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por Jorge Torres Roggero

carrillo sanadorHacia 1954, Ramón Carrillo sufre los embates de la enfermedad (intensas cefaleas diarias que predicen agravamientos) y la ingratitud de quienes deberían ser sus compañeros. Por un lado, su salud se deteriora y, a pesar de su entrega total, surgen diarias imposibilidades; por el otro, la ausencia de Eva Perón, el ascenso del traidor Tessaire, dejan a Perón rodeado de adulones, arribistas e envidiosos. El Jefe sufre ahora la intemperie y soledad del poder.

A Carrillo se le hace cada vez más difícil tomar contacto personal con el general; plantearle, como siempre lo hizo, cara a cara los problemas. Esto da origen a las magníficas cartas que Carrillo dirige a Perón que son ejemplo de respeto amical, confianza y lealtad. El 16 de julio del 54 llega a decirle: “…necesito tener este desahogo en su confianza, para que sepa que este viejo amigo suyo, que jamás apareció para las buenas, que aguantó en silencio cuantos ataques injustos se le hicieron, siempre estuvo a su lado en los momentos difíciles, porque amo su obra titánica, porque la he visto nacer y crecer. Uno quiere al peronismo como se quiere a un hijo, porque sufrimos en su nacimiento y desarrollo. Es evidente que los neoperonistas, que a ahora nos corren a barrigazos por todos lados, no sentirán tanto como nosotros, los hombres de la guardia vieja. Al contrario, tratan de liquidarnos y desgraciadamente vamos quedando pocos. Tome estimado jefe y amigo, estas palabras como dictadas por el cariño y admiración que le profeso -y no por el deseo espurio de hacer méritos ante Ud.- que nunca lo hice por ser contrario a mi espíritu”.

La carta es una praxis extrema de la lealtad. Y ofrece, además, otra lectura de la realidad: Carrillo, guardia vieja, es en realidad, según hemos visto una vanguardia, una avanzada en política sanitaria. Llegó a proponer que cada fábrica debía ser un centro de salud, que la salud es una inversión con todos y cada uno participando de su financiación y sus beneficios. Además, la Cibernología y su técnica: la biopolítica.

El 16 de julio de 1954, Carrillo presenta su renuncia al Ministerio de Salud Pública de la Nación. El 15 de octubre de ese mismo año, en la cubierta del trasatlántico “Evita” de la flota del Estado, Ramón, su esposa Susana y sus cuatro hijos ven alejarse la ciudad ingrata, los rostros amados de los “cabecitas negras” con sus tonadas y sus esperanzas. Su destino es Nueva York. Nunca más podrá regresar a su patria.

Es el fin de epopeya política, su enfermedad avanza, la ingratitud de algunos, ponen a prueba su temple. Carrillo habita en los barrios más humildes de la gran ciudad de norte. Desea regresar: la oposición asedia al gobierno con ayuda de los medios y el imperialismo. Hacia 1955 comienza a enfrentar dificultades económicas. Con amargura, se entera del bombardeo del 16 de junio por aviones de la marina. A veces, la historia, vertiginosa, parece acelerarse. El 16 de setiembre estalla la subversión. La Marina no tiene otra táctica que la ley del odio: amenaza con la destrucción total. Los ingleses la han provisto, en alta mar, de las espoletas que necesitan para bombardear puertos y refinerías. Consciente de que debía ahorrar sangre de argentinos y de la perdurabilidad de su obra, Perón entrega su renuncia al Ejército y se asila en la Embajada del Paraguay. El vicepresidente, Alberto Tessaire, lloró ante las cámaras de TV y acusó a Perón de desleal, cobarde, dictador. A miles de kilómetros Carrillo se indigna ante la traición de Tessaire y, enterado de que el odio gorila quiere investigar a todos los funcionarios peronistas, gasta sus últimos centavos para enviar un telegrama a Lonardi en que pide ser investigado.

