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por Jorge Torres Roggero

1.- La insólita tarea

En marzojauretchepodestá de 1967 la Encíclica Populorum Progressio resuena en el mundo. Sus ecos se expanden a derecha e izquierda. El mensaje de Pablo VI suscita controversias tanto en lo teológico como en lo político. Exégesis, análisis y discusiones expanden el carácter ecuménico del mensaje. La Iglesia comienza a gozar de buena prensa y la sorpresa cunde entre las expresiones tradicionales del catolicismo.

En la Argentina, en ese mismo año, apelando a la urgencia de una palabra dirigida a “poner en claro el papel de la Iglesia frente a la realidad terrena”, la Editorial Plus Ultra lleva adelante una edición de la encíclica titulada El Pensamiento Nacional y la Encíclica Populorum Progressio (1967). El tomo es presentado como un intento de la más “compleja y crítica pluralidad”. En efecto, va precedida con introducciones que enfocan el texto no sólo desde el punto de vista teológico, sino también desde el punto de vista cultural, sociológico y político. Los encargados de tan insólita tarea son Arturo Jauretche, Monseñor Jerónimo José Podestá, Ernesto Sábato y Marcelo Sánchez Sorondo que figuran en grandes letras en la mitad superior de la tapa blanca y amarilla.

2.- Sábato, Podestá, Sánchez Sorondo

Sábato enfoca su breve presentación desde una moral laica y europeísta. La encíclica es una manifestación de la crisis de conciencia de una parte de la Iglesia. Su carácter revolucionario es una demostración de que ya no cumplía “con los postulados de su filosofía básica, de su concepto y origen evangélico, de su doctrina de la persona humana. Y que por tales motivos había quedado casi siempre del lado del privilegio”. Les reprocha a los católicos pudientes su postura en relación al peronismo: estos católicos antiperonistas, tan “preocupados por la dignidad de la persona y los fueros humanos”, jamás dijeron una palabra “contra la tortura de obreros peronistas que se cometieron en los primeros tiempos de la Revolución Libertadora”. El texto de Sábato muestra las limitaciones de la Iglesia por su persistente servilismo con respecto a las dictaduras latinoamericanas; pero, a la vez, las limitaciones de Sábato que reduce el carácter genocida de la Revolución Libertadora a “los primeros tiempos”.

Sábato advierte sobre la actitud de las “señoras católicas” que, si bien no decían abiertamente que el Papa era comunista, sostenían que estaba rodeado por comunistas. Reconoce el carácter antimperialista de la Encíclica, su denuncia del supercapitalismo, pero también de los estados “supersocializados”. Concluye haciendo votos para que los católicos argentinos lean la Encíclica con “extremo cuidado y respetuosa consideración militante” y dejen de encasillar de comunistas a los que desde la cátedra o el libro piden exactamente lo que ha pedido “con solemne grandeza” el Pontífice.

El obispo Podestá, por su parte, en un proemio titulado “Sobre la encíclica El desarrollo de los pueblos”, aspira a trasuntar el mensaje del Papa desde la Palabra de Dios. La Encíclica invita incluso a “quien no entienda que esto es el Evangelio” resonando a través de los siglos, para que vislumbre, al menos, “el profundo caudal de solidaridad humana que se ha gestado en la experiencia de veinte siglos” que trasunta el texto.

Podestá evoca la visión de Calcuta, “capital de la pobreza”, en el reciente viaje del Papa a la India. Allí fue cuando recibió en el rostro, “como un vómito”, la miseria humana. Pero el más grave mal es la miseria moral, la miseria del egoísmo que presenta “análogos contrastes en París, Nueva York, o en Buenos Aires”. Denuncia los voluminosos informes que de tanto en tanto se producen en las comisiones de las grandes Asambleas del mundo. Pone ejemplos de todas partes, pero, en especial, de los países subdesarrollados donde los ricos y poderosos se pasan despotricando contra gobiernos y políticos, pero tienen “su cuantioso capital invertido en las bancas extranjeras”. Podestá se propone encarar desde el punto de vista teológico el contenido de una Encíclica que oficia de “voz de la conciencia contemporánea”. Su fundamento teológico es el anuncio del Reino de Dios que debe instaurarse sobre la tierra como signo de la presencia divina en la historia de los hombres. Dice Podestá: “La liberación del hombre por el hombre es el único verdadero signo del encuentro del hombre con Dios y la verdadera señal de que Cristo ha de volver a la tierra para restaurar todas las cosas en la justicia y en el amor. Es la única esperanza de que habrá cumplirse el Plan salvador de Dios y de que un día habrá, efectivamente, como lo preanuncia del Evangelio: “Cielos nuevos y tierra nueva”.

Rechaza la posición de algunos que presentan el contenido de la Encíclica como una utopía, en el sentido vulgar de irrealizable. En todo caso, el Papa pone en práctica la “ingenua utopía de postular un mundo que se fundamente no en el afán de lucro y en la sola competencia”, sino que pide que se funde en “el amor, la solidaridad y en la generosidad de todos los hombres”. Se trata de construir un mundo en que todo hombre, sin distinción de raza, religión o nacionalidad, pueda “vivir una vida plena y dignamente humana”.  La crítica al liberalismo extremo, el libre mercado, los excesos de la propiedad privada, la perversidad del imperialismo internacional del dinero y la oprobiosa fuga de capitales en los países débiles, son el fundamento de la “utopía” del Papa. Pero esa es la voz de Dios para los hombres y el mundo, la fe como fundamento de la esperanza, el realismo fraternal para no recaer en la barbarie. De ahí la denuncia del Papa: llama al liberalismo “sistema nefasto” y lo caracteriza como una hegemonía que “emponzoñó la civilización cristiana”.Podestá convoca a los funcionarios cristianos a no dejar “cesante y en la calle” a quien lleva 25 años de servicio. Concluye: “Argentinos: a nosotros también nos habla el Papa”.

