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por Jorge Torres Roggero

Juan Filloy1.- Un preludio sobre Psique, el Alma

Cierto rey tenía tres hijas. Las tres eran hermosísimas, pero una de ellas, Psique (el Alma) era tan bella que asustaba a sus pretendientes. Casadas sus hermanas, los padres desesperaban:  nadie se animaba a desposarse con Psique. Entonces, consultaron a un oráculo.

El adivino les aconsejó que la vistieran de novia, la abandonaran en un alto monte y un horrible monstruo se allegaría a poseerla. Desolados, los padres la ataviaron y, en doliente cortejo, la depositaron en la cima rocosa.

Psique, sola y abandonada, sintió de pronto que era arrebatada por un fuerte viento. La ráfaga la levantó en las alturas, la sostuvo suavemente y la depositó en un valle profundo y verde. Psique cayó en un profundo sueño. Y al despertar, se encontró en un palacio de oro y mámol. Sus puertas de abrieron y, guiada por misteriosas voces, recorrió los aposentos. De sorpresa en sorpresa, llegó al anochecer. Entonces, sintió una presencia a su lado. No lo vio, pero no le pareció monstruoso: era el esposo prometido por el oráculo.

Así transcurrió el tiempo. Psique pasaba el día sola en su palacio lleno de voces. Por la noche, su esposo se reunía con ella. Era feliz. Pero empezó a extrañar su familia. ¿La creerían muerta? Entonces, pidió al esposo que la dejara pasar una temporada con sus padres. Él le hizo ver los peligros de su ausencia, pero Psique se salió con suya. Llevó suntuosos regalos y todo fue alegría en la casa. Solo que sus hermanas, envidiosas, le hicieron confesar que nunca había visto a su marido y la convencieron para que ocultase una lámpara en la alcoba así, durante la noche, podría contemplar el rostro dormido de su amado.

Regresó Psique a su morada, cumplió el plan urdido y descubrió a su lado a un hermoso adolescente. Tembló de emoción y una gota de aceite hirviente cayó de la lámpara. Al sentirse quemado, Eros, el Amor, que era el monstruo cruel del oráculo,se despertó y huyó para no volver jamás.

Sin la proteccion del Amor, Psique se entregó a vagar por el mundo. Afrodita, llena de cólera por su belleza, la perseguía a sol y sombra. Ninguna divinidad se animaba a recibirla.

Al fin, cayó en manos de la diosa que la encerró en su palacio, la atormentó día y noche y la cargó de humillantes obligaciones. No contenta, la obligó a descender a los infiernos. Allí debía obtener de Perséfone, la reina de las oscuridades, un frasco de agua de Juvencia, fuente de la eterna juventud. Psique cumplió el encargo, pero le fue prohibido abrir frasco. Sin embargo, desobedeció; y quedó sumida en un profundo sueño.

¿ Qué fue, entranto, de Amor? Estaba desesperado. No podía olvidar a Psique. Y al verla hundida en su sueño mágico, la despertó de un flechazo. Ascendió al Olimpo y le rogó a Zeus que le permitiera casarse con una mortal. Tal lo que cuenta Apuleyo[1] en su Metamorfosis.

En las pinturas de Pompeya, Psique es representada por una joven alada semejante a una mariposa que juega con amores alados como ella. En muchas culturas, la mariposa es emblema del alma y un símbolo de la atracción inconsciente hacia lo luminoso.¿Es la purificación  por el fuego? En el arte sacro se suele representar a un ángel alado que pone en la boca del profeta un carbón encendido. ¿Es la mariposa un símbolo del alma como ente espiritual y trascendente? ¿O es un símbolo de esta vida? Los gnósticos representaban al ángel de la muerte con pie alado y pisando una mariposa. ¿Y las representaciones del Amor que lleva en la mano una mariposa a la que acerca una llama? ¿Es , a lo mejor, como en el psicoanálisis, una figura del renacer?

La mariposa es, ciertamente, una fuerza de la vida; y, la metamorfosis, una maravillosa tranformación de la oruga y su fealdad. De una larva asquerosa, una preciosa entidad alada: prodigiosa exaltación de la alegría, pero también  triunfo de lo efímero. Psique, escindida de Eros, pero en mutua compenetración, es también un símbolo de la conjunción final del amor verdadero, la destrucción de la separación, la flor de loto, el corazón irradiante, el centro escondido. Ese centro no es un lugar, es un estado. Hasta en lo biológico, el acto de amor es un anhelo de disolverse en lo disuelto, de reconstruir el andrógino primordial.

He insistido en algunos de los sentidos latentes de la palabra alma como fuente seminal en un espacio geocultural vivo: ¿mariposa riente, descenso a los infiernos, encuentro con los monstruos interiores, con los espectros y fantasmas del pasado?  A través de “mensajes captados telestésicamente” vamos a acompañar a Juan Filloy en un peregrinaje por el alma en pena de la Patria. Respirando “hedor de espíritus sepultos”, vamos a navegar en un mar de traidores. Pero, inmersos en una fantástica sinfonía, aturdidos por corales de figuras teratológicas, agobiados por revelaciones abominables, nos ubicaremos  en el “eter”,“sobre el tiempo y el espacio” (en un espaciotiempo de ondas gravitacionales), en la “vereda rodante que se hunde en el alma de la patria”.

2.- Literatura y música

Pero, claro, hecha esta invitación, debo aclarar que me estoy refiriendo al libro Aquende (1935) de Juan Filloy. En el listado de la copiosa obra de este autor, suele aparecer  no como una ficción, sino como “una geografía poética argentina”. Pero lo cierto es que el autor la imaginó como “una sinfonía aborigen al rincón argentino donde nací”. Y realmente, ha sido “compuesta” como una obra musical.

En efecto, ese carácter es el que plantea la particularidad del texto. El canon resulta impotente ante el mestizaje expresivo que nos desafía. La confluencia entre música y literatura ha sido tratada por Cecilia Corona Martínez en “Literatura y música en Aquende de Juan  Filloy” (Gramma N°5, USAL) [2]. La autora plantea que: “La unidad de la obra se funda en la presencia de lo musical. Dicha presencia se manifiesta de diversas maneras; una de ellas es la denominación de cada apartado, que se construye a partir de una indicación de expresión característica de las partituras. Estas indicaciones guardan una estrecha relación con el contenido y/o la forma del texto correspondiente, y se construyen «a la manera de», pues junto a «In decrescendo » o «Allegro vivace», aparecen expresiones como «Burletta» o «Stravaganza» que no pertenecen estrictamente al discurso musical.” De tal modo, una de las características específicas del libro sería “la organización guiada por formas musicales y el uso de terminología propia del discurso musical. El empleo de estos elementos permite unificar y convertir en obra cerrada una serie de textos cuyo hilo conductor es, tal como se indica en el epígrafe ya citado, «una sinfonía aborigen al rincón argentino». La analogía con las obras musicales constituye un recurso manejado con pericia por el autor, que de esta manera construye un texto distinto, al que también podemos denominar «híbrido».

En consecuencia, será necesario leer Aquende como una sinfonía tal como lo propone el autor. Sus partes son: 1) Suite del viento y de la nieve;1) Interludio (Reverie. Los Atlantes); 3)suite del cielo y de la pampa; 4) Intermezzo. (Miserere. Los entregadores);5) suite del sol y de la selva; 6) Interludio. (Cantus choralis. Los inmigrantes);7) Suite del agua y la piedra.

Como todos los títulos de Filloy, Aquende consta de de siete letras y las partes de la sinfonía son siete. Es su número cabalístico. En esta ocasión, sólo me ocuparé del “Intermezzo”, el cuarto, que viene a ser representación del centro de un símbólico candelero de siete brazos, o la invisible “luz blanca” del centro del arcoiris, o  el hilo milagroso del collar sin el cual nos dispersamos, o la mariposa de luz nacida de la fealdad de la  oruga. Los invito a transitar un contrapunto dramático entre “modo expresivo” y contenido.

3.- Intermezzo. Las regiones ultrahumanas

Intermezzo es un término utilizado en S. XVIII para una serie de piezas de carácter cómico que eran interpretadas entre los actos o las escenas de una ópera (intermezzo en italiano = entreacto). Su contenido era independiente del espectáculo. Luego, el intermezzo pasó a ser una pieza orquestal de transición entre dos escenas, o un contraste en un movimiento instrumental. También se suele utilizar como título de un movimiento intermedio (nunca el primero ni el último) y de carácter más bien ligero. A veces se usó como título para series de piezas pianísticas (Schumann, Brahms)[3]. La palabra sugiere, por un lado, una sensación de espera; pero, también, la certeza de la fugacidad del momento. Heine escribió un Intermezzo lírico. En uno de sus poemas expresó: “De mis grandes penas, hago pequeñas canciones”. El tono procaz, paródico, de  un intermezzo es, en realidad, un modo de disimular la desazón que produce en el alma una situación de hiato, de vacío, y de subordinación a un sentido que prevalece al margen, en bloques expresivos obedientes a una fuerza extraña, a un orden de significados de otra lógica.

En realidad, el Intermezzo de Filloy es un viaje a las regiones ultrahumanas con una larga tradición en la literatura: Homero, Virgilio, Dante. Pero es el primero en la literatura argentina (antes que L. Marechal) como intento de registrar el otro lado de la realidad. En Filloy, no se produce el descenso, típico de estos textos, sino el paso a una atalaya, entre el tiempo y el espacio, para pesquisar la “atmósfera” exacta y estricta donde “se calca y se conserva la imagen verdadera de los hombres”. ¿Pero como se inicia el viaje? ¿Cuáles son los sujetos de la acción de pasaje y de los enunciados?

Alguién dice: “Venga. Ubiquémonos acá. Sí, acá: sobre el tiempo y el espacio”. Otro contesta: ¡“Deje al pasado ser el pasado!”. Pero no. El pasado está en nosotros, inmerge y se revivifica en nosotros. Ya han cruzado el espejo. Primero aparecen “sombras chuecas, crujientes, obcecadas, inverecundas, teratológicas”. Zafados del presente, dice el personaje que es el narrador, todo el “substractum” del pasado se corporiza. Percibirán todo el pasado, pero no lo que ha sido justo “porque la justicia es transparente y carece de representación”. Palparán la infamia de los hombres. Infiltrados en “zonas paramentales” contemplarán el absurdo de las vidas de nuestros próceres “porque la vergüenza, la ignominia, es lo que los  hace visibles”. El “aura de luz” que cada ser tiene ha perdido su diafanidad y se cubren de manchas y de “colores nauseabundos”. Los cuerpos astrales, alimentados mnemotécnicamente, padecen ciertas “verdades de ultratumba” inaccesibles a nuestra corporeidad: los seres “momificados por la historia son los peores habitantes del trasmundo”.

