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por Jorge Torres Roggero

1.- La manga de langostasscalabrini_cc

Releyendo a Scalabrini Ortiz, me invadieron ciertos recuerdos infantiles. El primero revive el alboroto que se armaba en el pueblo cuando el cielo se ponía negro hacia el norte. De allí, no podía venir lluvia; por lo tanto, eran langostas. Entonces se juntaban chapas, fuentones, latones, todo artefacto que produjera ruido y, cuando las primeras langostas asomaban, retumbaba el pueblo, se elevaban alaridos, se entonaban jaculatorias a San Benito para auyentar la plaga. Las langostas podían pasar de largo, posarse unas horas en nuestros frutales y hortalizas o pernoctar y, las más de las veces, dejar el paisaje pelado.

Y bien, en 1923, cuando tenía 25 años, Scalabrini Ortiz publicó La manga. En todos los libros de literatura se lo cataloga como un libro de cuentos. Lo dudo. Se parece más a un potpourri en que el joven autor expresa cierto desencuentro con el mundo, el aislamiento del individuo en la masa, la búsqueda de una salida de la soledad. Eso no impide reconocer la excelencia de  “Los Ogros”, un cuento que junto a “El potrillo roano” de Benito Lynch y “El Pato Ciego” de Alvaro Yunque, publicados por esos años, configuran una emblemática representación de los modos de disciplinar niños según la pedagogía de la oligarquía dominante. Veamos, entonces, el relato de Scalabrini Ortiz: lo que para nosotros era  una plaga, para él resultó ser el símbolo fundante de su pensamiento. Un vez más, la poética es adivinatoria y militante. En la sección titulada “Diálogos”, uno de los personajes narra:

“Vi, una vez, aparecer en el horizonte como una nube negra, una manga de langostas. A la distancia se distinguía nítidamente el rumbo definido de su marcha y el claro fin que las guiaba; iban al Sur, a las regiones agrícolas, en busca de cereales. La armonía y orden hacían avanzar al mismo tiempo el enorme conjunto, en una maravillosa comunidad de instintos. Pensé que si la humanidad trabajara con la misma disciplina, sus progresos serían más veloces. La manga, que venía a mi encuentro, destruyó mi impresión. Reinaba en su interior una desordenada confusión. Las langostas se detenían, desorientadas, volaban azotándose contra los obstáculos. Supuse, entonces, que la manga iba a detenerse. Pero siempre en confusión, las langostas fueron raleando, y al cabo de unas horas, las últimas rezagadas se fueron también. Y vi de nuevo, en el horizonte, alejarse la manga como una nube negra, avanzando indiferente a los obstáculos, sobre poniéndose al agotamiento individual. Y esa manga, que cruzó buscando la solución de los enormes problemas del hambre, me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad, por sobre todos lo intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales” (131).

Obsérvese  que el enorme conjunto (la manga, la masa) tiene un rumbo definido y un claro fin, pero los individuos fuera del conjunto se azotan contra los obstáculos, andan desorientados en una “desordenada confusión”. Sin embargo, al fin, la manga avanza, por sobre los agotamientos individuales, se aleja en el horizonte buscando la solución a los problemas del hambre. Y concluye, “me sugirió la marcha de conjunto de la humanidad”.

Ahora bien, el primer texto del libro se titula “Los humildes”. Ellos constituyen la muchedumbre cuya presencia en el mundo fue, es y será. Siempre, la sudorosa muchedumbre “va por la mañana y vuelve por la tarde”. Esta idea se reitera: “Creo que un hombre es siempre el primero en dar forma a lo que flota en el ambiente, a lo que está en todas las conciencias, al producto paciente e ignorado de la humanidad entera, pero, por grande que sea, no la dirige nunca, es la masa lo que empuja; ella lo ha formado y ella lo guía”. (129). A esto se puede agregar:  “El instante más notorio del jardín, el de la florescencia, es el producto lento de las reproducciones celulares. Y la eclosión viene, amenaza siempre. Vendrá con nosotros o sin nosotros, pues somos elementos despreciables. La manga sigue su vuelo incansable. Hacemos de guías, ya nos cansaremos y otros nos pasarán, pero su avance no se detendrá.”

Estas ideas, que fueron perfilándose desde 1923, eclosionan después del 17 de octubre de 1945 cuando describió en un conocido texto de extremada belleza, la sorpresiva presencia de las masas trabajadoras  en la historia patria.

Ya en El hombre que está solo y espera (1931) presentía la fuerza humanizadora del conjunto. Un hombre sencillo, entre otros hombres, va caminando por la calle Corrientes. Tranquilo, de cultura escasa, de modales algos bruscos pero afables, cruza Florida, pasa Maipú, y entra a un café de la calle Esmeralda: “Allí está con un camarada en el fortín de la amistad (…) ya hay algo nuevo en ese amasijo informe de la amistad. Por primera vez, el hombre está junto al hombre”(115/116). Está solo, pero va camino a la muchedumbre. No falta mucho y la manga seguirá  su marcha “indiferente al agotamiento individual” (130/131).

Llegado a Política Británica en el Río de la Plata (1940), persiste en intuiciones cada vez más claras. Sostenía que las verdades individuales no obran en la dinámica social “si no se delimitan y conexionan a sus semejantes, es decir, si no obedecen a una vibración del espíritu nacional”. ¿Acaso, el 24 de junio de 1931, en Noticias Gráficas no había sostenido que las rebeliones populares son expresión de la “conciencia del pueblo (que) sabe adónde va aunque lo ignore cada uno de individuos que lo componen”?

