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por Jorge Torres Roggero

Imagen (44)1.- Avatares del símil del río

Desde que Heráclito, 500 años antes de Cristo, nos legó un retazo de su pensamiento con el símil del río, los filósofos se encargaron de despojar la sentencia de su valor simbólico (iniciático) y encolumnarla en el pensamiento causal. El río dejó de ser un simbolismo secundario del profundo simbolismo de las aguas y pasó a ser una alegoría del pensamiento causal (la vieja sinécdoque), recurso retórico para expresar la traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple.

Platón (en Crátilo) fue el primero en dar la versión que se cita con más frecuencia: “no se puede entrar dos veces en el mismo río” para centrarse en el movimiento del agua. El fragmento del Oscuro de Éfeso dice en realidad: “En el mismo río entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”. Heráclito se centra en el juego de las contradicciones opuestas y complementarias que rigen el universo: el río cambia (corriente) y no cambia (cauce) que es lo permanente  y guía la dirección del agua. Como no es tema de estas líneas, resumamos: el cauce del río es el Logos que “todo rige”, la “palabra” que ordena y organiza el cosmos: ¿puede existir una “unidad armónica” hija del azar y de la ciega fatalidad? ¿Hay una ley fatal regida por odio? ¿Hay una ley del corazón regida por el ritmo sagrado de la totalidad viviente? ¿Por qué dice Heráclito que “El pólemos ( la guerra) es el padre de todas las cosas”? ¿Cómo el conflicto es al mismo tiempo armonía, “respiración”  del universo? Pero veamos otro río.

Alguna vez, en nuestros desvelos escolares, nos topamos con un río trágico. Es aquel de Jorge Manrique que nos interpelaba, adolescentes, con la rotunda verdad de la conciencia de la muerte. ¿Quién no se levanta, alguna mañana, recitando inconscientemente, disfrutando belleza y palpitando finales: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/ que es el morir:/ allí van los señoríos,/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.” Da mucho rollo para escribir la estrofita. Por ahora, se la dediquemos, solemnemente, a Magnetto et caterva.

Siguiendo con las alegorías recordemos que nuestra Patria tomó su nombre de un río. Cuando era chico me rompía la cabeza para saber por qué el Río de la Plata era  “el río epónimo”. En 1910, Lugones lo enalteció como creador de “nuestro linaje”. “A tu linaje/ como en la gloria mágica de un cuento,/ ser habitantes del País del Plata/ con orgullo magnífico debemos”. Y ya refiriéndose al destino solar y civilizador que el iniciado Lugones atribuía a nuestra patria, lo emparienta con los ríos sagrados: “Moreno como un inca, (…)/  formas con el Ganges de los dioses/ con el Danubio azul de los Imperios,/ la noble tribu de aguas que penetra/ de cara al sol en el Océano intérmino/ como mueren los héroes antiguos/ en la inmortalidad de un canto excelso”.

Así la cosa, como literatos, no nos deja de halagar que llevemos el nombre de un poema: La Argentina del lujurioso arcediano del Barco Centenera. Allí se habla del “argentino reino”, del “argentino río”: “De nuestro río Argentino y su grandeza/ tratar quiero en el canto venidero”. Sabemos que el Río de la Plata fue una trágica obsesión de los conquistadores, río de miserias y hambrunas, donde, según Borges, “ayunó Juan Díaz y los indios comieron”. Oviedo, el primer cronista de Indias, lo llama “una de las más notables cosas del universo” que esconde secretos y  tesoros. Por eso lo consagra “como una esperanza en lo de adelante”. Los herederos del nombre (no en vano relativo a la “edad de plata”), andamos todavía en busca de esas “cosas misteriosas”. Nuestros escritores trataron de descifrarlo en vano hasta en sus afluentes: El Mar Dulce,(Roberto J. Payró), El río oscuro (Alfredo Varela), La ciudad junto al río inmóvil (Eduardo Mallea), El río de las congojas (Libertad Demitrópulos). Son muchos más y alargaríamos la lista en vano. ¿Qué decir de los autores jóvenes del Conurbano que, en sus novelas, transitan simbolismos de aguas contaminadas que “zombifican”, producen monstruos teratológicos y catástrofes (Berazachussets de L. Ávalos Blacha, El campito, de D. Incardona)? Aunque tengo más rollo por si se precisa dar lazo como dice el sabio Martín Fierro, vuelvo, tras algunas aproximaciones que podrían ser incontables, a ciertas alegorías actuales del río

2.- Mauricio Macri: el río del cambio sin brújula

Macri, desde su reposera de Villa la Angostura, nos invita a brindar “por el tiempo que está por venir” de modo que, el año nuevo, sea un “nuevo comienzo”. Su propósito evidente es alentarse a sí mismo y alentar a sus seguidores que se derriten en lamentaciones “porque el cambio que comenzamos a hacer en 2015 quedó inconcluso”. Y aquí viene la alegoría. Dentro de la lógica cotidiana, nada puede detener que las cosas cambien. El cambio es una ley fatal y es independiente de los gobiernos. Pero el cambio por sí mismo no garantiza algo mejor. Para Macri, el cambio es la “dirección en la que íbamos”, o sea, “todo igual pero más rápido” como le confesó Vargas Llosa. El cambio, supone, es una “fuerza transformadora de la época”. “Dirigirse hacía ahí”, obedecer a “la energía del cambio”, son todas apelaciones aspiracionales sin referencias concretas (destino, dirección, lo no existente o sea el futuro). En once renglones repite nueve veces la palabra cambio sin definirla, salvo “la dirección en que íbamos”. No hace falta definir ese cambio: los argentinos lo sentimos en cuero propio. Solo el vano consuelo de estar incluidos en la expresión vulgar: “todo cambia”.

Ante la necesidad de decorar el vacío de su pensamiento, Macri (o sus redactores) recurre a la tradicional alegoría del río: Si tuviera que usar una imagen diría que el cambio es como un río. Avanza de forma imparable. Si el río encuentra obstáculos, los supera. Si esos obstáculos son grandes se desvía todas las veces que sea necesario pero siempre vuelve a su rumbo. El zigzag no cambia ni un milímetro el destino del río. Es más, a veces, cuando un obstáculo trata de encerrar al río, el río se acelera, adquiere más fuerza y se vuelve más poderoso. Por eso, entremos en esta época nueva que comienza con la alegría y la convicción de saber que el cambio nos llevará al destino que anhelamos. El río avanza sin parar.”

Muy extraño el río del cambio. Cuando se desvía, cómo hace para volver “a su rumbo” si no sabemos nada del cauce. ¿Cuál es el destino del río? ¿Cuál es el obstáculo? ¿El obstáculo acelera? El río nos llevará al “destino que anhelamos” porque el “cambio” es un río que “avanza sin parar”. Somos un río sin cauce, una fuerza ciega, que va, ¿a dónde? Falta el sustrato cultural que, cuando es auténtico, comprende tanto a la cultura popular como a la ilustrada, y además una historia y una filosofía de la historia.

3.-Juan Perón y los aluviones del pueblo

Juan Domingo Perón (Descartes), en su libro Política y Estrategia  recurrió a la alegoría del agua que fluye y a la fuerza del cambio. El símil aparece en un capítulo titulado “Lucha contra los pueblos”.

Para ello hace pie en una premisa que sostiene que los dirigentes políticos piensan que ellos “son quienes dirigen y encauzan la evolución de los pueblos”. Obsérvese cómo en el texto citado ya está la imagen del río. En efecto, Perón dice “encauzan” y no es una falta de ortografía: “encauzar” significa “abrir cauce”. No se refiere a “encausar”, de “causa”, o sea lo que está en el pasado.

En realidad, dice Perón los que “abren cauce” son los pueblos: “Es así como las grandes transformaciones político-sociales se encauzan por los grandes movimientos populares que llevan a “LA HORA DE LOS PUEBLOS”. En las grandes revoluciones, postula, “los hombres son el instrumento del pueblo y las oligarquías se destruyen o desaparecen”.

