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por Jorge Torres Roggero

1.- Las dos puntas

CARBON Y YOLas líneas que siguen intentan poner en actividad, no los significados, sino el sentido del viejo dilema sarmientino: civilización/barbarie. Lo voy a referir a una de sus fórmulas más vilipendiadas: libros/alpargatas. Como todos saben, el 16 de octubre de 1945 trescientas mujeres, obreras de los frigoríficos, se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban a Perón. A ellas se sumaron los obreros. Juntos, iniciaron la larga marcha a la Plaza de Mayo. La columna, cada vez más numerosa, enfiló a La Plata y, al pasar frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”. Era el balbuceo que un pueblo que tomaba la palabra como camino para toma del poder y comenzaba a responder con un antidiscurso, potente y rudimentario, al desprecio de las clases autodenominadas cultas.

Con el tiempo, el apotegma fue una y mil veces repetido como un estigma bautismal de la barbarie peronista. En estas épocas de “barbarie ilustrada” (la expresión es del civilizador Juan B. Alberdi) se usa como eficaz falacia para denostar al populismo. En realidad, proviene de una lectura congelada de la categoría sarmientina que su mismo creador se encarga de activar no sólo en diversas obras, sino como polémica interna en el curso de un mismo texto. No son dos polos fijos y cerrados, sino un ir y venir, un va-y-ven, en que se manifiestan las contradicciones que nos otorgan nuestro modo de ser, nuestra riqueza cultural (Varias entradas de este blog tratan este tema).

Kusch llama a este discurso contradictorio que nos representa y nos acosa: “los dos vectores”. El ir y venir encarna, para Kusch, la manifestación de dos pensamientos: pensar causal y pensar seminal. Mientras el pensar causal necesita la verificación constante de la conciencia, el pensar seminal se desplaza, al margen de todo quehacer de la conciencia, en el magma de la sémina redentora. De tal modo, causal y seminal son los extremos de un pensar general. El sujeto requiere, por un lado, la percepción lúcida del objeto; por el otro, cuando la contradicción de torna desgarradora, la afirmación trascendente o plegaria: “Ambos extremos, dice Kusch, son formas necesarias para afirmar la totalidad de la existencia.” En el peronismo, ese modo de ser, se llama armonía y consiste en reconocer que la cultura popular es pensamiento. Más aún, es pensamiento no colonizado. Es, por lo menos, un antidiscurso que, desde una posibilidad no resuelta, encara la tarea de rescatar un pensar total en que pensamiento culto y pensamiento popular son apenas dos aspectos de un solo pensar. Por supuesto, el pensar popular puede no servir para la ciencia, puede resultar confuso. La ciencia nos provee una manera de ver clara, pero la realidad sigue siendo confusa: “El pensamiento popular, sostiene Kusch, dice siempre muchas cosas, el científico una cosa”. Entonces, una vez trazada una urdimbre resistente a la “ansiedad de dominio de occidente”, podemos arrojarnos al ojo del huracán con la certeza de que nada nos va a suceder. Como en la famosa cueca “Las dos puntas” que, en los años 50, Antonio Tormo (1913-2003)  puso de moda, sabemos en “en las dos puntas” alguien nos espera.

2.- El cantor de las cosas nuestras

El rapsoda imaginario de Megafón o la guerra, (Marechal se representa a sí mismo), se define como “el Poeta Depuesto”. Y continúa, “desde fines de 1955 -les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual. En nuestra fauna sumergida existen hoy el Gobernante Depuesto, el Militar Depuesto, el Cura Depuesto, el Juez Depuesto, el Profesor Depuesto y el Cirujano Depuesto. No quedó aquí ningún hijo de vecino sin deponer”. Sin embargo, según el Poeta Depuesto, “las “deposiciones” de una contrarrevolución idiota no suelen ir más allá del significado medicofisiológico que también lleva la palabra y sus muertos civiles gozamos de una salud excelente”.

