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(Capítulo de mi libro Tumultos del corazón. Pensamiento Nacional, Popular y Democrático, Editorial Fundación Ross, Peatonal Córdoba 1347, Rosario. silvinaross2003@yahoo.com.ar y www.libreriaross.com.ar . El autor de Juan Moreno. Poema guachipolítico de actualidad, Luis Eduardo Lescano, fue secruestrado y asesinado por la Triple A)

 

1.- La gauchipolítica

Imagen          Apenas avanzado el primer período del gobierno peronista elegido en 1946 en comicios intachables, Julio Cortázar renuncia a todos sus trabajos y se  va del país. Nadie lo había perseguido, pero había algo que lo espantaba: el retumbo de los bombos y su carga de significados confusos. Según declaró alguna vez, la interferencia de ese espondeo nacido en las profundidades del corazón del pueblo lo privaba del disfrute del último concierto de Alban Berg.

Los ejecutores de ese estruendoso ritmo adquieren para el autor estatuto de “monstruos”. En el cuento “Las puertas del cielo” (Bestiario),  el protagonista narra cómo acude todas  noches a contemplar el arribo de los monstruos a los bailes populares del Palermo Palace. Esos monstruos alegorizan la irrupción en la historia de “los cabecitas negras”. De todos modos, interesa saber que, años después, Cortázar confiesa el carácter reaccionario del cuento: “cuento hecho sin cariño, sin afecto, actitud de antiperonista blanco, frente a la invasión de los cabecitas negras” (Avellaneda, 1983, 106-108).

En realidad, Cortázar, en ese libro inicial, realiza un ejercicio literario que consiste en repetir con un lenguaje agiornado un verosímil instalado por Esteban Echeverría en “El Matadero”. El pueblo es presentado como murga grotesca, con instintos bestiales y portador de una fealdad esencial: “cinismo brutal que caracteriza a la chusma”; “todo lo feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata.”(Echeverría: 1955, 8ss.)

Las descalificaciones, a lo largo de la historia, se encarnan en el cuerpo vivo del pueblo que para ciertos sectores seguirá siendo mazorquero, montonero, chusma, patotero; muchachones, cabecitas negras, descamisados, piqueteros.

Sin embargo, no hay mordaza que pueda acallar la voz del pueblo como real sujeto histórico y artífice de su propio destino. El secreto griterío  de los de abajo se refugió siempre en la literatura oral tradicional y en las formas populares de la literatura escrita. En nuestro país, tal función fue, en todas  las épocas, tarea del género que hemos dado en bautizar como gauchesco. Dentro del mismo, ofrece especial interés el segmento caracterizado como “literatura gauchi-política”.

Si bien su principal desarrollo ocurrió en la época de Rosas y  se centró sobre todo en la obra de Luis Pérez  e Hilario Ascasubi y abarca tanto a federales como unitarios, merece un detallado estudio sobre sus particularidades. Por supuesto, la obra de Angel Rama (1976) y Josefina Ludmer(1988), entre otros, nos exime de entrar en detalles que nada aportarían al objetivo que nos proponemos.

La palabra gauchipolítico puede referirse a un modo de hacer política que se considera bárbaro e incivil y ofrece  distintas connotaciones de acuerdo al enunciador. Una cosa es el aspecto satírico del inventor del término, Fray Francisco de Paula Castañeda[i], y otra la nota más bien descalificadora de Sarmiento[ii] o la complejidad inteligente de Alberdi[iii] cuando aplica el término a la oligarquía gobernante a la que considera bárbara.

Nosotros acudiremos a una sencilla apreciación. Denominamos gauchipolítica a una particularidad del género gauchesco desde sus orígenes: manifestar de una forma latente o explícita algún aspecto del partidismo o de la protesta social ya sea como tema central o como digresión militante.

Desde los diálogos de Hidalgo, pasando por Martín Fierro o Fausto, la literatura gauchesca no renuncia a referirse situaciones en que el pueblo es sometido a formas de injusticia social y sometimiento.

La sola elocución del género es una apertura hacia un público que ha sido menospreciado por el escritor letrado. Las diferentes formas gauchescas estuvieron ligadas a un público semialfabeto, marcado todavía por la oralidad, por la lectura en común, por el acto comunitario de juntarse para escuchar a un lector. El ejemplo máximo es Martín Fierro.

En Martín Fierro el gaucho es un trabajador sin su sindicato. O sea, según la expresión de Jauretche,  sin caudillo. Por lo tanto, un desocupado víctima de la organización liberal que padece en su cuerpo el sometimiento de la patria: leva forzosa, torturas, confiscaciones, fraude electoral, destrucción de la familia, empujado a matrerear. Por eso, es literatura de resistencia o no es. No interesan las formas, imperan los relatos. Es la lucha secreta del único que no gana con el orden liberal. Pobre, despilchado, se enfrenta al juez de paz, al comisario, por eso los primeros receptores de esta literatura de resistencia son las masas populares que en cada época enarbolan nombres distintos.

En  el S.XX se escribieron dos grandes poemas gauchipolíticos: El Paso de los Libres de Arturo Jauretche y Juan Moreno (poema gauchipolítico de actualidad) de Luis Eduardo Lescano.

2.- El Paso de los Libres

Arturo Jauretche publicó su poema en 1934. Lo había escrito en 1933 cuando estaba preso en Corrientes por haber intervenido en la “última montonera” radical cuando ya el Comité Nacional  del partido había rendido sus banderas a la oligarquía y participaba de la vergonzosa entrega del país durante la Década Infame. Tal como se detalla en otro capítulo de este libro, Jauretche había puesto el cuero en la patriada y pensó que el poema era una forma de vindicar y cultivar la memoria de los compañeros muertos: “cincuenta y tres que cayeron/sirviendo a una causa noble”.

El radicalismo antirigoyenista se vendía, la Sociedad Rural celebraba. ¿Qué es entonces el poema? Es una lamentación por la caída del gobierno popular de Yrigoyen y una condena del golpe militar de Uriburu que sólo había traído miseria al pueblo. Jauretche imagina a la Patria como una “niña” abusada por ricos y extranjeros: “A la patria se la llevan/ con yanquis y con ingleses/ al pueblo mal le parece/ pero se hacen los que no oyen:/ desde que falta Yrigoyen/ la han sacado de sus trece”.

La “gente ricacha”, clama el poema, la va “dejando en hilachas”: “Y tiene que andar la niña/ cuidándose de los Jones/ pues son los mismos patrones/ los que preparan la ronda, / como a sirvienta de fonda/ le tiran los manotones.”

El poema denuncia a los encargados de la entrega: “siempre son los oligarcas;/ el pueblo engañao se embarca/ (…) y según entra en la manga/ le van poniendo la marca”. El pueblo es obligado trabajar por la comida o sea en negro: “de modo que así les toca/ seguir cuidando el rodeo:/ como el morral, el empleo/ es a medida ‘e la boca”. El trabajo no sólo es en negro, sino que reviste caracteres de esclavitud: “El que trabajo consigue/ no sabe cuánto ni cómo;/ calladito agacha el lomo/ p’aviarse con un mendrugo”.

Resumiendo. Jauretche, preso por sus luchas contra el golpe de Estado, contra la entrega del país y la reducción del pueblo a la miseria, resignificó el criollismo típico del radicalismo escribiendo un poema gauchesco . Recordemos que Scalabrini Ortiz describió con justeza la situación de discurso de don Arturo en 1934 :

“El gobierno del General Justo, además de su obra de entrega al extranjero (…) retiró del alcance de las delegaciones populares la dirección y fiscalización de los resortes de la vida nacional. El manejo del crédito de moneda (…) fue cedido a una sociedad anónima particulaar, que se llamó Banco Central. Juntas, que se integraban con representantes de las corporaciones allegados a los grupos financieros. Hasta los directores de las instituciones existentes fueron modificados en ese mismo sentido reaccionario y excluyente de la voluntad popular. La Bolsa de Comercio, la Unión Industrial y la Sociedad Rural tenían de esta manera una influencia que se le negaba al parlamento.”

Scalabrini está describiendo una situación actual. Cuando se refiere a la apropiación y quita de facultades a las “delegaciones populares” encargados de dirigir y fiscalizar la vida nacional, se está refiriendo al uso golpista de las instituciones. Parlamento o Corte Suprema pueden transformarse en  instrumentos dóciles de golpes blandos como la ocurrido recientemente en Paraguay y Honduras. En adelante, la organización y solidaridad del pueblo deberá estar atenta a lo que ocurra en las elecciones parlamentarias de mitad de período. Los  sectores oligárquicos aliados al imperialismo internacional del dinero necesitan, como alerta Scalabrini Ortiz: que el Banco Central se convierta en “independiente” del control del pueblo pero acepte ser monitoreado desde afuera; o que su directorio se integre con “representantes de las corporaciones allegados a los grupos financieros”; o que la Bolsa de Comercio, la Unión Industrial y la Sociedad Rural ostenten una influencia que se le niega a las instituciones del Estado. Es entonces cuando sobrevienen  tiempos de desolación y miseria para el pueblo.

Para eso necesitan diputados y senadores improvisados, sin partido, sin unidad de concepción, inermes ante el poder del capitalismo internacional y las corporaciones locales. De todos modos, el humilde lector de la literatura gauchipolítica sabe “leer al revés” y tiene bien clara su visión de lo que se ha dado en llamar “política de la calesita”: en una pseudo-democracia los funcionarios cambian, pero la calesita sigue en el mismo lugar.

3.- Juan Moreno (un poema gauchipolítico de actualidad)

Hacia 1950 un estanciero declara: “Los salarios eran tan elevados que la producción había dejado de ser remunerativa, “ellos” estaban arruinando a los estancieros”. Avellaneda, cit.117)

Es el nuevo rostro de la vieja  oligarquía que primero exterminó al gaucho; y luego,  ya convertido en entelequia,  lo hizo objeto de culto en el “sagrario de su alma” (Güiraldes) y se apoderó de sus vestimentas, costumbres, arte, léxico. De tal modo, aniquilado el gaucho, proletario real, se convirtió en una convención, en símbolo de distinción de los “hijos del país” de la Sociedad Rural como bandera contra la “plebe ultramarina” de los inmingrantes.

Juan Moreno (Poema gauchipolítico de actualidad) es, en cierto modo, la continuación de El Paso de los Libres y la continuidad de la lucha secreta de los pueblos. Viene a avisarnos que lo que parece muerto está vivo, que el rezongo secreto de la corriente de afectos que organiza la vida cotidiana y el tumulto del corazón no cesan.

El autor, Luis Eduardo Lescano, explicita sus fuentes. No oculta en forma vergonzante, como suelen hacer ciertos escritores, la vertiente ni de sus pensamientos ni  de sus formas literarias.

“Han servido de fuente de inspiración para esta obra: José Hernández ( Martín Fierro); Manuel Gálvez ( El uno y la multitud); Arturo Jauretche ( Los profetas del Odio, El Paso de los libres y sus consejos y charlas personales); y, por supuesto, lo visto, oído y vivido por el autor en estos años”.