Y aquí viene la parte del texto en que se nota que Perón, a diferencia de Macri y sus amanuenses, atados al sentido común de una clase media seudoilustrada, es poseedor de una cultura humanista superior. Tiene, por lo tanto, una mirada abarcadora de la historia de la humanidad. Plantea, entonces, que la historia del mundo “ha sido la lucha del pueblo con la oligarquía”. Considera que Grecia, Roma, Edad Media, son sólo largas etapas de esa lucha. Por su parte, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa “son dos fases violentas que la patentizan”. Por último,  quedan los imperialismos actuales que sólo son nuevas etapas “de los pueblos en lucha contra la esclavitud interna e internacional”. La conclusión de la introducción no deja dudas, no es el vacío de contenido, no es la indeterminación estéril o el optimismo bobo: “Hoy, como en todas las épocas de la historia universal, deben vencer los pueblos”. Como decía Heráclito, el “pólemos”, “padre de todas las cosas”, se realiza en sujetos históricos concretos. Y aquí viene la alegoría del río de Perón que él llama “la táctica del agua”: son los aluviones del pueblo como la famosa sudestada de octubre que inmortalizó Scalabrini Ortiz, cuando el río de las congojas entró a la ciudad:

“Muchos han despreciado el ingenio y el poder del pueblo, pero, a largo plazo, han pagado caro su error. Los pueblos siguen las tácticas del agua. Las oligarquías, la de los diques que la contienen, encauzan y explotan. El agua aprisionada se agita, acumula caudal y presión, pugna por desbordar, si no lo consigue, trabaja lentamente sobre la fundación minándola y buscando filtrarse por debajo; si puede, rodea. Si nada de esto logra, termina en el tiempo por romper el dique y lanzarse en torrente. Son los aluviones. Pero el agua pasa siempre, torrencial y tumultuosamente, cuando la compuerta es impotente para regularla. Con los pueblos pasa lo mismo, los dos,  torrente o pueblo, son fuerzas de la dinámica universal y actúan con leyes y mecánicas semejantes. Los viejos diques del imperialismo, las oligarquías y las plutocracias comienzan a ceder, esta vez en el mundo, como cedieron en Francia en 1789 y en Rusia en 1918 ante el impulso incontenible y avasallador de los pueblos”.

Evidentemente en el texto de Macri, fuere quien fuere su autor, hay un plagio clandestino y vergonzante al texto del General. Se lo desvistió de todo lo concreto y verdaderamente significativo. En Perón, el obstáculo o dique tiene nombre propio: oligarquías, imperialismo, capital y poder político, dentro de cada pueblo hay procesos en marcha (cambio). Se refiere a la historia concreta que está viviendo el Continente Americano: a la lucha de Getulio Vargas (Brasil), Velasco Ibarra(Ecuador), Paz Estenssoro (Bolivia), Ibañez (Chile). De un modo u otro, con distintas formas de ejecución, en plena guerra fría, era tratar de que los imperialismos no metieran “a los pueblos detrás de la cortina del dólar”. Al final del capítulo, Perón nos regala una yapa. Es “La parábola de la gallina”. Alguna vez la hemos expuesto y merecería un tratamiento especial que prometemos.

Para concluir y, como un modo de relajarnos, rescatamos el uso humorístico de la “orilla del río”, otra posible alegoría,  por esta copla popular rescatada por Leda Valladares y María Elena Walsh: “A la orilla de un hombre/ estaba sentado un río/ afilando su caballo/ y dando agua a su cuchillo”.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 5/2/20

el medio pelo jauretchepor Jorge Torres Roggero

1.- Vigencia y actualidad de ciertos tipos humanos

Difícilmente un lector de Arturo Jauretche no sea experto en “tilingos”, “guarangos” y “tiliguarangos”. Si insisto ahora, es porque, a veces, los términos se burocratizan y concluyen por perder el costado flamante y revulsivo de que eran portadores originarios.

En efecto, si bien Jauretche, en El medio pelo en la sociedad argentina, amplifica y complejiza el significado de tilingo y guarango, no está demás revisar cómo, a lo largo de su obra, el concepto encarna y se hace vivencia.

La primera aclaración, entonces, es que no se tratará en estas líneas de una cuestión académica. No importa el origen o la etimología de los vocablos. Lo que cautiva es comprobar que son tipos nuestros que confluyen en casos asiduos de la vida cotidiana.

“El tilingo -dice Jauretche- es al guarango lo que el polvo de la talla al diamante. O la viruta a la madera”. De tal modo, el polvo y la viruta resultan el producto de un exceso de pulido o de garlopa. En consecuencia, “en el guarango está el contenido del brillante y también la madera para el mueble. En el tilingo nada.” En otras palabras, en el guarango subyacen latentes los posibles, la vida futura, lo que puede ser. En el tilingo, solo el polvo, lo que pudo ser y no fue: “una decadencia sin plenitud”.

Continúa Jauretche: “El guarango es la cantidad sin calidad. El tilingo es la calidad sin ser. La pura forma que no pudo ser forma. (…) Por eso el tilingo es un producto típico de lo colonial. Los imperios dan guarangos, sobre todo cuando se hacen demasiado pronto. El caso de los Estados Unidos, por ejemplo”.

Llegado a este punto, estoy tentado a suponer que el lector está pensando en D. Trump. A primera vista, pareciera ser un guarango en estado puro. Pero si me siguen, no es extraño que se topen con el retrato argentino de (¡oh, paradoja!) un tiliguarango. La cosa es así. Según Jauretche, los términos guarango y tilingo son recíprocos. ¿Qué sucede?

Cuando el guarango hace plata no tiene otro tema de conversación que sus viajes. Se las pasa en Miami, Londres, Ibiza y los más exóticos lugares. París le es más familiar que la plaza del barrio. O sea, el tilingo es despojado hasta de la exclusividad de lo elegante (moda, modales, cocina, diversiones, cultura). Entonces, dirige la mirada hacia Oriente buscando espiritualidad y paz interior: budismo, meditación, zen, chamanismo, el gurú Sri Ravi Shankar. Esto lleva a episodios de difícil comprensión: ¿Puede un tilingo con poder imponer las prácticas de un gurú exótico (desde afuera y desde arriba) a una multitud de zombis de la televisión y del celular?

Pero ¿qué ha pasado? Si bien el guarango irrita al tilingo, llega un momento en que “también irrita el guarango a los guarangos que ya son importantes”.

(Aquí interrumpo. Es para divagar. Por ejemplo, ¿ los guarangos Lázaro Báez y Cristóbal López cruzaron una raya trazada por los guarangos Mauricio Macri, Paolo Rocca y Héctor Magnetto? Pero mejor vuelvo al texto porque la fauna es infinita.)

Entonces se juntan los guarangos importantes con los tilingos (Marcos Peña et caterva). No hay que olvidar que el tilingo sale del guarango por exceso de garlopa. Lo cierto es que tilingos y guarangos unidos contra los otros guarangos terminan por mezclarse y se vuelven contra el país que no es tilingo ni guarango. Ha sido engendrado el tiliguarango, bruto como el guarango y pretencioso como el tilingo. Y aquí a uno le empieza a resonar este acertijo anómalo: ¿qué sería Mauricio Macri Blanco Villegas? Pero mejor no caer en terrenos complejos y resbaladizos que horrorizan a la “razón frígida”.

A veces, a través de un golpe de estado o de la construcción de un grupo hegemónico organizado y sostenido desde afuera, los tiliguarangos toman el poder: PRO, su epífita UCR residual, más la tilinguería mesiánico republicana de Carrió. ¡Qué vachaché!: fantasmas que nos llenan la cabeza leyendo a Don Arturo.

Pero les debo un cuento jauretcheano. Pienso que nos va a decir “más cosas” después de haber compartido estas líneas sobre “los neoplasmas de la cultura argentina”.

2.- Andar de contramano

En Filo, contrafilo y punta, que estamos releyendo juntos, precediendo al cuento que les voy a relatar, aparece esta nota del editor que sirve para amplificar sentidos: “En realidad este cuento es de vigencia permanente, aunque algún hecho circunstancial lo haya motivado. Es para esa gente que dice: Este país de….es decir para la tilinguería a la que nada le queda bien cuando se trata de lo nuestro, la que ve siempre por el lado desfavorable. Como la gata de Doña Flora…”

El relato es una anécdota atribuida a Poroto Botana; y, a Jauretche, se la contó Corominas. Es, entonces, un caso de transmisión oral. Por lo tanto, deja de tener importancia si realmente ocurrió o fue una exagerada indiscreción. Chisme, rumor o chiste, lo cierto es que:

“Era una bella dama. Él la llevó, después de una tenida literaria nocturna, a presenciar la salida del sol en la Costanera. Hechizado, contemplaba el Río de la Plata, cuando su compañera dijo:

“Hay un olor a pescado que no se puede aguantar”. Él pensó: – “No tiene sensibilidad visual. Su sensibilidad es olfativa”.

Recordó, entonces, un recoveco del barrio Sur. Allí, un amigo chino, jardinero exquisito, había improvisado invernáculos con viejas latas de kerosén, con maderas y vidrios de demolición. Había creado, así, un exclusivo paraíso floral, un mundo de perfumes.

