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por Jorge Torres Roggero

1.- La escuela de enfermerasEvita con niños

La práctica feminista de Eva Perón es el modo de formular su firme postura en pos de la liberación de la mujer. Como lo testimonia en su obra escrita y sus discursos, ella leía la realidad con la “inteligencia del corazón”. Para Kusch, el juicio emitido desde el corazón es dos cosas contradictorias a la vez: racional e irracional. Por un lado, es percepción intelectual: dice lo que ve, o sea, es mirada, teoría. Pero al mismo tiempo tiene fe en lo que está viendo. Los operadores seminales permiten dejarse caer en un registro profundo, en la confusa zona en que, por una “especie de coordinación entre sujeto y objeto”, predomina un “sujeto total”. Partiendo de estas distinciones, entre las numerosas realizaciones de Evita, hemos elegido dos: la escuela de enfermeras y el Partido Peronista Femenino.

 El 15 de septiembre de 1950 fue inaugurada la Escuela de Enfermeras. La escuela de enfermeras fue una de las realizaciones más importantes en el vasto programa de acción social de la Fundación “Eva Perón”. La elaboración del plan de estudios corrió por cuenta del Dr. Ramón Carrillo que fundaba su planificación  en tres aspectos: medicina asistencial,  medicina sanitaria y medicina social. Para ello había que curar al enfermo, prevenir las enfermedades  por el control del ambiente y atacar los factores provenientes de la misma sociedad como carencias alimentarias, malas condiciones de trabajo e ignorancia de la higiene, entre otros.

En el “Plan Analítico de Salud Pública”, Carrillo destacaba la función social que debía cumplir una planificación que integrara las diversas ramas de la medicina. Detallaba allí el papel que debía desarrollar la enfermería y la necesidad de una adecuada formación profesional. Sostenía que el país necesitaba 20.000 enfermeras profesionales. Hasta 1947, las enfermeras egresaban de la Cruz Roja y de las escuelas dependientes de las Sociedad de Beneficencia de Capital Federal. Su desempeño dejaba mucho que desear. Y como el peronismo no compartía los criterios de la Sociedad de Beneficencia, planeó transformar estas escuelas e institutos para que respondieran al nuevo proyecto salud pública.

El curso constaba de 12 materias que conformaban el ciclo de grado. En primer año cursaban Anatomía y Fisiología, Semiología, Higiene y Epidemiología, Patología General y Terapéutica, Defensa Nacional y Calamidades Públicas. En segundo año, Primeros Auxilios, Enfermería Médica y Quirúrgica, Obstetricia, Ginecología y Puericultura, Dietética y Medicina Social.

La carrera se completaba con un post-grado de dos años en que las aspirantes debían circular por  prácticas hospitalarias en las siguientes especialidades: Transfusoras, Puericultura, Auxiliares Anestesistas, Auxiliares de Radiología y Fisioterapia, Psiquiatría y Neurología y Secretariado de Sala.

Las alumnas recibían, además, clases de conducción de automóviles, camiones y motocicletas, ya que la Escuela contó con un cuerpo motorizado de avanzada para la época y era necesario que la mujer tuviera destreza en el manejo de esas unidades para no depender de un chofer.

Toda unidad sanitaria de la Fundación constaba de una sección de emergencia provista de motocicletas y hospitales móviles. Cada hospital constaba de diez camas, una cabina quirúrgica y equipos de trasfusión y oxígeno. Poseía, además, ambulancias equipadas para operaciones de urgencia, jeeps con equipos de oxígeno y anestesia, camiones para transportar personal médico o enfermos. Era una utopía en marcha, era la reivindicación de la mujer como sanadora y sostén moral en el dolor.

Para ingresar a la escuela, las chicas debían ser mayores de 18 años y no superar los 35. Si tenían dificultades económicas, recibían un subsidio aparte de todos los beneficios y coberturas que brindaba el internado. Recibían, además, clases de gimnasia. Contaban con amplios comedores y terrazas para esparcimiento. Estaban a su alcance todas las comodidades para cubrir las necesidades de las estudiantes.

En 1951, 2000 alumnas desfilaron con su uniforme de enfermeras. Todo el equipo motorizado se desplazó por las calles de la Capital Federal. El público sorprendido contemplaba una sección de urgencias integrada por perros amaestrados que transportaban botiquines de primeros auxilios para la atención elemental y urgente de heridos.

Las egresadas de la Escuela realizaron su tarea en los policlínicos, participaron junto a la Fuerza Aérea en las campañas contra el paludismo o el mal de Chagas y recorrieron varios países latinoamericanos, y aun europeos, llevando auxilio y solidaridad cuando ocurrían catástrofes.

La enfermeras de la Fundación también participaron en el control sanitario a los participantes de los Campeonatos Infantiles Evita. Si bien los campeonatos en sus comienzos fueron dedicados al fútbol, luego incluyeron atletismo, ajedrez, esgrima, gimnasia, natación, básquet, saltos ornamentales y otros. Frente a un feminismo a veces sólo teórico, no estaría de más considerar el feminismo práctico de Evita: en 1951, por primera vez, se incluyeron mujeres en este tipo de competencias en oportunidad de los primeros Juegos Panamericanos; para 1955 ya competían cientos de mujeres en la especialidad atletismo de los Campeonatos Nacionales Evita.

