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por Jorge Torres Roggero

Almafuerte.jpg1.- El chusmaje querido

En un “Discurso político” de 1914, confesaba Almafuerte:  “El Partido Radical me contó, allá por el año 1892, entre sus adherentes y propagandistas de la primera hora, y recita y aclama y recubre de ardorosos aplausos mi “Sombra de la Patria”, en sus tumultuosas juveniles asambleas” (O.C, p.367)[i]. Advierte, además, que los socialistas reúnen “en sus logias a las multitudes de trabajadores para comentar la obra de Almafuerte y recitan, con fervor, “La inmortal” (Ib.) Más aún, a pesar de haber sido maltratado con “despectivos apóstrofes”, el anarquismo “aplaude todavía con los ojos ungidos en lágrimas y la voz entorpecida por los sollozos, mi tolerante, mi piadoso “¡Dios te salve!” (Ib.).

Ese índice de popularidad de la poesía de Almafuerte, abarcante y universal, no es raro que se mantenga aún. En 1961, en mi primer día como ferroviario, al enterarse de que era estudiante de letras, en la media hora del mate, en el taller de fraguas, los compañeros me recitaron a modo de bienvenida, con unción y énfasis, los más conocidos de los “Siete sonetos medicinales”. Fue en esa época, cuando este joven poeta de poses vanguardistas comenzó a escuchar las voces del corazón.

Sin embargo, todavía es dificil aceptar a Almafuerte. Es, sin duda, un caso singular en nuestra literatura. Mirado desde los cuadros sinópticos del canon, es imposible encasillarlo según los criterios habituales de periodización. Para Manuel Gálvez, que lo visitó en su mísero sucucho de La Plata, “Almafuerte era de una ignorancia asombrosa”.[ii] Ernesto Morales, por su parte, sostiene: “Despreciaba el libro. Excepto una Biblia y un Diccionario, a los que consultaba constantemente.”[iii]

En efecto, un recorrido por su obra nos informa sobre su desdén por las ideas y estéticas de su época. Además, es incontrovertible que, por debajo del fárrago de retóricas populares mezcladas, resuena el hálito bíblico. Es “la voz de Biblia” de que hablaba Rubén Darío, su coetáneo hiperestésico. Pero es también el hálito confuso de la “chusma” el que resuena en sus apóstrofes.

Le tocó vivir una época de ruptura y cambio. La Argentina criolla moría disfrazada con una máscara coruscante de progreso:  era la careta de su flamante condición colonial, de su sometimiento consentido al imperio inglés. La vieja clase dominante dejó de ser una oligarquía patricia para convertirse de una oligarquía plutocrática entregada a la especulación, a la usura y a la venta del patrimonio nacional en la Bolsa de Londres. La chusma irigoyenista tocaba las puertas de la historia y empezaba a tomar la palabra.

Si bien Almafuerte pensaba que la gesta de Mayo “no fue casual”, sino que fue un acto “preparado y dirigido por la providencia misma del pueblo argentino”,  consideraba que se había perdido el “espíritu patriarcal bíblico de las provincias”(366). De ahí sus actitudes aparentemente conservadoras. Se representaba como  el último superviviente de una “subraza” que ya había cumplido su misión en la historia:

 “El gran poeta, el gran pensador, el gran cerebro americano (…) no está, no puede estar, dentro del viejo esqueleto de este viejo criollo ignorante, atávico, bilioso con la amarguísima bilis de los que ya no encajan en el ambiente circunstante ni como estirpe, ni como costumbre, ni como lenguaje, ni como soñación, ni como ideas adquiridas, ni como nada. (…) Cuando yo vine al mundo la obra de mi raza, la tarea encomendada a mi raza, por los designios inescrutables de Dios, ya estaba concluida(…). De manera que yo llegué tarde, de manera que yo surgí a la vida como un gaucho holgazán, que cae a la tierra bien empilchado y jacarandoso, cuando ha cesado el trabajo y comienza la fiesta.(,,,) Realizada la misión, producido el hecho histórico a que mi pobre raza estuvo destinada, ella tiene que sucumbir por aniquilamiento, por inadaptación, por ineptitud, por repulsión por odio a lo mismo que ella creó, que carece de facultades para continuar y que se ve en la circunstancia dolorosa de abandonar profundamente triste”.

El pueblo ha sido descartado y predestinado al vilipendio y el escarnio. No sirve nada más que para estorbo.

Sabemos que el Proyecto del 80 se impuso mediante la represión, la demonización de lo criollo popular como barbarie, la explotación del peón rural, de los inmigrantes urbanos y los chacareros gringos sometidos a voraces arriendos. Entretanto, una minoría oligárquica acumulaba tierras, entregaba el comercio exterior y los servicios a Gran Bretaña. Mientras el pueblo padecía hambre, desnudez y desamparo, los estancieros tiraban manteca al techo en París y compraban títulos nobiliarios haciendo casar sus hijas con aristócratas europeos en decadencia. Era el “régimen falaz y descreído” que mentó Yrigoyen.

La Argentina había pasado a ser un cúmulo de colectividades y no una comunidad organizada. No había algo en qué creer. Éramos un aluvión, estábamos formados por acumulación. Sin embargo, Almafuerte piensa que a pesar de esa tumultuaria “invasión de tantos ideales, de tantas tradiciones y de tantas sangres y costumbres”, a pesar del “espectáculo de ancianidad escandalosa” que nos trae Europa, se está generando una “raza nueva”, es decir, un pueblo nuevo. ¿Y dónde germina? Almafuerte responde que en la Babel actual, o sea, en las grandes ciudades. Buenos Aires, nueva cosmópolis, es el lugar donde gime la chusma, el barro elemental con que se configura, larvado, el rostro confuso del hombre nuevo. Emergerá del “juicio entumecido de los que gimen en las cárceles espantosas, en esos hospitales inmundos que se llaman grandes ciudades” (353).

Ese hombre nuevo es, para el poeta, “el hombre mismo”; y el hombre mismo, es el “hombre dolorido”. Es el que se acepta conscientemente a sí mismo y a su realidad. En la materialidad (o maternidad) difusa de la chusma, el hombre a la intemperie, el justo sufriente, abandonado de la mano de Dios como Job o Jesucristo, en el torbellino de un amasijo de larvas, engendra la “raza nueva americana”.

Almafuerte postula que la chusma “siente(…) sobre sus huesos, sobre sus nervios, sobre su alma misma, con una intensidad de puñaladas, el dolor crónico, inmanente, desconocido, acumulado, superpuesto, amontonado, estibado en pilas monumentales, de los azotes de los siglos, de las amarguras de todos tiempos, de las tiranías de todas la cosas, de las estupideces de todas las épocas, de los vicios conjuntos, encajonados, acoplados unos a otros, de todos sus antepasados, desde el padre Adán, hasta su padre mismo”.

El padecimientos de la chusma es ancestral. Realiza una experiencia inconsciente de la miseria humana, de los cataclismos de la naturaleza, de la condición humana misma. Es la plebe heroica, la chusma clásica. De ese “estar no más ahí” se siente participar Almafuerte. Él no es “de los que se echan de bruces sobre los balcones de hierro de su propio egoísmo ante los cataclismos humanos”. En realidad, basta una sola condición para no caer: tener conciencia de la propia miseria, apegarse al suelo con voracidad de raíz. Por haber llegado a ese estado, se compromete con la realidad concreta. Redime: es un apóstol, un Cristo. Asume la miseria para salvarla.

Por otra parte, como “…no hay acto humano que no repercuta en los siglos y que no se expanda como un gas por la supeficie de la tierra”, “los justos sufrientes”, los Cristos, son la base de un necesario progreso moral de la chusma. “Progreso, postula Almafuerte, que no es otra cosa aquí y en todas partes que el progreso de la libertad, de la justicia, de la verdad, de la belleza, de la felicidad común, de la fraternidad humana, de la perfección universal”(348)

Pero la chusma también es histórica, es la chusma radical que sigue, tumultuosa, la reparación predicada por Hipólito Yrigoyen. Es concreta, no es figura ni símbolo de ninguna elucubración poética, filosófica o religiosa. Ya no es sujeto confuso en autogeneración ameboidal, es sujeto histórico sometido a la opresión inmediata de un ordenamiento histórico-social injusto. Juan Pueblo siente el sometimiendo de la mentira democrática. La clase dominante, se siente tan impune y se cree tan dueña que a las trampas institucionalizadas con el “democrático” título de elecciones, las llama “fraude patriótico”. Pero junto con el fraude, la chusma criolloinmigratoria es víctima de la represión. “Creo, reclama Almafuerte, que un país donde hay “razones políticas” para mantener al frente de una ciudad -de un pueblo, de un pueblecito cualquiera- a hombres sin escrúpulos, a analfabetos sanguinarios y viciosos, es un mal país, es una tierra maldita que debiera ser sembrada de sal”(358).