Y allá fue con su delicada acompañante. En la aún vacilante luz de la mañana llegaron al hueco donde el chino cultivaba su paraíso. Un perfume exquisito golpeó el olfato. Pero la dama exclamó:

“¡Qué horror este laterío sucio y oxidado!”

Sentidos invertidos. Cuando hay que oler, miran; cuando hay que mirar, huelen. Es el drama de nuestra tiliguaranguería: “Cuando hay que ver el ascenso de un pueblo postergado, lo huelen. Cuando hay que oler nuestras multitudes mucho menos olorosas que las multitudes europeas que tanto aprecian, las encuentran demasiado morochas. Y también les desagradan. No sé si se huelen y se miran ellos mismos. Pero tienen, como en el cuento, los sentidos invertidos.”

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 09/10/2018

Fuentes:

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª. Edic., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Jauretche, Arturo, 1976, 13ª. Edic., El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

 

Imagen (34)por Jorge Torres Roggero

Arturo Jauretche suele sorprendernos con el humor como un modo de encarar ciertas tragedias que nos azotan. A veces, una humilde parábola se convierte en fuente cierta y abarcante de sabiduría. Cuando lleguemos al final de estas líneas Uds. van a descubrir que nada nuevo se esconde en una polémica actual: ¿deben intervenir las fuerzas armadas en la seguridad interior?, ¿en qué circunstancias se desata impunemente este deseo oculto de la oligarquía?

Hubo una época de nuestra historia en que el odio creció como yuyo malo y echó raíces en el alma de la Patria. Ello ocurrió durante la Revolución Libertadora que sembró vientos de terror y muerte en su intento de borrar el nombre peronista de la historia. Se trataba de infundir miedo mediante la tortura de los cuerpos y la intoxicación de la vida cotidiana con la mentira. Por eso, antes de la historia del pez que se ahogó en el agua, veamos una realidad que parece más un delirio que un acontecimiento histórico.

El sujeto se llamaba Próspero Germán Fernández Alvariño. Aunque no era militar, se hacía llamar Capitán Ghandi. Y en sus momentos de mayor fervor asesino: “Leoncito de Dios”. Actuaba en yunta con el capitán de navío Aldo Luis Molinari, subjefe de la Policía Federal (¡atención!) durante el primer genocidio del S.XX: la Revolución Libertadora. Desde sus abismos más profundos, Fernández Alvariño profesaba un odio visceral al peronismo. Era integrante de los servicios de inteligencia y tenía por misión perseguir, detener, torturar y asesinar peronistas. Su tarea era avalada por la Junta Consultiva presidida por el vicepresidente de facto, el Almirante Isaac Rojas, y formaban parte de ella civiles radicales, socialistas, demócratas progresistas, demócratas nacionales, demócratas cristianos y unionfederalistas. El Capitán Ghandi presidía, asimismo, una Comisión Investigadora. Las Comisiones Investigadoras, que también eran integradas por militares y civiles, tenían por objeto, como su nombre lo predica, investigar la corrupción y los crímenes de la “tiranía depuesta”. Una Comisión Central, presidida por Leonardo McLean, otro marino de guerra de igual rango que Rojas, coordinaba la caza de brujas. Fue este marino el que publicó el Libro Negro para dar cuenta de sus “investigaciones”. Con el lenguaje enfático, típico de los ángeles exterminadores de la oligarquía, exponía las motivaciones del informe: “Queríamos llegar a la limpieza total de los gérmenes del oprobio para que los gobiernos políticos venideros comenzaran su tarea en una atmósfera incontaminada…” Es el famoso cambio de cultura, el grado cero de la impunidad.  También daba cuenta del trabajo de los servicios, informantes y delatores. Sólo en la Capital Federal,  se elevaron a la Justicia 314 sumarios y se pusieron a su disposición 1045 procesados. El marino se ufanaba de que el organismo a su cargo había recibido 15.119 notas y expedientes y contó con la colaboración de 2500 personas. (Pág.12,19/09/2010).

En otras palabras, era el modo, en plena vigencia del decreto 4161, de apropiarse de la fama, de la libertad y los bienes de los peronistas y de muchos que nunca lo fueron. Recordemos el heroico martirio de Atilio Renzi, el secretario de Eva Perón en la Fundación, que la acompañó en su lecho de muerte y padeció largas prisiones. Al final, demostró que era incorruptible, leal y entregado totalmente a la ayuda social. Hasta las humildes distinciones que le había otorgado el Club Ferrocarril Oeste le fueron quitadas. ¿Y qué decir del Dr. Ramón Carrillo, el gran ministro y sanitarista, que murió en el exilio, en un desolado pueblo brasileño? La Junta Consultiva lo persiguió después de muerto pues prohibió enterrarlo en Argentina. Los ejemplos son miles.

Se impuso así un odio metódico y organizado al pueblo peronista que sólo fue la reiteración en la historia argentina de la ley del odio, A la oligarquía,  todo lo que huele a nacional y popular le revienta el hígado y lo considera delictuoso. Ya en el Martín Fierro está clara la cosa. Sólo que en el texto hernandiano en lugar de “chusma radical” o “negros peronistas” se dice, con el lenguaje de época, “gaucho”. Para la oligarquía ser pueblo es un delito: “El anda siempre juyendo,/ siempre pobre y perseguido;/ No tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito;/ porque el ser gaucho…¡barajo!/ el ser gaucho es un delito”.

Este odio descerebrado había llevado al Capitán Ghandi a concebir la peregrina hipótesis de que Perón había matado  (o había ordenado matarlo) a su cuñado Juan Duarte, hermano de Evita. En busca de pruebas, dedicó los esfuerzos de la Comisión Investigadora que integraba a este caso. Desenterró el cadáver de Juan Duarte, le cortó la cabeza y se paseaba con ella por la Jefatura de la Federal. Practicaba su oficio de torturador con la cabeza del difunto sobre el escritorio cuando quería “hacer cantar” a los peronistas aunque nunca lo logró. Téngase en cuenta que todos estos crímenes eran blindados por lo que entonces se llamaba Prensa Libre ( La Prensa, La Nación, Noticias Gráficas, Radio Colonia, etc.), o sea, el equivalente al ocultamiento mediático de la corrupción del gobierno actual; y, por cierto, el reiterado silenciamiento de la impiadosa entrega de la Patria al imperialismo internacional del dinero.

Esta muestra descarnada de odio al peronista, que ahora tiende a reciclarse, eran ejercida tanto por psicópatas como el Capitán Ghandi como por la crema de los “intelectuales libres”. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares odiaban al peronismo porque lo consideraban un “despliegue de vulgaridad” canallesca. Bioy confiesa: “Con Borges decíamos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego, no basta se antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona”(2006,194). Borges se refiere con impiedad a los peronistas fusilados y torturados por la Revolución Libertadora: “Después la gente se pone sentimental porque fusilan a unos malevos” (1974,90). Lo dice el 26/06/1956 y se está refiriendo al fusilamiento del Gral. Juan José Valle, al de sus camaradas y a la matanza de los masacrados de José León Suárez.

Pero, dirán Uds., ¿por qué este retazo trágico del odio al peronismo si lo que voy a entregarles es una hilarante parábola de Arturo Jauretche? Si han observado el relato, habrán notado que la historia implica ciertos reflejos de actualidad para nosotros. En efecto, de nuevo se pretende implicar a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior, de represión y detención de personas. Por eso, creo que la nota del editor del libro Filo, contrafilo y punta de Jauretche, de donde tomamos la fábula, me exime de ampliar contextualizaciones. Recuérdese que el militar que sostenía y co-actuaba con el Capitán Ghandi, era un capitán de navío y que las Comisiones Investigadores eran integradas por marinos de alto rango.

Esta es la nota del editor: “En un momento de la Revolución Libertadora gran número de oficiales de la marina pasaron a desempeñar funciones policiales. Fue la época increíble en que el capitán Ghandi disponía de la libertad y la vida de los argentinos respaldado por las fuerza de mar. En esas circunstancias las dos más grandes unidades de nuestra escuadra chocaron con grandes averías en puerto militar como consecuencia de impericias en la conducción de las mismas. De aquí el cuento cuya moraleja encontrará el lector”. Dicho esto, disfrutemos la historia del “El pescado que se ahogó en el agua”. Al comienzo, lo he sintetizado sin cambiar su sentido.

