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por Jorge Torres Roggero

1.- Elescanear0049 simbolismo intelectual de la guerra

“Desde findes de 1955-les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual”. Pero no sólo se trataba de un pueblo sumergido y una legión de “muertos civiles”. También vociferaban los ametrallados de José León Suárez y la sombra terrible de Juan José Valle.

La novela Megafón o la guerra de Leopoldo Marechal, como las grandes obras de la literatura universal, conlleva un mensaje iniciático que sólo será develado a los que se “rompan los dientes” mordiendo la dura cáscara de sus símbolos. En su plurivocidad, también puede ser leída como un precioso y complejo Arte de la Guerra. Una especie de hilarante tratado, un irreverente Sun Tzu criollo, un manual de resistencia integral.

La acción pura – postula L. Marechal – “es una energía ciega que se destruye a sí misma cuando no recibe y acata las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Megafón su novela testamento, escrita de acuerdo con el ritmo épico de la rapsodia y organizada según “el simbolismo intelectual de la guerra”, presupone una didáctica de la “acción”. Es un tratado del soldado y su gesta en busca de una potencia oculta, de ciertas cualidades viriles integradas que obligan respecto a un preciso deber cuyo centro decisivo es una espiritualidad comprometida con la trascendencia, pero no abstraída de este mundo o patria.

La guerra es figura del devenir. Si bien su campo es lo histórico y contingente, no es menos importante su potencia simbólica, su capacidad de constituirse en soporte de una preparación ascética para la realización no de una expiación o castigo, sino de una purificación en vistas de lo no contingente e inmóvil: la eternidad.

Ahora bien, de acuerdo con un pensamiento no lineal que admite la posibilidad palingenésica, un final de ciclo es representado como una “edad de hierro” cuya “anormalidad” consiste en que el coraje se ha convertido en fuerza armada; la aventura heroica en orgullo y violencia; y la mujer, de acuerdo con la construcción de los medios y el “marketing”, en seducción y fuerza succionadora del principio más profundo de la virilidad. Deberá entenderse, por supuesto, que la referencia a lo femenino y lo masculino no está planteando en manera alguna una cuestión de género. Se trata de dos principios que aquí funcionan como organizadores de la realidad en tanto manifestación de la unidad en la multiplicidad. Constituyen por lo tanto el soporte verbal de un haz de significaciones (el haz de lo posible) muchas veces contradictorias. Marechal construye, entonces, un héroe que marcha al rescate de la mujer sin cabeza, principio vivificante, portadora de una vida que transfigura y libera al ser. El guerrero, tropos del principio viril, no pierde su modo de significar; y su tarea heroica en pos de la Mujer Escondida, configura la búsqueda, en una época de ocultamiento de la realidad principial, de la potencia que ya no posee.

Dentro de las múltiples lecturas de estos operadores geotextuales, que abarcan tanto lo contingente como lo no contingente, no se puede prescindir de algunos aspectos de la realidad textual: las rapsodias que organizan la novela relatan, con referentes precisos y reconocibles, los avatares de una Patria Terrestre que ha perdido su hombre y que espera ser liberada por un héroe (no necesariamente individual) capaz de reconquistar el estado primordial mediante la superación de pruebas que le permitan alcanzar una integración en que la calidad viril es, a la vez, potencia y conocimiento.

La guerra propuesta por Marechal es una guerra integral, cualquiera sea el plano o zona existencial en que se libre. Lo que en sentido cósmico es lucha entre luz y tinieblas, será, en un plano espiritual, contradicción entre Lucía (luz, sumo bien y belleza) y Tifonéades (Tifón, gigante derribado por el rayo jupiterino y dios del mal en Egipto); entre Patricia Bell (patria guerrera, Belona) y un patriciado infiel a su destino; entre un “pueblo sumergido” y unos «figurones externos».

El campo de batalla abarca, en Megafón (Marechal: 1970), todos los dominios de la realidad: «Erase un barrio, una ciudad, un país o un mundo» (91). Dicha multiplicidad espacial puede comprender, asimismo, un microcosmos y su compleja trama interior.

Por otra parte, toda guerra actualiza un tiempo que se concreta como historia argentina, o sea, historia de un barrio, una ciudad, un país y un mundo.

La guerra es, por lo tanto, una entrada en la historia, pero también una salida de ella. En cuanto guerra terrestre, es una guerra material por la posesión del soporte único y capaz para el salto a la trascendencia, es la “pequeña guerra santa”. Pero “la gran guerra santa” o “batalla celeste”, es la que libra el héroe contra sus enemigos interiores, contra los poderes de dispersión de su potencia. Una guerra será «santa», y en consecuencia necesaria, si se libra para reconstruir una unidad perdida, para reducir un desorden introducido desde afuera a un orden crecido desde adentro. Ahora bien, si la Patria, cuyo símbolo es la víbora, se manifiesta en el siempre indeciso suceder, la guerra configura, llegado cierto punto preciso e inexorable, su único modo de existencia, su manera de soltar la pelecha muerta.

La guerra santa, deber ambicionado, es el geotexto organizador de Megafón e ilumina su carácter de novela estructurada de acuerdo con un encadenamiento de oposiciones binarias. En el suceder, siempre se texturan contradicciones, siempre fulgura un amasijo de pugna/abrazo: oposiciones y complementación. (Vide: Cirlot (1978), Perón (1971); Andrés (1968).

Lo que sigue es apenas un esbozo descriptivo de algunos de estos elementos antagónicos que, al final, se resuelven en una reconstrucción de la unidad perdida; en una desconstrucción de la pseudo-unidad cristalizada en inmovilidad impuesta desde afuera y en una necesidad de recomenzar la guerra santa. Consideramos, entonces, algunos aspectos del introito o entrada de la novela.

Tesler es el que profiere, el profeta de la guerra santa, el que anuncia la liberación de la vida ordinaria tanto del individuo como de la patria. No es casual que Marechal, llegado a este punto, articule sus oposiciones en base al Salmo 136: se oponen en él, Sion, la ciudad verdadera y llorada; y Babilonia, la ciudad prisión y opresora.

Son los oprimidos quienes guardan el secreto de la verdadera vida y es el opresor (que al oprimir se pierde a sí mismo) quien pide el canto del oprimido: “cantad para nosotros cánticos de Sion”. Tesler marca la aparición del misterio tremendo, de la dimensión apocalíptica de la guerra. Una guerra designa, por un lado, la culminación de un mundo (de un estado de cosas) y, por otro, el comienzo de cielos nuevos y nueva tierra tras una lucha de fuerzas espirituales, cósmicas y sociales. Claro que Marechal, tal como corresponde a un hombre de hierro que yace en tinieblas y sombras de muerte, encubre el logos palaiós con un velo de humor. Jonás ya no saldrá por la boca, sino por el culo de la ballena y la fe implícita a veces adquiere un tono de pregunta: “Y escudriñando la caja trasera vio que Jerónimo Capristo dormía ya en el sueño de los hombres, el de los faunos o el de los ángeles. ¿Qué sabíamos?”.