Por eso, en las “Milongas clásicas” canta al “chusmaje querido”, esperanza de la Patria, a pesar de la traición y de la entrega, a  pesar de que “se fabriquen sacros panes/ profiriendo sacrilegios;/ y hospitales y colegios/ con limosnas de rufianes”.

Caído en la videncia, percibe la degradación, contempla el cuerpo prostituido de la Patria. Es una sombra, es “un fantasma horrible”, y profiere entonces los anatemas del profeta, las visiones terribles del “justo sufriente”.

2.- La sombra de la Patria

Con los cabellos sueltos, derramados sobre el busto encorvado, adusta, pálida, desencajado el rostro, una mujer va. Es una visión teratológica: los cabellos son un “velo de angustia,  una “sombría melena de león”.

Esa mujer causaría risa a Horacio. En efecto, en el inicio de su Arte Poética, se burla de un pintor que, al dibujar un “humano semblante”, le pusiera cuello de caballo, la adornara de diferentes plumas, y rematara una hermosa cara de mujer en pez (“Spectatum admissi, risum teneatis, amici?)[iv].

Sin embargo, la mujer de Almafuerte, en lugar de risa, produce espanto: “…la vergüenza/ no tiene la pupila más opaca,/ ni la faz de Jesús, al beso infame,/ se contrajo más rígida. Adelanta./  Con medroso ademán…¡Oh!¡La ignominia/ con paso triunfador nunca se arrastra!/ La voraz invasión de lo pequeño/ no hiere como el rayo, pero amansa”.

Ese horrible fantasma, es la Patria. Trágica prosopopeya de un ser cuya “alma inmortal” cayó de rodillas, cuya “material mortal” se ha desintegrado. Hundida en el abismo, ha quedado a merced de la canalla, “de lo ruin, de lo innoble, de lo fofo/ que flota sobre el mar como resaca,/ como fétido gas en el vacío,/ cual chusma vil, sobre la especie humana”.

Esa es la imagen de la Patria que horroriza al vidente: una joven ultrajada sin rostro, imagen de la pura desolación. Una mezcla de bestia y mujer, símbolo mítico de la fatalidad. Parece una evasión. En realidad, Almafuerte está configurando su situación de argentino desde la experiencia concreta de su ser disgregado, de su estar de viejo criollo  vilipendiado. La Patria es una imagen en disolución, sin rostro (mujer-león). La chusma vil, el pueblo, ha caído, como la mujer, bajo la invasión de las abstracciones: “lo pequeño”, “la canalla”, “lo ruin”, “lo innoble”, “lo fofo”.

La Patria no tiene rostro ni valores. Pero desde lo profundo, eleva sus gemidos como si quisiera “ablandar a su dios con sus plegarias”. Son gemidos resonantes que “en la mitad de las tinieblas cantan”.¿Cómo gime la patria? A través de seres aislados, disgregados, separados en una horrorosa individualidad. Son “los que”. Los que piensan, los que lloran, “los que yacen/ más allá de la luz y la esperanza”. ¿Quién la siente gemir?  Yo, dice el poeta y repite infinitamente un incesante “me”. Sus gemidos, “saetas del pesar”, me despedazan, me paralizan, me anonadan, “sus gemidos/ sobre mi frágil corazón estallan”. Todos los vientos de la tierra gravitan sobre las espaldas del poeta, todo el dolor del universo agolpado en una sola vida, “toda la sombra de los siglos/ en una sola mente refugiada”. Disgregado el pueblo, todo se reduce al “me”, o sea, que la sola experiencia individual es el único testimonio acerca de los otros. Revela así su vocación de cargar con el sufrimiento de todos: es el bíblico “justo sufriente”. La del “justo sufriente” es una figura de la literatura sapiencial que no puedo expandir acá[v]. Un género literario didáctico que emanaba de la entraña de Almafuerte que siempre se consideró “maestro”.

Por ahora, observemos cómo el gemido de la Patria se expande al cosmos, más allá de los individuos. Se desencaja “la bóveda azul”, parece que Dios se derrumbara, que la naturaleza entera asumiera voz y proporción humana: “Me parecen que vienen y se postran/ sobre la regia púrpura de mi alma,/ y la pupila ardiente de las cosas/ un miserere trágico levantan”.

Deja, entonces, “las voces” o gemidos, y vuelve a las “visiones” que constituyen un estado superior al mero sentido de la vista: “Yo la siento cruzar ante mis ojos/ y es una estrella muerta la que pasa,/ dejando, en pos de su fulgor, la nada!”. “La imagen desgreñada y torva” le arranca la pupila como si, en vez de visión, fuese una garra: “es una aterrante procesión fantástica”. ¿ Y qué hay detrás de la imagen? Sólo la nada. Sí, la Patria es un fantasma, una apariencia, ¿qué más hay? Hay biblias del deber que ya no enseñan, apóstoles del bien que ya no hablan. Los laureles no honran, los inspirados de Dios ya no cantan. Las patenas, estolas, panes eucarísticos, banderas celestes, símbolos sagrados, ahora envilecen, manchan, envenenan y se arrastran: “Yo la siento cruzar…¡Seres felices/ que carecéis de luz en la mirada!/ ¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía/ bajo el fantasma horrible de la patria!”

Ahora el poeta, desesperado, clama a Dios. Cómo los antiguos profetas bíblicos, como Job, como el Cristo abandonado, enfrenta a Jehová, el nombre justiciero de Dios y lo acosa con preguntas urgentes. ¿Dónde estás? ¿Dónde te ocultas? ¿Por qué no  levantas a la doncella caída? ¿ Por qué dejas echar sobre su casto seno “la vil caricia de la gran canalla”?

El cuerpo de la patria (el pueblo) es sagrado, proclama. Tan sacro como las hostias santas, pero tu “miras echar sobre la patria nuestra/ el hediondo capote del esbirro”.

Jehová, le dice, ¿dónde estás? ¿Desde que abismo negro ves su profanación y no fulminas a los profanadores? Dios oye la voz de su poeta, pero se calla. Su poeta, clama, lo siente, lo aclama, lo adora, “en el día y en el alba”, en lo secreto de su pecho y en público, pero  Dios ha callado como un ídolo sin lengua, como un muñero sin alma. El poeta, intermediario entre la justicia de Dios y la patria, ¿es un engañado, un fanático que lo supuso un viviente o un ignorante que le atribuyó justicia?

Evoca, entonces, todo lo que la patria “era” (virtud, leyes, derecho, religión, libertad, patria, tradición gloriosa, consigna inviolable), pero, ahora, sólo es “un sueño, una mentira, una palabra/ una cosa que suena”, “una boca que grita y que no habla”.

Así es como la voz del poeta ha terminado por ser un grito mudo, una inmensa abertura oscura y sin sonido. Porque ahora en la patria reinan la doblez, la astucia, la codicia, “la vileza del sable que amenaza”, la insidia ruin que deshonra a la virtud. Es el mal desatado, su negro imperio sojuzgando las cosas y las almas.

Pero la creación lleva en sus entrañas “la genésica fuerza inconstrastable/ el fiat inicial del protoplama”. Aparecen así las multitudes, la plebe, la chusma: “Esos son la verdad, Dios de los pueblos,/ a cuyos pies la humanidad se arrastra/ como van los rebaños trashumantes/ hacia donde los vientos arrebatan.” El viejo dicho: no se puede barrer contra el viento de la historia.

Después de los apóstrofes que intentan despertar a Dios, sacarlo de su silencio e indiferencia ante el dolor humano, realiza un alegato dirigido ahora a un “Dios providente/ que todo lo precaves y lo mandas”. Apela al “arquitecto invisible”, “al poderoso caudillo”, “al tragediante inmortal”. Eleva al “Dios de justicia,/ a cuyo tribunal siempre se llama”, un oratorio irónico. En efecto, él ha hecho del placer “un ancho cauce/ que conduce a la muerte o la nostalgia”, deja “indefensa a la gacela” y, sobre todo, “has dividido el mundo de los hombres,/ en los más, que padecen y trabajan,/ y en los menos, que gozan  y que cumplen/ la misión de guiar la recua humana”. Estos pocos, esta oligarquía, más grande es “mientras más miente” y más noble es “mientras más mata”.

