semibárbaros recursos punitorios y, a veces, pedagógicos. Sacados de su contexto o de su concretez suelen resultar objeto de interminables y apasionadas polémicas. Los viejos atesoramos algunas experiencias sobre esas anacrónicas prácticas. Memoriales de épicas grescas o severos correctivos. Todavía en estos tiempos, en forma no sabemos si metafórica o real, no es raro escuchar, en tren de castigar traiciones o penar defecciones, que se amenaza a los convictos con “sacarlos a patadas en el culo”. Pero ese no es mi tema hoy. Sólo pretendo mostrar dos casos en que el puntapié cobra categoría poética y cierta jerarquía epifánica. Tal carácter lo convierte en un gesto nodal capaz de cambiar el rumbo de una vida.

Incurro, entonces, en el “Primer Apólogo Chino” de Leopoldo Marechal. Versa sobre una disputa desencadenada entre jefe y empleado acerca de un viejo aforismo: “Primero vivir, luego filosofar” (Primum vivire, deinde philosophari).

Tsajü ha sido reprendido. Su patrón ha vituperado su tendencia a la introspección y le ha dejado una sentencia que lo ha perturbado. Acude intrigado al Maestro Chuang: ¿Qué es primero, vivir o filosofar? Tsajü medita y responde: “primero es vivir y luego filosofar”: “Sin decir una sola palabra, el Maestro Chuang le dio un bofetón enérgico y a la vez desapasionado en la mejilla derecha.” Y se fue a regar el duraznero florecido.

Tsajü no se enojó y pensó que aquella bofetada tenía un valor didáctico. Decidió prescindir de su ambiente de comerciantes y manufactureros y consultó a toda la jerarquía de la administración pública. Al mes, regresa y cuenta al Maestro Chuang que, habiendo consultado a hombres de experiencia, todos le han asegurado que primero es vivir y luego filosofar. Meditativo y justo, Chuang le dio una bofetada en la mejilla izquierda y se fue a estudiar el duraznero que ya tenía flores en agraz.

Tsajü entendió que la Administración Pública era “un batracio muy engañoso” y apeló a la ciencia de jueces, médicos, psiquiatras, astrofísicos, “generales en actividad” y “ostentosos representantes de la curia”. Contento, regresó a su maestro Chuang y le contó que todas “las jerarquías de los intelectos humanos” le juraron que “primero es vivir y luego filosofar”. “Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que presentase la región dorsal. Y luego, con geométrica exactitud, le ubicó un puntapié didascálico entre las dos nalgas”. Hecho esto, se acercó al duraznero y se puso a librarlo de hojas excesivas.

Como a Tsajü su patrón lo había despedido por sus negligencias reiteradas, conoció el verdadero gusto de la libertad. Entonces ayunó, se recluyó en la cabaña de un eremita, trazó un círculo mágico para defenderse de enemigos terrestres e interferencias psíquicas hostiles y se entregó a una profunda concentración. Después de una semana, se dirigió a la casa de Chuang, y tras una reverencia, le contó lo que había reflexionado. Y era esto. La vida humana, desde el comienzo, es una accionar constante. Ahora bien, todo accionar de hombre debe responder a un Fin inteligente, necesario y bueno. Pero ¿cuándo se “ha de meditar ese Fin, antes o después de la acción”? La respuesta es ANTES de la acción “porque una acción libre de toda ley inteligente que la preceda va sin gobierno y sólo cuaja en estupidez y locura”. Por lo tanto: primero es filosofar y luego vivir.

El discípulo aguardó la respuesta de Chuang “ignorando aún si tomaría la forma de un puntapié o de una bofetada”. “Pero Chuang, cuyo rostro de yeso nada traducía, se dirigió a su duraznero, arrancó el durazno más hermoso y lo depositó en la mano temblante de su discípulo”.

El Maestro Chuang había cultivado, a la vez, con el mayor celo y del modo más extraño, la mente de su discípulo y el duraznero: el estar siendo para el fruto.