2.- La Víbora y sus dos peladuras

La paleoargentina (la Argentina oligárquica) ha cumplido su ciclo. De acuerdo con el simbolismo de la víbora y sus dos peladuras desarrollado en Megafón, la oligarquía o “paleoargentina”, es la vuelta de espiral que ya terminó su recorrido, es un círculo cerrado. Y todo “círculo cerrado”, decía Evita, es oligárquico.

Esta es la parábola de la víbora y sus dos peladuras: “Esos fantasmas reencarnados, expuso él, constituyen ahora la exterioridad visible del país. Juran hoy en la Casa Rosada, luego dibujan su pirueta en el aire bajos reflectores, caen al fin reventados como títeres en el suelo para ceder su lugar a otros fantasmas igualmente ilusorios que juegan el destino del país en un ajedrez tan espectral como ellos. Oiga, ese cascarón fósil es la peladura externa de la Víbora.” – “¿Y quién es la Víbora?”, inquirí en mi falso desconsuelo. –“La Patria”, dijo Megafón. – “¿Por qué una Víbora?”- “La víbora es  una imagen del ‘suceder’: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava su colmillo en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un ‘suceder’ o es un bodrio”. –“¿Y cuál es la otra peladura de la Víbora?”. –“Usted habló recién de un pueblo sumergido, y yo diría que la verdad es más alegre. Cierto es que su vieja peladura lo ciñe y ahoga exteriormente; pero la Víbora ya construyó debajo su otra piel. De modo tal que ahora, mientras los figurones externos consuman la muerte de una dignidad y la putrefacción de un estilo, la piel interna de la Víbora quiere salir a la superficie y mostrar al sol sus escamas brillantes. ¿Entiende?” –“El contraste entre las dos peladuras, insistió él, fue para mí una Segunda Incitación a la Guerra.” –“¿Usted medita una guerra?”, le pregunté sin ocultarle mi asombro. –“Estoy planificando una guerra”. – “¿Con qué fin?”- “Es necesario que la Víbora suelte ya su inútil pelecho de fantasmas”.

Volví a inquietarme. “- “La guerra es hermosa cuando es necesaria”, les advertí. –“¿Y le parece que no se está dando su “necesidad” ?, repuso Megafón. –“¡La Víbora y sus dos peladuras!”, me recordó Patricia con urgencia. –“¿Quién es la Víbora?”, les volví a preguntar. – “¡La Patria!”, dijo ahora Patricia Bell.” (p.16,17)

 La neoargentina arranca, en el punto exacto donde concluyó la otra. El pueblo, fuente viva, es una espiral abierta y creciente. Pero la guerra es necesaria, porque la oligarquía aún se resistirá y como en su fase final sólo estará sostenida por aliados exteriores y mercenarios de adentro, la batalla contra la oligarquía será una guerra santa, una defensa de la propia identidad para lo cual habrá que estar calificado para un largo ayuno de poder, de riqueza o de brillo académico prestado. A esto Marechal lo escribía en 1970; hoy nadie podría negar que su profecía se ha cumplido puntualmente: mientras la oligarquía tema al pueblo, el pueblo deberá beber esta contingencia hasta sus últimas heces: “Parecería evidente -le dije- que todo lo popular le afectaba y le afecta el miocardio. Lo que aseguro es que a otro coletazo del Gran Oligarca se debió la historia reciente de Juan Domingo y aún se resistirá ¡no lo dude!, mientras un aliado interior y otro exterior lo sostenga por sus agallas” (p. 161).

Por las agallas o por la literalidad, la momia oligárquica es sostenida desde afuera. ¿Cuál es el modo de plantarse ante ella?, ¿Como el pampa Casiano o como el correntino Berón?

Casiano, indio aculturado, cicerone entre cosas definitivamente muertas, representa la expansión de la mentalidad oligárquica que convierte a los argentinos en mestizos vergonzantes: se llega a tener vergüenza tanto del abuelo indio, como del abuelo gringo, o “turco”, o “gallego”. El miedo a ser “lo que se es”, ha empujado al argentino a engrosar la innumerable procesión de los marginados del mundo. El correntino Berón, haciéndose la señal de la cruz, recrea el mundo.

Por supuesto, habrá que tener en cuenta que lo “farsesco” es un encubrimiento de los mensajes secretos latentes. De ahí el juego permanente con desplazamiento entre lo sublime y lo ridículo. La Rapsodia III, por ejemplo, comienza con una alusión a Lucía Febrero (sublime), y se va deslizando hacia lo ridículo; la Rapsodia IV, en cambio, comienza con una desublimación de las Musas y se va deslizando hacia lo sublime (Lucía Febrero). Este deslizarse entre dos polos “pero con una simetría no fácil de alcanzar y rigurosamente necesaria” reubica al lector en el comienzo: la realidad es una, y única; cualquier desequilibrio o desorden produce contradicciones y enfrentamientos entre sus polos. Será, entonces, necesaria la guerra, como lo supieron y padecieron Juan José Valle, los fusilados de José León Suárez y todos los combatientes de su estirpe.

En realidad, Marechal no es un desubicado en perplejo vaivén entre lo “concreto” y lo “universal”: su comarca (su espacio-tiempo) es lo concreto y universal. Tal lo que emana de su postulado fundante: la realidad es una sola y son múltiples sus manifestaciones, todas necesarias, contingentes y en continuo devenir. En otros términos, amplía el campo de la realidad que abarca no sólo lo que ya se ha convertido en hecho sino también “el haz de lo posible”. La historia profana es así un discurso real cuyo significado pleno puede ser cumplido en el contexto de la historia sagrada o total: “La metafísica no es un flato poético de la imaginación ni un eructo grave del sentimentalismo: es la ciencia exacta de la posibilidad absoluta y de la imposibilidad de lo imposible”.

Los argentinos, en su corto bien que trajinado trote histórico, han rezumado suficiente sudor y sangre como para comprender sus contradicciones. O el pueblo despliega su parábola, se proyecta hacia un fin de acuerdo con un principio, y acepta lealmente el destino que le toca jugar; o será movido como marioneta por el autor de un sainete en que representará la víctima ridícula de un pneuma sin Pneuma, es decir, de la literalidad o alienación: “Un pneuma sin Pneuma sopla donde quiere Tifonéades el Griego, un palurdo que se agita en la más triste literalidad”.

Megafón, cansado de roer simbolismos “que tienen dura la cáscara y el jugo difícil”, ha decidido “agarrar el toro por las guampas”. Porque no se puede “jugar un juego” con los símbolos: hay que lastimarse las manos para cortar el higo maduro.

«Porque hay símbolos que ríen y símbolos que lloran. Hay símbolos que muerden como perros furiosos o patean como redomones, y símbolos que se abren como frutas y destilan leche y miel. Y hay símbolos que aguardan, como bombas de tiempo junto a las cuales pasa uno sin desconfiar, y que revientan de súbito, pero a su hora exacta. Y hay símbolos que se nos ofrecen como trampolines flexibles, para el salto del alma voladora. Y símbolos que nos atraen con cebos de trampa, y que se cierran de pronto si uno los toca, y mutilan entonces o encarcelan al incauto viandante. Y hay símbolos que nos rechazan con sus barreras de espinas, que nos rinden al fin su higo maduro si uno se resuelve a lastimarse la mano» (El Banquete de Severo Arcangelo: 1965, 258).

