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Por Jorge Torres Roggero

1.- Perón siempre de Juanchau gatica

Partió Alfredo Carlino, poeta, amigo y compañero. Nunca renunció a ser un “poeta del 60”. Metido en la realidad hasta la verija, testimonio vivo; pero, experimentador acérrimo de la palabra en su costado más subversivo y flamante. No concibió la poesía separada de la vida (“quimificada y quilificada”, como diría Ramón Doll). Por eso, en uno de sus poemas, denuncia a: “los poetas sin intimidades, ni extremidades”, a “los que intentaron depredar los afectos del pueblo/ de Martin Fierro y el tango”, a “aquellos de los premios y las antologías/ los que desecharon las broncas y los sueños del combate”, a “los exentos de calentura/ aquellos que veían pasar la vida del poema a su costado”.

Tomo esos retazos, que son banderas, del libro Perón siempre de Juan (1986, 50 págs.). Por supuesto, los “libros” de los poetas populares son siempre “cuadernos” (folletos) pródigos en erratas, de humilde edición y confección comunitaria. Su juntan diversos artistas, fotógrafos, pintores. Se los ilustra con reproducciones de cuadros en desteñido blanco y negro. Por ejemplo, en este caso, con fragmentos de “Visión de la Argentina” de Alfredo Betanin. Todo parece confuso “como el líder que surge del fondo de la tierra”, que “tiene un rostro secreto/ que sólo el pueblo advierte”; que, como la multitud que lo gesta, “se apodera de las palabras” en una “larga asamblea de dolor” porque “todo transcurre en las venas del pueblo”.

Doy un vistazo a la contratapa de Perón siempre de Juan : una fotografía y un epígrafe volante. Aparentemente nada tiene que ver con el contenido del libro, pero, una emoción nos hace tiritar las fibras cuando leemos en las letras nubladas del rótulo que se trata de la presentación del libro Ciudad del tango , en el Auditorium Buenos Aires, el 21 de agosto de 1966. La escena muestra una típica silla de viejo bar (duro asiento redondo de madera y respaldo arqueado),  a  Alfredo Carlino, de pie;  y, sentado frente a una humilde mesita con mantel floreado, con una jarra de vidrio y un vaso con agua, al presentador. ¿Quién será? Luce un típico moño de cinta negra en vez de corbata y señala al poeta con la mano izquierda. Es, nada menos, que Arturo Jauretche. Buen paratexto, buen anuncio del libro que tenemos entre manos. Nos viene a recordar que Alfredo Carlino pertenece a la estirpe de los “malditos” de la oligarquía.

Pero arrimémosnos al prólogo del libro. El “que habla antes” (el prologuista)  lo ha bautizado “Puerta Cancel” e inicia su texto con estos versos de Carlino puestos en mayúscula: “Decíamos tu nombre/ y un pueblo se juntaba/ a escribir la historia”. La cita le da pie para sostener que el nombre de Perón “está necesariamente unido a la poesía”. Reniega, asimismo, del “vaciamiento cultural a que nos llevaron los coloniales”. Gracias a ellos, “los argentinos llegamos a pensar, por un momento, que el Pueblo, el Conductor y la Revolución eran incompatibles con la poesía”. Sostiene que Carlino, poeta con nombre y apellido, es heredero del cancionero de “todos los tiempos”, colector de “la voz militante y épica de las tradiciones que fundamentan la cultura verdadera de los pueblos”. Define a Perón siempre de Juan como un libro de “nuevos cantos” en que resuenan “sin rubor los estribillos populares, el “Peron o muerte” gritado por la multitud de ayer, de hoy y de mañana”.

El prologuista concluye celebrando un poemario que nos refresca la memoria de un capítulo de nuestra historia contemporánea: “El general nos llama y regresa no más porque le da el cuero y el amor”.

Ahora bien, se preguntarán quién es el que abre “la puerta cancel” de este libro. Es, nada menos, que Fermín Chávez.

Carlino me dedica el libro: “Para Jorge Torres Roggero, poeta, compañero y amigo, este testimonio de la lucha de mi pueblo. Un abrazo.” Esa dedicatoria, leída en una época en que los peronistas “se doctorean” y, muy a lo Siglo XXI, tienen vergüenza de nombrarse “compañeros” y se designan por títulos y dignidades, cae bien para recordar algunas viejas enseñanzas de Perón. El General pedía que el trato entre peronistas fuera el de “compañeros”, porque compañero es aquel con el cual se comparte la lucha y el pan. Decía, además, que para ser buenos compañeros, había que ser buenos amigos.

El amigo es aquel en el cual se confía y, la confianza, es la base de la lealtad , virtud esencial. Además, por su etimología, deviene de fe. Sin fe, no hay organización, no hay lucha, no hay solidaridad, no hay esperanza ni sueños. El desleal rompe un fiado, y es un traidor.

Y esto me lleva a la dedicación que Alfredo me dejó en otro de sus libros, “Chau” Gatica (1985, 2da. Ed.). En ella, junto con el abrazo compañero, decía simplemente: “Por los sueños y la lucha”.

Al memorar estas dedicatorias, sólo quería señalar la coherencia profunda de Carlino. Basta mirar la serie que se genera: poeta (poesía), amigo, compañero, testimonio, lucha del pueblo y sueños.

2.- “Chau” Gatica

“Chau” Gatica también es un “cuaderno” (43 págs.) con ilustraciones de Roberto Duarte. El prólogo, esta vez, es de Juan Carlos La Madrid. Sostiene que “el martirologio de Gatica puede movilizar a la estética más decantada y a su formulación cautivante y llena de configuraciones”; pero, lo importante es que en el libro “predomina la ética sobre la estética”.

El prologuista parece un poco asustado ante la estética de Carlino que respira con el aliento confuso de las multitudes del Mono Gatica y es una especie de “cross a la mandíbula”, diría Arlt, para los que separan estética de ética. La Madrid, vestido de prudencia canónica, reconoce que Alfredo Carlino con el fundamento popular del martirologio de Gatica “alcanza el plano poético”; pero, aclara, “en este caso, ético ante todo”. Llega, sin embargo, a una interesante conclusión: en el libro se produciría una dramática polémica entre la “excitación proclive a la estética vacía”, montada “sobre la palabra sin alma”,  y el “tango lento y fatal” de Gatica al que, según el poeta, nunca le perdonaron nada, “ni sus pies descalzos”.

La Madrid recuerda que el mismo Carlino, en su adolescencia, fue un aguerrido pugilista. También pudo haber sido “otro Justo Suárez, otro Gatica”. Como ellos, “pasó años en los gimnasios entre olores de linimento y transpiración de pobres”. Después de haber aludido y eludido prevenciones de poéticas dominantes, concluye por reconocer la singularidad de la poesía de Carlino: “La caja de resonancia de “Chau” Gatica , excelente y extraordinario conjunto de poemas originales, no ha de ser la que retiene rumores sigilosos de seudos hermetismos y falsos vanguardismos; el ámbito de su ronquido se extenderá de esquina a esquina y en el hambre y la desesperación de los millones de Gaticas que impulsan a Buenos Aires hacia su destino”.

En el prólogo de Borges a El Paso de los Libres de Arturo Jauretche, el inefable Georgie, irigoyenista en esa época, zafa destinando el poema, no a la biblioteca y la universidad, sino a las “seis cuerdas”, es decir, a los balbuceos ruidosos del arte popular. A lo mejor es lo que quiere significar La Madrid con la expresión “ámbito de su ronquido”. Pareciera ser un modo de estratificar mirando desde arriba. De todos modos, valiente actitud de La Madrid que aceptó escribir un prólogo laudatorio a un “peroncho” en derrota, seguramente un amigo.