Lo que va suceder es un fenomenal “escrache” a los próceres instalados por los libros de historia: “contemple estos héroes leprosos de falsías, esos próceres ulcerados de “vivezas”, aquellos estadistas con eczemas de escarnio”. En el predio de los “efluvios mentales” “la personalidad de cada uno se presenta sin tapujos ni disfraces”. Las virtudes (deber, bonhomía, honor) fueron escarapelas que usaban en efemérides sin ideales. El reverso de la patria muestra “la triple reticencia de su sumisión, comprada con plata de cohecho; de su fortuna, adquirida con desasosiego y renunciamientos; y de su fama, trabajada por escribas y fariseos…”

Los interlocutores van a entrar al “País de los hombres solapados que se confiesan a plena voz”: son muchedumbres astrales, sombras turbias de deseos, coágulos de impulsos putrefactos. Se van a desplazar por ámbitos acústicos:  recordemos, es una sinfonía en que alternan intensidades de sonido (acentos, matices), movimientos (presteza, lentitud del ritmo), alteraciones y articulaciones; pero, también, estaremos atronados de “infatigables soliloquios” y corales ininteligibles[4].

El primer acompañante que, solo acompañaba al relator por dilentantismo, desiste del viaje. Hay almas  “que no soportan las altas presiones de la verdad”. Entonces, “mi “compañero” dio un respingo. Y en medio de tropeles confusos se perdió su alma en el exorcismo que consuma la ironía de volver el juicio a la “realidad” de afuera”.

Ese compañero desertor que se queda en la realidad de afuera es, evidentemente, la realidad corporal, externa. El “cuerpo astral” deja entrar una pesadez extraña, y una “cohorte de estratos la doblaron dulcemente en sus brazos”.

4.- Inicio del viaje

“Y partió”. Se inicia el viaje. Es un vuelo estático. Cruza las zonas maléficas de “venalidad de las plegarias” y las zonas pestíferas de las maldiciones. “Fue una singladura de sueños dentro de vaivenes cósmicos”, “afirmé en la plenitud del sueño la plenitud de mi conciencia”: “De improviso, se decantaron en mi presencia las civilizaciones. Todo el carrusel de los imperios se disolvió en el estruendo de  una flatulencia. Toda la farsa religiosa en un eructo. Todo el arte en un hipo”.

Se produce un concentración de milenios en un momento y aparece el primer coro de fantasmas que reaparecerá en todo el viaje. Es el desfile de un grupo de filósofos. “Cojos, tuertos, mancos…A cada uno le faltaba algo. Diabetes, cirrosis, nefritis…A todos los afligía algo”. Le clavan la vista, prorrumpen en “desencajadas carcajadas”. Y entonces, aparece la primera visión del alma: Psique  arrebatada por el viento se convierte en mariposa y esperanza. Dice el hermoso texto: “La risa se hizo brisa. La brisa, vendaval. Y, al caracolear sus corceles delante de mí, las crines espantaron infinitos enjambres de vampiros:- Simulacros…- SIMULACROS…– SIMULACROS…

Fue una barahunda infernal. Cada vampiro graznó esa palabra. Y dicha, clavaron sedientos sus trompas en mis ideas. La succión me convirtió en odre vacío. El estupor se adhería apenas a mi escualidez. Pero, ¡milagro! Mis efluvios mentales trocaron las vampiros en mariposas.

El vendaval tornó a ser brisa. La brisa, risa. Y mientras los filósofos retomaban la marcha, cada mariposa se desvaneció hecha sonrisa en sus labios”.

Había entrado al alma de la patria. Se produce entonces, la primera epifanía. Un resplandor y una voz. Un fantasma se le estaba presentando: “Soy José Gaspar de Francia, el vilipendiado doctor Francia, de quien se ocupó nada menos que Carlyle en la Revista de Escocia”.

5.- Balconeando la argentinidad con un guía “santo”

Francia se presenta como “paraguayo de nacimiento, pero cordobés por vocación”. Es un doctor “en ambos derechos” de la Universidad de Córdoba. Sucede un diálogo lleno de humor entre cordobeses. Lo curioso es que el dictador paraguayo, denostado por los libros de historia, en esas regiones es un santo porque “entre la clarividencia de Dios y los archivos del Papa median insondables abismos de sagacidad”. Resulta que todo es al revés en el ultramundo, resulta que “los que fuimos escarnecidos por el ludibrio de las pasiones, ni bien padecemos la reversión de la muerte, entramos de lleno en la confianza de Dios”. Más aún, en la “privanza de Dios”. Por eso a él se le ha asignado la función de arrear filósofos.

Convertido en guía, le explica que todo lo que en la vida terrena es hipócrita y fementido, aparece aquí tal cual es. Todos los espíritus llegan al transmundo con su bagaje de fraudes. Pero, ignoran que ese mundo, sin connivencias, es reglado por un “genio etéreo” regocijante que se hace confesar a cada uno todo lo que omitió o calló. Ya nada pueden disimular y están condenados a “vivir su muerte” mostrando felonías a través del “prisma turbio de sus cuerpos astrales”.

Viajero y guía llegan a lugares de escenografías fantásticas. Filloy muestra una magnífica ductilidad para mestizar su textos con alusiones a la pintura en compenetraciones de casas, luz y seres, planos y resplandores, frenesí de lampos y resplandores. Está pensando en los futuristas: Severini, Soffici, Carrá y Boccioni. En otros momentos se refiere a músicos de vanguardia. El doctor Francia lo estaba llevando, tras un desplazamiento por éter  bajo la “acción gravitacional y las fuerzas electromagnéticas”, hasta un “rincón astrofísico apacible”. Una suntuosa sala llena de lujos donde está el “palco de Dios”.

Estamos en un espacio-tiempo que abarca tanto el cielo como el infierno. Dios es presentado como un viejo jodón y comprensivo que abomina de los beatones: “El viejo sufre dromomanía. Debe andar ahora por el paraíso, el sector más anodino del cielo en donde los tontos, los beatos y los imbéciles se atascan de ambrosía. Sólo en estado paranoico los visita.”

Lo cierto es que, desde ese palco, el doctor Francia invita al relator a “balconear un rato la argentinidad”. Se produce, así, “el más pasmante fenómeno de espectroscopia que se pueda imaginar”. Alguien peroraba: “Distinguidas y miserables larvas: este proscenio de forma geográfica representa el territorio auténtico de la Argentina antes que lo desmenbraran los entregadores” a partir de Bernardino Rivadavia. El que hablaba era un pellejo fosforescente a través del cual se veía un aparato circulatorio circulando con tinta en lugar de sangre. Cada vez que resoplaba, tachaba con un borrón el párrafo vertido: era Vicente Fidel López, el historiador.

6.- Confesión y remordimiento

El escenario será la geografía argentina, y  será, a la vez, el lugar de los entregadores. Filloy alude en el texto la concienca literaria de vivir en la alegoría. Es un mundo subrealista, subverista, piensa. Más, en 1935, habla de un “realismo mágico”. Pero el intermezzo, el entreacto, no lo ha hecho olvidar que es sólo un hiato de su sinfonía aborigen, que está afincado (arraigado) en el lado de acá, que no caben las tentaciones de la cultura dominante pero sí sus tranfiguraciones. Sus ojos, “enorgullecidos de paisajes de la patria”, han evaluado en su “geografía musical una grandeza sinfónica de probabilidades”. Ahora había llegado el entreacto, el hilarante deschave de la solemnidad de historiadores, biógrafos y poetas: había llegado la hora de la “algarabía superrealista”.

Vicente Fidel López es el primer arrepentido. Un emigrado cuyo padre servía devotamente a Rosas. Autor de una historia argentina llena de diatribas y está dispuesto, ahora, a revelar las verdades amargas que ocultó. ¿Cuáles son sus rectificaciones?

La Argentina es preexistente. Ya “era” antes de conquistadores, adelantados y virreyes que introdujeron la cruz y su avidez: “¡Dos cosas incomprensibles al manso comunismo de los indios¡” Pero cuando el expolio se la colonia se iba tranformando en dominio, España declinó. Sucedió, entonces, la injerencia de dos imperialismos astutos: Inglaterra y Portugal. Los criollos cooperaron con su falsía y su destino fue triste: “ni bien consiguieron liberarse del yugo hispano quedaron atrapados en el yugo inglés”. El historiador confiesa que conoce el forro de las “caras bien vestidas” y que exaltó virtudes inesistentes para salvar el decoro de las familias patricias. La historia es faramalla de fiesta escolar: “Los próceres son próceres de tintero”. La Revolución de Mayo fue obra de Inglaterra. Los patriotas de la Primera Junta eran todos angófilos: “Durante la estada de las invasiones (inglesas), las mansiones más encumbradas de Buenos Aires acogieron con simpatía a los oficiales británicos”. La Revolución de 1810 “no fue un torbellino multitudinario como la francesa o la soviética. No hubo ni un muerto, ni un herido ni un desmayado…..Moreno, ante el virrey, pugnando el permiso para fletar cueros y frutos en barcoa británicos, inició sin querer la ominosa cadena de abogados argentinos que, acogotándonos, ha asesorado y defendido al imperialismo anglosajón….” Inglaterra, no pudiendo apoderarse de nuestro territorio, de apoderó de nuestra hacienda y logró lo que deseaba: nuestro vasallaje económico al Reino Unido, nuestro continuo mendigar créditos, nuestra sumisión al pago de intereses y dividendos. El historiador concluye: “Urge, en consecuencia, expulsar a los ingleses….Para ello es menester que nuestro ideal de emancipación de afirme en las fuerzas viva del espíritu. Que se trabaje de cualquier modo la libertad económica del pueblo. Que hay otra reconquista (….) De cualquier manera. Sólo así la patria será dueña de su destino”.

Dicho esto, entre vómitos de biles, el historiador Vicente Fidel López, se “disolvió entre náuseas.”

7.- El miserere: un coro de fantasmas

En ese momento, entró una caterva de figuras teratológicas, de seres mezclados. Gran cantidad de algas brotaban de su boca, sus manos y su sexo. Lengua, dedos, pene, ondulaban, en largas tiras, como llamas de un “fuego enfermo”. Entonces, a coro, la “caterva comenzó a salmodiar un amargo miserere”. Son los prohombres que mistificaron, tergiversaron, vilipendiaron; son los que, infidentes al honor, “prefirieron ser cómplices de quienes hicieron una patria genuflexa.” ¿Quiénes eran? Eran la aristocracia que incautó el país despues del año veinte, pero no cumplió con su deber y se convirtió en una oligarquía que ya no puede ocultarse en panegíricos de sátrapas.

Entonces comienza el agrio miserere. Sabemos que el Salmo 50 (51), llamado  “Miserere”, es de los más profundos poemas penintenciales. Es el canto a la justicia y la misericordia de Dios. Un acusado clama desde la oscura región del pecado. El pecador se reconoce “culpable desde el vientre de su madre”. Al final, prevalece la luminosidad de la gracia que se extiende de los individuos al pueblo. Por eso, una vez que el pueblo ha pagado lo que merecían sus pecados (la opresión y el destierro), es rehabilitado por la justicia divina .