Marcelo Sánchez Sorondo, en “¿Hacia una nueva cristiandad?”, renueva las incógnitas que aquejan a ciertos católicos que añoran la vieja aspiración de una alianza entre el trono y el altar. Ensaya un repaso histórico de la progresiva laicización de la cultura occidental, del imperi
o del individualismo burgués. “Césares de nuevo cuño” arrastran a una pugna Oriente/Occidente, se deja de lado la grandeza reducida a la economía y a la geografía: “Unidas en los extremos, Rusia y Norteamérica concentraron sendas dominaciones, en un reparto a escala universal sin precedentes”. Sánchez Sorondo desconfía del reconocimiento de la “ciudadanía secular” hacia la Iglesia porque la considera paralela al ocaso de la cosmovisión del liberalismo europeo de la “derecha”, del “centro” y de la “izquierda”. El autor pasa a historiar cómo se da el ataque hacia la Iglesia, especialmente desde el manifiesto comunista de 1848, “con vehemencia desde los cuatro puntos cardinales por las fuerzas subversivas”. No es extraño, entonces, que perciba con cierta desconfianza “la promoción actual de la Iglesia” en tanto “especialista en moralidades, en tanto centro pío que irradia una ética bienhechora, una ecuménica fraternidad”. Considera que, al “bambolearse las instituciones de la sociedad tradicional”, las naciones rectoras de Occidente, “ajenas ya al espíritu del Evangelio, se han convertido en países de misión.” Sánchez Sorondo desconfía de la profundidad religiosa del texto de Pablo VI: “Por eso la “Populorum Progressio” se destaca por la profana acuidad de sus argumentos. El signo religioso que impregna el contexto se refleja en una luz suave, mansa. Más que un documento pontificio parece la obra de un príncipe cristiano”. Rescata la crítica al “liberalismo sin freno”, al “libre mercado” y a la sola “ley de libre concurrencia”.

Concluye sosteniendo que cualquiera sea “la compatibilidad de estas tesis con la doctrina tradicional”, no caben dudas de que la encíclica se enrola en una “posición existencialmente revolucionaria” porque proclama la necesidad de un cambio y “reclama reformas profundas”. Termina postulando que la Iglesia se ha decidido no a reconstruir la cristiandad sino a forjar otra cristiandad distinta de aquella que se conoció en la Edad Media. Por eso su pregunta sobre una actualidad “demasiado humana” de la Iglesia, distraída de su espíritu de unidad, de su tradicional tarea de sofocar “el pecado de inteligencia”. El autor se siente acechado por cierta angustia espiritual por la permisión eclesial de una especie de “coexistencia”. Pero eso, piensa desde su perplejidad, “es un asunto que trasciende el horizonte de la historia”.

3.- Arturo Jauretche habla sobre política en la ciudad terrena

La ponencia de Jauretche, cuyos principales puntos se transcriben a continuación, se titula “Política en la ciudad terrena”. Es un original vistazo sobre la secular sabiduría política de la Iglesia. Como en todos sus escritos parte de un hecho puntual: su polémica con el señor Arrausi, secretario general del Sindicato de Viajantes que vamos a omitir. Arrausi pertenecía a los 32 Gremios Democráticos como se autotitularon en su retirada los pocos gremios que quedaron en manos de socialistas, comunistas o radicales a medida que las 62 Organizaciones Peronistas iban recobrando, en elecciones libres, los sindicatos arrebatados por la represión, la tortura y los tanques de la llamada Revolución Libertadora.

Entre otros aspectos, se notarán en el texto interesantes reflexiones epocales sobre el papel del catolicismo en Latinoamérica y sobre la penetración del imperialismo anglosajón mediante el apoyo y difusión del protestantismo. Como siempre, un Jauretche polémico.

Damos paso a Jauretche que inicia narrando una hilarante mesa redonda entre un socialista, un jesuita, un laico católico y un profeta nacional y popular que, inesperadamente, ensaya un uso “populista” de Guido von List un extraño y discutido pensador austríaco de comienzos del SXIX y recoge el testimonio de un amigo falangista
. La transcripción respeta el sistema de citas de la edición Plus Ultra. Con mínimas supresiones, este es el artículo de Arturo Jauretche:

 4.- Un papista apasionado

(…) “Ruego al lector que me perdone esta introducción, pero ella me es necesaria porque el tema en que voy a entrar es escabroso, si no para los católicos que me van a leer, para los ateos que vigilan mi ortodoxia, como se verá. Así ocurrió en el episodio en el Canal 2 que refiero hacia mediados de abril del corriente año. Se realizaba una mesa redonda sobre la encíclica. En la rueda viniendo de izquierda, y ya en segunda vuelta de exposiciones, había hablado un sacerdote, el padre Ferri, director del Seminario Teológico de San Miguel; le sucedió el doctor Tamit, católico militante, ex presidente del Banco Central, y cuando me llegó el turno, empecé diciendo que yo me iba a ocupar del aspecto de la encíclica vinculado con la política de la Iglesia.

“Si bien el objeto último de la Iglesia es la Ciudad Celeste”, —dije—, “ésta tiene que cumplir misión en la tierra, en la ciudad terrena, que es donde ejerce su apostolado. Se propone salvar para el cielo, pero lo hace en la tierra y por consecuencia en la tierra tiene que vivir.”

“Vivir en la tierra significa convivir, y convivir significa una política que tiene que practicarse entre las políticas de la tierra, es decir, de los agrupamientos humanos; en nuestro caso, y hoy, los estados y su estructura institucional, económica y social”.

“Como institución política la Iglesia es la más vieja del mundo y en poco tiempo más ha de cumplir 20 siglos. Prescindiendo de la sabiduría eterna que se le supone tiene una sabiduría política terrena, hija de una larga experiencia, la más larga de todas.” (Aquí pude acotar, usando mi “Martín Fierro”, aquello de que “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, seguramente válido para los representantes de Dios. Pero no lo hice, no fuera a meterme en teología en presencia de un teólogo como el padre Ferri que lo es con toda la barba, aunque no la use.)Entraba así al tema, este que estoy tratando ahora, y continué diciendo:

“La Iglesia se encuentra en presencia de un mundo que ya no se conforma a las estructuras capitalistas y colonialistas heredadas del siglo XIX. Ve con toda claridad el cambio y ha llegado a la convicción de que es inevitable.”

“Con prescindencia de las razones espirituales que aquí se han expuesto es natural que la Iglesia se ponga en la línea del cambio desde que éste es inevitable. Debe hacerlo por esa misma necesidad de convivir con el mundo presente y futuro, y con la estructura de la sociedad en la cual debe ejercer su apostolado. La Iglesia ha convivido con el Imperio Romano, con el feudalismo, con el capitalismo y deberá convivir con la sociedad que viene. Toma la posición de ésta, porque su sabiduría política terrena la guía para adelantarse a los tiempos, para no quedarse atrás. Cualesquiera sean las razones de orden moral, filosófico o teológico que inspiran la anterior encíclica «Mater et Magistra», o ésta «Populorum Progressio”, hay razones de orden político, vinculadas a lo que se dijo al principio—el necesario ejercicio del apostolado—, que la llevan a adecuarse al mundo que nace y a condenar las formas que se le oponen del mundo que perece, pues la misión de la Iglesia en la tierra es estar presente, cualesquiera sean las circunstancias, con la palabra divina.”