Termino invitándolos a considerar el recorrido de “Chau” Gatica. La primera edición data de 1964. Se avisa sobre otras ediciones. ¿Cuáles son? No están en las librerías, las bibliotecas universitarias, las aulas de estudios superiores. Los poetas del 60 deambulaban por la patria leyendo sus poemas. Lo hacían en clubes, en gremios, en actos públicos, en bibliotecas populares, en encuentros de poetas. ¿Qué más? Circulaban junto a músicos, actores y plásticos por lugares no consagrados por la cultura oficial, por lugares en que las estéticas eran un torbellino babélico que los oídos refinados percibían como confusión y ruido.¿Cuántos pasaron al olvido? ¿Qué olvido?

Carlino, poeta y peronista, fatigador del deporte popular y el tango, enfila hacia el recital en que poesía y música se maridan. Se congrega, así, con otros artistas que andan buscando su voz.

Fíjense. en 1972, tiempo de rebelión y vocerío incesante, “Chau” Gatica se edita en una disco larga duración (un LP). La tapa ha sido ilustrada por Ricardo Carpani y la música es de Rodolfo Mederos y Virgilio Espósito.

Agreguemos. El 16 de junio de 1973, Alfredo Carlino estrena en el Teatro Lasalle una “operita” titulada “Metalúrgica en Re menor, para Felipe Vallese”. La música pertenece a Osvaldo Manzi que la interpreta con su orquesta.

Pensemos en que hay ciclos, más breves, más largos, en que el arte popular esplende y muestra su rostro. Pero, generalmente, es una corriente subterránea, una serie revoltosa que no quiere callarse, que habla sin cesar, más allá de censuras y de miedos. Miren la lista que me dictan los dos cuadernos de Carlino y que lo acompañan en su peregrinación por el corazón del pueblo: Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Ricardo Carpani, Roberto Duarte, Antonio Betanin, Rodolfo Mederos, Virgilio Espósito, Alfredo Gobi (ver el libro Buenos Aires, tiempo Gobi). Y en lo más profundo, “desde el hedor de América”: el Mono Gatica, Juan Perón, el tango.

Alfredo Carlino, “poeta, amigo y compañero”, HLVS, Perón (siempre Juan) vive.

Jorge Torres Roggero

Córdoba, 2 de abr. de 18

Fuentes:

Carlino, Alfredo, 1985, 2da. Edic., “Chau” Gatica,  Buenos Aires, Editorial Docencia

                          ,  1986, Perón siempre de Juan, Buenos Aires, Ed.de la Reconstrucción

Un poema de Alfredo Carlino:

 

“Chau MONO”

Tomabas vino muchacho, tomabas

groseramente vino,

qué feo alcohol, qué feo!

Más te hubiera valido

vender cocaína, hacer negociados,

ser abogado de las compañías de petróleo.

El médico estaba preocupado con tu alcohol

-una larga noche habitada por tu nostalgia-

justamente a la hora en que Buenos Aires

advertía de a llantos con su íntimo y fervoroso silencio

tu partida

una retorcida memoria que nos hacía daño en el

suburbio

porque era honda la nube que estallaba en el corazón

aún más adentro

cinchando porque sí, porque ¡Dale, mono! y tantas

cosas.

Lo que no te perdonan son tus pies delcalzos

remontados como un grito,

una insolencia desde los suaves pastos puntanos,

tu falta de respeto con el juez aquel y en público,

tus coches, la galera, el ademán.

Porque de ser uno más y el anonimato

te creció el olvido

y con tu trigo fantasmal se te dio por meterte de guapo

afiebrado de acontecimientos en el corazón de todos.

Porque no pueden perdonarte tu corazón ingenuo

aún niño

la poesía de pájaros demorada en tus ojos,

tu urgencia por querer ser igual

toda una subversión humana,

las historias de júbilo popular iluminadas de fervor y

distancias

la “Misión Inglesa” el nombre de tu hija, el estrellato.

Lo que no te perdonan son tus sucios pies de canillita

el no haber ido a la escuela,

pero ardiendo siempre como el viento de protagonista

y esa dramática alucinación de querer vivir tuteándose

con la vida.

Pero no importa señores, maten la pasión, la calle, los

gorriones populares

¡Maten! Maten…

Ahora ya no serás más José María,

serás un árbol, un tango,

el barrio enarbolado.

La eternidad, hermano.

Alfredo Carlino, del libro “Chau”Gatica.

 

Del libro Perón siempre de Juan:

ANDÁBAMOS JUNTOS

Te he llevado

en los cafetines como un tango,

donde el amor y los olvidos se ultiman.

En las villas miserias

con Vallese y los mártires.

Te he llevado Perón

en las iras caminadas lentamente.

De pie, entero,

la manera en que fuimos, General,

aun contra todos y de contramano.

Te he llevado Perón

con Juan adentro de la cárcel,

en el salario efímero,

en la desocupación brutal de las ganancias,

en la mirada, en el estandarte,

en la sangre interior que no se viola.

Te he llevado Perón

a los mitines,

en la violencia que nos llegó tremenda y sin aviso,

en la luna de asombro

que afirmamos con los votos de a millones.

Te he llevado

en la esperanza de los humillados,

en el hambre

con que mi pueblo combatió la infamia,

en el intenso silencio de los indígenas,

en el aire fresco de Sandra y Ariel, mi hijos,

voceándote en las manifestaciones populares.

Te he llevado Perón

en la honda bronca de mis hermanos

que anhelaban los cambios en tu nombre

en el Gatica que admiraste

y en la poesía que sembré

llevando al pueblo hasta los tuétanos

Te he llevado Perón

en la mujer que amo,

en las lluvias,

en la antigüedad de las nubes,

y en los ocasos.

Te he llevado secretamente en las proclamas

y en la intimidad del hombre que se entiende en la consigna.

En el corazón de miel

y en el panal de la multitud

que el 17 de noviembre te rescaba.

Te he llevado, Perón, por todos lados,

porque aquí y allá, en esto o en aquello, siempre estabas.

Perón de la enorme estatura

crecido de aves australes,

en el sur más sur de esta tierra del sur.

Te inventaron con pájaros y madreselvas

y en la inaugural mañana de tu nombre,

hubo edictos populares

que resolvieron la ancha ternura

de convocar a un pueblo para cambiarlo todo.

¡Oh Señor de mi Patria

testimonial y único!

Te llevaré con la luz de las masas

para cumplir tu sueño

y en las brevas(sic) que fundaste para el tiempo nuevo.

Tu tango solo y fatal hasta la muerte.

Oh, Perón de arenas y crepúsculos,

Señor de auroras profundas.

Conductor de los fuegos que estallan

para arder los viejos maderos.

Perón del amor, de guitarras y poemas,

te llevaré con tanto Juan

hasta el triunfo final y nuestro.

Alfredo Carlino

 

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por Jorge Torres RoggeroPIONEROS DE LA GLEBA

Aborigen, conquistador, inmigrante, todo aquel que “habita” vive la contradicción, en primer lugar, en su familia y su trabajo. Esto pensaba mientras recordaba un libro de lectura imprescindible. Me refiero a Mentalidades Argentinas (1860- 1930) de A. J. Pérez Amuchástegui. Aplica allí el método de las mentalidades para complejizar el papel de la oligarquía, del criollo y de la inmigración en nuestra historia. Precisa, con documentos y textos literarios,  cómo nuestra oligarquía paternalista tuvo siempre un trato campechano hacia las clases subalternas. Pero, eso sí, debía tenerse siempre en claro cuál era el lugar de la clase dominante y el de los “chinos”,  “guasitos del campo”  y “gringuitos de la chacra”.