Filloy organiza el miserere de la caterva deforme de la oligarquía en versículos que van entre signos de exclamación. Comienzan siempre con epítetos infamantes y su función es confesar publicamente las traiciones a la patria. Vamos ejemplificar con el primer versículo y el último,  que intensifica su expresión con letras mayúsculas. Recordemos que es un coro, que es una salmodia, que Filloy trabaja con las indicaciones del código musical. O sea, al “leer”, hagamos el esfuerzo de “oir”. El primer versículo es este y el improperio inicial es “ilusos”:

“¡Ilusos, porque asentimos las sandeces de Rivadavia soñando instaurar un príncipe extranjero y sumir al país bajo la férula de un protectorado!”. A continuación, registramos la execración con que inicia cada versículo para visibilizar las traiciones de los patriotas de los libros de historia: “badulaques”, “ruines”, “crápulas”, “perdularios”, “pavotes”, “cobardes”, “descastados”, “bestias”, “falsarios”, “inconscientes”, “necios”, “cretinos”, “depravados”, y concluye con esta antífona: “¡Sí, sépanlo bien, SÉPANLO BIEN, SÉPANLO BIEN: Somos los entregadores máximos. Los que humillamos el futuro de la patria humillando su pasado. ¡LOS QUE HUMILLAMOS EL FUTURO DE LA PATRIA HUMILLANDO SU PASADO! ¡¡ LOS QUE HUMILLAMOS EL FUTURO DE LA PATRIA HUMILLANDO SU PASADO!!”

Se escuchó un lamento lúgubre y las voces del coro se apagaron.

8.- Sofrenar el caos, la soledad de Dios y el fantasma elegante

Apagado el lúgubre miserere, millones de víboras se despiertan del marasmo. Caterva pringosa, “chorreaba luz y pus”. De un cielo sucio, caen enormes arañas y la repulsión hace saltar la órbita de los ojos que “sumergidos en condimentos de virus y detritus”, eran devorados con fruición.

El relator desfallece. Pero el doctor Francia lo incita a que se anime ya que los monstruos son “sólo símbolos”. Antes, le había advertido: “estamos en plena alegoría”. El paraguayo quiere minimizar tanta repugnancia con el pretexto de que se trata de pura representación, de ficción literaria. Intenta explicar quiénes eran las arañas, pero no puede continuar. Levantando polvaredas, entre profuso griterío, entran todos los montoneros juntos. Es el caos. Revuelo de ponchos, crines. Es el desenfreno de la barbarie.

Lo siniestro y lo pasado convocan. En medio de algaradas infernales, remolinean las huestes de López, de Ramírez y la bandera negra de Facundo. Pero debajo de esta algarabía, se escuchan susurros omnipresentes. Son los entregadores: “La caterva de entregadores y emigrados tramaba algo…Nuevos ardides venales…Nuevas ambiciones y patrañas…Nuevos saqueos y matanzas.”

El intermezzo avanza. Es un crescendo enérgico y firme, impetuoso. Se suceden diferentes matices y movimientos. Se vuelve, luego a un “misterio moderato”, se transita por términos en que se intersectan lo patético y lo nobile, lo afectuoso y apasionado.

Es que, enhorquetado en un potro luminoso y rampante, “sofrenando el caos”, Rosas “extendió la mano con el rebenque”.

Todos temblaron: nativos y extranjeros. Don José Gaspar Francia, el guía-dictador, vibra de entusiasmo. Se enardece con una extraña semblanza de Rosas: “Redujo todos los oprobios a un solo oprobio, sintetizó los exterminios inútiles de las guerras civiles en el exterminio necesario que salva la nacionalidad (…) Decente con la chusma. Inexorable con los entregadores”.

Juan Manuel anticipa la unificación de la patria, recobra su honor, clarifica las finanzas: “y cuando ya al tope la bandera vino el bloqueo, su autoridad erecta preñó la gloria en la Vuelta de Obligado (…) La tiranía quedó santificada ese día (…) Derrotar a Francia y a Inglaterra, fue solo perfomance suya. San Martín la homologó regalándole la espada (…) San Martín que murió entre las brumas de la Mancha puteando en silencio a los arribistas que forjan las desengaños de la patria”.

En ese momento, Dios, “que es ubicuo solamente en la tierra, se coló en el palco-mirador haciéndose el distraído: “Yo lo advertí. -dice el narrador- Venía cansado”. El doctor Francia, sorprendido, apenas atina a decirle: “-A propósito…Le presento…a Dios”.

Se produce, entonces, otra variación. Es un “a media voz”, “con grazia”, “con spirito” en que “Jehová, el más enculado de los dioses”, despacha al doctor Francia, lo invita a retirarse con el cordobés de turno y su recua de filósofos. De paso, aprovecha para denostar al beaterío de la ciudad de Córdoba: “Han llevado al colmo la especulación de la plegaria”. Con un ademán, borró el espectáculo que veían.

El viajero-relator comienza a especular que la rabieta divina “provenía de los páramos de sombras que acabábamos de atravesar”. En su pensamiento miró a Dios con ternura: “debía haber penado mucho. ¡Oh, nada fastidia tanto como el candor de los imbéciles!” Dios lo interrumpe: “He leído su pensamiento y su conmiseración. ¡Es tan raro que alguien se conduela de mí, que me ha conmovido sinceramente! Todos me pechan favores y milagros”.

Dios se alegra de que, siendo cordobés, no sea doctor. Los doctores le dan mucho trabajo: “Mienten con solemnidad. Difaman con elocuencia. Rehuyen dialécticamente cualquier compromiso”. Aunque, a veces, se adaptan; y resultan útiles. En eso, hace su aparición un fantasma elegante, “con barbita de neolux bien peinada”. Dios lo saluda: ¡Oportunísimo, doctor Juárez Celman! Le presenta, entonces, a un comprovinciano que anda de turista en el trasmundo y le ordena que lo guíe.

Juárez, a su vez, se extraña de que el viajero, siendo cordobés, no sea abogado, ni fraile, ni mendigo; y concluye “que forzosamente tiene que ser víctima”. El viajero, en tanto, ante el desparpajo, los vuelcos y los sarcasmos de Dios, se llenó de asombro. Dios, por su parte, próximo a dejarlos: “Extendió el brazo y, manipulando el éter como si fuera piel, hizo un pase magnético de atracción. En el acto, irrumpiendo del vacío, se colocó frente a nosotros una cabina maravillosa”.

9.- El eclipse de la conciencia argentina: los entregadores

Presurosos, el viajero de los tiempos y su nuevo guía, suben al estrafalario vehículo: “Ni aletas, ni alas. Ni esquife ni avión. No sé cómo navegábamos. Ibamos por abismos esclarecidos (…) Trepidaba a veces un émbolo secreto, cual si la agonía de un ángel interceptara la marcha. Pero después, recobrando el ritmo, la cabina se hundía en las ondas de la muerte lo mismo que la fatiga en el sueño”.

Nótese como Filloy marca constantemente el carácter sinfónico del texto. Como en una partitura, apunta ritmos, intensidad (acentos, matices), movimientos (aire, tiempos en diversos grados). De tal modo, se entrecruzan armónicamente sonidos que son gemidos de las profundidades o silencios cargados de expectativas: “El viaje a ese ultramar se efectuaba en deliciosa mudez”. Los viajeros defenestran a Mármol y Vélez Sarsfield. A la Iglesia: “Entre la Iglesia y Dios no hay nada en común (…) Es la verdad más jocunda del cielo”.

Hendían alborozados un mar de ozono, cuando de improviso, divisan “una caverna de monstruos empollando tormentas sobre enormes cúmulos rojos”. Tuercen hacia el nadir. “Planeábamos en un caos teórico”, dice el viajero. Desde la cabina, sienten las pasiones que bullen abajo. Son protestas de fusilados, aleteos de degüellos, burlas de ahorcados. Grandes explosiones de gritos y juramentos.

El doctor Juárez maniobra el aparato. Ahora se ciernen sobre el “aliento de las voces”, sobre “el dinamismo de cerebros invisibles”. Están bogando en el tiempo-espacio. Juárez Celman comenta que sobrevolaban el lapso que va del 52 al 86 del siglo XIX: “El lapso lúgubre de la historia puesto que en él se eclipsó la conciencia argentina”. Acerca de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, asegura: “Yo no tengo nada que ver con esa gente, a no ser que pagué los platos rotos”. En ese tiempo-espacio célico, aparece “la ropa interior de las ideas” y la “desnudez de los sentimientos” no embauca a nadie.

Mitre se alza contra Urquiza, contra el Congreso Constituyente, contra la Confederación, contra la federalización de Buenos Aires: las provincias son dominadas por los porteños.

Ahora la extraña nave transita altísimas montañas. Sopla un viento huraño. La cabina resbala sobre napas de aire. Abajo, en el valle turbio, una estatua bajó de su “pedestal de bilis”. Era Sarmiento y hacía señas, gritaba, para que lo levanten. Pero el doctor Juárez pasa de largo. Asegura que Dios lo puso “en el erial de tedio para mortificación”.

Se produce, entonces, un contrapunto de figuras patéticas. La aureola del prócer se enfrenta a la execración de los hechos. Una estructura retórica “en abismo” se reproduce en un sostenido fortísimo: este que aparece en la mente de…como//es// el que. Veamos un ejemplo: “Aparece en la mente de los escolares como el “genio benéfico de la patria”//…// “¡El que instigó y pagó con plata fiscal la horda asesina que eliminó al gobernador Virasoro, a su familia, a sus amigos, a sus guardias, para trepar él al gobierno de San Juan!

De este modo va refutando cada una de las formas en que Sarmiento aparece: en las mentes de los escolares, de las maestras normales, de los inspectores del Ministerio de Educación, de los bibliotecarios de barrio y de los diputados en campaña. En la mente de la cultura oficial, en suma.

El viaje continúa y Sarmiento queda atrás en su pedestal de bilis, sin poder trepar al cielo. Circulan por los garfios de la Constelación de Cáncer: la puerta de los muertos de las antiguas tradiciones. Se escucha un grito: “¡Miradlos!¡Hasta los que hicieron hincapié se hincaron!”

El lamento, sostiene Juárez, se refiere a los Constituyentes de 1853: “imitaron la Constitución yankee”, prefirieron los dogmas cuáqueros a la “proba sensatez” de la democracia federal: “En vez hacer hincapié en lo autóctono se hincaron ante la extranjería. No construyeron, copiaron. Una burda metempsicosis de renegados en patricios”.

El viaje continúa por los antros del extramundo: “cruzamos hades, tártaros, infiernos babélicos, sin cuento”. Descubren el Océano-del-Honor-Ahogado. Era inminente, entre “rompientes de almas y oleajes”, “el naufragio de una época entera”.

A Juárez Celman lo asedia un riesgo propio: “De doquiera enderezaban, filos, apóstrofes, soplos de inquina, descargas de diatribas en contra suyo”. Pero el abogado cordobés “gracias a sus pases mágicos” evitaba ser fulminado por sus antiguos amigos: abogados, financistas, militares, políticos. Entonces, el doctor Juárez, “sobre el clamor innumerable”, clavó rígido, su anatema.