“Con esto pretendo”, continué, “añadir un aspecto pragmático del contenido de las encíclicas que se vincula con la oportunidad histórica en que ellas se producen: la Iglesia juega al cambio porque ya sabe que estamos en el cambio.”

“Yo diría” —comenté entonces—, “que para un buen jugador no hay duda de este cambio cuando el jugador que tiene más larga experiencia histórica y que mide el tiempo del mundo, este mundo, con el mejor reloj, juega al cambio.”

Y aquí se produjo el episodio que me impidió continuar entonces. La voz ahuecada, solemne, del inexperto orador y dirigente sindical (de los 3 y 2), compañero Arrausi, adquirió un tono angustiado de sensibilidad herida, cuando me increpó:

“¡Usted no tiene derecho a minimizar la actitud de Su Santidad envolviéndola en un sucio cálculo político!”La interrupción combinaba el ácido acento parlamentario de don Nicolás Repetto inculcado en los fermentarios socialistas democráticos, y las admoniciones del presbítero Castro Barros.

Me pareció destinada a agregar una prueba más de la eficacia de “Populorum Progressio”. Pensé por un momento: “¡He aquí un hijo de Belial, un agnóstico convertido al que le toca amparar a Su Santidad con esa, su poderosa fe de converso!” Conozco de sobra el entusiasmo de los neófitos y no podía chocarme ese violento e inesperado papismo. Pero miré a mi izquierda —los creyentes estaban a la izquierda en esa mesa— y percibí que ni el teólogo ni el católico militante aprobaban al viajante de comercio, en su sagrada indignación.

Se me ocurrió señalarlo y le dije al tal Arrausi: “Es curioso que ni el sacerdote ni el creyente hayan visto agresión a Su Santidad y que el que me ataca tan violentamente imputándome un propósito minimizador respecto del Papa, sea un creyente en Norteamérico Ghioldi”.

La reacción del tal Arrausi mostró la cola del diablo. Me gritó nazi. Y esto provocó a su vez una reacción mía que evidentemente se salió de las formas parlamentarias y pacíficas, enseñadas en los fermentarios, constituyendo uno de los sketches más movidos de la televisión de los últimos tiempos.Arrausi, olvidado ya de su papismo, apeló a su buen Sarmiento retirándose al grito de: “Las ideas no se matan”. Y eso es todo lo que ocurrió entonces y sirve para explicar por qué en este trabajo no hago más que continuar lo interrumpido en una mesa redonda televisada.

5.- Tiempos de adversidad

En Madrid en 1958, mi amigo Ceferino de Maestu, jefe de la Agencia F. I. E. L. y avezado periodista me contó una entrevista reciente de su agencia, con el Papa Juan XXIII. En ella, y haciéndole preguntas sobre el Concilio que entonces se preparaba, y se realizó después, cuyas resoluciones tanto han gravitado en las Encíclicas que se comentan, Su Santidad hizo mención, entre los fines del Concilio, a la solución probable de los problemas pendientes con la Iglesia griega. Como alguien preguntase qué importancia revestía esa escisión y cuál era la urgencia por resolverla, Su Santidad dijo algo cuya trascendencia se va poniendo en evidencia con el transcurso del tiempo y con las sucesivas Encíclicas.

Señaló entonces que ninguna cuestión de dogma separaba la Iglesia griega de la romana. Se trataría de una cuestión puramente política y en la que Roma había cometido un error al subestimar, en la época de la escisión, la importancia del patriarca de Constantinopla, que debió ser medida por la importancia de Bizancio en ese momento histórico. Roma cometió entonces un error político “que es necesario rectificar pues tenemos mucho que aprender de la Iglesia griega y ella nos puede ayudar”, dijo Su Santidad. Agregó que la Iglesia griega lleva muchos siglos de convivencia con la adversidad, lo que revela una sabiduría política, útil para perfeccionar la nuestra, en una hora en que estamos también en el riesgo de la adversidad.

Reconstruyo de memoria un relato al que no asigné en su momento la debida importancia pero cuyo contenido se esclarece a la luz de los hechos posteriores y puede explicar la “Populorum Progressio” desde el limitado ángulo que lo encaro en este pequeño ensayo en que prefiero minimizar su contenido a nivel político, para emplear la expresión del neófito del fermentario (esta referencia de Maestú ha sido ratificada recientemente por el viaje de Pablo VI al Cercano Oriente y su entrevista con el patriarca de Constantinopla Atenágoras).

A nivel político, la Iglesia sabe mucho, como ya se ha dicho. Pero allí sabe a nivel humano y no divino. El que en ocasiones se equivoque, y que el Sumo Pontífice lo acepte, prueba tanto la sabiduría papal, como la naturaleza humana de su sabiduría política.

Cuando digo que es el político que sabe más, no digo tampoco que las sabe todas. Si se equivocó en este caso de la Iglesia griega, o no, es juicio de hombre. Yo creo que se ha equivocado muchas veces, con ser quien más veces acierta. Y precisamente se equivoca en lo temporal cuando se aferra demasiado a lo temporal de ayer, olvidando lo temporal de hoy y de mañana. Así cuando la Reforma se aferró demasiado a lo temporal y por cuidarlo sirvió a los protestantes que los Príncipes apoyaron para conseguir lo temporal que la Iglesia no les daba por las buenas, convirtiendo en protectores del protestantismo a los que hubieran sido sus enemigos. Entonces la Iglesia política, como cualquier político, pesó mal las fuerzas y se vio envuelta en el mismo drama de España. La Espada de los Habsburgo que dejó de apuntar al mar para apuntar a la Europa del Sacro Imperio Romano-Germánico, le dio una falsa sensación de fuerza y jugó a la Edad Media sobre la cuna de la Moderna. Roma perdió media Europa y España el océano; en ambos casos ganaron los protestantes.

Pudo jugar a la Edad Media por una concepción política, ligando demasiado lo divino a la estructura de la sociedad y no inversamente; pesó en su pensamiento político el aferrarse a un orden temporal por razones temporales; o por la engañosa apariencia de poder de los Habsburgo.