En secreto, aparentemente desde el desistimiento, el pueblo elabora los fermentos de nuevas formas vitales y expresivas. En la novela de Marechal reviste especial interés la rapsodia en que se relata la asamblea extraordinaria del club “Provincias Unidas”, de Flores. El club había sido fundado en 1948. Como casi todos los fundados en esa época (clubes sociales, deportivos, culturales, con fines mutualistas) aún persisten. Basta revisar la fecha de fundación de la mayoría de los clubes de la B metropolitanas o de las divisiones C y D. Eran espacios de agrupamiento de hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por el desarrollo industrial. Como las sociedades de fomento de la época de Yrigoyen, conjugaban solidaridad, biblioteca, diversión y, desde lo comunitario, preservaban “las frescuras autóctonas”. Algunas noches, dice Marechal, “el zapateo de los malambos y el vocerío de las chacareras daban a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en trinchera de Santiago del Estero”.

Pero algo tremendo había cambiado el rumbo de las juntadas provincianas. “Sin embargo, dice el rapsoda, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución “libertadora” embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados”. Había comenzado la resistencia.

Entre 1946-1955, la cultura popular había tomado la palabra. Ya no existía un discurso único para dar cuenta de la realidad, de la historia, de la cultura, del arte. Aparecen unas poderosas formas de asociación colectiva: la sindicalización, las multitudinarias conmemoraciones políticas (17 de octubre, 1° de mayo), las populosas formas de diversión (bailes de carnaval, estadios repletos, turismo social), y la expansión de la educación (universidad gratuita, universidad obrera). La sexualidad pierde el aire “fruncido” de la década del treinta en que la “virginidad” era un valor de cambio de las “niñas”. Esto desata la furia de los sectores intelectuales, sociales y económicos que sienten el deterioro de sus lenguajes de pertenencia y el derrumbe de pautas jerárquicas que se suponían eternas: ahora se ven obligados a mezclarse con los cabecitas negras en instituciones y territorios que antes eran exclusivos de unos pocos. Cambian los códigos: vestimentas, comidas, peinados. Los recién llegados llenan las plazas: sirvientas, conscriptos, obreros en disfrute del franco semanal y cambian los hábitos de consumo. Los cuentos de Cortázar, Borges, Anderson Imbert, Murena, Martínez Estrada, David Viñas, dan cuenta con un discurso lleno alusiones despectivas sobre la aparición de estos “monstruos” que ejercen violencia, las más de las veces, sobre indefensos estudiantes y niños burgueses o, en todo caso, afean el paisaje urbano.

Los cambios señalados se manifiestan, asimismo, en el modo cómo la cultura popular selecciona sus lecturas. Hay una recepción nueva de los medios de comunicación masiva: diarios, revistas, libros de quiosco, radio, cine, teatro, espectáculos. Eso comporta nuevas exigencias para los intelectuales y artistas. Despreciados por la “alta cultura” colonizada y desvinculada de las necesidades del pueblo, los artistas populares se convierten en intermediarios de necesidades expresivas inéditas hasta ese momento. Un artista puede vivir dignamente de su trabajo como guionista de películas o historietas, libretos radiales, autor de canciones (Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Nely Omar y muchos más). Producen, para una industria cultural en auge, entretenimientos sanos que enaltecen el trabajo, la solidaridad, la familia trabajadora, la juventud, la mujer, los niños.

Uno de estos artistas populares fue el mendocino Antonio Tormo. El mestizaje de su repertorio es un claro ejemplo del ir y venir de los dos vectores del pensar total. Sobreviven el arte popular de épocas anteriores junto a las exigencias de las nuevas masas urbanas venidas de las provincias.  A finales de los 40 se produce un boom del folklore. En 1949, el presidente Perón dictó el decreto 3371/1949 de Protección de la Música Nacional, disponiendo que las confiterías y lugares públicos debían ejecutar un 50% al menos de música nativa. En 1953, la ley N° 14226, conocida como Ley del Número Vivo, dispone incluir artistas en vivo en las funciones cinematográficas. El repertorio de Antonio Tormo incluye canciones de poetas y payadores anarquistas (Mis harapos, La Canción del Linyera, El Huérfano, La limosna, entre otras). Persisten reminiscencias románticas (Las quimeras, Dos que se aman, Eterno Amor). Incluye temas que abarcan la cultura popular latinoamericana (Caballo Viejo, La llorona). Es una estética de las regiones: geocultural.  Cuecas y tonadas cuyanas con tonalidades chilenas; aires norteños que expanden la cultura andino-boliviana; chamamés, guaranias, rasguidos dobles unen nuestro litoral con Paraguay, Brasil y Uruguay.

