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por Jorge Torres Roggero

tapa_brochero_MUESTRA (1)1.- Los caminos del amor

En el oeste de la Provincia de Córdoba, detrás de las Sierras Grandes, se hallan los departamentos San Javier, San Alberto, Pocho, Minas. Brochero fue designado párroco del Curado de San Alberto en 1869. En 1885  se crea el nuevo Curato del Tránsito  y es nombrado al frente del mismo.

Ordenado sacerdote en 1866, habían quedado atrás su años de Prefecto de Estudios del Seminario, su aprendizaje de la práctica popular de los Ejercicios Espirituales con el jesuita Cubas y su heroico trajinar en la epidemia de cólera morbo que se llevó más de dos mil trescientas vidas en la ciudad de Córdoba. Ahora le tocaba fatigar cientos de leguas a lomo de mula en un curato que abarcaba altas cumbres, pampas desoladas y llanos poblados de matreros.

Encaremos el difícil resumen de su protagonismo en la epopeya del agua, su activa participación en la construcción de iglesias, en el trazado de caminos, en  la construcción de la Casa de Ejercicios  y en la promoción de la educación gratuita.

¿Cuál fue, por ejemplo, la epopeya del agua? El agua siempre generó contiendas en Traslasierra. Los habitantes se hallaban sometidos a los abusos de algunos terratenientes que se consideraban dueños del río.

El Cura bregará sin cesar para que el agua, bien destinado por la Providencia al bienestar común, alcanzara a todos. Los propietarios realizaban tomas arriba, disminuían la provisión de agua y atentaban contra la seguridad ante “el empuje de las crecientes”. No había escasez de agua: faltaba equidad, y el cumplimiento de la ley. Por eso Brochero organizó a los pueblos, gestionó y enfrentó a los poderosos con las razones del Evangelio.

Otro trabajo que emprende el cura de San Alberto es la reconstrucción de capillas. Muchas databan del S.XVIII y eran ranchos inmundos. Preocupado siempre por “el común”, consideraba que en los templos se manifestaba la presencia de Dios en la historia del pueblo. En efecto, eran el lugar de reunión en los solitarios parajes en que los pobladores vivían aislados. En torno a ellos florecieron poblaciones, revivió el culto, se renovó la práctica de los sacramentos y  la fiesta volvió a ser un bien de todos.

Para construir una capilla organizaba una asamblea y armaba una comisión. Consideraba que había dos tipos de colaboradores: “un hombre duro o un hombre derruido” pero “decidido” podía dar más que un hombre “sabio, influyente y con poca o ninguna decisión por la construcción”. Por eso para la capilla de Ambul eligió “tres perdidos, ignorantes y sin influjo”: “Yo espero en Dios y en la Virgen de la Purísima que con estos tres perdidos, ignorantes y sin influjo, se hace parte de la Iglesia (…) para que se vea que no es obra mía, ni de los tres que forman la comisión, sino que es obra de Dios, pedida por la Santísima Virgen y para que se vea que en dicha obra ha sucedido lo que sucedió en el planteo de la Iglesia, o sea la propagación de la religión cristiana, que se valió Dios de los hombres más rudos e ignorantes y aun ladrones como era San Mateo, para que se viera que en esa vuelta de costumbres del género humano había andado el dedo de Dios”. Así sucedió en la construcción de la capilla de Ambul.  Incluyendo a quienes la sociedad tenía por pecadores e indignos de confianza, decidió que “la iglesia se hace, aunque salga Luzbel con todos los diablos a oponerse” (ACEVEDO, 72).

Otra aspiración de los pueblos del Oeste era contar con una ruta directa a la ciudad de Córdoba. En 1883, Brochero puso todo su entusiasmo en la construcción del camino soñado. Para lograr el objetivo, invitó al gobernador Juárez Celman, su condiscípulo. Lo aguardó con los caballos ensillados. Juntos, emprendieron el viaje por el fragoso camino de herradura entre precipicios y quebradas. Juárez sufrió en carne propia lo que era cruzar la Sierra Grande.

Al regreso, el gobernador ordenó arreglar la ruta serrana de la Loma Pelada. Siguiendo la antigua ruta criolla, se procuró que el camino tuviera tres metros de ancho. Según la tradición, Brochero y su amigo Guillermo Molina demostraron el éxito de la apertura haciendo pasar por el camino un carrito ante el asombro general (BARRIONUEVO IMPOSTI, 599).

También intervino en la construcción del camino que cruzó la Sierra Grande pasando por San Roque, Tanti y La Cieneguita. Fue el inicio de una red de “caminos de ruedas” que unían las poblaciones del Valle. El Beato José Gabriel quería que los caminos fueran para todos. Por eso, cuando daba instrucciones para hacer llevadero el cruce de las Sierras Grandes por las mujeres de la ciudad, dejaba bien en claro: “hasta las sirvientas tienen que ir en coche hasta Tanti”, antes de iniciar la travesía a lomo de mula.

Cuando inició la construcción de la Casa de Ejercicios, el San José Gabriel había mandado abrir un hoyo. Entonó una oración y echó una gran piedra. Y tras bendecir esa tierra ahora santa, exclamó: “¡Te fregaste, diablo!

Su trabajo era siempre un codo con codo. Se fatigaba a la par de los humildes jornaleros de los hornos de ladrillo y arrastraba troncos a la cincha de su mula. Cierta vez, la mula se espantó, el Cura rodó por el pedregal y se quebró una pierna. Pero prosiguió trabajando con la pierna entablillada.

Era el rito dignificador de la minga. Cada cual aportaba lo que tenía: dinero, animales de carga, trabajo personal, terreno para edificar. El Cura, arremangada su vieja y desteñida sotana,  abría la marcha con una pila de ladrillos al hombro. Lo seguía todo el pueblo. Jóvenes y niños, mujeres y hombres avanzaban con religiosa unción. Cargaban sus ofrendas: bienes, cuerpos, trabajo, devoción. Era un acto litúrgico, era una procesión.. Y, en palabras de Brochero, “Dios bendijo la obra”.

En 1877, la Casa de Ejercicios quedó inaugurada. Las tandas excedían las setecientas personas. Mujeres y hombres hacían dos o tres días de caminos a pie para cumplir los ejercicios; otros, se disputaban la alegría de participar como servidores.

Brochero fue, además, un incansable impulsor de la educación. Construyó el Colegio del Tránsito con enseñanza gratis para las niñas. Promovía la enseñanza gratuita para varones y niñas en un lugar en que sólo el veinte por ciento podía pagarla. Y para los niños más pobres, los útiles sin cargo.

Aunque era licenciado en filosofía no entraba en discusiones políticas, tampoco acusaba, con voz engolada, de masones a los que no aceptaban las prácticas sociales que imponían el derecho canónico y las disposiciones dogmáticas. Como Jesús, comía con los pecadores y fatigaba los caminos agrestes anunciando a los afligidos y explotados que había llegado el tiempo de vivir. Mientras tanto, se fogueaba en  los Ejercicios,  porque estaba convencido que su misión era salvar almas, confortar a los enfermos, servir a los pobres y humillados, orar, predicar, confesar: tareas de cura. Había entregado a Dios, como dice San Ignacio, toda su libertad, su memoria, su entendimiento, su voluntad, todo su haber y poseer porque todo es del Señor y sólo le bastaba con su amor y su gracia.