10.- Los anatemas del doctor Juárez Celman

Sabemos que, si bien es una figura retórica, anatema es un término de fuerte resonancia bíblica. A veces se usa con valor de maldición; pero, en general, es una imprecación contra una persona que es excluida de la comunidad por ponerse ella misma bajo un signo de ajenidad. Filloy refuerza el anatema con el apóstrofe en segunda en segunda persona del plural. Intensifica, asimismo el patetismo con interrogaciones retóricas cuya respuesta es obvia. Los precitos, los condenados, gimen sin poder articular palabras. Son los “entregadores” purgando su codicia: “muchedumbre astral” envuelta en “úlulos apagados”, broncos aullidos y rechinantes espíritus desplomados en la “hirviente emulsión” del “Océano-del-Honor-Ahogado”. La estructura lineal de las maldiciones responde a la siguiente disposición:

(¿Qué queréis de mi+anatema?)+(¿Acaso no+anatema?)+(¿ Por qué+improperio+si?).

A cada anatema proferido con “voz de penacho de fuego”, responde, desde abajo, la turba de traidores a la patria con su clamor incomprensible: “Um cuem, ummmmmm cuemmmm,ummcuemm”. Se pueden registrar ocho ejemplos más de esta glosolalia salida de los abajos abismales.

El siguiente es el anatema número cuatro  seguido de la consecuente respuesta inarticulada de la turba:

“- ¿Qué queréis de mí, mercaderes que descompusisteis la balanza de la justicia en vuestra balanza comercial?¿Acaso no fundasteis aquí trusts, ligas, kartels, consorcios, compañías y monopolios para estrujar la tierra y la ley nativas, despojándolas de sus jugos y esperanzas? ¿ Por qué gemir, entonces, viles entregadores, si os faltan la carne y el trigo, el petróleo y la madera, el cuero y la lana en la miseria que purga vuestra codicia?” Y el coro responde: “Ajua-jah, ajuaaaa-jah, ajuaaa-jaah”.

Ahora bien, el anatema del doctor Juárez, que en el texto aparece como una serie sintagmática, como una larga linealidad, no fue una suma de elucubraciones encadenadas. Recordemos que estamos escuchando y dejándonos llevar por los movimientos de una sinfonía. Entonces, se trata de acordes, sonidos simultáneos, como una bocanada polifónica: “El anatema del doctor Juárez no emitió sus disquisiciones aisladas, en retahila, sino todas juntas, en manojo. Emergieron de su boca como llamas lancinantes, empujadas hacia el éter por un megáfono colosal”.

La “gran voz” dejó atónita de pavor a la muchedumbre astral: “y entre retumbos extraordinarios y retorcijones cósmicos se desplomó en vorágine la hirviente emulsión del Océano-del-Honor-Ahogado”. La erecta imagen del doctor Juárez se elevó y desapareció para siempre.

11.- Las piedras zalameras, el “descelamiento” y el vuelo de la mariposa

El relator se queda solo, rodeado de un pedregal. Sobre un canto rodado, recompuso su aura y su nimbo. Pero le ocurrió algo extraño. De improviso, su visión retrospectiva cobró una percepción tan aguda que perforaba y traspasaba la materia propia y ajena. Las piedras, en realidad, no eran piedras. Eran seres de “siete bocas y siete ojos” que reían y miraban. En medio de las piedras rientes, le llegó un mensaje urgente: “¡Cuidado! ¡Aléjese!”. Lo había captado “telestésicamente”. Era el Dr. Francia que lo salvaba de las piedras zalameras. Son los peores enemigos. Son los halagos que aparejan ruina y fracaso intelectual: Dios los corporiza en piedras en el trasmundo. Son escándalos, trampas.

El relator protesta. En la tierra está bien el tentador obstáculo; pero, en cielo no debería tropezar nadie: “Dios debiera limpiar tanta maleza y tanta alimaña fantástica”.

En eso habla Dios: “¿Cómo te atreves, calaña de cordobés, a señalar defectos sin estar aún desencarnado?”Dicho esto, Dios lo expulsa del cielo. Y “sin empujarme, su fuerza psíquica me inmergió en la corriente de una red de fluidos”.

El doctor Francia, semi-asfixiado, no podía comprender cómo el relator parecía gozar del enojo de Dios. Lo veía nadar parsimonioso en “subdeleites”. El paraguayo le explica que la expulsión se debe a que “la Subtancia y el Verbum divinos rechazan toda calificación humana, buena o mala”. Y concluye: “Al fin y al cabo, entre que los descele…” El relator pregunta: “- ¿Descele?”; “- Sí, responde, descele”….(Aquí no se destierra).

Descelado, listo para volver al mundo corpóreo, el relator se entera que se ha perdido el final de la historia, el Gran Monólogo de Dios: “Nunca podrá imaginar el excelente comediante que hay en él”. El relator se da cuenta que no podrá torcer la decisión ni con “cuñas”. Su desplante ante Dios no será olvidado: “El cielo es la memoria lúcida del mundo”.

El relator queda “sujeto por ondas y rayos de ectoplasma”. Francia se dirige hacia un andén azul. Otra vez, como el el inicio, lo rodea la recua de filósofos. De nuevo la risa, el vendaval, los simulacros, los vampiros sedientos que clavan las trompas en sus ideas. Y “después el vendaval tornó a ser brisa. La brisa, risa. Y…………………………………………….. “Nunca he sabido, cuenta el relator, cómo he llegado donde estoy. Solo me consta que, al despertar en la orilla del mundo una mariposa se desvaneció hecha sonrisa en mis labios”.

Psique, el alma en pena de la patria, se desvanece en los labios que pronunciaron su dolor, que concertaron los acordes de una sinfonía aborigen. Es, apenas, el aliento de un afincado en su “aquende”, un arraigado en su “estar ahí”, en la intemperie de la Patria. Por último, recordemos que la “música”, clave formal y portadora del sentido en Aquende, sirve para designar el “poderoso reino del tono”. La magia del tono, don de la deidad, a lo mejor la propia voz de Dios que es, a la vez, “vox populi”. Al escuchar el llamado espectral de lo más profundo de su ser, Filloy descubrió la “estructura tonal”(mousiké) de la verdad y la tradujo a un “modo de hablar” que algunos llamamos literatura.

Jorge Torres Roggero, 16/08/2018

Notas:

[1] Versión tomada de GRIMAL, Pierre, Diccionario de mitología griega y romana, Bs.As., Paidós

[2] Corona Martínez, Cecilia, en “Literatura y música en Aquende de Juan  Filloy”, GRAMMA N°5, USAL.https://p3.usal.edu.ar/index.php/gramma/article/view/4244    Para ampliar, de la misma autora: 2005, Literatura y Música. Confluencias en la obra de Daniel Moyano, Córdoba, Universitas, Facultad de Filosofía y Humanidades.

[3] RIEMANN, Hugo, 1934, Historia de la música, Barcelona, Editorial Labor

[4] WILLIAMS, Alberto, 1981, Teoría de la música, Buenos Aires, “LA QUENA” Casa de Música S.R.L.

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por Jorge Torres Roggero

Almafuerte.jpg1.- El chusmaje querido

En un “Discurso político” de 1914, confesaba Almafuerte:  “El Partido Radical me contó, allá por el año 1892, entre sus adherentes y propagandistas de la primera hora, y recita y aclama y recubre de ardorosos aplausos mi “Sombra de la Patria”, en sus tumultuosas juveniles asambleas” (O.C, p.367)[i]. Advierte, además, que los socialistas reúnen “en sus logias a las multitudes de trabajadores para comentar la obra de Almafuerte y recitan, con fervor, “La inmortal” (Ib.) Más aún, a pesar de haber sido maltratado con “despectivos apóstrofes”, el anarquismo “aplaude todavía con los ojos ungidos en lágrimas y la voz entorpecida por los sollozos, mi tolerante, mi piadoso “¡Dios te salve!” (Ib.).

Ese índice de popularidad de la poesía de Almafuerte, abarcante y universal, no es raro que se mantenga aún. En 1961, en mi primer día como ferroviario, al enterarse de que era estudiante de letras, en la media hora del mate, en el taller de fraguas, los compañeros me recitaron a modo de bienvenida, con unción y énfasis, los más conocidos de los “Siete sonetos medicinales”. Fue en esa época, cuando este joven poeta de poses vanguardistas comenzó a escuchar las voces del corazón.

Sin embargo, todavía es dificil aceptar a Almafuerte. Es, sin duda, un caso singular en nuestra literatura. Mirado desde los cuadros sinópticos del canon, es imposible encasillarlo según los criterios habituales de periodización. Para Manuel Gálvez, que lo visitó en su mísero sucucho de La Plata, “Almafuerte era de una ignorancia asombrosa”.[ii] Ernesto Morales, por su parte, sostiene: “Despreciaba el libro. Excepto una Biblia y un Diccionario, a los que consultaba constantemente.”[iii]

En efecto, un recorrido por su obra nos informa sobre su desdén por las ideas y estéticas de su época. Además, es incontrovertible que, por debajo del fárrago de retóricas populares mezcladas, resuena el hálito bíblico. Es “la voz de Biblia” de que hablaba Rubén Darío, su coetáneo hiperestésico. Pero es también el hálito confuso de la “chusma” el que resuena en sus apóstrofes.

Le tocó vivir una época de ruptura y cambio. La Argentina criolla moría disfrazada con una máscara coruscante de progreso:  era la careta de su flamante condición colonial, de su sometimiento consentido al imperio inglés. La vieja clase dominante dejó de ser una oligarquía patricia para convertirse de una oligarquía plutocrática entregada a la especulación, a la usura y a la venta del patrimonio nacional en la Bolsa de Londres. La chusma irigoyenista tocaba las puertas de la historia y empezaba a tomar la palabra.

Si bien Almafuerte pensaba que la gesta de Mayo “no fue casual”, sino que fue un acto “preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo argentino”,  consideraba que se había perdido el “espíritu patriarcal bíblico de las provincias”(366). De ahí sus actitudes aparentemente conservadoras. Se representaba como  el último superviviente de una “subraza” que ya había cumplido su misión en la historia:

 “El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano (…) no está, no puede estar, dentro del viejo esqueleto de este viejo criollo ignorante, atávico, bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada. (…) Cuando yo vine al mundo la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza, por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluida(…). De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la tierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta.(,,,) Realizada la misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión por odio a lo mismo que ella creó, que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar profundamente triste”.

El pueblo ha sido descartado y predestinado al vilipendio y el escarnio. No sirve nada más que para estorbo.

Sabemos que el Proyecto del 80 se impuso mediante la represión, la demonización de lo criollo popular como barbarie, la explotación del peón rural, de los inmigrantes urbanos y los chacareros gringos sometidos a voraces arriendos. Entretanto, una minoría oligárquica acumulaba tierras, entregaba el comercio exterior y los servicios a Gran Bretaña. Mientras el pueblo padecía hambre, desnudez y desamparo, los estancieros tiraban manteca al techo en París y compraban títulos nobiliarios haciendo casar sus hijas con aristócratas europeos en decadencia. Era el “régimen falaz y descreído” que mentó Yrigoyen.

