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rodolfo-godino-jpegEl 14 de enero de 2016 falleció el poeta cordobés Rodolfo Aldo Godino. Dos días después escribí esta epístola. Nos habían unido la juventud y la esperanza.

Querido Rodolfo: En lo mejor de nuestra juventud demoledora de cánones nos dispersamos y ya no nos volvimos a ver. Recuerdo las tenidas en la revista LAUREL; las reuniones en tu despacho del teatro Rivera Indarte, casa insólita del inefable Romilio Ribero que siempre entraba sonriente como viniendo de un mito luminoso; de las tertulias hasta la madrugada con Osvaldo Guevara, a veces con Daniel Moyano antes de migrar a La Rioja, y otros amigos de poesía insomne, en El Galeón. Teníamos la misma creencia sobre la Patria, pero vos cultivabas la energía secreta de la palabra y yo su algoritmo de bombo.

Juntos compartimos el Primer Premio Laurel 1959. Concurso Alfredo Ottonello Guevara. El alma generosa de Alberto Díaz Bagú nos dio como premio la primera edición de nuestra obra poética inicial. Tu extraordinario El visitante se terminó de imprimir el 15 de octubre de 1961 y fue, además, Premio Nacional “Iniciación” 1960. Mi balbuceante Las circunstancias, vio la luz el 19 de mayo de 1962. En una vieja Minerva, Alberto componía los textos letra por letra. En tu dedicatoria de El visitante, escribiste: “Para Jorge Torres Roggero que conmigo integra la nueva generación de verdaderos poetas cordobeses. Con mi amistad. R. Godino, Cba.4/12/1961”.

Cierta tarde, entrando a tu oficina, me dijiste: “No sabés lo que encontré, mirá”. Era un inmenso tomo, era el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Corrí a la librería Paideia y gasté lo que me quedaba hasta fin de mes de mi sueldo de ferroviario. Era la primera edición de 1948 y estábamos ya en los sesenta. ¡Los avatares del “poeta depuesto”! Poco después, publiqué mi primer ensayo ( “Historicidad y trascendencia en el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal”) en la revista Lugones que estaba a tu cargo.

Una última cosita. Junto al animador de nuestro fervor poético, Alberto Díaz Bagú, fuiste mi testigo de casamiento con tu impecable traje claro. De a uno nos vamos yendo, Rodolfo. En Córdoba descubrieron tarde que eras la “nueva generación de poetas cordobeses” . En mi caso, entre ensayo y ensayo, sigo fiel a nuestras consignas poéticas lo que, por supuesto, no significa excelencia.

Siempre decíamos que nuestro deber de poetas era abrir la jaula discursiva de los dominadores para que el pueblo pudiera gozar de otras dimensiones. En alguno de esos posibles mundos nos encontraremos: vos con tu vaso de leche, que según creías era alivio de tu gastritis; yo, espero, con un vasito criollo de vino común. La literatura de Córdoba y de Argentina han sido engrandecidas con tu fidelidad a la poesía, tu fervor por la buena escritura y tu legado a las nuevas generaciones de “verdaderos poetas”. Recordar es volver a vivir con el corazón (cor, cordis).

16 de enero 2015

Jorge Torres Roggero

La poesía

Atediendo esta pasión, estas voces,rodolfo-godino

este veloz encantamiento del que dispongo

y dispone de mí,

mirando esta lujosa cámara,

esta situación del heredero asombrado

buscando su nombre en los espejos,

su razón en las Palabras Sagradas,

digo desde esta fiebre

que si la lengua del que habita mi tiempo

dispone para mí lo abominable,

lo injusto,

lo que será reclamado,

no se turbará mi rostro

ni mi mano se alzará sobre su cabeza,

pues yo amo este fervoroso clamor.