Al dar como fuente de inspiración a determinados autores y precisar  entre paréntesis las obras  que lo han impelido a escribir, está resaltando el valor testimonial de sus modelos. Son tan valiosas sus vidas como sus obras. Al mismo tiempo, al escoger autores y obra, se está insertando en una tradición no sólo poética sino también ensayística. Por otro lado, la relación con Jauretche reviste una especial especificidad. En efecto, queda claro que su magisterio se ejerce a través de su obra; pero también, y sobre todo, por una relación personal. Cuando reconoce como fuente de inspiración “sus consejos y charlas personales”,  se está refiriendo a dos valores básicos del movimiento nacional, popular y democrático: compañerismo y amistad.

En efecto, el poeta no sólo es un escritor, es un militante y, por lo tanto, canta “con fundamento”, es decir, de acuerdo a “lo visto, oído y vivido por el autor en estos años”. Son años de lucha, de resistencia ante el horror del genocidio perpetrado por la Revolución Libertadora.

Lescano ha nacido en 1933. Es maestro, procurador, asesor de organizaciones obreras. El poema es la primera obra que publica. Declara “que jamás ha sido colaborador de  LA CAPITAL y mucho menos, por supuesto, de LA NACIÓN o LA PRENSA”. En consecuencia, no sólo la humilde presentación del poema  ha conspirado contra su divulgación en los ambientes letrados. Como Martín Fierro o El Paso de los Libres el pequeño tomo adolece de una precaria diagramación. La tapa de cartulina ordinaria y las páginas de papel de diario indican una continuidad histórica: el extraño fenómeno que no puede registrar la razón dominante pero que es expresión de “la eternidad histórica del pueblo” (Bajtin: 1985). Sometido a toda clase de represiones, “Juan Moreno no ha muerto, ni tampoco podrán matarlo. Juan Moreno es el PUEBLO”. El autor nos presenta “un canto”. El personaje cuenta su vida “en coplas”,  se siente enaltecido de ser “un cabecita negra” y representa “la vida, el pensamiento, el sufrimiento y la lucha del hombre argentino”:

“Juan Moreno va contando su vida en coplas, y en lenguaje gauchesco y popular” ¿Quién es Juan Moreno? Juan Moreno es un “cabecita negra”. Es el hombre del   interior que, corrido por miseria, llega a la ciudad en el momento del desarrollo industrial. Es el hombre que estuvo en multitud en la gesta popular del 17 de octubre de 1945. En Juan Moreno está la vida, el pensamiento, el sufrimiento y la lucha del hombre argentino. Esa lucha se prolonga más allá de una existencia física porque, como lo manifiesta en su expresión fina, Juan Moreno “no ha muerto”, ni tampoco podrán matarlo. Juan Moreno es el PUEBLO.”

Es evidente que la situación de discurso marca con fuerza la resistencia mediante la memoria y la acción. Recordar, volver a vivir con el corazón, es resistir. Pero también la obligación de militar y, en este caso, cobra especial importancia la militancia gremial.

Por otra parte, desde la dedicatoria, el poema es marcado por una clara identificación política: “A mis hermanos los cabecitas negras”. La copla del epígrafe  reafirma la orientación de la dedicatoria: “Aquí viene Juan Moreno/ Juan Moreno y’a yegado/ este sí qu’es de los buenos/ porqu’es un…DESCAMISADO”. Esta identificación paratextual  condensa el tema central del poema.

El relato se enmarca en tres bloques espacio-culturales: a) La década infame (1930-1943). Nos presenta al protagonista, en un pequeño pueblo del interior santafesino, marcado desde su nacimiento por la marginación, la miseria, la represión. Desocupados y humillados, los cabecitas negras dejan llorando su suelo natal, las familias se disgregan, ingresan en un mundo desconocido y hostil,  son arrastrados como por un destino implacable a las villas miserias de la gran ciudad; b) 17 de octubre de 1945. El cobijo de los amigos del interior, el compartir carencias y posibilidades, la militancia sindical, el lugar de re-unión: la Plaza de Mayo en que encuentra con sus hermanos y comienza reconstruir su familia. Encuentro con gringos tan pobres y trabajadores como ellos con los que emparienta. La reconstrucción de las redes secretas de solidaridad del pueblo de la Patria; c) Revolución Libertadora. Se desencadena la  represión indiscriminada, se destruye lo que el pueblo ha construido. Pero el pueblo reconstruye sin cesar la trama témporoespacial de la historia. Lescano es un militante de la resistencia peronista todavía no suficientemente valorada por estudiosos cuya mirada o teoría todavía es miope para ver en su totalidad viviente al movimiento nacional, popular y democrático llamado peronismo. ¿Hasta qué punto el destino de Juan Moreno, el “negro peronista” es un anticipo de la profecía final del libro y del destino “glorioso y doliente” de Luis Eduardo Lescano? Veamos el poema.

4.- La relación de  Juan Moreno

El canto inicial nos presenta la historia de un hombre trabajador, caminador, con muchas cuadreras corridas. Como Martín Fierro cuenta cantando: “Mas yo la cuento cantando/al qu’escucha con paciencia/ y eso ha de ser por herencia/ de algún viejo payador,/ que fuera mi antecesor/ y me legara su cencia”.

Como en el canon la tradición gauchesca el canto es considerado una ciencia e implica conocimiento. Dicha ciencia de la vida se presenta como opuesta a la ciencia de los “doctores”, o sea, de la cultura  libresca. Hay dos clases de inteligencia. La que se atiene solamente a la mente que suele ser restrictiva y sometida a la razón dominante con lo que renuncia a una racionalidad abierta; pero también existe, y exige un lugar, la inteligencia del corazón. Los peronistas han dado sobradas muestras de esta inteligencia integradora y abierta que no hace acepción de personas. Basta recordar algunos pasajes de la bibliografía y prácticas básicas de un peronista. La  marcha convoca a dar siempre un grito de corazón. Desde los abismos del corazón se articula el sentido profundo de un movimiento cuya clave es: “todos unidos”, “el pueblo entero está unido”. Esta inteligencia, según Eva Perón en La razón de mi vida, es la inteligencia de las madres cuya función es parir día a día la revolución y su nombre en la lengua corriente  es  amor. Evita dice: “el amor es la inteligencia del corazón” y “amar es dar la propia vida, mientras  no se dé la propia vida, cualquier cosa que uno dé es justicia”. Otro apotegma encarnado en cada peronista y tan simple como la vida misma es: el amor construye, el odio destruye. Este modo de conocer es también aplicado por Perón cuando en el Modelo argentino para el proyecto nacional fundamenta la justicia social en “la ley del corazón”, es decir, en “la solidaridad del Pueblo, antes que en la ley fría y exterior”. Este modo de conocer distinto es el que exalta desde la docta ignorancia de Juan Moreno como rotura epistemológica: “Yo, muchachos, m’e criado/sin tener mucha instrucción./ Mi canto es del corazón,/mi canto no es de la mente,/yo canto naturalmente/ y canto con emoción”.

El canto es un don.  Murmura entre dientes en la naturaleza misma del hombre: de “forma bien senciya”, “sin lenguaje rebuscado”. El cantor se construye a sí mismo en oposición al dominio ejercido sin compasión desde “la letra”: “ A los grandes letrados les gusta hablar mucho”, pero la experiencia “me dice” que hay que desconfiarles: “Muchos dicen cosas beyas/ en perfetas oraciones/ forman grandes construcciones/ de pura filosofía/ pero hacen mil porquerías/ despues de las eleciones” “A esos yo me los conozco/ como de haberlos parido/ son mozos muy instruidos/ en teorías importadas,/ pero no conocen nada/ del suelo donde han nacido”.

El primer canto, como en la tradición gauchesca supone un auditorio presente. El relato oral (puede ser recitado o lectura en voz alta) requiere atención: “Comienzo la relación/de mi aventura y mi pena/ y si mi canto les yena/ oiganló con atención”.

En el canto segundo nos enteramos que Juan Moreno se crio en “en las afueras/ de un pueblito de campaña”. El padre es un incansable trabajador, uno de esos criollos “que ahora no se ven más”. Siempre explotado, siempre viviendo de changas. Son un montón de hermanos. Pasan días enteros sin un cacho de pan: “Andábamos harapientos/ mostrando las desnudeces/ y pasábamos los meses/ sucios rotosos y hambrientos”. El bolichero  no fiaba,  y como “el hambre da mal consejo”, aprendió a “calotiar”. Vienen así algunas escenas propias de la “avivada” o sea de la picaresca criolla. El canto concluye con un cuadro de situación del país: reinaba la miseria, mandaban los menos, para el pobre no había leyes, la libertad existía sólo para los señorones: “Libertá pa enriquecerse/ tenían las grandes empresas/ -con nomenclatura inglesa-/ pues ay todo iba a parar,/ y así ellos, sin trabajar,/ yenaban la bordalesa”. La democracia era un montaje escénico. Había fraude en las elecciones: compra de libretas, cambios de boleta. El que protestaba era tildado de anarquista. Aquí concluye un bloque narrativo de poesíaensayo y el cantor promete  seguir contando “por qué un día me alejé/ muchachos, y abandoné,/ aquel pueblito natal/ y rumbié a la capital,/ sigan escuchándome. Siempre, como en Martín Fierro, se supone un público presente.

En el canto tercero, tras la muerte del padre y de la madre, las hijas mujeres son las primeras en “colocarse”: “Algunas como sirvientas/ muy pronto se colocaron/ hubo otras qu’encontraron/ varón que les de consuelo…/  “Dios las haya protegido/ en sus distintos destinos,/ que no hicieran desatinos,/deseo a las pobres muchachas,/ que a veces, las malas rachas/ yevan por malos caminos”. Los muchachos, desocupados, fueron por muchos lugares, a veces solos, a veces de a pares. Hay  poco trabajo, poca paga, changas de vez en cuando. Apenas  para comer: “si hubo a veces de tomarse/mate con yerba de ayer”. Fue en 1935 que un texto popular instituyó a “la yerba de ayer” como símbolo de la mishiadura y desesperanza del  pueblo. Nos referimos a “Yira,yira” de  Discépolo: “cuando no tengas ni fe/ ni yerba de ayer/ secándose al sol”.

De uno a uno los hermanos se van yendo del pueblo. Antes de irse: “Jui al boliche a saludar/ a la gente conocida;/tomé un poco de bebida; /canté un poco en la guitarra/ y esa jué toda la farra/ del día de mi despedida”. Visita por último un ranchito a despedirse de un amor que tenía, preparó un atadito, y esperó un tren de carga “Llegó el tren y me subí/ junto con otras viajeros/ en disgracia compañeros, en la miseria hermanados/ – y protestaba el ganado/ por los nuevos pasajeros”. Para la mentalidad oligárquica imperante el ganado tenía derecho a protestar porque estaba antes que la gente.