2.- El peronismo de Evita

El 26 de julio de 1949, en la primera asamblea nacional del movimiento femenino peronista, Evita pronuncia un extenso discurso. Plantea en él una doctrina, una teoría y una práctica desde el género. Pero, además, formula una advertencia para nuestros días: “ Nosotras, las argentinas pertenecemos al mundo y no podemos acariciar el sueño imposible de vivir fuera de él. La interdependencia de todos los países de la tierra se acentúa cada día más y los modernos medios de transporte nos aproximan a las antípodas. Además, las fuerzas de la producción que el capitalismo desenvolvió han rebasado todos nuestros conceptos de estado y nación y nos obligan a una permanente vigilancia de nuestra propia soberanía”.

La fundación del partido peronista femenino, una de las grandes realizaciones de Eva Perón, muestra, como toda política peronista, un enmarque universalista. Las mujeres del pueblo deben saber, en primer lugar, que pertenecen a una Patria cuya soberanía está constantemente amenazada. Y en una patria sometida es imposible cualquier tipo de liberación sectorial.

En 1947, en el diario “democracia”, Evita escribió un artículo titulado “Por qué soy peronista” . Allí decía: “si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho: en nuestros días ser peronista es un deber. por eso soy peronista” y agregaba: “soy peronista por conciencia nacional, por procedencia popular, por convicción personal, por apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo”.

En otro artículo, refiriéndose al 17 de octubre, exaltaba la capacidad del pueblo para convertir en positivo lo negativo. El apelativo descamisado “lanzado como insulto, fue recogido como bandera, dejó de significar pobre, mal vestido y se transformó en sinónimo de lucha, de anhelos de reivindicaciones, de justicia, de verdad”. El descamisado pasó a conformar la “vanguardia de la nacionalidad”, entregado a la producción lo mismo en el agro, que en la fábrica o en el taller. Ha roto para siempre las cadenas que lo mantenían en el anonimato social, ya no es un elemento de explotación humana sino factor de progreso que “entierra los conceptos de un capitalismo egoísta y explotador, que fundaba su bienestar en la miseria del pueblo, es un soldado del trabajo, fogueado en las batallas por la independencia económica”. Por lo tanto,  el 17 de octubre significaba: unidad patriótica y reordenadora como sólo habíamos conocido en 1810 mediante una unificación de fuerzas antes antagónicas e irreconciliables. La cuestión consistía en traer a la superficie de nuestra vida común la unidad del pueblo.

 En otro texto, Historia del peronismo, definía al 17 de octubre como una victoria sobre la oligarquía. Pero aparece la palabra miedo, incluso habla del “mayor miedo”. ¿Cuál es? Que la oligarquía pudiera retornar a los mismos peronistas, coparles la mente y el corazón: “le tengo miedo al espíritu oligarca, decía, para ser una buena peronista, trato de ser humilde”. Para eso, es necesario arrojar la vanidad, el orgullo y, sobre todo, la ambición.

¿Qué es el espíritu oligarca? Preguntaba. Y respondía: “para mí es el afán de privilegio, es la soberbia, el orgullo, es la vanidad, es la ambición”. Y añadía: “yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen, esos mismos que aplaudieron, todo la contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más”. Y concluía: “El único privilegio y el único orgullo es sentirse pueblo”.

Perón había dicho: “no son los cargos los que dignifican a los hombres, sino los hombres los que honran a los cargos”. Evita es sumamente rigurosa con sus compañeros que ostentan cargos. Consideraba que “el funcionario que se sirve de su cargo es un oligarca”  porque en lugar de servir al pueblo, sirve a su orgullo, a su vanidad y a su egoísmo. Los dirigentes peronistas que forman círculos personales sirven a su egoísmo y a su desmesurada ambición. Esos  no son peronistas, son oligarcas, son ídolos de barro.

Va trazando así una ética del trabajo. Perón considera que su mayor título es haber sido honrado como “primer trabajador”. El más alto cargo de la república pertenece a los trabajadores cualquiera fuera su clase de trabajo. La oligarquía, en cambio, era una  clase cerrada. Nadie podía entrar en ella. Le pertenecían el gobierno, el poder y los honores. Se rodeaban sólo de sus amigos. Por eso los círculos son oligárquicos. Por lo tanto hay que estar en guardia permanente para aplastar y destrozar a esos señores. Cuando todos seamos trabajadores, cuando todos vivan de su propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos y más hermanos.

Los políticos que empiezan a trabajar para ellos se olvidan del pueblo. Mi mensaje está lleno de advertencias terribles y proféticas que se han cumplido hasta el final y se seguirán cumpliendo. Allí asegura que hay que “cuidar” (vigilar, controlar) a los dirigentes: “los pueblos deben cuidar a los hombres que eligieron para regir sus destinos…y deben rechazarlos y destruirlos cuando los ven sedientos de riqueza, de poder o de honores”, “la sed de riqueza es fácil de ver, es lo primero que aparece a la vista de todos”.