Cabalgaba leguas y leguas por sierras y llanos sólo para llevar consuelo y confesión a algún leproso yacente en humilde tapera. Cruzaba milagrosamente ríos crecidos, bordeaba precipicios en las oscuridades y  las tormentas. Por eso, como confiaba en una carta a Juárez Celman, le habían crecido callos en las nalgas que no solo sangraban sino que le producían un increíble dolor.

Pero no aflojaba, caminaba firme en su fe, revestido de una invencible esperanza. Seguía en  “camino del amor” (Ef.5, 2, Jn.14, 6), o sea, en el Amor de Cristo Crucificado, Verbo de Dios, que se hizo carne, “y penetró como hombre en la historia del mundo” (Gaudium Spes, 38).

2.- La minga de Dios

El sistema de trabajo llamado “mink’ay” por los quechuas consistía en alquilar gente al amo para el trabajo. Sin embargo, en el Común criollo colonial el sistema fue evolucionando y ya hacia el siglo XVIII se fue marcando el carácter que perduró hasta nuestros días. La nueva forma pasó a ser una reunión de vecinos y amigos para realizar algún trabajo en común y desinteresadamente.

El tipo de trabajo es de lo más variado y corre desde la siega hasta el techado de la casa en los barrios populares. El sistema supone participación, solidaridad vecinal, sentido amistoso, espontáneo, para afrontar  tanto las adversidades como la fiesta celebratoria del fin de la tarea. Son fiestas comunales de trabajo. Mujeres y hombres trabajan parejo. Muchos  aportan sus herramientas. Todos ayudan y participan. Ya Martín Fierro definió el trabajo de la hierra, que era una minga, no como trabajo sino como “junción” (función, fiesta). Una buena comida, el canto, el baile, es el único premio. La solidaridad convierte de ese modo el trabajo penoso en general regocijo.

El San José Gabriel descubrió la presencia de Dios en la historia de su pueblo y organizó la participación de todos, hombres, mujeres, niños; poderosos a regañadientes y humildes llenos de alegría, mediante el luminoso sistema de la minga.

Todo el Común participaba. La minga de la Casa de Ejercicios, del Colegio de Niñas, del ensanchamiento de caminos, de la construcción de capillas y cementerios, de las tomas de agua, de los preparativos para el trazado del ferrocarril, partía de una profunda fe en la presencia de Dios encarnado en el corazón de los humildes; un Dios  expectante e invisible a la extraversión agresiva de los poderosos.

Pero también una tanda de ejercicios es una minga. Los ejercitantes van llegando con sus ponchos, su porción de azúcar y yerba, su pava. Dormirán en la carona. En las puertas hay braseros de barro. Vienen del bullicio y animación de la plaza; y se sumergirán en un silencio de durará seis días completos. Ellos mismos han levantado la humilde casa de ejercicios de piso de tierra y todavía sin revoque. Han donado animales en una cultura del trueque que Brochero, de impecable administración, va convirtiendo en materiales de construcción, alimento de los trabajadores, acarreo, insumos y herramientas. Esto testimonió San José Gabriel: “Y finalmente, digo que los que habitaban en el Tránsito en 1875, desde siete años arriba me llevaban ladrillos y cal quemada, al pie de la obra, en el hombro o en la cabeza, como lo hacían también las damas y señoritas, que me traían cal cruda, de una legua de distancia, en árganas o alforjas, para que la quemase en hornos que estaban en la plaza, y de diversos puntos me conducían los tirantes a remolque, o cincha de mula, viniendo muchas de estas vigas hasta de 20 leguas; pues a esta fecha, no había yo construido aún el camino carretero en el valle del oeste”. (Acevedo, 1928, 153)

“El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1,14). Es por eso por lo que el Espíritu oculto en la historia, semilla del Verbo, actúa sin cesar en lo secreto del corazón de los pueblos. El Dios Trinitario, comunidad, ha saltado hacia el afuera, se ha injertado en la historia.  Nuestro cuerpo (sarx) es historia, nuestra cultura es la casa del pueblo y lugar de des-ocultamiento del rostro de Dios. Nuestra existencia está llamada a ser acto de amor. Pero no hay amor sin el otro/s. A partir de la entrada salvadora de Dios en la historia nuestro destino se resume en “caminar en el amor” (Ef.5, 2) para la Gloria de Dios (San Ignacio).

Dios ha acampado en nuestra casa para siempre y es nuestro compañero cotidiano. Más todavía, como amor trinitario, es una presencia actuante. Brochero nos enseñó con su ejemplo que sólo desde los re-profundos de nuestra cultura, desde el arraigo y la intemperie, permaneceremos conectados al Espíritu que no deja de respirar en nosotros  porque el amor es una especie de protopalabra y su residencia es la cultura de los pueblos.

BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA

Escritos

Conferencia Episcopal Argentina, 1999, El Cura Brochero. Cartas y Sermones. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía de Lic. Liliana de Denaro y Pbro. Dr. Carlos I. Heredia, Buenos Aires.

Biografía

Acevedo, D.J. (recopilador), 1928, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba, A. Biffignandi

Aznar, Antonio,  1951, El Cura Brochero, Buenos Aires, Paulinas

                         , 1952, Don José Gabriel Brochero y las tradiciones de la Madre Antula, Córdoba, Colegio de Sagrada Familia

                         ,  1956, Los caranchos y el cura Brochero, Buenos Aires, Sebastián Amorrortu

Baronetto, Luis Miguel, 2001, Brochero x Brochero,  Buenos Aires, Ediciones Lohlé-Lumen

Díaz Cornejo, Sor María Nora, 2005, José Gabriel Brochero. Un santo para nuestro tiempo, Buenos Aires, San Pablo

Torres Roggero, Jorge, 2012, El Cura Brochero y su Tiempo. Cultura popular. Santidad. Política, Córdoba, Babel Editorial

Bibliografía complementaria

Barrionuevo Imposti, Víctor, 1953, t. I, Historia del Valle de Traslasierra, Córdoba, Dirección General de Plublicidad de la Universidad Nacional de Córdoba

Bialet-Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Prólogo y notas de Luis A. Despontin, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Cárcano, Miguel Ángel, 1986, Sáenz Peña. La revolución por los comicios, Buenos Aires, Hyspamérica

Castellani, Leonardo, 1999, Cristo y los fariseos, Mendoza, Ediciones Jauja

Denaro, Liliana de, 2006, Los pagos del Venerable Cura Brochero, Córdoba, Ed. de  Autor.

Guevara, Osvaldo, 1997, Diálogos memoriosos con Arturo Cabrera Domínguez, Villa Dolores, Junta Municipal de Historia.