  1. El pescado que se ahogó en el agua

El arroyo de La Cruz había crecido por demás. Al bajar, quedó la orilla llena de charquitos. Por ahí pasaba, al tranquito de su caballo, Gumersindo Zapata, comisario de Tero Pelado. Algo brillante se movía en un chaquito. Se apeó y vio que era una tararira: “pescado redondo, dientudo y espinoso, tan corsario que no deja vivir a los otros”. Gumersindo se agachó, la sacó del charco y, de un galope, llegó a la comisaría. Pidió el tacho de lavarse “los pieses”, lo llenó de agua y tiró adentro la tararira.

“El tiempo fue pasando y Gumersindo cuidaba todos los días de sacar el “pescado” del agua primero un rato, después una hora o dos, después más tiempo aún. La fue criando guacha y le enseñando a respirar y a comer como cristiano. (…) El aire de Tero Pelado es bueno y la carne también, y así la tararira, criada como cordero guacho, se fue poniendo grande y fuerte.

Después ya no hacía falta ponerla en el agua y aprendió a andar por la comisaría, a cebar mate, a tener despierto al imaginaria y hasta a escribir prontuarios. En lo que resultó muy sobresaliente fue en los interrogatorios; muy delicada para preguntar, sobre todo a las damas, como miembro de comisión investigadora: “¿Cuántas bombachas tenés?” Igualito que otros.

Gumersindo Zapata la sabía sacar de paseo, en ancas, a la caída de la tarde. Esa fue la desgracia. Porque, una ocasión, cuando iban cruzando el puente sobre el arroyo de La Cruz, la pobrecita tararira se resbaló del anca y se cayó al agua. Y es claro, se ahogó.”

Nótese la alusión a la “comisión investigadora” y el tajante: “Igualito que otros”, alusivo al capitán Ghandi y los de su laya. Considérese que, en épocas de represión, una de las figuras más usadas es la alusión ( “ad-ludere”, jugar alrededor).

Y ahora, la enseñanza jauretcheana: “Que es lo que le pasa a todos los pescados que dedicados a otra cosa que ser pescado se olvidan de que tienen que ser eso: buenos pescados. Cosa que de por sí demanda mucha responsabilidad”. Así termina el cuento. Jauretche, pone una moraleja referida al uso de las fuerzas armadas para aquello que no constituye su razón de ser. Pero, como habrán visto, podemos dejar hallar otros sentidos latentes. Y eso, corre por nuestra cuenta.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 08/10/2018

Fuentes:

Bioy Casares, Adolfo, 2006, Borges, Buenos Aires, Planeta/Destino

Jauretche, Arturo, 1974, 3ª.Ed., Filo, contrafilo y punta, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor

Sorrentino, Fernando, 1974, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, Ed. Casa Pardo

Veiga, Gustavo, https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-153421-2010-09-19.html

por Jorge Torres Roggero

Juan Filloy1.- Un preludio sobre Psique, el Alma

Cierto rey tenía tres hijas. Las tres eran hermosísimas, pero una de ellas, Psique (el Alma) era tan bella que asustaba a sus pretendientes. Casadas sus hermanas, los padres desesperaban:  nadie se animaba a desposarse con Psique. Entonces, consultaron a un oráculo.

El adivino les aconsejó que la vistieran de novia, la abandonaran en un alto monte y un horrible monstruo se allegaría a poseerla. Desolados, los padres la ataviaron y, en doliente cortejo, la depositaron en la cima rocosa.

Psique, sola y abandonada, sintió de pronto que era arrebatada por un fuerte viento. La ráfaga la levantó en las alturas, la sostuvo suavemente y la depositó en un valle profundo y verde. Psique cayó en un profundo sueño. Y al despertar, se encontró en un palacio de oro y mámol. Sus puertas de abrieron y, guiada por misteriosas voces, recorrió los aposentos. De sorpresa en sorpresa, llegó al anochecer. Entonces, sintió una presencia a su lado. No lo vio, pero no le pareció monstruoso: era el esposo prometido por el oráculo.

Así transcurrió el tiempo. Psique pasaba el día sola en su palacio lleno de voces. Por la noche, su esposo se reunía con ella. Era feliz. Pero empezó a extrañar su familia. ¿La creerían muerta? Entonces, pidió al esposo que la dejara pasar una temporada con sus padres. Él le hizo ver los peligros de su ausencia, pero Psique se salió con suya. Llevó suntuosos regalos y todo fue alegría en la casa. Solo que sus hermanas, envidiosas, le hicieron confesar que nunca había visto a su marido y la convencieron para que ocultase una lámpara en la alcoba así, durante la noche, podría contemplar el rostro dormido de su amado.

Regresó Psique a su morada, cumplió el plan urdido y descubrió a su lado a un hermoso adolescente. Tembló de emoción y una gota de aceite hirviente cayó de la lámpara. Al sentirse quemado, Eros, el Amor, que era el monstruo cruel del oráculo,se despertó y huyó para no volver jamás.

Sin la proteccion del Amor, Psique se entregó a vagar por el mundo. Afrodita, llena de cólera por su belleza, la perseguía a sol y sombra. Ninguna divinidad se animaba a recibirla.

Al fin, cayó en manos de la diosa que la encerró en su palacio, la atormentó día y noche y la cargó de humillantes obligaciones. No contenta, la obligó a descender a los infiernos. Allí debía obtener de Perséfone, la reina de las oscuridades, un frasco de agua de Juvencia, fuente de la eterna juventud. Psique cumplió el encargo, pero le fue prohibido abrir frasco. Sin embargo, desobedeció; y quedó sumida en un profundo sueño.

¿ Qué fue, entranto, de Amor? Estaba desesperado. No podía olvidar a Psique. Y al verla hundida en su sueño mágico, la despertó de un flechazo. Ascendió al Olimpo y le rogó a Zeus que le permitiera casarse con una mortal. Tal lo que cuenta Apuleyo[1] en su Metamorfosis.

En las pinturas de Pompeya, Psique es representada por una joven alada semejante a una mariposa que juega con amores alados como ella. En muchas culturas, la mariposa es emblema del alma y un símbolo de la atracción inconsciente hacia lo luminoso.¿Es la purificación  por el fuego? En el arte sacro se suele representar a un ángel alado que pone en la boca del profeta un carbón encendido. ¿Es la mariposa un símbolo del alma como ente espiritual y trascendente? ¿O es un símbolo de esta vida? Los gnósticos representaban al ángel de la muerte con pie alado y pisando una mariposa. ¿Y las representaciones del Amor que lleva en la mano una mariposa a la que acerca una llama? ¿Es , a lo mejor, como en el psicoanálisis, una figura del renacer?

La mariposa es, ciertamente, una fuerza de la vida; y, la metamorfosis, una maravillosa tranformación de la oruga y su fealdad. De una larva asquerosa, una preciosa entidad alada: prodigiosa exaltación de la alegría, pero también  triunfo de lo efímero. Psique, escindida de Eros, pero en mutua compenetración, es también un símbolo de la conjunción final del amor verdadero, la destrucción de la separación, la flor de loto, el corazón irradiante, el centro escondido. Ese centro no es un lugar, es un estado. Hasta en lo biológico, el acto de amor es un anhelo de disolverse en lo disuelto, de reconstruir el andrógino primordial.

He insistido en algunos de los sentidos latentes de la palabra alma como fuente seminal en un espacio geocultural vivo: ¿mariposa riente, descenso a los infiernos, encuentro con los monstruos interiores, con los espectros y fantasmas del pasado?  A través de “mensajes captados telestésicamente” vamos a acompañar a Juan Filloy en un peregrinaje por el alma en pena de la Patria. Respirando “hedor de espíritus sepultos”, vamos a navegar en un mar de traidores. Pero, inmersos en una fantástica sinfonía, aturdidos por corales de figuras teratológicas, agobiados por revelaciones abominables, nos ubicaremos  en el “eter”,“sobre el tiempo y el espacio” (en un espaciotiempo de ondas gravitacionales), en la “vereda rodante que se hunde en el alma de la patria”.

2.- Literatura y música

Pero, claro, hecha esta invitación, debo aclarar que me estoy refiriendo al libro Aquende (1935) de Juan Filloy. En el listado de la copiosa obra de este autor, suele aparecer  no como una ficción, sino como “una geografía poética argentina”. Pero lo cierto es que el autor la imaginó como “una sinfonía aborigen al rincón argentino donde nací”. Y realmente, ha sido “compuesta” como una obra musical.