Llegado al colmo de la intemperie, abandonado de Dios, le sigue preguntando dónde está, dónde se oculta, por qué lo deja blasfemar y calla: “¿Mi rebelión airada no sofrenas,/ mi pequeñez pomposa no anonadas, mi razón deleznable no enloqueces, y esta lengua de arpía no me arrancas?”

Entonces, en la última extensa estrofa, se dirige, otra vez, “a los que”. Pero esta vez, esa masa es expresión de un componente nuevo: “los que sabéis de amor excelso”. Es un amor que “recorre la arteria y la dilata”, “reside en el pecho y lo ennoblece”, “palpita en el ser y lo agiganta”. Esos son los “nobles mancebos”, son los jóvenes, sujetos de valores desinteresados, capaces de salir de sí y practicar los ritos de la vida dándose enteros: “fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,/ que recién penetráis en el santuario/ de la fecunda pubertad sagrada”.

A estos jóvenes de “alma entusiasta”, que todavía honran a sus madres con un beso en la frente, los convoca a rescatar a la mujer gimiente, golpeada, violada: a la Patria prostituida: “Volved los ojos a la reina ilustre/ que prostituida por los viejos, pasa,/ y si al poner los ojos en los suyos,/ ojos de diosa que del polvo no alza, no sentís el dolor que a los varones/ ante el dolor de la mujer ataca;/ si al contemplar su seno desceñido,/ (…) no sentís el torrente de la sangre,/ (…) si al escuchar sus ayes angustiosos, /-ayes de leona que en la jaula brama-./ no sentís una fuerza prodigiosa/ que os empuja a la lucha y la venganza;/ ¡Arrancaos a puñados de los rostros,/ las mal nacidas juveniles barbas, / y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”

Aunque parezca demasiado extensa, la cita anterior ilustra cómo el autor sintetiza las imágenes básica del inicio del poema y de su desarrollo y apela a un nuevo actor, la juventud. La patria es una reina ilustre, pero prostituida por los viejos; la patria ha sido ultrajada y debe sentirse como un dolor; la patria gime (“ayes”) y como una leona enjaulada (guedejas como melena de león), brama. Toca a una nueva generación reaccionar ante el oprobio del seno desceñido, obedecer al torrente de la sangre, sentir una fuerza prodigiosa y lanzarse “a la lucha y la venganza”.

Este era el canto de guerra de los jóvenes radicales. Pero, atención argentinos, el encargo contiene un anatema implícito: si no se lanzan a la lucha y la venganza, pierden su condición de varón, de custodios de la dignidad de la patria sojuzgada y prostituida. Por lo tanto, deberán arrancarse a puñados “las mal nacidas juveniles barbas”. Hay también un insulto implícito: por elipsis,“mal nacidas” también puede aplicarse a los portadores de las barbas, o sea, a los jóvenes.

Si una juventud “mal nacida” renuncia a defender la soberanía, si  la justicia social es una entelequia, la patria será un fastasma, una sombra, y la escoltará, en procesión trágica,  un coro de mujeres gimientes y solas: “¡Y dejad escoltar a vuestras novias/ la Sombra de la Patria!”.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 31/05/2018

[i] ALMAFUERTE, 1964,3ª. Ed., Obras Completas. Evangélicas-Poesías-Discursos, Buenos Aires, Editoria Zamora. Todas las citas de Almafuerte están tomadas de esta edición.

[ii] GÁLVEZ, Manuel, 1944, Amigos y Maestros de mi Juventud,Buenos Aires, Editorial G.Kraft

[iii] MORALES, Ernesto, “Significación de la obra de Almafuerte”, en: NOSOTROS, N° 234, 1928.

[iv] El Arte Poética de Horacio o Epístola a los Pisones, 1777, traducción de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real de la Gazeta,1777.Sive :www.traduccionliteraria.org/biblib/H/H101.pdf

[v] Recomendamos, como un primer acercamiento al tema, un libro de Alejandro Losada Guido en que concepto está aplicado al Martín Fierro. Cfr. LOSADA GUIDO, Alejandro, 1967, Martín Fierro. Héroe-Mito-Gaucho, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra: “El género sapiencial posee un fin bien definido: la comunicación de una determinada visión de la existencia. Enseñanza en el sentido más digno y amplio de la palabra, que poco tiene que ver con la instrucción, al usar preferentemente instrumentos poéticos y simbólicos. En el sentido antiguo, donde precisamente la materia que debía comunicar el maestro no era la “ciencia” libresca, sino la “sabiduría” (p.73).

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por Jorge Torres Roggero

1.- Pasó y sigue pasando

scalabriniyrigoyenperonMil novecientos ochenta y cinco avanzaba a grandes trancos. Como ahora, los peronistas y aliados andábamos dispersos  y en derrota. Transcurrían los tiempos exultantes del Tercer Movimiento Histórico. La palabra “democracia” era taumatúrgica y de uso exclusivo de ciertos iluminados. Parecido a lo que hoy pasa con “gobernabilidad”, “institucionalidad”, “ciudadanía”. La “democracia plebeya” era cosa del pasado. Basándose en la visión mitrista de la historia (explícitamente vindicada en la oratoria oficial), en la línea Mayo-Caseros y la Constitución del 53, se reeditaba, en el lenguaje hegemónico, la oposición democracia/antidemocracia de la Revolución Libertadora, aunque disuelta en agua de borraja por “coordinadores” y “clubes socialistas”.

En ese momento (tras dos años), la reincorporación de los docentes universitarios expulsados por la dictadura era lenta y selectiva. No voy a contar quiénes fueron los primeros en ser incluidos en las menguadas listas de elegidos. Solo sé, por experiencia propia y de muchos compañeros, que los “populistas” éramos el último orejón del tarro.

Sin embargo, algo que ahora no ocurre, el peronismo, con el controvertido Vicente Saadi a la cabeza del bloque, por lo menos no había entregado su cuota de poder en el Senado. No había renunciado a la presidencia, ni a lo que por ley y decisión del pueblo le correspondía. No se había entregado con las manos atadas para ser menospreciado, dividido, coaccionado, prepeado, comprado, con los gobernadores a la cabeza, como ocurrió en 2015, en el inicio del mandato actual. Por tanto, desde allí se pusieron firmes, negociaron (en el sentido verdadero de la palabra: un trato de potencia a potencia), y lograron un decreto que nos reincorporaba a todos los echados por la dictadura.

Fue en ese tiempo que me reencontré con el poeta, compañero y amigo, Alfredo Andrés, autor de una nutrida y valiosa obra poética; y de dos libros (entre otros) ensayístico-testimoniales que, a medida que transcurre el tiempo, crecen en valoración. Me refiero a El 60, primera obra dedicada a la generación poética del 60; y el indispensable Palabras con Leopoldo Marechal.

Alfredo Andrés fue el que, generosamente, publicó en el periódico “MARCHA El pensamiento nacional” (13/11/86), el artículo que van a leer con algunos retoques. En esa época escribía en mi vieja Lettera y las erratas eran más frecuentes. Por otra parte, nos habíamos acostumbrado a dos figuras literarias hijas de la persecusión y el miedo: la alusión y la alegoría. Espero que no dificulten su lectura.

Con generoso concepto y, a la vez, con rigor teórico, Alfredo Andrés me presentaba, “como poeta de la generación del ’60 y agudo crítico, ducho en los entreveros de la política cultural”. Y añadía con prudencia. “el cordobés Jorge Torres Roggero, reencontrado para MARCHA, desarrolla en el siguiente texto una serie de posibilidades de una presumible literatura del pueblo”.

En efecto, partiendo de un concepto de cultura no limitado a lo puramente conceptual y “estético” como actividad privilegiada de una minoría poderosa y, fundado en concisas citas de Scalabrini Ortiz y Perón, había procurado,con formato enumerativo, para adecuarme al espacio disponible, desarrollar ciertas reflexiones nacidas del “solo estar” en la vereda del frente. Lástima que  todo sigue igual para nosotros.Y para colmo, nos falta el “llorón”: Saúl Ubaldini.

Estas son mis elucubraciones de entonces acerca de los avatares de la palabra “democracia” en nuestra misteriosa,  bien que enquilombada, historia reciente.

2.- La palabra encubridora

Dos breves “ejemplos” de Raúl Scalabrini Ortiz nos plantean  un posible modo de lectura del texto literario. La primera, afirma: “Las palabras son como las hojas secas. No sirven sino para el uso que les daban Adán y Eva antes de descubrir que las palabras pueden sustituirlas con ventaja en su función encubridora”. O sea, la palabra no sólo descubre, también encubre.