Ni el orden de la Edad Media ni el del capitalismo que le sucedió eran divinos, sino terrenales, y tal vez olvidó que ningún orden terrenal está vinculado a la eternidad. Su quehacer político necesita jugar en el tiempo de los hombres, que no es el tiempo de la eternidad, que no lo tiene.

Ésta es una razón para que la Iglesia tenga política, aunque Dios no la tenga. (Pero me estoy metiendo en honduras y sigo el consejo del viejo Rosquilla: “No te metás en lo hondo andando bien por la orilla”.)

El capitalismo no nació por la Iglesia sino a contrapelo de la misma, pero la Iglesia, si cometió el error político de no verlo a tiempo, no cometió el error político de empeñarse en no verlo. Y convivió, se adentró en ese orden hasta el punto de que muchos creyeron que era el orden de la Iglesia. Ahora nos está diciendo que ése no es su orden; es que ahora no ve a destiempo; sólo que está llena de quienes no quieren verlo porque son más hijos de ese orden que de la Iglesia, aunque crean serlo de esta última.Y en aclarar esto ya ha andado mucho.

Antes de Juan XXIII y Pablo VI el capitalismo pretendía identificarse con el orden cristiano y había logrado crear una imagen que muchos católicos creían y de la que resultaba que más bien que ser el capitalismo un momento en el orden cristiano, era el orden cristiano un hijo del capitalismo. De ahí debe provenir esa identificación de la fórmula: occidental y cristiano. O tenerlos por siameses, como el “New York Herald” y “La Prensa”.

Si esta imagen era válida para muchos creyentes mucho más lo era para los no creyentes. Tal vez ahora la imagen de la Iglesia haya cambiado más entre éstos que entre los católicos; éstos poseían la imagen verdadera pero no distinguían entre lo temporal y lo espiritual y confundían la política de convivencia con cada estadio de la sociedad, con una supuesta perennidad de los estadios. Las encíclicas hacen la necesaria dicotomía que sólo no entienden quienes se aferran más al estadio que a la Iglesia, seguramente porque su fe reposa más en los estadios que en las enseñanzas. Es lo que les ocurre a los que creen más en el capitalismo que en su fe, aunque no lo sepan.

Es a los creyentes que se dirige el apostolado. Los creyentes hacen el mismo desde que son parte de la Iglesia; no lo son en cambio, aunque crean serlo, los que se preocupan más de salvar sus cosas que de salvarse salvando a los que no creen.

Será difícil hoy que alguien recuerde siquiera aquello de “ahorcar el último cura con las tripas del último militar”. Y que no se lo recuerde es ya una prueba de cómo está abonado el campo de los no creyentes, es decir, cómo ya la Iglesia convive en el mundo donde el apostolado debe ejercitarse, que es el de los no creyentes.

Hablo sólo de política; ésta se adecua a esa convivencia necesaria para la Iglesia que viviendo en el mundo se adecua al mundo, pero no quema sus naves por las cosas del mundo. A la imagen cerrada de los dos ateísmos —el capitalismo que la vio como instrumento y el revolucionario que la vio como enemigo— la Iglesia le da una imagen abierta con toda la gama, como que contiene toda la gama el mundo de cambio en que vivimos. Así puede ir de monseñor Caggiano a Camilo Torres…

6.- La Iglesia y el Tercer Mundo

“Populorum Progressio”, como lo dice en el principio, continúa los enunciados de “Rerum Novarum”, “Quadragésimo Anno”, “Mater et Magistra” y “Pacem in Terris” con que los predecesores de Pablo VI cumplieron “el deber que tenían de proyectar sobre las cuestiones sociales de su tiempo la luz del Evangelio”. En la definición ascendente que expresa esta secuela la última encíclica afronta la cuestión social desde un ángulo concreto y preciso, indiscutiblemente ligado a las condiciones de la política mundial. Todos los enunciados de las anteriores que son también ecuménicos, encuentran en esta encíclica el encuadre que les permite ajustarse a las exigencias de la justicia determinando el marco en que la injusticia está contenida y el camino de su realización.

Lo novedoso y fundamental de esta encíclica es precisamente que desde la posición ecuménica del pontificado se esquiva o, mejor dicho, se revela, la trampa básica del liberalismo que consiste en suponer el mundo de los hombres al margen de las estructuras nacionales dentro de las cuales están contenidos, y a que podía ser tentado el pensamiento religioso estableciendo la relación entre Dios y el hombre con prescindencia de la situación del hombre dentro del continente nacional.

Ya List en su “Sistema de economía nacional” había señalado a principios del siglo pasado que en el terreno económico la doctrina de Adam Smith y sus corifeos pretendía ignorar que el mundo no era una agregación de individuos aislados sino una agregación de naciones en distintos estadios de desarrollo. Esta ficción del liberalismo estaba destinada a dar la imagen de un mundo homogéneo y abstracto en el cual jugaban libremente las leyes naturales que el liberalismo enunciaba como respondiendo a un orden matemático. La consecuencia inevitable para List de ignorar ese hecho —el nacional— sería que a medida que se profundizase el desarrollo capitalista se iba a profundizar la desigualdad entre las naciones colocadas en distintos estadios de desarrollo y que consecuentemente el mundo tendía a configurarse con profundas diferencias entre los países que por la industrialización llegarían a los más altos niveles económicos y los que, por su indefensión frente al poder dominante de éstos, en la economía de la división internacional del trabajo, se estacionarían y aun retrocederían en su desarrollo. La desigualdad entre las naciones se iría profundizando con el desarrollo del mundo capitalista con lo que la heterogeneidad del mundo supuestamente homogéneo se profundizaría hasta marcarse claramente el desequilibrio entre los que hoy se llaman los pueblos desarrollados y pueblos en subdesarrollo.

¿Esta desproporción entre las naciones, este desequilibrio entre los cuerpos políticos en que los hombres están contenidos podía no interesar a la Iglesia ya que su materia no son los estados sino el hombre? El hombre como sujeto de la caridad y la justicia está contenido en ellos y sus posibilidades están circunscriptas dentro de sus límites. Ni el hombre es una abstracción, ni tampoco las naciones, y es en el terreno concreto del hombre donde se siembra la palabra divina. De tal manera corregir la injusticia y abrir las perspectivas del hombre obliga al diagnóstico del mal, originado en gran parte en ese desequilibrio de las naciones, pues sin el diagnóstico no es posible el remedio.