Se plantea así una poética geotextual en que el lenguaje de los símbolos se cierra para el que no se compromete. Los símbolos enmudecen si no son vividos. Vivirlos significa recorrer realmente un laberinto o librar una batalla históricamente determinada. Por lo tanto, el núcleo o sentido profundo de Megafón encandila en el recinto final de Lucía Febrero. Dicho recinto o claustro es figura de la indeterminación absoluta cuyos atributos son el silencio y la noche. En la silenciosa noche (o caos primordial) sopla el espíritu. Esplenden los gérmenes de la luz y de la música. Lucía, fiat lux, es la manifestación primera de la inteligencia creadora, es logos en descenso y por eso está encadenada: “Entonces los maravilla el silencio y la noche que parece reinar en ese claustro: es un silencio en el que, no obstante, parecía bullir en germen toda la música posible; y es una noche que, sin embargo, parecería gestar en su vientre redondo todas las posibilidades de la luz. Y justamente allí, en el área central de aquella noche y aquel silencio, Megafón distingue ahora el pedestal en que se yergue ahora la Mujer Encadenada”.

Aunque caída en la materia manifestada, es el reflejo corpóreo de la Eva primera; por eso “es un canto de libertad y una risa de libertad y una danza caliente de libertad”. Lucía, luz primera, es el don que el héroe conquistó con su muerte: “Y es aquí donde Megafón, que ha triunfado, recibe de la Novia primero “la mirada”, en seguida “el saludo” y finalmente “la voz”.

Queda así revelado el misterio del nombre Megafón: os magna sonaturum. La redención es un canto de alegría, pero también una paradoja viviente ya que es el fruto de un sacrificio (sacrum facere). En tanto conciencia, Lucía crece y seguirá creciendo en la voz de Megafón; y, en cuanto ningún hombre es libre de una vez y para siempre, seguirá siendo una meta. En alguno de los tres mundos (corpóreo, psíquico o espiritual) que integran Buenos Aires, la Ciudad de la Paloma (o del Espíritu Santo) Lucía espera a los buscadores de la luz: “Al cerrar mi novena rapsodia, también doy fin al relato de los hechos que atañen a la Novia Olvidada y al Amante Perdido cuya leyenda no termina aquí. Tres mundos en superposición o tres barrios en escalada integran a Buenos Aires la ciudad de la paloma. En alguno de los tres vive aún y vivirá Lucía Febrero al alcance de los poetas que la busquen…”

3.- La encuesta del falo perdido

Megafón muere triunfante, es decir, liberado. Un hombre en lucha permanente por liberarse convierte su muerte en una abertura a lo posible, a las futuras batallas: “El fondo concreto de la gesta megafoniana está hoy, según dicen, en dos organismos iniciáticos que se ocultan uno en Villa Crespo y el otro en San José de Flores. Al parecer el de Flores consagra sus esfuerzos a estudiar la doctrina en todos y en cada uno de sus matices; y el de villa Crespo, dado más a la acción que a la meditación, trabajaría en una praxis que, a mi entender, y si ese organismo lo concretara realmente, haría polvo el esquema gris de Buenos Aires y del país entero. Se trataría de buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota inmóvil. A esa búsqueda o encuesta del falo perdido serían invitadas las nuevas y tormentosas generaciones que hoy se resisten a este mundo con rebeldes guitarras o botellas Molotov, dos instrumentos de música. El problema está en la localización exacta del falo, ya que (nadie lo duda) ese órgano fue hallado en sus días con las demás piezas anatómicas del héroe y escondido más tarde con fines traicioneros. Estaría oculto según contradictorios investigadores, en el gorro frigio de la República marmórea que tirita o suda en la Pirámide; o en los duros juanetes del Obelisco; o en el sótano del Ministerio de Hacienda y encadenado allá en razón de su peligrosidad revolucionaria; o en una caja fuerte del Banco de Boston y disfrazado según las estrategias del imperialismo; o astutamente olvidado en el friso de la catedral metropolitana. Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!”

La proposición de lucha encierra un objetivo: “buscar y encontrar el miembro viril de Megafón, su falo ausente que Patricia Bell sustituyó por uno de terracota…”

Patricia Bell (patria guerrera, Belona) deberá reencontrar a Megafón que es su propia voz perdida y que ahora yace oculta en la farsa, en la literalidad, en la inautenticidad del pelecho viejo de la víbora.

Las lamentaciones de Samuel, hijo de un pueblo sacrificial, nos anuncian una pulverización o destrucción. Y tras la destrucción se reconstruirá el miembro de la energía vital que está oculto y prisionero “debido a su peligrosidad revolucionaria”, “o disfrazado según las estrategias del imperialismo.”

Marechal culmina su novela con este llamado extraño, proferido desde las profundidades de un mundo en ruinas: “¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!” Ese era el grito de la guerra santa. Recuperada la dignidad, los compatriotas (el pueblo) serán los sujetos de esa guerra defensiva e indefectible para solamente ser. Destruir la nada para enfrentarse con el espejo terrible de la verdad, para recobrar la potencia oculta de la Patria Terrestre, para recuperar la voz por la luz.

Jorge Torres Roggero

Córdoba,19/08/17

Ver este texto completo en mi libro Elogio del pensamiento plebeyo, 2002, Córdoba, Silabario.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

ANDRÉS, Alfredo: 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Bs. As., Carlos Pérez Editor.

BUTTERINI, Giorgio A.: “La Ley de la Guerra” (en: EL MENSAJERO DE SAN ANTONIO, Año LXXXIV, N° 12, Dic. 1981).

CIRLOT, J. E.: 1978, Diccionario de Símbolos, Barcelona, Labor.

GHEORGHIU, C. Virgil: 1975, La Vida de Mahoma, Barcelona, Caralt.

GUENON, René: 1976, El Esoterismo de Dante, Bs. As., Dédalo.

MARECHAL, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana.

___________ 1970, Megafón o la Guerra, Bs. As., Sudamericana.

PERÓN, Juan Domingo: Conducción Política, Freeland, Bs. As. 1971.

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Por Jorge Torres Roggeromarechal

1.- Alguna claves

En Marechal, nada hay inocente. Inocente en el sentido originario de la palabra: “el que no sabe”. Más aún, detrás de la retórica, entre la maleza didáctica, es posible rastrear el “inicio” de un camino oculto. Sus novelas, poemas, ensayos, nos embarcan, sin más, en un argumento. Este argumento, en el sentido tradicional del término, implica siempre un relato acerca del destino, no como fatum, sino como proyecto, como orientación. El destino, como decía, René Guénon[1], es la “razón de ser” de las cosas. Martín Fierro, arrebatado por el misterio del canto, se sentaba “en el plan de un bajo/ a cantar un argumento”[2]. Era un “aliento” (pneuma, spiritus, viento) que hacía “tiritar los pastos”; y un juego libre del pensamiento: “con oros, copas y bastos/ juega allí mi pensamiento” En resumen, el argumento es pensamiento del corazón, contemplación, pero también el telar de desdichas y esperanzas con que un sujeto histórico teje rebeliones y utopías.