Por eso, ya en 1950, reafirma que “son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupenda. Casi siempre han aventajado a los gobernantes y quienes no la interroguen a diario, en vano  intentarán ganar ascendente en ella” (Latitud 34, 3/1/1950). Lo deslumbra una visión: el individuo sólo cobra sentido cuando descubre su razón de ser disolviéndose en la muchedumbre innúmera. Celebra la alegría de aceptar que apenas somos un “panadero”(una semilla voladora, un germen) caído, no en la existencia, sino en seno fecundo de la historia cuyo sujeto histórico real es el pueblo. Si, como sujetos aislados, andamos en confusa desorientación, como comunidad organizada seguimos la marcha “por sobre todos los intereses, pasiones, deseos y fatigas individuales”.

 2.- La política de la chinche flaca

La relectura de Scalabrini Ortiz me transportó, asimismo, a otra evocación. En tiempos niños, todavía se usaban colchones de lana con sus pupos y bordes cosidos con agujas colchoneras, camas con “elásticos” de metal, catres de lona con dobleces clavados con tachuelas. Entonces, cada tanto, había que asolear camas y colchones. Luego, con agua hirviendo, se ahuyentaban y mataban las chinches invasoras. Decían, también, que en las camas de los hoteles baratos, las chinches torturaban viajeros y viajantes. Scalabrini Ortiz que, como agrimensor, recorrió el interior del país,  aprovechó la experiencia para auscultar qué pasa cuando la militancia es reemplazada por cargos y figuración. Sucedió siempre. Por eso él eligió la política de la chinche flaca. Sacada de los entresijos de la cultura popular, publicó esta parábola en la revista Qué, el 3 de junio de 1958:

“Ud habrá dormido en algunas de esas pocilgas que se llaman hoteles. Habrá luchado alguna noche contra las chinches y observado qué difícil es matar a uno de esos fastidiosos insectos cuando todavía no ha chupado sangre. Usted aprieta la chinche entre los dedos. La refriega y la chinche continúa como si le hubieran hecho una caricia. En cambio, si la chinche ha comido y tiene su panza hinchada, basta una pequeña presión para exterminarla. Bueno, yo sigo la política de la chinche flaca y por eso nada pueden contra mí, ni nada pueden hacer en mi favor. Para situarse en las líneas del magnetismo nuevo (enfrente de todas las jerarquías y los intereses predominantes) es indispensable estar limpio de ambiciones y de codicias. Por eso, quienes primero abrirán las sendas de los hechos nuevos serán los humildes, los desmunidos, los trabajadores. Para estar junto a ellos, latiendo al ritmo de su pulso, los que no somos naturalmente ni humildes, ni trabajadores, sólo tenemos una norma posible: la política de la chinche flaca.”

Hay épocas en que necesitamos chinches flacas y en que abundan las chinches “hinchadas”. Los que en el momento de las vacas gordas disfrutan cargos y prebendas simulando ser militantes, pero que, a la primera dificultad, se pasan de bando, traicionan, son fáciles presas de carpetazos, de aprietes, y andan buscando pretextos para aislarse de “la manga”. Agotados individualmente, no se animan a perderse en la poderosa “nube negra” que avanzará inexorablemente hacia su razón de ser. Son los “chupasangre”, los panza llena, y, ante las más pequeña presión, revientan, enchastran, son exterminados.

Scalabrini prefirió el desconocimiento y la pobreza por sobre el éxito y la riqueza:“¡Lo que me ha costado no hacerme rico! Desde rechazar incitaciones demoníacas, hasta enemistarme con medio mundo, recibir títulos de “raro”, “romántico”, yo tan luego que percibo a la Argentina como una realidad palpable al simple contacto de mi piel”. (Latitud 34, 03/01/1950).

En “Esperanza para una grandeza” (véase: Los ferrocarriles deben ser argentinos), refiriéndose a las multitudes del 17 de octubre, como viejo auscultador de “la manga”, dice: “Aquella era la expresión de una voluntad nacional cuya intensidad e íntima propensión quizá sólo alcanzaron a comprender los habituados a auscultar las más recogidas y sensibles latencias de los pueblos. Escuché las conversaciones de varios criollos y las arengas de los oradores improvisados. No encontré a nadie que se acordara de sus problemas personales. Eran hombres sin necesidades: inmunes al cansancio, al hambre y a la sed. Decían: Aquí comienza la revolución de los pueblos sometidos. Aquí se inicia la rebelión de los que estuvieron doblegados.”

Así fue, como tras la Revolución Libertadora, fue perdiendo uno a uno sus lugares de trabajo. Como en un dominó trágico, fueron cayendo uno a uno los diarios, periódicos y hojas partidarias que acogían sus colaboraciones. Primero fue El Líder, luego el El Federalista, le siguieron De Frente y, por fin,  El 45: “En enero de 1956 se cerró la última tribuna. Me quedé sin tener un solo lugar donde escribir”(Galasso, 154). Incólume, siguió a rajatablas “la política de la chince flaca”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

 Fuentes consultadas:

BARES, Enrique, 1961, Scalabrini Ortiz. El hombre que estuvo solo y espera, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor.