La Argentina había pasado a ser un cúmulo de colectividades y no una comunidad organizada. No había algo en qué creer. Éramos un aluvión, estábamos formados por acumulación. Sin embargo, Almafuerte piensa que a pesar de esa tumultuaria “invasión de tantos ideales, de tantas tradiciones y de tantas sangres y costumbres”, a pesar del “espectáculo de ancianidad escandalosa” que nos trae Europa, se está generando una “raza nueva”, es decir, un pueblo nuevo. ¿Y dónde germina? Almafuerte responde que en la Babel actual, o sea, en las grandes ciudades. Buenos Aires, nueva cosmópolis, es el lugar donde gime la chusma, el barro elemental con que se configura, larvado, el rostro confuso del hombre nuevo. Emergerá del “juicio entumecido de los que gimen en las cárceles espantosas, en esos hospitales inmundos que se llaman grandes ciudades” (353).

Ese hombre nuevo es, para el poeta, “el hombre mismo”; y el hombre mismo, es el “hombre dolorido”. Es el que se acepta conscientemente a sí mismo y a su realidad. En la materialidad (o maternidad) difusa de la chusma, el hombre a la intemperie, el justo sufriente, abandonado de la mano de Dios como Job o Jesucristo, en el torbellino de un amasijo de larvas, engendra la “raza nueva americana”.

Almafuerte postula que la chusma “siente(…) sobre sus huesos, sobre sus nervios, sobre su alma misma, con una intensidad de puñaladas, el dolor crónico, inmanente, desconocido, acumulado, superpuesto, amontonado, estibado en pilas monumentales, de los azotes de los siglos, de las amarguras de todos tiempos, de las tiranías de todas la cosas, de las estupideces de todas las épocas, de los vicios conjuntos, encajonados, acoplados unos a otros, de todos sus antepasados, desde el padre Adán, hasta su padre mismo”.

El padecimientos de la chusma es ancestral. Realiza una experiencia inconsciente de la miseria humana, de los cataclismos de la naturaleza, de la condición humana misma. Es la plebe heroica, la chusma clásica. De ese “estar no más ahí” se siente participar Almafuerte. Él no es “de los que se echan de bruces sobre los balcones de hierro de su propio egoísmo ante los cataclismos humanos”. En realidad, basta una sola condición para no caer: tener conciencia de la propia miseria, apegarse al suelo con voracidad de raíz. Por haber llegado a ese estado, se compromete con la realidad concreta. Redime: es un apóstol, un Cristo. Asume la miseria para salvarla.

Por otra parte, como “…no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se expanda como un gas por la supeficie de la tierra”, “los justos sufrientes”, los Cristos, son la base de un necesario progreso moral de la chusma. “Progreso, postula Almafuerte, que no es otra cosa aquí y en todas partes que el progreso de la libertad, de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal”(348)

Pero la chusma también es histórica, es la chusma radical que sigue, tumultuosa, la reparación predicada por Hipólito Yrigoyen. Es concreta, no es figura ni símbolo de ninguna elucubración poética, filosófica o religiosa. Ya no es sujeto confuso en autogeneración ameboidal, es sujeto histórico sometido a la opresión inmediata de un ordenamiento histórico-social injusto. Juan Pueblo siente el sometimiendo de la mentira democrática. La clase dominante, se siente tan impune y se cree tan dueña que a las trampas institucionalizadas con el “democrático” título de elecciones, las llama “fraude patriótico”. Pero junto con el fraude, la chusma criolloinmigratoria es víctima de la represión. “Creo, reclama Almafuerte, que un país donde hay “razones políticas” para mantener al frente de una ciudad -de un pueblo, de un pueblecito cualquiera- a hombres sin escrúpulos, a analfabetos sanguinarios y viciosos, es un mal país, es una tierra maldita que debiera ser sembrada de sal”(358).

Por eso, en las “Milongas clásicas” canta al “chusmaje querido”, esperanza de la Patria, a pesar de la traición y de la entrega, a  pesar de que “se fabriquen sacros panes/ profiriendo sacrilegios;/ y hospitales y colegios/ con limosnas de rufianes”.

Caído en la videncia, percibe la degradación, contempla el cuerpo prostituido de la Patria. Es una sombra, es “un fantasma horrible”, y profiere entonces los anatemas del profeta, las visiones terribles del “justo sufriente”.

2.- La sombra de la Patria

Con los cabellos sueltos, derramados sobre el busto encorvado, adusta, pálida, desencajado el rostro, una mujer va. Es una visión teratológica: los cabellos son un “velo de angustia,  una “sombría melena de león”.

Esa mujer causaría risa a Horacio. En efecto, en el inicio de su Arte Poética, se burla de un pintor que, al dibujar un “humano semblante”, le pusiera cuello de caballo, la adornara de diferentes plumas, y rematara una hermosa cara de mujer en pez (“Spectatum admissi, risum teneatis, amici?)[iv].

Sin embargo, la mujer de Almafuerte, en lugar de risa, produce espanto: “…la vergüenza/ no tiene la pupila más opaca,/ ni la faz de Jesús, al beso infame,/ se contrajo más rígida. Adelanta./  Con medroso ademán…¡Oh!¡La ignominia/ con paso triunfador nunca se arrastra!/ La voraz invasión de lo pequeño/ no hiere como el rayo, pero amansa”.

Ese horrible fantasma, es la Patria. Trágica prosopopeya de un ser cuya “alma inmortal” cayó de rodillas, cuya “material mortal” se ha desintegrado. Hundida en el abismo, ha quedado a merced de la canalla, “de lo ruin, de lo innoble, de lo fofo/ que flota sobre el mar como resaca,/ como fétido gas en el vacío,/ cual chusma vil, sobre la especie humana”.

Esa es la imagen de la Patria que horroriza al vidente: una joven ultrajada sin rostro, imagen de la pura desolación. Una mezcla de bestia y mujer, símbolo mítico de la fatalidad. Parece una evasión. En realidad, Almafuerte está configurando su situación de argentino desde la experiencia concreta de su ser disgregado, de su estar de viejo criollo  vilipendiado. La Patria es una imagen en disolución, sin rostro (mujer-león). La chusma vil, el pueblo, ha caído, como la mujer, bajo la invasión de las abstracciones: “lo pequeño”, “la canalla”, “lo ruin”, “lo innoble”, “lo fofo”.

La Patria no tiene rostro ni valores. Pero desde lo profundo, eleva sus gemidos como si quisiera “ablandar a su dios con sus plegarias”. Son gemidos resonantes que “en la mitad de las tinieblas cantan”.¿Cómo gime la patria? A través de seres aislados, disgregados, separados en una horrorosa individualidad. Son “los que”. Los que piensan, los que lloran, “los que yacen/ más allá de la luz y la esperanza”. ¿Quién la siente gemir?  Yo, dice el poeta y repite infinitamente un incesante “me”. Sus gemidos, “saetas del pesar”, me despedazan, me paralizan, me anonadan, “sus gemidos/ sobre mi frágil corazón estallan”. Todos los vientos de la tierra gravitan sobre las espaldas del poeta, todo el dolor del universo agolpado en una sola vida, “toda la sombra de los siglos/ en una sola mente refugiada”. Disgregado el pueblo, todo se reduce al “me”, o sea, que la sola experiencia individual es el único testimonio acerca de los otros. Revela así su vocación de cargar con el sufrimiento de todos: es el bíblico “justo sufriente”. La del “justo sufriente” es una figura de la literatura sapiencial que no puedo expandir acá[v]. Un género literario didáctico que emanaba de la entraña de Almafuerte que siempre se consideró “maestro”.

Por ahora, observemos cómo el gemido de la Patria se expande al cosmos, más allá de los individuos. Se desencaja “la bóveda azul”, parece que Dios se derrumbara, que la naturaleza entera asumiera voz y proporción humana: “Me parecen que vienen y se postran/ sobre la regia púrpura de mi alma,/ y la pupila ardiente de las cosas/ un miserere trágico levantan”.

Deja, entonces, “las voces” o gemidos, y vuelve a las “visiones” que constituyen un estado superior al mero sentido de la vista: “Yo la siento cruzar ante mis ojos/ y es una estrella muerta la que pasa,/ dejando, en pos de su fulgor, la nada!”. “La imagen desgreñada y torva” le arranca la pupila como si, en vez de visión, fuese una garra: “es una aterrante procesión fantástica”. ¿ Y qué hay detrás de la imagen? Sólo la nada. Sí, la Patria es un fantasma, una apariencia, ¿qué más hay? Hay biblias del deber que ya no enseñan, apóstoles del bien que ya no hablan. Los laureles no honran, los inspirados de Dios ya no cantan. Las patenas, estolas, panes eucarísticos, banderas celestes, símbolos sagrados, ahora envilecen, manchan, envenenan y se arrastran: “Yo la siento cruzar…¡Seres felices/ que carecéis de luz en la mirada!/ ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía/ bajo el fantasma horrible de la patria!”

Ahora el poeta, desesperado, clama a Dios. Cómo los antiguos profetas bíblicos, como Job, como el Cristo abandonado, enfrenta a Jehová, el nombre justiciero de Dios y lo acosa con preguntas urgentes. ¿Dónde estás? ¿Dónde te ocultas? ¿Por qué no  levantas a la doncella caída? ¿ Por qué dejas echar sobre su casto seno “la vil caricia de la gran canalla”?

El cuerpo de la patria (el pueblo) es sagrado, proclama. Tan sacro como las hostias santas, pero tu “miras echar sobre la patria nuestra/ el hediondo capote del esbirro”.

Jehová, le dice, ¿dónde estás? ¿Desde que abismo negro ves su profanación y no fulminas a los profanadores? Dios oye la voz de su poeta, pero se calla. Su poeta, clama, lo siente, lo aclama, lo adora, “en el día y en el alba”, en lo secreto de su pecho y en público, pero  Dios ha callado como un ídolo sin lengua, como un muñero sin alma. El poeta, intermediario entre la justicia de Dios y la patria, ¿es un engañado, un fanático que lo supuso un viviente o un ignorante que le atribuyó justicia?

Evoca, entonces, todo lo que la patria “era” (virtud, leyes, derecho, religión, libertad, patria, tradición gloriosa, consigna inviolable), pero, ahora, sólo es “un sueño, una mentira, una palabra/ una cosa que suena”, “una boca que grita y que no habla”.

Así es como la voz del poeta ha terminado por ser un grito mudo, una inmensa abertura oscura y sin sonido. Porque ahora en la patria reinan la doblez, la astucia, la codicia, “la vileza del sable que amenaza”, la insidia ruin que deshonra a la virtud. Es el mal desatado, su negro imperio sojuzgando las cosas y las almas.

Pero la creación lleva en sus entrañas “la genésica fuerza inconstrastable/ el fiat inicial del protoplama”. Aparecen así las multitudes, la plebe, la chusma: “Esos son la verdad, Dios de los pueblos,/ a cuyos pies la humanidad se arrastra/ como van los rebaños trashumantes/ hacia donde los vientos arrebatan.” El viejo dicho: no se puede barrer contra el viento de la historia.