Medina, José Toribio, 1945, El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las provincias del Plata, Buenos Aires, Editorial Huarpes

Rodríguez Isleño, Santiago C., 1987, Reseña histórica de la Frontera del Tiyú y de la enigmática Virgen de la Concepción, Instituto Paulino de Cultura y Comunicación, Córdoba

por Jorge Torres Roggero

El cura Brochero y su tiempo.jpg1-. Santos Guayama

En 1863, Sarmiento manda asesinar al Chacho Peñaloza. Todas las fuerzas de la  Nación se habían concentrado en La Rioja y los extensos llanos fueron arrasados. Sólo ruinas humeantes y cadáveres destrozados y dispersos. Peñaloza, vencido,  se detiene bajo un algarrobo. Pide a su escolta que se dispersen. Mira con tristeza a esos heroicos llaneros, gauchos del curato de Minas, gauchos del curato de Pocho que rumbean hacia las abruptas serranías de Córdoba. Reprimida a sangre y fuego la resistencia popular, las últimas montoneras vagaban dispersas por los inmensos llanos. La justicia y la clase dirigente los usaban o los perseguían según conviniera o no a sus intereses. En épocas de Brochero, el más famoso jefe de estos contingentes fue un mestizo huarpe: Santos Guayama.

Entre San Luis, San Juan, La Rioja y el Oeste de Córdoba median unas vastas regiones ahora casi desérticas pero que en el XIX estaban cubiertas de montes nativos, de churcales,  polvorientos guadales, casi sin una sed de agua. Sólo baquianos o rastreadores como la Juana Chapanay y las errantes montoneras conocían sus secretos. Ellos eran letrados en el arte de sobrevivir. Las llamaban travesías. Sarmiento las inmortalizó en el Facundo cuando incluyó como inicio de  una biografía el primer cuento perfecto de nuestra literatura. Es aquel que culmina con esta confesión del hasta ese momento desconocido narrador y protagonista: “Entonces supe qué era tener miedo”, decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso”. Sabemos que Sarmiento armó lo mejor de Facundo con los relatos orales que circulaban entre el pueblo en medio de las guerras civiles y los saqueos, pero dichos alrededor del fogón, en los momentos de estar juntos. Juan Alfonso Carrizo recopiló en el Cancionero Popular de La Rioja un romance sobre la muerte de Facundo en que cada estrofa se corresponde casi textualmente con cada párrafo del relato sarmientino. Siguiendo esa tradición, rescato este cuento popular para asediar la figura de Santos Guayama.

Ocurrió en la travesía Los Matagusanos. Los viajeros juraban haber visto pasar al montonero Santos Guayama escoltado por el “Marucho”. Así llamaban al muchacho que solía encabezar las arrias montado en la mula o la yegua madrina. Hasta rejuraban que habían oído el cencerro. ¿Si Sarmiento invocó a la sombra terrible de Facundo, por qué no sentir la aparición de Santos en esas soledades llenas de fantasmas y espectros?

Según cuentan, el implacable caudillo había asaltado una tropa cargada de valiosas mercaderías, había sacrificado a todos los troperos pero cuando llegó al “marucho”, el muchacho le pidió que antes le dejara rezar la Salve. Mientras el niño recitaba la oración como un conjuro contra la muerte, el gaucho fue cambiando de talante. Guayama se había descubierto e inclinaba, contrito, la cabeza.

La interpretación popular asegura que el montonero  había recordado de golpe a su madre cristiana cuando le enseñaba esa oración. Cuando el “marucho” concluyó la súplica, lo levantó, lo hizo montar de nuevo sobre la madrina, lo acompañó hasta las cercanías de un poblado y lo dejó libre. Según se supo, el Marucho murió pocos años después. Pero cuando asesinaron a Guayama, al frente del cortejo,  se oía sonar un cencerro que lo acompañó hasta la tumba.

2.- El Santo y el Montonero

Esta extraña entrada es el camino que nos traza la cultura popular para ingresar al famoso episodio de Santos Guayama y el Cura Brochero. Sólo podremos comprenderlo en su magnitud si sabemos de dónde vienen, qué misteriosos caminos los hermanan.

Santos Guayama, mestizo huarpe como Martina Chapanay, fue un famoso cuatrero que asolaba los ganados de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis. Fantástico jinete, rastreador infalible, baquiano de todos los andurriales del desierto y la sierra, manejaba como nadie las armas del gaucho que eran, a la vez, su instrumento de trabajo. Perseguido por la justicia se internaba en los cerros o en el refugio seguro de los pantanos de Huanacache. El pueblo estuvo siempre de su parte. Por eso lo  protegía, como a todos  los buscados sin fundamento por la justicia.

Convertido en caudillo, los paisanos lo ayudaban a burlar sus enemigos. También autoridades y personajes ilustrados lo amparaban. Intervino en la guerra que Mitre y Sarmiento llevaron contra las montoneras. Acompañó a Felipe Varela.

La patria vieja agonizaba. Santos Guayama, en 1872, se apostó con sus gauchos en Uspallata y comenzó sus exacciones contra viajeros y comerciantes de Cuyo. No faltó un gobernador que festejó por haberlo tomado prisionero en Santa Clara y por haberlo ajusticiado,  ni faltó la prensa celebratoria, pero todo había sido una ruinosa equivocación.    Y fue hacia 1876 que Brochero y Guayama se encontraron y merecieron el noble título de amigo. En 1894 el cura le escribe al inspector de escuelas Cipriano Báez Mesa respondiéndole algunas preguntas que le ha formulado sobre del montonero. En esa carta nos fundamos.

Brochero declara haber andado en diligencias por “su buen amigo Santos Guayama”. Conocedor de su “gran fama”, cuenta que aprovechó una ida a los llanos de La Rioja para tener una conversación con el gaucho. Desde Chepes, pidió a unos amigos íntimos del gaucho que se lo “campiaran” y le mandó una carta en que lo invitaba a tener una conferencia “toda en beneficio suyo”, en “el punto que él eligiese” y hasta en el desierto mismo. El amigo, a su vez, le garantizaba  la sinceridad del cura y le pedía que aceptase sin trepidar “cuanto yo le decía” “porque Dios lo venía buscando por mi intermedio”.

El contesto de Guayama, “que hecho pedazos conservo aún”, carta sin fecha ni lugar, le decía que elegía el sábado próximo para la entrevista, a doce leguas de Chepes, casi entrando a San Juan. Brochero acudió a la cita, esperó todo el día y recién a las once de la noche llegó un enviado del caudillo avisándole que no había venido porque el caballo de tiro que traía para entrar al poblado se les escapó y se había vuelto con la tropilla. Era un pretexto como después le confesó Guayama. Quería espiar quiénes lo acompañaban.

 Al día siguiente, domingo, el amigo llanista llegó con el señor Guayama: “Y después del saludo, presentación y estrategias de estilo, le hice la siguiente propuesta: 1° Que yo pagaría a Don Patricio Llanos, vecino de Pozo Cercado (La Rioja), la deuda de 700$ que con él tenía y cualquier otra que tuviese. 2° Que le sacaría indulto del Gobierno Nacional. Y 3° que le haría dar una ocupación militar en Buenos Aires o en otra Provincia con tal que no fueran ninguna de las cuatro mencionadas (San Juan, San Luis, Mendoza, La Rioja)”. Aquí conviene aclarar que era habitual en épocas de reacomodamiento institucional que antiguos  caudillos alzados y aun matreros fueran indultados y pasaran a prestar servicios al Estado. Piénsese en Baigorrita, el coronel Baigorria, que dio nombre a un pueblo.