Su hermana Marta lo defiende ante la Junta Nacional de Recuperación Patrimonial justificando las dos casas que le han confiscado. Explica por qué fueron adquiridas y cómo fueron adquiridas. Era su único patrimonio junto a las obras de arte adquiridas a lo largo de su vida y su poblada biblioteca, la niña de sus ojos. Concluía la hermana: “El Dr. Carrillo que durante diez años ha manejado bienes del Estado por valor de más de cinco mil millones de pesos, está en la pobreza porque debe todo lo que aparentemente tiene. Es decir, no tiene nada”. Efectivamente, sus propiedades fueron compradas con créditos hipotecarios y corrientes, eran inferiores al margen correspondiente a su solvencia y estaban ubicados en las barriadas obreras de Villa Calzada y Adrogué. Diez años permanecieron interdictos estos bienes.

Más dolorosa aún le debe haber resultado la confiscación de los bienes de su esposa, Isabel Susana Pomar. Los había heredado de su padre José Pomar. Hombre de mediana posición, la había alcanzado con un negocio de farmacia en la localidad de Castelar. Téngase en cuenta que Isabel Susana Pomar se había casado con Ramón Carrillo en 1946 y su padre falleció en 1947. Como verán, la ley del odio no piensa: ¿de qué modo los bienes provenientes de esa sucesión pueden ser sospechados de enriquecimiento ilícito? Peor aún, también permanecieron diez años interdictos.

A Carrillo se le hizo imposible sostenerse en Nueva York. En su afanosa busca de empleo, logra que una empresa minera norteamericana, “Hanna Mineralization and Company” , lo contrate para una explotación a 150 kilómetros de Belem Do Pará, Brasil.

Fue el primer médico que vieron los obreros, indios caboclos, que vivían en condiciones infrahumanas y sometidos a una brutal explotación.

En el hospital de la ciudad no había servicio de neurología. El director trata de desalentarlo: no hay servicio especializado, no hay partida. Pero para Carrillo “no hay enfermedades, hay enfermos” y le responde que no le interesa cobrar sueldo. Al fin le dan el hueco de una escalera, una mesa y una silla. Poco a poco los jóvenes médicos se fueron acercando al “silencioso” médico argentino. Averiguaron su currículo y empezó a ser invitado a los ateneos científicos. Informados de su real identidad, comenzó a dar clases en el hospital. En el nosocomio de la fuerza aérea entrenó al personal en neurología, Cibernología y administración hospitalaria.

En 1956, su futuro parecía aclararse, pero sobrevino la muerte. Sufrió un derrame cerebral con parálisis de la mitad izquierda del cuerpo. Veinte días luchó con la muerte en el hospital de Belém. Falleció el 20 de diciembre a los cincuenta años de edad.

Pero la persecución de la ley del odio insistió hasta su último instante. Como Ramón, con ayuda de dos amigos, logró que le enviaran su medicación por avión desde Río de Janeiro, el embajador de la Revolución Libertadora (es difícil decir argentino), presentó una protesta ante la cancillería brasileña: ¿cómo, argüía, se proveían cuidados especiales y por vía oficial a un delincuente prófugo como Carrillo?

Su hermano Santiago, en carta a otra hermana, Carmen Antonia, le narra los avatares para la entrega y traslado del cuerpo de Ramón. Sus restos no pueden regresar a la Argentina. Allí quedará, en Belém de Pará, hasta que puedan volver a la patria. Es un modesto nicho municipal con una lápida de mármol negro con su firma grabada. Se buscó lo mejor y más aproximado a las costumbres argentina. En esa zona de Brasil era distinto. “Con decirles, prosigue Santiago, que aquí los ataúdes se alquilan. El fondo de los mismos se abre, girando sobre bisagras, como una trampera. Cuando se realiza un entierro, el cajón se ubica sobre la fosa y se abre el fondo, dejando caer el cadáver, al cual se lo cubre directamente con tierra. Por eso, cuando buscamos el cajón para Ramón nos encontramos con esa desgraciada novedad, que como se imaginarán, contribuyó enormemente a nuestro estado de ánimo”. En consecuencia, hubo que mandar a hacer el cajón de madera y la caja metálica. Y procuraron ponerlo en el lugar más alto para preservarlo de la humedad. Curiosamente, la ley del odio no puede barrer contra el viento de la historia. Los restos de Ramón Carrillo, el Ángel Sanador, fueron repatriados el 20 de diciembre de 1972. Estaba muerto, pero condenado al exilio, porque su cadáver atemorizaba a la oligarquía, aniquilaba el odio. Los héroes de la patria son la semilla viviente del pueblo. Y el pueblo nunca muere; y, siempre vence.