Después de los apóstrofes que intentan despertar a Dios, sacarlo de su silencio e indiferencia ante el dolor humano, realiza un alegato dirigido ahora a un “Dios providente/ que todo lo precaves y lo mandas”. Apela al “arquitecto invisible”, “al poderoso caudillo”, “al tragediante inmortal”. Eleva al “Dios de justicia,/ a cuyo tribunal siempre se llama”, un oratorio irónico. En efecto, él ha hecho del placer “un ancho cauce/ que conduce a la muerte o la nostalgia”, deja “indefensa a la gacela” y, sobre todo, “has dividido el mundo de los hombres,/ en los más, que padecen y trabajan,/ y en los menos, que gozan  y que cumplen/ la misión de guiar la recua humana”. Estos pocos, esta oligarquía, más grande es “mientras más miente” y más noble es “mientras más mata”.

Llegado al colmo de la intemperie, abandonado de Dios, le sigue preguntando dónde está, dónde se oculta, por qué lo deja blasfemar y calla: “¿Mi rebelión airada no sofrenas,/ mi pequeñez pomposa no anonadas, mi razón deleznable no enloqueces, y esta lengua de arpía no me arrancas?”

Entonces, en la última extensa estrofa, se dirige, otra vez, “a los que”. Pero esta vez, esa masa es expresión de un componente nuevo: “los que sabéis de amor excelso”. Es un amor que “recorre la arteria y la dilata”, “reside en el pecho y lo ennoblece”, “palpita en el ser y lo agiganta”. Esos son los “nobles mancebos”, son los jóvenes, sujetos de valores desinteresados, capaces de salir de sí y practicar los ritos de la vida dándose enteros: “fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,/ que recién penetráis en el santuario/ de la fecunda pubertad sagrada”.

A estos jóvenes de “alma entusiasta”, que todavía honran a sus madres con un beso en la frente, los convoca a rescatar a la mujer gimiente, golpeada, violada: a la Patria prostituida: “Volved los ojos a la reina ilustre/ que prostituida por los viejos, pasa,/ y si al poner los ojos en los suyos,/ ojos de diosa que del polvo no alza, no sentís el dolor que a los varones/ ante el dolor de la mujer ataca;/ si al contemplar su seno desceñido,/ (…) no sentís el torrente de la sangre,/ (…) si al escuchar sus ayes angustiosos, /-ayes de leona que en la jaula brama-./ no sentís una fuerza prodigiosa/ que os empuja a la lucha y la venganza;/ ¡Arrancaos a puñados de los rostros,/ las mal nacidas juveniles barbas, / y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”

Aunque parezca demasiado extensa, la cita anterior ilustra cómo el autor sintetiza las imágenes básica del inicio del poema y de su desarrollo y apela a un nuevo actor, la juventud. La patria es una reina ilustre, pero prostituida por los viejos; la patria ha sido ultrajada y debe sentirse como un dolor; la patria gime (“ayes”) y como una leona enjaulada (guedejas como melena de león), brama. Toca a una nueva generación reaccionar ante el oprobio del seno desceñido, obedecer al torrente de la sangre, sentir una fuerza prodigiosa y lanzarse “a la lucha y la venganza”.

Este era el canto de guerra de los jóvenes radicales. Pero, atención argentinos, el encargo contiene un anatema implícito: si no se lanzan a la lucha y la venganza, pierden su condición de varón, de custodios de la dignidad de la patria sojuzgada y prostituida. Por lo tanto, deberán arrancarse a puñados “las mal nacidas juveniles barbas”. Hay también un insulto implícito: por elipsis,“mal nacidas” también puede aplicarse a los portadores de las barbas, o sea, a los jóvenes.

Si una juventud “mal nacida” renuncia a defender la soberanía, si  la justicia social es una entelequia, la patria será un fastasma, una sombra, y la escoltará, en procesión trágica,  un coro de mujeres gimientes y solas: “¡Y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 31/05/2018

[i] ALMAFUERTE, 1964,3ª. Ed., Obras Completas. Evangélicas-Poesías-Discursos, Buenos Aires, Editoria Zamora. Todas las citas de Almafuerte están tomadas de esta edición.

[ii] GÁLVEZ, Manuel, 1944, Amigos y Maestros de mi Juventud,Buenos Aires, Editorial G.Kraft

[iii] MORALES, Ernesto, “Significación de la obra de Almafuerte”, en: NOSOTROS, N° 234, 1928.

[iv] El Arte Poética de Horacio o Epístola a los Pisones, 1777, traducción de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real de la Gazeta,1777.Sive :www.traduccionliteraria.org/biblib/H/H101.pdf

[v] Recomendamos, como un primer acercamiento al tema, un libro de Alejandro Losada Guido en que concepto está aplicado al Martín Fierro. Cfr. LOSADA GUIDO, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra: “El género sapiencial posee un fin bien definido: la comunicación de una determinada visión de la existencia. Enseñanza en el sentido más digno y amplio de la palabra, que poco tiene que ver con la instrucción, al usar preferentemente instrumentos poéticos y simbólicos. En el sentido antiguo, donde precisamente la materia que debía comunicar el maestro no era la “ciencia” libresca, sino la “sabiduría” (p.73).

por Jorge Torres Roggero

1.- Pasó y sigue pasando

scalabriniyrigoyenperonMil novecientos ochenta y cinco avanzaba a grandes trancos. Como ahora, los peronistas y aliados andábamos dispersos  y en derrota. Transcurrían los tiempos exultantes del Tercer Movimiento Histórico. La palabra “democracia” era taumatúrgica y de uso exclusivo de ciertos iluminados. Parecido a lo que hoy pasa con “gobernabilidad”, “institucionalidad”, “ciudadanía”. La “democracia plebeya” era cosa del pasado. Basándose en la visión mitrista de la historia (explícitamente vindicada en la oratoria oficial), en la línea Mayo-Caseros y la Constitución del 53, se reeditaba, en el lenguaje hegemónico, la oposición democracia/antidemocracia de la Revolución Libertadora, aunque disuelta en agua de borraja por “coordinadores” y “clubes socialistas”.

En ese momento (tras dos años), la reincorporación de los docentes universitarios expulsados por la dictadura era lenta y selectiva. No voy a contar quiénes fueron los primeros en ser incluidos en las menguadas listas de elegidos. Solo sé, por experiencia propia y de muchos compañeros, que los “populistas” éramos el último orejón del tarro.

Sin embargo, algo que ahora no ocurre, el peronismo, con el controvertido Vicente Saadi a la cabeza del bloque, por lo menos no había entregado su cuota de poder en el Senado. No había renunciado a la presidencia, ni a lo que por ley y decisión del pueblo le correspondía. No se había entregado con las manos atadas para ser menospreciado, dividido, coaccionado, prepeado, comprado, con los gobernadores a la cabeza, como ocurrió en 2015, en el inicio del mandato actual. Por tanto, desde allí se pusieron firmes, negociaron (en el sentido verdadero de la palabra: un trato de potencia a potencia), y lograron un decreto que nos reincorporaba a todos los echados por la dictadura.

Fue en ese tiempo que me reencontré con el poeta, compañero y amigo, Alfredo Andrés, autor de una nutrida y valiosa obra poética; y de dos libros (entre otros) ensayístico-testimoniales que, a medida que transcurre el tiempo, crecen en valoración. Me refiero a El 60, primera obra dedicada a la generación poética del 60; y el indispensable Palabras con Leopoldo Marechal.

Alfredo Andrés fue el que, generosamente, publicó en el periódico “MARCHA El pensamiento nacional” (13/11/86), el artículo que van a leer con algunos retoques. En esa época escribía en mi vieja Lettera y las erratas eran más frecuentes. Por otra parte, nos habíamos acostumbrado a dos figuras literarias hijas de la persecusión y el miedo: la alusión y la alegoría. Espero que no dificulten su lectura.

Con generoso concepto y, a la vez, con rigor teórico, Alfredo Andrés me presentaba, “como poeta de la generación del ’60 y agudo crítico, ducho en los entreveros de la política cultural”. Y añadía con prudencia. “el cordobés Jorge Torres Roggero, reencontrado para MARCHA, desarrolla en el siguiente texto una serie de posibilidades de una presumible literatura del pueblo”.

En efecto, partiendo de un concepto de cultura no limitado a lo puramente conceptual y “estético” como actividad privilegiada de una minoría poderosa y, fundado en concisas citas de Scalabrini Ortiz y Perón, había procurado,con formato enumerativo, para adecuarme al espacio disponible, desarrollar ciertas reflexiones nacidas del “solo estar” en la vereda del frente. Lástima que  todo sigue igual para nosotros.Y para colmo, nos falta el “llorón”: Saúl Ubaldini.

Estas son mis elucubraciones de entonces acerca de los avatares de la palabra “democracia” en nuestra misteriosa,  bien que enquilombada, historia reciente.

2.- La palabra encubridora

Dos breves “ejemplos” de Raúl Scalabrini Ortiz nos plantean  un posible modo de lectura del texto literario. La primera, afirma: “Las palabras son como las hojas secas. No sirven sino para el uso que les daban Adán y Eva antes de descubrir que las palabras pueden sustituirlas con ventaja en su función encubridora”. O sea, la palabra no sólo descubre, también encubre.

El segundo ejemplo, ante la realidad de un discurso que, a la vez que encubre, amordaza otros posibles discursos, nos propone una estrategia develadora: “Cada vez que ha tenido ocasión de manifestarlo, el pueblo argentino ha comprobado que sabe leer al revés”.

3.- La lectura al revés

El pueblo argentino leyó al revés cada vez que, saltando “tranqueras” de propagandas oficiales, sesudos estudios, encuestas serias, investigaciones, comisiones especiales y arte selecto producido por los “bufones de los Mecenas”(Jauretche dixit), saltó, bullicioso, desde el mero  “estar” a la superficie (allí donde el ser de la oligarquía se manifiesta como “status”) y destruyó con su “clamoreo” las murallas de Jericó (Jos. 6, 5) levantadas por el cipayismo para cerrarle el paso. Esas minorías, a veces descaradamente amparadas por dictaduras militares y, a veces, simuladoras de fervorosa devoción a la “democracia”, fueron siempre fieles ejecutoras de los mandatos de la dictadura internacional del dinero.

¿Cómo logra la oligarquía apropiarse de la palabra? Negando al pueblo la capacidad para generar, conservar y receptar cultura. Se hace de la cultura y las instituciones algo diferenciado dentro de la sociedad y privilegiado dentro del proceso productivo. La oligarquía, como enseñaba Perón, “equiparó el concepto de cultura a suma de conocimientos”. En consecuencia, el que “no contribuye a la superación del pueblo que es quien le posibilita su propio desarrollo” podrá ser un “ilustrado”, pero, también un “inculto”.

En esa “incultura dorada”, según Perón, debemos incluir a los escritores y literatos enemigos del pueblo de “pensamientos casi siempre prestados y de sentimientos nunca profundos”. Predecía, sin duda, a quienes lo “novelarían” (cfr. La novela de Perón) con impudicia izquierdosa y odio oligárquico.