El pueblo consume cultura. El vals “Amémonos” vendió un millón de simples. Un extenso auditorio sigue a Antonio Tormo. “El cantor de las cosas nuestras” congrega multitudes en los clubes. Los cabecitas, nombrados, perfilados, valorados en su arte, responden al cantor con su lealtad y su afecto. Un público fervoroso levantaba pancartas peronistas: se sentían integrados, por el arte, a un proyecto de justicia social, de independencia económica, de soberanía política. Aunque Tormo nunca se declaró peronista, padeció desde setiembre de 1955 la censura y la persecución de la dictadura “libertadora”. Sus discos y actuaciones fueron prohibidos. Pasó a ser un “Cantor Depuesto” más. Con él se silenciaron los audiciones radiales de música folklórica argentina.

En su programa “El canto perdido”, de Radio Belgrano, Buenaventura Luna intentaba realizar una “antología bárbara” del “canto perdido en las tradiciones argentinas”. Ponía en actividad, de ese modo, los sentidos ocultos de la oposición civilización-barbarie de su comprovinciano Sarmiento, cuya versión oligárquica, sumía en el campo semántico de la barbarie a la tradición oral de raíz afro-hispano-aborigen. Decía Buenaventura Luna: “Los provincianos han dejado de ser provincianos vergonzantes y se han animado a entonar las canciones del terruño en todos los puntos de la gran capital”. Advertía, asimismo, cierto desencanto ante lo foráneo y el alborear de un nacionalismo “sin vinchas ni divisas”. Tomemos, entonces, un ejemplo del repertorio del “cantor de las cosas nuestras.

 La canción “El rancho’e la Cambicha” es quizás la más sintomática de esa época. Su autor, el correntino Mario Millán Medina (1914-1977) la había compuesto en 1940 y fue el primer “rasguido doble” de que se tenga memoria. Antonio Tormo la grabó en 1951 y vendió cinco millones de discos. Como la mayoría de las letras del correntino se caracteriza por el tono festivo y humorístico. ¿Por qué prende esta canción entre los “cabecitas”?

La letra puede leerse como el monólogo de un provinciano que se está “vistiendo” para concurrir a un baile en uno de esos locales que denostó Cortázar en un cuento famoso. Se imagina a sí mismo en el Rancho’e Cambicha. Es un experto en las diversas formas del chamamé: “de sobrepaso”, “tangueadito”, “milongueado”. También bailará rasguido doble, “al compás de la acordeona”, “troteando despacito”. Se trata, en realidad, de “un doble chamamé”. Será una “noche de alegría”, “con la dama más mejor”.

El estribillo resalta dos aspectos de la fiesta popular: “la chanza” (“van a estar lindas”) y la seducción: “le hablaré lindo a las guainas/ para hacerlas suspirar”. Se perfila así cierta familiaridad en el trato entre el hombre y la mujer que desecha las formas pacatas de la década infame. La segunda estrofa, a su vez, es una muestra del estado de bienestar de las masas populares. Lucirá “camisa’e plancha”, es decir, de cuello y puño almidonado; estrenará una “bombacha bataraza” (de cuadritos blancos y negros), llevará pañuelo azul celeste, faja colorada y alpargatas nuevas. Son los consumidores recienvenidos. Pero sus colorinches lejos están de la gris y displicente monotonía británica de los sectores oligárquicos, con su corte vergonzante de clase media subalternizada, que se creían únicos dueños de la moda y los modales. Además, el pueblo ha adquirido ciertos hábitos de higiene. Por ejemplo, el uso del agua de colonia. Por eso llevará “un frasco ‘e agua florida para echarle a las guainas”. Más aún, el bienestar se expande y se comparten generosamente costumbres que implican la marca de un hábito de los “cabecitas”: “un paquete de pastillas que a todos convidaré”. El “convidar” como una alegre práctica de la solidaridad y el jolgorio.

Pues bien, por participar del empoderamiento del pueblo, Antonio Tormo, que no era peronista, se convirtió en un Cantor Depuesto.