2.- En busca del soplo divino

Ramón carrillo era un justo, un creyente. Veía venir la muerte. En cartas a su hermana “Chata” y a su amigo Segundo Ponzio Godoy, se palpa el sufrimiento que padecía al saberse injustamente investigado, con captura recomendada. Predice, entonces, que “las injusticias tremendas y sangrientas como en mi caso, originarán las desgracias futuras de la República”. Esta carta a Ponzio Godoy es una expresión, como el poema del bíblico Job, del justo sufriente, del hombre sin odios que buscó siempre “el lado bueno” de los humanos con la secreta esperanza de llegar al “rincón en que cada uno de nosotros alberga el soplo divino”.

6 de septiembre de 1956

Querido Ponzio:

“Yo no sé cuánto tiempo más voy a vivir, posiblemente poco, salvo un milagro. También puedo quedar inutilizado y sólo vivir algo más. Ahora estoy con todas mis facultades mentales claras y lúcidas. Quiero que no dudes de mi honradez, pues puedes poner las manos en el fuego por mí.

He vivido galgueando y si examinas mi declaración de bienes y mi presentación a la comisión  investigadora encontrarás la clave en muchas cosas. Por pudor siempre oculté mis angustias económicas, pero nunca recurrí a ningún procedimiento ilícito, que estaban a mi alcance y no lo hice por congénita configuración moral y mental.

Eran cosas que mi espíritu no podía superar. Ahora vivo en la mayor pobreza, mayor de la que nadie pueda imaginar, y sobrevivo gracias a la caridad de un amigo. Por orgullo no puedo exhibir mi miseria a nadie, ni a mi familia, pero sí a un hermano como vos.

No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo, donde dejé mi vida.

Esa obra debe ser reconocida; yo no puedo pasar a la historia como un malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias. Ellos pueden ayudarte.

Mi capacidad de trabajo está muy reducida, vivo como médico rural en una aldea. Ahora vuelvo a quedarme sin puesto pues la Compañía donde actuaba, levantó el campamento.

A mí poco a poco, se me han cerrado las puertas y no pasa un día que no reciba un golpe. He aceptado todo con la resignación que me es característica. No tengo odios y he juzgado y tratado a los hombres siempre por su lado bueno, buscando el rincón que en cada uno de nosotros alberga el soplo divino.

El tiempo y solo el implacable tiempo, dirá si tuve razón o no al escribirte esta carta, ya que en el horizonte de mis afectos no veo a nadie más capaz que vos de tomar esta tarea cuando llegue el momento, que llegará, cuando las pasiones encuentren su justo nivel. (Ramón Carrillo)

3.- Ramón Carrillo habla de salud pública. Salud y justicia social

“Últimamente hemos tenido una comprobación muy curiosa que ratifica en gran parte lo que hemos dicho en varias oportunidades: la política de salarios y de vivienda, que desarrolló el general Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, ha hecho más por la salud de la población necesitada que todo lo que pudimos haber hecho los médicos en muchos años. Por ejemplo: observamos un descenso en la mortalidad infantil en el norte, que no sabíamos a qué atribuir. Como esto coincidió con la “dedetización” de la zona, pensamos que habría sido consecuencia de la desaparición de las moscas.

Pero un análisis más detenido nos convenció de que se debía primordialmente a que el obrero rural gana más, y a que los niños andan más abrigados y limpios, se alimentan mejor y viven en excelentes condiciones de higiene.

Con buenos jornales en el norte, desaparecerán poco a poco los niños flacos, desnutridos y fisiológicamente miserables. La salud pública debe completar esa obra natural de la política social.