El segundo ejemplo, ante la realidad de un discurso que, a la vez que encubre, amordaza otros posibles discursos, nos propone una estrategia develadora: “Cada vez que ha tenido ocasión de manifestarlo, el pueblo argentino ha comprobado que sabe leer al revés”.

3.- La lectura al revés

El pueblo argentino leyó al revés cada vez que, saltando “tranqueras” de propagandas oficiales, sesudos estudios, encuestas serias, investigaciones, comisiones especiales y arte selecto producido por los “bufones de los Mecenas”(Jauretche dixit), saltó, bullicioso, desde el mero  “estar” a la superficie (allí donde el ser de la oligarquía se manifiesta como “status”) y destruyó con su “clamoreo” las murallas de Jericó (Jos. 6, 5) levantadas por el cipayismo para cerrarle el paso. Esas minorías, a veces descaradamente amparadas por dictaduras militares y, a veces, simuladoras de fervorosa devoción a la “democracia”, fueron siempre fieles ejecutoras de los mandatos de la dictadura internacional del dinero.

¿Cómo logra la oligarquía apropiarse de la palabra? Negando al pueblo la capacidad para generar, conservar y receptar cultura. Se hace de la cultura y las instituciones algo diferenciado dentro de la sociedad y privilegiado dentro del proceso productivo. La oligarquía, como enseñaba Perón, “equiparó el concepto de cultura a suma de conocimientos”. En consecuencia, el que “no contribuye a la superación del pueblo que es quien le posibilita su propio desarrollo” podrá ser un “ilustrado”, pero, también un “inculto”.

En esa “incultura dorada”, según Perón, debemos incluir a los escritores y literatos enemigos del pueblo de “pensamientos casi siempre prestados y de sentimientos nunca profundos”. Predecía, sin duda, a quienes lo “novelarían” (cfr. La novela de Perón) con impudicia izquierdosa y odio oligárquico.

4.- El gran oligarca

Modelo del escritor oligarca, en la literatura argentina, es Esteban Echeverría. Afirmaba que el pueblo era el único soberano y la democracia su forma de gobierno, pero mutilaba las palabras pueblo y democracia. ¿Por qué? Porque proponía el voto calificado y definía a la democracia como el “régimen de la razón”. Nada de mayorías populares. Según Echeverría, la razón no es patrimonio de todos, es la diosa Razón, la “razón ilustrada” por “las luces” de Europa y, por lo tanto, propiedad de una minoría ilustrada.

Amordazó así la palabra democracia y luego se impuso, a través del libro y de la escuela (hoy los medios de comunicación) un concepto mutilado de democracia y el culto literario de la libertad abstracta, fuera de la historia. La libertad, sin embargo, entra de prepo a través del cuerpo y la lengua viva del pueblo. Perón, en una alocución pronunciada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, denunciaba a la oligarquía que “exaltó la democracia en su propio provecho”.

Ahora bien, la actitud política de Echeverría se enmascara en el discurso literario. Por eso en El Matadero presenta a la multitudes nacionales que apoyaron a Rosas como patotas sucias y macabras.

Y así siguieron siendo representadas en nuestra literatura las multitudes de los gobiernos antioligárquicos de Yrigoyen y Perón. Se disputan ese honor liberales y gran parte de los que se dicen marxistas. Se puede ejemplificar la repetición del verosímil echeverriano con textos de Ernesto Sábato, Julio Cortázar, David Viñas, Rodolfo Aráoz Alfaro, Elvira Orphée, Jorge Luis Borges y una caterva angurrienta de prestigio y mecenazgos poderosos. Lo documentó Ernesto Goldar en un libro pionero y riguroso: El peronismo en la literatura argentina.

En resumen: tomando el pueblo como horizonte interpretativo, descubrimos la naturaleza oligárquica de ciertos intocables de nuestra literatura. Ellos refuerzan al nivel de la “alta cultura”, lo que deslizan las encuestas que a diario se publican insistiendo en que la adhesión al movimiento nacional y la resistencia a la dominación colonial aumentan a medida que disminuye “el nivel” de escolaridad del encuestado. Oponen, así, una democracia racional e ilustrada a una democracia plebeya y, supuestamente, iletrada.

5.- El pueblo como horizonte de lectura

Lo distinto solo puede ser conocido dentro de un intrincado contexto de significaciones que surgen de experiencias anteriores y no solo por referencia a la unión lineal de las palabras. En ese marco, el discurso del pueblo tiene derecho a hacerse presente en nuestra manera de interrogar al texto literario, de contextualizarlo y complejizarlo. El texto no es sólo texto escrito, sino también repositorio mudo de todo signo cultural pronunciado por la historia y la lengua viviente del pueblo. Nuestra tarea de lectores es dejarlo decir  todo lo que dice y no solo lo que ciertos críticos, casi siempre profesores de literatura, dicen que dice.

Ampliamos, de este modo, el sentido de texto, y también el de lectura, a los fenómenos culturales no escritos pero sí inscriptos en el corazón del hombre concreto. El pueblo parece un extraño, un pajuerano recién llegado al campo de la cultura. Pero, a pesar de las agresiones imperialistas que abarcan desde la pornografía hasta la modernización prefabricada, oculta, en su “mero estar”, zonas no disociadas ni colonizadas. Como portador ancestral de sentidos implícitos no concibe la belleza vacía de sustancia humana de la “biblioteca de Babel”: belleza sin espacio, sin centro propio, sin periferia y sin historia. Esa pura estructura fonológica sin dimensión semántica, que solo enuncia el vaciamiento de nuestro ser, es la representación de nuestra asimilación a la angustia de una Europa crepuscular.

6.- Para darse manija

a) Aceptar el concepto de cultura y, por lo tanto, de literatura dominante, es privilegiar una temática, una lectura, un apendizaje y una práctica textual contrarios a la historia y al destino de nuestro pueblo. Una práctica de escribas, y no una poética abierta a todos los posibles.

b) El pueblo, en tanto categoría cultural de naturaleza histórica, política y simbólica, se determina en la historia concreta a través de la defensa y la liberación de un modo de estar para ser.

c) Nuestro discurso histórico, como ya ha sido señalado por varios autores, cobra sentido en la palabra viva de los “mancebos de la tierra” de Juan de Garay, de los gauchos denostados de los siglos XVIII y XIX, de los negros, indios y mestizos de la independencia, de la chusma irigoyenista de comienzos del siglo XX, de los descamisados del 17 de octubre de 1945 y de los “llorones” de Saúl Ubaldini en la actualidad postmoderna. Desde esa línea histórica, podemos leer “al revés”. Y marcar a fuego “la escritura” vaciada de heroísmo de la oligarquía.

El Gral. Perón nos propuso una cultura “al servicio del pueblo y en manos del pueblo”. Una literatura en manos del pueblo puede asimilar los logros de la literatura ilustrada y superarlos. Para eso, el escritor deberá ser un “hombre del pueblo”. Imperativo nada fácil, puesto que significa aprender de los humildes a romper la trampa encubridora de las “palabras-sirenas” que nos atrapan con su brillo y nos devoran con su vacío.

Es nuestro tarea expropiar la palabra para que, no siendo letra muerta, sea espíritu viviente de todas las demás expropiaciones que debemos llevar adelante.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 23 de feb. de 18

Fuentes:

Perón, Juan Domingo, 1973, Filosofía peronista (Única edición facsimil), Buenos Aires, Editorial Freeland.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973, Bases para la reconstrucción nacional, 2 tomos, Buenos Aires, Plus Ultra.

por Jorge Torres Roggero

LA TARANTULA

1.- Un novelista depuesto

Numerosos intelectuales, desaparecidos del canon literario después del golpe de 1955, se acercaron al peronismo en la década del 1940. Venían de heterogéneas tradiciones, de universos que antes de Perón parecían antagónicos. Entre ellos, vamos a recordar al tucumano Miguel Angel Speroni nacido en 1911. Su novela Las arenas (1954), fue considerada la primera ficción peronista. Su cronograma perfila el lapso que va de junio de 1943 hasta las vísperas del 17 de octubre de 1945.

 

Juan José Sebreli le dedicó un artículo elogioso. La consideraba como un intento de novela de “acción revolucionaria”, pero no en la línea del realismo truculento propio de nuestros escritores de izquierda de la década del treinta. Tampoco la veía en la menos frecuente y tormentosa vivencia del fracaso, típica de la impar estética de Roberto Arlt. Algo nuevo intuía: no hallaba como enunciarlo, pero tampoco como descalificarlo. Victoria Ocampo rechazó el artículo en “Sur” y reprendió al autor.