Rodolfo Aldo Godino, en El Visitante, 1961)

Ya en el siglo XVIII, cuando Tupac Amaru se rebela,  las autoridades prohibieron  la vestimenta tradicional del indio  porque era portadora en sus bordados de  la historia del pueblo; descolgaron los retratos y cuadros porque narraban el esplendor de la identidad humillada; silenciaron las lenguas naturales que hilvanaban el relato de un pasado liberador que  venía hacia el pueblo como porvenir. Todavía en la época de la independencia las lenguas quichua, aimará, guaraní, se hablaban cotidianamente en Suramérica.

 Cuando el Himno Nacional Argentino enuncia  que “se conmueven del Inca las tumbas/ y en sus huesos revive el ardor/ lo que ve renovar a sus hijos/ de la patria el antiguo esplendor” se está refiriendo a una iconografía incaica que nunca dejó de ser la representación críptica de un poder disidente y que, descubierta por el opresor, fue reprimida con saña tras la revuelta de Tupac Amaru.  

La simbología imperial quichua no había perdido continuidad como fuerza proveedora de una palabra liberada. Antes, durante y después de las luchas por la independencia fue asumida en Perú y su zona de influencia cultural como una fuerza redentora.

 En tal sentido, se destaca el misterioso lenguaje de los “khipus”. Ciertos sistemas gráficos de las culturas maya o azteca lograron ser descifrados por los europeos. Pero jamás consiguieron desatar los nudos semánticos de los “khipus”. En ellos, núcleos de energía primordial, se encierra el secreto (pasado, presente y futuro) de nuestros pueblos. Sólo ellos podrán desatar ese peligroso legado que puede hacer estallar el “anarco-capitalismo” y abonar el florecimiento de “las mil flores” de nuestras virtualidades. Desde nuestras propias entrañas, el futuro no deja de anunciar “la hora de los pueblos”. Este poema que escribí hace un tiempo canta la invencible esperanza que todos portamos, a veces sin saberlo, en nuestro corazón. Ciertos juegos de palabras aspiran representar la poderosa libertad latente en las sagradas cuerdas de colores tan misteriosos como el arco iris del escudo incaico.

 Los defectos del texto expresan, más que nada,  mi impericia poética o el exceso de sentido y vida del tema.

VOLVERÁN

Por Jorge Torres Roggero

“Según ellos, los khipus no eran más que un medio rudimentario de que los quechuas se valían para ajustar sus cuentas! (Jesús Lara)

Nadie ha podido todavía ¡nadie!

reconstruir el gozo en estas tierras

y casi nadie sabe ¡todavía!

que el oculto secreto está en los khipus.

 

Hombres de ojos punzón, baba y lujuria,

los quemaron un día,

esparcieron  al viento sus señales,

el  pasado, el presente abominaron,

y  amordazaron la palabra viva

que presagiaba el alba del Gran Día.

 

Y aunque aventaron hasta las cenizas

(polvo  de rayo, epifanía rota)

se  pudre aún en semental mutismo

el  misterioso nudo de los khipus.

Todos los que venimos tan cansados

de  trabajar dos días cada día,

que confiamos los hijos a los pechos

de  una nodriza de pezones biónicos,

y  a veces estiramos la esperanza

como  un chicle y hacemos un globito

de silencio en la punta de la lengua,

tenemos el oscuro sentimiento

de una proto- una pre- una re- una circum-

solución, volución ilusionada:

¡millones y millones de atahualpas

(des-nudos, des-nacidos,  des-nuncados)

vendrán y con sagradas obsidianas

descuajarán el corazón del nudo

gordiano de los khipus!

 

Nada cierto sabemos de ese tiempo

pero ese día llegará y os digo

que el más ayuno de esos atahualpas

orinará sin hiel sobre las tumbas

de los hombres de hierro a hierro muertos.

 

Y tejerán de nuevo la alegría

y nadie olvidará y será la danza

un trabajo viviente en esta tierra

y volverán cantando (y tan unidos)

los que llorando echaron la semilla.