Así lo ha entendido la encíclica y por eso en ella es fundamental la comprobación que hace la cátedra de San Pedro de una inicua distribución de los bienes que ya no es la simple desigualdad social entre los hombres aislados, sino entre los hombres según el estadio nacional y económico a que pertenecen. Y aun la más inicua pretensión de disimular que el ascenso de los hombres como tales a un nivel de dignidad humana está inevitablemente ligado al ascenso de las naciones en que están contenidos los hombres como pueblos.

Oigamos el diagnóstico cuando habla de la economía moderna: “Dejada a sí misma su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no a una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida. Los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios que faltan cruelmente a otros, y estos últimos ven que sus exportaciones se hacen inciertas”.

“Al mismo tiempo los conflictos sociales se han ampliado hasta tomar las dimensiones del mundo. La viva inquietud que se ha apoderado de las clases pobres en los países que se van industrializando, se apodera ahora de aquéllos, en que la economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos adquieren ellos también la conciencia de su miseria no merecida.

A éstos se añade el escándalo de las disparidades hirientes, no sólo en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder. “Mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población pobre y dispersa está privada de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad, y aun muchas veces viviendo en condiciones de vida y de trabajo, indignas de la persona humana.”

Al hablar de la equidad en las relaciones comerciales la encíclica dice: “Las naciones altamente industrializadas exportan sobre todo productos elaborados, mientras que las economías poco desarrolladas no tienen para vender más que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico, los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado. Por el contrario, los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados, sufren amplias y bruscas variaciones de precio, muy lejos de esa plusvalía progresiva. De ahí provienen para las naciones poco industrializadas grandes dificultades, cuando han de contar con sus exportaciones para equilibrar su economía y realizar su plan de desarrollo. Los pueblos pobres permanecen siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más ricos”.

“Es decir que la regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son ciertamente evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica: es un estímulo del progreso y recompensa el esfuerzo. Por eso los países industrialmente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman libremente en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos. Es por consiguiente el principio fundamental del liberalismo, como regla de los intercambios comerciales, el que está aquí en litigio.”

“La enseñanza de León XIII en la «Rerum Novarum» conserva su validez: el consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado desiguales, no basta para garantizar la justicia del contrato; y la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias del derecho natural. Lo que era verdadero acerca del justo salario individual, lo es también respecto a los contratos internacionales: una economía de intercambio no puede seguir descansando sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra también demasiado a menudo una dictadura económica. El libre intercambio sólo es equitativo si está sometido a las exigencias de la justicia social.”

Con estas palabras la encíclica ubica el problema de la justicia social en el plano internacional. Primero porque constata el hecho imperial que genera la expansión capitalista de unas naciones sobre otras; segundo, verifica también la inseparabilidad del mejoramiento de la condición del hombre, del mejoramiento de las condiciones nacionales; tercero, toma posición beligerante frente al hecho imperialista. Cuando se dice acción beligerante, hay que entender como tal la que corresponde a la política del espíritu; por eso se dirige al espíritu de unos y otros, imperiales y colonizados, para señalarles el camino de la comprensión como ruta aconsejada.

Lo que importa como análisis político referido exclusivamente a la ciudad terrestre es la comprobación, que hace la Iglesia, de la existencia del hecho imperialista como un factor que políticamente la obliga a definirse. Aquí no me estoy refiriendo a la tarea divina sino a esa necesaria convivencia con las situaciones contemporáneas que ha dictado la política de la Iglesia durante tantos siglos permitiéndole convivir con las más variadas estructuras económicas, políticas y sociales para cumplir su tarea apostólica.

Con esto vuelvo a lo que quise decir en la ya mentada audición televisada. Para cumplir su tarea con la palabra divina la Iglesia debe persistir y esa persistencia requiere una adecuación, un conformarse a cada momento de la historia. Pero es ella la que se conforma para cumplir sus fines. No permitirá que otros la conformen a ella para cumplir los suyos.

Así, si durante la etapa de creación y expansión del mundo capitalista se adaptó a éste, como se había adaptado al mundo romano, o al feudal, porque su política divina le enseña la transitoriedad de los sucesivos órdenes mundanos, su política terrena tiene que operar para sobrevivir las transiciones. Su reino no es de este mundo, pero en este mundo actúa.

La Iglesia ha convivido con el capitalismo y en esa convivencia pareció en cierta manera identificarse con él, en el orden político y social. El vivir dentro de ese orden la institucionalizó para el mismo; y si bien mantuvo siempre su divergencia espiritual, el liberalismo capitalista terminó por atribuirle una identificación material que también parecieron creer los adversarios de ese orden y una gran parte de la grey católica que no comprendía la transitoriedad puramente política de esa identificación que era sólo una convivencia necesaria para el ejercicio del apostolado.

Así fue cómo la lucha por la liberación de los pueblos en infradesarrollo pudo en un cierto momento de la propaganda capitalista ser significada como producto de una concepción marxista de la historia, y no como un hecho de la misma, generado por la historia, que cada doctrina interpretaba a su manera. (Ya hemos visto que mucho antes que el marxismo, List había enunciado las características del desparejo desarrollo nacional hasta el punto que los países que lo comprendieron pudieron hacer su propio desarrollo dentro del capitalismo con el simple recurso de eludir la mena de la división internacional del trabajo y organizar sus economías como nacionales, que es el caso de Estados Unidos y Alemania en el siglo XIX.)

El capitalismo liberal hizo del marxismo ateo una bandera para defender sus finalidades ateas con una cobertura religiosa; así fue como una lucha entre dos ateísmos fue presentada por las fuerzas conservadoras del orden existente como un conflicto entre el orden cristiano y el anticristianismo de la sociedad.

De allí salió eso de Occidente Cristiano, que tiende a hurtar la naturaleza político-económica de la estructura imperial y pretendió eludir la necesidad de afrontar los problemas del Tercer Mundo, presentando a los que intentaban resolverlo como unánimes expresiones del ateísmo marxista. En esta forma la política imperial del capitalismo pretendía instrumentar la Iglesia como uno de sus elementos de sustentación, dando al mismo tiempo una imagen falsa de las finalidades de la misma que la hubieran imposibilitado para cumplir su tarea apostólica en el inevitable surgimiento de un mundo nuevo que contiene el más numeroso caudal humano destinatario de la palabra de Cristo.