2.- Pedagogía básica: una patada oportuna y el maestro anarquista de Jauretche

Arturo Jauretche recuerda que, hacia finales de la década de 1920, fue antimperialista al estilo de la época: “le comía el hígado al águila norteamericana”, “mientras el león británico comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra”. Fácil antimperialismo: “Milité en la Unión Latino Americana y en la Alianza Continental”. Los grandes diarios les daban manija: publicaban sus anuncios y transcribían sus discursos. Además, generosos benefactores contribuían con recursos económicos para las campañas, para los viajes por el interior y por toda América: “¡cuántos patriotas!”.

Cierta vez, se realizaba un acto de solidaridad con Sandino. Desde el balcón de una vieja casa hablaba Alfredo Palacios. Ahora bien, como también era tiempo de agitación por Sacco y Vanzetti, los anarquistas interferían todos los actos públicos. Un orador se subía a un árbol o a una reja, se ataba una pierna con cadena y candado y, luego, tiraba la llave que recogía un compañero. “En esa ocasión había uno que interrumpía las frases del “El Maestro”. Entre citas de las Vidas Paralelas, evocaciones de Garibaldi en la Porta Pia y la palabra ¡Libertad!, metía sus reclamaciones contra la ejecución de aquellos obreros.

“No había forma de silenciar a los anarquistas y se me ocurrió prenderle fuego a un periódico y arrimárselo al orador, confiado en que el compañero que tenía la llave, ante el peligro del fuego abriría el candado. Pero no fue así. Recibí en ese momento la más formidable patada en el traste que puede recibir un mozalbete. Me la había propiciado el compañero de la llave que me tomó de un brazo, me invitó a un café y me descubrió un mundo nuevo”. Estas fueron algunas de sus enseñanzas:

1.- La complicidad colonial entre las dos alas de la “intelligentzia”: la liberal oligárquica y la izquierdista internacionalista.

2.- Se reía del reformismo universitario. Y le explicaba esta aparente contradicción: Yrigoyen les abre las cátedras a los Maestros de la Juventud (próceres reformistas) y estos trabajan al lado de la oligarquía contra Yrigoyen.

3.- Lo hizo reflexionar sobre el aparente contrasentido entre la “Semana de Enero” y la de la Patagonia y la evidente simpatía de los anarquistas -que “fueron los que pusieron la carne y la sangre de esa matanza”– por Yrigoyen.

4.- Le mostró, además, que más allá de la sociedad ideal que ellos buscaban había una realidad contingente que exigía decidirse en cada momento histórico: la opción de todos los días no era entre teoría abstracta y el hecho concreto, sino entre los hechos concretos.

5.- Le hizo ver lo que representaba históricamente Yrigoyen y la alianza de fuerzas antinacionales y antisociales que se le oponían.

6.- Lo avivó sobre los primeros indicios de cuáles eran las fuerzas realmente dominantes en el país y qué significaba la agitación antiyanqui. El venía de la lucha entre los Sindicatos y los Directorios de la empresas. Y los Directorios no eran yanquis, eran ingleses.

Así fue como la patada en el traste del anarquista lo sacó del inmovilismo burocrático de los dogmas de la Reforma Universitaria, le abrió los ojos para descubrir el carácter colonial de la “intelligentzia” y lo impulsó a abrazarse al hombre concreto. Fue el inicio de sus campañas “de esclarecimiento del hecho argentino sacándolo del vago antimperialismo de las izquierdas, expertas en ocultar las raíces concretas del mal”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba,28/10/18

FUENTES:

Jauretche, Arturo, 1967, 3ª. Ed., Los profetas del odio y la yapa. La colonización pedagógica, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª. Ed. Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Marechal, Leopoldo, 1966, Cuaderno de navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana

por Jorge Torres Roggero

Imagen (36)1.- El rastacuero en viaje

En Los profetas de odio y la yapa, Jauretche se explaya sobre ciertas incapacidades de los “ilustrados” para “ver el mundo desde nosotros mismos”. Dichas “imposibilidades” (uso un término de Borges) son sistemáticamente cultivadas por los intelectuales de nuestro país.