3.- Carbón, el ángel

El 12 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional sanciona la Ley 13.014, por la que crea dos facultades en la Universidad Nacional de Córdoba: Filosofía y Humanidades y Ciencias Económicas. Los gastos que demandare su cumplimiento se tomarán de rentas generales hasta que sea incluida en el presupuesto de 1947. Promulgada el 25 de septiembre de 1947, y a pesar de un pergamino conmemorativo que siempre lució en el despacho de sucesivos decanos, hay una firma retaceada a lo largo de la historia institucional de la facultad: la del presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón.

Hurgando datos, uno se entera que entre abril de 1948 y marzo de 1951 el decanato de la facultad estuvo ejercido por Severo Reynoso. Así, a secas. Se torna difícil dar con su currículo. Primer dato: era un cura. Segundo dato: la tradición oral recogida lo presenta como un sacerdote sabio y santo, querido por los jóvenes. Tercer dato: durante su decanato se produce, por vía separada, el renacimiento del canto popular. “Conexiones”, diría el cura.

Resulta difícil registrar sus antecedentes académicos. Algo sabemos por algunos elementos autobiográficos que, con el humor típico de los intelectuales del campo nacional, rinde cuenta poética de su vida. Registro dos actuaciones académicas: una su participación, discurso mediante, en el homenaje al prócer bolivariano Deán Gregorio Funes. Nuestro popular Deán Funes propulsor de la libertad de prensa, de la enseñanza universitaria y la justicia social.

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores, columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los que mandan y los que obedecen” (1813).

Por esa época, encontramos al Padre Reynoso en las Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 1949). La publicación es de la Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires, 1950. En el tomo II, pp.833-839 encontramos la ponencia de Severo Reynoso Sánchez (Universidad Nacional de Córdoba). Se titula “El tema cristiano en la filosofía de la religión”. Plantea allí las “conexiones” entre las ciencias. Al filósofo, postula, le interesa la relación entre “Historia y Filosofía, entre Ciencia y Filosofía, entre Religión y Filosofía, etc., pudiéndose afirmar que nada apasiona tanto al hombre de cultura superior, como el resolver la validez del método y el alcance de esas “relaciones” internacionales del saber universal”. Hace referencia a un nutrido banco de lecturas de disímiles orientaciones: C. Barth, R. Otto, C. Dawson, Hilaire Belloc, Maurice Blondel, Brunschvicg, Gilson, Le Roy, Sciacca, Heidegger. Debido a las “conexiones” marcadas se preocupa por delimitar y completar el ciclo racional de los estudios religiosos “y no costaría mucho justificar el objeto propio y consiguientemente el método de cada disciplina respectiva”. Llama la atención este significativo párrafo de la ponencia: “El hombre moderno está cansado de lo “unilateral”, de lo superficial, de lo inmediato, de lo aparente. La aventura existencialista, como filosofía, nos demuestra que el hombre que filosofa, es decir, que piensa en serio (y no simplemente en serie) tiende luminosa o ciegamente, voluntaria o involuntariamente, a una concepción integral de la vida y no a un narcisista juego de palabras o a un elegante, pero inútil debate de academia” (p.838).

Paso ahora a las revelaciones del único libro de poemas, según tengo entendido, del Padre Severo Reynoso: Carbón y yo. Tenía 54 años y la edición lleva la fecha de su cumpleaños. En la retiración de tapa, señala con humor una contradicción que entre su día de nacimiento y su nombre: “Llegué a Córdoba un buen domingo de carnaval a medio día. El almanaque de Acuario señalaba el 18 de febrero de 1912. Pero ignoro porqué se empeñaron en hipotecar mi cara de aquellos días al indesarrugable nombre de “Severo”.

El inicio humorístico nos está avisando de que se trata de un experto en símbolos. Fue así como con el correr de los años, y a pesar de su “evidente falta de severidad constitucional” y a su progresiva afinidad con el carnaval, “el Señor de mi fe se encargó de llamarme, con su reconocido buen humor, al sacerdocio”. Estamos sin duda frente a un escritor y a un virtuoso equilibrista en la cuerda floja del sublime-ridículo marechaliano: el humor angélico y el luminoso misterio. Por eso los motivos del llamado le fueron “cuidadosamente ocultados”: “Para mí siguen siendo absurdos, pero muy claros para mí fe.”