Las advertencias también van dirigidas a  los dirigentes sindicales.  A los sindicalistas que defeccionan les dedica las más terribles palabras: “el político que se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso, un dirigente gremial que se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor”

¿Cómo se notaron estas ideas en la vida cotidiana del movimiento? Las unidades básicas fueron reflejos del hogar central que es la patria (“la Argentina es el hogar”, dijo Perón). Eran como un espejo  de cada hogar construido por cada hombre y mujer en una dialéctica en que de lo diferente sale lo nuevo, una práctica que a la vez que es amor y gozosa unión carnal, es recinto de las contradicciones cotidianas. Vamos a recordar, creación ejemplar, la fundación del Partido Peronista Femenino y las características de sus unidades básicas.

3.- El Partido Peronista Femenino

El 29 de octubre de 1949 se inaugura el Partido Peronista Femenino en Capital Federal (Corrientes 938); el 5 de noviembre en La Plata; en ese mismo mes, en San Juan, Formosa, La Pampa, Salta y Córdoba.

Su organización contó con protagónica participación de las “delegadas censistas”. El lema de Evita era: “así como los obreros sólo pudieron salvarse a sí mismos y así como siempre he dicho que solamente los humildes salvarán a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres”.

En una breve digresión, tributamos nuestra recordación a las  delegadas censistas que recorrieron todas las provincias, pueblo por pueblo; y, en su tránsito, iban engrosando la columna de las mujeres peronistas: Catalina Allen (Bs.As.); Teresa  Adelina Fiora (Cap. Fed.); Delfina de Molina (Catamarca); Elsa Chamorro (Cba.); Celfa Argumedo (Corrientes); Juana Larrauri (E. Ríos); María Isabel de Parravicini (Jujuy); Juana María Beraza (La Rioja); Teresa Gibelli (Mendoza); Hilda Castiñeira (Salta); Trinidad Coronel (S. Juan); Blanca Elena de Rodríguez (S. Luis); Luisa Komel (S. Fe); Ana María García Ronzio (Sta. Cruz); Ana Macri (Tucumán); M. I. Solveira Casares (Chaco); Susana Míguez (Chubut); Sara Rodríguez Alderete(Formosa); Matilde Gaete de Iturbe (la pampa); Elena Fornícala (misiones); Clementina Palumbro (Neuquén); María Rosaura Islas (Rio Negro). Ellas formaron el Partido Peronista Femenino.

Eran todas muy jóvenes,  infatigables en la ayuda social y fervientes peronistas “de todas las horas” (como se decía entonces). Fanáticas de la doctrina de Perón, su misión era censar a todas las mujeres que a lo largo de todo el país abrazaban la causa peronista. Provenían  de distintas actividades y grupos sociales: amas de casa, enfermeras, maestras, una abogada. Hasta  una cantante: la famosa Juanita Larrauri

En enero de 1950 se inaugura la primera unidad básica femenina en el barrio de Saavedra ( se llamaba barrio Presidente Perón y había sido construido por la Fundación). Cuando fallece Evita había 3600 unidades básicas femeninas en todo el país. Las integraban mujeres de todas las clases sociales. Unidas por lo social y lo político, conducían a millones de mujeres. Recuérdese que en el Partido Peronista Femenino la participación masculina no estaba permitida. Más aún, los caudillos que intentaron entrometerse fueron expulsados de los estamentos partidarios. Era, exclusivamente, cosa de mujeres. Queda para otra ocasión el relato de los actos heroicos de las “muchachas peronistas” durante la Resistencia.

Las unidades básicas, verdaderos hogares del pueblo, se convirtieron en lugares de múltiples actividades. Eran escuela cívica donde se realizaban ensayos eleccionarios. Incluían, asimismo, aprendizajes útiles para las mujeres: ayuda escolar, alfabetización, corte y confección, danzas folclóricas, juguetería, peluquería, manicuría.  primeros auxilios, decoración, taquigrafía (hoy sería computación). Se prestaban, además, servicios de consultoría: médico ginecológica, jurídica. En las unidades básicas suburbanas se enseñaba el cultivo de la huerta, la preparación de comidas económicas y la utilización de los productos de cada región. Funcionaban el día entero de 8 a 20 horas

Para Evita había conducción en la medida que el pueblo se conducía a sí mismo sabiendo adónde va, qué quiere, qué defiende: “cada uno lleva en su mochila su bastón de mariscal”. Las unidades básicas eran, por lo tanto, totalidades abiertas y flexibles. Eran organizadas; pero, sobre todo, orgánicas, es decir, cuerpos vivientes. Su tarea fundamental era la difusión doctrinaria y la propaganda de la obra de gobierno. Trabajar, aprender, enseñar, era un modo de  practicar la doctrina. Pero la práctica, a su vez, comprendía una ampliación de la conciencia. Por eso estaban siempre llenas de mujeres y de niños (únicos privilegiados).

Las mujeres aprendieron a pegar afiches, a decir discursos. Su ejemplo y modelo era Eva Perón. Se cumplían, entonces, a rajatabla, los sencillos apotegmas peronistas que todavía llenan de contenido, fe y esperanza a muchos compañeros.

 4.- El realismo feminista de Evita

La doctrina no se enseña, se inculca con el ejemplo. La doctrina no se estudia, se siente,  y se comparte. Todo se puede compartir: el hambre, la pobreza, la injusticia; pero el hambre no se refiere solo al pan, sino a la lucha para organizar la libertad.