GALASSO, Norberto, 1998, La búsqueda de la identidad nacional en Jorge Luis Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, Rosario, Homo Sapiens Ediciones

SCALABRINI ORTIZ, Raúl, 1940, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Editorial Reconquista.

                                              ,1964, El hombre que está solo y espera, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1965, Los ferrocarriles deben ser argentinos, Buenos Aires, A.Peña Lillo Editor

                                              , 1973, La Manga, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

                                              , 1973, Tierra sin nada, tierra de profetas, devociones para el hombre argentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra.

por Jorge Torres Roggero

(Ampliación del artículo publicado en SOLIDARIDAD GLOBAL, N° 28, Universidad Nacional de Villa María)

En 1969, Arturo Jauretche escribió un texto poco conocido titulado “A manera de prólogo, donde se habla de los malditos y de uno en particular”. Es, efectivamente, el prólogo de la segunda edición de La Traición de la Oligarquía, una obra fundamental de Armando Cascella (Ed. Sudestada, Bs. As.). En él, Jauretche homenajeaba a los escritores que han aceptado el destino de ser argentinos y, por esa decisión, han sido censurados, ninguneados, silenciados por el sistema que legitima prestigios y regula el canon.

En ese breve texto, desnuda la falacia de ciertos esquemas muy en boga en las facultades de letras de esa época. Destruye así la falsa dicotomía Florida/Boedo. A la oligarquía no le interesa a qué capilla literaria pertenece un escritor. Sea cual fuere su poética, cae sin compasión sobre los que no lamen las cadenas del amo ni traicionan su pueblo.

Por ahora, me detendré, junto a Jauretche, a considerar la cuestión de los “malditos” y los “bueyes corneta”. Don Arturo se dirige, especialmente, a mi generación, la del 60: nos llama “jóvenes intelectuales que aman el país”. En Armando Cascella, piensa, podrán estos jóvenes atisbar algo acerca de la metodología de los enemigos del “populismo y la demagogia”; y, además, quiénes son y qué pueden esperar de ellos si perseveran leales.

En efecto, Armando Cascella (1900-1971) es un maldito. “Maldito, dice Jauretche, como tantos que quedarán inéditos: bacarayes de escritores que por no ser útiles a la colonización pedagógica tal vez brillen como ferreteros, viajantes de comercio o guarda trenes, después de frustrados por la máquina del silencio”. También fueron malditos Leopoldo Marechal, Arturo Cancela, Scalabrini Ortiz, Nicolás Olivari, Elías Castelnuovo, María Granata y tantos más.

Cascella continúa anonimizado. Actualicemos, aunque sea de modo escueto, algunos datos. Los acontecimientos de 1945 permiten visibilizar una corriente compacta y definida: los escritores nacionales. Una nueva Argentina empieza a construirse.

Esa Argentina, según Jauretche, fue obra de los humildes. El pueblo sumergido era quien menos había sufrido el aparato de la colonización pedagógica. Sumido en la pobreza y el hambre, también se vio despojados de los bienes culturales. De tal modo, lo que parecía una condena, salvaguardó su arraigo porque preservó sus saberes ancestrales, guardó las formas solidarias de la Argentina preexistente, resguardó la vida como poética y acto libre.

Fue entonces cuando muchos intelectuales se dieron cuenta de que el camino ya había sido señalado por los no colonizados mentalmente y pusieron su arte al servicio del pueblo.

Tras el golpe de 1955, estos escritores fueron los “marcados” por sus adversarios de la “intelligentzia”: eran los “malditos”. Basta recordar el libro Borges de Adolfo Bioy Casares. Allí narra cuando, en dúo con Georgie, se ocupaban de confeccionar las listas de quienes tendrían que ser silenciados para siempre, de los que jamás podrían publicar. Por supuesto, cuenta Jauretche, en esa lista también figuran algunos “bueyes corneta” cuyos nombres, piadosamente, omite. Nos adherimos a ese compasivo silencio, y continuamos con el prólogo a Cascella.

Fue al día siguiente del golpe cívico-militar de 1955 cuando comenzó la inquisitorial cacería del intelectual anticolonialista. Dice Jauretche: “…la meticulosa búsqueda e identificación del peronista trasciende de la persecución policial dirigida al partido y al gremialista, pues los que la dirigen son los que a sí mismos se llaman intelectuales libres, agrupados en la S.A.D.E., blandiendo diversos pretextos literarios. Ellos se encargan de señalar con el dedo al aparato de la colonización pedagógica, quiénes deben ser aniquilados. Se confeccionan listas de escritores a los que se injuria y que deben ser proscriptos de la letra de imprenta. (…) Su ensañamiento revela además de su obsecuencia, el sordo encono de los que no han podido ser ellos mismos triunfadores, pero tienen en el alma la ictericia del sometimiento. Andan gritones y estruendosos como el que por buscar el triunfo renunció a ser hombre. Y ahora es alcahuete. Ellos construyeron las listas de malditos”.