El aspecto actual de los niños del norte no es ni la sombra de las sombras que fueron hasta hace tres años aproximadamente, pero nadie discute que falta mucho por hacer y que apenas estamos en el comienzo de una obra efectiva, concreta y orgánica.

He hablado de política “sanitaria”, pero en realidad la palabra sanitaria está mal empleada, a menos que se la tome como sinónimo de salud pública. Deberíamos decir “política médico-social” o “política Argentina de salud pública”, términos que serían mucho más precisos. Pero empleamos la palabra “sanitaria” un poco por hábito y otro poco por extensión (…).

¿Por qué decimos “Argentina”? Porque toda política sanitaria o de salud pública tiene que ser nacional por distintos motivos. Las condiciones geográficas, las condiciones de vida, las costumbres, los factores epidemiológicos y sociales y una serie de circunstancias, son específicas de cada país, por lo cual su política sanitaria debe ser distinta. No obstante ser nacional, la política sanitaria no puede dejar de ser universal en cuanto a las ideas y principios en que se inspira, e internacional en cuanto a los problemas comunes de los países, especialmente entre los vecinos con dificultades lógicamente similares. Esto tiene la ventaja de que nutriéndose la acción en principios universales se evitan los sectarismos, la lucha de escuelas y las orientaciones. (Ramón Carrillo)

por Jorge Torres Roggero

Peron trabajadores1.- Introducción

El extraño escrito del Gral. Perón que voy a compartir parcialmente con Uds. llegó a mis manos de un modo insólito. Ocurrió que, revolviendo papeles, me llamó la atención un folleto sin tapas ni señas editoriales. Comienza en la página 5 con este texto aclaratorio: “El 16 de octubre del Año del Libertador General San Martín, 1950, el presidente de la Nación Argentina, general Juan Domingo Perón, reunió en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno a los delegados obreros latinoamericanos, invitados especialmente por la Confederación General del Trabajo con motivo de la celebración del Día de la Lealtad. En esa circunstancias, el primer magistrado pronunció las siguientes palabras”.

Con tono coloquial y cálido, el presidente da la bienvenida a los delegados y les ruega que se sientan como en su propia casa. Les asegura que podrán moverse con absoluta libertad, nadie les va a preguntar de adónde son, ni de dónde vienen.

Les aconseja que, aunque los compañeros trabajadores argentinos quieran agasajarlos mucho y acompañarlos siempre, vayan solos a todas partes. Vayan a los mercados, para saber cómo come y vive la gente; “y después a los lugares de trabajo, que es donde se observa cómo anda el país y cómo se trata al pueblo”.

Comienza, entonces, un breve relato de lo que “ha hecho, cómo lo ha hecho y por qué lo ha hecho su gobierno”. Expone, brevemente, sobre la situación imperante en la República Argentina en 1943. En lo político, fraude. En lo económico, “estábamos en las garras de los pulpos representados por los grandes capitalistas; y sufríamos la consecuencia directa de la explotación de los imperialismos (…) No mandábamos nosotros, lo hacían los imperialistas representados por esos grandes consorcios capitalistas”.

Como consecuencia, el estado social era lamentable. Nuestros obreros eran explotados por esos grandes consorcios que exportaban los dividendos a sus metrópolis. Éramos una colonia y nuestra gente era explotada como en todas las colonias.

Por lo tanto, hubo que estructurar una política que nos permitiera obtener la independencia económica: “Mientras no exista en un país independencia económica, no hay solución para el problema social”. ¿Qué pasaba en Argentina? “Aquí los ferrocarriles constituían un monopolio inglés; el teléfono, un monopolio americano; el gas, un monopolio inglés; la cosecha, un monopolio inglés con testaferros criollos; los seguros, un monopolio inglés y canadiense; los reaseguros, un monopolio inglés; la marina mercante pertenecía a monopolios ingleses y americanos”.

La mitad de la producción nacional se iba a las metrópolis. ¿Qué hicimos nosotros? Compramos los ferrocarriles, los teléfonos, el gas; argentinizamos los seguros y reaseguros. Compramos una marina mercante y hoy, esos cuatro mil millones de pesos que iban afuera, los repartimos entre los trabajadores argentinos. Por eso viven mejor.