7.- Con el pie en el mañana. Occidente cristiano y occidente protestante

Pero en el momento preciso de la crisis, en el filo de la transición la Iglesia ejercita esa aptitud política para la convivencia con la política de la tierra, y toma la posición esclarecedora de la encíclica “Populorum Progressio” condenando aquello que pretendía instrumentarla para su servicio.

En la ciudad terrena la Iglesia es huésped, pero no familia de las variadas formas sociales y políticas que se suceden en la historia. Va diciendo la palabra divina y cuidando su grey, que es potencialmente toda la humanidad, y marcha en la historia conforme a los cambios que en la sociedad so producen.

La Iglesia ya sabe que el cambio está y es ya más huésped del cambio que de la sociedad capitalista. Convive y convivirá con ella, pero cada vez menos porque convive y convivirá con la que viene. Su sabiduría terrena le ha enseñado a sobrevivir para su misión celeste, y al margen de su misión de justicia y caridad contenida en la encíclica tiene una tarea política que cumplir. Esta es: vivir en la sociedad futura, y cuando enuncia en la encíclica cómo debe entenderse la palabra divina está también trazando su propio camino político. Sabe que en la perennidad terrestre de su obra tiene que estar más atenta a lo que viene que a lo que se va.

Esto es el aspecto de la política de la Iglesia que no está dicho en la encíclica pero que es implícito en la oportunidad: la Iglesia mira al futuro y ya está conviviendo con el futuro; quizá gran parte del mundo futuro le será adverso, pero aun en ese caso tiene que continuar su tarea en la adversidad, que es la enseñanza a que se refería Juan XXIII cuando anticipaba la nueva actitud con la Iglesia griega que ya está puesta en marcha desde la visita de Pablo VI a Atenágoras.

Pero esa política de convivencia con la adversidad puede no darse si la convivencia se hace al nivel de las necesarias reivindicaciones de los pueblos en cuyo amparo levanta su voz la encíclica. Ella nos dice por lo pronto cuán ajena es al capitalismo que quería atarla a su destino. Simplemente la Iglesia convivió con él como había convivido con el feudalismo o con el mundo romano.

Se prepara a convivir con lo que viene, y para convivir se pone a la cabeza de ese devenir; se adelanta a los nuevos ordenamientos: allí estará presente como estuvo antes en todas las variantes de la sociedad y del Estado.

Recuérdese lo que hemos dicho al principio. El fin de la Iglesia es la sociedad celeste —“Mi reino no es de este mundo”—, pero tiene que estar presente en la ciudad terrena para ejercer su apostolado.

Es lo que le parece minimización de la encíclica al descreído papista que me salió al cruce, porque es un papista ocasional y confunde la política de la Iglesia con la política de los hombres cuyo fin está en ella misma. ¿Cómo puede comprender el producto de un fermentario que la política es sólo instrumento en el caso de la Iglesia, de finalidades que no son las meramente humanas?

No lo puede comprender. Y ni siquiera por su ateísmo. Es más bien por su protestantismo pues no hay que engañarse: la gente de la Casa del Pueblo no tiene la cuestión con Dios; la tiene con el catolicismo y ama su contrafigura: el protestantismo que es lo que más se aviene con su mentalidad vegetariana y municipal. Ellos creen como los protestantes, en el hombre blanco y su pesada carga, que es conducir los hombres de color, marginales de la especie. (Nicolás Repetto en su correspondencia de Nueva York expresaba su satisfacción porque en la mesa de luz de los hoteles encontraba siempre ejemplares de la Biblia. De ninguna manera hubiera tolerado la presencia del Evangelio, signo de oscurantismo.)

Continúan la línea de “civilización y barbarie” y la barbarie es lo indígena, es lo español: en el fondo lo católico, apto para el español y para el indígena por ecuménico, porque el ecumenismo no admite razas superiores, ni Dios blanco a imagen del hombre blanco, y misión del hombre blanco. Para el ecumenismo el hombre es sencillamente el hombre, criatura de Dios bajo cualquier color de piel, y no a semejanza del ferretero de la esquina que es el infalible de la congregación desde que el Papa no lo es. Dios a nivel del hombre blanco pone a los otros hombres fuera del nivel de Dios.

Hasta en el pecado. Para el protestante —y también para nuestros socialistas— el amor irregular con la mujer de color no es sólo pecado de la carne. Es bestialidad, aunque no se diga. Por algo los imperios protestantes no han hecho mestizos y mulatos. Matan o segregan.

Católicos y portugueses cubrieron nuestra América y África y Asia de pueblos mezclados. Pecaron mucho en la carne, porque pecaban menos con la criatura de Dios. Los protestantes pecaron menos en la carne, pero tienen este otro pecado, contra el hombre. Y el castigo de no poder ser ecuménico, es decir entrar espiritualmente en el mundo de todos, que se aproxima aquí en la tierra.

Pero esto es otra historia que forma parte de las numerosas consecuencias que genera el ecumenismo católico. La encíclica “Populorum Progressio” es como es porque se pensó ecuménicamente. Ecuménicamente no puede ser otra su palabra.

Ya lo de Occidente cristiano tiene otro sentido. Es Occidente cristiano y por ende ecuménico. Porque en cuanto se lo entiende por Occidente capitalista ya no es ecuménico, es decir católico. Es el Occidente de los protestantes.”

ARTURO JAURETCHE

por Jorge Torres Roggero

1.- ¿Un “neo-maldito”?

“No quiePablo Herediaro ver más peronistas, si es necesario fumigo (…) con una avioneta la Plaza de Mayo, para que no haya más peronchos cagando el futuro de la Argentina”, disparó Baby Etchecopar, desde un programa radial. En el programa siguiente, redobló la apuesta: “Los peronistas necesitan un nuevo Videla que los torture”. Mirándolo bien, estaba reemplazando el bombardeo de la Plaza de Mayo del 55 por el glifosato agrogarca; y la “operación masacre” por el genocidio del 76. En realidad, los exabruptos brutales del coprolálico exterminador son apenas una excrecencia del discurso oficial.