Hacia finales del S.XIX y hasta comienzos del S.XX miles de piamonteses poblaron la pampa cordobesa y santafesina. Hacia 1880, los carreros gringos pasaban por el fortín Los Morteros en busca de agua para hombres y animales. Portaban algún Wertein con dos o tres proyectiles. A veces tropezaban con algunos indios, a veces no. En general, sólo se contemplaban cautelosos a la distancia. Los milicos del fortín, barbudos, rotosos, sin tabaco, canjeaban los artículos de los carreros por quesos de cabra.

Los gringos habían traído “su casa” en los baúles: telas de confección casera hiladas a mano, útiles de cocina, planchas de carbón. Enseres, en fin, signos mudos que estos rústicos “contadinos” ágrafos portaban en el registro milenario de su oralidad (Giurda: 1956, 53-87).

Pero las ropas que trajeron de Europa se fueron gastando y las madres, las esposas, las llenaron de remiendos. Entonces, ¿cómo evitar la burla tosca?: “Zuclun!”. Tuvieron que fabricar su calzado con arpilleras o armar suecos de sauce y cuero de animales. Eso sí, guardaron con cuidado sus viejos trajes piamonteses para engalanarse cuando la fiesta convocaba. Y con esos trajes, lo hombres sacaban a relucir viejos vicios: mascar tabaco (chica-cica), fumar con pito (pipa).

Como los antiguos sanavirones, buscaron cobijo transitorio bajo un algarrobo. A la sombra sagrada del “tacu”, se acurrucaron la mujer y los hijos, se arrinconaron los cachivaches. Sin río cerca, cavaron pozos profundos en busca de agua. Con “tepe”, tierra cortada en rectángulos como un adobe de champa, levantaron las paredes de su hogar y techaron con paja como antaño indios y españoles. Con el tiempo, accedieron a las chapas cinc. Desde entonces, todo lo pesado fue a parar a los techos para que los pamperos no los volaran.

Fabricaron bancos, mesas, roldanas, bateas para lavar ropa o leudar el pan, horquillas y palas de madera y hierro. Entregados a la práctica de tallar dichos enseres, duchos ya en el arte de sobrevivir, comenzaron, sin darse cuenta, a confundirse con el criollo. Aprendieron así a fabricar el bebedero para los animales ahuecando troncos, a levantar hornos para el pan, a construir camas de tientos y colchones de chala y paja. El peón criollo les enseñó a trenzar lazos, a formatear arneses, a delinear baldes volcadores de cuero, taleros y caronas.

Las culturas populares se topan y se fecundan en medio del remolino. La historia concreta, sin traductores letrados, entremezclaba el antiguo dialecto de los cátaros y el habla rural de los nativos. ¿Confusión de lenguas? Unos italianos que no hablan italiano y unos chuncanos que ignoran la lengua de escuelas y academias, se dejaban llevar por el sordo rumor del sentido, por la necesidad de sobrevivir en medio del campo. El piamontés: “Aprendió a montar el potro salvaje que el gaucho le entregó manso: a labrar la madera; destroncar montes, banderear la langosta; sembrar como el indio “a pata”; pelear la “saltona”; cercar con palo pique; trillar con yeguas – tarea muy distinta al “bati l’gran” de su lejano Piamonte” (Scaraffia: 1981, 53-55).

¿Qué hubiera sido de la famosa laboriosidad gringa sin el peón criollo? Según Bialet Massé (1968: 104-106), los colonos rusos de Entre Ríos vivían en un notable estado de atraso. Después de veinte años habitaban en cuevas que los criollos habían bautizado: “Las Vizcacheras” (p.116). No sabían labrar la tierra. Apenas la arañaban y por eso perdían las cosechas. Agrega Bialet Massé: “Cuando yo he comparado el modo de ser de estos colonos con el de los indios, no he podido menos que sentirme molesto por la injusticia humana, porque entre unos y otros, en verdad, no hay punto de comparación ni en inteligencia, ni en fuerza, ni en moralidad; la superioridad del mocoví se impone, pero no se la toma en cuenta” (Bialet Massé, 116).

Bialet Massé parece referirse al esfuerzo que, desde la más extrema pobreza, realizaban los colonos judíos. Venían huyendo de los pogroms. Y en su intento, por cierto, logrado, de “habitar el suelo argentino” (exigencia impaciente de Sarmiento) generaron bellas historias verdaderas que enriquecen nuestra cultura y nuestras letras.

Tampoco resultó propicia, en sus inicios, la pampa santafesina. Provistos de “arados, semillas y todos los menesteres para su establecimiento” los gringos vieron fracasar la primera y segunda siembra. Desalentados, desertaron de la colonia “La Esperanza” y se trasladaron a Santa Fe. Allí fueron acogidos por algunas familias de “paisanos” ya afincados en el país. El gobernador Crespo (1858) estudió las causas del fracaso y su investigación deparó sorprendentes emergencias: “…se vio que los colonos no sabían ni arar, ni sembrar, ni segar, ni trillar; el defecto no estaba, pues, en el suelo, ni en el clima, sino en la ignorancia técnica del colono. A vueltas de buscar remedio, y después de un tercer fracaso, cuando los colonos se negaban a volver, se buscaron agricultores criollos y los colonos volvieron acompañados de un criollo para cada familia. El éxito fue completo; la cosecha espléndida obtenida demostró la posibilidad y los pingües rendimientos que la colonización ofrecía” (Bialet Massé: 104).

Los habitantes, los arraigados al suelo, convivieron con los que querían habitar. Y así los colonos, al fin, se ataron al suelo. Difícil imaginar o percibir estos aspectos de la realidad. La actividad de la vida supone la diversidad y la confusión. No se construye con fenotipos sino con genotipos. No con los significados visibles (siempre pasivos y pasados), sino con los significantes ocultos (activos y abiertos al futuro). Son los requechos que pugnan por incorporarse, y, desde las estructuras profundas, acosan sin cesar a las construcciones llamadas “mundo real” o “realidad histórica”. El “exceso de vida” del que alguna vez habló Sarmiento, es una estructura profunda, concreta y presente. La “vida secreta de los pueblos” (expresión también sarmientina) es ciruja; reorganiza y construye con todo lo que encuentra: desechos de soga, maderas carcomidas, cartones enmohecidos, todo es aprovechado para construir formas de poder, modos de añadir sentidos, o sea significados y orientación, a la realidad. Es cierto que los discursos de poder los invisibilizan, los excluyen y lo dan por no existentes.

Sin embargo, desde su precariedad, el pueblo insiste, llegado el momento y en el lugar justo, en repetir antiguos rituales, en albergar secretas rebeldías. Un día, en las colonias piamontesas del noreste cordobés volvió a relatarse en las cocinas y en los boliches la vieja historia del gaucho malo. No eran Andresito Cachilchilín, indio cimarrón, ni Juan Moreira, ni Hormiga Negra, se trataba ahora de Lino Racca, gaucho piamontés, nuevo habitante de la región del Tiyú, viejo pago sanavirón. Según los díceres de la región el nuevo cimarrón era: “…ladrón de caballos, cuchillero, matón, prepotente, desafiador en los boliches, peleador por razones políticas (…) Se trataba de un individuo de buen físico, diestro en el manejo de las armas y bravucón” (Giurda: 67).