2.- Los trabajadores al gobierno

Luego de este racconto, se inicia una especie de introducción a lo que Perón llama “un estado sindicalista”. Postula, de entrada, que para revertir del sometimiento del pueblo se necesita una sola cosa: “que los trabajadores estén en el gobierno”. Con los capitalistas en el gobierno, nada se hubiera podido realizar porque son sirvientes de los monopolios. Los capitalistas argentinos que, en su momento, organizaron el gobierno de la República Argentina,  se alquilaron siempre a los intereses de los monopolios.

Hoy en día, sostiene, el movimiento obrero es el que maneja el gobierno tal como antes la manejaba el capitalismo. Pone como ejemplo la nacionalización del Banco Central. Sobre 12 directores, 8 eran puestos por la banca extranjera. Hoy, el “dinero de la República Argentina lo maneja la República Argentina”.

La reforma económica permite utilizar todos los recursos de la República para el pueblo. Por eso hay una reforma de fondo en lo social. Se ha dignificado el trabajo. El justicialismo transformó una constitución capitalista en una constitución justicialista. Se han agregado los Derechos del Trabajador. Se ha creado la Justicia del Trabajo que es la que hace cumplir la Constitución y la Ley. Se ha creado el Ministerio de Trabajo y Previsión “que está en manos de los obreros y que deberá estar siempre en manos de un obrero”: “Nosotros no creemos en la eficacia de un Ministerio de Trabajo que esté en manos de un industrial, de un capitalista o de un oligarca. El Ministerio de Trabajo, para que sea efectivo y eficaz, debe estar en manos de un obrero auténtico.”

Por eso la Constitución transformó el régimen capitalista en un régimen de economía social. La economía ya no está al servicio del capital; es el capital el que está al servicio de la economía.

Sería interesante reconsiderar, aunque es bien conocida, la crítica que Perón despliega sobre lo que denomina “el principio hedónico” del capitalismo: “Yo sostengo lo contrario: es el capital el que debe estar al servicio del consumo “que es un ciclo de la economía”. Rechaza así la idea de “punto óptimo” según la cual se privilegia la ganancia sobre la producción para el consumo del pueblo.

Por último, señala la importancia de la independencia económica por cuanto, gracias a ella, la Argentina puede hacer “su voluntad”: “¿Voluntad de quién? Del pueblo”.

Es a esta altura de su charla cuando el Gral. Perón introduce un tema que considera prioritario: “Me refiero al orden de la organización social, es decir, cuál es la teoría justicialista sobre organización sindical y de dónde parte el principio justicialista de la organización social”.

3.- El Estado Sindicalista

Esta es la parte de la charla de Perón que me parece interesante destacar y repensar. A lo largo del texto hay advertencias y enseñanzas que podrían ser orientadoras tanto para los sindicalistas de hoy, como para quienes pretenden llevar a la práctica la doctrina del justicialismo. A partir de ahora, salvo algunas aclaraciones, se reproduce, en cursiva, el original.

“Nosotros hemos dicho que somos en gobierno de obreros. (…) Por eso yo tengo los dirigentes obreros en mi gobierno, y algunos son ministros. En el Congreso, tanto en la Alta Cámara como en la Cámara Joven, el pueblo está representada por obreros auténticos que salieron de su trabajo para ir a la función legislativa, y si no hemos puesto el 90 por ciento de ellos es porque yo he querido ir despacio para no hacer fracasar la primera intentona. Pero el número de representantes obreros ha de ir aumentándose. Y esto no es una cosa que obedezca solamente a mi simpatía, a que yo quiero a los obreros y ellos me quieren a mí. Yo he hecho esto con una alta especulación científica, porque además de ser eso grato a mi corazón, es también grato a mi entendimiento y a mi inteligencia.(…)