Las Arenas es, a primera vista,  una vulgar novela “en clave”. Sus personajes son alegorías de los agonistas reales de nuestra historia “en acto”, de lo que está sucediendo. El coronel Bustos, es Perón; Ada Roldán, Eva Duarte; el embajador Dodge, Braden; Nicanor Aguirre, Cipriano Reyes. Se van reconociendo, así,  muchos agonistas reales cuyos nombres en penumbra los historiadores callan. Ello no impide registrar el carácter fuertemente ficcional de un texto que esboza la poética balbuceante de un tiempo vivo.

Las Arenas revela el desconcierto que el nuevo movimiento provoca en los obreros (socialistas, comunistas, anarquistas); en la burguesía nacional, en los militares patriotas, en los periodistas en polémica con la oligarquía.

El debate entre los personajes es un rasgo peculiar del texto. Por eso, a veces parece adolecer de una excesiva discursividad que, sin embargo, no deja de ser necesaria ante la urgencia revolucionaria. Las vidas de los argentinos, comenzando por los más humildes, se abren a nuevos significados. Flamantes sentidos marcan los destinos individuales que confluyen hacia una hegemonía cotidiana de lo comunitario. El amor ya no será sentimentalismo, sino fuerza unitiva. Lo naciente entrelaza destinos en medio de la convulsión intelectual de los que, hasta ese momento, gozaban los privilegios del saber y del gusto: “Ya ves que todo es claro y que no lo es; que todo es simple, y que no lo es.”(p.138).

El racionalismo reductivo aparece como rasgo distintivo de la oligarquía; la clase media intelectualmente dependiente, es existencialista; las masas populares son el insólito sujeto histórico de una epopeya epifánica: han descubierto la solidaridad como alegría de ser y la revolución social como una mística, como reflejo de un irreversible orden cósmico.

En 1947, Miguel Angel Speroni había publicado La Puerta Grande. Aventura y desventura de Buenos Aires. La dedicatoria transita un tema habitual en los narradores de la época: “A Buenos Aires, puerta grande de América, que acogió mi adolescencia y precipitó mi madurez”. Apasionante “novela urbana”, su protagonista es Buenos Aires, ciudad babélica, transitada por centenares de personajes de todas las clases, oficios y nacionalidades. Tan así es que, al final, aparece un “Censo de La Puerta Grande” que sirve al lector para recordar parentescos, ocasiones, funciones, rasgos, de los personajes (más de 130). Algunos reaparecen en Las Arenas. Speroni siempre plantea, de diversas formas, alguna tesis. En este caso, mira la tumultuosa ciudad desde un campo intelectual fuertemente marcado por una militancia que podríamos llamar socialista-democrática. Era, pues, un cómodo intelectual progre, con un lugar de consideración en una sociedad oligárquica donde cada uno tenía un papel asignado, que se rebela. La novela abarca el período que va desde comienzos de la guerra hasta el golpe de 1943.

Un mensaje final titulado “A los hombres de mi generación”, cuando ya ha probado el revulsivo peronista, da cuenta de que en su novela no ha “callado ni los vicios ni las virtudes” del período. Aunque concluida en 1944, recién pudo editarla en 1947. Speroni comienza a llamar compañeros “a los hombres de hoy” y concluye descubriendo, sin nombrar al nuevo movimiento, el núcleo de sentido que para él será sagrado: “la nación y el pueblo”.

“Yo mismo, postula, me desprendo de mi alma pasada; y la arrojo al suelo como un hollejo inútil. Debemos colmar los vacíos, pues hay vasta zonas vírgenes que es necesario ocupar y organizar (…) Amemos al pueblo, y no solamente le compadezcamos; la compasión, muchas veces encierra desprecio. Amémosle como él lo exige que se le ame, esto es, reconociendo su verdad como propia, como nuestra verdad.(…) Vigoricemos las capas profundas de nuestra creación por el contacto viviente con el pueblo, con la fertilidad del alma popular, y habremos así cumplido con nuestros destinos, con nuestra vocación y con la humanidad.” Era un desplazamiento hacia “el otro lado”, hacia zonas de realidad no conocidas pero tampoco colonizadas, era perderse para encontrarse a través de un programa estético.

Durante la etapa peronista, Miguel Angel Speroni se desempeñó como diplomático. Tras la proscipción escribió ensayos histórico-filosóficos que peticionan lecturas nuevas desde el campo popular: Maquiavelo (1970), Erasmo (1978), Alberdi (1973) y San Martín (1975). Fue, además, jurado de Premios Nobel y atesoraba vastísimos conocimientos de historia y literatura.

Doy fin a esta semblanza con escenas repetidas de nuestra historia patria. Son las que ilustran los paréntesis nefastos de derrota del pueblo. La novela Las Arenas fue premio nacional de literatura en 1954. Pero, tras el golpe genocida de 1955, pasó a engrosar, junto a La traición de la Oligarquía de Armando Cascella y miles de libros sospechados de ser afines a la “segunda tiranía”, las hogueras que la piromanía gorila levantó en la Plaza de Mayo.

En 1980, pocos meses antes de su muerte, convaleciente y con una pierna enyesada, Miguel Angel Speroni puso su firma en el documento de apoyo a la Universidad de Luján que la dictadura militar intentaba cerrar.

Llegamos, así, a La Tarántula , la nouvelle de Speroni que se erige, sin duda, como uno de esos “libros extraños” de la literatura argentina. Extraños, porque nos son “extrañados”, enajenados,escamoteados al común de los argentinos; y porque, su autor es lo que se dice un “extraño”, un perfecto desconocido recienvenido del olvido y del oprobio. Tan extraño fue el libro, que salió a la luz sin venta al público.

2.- La tarántula y los tarantulados

La tarántula apareció en 1948. Fue publicada por editorial Continental, que difundía a los autores desterrados de “Sur”. En la contratapa de la edición de 1972, ilustrada por Vicente Forte, aparecen significativos fragmentos de cartas dirigidas al autor. La primera es de  Carlos Drumond de Andrade y expresa: “Esse seu conto é uma bela e estranha composiçao artística, e sua leitura deixou-me uma viva impressao.”

Xul Solar, un iniciado, le escribe: “El cuerpo astral de Speroni, rompió la cáscara, se fue a escribir su obra maestra, y volvió a reintegrarse a la cotidianeidad”.

Juan Filloy, por su parte, le comenta: “Me picó La Tarántula. Durante una hora y media he estado bailando una tarantela gozosa. Brincando de fruición en fruición. Se trata de una obra impar. Ni usted mismo concebirá ya otra que se le aproxime. Porque los sueños no se repiten”.

En “Génesis de La Tarántula”, Speroni asegura que “en este caso”, la araña simboliza a la sociedad”, “la sociedad contra la que lucha el personaje, contra sus leyes absurdas, injustas, a veces insoportables. La tarántula ha picado al personaje. A todos pican, pero solo los más sensibles reaccionan. Se escapan. Se van. ¿Adónde? Hacia la locura. Esto es lo que ha ocurrido”

Otro plano de lectura introduce al lector en los delirios de un loco y en la oscura lucha entre Eros y Tánatos. Al poder elaborar esas fuerzas y, al mismo, empeñarse en integrarlas, el personaje delira: “Se vuelve loco. ¿El rótulo de la locura? No importa. No interesa”. La situación es expresada de este modo en la novela en un diálogo entre médico y paciente:

“Es decir, hasta ahora, ha vivido solo simulacros, parodias. Por fin está viviendo la verdadera locura. – “Usted está loco”, me dijo. –“¿Loco?”- “Sí, tal como oye: loco, Loco”. Agaché la cabeza y miré hacia un costado: todas las piedras del suelo abríanse cual enormes margaritas”(p.16).

Sin embargo, el narrador es ya un desalienado. Por eso la dedicatoria reza: “A la memoria de Vieytes, maestro y precursor”. De donde deducimos que el ámbito en que transcurre la asombrosa aventura hacia lo inconsciente es un famoso manicomio, frecuentado por nuestra literatura (J.Fijman, A. Castillo, et al.),  también por el cine y la resistencia al desmantelamiento de la salud mental.

Por cierto que, al tratarse de un texto literario, conviene obviar la trama psicoanalítica que queda en manos de los especialistas específicos. Por mi parte, trataré de privilegiar el simbolismo de los tarantulados, su relación con el baile (la tarantela) y la epifanía de la cultura popular peronista.

Ya Covarrubias, en su Tesoro…consigna que la tarántula tomó el nombre de la región de Tarento, Apulia, antiguo Reino de Nápoles; y que, los tarantulados o picados por la araña, se curan al son de instrumentos y de la danza. En la edición de 1899, el Diccionario de la Real Academia define la tarantela como un “baile napolitano de movimiento muy vivo (…) que se ha tenido para curar a los picados por la tarántula”.