¿Qué pidió el cura a cambio?: “Y que por su parte únicamente se comprometiese a entrar a Ejercicios en la Casa del Tránsito con 300 de sus amigos, dándoles yo todo lo que necesitasen hasta volver a sus casas”.

Dos cosas se pueden observar. Por un lado, la absoluta fe del cura en la gracia de Dios y en el método de los Ejercicios para dar un viraje en la vida individual y social; por el otro, la suma pobreza de los llanistas que el cura ofrece aliviar hasta que vuelvan a sus casas.

Recuerda entonces Brochero que ya desde la época en que “abría los cimientos del Colegio y la Casa de Ejercicios decía a mis feligreses en mis pláticas y en mis conversaciones: “Traeré a Guayama con todos sus amigos a esta Casa”. Los feligreses, a su vez, le decían: “Si tal lo hace, le ayudaremos con plata, vacas y cuanto tengamos y lo recibiremos con arcos triunfales”.

Se advierte también la fe de los feligreses. No tienen la actitud de ciertos sectores medios actuales o de la monja que no quiere chinitas en el colegio. Están dispuestos a dar lo que no tienen para que los grupos marginados por la injusticia y la pobreza pudieran ser incluidos en la comunidad. El cura, por su parte, tenía bien presente a todos los que le habían prometido ayudar con los gastos. Unos eran finados; otros, vivían diseminados en sus aisladas estancias.

¿Qué respondió Guayama? En primer lugar, que la única deuda que tenía era con el Sr. Llanos; en segundo lugar, que aceptaba las generosas propuestas pero era escéptico sobre el indulto. Él ya lo había intentado por medio de poderosos personajes pero nada había conseguido. “En cuanto a la ocupación militar, se permitía rehusarla, porque estaba ya cansado con  18 años de andar con armas, y que aun ese trabuco que llevaba a la cintura le molestaba como una penosa necesidad para defender su vida.”

3.- Amistad criolla, burocracia civilizada

El cura se pone manos a la obra. Se fue a Pozo Cercado, a 35 kilómetros de Chepes y 95 del punto de conferencia, a lo de Señor Llanos y le dijo: “Mi amigo: de lo perdido algo recogido es gran negocio. Le haré a Ud. siete funerales por los  700$ que le debe S. Guayama, y Usted me dará el recibo de haberle él pagado satisfactoriamente. Convino en ello el Sr. Llanos, y con esto me fui a Catuna (a 70 kilómetros de Pozo Cercado) a verme con el señor Tránsito Tello, hombre acaudalado y amigo de Guayama”.  Es de advertir las tremendas distancias que desanda Brochero para incluir a los montoneros sin que nadie los persiguiera y sin que ellos tuvieran que recurrir al robo y al saqueo. Por otro lado, la red cultural que hace que en los llanos todos fueran amigos de Guayama y la profunda lealtad que implicaba la palabra amigo, como aquel a quien se le tiene confianza. “Decir amigo, amigo, amigo, es decir confidente” (Bertucelli, 1986).

Misterio  de la amistad. Obsérvese el inmenso capital simbólico del discurso secreto de los “gérmenes de Verbo” de que ya hemos hablado y de sus múltiples manifestaciones en la vida de la comunidad. ¿Acaso el libro de Job (6.14-15) no es un himno a los avatares de la amistad?: “Al amigo que sufre se le ama/ aunque olvide el temor del Todopoderoso”. Más aún, la amistad es superior a las relaciones de parentesco: “pero mis hermanos me traicionaron como un torrente/ como un arroyo cuando se queda sin agua”.

Era el señor Tello un hombre acaudalado y amigo de Guayama. Brochero le refiere su conferencia con el caudillo y la contestación que obtuvo. Entonces le dijo: “Quiero que a su amigo le dé una de sus estancias con 200 vacas, para que viva y trabaje en ella así que salga de los Ejercicios, adonde irá inmediatamente que yo le saque el indulto. La contestación del Señor Tello fue franca diciéndome: “con mucho gusto, y será la mejor de las que poseo”.

Tras estas diligencias, “y bien contento”, Brochero regresó a su curato y ahí no más pasó a Córdoba. Su gestión se dirigió al Doctor Castellano (luego obispo) y al canónigo Juan Martín Yaniz, su condiscípulo y compañero de ordenación, para que lo ayudaran a conquistar a Guayama. Les pidió que se hicieran cargo de los funerales y se haría cargo del pago de los músicos y derechos de velas. Aceptaron con la mejor voluntad. Hicieron los funerales y le extendieron los correspondientes recibos “los que presenté al Señor Patricio Llanos, quien me dio el de haberle pagado Guayama a satisfacción los 700$”. ¿Qué prestamista “civilizado” aceptaría que le paguen una vieja deuda con siete funerales”?

En los tiempos de Peñaloza, Guayama había tomado preso a Llanos y este, muerto de miedo, le había prestado la suma a modo de rescate. Lo curioso es saber qué hizo Guayama con esa suma y con el prisionero. El relato de Brochero no deja lugar a dudas sobre la singularidad de las relaciones sociales en la convulsionada Argentina criolla: “Guayama me dijo que este valor (en cóndores de oro) los distribuyó a sus soldados en presencia del mismo Señor Llanos, poniéndolo inmediatamente en libertad.”

Pero faltaba lo más difícil: el indulto. Acudió en primer lugar al senador nacional Víctor Lucero, otro de sus condiscípulos pidiéndole que le preparara el terreno con Avellaneda que era el presidente: “Hizo Lucero más de lo que yo le pedía, y el resultado fue negativo”. Se valió entonces de su condiscípulo y amigo Miguel Juárez Celman que era Ministro de Gobierno de Córdoba y concuñado del ministro de guerra, General Roca. Hizo la diligencia telegráfica y el general respondió que ordenaría a los fiscales de las cuatro provincias arriba citadas para que no pusiesen acusación alguna contra Guayama, ni lo molestasen en ningún sentido.

“Con ese telegrama me fui a los llanos, prosigue Brochero,  hice “campiar” a mi amigo Santos para enseñarle ese documento.” Le mandó a decir que lo esperaba en Ñoqueve, casa de Angel Tello. Santos vino, vio el telegrama y consideró que no era suficiente porque no venía firmado por el Presidente y por el Senado.

Manda entonces una carta al “querido amigo Juárez Celman” con la contestación de Guayama para que solicitara nuevamente al General Roca lo que exigía el montonero. Miguel le contesta que debía hacer una solicitud formal y mandarla. Entre Córdoba y Ñoqueve había trescientos kilómetros por eso pidió a un amigo que abriera la carta de Juárez antes de llevarla a Traslasierra y que, si había alguna dificultad, buscara el medio de salvarla en Córdoba. Así lo hizo. Comprendió que ni el cura ni Guayama podrían guardar “la forma militar” en su escrito. Entonces le pidió a Juárez Celman que la hiciera de modo que Guayama sólo tuviese que firmarla. Luego de firmarla, Guayama hizo sacar copia de la solicitud y “con esta copia andaba entrando en las poblaciones”.