Por eso la unidad básica concebida por Evita era un reflejo de la casa grande y incolonizable de la cultura popular de la argentina criolla preexistente en que lo imprevisible está al orden del día. A lo mejor, tanto peronistas como no peronistas, podrían concertar en base a esos sencillos  acuerdos fundamentales.

Para eso hay sostenerse en una doctrina,  en un proyecto estratégico y debatir la conducción política para no reproducir la sociedad uniformizadora mundial, masificadora, unilateral, que sólo provee una ilusión de libertad. Evita consideraba que se vivía una edad sombría y que otra vez las madres salvarían al mundo porque ven con los ojos de amor: son portadoras de la inteligencia del corazón.

Advertía, entonces, sobre ciertas degradaciones  de la  mujer. En primer lugar, la vida social. Para ciertas mujeres el hogar es lo secundario y lugar de una vida sin objetivos. Las “mujeres de sociedad” ( las clases altas) viven llenas de pequeñeces, mediocridades y mentiras. Para ellas  lo principal son las fiestas y reuniones. La vida social, entonces, no representa la cultura del pueblo. Se dice “bien”, “culta”, recibe en su seno a escritores, pensadores,  artistas, poetas: pero “creo, como que hay sol, que la vida social, así como la sociedad aristocrática y burguesa son dos cosas que se van…”

En segundo lugar, Evita nunca acordó con el feminismo de las intelectuales. Tanto desde la izquierda, como desde la derecha, se habían opuesto a la política peronista a favor de las mujeres humildes del pueblo. Objetaban no sólo el voto femenino, si no la ayuda social provista por la Fundación a las empleadas, a las mujeres explotadas. Era un feminismo no inclusivo y elitista (Victoria Ocampo polemizaba con Evita): quedaban afuera las “lumpen”, las “sin conciencia”. Por eso Evita le teme a la parodia de lo masculino: “ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así…que por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo…mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres”, “parecían estar dominadas por el despecho de no ser hombre, más que por el orgullo de ser mujeres”. Con el advenimiento del peronismo, pensaba Eva, la situación de las mujeres había cambiado. Ahora eran parte de la lucha sin cuartel “contra los privilegios oligárquicos”. Más aún, las mujeres eran la “fuerza moral” del pueblo porque eran el sostén del hogar y ¿qué era la patria sino un gran hogar? El Partido Peronista Femenino se organizaba a partir de una doctrina y una causa. La mujer actuaba en política, participaba, elegía y era elegida. Debemos reconocer que el feminismo se mantuvo al margen de estas actividades y aún hoy le cuesta aglutinarse como fuerza política.

En resumen, las ideas que Eva transmitió a las mujeres giraban en torno a la necesidad de organizarse y unirse en torno a algunos puntos básicos: a) Organizarse alrededor de la doctrina y de la causa peronista; b) Partido independiente del de los hombres; c) Objetivos: redimir a la mujer; d) Independencia de criterio y de acción; e) La mujer es para la acción; f) Donde está la mujer está el hogar; g) Vale más capacitar, instruir y educar a una mujer que a un hombre; h) Sólo las mujeres salvarán a las mujeres; i) Consolidar la unidad; j) El primer trabajo: levantar un censo de las mujeres peronistas.

Aunque no era madre carnal, Evita portaba la fuerza simbólica de las madres y se consideraba madre del pueblo. Para el peronista las madres del pueblo son protagonistas esenciales en la construcción de una sociedad liberada. Evita había advertido la incipiente falta de conciliación entre la necesidad de ser esposa y madre con la necesidad de derechos como persona humana. Le parecía inconcebible “que solo acepten constituir un hogar verdadero (no medio hogar o medio matrimonio) las mujeres menos capaces…las que no encuentran fuera del matrimonio y del hogar otra solución  “económica” que sustente sus derechos mínimos.” “Así descenderá –postulaba-  la jerarquía de la madre de familia y solo las “tontas” quemarán las naves casándose, creando un hogar, cargándose de hijos”. Advertía que asistimos a una quiebra de los valores morales y sentenciaba: “ no serán los hombres quienes los restituyan a su antiguo prestigio…y no serán tampoco las mujeres masculinizadas. No. ¡serán otra vez las madres!”

La vida moderna, sostenía, impulsa a que millares de mujeres abandonen, día a día, el campo femenino. Se ven impulsadas a vivir como hombres, trabajan como ellos, los sustituyen en todo. En consecuencia, “No se resignan a ser madres o esposas”.

En este punto, Evita entona una alabanza a los hogares del pueblo cuyo centro es la mujer. “Nacimos -asegura- para constituir hogares”. Es un destino que conlleva una misión. Es  cierto, pensaba, que de la profesión de mujeres no se puede retornar: “En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos…la ley y el derecho del hombre…que muchas veces sólo es un amo y a veces también….dictador”.

La madre  “es el único trabajador del mundo que no conoce salario, ni garantía, ni respeto, ni límite de jornadas, ni domingo, ni vacaciones, ni descanso alguno, ni indemnización por despido, ni huelga de ninguna clase”, “.

Proponía que, así como el país debe tener independencia económica, así la mujer también debe tenerla para dignificar su trabajo y elevar su cultura social. Por eso propone el sueldo para las madres, con aumento por cada hijo y mejoras por viudez. Es una significativa propuesta que Evita consideraba tan adelantada para su tiempo que todavía no era prudente promover esa ley. Ya había recibido el embate de las mujeres de la “vida social” y de las “feministas intelectuales” cuando logró el voto femenino y el acceso de las mujeres a los cargos electivos.