Como los antiguos gauchos cantores publicaba sus hazañas a viva voz; ostentaba con orgullo las cicatrices recibidas de las policías bravas de la época y se deslizaba como pez en el agua entre vecinos cómplices: “viviendo a veces herido en los maizales, italiano de origen, adquirió todas las costumbres gauchas, especialmente la de los gauchos alzados de la época de la patria” (Giurda: 67).

Estos relatos solo atestiguan que, haciendo pie en la mezcla de lenguas, la actividad de la vida proseguía su lenta y persistente labor. Llegó así el día en que los peones criollos comenzaron a hablar piamontés mejor que los hijos de inmigrantes y aprendieron a cantar en la nueva lengua y a “comer bagna cauda”. Estas relaciones no eliminaron, por supuesto, el conflicto: sucedió al fin que las hijas del gringo se enamoraron del fuin (sobrenombre infamante traducido generosamente como “negro”). Nació así la fama de racistas de los piamonteses perdidos en la pampa, confundidos con vendedores ambulantes árabes que luego habitarán los pueblos como comerciantes y prevenidos ante la llegada de los circos nómades de los gitanos, milenarios herreros fabricantes de sartenes.

Mientras las chatas descargaban bolsas de trigo en el galpón del ferrocarril, el coro de los abuelos atronaba la cantina y el pueblo con canciones milenarias y estruendosas carcajadas. Deglutían en mesas grasientas ravioles y agnolotis que mezclaban sus olores con empanada y asado.

Por fin, la fiesta como coronación de la vida. En los bailes mezclaron sus compases la “currenta” piamontesa y los pasodobles españoles con rancheras, tangos y danzas nativas. Los cuerpos entremezclados comenzaron a tramar una historia todavía sin escritura y se transmutaron en signos vivientes de lo no-dicho y no-escrito, de lo sin-lugar en academias y universidades.

Pero la confusión también gesta la tristeza. Los hijos de gringo que poblaron universidades, una vez con el título bajo el brazo, sintieron vergüenza del abuelo chacarero, de sus alpargatas barrosas, de sus bombachas batarazas, de su faja negra, de su camiseta transpirada, del tabaco barato de su pipa. Escondiendo su estirpe de pioneros tras la placa de bronce del profesional, dejaron de contemplar el horizonte de la mirada lejana de los ojos del viejo inmigrante. El conoció cantineros que esquilmaban a los borrachos entregados al juego de azar y los envenenaban con bebidas falsas y nocivas: “Se dice de moscatos hechos con yerbas, de cañas falsificadas con tabaco, de grapas con ruda, de vinos con nueces moscadas, pimienta y diversos brebajes (…) Hubo quienes, rejuntaban los sobrantes de vino (de copas y botellas) para después volverlos a vender” (Giurda: 84).

Por cierto, quienes escribían esas historias sórdidas también habían venido a habitar el suelo argentino, también trabajaban de argentinos. A cambio, tenían que soportar a los políticos que se apropiaban del patio y lo usaban de comité. Lugar de reunión que el dueño no podía negarle a pesar de que sabía que se iban a ir sin pagar. Entonces, ¿por qué no cambiar los contenidos de las botellas o servir vinos dulces ordinarios en envase de Cinzano? (Giurda: 84-85).

Tumultuosamente, el pueblo se apropia de las más disímiles tradiciones culturales, las incorpora a la memoria de sus cuerpos vivientes y deja que la vida replete de deseos (utópicos, simbólicos, festivos) la cotidianeidad. La confusión, la mezcla cultural, el mestizaje y sus matices diferenciales desocultan la matriz de las rebeliones sociales y desnudan la hipocresía ideológica de las oligarquías y su séquito letrado.

La risa plebeya persiste, desgasta y hunde en el olvido todas las formas de represión. Las armas de la confusión no son los artefactos tecnológicos sino el derroche orgiástico de la fiesta. El remedo, la burla, la risa siempre inquietaron al opresor porque nacen de experiencias móviles, desconcertantes, ambiguas; de realidades fugaces que siempre escapan del método exacto, del razonamiento riguroso. Desde el fondo de la historia, las multitudes avanzan, hablan “entre dientes” como el río de Tejeda y siempre “a espaldas” de los discursos de poder. Sin rostro, sin nombre, los pobres, incultos, iletrados, ignotos, flacos, abyectos, son objeto de irrisión y materia de execración de la “barbarie ilustrada”. Sucedió, sucede y sucederá, antes y después de la conquista y colonización españolas, antes, durante y después de la emancipación. Lugar del mestizaje y acto continuo del suceder, la realidad se presenta como algo “móvil, inaprensible, inestable e incontrolable” (Gruzinski: 1999):“Fenómenos sociales y políticos, los mestizajes involucran de hecho un número tan grande de variables que confunden el juego habitual de los poderes y de las traducciones y se deslizan entre las manos del historiador que los busca y son menospreciados por el antropólogo amante de los arcaísmos, de las “sociedades frías” o de las tradiciones auténticas (…). Los mestizajes nunca son una panacea, expresan combates en que jamás se ha vencido y que siempre vuelven a empezar. Pero proporcionan el privilegio de pertenecer a muchos mundos en una sola vida” (Gruzinski, 1999, 301, ss.).

Para la otra razón, “la razón mestiza”, cada lengua cuenta y canta a su manera. Sus entonaciones mezclan y profieren gesticulaciones, danzas, tinkus. Discurre una operación de cuerpos sígnicos que hablan sin cesar y, en el aliento significante, se abrazan y procrean.

Cuenta Silvia C. de Fairman (2000, 17) que, cierta vez, se originó en la colonia una tremenda discusión entre dos viejitos judíos que sólo sabían hablar idish. Como ninguno de los dos daba el brazo a torcer, se encomendó al rabino, sabio y justo, que dirimiera la contienda. Debía resolver cuál era la correcta pronunciación en castellano del nombre de un pueblo cercano: Las Moscas. “Mientras un viejo porfiaba con el eco de sus seguidores que se decía “Vas Mosks”, el otro y su banda insistía en que debía pronunciarse “Vos Mosks”. No sé a quién habrá dado la razón el rabino que, por más sabio y justo que fuera, si no sabía hablar castellano correctamente, no estaba capacitado para hablar como juez; pero juro que es una historia real.”

Desde la confusión de lenguas, un pueblo ancestral, experto en sortear persecusiones y padecer pogroms, realizaba la secreta tarea de habitar los nombres que susurraban “entre dientes” en el nuevo hogar. La forma estructural de las cosas, su realidad profunda, ofrecía, en un perdido pueblo entrerriano, una cognoscibilidad que los discursos de poder no tienen en cuenta y no se atreven a mirar de frente. El núcleo enunciativo del discurso hegemónico carece de instrumentos para formalizar lo innombrable (Kusch). Sufre, por lo tanto, el asedio de la confusión, del estado babilónico, final de la historia que predica la intraducibilidad de las “cuencas semánticas”: las raíces de las cosas se resisten a morir y preservan en lo profundo la “ecología semántica” de los pueblos que persisten en renacer. Scalabrini Ortiz sostenía que somos un pueblo “multígeno”, es decir, llamado a una fecunda universalidad.

La fiesta, confusa patria de la plebe, se desquita de la monotonía de los trabajos y los días, de las penas de la vida. En medio de ese remolino, los pueblos establecen el dominio sobre las cosas. La licencia que sobreviene es una experiencia primaria de libertad y, al mismo tiempo, delimita las fronteras de la libertad mediante la repetición de los ritos de pertenencia.

La confusión desata la fuerza genética de los pueblos y del cosmos. En la fiesta de San Juan se queman Judas como denuncia de lo demoníaco y como conjuro. Pero esos Judas suelen representar políticos, patrones, obispos, personajes odiados por el pueblo.