El canto cuarto ubica al protagonista, junto a otros crotos, en un tren de carga. A partir de ahora la voz pasa a los compañeros de viaje. Como en Martín Fierro, los personajes narran sus vidas. El primer personaje es un viejito que, como el Vizcacha de Hernández, a la vez que narra, da consejos. Representa la voz de la experiencia. Es la famosa sabiduría sapiencial. La del libro de Job. Por esa misma época de la década infame Alberto Vacarezza publicó La biblia gaucha. Refranes y consejos del Viejo Irala. El viejo de la biblia gaucha tiene más bien un carácter cómico y rara vez hay alguna alusión política. Sus versos eran recitados por la radio por el actor Fernando Ochoa: “Tomó otro trago estirao/ como miada de güey viejo/ acomodó sus trebejos/ y después que se sentó/ de esta manera empezó/ a endilgarme sus consejos”.

El viejo de Juan Moreno es setencioso “pues la vida enseña más/ que un tomo’e filosofía”, cita a Martín Fierro: “tiene el gaucho que aguantar/ hasta que lo trague el hoyo/ o hasta que venga algún crioyo/ en esta tierra a mandar”. Es claro que la pasión hernandiana del autor se expresa a nivel elocutivo y la influencia jauretcheana se manifiesta más que nada en las situaciones. En boca del viejo se formaliza la continuidad histórica y la vindicación de Yrigoyen: “Es qu’en el pais no se asombren/ los que decir esto me oyen/ desde que murió Yrigoyen/ se terminaron los hombres”. Ser “el hombre” en el imaginario popular implica una elección, alguien destinado por la Providencia.

El viejo está a la espera, sabe que “algún día llegará/ ese crioyo de verdad/ por el pueblo reclamado”. Su relato reitera un motivo que atraviesa todo el poema: la desigualdad, la explotación, los capitales extranjeros. Como en todos los cantos concluye con algunas reflexiones. En este caso cuestiona la ilustración dominante en las universidades: “Estas cosas de que he hablado/ en ningún libro las leo/ sólo hablo de lo que veo/ pues no soy muy ilustrado/ ¿Pa qué sirven los honores/ que da la Universidá/ si después la realidá/ no la entienden los dotores?” Sabemos que uno de los motivos de la sabiduría sapiencial bíblica es el del justo perseguido.  El viejo de este canto saca conclusiones de “lo vivido”: “Por que a mí no me ha enseñado/ ningún charlatán de feria,/ yo aprendí de la miseria/ qu’e vivido y qu’e pasado”. En la cultura popular este núcleo semántico abarca una amplia gama que comprende tanto tradición oral como literatura de folletín. Son las historias de bandidos de amplia difusión cuyos casos emblemáticos se desplazan entre Juan Moreira  y Hormiga Negra. En épocas recientes, no podemos dejar de mencionar los Bandidos Rurales de León Gieco.

En el canto quinto cuenta su vida un mozo que anda huyendo de la policía. Se manifiesta así una perfecta lógica de las acciones. El narrador mete “en acto” lo que filosofó el viejo. Se trata de un trabajador honrado, querido en el pueblo, pacífico. Pero llegaron las elecciones y vino a verlo el comisario: “- Es necesario/ que hagamos negociaciones”, le espetó. Venía a conminarlo a votar por el gobierno. De yapa, como tenía muchos amigos y parientes, lo quería obligar a conseguirle por lo menos ochenta libretas. Si no anda “matreriando”, “no va a faltar el dinero/ y un güen asado con cuero/ pa los amigos habrá”. El muchacho le responde que se ha equivocado de hombre y el comisario lo amenaza: “vas a ir a parar en cana/ por ser un opositor/ y si no te curo yo/ te curará la picana”. Sabemos que en la década infame se instauró la picana eléctrina como una forma habitual de tortura.

El mozo se oculta hasta que pasen las elecciones y todo se calmara. Volvió, al fin, muerto de miedo. Encontró a su mujer llorando, a los chicos asustados, “porque aún había milicos/ que  me querían prender”. La gente andaba alborotada con las injusticias y hacían circular la versión de que la única forma de calmar el alboroto era mandarlo al calabozo. El comisario comienza a visitar seguido la casa del mozo y no ciertamente para buscarlo: “si no para desplazarme/ de mi mujer y mi nido”. El comisario le manda matones “armados hasta el cogote,/ pa liquidarme seguro.” En un callejón oscuro los enfrenta con éxito. Por fin el comisario se decide a detenerlo, le “quiso ensartar el sable”, y, en legítima defensa, tuvo que matarlo. Desde entonces anda huyendo de la policía viajando sin cesar en los trenes. El relato es ficción, pero quienes somos de la misma generación que el autor, hemos oído en las mateadas familiares innumerables historias de las “policías bravas” de la década infame. El mozo es un justo perseguido destinado a un vagabundeo eterno: “Mas, aunque me asuelva Dios/ este cristiano s’esconde/ pues el fayo de los hombres/ me v’a condenar seguro/ por eso, y en ese apuro/ viajo siempre y no sé dónde”

En el canto sexto Juan Moreno, tras un largo nomadismo,  llega a Retiro: “A l’estación de Retiro/ yegué un día como tantos/ y empecé a ver los encantos/ que tiene la gran ciudá”. El muchacho comienza a andar deslumbrado: parques, paseos, monumentos, escaparates del centro, “joyas de muchos quilates” y vidrieras: “yenas de prendas lujosas,/ de juguetes y otras cosas/ pa entretener a los chicos/ y que tan sólo los ricos/ podían pensar en comprar”. Pero claro, mientras más caminaba hacia el lado de afuera, se dio cuenta que todo cambiaba: “Mas pronto pude oservar/ que no era todo beyesa,/ y aparecía la pobreza/ a poco qui uno saliera/ y pal lao de las ajueras/ empezara a caminar”. Fue así como fue a parar a una villa donde vivía un conocido del pago: “Un amigo de mi pueblo/ me dio albergue en su casiya,/ que’era como una estampiya/ por lo chica y ajustada/ y que la tenía amueblada/ con dos catres y una siya”. Sin embargo allí las cosas comienzan a enderezarse para el cabecita. El amigo no sólo le da albergue, sino que lo recomienda a una fábrica de Avellaneda.

El canto séptimo de la edición del poema que llegó a mis manos de modo misterioso está incompleto. ¿A veces me pregunto cómo es que un docente cordobés, en una reunión gremial a comienzos de los 70 cuando se andaba organizando Ctera se topó con un ejemplar de Juan Moreno? Un joven compañero, quizás de la JTP como yo, lo puso en mis manos. Y en el acto, el tumulto de estas asambleas fervorosas y políticamente incorrectas, nos disolvió en la masa. ¿Era ese compañero Luis Eduardo Lescano? Nunca lo sabré.   Siempre tomé las páginas que faltan como un homenaje a las ediciones de la literatura popular.

Pero continuemos por ahora con el relato de Juan Moreno. Lo que se puede averiguar de este canto es que con unos pesos que le prestó el amigo fue a caer al “clú” “La Unión y el Progreso”. Era sin duda algún local de diversión de los cabecitas como el de los monstruos  de Cortázar o como los clubes de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires  llenos de frescura provinciana. El compañero Leopoldo Marechal (1970), “el poeta depuesto”, bajo el nombre de club “Provincias Unidas”, ubicado en Flores, y entregado a bullanguera pasión integradora. Todos sabemos que el ochenta por ciento de los clubes de primera B, C y D fueron fundados en la época peronista como organizaciones libres del pueblo y con múltiples funciones sociales.

Si bien el error de encuadernación nos priva de la rutina del club, nos anoticia de algo muy importante para la secuencia narrativa. Juan Moreno se encuentra con un gringo: “Dijo que sentía nostalgia/ de su lejano “paise”/ pero qu’el era “felice”/ d’estar acá en l’Argentina,/que acá nació su “bambina”/ y que acá habría de morirse”. El gringo le da su dirección y lo invita a su casa:”Como decía ese día/ en pedo lo terminé/cuando  jui a dormir soñé,/con la morocha y el Pardo/ con el gringo y el lunfardo/ el tango y el chamamé”.

En el canto octavo Juan Moreno se engancha en la fábrica. Lo destinan a una máquina y, con pocas indicaciones, ya va aprendiendo a  manejarla. Aptitudes del trabajador criollo que ya fueron anotadas por Bialet Massé en su famoso informe Estado de las clases obreras argentinas de 1904. El cabecita comienza a visitar al gringo: “Des’de entonces empecé/ a visitarlo seguido. / Siempre fui bien recibido/ por el gringo y su familia/ y en especial, por la “filia”/ era muy bien atendido”. Pero también comienza a concurrir al sindicato. Critica a los socialistas y comunistas por hablar mucho y no hacer nada; porque  nunca estaban “ cuando había que hacerse ver/ y que s’iban a esconder/ cuando las papas quemaban”. Pero había otros que se jugaban enteros por sus compañeros y trabajaban dia y noche por los derechos de los obreros. Da cuenta de los comienzos de la obra del Coronel Perón al frente de Trabajo y Previsión: protección al trabajo industrial, al peón rural y llega hasta el momento en que Perón es detenido.

Los cantos IX, X, XI  están dedicados a las jornadas del 17 de octubre: “Y vino el día más grande/ que registra mi memoria,/ jue una jornada de gloria/ y que orgullo nos cubre,/ jue el diecisiete de octubre,/ que ha de quedar en la historia”. Cuenta cómo la negrada, “de a pata o encamionada” se largó a la plaza. Desde las casas señoriales los miran pasar con desdén. Escandalizados, los consideran animales, gente bruta e ignorante: “No se permitían antes/ estos actos criminales”. Pero esos despreciados venían a levantar, por fin, “el pendón/ de una patria verdadera.” Era una multitud alegre y revolucionaria: “Se jue cantando a la lucha/ y a pie firme se siguió,/ la multitú no cejó/ hasta su triunfo rotundo,/ fue un ejemplo para el mundo:/ sin sangre, ¡Revolución!”. Alude a la famosa expresión despectiva de la señora de Oyuela: “Y pensar que una señora/ nos criticaba después/ porque hubo quienes los pies/ en la plaza nos lavamos…”. Pero eran quienes “siempre le hacen mala cara/ al pueblo y la montonera”.           Por suerte la gesta del 17 de octubre ha enriquecido nuestra literatura con textos memorables. Basta recordar Las Patas en la fuente de Leónidas Lamborghini, Las Arenas de Miguel Angel Speroni. Numerosos textos de diversos autores honran la fecha. Recordamos  a Raúl Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal, Nicolás Olivari, Oscar Ponferrada, Fermín Chávez, María Granata, entre otros, tal como hemos señalado en otro capítulo de este libro.