¿Cuál era el crimen de Cascella? En 1953 había publicado La traición de la oligarquía, que oportunamente fuera premiado por la Municipalidad de Buenos Aires. El libro es un comentario de otro libro: The Ruling Few, (Los pocos que gobiernan), cuyo autor es Sir David Kelly que había sido dos veces embajador de Gran Bretaña en la Argentina. En la postguerra del 14 y en la segunda guerra: las dos únicas oportunidades en que la Argentina se expresó por gobiernos populares. Se trataba, en consecuencia, de “informaciones proporcionadas nada menos que por el embajador de la potencia que durante largos años había ejercido el manejo económico, y por consecuencia, político del país” (…) Cascella divulgó los mecanismos de la traición y desnudó con nombre y apellido a los que dan título al libro: Los pocos que gobiernan, o sea, los pocos de que se valía el poder imperial para realizar su voluntad en nuestro país. Kelly les había dedicado un largo espacio, más aún, los había descripto con británico humor.

Cascella mostró esas entrelíneas. Por eso, en 1955, gran cantidad de ejemplares de La Traición de la Oligarquía fueron quemados en las piras que sistemáticamente, bajo la inspiración de la “intelligentzia” (liderados por SADE), levantaron justamente los campeones anti-inquisitoriales. Es que el libro hacía accesible a un público nuestro lo que se trataba de ocultar en inglés. A partir de entonces, Cascella escribió, en fugaces periódicos, literatura de resistencia.

Los malditos, entonces, son aquellos escritores que no se someten a la “colonización pedagógica”; los que no adecuan su inteligencia de argentinos a las condiciones creadas por los intereses que dominan la patria; los que se resisten a que el libro de moda, la prensa, las cátedras universitarias, las editoriales, les escriban el libreto.

En 1976, la derrota del pueblo sume, otra vez, a los escritores comprometidos con el destino de la patria, en el espanto: secuestros, desapariciones, muerte, exilio, desatan su furor. De nuevo la precariedad, el desamparo, la intemperie. Fue entonces cuando apareció Epigramas del gato amarillo echado junto al fuego de Fermín Chávez. El crítico y poeta Angel Núñez, exiliado en Brasil, lo publicó por primera vez en la revista Caderneta de Poesía (N° 1, 1978), en San Pablo, bajo el seudónimo Anónimo Argentino. Seguía, en esto, a Ernesto Cardenal: Anónimo Nicaragüense.

Los poemas circulaban en hojas mimeografiadas o simplemente copiados a máquina con varios carbónicos. Con el mismo método publicó Epigramas con agua caliente, con aceite hirviendo. De tal modo, el lector era, a la vez, un editor. La obra “florecía” en las manos militantes. Este tramo de la obra poética de Fermín Chávez expresa la lucha del pueblo tal como lo hicieran las hojas manuscritas que circulaban con poemas y proclamas después del 25 de Mayo de 1810. Junto al pueblo, compartiendo su lucha, el poeta denuncia la desaparición cotidiana de militantes: Angelelli, Roberto Santucho, dirigentes de la JP, gremialistas. Revive mártires históricos: Túpac Amaru, el Chacho Peñaloza, Facundo Quiroga. Los grandes exilados: Rosas, Perón. Hasta cuando escribe en el Istmo de Corinto, la descripción alude a la patria sumergida: “El tabaco negro se seca al sol en ristras. / Los sauces lloran igual que en mi pisoteada/ Argentina”. En “Los platos voladores”, denuncia el secuestro del gremialista Oscar Smith: “Como una flor cortada de un plumazo/ en una ceremonia sin clarines/ se llevan al chofer y al auto entero.” El poema “Clearing policial” consta de un solo y trágico verso con la agenda represora del día a día: “Hoy le toca al geranio sospechoso”. Fermín Chávez, historiador, pensador, dice Angel Núñez, “adquiere nueva dimensión en su poesía, mostrándolo como un verdadero humanista que enriqueció con ella su visión de la Argentina…”

La responsabilidad de los escritores funge más allá de las modas y tendencias estéticas; y es en épocas de entrega del patrimonio nacional y de traición del pueblo, cuando un poema de amor o una intuición metafísica muestran su verdadero carácter: o son el disfraz etéreo de la apostasía del intelectual, o se erigen en rostro y voz radiante de la resistencia y la esperanza.

Jorge Torres Roggero, 2016, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Córdoba

Poemas de Fermín Chávez

TATA HERNÁNDEZ

Hernández nos cubre a todos

no porque tenía voz de órgano de catedral

ni porque fue corpachón como Raffeto.

Ahorita nos cubre a todos

porque era puro pueblo andar penando.

Tata Hernández nos cobija

como un paredón y después

como un viejo almacén y después

como un Perón y después.

BORGES & CIA

Soy la forma

en realidad, la forma de la forma.

Lo profundo

la vida

se me escapa

porque no tengo redes

ni anzuelos mojarreros

ni linterna siquiera.

Las vizcachas

pasean muy orondas

en mis noches ficticias

y al almacén rosado

lo he destruido

definitivamente

porque era peronista.

marechal más uno

La patria es un peligro que florece

Un mordisco de hormiga en la hojarasca

El metalúrgico del plumerillo

El tute que perdimos en caseros

No es un venir con flores a maría

Ni humilde soledad verde y sonora

Ni la madrastra loca que tuvimos

La patria es una espera y la aguaitamos

TRES IMPOSIBLES

Barrer contra el viento de la historia.

Parar el alba con la espada.

Mirar impasible La Virgen del Pajarito

de Domingo Murillo.

Tomados de: CHÁVEZ, Fermín, 2010, Epigramas del gato amarillo echado junto al fuego y otros poemas, Santa Inés- Misiones- Buenos Aires, Archivo Núñez Acuña. Impresión de cincuenta ejemplares.