4.- Escribir la ley con la punta de la espada

Cierta vez que Brochero fue a San Juan por un pedido al obispo, saludó de paso a Guayama y le dijo que “no hacía bien en entrarse en los pueblos sin haberle obtenido el indulto”. El gaucho le respondió que enseñaba aquella copia a las autoridades orilleras (suburbanas), les decía que ya estaba indultado y así lo dejaban entrar y salir.

Así fue que, “en una de esas idas a San Juan, lo hizo a llamar a su casa un Señor Lloveras (…) con el pretexto de darle un dinero para que le comprase un ganado. Fue él con toda sencillez y sin armas, y allí vino o estaba apostada la partida que lo tomó”. Fue una mañana de 1878. El capitán Mateo Cano al mando de quince soldados rodeó la manzana, penetró a la casa de Lloveras e intimó la entrega del “bandolero”. Simuló protestas el dueño de casa ante la violación de domicilio y Guayama fue encerrado en el cuartel de San Clemente. Le levantaron sumario pero el sumario desapareció al poco tiempo. Parece que había declaraciones comprometedoras para personas de “hondo arraigo” en San Juan.

Guayama le hace un chasque a Brochero. Echó tres días entre San Juan y el Tránsito. Le pedía que fuera para salvarle la vida. Brochero contestó que creía inútil su ida a San Juan porque no conocía ni tenía influencia sobre el gobernador Gómez. Que lo que  él pudiera hacer, lo harían el obispo Achával, el Vicario Laspiur y un querido condiscípulo, Doctor Juan Crisóstomo Albarracín, a quienes les escribía pidiéndoles que se empeñaran enérgicamente con el Gobernador para que no dejasen que le quitaran la vida: “Y para que él viese la energía con me empeñaba con las personas referidas, le mandé abiertas las cartas para dichos señores, y que él las hiciera entregar después de leerlas, y que yo inmediatamente me iría a Córdoba a hacer telegramas a Buenos Aires en donde esperaba poder salvarle la vida”.

Antes de irse a Córdoba,  mandó un telegrama a la mujer del presidente para: “que pidiese a su esposo que influyera con las autoridades de San Juan que no le quitasen la vida a Guayama, sin perjuicio de aplicarle la pena que merecían sus fechorías.”

Todo fue inútil y, a lo mejor, insuficiente: “La Señora de Avellaneda no me contestó hasta hoy, y a los cinco días vi en un diario –con profundo dolor de mi alma – que Guayama había sido muerto en la cárcel pública. Y varios sanjuaninos me dijeron que había sido fusilado allí. Lo mismo me confirmó el Doctor Oros que fue el abogado de Guayama”.

La pregunta es: ¿Por qué Brochero no viajó de inmediato a San Juan? ¿No quiso exponerse? ¿Juzgó que eran más eficaces sus gestiones a través de sus amigos con altos cargos eclesiásticos en San Juan y con el recurso de tocar el corazón del presidente a través de su mujer? Por los intersticios se cuelan enigmas de difícil respuesta. En la carta de Brochero se puede leer una denuncia sobre el fusilamiento de Guayama. En efecto, la versión oficial sostiene que a los dos meses de estar preso, Guayama promovió una sublevación sofocada con nutrido tiroteo y muertos. Cuando se interrogó al Gobernador Gómez en virtud de qué ley había procedido, respondió lacónicamente: “Hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de la espada”.

Era la mentalidad de la clase dominante de San Juan. Su  mentor, Domingo Faustino Sarmiento, fue quien ordenó escarnecer a la Victoria Romero,  mujer del Chacho Peñaloza. El himno que los escolares cantan en loor del gran maestro celebra su lucha “con la espada, con la pluma y la palabra”. Gómez lo resumió con un oxímoron borgiano: “escribir la ley con la punta de la espada”.

5.- Lealtad popular, miedo “civilizado”

El cura narró con ingenuidad sus esfuerzos por Guayama: “He ahí lo que hice por este amigo, y he ahí el cómo y el dónde acabó su vida”. Siente frustrados sus esfuerzos por moralizar a Guayama y sus amigos.

Al final, Brochero se queda del lado de acá: no logra entender del todo a esos “semibárbaros y salvajes”, pero se siente amigo de ellos y sabe valorar su amistad: “No debo concluir sin declararle que Guayama habíame dado ya pruebas de sincera lealtad. Y entre otras me había recomendado a sus amigos que –aunque semibárbaros y salvajes – se mostraban conmigo atentos, complacientes y comedidos hasta la exageración, llegando varios de ellos a darme limosnas para mis obras, sin que yo las pidiera, y acompañarme en todo el trayecto en el mencionado viaje a San Juan.” Había salido con un solo amigo de Guayama y llegó a San Juan con cinco. La amistad era respetada en los llanos y travesías.

Brochero podía cruzar seguro y la “amistad firme y sincera” de Guayama lo protegía donde quiera que fuera. Cierta vez llegó a hacer noche en un paraje llamado Los Papagayos. No bien se aseguraron quién era, le abrieron la casa y le hicieron notar que se sentían honrados con su presencia. Era un parador en que vendían a precio de oro el maíz, la alfalfa y demás provisiones, pero al cura se la procuraron gratis y abundante: “una suculenta cena para nosotros y nuestras bestias”. Allí se enteró que Guayama le había dejado el encargo de convidar a todos los laguneros para que fueran a los Ejercicios.

Es una carta preciosa, pero llena de indicios de que Brochero  ha dudado mucho en el momento de seleccionar qué contar, cómo contarlo, cómo construir su participación en semejante tragedia. Lo consigna con claridad, y nos traslada sus dudas, en la fórmula de despedida: “Sin más, lo saluda su Cura, que no tiene tiempo para quitar los borrones que lleva ésta”.

Mejor así. Al no disciplinar su memoria, construyó una historia de amistad, de lealtad y un testimonio del miedo secreto del “civilizado” que también acomete a los más santos propósitos. El miedo del civilizado, ¿enturbia a veces nuestra fe y nuestra mirada hacia los hermanos marginados, excluidos, explotados, injustamente tratados por una justicia y una policía que mira la realidad con el ojo del amo? Acá en América, hasta a los santos les pasa. Y los intelectuales, ¿a qué le llamamos lucidez si tenemos miedo de pensar?

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

7 de ene. de 20

Fuentes:

Bertucelli, Sebastián, 1986, Proyecto Brochero. Control de tuberculosis, Córdoba, Dirección de Familia. Gobierno de la Pcia. de Córdoba. Versa sobre el trabajo en redes y la fabulosa “Minga de la Tuberculosis”.

Brochero, José Gabriel del Rosario, 1999, El cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires. Introducción, compilación, búsqueda de fuentes, notas y bibliografía a cargo de la Lic. Liliana de Denaro y del Pbro. Dr. Carlos I. Heredia.