Para el peronismo la palabra “hogar” está cargada de vivencias y profundos simbolismos. El hogar, es como el fogón: un centro que emana luz y calor. Donde se armonizan los contrarios. Es el seno materno, el cobijo en el desamparo, el lugar donde padre y madre anulan sus contradicciones. En la era oligárquica,  época de las sociedades de beneficencia, había orfanatos, casas cuna, reformatorios. Todas expresiones de una sociedad egoísta, individualista, y fundada en la explotación y la injusticia social. Por eso las creaciones de la Fundación Eva Perón se llamaban “hogares”: hogares escuela, hogar de la empleada, hogares de tránsito, hogares de ancianos. Y las ampliaciones del hogar, las ciudades: ciudad infantil, ciudad estudiantil, ciudad universitaria, ciudad-hospital. Evita quería que los dolientes, los excluidos, disfrutaran las comodidades, la calidez, el amor y la solidaridad del hogar. Todo era de primera calidad: desde la utensilios hasta el trato, la visión cultural y la asistencia.

La profundidad de la poética del hogar culmina con la definición del general Perón: la patria es el hogar. En el discurso del 1° de mayo de 1974 ante el Congreso de la Nación, hablando del continentalismo como etapa del universalismo, recurrió a la poética del hogar: “Y para la fase continentalista en la que vivimos y universalista hacia la cual vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación con todas las culturas del mundo, tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar” Esto armoniza con la  alabanza de Evita a los hogares del pueblo, sedes de creatividad y alegría de ser: “la mujer auténtica vive el pueblo y va creando, todos los días, un poco de pueblo”. Por eso es la “creadora de la felicidad del pueblo”.

Jorge Torres Roggero, Profesor Emérito. Universidad Nacional de Córdoba

FUENTES:

Bianchi, Susana y Sanchís, Norma, 1988, 2 volúmenes, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL

Chávez, Fermín, 1984, Perón y el Justicialismo, Buenos Aires, CEAL

Demitropulos, Libertad, 1984, Eva Perón, Buenos Aires, CEAL

Dos Santos, Estela, 1983, Las mujeres peronistas, Buenos Aires, CEAL

Perón, Eva, 1987, Eva Perón habla a las mujeres, Lanús, Editorial Volver.

Perón, Eva, 1987, Eva perón habla. Patria. Pueblo. Recuperación, Quilmes, Edit. Volver.

Perón, Eva, 1985, Discursos Completos, tomo I, 1946/1948, tomo II: 1949/1952, Buenos Aires, Editorial Megafón. Consúltese también La Razón de mi Vida; Historia del Peronismo; Por qué soy peronista y Mi Mensaje, todos con varias y distintas ediciones.

Perón, Juan Domingo, 1976, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Sin indicación de lugar,  Ediciones del Modelo Argentino

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por Jorge Torres Roggero

scalabrini_cc1.- El conejo Blackie

Esta escena de vida familiar ocurrió en Derby, Reino Unido. La mujer y los chicos habían salido de paseo y la estaban pasando muy bien en un parque cercano. De pronto aparece el padre. Haciendo gala de ostentoso buen humor les anuncia que, esa noche, les servirá una cena especial. Lejos del tono hosco habitual, se lo veía muy divertido. Su talante era como el de alguien que está preparando una sorpresa. Sería, pensaba para sus adentros, una broma que jamás olvidarían.

Los juegos habían despertado el apetito. Los niños comían y reían en un aparente oasis de paz. De pronto, el padre dice:”- ¿Les gustó la comida que les preparé?”

Todos asintieron. Alguno habló de repetirse, pero el padre, lanzando una risotada violenta, les dijo recalcando las palabras: “- Bueno. Se acaban de comer a su conejo Blackie.”

Los niños soltaron un aullido y comenzaron a vomitar. Toda la noche se pasaron vomitando y entre sollozos. Sin duda, nunca olvidarían la broma paterna. Fue entonces cuando la madre se dio cuenta de la violencia psicológica y física que ejercía el hombre sobre ella y los niños. “Aunque él me golpeaba, yo no me daba cuenta de cuánto afectaba eso a quienes me rodean. No lo podía ver hasta ese momento”. Así recordó la mujer el momento en que puso fin a un matrimonio de 15 años. Fue durante la jornada del Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Esta noticia la tomé de Diario Registrado, lunes 28 de noviembre de 2016. Aparece en la sección Mundo Bizarro, y se titula: “Lo anunció mientras comían”. Mientras repasaba el relato, me vino a la memoria un cuento de Scalabrini Ortiz del libro La Manga (1923). Se titula “Los Ogros”. Los protagonistas son también una mascota, los niños, la madre y el padre aliado a su socio comercial. La figura del padre, vaciada de sus contenidos positivos tradicionales, es el lado oscuro del símbolo. Es el revés y su rostro violento. Es el aspecto siniestro del bromista (el joker). En un país sometido, el padre se convierte en patrón insensible y cruel.

2.-Los monstruos

La crónica bizarra y el cuento tienen, por supuesto, distintos modos narrativos. En la ficción, el relator, siempre en tercera persona, va “por detrás” de los acontecimientos. Además, en el desenvolvimiento, cambia dos veces de punto de vista.