El justicialismo está en la idea que el futuro de la humanidad será la constitución de estados sindicalistas. Y observen ustedes que la historia nos va dando la razón. Hace veinte años, en cualquiera de nuestros países el factótum era el partido político. Hoy vemos qué poca influencia tiene ya el partido político. Yo observo que en los estados capitalistas, cuando alguien le mueve el piso al gobierno, no son nunca los partidos políticos, porque ellos están trenzaditos entre ellos; son los sindicatos obreros. Eso quiere decir que el sindicalismo va afirmando su línea en la acción y los dirigentes gremiales van teniendo por primera vez en el mundo la representación a que tienen derecho, encabezando las organizaciones de varios millones de hombres que están detrás de ellos para apoyar la voz y la acción de los compañeros de trabajo. Eso lo hemos interpretado aquí hace siete años y vamos con esa dirección.

Me dirán: “Pero usted tiene partido político y tiene sindicatos”. Sí; tengo partido político, pero yo estoy ayudando a la evolución. Y estoy ayudando a la evolución hacia el sindicalismo, apoyando de todas maneras a los sindicatos, que se van desplazando paulatinamente. Y quizá llegue en esta tierra el día en que le hagamos un entierro de primera con seis caballos a los partidos políticos, y constituyamos el Estado Sindicalista. ¿Por qué lo hacemos así? Porque nosotros no podemos producir por revoluciones; es necesario llevar adelante por evolución, que es un sistema incruento, siempre mejor que el cruento. Nuestro movimiento no ha costado una gota de sangre, y esta misma revolución, en otros países, ha costado millones de muertos, lo que quiere decir que nuestro sistema no es tan malo; nosotros vamos andando despacio, pero andamos. Vamos despacio, pero con firmeza y determinación (…).

Señores: El Gobierno quiere sindicatos fuertes, vale decir, con mucha gente bien unida. En segundo lugar, deben ser económicamente fuertes. ¿Por qué? En dos palabras se lo voy a explicar.

En principio, yo creo que el sindicalismo no puede reducirse a una comisión directiva formada por cuatro o cinco hombres capaces, que luchen por la defensa de los intereses profesionales. Porque sería muy magra la cosecha de un sindicato si su acción sólo se redujese a propugnar la lucha. Por otra parte, la lucha sindical casi ha desaparecido en nuestro país, porque hoy se forman comisiones paritarias y en ellas se discuten los problemas. Los obreros argentinos están bien asesorados y saben bien cuánto gana el patrón y cuánto les pueden dar de salario. Y cuando el patrón no dice la verdad, aparece el Gobierno detrás y le dice: “El año pasado usted ha ganado siete millones de pesos. ¿Por qué no deja dos o tres millones para sus pobres obreros, que son los que trabajan?”

Pero entonces, sintetizo,  entran a tallar los fueros sindicales. Perón explica cómo los sindicatos pasaron de ser “asociaciones ilícitas” a contar con la “personería gremial” que los hace inviolables dentro del régimen justicialista. Nadie, ni el Gobierno, puede intervenir un sindicato porque son absolutamente libres e inalienables: “Todo esto se puede garantizar no para ahora, sino para la reacción capitalista.” “Ahora la solución de los problemas se reduce a una discusión generalmente amable. Es de ver cómo se han acostumbrado los patrones a tratar con los obreros, ellos, que antes consideraban el trato con los obreros como un deshonor.” (…)

4.- Sindicatos multimillonarios

“Si los obreros abandonan el apoyo que prestan al régimen justicialista, el justicialismo se viene abajo en el día. Pero los obreros no habrán ganado mucho el día en que el régimen justicialista caiga. Por esa razón, si ellos nos apoyan a nosotros, nosotros los apoyamos a ellos y así, apoyándonos mutuamente, en el panorama social, económico y político argentino, nosotros somos invencibles. Y lo seremos mientras nos comprendamos y nos sirvamos mutuamente.