En efecto, ese carácter es el que plantea la particularidad del texto. El canon resulta impotente ante el mestizaje expresivo que nos desafía. La confluencia entre música y literatura ha sido tratada por Cecilia Corona Martínez en “Literatura y música en Aquende de Juan  Filloy” (Gramma N°5, USAL) [2]. La autora plantea que: “La unidad de la obra se funda en la presencia de lo musical. Dicha presencia se manifiesta de diversas maneras; una de ellas es la denominación de cada apartado, que se construye a partir de una indicación de expresión característica de las partituras. Estas indicaciones guardan una estrecha relación con el contenido y/o la forma del texto correspondiente, y se construyen «a la manera de», pues junto a «In decrescendo » o «Allegro vivace», aparecen expresiones como «Burletta» o «Stravaganza» que no pertenecen estrictamente al discurso musical.” De tal modo, una de las características específicas del libro sería “la organización guiada por formas musicales y el uso de terminología propia del discurso musical. El empleo de estos elementos permite unificar y convertir en obra cerrada una serie de textos cuyo hilo conductor es, tal como se indica en el epígrafe ya citado, «una sinfonía aborigen al rincón argentino». La analogía con las obras musicales constituye un recurso manejado con pericia por el autor, que de esta manera construye un texto distinto, al que también podemos denominar «híbrido».

En consecuencia, será necesario leer Aquende como una sinfonía tal como lo propone el autor. Sus partes son: 1) Suite del viento y de la nieve;1) Interludio (Reverie. Los Atlantes); 3)suite del cielo y de la pampa; 4) Intermezzo. (Miserere. Los entregadores);5) suite del sol y de la selva; 6) Interludio. (Cantus choralis. Los inmigrantes);7) Suite del agua y la piedra.

Como todos los títulos de Filloy, Aquende consta de de siete letras y las partes de la sinfonía son siete. Es su número cabalístico. En esta ocasión, sólo me ocuparé del “Intermezzo”, el cuarto, que viene a ser representación del centro de un símbólico candelero de siete brazos, o la invisible “luz blanca” del centro del arcoiris, o  el hilo milagroso del collar sin el cual nos dispersamos, o la mariposa de luz nacida de la fealdad de la  oruga. Los invito a transitar un contrapunto dramático entre “modo expresivo” y contenido.

3.- Intermezzo. Las regiones ultrahumanas

Intermezzo es un término utilizado en S. XVIII para una serie de piezas de carácter cómico que eran interpretadas entre los actos o las escenas de una ópera (intermezzo en italiano = entreacto). Su contenido era independiente del espectáculo. Luego, el intermezzo pasó a ser una pieza orquestal de transición entre dos escenas, o un contraste en un movimiento instrumental. También se suele utilizar como título de un movimiento intermedio (nunca el primero ni el último) y de carácter más bien ligero. A veces se usó como título para series de piezas pianísticas (Schumann, Brahms)[3]. La palabra sugiere, por un lado, una sensación de espera; pero, también, la certeza de la fugacidad del momento. Heine escribió un Intermezzo lírico. En uno de sus poemas expresó: “De mis grandes penas, hago pequeñas canciones”. El tono procaz, paródico, de  un intermezzo es, en realidad, un modo de disimular la desazón que produce en el alma una situación de hiato, de vacío, y de subordinación a un sentido que prevalece al margen, en bloques expresivos obedientes a una fuerza extraña, a un orden de significados de otra lógica.

En realidad, el Intermezzo de Filloy es un viaje a las regiones ultrahumanas con una larga tradición en la literatura: Homero, Virgilio, Dante. Pero es el primero en la literatura argentina (antes que L. Marechal) como intento de registrar el otro lado de la realidad. En Filloy, no se produce el descenso, típico de estos textos, sino el paso a una atalaya, entre el tiempo y el espacio, para pesquisar la “atmósfera” exacta y estricta donde “se calca y se conserva la imagen verdadera de los hombres”. ¿Pero como se inicia el viaje? ¿Cuáles son los sujetos de la acción de pasaje y de los enunciados?

Alguién dice: “Venga. Ubiquémonos acá. Sí, acá: sobre el tiempo y el espacio”. Otro contesta: ¡“Deje al pasado ser el pasado!”. Pero no. El pasado está en nosotros, inmerge y se revivifica en nosotros. Ya han cruzado el espejo. Primero aparecen “sombras chuecas, crujientes, obcecadas, inverecundas, teratológicas”. Zafados del presente, dice el personaje que es el narrador, todo el “substractum” del pasado se corporiza. Percibirán todo el pasado, pero no lo que ha sido justo “porque la justicia es transparente y carece de representación”. Palparán la infamia de los hombres. Infiltrados en “zonas paramentales” contemplarán el absurdo de las vidas de nuestros próceres “porque la vergüenza, la ignominia, es lo que los  hace visibles”. El “aura de luz” que cada ser tiene ha perdido su diafanidad y se cubren de manchas y de “colores nauseabundos”. Los cuerpos astrales, alimentados mnemotécnicamente, padecen ciertas “verdades de ultratumba” inaccesibles a nuestra corporeidad: los seres “momificados por la historia son los peores habitantes del trasmundo”.

Lo que va suceder es un fenomenal “escrache” a los próceres instalados por los libros de historia: “contemple estos héroes leprosos de falsías, esos próceres ulcerados de “vivezas”, aquellos estadistas con eczemas de escarnio”. En el predio de los “efluvios mentales” “la personalidad de cada uno se presenta sin tapujos ni disfraces”. Las virtudes (deber, bonhomía, honor) fueron escarapelas que usaban en efemérides sin ideales. El reverso de la patria muestra “la triple reticencia de su sumisión, comprada con plata de cohecho; de su fortuna, adquirida con desasosiego y renunciamientos; y de su fama, trabajada por escribas y fariseos…”

Los interlocutores van a entrar al “País de los hombres solapados que se confiesan a plena voz”: son muchedumbres astrales, sombras turbias de deseos, coágulos de impulsos putrefactos. Se van a desplazar por ámbitos acústicos:  recordemos, es una sinfonía en que alternan intensidades de sonido (acentos, matices), movimientos (presteza, lentitud del ritmo), alteraciones y articulaciones; pero, también, estaremos atronados de “infatigables soliloquios” y corales ininteligibles[4].

El primer acompañante que, solo acompañaba al relator por dilentantismo, desiste del viaje. Hay almas  “que no soportan las altas presiones de la verdad”. Entonces, “mi “compañero” dio un respingo. Y en medio de tropeles confusos se perdió su alma en el exorcismo que consuma la ironía de volver el juicio a la “realidad” de afuera”.

Ese compañero desertor que se queda en la realidad de afuera es, evidentemente, la realidad corporal, externa. El “cuerpo astral” deja entrar una pesadez extraña, y una “cohorte de estratos la doblaron dulcemente en sus brazos”.

4.- Inicio del viaje

“Y partió”. Se inicia el viaje. Es un vuelo estático. Cruza las zonas maléficas de “venalidad de las plegarias” y las zonas pestíferas de las maldiciones. “Fue una singladura de sueños dentro de vaivenes cósmicos”, “afirmé en la plenitud del sueño la plenitud de mi conciencia”: “De improviso, se decantaron en mi presencia las civilizaciones. Todo el carrusel de los imperios se disolvió en el estruendo de  una flatulencia. Toda la farsa religiosa en un eructo. Todo el arte en un hipo”.

Se produce un concentración de milenios en un momento y aparece el primer coro de fantasmas que reaparecerá en todo el viaje. Es el desfile de un grupo de filósofos. “Cojos, tuertos, mancos…A cada uno le faltaba algo. Diabetes, cirrosis, nefritis…A todos los afligía algo”. Le clavan la vista, prorrumpen en “desencajadas carcajadas”. Y entonces, aparece la primera visión del alma: Psique  arrebatada por el viento se convierte en mariposa y esperanza. Dice el hermoso texto: “La risa se hizo brisa. La brisa, vendaval. Y, al caracolear sus corceles delante de mí, las crines espantaron infinitos enjambres de vampiros:- Simulacros…- SIMULACROS…– SIMULACROS…

Fue una barahunda infernal. Cada vampiro graznó esa palabra. Y dicha, clavaron sedientos sus trompas en mis ideas. La succión me convirtió en odre vacío. El estupor se adhería apenas a mi escualidez. Pero, ¡milagro! Mis efluvios mentales trocaron las vampiros en mariposas.

El vendaval tornó a ser brisa. La brisa, risa. Y mientras los filósofos retomaban la marcha, cada mariposa se desvaneció hecha sonrisa en sus labios”.

Había entrado al alma de la patria. Se produce entonces, la primera epifanía. Un resplandor y una voz. Un fantasma se le estaba presentando: “Soy José Gaspar de Francia, el vilipendiado doctor Francia, de quien se ocupó nada menos que Carlyle en la Revista de Escocia”.