Por eso, piensa, el “iletrado” se desorienta mucho menos que el culto cuando se trata de problemas concretos. Y esto “no es un elogio del analfabetismo”, pero “sí un demérito de la mala ilustración”. En efecto, al iletrado, lo mejor que le puede pasar es aprender, y se presta gustoso cuando tiene la oportunidad. Y mucho más que los ya educados, porque no tiene nada que desaprender. En otras palabras, si todo es del color del cristal con que se mira, es urgente saber qué anteojeras nos han puesto, “qué instrumentos modeladores de la inteligencia”. Y es en este punto, que Jauretche dedica una reflexión y un relato oral o ejemplo sobre el barbijo criollo que, a su tiempo vamos a compartir. Para ello, Jauretche se va a ocupar de un tipo argentino que bautiza “rastacuero en viaje”.

Y aquí caigo en una tentación de profe de literatura. No puedo dejar de acordarme de un texto, de fines del S.XIX, visitante asiduo de las antologías de la época en que, en nuestros secundarios, no se había cortado el hilo de las lecturas de una tradición liberal y oligárquica, pero nacional y cercana a las vivencias cotidianas. Me estoy refiriendo al único relato del libro Recuerdos de viaje (1881) de Lucio V. López que sorteó el tiempo y el olvido: “Don Polidoro”. En esas páginas, el centro de la sátira es la figura de un ganadero rico y su familia que son “vomitados en París” por el tren expreso de la estación Norte. Tiene cincuenta y cinco años, diez leguas de campo, cuatro casas en Buenos Aires y una en la que habita. “Sólo habla español y tres o cuatro palabras en francés: monsieur o mosiú, madame o madama, oui y no. He ahí todo su capital.” Está dispuesto a gastar ochocientos mil pesos moneda corriente junto con su familia: la señora y seis hijos, de los cuales, sólo los mayores “dominan todo el repertorio de Ollendorf” para hacerse comprender.

Con plata para gastar, pero sin capital cultural, imagínense las desventuras de este ricachón argentino, rústico, sin capacidad de disfrutar los museos y placeres exóticos de París. Algo así como el remanido argumento del cabecita negra recién desembarcado en Buenos Aires, repentino cosmopolita a la intemperie.

A Don Polidoro, que en su tarjeta se presenta como “Deputé et fermier à la République Argentine”, cuando regrese a Buenos Aires, ¿quién le pondrá el pie encima “en cuanto a práctica de vida parisiense”? “Será un oráculo para sus congéneres ( que son muchos) y tendrá ochocientos mil pesos menos, como ellos”.

López sostiene que, a ese tipo de viajero, “los franceses, siempre espirituales, lo representaron el año pasado en una pieza del Paláis Royal bajo el apodo de “rastaquaire” (sic).

Don Polidoro sería el rastacuero “de más edad”, pero falta el rastaquaire de la juventud: “caen un buen día en Europa y pretenden conocer las grandes capitales donde han rodado por un tiempo, como bolas”.

El texto de Lucio V.  López, miembro de la oligarquía patricia y letrada, nieto del autor del Himno Nacional (V. López y Planes), hijo de uno de los fundadores de nuestra historiografía (Vicente F. López), que murió muy joven víctima de un duelo medieval, es una mirada desde arriba. Habla desde una minoría que mecha sus textos con vocablos y dichos franceses e ingleses. Transcribe, en francés, un poema parnasiano completo (“Mithologie” de André Theuriet). Al mismo tiempo se ríe de la torpeza de sus paisanos estancieros nuevos ricos o de los inmigrantes advenedizos que han hecho fortuna (cfr. La Gran Aldea) y que se emparientan con familias tradicionales en bancarrota. ¿Y qué decir de los estancieros que compran títulos nobiliarios entregando sus hijas a segundones de la aristocracia europea venidos a menos? Estos exquisitos señores del 80, europeizados pero con un lenguaje lleno de criollismos, conversadores más que causeurs, ¿no eran también rastacueros?