Por esta razón yo quiero sindicatos fuertes. El capitalismo lucha por destruir esas representaciones, subdividirlas en pequeñas fracciones y de esa manera crear veinte o treinta centrales obreras, que es la forma de romper a la Central. Nosotros, en cambio, luchamos por tener un solo sindicato. Pero esto no lo hacemos por ahora, sino por lo que pudiera suceder en el futuro, porque cuando todos los trabajadores estén unidos en una sola central, vale decir, en un solo sindicato, ellos estarán prácticamente en el Gobierno. Eso ocurrirá mientras permanezcan unidos, pero el día en que se dividan pierden el gobierno. Los capitalistas, que son pocos, pero organizados, mediante esa organización vencieron al número y explotaron a los trabajadores. ¿Qué ocurrirá entonces cuando los pueblos se organicen? y ¿qué harán los capitalistas? En todas esas concepciones se basa el justicialismo. Pero se basa, señores, en una conducta leal y sincera, en que ellos no nos engañan nunca y nosotros no los engañamos jamás. Yo quiero sindicatos fuertes y hay muchos de ellos que actualmente en servicios sociales, en propiedades, etcétera, tienen muchos, pero muchos millones de pesos. Eso es lo que yo quiero.

Quiero hacer de cada sindicato un asociación multimillonaria. No quiere decir que los obreros se van a enriquecer con eso. Ellos seguirán teniendo lo suyo, pero estarán apoyados y defendidos por asociaciones ricas y poderosas.

Observen ustedes. Cuando se organizaron los capitalistas, ¿los patrones qué hicieron? ¿Fueron ellos los que salieron a pelear a la calle con los obreros en huelga? No. Los obreros pelearon con la policía. ¿Y por qué iba la policía a pelear con los obreros? Porque los obligaban las asociaciones capitalistas, que los financiaban, los pagaban y los manejaban. Eran organizaciones poderosas. Cuando los obreros salían a la calle y se hacían romper la cabeza por la policía en los tumultos callejeros, el dueño, el capitalista, estaba en el Jockey Club fumando un habano y jugando una partida de ajedrez, o con una señorita.

¿Por qué podía él estar con una señorita o tomando un café mientras se dilucidaban sus intereses en calle, a balazos, entre los obreros y la policía? Porque él tenía una organización poderosa que manejaba al gobierno y a la policía. Entonces, ¿por qué los obreros no van a poder hacer lo mismo? Han de poder hacerlo porque en el futuro esas organizaciones poderosas son las que apoyarán a las organizaciones obreras.”(…)

No faltará ocasión de comentar este texto. Un ejemplo. Perón sostiene que las organizaciones deben ser multimillonarias, pero no los dirigentes sindicales porque entonces se convertirían en capitalistas y burócratas. O sea, se pasarían al enemigo. Serían traidores a su clase, a su pueblo y a la patria.

5.- Perón profetiza el neoliberalismo

“Pensamos que la situación del futuro no va a ser sonriente para el mundo, como muchos optimistas suponemos”. En ese momento, piensa, se está produciendo una larga guerra de desgaste. Se refiere, por supuesto, a la llamada “guerra fría”. Cuando termine, saldrá un ganador. Y ahí está el peligro para nosotros, “de todos estos pueblos de naciones chicas”.

Perón no cree que el comunismo gane la guerra. Va a ser aplastado y va a ganar el capitalismo.

“Y después, ¿qué va a pasar en el mundo? Va a venir una reacción capitalista en el mundo entero. ¿Por qué? Porque habrá que pagar esa guerra, y no va a haber en el mundo plata suficiente para pagarla, y además porque los capitalistas nunca han pagado las guerras que hacen. Se las hacen pagar a los otros, a los pobres y débiles.

Eso es lo que tenemos que ver. Tenemos que estar en la causa que es de todos, pero tenemos que precavernos creando nuestras organizaciones para que no volvamos a caer en la explotación, en la miseria y en el dolor de los pueblos latinoamericanos. Esas es nuestra concepción justicialista. Por eso quiero sindicatos fuertes, sindicatos poderosos. Yo he morir mañana o pasado y quiero dejar en manos de ellos su propio destino, formando sindicatos que sepan defenderse, que puedan defenderse. Por eso he organizado también un grupo de opinión, porque sé que lo primero que va a hacer el capitalismo en su reacción, será entrar en nuestro pueblo con la prédica, quizá inocente, de los diarios capitalistas, engañando a los propios obreros y llevándolos a apoyar una causa que les es perjudicial. Por eso he querido dejar a los trabajadores argentinos la organización de un grupo de opinión, para que tengan posibilidad de llegar al pueblo con sus propias ideas y convencerlo de la verdad”.