Estrada, Marcos, 1962, Martina Chapanay. Realidad y mito, Buenos Aires, Imprenta Varese

Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Eudeba, Buenos Aires

por Jorge Torres Roggero

JOAQUIN V. GONZALEZ1.- Una ley histórica

En estos días siento flotar sobre mi cabeza una nube tóxica de odio. Por un lado el Presidente incita a que lo voten “sin argumentos”. Se trata de una apelación a dejar de lado la racionalidad en la próxima competencia electoral. ¿Qué pretende? Sin duda  “fabricar” un sujeto acrítico, manipulable, vaciado de significados y sentimientos profundos, sometido a una ciega pulsión pasional cuyos componentes básicos son el odio y la demonización del adversario.

No cabe duda de que cuando convoca a sus seguidores por las redes y les dice que “no se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones ”, está agitando las raíces del odio. A los odiadores no les fue dado analizar ni pensar. Les basta  redoblar su esfuerzo en el odio, que como es ciego, no les dejará ver que en ese odio caen sus propios derechos y beneficios.

Por otra parte, el odio también ha ganado mentes supuestamente esclarecidas. En Infobae (06/08/19), veo que el escritor Marcelo Birmajer “respaldó las políticas del gobierno nacional y salió al cruce de las advertencias “irracionales” que hacen desde el Frente de Todos sobre un nuevo triunfo de Mauricio Macri. “El kirchnerismo es un virus que corroe la inteligencia”, declaró. El “virus de la inteligencia” es una apelación para destruir todo pensamiento disidente. Un virus es el mal, lo que debe ser aniquilado. Es como “extirpar” la excrecencia, la “grasa militante”. El escritor dice eufemísticamente “kirchnerismo”. En realidad quiere decir “peronismo”. Para el intelectual subrogante de la oligarquía y el imperialismo, el peronismo es un recinto de barbarie, plebeyismo, irracionalidad, populismo.  Por eso no es extraño que refuerce su “voto sin argumento” con una apelación a una autoridad extraña y amenazante: “El FMI y Donald Trump tienen una empatía mayor con Cambiemos que con el kirchnerismo”, sostuvo Birmajer.

2.- Del indio Panta a la ley del odio

El “mal que aqueja” a las minorías plutocráticas, y sus apéndices cultos, desde inicio el mismo de la patria, es el miedo al pueblo. Ese miedo ostenta una  manifestación social regresiva: el odio. Por eso estas disquisiciones sobre la “ley del odio”. El descubridor de esa ley histórica fue un riojano preocupado, dentro de sus contradicciones, por encontrar el advenimiento de la concordia y la fraternidad . Les cuento cuándo y cómo accedí, por primera vez, a un texto de Joaquín V. González.

El capítulo IV de Mis Montañas (1956) se titula “El indio Panta”. Es la historia de un indio que, con su caja, acompañaba tanto procesiones y cultos religiosos como noches enteras de farra gritando alegremente ¡aro! en los gatos y zamacuecas. Un tarde se reunió con sus amigos y les avisó que los iba a dejar: se marchaba a la guerra. Dejó su caja a los pies de la Virgen, en la iglesia; y se dispuso a partir. Durante las guerras civiles siempre había estado enrolado, pero siempre volvía. “Ya ha vuelto Panta”, decían los vecinos y se empezaban a preparar para los bailes. Con humor inagotable, él mantenía la “felicidad del pueblo” entre músicas y jaranas.

Panta ensilló su mula, abrazó a todos. “¡Adiós, hermanos!, les iba diciendo. Los aldeanos fueron a despedirlo y lo vieron alejarse con lágrimas en los ojos. Y un indio anciano, con voz baja y temblorosa, dijo: “Pobre Panta, ya no volverá”. Y Panta no volvió de la guerra del Paraguay, guerra ignominiosa, paradigma de la “ley del odio”.

Esa especie de cuento es uno de los primeros textos de literatura argentina que recuerdo. Integraba un libro de lectura del primario (en esa época eran verdaderas antologías); y la maestra nos lo leía para enseñarnos entonaciones, pausa, actitud corporal, todos esos paratextos que constituyen a la lectura en un mundo infinito. Lo cierto es que para mí, Panta no murió. Cada tanto vuelve a mi memoria y yo vuelvo con él a mi infancia: ¿vuelve en la voz amada de mi maestra, en la vivencia de mi infancia feliz de “único privilegiado” o en la vieja edición de Tor que ahora hojeo (y ojeo) con nostalgia?

Lo cierto que Joaquín V. González no es un destacado escritor, pero es un polígrafo, un constitucionalista, un propiciador de universidades, un historiador, y sus textos nunca son ajenos a una poética. Siempre encontraremos, en sus recovecos, entramados y secretos inmemoriales, nudos de sentido para desenredar. Uno de ellos es su doctrina de la “ley del odio”.

En efecto, puesto a desentrañar el sentido de nuestra historia, creyó encontrarlo en lo que él llamaba la “ley del odio”: “Esa ley de nuestra historia que nos impide sentir como un solo corazón y es un “elemento morboso” que trabaja en el fondo del alma nacional desde el primer momento de la Revolución de Mayo” (Canal Feijóo, 262).

En Argentina, postula, alarma el persistente desarrollo de odios ancestrales y odios domésticos. En la lucha política no sólo se combate por la salud de la patria, sino por el aniquilamiento y exterminio del adversario: “la propaganda victoriosa, la actitud más aplaudida y más feliz, son las inspiradas en el odio y la ferocidad” (Vanossi,287): “…en todas las esferas de nuestra sociedad, no hay más que la revelación del odio contrarrestando todos los buenos esfuerzos, malogrando todas las iniciativas fecundas y matando hasta las más grandes inspiraciones. Hay que matar el odio, porque es la enfermedad congénita del pueblo argentino” (en: Estudios de Historia Argentina).

La ley del odio según Joaquín V. González representa una idea de “regresión histórica”. En el juego dialéctico de la “ley del odio” advierte dos factores reaccionarios: 1) Una dualidad categórica entre clases dirigidas y clases directivas; 2) Esa “antinomia completa” hace imposible la “conjunción y asociación de ideas y fuerzas” por la “diferencia de nivel y de planos”.

Desde su visión intelectual muy marcada por el pensamiento anglosajón, ¿hace referencia a dos Argentinas, una popular (dirigida) y, otra destinada a mandar (directiva)? En otros términos, ¿propicia la sumisión del pueblo como salida?, ¿o propicia una regulación que auspicie la cooperación y el encuentro? ¿Es imposible una nación con explotadores y explotados?

Lo cierto es que Joaquín V. González insistía: “estamos enfermos de odio”. Empecinado, se ponía a pensar el modo de resolver nuestras diferencias. Se preguntaba: “¿Será la moral, será la religión, será el arte, ese medio ambiente destinado a reconciliar las diferencias y las causas de lucha y exterminio entre los hombres y los ciudadanos?” (Canal Feijóo, 263).

Entonces clamaba: “auscúltense los corazones”. Y llamaba a “volver a la primitiva sinceridad de la conciencia, a aceptar ciertas formas rituales, una especie de recogimiento religioso”; y a confesar que nos hallamos en una situación (recurría aquí a  Tagore) en que “no nos amamos porque no nos comprendemos y no nos comprendemos porque no nos amamos” (cit.,263).