De esa época es un famoso chiste que reproduce Jauretche: “Un viajero regresa de Europa, “entra al tercer patio de su vieja casa, después de tres meses en “París de Francia” (…) y encuentra al perro que dejó cachorro y pregunta mientras se le acerca: “Coment a’apelle ce chien?”. Pero el perro lo desconoce y lo muerde. Es cuando grita: “¡Juera!, perro de m…!”.

Ahora bien, el rastacuero en viaje de Jauretche carece del carácter cómico y satírico del personaje de Lucio V. López. Jauretche mira al rastacuero desde la mirada de alguien que “está acá”, adentro y abajo.

Llega un momento, postula, en que los ilustrados se sienten olvidados, en el “culo del mundo”. Entonces, desde este margen remoto vislumbran un centro lejano y “nuestros hombres de la cultura van a ese centro”. Van a especializarse, van a dominar técnicas que desconocemos. Pero sucede que el “país de la técnica” los absorbe: “minúsculos Faustos, entregan el alma al precio de unas chucherías”. Si es que vuelven, es fácil identificarlos: hablan un castellano con acento alemán, inglés o francés, parece que siempre están traduciendo, visten y se comportan como los de allá y se hace socio del centro de becarios del país añorado. Devotos de estas prácticas, su vida es un entrevero de ideas y hábitos extraños. Sin darse cuenta, resultan, a veces, cabeza de puente del poder en expansión de la cultura dominante. Llega así el momento en que el intelectual se cree de allá; pero, sostiene Jauretche, “no son de ninguna parte porque no tienen cotización en el cuadro de aquella inteligencia, cuyas aflicciones y esperanzas comparten sin reciprocidad alguna.” A pesar de sus esfuerzos, “cuando el hombre de las metrópolis habla de la Humanidad no piensa en nosotros”. Y ese nosotros incluye a los intelectuales aculturados. Ellos, como nosotros, pertenecen a un “suburbio de la ciudad humana”. La Humanidad, la Libertad, la Economía en abstracto los adscriben a una militancia lejana. Pero el pueblo no posterga su libertad, su economía, porque siente sus efectos y porque prefiere el “barbijo criollo” a “llevarse la mano al casco”. Y bueno, esa es la materia del cuento jauretcheano prometido.

2.- El barbijo criollo

Si rastrean cualquier diccionario o “guglean” la palabra barbijo, descubrirán que el vocablo se refiere siempre, en primer lugar, a su uso terapéutico: “1.- Pieza de tela con la que, por asepsia, los médicos y auxiliares se cubren la boca y la nariz; 2.- Herida en la cara; 3.- barboquejo: cinta con que se sujeta el sombrero, casco, etc. por debajo de la barba”. En todos los casos, son argentinismos compartidos con algunos países hermanos de nuestro alrededor.

Copio literalmente el relato que, de todos modos, Jauretche recibió por transmisión oral. Mientras quedamos chapoteando en el misterioso abismo del habla, “escuchemos” a Don Arturo:

“Hace muchos años un jefe de nuestro ejército me refería que en unos ejercicios hípicos en que participaba como agregado militar argentino en el ejército alemán, fue interrogado por el director de maniobras, General Von Mackensen, a propósito de una particularidad observada en él, al saltar los obstáculos.

– He visto que al saltar, Ud. no se lleva la mano al casco. ¿Cuál es la razón?

El militar argentino le explicó el uso del barbijo nacido de las exigencias de nuestra vida campera.