Se describe a los tarantulados como próximos a morir, tristes, desfallecidos y exánimes. Solo se reaniman al oir las primeras notas de la tarantela. Los tarantulados se curan pero suelen padecer estados crónicos de melancolía y otros síntomas perturbadores.

Se advierte, entonces, un paralelismo: “tarántula-sociedad”, “locura-tarantulado” y ciertos tratamientos que se desplazan entre dos racionalidades, o sea, entre el “shock” y  el “baile”. Se trataría de un rito de pasaje por los infiernos del subconciente hasta la conquista de la salud por la elaboración del fatalismo Eros-Tánatos.

Por ahora, sin embargo, importa señalar dos aspectos que, a lo mejor, es bueno tener en cuenta para la lectura del texto. Speroni tiene clara conciencia de los simbolismos de la araña que sería largo desarrollar. Todos sabemos que, en la vida cotidiana, ese bichito carga ciertos momentos con inquietantes energías que se desplazan constantemente entre el fas y el nefas.

El autor ha descubierto, después de la escritura central, que el más antiguo testimonio sobre los tarantulados es del año 1350 y lleva el título de Sertum Papale Venenis. “Pero, dice, la alcurnia literaria de la tarántula se romonta mucho más lejos”. Recuerda a Platón (Eutidemio) y el uso de los “epodai” (fórmulas cantadas) contra las picaduras. También Eurípides en Hipólito y el drama de las manías atribuidas a la envidia de los dioses. Cita asimismo a Leonardo da Vinci: “La picadura de la tarántula mantiene al hombre en lo que pensaba cuando fue picado”. Por último menciona a Franz Fanon sobre la violencia del tarantulismo “en otras tradiciones exóticas”. Y transcribe un párrafo del prólogo de Jean Paul Sartre a Los condenados de la tierra: “Expresan en secreto el “no” que no pueden decir, los crímenes que no se animan a cometer. En algunas regiones se sirven de un último recurso: la posesión.”

Miguel Ángel Speroni, un intelectual disuelto en el núcleo de energía de su pueblo, revela un aspecto poco estudiado de los intelectuales nacionales y populares: su prodigiosa erudición y su profunda inserción en lo mejor de la cultura occidental, o sea, en lo pisoteado, meado, censurado, olvidado y vilipendiado por cultura capitalista anglosajona. Pensemos en esta cadena luminosa: Darío, Lugones, Marechal, Cancela, entre otros. Y por supuesto, la profunda formación clásica del Gral. Perón.

El último aspecto que me gustaría notar, es el siguiente: la sociedad (la tarántula) que pica, no es una sociedad abstracta. Es la sociedad argentina concreta en el preciso tiempo de una revolución. Esto confiesa el enunciador: “El protagonista también se siente responsable. Coincide su crisis con la crisis del país. Es uno de sus momentos más decisivos. Concretamente: el personaje ha estado en Chile (años 1944-45). Como muchos de sus pares, no había percibido la transformación (un verdadero cataclismo) que estaba viviendo su tierra. El era liberal, intransigentemente liberal. ¿El pueblo? Una abstracción, una palabra. Como casi todos sus colegas, no ve nada, no oye nada, de “lo social”. Está en Chile y sufre una transformación, empieza a “ver”, a “oir”. Pero se da cuenta que en su ser se ha producido una fractura, una disociación. Más que en su ser, en su pensamiento, en su “tabla de observación”. Siente que debe expresar esa realidad, aunque está, en muchos aspectos en contra (…). Y aquí, al regreso, cuando ha visto claro, se vuelve paradojalmente alienado. Tiene un ataque. Debe internarse. Y entra, por la puerta grande, en el Hospicio de las Mercedes”(p.9).

Curiosa alusión a su primera novela (puerta grande) y extraordinario cuadro de situación de la intelectualidad argentina del momento. Llena de prestigio, dueña del canon y la palabra, de los premios y los honores, de las editoriales, de las revistas especializadas, del halago de las clases poderosas, la élite cultural y universitaria padece el revulsivo peronista como una dosis del sal inglesa, como una picadura de tarántula.

Pongamos atención en las palabras que se refuerzan unas a otras en el párrafo citado: “momento más decisivo”, “tranformación”, “cataclismo”, “fractura”, “disociación”, “perturbación”, “alienado”, “ataque”.

La intelectualidad está “tarantulada”. Solo la salvará entrar en el baile y bailar la gran tarantela de la alegría de ser del pueblo. Pero, claro, eso los convertirá en “malditos” para la oligarquía: “A ese mundo solo pueden llegar los malditos, los que “han cruzado el abismo”.

Lo cómodos -también los lectores cómodos- quedarán apretando su ramito de laurel como sentenció Leopoldo Marechal. El protagonista ha atrevesado zonas de peligro y destrucción, “ha viajado, vencido y perecido”. Muerte ritual. La idea es reforzada por esta cita de Breton: “Eso que los ocultistas llaman paisajes peligrosos”.

Los que no realizaron el viaje quedaron para siempre tarantulados, alienados, ajenos al corazón del pueblo y carcomidos por el odio oligárquico y gorila.

El espacio me restringe, pero recomiendo auscultar este mismo tema en un artículo tenso y atormentado de Rodolfo Kusch, otro viajero hechizado y todavía reacio, en esa época (inicio de los 50), a pronunciar la palabra que rotula esa etapa histórica. Me refiero a “Neurastenia literaria”, publicado en la revista “Contorno” e incluido como epílogo en La seducción de la barbarie, un libro como La Tarántula, sin concesiones al lector, hundido en la profundidad del pensamiento popular.

“La prueba, postula, está en que de la neurastenia no es posible salir porque encarna una profunda falta de fe en la barbarie. No comprenden que es preciso permutar la negación de la barbarie, que asedia la ciudad misma, por la fe en ella, porque en caso contrario, queda en ese terreno a lo más una especie de narración literaria…”

La neurastenia resulta de la seducción presente de las masas peronistas y su conductor, pero Kusch sólo las alude:¿qué fuerzas desata en el alma nombrarlas?

Concluyo aquí estas consideraciones a lo mejor hiperbólicas. Invito a mis lectores a seguir el hilo invisible de la tela de La Tarántula y me agradecerán el infinito y maravilloso viaje por 60 páginas que piden ser leídas una y otra vez.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 19 de feb. de 18

Fuentes básicas:

Edwards, Rodolfo, 2014, Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades, Buenos Aires, Seix Barral

Kusch, Rodolfo, s/f, La seducción de la barbarie. Análisis herético de un continente mestizo, Rosario, Editorial Fundación Ross.

Speroni, Migue Angel, 1947, La puerta grande. Aventura y desventura de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Claridad.

Speroni, Miguel Angel, 1972, La Tarántula, Buenos Aires, Ediciones Noé.

Speroni, Miguel Angel, 1973, Las Arenas, Buenos Aires, Corregidor.

 

 

por Jorge Torres RoggeroPIONEROS DE LA GLEBA

Aborigen, conquistador, inmigrante, todo aquel que “habita” vive la contradicción, en primer lugar, en su familia y su trabajo. Esto pensaba mientras recordaba un libro de lectura imprescindible. Me refiero a Mentalidades Argentinas (1860- 1930) de A. J. Pérez Amuchástegui. Aplica allí el método de las mentalidades para complejizar el papel de la oligarquía, del criollo y de la inmigración en nuestra historia. Precisa, con documentos y textos literarios,  cómo nuestra oligarquía paternalista tuvo siempre un trato campechano hacia las clases subalternas. Pero, eso sí, debía tenerse siempre en claro cuál era el lugar de la clase dominante y el de los “chinos”,  “guasitos del campo”  y “gringuitos de la chacra”.

Hacia finales del S.XIX y hasta comienzos del S.XX miles de piamonteses poblaron la pampa cordobesa y santafesina. Hacia 1880, los carreros gringos pasaban por el fortín Los Morteros en busca de agua para hombres y animales. Portaban algún Wertein con dos o tres proyectiles. A veces tropezaban con algunos indios, a veces no. En general, sólo se contemplaban cautelosos a la distancia. Los milicos del fortín, barbudos, rotosos, sin tabaco, canjeaban los artículos de los carreros por quesos de cabra.

Los gringos habían traído “su casa” en los baúles: telas de confección casera hiladas a mano, útiles de cocina, planchas de carbón. Enseres, en fin, signos mudos que estos rústicos “contadinos” ágrafos portaban en el registro milenario de su oralidad (Giurda: 1956, 53-87).