La síntesis de Marechal es la de un criollo que se anima a fatigar los saberes de una tradición milenaria y a poner en actividad diferentes registros de los símbolos latentes en la cotidianeidad del pueblo. Pensemos en este episodio del “Adán Buenosayres”[3].

Adán se dispone a descender a los infiernos, a la oscura ciudad de Cacodelphia, acompañado del astrólogo Schultze. ¿Y cuáles son los rituales que realizan para encontrar la entrada a las profundidades, al descenso y la prueba? Pues bien, es un contrapunto, una payada de adivinanzas tradicionales, remedios caseros, coplas y relaciones con la vieja Tecla, bruja folklórica universalizada por el humor y la parodia[4]. Se trata de un contrapunto de saberes que no son de los libros, sino de la cultura popular, transmitidos oralmente. Marechal recorrió, y amó, las provincias. En Santiago del Estero conoció el misterio de las salamancas, y también los secretos de la ciudad de Buenos Aires con sus iniciaciones y sus cultos populares.

Para él toda la creación es, en cierto modo, un libro; un libro que no deja de hablar y, en el que, hasta el mal (el pecado, lo considerado dañino) es parte viva e indispensable de nuestro mundo concreto. Si algo resulta de las metáforas de Marechal, es que son el soporte de un salto a la alegría y un cruce hacia una nueva dimensión. Téngase en cuenta, además, que según aseguraba, el hombre se balancea constantemente en la cuerda floja de lo sublime y lo ridículo. De allí el “humor angélico”, porque Marechal consideraba que todos somos ridículos, o sea, motivo de risa, por cuanto somos criaturas. Y, por lo tanto, imperfectos. Hasta los ángeles, en tanto criaturas, tienen su grado de ridiculez. En síntesis, nada de lo humano le es extraño. Yo diría que para leer a Marechal a lo mejor tenemos que desechar los presupuestos y los cánones literarios: ¿dar un salto de un registro a otro?, ¿comenzar a manejarnos con nuevos códigos? A lo mejor, con la “lengua perdida”, llamada también lengua de los ángeles o lengua de los pájaros, esa que entendía San Francisco de Asís y que muy pocos han podido recobrar. Quizás, por eso, Marechal sostenía: “Yo creo en el valor medicinal de la literatura. (…) La cura puede ser milagrosa” (en: Confirmado, 27/07/67). A partir de estas consideraciones, ¿cuál es la visión de la ciudad que le da nombre al Adán porteño?

2.- Sobre las ciudades

En la obra de Marechal conviven varias Buenos Aires. A veces le duele la ciudad entregada puramente a la acción porque “sabemos que la acción pura es una energía ciega que se destruye a sí misma, cuando no recibe y actúa según las leyes de un principio anterior y superior a ella, capaz de darle un sentido y un fin”. Contra ese aspecto se levantan voces acusadoras. “Babilonia, le gritan unos; Cartago, le dicen otros”.  Son voces que al poeta le duelen. Instintivamente enarbola un gesto en su defensa “porque amamos a Buenos Aires, y con una suerte de amor bien extraño por cierto”[5].

Pero Buenos Aires es, a la vez, una ciudad trascendente. Hablando sobre El banquete de Severo Arcángelo[6], declara: “Ud. No tiene idea de hasta qué punto nos rodean y manejan fuerzas misteriosas. Y en nuestro país particularmente (…) le aseguro que una ceremonia iniciática como el banquete es menos improbable de lo que usted piensa”. Resulta, entonces, necesario saber que sus libros esconden un sentido oculto, aparte del manifiesto. Y que lo más importante está dado por el sentido oculto. Marechal se acuerda de Goethe, que era ocultista, cuando sostenía que no todos los caminos son para todos los caminantes: “Quien no quiera o no pueda hincar el diente en la médula metafísica de El Banquete…, lo saboreará como un divertissement más…” (Confirmado, 21/10/1965).

Desde mi condición de literato en lucha con su miopía libresca, me dispongo a ingresar en las múltiples ciudades de Adán Buenosayres. Buscando más bien su costado rabelesiano (Rabelais, como Goethe, era un hermetista), nos aventuramos en el viaje de ida y vuelta del personaje: Adán Buenosayres, perdido en la multiplicidad, se dispone a agotar las posibilidades inferiores del ser antes de iniciar su ascenso tironeado tanto por el llamado de la belleza como por la vía penitencial de la redención.

2.- Ciudades de Adán Buenosayres: la Ciudad de la Gallina

Transitamos, entonces, una Buenos Aires visible entregada “al terrible y nunca dormido viento de la historia”. La ciudad y su hombre están caídos en la multiplicidad, en el amasijo informe de lo cotidiano en que se mezclan clases, conflictos sociales, sentimentales, culturales, metafísicos. Marechal dispone siempre una acción, un escenario (barrio, suburbio, casa de clase alta, glorieta, prostíbulo) y personajes que se enfrentan. El enfrentamiento abarca desde la discusión acalorada en la calle o el bar hasta la polémica filosófica. A veces concluye en una batalla campal a pedrada limpia (como en Recuerdos de Provincia de Sarmiento[7]) o en un duelo individual que se resuelve con un inofensivo alpargatazo. La teatralidad se configura, fundamentalmente, mediante encontronazos de palabras o acciones. Los personajes, frente a un conflicto, siempre se dividen en dos bandos dialogantes: representan un “agon”, un ritual mágico que revive el caos original. Como rebasamiento de la conciencia subjetiva, el caos convoca fuerzas desconocidas y revierte el individualismo. Por otra parte, el autor lo ha hecho notar,[8] detrás de cada episodio de la Buenos Aires visible revive, en modo farsesco, algún relato concreto de La Odisea o de La Ilíada o alguna elucubración en clave de los Fedeli d’Amore.

En la excursión a los bajo fondos de Saavedra, evoca algunos mitos muertos de la cultura oficial y del falso criollismo mediante ciertas parodias litúrgicas de las leyendas escolares.  Recordemos que Marechal se ganaba la vida como maestro de escuela primaria.

En tal sentido, basta recordar la aparición fantasmagórica del gliptodonte que refuta las teorías de Ameghino sobre la antigüedad del hombre en la pampa. El mensaje final de la bestia prehistórica es un buen ejemplo de la crítica al saber canónico. En efecto, el “Gliptodonte levantó la cola, dejó caer al suelo tres grandes esferas de bosta fósil y se borró en la negrura que lo había engendrado”. Ahora bien, la cultura oficial recoge las esferas y las destina “al Museo Nacional de Ciencias Naturales, erróneamente clasificada como aerolito; la otra, en el Museo Histórico, figura como proyectil de mortero arrojado en la Guerra del Paraguay; la última sostenida por dos cíclopes de hormigón armado, representa el globo terrestre en la cúpula del diario “El Mundo”. Esto no invalida la opinión del Gliptodonte cuando establece cierta analogía entre la formación del loess pampeano y la formación etnográfica de la patria que correspondería en mucho a su formación geológica: “ya que los contingentes humanos a que Samuel acababa de aludir se formarían también con elementos de destrucción, acarreados desde los ocho rumbos del Globo hasta nuestras llanuras por el terrible y nunca dormido viento de la historia”. Se instaura así una aparición dialogante del tema de la inmigración que cruza de punta a punta la novela como uno de sus múltiples metalenguajes. Introduce así a la aparición Santos Vega y el falso Juan sin Ropa, que no es otro de Ántrax, “un diablo menor, un pinche de cocina” que, cuando viaja de incógnito, usa el nombre de Progreso y que llegó al país en un momento en que las naciones “caían de hinojos para besarle el upite” al gran Satanás con la aparición del gran capital internacional. En realidad, Ántrax, confiesa: “No vengo a comprarles el alma, ¡ya tienen vendida!”