5.- Balconeando la argentinidad con un guía “santo”

Francia se presenta como “paraguayo de nacimiento, pero cordobés por vocación”. Es un doctor “en ambos derechos” de la Universidad de Córdoba. Sucede un diálogo lleno de humor entre cordobeses. Lo curioso es que el dictador paraguayo, denostado por los libros de historia, en esas regiones es un santo porque “entre la clarividencia de Dios y los archivos del Papa median insondables abismos de sagacidad”. Resulta que todo es al revés en el ultramundo, resulta que “los que fuimos escarnecidos por el ludibrio de las pasiones, ni bien padecemos la reversión de la muerte, entramos de lleno en la confianza de Dios”. Más aún, en la “privanza de Dios”. Por eso a él se le ha asignado la función de arrear filósofos.

Convertido en guía, le explica que todo lo que en la vida terrena es hipócrita y fementido, aparece aquí tal cual es. Todos los espíritus llegan al transmundo con su bagaje de fraudes. Pero, ignoran que ese mundo, sin connivencias, es reglado por un “genio etéreo” regocijante que se hace confesar a cada uno todo lo que omitió o calló. Ya nada pueden disimular y están condenados a “vivir su muerte” mostrando felonías a través del “prisma turbio de sus cuerpos astrales”.

Viajero y guía llegan a lugares de escenografías fantásticas. Filloy muestra una magnífica ductilidad para mestizar su textos con alusiones a la pintura en compenetraciones de casas, luz y seres, planos y resplandores, frenesí de lampos y resplandores. Está pensando en los futuristas: Severini, Soffici, Carrá y Boccioni. En otros momentos se refiere a músicos de vanguardia. El doctor Francia lo estaba llevando, tras un desplazamiento por éter  bajo la “acción gravitacional y las fuerzas electromagnéticas”, hasta un “rincón astrofísico apacible”. Una suntuosa sala llena de lujos donde está el “palco de Dios”.

Estamos en un espacio-tiempo que abarca tanto el cielo como el infierno. Dios es presentado como un viejo jodón y comprensivo que abomina de los beatones: “El viejo sufre dromomanía. Debe andar ahora por el paraíso, el sector más anodino del cielo en donde los tontos, los beatos y los imbéciles se atascan de ambrosía. Sólo en estado paranoico los visita.”

Lo cierto es que, desde ese palco, el doctor Francia invita al relator a “balconear un rato la argentinidad”. Se produce, así, “el más pasmante fenómeno de espectroscopia que se pueda imaginar”. Alguien peroraba: “Distinguidas y miserables larvas: este proscenio de forma geográfica representa el territorio auténtico de la Argentina antes que lo desmenbraran los entregadores” a partir de Bernardino Rivadavia. El que hablaba era un pellejo fosforescente a través del cual se veía un aparato circulatorio circulando con tinta en lugar de sangre. Cada vez que resoplaba, tachaba con un borrón el párrafo vertido: era Vicente Fidel López, el historiador.

6.- Confesión y remordimiento

El escenario será la geografía argentina, y  será, a la vez, el lugar de los entregadores. Filloy alude en el texto la concienca literaria de vivir en la alegoría. Es un mundo subrealista, subverista, piensa. Más, en 1935, habla de un “realismo mágico”. Pero el intermezzo, el entreacto, no lo ha hecho olvidar que es sólo un hiato de su sinfonía aborigen, que está afincado (arraigado) en el lado de acá, que no caben las tentaciones de la cultura dominante pero sí sus tranfiguraciones. Sus ojos, “enorgullecidos de paisajes de la patria”, han evaluado en su “geografía musical una grandeza sinfónica de probabilidades”. Ahora había llegado el entreacto, el hilarante deschave de la solemnidad de historiadores, biógrafos y poetas: había llegado la hora de la “algarabía superrealista”.

Vicente Fidel López es el primer arrepentido. Un emigrado cuyo padre servía devotamente a Rosas. Autor de una historia argentina llena de diatribas y está dispuesto, ahora, a revelar las verdades amargas que ocultó. ¿Cuáles son sus rectificaciones?

La Argentina es preexistente. Ya “era” antes de conquistadores, adelantados y virreyes que introdujeron la cruz y su avidez: “¡Dos cosas incomprensibles al manso comunismo de los indios¡” Pero cuando el expolio se la colonia se iba tranformando en dominio, España declinó. Sucedió, entonces, la injerencia de dos imperialismos astutos: Inglaterra y Portugal. Los criollos cooperaron con su falsía y su destino fue triste: “ni bien consiguieron liberarse del yugo hispano quedaron atrapados en el yugo inglés”. El historiador confiesa que conoce el forro de las “caras bien vestidas” y que exaltó virtudes inesistentes para salvar el decoro de las familias patricias. La historia es faramalla de fiesta escolar: “Los próceres son próceres de tintero”. La Revolución de Mayo fue obra de Inglaterra. Los patriotas de la Primera Junta eran todos angófilos: “Durante la estada de las invasiones (inglesas), las mansiones más encumbradas de Buenos Aires acogieron con simpatía a los oficiales británicos”. La Revolución de 1810 “no fue un torbellino multitudinario como la francesa o la soviética. No hubo ni un muerto, ni un herido ni un desmayado…..Moreno, ante el virrey, pugnando el permiso para fletar cueros y frutos en barcoa británicos, inició sin querer la ominosa cadena de abogados argentinos que, acogotándonos, ha asesorado y defendido al imperialismo anglosajón….” Inglaterra, no pudiendo apoderarse de nuestro territorio, de apoderó de nuestra hacienda y logró lo que deseaba: nuestro vasallaje económico al Reino Unido, nuestro continuo mendigar créditos, nuestra sumisión al pago de intereses y dividendos. El historiador concluye: “Urge, en consecuencia, expulsar a los ingleses….Para ello es menester que nuestro ideal de emancipación de afirme en las fuerzas viva del espíritu. Que se trabaje de cualquier modo la libertad económica del pueblo. Que hay otra reconquista (….) De cualquier manera. Sólo así la patria será dueña de su destino”.

Dicho esto, entre vómitos de biles, el historiador Vicente Fidel López, se “disolvió entre náuseas.”

7.- El miserere: un coro de fantasmas

En ese momento, entró una caterva de figuras teratológicas, de seres mezclados. Gran cantidad de algas brotaban de su boca, sus manos y su sexo. Lengua, dedos, pene, ondulaban, en largas tiras, como llamas de un “fuego enfermo”. Entonces, a coro, la “caterva comenzó a salmodiar un amargo miserere”. Son los prohombres que mistificaron, tergiversaron, vilipendiaron; son los que, infidentes al honor, “prefirieron ser cómplices de quienes hicieron una patria genuflexa.” ¿Quiénes eran? Eran la aristocracia que incautó el país despues del año veinte, pero no cumplió con su deber y se convirtió en una oligarquía que ya no puede ocultarse en panegíricos de sátrapas.

Entonces comienza el agrio miserere. Sabemos que el Salmo 50 (51), llamado  “Miserere”, es de los más profundos poemas penintenciales. Es el canto a la justicia y la misericordia de Dios. Un acusado clama desde la oscura región del pecado. El pecador se reconoce “culpable desde el vientre de su madre”. Al final, prevalece la luminosidad de la gracia que se extiende de los individuos al pueblo. Por eso, una vez que el pueblo ha pagado lo que merecían sus pecados (la opresión y el destierro), es rehabilitado por la justicia divina .

Filloy organiza el miserere de la caterva deforme de la oligarquía en versículos que van entre signos de exclamación. Comienzan siempre con epítetos infamantes y su función es confesar publicamente las traiciones a la patria. Vamos ejemplificar con el primer versículo y el último,  que intensifica su expresión con letras mayúsculas. Recordemos que es un coro, que es una salmodia, que Filloy trabaja con las indicaciones del código musical. O sea, al “leer”, hagamos el esfuerzo de “oir”. El primer versículo es este y el improperio inicial es “ilusos”:

“¡Ilusos, porque asentimos las sandeces de Rivadavia soñando instaurar un príncipe extranjero y sumir al país bajo la férula de un protectorado!”. A continuación, registramos la execración con que inicia cada versículo para visibilizar las traiciones de los patriotas de los libros de historia: “badulaques”, “ruines”, “crápulas”, “perdularios”, “pavotes”, “cobardes”, “descastados”, “bestias”, “falsarios”, “inconscientes”, “necios”, “cretinos”, “depravados”, y concluye con esta antífona: “¡Sí, sépanlo bien, SÉPANLO BIEN, SÉPANLO BIEN: Somos los entregadores máximos. Los que humillamos el futuro de la patria humillando su pasado. ¡LOS QUE HUMILLAMOS EL FUTURO DE LA PATRIA HUMILLANDO SU PASADO! ¡¡ LOS QUE HUMILLAMOS EL FUTURO DE LA PATRIA HUMILLANDO SU PASADO!!”