1.- El misterio del rastreador

Martín Fierro y Facundo son, sin duda, dos textos fundantes de nuestra literatura. Están prefigurados en lo que se escribió antes y prefiguran lo que se escribió después. ¿Cómo no recordar que el primer matrero o “gaucho malo” aparece ya en la obra de Luis de Tejeda[1] a mediados del 1600?

Cierta noche, en que el vendaval y la tormenta se abatían sobre Saldán, golpeó la puerta de la familia Tejeda un extraño personaje: barbudo, desarrapado, curtido por la interperie, con todas las señales del que, perseguido por la justicia, había terminado viviendo entre los indios. Le dieron asilo y él les pagó con creces. Como no tenían música para una canción a la Virgen, sacó un discantillo (una guitarrita),  puso melodía a la invocación y todos cantaron. ¿Era un gaucho matrero y cantor?

Ya en el S. XVIII, los gauderios de Tucumán asombraron con sus guitarritas mal encordadas a Concolorcorvo[2] (Alonso Carrió de la Vandera). ¿Cantaban sus penas como los tucumanos de Ataualpa Yupanqui?[3] El buen burócrata disfrutó en grande la fiesta popular desenfadada y orgiástica, pero pensaba nomás que eran vagos y mal entretenidos. Con mentalidad iluminista y colonizadora, el inspector de las rutas postales, al pasar por Córdoba, no dudó en satirizar a los señores principales y a sus mujeres que hacían gala de una alcurnia sin papeles:  no figuraban  en los archivos del cabildo eclesiástico, tampoco en los del civil. “Pre-escribió”, así, la Córdoba enclaustrada de Sarmiento. Pero, si leemos bien, ¿qué libro de la literatura argentina posterior no es una “re-escritura” de Facundo o de Martín Fierro? Esta pregunta ,que lleva implícita una respuesta puramente individual, ha sido respondida con bien fundamentados estudios. Recomiendo, en esa dirección, la lectura de Facundo y Fierro, luminoso libro de mi maestro Gaspar Pío del Corro[4].

Facundo y Martín Fierro son, entonces, libros fundamentales de nuestra cultura nacional. Sus resonancias perviven aún en aquellos que nunca los han leído.Ellos susurran sin cesar a nuestro oído y ese susurro es un griterío espantoso que retumba en nuestro corazón. Eso sucede, no porque los “produjeron”desde algún paradigma, sino porque son fluencia incesante del hablar del pueblo: “a mí me brotan las coplas/co­mo agua del manantial.”

En estas páginas, habrá  numerosas las alusiones a Facundo. En efecto, siempre me figuré que entrar a un texto literario era como internarse en una travesía, como atrevesar una pampa llena de tigres cebados, de rastrilladas misteriosas, de luces malas, de quemazones y encerronas. En otras palabras, soñé que los lectores éramos rastreadores.

El rastreador es uno de los inolvidables tropos sarmientinos sobre los saberes que vienen de los adentros; ciencia de los que, siendo ayunos de letras y cánones, leen lo escrito en el suelo y dictan leyes no escritas.

Cuenta Sarmiento que la especialidad de rastreador era la más conspicua y extraordinaria. Si bien todos los gauchos eran rastreadores, existía el rastreador de profesión. En la dilatada llanura hay textos escritos: “sendas y caminos que se cruzan en todas direcciones”, animales que la transitan cuyas huellas es necesario seguir. ¿Cómo distinguir una mulita mora entre mil, confundida en la tropa? ¿Cómo saber si va “despacio o ligero, suelta o tirada, cargada o vacía”? Ese era el objeto de una ciencia casera y popular, “ciencia vulgar”  de un “personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones hacían fe en los tribunales inferiores”: el rastreador. Sarmiento recuerda con emoción a Calíbar, capaz de distinguir “el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos”.

Leer la tierra-adentro de los textos, olvidarse un rato de los libros aprendidos y los contratos previos de lectura, es lo que vamos a intentar en las líneas que siguen. Rastrearemos la vida como una semilla escondida en los textos, como una energía perpendicular que inserta indeterminación y fecundidad con su ritmo pulsante. Sarmiento propugnaba que había que escribir “con pasión”, que había que hacer rabiar a los críticos. Por nuestra parte, saltando “el círculo de ideas” que cerca los textos, hollamos con alegría el luminoso umbral de una poética del rastreador.

2.- El resplandor de los adentros

Para Sarmiento, el “costado poético”, “las frases dignas de la pluma del romancista“, nacían de nuestra realidad viva, es decir, de la “lucha imponente” de la civilización y la barbarie o de las “grandiosas escenas naturales”. Dos choques, dos con­tradicciones, (culturas en pugna, naturaleza indomable) podían producir “un destello de literatura nacio­nal”. Sarmiento habla de destello, luz propia, no de reflejos. Y ese brillo, nacido de “resortes dramáticos desconocidos fuera del país donde se toman”, “da lugar a escenas tan peculiares, tan característi­cas, que quedan fuera del círculo de ideas en que se ha educa­do el espíritu europeo”.[5]