La primera escena es desplegada desde la mirada de un conejo y es la historia de su sometimiento consentido al amo: “Los grandes monstruos le habían intimidado mucho, en un principio. No intentó nunca resistir, porque sus débiles fuerzas no podían contrarrestar la de ellos, que movían fácilmente el cajón que le servía de casa y, levantándole por las orejas, con pasmosa facilidad, le elevaban a alturas vertiginosas”.

Por más que trataba de esconderse, los habilidosos monstruos lo encontraban de inmediato. La última tentativa de evasión ocurrió a la siesta. Primero con timidez, siempre receloso, salió del cajón y atravesó el desértico patio. Llegó a una pequeña y crujiente puerta. Era la entrada a un minúsculo jardín que le pareció inmenso. Se ocultó entre los yuyos. Engañado por los altos arbustos, se creyó libre. Se metió entre las matas, corrió un rato contento. Dio muchas vueltas y se encontró con la misma puerta por donde había entrado: “Era evidente que los monstruos le habían cambiado el mundo; antes, él podía recorrer el campo y, saltar libremente, aún, lejos de su cueva, ahora le imponían estos insalvables obstáculos”.

Escuchó voces. Lo estaban buscando, chilló, quiso esconderse, pero su desplazamiento lo delató: “Era imposible escapar; los monstruos dominaban el mundo”. Así que, convencido de la imposibilidad de huir: “trató de amoldarse a su nuevo estado, obedeciendo, en lo posible, los deseos de sus poderosos dueños”.

Les perdió el miedo. Llegó a encariñarse con los monstruos más chicos. Notó que, “cuando movía las orejas”, le obsequiaban con lechuga fresca. Ante la sabrosa promesa, obedecía de inmediato las voces confusas y llegó, con sus diversas habilidades, “a hacer las delicias de los monstruos pequeños”.

Claro, estaban los monstruos más grandes. Sobre todo uno que vivía, entre el fuego y el humo, manejando diabólicos y estrepitosos instrumentos: “Cada dos días se acercaba, le palpaba las carnes, tanteando su gordura y hacía gestos de satisfacción. Esto le llenaba de trágicos presentimientos”.

3.- Malone, viajero, cazador, gastrónomo

La segunda parte se inicia presentando una típica familia de pequeña clase media ocupada en los preparativos para la instalación de una zapatería. Habían logrado vidrieras bien arregladas y atrayentes. El padre de familia, con su socio, habían sido compañeros en la gran zapatería “El Tigre” y allí planearon el negocio. Tales eran los alegres pensamientos de Antonio Ramírez cuando, el sábado, entraba en su casa.

Hemos visto el papel de los monstruos respecto al conejo; ¿ qué sucederá entre el socio y la familia? Por lo pronto, Ramírez halló a sus hijos jugando con su mascota, “como de costumbre”. Admiró las habilidades que le habían enseñado. Juanito Conejo iba y venía. Le decían: “Mové las orejas” y las sacudía lentamente. Pero cuando el padre le gritó: “¡mové las orejas!”, asustado, se escondió tras la escoba.

Don Antonio reía encantado. Acarició a sus hijos y fue a saludar a su mujer. La “abrazó y besó largamente”. Le describió el local, calculó las ganancias, construyó castillos en el aire. Luego, hablaron del almuerzo con que, al día siguiente, festejarían la inauguración del comercio. Repasaron el menú. Y él hizo constar: “Hay que cuidar mucho la cocina, porque Malone es un gastrónomo”. Sugirió una duda, pero ella atestiguó: “Es una bola de grasa”. La abrazó de nuevo. Era feliz. Malone, el viajero, el gastrónomo, iba a hacer, exigente, su entrada en la casa. El conejo ya estaba sometido a “los monstruos”; y, ¿los Ramírez?

4.- El monstruo del fuego

En la tercera escena, volvemos a ver las cosas desde el punto de vista del conejo. Estaba arrepentido de su desobediencia al monstruo grande: “Había huido intimidado por el vozarrón. Prometióse, para adelante, obedecerles y mostrarle su cariño. No era ingrato y quería corresponder a los cuidados con que lo rodeaban”. En los últimos días: comida suculenta, abundante. A pesar de su apetito voraz, siempre sobraba. Con una compañera, hubiera sido feliz.

Muy temprano, sintió un leve roce en el cajón. Era el monstruo del fuego. Vio la siniestra intención y trató de huir. La poderosa mano lo agarró del cogote. Dolorosos apretones le hacían crujir los huesos. En la mano derecha brillaba un cuchillo. Cerró los ojos, sintió una punzada en la garganta. Entre la niebla rojiza que le ocultó la visión de las cosas, vislumbró un campo soleado, la cueva lejana. Un todo confuso y rápido: “Y sin fuerzas, dio el último sacudón, el postrero y quedó tieso”.

5.- Juanito Conejo: “mové las orejas”

Los comensales ya están en la mesa: la familia completa y el invitado. Los dos chicos lloraron toda la mañana. El menor limpió y acomodó el cajón como si Juanito viviese. “El mayor miró al invitado, desde su llegada, con odio profundo. No quiso saludarlo y le miraba desafiante. Él era el culpable de la muerte, era el Dios cruel, en cuyo honor se había realizado el sacrificio. De buena gana le hubiera arañado y mordido para descargar su anhelo de venganza, y juró no olvidarse”.