Se escuchó un lamento lúgubre y las voces del coro se apagaron.

8.- Sofrenar el caos, la soledad de Dios y el fantasma elegante

Apagado el lúgubre miserere, millones de víboras se despiertan del marasmo. Caterva pringosa, “chorreaba luz y pus”. De un cielo sucio, caen enormes arañas y la repulsión hace saltar la órbita de los ojos que “sumergidos en condimentos de virus y detritus”, eran devorados con fruición.

El relator desfallece. Pero el doctor Francia lo incita a que se anime ya que los monstruos son “sólo símbolos”. Antes, le había advertido: “estamos en plena alegoría”. El paraguayo quiere minimizar tanta repugnancia con el pretexto de que se trata de pura representación, de ficción literaria. Intenta explicar quiénes eran las arañas, pero no puede continuar. Levantando polvaredas, entre profuso griterío, entran todos los montoneros juntos. Es el caos. Revuelo de ponchos, crines. Es el desenfreno de la barbarie.

Lo siniestro y lo pasado convocan. En medio de algaradas infernales, remolinean las huestes de López, de Ramírez y la bandera negra de Facundo. Pero debajo de esta algarabía, se escuchan susurros omnipresentes. Son los entregadores: “La caterva de entregadores y emigrados tramaba algo…Nuevos ardides venales…Nuevas ambiciones y patrañas…Nuevos saqueos y matanzas.”

El intermezzo avanza. Es un crescendo enérgico y firme, impetuoso. Se suceden diferentes matices y movimientos. Se vuelve, luego a un “misterio moderato”, se transita por términos en que se intersectan lo patético y lo nobile, lo afectuoso y apasionado.

Es que, enhorquetado en un potro luminoso y rampante, “sofrenando el caos”, Rosas “extendió la mano con el rebenque”.

Todos temblaron: nativos y extranjeros. Don José Gaspar Francia, el guía-dictador, vibra de entusiasmo. Se enardece con una extraña semblanza de Rosas: “Redujo todos los oprobios a un solo oprobio, sintetizó los exterminios inútiles de las guerras civiles en el exterminio necesario que salva la nacionalidad (…) Decente con la chusma. Inexorable con los entregadores”.

Juan Manuel anticipa la unificación de la patria, recobra su honor, clarifica las finanzas: “y cuando ya al tope la bandera vino el bloqueo, su autoridad erecta preñó la gloria en la Vuelta de Obligado (…) La tiranía quedó santificada ese día (…) Derrotar a Francia y a Inglaterra, fue solo perfomance suya. San Martín la homologó regalándole la espada (…) San Martín que murió entre las brumas de la Mancha puteando en silencio a los arribistas que forjan las desengaños de la patria”.

En ese momento, Dios, “que es ubicuo solamente en la tierra, se coló en el palco-mirador haciéndose el distraído: “Yo lo advertí. -dice el narrador- Venía cansado”. El doctor Francia, sorprendido, apenas atina a decirle: “-A propósito…Le presento…a Dios”.

Se produce, entonces, otra variación. Es un “a media voz”, “con grazia”, “con spirito” en que “Jehová, el más enculado de los dioses”, despacha al doctor Francia, lo invita a retirarse con el cordobés de turno y su recua de filósofos. De paso, aprovecha para denostar al beaterío de la ciudad de Córdoba: “Han llevado al colmo la especulación de la plegaria”. Con un ademán, borró el espectáculo que veían.

El viajero-relator comienza a especular que la rabieta divina “provenía de los páramos de sombras que acabábamos de atravesar”. En su pensamiento miró a Dios con ternura: “debía haber penado mucho. ¡Oh, nada fastidia tanto como el candor de los imbéciles!” Dios lo interrumpe: “He leído su pensamiento y su conmiseración. ¡Es tan raro que alguien se conduela de mí, que me ha conmovido sinceramente! Todos me pechan favores y milagros”.

Dios se alegra de que, siendo cordobés, no sea doctor. Los doctores le dan mucho trabajo: “Mienten con solemnidad. Difaman con elocuencia. Rehuyen dialécticamente cualquier compromiso”. Aunque, a veces, se adaptan; y resultan útiles. En eso, hace su aparición un fantasma elegante, “con barbita de neolux bien peinada”. Dios lo saluda: ¡Oportunísimo, doctor Juárez Celman! Le presenta, entonces, a un comprovinciano que anda de turista en el trasmundo y le ordena que lo guíe.

Juárez, a su vez, se extraña de que el viajero, siendo cordobés, no sea abogado, ni fraile, ni mendigo; y concluye “que forzosamente tiene que ser víctima”. El viajero, en tanto, ante el desparpajo, los vuelcos y los sarcasmos de Dios, se llenó de asombro. Dios, por su parte, próximo a dejarlos: “Extendió el brazo y, manipulando el éter como si fuera piel, hizo un pase magnético de atracción. En el acto, irrumpiendo del vacío, se colocó frente a nosotros una cabina maravillosa”.

9.- El eclipse de la conciencia argentina: los entregadores

Presurosos, el viajero de los tiempos y su nuevo guía, suben al estrafalario vehículo: “Ni aletas, ni alas. Ni esquife ni avión. No sé cómo navegábamos. Ibamos por abismos esclarecidos (…) Trepidaba a veces un émbolo secreto, cual si la agonía de un ángel interceptara la marcha. Pero después, recobrando el ritmo, la cabina se hundía en las ondas de la muerte lo mismo que la fatiga en el sueño”.

Nótese como Filloy marca constantemente el carácter sinfónico del texto. Como en una partitura, apunta ritmos, intensidad (acentos, matices), movimientos (aire, tiempos en diversos grados). De tal modo, se entrecruzan armónicamente sonidos que son gemidos de las profundidades o silencios cargados de expectativas: “El viaje a ese ultramar se efectuaba en deliciosa mudez”. Los viajeros defenestran a Mármol y Vélez Sarsfield. A la Iglesia: “Entre la Iglesia y Dios no hay nada en común (…) Es la verdad más jocunda del cielo”.

Hendían alborozados un mar de ozono, cuando de improviso, divisan “una caverna de monstruos empollando tormentas sobre enormes cúmulos rojos”. Tuercen hacia el nadir. “Planeábamos en un caos teórico”, dice el viajero. Desde la cabina, sienten las pasiones que bullen abajo. Son protestas de fusilados, aleteos de degüellos, burlas de ahorcados. Grandes explosiones de gritos y juramentos.

El doctor Juárez maniobra el aparato. Ahora se ciernen sobre el “aliento de las voces”, sobre “el dinamismo de cerebros invisibles”. Están bogando en el tiempo-espacio. Juárez Celman comenta que sobrevolaban el lapso que va del 52 al 86 del siglo XIX: “El lapso lúgubre de la historia puesto que en él se eclipsó la conciencia argentina”. Acerca de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, asegura: “Yo no tengo nada que ver con esa gente, a no ser que pagué los platos rotos”. En ese tiempo-espacio célico, aparece “la ropa interior de las ideas” y la “desnudez de los sentimientos” no embauca a nadie.

Mitre se alza contra Urquiza, contra el Congreso Constituyente, contra la Confederación, contra la federalización de Buenos Aires: las provincias son dominadas por los porteños.

Ahora la extraña nave transita altísimas montañas. Sopla un viento huraño. La cabina resbala sobre napas de aire. Abajo, en el valle turbio, una estatua bajó de su “pedestal de bilis”. Era Sarmiento y hacía señas, gritaba, para que lo levanten. Pero el doctor Juárez pasa de largo. Asegura que Dios lo puso “en el erial de tedio para mortificación”.

Se produce, entonces, un contrapunto de figuras patéticas. La aureola del prócer se enfrenta a la execración de los hechos. Una estructura retórica “en abismo” se reproduce en un sostenido fortísimo: este que aparece en la mente de…como//es// el que. Veamos un ejemplo: “Aparece en la mente de los escolares como el “genio benéfico de la patria”//…// “¡El que instigó y pagó con plata fiscal la horda asesina que eliminó al gobernador Virasoro, a su familia, a sus amigos, a sus guardias, para trepar él al gobierno de San Juan!