2.- Un argentino contradictorio

Como buen argentino, J. V. González era un hato de contradicciones. En efecto, se confesaba europeísta y anglófilo. Consideraba que, una vez eliminados “por diversas causas” los elementos “degenerativos e inadaptables” como el indio y el negro, quedaban “sólo los que llamamos mestizos por la mezcla de indios y blanco”. Confiaba en que, una vez “suprimidos los elementos de degeneración o corrupción” que significaron “debilidad, agotamiento, extinción (…),falta de resistencia para el trabajo creador y reproductivo…, quedaba un producto selecto de sangre blanca pura o depurada”.

Este darwinismo racista se contradice con el J. V. González creador y propulsor de un Código de Trabajo que, rechazado en el parlamento con el voto de socialistas y convervadores, recién vio concretarse sus sabias propuestas en las leyes sociales  del Coronel Perón y los derechos incorporados a la Constitución de 1949. José Ingenieros, criticando al “partido de Juan B. Justo por esa actitud, decía que eso “costará diez, veinte o cincuenta años de lucha para conseguir lo que ahora se combate”. Y no se equivocó en su pronóstico. (Ramos, 1961, 296).

Recordemos que para elaborar el proyecto de Código de Trabajo, J. V. González, ministro del interior de Roca, encomendó a Juan Bialet Massé (1968) un gigantesco estudio sobre “estado de las clases obreras argentinas”. En ese texto Bialet Massé demuestra que aquello que el riojano llamaba “elemento regresivo del criollo al gaucho” estaba dotado de extraordinaria facilidad  para adaptarse a las máquinas y oficios modernos; y superaba en rendimiento al “europeo progresivo”.

González, ya en 1892, al  disertar en el Sociedad Tipográfica de Córdoba, anticipaba las grandes revoluciones sociales que “renuevan la savia y el espíritu de una época, comienzan su elaboración en el sentimiento, que se convierte en idea y en acción (…) Si un pueblo no es revolucionario, por lo menos debe ser constantemente evolucionista. La evolución es la revolución de los espíritus; es la fórmula del progreso humano”.(Vanossi,311) Por eso, cuando defendió en la Cámara de Senadores la creación de la Universidad Nacional del Litoral, su voto parece dar respuesta a ciertos políticos actuales: “…no hay que tener miedo de que haya más universidades”. Recordemos que fue el primer Presidente de la Universidad Nacional de La Plata y responsable de una organización académica de tendencia más progresista.

Como legista, propiciaba que la Constitución debía adaptarse a las distintas fases de la vida histórica porque “las constituciones son organismos, y por lo tanto, sujetas a crecimiento, a desarrollo y a muerte”. La Constitución Argentina es “orgánica”, no tiene límites marcados y lleva en sí todos los “elementos de la vida”, “para desarrollarse en el porvenir, dentro y fuera de las limitaciones literales de su texto”. Ya es hora proclamaba, de que la Nación Argentina se despoje un tanto de relumbrantes teorías para “volver a lo que es vida, fuerza e inmortalidad, o sea, a su propia naturaleza, su propia historia y sus propias instituciones”.

Joaquín V. González, argentino múltiple y contradictorio, en quien convivían “en concubinato anómalo”, el traductor de Omar Khayyan, el anglófilo, el propulsor de un Código de Trabajo que se anticipó en cuarenta años a la legislación argentina, descubre, al fin, una práctica de la Patria fundada en la “tradición popular” que, transmitida de una generación a otra, es punto de apoyo del “drama social”, es la urdimbre del telar de las contradicciones.

Postula, asimismo, que la belleza es el sustento de la justicia y la sabiduría. Por ello promovió, como Senador, una pensión para el poeta Almafuerte porque: “Los poetas son los sacerdotes de las naciones”. ¿Por qué tienen que ser sinónimo de miseria, de privación y sufrimiento?: “Pueblo sin poesía ese es un cuerpo sin alma; pero ese pueblo no ha existido nunca, ni existirá en el futuro”.

El “alma de la tierra nativa” abrirá las  puertas a los “profetas y a los bardos para que irrumpa la inmortal sinfonía, la del amor, germen de toda ciencia, creador de toda Belleza, dispensador de toda justicia” (Linares Quintana, 205).

Quizá esta fe en una poética, en “el idioma del suelo”, lo llevó bautizar con nombre quichua su refugio al pie del Famatina: Samay. El sentido místico de la patria, la tierra nativa como sede del “genium loci”: “Nunca, dirá, pude desprenderme de esas tierras áridas, rocosas y erizadas de arbustos bravíos, así como veladas por bosques inmensos, que les guardan promesas íntimas. Soñé volver un día a vivir en ellas la vida de mi infancia, para cerrar yo también mi ciclo”.

 

 

Fuentes:

Bialet Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Canal Feijóo, Bernardo, 1964, “Notas sobre filosofía en la doctrina de González”. En: Amador, Félix de, et al.,  Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

González, Joaquín V., 1930, Estudios de Historia Argentina, Bs.As., Instituto Cultural Joaquín V. González

González, Joaquín V., 1951, Manual de la Constitución Argentina, Bs.As., Estrada Editores

González, Joaquín V., 1956, Mis Montañas, Buenos Aires, Editorial Tor

Linares Quintana, Segundo V., 1964, “El místico de la Constitución”. En: Amador, Félix de, et al., 1964, Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

Ramos, Jorge Abelardo, 1961, Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Buenos Aires, La Reja

Vanossi, Jorge Reinaldo, 1964, “Joaquín V. González: del hombre a la Constitución”. En: Amador, Félix de, et al., 1964, Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

por Jorge Torres Roggero

1.- Ramón Carrillo: lealtad al paloPerón y Carrillo

Los convido con algunos retazos de un librito que he titulado El Angel Sanador, y versa sobre Ramón Carrillo. He obviado en este nota la profusa bibliografía científica del Dr. Ramón Carrillo, su fama internacional. Tampoco menciono las prácticas médicas que llevan su nombre. La brevedad sólo me permite aludir a las fases principales de su labor en favor del pueblo que desarrolló como primer Ministro de Salud Pública de la historia argentina. Ser ministro fue su mayor rasgo de humildad y entrega, su mayor renunciamiento. Pero sobre todo, como se verá en mi libro, lo distinguió la inquebrantable lealtad al general Perón y a la causa peronista. Aun en la extrema pobreza, en la soledad, la intemperie y la muerte.

En los textos sagrados, así como, a veces, descienden ángeles aulladores que anuncian a los pueblos el castigo por sus prevaricaciones, o el anuncio de una nueva era; también descienden ángeles sanadores destinados a aliviar el dolor de los humanos, la miserabilidad de las multitudes. En nuestra tradición bíblica, Rafael es un  ángel sanador: provee salud y alimento.

Carrillo, científico de fama mundial y extraordinario neurocirujano, puso su conocimiento al servicio de los humildes. Fue un ángel sanador. Renunció al brillo académico, y se entregó entero a poner en actividad el derecho del pueblo a la salud , a una vida digna, a la alegría de vivir.