El 17 de octubre opera como un formidable ritual de reconciliación y encuentro. Su fuerza mítica une lo disperso. Re-une las mitades, suelda las roturas añejas. Así es como Juan Moreno, en medio de la muchedumbre, en el remolino y el tumulto, se re-encuentra con su hermano Apolinario. Es el canto décimo, y como los hijos y Picardía en Martín Fierro, debemos prepararnos para escuchar el relato de su vida. Apolinario había entrado como peón y ya era oficial soldador. La había pasado mal pero ahora andaba ahorrando para casarse. Pero con Apolinario estaba otro hermano: Baltazar. Era un milagro de Dios y un prodigio de la causa: “Justamente aqueya noche/ tenía eso que pasar!/ En medio del batayar/ sin darnos tregua ni pausa;/ los tres, en la misma causa/ nos vinimos a encontrar”.

El canto undécimo es el relato de Baltazar. Como Picardía en el Martín Fierro, Baltazar cuenta su historia. Forma habitual de la cultura popular, usa el humor y la risa. Mediante un largo paralelismo va trazando la diferencia entre “ser bian” y ser “no bian”. Tras la retahila en tono jodón, reivindica la lucha de los descamisados:  “Y aunque empecé pa  la risa/ aura en serio estoy hablando/ de lo qu’estamos luchando/ los muchachos “sin camisa”./ Somos los descamisados/ los que hoy dijimos: – ¡Presente!/ pa que rabien y revienten/ los desargentinizados”. Como decía Jauretche, ha llegado la hora del poder para el carnet sindical: “Debrán saber que no soy/ ni un quedado ni un barato/ estoy en el Sindicato/ dedicado por entero/ me quieren mis compañeros/ y eso pa mí es lo más grato”.

Eva Perón, memorando el 17 de octubre, definía la significación social del descamisado: “Lanzando su nombre como un insulto, fue recogido y tranformado en bandera de justicia, de trabajo y de paz”. Ha dejado de ser elemento de explotación, ha roto las cadenas del anonimato social. Su  aparición rompe la política de las minorías traficantes, superó su acepción idiomática y se transforma en sinónimo de lucha, de anhelos de reivindicaciones, de justicia, de verdad. Es  una vanguardia de la nacionalidad y un soldado de la producción en la lucha por la independencia económica.(Citar por qué soy peronista)

En el canto doce se narra la formación de Unión Democrática: “En todos los grandes diarios/ les iban dando manija./ Eran la querida hija/ de una embajada extranjera./ Y con l’ayuda de afuera/ se corrían la gran fija”. Pero el 24 de febrero de 1946, con el voto de los peones y los obreros, el pueblo celebró su triunfo sin ninguna sombra de fraude: “No hubo compra de libretas/ y no hubo quien las vendiera/no hubo maniobra fulera/ ni hubo fraude ni hubo vicio/ en el más limpio comicio/ que jamás se conociera”.

En el canto trece Juan Moreno se cansa de solteriar, se casa con la hija del gringo, tienen hijos, compra un terrenito, con un crédito del Banco Hipotecario construye su casa, goza en familia del turismo social: “el más humilde podía/ ir a la sierra o al mar”. Se narran los logros del país: la flota mercante tercera en el mundo por tonelaje, nacionalizaciones de los servicios públicos. Todo es progreso y alegría pero, de pronto, aparece el “contra” o “contrera”. Es un vecino muy discutidor y protestador. Era un tendero que ganaba muy bien. Cada vez le compraban más y cada vez hacía más dinero. “Mi vecino, como otros,/ extrañaba lo anterior,/ sin embargo, él mejor/ qu’entonces, nunca había estado./ ¡Si jamás se había encontrado/ en tan buena situación!”

De acuerdo al formato de la gauchesca, el canto catorce nos presenta la payada que se produjo en “clú de l’Unión” entre Juan Moreno y Pedro Contrera. Los payadores portan en su nombre la representación social de que hacen gala. Pedro Contrera “compadrea” con sus saberes aprendidos de los libros y había vivido un tiempo en Uruguay. Habrá que recordar que, desde Uruguay, se fogoneaban todas las campañas antiperonistas. En la disputa entre la libertad y la cultura se vocaliza la oposición entre un saber letrado y otro nacido del simple vivir. Pedro Contrera define la cultura como lo que “sabe toda la gente instruída”, “la cultura es europea/ y es “pa la gente de altura”, está con la libertad, la fraternidad y la igualdad. Juan Moreno declara en su respuesta”: Yo le voy a responder/ y tengamé usté paciencia,/ yo respeto su sapiencia/ usté habló de lo leído/ yo sólo de lo vivido,/ es nuestra gran diferencia”. Rechaza las libertades “en astrato”, la libertad para morirse de hambre no sirve y fraternidad no es tal cuando existe desigualdad. La respuesta, según Juan Moreno, es la tríada peronista: justicia social, soberanía política e independencia económica. A las definiciones basadas en la revolución francesa responde con las tres banderas del justicialismo: justicia social, soberanía política, independencia económica.

Cuando, al final, J. Moreno pide a su contrincante que le defina la idea de “causa nacional”, Pedro Contrera se da por vencido porque a eso nunca lo ha aprendido en los libros. Entonces  Moreno le contesta: “Amigo eso es consecuencia/ de que lo que usté aprendiera/ es de una esencia  extranjera/ pues lo que l’e preguntado/ ya se lo había contestado/ al nombrar las tres banderas”.

En el último canto irrumpe la Revolución Libertadora y su crueldad . Una furia destructora se abate contra el pueblo y el obrero. Los enemigos del pueblo fogonearon la división, bombardearon al pueblo inerme: “Largáronse a destruir/ como si fuera una hazaña,/ mocitos de mala entraña/ con sus comandos civiles,/sujetos ruines y viles/ y de muy mala calaña”. Se largaron contra los bienes del pueblo,  intervinieron los gremios, robaron el cadáver de Evita.  Así van pasando los años y, en medio de las proscripciones, dan elecciones a las que no hay que prestarse: “Amigos, a esas partidas/ no hay que sentarse a jugar”. Parece que nuestra tierra estuviera ocupada por una fuerza extranjera. Está por concluir el poema gauchipolítico de actualidad. Los males del protagonista se han mezclado con las causas nacionales. Es la hora de la resistencia: “muchos son los que han caído/ y muchos los que han matado, / pero algunos se han salvado/ y no todo está perdido”.

El libro es memoria y es una invitación a la praxis. Seguramente no fue registrado por los sectores académicos ni por los suplementos culturales. Un libro para leer o recitar en reuniones gremiales a veces clandestinas en el largo período de la resistencia peronista. Allí se prendía la llamita del canto como una señal humilde la invencible esperanza del pueblo:

“Pues no ha muerto JUAN MORENO

vivo está el que esto les dijo.

Por la muerte no me aflijo,

que aunque yo muera, paisanos,

han de quedar mis hermanos

o habrán de quedar mi hijos”

Luis Eduardo Lescano, maestro de escuelas nocturnas, procurador nacional, abogado de presos políticos y militante sindical, fue asesinado en Rosario por la Triple A. Su cadáver, junto al del Dr. Felipe Rodríguez Araya, fue encontrado en La Ribera. Ciertamente, los asesinos no pudieron matar la invencible esperanza del pueblo. Como Juan Moreno, “no ha muerto” ni tampoco podrán matarlo,”Juan Moreno es el PUEBLO” como profetizó en la solapa de su libro. ( cfr.VALERIO, http://www.beatrizvalerio.com.ar)


[i] CASTAÑEDA, Francisco de Paula, 2001, Doña María Retazos, Estudio Preliminar de Néstor T. Auza, Buenos Aires, Taurus. “Ingenio y simbolismo en los títulos” p.20

[ii] SARMIENTO, 1993, Viajes por Europa, Africa y América (1845-1847) y Diario de gastos, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica y asociados: “¿ Cómo hablar de Ascazubi, sin saludar la memoria del montevideano creador del  jénero guachi-político, que de haber escrito un libro en lugar de algunas pájinas como hizo, habría dejado un monumento de la literatura semi-bárbara de la pampa?, p. 51

[iii] ALBERDI, Juan Bautista, 1974, Grandes y pequeños hombres del plata, Buenos Aires, Plus Ultra. Cfr. et.ALBERDI, Juan Bautista/SARMIENTO, Domingo Faustino, 2005, La gran polémica nacional (Cartas quillotanas. Las ciento y una), Buenos Aires, Leviatán. Alberdi aplica el término gauchipolítico a la prensa antirrosista. Son los gauchipolíticos, “los caudillos de la prensa y la tribuna”: “la academia está llena de gauchos o guasos de exterior francés o inglés”.

Bibliografía:

ALBERDI, Juan Bautista, 1974, Grandes y pequeños hombres del plata, Buenos Aires, Plus Ultra.

ALBERDI, Juan Bautista/SARMIENTO, D.omingo Faustino, 2005, La gran polémica nacional (Cartas quillotanas. Las ciento y una), Buenos Aires, Leviatán.

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BAJTIN, M.M.,1985, Estética de la Creación Verbal, España, SXXI Editores

CASTAÑEDA, Francisco de Paula, 2001, Doña María Retazos, Estudio Preliminar de Néstor T. Auza. Buenos Aires, Taurus. Cfr. “Ingenio y simbolismo de los títulos”

ECHAVERRÍA, Esteban, 1955, Prosa Literaria, Buenos Aires, Ed. Estrada. Selección, prólogo y notas de Roberto F. Giusti.

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MARECHAL, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana

PERON, Eva, (s/f),1ª 1953, Por Qué Soy Peronista, Buenos Aires, Ediciones Argentinas

                                ,  1973, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Ed. Relevo

PERON, Juan Domingo, 1976, El modelo argentino para el proyecto nacional, Lugar de Impresión Clandestino,  Ediciones del Modelo Argentino

RAMA, Angel, 1976, Los gauchipolíticos rioplatenses. Literatura y sociedad, Buenos Aires, Calicanto

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VACAREZZA, Alberto, 1936, La Biblia Gaucha (Refranes y consejos del Viejo Irala) Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos,  L. J. Rosso

VALERIO, Beatriz, “24 de marzo Día de la memoria, la verdad y la justicia”. Reeditor.com Red de publicación y opinión profesional, www.beatrizvalerio.com.ar

 

(Capítulo de mi libro Tumultos del corazón. Pensamiento Nacional, Popular y Democrático, Editorial Fundación Ross, Peatonal Córdoba 1347, Rosario. silvinaross2003@yahoo.com.ar y www.libreriaross.com.ar )

 

“Yo no he visto sino por excepción entre los altos dignatarios

del  clero generosidad y amor…como se merecía de ellos

la  doctrina de Cristo que inspiró la doctrina de Perón”

(Eva Perón, en Mi Mensaje)

1.- Retórica y poética

Uno de los discursos académicos de Juan Domingo Perón es el pronunciado en el acto realizado el 10 de abril de 1948. La ceremonia consistía en la entrega de un pectoral a Monseñor Nicolás de Carlo, obispo de Resistencia  (Chaco) en reconocimiento por su cristiana obra social[i]. El evento congregó al Episcopado Argentino. No había muchos obispos en la Argentina de esa época. Insólita y severa presencia de una jerarquía que pocos años después excomulgaría al presidente.