En efecto, los macristas y sus aliados en el Consejo de la Magistratura, le dieron curso al pedido de remover a los camaristas Graciela Marino y Enrique Arias Gibert, que fallaron a favor de los bancarios en la paritaria. En su formulación, el Ministerio de Trabajo los consideró un “hedor a remover”. (Pág.12, 10/03/17)

Esta consideración de las masas populares y de quienes no ceden a las presiones ajustadas a los criterios de verdad impuestos por el discurso hegemónico, ya fueron caracterizadas en 1969 por Arturo Jauretche según anoté en una entrada anterior titulada: “Malditos, bueyes corneta y los epigramas del gato amarillo”. Armando Cascella, Leopoldo Marechal, Arturo Cancela eran malditos. Y son malditos aquellos escritores e intelectuales que, por no ser útiles como vehículos de la colonización pedagógica, permanecen inéditos o con su obra recluida en la trastienda de las librerías, ninguneada por la academia, exiliada de las revistas especializadas y desconsiderada en la cátedra universitaria. Se juzga al autor, se reprime su coherencia y no se considera su obra.

En las líneas que siguen, nos adentraremos en un libro portador de importantes hallazgos en el campo de los estudios literarios y culturales en Argentina. Su autor, que demuestra excelencia académica, vasta erudición y aporta enfoques y saberes nuevos a su objeto de conocimiento, está en serio peligro de erigirse en un “neo-maldito”. En efecto, ostenta una visible y empecinada lealtad a la tradición plebeya del “hedor a remover”.

2.- Los neo-malditos y hedor a remover

Pablo Heredia, doctor en Literaturas Modernas, profesor titular por concurso de antecedentes y oposición e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba, publicó en 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55.

El libro ofrece varios aspectos que nos incitan a hablar de neo-malditos. Como los “malditos” que definió A. Jauretche, se anima a desentonar con la “música monocorde” y se interna en la exploración de áreas que una excesiva colonización nos ha suprimido como objeto de conocimiento.

Parte, para eso, del supuesto de que “nuestra razón de ser” rezonga en los trasfondos de la literatura. Allí habla un secreto y casi inaudible tumulto, un ulular apremiante, que los antiguos llamaban “vox populi” y que nos incita reformular nuestros modos de leer los textos literarios, los ensayos de interpretación.

Renuncia, entonces, a ciertos minuciosos estudios que hacen gala de un “racionalismo de estudiante recién recibido” (Kusch), para auscultar las voces del corazón de un peronismo irredimible (“grasa militante” o “hedor a remover”), hecho maldito o bendito milagro, que todavía desvela a “los profetas del odio”: “El peronismo y las masas populares que operaron a través suyo, se constituyeron también en un manifiesto cultural en que el arte en general no pudo aislar ni soslayar su presencia” (p.11).

El subsuelo social, entonces, materia insoslayable del pensamiento universal, convierte a la literatura y a la política en fenómenos inseparables. Imposible, según el autor, una lectura aséptica cuando, desde posiciones intolerantes, hubo escritores e intelectuales de los sectores liberales tradicionales que justificaron, escudados en la estética, “la dictadura militar, la represión y la violencia del Estado”.

Ahora bien, un neo-maldito se diferencia de los malditos jauretcheanos en que realiza importantes aportes teóricos para crear configuraciones (sincronismos) con el dinamismo de lo informe, de lo que se presenta como un “no-saber revulsivo”.

En consecuencia, el lector del libro que nos ocupa, asistirá a una polémica interna en que se ponen en actividad teorías del pensamiento eurocéntrico (Foucault, Link, Marx, Ranciére, Williams) para repensar la noción de pueblo, para descubrir el lugar autoritario del otro, para mostrar cómo los intelectuales-escritores liberales fijan su canon desde una “razón frígida” que regula “lo que se debía considerar “palabra-razón” y para formalizar una “sensibilidad ética y estética”.

En otras palabras, se trata de desenmascarar cómo se construye desde el odio “el régimen de verdad del peronismo”, y, también, de visibilizar su inasible “razón mestiza” que inhibe toda conclusión definitiva: “Este estudio carece de conclusiones porque el peronismo todavía es presente. Su actualización en los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner ha generado en el discurso liberal de la derecha conservadora el mismo racismo y el mismo odio por ese Otro que “aparece” históricamente cada vez que se implementa un proyecto nacional y popular”.

Otro aspecto novedoso del libro de Pablo Heredia es que se centra en “apenas unos meses, y un poco más, de la historia intelectual-literaria argentina”. En efecto, el segmento discursivo que se pone a consideración abarca desde “el 16 de setiembre de 1955, hasta los trágicos sucesos de junio de 1956.” Habrá que aclarar, sin embargo, que no se trata de textos congelados, sino que se activan en una contextualización que pone de manifiesto una discursividad siempre “crispada” (es decir, en debate) entre el campo popular y el “régimen de verdad” oligárquico a través de un palpitante antes y después omnipresente.

Repasa, entonces, la construcción del Pueblo en la doctrina peronista desde sus inicios en la palabra de su creador y, al mismo tiempo, el proceso de reorganización del estado oligárquico que la Revolución Libertadora reinstaura a través de la llamada línea Mayo-Caseros cuyos ecos se prolongan a la dictadura genocida del 76 y se reduplica en la actual urgencia del “hedor a remover”.

En pos de su objetivo, el autor recorre las estéticas del odio en las metáforas y alusiones de nuestros más grandes narradores: el monstruo (Cortázar, Borges), la vejación (Martínez Estrada), la seducción de la barbarie (Murena) y la confusión de límites entre ficción, sueño, realidad (Borges). Figuraciones fantasmagóricas (mix venenoso de miedo y odio) de las clases populares que son la base social y cultural del peronismo.

Se revisan, asimismo, los ensayos de las revistas Sur y Contorno, la demonización del adoctrinamiento, las discusiones superestructurales entre historiadores, intelectuales y escritores. Polémicas infértiles entre marxistas burgueses acosados por complejos de culpa (León Rozitchner) y el existencialismo vergonzante de Ernesto Sábato. Por otra parte, se analizan por primera vez, las reveladoras polémicas entre Sábato, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche. Se detiene especialmente en los orígenes de una discusión, en boga en época de aparente declinación del movimiento nacional y popular, acerca un posible peronismo sin Perón. Curiosamente es una aspiración de los sectores dominantes que suele “derramarse” a ciertos burócratas de la C.G.T. en una búsqueda, hasta ahora imposible, de “trabajadores sin peronismo”.

En el Cap.VI, Pablo Heredia repasa los intentos de descolonización intelectual en el pensamiento de la izquierda nacional y sus preguntas sobre el intelectual colonizado y los avatares de la literatura nacional.