En efecto. Allí estaba el socio. Hombre vulgar. Ni bajo ni alto; ni gordo ni flaco. Gran viajero. Recordaba platos regionales de todos los pueblos: “América no le agradaba por la simplicidad de sus alimentos”. Lo anfitriones escuchaban boquiabiertos: “Sus sencillos estómagos admiraban tan refinada voracidad”. El extraño invasor parecía haber probado todo: “He comido faisán y gorrión, perdices, patos y hasta pichones de lechuza”.

La señora Ramírez ensaya una rebelión frente al gastrónomo: “¿se comen esos bichos? ¡Qué cosa repugnante! La señora insiste en su repugnancia. Malone compara la carne poco agradable del ruiseñor con la deliciosa de la lechuza. Antonio Ramírez, el marido, confiesa “con gran esfuerzo que él comería llegada la ocasión”. Pero ella se empecina en que es un bicho repulsivo.

El extraño comensal, por su parte, inicia un largo discurso sobre las carnes. Evidentemente, la señora, que habla desde el prejuicio, nunca podrá innovar su mesa. Se perderá muchos placeres gastronómicos. Dominador, celebra el manjar incomparable de la “carne asada de las piezas cobradas después de ardua persecución, matadas por uno mismo: “Comerse el corazón asado de un ciervo, conseguido tras larga caminata, une en uno solo, dos placeres inmensos. Hay que saber gozar en la vida”. Era un rotunda expresión de poder, de dominio sobre el goce mismo.

Pero ¿qué ocurría con los niños?: “Lo miraban intimidados”. Como el ogro voraz de los cuentos, su figura era desmesurada, su aspecto terrible. “Se comía todo lo que le rodeaba”. No comía por apetito, sino por “deleite, por crueldad”, “sin remordimientos”.

Entonces, el sometimiento del padre y de la madre al socio cobró nuevo significado: “Su padre y su madre se les aparecieron, también, como ogros que se comían hasta los animales cobijados en su cariño; ellos también comerían a su difunto amigo. Eran los ogros de los cuentos: sanguinarios y crueles”.

Fue entonces cuando llegó el plato especial: conejo saltado. Los niños vieron el cadáver despedazado de su amigo rodeado de arroz y pimientos. El dolor humedecía sus ojos y la angustia secaba sus gargantas: “La cabecita, colocada sobre arroz en el centro de la fuente, parecía, aún, mirarlos con cariño”.

El ogro invasor comenta que, bien condimentado, el conejo saltado es delicioso: “Ha adivinado usted mis gustos, la cabeza es la parte más sabrosa”. Con la punta del cuchillo hizo saltar un ojo, y se lo comió chasqueando la lengua. “Con la misma fruición se comió el otro”. Arrancó los músculos de la carretilla, los probó, e hizo una mueca de desagrado: “¡Este conejo ha sido degollado!”. Ante el asentimiento ingenuo de la dueña, le reprocha el grave error: los conejos degollados pierden el gusto. Hay que desnucarlos.

Don Antonio Ramírez “vio a sus hijos conteniendo el llanto y tuvo un ligero remordimiento”. Recordó el conejito blanco y sin pensar en lo que decía, exclamó: “Estaba tan acostumbrado a verlo, que me parece comer un hijo”. Pero el cazador, bruscamente, le reclamó: “No haga sentimentalismos”. Y el padre respondió: “Tiene razón, mientras continuaba masticando, con sus filosos dientes, los delicados músculos adheridos al fémur”.

Sólo quedaba “el cráneo pelado y hueco del conejo”. El padre quiso distraer a los muchachos y se dirigió al cráneo: “Juanito Conejo, mové las orejas”. “Los muchachos lo miraron atónitos. Les pareció ver sobre el plato a su amigo, siempre blanco, mirándolos con sus ojillos movedizos, y se echaron a llorar inconsolables cuando el padre repitió: ¡Vamos , Juanito Conejo, mové las orejas!”.

6.- Modos de leer

Como todos los cuentos literarios, este cuento del joven Scalabrini Ortiz ofrece sus costados flamantes. Podríamos estudiar el discurso de poder entre padre, madre e hijos y sumirnos, ya en relación con la crónica del inicio que crea un verosímil implacable, en acuciantes cuestiones de género que no estoy capacitado para abordar.  Por supuesto, comparando la nota bizarra y el cuento no estaría mal pontificar sobre la relación entre realidad y ficción y, de paso, fatigar citas borgeanas como adorno lujoso de viejos lugares comunes.

A mí, personalmente, dados mis límites, me atraen dos direcciones. Uno, es el vector sicológico. Pienso, por ejemplo, en la “Psicocrítica y el método” de Charles Mauron como oportuno auxilio teórico. Y tratándose de padre y ogros, ¿cómo no acordarse de El héroe de las mil caras de Joseph Campbell?

El segundo camino es muy humilde. A lo mejor conviene iniciarse con una sencilla contextualización. Ponerse a pensar, por ejemplo, en un drama nacional: la alienación de la pequeña clase media argentina imitando con gesto simiesco a la oligarquía vendepatria y aculturada. “Fruncida”, reprimida, autodenigrada, frustrado remedo de la Inglaterra victoriana es apenas la sombra del sometimiento lujoso de la pseudoaristocracia oligarca.