Una somera revista de los contextos epocales nos advierte acerca del aire desconfiado del  cónclave ante el insólito magisterio de un advenedizo exégeta cuya retórica fundaba sus argumentos tanto en   la Escritura como en la Patrística.

La iglesia, en Argentina, pasados los avatares de sus polémicas con los liberales laicistas de la generación del 80, tras el Congreso Eucarístico  de 1930 que había contado con la presencia del Cardenal Eugenio Pacelli, ungido luego Pontífice con el nombre  de Pío XII, mantenía ciertas ínfulas heredadas de los teólogos y canonistas medievales y de la época colonial:  había olvidado que el poder eclesial es un servicio y no un privilegio.

Tras abdicar de las pretensiones teocráticas a finales del S.XIX, se había convertido en un poder mundano más. La prueba de esa actitud es su apelación a lo largo del S.XX a la intriga y a los golpes de estado para sostener la usurpación de la oligarquía y sus propios privilegios.

Perón, confesándose católico, venía a recordarles que la Iglesia sólo puede incidir en el poder civil por su valor ejemplar y le está vedado inmiscuirse en esa jurisdicción y menos aún exigir sumisión a dogmas y  a cánones.

El Presidente, con un uso magnífico de la retórica clásica, parte de la letra de la Constitución para llegar con naturalidad al despliegue  de su fuerza mística. Recuperando con serenidad la dimensión explicativa de la oratoria, explora la posibilidad de interpretar las leyes como un lenguaje compuesto, en última instancia, de impensadas combinaciones tropológicas. En efecto, los textos legales esconden figuras  que, como  en la literatura, ocultan en sus profundidades no sólo creencias, sino también   las contradicciones de la política, la inmersión en la historia. El canon engarza ciertas palabras que no pueden ser reducidas a definiciones y carecen de términos sustitutivos en el lenguaje jurídico. Esa entrada del corazón amplía los contextos y constituye un campo poético que el Presidente va a explorar con maestría.

El discurso de Perón que, desde el punto de vista explicativo, busca justificarse ante la razón clerical , ostenta un curioso dominio de la dimensión pragmática del lenguaje. Suelta, desde el campo intelectual de la Constitución, voces soterradas que antes no se escuchaban y crea, como lugares de encuentro, espacios geoculturales, lugares de tensiones y entrecruzamiento de diversos planos culturales.

Son residuos semánticos que ahora pueblan un espacio público antes vedado al pensamiento plebeyo cuyo relato empieza a inaugurar sentidos. El presidente narra lo que ocurre en el tiempo (historia) y en la imaginación (utopía).

Resulta, por un lado, un discurso institucionalizado, programático (que da razones), en que lo extra-textual (la elocución, la gestualidad) marca los límites, lo que no puede decirse. Pero por otro lado, es un despliegue del poder de las emociones, un esplendor de la palabra dirigida a la persuasión. Profiere así  una praxiología, o sea un discurso destinado a desencadenar la praxis.

La razón del sofista y el corazón del seductor pugnan en la equivocidad de la elocución con claros propósitos de marcar el propio terreno (u horizonte). El orador se erige en coagulante entre la tradición letrada del Estado y de la Iglesia y la tradición iletrada de las masas. Si la voz del pueblo es la voz de Dios, el discurso viene a arrancar de la oscuridad el rostro de un Dios que habla y actúa en la comunidad. Por otro lado, difuminándose, se inscribe como en un pizarrón escolar, el antitexto , o sea, las expresiones sacralizadas de los representantes de la oligarquía, de los políticos librescos y colonizados, de los obispos domesticados por los poderosos de este mundo. Ese es el coro cuya partitura es el antitexto o sea la murmuración de los traidores, de los vendepatrias, de los que se oponen al poder redentor de Dios y cierran oídos y corazón al llamado del amor, de la comunión y de la alegría de ser.

Desde una textualidad sencilla, compasiva, humilde, el Presidente no viene a condenar sino a padecer junto con los demás. Habla por eso desde el presente. Recuerda al pueblo su reciente pasado de explotación y miseria. Pone al alcance de su selecto público una constelación de símbolos profundos conscientes e inconscientes. La biblia pauperum con sus símbolos vivos.

El Presidente propondrá la Sagrada Escritura como autoridad principal. El no sólo predica con la palabra sino que cumple con lo que enseña de palabra a los demás. Combina ejemplo, razón y emoción. La historia es un tiempo vivo que le permite ir continuamente anticipándose a las preguntas que pudieran insurgir en el ánimo alerta de los prelados. Como pieza retórica, la exposición de Perón es un ejemplo de discurso situado: no argumenta en el vacío, se pone en sintonía con su auditorio.

 

2.- Exordio

El discurso de Perón presenta el tema de la exposición y plantea los dos aspectos que va a desarrollar. Ambos planteos se dirigen a dejar en claro cuáles son prerrogativas del poder del Estado y cuál es el lugar del poder de la Iglesia. Esta distinción, sin embargo, no prescinde de la religión como garante moral de las relaciones entre el Estado y la Sociedad.

El exordio tiene un fuerte matiz explicativo y epidíctico. El orador expone argumentos constitucionales y señala las virtudes del texto fundamental que organiza la nación. El inicio se resguarda  en los límites de la jerga jurídica: “La Constitución argentina, al señalar las condiciones que se requieren para ser elegido Presidente de la Nación, exige la de pertenecer a la comunión Católica Apostólica Romana”. Esta exigencia, bastamente discutida, opina Perón, armoniza con otra obligación constitucional: sostener el culto. Tal obligación no es incompatible con la libertad de cultos. Ahora bien: “El Presidente es Presidente de todos los habitantes del país, cualesquiera sean sus religiones o aun cuando no profesen ninguna”.

Frente a frente, delante de todos los obispos, el Presidente comienza a aclarar: 1) Los preceptos constitucionales enunciados “no pueden restablecer una sumisión del Poder Ejecutivo (…) a ninguna otra potestad”; 2) no solo es inadmisible la sumisión, sino la “simple ingerencia de la Iglesia” en la funciones del gobierno constitucional.

Valiéndose del recurso retórico de la prolepsis, se adelanta a responder las posibles objeciones que pudiera suscitar su mensaje en el receptor. Advierte, entonces, que nadie puede escandalizarse de su postura puesto que es la misma Iglesia la que condena con energía cualquier intromisión en el gobierno. Hacer otra cosa, sería “desoir los mandatos del Divino Maestro” que, al proponer que se diese a Dios lo que era de Dios y al César lo que era del Cesar, estableció una “diáfana distinción entre la jurisdicción espiritual y civil”. El orador advierte que Cristo proclamó la potestad terrenal del César a pesar de que el “César era hostil a sus predicaciones y labor proselitista”.

El Presidente, que  ya ha sentado con fuerza las razones jurídicas de su poder ante la cúpula del poder clerical, recurre inmediatamente a un litotes. Mediante esta figura retórica de atenuación para enunciar menos de lo que se piensa,  da a entender, por el tono y por el contexto, que quiere expresar más de lo que se ha dicho.

En efecto, pasa a desarrollar la idea de que la división de potestades no quiere decir que el Estado deba prescindir de la Iglesia. La obligación de mantener el culto y la exigencia de que el Presidente sea católico, a pesar del amplio criterio laicista de los redactores de la Carta Magna no desconoce  “que la gobernación de los pueblos se ha de basar en normas de moral y que las normas de moral tienen origen y fundamento en preceptos religiosos”. Estas afirmaciones siguen una tradición institucional argentina cuyos fundamentos se hallan sobre todo en los románticos, especialmente Echeverría, Sarmiento y Alberdi. En nuestro país estas normas de moral tienen su origen en el cristianismo: “igualdad de consideración de la mujer y del hombre dentro de la familia, el carácter sacramental del matrimonio, el respeto a la libertad individual, ciertos preceptos de la propiedad y de las relaciones del trabajo, así como otras  muchas normas del cristianismo”.

Estas normas son compartidas, salvo algunas excepciones,  por todas las religiones  pero el cristianismo es la base de la civilización de Europa y América. Da coherencia a un pueblo que se ha hecho numeroso mediante la inmigración de diferentes países y continentes. Por eso fue necesario que la Constitución establezca la moral a seguir que, por razones obvias, es la católica. Ese es el sentido que Perón da a la previsión de los constituyentes para que el Presidente “haya de ser católico”.

Se profiere así el primer confiteor del primer mandatario: “Declaro, pues, que mi fe católica me pone dentro de la exigencia constitucional. Quiero también señalar que siempre he deseado inspirarme en las enseñanzas de Cristo”. Estas afirmaciones implican la necesidad de asumir una contradicción: no siempre, postula el Presidente, los que se dicen demócratas lo son en efecto y no todos lo que se proclaman católicos se inspiran en la doctrina cristiana.

Perón ha llegado al límite de lo que habitualmente se dice delante de una Jerarquía acostumbrada a ser el elemento “espiritual” del Estado. Ahora comienza a transitar la mediación hacia un discurso no institucionalizado. Es un paso de la escena tradicional del poder a una teatralidad nueva en que la palabra clave es “humildad”. Ahora el Presidente que ya ha confesado su pertenencia al catolicismo se va a “confesar” públicamente en lo que se puede considerar un segundo confiteor: va a dar cuenta delante de Dios y del pueblo de cuál es su práctica del cristianismo. Emprende la creación de un espacio geocultural que desenmordaza  la voz del pueblo. Marca el campo en que se va a mover, el horizonte de comprensión (horizoo: marcar el terreno) que da sentido a su praxis política.

Señala para eso que “nuestra religión es una religión de humildad”, de renunciamiento. Es la “religión de los pobres, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados”.

Obsérvese que bajo las afirmaciones del Presidente comienza a resonar, todavía como un murmullo, la autoridad del texto sagrado que empieza a sobreimprimirse sobre el antitexto de prevenciones y desconfianzas que los obispos prodigan al Presidente y a su esposa, Evita. Mediante el recurso de la preterición, deja en manos de los obispos, que son los mejores conocedores de sus causas (“los eminentes Prelados que me honran escuchándome”), la explicación de una inexplicable subversión de los valores. Pero no se refiere a valores abstractos, se refiere a un problema concreto que incluye a la Iglesia. Se pregunta preguntando “cómo se ha podido consentir el alejamiento de los pobres del mundo para que se apoderen del templo los mercaderes y los poderosos y, lo que es peor, para que quieran utilizarle para sus fines particulares”. Resuena ya la conminación bíblica de Cristo a los mercaderes del templo[ii]. Si se observa con atención la escena evángelica, se podrá advertir que los chicotazos son para los mercaderes y usureros. En cambio, para los humildes vendedores de palomas, sólo hay una compasiva reconvención.