“La novela, cuenta Reynoso, comenzó después cuando dentro de mi persona tres personajes se disputaron progresivamente el diálogo con el Apuntador: mientras el “mono sabio” hacía universidades por Europas, el “duende loco” se ocupaba exclusivamente de hacer versos no muy cuerdos, y el “niño triste” seguía preguntándole a Dios porqué es tan difícil juntar las mitades del hombre dentro del hombre”.

El “mono sabio”, con el prestigio de las universidades europeas, será el Docente Universitario; “el duende loco” será el poeta encargado de reducir en caricaturas sus espejos y desinflar sin compasión sus “adjetivos prestados”. Pero el “niño triste”, que es el amigo de Dios, vuelve a cobrar sentido, se transparenta, porque todo hombre “tiene que anudar dentro de sí, como en la Trinidad, sus tres personas y llegar hasta el fin luchando por su Unidad.”

Sin duda, una aventura metafísica, una conversación con el Apuntador del sainete humano: “Y Carbón “apunta” bien todos días. Aunque “Yo” no siempre lo haya escuchado bien…”.

Carbón, entonces, es un mensajero de luz, es un ángel. El primero de los cuatro epígrafes nos revela su fundamento bíblico: “Uno de los serafines voló hacia mí teniendo en sus manos un Carbón encendido.” (Isaías,6,6).  Hay también un epígrafe de Saint-Exupery: “Adiós, dijo el zorro. He aquí el secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Obsérvese que esta cita es habitualmente mutilada por nuestros “expertos” en ayudas psicológicas. Se olvidan de advertir: “no se ve bien sino con el corazón”. Ese bombo, ese grito, del misterioso “soncco” es uno de los fundamentos del pensamiento popular. Quedan dos epígrafes más. Uno, de Konrad Weiss: “La contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera.”; otra, de Tomás de Aquino, In Met 1,3: “El motivo por el cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso”. Estos paratextos, son una pobre muestra de la profunda fuente de la poética de Severo Reynoso. Faltaría aún la dedicatoria. No la vamos a omitir porque está directamente relacionada con las “presencias” del libro y, además, la persona es frecuentemente mencionada: “A MI MADRE (que me enseñó a sentir lo que después yo supe del Ángel)”.

El primer poema se titula “Prólogo a San Juan” y es el descubrimiento del Ángel: “Y el hombre nació ciego enteramente. / Sólo ve con los ojos. Nada más. / Y otras cosas no ve. Ni el mismo Fuego/ que está dentro de sus ojos. // Y entonces las Llamitas de Dios / se hicieron invisibles/ para el hombre de la tierra. // porque el hombre de la tierra/ sólo mira el Carbón. No ve la Llama/ que duerme en el Carbón…”. Llamará, entonces, Carbón a su ángel, su amigo y compañero.

No tengo espacio para lanzarme en los luminosos simbolismos que circulan por el libro. Voy a transcribir, para finalizar, una aclaración firmada con las iniciales S.R. Está en prosa, pero es una poética.

Concluyo, con esto, dos presentaciones. Antonio Tormo, no era peronista, pero al ser amado por los peronistas, pasó a ser el Cantor Depuesto. Severo Reynoso, un alto intelectual y profundo poeta, ejerció la docencia y desempeñó un cargo universitario durante el período peronista. Casi seguro que no era peronista, pero ¿quién puede dudar de la acumulación de “deposiciones” que cayeron sobre su memoria: Cura Depuesto, Filósofo Depuesto, Docente Depuesto, Poeta Depuesto. Tormo y Reynoso, los dos puntas de un “pensar total”, de la “cueca final” de la “hora de los pueblos”.

Aquí va el texto prometido y.… a “contemplar”, palabra que deriva de “templo”:

“Henri Matisse, en su Capilla de Vence, buscaba para su altar una piedra “color pan”. Y la encontró.

Hay que llevar los símbolos hasta su máxima tensión. Hasta que cada flecha busque apasionadamente su propio arco. Y lo encuentre.

Entonces todo parecerá volver a su paz. A su equilibrio. Aunque por debajo del Arco y de la Flecha los animales de presa prosigan la búsqueda del Canto herido en vuelo. Y lo encuentren.

Yo llamo “Carbón” al Ángel. Su negro riguroso no es más que el Rostro Invisible de la Llama interior. Solamente visible para los que creen en el Fuego.