Vuelto a Buenos Aires y terminada la presentación al Ministro de Guerra, que era entonces el General Vélez, le refirió la anécdota agregando:

– Debo informar al Señor Ministro que el ejército alemán ha adoptado el barbijo.

Con visible aflicción el Ministro le dijo entonces:

– ¡Caramba! Nosotros acabamos de suprimirlo porque no lo usaba el ejército alemán.”

Y, colorín colorado, el cuento se acabó. Pero Jauretche todavía dijo: “Así es todo. Conozco quien vivió tres meses en París y el resto de su vida ha sido un desterrado de Montmartre”. Y como todo gira, concluimos recordando, por las dudas, al “chien” que no sabía francés.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

20/10/18

Fuentes:

Diccionario, 2000, El pequeño Larousse ilustrado, Editorial Larousse, Coedición Internacional

Jauretche, Arturo, 1967, 3ª. Ed., Los profetas del odio y la yapa. La colonización pedagógica, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

López, Lucio V.,1960, La Gran Aldea, Buenos Aires, Eudeba.

                          ,1966, Don Polidoro y otros cuentos, Buenos Aires, Eudeba.

el medio pelo jauretchepor Jorge Torres Roggero

1.- Vigencia y actualidad de ciertos tipos humanos

Difícilmente un lector de Arturo Jauretche no sea experto en “tilingos”, “guarangos” y “tiliguarangos”. Si insisto ahora, es porque, a veces, los términos se burocratizan y concluyen por perder el costado flamante y revulsivo de que eran portadores originarios.

En efecto, si bien Jauretche, en El medio pelo en la sociedad argentina, amplifica y complejiza el significado de tilingo y guarango, no está demás revisar cómo, a lo largo de su obra, el concepto encarna y se hace vivencia.

La primera aclaración, entonces, es que no se tratará en estas líneas de una cuestión académica. No importa el origen o la etimología de los vocablos. Lo que cautiva es comprobar que son tipos nuestros que confluyen en casos asiduos de la vida cotidiana.

“El tilingo -dice Jauretche- es al guarango lo que el polvo de la talla al diamante. O la viruta a la madera”. De tal modo, el polvo y la viruta resultan el producto de un exceso de pulido o de garlopa. En consecuencia, “en el guarango está el contenido del brillante y también la madera para el mueble. En el tilingo nada.” En otras palabras, en el guarango subyacen latentes los posibles, la vida futura, lo que puede ser. En el tilingo, solo el polvo, lo que pudo ser y no fue: “una decadencia sin plenitud”.

Continúa Jauretche: “El guarango es la cantidad sin calidad. El tilingo es la calidad sin ser. La pura forma que no pudo ser forma. (…) Por eso el tilingo es un producto típico de lo colonial. Los imperios dan guarangos, sobre todo cuando se hacen demasiado pronto. El caso de los Estados Unidos, por ejemplo”.

Llegado a este punto, estoy tentado a suponer que el lector está pensando en D. Trump. A primera vista, pareciera ser un guarango en estado puro. Pero si me siguen, no es extraño que se topen con el retrato argentino de (¡oh, paradoja!) un tiliguarango. La cosa es así. Según Jauretche, los términos guarango y tilingo son recíprocos. ¿Qué sucede?

Cuando el guarango hace plata no tiene otro tema de conversación que sus viajes. Se las pasa en Miami, Londres, Ibiza y los más exóticos lugares. París le es más familiar que la plaza del barrio. O sea, el tilingo es despojado hasta de la exclusividad de lo elegante (moda, modales, cocina, diversiones, cultura). Entonces, dirige la mirada hacia Oriente buscando espiritualidad y paz interior: budismo, meditación, zen, chamanismo, el gurú Sri Ravi Shankar. Esto lleva a episodios de difícil comprensión: ¿Puede un tilingo con poder imponer las prácticas de un gurú exótico (desde afuera y desde arriba) a una multitud de zombis de la televisión y del celular?