Existe, entonces, un horizonte o círculo de ideas que veda al pensamiento europeo entender nuestra peculiaridad. Sin embargo, un logos  sin mytos circula por nuestra extensión y viene, como el Toc­queville que Sarmiento llama en nuestro auxilio en su prólogo, “munido del conocimiento de las teorías sociales”, “viajero científico”, pa­ra revelar a Europa “este nuevo modo  de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos” . Ahora bien, observemos que Sar­miento reserva a Tocqueville la misión de revelar a Europa nuestro modo de ser. Pero cuando se trata  de “explicarnos la vida secreta”, “las convulsiones internas”, evoca a la “sombra terri­ble de Facundo”. Más aún, Facundo, mytos fundamental , posee el secreto porque posee la vida. Como palabra que habla de lo vivido más que de lo pensado, tiene precisamente esa fun­ción: vi­vir. Su espacio no está cercado por un círculo de ideas, sino que “está vivo en las tradiciones populares”, es “un exceso de vida”. La evocación sarmientina deja en suspenso, para siempre, las explicaciones sociológicas con que trata de cerrar la “grieta” que desgarra “nuestras entrañas”:

“Tú posees el secreto, ¡revélanoslo! Diez años aun, después de tu trágica muerte, el hombre de la ciudades y el gaucho  de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto decían: “¡No!, ¡no ha muerto! ¡Vive aun! ¡El vendrᔡCierto! Facundo no ha muerto: está vivo en las tradiciones populares, en la política, en las revoluciones argentinas…”

Pero ahora estamos en una de esas épocas oscuras en que lo vive parece que está muerto. Munidos del “conocimiento de las teorías”, nuestros Tocqueville revelan al mundo (estamos en los tiempos de la globalización) los caracteres de nuestra “moder­nidad periférica”,”nuestras escenas de la vida postmo­derna”[6].

Encerrados en el círculo de ideas, suprimido lo vital, buscamos refugio en cualquier estructura. Podremos, por lo tanto, explicar las causas, pero no suprimir el misterio de nuestras luchas obstinadas. De ahí que en América, según Kusch la angustia original, el miedo, sostiene lo perfecto (la pul­cri­tud, la civilización) y suprime lo imperfecto (el hedor, la barbarie). Como Sarmiento, seguimos cuestionando a lo amorfo su falta de forma y vivimos asediados por el pánico de que lo de abajo destruya lo que está arriba. Reviviendo viejos ritos de represión, se prohibe cavar hondo, se tiende sobre la boca del pozo un sutil entretejido para que nadie se asome a los aden­tros, para que nadie biche lo viviente, es decir, descubra en lo profundo su propio rostro y, habitando su domicilio, descubra en un “sentido tautegórico y no alegórico una plenitud existen­cial”.[7]

En América profunda, Rodolfo Kusch retoma el misterioso dibujo del indio Joan de Santacruz Pachacuti. El yamqui[8] trazó el esquema del altar del templo de Coricancha, en Cuzco. Su estructura tiene un extraño parecido con las criptografías de los alquimistas de la época, pero nos revela la relación de Viracocha (teoría, pensamiento puro) y el hervidero espantoso del cual es dueño. De tal modo, el tercer unamcham (estandarte, ­signo) de Viracocha llevaba el nombre de Tunupa que significa “el que va siendo mundo”. Este demiurgo era representado por un peregrino pobre que cargaba con el polvo de los caminos y estaba sucio y hediento. Era el dios contaminado por lo amor­fo. Tunupa construye una cruz cósmica y con ella avanza sobre el terrible hervidero, cuyo rey es el caudillo, el jaguar terro­rífico. ¿No es este mito la prefiguración de” la lucha imponen­te” y las “grandiosas escenas” con que Sarmiento fundamenta los destellos de una literatura nacional?

Facundo, el tigre de llanos, el jefe de los trescientos capiangos (hombrestigres) que aterrorizaban a los soldados de Paz, es la sombra terrible, es el griterío espantoso de los adentros, pero guarda el secreto y la vida. Tunupa es apresado y despedazado por el caos. El caos quiere destruir la cruz cósmica, equilibrio entre lo formado y lo informe, y la entierra en Carabu­co, a orillas del lago Titicaca. Esta se convierte en semilla y vuelve a aparecer portada por Tunupa que la petrifica o forma­li­za.

Dejarse apresar, dejarse despedazar, entrar en el dominio tenebroso de la sombra terrible, es el único modo de no caer en el “colonialismo de las causas”. Kusch lo explica de este modo:

“La educación consiste, ante todo, en estar al tanto de todo lo que se dice en materia de causas en todo el mundo, me­nos en Sudamérica. Existe un colonialismo de las causas, igual que un colonialismo económico”(…)”La forma de averiguar por las causas suele vincularse con la “seriedad” del autor encon­trado en una librería. La “seriedad” vale mucho más que las causas mismas, máxime si se da el consenso estadístico de que “todo el mundo” está estudiando lo mismo”.

Y aquí es donde entra a tallar Calíbar, el viejo rastrea­dor sarmientino. Sus ojos ven lo que los ojos de Tocqueville no ven. Los rastros, huellas de la vida reciente, parece que han sido tapados.Pero no han sido tapados para preservarlos, sino para que no los veamos, para que permanezcan imperceptibles. Es como si una señal falsa encubriera lo signado como para que equivoquemos el rumbo. “Ver el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos” era el arte de Calíbar y es lo que debemos procurar cada vez que nos adentramos en “la tierra adentro” de lo que se ha escrito desde nuestros comienzos como pueblo y de lo que se escribirá hasta la consumación final de nuestra eternidad histórica.