La denuncia a la oligarquía y a la defección de los intelectuales es un motivo permanente de la parodia marechaliana y se presenta como un hilarante contrapunto entre “el rigor científico y el rigor poético”. El Neocriollo, que hablaba con un “chorro de sonidos inarticulados, soltó una carcajada tricolor, se despachó con una inefable arenga política y se puso a bailar, con gracia autómata, catorce danzas folklóricas, pero no pudo ofrecer a los expedicionarios milagro alguno. Por eso, “girando sobre sí mismo, apuntó con sus nalgas a los héroes y soltó un pedo luminoso que ascendió en la noche hasta el cielo de los fijos y se ubicó en la constelación de Centauro, entre las estrellas alfa y beta. Hecho lo cual se desvaneció en la negrura”.

La melopea de los sapos-cisnes del bañado es una letanía de los usos folklóricos y científicos (brujería y terapéutica) con que los hombres atentan contra su frescura natural y poética. Silenciosamente, el texto avisa aquí y allá, proponiendo mensajes simbólicos: “las aguas infernales”, “el silencio del espíritu sin la esperanza del Verbo”, el misterio del Cuaderno de Tapas Azules.

Tras la regocijante payada entre Franky Amundsem (inmigración nórdica y rica) y el payador Tissone (“italiano de origen y aborigen de La Paternal”), Samuel Tesler confiesa su devoción por la sabiduría popular portadora de una misteriosa ciencia infusa que relaciona con la kabalá: “abominó en público de la ciencia erudita que profesaba, y anunció que solo escucharía en adelante las voces del saber gnómico, infuso en los humildes por el muy alto y muy escondido Tetragramaton”.

Es Samuel Tesler quien bautiza a la Buenos Aires visible. Samuel anticipa a Adán el título de una obra que está escribiendo: “La Ciudad del Búho contra la Ciudad de la Gallina”: “Desplumo la gallina y la meto en la olla hirviente de mi análisis. Le añado el choclo de la melancolía y el alegre perejil del sarcasmo”. Según Adán, será un buen ejemplo de nuestra literatura: “un pucherete a la criolla”. Samuel sostiene que, a través de su obra, “se verá un pueblo cacareante que remueve la tierra con sus patas afanosas y que picotea día y noche sin acordarse de la triste Psiquis, sin levantar los ojos al cielo, sin escuchar la música de las esferas”. Entonces, es cuando propone “que la paloma del Espíritu Santo sea cambiada por una gallina bataraza en el escudo de Buenos Aires”. La Ciudad de la Gallina será entonces unos de los nombres de la gran metrópoli que frecuentamos, azorados, los argentinos que no podemos viajar a París. Pero hay otro nombre para la ciudad que Adán peregrinó con su “grupo ebrio de la nave de locos”, camino hacia la Venus Terrestre, la Venus demónica y popular. Ciudad visible, cuya vigencia niega con un acto negativo que destruye la primera negatividad de la cultura oficial. Rito oscuro y necesario para matar la muerte en la también conocida como apocalíptica Ciudad de la Yegua Tobiana.

3.-Cacodelphia, Calidelphia, Philadelphia

Veamos ahora la contracara de la Buenos Aires visible sumida en la desorientación y tristeza que nace de lo múltiple. El astrólogo Schultze las llama Cacodelphia y Calidelphia. La primera, ciudad atormentada, nos sume en un descenso a las oscuridades, a las zonas inferiores del ser que es nuestra obligación agotar para poder iniciar el ascenso a la segunda, ciudad gloriosa. Pero el caso es que no son dos ciudades mitológicas. Existen realmente. “Es más, dice el astrólogo, las dos ciudades se unen para formar una sola. O, mejor dicho, son dos aspectos de una misma ciudad. Y esa Urbe, solo visible a los ojos del intelecto, es una contrafigura de la Buenos Aires visible”. Y aquí volvemos a Goethe: no todos los caminos son para todos los caminantes. Quien no quiera hincar el diente en la “médula metafísica”, lo mismo se va a divertir.

Lo cierto es que el Adán porteño quedará, al final de la novela, sumergido en el último círculo del infierno, al “borde mismo de la Gran Hoya” frente a la inmensa masa de gelatina, especie de molusco gigante: “Es el Paleogogo”, me advirtió Schultze gravemente”. Y Adán lo define con una retahíla de dichos populares que concluye con el sonoro: “Solemne como pedo de inglés”. El personaje, azorado, está en el fondo del infierno, pero, a la vez, triste ante la manifestación de lo diverso de la Buenos Aires visible, confiesa que sólo le fue dado rastrear al Verbo “por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje”. En un mundo de “capitalistas desalmados e inspectores coimeros”, Adán “levanta sus ojos hasta el Cristo de la Mano Rota”.

Veamos, ahora, cómo lo teatral, a que aludíamos antes, se manifiesta mediante el registro de la farsa. Adán Buenosayres, oscilando entre lo ridículo y lo sublime, funciona permanentemente como la memoria en acto del pueblo. Es la memoria como preservación de las promesas y potencialidades que han sido reprimidas por la civilización hegemónica del occidente anglosajón.

Ahora bien, las liturgias de la cultura popular suelen manifestarse mediante lo farsesco. Sus componentes se presentan heterogéneos y mezclados. Los especialistas hablan de burla, broma, parodia, donaire, humor, sátira, danza. En efecto, la farsa tiene que ver con la imaginación, la inspiración, la locura y la religión. Frente al mundo oficial, construye un anti-mundo inseparable de la libertad. Pone de relieve una verdad no oficial que no es autoritaria ni restrictiva y se relaciona con lo utópico y con la risa. La risa no respeta prohibiciones. El poder nunca habla el lenguaje de la risa porque la risa vence el miedo y lo amenazante. La risa ha sido siempre un arma del pueblo porque, de lo farsesco, nace un sentido participacional intenso. Es un canto de alegría vital. No es representación, es vida. Articula razón y sin-razón: es la imaginación de paso a una luminosa suprarracionalidad. Como apertura hacia aquello que podemos ser, hace estallar las grietas estructurales. En consecuencia, lo farsesco es un cuestionamiento a la seriedad de las minorías dominantes. Pero no puede enfrentarlas directamente, por eso recurre al humor. Amasijo de ternura, cariño, deseo, es algo distinto de lo estrictamente político: es “hacerse el loco”, es reírse del desorden introducido por las minorías explotadoras. Pensemos que el Adán…fue iniciado y escrito a lo largo de la Década Infame y publicado en 1948, en plena exaltación, victoriosa y desenfadada, de la cultura de la fiesta. Recordemos que la novela fue reprimida por intelectuales serios, por la cultura letrada, por los consagrados por el canon, que acusaron el golpe de la risa marechaliana hondamente arraigada en la tradición popular criolla, en la cultura no canónica de occidente (Rabelais), en el desarrollo paródico del relato clásico (Homero) y con una apertura a lo metafísico y suprarracional (San Isidoro, Dante, Guenon).