 

 

3.- Tópicos de autoridad

El presidente recurre en la narración de los temas propuestos a ciertas figuras típicas de la oratoria sagrada. Son los tópicos de autoridad que podrían distinguirse en intrínsecos y extrínsecos. Los llamados intrínsecos se fundan en la Sagrada Escritura. En efecto, se supone que en el libro  quien habla es Dios y su amonestación se dirige a todos, en especial, al sacerdocio. Por eso Perón, desde los arrabales del sermo humilis, recuerda en varias ocasiones a los obispos orientaciones y advertencias que definen al cristianismo como portador de Buenas Nuevas para el pueblo. El Presidente presenta y glosa textos en que Dios habla y actúa para que sucedan cosas en el orden social que es  responsabilidad del Presidente y está sujeto a su autoridad. Se presenta , de ese modo, como un enviado cuya misión es difundir un mensaje a los humildes de la Patria.

El primer tópico de autoridad es una cita del Apóstol Santiago (Santiago, 1, 2-9) en que el Presidente se confiesa , y esta es la otra dimensión del confiteor del título, públicamente a los obispos. Los versículos de Santiago que va a leer, señala, constituyen un “consejo que siempre me ha producido emoción”.  A partir de esta cita Perón comienza a privilegiar el aspecto de la retórica que tiende a persuadir mediante la praxiología, o magia efectiva de la palabra. Se propone mover a la persuasión para desencadenar la práctica, pero  también  amonesta:

“Hermanos míos: no queráis conciliar la fe de nuestro Señor Jesucristo con la acepción de personas.  Porque si entrando en vuestra congregación un hombre con sortija de oro y ropa preciosa y entrando al mismo tiempo un pobre con un mal vestido, ponéis los ojos en el que viene vestido brillante, y le decís: siéntate tu aquí en este buen lugar, mientras que decís al pobre: tú estate ahí en pie o siéntate acá a mis pies, ¿no es claro que hacéis distinción dentro de vosotros mismos y os hacéis jueces de sentencias injustas? Oíd, hermanos míos muy amados, ¿no es verdad que Dios eligió a los pobres en este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que Dios prometió a los que le aman? Vosotros, al contrario, habéis afrentado al pobre. ¿No son los ricos los que os tiranizan, no son esos mismos los que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue sobre vosotros invocado?[iii]

El Presidente interpreta que el texto bíblico “precisa evitar” que se caiga en el error de imposibilitar la conciliación de la fe con la acepción de personas. No es posible que en la congregación  sólo pretendan entrar los “hombres con sortija de oro y ropa preciosa”. Esa es una gran obra, piensa el orador, que “debe desarrollar el Episcopado Argentino”. Y confesándose, declara que él cree haber cumplido la doctrina al crear la Secretaría de Trabajo y Previsión con espíritu de imparcialidad. En ese organismo público, a imagen de los gobernantes que lo precedieron, los funcionarios sólo ponían los ojos en el que iba bien vestido para invitarlo a sentarse en lugar de privilegio. Mientras, “el pobre permanecía de pie como un intruso”. La decepción, así como los alejaba de los templos, también alejaba a los proletarios del recinto de la justicia. Ahora en la Secretaría de Trabajo y Previsión entran todos con igualdad de derechos. Las miradas de simpatía y los asientos cómodos se destinan a quienes visten “humildes ropas, a esos descamisados ricos en la fe, pese a las asperezas de su vida, y de los cuales se ha hecho escarnio con aviesa intención política”. Acostumbrados a posiciones de mando y al poder económico, los escarnecedores “procedían, muchas veces, a título de católicos, con una altivez incompatible con los preceptos de la religión”.

Refuerza entonces  su postura con un nuevo tópico de autoridad. Recurre esta vez a San Pablo ( I Timoteo, 6. 17-19):

“A los ricos de este siglo mándales que no sean altivos ni pongan su confianza en las riquezas inseguras, sino en Dios vivo que nos provee de todo abundantemente para nuestro uso. Exhórtales a obrar bien, a enriquecerse de buenas obras, a repartir liberalmente, a comunicar sus bienes, a atesorar un buen fondo para lo venidero a fin de alcanzar la vida verdadera”.

El Presidente, frente al episcopado, prosigue con su confesión. La labor social que desarrolla desde el gobierno, encaminada a exaltar los valores espirituales y a “buscar una mayor distribución de la riqueza”, sólo le ha valido el mote de demagogo. Se lamenta que sus logros para que los trabajadores perciban retribuciones justas -un fin que no es político sino social-  todavía no haya alcanzado “la colaboración activa del episcopado” que no desespera obtener más adelante. Refuerza entonces el tópico de   autoridad y reincide en otra cita de Santiago. Perón se anticipa a responder a las refutaciones silenciosas del antitexto que fulguran en la mente de los obispos ante sus permisiones exegéticas:

“No creo que Vuestras Eminencias señalen en mí la mínima osadía si me permito recordar al respecto aquellas otras magníficas palabras del mismo Apóstol Santiago cuando dice a los ricos: “Sabed que el jornal que no pagasteis a los trabajadores que segaran vuestras mieses, está clamando contra vosotros y el clamor de ellos ha penetrado en los oídos del Señor de los Ejércitos” (Santiago, 5: 4).

Perón sabe que lo acusan de atacar la propiedad privada por eso declara haberla defendido denodadamente, pero asegura que la mejor manera de hacerlo es convencer a los poderosos que repartan sus bienes con los desposeídos. Si no se consigue que “los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres”, esa ofuscación acarreará graves consecuencias.

El Presidente va entrando de a poco en las advertencias que suelen perfilar ciertos rasgos del discurso profético. Ahora recurre a tópicos de autoridad extrínsecos, es decir, a citas de los Padres de la Iglesia y de los santos, pero esos textos ocultan resonancias de utopías modernas tales como el  anarquismo y el socialismo. Tras el lenguaje de los santos rezonga la lengua proletaria  que sostiene que la propiedad es un robo:

“No pretendo que compartan la idea de San Juan Crisóstomo de que “en el origen de todas las fortunas existe la injusticia, la violencia y el robo” (…) Me parece que sería suficiente con que aceptasen el pensamiento de San Ambrosio cuando establece que “de los hambrientos es el pan que tú tienes detenido; de los desnudos las ropas que tienes enterradas; de la redención y absolución de los desgraciados es el dinero que tienes enterrado”[iv]

Insiste con la visión de San Ambrosio que clama contra los que no se conforman con la necesario y detentan lo superfluo. El Santo protesta contra el espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. Nada justifica el afán de atesorar bienes en perjuicio de los humildes aunque se dediquen en parte “al esplendor del culto”. Recurre entonces otra vez al tópico de autoridad bíblico. El texto del Evangelio de San Marcos refiere la ofrenda de la viuda que da desde su pobreza todo lo que tenía:

“En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que vosotros, por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba, pero ésta ha dado de su misma pobreza todo lo que tenía, todo su sustento”(San Marcos, 12: 41-44; San Lucas, 21: 4).

El Presidente engloba en el mismo cuadro de situación tanto al Estado como a la Iglesia. A ambos les conviene volver a “las costumbres sencillas, al predominio de la paz y de la confianza recíproca entre los hombres y entre las naciones.” Pero ese objetivo ofrece dos aspectos. Al Estado le cuesta alcanzarlo. Está obligado a luchar con la complejidad de la vida, las pasiones propias de la condición humana, las contradicciones  y la multiplicidad de idearios políticos. Sin embargo, a la Iglesia debiera resultarle más fácil retornar a la “pureza inicial de su doctrina”.  Si bien a veces  pareciera que se ha desviado de “su gloriosa trayectoria”, mantiene aún su doctrina que repudia el acopio egoísta de la riqueza y exalta el trabajo.

Acude entonces , nuevamente, a la autoridad de la escritura y el texto elegido no sólo refuerza su concepto sino que también implica un velado reproche dirigido al  sacerdocio. En efecto, el contenido social de la doctrina, piensa Perón, se resume en estas palabras de Jesús: “No llevéis oro, ni plata, ni dinero alguno en vuestros cintos, ni alforja para el viaje, ni dos túnicas, ni calzado, ni tampoco bastón porque el que trabaja merece su sustento”(Lucas, 10: 4; Mateo, 10: 9-10).

El Presidente destaca en su texto el valor del trabajo como fuente de sustento, dignidad del individuo y base de la grandeza de los pueblos. Recurre entonces al estilo indirecto. Atribuye a “otro de los grandes Padres de la Iglesia” la rotunda sentencia de que “quien no trabaja no debe comer”[v]. La sentencia corresponde a San Pablo, pero el orador diluye el nombre del autor sustituyéndolo por el indefinido “otro”. Al despersonalizarlo  mediante ese recurso, deja en libertad al sujeto de la enunciación que de ese modo puede atribuirlo a un padre de la iglesia, un anarquista, un socialista o un militante político.

Ahora bien,  hay un tópico evangélico que el Presidente necesita subrayar. Es aquel que marca a fuego al que se apega a los bienes materiales y señala la incompatibilidad entre el servicio a Dios y a las riquezas porque “donde está tu tesoro allí está tambien tu corazón”.(Mat. 6.21; Lc.12.34).

¿Qué fuerza simbólica o que alusión se oculta en la parábola del administrador infiel que reclama parte de su herencia y recibe esta respuesta?: “¡Oh, hombre! ¿Quién me ha constituido a mí juez o repartidor entre vosotros? Está alerta y guardaos de toda avaricia, pues no depende la vida del hombre de la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12.14-15).

El Presidente se apresura a refutar el anti-texto que, supone, en silencio tejen los obispos. Está dispuesto  a dejar hablar los símbolos, lenguaje silencioso y no verbal del pueblo, para lograr un diálogo vital con los prelados a fin  comprometerlos en un proceso de “reinformación catequética”[vi].

En efecto, contradiciendo su inicial distinción entre los campos del poder civil y el poder eclesiástico, parece haberse salido del terrerno que como gobernante le incumbe. Se anticipa entonces a pedir disculpas, pero también impetra que le concedan el derecho de proclamar la necesidad de robustecer los conceptos morales que dimanan de una recta interpretación de la religión católica.

¿Cómo no le ha de doler como católico -piensa- la apostasía de las masas humildes por quienes Cristo difundió su doctrina y derramó su sangre? Su función de gobernante es lograr que el pueblo pueda vivir con grandeza. Pero para ello debe evitar que se hunda en el materialismo,  procurar que profese el amor al prójimo y no se entregue a la pasión del dinero. Realiza entonces una petición. “Vuestras Eminencias, dice, fuera de toda intención política”, pueden prestar una valiosa colaboración por la simple repercusión de las ideas católicas.

Juan Domingo Perón que ha comenzado su discurso haciendo profesión de fe católica, que ha confesado a los obispos los avatares de sus intentos de llevar a la práctica la doctrina cristiana, de poner en marcha “muchos de los principios contenidos en las Encíclicas papales”, concluye con un pedido que es, en sí, un dilema. Cualquier cosa que los obispos respondan, satisfará los deseos del Presidente: “Si se interpretan mal, señalad sus defectos. Si se aplican bien, espero merecer vuestro estímulo”.