A Sarmiento le “retozaban” las fibras cuando leía las “inmortales pláticas” de Chano el cantor que andaban “en boca de todos” (los diálogos de Bartolomé Hidalgo) y se compadecía de Echeverría que se angustiaba buscando en “los libros” y en las “teorías”: quería “decirse habitante de otro mundo”, no estar envuelto en los “aluviones de fango”.[9]

Sarmiento, como Calíbar, ve el rastro y lo sigue. Sólo de “tarde en tarde” mira el suelo, pero ha descubierto que en el ir y venir entre la civilización y la barbarie, entre lo infor­me y lo formalizado, “retoza” la vida. Desde el mundo intelec­tual (la ideología hegemónica) intenta fijar, contener, lo amorfo y tenebroso, la sombra terrible. En ese intento nos desnuda la carne viva, es decir, no el enunciado sino el acto mismo de la enunciación. Instaura así la literatura argentina, no como lo ya hecho, sino como acto artístico (Kusch). Así lo vivido y cantado por el pueblo, Facundo, cobra forma y es llevado socialmente a la conciencia. Es llevado esencialmente como arte, como articu­lación de lo tenebroso y la luz, como condensador de armonía y liberación. Por eso Facundo carece de una forma previa, por eso no hay forma para ese libro que termina dejándole la palabra al tigre, al caudillo del caos, que se gana el derecho a vociferar en el “Apéndice” gracias a sus “carac­teres de autenticidad”. Allí se acumulan “incorrección en el lengua­je”, “estado embrionario de las ideas”, “instintos jactan­ciosos del hombre del pueblo”, falta de familiaridad con las le­tras, “incapacidad…para emitir sus ideas por escrito”. Pero allí se dejan los rastros que andamos buscando: la contradic­ción, la carne viva de la realidad, los “opresores y conquista­dores de la libertad”, la libertad como estado natural.

Desde la libertad nos animamos a contradecirnos, a ras­trear signos perdidos, a entreverarnos en el griterío espanto­so. Buscar es andar perdido en la noche como el baquiano de Sarmiento, pero estar seguros que vamos “endeceras” a los adentros, tierra santa de la geocultura. Como  Héctor Tizón o Daniel Moyano andamos tras una copla perdida, como Leopoldo Marechal intuimos una Cuesta del Agua y no desdeñamos esa “provincia flotante” donde según Juan B. Alberdi se escribió lo mejor de nuestra literatu­ra: el exilio. A veces pedimos prestados sus instrumentos de precisión a Tocqueville y es nuestro compañero de ruta. No descartamos que alguno de nosotros, deslumbrado por el péndulo de Foucault, pierda el rastro.

3.- Lo que importa averiguar

La cuestión es, como decía el general Mansilla, “saber galopearse una noche”. “Hay que viajar por dentro”, dice un personaje de Héctor Tizón; y otro le responde:“Puede ser. Pero cada cual tiene su propia cabeza, y sus propios ojos. Su propia alma”. Como Atahualpa olía la Biblia, a nosotros nos toca olfatear los rastros cruzados, los múltiples y valiosos estudios sobre nuestra realidad literaria, social, cultural. Por eso, no renunciamos a la pretensión de aportar un nuevo horizonte de compresión de la realidad nacional desde los adentros mismos de los textos.

Andamos tras los rastros semiborrados de la discursividad clandestina del pueblo que vocifera en los entresijos del lenguaje litera­rio: lugar de la escritura, es cierto, pero donde la voz del pueblo entra de “prepo”, como diría Jauretche. El manantial del habla fluye sin cesar del corazón del pueblo: a veces son las “inmortales pláticas de Chano el cantor”; a veces, “el grito de la inteligencia pisoteada por los caballos de la pampa”[10]. Si­empre, de “chaqueta” o “casaca de solapas”,[11] el genio facúndico insurge de los textos y como decía Sarmien­to de Bolívar: “…es todavía un cuento forjado con datos ciertos” y “es muy proba­ble que cuando se lo traduzca a su idioma natal aparezca más sorprendente y más grande aún.”

Traducir tanto los textos como el discurso crítico al idioma natal es uno de los propósitos que hace mucho practicamos. Y siempre es­tamos a mitad de camino, o sea, en el camino de desaprender para aprender. Más aún, no siempre estamos plena­mente convencidos de que, en el camino provinciano de Barranca Yaco, aquel de la meditación de Saúl Taborda[12], la bala que tronchó la existencia de Facundo “no apuntó a su individuali­dad transeúnte y pasajera sino a la intimidad heroica de nuestro destino”[13].

Saúl Taborda estaba convencido que los caudillos, con Facundo a la cabeza, eran los portadores de la “voluntad de Mayo”, y por lo tanto, de la verdadera democracia. Citando al riojano, afirmaba: “Las provincias serán despedazadas tal vez pero jamás dominadas”. Y añadía que la vocación histórica de Mayo está ahí, en la intuición de Facundo, “formulada con un elán de eternidad, con una precisión superior a las doctrinas escritas por los doctores de la ley. Es la lección del “caos” y de la “anarquía”, que resuena, a lo largo de un siglo, en “el dolmen de Barranca Yaco”.