De este modo va refutando cada una de las formas en que Sarmiento aparece: en las mentes de los escolares, de las maestras normales, de los inspectores del Ministerio de Educación, de los bibliotecarios de barrio y de los diputados en campaña. En la mente de la cultura oficial, en suma.

El viaje continúa y Sarmiento queda atrás en su pedestal de bilis, sin poder trepar al cielo. Circulan por los garfios de la Constelación de Cáncer: la puerta de los muertos de las antiguas tradiciones. Se escucha un grito: “¡Miradlos!¡Hasta los que hicieron hincapié se hincaron!”

El lamento, sostiene Juárez, se refiere a los Constituyentes de 1853: “imitaron la Constitución yankee”, prefirieron los dogmas cuáqueros a la “proba sensatez” de la democracia federal: “En vez hacer hincapié en lo autóctono se hincaron ante la extranjería. No construyeron, copiaron. Una burda metempsicosis de renegados en patricios”.

El viaje continúa por los antros del extramundo: “cruzamos hades, tártaros, infiernos babélicos, sin cuento”. Descubren el Océano-del-Honor-Ahogado. Era inminente, entre “rompientes de almas y oleajes”, “el naufragio de una época entera”.

A Juárez Celman lo asedia un riesgo propio: “De doquiera enderezaban, filos, apóstrofes, soplos de inquina, descargas de diatribas en contra suyo”. Pero el abogado cordobés “gracias a sus pases mágicos” evitaba ser fulminado por sus antiguos amigos: abogados, financistas, militares, políticos. Entonces, el doctor Juárez, “sobre el clamor innumerable”, clavó rígido, su anatema.

10.- Los anatemas del doctor Juárez Celman

Sabemos que, si bien es una figura retórica, anatema es un término de fuerte resonancia bíblica. A veces se usa con valor de maldición; pero, en general, es una imprecación contra una persona que es excluida de la comunidad por ponerse ella misma bajo un signo de ajenidad. Filloy refuerza el anatema con el apóstrofe en segunda en segunda persona del plural. Intensifica, asimismo el patetismo con interrogaciones retóricas cuya respuesta es obvia. Los precitos, los condenados, gimen sin poder articular palabras. Son los “entregadores” purgando su codicia: “muchedumbre astral” envuelta en “úlulos apagados”, broncos aullidos y rechinantes espíritus desplomados en la “hirviente emulsión” del “Océano-del-Honor-Ahogado”. La estructura lineal de las maldiciones responde a la siguiente disposición:

(¿Qué queréis de mi+anatema?)+(¿Acaso no+anatema?)+(¿ Por qué+improperio+si?).

A cada anatema proferido con “voz de penacho de fuego”, responde, desde abajo, la turba de traidores a la patria con su clamor incomprensible: “Um cuem, ummmmmm cuemmmm,ummcuemm”. Se pueden registrar ocho ejemplos más de esta glosolalia salida de los abajos abismales.

El siguiente es el anatema número cuatro  seguido de la consecuente respuesta inarticulada de la turba:

“- ¿Qué queréis de mí, mercaderes que descompusisteis la balanza de la justicia en vuestra balanza comercial?¿Acaso no fundasteis aquí trusts, ligas, kartels, consorcios, compañías y monopolios para estrujar la tierra y la ley nativas, despojándolas de sus jugos y esperanzas? ¿ Por qué gemir, entonces, viles entregadores, si os faltan la carne y el trigo, el petróleo y la madera, el cuero y la lana en la miseria que purga vuestra codicia?” Y el coro responde: “Ajua-jah, ajuaaaa-jah, ajuaaa-jaah”.

Ahora bien, el anatema del doctor Juárez, que en el texto aparece como una serie sintagmática, como una larga linealidad, no fue una suma de elucubraciones encadenadas. Recordemos que estamos escuchando y dejándonos llevar por los movimientos de una sinfonía. Entonces, se trata de acordes, sonidos simultáneos, como una bocanada polifónica: “El anatema del doctor Juárez no emitió sus disquisiciones aisladas, en retahila, sino todas juntas, en manojo. Emergieron de su boca como llamas lancinantes, empujadas hacia el éter por un megáfono colosal”.

La “gran voz” dejó atónita de pavor a la muchedumbre astral: “y entre retumbos extraordinarios y retorcijones cósmicos se desplomó en vorágine la hirviente emulsión del Océano-del-Honor-Ahogado”. La erecta imagen del doctor Juárez se elevó y desapareció para siempre.

11.- Las piedras zalameras, el “descelamiento” y el vuelo de la mariposa

El relator se queda solo, rodeado de un pedregal. Sobre un canto rodado, recompuso su aura y su nimbo. Pero le ocurrió algo extraño. De improviso, su visión retrospectiva cobró una percepción tan aguda que perforaba y traspasaba la materia propia y ajena. Las piedras, en realidad, no eran piedras. Eran seres de “siete bocas y siete ojos” que reían y miraban. En medio de las piedras rientes, le llegó un mensaje urgente: “¡Cuidado! ¡Aléjese!”. Lo había captado “telestésicamente”. Era el Dr. Francia que lo salvaba de las piedras zalameras. Son los peores enemigos. Son los halagos que aparejan ruina y fracaso intelectual: Dios los corporiza en piedras en el trasmundo. Son escándalos, trampas.

El relator protesta. En la tierra está bien el tentador obstáculo; pero, en cielo no debería tropezar nadie: “Dios debiera limpiar tanta maleza y tanta alimaña fantástica”.

En eso habla Dios: “¿Cómo te atreves, calaña de cordobés, a señalar defectos sin estar aún desencarnado?”Dicho esto, Dios lo expulsa del cielo. Y “sin empujarme, su fuerza psíquica me inmergió en la corriente de una red de fluidos”.

El doctor Francia, semi-asfixiado, no podía comprender cómo el relator parecía gozar del enojo de Dios. Lo veía nadar parsimonioso en “subdeleites”. El paraguayo le explica que la expulsión se debe a que “la Subtancia y el Verbum divinos rechazan toda calificación humana, buena o mala”. Y concluye: “Al fin y al cabo, entre que los descele…” El relator pregunta: “- ¿Descele?”; “- Sí, responde, descele”….(Aquí no se destierra).

Descelado, listo para volver al mundo corpóreo, el relator se entera que se ha perdido el final de la historia, el Gran Monólogo de Dios: “Nunca podrá imaginar el excelente comediante que hay en él”. El relator se da cuenta que no podrá torcer la decisión ni con “cuñas”. Su desplante ante Dios no será olvidado: “El cielo es la memoria lúcida del mundo”.

El relator queda “sujeto por ondas y rayos de ectoplasma”. Francia se dirige hacia un andén azul. Otra vez, como el el inicio, lo rodea la recua de filósofos. De nuevo la risa, el vendaval, los simulacros, los vampiros sedientos que clavan las trompas en sus ideas. Y “después el vendaval tornó a ser brisa. La brisa, risa. Y…………………………………………….. “Nunca he sabido, cuenta el relator, cómo he llegado donde estoy. Solo me consta que, al despertar en la orilla del mundo una mariposa se desvaneció hecha sonrisa en mis labios”.

Psique, el alma en pena de la patria, se desvanece en los labios que pronunciaron su dolor, que concertaron los acordes de una sinfonía aborigen. Es, apenas, el aliento de un afincado en su “aquende”, un arraigado en su “estar ahí”, en la intemperie de la Patria. Por último, recordemos que la “música”, clave formal y portadora del sentido en Aquende, sirve para designar el “poderoso reino del tono”. La magia del tono, don de la deidad, a lo mejor la propia voz de Dios que es, a la vez, “vox populi”. Al escuchar el llamado espectral de lo más profundo de su ser, Filloy descubrió la “estructura tonal”(mousiké) de la verdad y la tradujo a un “modo de hablar” que algunos llamamos literatura.

Jorge Torres Roggero, 16/08/2018

Notas:

[1] Versión tomada de GRIMAL, Pierre, Diccionario de mitología griega y romana, Bs.As., Paidós

[2] Corona Martínez, Cecilia, en “Literatura y música en Aquende de Juan  Filloy”, GRAMMA N°5, USAL.https://p3.usal.edu.ar/index.php/gramma/article/view/4244    Para ampliar, de la misma autora: 2005, Literatura y Música. Confluencias en la obra de Daniel Moyano, Córdoba, Universitas, Facultad de Filosofía y Humanidades.

[3] RIEMANN, Hugo, 1934, Historia de la música, Barcelona, Editorial Labor

[4] WILLIAMS, Alberto, 1981, Teoría de la música, Buenos Aires, “LA QUENA” Casa de Música S.R.L.