Pero ¿qué ha pasado? Si bien el guarango irrita al tilingo, llega un momento en que “también irrita el guarango a los guarangos que ya son importantes”.

(Aquí interrumpo. Es para divagar. Por ejemplo, ¿ los guarangos Lázaro Báez y Cristóbal López cruzaron una raya trazada por los guarangos Mauricio Macri, Paolo Rocca y Héctor Magnetto? Pero mejor vuelvo al texto porque la fauna es infinita.)

Entonces se juntan los guarangos importantes con los tilingos (Marcos Peña et caterva). No hay que olvidar que el tilingo sale del guarango por exceso de garlopa. Lo cierto es que tilingos y guarangos unidos contra los otros guarangos terminan por mezclarse y se vuelven contra el país que no es tilingo ni guarango. Ha sido engendrado el tiliguarango, bruto como el guarango y pretencioso como el tilingo. Y aquí a uno le empieza a resonar este acertijo anómalo: ¿qué sería Mauricio Macri Blanco Villegas? Pero mejor no caer en terrenos complejos y resbaladizos que horrorizan a la “razón frígida”.

A veces, a través de un golpe de estado o de la construcción de un grupo hegemónico organizado y sostenido desde afuera, los tiliguarangos toman el poder: PRO, su epífita UCR residual, más la tilinguería mesiánico republicana de Carrió. ¡Qué vachaché!: fantasmas que nos llenan la cabeza leyendo a Don Arturo.

Pero les debo un cuento jauretcheano. Pienso que nos va a decir “más cosas” después de haber compartido estas líneas sobre “los neoplasmas de la cultura argentina”.

2.- Andar de contramano

En Filo, contrafilo y punta, que estamos releyendo juntos, precediendo al cuento que les voy a relatar, aparece esta nota del editor que sirve para amplificar sentidos: “En realidad este cuento es de vigencia permanente, aunque algún hecho circunstancial lo haya motivado. Es para esa gente que dice: Este país de….es decir para la tilinguería a la que nada le queda bien cuando se trata de lo nuestro, la que ve siempre por el lado desfavorable. Como la gata de Doña Flora…”

El relato es una anécdota atribuida a Poroto Botana; y, a Jauretche, se la contó Corominas. Es, entonces, un caso de transmisión oral. Por lo tanto, deja de tener importancia si realmente ocurrió o fue una exagerada indiscreción. Chisme, rumor o chiste, lo cierto es que:

“Era una bella dama. Él la llevó, después de una tenida literaria nocturna, a presenciar la salida del sol en la Costanera. Hechizado, contemplaba el Río de la Plata, cuando su compañera dijo:

“Hay un olor a pescado que no se puede aguantar”. Él pensó: – “No tiene sensibilidad visual. Su sensibilidad es olfativa”.

Recordó, entonces, un recoveco del barrio Sur. Allí, un amigo chino, jardinero exquisito, había improvisado invernáculos con viejas latas de kerosén, con maderas y vidrios de demolición. Había creado, así, un exclusivo paraíso floral, un mundo de perfumes.

Y allá fue con su delicada acompañante. En la aún vacilante luz de la mañana llegaron al hueco donde el chino cultivaba su paraíso. Un perfume exquisito golpeó el olfato. Pero la dama exclamó:

“¡Qué horror este laterío sucio y oxidado!”

Sentidos invertidos. Cuando hay que oler, miran; cuando hay que mirar, huelen. Es el drama de nuestra tiliguaranguería: “Cuando hay que ver el ascenso de un pueblo postergado, lo huelen. Cuando hay que oler nuestras multitudes mucho menos olorosas que las multitudes europeas que tanto aprecian, las encuentran demasiado morochas. Y también les desagradan. No sé si se huelen y se miran ellos mismos. Pero tienen, como en el cuento, los sentidos invertidos.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 09/10/2018

Fuentes:

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª. Edic., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Jauretche, Arturo, 1976, 13ª. Edic., El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor