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Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero

Rabino Pinto1.- Los místicos y los mensajes de lo alto

Los problemas del  CoronaVirus, ¿fueron profetizados en el libro de Ezequiel?  Así parece demostrarlo un rabino místico residente en Marruecos. Para quienes estamos inmersos en la adoración de los ídolos del anarcocapitalismo, seguramente sus palabras resultarán el corolario de un exaltado pensamiento mágico. Ello sucede porque hemos perdido la facultad de conectarnos con los mensajes de vienen de lo Alto, de respirar el misterioso aliento del Espíritu.

Apabullados por lo fáctico y coyuntural de la historia profana, prisioneros del pensamiento metonímico (causal) vagamos ayunos de otras lógicas posibles que suelen manifestarse con fuerza en la cultura popular. En ella, por ejemplo, tiene una especial resonancia vivencial la palabra “mística”. También los poetas, casi desangelados, captan, en medio dolorosas búsquedas, fragmentos luminosos de esos misteriosos mensajes.

Ahora bien, aún en las épocas más oscuras, en todas la religiones, perviven, a veces ignorados o desoídos, “los justos”, ciertos hombres o mujeres, estudiosos de los textos sagrados y entregados a la oración para preservación del pueblo que les da cobijo. En este aspecto, es sumamente rica nuestra cultura judeocristiana tal como lo atestiguan las Sagradas Escrituras. En todas las época surgieron del medio del pueblo sacerdotes, jueces, reyes, pastores analfabetos, que, arrebatados por una hierofanía, fueron elegidos por el Misericordioso para enviar mensajes a la humanidad, sobre todo, cuando las culturas se entregaban a los desenfrenos de la idolatría. Hoy, sin duda, el ídolo es el dinero y su séquito de perversiones gobernando el mundo desde las bóvedas blindadas de los bancos, desde la invisibilidad de los circuitos virtuales. Son las cuevas inasibles donde las masas hambrientas  y la naciones traicionadas son sometidas  por el Imperialismo Internacional del Dinero.

Hubo épocas en Occidente en que, en grandes ciudades de España, Italia, Francia, y otras, sabios cristianos, judíos y musulmanes desentrañaban juntos, en oración y estudio, los libros sagrados y sacaban conclusiones para la historia concreta. Todo se ha oscurecido. Quizás sea conveniente revisar, en esta época, el papel, en la historia sagrada, de las mujeres como guías y profetisas del pueblo: ¿cómo no recordar a Myriam, Ana, Débora, Judit y muchas más? ¿O la madre de Jesús de Nazaret y las mujeres que seguían al maestro por los caminos de Tierra Santa? ¿O las Santas Doctoras como Hildegarda, Catalina de Siena, Teresa de Jesús o la discípula de Husserl, monja carmelita y víctima de la Shoá Santa Edith Stein? No siempre el elegido es el más santo, sino quien está listo para recibir y  transmitir el mensaje. En este caso, el rabino Pinto, descendiente de una familia de sabios con capacidad de hacer milagros, ha cometido algunos deslices de los cuales se arrepintió públicamente. Consejero de las élites económicas, con una fuerte impronta jasídica  y cabalística, es también un benefactor de los más humildes que siguen sus enseñanzas.

Quien esto escribe es solo un literato. Quizás un mal lector. Sólo quería introducir, desde la poética, esta  noticia que encontró en Radio Jai, transcripta del Israel News. La presento con pequeñas variantes impuestas por una necesidad narratológica.

2.- La visión del rabino

Transcribo: “El surgimiento del coronavirus ha sido sorprendentemente rápido. El 31 de diciembre, el gobierno de China trató los primeros casos del coronavirus que aparecieron en la provincia de Wuhan. Las primeras muertes fueron reportadas solo once días después. Diez días después, el virus se había extendido a otros países de Asia y un día después de eso, se informó el primer caso en los EE. UU. Un mes después de ser informado los primeros casos, la World Health Orgaization declaró emergencia sanitaria global y se impusieron restricciones a los viajes.”

A principios de enero, cuando el coronavirus era un problema poco conocido en un lejano remanso de China, el rabino Ioshiahu Yosef Pinto, un rabino místico israelí de fama internacional que actualmente vive en Marruecos, anunció haber tenido una visión.

“Todos saben que soy muy cuidadoso con lo que digo”, dijo el rabino Pinto a sus seguidores en un discurso grabado. “En Shabat, tuve una visión que no era para nada simple. Está a punto de producirse una enorme conmoción en el mundo en la escala del asesinato de un líder mundial o los ataques terroristas del 11 de septiembre. Será una escala muy difícil y vendrá en formas que son muy difíciles. Todos los judíos deben reunirse y fortalecerse para orar y arrepentirse. El mundo sufrirá una conmoción que pasará a la historia como una de las peores. Esto comenzará en unos pocos días. Tenemos que comenzar ahora mismo para endulzar el juicio”. Sin duda, glorificar al Altísimo es un poderoso refugio: “Servirás a Hashem tu Dios, y Él bendecirá tu pan y tu agua. Y yo quitaré la enfermedad de en medio de ti”. (Éxodo 23:25, La Biblia de Israel ™)

“La semana pasada, el rabino Pinto hizo una declaración confirmando que su visión era sobre el coronavirus: “Es importante no permanecer ambivalente”, dijo el rabino Pinto. “Debemos estar preparados. Lo que está sucediendo en China se está convirtiendo en una catástrofe global y las consecuencias llegarán a casi todos los rincones del mundo. Esto pronto quedará claro para todos. No estoy tratando de asustar a nadie. Solo vengo a decir la verdad. Desde el brote, decenas de miles han muerto en China, millones han estado retenidos en cuarentena durante varias semanas. Los que no mueren por la enfermedad mueren de hambre. Pronto, el suministro de alimentos se agotará y las fuerzas de seguridad se darán cuenta de que también están en cuarentena y tratarán de salvarse”.

 “Muy pronto, la gente comenzará a darse cuenta de que se está ocultando mucha información al público sobre cómo el gobierno está encerrando a las personas en sus casas. Estamos entrando en el período más difícil que el mundo ha experimentado en varios siglos”.

“La economía del mundo está equilibrada en China, pero China está al borde del colapso total. Todas las tiendas que venden productos chinos deberán cerrar. Ya no hay China tal como la conocemos. Esto ya ha sucedido. Los únicos productos chinos que tenemos en las tiendas son los que estaban en los depósitos antes del virus. Y habrá aún más plagas, más epidemias. China estará completamente en cuarentena”.

“El rabino citó una fuente profética para el coronavirus: “Derramaré mi ira sobre Sin, la fortaleza de Egipto, y destruiré la riqueza de No. Encenderé fuego a Egipto; Sin se retorcerá de angustia y No se desgarrará; y Noph se enfrentará a los adversarios a plena luz del día (Ezequiel 30:15 -16). En hebreo moderno, ‘Sin’ (סין) es el nombre de China.”

“Sé que lo que digo es aterrador, pero cada uno de nosotros tiene que rezar por el mundo entero, encender velas y buscar el perdón de Dios. Necesitamos orar por la redención como nunca antes”.

El rabino Pinto dijo varias palabras de consejo: recomendó que tuviéramos mucho cuidado de no tomar préstamos o contraer nuevas deudas. En una declaración separada, el rabino Pinto aseguró a sus seguidores que a Israel le irá mejor que a otros países. “Cada nación tiene su ángel designado que es responsable de lo que le sucede a la nación, ya sea para bien o para mal. Cuando los ángeles pelean, hay guerras en la tierra entre esas naciones”.

Cualquier judío que deba viajar en este momento debe prestar especial atención a leer las secciones de la Torá que tratan sobre los vagabundeos de los judíos en el desierto. También debe aprender las secciones de la Torá que tratan sobre el incienso en el tabernáculo, ya que era una protección contra la enfermedad, pero esto solo se debe aprender durante el día.”

Hasta aquí, el texto de A.E. Berkowitz. Ahora, como decía el maestro Marechal, a pescar “según anzuelo y carnada”. El Rabino Pinto sostiene que cada nación tiene su ángel. También las ciudades cuentan con un ángel protector. En esta ciudad Córdoba del Tucumán, nuestros antepasados dejaron un testimonio de esa creencia. Cuando vayan al centro, párense en la Plaza San Martín, admiren la catedral y observen: en las esquinas de la torres están representados los ángeles protectores de nuestras ciudad. Vestidos con ropas, no de españoles, sino de aborígenes, otean hacia los cuatro puntos cardinales dispuestos a alertar a población haciendo sonar  las trompetas de  portan en sus manos. ¿Son una defensa material, un ornato? ¿O son también un contrafuerte simbólico, un vallado mágico, una muralla espiritual contra los enemigos del alma?¿Podrán ahuyentar malarias y enfermedades?

En fin, como habrán obervado, la exégesis del Rabino Pinto, es sumamente breve y más bien precaria. Pero nos dio la oportunidad de irnos alegremente por las ramas. Juego peligroso. ¿Peligro de caerse? Seguro. Total, como decía mi abuela, “del suelo no va a pasar”. Y ella, cuando rezaba por todos, conversaba con los ángeles y los santos.

Por Adam Eliyahu Berkowitz- Israel news (16/02/2020). Adam Eliyahu Berkowitz es escritor de reportajes de Breaking Israel News. Llegó a Aliyah a Israel en 1991 y sirvió en las FDI como médico de combate. Berkowitz estudió la ley judía y recibió la ordenación rabínica en Israel. Ha trabajado como escritor independiente y dos obras de ficción, The Hope Merchant y Dolphins on the Moon, están disponibles en Amazon. Vive en los Altos del Golán con su esposa y sus cuatro hijos.

Traducido por Alicia Weiss para Radio Jai

Introducción y recopilación: Jorge Torres Roggero

 

por Jorge Torres RoggeroEVO EN EL SUELO

1.- Sobre turbas y cívicos

Partiremos de las crónicas de diarios bolivianos y su versión sobre lo sucedido durante el golpe de estado contra Evo Morales. ¿Por qué la representación subvierte la realidad? ¿Por qué el pueblo que defiende sus derechos y su dignidad es presentado como “vándalo”, es decir, horda errante y bárbara? ¿Por qué los paramilitares ostentan el “civilizado” apelativo de “cívicos”? Trataremos de leerlos con el soporte de la sabiduría popular develada por R. Kusch y descubrir, así, que más allá de la coyuntura política, económica, de “hegemonía” imperial, el pueblo es el portador de la victoria y la felicidad de todos.

Memoremos algunas crónicas del día 12/11/19 en algunos diarios bolivianos. El Diario cuenta  que “grupos de vándalos que enarbolan la Whipala se desplazaron en diferentes puntos de la ciudad”. Para La Prensa ocurrieron jornadas delincuenciales protagonizadas por “milicias masistas” que queman puestos policiales y roban documentos relacionados con investigaciones sobre narcotráfico. Es fácil advertir cómo ya se está anticipando el tenor de la persecución “jurídica” al gobierno popular derrocado. Porque dice más: el centro de operaciones está en Chimoré y Guayare. Desde allí Evo Morales (al que alude sin nombrarlo) imparte órdenes a “miles de hombres y mujeres armados”.

El diario Página 7 cuenta que los alteños (los de El Alto) marchan en contra de los policías. ¿Cuáles son sus razones? Los policías quitaron de sus uniformes un símbolo patriótico y lo quemaron. Han mancillado algo sagrado. ¿Cómo es posible, dicen los alteños en lucha, que hayan quemado la Whipala, cómo es posible que la hayan cortado? La  Whipala , dicen, es una conquista, es un derecho. El pueblo alteño siente como una mutilación y su cuerpo social se duele, se queja y se rebela y padece en su cuero curtido por siglos de resistencia. La  Whipala  es un símbolo de los pueblos. “No es de un partido, es de los pueblos”, dice un vecino. Y agregan: “No podemos permitir que la gente hable de indios, de hordas. Nosotros los alteños somos personas de bien, trabajamos todos días y no somos como dicen las redes sociales” (La Razón). Ese es el motivo por el cual algunos policías, según El Día, “fueron obligados a besar de rodillas la bandera Whipala – símbolo que fue retirado a la mañana de sus insignias policiales- y recién los dejaron libres”. El pueblo no tortura, exige respeto.

Tenemos entonces una idea general: según la prensa, las “turbas”, o sea, el pueblo organizado defendiendo sus derechos, quema y destruye. En cambio, los “cívicos” (réplica anacrónica de nuestros crueles “comandos civiles” de 1955) “ordenan” la vida. Curiosamente cuando tratan de definir a los cívicos, los engloban con los “periodistas y políticos de la oposición” entre los que están el rector de la principal universidad, los médicos en huelga y los estudiantes universitarios.

Los diarios sostienen  que  “el orden” será restablecido por la policía y las fuerzas armadas “en coordinación con los cívicos” (El Diario). Ahora bien, los cívicos son los que quemaron y saquearon la casa de la hermana de Evo Morales, los que vandalizaron la incomparable biblioteca de García Linera y rociaron con nafta los cuerpos atados de los familiares de funcionarios del Mas bajo la amenaza de achicharrarlos si no renunciaban. Son los que humillan a las mujeres aborígenes por sus polleras y sus cimbas, los que apalean y patean cuerpos caídos. Ellos, por fin, robaron y quemaron urnas y actas de los comicios para invalidar la elección. En otras palabras, representan una barbarie supuestamente ilustrada y blanca movida por el odio, el miedo al otro y la venganza; en cambio, lo que los diarios llaman “grupos vandálicos”, marchan sabiamente organizados, tienen conciencia de su dignidad y sus derechos vulnerados. Padecen, además, represión, violencia, tortura, violaciones. Sin embargo, a pesar de todo,  los alteños marchan cantando “No tenemos miedo” (El Diario). García Linera , ya con un pie en el avión rumbo al destierro, carga un pedazo de tierra boliviana: “lo tendré al lado del corazón y más pronto que tarde lo volveré colocar en su lugar”(Los Tiempos,12/11/19).

Evo Morales , antes de partir, se ha refugiado entre los suyos. Sabe que la Embajada y los poderosos lo quieren muerto. Por eso se radica. Acude al arraigo, al origen, a la intemperie inicial. Está “tumbado en el suelo”, en el puro estar, pero avisando por Twitter que “volverá con más fuerza y energía” (El Día). Está en el seno de sus organizaciones, “los hermanos de las federaciones del trópico”. Ellos le brindan “seguridad y cuidado”.

Los diarios resaltan que los alteños llevan como unamcham (estandarte) la  Whipala  y un gran número se cubre con el aguayo. Las funciones ancestrales del aguayo son muchas : desde portar la carga, hasta ser  cuna de un niño en la espalda. Pero también se extiende sobre la tierra para ofrendar a la Pachamama, o es usado como mantel el día de los muertos sobre las tumbas de los antepasados para compartir el alimento, o, simplemente, sobre el suelo familiar para celebrar la liturgia del comer y beber en comunidad. Evo dormido en el suelo sobre una precario aguayo ( colcha sin los colores vivos de la alegría de ser), ya está soñando futuras batallas.

2.- El miedo a pensar

Kusch siempre insiste en que hay que “animarse” a pensar, a “tantear” lo no dicho, el otro lado. Es necesario revestirse de un ánimo que nos induzca a perder el miedo, a arriesgar relaciones nuevas, a pronunciar lo innombrable, a desaprender para aprender. Esto obliga, en primer lugar, a  aceptar nuestra precaria individualidad de “sujetos culturales sin cultura” y a reconocer que el sujeto real es social, es el pueblo.

Nuestra primera tarea, postula Kusch, es animarnos a pensar lo propio. Todo intento de pensar en Latinoamérica nos divide en nuestros adentros y en nuestro afuera social: reproduce lo que no somos, mientras lo real, como la semilla, se subsume en las profundidades del mero estar. Quedan escindidos, así, el ser que vive y el ser que piensa.

Estas elucubraciones  sirven para trasportarnos a un primer episodio que funcionará como   soporte de nuestra meditación. Cuenta Kusch que, cierta vez, uno de los estudiantes que lo acompañaban en su trabajo de campo preguntó al brujo Ceferino Choque “cómo le iba a ir en Estados Unidos”. Era, a no dudarlo, uno de nuestros frecuentes becarios. Choque, que usaba las hojas de coca tanto para adivinar como para aconsejar, le pidió que “aquiete su corazón, aquí no más siempre va a estar bien”. Al rato, como mirando para adentro, sentenció: “No quiere ir, pero no quiere quedar acá; está doblado su corazón, está dividido su pensamiento”.

Choque, desde los adentros del pensamiento popular, plantea la fisura profunda entre dos formas de conocer que no pueden completarse aisladas: el corazón doblado divide el pensamiento. Pero el corazón se aquieta con el aquí no más, en el lugar del estar bien.

Lo que el yatiri enuncia es una indicación para radicarse y pensar lo propio. En efecto, pensar lo propio se refiere a un pensar culturalmente arraigado. La palabra arraigo es uno de los signos del pensar según Kusch. Como todo lo que implica “raíz”, se relaciona con suelo: “Detrás de toda cultura está siempre el suelo. No se trata del suelo puesto así como la calle Potosí en Oruro o Corrientes en Buenos Aires, o la pampa, o el altiplano, sino que se trata de un lastre en el sentido de tener los pies en el suelo, a modo de punto de apoyo espiritual, pero que nunca logra fotografiarse porque no se lo ve […] Y ese suelo así enunciado que no es ni cosa, ni se toca, pero pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura. (Geocultura del hombre americano).

Kusch postula que sin suelo no hay arraigo y, sin arraigo, no hay sentido. No hay cultura como casa del hombre: sólo una mímesis propicia a la   invasión depredadora. Accedemos así a una de las categorías que formalizan la matriz conceptual del pensamiento kuscheano:  geocultura, pero no es, por ahora, objeto de estas líneas.

Una primera reflexión sobre el paradigma que se preformula mediante la   lectura diferente que proponemos, desnuda nuestra carencia de una imagen mental que pueda enunciar las palabras que el brujo Ceferino Choque “lee” en las hojas de coca. Sentimos entonces, llenos de dolor y perplejidad, la estrechez de nuestra mirada y nos negamos a pronunciar “el mal que nos aqueja” y nos entumece:  el miedo. Miedo de pensar lo propio. Con tal de eludir la intersección entre pensamiento y suelo (lo que permitiría leer las hojas coca u oler la Biblia) se levantan barreras y se instauran sensores epistemológicos en las universidades, en los medios de comunicación y en el discurso político y estético. Uno de los separadores (constructos) más persistentes y depredadores es el destinado a distinguir entre pensamiento culto y pensamiento popular.

El primero, según este estereotipo, toma como modelo la racionalidad científico técnica: es sistemático y enciclopédico; el segundo, en cambio, parece destinado a pensar las áreas marginales de nuestras naciones y de nosotros mismos. Sin embargo, según vimos, “Detrás de toda cultura está siempre el suelo.” Pero no como lugar, sino como “lastre” que nos arraiga, o “punto de apoyo espiritual” invisible, no fotografiable. Es fundamento.

3.- Oler la Biblia: los signos del hedor

Kusch recuerda el famoso encuentro entre el Inca Atahualpa y el fraile Valverde. El cura le presenta la Biblia, el Inca no conoce la escritura del invasor, ignora de qué se trata y, entonces, la huele. Pensar lo nuestro, concluye, es algo así como ponernos de parte de los que huelen la Biblia, en vez de leerla. Oler nos propone que hay que animarse a conocer de otro modo, es sospechar que la escritura ha sido, no instrumento de liberación, sino  un modo de dominio en América y compendio del saber del amo (Geocultura del hombre americano)

Por eso el intelectual debe animarse a que lo consideren inculto y bárbaro para dejar de ser  un “sujeto cultural sin cultura”. ¿Por qué limitarnos a repetir una cultura letrada que no es la nuestra; por qué atribuirle patente de universalidad? Oler instaura una fase de sospecha: posibilidad de que el libro sacralizado por el canon esconda alguna traición. Atahualpa fue torturado por oler la letra. Oler es un modo otro de conocer.

En el golpe de estado de Bolivia, el jefe de los paramilitares cívicos, entró a la casa de gobierno portando una Biblia. Para exorcizar el recinto, había que desalojar a  la Pachamama (el suelo, el sustento) y la Whipala. Viejo error del colonizado: no saber dónde está parado, construir en el médano. Desgraciadamente, el intelectual convertido en “sujeto cultural sin cultura”, refleja en el espejo de su pensamiento el temor y el odio de los explotadores al pueblo. Porque el sujeto cultural en América (el filosofante, el lector, el culto) no somos los sujetos individuales letrados y arropados de libros extraños. En última instancia, el acto de pensar lo innombrable es el misterioso poder de un sujeto social:  “lo que llamamos pueblo”.

América Profunda desarrolla algunas de las formas del miedo entre los intelectuales, políticos y clases medias urbanas. Surge así que el miedo más paralizante es el de ser primitivos: pasar a la categoría de turba o vándalos. Si nuestro conocimiento tiene por objeto la realidad y no lo que de ella dicen los libros, habremos construido su representación.  Pero una representación se construye con signos y el signo que se levanta y flota sobre nosotros permitiendo que se intersecten todas nuestras contradicciones y que se ponga en movimiento el acto de conocer es el hedor.

A veces nos convencemos de que nuestro deber es, retrogreso vergonzante, avistar la tierra prometida del primer mundo. Nos pillamos, como advirtió Jauretche, y nos creemos investidos de la racionalidad de Occidente, de la pulcritud de las guerras “sin sangre” de CNN, sin muertos a la vista por virtud de cierta cirugía electrónica.

Pero, nos topamos ahí nomás con el cólera bajando por el Pilcomayo; con unos compatriotas víctimas de ríos contaminados por los civilizados. A “esos indios”, bajo la acusación de ignorancia, les atribuimos la peste que nos amenaza. He aquí que los cultos sienten, aterrados e indefensos, el contacto con las víboras que invaden las ciudades durante las inundaciones. Entonces se tiene miedo del tren cargado de bolivianos que bajan a la zafra, el tabaco o la vendimia, a las villas miserias del Gran Buenos Aires pobladas por generaciones de correntinos, paraguayos, por más riojanos que en La Rioja, por más santiagueños que en Santiago del Estero.

Ese rostro sucio siempre debe ser lavado para ponerse presentable. Por lo tanto, habrá que arrancar las vías y los trenes, así eliminamos la segunda clase, los vagones abarrotados de golondrinas. En “este país” todo se echa a perder y los servicios “nunca funcionan”. Privaticemos, enajenemos, entonces, el cuerpo y el pensamiento.  (Pensamiento Indígena y Popular en América)

Para vencer ese miedo, es necesario hacer algo impensado, algo que ya se considere superado: revivir lo más profundo de nuestro miedo, volver a estar expuestos al rayo, al trueno y al relámpago, estar echado en la manta cocalera. Subsumirse en la precariedad más antigua de la especie, hundirse en las regiones que el mito del progreso y de la técnica creen haber solucionado. Porque nuestra extrema pulcritud carece de signos para expresar el miedo. Si la pulcritud es una forma impuesta y el hedor lo informe y viviente, es hora de perder la “fascinación ante las cosas nombrables” y arrostrar el riesgo de “aventurarse a indagar las innombrables” (Pensamiento indígena y popular en América).

Accedemos así a una categoría que reviste especial importancia en Kusch: la de operador seminal.(Geocultura del hombre americano)  El operador seminal es un elemento constitutivo del símbolo y funciona como articulador entre la “reificación y la determinación emocional, como participante de la cosa y todo lo que no es la cosa” y conlleva la respuesta profunda que constituye al sujeto. Así cobran sentido los colores de la  Whipala y la celebración comunitaria con su carga energética. Y la fuerza invencible del pueblo. ¿Por qué las crónicas insisten que los alteños van cubiertos con los aguayos? No lo pueden comprender, pero una sabiduría ancestral nos dice que el aguayo, de múltiples colores y significados, está relacionado con el arraigo del pueblo y la solidaridad de las generaciones. Desde la época de Tupac Amaru vienen queriendo censurar el mensaje de las vestimentas. Porque la resistencia se repliega, a veces, en los cuerpos.

Yendo y viniendo entre lo útil y lo inútil, el operador seminal  totaliza el habitar, “constituye, a modo de simple promesa, el domicilio y da en un sentido (…) una plenitud a la existencia”. No clasifica, distribuye sentido: porque el sentido también debe ser distribuido de acuerdo a la “ley del corazón”.

Así como los pontífices de la lingüística, la filosofía, la semiótica y la psicología fundan sus aproximaciones con los nombres y las figuras de la mitología griega, Kusch se provee en la mitología incaica de los operadores seminales como formalizadores y distribuidores de sentido. Llamaremos a ese operador seminal hervidero espantoso. Esta nominación tiene su residencia en un suelo mental que está más acá del pensamiento occidental y sirve para definir la función del estereotipo en la historia concreta.

4.- La cruz de piedra y el hervidero espantoso

Entremos en este mitologema. Cerca del 1600, el padre Ávila se topó con el indio Joan de Santacruz Pachacuti yamqui de Salcamayhua. Fue en Cacha, unas cuantas leguas al sur de Cuzco, cerca del templo de Viracocha. Yamqui es un tratamiento o apellido y con él se designa a los más nobles de aquella comarca, “cuyo origen era una fábula”. Los españoles andaban por ahí haciendo redadas porque entre los indios habían cundido las herejías. Cristóbal de Medina, en su Relación de las fábulas y ritos de los incas cuenta que: “…creyeron que todas las huacas del reino, cuantas habían los cristianos derrocado y quemado, habían resucitado….y que ya las huacas andaban por el aire secas y muertas de hambre porque los indios no le sacrificaban ya…Y así fue que hubo muchos indios que temblaban y se revolcaban por el suelo, y otros tiraban pedradas como endemoniados, haciendo visajes…  [ diciendo] que la huaca fulana se le había entrado en el cuerpo”.  (América Profunda)

Los españoles reprimieron con saña a estos piqueteros del S. XVII, cuya supuesta irracionalidad los condenaba a la no-existencia. Lo cierto es, que como en el cuento  borgiano, en el S.XXI se repite la escena en Bolivia. En medio de ese hervidero espantoso ocurrió el encuentro entre el cura y el yamqui. Este, para explicar su concepción del mundo, le dibujó el esquema del altar del templo de Coricancha del Cuzco. Observa Kusch que una lectura actual asimilaría esa estructura gráfica a los trazados de los alquimistas del renacimiento y el barroco. Los tentados por esa ciencia sagrada, precursora de la química, como Giordano Bruno, Pico della Mirandola y muchos más, fueron también víctimas de represión, tortura y hoguera. Se avecindaban en las afueras del pensamiento único de la época: eran innombrables..

Uno de los cinco momentos de la manifestación de Viracocha, “dueño del  hervidero espantoso” ( manchay ttemyocpa), llamado unamcham , que significa signo o estandarte, era Tunupa.

Elegimos este tercer signo porque nos ilustra la concepción kuscheana del acto de conocer. En efecto, Tunupa, como fórmula ritual, significa “que va siendo mundo”. Es un desdoblamiento de Viracocha caído en el suelo como signo de la formalización necesaria. Crear un mundo, piensa Kusch, supone una vinculación entre dios y mundo. El mundo amorfo contamina al dios.

Pero, en el acto de creación, Viracocha, que es sólo teoría, pensamiento puro, lo que había que enseñar y debía permanecer incontaminado, carga, convertido en Tunupa, con el polvo de los caminos y se mancha en el hervidero espantoso: es hedor, rostro sucio. En él se materializa la enseñanza de Viracocha. Como un pobre y andrajoso peregrino, llega a los Andes de Carabaya.

Construye luego una cruz y entra a predicar la “doctrina del señor” en Carabuco, a orillas del Lago Titicaca. Enarbolando la cruz cósmica, avanza sobre las tinieblas, sobre el terrible hervidero cuyo caudillo es el jaguar terrorífico.  Tunupa, apresado y despedazado por el felino (uthurunku), ha enterrado la cruz en Carabuco. El caos la quiere destruir, pero ella se convierte en semilla y vuelve a aparecer portada por el harapiento peregrino que la petrifica, es decir, la formaliza. Esta muerte ritual nos arroja al milenario y tremendo complejo vital que, acosados por el miedo a lo desconocido, desintegramos de la mente racional.

Evo Morales “echado en el suelo” es la puesta en acto del mito que irrumpe en el horizonte del habla, permite proferir lo innombrable, exorciza el caos y conquista un equilibrio (cruz petrificada) como armonía de forma y vida. Por eso en la derrota, puede predicar la paz y la concordia.

Se ha construido así una representación del conocimiento como teoría y práctica del hacer. En América, postula Kusch, se nos presentan las cosas como absolutamente hechas. Y se lo hace en nombre de una “moral y estoicismo que ya fueron abandonados” en Occidente.

Esa sumisión a lo preformado nos lleva a reconsiderar el operador seminal  miedo. Hace más de quinientos años que nos empeñamos en suprimir lo vital: “miedo a dejarse estar, no sea que uno pierda el prestigio de hombre civilizado” o “no solucione urgentemente las cosas” (cfr. Pensamiento Indígena…). El miedo de vivir lo paraliza todo. Y en primer lugar el miedo de vivir lo americano. Moralidad, artes, política, son reducidos a un simple “canon que subsume la verdadera vida”.

4.- La Whipala ardiente

Ahora bien, si el pensamiento seminal “se mueve entre extremos innombrables, pero aunque pase a segundo plano, sigue acompañando, de cerca, las más racionales de las afirmaciones”, nos vemos obligados a reintentar la pregunta inicial que nos formula Kusch: ¿Cómo concebir al sujeto cultural en América?¿Cómo animarse a modos nuevos de conocer más acá (que es donde estamos) del canon?¿Cómo petrificar el signo o estandarte que captura el acto fulgurante en que lo racional se moviliza hacia lo real y lo real impregna lo racional?

Quizás sea preciso aceptar que en América lo viviente permanece como un entierro (tesoro guardado bajo tierra) en el subsuelo social: “En América lo viviente pertenece al subsuelo social, se asocia a la negación de la ciudad al punto de hacer arrancar a Borges la exclamación de que el Martín Fierro suele ser defendido por la anti-inteligencia”.

En lugar del arte de la forma y de los contenidos neutros con que fabricamos la universalidad, una vuelta a lo biológico, a la condición ameboidal (,”Anotaciones para una estética de lo americano” ) que  revuelca,   sin forma, en el charco barroso de la realidad su capacidad de sobrevivir y sustraerse a la estructura social opresiva. El conocimiento de lo real, antes de ser formalizado, es sólo una semilla enterrada en el espacio geocultural: germen de pensamiento sin correspondencia alguna con aquello que hemos convenido en clasificar como tal.

Las formas occidentales no tienen consistencia ante lo americano. América siempre se corre más acá de las formalizaciones de los superpoderes (leyes, constituciones, escuelas, universidades, medios, ciencia).

Kusch menciona a Juan Moreira. La obra de Gutiérrez desregulariza las formas teatrales europeas y perfila un género propio: el teatro criollo. Sobreviene una mudanza en el espacio: no en el teatro, en el circo; no sólo en el escenario, en el picadero. Entre una confusión de vestimentas, dialectos, gritos, música, caballos y fogonazos, el sujeto cultural cuestionaba su supervivencia en el margen mediante el despliegue vital de Moreira. Es el triunfo de lo humano sobre el caos, es el conjuro (la formalización) del hervidero espantoso. Todo lo sin solución, propone salvación en Martín Fierro, en Juan Moreira, en el arte popular, en el ritual del tango, en los reprofundos del subsuelo social, en la Whipala, en el aguayo: en todo lo inconfesable de América. Claro que eso exige una ascesis al sujeto. No ya un sujeto biográfico o inteligencia individual, sino sólo gestor, sujeto de una acción en que el pueblo agota el fenómeno cultural como puro proyecto.

La cultura, la gran obra, ya no será privativa de un sujeto kantiano (una categoría), sino de la comunidad que ve en ella una especial significación. Ser creador de arte, de pensamiento, de política, consistirá entonces en convertirse en instrumento de una totalidad inteligente ante un requerimiento de formalización.

Con frecuencia, los instrumentos provistos por la universidad dejan al intelectual indefenso ante lo americano. Kusch propone estar para ser. A lo mejor cuando aprendamos a estar echados entre las guascas del Viejo Vizcacha o tirados como el Cacique de Juan Moreira “sobre un montoncito de tierra recién movida” o entubados al respirador jadeante del bandoneón de Troilo, habrá comenzado lo que nos toca de pensamiento a proferir,  la palabra de nuestro estar siendo. Como Evo Morales, “echado en suelo sobre una manta”, bajo cielo encimado de un precario toldo, a la intemperie, estando con el todo el pueblo para ser. Parece no estar, pero está; parece no ser, pero es. Quemando el estandarte, pretendieron desterrarlo y desalmarlo, pero la Whipala, hace milenios, no deja de arder en el corazón del pueblo.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, 14/12/19

Bibliografía:

Kusch, Rodolfo, 1975, América Profunda, Bs.As., Bonum

                       , 1976, Geocultura del Hombre Americano, Bs.As., Fernando García Cambeiro.

                     , 1977, Pensamiento Indígena y Popular en América, Bs.As., Hachette.

                     , 1985, “Anotaciones para una estética de lo americano” (En: IDENTIDAD, Segunda Época, Revista de la Fundación Ross, Rosario). 

por Jorge Torres Roggero

JOAQUIN V. GONZALEZ1.- Una ley histórica

En estos días siento flotar sobre mi cabeza una nube tóxica de odio. Por un lado el Presidente incita a que lo voten “sin argumentos”. Se trata de una apelación a dejar de lado la racionalidad en la próxima competencia electoral. ¿Qué pretende? Sin duda  “fabricar” un sujeto acrítico, manipulable, vaciado de significados y sentimientos profundos, sometido a una ciega pulsión pasional cuyos componentes básicos son el odio y la demonización del adversario.

No cabe duda de que cuando convoca a sus seguidores por las redes y les dice que “no se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones ”, está agitando las raíces del odio. A los odiadores no les fue dado analizar ni pensar. Les basta  redoblar su esfuerzo en el odio, que como es ciego, no les dejará ver que en ese odio caen sus propios derechos y beneficios.

Por otra parte, el odio también ha ganado mentes supuestamente esclarecidas. En Infobae (06/08/19), veo que el escritor Marcelo Birmajer “respaldó las políticas del gobierno nacional y salió al cruce de las advertencias “irracionales” que hacen desde el Frente de Todos sobre un nuevo triunfo de Mauricio Macri. “El kirchnerismo es un virus que corroe la inteligencia”, declaró. El “virus de la inteligencia” es una apelación para destruir todo pensamiento disidente. Un virus es el mal, lo que debe ser aniquilado. Es como “extirpar” la excrecencia, la “grasa militante”. El escritor dice eufemísticamente “kirchnerismo”. En realidad quiere decir “peronismo”. Para el intelectual subrogante de la oligarquía y el imperialismo, el peronismo es un recinto de barbarie, plebeyismo, irracionalidad, populismo.  Por eso no es extraño que refuerce su “voto sin argumento” con una apelación a una autoridad extraña y amenazante: “El FMI y Donald Trump tienen una empatía mayor con Cambiemos que con el kirchnerismo”, sostuvo Birmajer.

2.- Del indio Panta a la ley del odio

El “mal que aqueja” a las minorías plutocráticas, y sus apéndices cultos, desde inicio el mismo de la patria, es el miedo al pueblo. Ese miedo ostenta una  manifestación social regresiva: el odio. Por eso estas disquisiciones sobre la “ley del odio”. El descubridor de esa ley histórica fue un riojano preocupado, dentro de sus contradicciones, por encontrar el advenimiento de la concordia y la fraternidad . Les cuento cuándo y cómo accedí, por primera vez, a un texto de Joaquín V. González.

El capítulo IV de Mis Montañas (1956) se titula “El indio Panta”. Es la historia de un indio que, con su caja, acompañaba tanto procesiones y cultos religiosos como noches enteras de farra gritando alegremente ¡aro! en los gatos y zamacuecas. Un tarde se reunió con sus amigos y les avisó que los iba a dejar: se marchaba a la guerra. Dejó su caja a los pies de la Virgen, en la iglesia; y se dispuso a partir. Durante las guerras civiles siempre había estado enrolado, pero siempre volvía. “Ya ha vuelto Panta”, decían los vecinos y se empezaban a preparar para los bailes. Con humor inagotable, él mantenía la “felicidad del pueblo” entre músicas y jaranas.

Panta ensilló su mula, abrazó a todos. “¡Adiós, hermanos!, les iba diciendo. Los aldeanos fueron a despedirlo y lo vieron alejarse con lágrimas en los ojos. Y un indio anciano, con voz baja y temblorosa, dijo: “Pobre Panta, ya no volverá”. Y Panta no volvió de la guerra del Paraguay, guerra ignominiosa, paradigma de la “ley del odio”.

Esa especie de cuento es uno de los primeros textos de literatura argentina que recuerdo. Integraba un libro de lectura del primario (en esa época eran verdaderas antologías); y la maestra nos lo leía para enseñarnos entonaciones, pausa, actitud corporal, todos esos paratextos que constituyen a la lectura en un mundo infinito. Lo cierto es que para mí, Panta no murió. Cada tanto vuelve a mi memoria y yo vuelvo con él a mi infancia: ¿vuelve en la voz amada de mi maestra, en la vivencia de mi infancia feliz de “único privilegiado” o en la vieja edición de Tor que ahora hojeo (y ojeo) con nostalgia?

Lo cierto que Joaquín V. González no es un destacado escritor, pero es un polígrafo, un constitucionalista, un propiciador de universidades, un historiador, y sus textos nunca son ajenos a una poética. Siempre encontraremos, en sus recovecos, entramados y secretos inmemoriales, nudos de sentido para desenredar. Uno de ellos es su doctrina de la “ley del odio”.

En efecto, puesto a desentrañar el sentido de nuestra historia, creyó encontrarlo en lo que él llamaba la “ley del odio”: “Esa ley de nuestra historia que nos impide sentir como un solo corazón y es un “elemento morboso” que trabaja en el fondo del alma nacional desde el primer momento de la Revolución de Mayo” (Canal Feijóo, 262).

En Argentina, postula, alarma el persistente desarrollo de odios ancestrales y odios domésticos. En la lucha política no sólo se combate por la salud de la patria, sino por el aniquilamiento y exterminio del adversario: “la propaganda victoriosa, la actitud más aplaudida y más feliz, son las inspiradas en el odio y la ferocidad” (Vanossi,287): “…en todas las esferas de nuestra sociedad, no hay más que la revelación del odio contrarrestando todos los buenos esfuerzos, malogrando todas las iniciativas fecundas y matando hasta las más grandes inspiraciones. Hay que matar el odio, porque es la enfermedad congénita del pueblo argentino” (en: Estudios de Historia Argentina).

La ley del odio según Joaquín V. González representa una idea de “regresión histórica”. En el juego dialéctico de la “ley del odio” advierte dos factores reaccionarios: 1) Una dualidad categórica entre clases dirigidas y clases directivas; 2) Esa “antinomia completa” hace imposible la “conjunción y asociación de ideas y fuerzas” por la “diferencia de nivel y de planos”.

Desde su visión intelectual muy marcada por el pensamiento anglosajón, ¿hace referencia a dos Argentinas, una popular (dirigida) y, otra destinada a mandar (directiva)? En otros términos, ¿propicia la sumisión del pueblo como salida?, ¿o propicia una regulación que auspicie la cooperación y el encuentro? ¿Es imposible una nación con explotadores y explotados?

Lo cierto es que Joaquín V. González insistía: “estamos enfermos de odio”. Empecinado, se ponía a pensar el modo de resolver nuestras diferencias. Se preguntaba: “¿Será la moral, será la religión, será el arte, ese medio ambiente destinado a reconciliar las diferencias y las causas de lucha y exterminio entre los hombres y los ciudadanos?” (Canal Feijóo, 263).

Entonces clamaba: “auscúltense los corazones”. Y llamaba a “volver a la primitiva sinceridad de la conciencia, a aceptar ciertas formas rituales, una especie de recogimiento religioso”; y a confesar que nos hallamos en una situación (recurría aquí a  Tagore) en que “no nos amamos porque no nos comprendemos y no nos comprendemos porque no nos amamos” (cit.,263).

2.- Un argentino contradictorio

Como buen argentino, J. V. González era un hato de contradicciones. En efecto, se confesaba europeísta y anglófilo. Consideraba que, una vez eliminados “por diversas causas” los elementos “degenerativos e inadaptables” como el indio y el negro, quedaban “sólo los que llamamos mestizos por la mezcla de indios y blanco”. Confiaba en que, una vez “suprimidos los elementos de degeneración o corrupción” que significaron “debilidad, agotamiento, extinción (…),falta de resistencia para el trabajo creador y reproductivo…, quedaba un producto selecto de sangre blanca pura o depurada”.

Este darwinismo racista se contradice con el J. V. González creador y propulsor de un Código de Trabajo que, rechazado en el parlamento con el voto de socialistas y convervadores, recién vio concretarse sus sabias propuestas en las leyes sociales  del Coronel Perón y los derechos incorporados a la Constitución de 1949. José Ingenieros, criticando al “partido de Juan B. Justo por esa actitud, decía que eso “costará diez, veinte o cincuenta años de lucha para conseguir lo que ahora se combate”. Y no se equivocó en su pronóstico. (Ramos, 1961, 296).

Recordemos que para elaborar el proyecto de Código de Trabajo, J. V. González, ministro del interior de Roca, encomendó a Juan Bialet Massé (1968) un gigantesco estudio sobre “estado de las clases obreras argentinas”. En ese texto Bialet Massé demuestra que aquello que el riojano llamaba “elemento regresivo del criollo al gaucho” estaba dotado de extraordinaria facilidad  para adaptarse a las máquinas y oficios modernos; y superaba en rendimiento al “europeo progresivo”.

González, ya en 1892, al  disertar en el Sociedad Tipográfica de Córdoba, anticipaba las grandes revoluciones sociales que “renuevan la savia y el espíritu de una época, comienzan su elaboración en el sentimiento, que se convierte en idea y en acción (…) Si un pueblo no es revolucionario, por lo menos debe ser constantemente evolucionista. La evolución es la revolución de los espíritus; es la fórmula del progreso humano”.(Vanossi,311) Por eso, cuando defendió en la Cámara de Senadores la creación de la Universidad Nacional del Litoral, su voto parece dar respuesta a ciertos políticos actuales: “…no hay que tener miedo de que haya más universidades”. Recordemos que fue el primer Presidente de la Universidad Nacional de La Plata y responsable de una organización académica de tendencia más progresista.

Como legista, propiciaba que la Constitución debía adaptarse a las distintas fases de la vida histórica porque “las constituciones son organismos, y por lo tanto, sujetas a crecimiento, a desarrollo y a muerte”. La Constitución Argentina es “orgánica”, no tiene límites marcados y lleva en sí todos los “elementos de la vida”, “para desarrollarse en el porvenir, dentro y fuera de las limitaciones literales de su texto”. Ya es hora proclamaba, de que la Nación Argentina se despoje un tanto de relumbrantes teorías para “volver a lo que es vida, fuerza e inmortalidad, o sea, a su propia naturaleza, su propia historia y sus propias instituciones”.

Joaquín V. González, argentino múltiple y contradictorio, en quien convivían “en concubinato anómalo”, el traductor de Omar Khayyan, el anglófilo, el propulsor de un Código de Trabajo que se anticipó en cuarenta años a la legislación argentina, descubre, al fin, una práctica de la Patria fundada en la “tradición popular” que, transmitida de una generación a otra, es punto de apoyo del “drama social”, es la urdimbre del telar de las contradicciones.

Postula, asimismo, que la belleza es el sustento de la justicia y la sabiduría. Por ello promovió, como Senador, una pensión para el poeta Almafuerte porque: “Los poetas son los sacerdotes de las naciones”. ¿Por qué tienen que ser sinónimo de miseria, de privación y sufrimiento?: “Pueblo sin poesía ese es un cuerpo sin alma; pero ese pueblo no ha existido nunca, ni existirá en el futuro”.

El “alma de la tierra nativa” abrirá las  puertas a los “profetas y a los bardos para que irrumpa la inmortal sinfonía, la del amor, germen de toda ciencia, creador de toda Belleza, dispensador de toda justicia” (Linares Quintana, 205).

Quizá esta fe en una poética, en “el idioma del suelo”, lo llevó bautizar con nombre quichua su refugio al pie del Famatina: Samay. El sentido místico de la patria, la tierra nativa como sede del “genium loci”: “Nunca, dirá, pude desprenderme de esas tierras áridas, rocosas y erizadas de arbustos bravíos, así como veladas por bosques inmensos, que les guardan promesas íntimas. Soñé volver un día a vivir en ellas la vida de mi infancia, para cerrar yo también mi ciclo”.

 

 

Fuentes:

Bialet Massé, Juan, 1968, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba

Canal Feijóo, Bernardo, 1964, “Notas sobre filosofía en la doctrina de González”. En: Amador, Félix de, et al.,  Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

González, Joaquín V., 1930, Estudios de Historia Argentina, Bs.As., Instituto Cultural Joaquín V. González

González, Joaquín V., 1951, Manual de la Constitución Argentina, Bs.As., Estrada Editores

González, Joaquín V., 1956, Mis Montañas, Buenos Aires, Editorial Tor

Linares Quintana, Segundo V., 1964, “El místico de la Constitución”. En: Amador, Félix de, et al., 1964, Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

Ramos, Jorge Abelardo, 1961, Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Buenos Aires, La Reja

Vanossi, Jorge Reinaldo, 1964, “Joaquín V. González: del hombre a la Constitución”. En: Amador, Félix de, et al., 1964, Joaquín V. González, homenaje en su centenario, Buenos Aires, Comisión de Homenaje.

por Jorge Torres Roggero

EVA MUCHACHAS PERONISTAS1.- Venían de Berisso

Lo cuenta Cipriano Reyes. En el amanecer del 17 de octubre de 1945, en Berisso, el movimiento estaba sincronizado en cada zona, según la distancia y perímetro que abarcaba,  y las manifestaciones tenían que comenzar a una hora determinada. A las nueve de la mañana una enorme multitud se volcó a la calle. Frigoríficos, fábricas textiles, el puerto, los talleres de Río Santiago, el comercio, habían enmudecido: “Hombres y mujeres de distintas edades, “plenos de fe, de vida, de entusiasmo”, con sus delegados al frente, se “levantaban como un verdadero pueblo en busca de su propia liberación”.

De pronto, Cipriano Reyes detiene el relato. Quiere resaltar el papel de las mujeres. A su lado, “marchaban mujeres extraordinarias entre las que se hallaba mi propia esposa, Clementina Salguero, quien me acompañó en todos los momentos de mi lucha, actuando junto a mí en el sindicato, en los grupos de activistas, acompañados muchas veces por nuestra hija, Argelia Griselda, de doce años de edad, que también fue conociendo desde niña el sacrificio que nos depara la lucha por la conquista de un mundo sin egoísmo y sin hambre”.

Exalta a María Roldán, delegada obrera del frigorífico Swift. Una imagen marcada por la emoción de su palabra y por cada acción de su pensamiento: “madre sacrificada en la vida y heroica en los sindicatos; sembradora del ideal cristiano y humanista que reclama la emancipación proletaria como ideal común de los desheredados; voluntaria en las barricadas y en todos los frentes de combate, en defensa de las conquistas sociales, por la paz y la seguridad de los que sufren y lloran su miseria; voz de la lucha en las tribunas, canción de justicia en el trabajo y bandera de libertad en el movimiento (…) María Roldán es un símbolo viviente y revolucionario de las luchas reivindicatorias de Berisso…”

Reyes enaltece a esas “mujeres maravillosas”. Con hogar, con hijos, siempre dispuestas a defender los ideales. Como en la poesía épica popular exalta sus nombres y virtudes. Estos son algunos nombres de esa “pléyade de mujeres hechas en el sacrificio”: Juana Carrizo, Esther Tata, Juana Bordagaray, Dora Roldán, Irma Suárez. Y los innúmeros nombres olvidados. Ellas y la juventud revolucionaria (no eran estudiantes ni intelectuales) marcharon en Berisso levantando banderas de libertad.

Cipriano Reyes está observando un fenómeno en la génesis del peronismo: el hombre y la mujer marcharon juntos, codo con codo. Desde entonces son compañeros y los une el amor y la lucha por la justicia social y la independencia económica de la Patria sin la cual no hay lugar para los derechos del pueblo y menos de la mujer. Como Eva y Juan,  mujer y hombre, son una “unio contrariorum”, la unidad en la diversidad, la fecundidad de lo diferente. Por eso, según Perón, “Argentina es el hogar”.

La participación de la mujer el 17 de octubre no es solo una percepción de Cipriano Reyes. También la prensa popular la destaca. En La Época del 18/10/45, la crónica remarca: “En medio de la columna obrera se destaca la presencia de la mujer, de la mujer trabajadora argentina, no el figurón elegante que pasea su garbo por la Quinta Avenida porteña u organiza “democráticos” picnics de champagne y emparedados en los canteros de la Plaza San Martín. Auténtica mujeres del pueblo estaban en marcha por sus libertades. Muchas de ellas del brazo de trabajadores evidenciando que los hogares argentinos -porque eran esposas, novias, hermanas de obreros, obreras ellas mismas- están con la causa del trabajador y apoyan al primer trabajador argentino”.

Fue la primera manifestación del “realismo feminista” del peronismo, fundado en la acción, falto de desarrollo teórico académico, pero con fuerte especificación en la conciencia del pueblo. Acontece enfrentado a cierto feminismo oligárquico e individualista, expresado en esa época por mujeres de alta clase social. Ese era un feminismo  de carácter meramente anti moralista y estético como rebelión contra los cánones de su clase. Su paradigma fue, sin dudas, Victoria Ocampo y el coro de “niñas bien” que disfrazaban de buen gusto el odio en la “marcha de la democracia” que precedió el encarcelamiento del coronel Perón.

2.- María Granata y las tres gestas de las muchachas peronistas

María Granata, poeta y novelista, autora de Muerte del adolescente, Corazón cavado y novelas  como Los viernes de la eternidad y Los Tumultos, entre otros numerosos libros de poemas y relatos, nos prodiga tres textos en que traza una poética de la mujer peronista en tres etapas distintas.

El primero se titula “La mujer en la gesta del 17”. Profiere, desde el momento inicial, una poética del peronismo en que la mujer es substancia primordial. Es materia (mater), matria. Ese será un signo de diferenciación que marca la originalidad del movimiento naciente. Es la mujer del pueblo, la formadora, el reservorio de la esperanza en la larga espera.

Inicia su artículo creando en clima genesíaco. Como Cipriano Reyes memora el “alba del gran día”: “No había comenzado la primera luz del 17 de octubre, día nuestro entre los días, y  ya estaba la mujer del pueblo, expectante, esperando su acontecer. En su larga esperanza ella había estado formando ese día; lo sentía levantarse desde su propia sangre, abrirse paso entre sus voces hasta ser un grito de júbilo, hasta ser un canto”.

Se trata del “gran día” de las profecías, el día del “canto”. Una gran epifanía, pero grito y canto revelados, habían sido engendrados en el seno de la mujer. Ella lo reconocía antes de empezar. No era un tiempo común, era la perduración del tiempo de la Patria: “ese que la mujer del pueblo esperaba desde el fondo transfigurado de su sufrimiento, desde la injusticia en que se debatía, desde ese descarnado amor a la vida que su corazón había salvado”. Toda la luz de ese día era un alumbramiento de la mujer. La mujer es la que determina, a la par del hombre, “el nacimiento del día histórico”. La mujer del pueblo fue al encuentro del 17 de octubre que pasó a ser signo, bandera.  Esas mujeres del pueblo eran una “suma de inusitadas fuerzas” y venían a reivindicar a las mujeres que las precedieron “en la callada esperanza que no alcanzaron a ver cumplida”. Las calles se “ensancharon” a su paso y casi no podían contener a “una maravillosa multitud que iba al encuentro de sí misma”.

Todo el pueblo levantado en busca de su líder y, en él, la mujer resistiendo la fatiga y la incertidumbre. Iba a rescatar al libertador del pueblo, “al hombre que vería en la mujer el fundamento de la sociedad humana”. Porque la mujer verdadera “no abandona al hombre en la hora de la lucha”: “Estaba allí, realidad viva y símbolo. Nada hubiera podido amedrentarla. Había empezado a mirar la vida de frente, en el ejercicio de su sufrimiento, en su experimentación de la injusticia social; había aprendido a mirar la imagen mutilada de esa vida que durante tanto tiempo perteneció a los pobres. Y había conocido (…) una nueva forma de justicia, un nivel de dignificación que ahora tenía que recuperar definitivamente”. La mujer y el niño, los sufrientes de la era oligárquica, serían el centro de la democracia social que venía a sustituir el machismo de la vieja democracia liberal, individualista y patriarcal.

El segundo texto de María Granata apareció en el libro La Nación Recobrada (1952). La revolución justicialista ofrece un pleno y pacífico despliegue. El capítulo se titula: “Valoración de la mujer en el peronismo”. No intenta configurar una teoría. Su intención es “empalabrar” la doctrina que emerge, silenciosa, de las nuevas prácticas políticas y sociales del peronismo.

María Granata postula que, como el peronismo es esencialmente social y “el sentido social es definidor de la naturaleza femenina”, resulta fácil comprender “cuánto hay de espontáneo y verdadero” en la incorporación de la mujer al Movimiento. Su fe en la nueva doctrina reconoció, en cada uno de sus postulados,  “su propia misión en el mundo, su generosidad sin vacilaciones, su función constructiva”, “advirtió que no se trataba de un movimiento meramente político, sino un impulso de redención humana”.

La mujer, a lo largo de la historia, piensa María Granata, representa la “construcción paciente” y se “opone a la impaciente destrucción de bienes y valores”. En la historia escrita, a la mujer no se le concede un “solo triunfo comparable al hombre”. Sin embargo, es sujeto de una victoria tácita pero continua en la “historia viva” de la humanidad. Su victoria está en la “esperanza salvada que ilumina la lucha del hombre”. Esperó largamente, pero no en espera pasiva sino de “acumulado sueño”. Por eso le fue fácil descubrir la “urgencia por participar en la lucha”.

Esto le permitió, asimismo, permanecer ajena al pensamiento colonial (“tendencias extrañas”) ajeno a la verdad de la Patria y a la verdad del Pueblo. Para no quemar la esperanza, hizo suya una causa redentora.

La diferencia entre en el hombre y la mujer es que la razón masculina puede establecer “una separación entre la acción política y la acción social”. Para el intelecto amoroso de la mujer, en cambio, política y acción son conceptos consubstanciales. Se visualiza una proyección común entre la mujer y la doctrina peronista. Ambas representan “creación y salvaguarda de valores”: “Ambos -la mujer y el Peronismo- coinciden en su posición ante la vida, en su responsabilidad ante el hombre, en su poder formativo de futuras generaciones”. La incorporación de las mujeres, por coincidencias de contenido, de convicciones  y de destino, es, por eso, espontánea y ferviente.

La injusticia social estaba naturalizada, era un costumbre. Se proclamaban derecho y libertades que los hechos negaban: “En nuestro país, gobiernos carentes de objetivos sociales habían creado la “costumbre” de subestimación política de la mujer”. El derecho cívico femenino era una señal de peligro para la política dominante.

La mujer posee un innato sentido de la tierra como “patrimonio intransferible”. Por eso no quiere construir sobre un suelo enajenado. Quiere construir sobre lo suyo y, a los gobiernos oligárquicos, sólo les faltaba “enajenar el cielo”. La toma de la palabra de la mujer fue una apuesta a la verdad sobre la mentira y a la preeminencia del costado social y solidario, sobre el egoísmo. Ella sólo aglutina “impulsos vitales, fuerzas positivas” que enfrentan “los factores de negación”.