 

4.-Un tópico de ejemplaridad

Hasta ese momento, el presidente se ha mostrado como un cristiano que no sólo conoce los fundamentos sociales de la doctrina cristiana sino como alguien que se ha esforzado por llevarla a la práctica. Ha planteado el alejamiento de las masas humildes de los templos y la dificultad que representa un accionar basado en los principios morales de la religión. Mediante tópicos de autoridad ha sugerido la reticencia de los obispos para colaborar en la tarea de redención y dignificación de los pobres y les ha reprochado hábilmente su alianza con los poderosos y explotadores. Ahora les va trazar el perfil de un obispo profundamente piadoso y comprometido con los desheredados, desapegado de los bienes materiales,  entregado al servicio del prójimo y a la labor apostólica. Se trata de Monseñor Nicolás de Carlo en cuyo honor están todos congregados.

Perón va insistir en la relación entre la inculturación de la fe católica en la población y la tarea pastoral de un obispo no prescindente que se entrega a una  gigantesca obra de promoción social.

De Carlo es obispo de Resistencia. Su diócesis que comprende Chaco y Formosa es sede de una comunidad multígena. Aborígenes, criollos y multitud de inmigrantes de las más diversas nacionalidades (croatas, rusoalemanes, búlgaros, judíos, los iniciales friulanos y españoles) se debaten en regiones donde, la expresión es de Polo Godoy Rojo, se podría afirmar que “la patria no alcanza”. Es una sociedad en formación  que habita en territorios nacionales. Son desoladas extensiones  que ni siquiera han alcanzado jerarquía de provincia. En ellas, una multitud heterogénea se entrega con afán, en medio de graves problemas de orden moral, a un materialismo práctico y agresivo.

Desde su llegada, a finales de la “década infame” del 30, el obispo se entrega a una obra social “de enorme significación y de beneficio  directo para el pueblo”. Se esfuerza por elevar el nivel de vida de los humildes sometidos a una feroz explotación en los obrajes, algodonales e inhópitas haciendas. Se preocupa porque el pueblo se capacite en las artes manuales y de artesanía. Su singularidad consiste en procurar que esta capacitación comprenda también a las mujeres mediante la jerarquización de las artesanías elevándolas a la categoría de arte. Instala, además, numerosos talleres. Funcionan en todos los barrios con la entusiasta colaboración de los fieles compenetrados con la obra de su Prelado.

Monseñor de Carlo se distingue por su sencillez, modestia y accesibilidad para los más humildes. Visita de continuo los más apartados pueblos para palpar sus necesidades, para estimular a los fieles que se integran a su obra solidaria. A todos llega con su palabra de “consuelo, aliento y esperanza”.

El obispo propulsa con energía las escuelas primarias en lugares donde sólo hay escuelas ranchos y maestros dejados a las manos de Dios y mal pagos. Como para el Divino Maestro, postula el Presidente, para él los únicos privilegiados son los niños.

Ahora la cita de autoridad extrínseca es la palabra del propio obispo. Perón ha elegido con gran cuidado la cita. Son  palabras de desprendimiento; dan ejemplo de aspiración patriótica y testimonio de fe.

Esto sostiene De Carlo:

“Primero escuela, después lo demás: no importa por ahora el palacio del Obispo” (…). “Necesitamos construir la grandeza del país –agrega- sobre estados de conciencia colectiva, y para ello hay que liberar al pueblo de la ignorancia y sostenerlo con la fe en Dios”.

Perón exalta la humildad del Obispo. Seguramente, entre los Prelados presentes, están aquellos que han logrado que el Estado les construya suntuosos palacios como sede central de la diócesis. ¿Estaría entre los presentes el pulido Monseñor Fermín Lafitte? El grandioso palacio de su diócesis de Córdoba será usado como cuartel y depósito de armas por los comandos civiles que derrocaron el gobierno constitucional del Gral. Perón y  que actuaron luego con extremada crueldad  e implacable odio.

Pero el obispo De Carlo cumple su misión sagrada “con humildad apostólica”. Ha sabido despojarse de la vanidad “que se asoma tan pronto como se sube un escalón de donde está situada la masa del pueblo”. La humildad cristiana, la afabilidad paternal, el desprecio de la pompa y el boato, constituyen las dotes que más aprecia el pueblo en quienes saben practicarlas. El pueblo las aprecia no sólo por ser símbolo tangible de virtud, sino porque constituyen “la fuerza más poderosa que le atrae hacia la senda que le conduce a la verdadera paz de Cristo”.

El Presidente ha trazado así un modelo de obispo. No al sometimiento de la religión a los poderosos, no al predominio de las formas y al boato principesco, sí al amor al prójimo, a la sencillez y humildad del discípulo de Cristo. El argumento del Presidente sonó sin duda como un admonición inadmisible en oídos acostumbrados a la simulación aduladora y a la sumisión acrítica. Perón concluye su semblanza con  el uso contundente del ejemplo vivo. He aquí un obispo modelo; ergo, así deben ser los obispos: “Esta semblanza es el diseño a grandes rasgos de lo que debe ser el Episcopado y de lo que es Monseñor Nicolás de Carlo”.

Concluye dirigiéndose en segunda persona del plural al Prelado homenajeado y en su persona a “todo el Episcopado Argentino”. Acudiendo a la poética, se entrega a una esperanza utópica: ¿un episcopado unido estrechamente al pueblo como testimonio de la unión del pueblo con Cristo?

El Presidente no trepida en predicar en el desierto: “…esta que os entrego con la esperanza de que selle la unión estrecha del pueblo argentino con su Episcopado, que es algo más que eso, puesto que representa la unión del pueblo en la fe de Cristo”.

Perón sabía que estaba hablando ante un tribunal duro de corazón sin oídos para oir, sin ojos para ver. Sabía que sus razones eran campanas de palo, que esos corazones carecían de “abismo” (a-byssos), de la profundidad sin fondo de la sabiduría.

 

5.- El cristianismo práctico justicialista

El 29 de octubre del Año del Libertador General San Martín, 1950, el Presidente, general Juan Perón, visitó  la ciudad de Rosario a fin de asistir a los actos de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional.

Los peronistas de la ciudad, encabezados por el Intendente, le han ofrecido “un almuerzo de amigos”. El Presidente resalta, en primer lugar, el valor de la “palabra peronista” cuya virtud es “llegar profundamente al corazón y rendir el efecto que todos buscamos; que seamos cada día más unidos y amigos”. Esas palabras son palabras que hacen lo que dicen y su fundamento son la unidad y la amistad.

El Congreso Eucarístico es un evento evocador para los peronistas porque “nosotros no solamente hemos visto en Cristo a un Dios, sino que también hemos admirado  en El a un hombre…” Admiramos las liturgias y los ritos católicos pero sobre todo tratamos de cumplir esa doctrina. Es más fácil someterse a los dictados de una religión para cumplir sus formas y es difícil cumplimentar el fondo: “No es buen cristiano aquel que va todos los domingos a misa y hace cumplidamente todos los esfuerzos por satisfacer las disposiciones formales de la religión. Es mal cristiano cuando, haciendo todo eso, paga mal a quien le sirve o especula con el hambre de los obreros de sus fábricas para acumular unos pesos más al final del ejercicio”.

Los peronistas aman a Cristo no sólo porque El es Dios sino porque dejó en el mundo el amor entre los hombres. Lo aman por la dignidad humana y “el sacrificio contra la avaricia, contra el egoísmo, en beneficio de los hermanos”. Son simplemente cristianos y quieren serlo. Difunden su doctrina sabiendo que hacen el bien. A pesar de ser calumniados y vituperados practican el “cristianismo práctico justicialista”. Su lucha se realiza mediante la persuasión: “No utilizaremos ni el poder, ni la fuerza, ni la violencia, mientras la persuasión pueda abrir completamente nuestro camino”.

Esa jornada culmina con la oración que pronunció el Presidente en la ceremonia de clausura del V Congreso Eucarístico Nacional. Postrado humildemente, el discurso es una larga acción de gracias por los beneficios y dones concedidos por el Señor al pueblo y la Patria; un pedido para que pueda servir siempre “sobre todo a sus hombres y mujeres más humildes”, un ruego por la paz y felicidad para los argentinos y todos los hombres y pueblos del mundo. Por fin, en señal de gratitud se ofrenda al Corazón de Cristo: “…os ofrezco todo cuanto soy y cuanto poseo, vale decir, mi vida por la grandeza y felicidad de mi patria y de mi pueblo, cuyos destinos deposito en Vuestro Divino Corazón”.

Notas:


[i] PERON, Juan Domingo, 1973, Una comunidad organizada. Justicialismo y socialismo. Prólogo de Enrique Pavón Pereyra, Buenos Aires, Ed. Macacha Güemes. Cfr.: “El justicialismo y la doctrina social cristiana”, pp. 109-124.

[ii] “Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración: más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”(Lucas, 19:45-48)

[iii] “También estos son dichos de los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no es bueno.” (Proverbios, 24:23); “Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres”( Mateo, 22:16)-

[iv] Mucho tiempo después, en 1967, la  encíclica Populorum Progressio de Pablo VI también acude a San Ambrosio para sostener que “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto”, que “el derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común” y que en caso de conflicto entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias, toca intervenir a “los poderes públicos (Estado). Más aún, sostiene que “el bien común exige a veces la expropiación de algunas posesiones” puesto que sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. Considera, además, inadmisible que “ciudadanos provistos de rentas abundantes provenientes de los recursos y actividad nacional las transfiriesen en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal, sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria”. Más aún, Pablo VI denuncia al capitalismo liberal. Sostiene que “el liberalismo sin freno” es generador de “el imperialismo internacional del dinero” tal como ya lo había sostenido Pío XI y que la economía debe estar “al servicio del hombre”. (n.23, 24, 26). El 28 de enero de 1979, en el discurso inaugural  de Conferencia Episcopal de Puebla, S.S. Juan Pablo II, amonestará: “Es entonces cuando adquiere carácter urgente la enseñanza de la Iglesia, según la cual sobre toda propiedad privada grava una “hipoteca social”.

[v] “Os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco  coma. Porque oímos que alguno de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entreteniéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tesalonicenses 3 : 10-12). En Populorum Progressio,  Pablo VI reconocerá que “todo trabajador es un creador”. También el valor social del trabajo: “al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos”(n.27).

[vi] Cfr. Documento de Puebla, n. 457Imagen

escanear0049Les presento la introducción de mi próximo libro que se titula Un santo populista. El cura Brochero, Hipólito Yrigoyen y  los ferrocarriles del monopolio inglés. Se discuten aquí los alcances y los límites de Laclau. Enmarcado, a su pesar, en el pensamiento hegemónico,  no se anima a tantear y da por inexistentes los doce tomos de Yrigoyen y los treinta volúmenes de Perón. Además, no revisa a Sarmiento, Alberdi, Mitre, Ramos Mejía; y menos a Jauretche, Scalabrini Ortiz, Kusch y legión de autores nacionales y populares que tratan el tema. Escrito para los de allá: ¿cómo funciona acá? Es para crisparse, o sea, para debatir.