Porque la confusa patria, a veces, desencadena sus significantes ocultos, los pueblos rompen los encantos y demuelen los laberintos. Ha sucedido en la historia argentina. Es bueno estar a la espera. Si, de pronto, emergiera el griterío espantoso como un contradiscurso vociferado por el vacío y las profundidades, no sería extraño que el pueblo haya visto llegada la hora de hacer “tronar el escarmiento”.

Jorge Torres Roggero, Córdoba, 17/12/2017

Fuentes:

Bialet Massé, Juan,1968, 1ª. Ed. 1904, El Estado de las Clases Obreras Argentinas a Comienzos de Siglo, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba. Prólogo y notas Luis A. Despontin

Fairman, Silvia de, 2000, Mate y samovar, Buenos Aires, Lumen

Giurda, Ilmar José, Brossino, Francisco Luis (dibujos), 1986, Fieul Ed Granduja Arvista Piemontesa, Storia, Lenga, Nota. Vita dij Piamontéis an Argentin-a- Anidótich colonial, San Francisco, Córdoba, Mimeo.

Grunzinski, Serge, 1999, La pensé métisse, París, Fujard (Citado por Burucúa, José Emilio, 2011, Corderos y elefantes, Buenos Aires, Miño y Dávila Editores/ Universidad de Buenos Aires.

Pérez Amuchástegui, A.J, 1965, Mentalidades Argentinas (1860-1930), Buenos Aires, Eudeba

Scarafía, Avelino S., 1982, Pioneros de la gleba, Córdoba, Edición del Autor, con grabados de Miguel Pablo Borgarello

Recomiendo leer, en Confusa Patria, el capítulo titulado “Persistencias: la cultura popular barroca”. Los invito, asimismo, con un sencillo poema de Avelino S. Scarafía, de Pioneros de la Gleba. Era docente de taller en una escuela técnica y entrañable compañero. Conservaba viva la tradición “colonial” piamontesa. Colonial, colonia, tenían un significado profundo y familiar  para este oriundo de Josefina, Santa Fe.

LA SÛ PÊR LE MONTAGNE

(Mamma mia dammi centro lire

que in America voglio andar…)

Tiende la navidad su manto níveo

en las laderas fértiles alpinas;

resuena el pan anual con la maseta;

se impacienta el pañuelo con las liras.

Vituallas regateadas en la mesa;

calor de establo; vaho de estrecheces;

castañas que se aroman en el horno;

dorados sueños de lejanas mieses.

(…cento lire e le scarpette

ma in America no, no, no.…)

A cara o cruz se juegan los silencios;

el barco, tentador se balancea;

más al sur y al poniente ya amanece;

hay rostros duros en la larga mesa.

(Sento il fischio del vappore

la partenza del mio amore…)

Nogales y castañas reverberan

nostalgias infantiles de deshielos…

Villa Falletto se ha quedado triste;

L’Orione, con su carga, ya está lejos…

(…la partenza del mio amore

chi sa quando ritornerá…)

Avelino S. Scarafía

por Jorge Torres Roggero

1.- Las dos puntas

CARBON Y YOLas líneas que siguen intentan poner en actividad, no los significados, sino el sentido del viejo dilema sarmientino: civilización/barbarie. Lo voy a referir a una de sus fórmulas más vilipendiadas: libros/alpargatas. Como todos saben, el 16 de octubre de 1945 trescientas mujeres, obreras de los frigoríficos, se congregaron en la calle Nueva York de Berisso. Vivaban a Perón. A ellas se sumaron los obreros. Juntos, iniciaron la larga marcha a la Plaza de Mayo. La columna, cada vez más numerosa, enfiló a La Plata y, al pasar frente a la Universidad, comenzaron a gritar: “Alpargatas sí, libros no”. Luego cantaron el Himno Nacional y concluyeron con silbatinas y burlas. La farsa, el ridículo, la parodia eran ahora un arma. En Rosario, montaron un burro y el jinete llevaba un cartel que decía: “profesores universitarios”. Era el balbuceo que un pueblo que tomaba la palabra como camino para toma del poder y comenzaba a responder con un antidiscurso, potente y rudimentario, al desprecio de las clases autodenominadas cultas.

Con el tiempo, el apotegma fue una y mil veces repetido como un estigma bautismal de la barbarie peronista. En estas épocas de “barbarie ilustrada” (la expresión es del civilizador Juan B. Alberdi) se usa como eficaz falacia para denostar al populismo. En realidad, proviene de una lectura congelada de la categoría sarmientina que su mismo creador se encarga de activar no sólo en diversas obras, sino como polémica interna en el curso de un mismo texto. No son dos polos fijos y cerrados, sino un ir y venir, un va-y-ven, en que se manifiestan las contradicciones que nos otorgan nuestro modo de ser, nuestra riqueza cultural (Varias entradas de este blog tratan este tema).

Kusch llama a este discurso contradictorio que nos representa y nos acosa: “los dos vectores”. El ir y venir encarna, para Kusch, la manifestación de dos pensamientos: pensar causal y pensar seminal. Mientras el pensar causal necesita la verificación constante de la conciencia, el pensar seminal se desplaza, al margen de todo quehacer de la conciencia, en el magma de la sémina redentora. De tal modo, causal y seminal son los extremos de un pensar general. El sujeto requiere, por un lado, la percepción lúcida del objeto; por el otro, cuando la contradicción de torna desgarradora, la afirmación trascendente o plegaria: “Ambos extremos, dice Kusch, son formas necesarias para afirmar la totalidad de la existencia.” En el peronismo, ese modo de ser, se llama armonía y consiste en reconocer que la cultura popular es pensamiento. Más aún, es pensamiento no colonizado. Es, por lo menos, un antidiscurso que, desde una posibilidad no resuelta, encara la tarea de rescatar un pensar total en que pensamiento culto y pensamiento popular son apenas dos aspectos de un solo pensar. Por supuesto, el pensar popular puede no servir para la ciencia, puede resultar confuso. La ciencia nos provee una manera de ver clara, pero la realidad sigue siendo confusa: “El pensamiento popular, sostiene Kusch, dice siempre muchas cosas, el científico una cosa”. Entonces, una vez trazada una urdimbre resistente a la “ansiedad de dominio de occidente”, podemos arrojarnos al ojo del huracán con la certeza de que nada nos va a suceder. Como en la famosa cueca “Las dos puntas” que, en los años 50, Antonio Tormo (1913-2003)  puso de moda, sabemos en “en las dos puntas” alguien nos espera.

2.- El cantor de las cosas nuestras

El rapsoda imaginario de Megafón o la guerra, (Marechal se representa a sí mismo), se define como “el Poeta Depuesto”. Y continúa, “desde fines de 1955 -les dije-, con un pueblo en derrota y su líder ausente, soy un desterrado corporal e intelectual. En nuestra fauna sumergida existen hoy el Gobernante Depuesto, el Militar Depuesto, el Cura Depuesto, el Juez Depuesto, el Profesor Depuesto y el Cirujano Depuesto. No quedó aquí ningún hijo de vecino sin deponer”. Sin embargo, según el Poeta Depuesto, “las “deposiciones” de una contrarrevolución idiota no suelen ir más allá del significado medicofisiológico que también lleva la palabra y sus muertos civiles gozamos de una salud excelente”.