Pero las ropas que trajeron de Europa se fueron gastando y las madres, las esposas, las llenaron de remiendos. Entonces, ¿cómo evitar la burla tosca?: “Zuclun!”. Tuvieron que fabricar su calzado con arpilleras o armar suecos de sauce y cuero de animales. Eso sí, guardaron con cuidado sus viejos trajes piamonteses para engalanarse cuando la fiesta convocaba. Y con esos trajes, lo hombres sacaban a relucir viejos vicios: mascar tabaco (chica-cica), fumar con pito (pipa).

Como los antiguos sanavirones, buscaron cobijo transitorio bajo un algarrobo. A la sombra sagrada del “tacu”, se acurrucaron la mujer y los hijos, se arrinconaron los cachivaches. Sin río cerca, cavaron pozos profundos en busca de agua. Con “tepe”, tierra cortada en rectángulos como un adobe de champa, levantaron las paredes de su hogar y techaron con paja como antaño indios y españoles. Con el tiempo, accedieron a las chapas cinc. Desde entonces, todo lo pesado fue a parar a los techos para que los pamperos no los volaran.

Fabricaron bancos, mesas, roldanas, bateas para lavar ropa o leudar el pan, horquillas y palas de madera y hierro. Entregados a la práctica de tallar dichos enseres, duchos ya en el arte de sobrevivir, comenzaron, sin darse cuenta, a confundirse con el criollo. Aprendieron así a fabricar el bebedero para los animales ahuecando troncos, a levantar hornos para el pan, a construir camas de tientos y colchones de chala y paja. El peón criollo les enseñó a trenzar lazos, a formatear arneses, a delinear baldes volcadores de cuero, taleros y caronas.

Las culturas populares se topan y se fecundan en medio del remolino. La historia concreta, sin traductores letrados, entremezclaba el antiguo dialecto de los cátaros y el habla rural de los nativos. ¿Confusión de lenguas? Unos italianos que no hablan italiano y unos chuncanos que ignoran la lengua de escuelas y academias, se dejaban llevar por el sordo rumor del sentido, por la necesidad de sobrevivir en medio del campo. El piamontés: “Aprendió a montar el potro salvaje que el gaucho le entregó manso: a labrar la madera; destroncar montes, banderear la langosta; sembrar como el indio “a pata”; pelear la “saltona”; cercar con palo pique; trillar con yeguas – tarea muy distinta al “bati l’gran” de su lejano Piamonte” (Scaraffia: 1981, 53-55).

¿Qué hubiera sido de la famosa laboriosidad gringa sin el peón criollo? Según Bialet Massé (1968: 104-106), los colonos rusos de Entre Ríos vivían en un notable estado de atraso. Después de veinte años habitaban en cuevas que los criollos habían bautizado: “Las Vizcacheras” (p.116). No sabían labrar la tierra. Apenas la arañaban y por eso perdían las cosechas. Agrega Bialet Massé: “Cuando yo he comparado el modo de ser de estos colonos con el de los indios, no he podido menos que sentirme molesto por la injusticia humana, porque entre unos y otros, en verdad, no hay punto de comparación ni en inteligencia, ni en fuerza, ni en moralidad; la superioridad del mocoví se impone, pero no se la toma en cuenta” (Bialet Massé, 116).

Bialet Massé parece referirse al esfuerzo que, desde la más extrema pobreza, realizaban los colonos judíos. Venían huyendo de los pogroms. Y en su intento, por cierto, logrado, de “habitar el suelo argentino” (exigencia impaciente de Sarmiento) generaron bellas historias verdaderas que enriquecen nuestra cultura y nuestras letras.

Tampoco resultó propicia, en sus inicios, la pampa santafesina. Provistos de “arados, semillas y todos los menesteres para su establecimiento” los gringos vieron fracasar la primera y segunda siembra. Desalentados, desertaron de la colonia “La Esperanza” y se trasladaron a Santa Fe. Allí fueron acogidos por algunas familias de “paisanos” ya afincados en el país. El gobernador Crespo (1858) estudió las causas del fracaso y su investigación deparó sorprendentes emergencias: “…se vio que los colonos no sabían ni arar, ni sembrar, ni segar, ni trillar; el defecto no estaba, pues, en el suelo, ni en el clima, sino en la ignorancia técnica del colono. A vueltas de buscar remedio, y después de un tercer fracaso, cuando los colonos se negaban a volver, se buscaron agricultores criollos y los colonos volvieron acompañados de un criollo para cada familia. El éxito fue completo; la cosecha espléndida obtenida demostró la posibilidad y los pingües rendimientos que la colonización ofrecía” (Bialet Massé: 104).

Los habitantes, los arraigados al suelo, convivieron con los que querían habitar. Y así los colonos, al fin, se ataron al suelo. Difícil imaginar o percibir estos aspectos de la realidad. La actividad de la vida supone la diversidad y la confusión. No se construye con fenotipos sino con genotipos. No con los significados visibles (siempre pasivos y pasados), sino con los significantes ocultos (activos y abiertos al futuro). Son los requechos que pugnan por incorporarse, y, desde las estructuras profundas, acosan sin cesar a las construcciones llamadas “mundo real” o “realidad histórica”. El “exceso de vida” del que alguna vez habló Sarmiento, es una estructura profunda, concreta y presente. La “vida secreta de los pueblos” (expresión también sarmientina) es ciruja; reorganiza y construye con todo lo que encuentra: desechos de soga, maderas carcomidas, cartones enmohecidos, todo es aprovechado para construir formas de poder, modos de añadir sentidos, o sea significados y orientación, a la realidad. Es cierto que los discursos de poder los invisibilizan, los excluyen y lo dan por no existentes.

Sin embargo, desde su precariedad, el pueblo insiste, llegado el momento y en el lugar justo, en repetir antiguos rituales, en albergar secretas rebeldías. Un día, en las colonias piamontesas del noreste cordobés volvió a relatarse en las cocinas y en los boliches la vieja historia del gaucho malo. No eran Andresito Cachilchilín, indio cimarrón, ni Juan Moreira, ni Hormiga Negra, se trataba ahora de Lino Racca, gaucho piamontés, nuevo habitante de la región del Tiyú, viejo pago sanavirón. Según los díceres de la región el nuevo cimarrón era: “…ladrón de caballos, cuchillero, matón, prepotente, desafiador en los boliches, peleador por razones políticas (…) Se trataba de un individuo de buen físico, diestro en el manejo de las armas y bravucón” (Giurda: 67).

Como los antiguos gauchos cantores publicaba sus hazañas a viva voz; ostentaba con orgullo las cicatrices recibidas de las policías bravas de la época y se deslizaba como pez en el agua entre vecinos cómplices: “viviendo a veces herido en los maizales, italiano de origen, adquirió todas las costumbres gauchas, especialmente la de los gauchos alzados de la época de la patria” (Giurda: 67).

Estos relatos solo atestiguan que, haciendo pie en la mezcla de lenguas, la actividad de la vida proseguía su lenta y persistente labor. Llegó así el día en que los peones criollos comenzaron a hablar piamontés mejor que los hijos de inmigrantes y aprendieron a cantar en la nueva lengua y a “comer bagna cauda”. Estas relaciones no eliminaron, por supuesto, el conflicto: sucedió al fin que las hijas del gringo se enamoraron del fuin (sobrenombre infamante traducido generosamente como “negro”). Nació así la fama de racistas de los piamonteses perdidos en la pampa, confundidos con vendedores ambulantes árabes que luego habitarán los pueblos como comerciantes y prevenidos ante la llegada de los circos nómades de los gitanos, milenarios herreros fabricantes de sartenes.

Mientras las chatas descargaban bolsas de trigo en el galpón del ferrocarril, el coro de los abuelos atronaba la cantina y el pueblo con canciones milenarias y estruendosas carcajadas. Deglutían en mesas grasientas ravioles y agnolotis que mezclaban sus olores con empanada y asado.

Por fin, la fiesta como coronación de la vida. En los bailes mezclaron sus compases la “currenta” piamontesa y los pasodobles españoles con rancheras, tangos y danzas nativas. Los cuerpos entremezclados comenzaron a tramar una historia todavía sin escritura y se transmutaron en signos vivientes de lo no-dicho y no-escrito, de lo sin-lugar en academias y universidades.