La marginación de la mujer como ciudadana activa fue una estrategia consciente. Los dirigentes anteriores no ignoraban que la posición moral implícita en el espíritu femenino repudia instintivamente las acciones entreguistas, el futuro hipotecado de los hijos y la Patria. Su ejemplo es Eva Perón. Ella infunde espíritu vital al pueblo entero: “Su corazón puede expresarse resueltamente y entrar en la lucha (…) y abre en nuestra historia un camino a golpes luminosos de sentimiento”.

El advenimiento de la causa justa significó la plenitud de derechos. La ley 13.010 estableció que “la mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. Eva Perón ha dicho: “El derecho del sufragio femenino no consiste sólo en depositar la boleta en la urna. Consiste esencialmente en elevar a la mujer a la categoría de verdadera orientadora de la conciencia nacional”.

María Granata señala la importancia del Partido Peronista Femenino como necesidad de aglutinar los aportes decisivos de la mujer en la configuración de la sociedad futura. De nada le había valido su heroísmo en la lucha por la independencia patria. “Sólo el Peronismo reparó todos los olvidos. Y ahora la mujer tiene derechos y tiene partido”. Exalta, también, la importancia de las Unidades Básicas femeninas tal como lo hemos descripto en una entrada de nuestro blog titulada: “El realismo feminista de Eva Perón: Escuela de Enfermeras, Partido Peronista Femenino”.

El peronismo representa la defensa de los valores genuinos de la mujer que, al participar de las decisiones importantes, al incorporarse a la vida política, afirma “los caracteres distintivos de su femineidad”. Hay cierto apartamiento de lo que Granata, en 1952, llama: “la enmarañada  psicología feminista internacional”. La mujer peronista entra en la historia como depositaria de la felicidad del pueblo. Y, “cuando entra, multitudinaria en la lucha, no es para dudar ni para equivocarse”. Si desvirtúa su naturaleza, ya no pertenece a la historia viva sino a una “ficción intelectualista”.

En la Razón de mi Vida, Eva Perón recuerda estas palabras del General: “Tal vez la mujer pueda salvarnos a condición de que no nos imite”. El peronismo reconoce las responsabilidades de la mujer en la sociedad y sus derechos. Eleva la dignidad del hogar “donde ella se define y se realiza y protege su trabajo fuera del hogar”. Defiende su modo de ser (su femineidad) para que no sucumba “en las duras condiciones de trabajo impuesta por la injusticia social de otros regímenes”. Para la doctrina peronista la mujer es una compañera en la lucha, codo con codo, al lado del hombre. Mas aún, en horas decisivas de la civilización (recuérdese que estamos en plena guerra fría, guerra de Corea -1951-1953),  resalta la “voluntad femenina de nuestra patria”, voluntad de paz en el “concierto mundial de las luchas y los intereses”: “La paz debe comenzar en cada hombre; no es bien privativo de actuaciones políticas. Cada hogar es, para asegurarla, la mejor cancillería”. Y la mujer peronista, pacifista por sí y por su adoctrinamiento, es en esta hora la representante por excelencia de la paz.

El tercer momento de la épica de la mujer peronista se refiere a su participación en la Resistencia. Marta Cichero en Cartas Peligrosas ofrece un apasionante panorama de la complejidad y las contradicciones de los militantes peronistas. Tiene especial relevancia la dramática trama de la contienda subterránea que tenía como campo de debate los periódicos clandestinos: secreta historia de los modos de financiamiento, de artículos de presos evadiendo las requisas, de los talleres clandestinos de impresión, de los avatares de la distribución.

En una carta de Jauretche al Padre Benítez, desde su exilio montevideano, desnuda algunas de las dificultades: “Mimeógrafo. Aquí trabajamos mucho con mimeógrafo y tenemos uno muy bueno pero por los inconvenientes de correo ya expresados poco se puede hacer por los de allí. Si allí hubiera una organización de mimeógrafos, nosotros podríamos mandar esténciles, es decir matrices que acá se pueden hacer con toda comodidad”. Recordemos que en la dictadura liberticida el Correo espiaba y requisaba correspondencia.

El 8/10/57, Lagomarsino le escribe Manolo Buzzeta. Le da cuenta de la aparición del segundo número de El Guerrillero y comenta las dificultades económicas que afrontan: “Sobre el problema $$ no tenemos por ahora ninguna posibilidad. Para conseguir 1.000 $ que faltaban para sacar el segundo número del periódico, tuvimos que hacer una colecta de relojes y empeñarlos”.

En esta dura etapa de la Resistencia Peronista, la mujeres estuvieron, como siempre, presentes. Muchas de ellas estaban presas, sobre todo las dirigentes del Partido Peronista Femenino, y las que desempeñaban cargos públicos, por la represión posterior a setiembre de 1955. También en la cárcel de mujeres “hubo lío” entre las “duras y las blandas”. Lo cierto es que sobreviven pocos testimonios de valiosísimo aporte de las mujeres en la resistencia. Quedan los nombres de algunas. Marta Cichero recuerda: “Mujeres heroicas como María Elena Márquez, del Comando Coronel Perón, y Lidia Yoda, que con tres puntadas rápidas confeccionaban una sotana en la que se escapaban los refugiados de la parroquia del Padre Benítez en Saavedra y que años más tarde salvarían la vida con sus disfraces a muchos perseguidos del proceso”.

María Granata dirigió el periódico Línea Dura. Marta Cichero recoge su testimonio:Línea Dura se imprimía donde se imprime el diario alemán (…) y todos los que trabajaban en el taller, hasta su jefe, eran peronistas. Yo presenciaba el armado pero como pasaba la policía resolvieron hacerlo de noche (…) Porque Línea Dura era la administradora Malena Legrand (que había sido muy amiga de Evita) y yo”. Malena había propuesto el nombre del periódico, Línea Dura, para expresar su tendencia ortodoxa y combativa. Al periódico lo financiaban los dirigentes gremiales que compraban todos sus ejemplares. “Nosotras no veíamos un centavo. Ellos retiraban de la imprenta una cantidad de ejemplares para su sindicato”.

María Granata, gran narradora, da un tono tragicómico a su constante codearse con el peligro: “Estuve a punto de caer presa por Línea Dura y en la imprenta me propusieron que se armara de noche. Yo necesitaba dar un último vistazo antes de la impresión. La administradora me dijo: “Vos te instalás en un bar y yo voy y vengo”. Era pleno Bajo. Nos instalamos en un bar alemán muy grande y tranquilo. Ella me traía las notas. Había citado también ahí a los dirigentes que venían a buscar la orden para retirar los ejemplares. Malena era un mujer rubia, llamativa. Primero llegó el dirigente de la Juventud Peronista Enrique Ninín, muy joven. Le entregó una cantidad de dinero. Ella salió, fue a la imprenta con él. Tardó unos quince minutos. Después un dirigente de frigoríficos, que puso el dinero sobre la mesa. Salió con él. Y el dirigente petrolero Acero, lo mismo. Al rato volvió. El alemán dueño del bar vino a los gritos a nuestra mesa: – ¡Prostitutas no!”

María Granata, luego de ponderar el modo de trabajo de la Fundación que conoció por dentro, concluye: “Eva era el motor. Si hubiera estado viva encabezaba la revolución social incruenta en la Argentina. Ella es la pasión del Peronismo y sin pasión nada puede crecer y sostenerse”.

Los testimonios que hemos aportado reafirman que, más allá de la ficción intelectualista, el peronismo libera para siempre los caracteres genuinos de la mujer. Y lo seguirá propiciando a través de los tiempos. Siempre a la vanguardia de las gestas de la mujer en su larga lucha por la visibilización y respeto de sus derechos.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba.

Fuentes:

CHÁVEZ, Fermín (comp.), 1996, La jornada del 17 de octubre por cincuenta autores, Buenos Aires, Corregidor.

CICHERO, Marta, 1992, Cartas Peligrosas, Buenos Aires, Planeta.

AA.VV., 1952, Una nación recobrada. Enfoques parciales de la Nueva Argentina, Buenos Aires, Subsecretaría de Informaciones, Presidencia de la Nación.

EQUIPO DE TRABAJO de la Fundación Tiempo Social, 1995, 17 de octubre de 1945. 50 Aniversario, Buenos Aires, Ediciones Historia Viva.