En secreto, aparentemente desde el desistimiento, el pueblo elabora los fermentos de nuevas formas vitales y expresivas. En la novela de Marechal reviste especial interés la rapsodia en que se relata la asamblea extraordinaria del club “Provincias Unidas”, de Flores. El club había sido fundado en 1948. Como casi todos los fundados en esa época (clubes sociales, deportivos, culturales, con fines mutualistas) aún persisten. Basta revisar la fecha de fundación de la mayoría de los clubes de la B metropolitanas o de las divisiones C y D. Eran espacios de agrupamiento de hombres y mujeres provincianos que se trasladaban a Buenos Aires atraídos por el desarrollo industrial. Como las sociedades de fomento de la época de Yrigoyen, conjugaban solidaridad, biblioteca, diversión y, desde lo comunitario, preservaban “las frescuras autóctonas”. Algunas noches, dice Marechal, “el zapateo de los malambos y el vocerío de las chacareras daban a los habitantes de Flores la sensación muy viva de que se hallaban en un carnaval de Jujuy o en trinchera de Santiago del Estero”.

Pero algo tremendo había cambiado el rumbo de las juntadas provincianas. “Sin embargo, dice el rapsoda, aquellas euforias tuvieron un menguante en 1955, no bien la contrarrevolución “libertadora” embarcó a los cabecitas negras en otros cuidados”. Había comenzado la resistencia.

Entre 1946-1955, la cultura popular había tomado la palabra. Ya no existía un discurso único para dar cuenta de la realidad, de la historia, de la cultura, del arte. Aparecen unas poderosas formas de asociación colectiva: la sindicalización, las multitudinarias conmemoraciones políticas (17 de octubre, 1° de mayo), las populosas formas de diversión (bailes de carnaval, estadios repletos, turismo social), y la expansión de la educación (universidad gratuita, universidad obrera). La sexualidad pierde el aire “fruncido” de la década del treinta en que la “virginidad” era un valor de cambio de las “niñas”. Esto desata la furia de los sectores intelectuales, sociales y económicos que sienten el deterioro de sus lenguajes de pertenencia y el derrumbe de pautas jerárquicas que se suponían eternas: ahora se ven obligados a mezclarse con los cabecitas negras en instituciones y territorios que antes eran exclusivos de unos pocos. Cambian los códigos: vestimentas, comidas, peinados. Los recién llegados llenan las plazas: sirvientas, conscriptos, obreros en disfrute del franco semanal y cambian los hábitos de consumo. Los cuentos de Cortázar, Borges, Anderson Imbert, Murena, Martínez Estrada, David Viñas, dan cuenta con un discurso lleno alusiones despectivas sobre la aparición de estos “monstruos” que ejercen violencia, las más de las veces, sobre indefensos estudiantes y niños burgueses o, en todo caso, afean el paisaje urbano.

Los cambios señalados se manifiestan, asimismo, en el modo cómo la cultura popular selecciona sus lecturas. Hay una recepción nueva de los medios de comunicación masiva: diarios, revistas, libros de quiosco, radio, cine, teatro, espectáculos. Eso comporta nuevas exigencias para los intelectuales y artistas. Despreciados por la “alta cultura” colonizada y desvinculada de las necesidades del pueblo, los artistas populares se convierten en intermediarios de necesidades expresivas inéditas hasta ese momento. Un artista puede vivir dignamente de su trabajo como guionista de películas o historietas, libretos radiales, autor de canciones (Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Nely Omar y muchos más). Producen, para una industria cultural en auge, entretenimientos sanos que enaltecen el trabajo, la solidaridad, la familia trabajadora, la juventud, la mujer, los niños.

Uno de estos artistas populares fue el mendocino Antonio Tormo. El mestizaje de su repertorio es un claro ejemplo del ir y venir de los dos vectores del pensar total. Sobreviven el arte popular de épocas anteriores junto a las exigencias de las nuevas masas urbanas venidas de las provincias.  A finales de los 40 se produce un boom del folklore. En 1949, el presidente Perón dictó el decreto 3371/1949 de Protección de la Música Nacional, disponiendo que las confiterías y lugares públicos debían ejecutar un 50% al menos de música nativa. En 1953, la ley N° 14226, conocida como Ley del Número Vivo, dispone incluir artistas en vivo en las funciones cinematográficas. El repertorio de Antonio Tormo incluye canciones de poetas y payadores anarquistas (Mis harapos, La Canción del Linyera, El Huérfano, La limosna, entre otras). Persisten reminiscencias románticas (Las quimeras, Dos que se aman, Eterno Amor). Incluye temas que abarcan la cultura popular latinoamericana (Caballo Viejo, La llorona). Es una estética de las regiones: geocultural.  Cuecas y tonadas cuyanas con tonalidades chilenas; aires norteños que expanden la cultura andino-boliviana; chamamés, guaranias, rasguidos dobles unen nuestro litoral con Paraguay, Brasil y Uruguay.

El pueblo consume cultura. El vals “Amémonos” vendió un millón de simples. Un extenso auditorio sigue a Antonio Tormo. “El cantor de las cosas nuestras” congrega multitudes en los clubes. Los cabecitas, nombrados, perfilados, valorados en su arte, responden al cantor con su lealtad y su afecto. Un público fervoroso levantaba pancartas peronistas: se sentían integrados, por el arte, a un proyecto de justicia social, de independencia económica, de soberanía política. Aunque Tormo nunca se declaró peronista, padeció desde setiembre de 1955 la censura y la persecución de la dictadura “libertadora”. Sus discos y actuaciones fueron prohibidos. Pasó a ser un “Cantor Depuesto” más. Con él se silenciaron los audiciones radiales de música folklórica argentina.

En su programa “El canto perdido”, de Radio Belgrano, Buenaventura Luna intentaba realizar una “antología bárbara” del “canto perdido en las tradiciones argentinas”. Ponía en actividad, de ese modo, los sentidos ocultos de la oposición civilización-barbarie de su comprovinciano Sarmiento, cuya versión oligárquica, sumía en el campo semántico de la barbarie a la tradición oral de raíz afro-hispano-aborigen. Decía Buenaventura Luna: “Los provincianos han dejado de ser provincianos vergonzantes y se han animado a entonar las canciones del terruño en todos los puntos de la gran capital”. Advertía, asimismo, cierto desencanto ante lo foráneo y el alborear de un nacionalismo “sin vinchas ni divisas”. Tomemos, entonces, un ejemplo del repertorio del “cantor de las cosas nuestras.

 La canción “El rancho’e la Cambicha” es quizás la más sintomática de esa época. Su autor, el correntino Mario Millán Medina (1914-1977) la había compuesto en 1940 y fue el primer “rasguido doble” de que se tenga memoria. Antonio Tormo la grabó en 1951 y vendió cinco millones de discos. Como la mayoría de las letras del correntino se caracteriza por el tono festivo y humorístico. ¿Por qué prende esta canción entre los “cabecitas”?

La letra puede leerse como el monólogo de un provinciano que se está “vistiendo” para concurrir a un baile en uno de esos locales que denostó Cortázar en un cuento famoso. Se imagina a sí mismo en el Rancho’e Cambicha. Es un experto en las diversas formas del chamamé: “de sobrepaso”, “tangueadito”, “milongueado”. También bailará rasguido doble, “al compás de la acordeona”, “troteando despacito”. Se trata, en realidad, de “un doble chamamé”. Será una “noche de alegría”, “con la dama más mejor”.