4.- La farsa como profecía

Tomando lo farsesco como negación de la vigencia de los cánones impuestos por la cultura oficial, hemos elegido un episodio del infierno zchultzeano por su actualidad y su carácter de vaticinio. El escenario: un recinto parlamentario, bancas en hemiciclo, tribuna presidencial, palco de prensa, barra. Una escena: los diputados en sus bancas, el presidente en su tribuna, los cronistas en sus pupitres. El Parlamento funcionaba casi sin ruido, con cierta deshumanización en los gestos que hacía pensar en una máquina bien aceitada.

Frente al hemiciclo, sobre un pedestal, estaba sentado un extraño personaje: “era un hombre rústico, de facciones tostadas y expresión atónita, que vestía bombachas de campo y un poncho de vicuña muy raído; en la base del pedestal se veían canastos de rosas y placas de mármol cuyas letras decían: A Juan Demos, homenaje de sus apasionados admiradores.” Los diputados discuten largamente la manera de computar el quorum. Los nombres de los legisladores son alegóricos, puesto que guardan una relación causa-efecto con lo que representan. Veamos algunos: Olfademos, o sea, “olfa” del pueblo; Plutófilo, o amante del dinero; Asinus, es decir, burro; Úngula, uña, cierta alusión al latrocinio; Vulpes, la vulpeja o zorra astuta siempre dispuesta a engañar; Cacófono, que suena mal. Se podrían agregar otros: Aristófilo, Equis, Alpha, Corno, Psittacus, Lunch que dan señales de preocupaciones seudoculturales, de afición a la comida o una excesiva despreocupación.

Todos estos diputados discuten acaloradamente banalidades reglamentarias. Por fin, se impone una moción. Entonces, Olfademos se dirige a Juan Demos y le pregunta: “¿Qué le parece don Juan? ¿Ha visto como acabo de jugarme a fondo por Ud.?”

Don Juan le responde: “Lindo”, pero aclara que no entendió gran cosa de lo que decían los doctores: “Eso sí, tengo bastante frío: este poncho viejo parece ya una telita de cebolla” (p.701).

Los diputados se pelean. Úngula hace moción de que se cierre una ventana; Aristófilo mociona que se cierren dos ventanas, pero Lunch propone que se cierren todas las ventanas del recinto. Esta moción es aprobada por aplastante mayoría.

Satisfechos, los diputados continúan discutiendo aspectos puramente formales. Votan una y otra vez sobre interpretaciones descabelladas de formalidades reglamentarias. Visto el resultado, el diputado Cacófono se ufana de haber ganado una batalla para Don Juan Demos. Pero el hombre del pedestal contesta: “Algo voy entendiendo ahora. Es como jugar a la taba, ¿no es cierto? Sale culo una vez, y otra sale suerte. ¡Lindazo! Pero dicen por ahí, silabeó Don Juan, que entretanto, y bajo cuerda, ustedes andan malvendiendo mis cositas a los gringos. El caso es que tengo hambre.”

Al escuchar esto, el diputado Equis, interrumpió diciendo: “Estamos en el país del trigo”, y mociona para que se le sirva en el acto “un café con leche, pan y manteca”, pero Vulpes considera indecorosa la moción y propone que el café con leche sea con tres medialunas. Alpha, sube la apuesta y mociona cinco medialunas. Por fin, Asinus llega al climax demagógico: “Que se le sirvan todas las medialunas del buffet”. Por supuesto, gana la moción de Asinus y luego, “los legisladores recobraron sus actitudes mecánicas y el debate se reintegró a un tono de indecible melancolía”.

No estamos hoy en la esmerada Ciudad del Orgullo del infierno zchultzeano. En nuestros días, Asinus, Cacóphono, Alpha, Olfademos, Úngula, Vulpes, Antrax, sin distinción de géneros, “andan malvendiendo nuestras cositas a los gringos” aunque, como dice Juan Demos, el ponchito está viejo, la telita gastada y, por qué no decirlo, el hambre acosa.

Resulta que, en la actual y concreta patria visible, nuestros representantes se votan aumentos desmedidos de sueldo y luego tienen que dar marcha atrás. Paralizan la actividad legislativa y se suspenden plenarios de comisiones porque se han vuelto viajeros. Los medios de comunicación difunden, desde EE.UU., “autofotos” con un minibús rebosante de sonrientes parlamentarios argentinos disfrutando (¿pagados por quién?) el desenlace de los comicios estadounidenses en que se resuelve la disputa entre Donald Trump e Hillary Clinton[9]. ¿Habrá algún premio por vender “nuestras cositas a los gringos”, como decía Juan Demos?

Pero abandonemos la Ciudad del Orgullo. Volvamos a Villa Crespo. Adán Buenosayres, sumido en la noche oscura del alma, desde el fondo de su dolor penitencial, sueña una no-ciudad venidera. No existe, pero es “la razón de ser” de la esperanza. Es Philadelphia: ella levantará “sus cúpulas y torres bajo un cielo resplandeciente como la cara de un niño (…) Una muchedumbre pacífica y regocijada frecuentará sus calles: el ciego abrirá los ojos a la luz, el que negó afirmará lo que negaba, el desterrado pisará la tierra de su nacimiento y el maldecido se verá libre al fin (…) Porque Philadelphia será la ciudad de los hermanos y conocerá los caminos del cielo y de la tierra, como las palomas de buches rosados que anidarán un día en sus torres enarboladas, en sus graciosos minaretes.”

Por supuesto, esta visión no suprime los aspectos aparentemente farsescos de la “ciudad de los hermanos”, porque, después de todo, no son extraños a la turbulenta realidad de la Buenos Aires visible donde los hombres “no se robarán las botellas de leche, no pondrán la radio a toda voz”, ni “se llevarán por delante”.

Ciudad de la Gallina, Ciudad de la Paloma, Ciudad de la Yegua Tobiana, Cacodelphia, Calidelphia, soñada Philadelphia, Buenos Aires es la amada ciudad que, según Marechal, “universaliza nuestras esencias”. Borges[10], en épocas en que era el compañero “criollósofo y gramático” de Adán Buenosayres (1929) asistió a su fundación mítico-poética: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / la juzgo tan eterna como el agua y el aire.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 24/11/2016

Bibliofrafía básica:

[1] GUÉNON, René, 1987, El Simbolismo de la Cruz, Buenos Aires, Ediciones Obelisco, Cfr.Cap. VII, “La resolución de las oposiciones”

[2] HERNÁNDEZ, José, 1960, Martín Fierro, Buenos Aires, Eudeba. “Me siento en el plan de un bajo/ a cantar un argumento. / Como si soplara el viento/ hago tiritar los pastos. / Con oros, copas y bastos/ juega allí me pensamiento.”