Como la mentalidad argentina en el ámbito universitario estaba marcada por la colonización cultural y el pensamiento del amo extranjero pensaba en la mente de “los que pensaban”, había adoptado un hilarante método cuando iba a presentar una idea nueva y era, por lo tanto, resistida por carecer de bibliografía extranjera. “La atribuía a Melonopski y no a Carrillo”. Como nadie se animaba a preguntar quién era Melonopski, o sea a confesar su ignorancia, lograba una rápida aceptación.

Si algo lo distinguió, fue su lealtad a la causa peronista y al Jefe, como designaba a Perón asemejándose en esto a Leopoldo Marechal. En el apartado siguiente, les regalo la mejor y más completa alabanza a la virtud clave de la lealtad que dejó como testamento a sus hijos. Ni Perón llegó a tal grado de desarrollo de la lealtad en su libro Filosofía Peronista.

Perón, por su parte, dio a Carrillo el mejor título que le cabía: maestro. Según Roberto Di Sandro, Perón dijo una vez: “Yo tengo un maestro del cual aprendí mucho de lo humano y su sencillez”. Preguntado por Américo Barrios: “Y ¿qué es lo que aprendió de él, General?” La respuesta fue muy reducida, pero con mucho contenido: “Aprendí esas cosas sencillas, pero reveladoras que hacen al conocimiento de la condición humana, y a las relaciones entre las personas. Algo que vale tanto como un “placer” para transitar la senda justa del hombre: la verdadera”. Y repetía: “Sólo un hombre fue mi maestro y de él aprendí algo trascendente: la condición humana y la verdad.” Admirable sencillez de Perón reconociendo una cualidad superior: la de maestro.

Cuando Carrillo arribó al Ministerio lo halló lleno de políticos “contreras” y trabajó con ellos a pesar del clima hostil que creaban. Su principio de convivencia era “no hacer nunca mal a nadie.” Jamás dejó cesante a un funcionario, aun de alta graduación, por razones de ideología política. Logró así que, en su Ministerio, no hubiera intrigas ni enconos. Dice el Dr. Germinal Rodríguez: “Carrillo no trabajó, ni para la gloria, ni para su beneficio personal”. Entremos, entonces, en los intersticios de su pensamiento. Pensemos con él la Patria y prójimo.

1.- Una palabra clave

La historia del peronismo es recorrida, desde sus inicios, por la palabra lealtad. En cierto sentido, la lealtad define a un peronista cabal. En sus escritos, Perón insiste con frecuencia en esta virtud. Si bien no se detiene en largas disquisiciones, deja en claro que la lealtad está fundada en la fe, es decir, en la confianza entre quienes deber ser compañeros y amigos, entre jefe y subordinado. No es estática. Para Perón, es una “virtud definitoria del peronismo”. Un hombre leal es un hombre en el que se puede confiar ciegamente tanto en las ideas como en la acción. En toda acción es fundamental la lealtad del compañero. Si no es leal, es un traidor. Y, ¿cómo llegar a un objetivo con un traidor?

Para el justicialismo la lealtad aporta un contenido eminentemente político. Es un condición sine qua non para lograr los objetivos comunes. Cada compañero necesita confiar en la lealtad del que marcha a su lado. Cada Pueblo necesita confiar en su Conductor. Claro que, el conductor también debe entregarse en cuerpo y alma a sus compañeros y a su pueblo: “La lealtad -lo ha expresado Perón- es la base de la acción; lealtad del que dirige, lealtad del grupo hacia sus dirigentes. La lealtad no puede ser nunca una condición a una sola punta” (24/07/1947).

Ramón Carrillo dejó en unas hojas sueltas lo que podemos considerar una herencia moral para sus hijos cuya adolescencia no pudo disfrutar a causa de su prematura muerte. Son las llamadas “diez palabras simbólicas”. No las vamos a desarrollar puesto que no disponemos de espacio. Las consignamos: solidaridad, tolerancia, verdad, conocimiento, libertad, amor, fe, alegría, utopía, honradez. Esas serían las diez virtudes del hombre, pero, para Ramón Carrillo,  lealtad es la “palabra clave”. Nos atrevemos, en consecuencias, a bautizar al texto de Carrillo que sigue con el nombre de:

3.- Himno a la lealtad peronista

 “La lealtad es una resultante de las diez virtudes del hombre.

1.- De la solidaridad: Con los humildes y desgraciados, y con todos aquellos a quienes les brinda su amistad, simpatía o afecto.

2.- De la tolerancia: Para saber perdonar al jefe, al amigo o subordinado sus pequeños errores y defectos humanos, propios de la imperfección.

3.- De la verdad: O sea la aptitud para sabérsele (sic) decir al amigo, al jefe o al subordinado, y decirle con la prudencia del sabio, la persuasión del maestro, la energía del hombre, pero decirla, si es que de su conocimiento el amigo puede escapar de la traición y la felonía.

4.- Del conocimiento: Para extraer todo aquello, que permite saber, porque se es leal a un persona o a  un ideal o a su patria. Con las personas hay que ser sólo consecuentes, pero hay que ser leal a lo que ellos representan o simbolizan.

5.- De la libertad: Porque sólo siendo independientes ( y dotado de valor) se puede afrontar las consecuencias angustiosas que tarde a temprano acarrea la Lealtad. Solo en la Libertad, se es leal sin titubeos.

6.- Del amor: Porque el amor no se conquista, ni se retiene sin lealtad, que a su vez no es más que una forma superior del amor, lo que no está alcance de cualquier desgraciado.

7.- De la fe: La fe implica confianza, porque solo se es leal a aquello en que se confía ciegamente.

8.- De la alegría: Porque no hay mayor fuente de emoción íntima y profunda que la satisfacción de sentirse leal, de no haber violado jamás la palabra dada, ni el compromiso contraído, ni el deber. Deber, palabra, compromiso, si no se cumplen, originan tristeza, angustia. Sólo la lealtad es fuente de alegría.

9.- De las utopías: Todo idealista (un grado más allá) utopista, es forzosamente leal a sus ideales y escéptico con respecto al cumplimiento total de las utopías.

10.- De la honradez: La honradez no es más que una forma parcial de la Lealtad. Se es honrado, porque antes se aprendió a ser leal; la lealtad origina la honradez humanizada e inteligente, y no la honradez estúpida y mojigata de los libros de moral.

Hay que ser honrados y comprender que otros no pueden serlo, sin humillarlos y difamarlos por eso. Enseñarles y evitar que sigan la labor fácil y no crear condiciones de organización tales que estimulen la deshonestidad.

Muchos son deshonestos porque la oportunidad y la tentación se les brinda todos los días. Sólo en último extremo castigar a los deshonestos. Pero entonces sí, castigarlos con toda la fuerza y el poder disponible.

Mucha gente roba un pan; esa persona no es deshonesta ni un delincuente. Es un hombre.”

(Ramón Carrillo)

Fuente:

CARRILLO, Arturo et alii, 2005, 2ª Edición, Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, Buenos Aires,  Carrillo Ediciones.