Yo buscaba un nombre “Color ángel”. Y lo encontré.”

S.R.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba, 5/12/17

Fuentes:

Véase: https://www.ffyh.unc.edu.ar/informacion-institucional/historia-de-la-facultad

Benarós, León, 1999, Cancionero Popular Argentino, Buenos Aires, Ediciones Siglo Nuevo.

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.

Romano, Eduardo, 1973, “Apuntes sobre cultura popular y peronismo”. En: AA.VV. La cultura popular del peronismo, Buenos Aires, Editorial Cimarrón.

Reynoso, Severo, 1966, Carbón y Yo, Córdoba, Ediciones Díaz Bagú.

Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel. Véase: James Daniel: “El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina” (pp.83-129).

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rodolfo-godino-jpegEl 14 de enero de 2016 falleció el poeta cordobés Rodolfo Aldo Godino. Dos días después escribí esta epístola. Nos habían unido la juventud y la esperanza.

Querido Rodolfo: En lo mejor de nuestra juventud demoledora de cánones nos dispersamos y ya no nos volvimos a ver. Recuerdo las tenidas en la revista LAUREL; las reuniones en tu despacho del teatro Rivera Indarte, casa insólita del inefable Romilio Ribero que siempre entraba sonriente como viniendo de un mito luminoso; de las tertulias hasta la madrugada con Osvaldo Guevara, a veces con Daniel Moyano antes de migrar a La Rioja, y otros amigos de poesía insomne, en El Galeón. Teníamos la misma creencia sobre la Patria, pero vos cultivabas la energía secreta de la palabra y yo su algoritmo de bombo.

Juntos compartimos el Primer Premio Laurel 1959. Concurso Alfredo Ottonello Guevara. El alma generosa de Alberto Díaz Bagú nos dio como premio la primera edición de nuestra obra poética inicial. Tu extraordinario El visitante se terminó de imprimir el 15 de octubre de 1961 y fue, además, Premio Nacional “Iniciación” 1960. Mi balbuceante Las circunstancias, vio la luz el 19 de mayo de 1962. En una vieja Minerva, Alberto componía los textos letra por letra. En tu dedicatoria de El visitante, escribiste: “Para Jorge Torres Roggero que conmigo integra la nueva generación de verdaderos poetas cordobeses. Con mi amistad. R. Godino, Cba.4/12/1961”.

Cierta tarde, entrando a tu oficina, me dijiste: “No sabés lo que encontré, mirá”. Era un inmenso tomo, era el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Corrí a la librería Paideia y gasté lo que me quedaba hasta fin de mes de mi sueldo de ferroviario. Era la primera edición de 1948 y estábamos ya en los sesenta. ¡Los avatares del “poeta depuesto”! Poco después, publiqué mi primer ensayo ( “Historicidad y trascendencia en el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal”) en la revista Lugones que estaba a tu cargo.

Una última cosita. Junto al animador de nuestro fervor poético, Alberto Díaz Bagú, fuiste mi testigo de casamiento con tu impecable traje claro. De a uno nos vamos yendo, Rodolfo. En Córdoba descubrieron tarde que eras la “nueva generación de poetas cordobeses” . En mi caso, entre ensayo y ensayo, sigo fiel a nuestras consignas poéticas lo que, por supuesto, no significa excelencia.

Siempre decíamos que nuestro deber de poetas era abrir la jaula discursiva de los dominadores para que el pueblo pudiera gozar de otras dimensiones. En alguno de esos posibles mundos nos encontraremos: vos con tu vaso de leche, que según creías era alivio de tu gastritis; yo, espero, con un vasito criollo de vino común. La literatura de Córdoba y de Argentina han sido engrandecidas con tu fidelidad a la poesía, tu fervor por la buena escritura y tu legado a las nuevas generaciones de “verdaderos poetas”. Recordar es volver a vivir con el corazón (cor, cordis).

16 de enero 2015

Jorge Torres Roggero

La poesía

Atediendo esta pasión, estas voces,rodolfo-godino

este veloz encantamiento del que dispongo

y dispone de mí,

mirando esta lujosa cámara,

esta situación del heredero asombrado

buscando su nombre en los espejos,

su razón en las Palabras Sagradas,

digo desde esta fiebre

que si la lengua del que habita mi tiempo

dispone para mí lo abominable,

lo injusto,

lo que será reclamado,

no se turbará mi rostro

ni mi mano se alzará sobre su cabeza,

pues yo amo este fervoroso clamor.