[3] MARECHAL, Leopoldo, 1948, Adán Buenosayres, Buenos Aires, Sudamericana. Todas las citas son tomadas de esta edición.

[4] “Juntando a los canes en torno suyo, doña Tecla se arremangó las polleras y enaguas, y soltó el pedo más retumbante que yo había oído en este mundo: – “¡Busca, busca! – le gritó a la jauría- ¡Busca, Pastor! ¡Busca, Diente!”

[5] ANDRÉS, Alfredo (reportaje y antología) 1968, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez Editor.

[6] MARECHAL, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.

[7] SARMIENTO, Domingo Faustino, 1948, Mi defensa. Recuerdos de Provincia. Necrologías y biografías, Obras Completas III, Buenos Aires, Editorial Luz del Día.

[8] MARECHAL, Leopoldo, 1966, Cuaderno de Navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana. Vide: “Claves de Adán Buenosayres”.

[9] Cfr. DIARIO REGISTRADO, martes 8 de noviembre de 2016, “Legisladores viajaron a presenciar las elecciones estadounidenses y estalló la polémica”. Vide et. la fotografía subida por la diputada Graciela Camaño@Graciela Camano: “Rumbo a los centros de votación de Virginia y Mariland (sic)”

[10] BORGES, Jorge Luis, 1966,  Obra poética (1923-1966), Buenos Aires, Emecé, “Fundación mítica de Buenos Aires”( 1929). Según los críticos, en Adán Buenosayres, el personaje Luis Pereda es Jorge Luis Borges.

(Las siguientes consideraciones giran en torno las “Jornadas de literatura (creación y conocimiento) desde la cultura popular” que organizan desde hace 20 años las cátedras de Literatura Argentina I y II e Historia del Pensamiento Latinoamericano de la Escuela de Letras, Facultad de Filosofía y Humanidades, U.N.C. También intentan ser un homenaje a Julio Cortázar.)

                        “¡Qué risa, todos lloraban!”

Cortázar

Estoy releyendo el capítulo “Verano en las colinas” de La Vuelta al día en ochenta mundos, tomo I. julio_cortazar2Es el momento en que Teodoro W. Adorno salta aviesamente sobre las rodillas de Cortázar. No sin algunos arañazos, comienza a jugar con el escritor e interrumpe el  recuerdo de ciertas coincidencias argentinas que se han infiltrado en plena creación de un episodio novelesco. La digresión versa sobre la carencia de naturalidad y humor de los argentinos  cuando se disponen a escribir sus memorias. Publican textos que son tímidos productos de la autocensura. En general, piensa, son “memorias vicarias”. Bajo la sonriente vigilancia de los críticos, no se deschavan, se esconden, “constituyen domicilio legal en sus novelas”.

Teodoro W. Adorno ha interferido en la escritura de Cortázar y también en mi lectura. Por las hendijas de invisibles huellas comienzan a reescribirse en mi cuerpo ciertas memorias sobre las “I Jornadas de literatura (creación y conocimiento) desde la cultura popular”.

Cuando se realizaron esas primeras jornadas, dedicadas a memorar a Eduardo Gutiérrez y las proyecciones de su obra en la cultura popular, nos habíamos propuesto “producir con lo que tenemos y desde lo que somos”. Reunimos a profesores, a estu­diantes, a maestros, a simples lectores y nos pusimos a discutir las treinta y siete ponencias presentadas.

En las segundas jornadas, nos dedicamos a averiguar sobre los maestros rurales escritores y le rendimos homenaje a Polo Godoy Rojo. El puntano llegó asegurando que él no era nadie para hablar en una universidad y concluyó vertiendo su sabidu­ría a un auditorio silencioso y famélico de verdades encarnadas. Se presentaron cua­renta ponencias y la discusión fue fructífera en tanto se creó un ámbito donde todos decían y todos escuchaban, donde se borraba la separación docente-alumno porque todos participaban en una búsqueda, todos se animaban a tantear fuera de los méto­dos, es decir, de los caminos ya trajinados por otros. Se trataba, según la enseñanza del maestro L. J. Prieto[1], de experimentar alguna vez que el saber no se constituye con citas por bien organizadas que estén, ni con la bibliografía de moda por más actualizada que luzca. Es jugarse en el intento de pensar desde los textos, de enredarse y desenredarse sin cesar en la urdimbre simultá­nea e indivisible de la lengua; de atar y desatar los nudos de la tra­ma hilachenta y viva con que la escritura se construye y des-constru­ye a la vez, enhe­brada en la lanzadera de lo contingen­te: ¿cómo capturar la imagen  móvil de la reali­dad, del remolino incesante del acto creador?

Las terceras jornadas  del encuentro docente estudiantil ocurrieron  los días 28 y 29 de septiembre de l995 y estuvieron dedicadas a tres recordaciones insólitas: (a) los l50 años de la aparición de Facundo, (b) los cincuenta años del l7 de octubre y (c) los veinticinco años de la muerte de Leopoldo Marechal. Queríamos retozar (como diría Sarmiento) en lo informe, en lo revulsivo; saltar alegremente de la civilización a la barbarie, de la alpargata al libro, de lo sublime a lo ridículo como un simple modo de ser.

¿Cómo no mezclar a ese Sarmiento que escribía con carbón en los baños de Zonda su consigna civilizatoria con aquellos cabecitas negras que, tam­bién con carbón, escribían esperanzas de redención en tapias “rosadas”, que efundían “luz íntima”, en las que un día Borges encontró la ternura y conjeturó la eternidad?[2]

Ya Sarmiento nos incitaba a arrojar el andador académico cuando en El Mercurio[3] del 3 de junio de l842 nos proponía cierto modo de vivir en la historia por la manera de escri­bir:

          

“Adquirid ideas de donde quiera que vengan, nutrid vuestro espíritu con las      manifestaciones  de los grandes luminares de la época; y cuando sintáis que vuestro pensamiento a su vez  se despier­ta, echad  miradas observadoras sobre vues­tra patria,­ sobre el pueblo, las costumbres, las instituciones, las necesida­des actua­les, y ense­guida escri­bid con  amor, con cora­zón, lo que os alcance, lo que os antoje, que eso será bueno en el fondo­,  aunque la forma sea inco­rrec­ta; será apa­sionado aunque a veces sea inexac­to; agrada­rá al lector­ , aun­que rabie Garci­laso; no se parecerá a lo de nadie; pero bueno o malo será vuestro, nadie os lo dispu­ta­rá. En­tonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, ha­brá bellezas. La crítica  vendrá a su tiempo y los defectos desapa­rece­rán”

La cuestión es descubrir que el libro que cotidiana­mente sacralizamos lleva implícita una contra-escritura invi­sible que hace  que su escritura sea existencialmente “con corazón”, o por lo contrario, una mera reificación del discurso. En la cosa escrita se fijó tradicionalmente la uniformización del sentido. Nuestra tarea consiste en dejar que hable el único sujeto cultural auténtico, el pueblo, que en lo profundo, habla (gestiona) desde un logos no escrito, desde sus raíces. El 17 de octubre fue así inscripto en la conciencia de los argentinos venideros como “un grito de corazón”. Desde entonces, se lo puede denostar, pero no se puede estar sin él, como, según S. Taborda, sucede con Sarmiento. Del solo estar y del solo hablar surgirán, en consecuencia, las preguntas que formulamos a quienes  modelizan lo que el habla no puede concretar, es decir, los escritores. Animarnos a caminar con el pueblo, co­do con codo, puede ser una buena práctica creadora y un buen método de investigación que se inicia de una manera absurda: desapren­diendo.