4.- El gran oligarca

Modelo del escritor oligarca, en la literatura argentina, es Esteban Echeverría. Afirmaba que el pueblo era el único soberano y la democracia su forma de gobierno, pero mutilaba las palabras pueblo y democracia. ¿Por qué? Porque proponía el voto calificado y definía a la democracia como el “régimen de la razón”. Nada de mayorías populares. Según Echeverría, la razón no es patrimonio de todos, es la diosa Razón, la “razón ilustrada” por “las luces” de Europa y, por lo tanto, propiedad de una minoría ilustrada.

Amordazó así la palabra democracia y luego se impuso, a través del libro y de la escuela (hoy los medios de comunicación) un concepto mutilado de democracia y el culto literario de la libertad abstracta, fuera de la historia. La libertad, sin embargo, entra de prepo a través del cuerpo y la lengua viva del pueblo. Perón, en una alocución pronunciada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, denunciaba a la oligarquía que “exaltó la democracia en su propio provecho”.

Ahora bien, la actitud política de Echeverría se enmascara en el discurso literario. Por eso en El Matadero presenta a la multitudes nacionales que apoyaron a Rosas como patotas sucias y macabras.

Y así siguieron siendo representadas en nuestra literatura las multitudes de los gobiernos antioligárquicos de Yrigoyen y Perón. Se disputan ese honor liberales y gran parte de los que se dicen marxistas. Se puede ejemplificar la repetición del verosímil echeverriano con textos de Ernesto Sábato, Julio Cortázar, David Viñas, Rodolfo Aráoz Alfaro, Elvira Orphée, Jorge Luis Borges y una caterva angurrienta de prestigio y mecenazgos poderosos. Lo documentó Ernesto Goldar en un libro pionero y riguroso: El peronismo en la literatura argentina.

En resumen: tomando el pueblo como horizonte interpretativo, descubrimos la naturaleza oligárquica de ciertos intocables de nuestra literatura. Ellos refuerzan al nivel de la “alta cultura”, lo que deslizan las encuestas que a diario se publican insistiendo en que la adhesión al movimiento nacional y la resistencia a la dominación colonial aumentan a medida que disminuye “el nivel” de escolaridad del encuestado. Oponen, así, una democracia racional e ilustrada a una democracia plebeya y, supuestamente, iletrada.

5.- El pueblo como horizonte de lectura

Lo distinto solo puede ser conocido dentro de un intrincado contexto de significaciones que surgen de experiencias anteriores y no solo por referencia a la unión lineal de las palabras. En ese marco, el discurso del pueblo tiene derecho a hacerse presente en nuestra manera de interrogar al texto literario, de contextualizarlo y complejizarlo. El texto no es sólo texto escrito, sino también repositorio mudo de todo signo cultural pronunciado por la historia y la lengua viviente del pueblo. Nuestra tarea de lectores es dejarlo decir  todo lo que dice y no solo lo que ciertos críticos, casi siempre profesores de literatura, dicen que dice.

Ampliamos, de este modo, el sentido de texto, y también el de lectura, a los fenómenos culturales no escritos pero sí inscriptos en el corazón del hombre concreto. El pueblo parece un extraño, un pajuerano recién llegado al campo de la cultura. Pero, a pesar de las agresiones imperialistas que abarcan desde la pornografía hasta la modernización prefabricada, oculta, en su “mero estar”, zonas no disociadas ni colonizadas. Como portador ancestral de sentidos implícitos no concibe la belleza vacía de sustancia humana de la “biblioteca de Babel”: belleza sin espacio, sin centro propio, sin periferia y sin historia. Esa pura estructura fonológica sin dimensión semántica, que solo enuncia el vaciamiento de nuestro ser, es la representación de nuestra asimilación a la angustia de una Europa crepuscular.

6.- Para darse manija

a) Aceptar el concepto de cultura y, por lo tanto, de literatura dominante, es privilegiar una temática, una lectura, un apendizaje y una práctica textual contrarios a la historia y al destino de nuestro pueblo. Una práctica de escribas, y no una poética abierta a todos los posibles.

b) El pueblo, en tanto categoría cultural de naturaleza histórica, política y simbólica, se determina en la historia concreta a través de la defensa y la liberación de un modo de estar para ser.

c) Nuestro discurso histórico, como ya ha sido señalado por varios autores, cobra sentido en la palabra viva de los “mancebos de la tierra” de Juan de Garay, de los gauchos denostados de los siglos XVIII y XIX, de los negros, indios y mestizos de la independencia, de la chusma irigoyenista de comienzos del siglo XX, de los descamisados del 17 de octubre de 1945 y de los “llorones” de Saúl Ubaldini en la actualidad postmoderna. Desde esa línea histórica, podemos leer “al revés”. Y marcar a fuego “la escritura” vaciada de heroísmo de la oligarquía.

El Gral. Perón nos propuso una cultura “al servicio del pueblo y en manos del pueblo”. Una literatura en manos del pueblo puede asimilar los logros de la literatura ilustrada y superarlos. Para eso, el escritor deberá ser un “hombre del pueblo”. Imperativo nada fácil, puesto que significa aprender de los humildes a romper la trampa encubridora de las “palabras-sirenas” que nos atrapan con su brillo y nos devoran con su vacío.

Es nuestro tarea expropiar la palabra para que, no siendo letra muerta, sea espíritu viviente de todas las demás expropiaciones que debemos llevar adelante.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 23 de feb. de 18

Fuentes:

Perón, Juan Domingo, 1973, Filosofía peronista (Única edición facsimil), Buenos Aires, Editorial Freeland.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973, Bases para la reconstrucción nacional, 2 tomos, Buenos Aires, Plus Ultra.

por Jorge Torres Roggero

LA TARANTULA

1.- Un novelista depuesto

Numerosos intelectuales, desaparecidos del canon literario después del golpe de 1955, se acercaron al peronismo en la década del 1940. Venían de heterogéneas tradiciones, de universos que antes de Perón parecían antagónicos. Entre ellos, vamos a recordar al tucumano Miguel Angel Speroni nacido en 1911. Su novela Las arenas (1954), fue considerada la primera ficción peronista. Su cronograma perfila el lapso que va de junio de 1943 hasta las vísperas del 17 de octubre de 1945.

 

Juan José Sebreli le dedicó un artículo elogioso. La consideraba como un intento de novela de “acción revolucionaria”, pero no en la línea del realismo truculento propio de nuestros escritores de izquierda de la década del treinta. Tampoco la veía en la menos frecuente y tormentosa vivencia del fracaso, típica de la impar estética de Roberto Arlt. Algo nuevo intuía: no hallaba como enunciarlo, pero tampoco como descalificarlo. Victoria Ocampo rechazó el artículo en “Sur” y reprendió al autor.

Las Arenas es, a primera vista,  una vulgar novela “en clave”. Sus personajes son alegorías de los agonistas reales de nuestra historia “en acto”, de lo que está sucediendo. El coronel Bustos, es Perón; Ada Roldán, Eva Duarte; el embajador Dodge, Braden; Nicanor Aguirre, Cipriano Reyes. Se van reconociendo, así,  muchos agonistas reales cuyos nombres en penumbra los historiadores callan. Ello no impide registrar el carácter fuertemente ficcional de un texto que esboza la poética balbuceante de un tiempo vivo.

Las Arenas revela el desconcierto que el nuevo movimiento provoca en los obreros (socialistas, comunistas, anarquistas); en la burguesía nacional, en los militares patriotas, en los periodistas en polémica con la oligarquía.

El debate entre los personajes es un rasgo peculiar del texto. Por eso, a veces parece adolecer de una excesiva discursividad que, sin embargo, no deja de ser necesaria ante la urgencia revolucionaria. Las vidas de los argentinos, comenzando por los más humildes, se abren a nuevos significados. Flamantes sentidos marcan los destinos individuales que confluyen hacia una hegemonía cotidiana de lo comunitario. El amor ya no será sentimentalismo, sino fuerza unitiva. Lo naciente entrelaza destinos en medio de la convulsión intelectual de los que, hasta ese momento, gozaban los privilegios del saber y del gusto: “Ya ves que todo es claro y que no lo es; que todo es simple, y que no lo es.”(p.138).

El racionalismo reductivo aparece como rasgo distintivo de la oligarquía; la clase media intelectualmente dependiente, es existencialista; las masas populares son el insólito sujeto histórico de una epopeya epifánica: han descubierto la solidaridad como alegría de ser y la revolución social como una mística, como reflejo de un irreversible orden cósmico.

En 1947, Miguel Angel Speroni había publicado La Puerta Grande. Aventura y desventura de Buenos Aires. La dedicatoria transita un tema habitual en los narradores de la época: “A Buenos Aires, puerta grande de América, que acogió mi adolescencia y precipitó mi madurez”. Apasionante “novela urbana”, su protagonista es Buenos Aires, ciudad babélica, transitada por centenares de personajes de todas las clases, oficios y nacionalidades. Tan así es que, al final, aparece un “Censo de La Puerta Grande” que sirve al lector para recordar parentescos, ocasiones, funciones, rasgos, de los personajes (más de 130). Algunos reaparecen en Las Arenas. Speroni siempre plantea, de diversas formas, alguna tesis. En este caso, mira la tumultuosa ciudad desde un campo intelectual fuertemente marcado por una militancia que podríamos llamar socialista-democrática. Era, pues, un cómodo intelectual progre, con un lugar de consideración en una sociedad oligárquica donde cada uno tenía un papel asignado, que se rebela. La novela abarca el período que va desde comienzos de la guerra hasta el golpe de 1943.

Un mensaje final titulado “A los hombres de mi generación”, cuando ya ha probado el revulsivo peronista, da cuenta de que en su novela no ha “callado ni los vicios ni las virtudes” del período. Aunque concluida en 1944, recién pudo editarla en 1947. Speroni comienza a llamar compañeros “a los hombres de hoy” y concluye descubriendo, sin nombrar al nuevo movimiento, el núcleo de sentido que para él será sagrado: “la nación y el pueblo”.

“Yo mismo, postula, me desprendo de mi alma pasada; y la arrojo al suelo como un hollejo inútil. Debemos colmar los vacíos, pues hay vasta zonas vírgenes que es necesario ocupar y organizar (…) Amemos al pueblo, y no solamente le compadezcamos; la compasión, muchas veces encierra desprecio. Amémosle como él lo exige que se le ame, esto es, reconociendo su verdad como propia, como nuestra verdad.(…) Vigoricemos las capas profundas de nuestra creación por el contacto viviente con el pueblo, con la fertilidad del alma popular, y habremos así cumplido con nuestros destinos, con nuestra vocación y con la humanidad.” Era un desplazamiento hacia “el otro lado”, hacia zonas de realidad no conocidas pero tampoco colonizadas, era perderse para encontrarse a través de un programa estético.

Durante la etapa peronista, Miguel Angel Speroni se desempeñó como diplomático. Tras la proscipción escribió ensayos histórico-filosóficos que peticionan lecturas nuevas desde el campo popular: Maquiavelo (1970), Erasmo (1978), Alberdi (1973) y San Martín (1975). Fue, además, jurado de Premios Nobel y atesoraba vastísimos conocimientos de historia y literatura.