Con Saúl Taborda, elevando de nuevo creencias, como la de Mayo, que en épocas de “barbarie ilustrada” acoquinan y aver­güenzan a ciertos argentinos, nos animamos a galopar la noche de las pre­guntas que la sombra terrible nos formula, son pre­guntas de “vida o muerte”, según el filósofo cordobés, que arroja, además, a nuestra conciencia aletargada, amansada por la condición post-m­oderna, esta piedra emocional sobre su “tran­quilidad de agua mansa, inmersa para siempre en el silencio y el olvido”:

“Desde hace un siglo arrastramos una vida falsifi­cada.­ Falsificada es nuestra política que manejan mesnadas que desconocen y bastardean el principio esencial de la autodeterminación de los pue­blos; fal­sificada es nuestra ciencia que prefiere al rigor de la disciplina filosófica, la técnica mera y simple puesta al servicio de la ganancia profesio­nal, tanto más proficua cuanto menos se sabe responsa­ble; falsi­ficado es nuestro arte y nuestro pensamiento que no se nutren de la continui­dad espiritual impresa en el idioma sino que se concretan a ser sombras chinescas de otros pueblos que labran con tesón las canteras de sus viejas culturas; falsificados nuestros hábitos y nuestras costumbres, antaño, sobrios y fuertes, estragados, hoy, por un falso refinamiento que multiplica las necesidades civilizadas en procura del consumo por la ganancia que supone; falsificado es nuestro concepto del trabajo que no es ya función del hombre al servicio de la comunidad sino sacrificio impuesto por el afán de lucro que lo explota y lo degrada; falsificada es nuestra economía que no es la economía de monopolio de la metrópoli española, pero que es el feudalismo capitalista que maneja a su arbitrio y voluntad el fondo económico de que se forman los elementos vitales de las comunidades; falsificado es nuestro sistema institucional a cuya sombra de manzanillo nuestra vocación federalista y comunal languidece afrentada por la limosna de la pañota que le arroja el poder central     enriquecido con el empobrecimiento de las provincias, pero empobrecido él mismo por su total carencia de la comprensión de nuestro destino.”[14]

Falsificar es borrar los rastros, es tratar de que no quede “ni el recuerdo” y, al quedar sin memoria, es olvidarse de mirar “de vez en vez” el suelo, es perder las “dereceras”. Borrado el rastro, tanteando en la noche de una “travesía” sin lími­tes, noso­tros esperamos que Calíbar regrese: ¿habrá llegado el momento de ver lo “imperceptible para otros ojos”?

Jorge Torres Roggero                     

Bibliografía básica:                                                

1 TEJEDA, Luis de, 1980, Libro de varios tratados y noticias, Córdoba, Municipalidad de Córdoba.

[2] CONCOLORCORVO, 1942, El Lazarillo de ciegos caminantes. Desde Buenos Aires hasta Lima, 1773, Buenos Aires, Ediciones Argentinas Solar

[3] YUPANQUI, Atahualpa, “La Pobrecita”.

[4] DEL CORRO, Gaspar Pío,1977, Facundo y Fierro, Buenos Aires, Castañeda.

[5] SARMIENTO, D.F., Facundo,l962,Sur,Bs.s. Mientras no se indique lo contrario, las citas de Facundo corres­ponden a la “Introducción a la edición de l845” (p.17-25) y al Cap.II “Originalidad y caracteres argentinos: El rastreador, el  baquiano, el gaucho malo, el cantor” (p.47-59).

[6] Cfr. SARLO, Beatriz, 1988, Una modernidad periférica. Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires, Nueva Visión; cfr. et., 1994, Escenas de la vida postmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina, Buenos Aires, Ariel

[7] Las citas de Rodolfo Kusch y las alusiones a su obra se refieren a los siguientes títulos: América profunda,1975, Bo­num,Bs.As.; El pensamiento indígena y popular en Améri­ca, l977, Hachette, Bs.As.;  Geocultura del hombre america­no, l976 ,García Cambeiro, Bs.As.; “Anotaciones para una estética de lo americano×”,(en: “Identidad”, Revista de la Fundación Ross, Segunda Epoca, l986,Rosario).

 [8] Yamqui:”tratamiento o apellido que se daba a los más nobles de los primitivos pobladores de aquella comarca y cuyo origen era una fábula“(Jiménez de la Espada,cit.por R.Kusch).

[9] Sarmiento, D.F.,Viajes por Europa, Africa y Améri­ca(l845-l847) y diario de gastos, l993,Colección Archivos, Fondo de Cultura Económica Argentina,Unesco,Bs.As.,p.51 y sgts.

[10] Sarmiento,D.F., Viajes…,cit.págs.51 y 54.

[11] Sarmiento,D.F., Facundo, cit.pp. 24y25.

[12] Taborda,Saúl, La argentinidad preexistente, l988, Docen­cia, Bs.As. Con prólogo de Fermín Chavez.

[13] Taborda,S., cit.p.22

[14] La transcripción fue tomada de La Argentinidad preexistente, ya citada. Aunque extensa, nos pareció necesaria no solo por su contenido, sino también porque es claro ejemplo de una prosa de enfática belleza, propia de algunos pensadores cordobeses del S.XX. Hablamos de  Deodoro Roca, Saúl Taborda, Carlos Astrada, Nimio de Anquin, Alfredo Terzaga, entre otros. Más allá de sus diferencias ideológicas, expresan un modo de ser.