Hasta dónde nos hemos animado, en total libertad de tonos y tonadas, es lo que se intenta mostrar en nuestras jornadas. Por supues­to, se nos ocurre que lo mejor no está en los textos presentados, sino en el discurrir de las comisiones, en el libre transmitir de los plenarios.

Y aquí retorno a La vuelta al día en ochenta mundos. Podría hablar con Cortazar del extrañamiento del que escribe (curiosa coincidencia con los formalistas rusos), de la escritura por dislocación, de la excentricidad, de la falta de humor de los escritores argentinos, de cierta genealogía del humor en nuestra literatura. Pero solo me detendré a recordar por qué el gato negro, que ahora jugaba en sus rodillas, se llamaba Teodoro W. Adorno. Si bien no dejaba de ser un homenaje indirecto al pensador alemán, era  más bien el resultado de ciertas prolijas glosas de tres personajes de una novela que estaba escribiendo. En el pasaje, que al fin suprimió, tres argentinos residentes en París, “nada serios ni importantes, discutían el problema  de los suplementos dominicales de los diarios porteños”.

Resulta que en el material literario que les mandaban desde el Río de la Plata publicaban algunos sociólogos que abundaban en citas del célebre Adorno, “cuyo vistoso apellido parecían querer aprovechar literalmente cosa de que sus ensayos les quedaran padre”. Casi todos los artículos aparecían constelados de citas de Adorno, también de Wittgenstein. ¿Cómo bautizar al gato negro? ¿Tractatus o Teodoro? Parece ser que el gato, que arañó las rodillas de Cortázar, se sintió menos deprimido de llamarse Teodoro.

Ahora bien, según uno de los personajes, veinte años atrás habría tenido que llamarse Rainer María, más tarde Albert o Williams y, posteriormente, Saint-John Perse o Dylan. De tal modo, agitando viejos periódicos, el personaje estaba en condiciones de probar que los sociólogos colaboradores de esas columnas “debían ser en fondo el mismo sociólogo, y que lo único que iban cambiando a lo largo de los años eran las citas, es decir que lo importante era estar a la moda en esa materia y evitar-so-pena-de-descrédito toda mención de autores ya usados en el decenio anterior” (p.23). No importaban entonces las firmas al pie de los artículos ya que lo único interesante era descubrir cada tantos centímetros la cita de Adorno. Aunque ya empezaban a vislumbrar que pronto le tocaría el turno a Lévi-Strauss.

Cortázar, en realidad, está tomando con humor la advertencia que nos hiciera L.J.Prieto. Sucede que ciertos académicos no pueden escribir ni una reseña sin la consabida referencia a lo que solemnemente se denomina la “crítica actual”. Existen así las viudas de ciertas corrientes o autores ultímisimos a los que se cita venga o no venga al caso y, sin los cuales, un trabajo crítico carece de valor académico. Se suelen olvidar que  muchos de  los más actuales teóricos de los centros hegemónicos del poder mental  lo único y lo mejor que hacen es reactualizar (volver a poner en acto) algún pensador clásico de su propia tradición literaria o de la ya redundante lógica  de la cultura dominante. Esos mentores, por otra parte, sumidos hoy por hoy en una apremiante desorientación, es poco lo que nos pueden aportar, salvo algunos retazos de decadencia. Ha llegado la hora de hacernos cargo, de tomar nuestra realidad, nuestros dichos y nuestros hechos como objeto de estudio. Tantear el estado latente de la realidad. Sin miedo, sin considerar que  para ingresar a un texto hay que ponerse traje y corbata. Es que también a los críticos, en el momento de sentarnos a escribir, nos pasa lo que Cortázar atribuía a nuestros escritores:

 

“¿Por qué diablos hay entre nuestra vida y nuestra literatura una especie de “muro de la vergüenza”? En el momento de ponerse a trabajar en un cuento o en una novela­, el escri­tor típico se calza el cuello duro y se sube a lo más alto del ropero. A cuántos conocí que si hubieran escrito como pensaban, inventaban o hablaban en las mesas de café o en las charlas después de un concier­to o en un match de box,  ha­brían conseguido esa admiración  cuya ausen­cia  siguen atri­buyendo  a las razones deploradas con lágri­mas y folletos por las  sociedades de escritores.” (p.56)[4]

Y cierro con el insólito epígrafe. Cortázar se los cuenta y Uds. saquen sus conclusiones: “Entre las frases que más amé premonitoriamente en la infancia, figura la de un condiscípulo: “¡Qué risa, todos lloraban!”. Se refiere a que los argentinos nos sentimos obligados a “escribir en serio”, “a ser serios”, a sentarnos  “ante la máquina de escribir con los zapatos lustrados y una sepulcral noción de la gravedad-del-instante”.

Tengan en cuenta esto los que hablan de un “país serio”, de estudios serios, y quienes se sientan a escuchar una lectura de poemas o una ponencia con una seriedad “entendida como valor previo a toda literatura”. Esa presuposición  puede resultar, según Cortázar, “infinitamente cómica”. Como la seriedad de los velorios. Es mejor, piensa, mirar o escribir “por falencia, por descolocación”, porque la realidad es “flexible y porosa”: “escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto,  piedras preciosas”. Dicho de un modo más directo, Cortázar propone que tanto el escritor como el lector vivan, escriban y lean amenazados “por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos” (p.35).

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, U.N.C.


Bibliografía y notas:

[1] PRIETO, Luis Jorge, 1993, “Más allá del amor por las palabras”. Entrevista de Beatriz Molinari: En La Voz del Interior, 4D, 15/04/1993.

[2] Cfr. Sarmiento, Domingo Faustino, 1962, Facundo, Buenos Aires, Editorial Sur. Sarmiento pintó con carbón  en una sala de los baños de Zonda: “On ne tue point les idées”. Atribuye erróneamente la frase a Fortoul y la traduce criollamente: “A los hombres se les degüella; a las ideas no”; Cfr. Et. , Borges, Jorge Luis, l953, Historia de la eternidad, BuenosAires, Emecé: “Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado”, p. 39. Sabido es que los primeros peronistas, de muy precarios recursos, escribían sus consignas en las paredes con car­bón y tiza. Entre sus famosos estribillos había uno que de­cía:”Con tiza y con carbón/lo queremos a Perón”.

[3] Sarmiento,D.F., 1909, Obras Completas, Tomo I, Artículos Críticos y Literarios, Belin Hnos., París.

[4] Cortázar, Julio, 2009, La vuelta al día en ochenta mun­dos, Tomo I, Buenos Aires, Editorial S.XXI.