Obviamos algunos aspectos muy importantes de esta conversación con los delegados obreros latinoamericanos. Perón insiste en que los sindicatos no pueden reducirse a la lucha por los intereses profesionales. Pone como ejemplo a los ferroviarios que cuentan con mutuales, hospitales, cooperativas y locales propios en todo el país. Insiste en la importancia de las escuelas sindicales. En todo lo que es tarea común y paso del yo al nosotros.

Por último, considera un gran logro el haber interesado a todos los argentinos en la solución de nuestros problemas. Hasta el más humilde, casi analfabeto, sabe lo que debe defender porque tiene conciencia de que es de él. Los países en que los ciudadanos se desentienden de los problemas están perdidos.

“Yo he querido salvar a la Argentina llevando al hombre humilde para que él discierna con su buen sentido de humilde -que es el menos contaminado de todos- y pueda dar opinión, pesando en las decisiones del país. No creo que solamente los inteligentes o los más evolucionados tengan ideas buenas, porque ésos son muy alambicados y muy llenos de intereses, de pasiones y de vicios. En cambio, el hombre que trabaja primariamente suele tener sus sentimientos menos contaminados y menos obligados por los interese y pasiones”

6.- Inconclusiones

En una breve busca por mi memoria, traté de recordar algún antecedente en Argentina de esta concepción sobre el sindicalismo expuesta por el Gral. Perón en octubre de 1950. Me retrotraje, entonces, a los debates entre las ideologías revolucionarias en los alrededores del Centenario (1910). Entre las diversas corrientes anarquistas, revisten especial interés para nosotros, “los sindicalistas”. Algo podemos entrever en un libro que publicó en 1914 el francés Pierre Quiroule. Se titula La ciudad anarquista americana. Obra de construcción revolucionaria. Con el plano de la ciudad libertaria. El autor, cuyo verdadero nombre es Alejo Falconnet (Lyon,1867/Bs.As.,1838), traza una utopía y, como expresa en el subtítulo, hasta dibuja el plano “la ciudad libertaria”. Ahora bien, el autor imagina cuáles serán los problemas que se suscitaron en la época postrevolucionaria.

Y miren qué curioso. Antes de llegar a la etapa firme de la “comuna libertaria” (una singular “comunidad organizada”) se instaura un régimen sindicalista centralizado que posibilitó la erradicación del parasitismo de clase en la etapa previa a la instauración de las comunas agrícolas-industriales. En estas comunas quedan descartadas todas las posibilidades de imposiciones de unos sobre otros: “comunas de hombre libres, buenos, animosos y sabios: una fraternal civilización”.

Queda para el lector, interesado en la búsqueda de las raíces filosóficas del movimiento peronista, investigar las indudables relaciones del pensamiento de Perón con el anarquismo. Recordemos que, en gran parte, los primeros sindicatos peronistas fueron obra de militantes anarquistas. No por casualidad el primer secretario general de la CGT se llamó Libertario Ferrari.

Perón estaba en contacto diario con los obreros, hablaba con ellos, aprendía de ellos. Iba de la práctica a la teoría: “Y no es esto una cosa que obedezca solamente a mi simpatía, a que yo quiero a los obreros y ellos me quieren a mí. Yo he hecho esto con una alta especulación científica, porque además de ser eso grato a mi corazón, es también grato a mi entendimiento y a mi inteligencia”.  Corazón, entendimiento, inteligencia. Porque todo “eso” era un comunitario “quererse”.

Jorge Torres Roggero. Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

Perón, Juan Domingo, 16 de octubre de 1950, “Palabras a los delegados obreros latinoamericanos”, Edición Oficial, s/d.

Weimberg, Félix, 1976, Dos utopías argentinas de comienzos de siglo, Bs.As., Solar Hachette