En mis libros Arturo Jauretche. Profeta de la esperanza[i] y Elogio del Pensamiento Plebeyo[ii], propuse vindicar el tantas veces vilipendiado y proscripto populismo. Por mucho tiempo, el discurso académico lo decretó teóricamente no existente. Por supuesto, la voz de un oscuro profesor de provincia carece de resonancias. No rebota en la opinión pública y su difusión se reduce a pequeños círculos especializados o políticos.

Aunque la tradición del pensamiento y la praxis populistas reviste un profundo arraigo en la historia argentina y suramericana, nunca pudo ser formalizada  por el pensamiento académico. Como resultado de una subordinación consentida a la racionalidad hegemónica del dominador occidental,  el pensamiento plebeyo se vio privado, las más de las veces, de acceder a una decibilidad  intelectual que articulara su discurso teórico con una realidad tumultuosa y vociferante. Ahora bien, en Argentina por lo menos, los dos únicos movimientos de masas del siglo XX  capaces de estructurar una totalidad abierta, creadora y de profunda construcción democrática, son, sin dudas, el irigoyenismo[iii] y el peronismo sobre los que ampliaremos más adelante.

Por ahora, esta formulación sólo nos alerta sobre la imposibilidad de un análisis del pensamiento populista sin echar una mirada a sus fundadores cuyos nombres han portado millones de compatriotas y en cuyo nombre miles y miles dejaron con alegría hasta la propia vida. Misterios de lo que se “cifra en el nombre”, como diría Jorge Luis Borges que, en 1926, catalogaba de este modo a Yrigoyen:

“No se ha engendrado en estas tierras ni un místico ni un metafísico, ¡ni un sentidor ni un entendedor de vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel, gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir (…) Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Yrigoyen”[iv].

Afortunadamente, en 2005, irrumpe en nuestro clausurado discurso académico una sólida obra de Ernesto Laclau: La razón populista, que viene a desatar en todos los ámbitos del discurso canonizado la polémica sobre la posibilidad de un pensamiento popular ajeno a la tradición liberal y pasible de ser estudiado,  discutido y finalmente formalizado dentro de la tradición intelectual del pensamiento hegemónico. Esta ampliación de horizontes congregó fervorosos devotos y el consiguiente aullido de los detractores entre los que detentaban el monopolio del saber. Obligaba a un tumbacabezas gnoseológico.

No es, por cierto, nuestro objeto la obra de Laclau[v]. Sólo queremos señalar la recuperación del sentido de pueblo como categoría de la ciencia política y no solo como mero dato histórico. Más aún, el pueblo es un sujeto político que va más allá de la “lucha de clases”. Laclau reconoce la insuficiencia de los medios conceptuales para aprehender totalmente el objeto y la difícil tarea de buscar palabras que lo definan. Le da, además, un lugar de relevancia a la dimensión afectiva de los movimientos populares.

Su método es, sin embargo, el de un aplicado tesista de universidad británica y consiste, esencialmente, en ir exponiendo las tesis de diversos autores, desde el siglo XIX, en la búsqueda de equivalencias y ampliaciones de conceptos con la intención de llegar a una descripción aceptable del objeto. Si la dimensión afectiva del populismo se explicara solamente  por el vínculo libidinal de Freud estaríamos cerrando el camino y poniendo mordazas al vocerío incesante de los movimientos populares latinoamericanos.

Nos preguntamos: si el autor recurre con acierto a una obra tan llena de posibles como la de Gustavo Le Bon, ¿cómo pudo obviar Las Multitudes Argentinas de José María Ramos Mejía[vi] que, en 1899, aplicaba las teorías de su tiempo, entre ellas las de Le Bon, a la tradición populista de nuestra patria y desplegaba una retórica en que disputaban los libros europeos, los prejuicios de clase y la historia viva?

En efecto, la retórica, como asevera Laclau, tiene suma importancia en la elucidación del tema, pero a condición de establecer una ruptura con la lengua académica que evalúa la intimidad del discurso del que investiga y de sumergirse en el griterío espantoso de nuestras masas masacradas, que más que una explicación, exigen una poética. A veces el rigor de los formatos, en el momento de las decisiones, se detiene ante el abismo. Acosado por el miedo a la barbarie, por la amenaza de la pérdida de prestigio,  el sujeto cognoscente reniega del salto creador que promovía Deodoro Roca, no se anima a tirarse al pozo con la seguridad de que nada le pasará  como Roberto Arlt[vii]; y desecha el “germen vivo” que deslumbró a  Raúl Scalabrini Ortiz[viii], acosado por la “talla inerte”.

Una de las pocas incursiones de Laclau por la realidad propia es la versión entre anecdótica y estereotipada del retorno de Perón. Su teoría de los significantes vacíos resulta insuficiente para caracterizar la resistencia peronista. Los significantes flotantes son, en realidad, los significantes desechados por el sistema pero están cargados, como una granada de mano, de sentidos explosivos pero con fajas de seguridad. Los significantes, participio activo, son los verdaderos portadores de todo lo censurado, amordazado, subestimado, tergiversado del pensamiento popular. ¿Cómo explicar con el recorte “retorno de Perón” la eternidad histórica del pueblo que se manifiesta en un movimiento que viene de los re-profundos de su historia y que, según Mitre cuando habla de las masas insurgentes del Alto Perú, triunfa aun cuando es derrotado?

Vindicamos, sin embargo, este libro escrito en inglés, para despejar la mente infranqueable de los académicos del imperio, como un acto de lucidez y de coraje. Solo faltó, como diría Kusch, que se animara a tantear. Como suele ocurrir con los académicos europeos o norteamericanos, cuando la realidad  populista no encaja en la categoría demanda, término de la economía de mercado, encuentra siempre una válvula de escape en  las “poéticas” de Marx o Gramsci lo que me parece un acierto.

Ahora bien, otra costumbre de los claustros hegemónicos es suscitar polémicas entre intelectuales que terminan ofreciendo un interesante “floreo eruditesco”  pero que, mirados desde acá,  padecen de una  brillante inocuidad.  Nos referimos a la “payada” que entabla con Zizeck,  Hard/Negri y Rànciere. Esta discusión aparece, en cierto modo, como apuesta para acercar una bolsa de oxígeno a las socialdemocracias europeas. Para nosotros, la cuestión fundamental es darle la palabra a la realidad efectiva de los populismos suramericanos.

Adentrarse en la “realidad efectiva” de los hechos, a lo mejor le hubiera costado revisar la obra de Juan Domingo Perón con respecto a la cual nuestro intelectuales devienen reincidentes iletrados. Aunque dicha obra va orillando los treinta tomos, bastaba con repasar Conducción Política[ix], por ejemplo. Tarea de “rastreador”. Traer y buscar todo lo útil para una correcta apreciación de la situación (análisis): fuerza (elemento humano), escenario, espacio, tiempo: “No es lo mismo apreciar una situación para el pueblo del 17 de octubre, que para el de la Revolución Francesa o para el pueblo de Licurgo”. Considerar las fuerzas favorables y las fuerzas desfavorables, cuándo dejar de hablar de masa y comenzar a hablar de pueblo, cuál es la distinción entre acciones de gobierno y acciones de lucha: “La lucha es contra las fuerzas contrarias” pero también “contra lo que cada uno lleva adentro, para vencerlo y hacer triunfar al hombre de bien”.  Habrá que aprender a distinguir entre el papel de la inteligencia y el del corazón: “No se irradian la luz, sino también el calor de las virtudes peronistas; no solo la inteligencia, sino también el alma de los hombres”. La lucha política es siempre la misma y abarca todas las actividades y dimensiones de lo humano. La conducción es lucha y el gobierno construcción. No existen verdades, sino relaciones. Las relaciones entre doctrina, teoría y formas de ejecución corresponden a tres planos de manifestación: lo espiritual, base de la cooperación; lo intelectual, desarrollo racional de la doctrina; y lo material, estrategia y táctica.

No podemos pedir a un autor que haga lo que no quiso hacer. Sin embargo, nos es lícito  utopizar con todas las posibilidades de complejización, de elocución y dilucidación que se presentan no bien abrimos una polémica interna entre nuestra tradición intelectual y el canon europeo. Quizás sea tarea nuestra organizar una gran payada gnoseológica entre el populismo científico de Laclau  que nos incita a explicar y argumentar para derribar tabúes y el populismo praxiológico de Yrigoyen, Perón, Jauretche, que nos intenta seducir con una poética de la liberación total de la sociedad y el hombre.

Tarea siempre inconclusa, trataremos de articular entendimiento y praxis e intentaremos desplegar, desde estas páginas, previo recorrido por algunos aspectos de la tradición populista en Argentina, su insólita puesta en práctica por un santo. Desde el campo religioso, el Beato José Gabriel del Rosario Brochero, por el  redundante ejercicio de la vieja minga, trabaja demandas con las organizaciones libres del pueblo.

En lo que llamamos populismo científico,  predominan el rigor, la argumentación, la letra de la ley; en el populismo praxiológico, se da paso a la persuasión, la poética, la “corazonada” o ley del corazón. Son los dos vectores de la retórica. Kusch los llamó pensamiento causal (el ser) y pensamiento seminal (el estar)[x]. Aquí, en Suramérica, los populismos están para ser, “están siendo”[xi]. Nuestro significante en plena actividad es el mestizaje y está lleno de sorpresas, de mundos inéditos. ¿Cuando el corazón  está doblado, se aquieta?, ¿qué es el aquí nomás, o lugar de estar bien?[xii]

Jorge Torres Roggero/Profesor Emérito U.N.C.


[i]TORRES ROGGERO, Jorge, 1984, Jauretche. Profeta de la Esperanza, Rosario, Editorial Fundación Ross

[ii]TORRES ROGGERO, Jorge, 2002, Elogio del Pensamiento Plebeyo, Córdoba, Ediciones Silabario

[iii] LEY 12839, 1949, Documentos de Hipólito Yrigoyen. (Apostolado cívico. Obra de Gobierno. Defensa ante la Corte), Buenos Aires, Senado de la Nación

[iv] BORGES, Jorge Luis, 1993, El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, Seix Barral.

[v] LACLAU, Ernesto, 2005, (traducido por Soledad Laclau), La razón populista, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica

[vi] RAMOS MEJÍA, José María, 1956, Las Multitudes Argentinas, Buenos Aires, Tor

[vii] ARLT, Roberto, 1976, “La terrible sinceridad”. En: Aguafuertes Porteñas, Buenos Aires, Losada

[viii] SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, Buenos Aires, Plus Ultra

[ix] PERÓN, Juan Domingo, 1974, Conducción Política, Buenos Aires, Ed. Freeland

[x] Véase: TORRES ROGGERO, Jorge, “Rodolfo Kusch: los dos vectores”. En, Dones del Canto. Cantar, contar, hablar: geotextos de identidad y poder, Córdoba, Ediciones del Copista.

[xi] KUSCH, Rodolfo, 1976, Geocultura del hombre americano, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro

[xii] KUSCH, Rodolfo, 1977. El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires, Hachette.