El estribillo resalta dos aspectos de la fiesta popular: “la chanza” (“van a estar lindas”) y la seducción: “le hablaré lindo a las guainas/ para hacerlas suspirar”. Se perfila así cierta familiaridad en el trato entre el hombre y la mujer que desecha las formas pacatas de la década infame. La segunda estrofa, a su vez, es una muestra del estado de bienestar de las masas populares. Lucirá “camisa’e plancha”, es decir, de cuello y puño almidonado; estrenará una “bombacha bataraza” (de cuadritos blancos y negros), llevará pañuelo azul celeste, faja colorada y alpargatas nuevas. Son los consumidores recienvenidos. Pero sus colorinches lejos están de la gris y displicente monotonía británica de los sectores oligárquicos, con su corte vergonzante de clase media subalternizada, que se creían únicos dueños de la moda y los modales. Además, el pueblo ha adquirido ciertos hábitos de higiene. Por ejemplo, el uso del agua de colonia. Por eso llevará “un frasco ‘e agua florida para echarle a las guainas”. Más aún, el bienestar se expande y se comparten generosamente costumbres que implican la marca de un hábito de los “cabecitas”: “un paquete de pastillas que a todos convidaré”. El “convidar” como una alegre práctica de la solidaridad y el jolgorio.

Pues bien, por participar del empoderamiento del pueblo, Antonio Tormo, que no era peronista, se convirtió en un Cantor Depuesto.

3.- Carbón, el ángel

El 12 de septiembre de 1947 el Congreso Nacional sanciona la Ley 13.014, por la que crea dos facultades en la Universidad Nacional de Córdoba: Filosofía y Humanidades y Ciencias Económicas. Los gastos que demandare su cumplimiento se tomarán de rentas generales hasta que sea incluida en el presupuesto de 1947. Promulgada el 25 de septiembre de 1947, y a pesar de un pergamino conmemorativo que siempre lució en el despacho de sucesivos decanos, hay una firma retaceada a lo largo de la historia institucional de la facultad: la del presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón.

Hurgando datos, uno se entera que entre abril de 1948 y marzo de 1951 el decanato de la facultad estuvo ejercido por Severo Reynoso. Así, a secas. Se torna difícil dar con su currículo. Primer dato: era un cura. Segundo dato: la tradición oral recogida lo presenta como un sacerdote sabio y santo, querido por los jóvenes. Tercer dato: durante su decanato se produce, por vía separada, el renacimiento del canto popular. “Conexiones”, diría el cura.

Resulta difícil registrar sus antecedentes académicos. Algo sabemos por algunos elementos autobiográficos que, con el humor típico de los intelectuales del campo nacional, rinde cuenta poética de su vida. Registro dos actuaciones académicas: una su participación, discurso mediante, en el homenaje al prócer bolivariano Deán Gregorio Funes. Nuestro popular Deán Funes propulsor de la libertad de prensa, de la enseñanza universitaria y la justicia social.

En 1949, en el bicentenario de su natalicio, Córdoba imprimió frente a la urna que guarda los restos de Gregorio Funes una cita que reza: “Salvad en vuestra constitución, ante todas las cosas, al pobre: el Estado no tiene derecho sobre la miseria” (1814). El Deán Funes, pensador heterodoxo, hubiera entendido el nuevo “pacto social” que en la década del cuarenta del S.XX incorporó a los trabajadores, columna vertebral de la estructura básica de la nación, al parlamento. La Universidad Nacional de Córdoba, por su parte, transcribió este mensaje del ilustre Rector y Reformador de sus estudios: “Las luces de la razón y la religión, propagadas por la enseñanza pública deben tarde o temprano hacer la felicidad de los que mandan y los que obedecen” (1813).

Por esa época, encontramos al Padre Reynoso en las Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía (Mendoza, 1949). La publicación es de la Universidad Nacional de Cuyo, Buenos Aires, 1950. En el tomo II, pp.833-839 encontramos la ponencia de Severo Reynoso Sánchez (Universidad Nacional de Córdoba). Se titula “El tema cristiano en la filosofía de la religión”. Plantea allí las “conexiones” entre las ciencias. Al filósofo, postula, le interesa la relación entre “Historia y Filosofía, entre Ciencia y Filosofía, entre Religión y Filosofía, etc., pudiéndose afirmar que nada apasiona tanto al hombre de cultura superior, como el resolver la validez del método y el alcance de esas “relaciones” internacionales del saber universal”. Hace referencia a un nutrido banco de lecturas de disímiles orientaciones: C. Barth, R. Otto, C. Dawson, Hilaire Belloc, Maurice Blondel, Brunschvicg, Gilson, Le Roy, Sciacca, Heidegger. Debido a las “conexiones” marcadas se preocupa por delimitar y completar el ciclo racional de los estudios religiosos “y no costaría mucho justificar el objeto propio y consiguientemente el método de cada disciplina respectiva”. Llama la atención este significativo párrafo de la ponencia: “El hombre moderno está cansado de lo “unilateral”, de lo superficial, de lo inmediato, de lo aparente. La aventura existencialista, como filosofía, nos demuestra que el hombre que filosofa, es decir, que piensa en serio (y no simplemente en serie) tiende luminosa o ciegamente, voluntaria o involuntariamente, a una concepción integral de la vida y no a un narcisista juego de palabras o a un elegante, pero inútil debate de academia” (p.838).

Paso ahora a las revelaciones del único libro de poemas, según tengo entendido, del Padre Severo Reynoso: Carbón y yo. Tenía 54 años y la edición lleva la fecha de su cumpleaños. En la retiración de tapa, señala con humor una contradicción que entre su día de nacimiento y su nombre: “Llegué a Córdoba un buen domingo de carnaval a medio día. El almanaque de Acuario señalaba el 18 de febrero de 1912. Pero ignoro porqué se empeñaron en hipotecar mi cara de aquellos días al indesarrugable nombre de “Severo”.

El inicio humorístico nos está avisando de que se trata de un experto en símbolos. Fue así como con el correr de los años, y a pesar de su “evidente falta de severidad constitucional” y a su progresiva afinidad con el carnaval, “el Señor de mi fe se encargó de llamarme, con su reconocido buen humor, al sacerdocio”. Estamos sin duda frente a un escritor y a un virtuoso equilibrista en la cuerda floja del sublime-ridículo marechaliano: el humor angélico y el luminoso misterio. Por eso los motivos del llamado le fueron “cuidadosamente ocultados”: “Para mí siguen siendo absurdos, pero muy claros para mí fe.”

“La novela, cuenta Reynoso, comenzó después cuando dentro de mi persona tres personajes se disputaron progresivamente el diálogo con el Apuntador: mientras el “mono sabio” hacía universidades por Europas, el “duende loco” se ocupaba exclusivamente de hacer versos no muy cuerdos, y el “niño triste” seguía preguntándole a Dios porqué es tan difícil juntar las mitades del hombre dentro del hombre”.

El “mono sabio”, con el prestigio de las universidades europeas, será el Docente Universitario; “el duende loco” será el poeta encargado de reducir en caricaturas sus espejos y desinflar sin compasión sus “adjetivos prestados”. Pero el “niño triste”, que es el amigo de Dios, vuelve a cobrar sentido, se transparenta, porque todo hombre “tiene que anudar dentro de sí, como en la Trinidad, sus tres personas y llegar hasta el fin luchando por su Unidad.”

Sin duda, una aventura metafísica, una conversación con el Apuntador del sainete humano: “Y Carbón “apunta” bien todos días. Aunque “Yo” no siempre lo haya escuchado bien…”.