Pensamos. Por la misma época en que se escribió este cuento, plantan cara los personajes de clase media de Roberto Arlt como representación de la sumisión conejil al capital extranjero (“gastrónomo” de nuestras carnes y nuestros granos):¿Qué mundo configuran inventores (“emprendedores”), novias, madres y adolescentes deseantes?

En La Manga, Scalabrini Ortiz estaba descubriendo la importancia de la relación individuo/muchedumbre que planea en todo el libro comenzando por el texto inicial titulado “Los Humildes”. La Manga es la representación de la manga de langosta como símbolo de la superación del individualismo, del mandato invisible que impulsa al sujeto aislado a un incierto pero seguro destino común. Ya escribí en este blog sobre ese tema. Relean: “ Dos parábolas de Raúl Scalabrini Ortiz: “La manga de langostas” y “La chinche flaca”.

Podría extenderme con una interpretación que concilie estética y realidad, ficción y verdad. Pero sería muy extenso. Ensayemos un breve repensar, un entretenido repensarse.

Mirándolo bien, si deshilachamos algunos de estos textos, es posible desenhebrar algunos hilos. En la “crónica bizarra”, se impone con crudeza un extremo machismo. Se perfila con fuerza el rostro sombrío de una violencia psicópata que se ejerce, impune, sobre el niño y la mujer. La noticia, a su vez, es presentada en sus aspectos más escabrosos. Sin embargo, la explotación comercial del escándalo no puede ocultar una verdad nueva: el advenimiento irreversible de una era de la mujer y el niño (el joven) como sujetos históricos relevantes.

En “Los ogros”, por su parte, contextualizando época de escritura y posterior desarrollo de la obra de Scalabrini Ortiz, nos sentimos tentados a leer una simbolización, quizá todavía inconsciente, de la situación de Argentina como semicolonia consentida de Inglaterra.

En efecto, Malone (significativo nombre) aparece como una especie de conquistador avasallante, invasor de un hogar (matria/patria). Ha viajado por todo el mundo y ejerce imperio sobre los más exóticos sabores, carnes y piezas cobradas por su poder de cazador experto. Es el socio del padre, el que aporta la “inversión” en la zapatería. Con un claro dominio sobre la familia, hay que evitar su ira sirviéndolo con eficacia, homenajeándolo. La madre ha cometido un sacrilegio en el modo de sacrificar el conejo y recibe una reprimenda humillante.

Sin embargo, es ella, la mujer, la que ensaya una rebelión que se manifiesta como “repugnancia” y “repulsión” a la ideología y prácticas del “gastrónomo”. El padre, en cambio, lleva su sometimiento al punto de aceptar carne de lechuza, y cualquier animal, sin caer en “sentimentalismos”. “Tiene razón”, le dice al socio mientras devora una pata del conejo; pero, por dentro, la sensación es como la de “comer un hijo”.

Sólo los niños se niegan al banquete profanatorio. Intimidados, se rebelan desafiantes, miran con odio al intruso y convierten a los adultos en enemigos, en ogros. Imposibilitados de morder, de arañar, “anhelan venganza”, “juran no olvidar”.

Por eso quizá el conejo sólo sea la figura de un pueblo alienado que pierde su conciencia, sus espacios y su libertad conformándose con palabras engañosas, con “una hoja de lechuga”. A partir de cierta plenitud de goce del espacio, del campo libre, las posibilidades de autodeterminación se van achicando: el patio, el jardín, la cocina y, por último, la fuente. Pero la fuente, que es también tiempo, es haberse reducido a un “cráneo pelado y hueco”, “sin ojos” (la capacitad de “mirar” ha sido devorada por el invasor) al que se ordena “mover las orejas” que ya no tiene.

Por último, sería lindo que lectores ávidos recorran la literatura argentina contemplando la maravillosa complejidad con que suele representarse la relación niño/adulto. Pienso en algunos cuentos  de la misma época (asiduos en las antologías escolares de “hace tiempo y allá lejos”): “El pato ciego” de Ávaro Yunque; “El potrillo roano” de Benito Lynch. Y, ¿por qué no incluir, en esa década, el reserito de Don Segundo Sombra?

Claro que, ya que estamos, no dejemos de releer dos novelas de épocas más recientes para ser interpelados por dos memorables personajes niños: Odiseo ( Las Tierras Blancas, de Juan José Manauta) y Milo (Alrededor de la jaula de Haroldo Conti). Y aquí paro hoy.

Jorge Torres Roggero

Profesor Emérito Universidad Nacional de Córdoba

Fuentes:

Campbell, Joseph, 1984, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, México, F.C.E.

Conti, Haroldo, 1985, Alrededor de la jaula, Buenos Aires, Legasa

Manauta, Juan José, 1959, Las tierras blancas, Buenos Aires, Editorial Sophos

Mauron, Charles, 1969, “La Psicocrítica y su método”. En: Tres enfoques de la literatura,  Buenos Aires, Carlos Pérez Editor

Scalabrini Ortiz, Raúl, 1973, 2ª.edic., La manga, Buenos Aires, Edit. Plus Ultra