Doy fin a esta semblanza con escenas repetidas de nuestra historia patria. Son las que ilustran los paréntesis nefastos de derrota del pueblo. La novela Las Arenas fue premio nacional de literatura en 1954. Pero, tras el golpe genocida de 1955, pasó a engrosar, junto a La traición de la Oligarquía de Armando Cascella y miles de libros sospechados de ser afines a la “segunda tiranía”, las hogueras que la piromanía gorila levantó en la Plaza de Mayo.

En 1980, pocos meses antes de su muerte, convaleciente y con una pierna enyesada, Miguel Angel Speroni puso su firma en el documento de apoyo a la Universidad de Luján que la dictadura militar intentaba cerrar.

Llegamos, así, a La Tarántula , la nouvelle de Speroni que se erige, sin duda, como uno de esos “libros extraños” de la literatura argentina. Extraños, porque nos son “extrañados”, enajenados,escamoteados al común de los argentinos; y porque, su autor es lo que se dice un “extraño”, un perfecto desconocido recienvenido del olvido y del oprobio. Tan extraño fue el libro, que salió a la luz sin venta al público.

2.- La tarántula y los tarantulados

La tarántula apareció en 1948. Fue publicada por editorial Continental, que difundía a los autores desterrados de “Sur”. En la contratapa de la edición de 1972, ilustrada por Vicente Forte, aparecen significativos fragmentos de cartas dirigidas al autor. La primera es de  Carlos Drumond de Andrade y expresa: “Esse seu conto é uma bela e estranha composiçao artística, e sua leitura deixou-me uma viva impressao.”

Xul Solar, un iniciado, le escribe: “El cuerpo astral de Speroni, rompió la cáscara, se fue a escribir su obra maestra, y volvió a reintegrarse a la cotidianeidad”.

Juan Filloy, por su parte, le comenta: “Me picó La Tarántula. Durante una hora y media he estado bailando una tarantela gozosa. Brincando de fruición en fruición. Se trata de una obra impar. Ni usted mismo concebirá ya otra que se le aproxime. Porque los sueños no se repiten”.

En “Génesis de La Tarántula”, Speroni asegura que “en este caso”, la araña simboliza a la sociedad”, “la sociedad contra la que lucha el personaje, contra sus leyes absurdas, injustas, a veces insoportables. La tarántula ha picado al personaje. A todos pican, pero solo los más sensibles reaccionan. Se escapan. Se van. ¿Adónde? Hacia la locura. Esto es lo que ha ocurrido”

Otro plano de lectura introduce al lector en los delirios de un loco y en la oscura lucha entre Eros y Tánatos. Al poder elaborar esas fuerzas y, al mismo, empeñarse en integrarlas, el personaje delira: “Se vuelve loco. ¿El rótulo de la locura? No importa. No interesa”. La situación es expresada de este modo en la novela en un diálogo entre médico y paciente:

“Es decir, hasta ahora, ha vivido solo simulacros, parodias. Por fin está viviendo la verdadera locura. – “Usted está loco”, me dijo. –“¿Loco?”- “Sí, tal como oye: loco, Loco”. Agaché la cabeza y miré hacia un costado: todas las piedras del suelo abríanse cual enormes margaritas”(p.16).

Sin embargo, el narrador es ya un desalienado. Por eso la dedicatoria reza: “A la memoria de Vieytes, maestro y precursor”. De donde deducimos que el ámbito en que transcurre la asombrosa aventura hacia lo inconsciente es un famoso manicomio, frecuentado por nuestra literatura (J.Fijman, A. Castillo, et al.),  también por el cine y la resistencia al desmantelamiento de la salud mental.

Por cierto que, al tratarse de un texto literario, conviene obviar la trama psicoanalítica que queda en manos de los especialistas específicos. Por mi parte, trataré de privilegiar el simbolismo de los tarantulados, su relación con el baile (la tarantela) y la epifanía de la cultura popular peronista.

Ya Covarrubias, en su Tesoro…consigna que la tarántula tomó el nombre de la región de Tarento, Apulia, antiguo Reino de Nápoles; y que, los tarantulados o picados por la araña, se curan al son de instrumentos y de la danza. En la edición de 1899, el Diccionario de la Real Academia define la tarantela como un “baile napolitano de movimiento muy vivo (…) que se ha tenido para curar a los picados por la tarántula”.

Se describe a los tarantulados como próximos a morir, tristes, desfallecidos y exánimes. Solo se reaniman al oir las primeras notas de la tarantela. Los tarantulados se curan pero suelen padecer estados crónicos de melancolía y otros síntomas perturbadores.

Se advierte, entonces, un paralelismo: “tarántula-sociedad”, “locura-tarantulado” y ciertos tratamientos que se desplazan entre dos racionalidades, o sea, entre el “shock” y  el “baile”. Se trataría de un rito de pasaje por los infiernos del subconciente hasta la conquista de la salud por la elaboración del fatalismo Eros-Tánatos.

Por ahora, sin embargo, importa señalar dos aspectos que, a lo mejor, es bueno tener en cuenta para la lectura del texto. Speroni tiene clara conciencia de los simbolismos de la araña que sería largo desarrollar. Todos sabemos que, en la vida cotidiana, ese bichito carga ciertos momentos con inquietantes energías que se desplazan constantemente entre el fas y el nefas.

El autor ha descubierto, después de la escritura central, que el más antiguo testimonio sobre los tarantulados es del año 1350 y lleva el título de Sertum Papale Venenis. “Pero, dice, la alcurnia literaria de la tarántula se romonta mucho más lejos”. Recuerda a Platón (Eutidemio) y el uso de los “epodai” (fórmulas cantadas) contra las picaduras. También Eurípides en Hipólito y el drama de las manías atribuidas a la envidia de los dioses. Cita asimismo a Leonardo da Vinci: “La picadura de la tarántula mantiene al hombre en lo que pensaba cuando fue picado”. Por último menciona a Franz Fanon sobre la violencia del tarantulismo “en otras tradiciones exóticas”. Y transcribe un párrafo del prólogo de Jean Paul Sartre a Los condenados de la tierra: “Expresan en secreto el “no” que no pueden decir, los crímenes que no se animan a cometer. En algunas regiones se sirven de un último recurso: la posesión.”

Miguel Ángel Speroni, un intelectual disuelto en el núcleo de energía de su pueblo, revela un aspecto poco estudiado de los intelectuales nacionales y populares: su prodigiosa erudición y su profunda inserción en lo mejor de la cultura occidental, o sea, en lo pisoteado, meado, censurado, olvidado y vilipendiado por cultura capitalista anglosajona. Pensemos en esta cadena luminosa: Darío, Lugones, Marechal, Cancela, entre otros. Y por supuesto, la profunda formación clásica del Gral. Perón.

El último aspecto que me gustaría notar, es el siguiente: la sociedad (la tarántula) que pica, no es una sociedad abstracta. Es la sociedad argentina concreta en el preciso tiempo de una revolución. Esto confiesa el enunciador: “El protagonista también se siente responsable. Coincide su crisis con la crisis del país. Es uno de sus momentos más decisivos. Concretamente: el personaje ha estado en Chile (años 1944-45). Como muchos de sus pares, no había percibido la transformación (un verdadero cataclismo) que estaba viviendo su tierra. El era liberal, intransigentemente liberal. ¿El pueblo? Una abstracción, una palabra. Como casi todos sus colegas, no ve nada, no oye nada, de “lo social”. Está en Chile y sufre una transformación, empieza a “ver”, a “oir”. Pero se da cuenta que en su ser se ha producido una fractura, una disociación. Más que en su ser, en su pensamiento, en su “tabla de observación”. Siente que debe expresar esa realidad, aunque está, en muchos aspectos en contra (…). Y aquí, al regreso, cuando ha visto claro, se vuelve paradojalmente alienado. Tiene un ataque. Debe internarse. Y entra, por la puerta grande, en el Hospicio de las Mercedes”(p.9).

Curiosa alusión a su primera novela (puerta grande) y extraordinario cuadro de situación de la intelectualidad argentina del momento. Llena de prestigio, dueña del canon y la palabra, de los premios y los honores, de las editoriales, de las revistas especializadas, del halago de las clases poderosas, la élite cultural y universitaria padece el revulsivo peronista como una dosis del sal inglesa, como una picadura de tarántula.

Pongamos atención en las palabras que se refuerzan unas a otras en el párrafo citado: “momento más decisivo”, “tranformación”, “cataclismo”, “fractura”, “disociación”, “perturbación”, “alienado”, “ataque”.

La intelectualidad está “tarantulada”. Solo la salvará entrar en el baile y bailar la gran tarantela de la alegría de ser del pueblo. Pero, claro, eso los convertirá en “malditos” para la oligarquía: “A ese mundo solo pueden llegar los malditos, los que “han cruzado el abismo”.

Lo cómodos -también los lectores cómodos- quedarán apretando su ramito de laurel como sentenció Leopoldo Marechal. El protagonista ha atrevesado zonas de peligro y destrucción, “ha viajado, vencido y perecido”. Muerte ritual. La idea es reforzada por esta cita de Breton: “Eso que los ocultistas llaman paisajes peligrosos”.

Los que no realizaron el viaje quedaron para siempre tarantulados, alienados, ajenos al corazón del pueblo y carcomidos por el odio oligárquico y gorila.

El espacio me restringe, pero recomiendo auscultar este mismo tema en un artículo tenso y atormentado de Rodolfo Kusch, otro viajero hechizado y todavía reacio, en esa época (inicio de los 50), a pronunciar la palabra que rotula esa etapa histórica. Me refiero a “Neurastenia literaria”, publicado en la revista “Contorno” e incluido como epílogo en La seducción de la barbarie, un libro como La Tarántula, sin concesiones al lector, hundido en la profundidad del pensamiento popular.

“La prueba, postula, está en que de la neurastenia no es posible salir porque encarna una profunda falta de fe en la barbarie. No comprenden que es preciso permutar la negación de la barbarie, que asedia la ciudad misma, por la fe en ella, porque en caso contrario, queda en ese terreno a lo más una especie de narración literaria…”

La neurastenia resulta de la seducción presente de las masas peronistas y su conductor, pero Kusch sólo las alude:¿qué fuerzas desata en el alma nombrarlas?

Concluyo aquí estas consideraciones a lo mejor hiperbólicas. Invito a mis lectores a seguir el hilo invisible de la tela de La Tarántula y me agradecerán el infinito y maravilloso viaje por 60 páginas que piden ser leídas una y otra vez.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 19 de feb. de 18

Fuentes básicas:

Edwards, Rodolfo, 2014, Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades, Buenos Aires, Seix Barral

Kusch, Rodolfo, s/f, La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo, Rosario, Editorial Fundación Ross.

Speroni, Migue Angel, 1947, La puerta grande. Aventura y desventura de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Claridad.

Speroni, Miguel Angel, 1972, La Tarántula, Buenos Aires, Ediciones Noé.

Speroni, Miguel Angel, 1973, Las Arenas, Buenos Aires, Corregidor.