Carbón, entonces, es un mensajero de luz, es un ángel. El primero de los cuatro epígrafes nos revela su fundamento bíblico: “Uno de los serafines voló hacia mí teniendo en sus manos un Carbón encendido.” (Isaías,6,6).  Hay también un epígrafe de Saint-Exupery: “Adiós, dijo el zorro. He aquí el secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Obsérvese que esta cita es habitualmente mutilada por nuestros “expertos” en ayudas psicológicas. Se olvidan de advertir: “no se ve bien sino con el corazón”. Ese bombo, ese grito, del misterioso “soncco” es uno de los fundamentos del pensamiento popular. Quedan dos epígrafes más. Uno, de Konrad Weiss: “La contemplación no descansa hasta que encuentra el objeto de su ceguera.”; otra, de Tomás de Aquino, In Met 1,3: “El motivo por el cual el filósofo se asemeja al poeta es que ambos tienen que habérselas con lo maravilloso”. Estos paratextos, son una pobre muestra de la profunda fuente de la poética de Severo Reynoso. Faltaría aún la dedicatoria. No la vamos a omitir porque está directamente relacionada con las “presencias” del libro y, además, la persona es frecuentemente mencionada: “A MI MADRE (que me enseñó a sentir lo que después yo supe del Ángel)”.

El primer poema se titula “Prólogo a San Juan” y es el descubrimiento del Ángel: “Y el hombre nació ciego enteramente. / Sólo ve con los ojos. Nada más. / Y otras cosas no ve. Ni el mismo Fuego/ que está dentro de sus ojos. // Y entonces las Llamitas de Dios / se hicieron invisibles/ para el hombre de la tierra. // porque el hombre de la tierra/ sólo mira el Carbón. No ve la Llama/ que duerme en el Carbón…”. Llamará, entonces, Carbón a su ángel, su amigo y compañero.

No tengo espacio para lanzarme en los luminosos simbolismos que circulan por el libro. Voy a transcribir, para finalizar, una aclaración firmada con las iniciales S.R. Está en prosa, pero es una poética.

Concluyo, con esto, dos presentaciones. Antonio Tormo, no era peronista, pero al ser amado por los peronistas, pasó a ser el Cantor Depuesto. Severo Reynoso, un alto intelectual y profundo poeta, ejerció la docencia y desempeñó un cargo universitario durante el período peronista. Casi seguro que no era peronista, pero ¿quién puede dudar de la acumulación de “deposiciones” que cayeron sobre su memoria: Cura Depuesto, Filósofo Depuesto, Docente Depuesto, Poeta Depuesto. Tormo y Reynoso, los dos puntas de un “pensar total”, de la “cueca final” de la “hora de los pueblos”.

Aquí va el texto prometido y.… a “contemplar”, palabra que deriva de “templo”:

“Henri Matisse, en su Capilla de Vence, buscaba para su altar una piedra “color pan”. Y la encontró.

Hay que llevar los símbolos hasta su máxima tensión. Hasta que cada flecha busque apasionadamente su propio arco. Y lo encuentre.

Entonces todo parecerá volver a su paz. A su equilibrio. Aunque por debajo del Arco y de la Flecha los animales de presa prosigan la búsqueda del Canto herido en vuelo. Y lo encuentren.

Yo llamo “Carbón” al Ángel. Su negro riguroso no es más que el Rostro Invisible de la Llama interior. Solamente visible para los que creen en el Fuego.

Yo buscaba un nombre “Color ángel”. Y lo encontré.”

S.R.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba, 5/12/17

Fuentes:

Véase: https://www.ffyh.unc.edu.ar/informacion-institucional/historia-de-la-facultad

Benarós, León, 1999, Cancionero Popular Argentino, Buenos Aires, Ediciones Siglo Nuevo.

Marechal, Leopoldo, 1970, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.

Romano, Eduardo, 1973, “Apuntes sobre cultura popular y peronismo”. En: AA.VV. La cultura popular del peronismo, Buenos Aires, Editorial Cimarrón.

Reynoso, Severo, 1966, Carbón y Yo, Córdoba, Ediciones Díaz Bagú.

Torre, Juan Carlos (comp.), 1995, El 17 de octubre de 1945, Buenos Aires, Ariel. Véase: James Daniel: “El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina” (pp.83-129).

rodolfo-godino-jpegEl 14 de enero de 2016 falleció el poeta cordobés Rodolfo Aldo Godino. Dos días después escribí esta epístola. Nos habían unido la juventud y la esperanza.

Querido Rodolfo: En lo mejor de nuestra juventud demoledora de cánones nos dispersamos y ya no nos volvimos a ver. Recuerdo las tenidas en la revista LAUREL; las reuniones en tu despacho del teatro Rivera Indarte, casa insólita del inefable Romilio Ribero que siempre entraba sonriente como viniendo de un mito luminoso; de las tertulias hasta la madrugada con Osvaldo Guevara, a veces con Daniel Moyano antes de migrar a La Rioja, y otros amigos de poesía insomne, en El Galeón. Teníamos la misma creencia sobre la Patria, pero vos cultivabas la energía secreta de la palabra y yo su algoritmo de bombo.

Juntos compartimos el Primer Premio Laurel 1959. Concurso Alfredo Ottonello Guevara. El alma generosa de Alberto Díaz Bagú nos dio como premio la primera edición de nuestra obra poética inicial. Tu extraordinario El visitante se terminó de imprimir el 15 de octubre de 1961 y fue, además, Premio Nacional “Iniciación” 1960. Mi balbuceante Las circunstancias, vio la luz el 19 de mayo de 1962. En una vieja Minerva, Alberto componía los textos letra por letra. En tu dedicatoria de El visitante, escribiste: “Para Jorge Torres Roggero que conmigo integra la nueva generación de verdaderos poetas cordobeses. Con mi amistad. R. Godino, Cba.4/12/1961”.

Cierta tarde, entrando a tu oficina, me dijiste: “No sabés lo que encontré, mirá”. Era un inmenso tomo, era el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Corrí a la librería Paideia y gasté lo que me quedaba hasta fin de mes de mi sueldo de ferroviario. Era la primera edición de 1948 y estábamos ya en los sesenta. ¡Los avatares del “poeta depuesto”! Poco después, publiqué mi primer ensayo ( “Historicidad y trascendencia en el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal”) en la revista Lugones que estaba a tu cargo.

Una última cosita. Junto al animador de nuestro fervor poético, Alberto Díaz Bagú, fuiste mi testigo de casamiento con tu impecable traje claro. De a uno nos vamos yendo, Rodolfo. En Córdoba descubrieron tarde que eras la “nueva generación de poetas cordobeses” . En mi caso, entre ensayo y ensayo, sigo fiel a nuestras consignas poéticas lo que, por supuesto, no significa excelencia.

Siempre decíamos que nuestro deber de poetas era abrir la jaula discursiva de los dominadores para que el pueblo pudiera gozar de otras dimensiones. En alguno de esos posibles mundos nos encontraremos: vos con tu vaso de leche, que según creías era alivio de tu gastritis; yo, espero, con un vasito criollo de vino común. La literatura de Córdoba y de Argentina han sido engrandecidas con tu fidelidad a la poesía, tu fervor por la buena escritura y tu legado a las nuevas generaciones de “verdaderos poetas”. Recordar es volver a vivir con el corazón (cor, cordis).

16 de enero 2015

Jorge Torres Roggero

La poesía

Atediendo esta pasión, estas voces,rodolfo-godino

este veloz encantamiento del que dispongo

y dispone de mí,

mirando esta lujosa cámara,

esta situación del heredero asombrado

buscando su nombre en los espejos,

su razón en las Palabras Sagradas,

digo desde esta fiebre

que si la lengua del que habita mi tiempo

dispone para mí lo abominable,

lo injusto,

lo que será reclamado,

no se turbará mi rostro

ni mi mano se alzará sobre su cabeza,

pues yo amo este fervoroso clamor.

Rodolfo Aldo Godino, en El Visitante, 1961)