Pero la confusión también gesta la tristeza. Los hijos de gringo que poblaron universidades, una vez con el título bajo el brazo, sintieron vergüenza del abuelo chacarero, de sus alpargatas barrosas, de sus bombachas batarazas, de su faja negra, de su camiseta transpirada, del tabaco barato de su pipa. Escondiendo su estirpe de pioneros tras la placa de bronce del profesional, dejaron de contemplar el horizonte de la mirada lejana de los ojos del viejo inmigrante. El conoció cantineros que esquilmaban a los borrachos entregados al juego de azar y los envenenaban con bebidas falsas y nocivas: “Se dice de moscatos hechos con yerbas, de cañas falsificadas con tabaco, de grapas con ruda, de vinos con nueces moscadas, pimienta y diversos brebajes (…) Hubo quienes, rejuntaban los sobrantes de vino (de copas y botellas) para después volverlos a vender” (Giurda: 84).

Por cierto, quienes escribían esas historias sórdidas también habían venido a habitar el suelo argentino, también trabajaban de argentinos. A cambio, tenían que soportar a los políticos que se apropiaban del patio y lo usaban de comité. Lugar de reunión que el dueño no podía negarle a pesar de que sabía que se iban a ir sin pagar. Entonces, ¿por qué no cambiar los contenidos de las botellas o servir vinos dulces ordinarios en envase de Cinzano? (Giurda: 84-85).

Tumultuosamente, el pueblo se apropia de las más disímiles tradiciones culturales, las incorpora a la memoria de sus cuerpos vivientes y deja que la vida replete de deseos (utópicos, simbólicos, festivos) la cotidianeidad. La confusión, la mezcla cultural, el mestizaje y sus matices diferenciales desocultan la matriz de las rebeliones sociales y desnudan la hipocresía ideológica de las oligarquías y su séquito letrado.

La risa plebeya persiste, desgasta y hunde en el olvido todas las formas de represión. Las armas de la confusión no son los artefactos tecnológicos sino el derroche orgiástico de la fiesta. El remedo, la burla, la risa siempre inquietaron al opresor porque nacen de experiencias móviles, desconcertantes, ambiguas; de realidades fugaces que siempre escapan del método exacto, del razonamiento riguroso. Desde el fondo de la historia, las multitudes avanzan, hablan “entre dientes” como el río de Tejeda y siempre “a espaldas” de los discursos de poder. Sin rostro, sin nombre, los pobres, incultos, iletrados, ignotos, flacos, abyectos, son objeto de irrisión y materia de execración de la “barbarie ilustrada”. Sucedió, sucede y sucederá, antes y después de la conquista y colonización españolas, antes, durante y después de la emancipación. Lugar del mestizaje y acto continuo del suceder, la realidad se presenta como algo “móvil, inaprensible, inestable e incontrolable” (Gruzinski: 1999):“Fenómenos sociales y políticos, los mestizajes involucran de hecho un número tan grande de variables que confunden el juego habitual de los poderes y de las traducciones y se deslizan entre las manos del historiador que los busca y son menospreciados por el antropólogo amante de los arcaísmos, de las “sociedades frías” o de las tradiciones auténticas (…). Los mestizajes nunca son una panacea, expresan combates en que jamás se ha vencido y que siempre vuelven a empezar. Pero proporcionan el privilegio de pertenecer a muchos mundos en una sola vida” (Gruzinski, 1999, 301, ss.).

Para la otra razón, “la razón mestiza”, cada lengua cuenta y canta a su manera. Sus entonaciones mezclan y profieren gesticulaciones, danzas, tinkus. Discurre una operación de cuerpos sígnicos que hablan sin cesar y, en el aliento significante, se abrazan y procrean.

Cuenta Silvia C. de Fairman (2000, 17) que, cierta vez, se originó en la colonia una tremenda discusión entre dos viejitos judíos que sólo sabían hablar idish. Como ninguno de los dos daba el brazo a torcer, se encomendó al rabino, sabio y justo, que dirimiera la contienda. Debía resolver cuál era la correcta pronunciación en castellano del nombre de un pueblo cercano: Las Moscas. “Mientras un viejo porfiaba con el eco de sus seguidores que se decía “Vas Mosks”, el otro y su banda insistía en que debía pronunciarse “Vos Mosks”. No sé a quién habrá dado la razón el rabino que, por más sabio y justo que fuera, si no sabía hablar castellano correctamente, no estaba capacitado para hablar como juez; pero juro que es una historia real.”

Desde la confusión de lenguas, un pueblo ancestral, experto en sortear persecusiones y padecer pogroms, realizaba la secreta tarea de habitar los nombres que susurraban “entre dientes” en el nuevo hogar. La forma estructural de las cosas, su realidad profunda, ofrecía, en un perdido pueblo entrerriano, una cognoscibilidad que los discursos de poder no tienen en cuenta y no se atreven a mirar de frente. El núcleo enunciativo del discurso hegemónico carece de instrumentos para formalizar lo innombrable (Kusch). Sufre, por lo tanto, el asedio de la confusión, del estado babilónico, final de la historia que predica la intraducibilidad de las “cuencas semánticas”: las raíces de las cosas se resisten a morir y preservan en lo profundo la “ecología semántica” de los pueblos que persisten en renacer. Scalabrini Ortiz sostenía que somos un pueblo “multígeno”, es decir, llamado a una fecunda universalidad.

La fiesta, confusa patria de la plebe, se desquita de la monotonía de los trabajos y los días, de las penas de la vida. En medio de ese remolino, los pueblos establecen el dominio sobre las cosas. La licencia que sobreviene es una experiencia primaria de libertad y, al mismo tiempo, delimita las fronteras de la libertad mediante la repetición de los ritos de pertenencia.

La confusión desata la fuerza genética de los pueblos y del cosmos. En la fiesta de San Juan se queman Judas como denuncia de lo demoníaco y como conjuro. Pero esos Judas suelen representar políticos, patrones, obispos, personajes odiados por el pueblo.

Porque la confusa patria, a veces, desencadena sus significantes ocultos, los pueblos rompen los encantos y demuelen los laberintos. Ha sucedido en la historia argentina. Es bueno estar a la espera. Si, de pronto, emergiera el griterío espantoso como un contradiscurso vociferado por el vacío y las profundidades, no sería extraño que el pueblo haya visto llegada la hora de hacer “tronar el escarmiento”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 17/12/2017

Fuentes:

Bialet Massé, Juan,1968, 1ª. Ed. 1904, El Estado de las Clases Obreras Argentinas a Comienzos de Siglo, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba. Prólogo y notas Luis A. Despontin

Fairman, Silvia de, 2000, Mate y samovar, Buenos Aires, Lumen

Giurda, Ilmar José, Brossino, Francisco Luis (dibujos), 1986, Fieul Ed Granduja Arvista Piemontesa, Storia, Lenga, Nota. Vita dij Piamontéis an Argentin-a- Anidótich colonial, San Francisco, Córdoba, Mimeo.

Grunzinski, Serge, 1999, La pensé métisse, París, Fujard (Citado por Burucúa, José Emilio, 2011, Corderos y elefantes, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores/ Universidad de Buenos Aires.

Pérez Amuchástegui, A.J, 1965, Mentalidades Argentinas (1860-1930), Buenos Aires, Eudeba

Scarafía, Avelino S., 1982, Pioneros de la gleba, Córdoba, Edición del Autor, con grabados de Miguel Pablo Borgarello

Recomiendo leer, en Confusa Patria, el capítulo titulado “Persistencias: la cultura popular barroca”. Los invito, asimismo, con un sencillo poema de Avelino S. Scarafía, de Pioneros de la Gleba. Era docente de taller en una escuela técnica y entrañable compañero. Conservaba viva la tradición “colonial” piamontesa. Colonial, colonia, tenían un significado profundo y familiar  para este oriundo de Josefina, Santa Fe.

LA SÛ PÊR LE MONTAGNE

(Mamma mia dammi centro lire

que in America voglio andar…)

Tiende la navidad su manto níveo

en las laderas fértiles alpinas;

resuena el pan anual con la maseta;

se impacienta el pañuelo con las liras.

Vituallas regateadas en la mesa;

calor de establo; vaho de estrecheces;

castañas que se aroman en el horno;

dorados sueños de lejanas mieses.

(…cento lire e le scarpette

ma in America no, no, no.…)

A cara o cruz se juegan los silencios;

el barco, tentador se balancea;

más al sur y al poniente ya amanece;

hay rostros duros en la larga mesa.

(Sento il fischio del vappore

la partenza del mio amore…)

Nogales y castañas reverberan

nostalgias infantiles de deshielos…

Villa Falletto se ha quedado triste;

L’Orione, con su carga, ya está lejos…

(…la partenza del mio amore

chi sa quando ritornerá…)

Avelino S. Scarafía