El autor concluye su peregrinación mirando las ideas desde la vida del pueblo y al margen de la variante del “despotismo ilustrado de la oligarquía”: “El postulado nacional-popular (…) se sostiene desde una epistemología política, y no desde un sistema ideológico (…). Se trata de una actitud cultural, como decía Rodolfo Kusch, que está presente en todos los pueblos del mundo que luchan por su liberación contra el imperialismo y las castas nativas que lo sirven” (p.200).

Otro aporte del libro es la construcción de una reveladora “síntesis telegráfica” con las palabras claves con que definen al peronismo tanto la revista Sur, como Contorno. Damos los siguientes ejemplos, que no agotan la serie, y a simple modo de ilustración.

Revista Sur: odio, demonio, monstruo, barbarie, materia, caos, populismo, pesadilla, espanto, opresión, ilusión, resentimiento, demagogia, ruido, olor, fealdad, robo, venalidad. Contorno, por su parte, ofrece la siguiente muestra también incompleta: irracionalidad, ignorancia, ficción, farsa, pantomima, alienación, falsa conciencia, dictadura, demagogia, impunidad, lumpen proletariado, seducción, rebeldía, revuelta, casi nada (p. 140). El reducido espacio nos impide repasar las palabras claves con que ambas revistas se definen a sí mismas. Sin duda, relacionar estas series nos internaría en extensas y reveladoras consideraciones. Por supuesto, la “síntesis telegráfica” es sólo un resumen del minucioso estudio con que es abordado el tema del peronismo en las revistas citadas.

3.- El epitetario del odio

Concluimos estas líneas con otro original hallazgo de Pablo Heredia: el “Epitetario del odio”. Imposible de explicar desde la “razón frígida”[i], irreconocible desde la ética y la estética de la conciencia cipaya, el peronismo es un “monstruo vivo”. Es, en otros términos, el pueblo en marcha que violenta el “régimen de verdad” de la oligarquía burguesa: “Para la oligarquía, ese Otro imaginado amorfo, un cuerpo sin más, perceptible a través de los sentidos (vista-grotesco-monstruo, oído-ruido-risa, olfato-náusea-hedor y, finalmente, tacto-sudor-sexo) fue representado por medio de una sensibilidad que ante todo se materializó en una violencia simbólica registrada en una trama narrativa común: el borramiento de las fronteras de lo real/ficción (sueño-pesadilla)”(p.79).

Como en 1955, hoy asistimos a la construcción de una trama narrativa, “tejido ideológico de acciones perfomativas” que insisten en un cambio cultural basado en la “verdad” que suplanta la “ilusión o ficción” de la pesada herencia. De nuevo, el pueblo no tiene nombre y es una “Otredad Absoluta”. La negación de la realidad palpitante de la vivencia como correa de transmisión del saber del pueblo, sí tiene un nombre: el odio. Es la “ley del odio” que, según Joaquín V. González, marca la historia argentina desde sus orígenes y cuya mano ejecutora fue siempre una minoría cipaya. Una oligarquía maléfica blande el poder en su beneficio y se sostiene en brazos del poder extranjero. Perón los llamaba los “vendepatria”. En épocas de tinieblas, pululan en todas las organizaciones sociales. Por eso es un nuevo acierto de Pablo Heredia el “Epitetario del odio” que cierra el libro. Lo recoge de la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Ernesto Sábato y Mario Amadeo. Antologamos a los dos primeros.

Martínez Estrada llama a Perón: “hurgador de tachos de basura”, “líder de resentidos”, “agente diabólico del capitalismo”, “socialista neorrosista”. Como puede advertirse es la construcción aún vigente de cierta “fatalidad orgánica” que convierte a los actuales cirujanos de la “grasa militante” en ventrílocuos de la generación gorila de 1955. Con una diferencia, en el 55, el odio no los privó de la capacidad de expresarse. Es una caterva que se reproduce y que considera “épocas oscuras de la historia” a los lapsos en que se desató la creatividad de la democracia popular y se puso freno a la invasión extranjera (Rosas, Yrigoyen, Perón, Kirchner). Dice Martínez Estrada refiriéndose a Perón: “Instauró un socialismo neorrosista, cuyo antecedente fue el socialismo oclocrático, o dictadura de la plebe mulata, en el gobierno de los años 1829 a 1852. Ese socialismo de recua que consiste en igualar a todos los ciudadanos en condición servil de eunuco”. Sábato, por su parte, llama a Perón: “tirano aborigen”, “histórico espectro”, “profeta de la víscera”.

En cuanto al peronismo, espigamos esta epítesis de Martínez Estrada: “estercolero”, “servidores de la barbarie”, “tropas sin camisa”, “carga destructora”, “portadores de gérmenes de infección”. Enviste, asimismo, contra los intelectuales del campo nacional (los futuros “malditos”). Son: “andrajosos intelectuales”, “feria de gitanos consagrados por el Estado”, “chusma intelectual”, y “redentores al servicio del diablo”. Para Sábato, los peronistas son: “una masa de resentidos”, “resentidos y canallas”, sujetos del “más bajo patrioterismo”, “lumpenproletariat”, “infraproletariado”.

Al pueblo visibilizado, Martínez Estrada le dedica un cuantioso caudal calificativo: “desdichados”, “resentidos irrespetuosos”, “turba resentida”, “conglomerado heterogéneo de resentidos y desesperados”, “invasión de gente de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos”.

Como se habrá advertido, el epíteto, siempre explicativo, tiende a denotar una cualidad permanente y propia del objeto. Por lo tanto, la epítesis registrada por Pablo Heredia nos ofrenda la matriz de los exabruptos actuales de Prat Gay, Triaca, Etchecopar, del Presidente y su caterva de CEOS.

Libro imprescindible, entonces, el de Pablo Heredia que nos muestra cómo en menos de un año, con el uso discrecional del poder, se puede revivir zombis y dispersar en la vida del pueblo el germen maléfico del odio como factor estructurante.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito, U.N.C.

Cfr.: HEREDIA, Pablo, 2012, Las multitudes ululantes. Literatura y peronismo. Escritores e intelectuales en el 55, Córdoba, Babel Editorial

[1] Los conceptos de “razón frígida” y “razón mestiza” son explayados en un trabajo de nuestra autoría, todavía inédito, titulado “Rodolfo Kusch, Eva Perón: esbozo de una teología popular”.