Rodolfo Aldo Godino, en El Visitante, 1961)

Ya en el siglo XVIII, cuando Tupac Amaru se rebela,  las autoridades prohibieron  la vestimenta tradicional del indio  porque era portadora en sus bordados de  la historia del pueblo; descolgaron los retratos y cuadros porque narraban el esplendor de la identidad humillada; silenciaron las lenguas naturales que hilvanaban el relato de un pasado liberador que  venía hacia el pueblo como porvenir. Todavía en la época de la independencia las lenguas quichua, aimará, guaraní, se hablaban cotidianamente en Suramérica.

 Cuando el Himno Nacional Argentino enuncia  que “se conmueven del Inca las tumbas/ y en sus huesos revive el ardor/ lo que ve renovar a sus hijos/ de la patria el antiguo esplendor” se está refiriendo a una iconografía incaica que nunca dejó de ser la representación críptica de un poder disidente y que, descubierta por el opresor, fue reprimida con saña tras la revuelta de Tupac Amaru.  

La simbología imperial quichua no había perdido continuidad como fuerza proveedora de una palabra liberada. Antes, durante y después de las luchas por la independencia fue asumida en Perú y su zona de influencia cultural como una fuerza redentora.

 En tal sentido, se destaca el misterioso lenguaje de los “khipus”. Ciertos sistemas gráficos de las culturas maya o azteca lograron ser descifrados por los europeos. Pero jamás consiguieron desatar los nudos semánticos de los “khipus”. En ellos, núcleos de energía primordial, se encierra el secreto (pasado, presente y futuro) de nuestros pueblos. Sólo ellos podrán desatar ese peligroso legado que puede hacer estallar el “anarco-capitalismo” y abonar el florecimiento de “las mil flores” de nuestras virtualidades. Desde nuestras propias entrañas, el futuro no deja de anunciar “la hora de los pueblos”. Este poema que escribí hace un tiempo canta la invencible esperanza que todos portamos, a veces sin saberlo, en nuestro corazón. Ciertos juegos de palabras aspiran representar la poderosa libertad latente en las sagradas cuerdas de colores tan misteriosos como el arco iris del escudo incaico.

 Los defectos del texto expresan, más que nada,  mi impericia poética o el exceso de sentido y vida del tema.

VOLVERÁN

Por Jorge Torres Roggero

“Según ellos, los khipus no eran más que un medio rudimentario de que los quechuas se valían para ajustar sus cuentas! (Jesús Lara)

Nadie ha podido todavía ¡nadie!

reconstruir el gozo en estas tierras

y casi nadie sabe ¡todavía!

que el oculto secreto está en los khipus.

 

Hombres de ojos punzón, baba y lujuria,

los quemaron un día,

esparcieron  al viento sus señales,

el  pasado, el presente abominaron,

y  amordazaron la palabra viva

que presagiaba el alba del Gran Día.

 

Y aunque aventaron hasta las cenizas

(polvo  de rayo, epifanía rota)

se  pudre aún en semental mutismo

el  misterioso nudo de los khipus.

Todos los que venimos tan cansados

de  trabajar dos días cada día,

que confiamos los hijos a los pechos

de  una nodriza de pezones biónicos,

y  a veces estiramos la esperanza

como  un chicle y hacemos un globito

de silencio en la punta de la lengua,

tenemos el oscuro sentimiento

de una proto- una pre- una re- una circum-

solución, volución ilusionada:

¡millones y millones de atahualpas

(des-nudos, des-nacidos,  des-nuncados)

vendrán y con sagradas obsidianas

descuajarán el corazón del nudo

gordiano de los khipus!

 

Nada cierto sabemos de ese tiempo

pero ese día llegará y os digo

que el más ayuno de esos atahualpas

orinará sin hiel sobre las tumbas

de los hombres de hierro a hierro muertos.

 

Y tejerán de nuevo la alegría

y nadie olvidará y será la danza

un trabajo viviente en esta tierra

y volverán cantando (y tan unidos)

los que llorando echaron la semilla.